Jesús, el desierto y nosotros

«La Voz de San Justo», domingo 6 de marzo de 2022

“Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre.” (Lc 4, 1-2).

El desierto es un lugar hostil, de extravío y muerte. ¿Por qué el Espíritu lleva allí a Jesús? En esa “cuarentena” de soledad, ayuno y hambre, Jesús revivirá la experiencia más fuerte de su pueblo: no se vive solamente de pan, como le dirá al tentador. Por eso, a lo largo de su vida, una y otra vez, volverá al desierto. Allí encontrará refugio, lo buscará para orar. Allí conducirá a sus discípulos y multiplicará el pan para la multitud hambrienta.

El desierto es el lugar donde mejor se conoce y experimenta a Dios. Tras los pasos de Jesús, infinidad de hombres y mujeres han sentido la fascinación de dirigir sus pasos al desierto para hacer, con él, la misma experiencia de Dios. Sabedores de que también a ellos no se les ahorrará el hambre, la sed y la tentación de extravío. Ese es el precio del encuentro más importante de la vida: el que nos lleva al Rostro del Dios vivo.

Jesús ha ido al desierto por nosotros. Él nos espera en todos los desiertos de nuestra vida. La Cuaresma, cada año, nos provoca para hacer esa experiencia.

“La aridez del desierto vuelve una y otra vez a nuestras vidas, Señor Jesús. Se aloja incluso en el corazón. Lo percibo también en el rostro de muchos. En esta Cuaresma, solo pido una cosa: tu Presencia amiga en el desierto. Y que también yo pueda hacerme cercano, compañero y amigo de mis hermanos cuando atraviesen los desiertos de la vida. Amén.”

«Jesús subió a la montaña para orar»

1ª Carta pascual 2022

San Francisco, 2 de marzo de 2022

Miércoles de ceniza

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. (Lc 9, 28-29).

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

  1. Nuestra Iglesia diocesana retoma la pastoral ordinaria. Seguimos caminando juntos con espíritu mariano, franciscano y brocheriano. Y lo hacemos con toda la Iglesia: camino sinodal en comunión, participación y misión. El Espíritu nos irá mostrando qué pasos dar y nos dará su gracia para hacerlo.
  2. Las tres Cartas Pascuales 2022 tienen como finalidad acompañar este camino diocesano, a la vez personal y comunitario, abordando un tema de fondo: la oración cristiana. Los invito, por tanto, a redescubrir la aventura de la oración, en toda su belleza. La oración es un abismo: atrae y da vértigo. Nos asoma al misterio de Dios que nos trasciende, nos habita y vivifica.
  3. Todo ser humano, por serlo, lleva en su corazón la llamada al absoluto, la sed y el aguijón del infinito. Los orantes de todos los tiempos -no sólo los cristianos- experimentan esa atracción, pero también el temor que significa entrar en el territorio sagrado del Silencio de Dios, de la rumia de su Palabra y de la contemplación de su Rostro.
  4. Es la experiencia del salmista: “Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.” (Salmo 26, 8-9). Es una magnífica definición de la oración: búsqueda del Rostro de Dios, con el corazón inquieto y sediento, siempre a la espera de que ese Rostro se nos descubra e ilumine.
  5. La oración no es lo más importante de la vida cristiana. Ese lugar lo ocupa la caridad. Pero, no hay amor sin oración. O, como dijera San Juan Pablo II: “se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino «cristianos con riesgo». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición.” (Novo millenio ineunte 34)
  6. Al iniciar la Cuaresma, tiempo fuerte de oración, los invito a redescubrir su misterio, y los animo entrar en él. Para muchos será la apelación a una experiencia que nutre el día a día de la vida. Para otros, una vivencia nueva y fascinante. Para otros, tal vez, suponga una dolorosa conversión, pues la oración se ha convertido en algo rutinario o sencillamente ha languidecido hasta desaparecer de la propia vida.
  7. No nos desanimemos. Por el contrario, reavivemos esta convicción: si sentimos -como el salmista- el deseo de buscar el Rostro de Dios, es porque ya, ese Rostro nos ha encontrado a nosotros, y ha puesto en nuestro interior el impulso del Espíritu para buscarlo y encontrarlo. Desear orar es ya orar,aunque ese deseo sea tímido, necesitado de aliento y de cuidado. En otras palabras, si sentimos ya la llamada de la oración estamos bajo el influjo del Espíritu Santo. Él es el orfebre que, con mano diestra y paciente, nos va trabajando para que nos convirtamos en orantes y, de esa manera, en hombres y mujeres del Espíritu, verdaderos discípulos del Señor.
  8. Nuestra sociedad vive fuertes procesos de secularización. Dios ha muerto en demasiados corazones. Y esto también golpea el corazón del creyente en una suerte de “secularización interna” de la vida cristiana. En este contexto, el llamado a la oración es una gracia del Espíritu para pasar de una fe convencional a una fe convencida, de un cristianismo aburguesado y cómodo a un discipulado valiente, misionero y contagioso.
  9. El orante es aquel hombre o mujer de fe que puede dar este testimonio: he sido visitado por el Señor, he recibido como regalo su Palabra, Él me ha mostrado su Rostro y, de esa manera, me ha revelado quién soy, cuál es mi misión y qué sentido tiene todo lo que vivo, sufro y anhelo. El orante es un creyente marcado para siempre por ese encuentro que lo ha herido haciéndolo testigo del Invisible.
  10. Este año, en el segundo domingo de Cuaresma, contemplamos al Señor que se transfigura en el monte, delante de Pedro, Santiago y Juan (cf. Lc 9, 28b-36). San Lucas nos ofrece este detalle precioso: Jesús sube con ellos a la montaña “para orar” y se transfigura “mientras oraba”. Contemplemos al Señor en oración. ¿Qué ocurre entonces? “Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo».” (Lc 9, 35). Emerge a la luz el misterio más hondo y bello de Jesús: Él es el Hijo que vive en comunión inmediata con el Padre, en la alegría del Espíritu Santo. La luz que ilumina su rostro y su persona brota desde ese manantial de su vida trinitaria.
  11. ¡Subamos también nosotros con Jesús a la montaña! ¡Dejémonos transfigurar por el encuentro con el Padre que quiere mostrarnos a su Hijo, hacernos escuchar su Palabra y vivificarnos con su Espíritu! ¡No tengamos miedo! O, mejor: venzamos el vértigo de la oración con la fortaleza del Espíritu. En la oración, Dios no sólo quiere regalarnos sus dones, quiere entregarse a Sí mismo a cada uno de nosotros. Es Amigo que nos tiende la mano. Un Dios enamorado que nos busca intensamente. En la fe, la oración nos lleva a ese abismo de amor, de alegría y de paz que es la comunión trinitaria.
  12. Vivamos entonces esta Cuaresma como tiempo para una oración más honda, perseverante y ferviente. Supliquémoselo a María, a José, a Francisco de Asís, a Brochero. Todos ellos grandes orantes. Subieron a la montaña y, de la mano de Jesús, fueron transfigurados.
  13. Esa gracia sigue siendo joven y la santa Trinidad la dispone para nosotros. Viene con el bautismo, se robustece en la confirmación y se alimenta en la Eucaristía. A nosotros, solamente nos toca responder, como María, con confianza y disponibilidad interior. Al entrar en la oración, a ella le decimos: “Madre de todos los hombres: ¡enséñanos a decir: Amén!”

Sepan que están en mi oración de cada día. Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Cristianismo inaudito e imposible

En medio del mundo

«La Voz de San Justo», domingo 20 de febrero de 2022

«Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. […] Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. […] Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.» (Lc 6, 27.31.36).

Los discípulos de Jesús están en medio de una multitud ansiosa y expectante, formada por judíos y paganos. 

Fijando la mirada en ellos, Jesús les dirige su palabra. Los invita a vivir, cómo él, las bienaventuranzas. Los precave también de asumir un estilo de vida falaz (¡Ay de los satisfechos!).

Propuesta de vida desafiante y radical.

¿Las consecuencias? Este domingo las comprendemos mejor. Aunque también aumenta el vértigo de asumir una vida según el Evangelio de Jesús. 

Amor a los enemigos. Al odio, a la violencia y a la mezquindad, el discípulo  del Evangelio responde redoblando la gratuidad, el perdón y la benevolencia. Esta es la regla de oro: «Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes» (Lc 6, 31).

Pero, ¿por qué? Para Jesús, todo se resume en esta razón de fondo: el Padre es misericordioso y compasivo. Esa es su bienaventuranza. El desafío es inmenso. Imposible. Vivir ese mismo estilo de vida.

Imposible como empresa voluntarista. Es gracia que se recibe cuando se acepta la amistad y comunión con Jesús. Él nos comunica su Espíritu para vivir al «estilo de Dios». Inaudito. Esa es, sin embargo, la pretensión del cristianismo. Ha sido, lo es ahora, y lo será hasta el final.

Los discípulos de Jesús y nuestras comunidades cristianas estamos en medio del mundo. No fuera, ni al margen. Mucho menos, por encima. En medio de todos, intentando vivir al estilo de Jesús. También desde ese lugar elevamos nuestra plegaria:

«Señor Jesús: Si no lo viera realizado en tantos hombres y mujeres, discípulos tuyos, lo juzgaría una locura. Pero, esa «locura» está ahí: en el amor y perdón de los mártires, en la compasión y gratuidad de tus santos, en la paz y serenidad de sus corazones. El mal es ruidoso y puede parecer apabullante; pero, la bondad, por silenciosa y humilde que sea, no se puede ocultar. Viene de tu corazón y desborda en los corazones de tantos hombres y mujeres buenos. Y es lo que realmente sostiene al mundo. Gracias, Jesús. Sencillamente, ¡gracias! Amén.»

Jesús, los pobres y los ricos

«La Voz de San Justo», domingo 13 de febrero de 2022

“Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! […] Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!” (Lc 6, 20-21. 24).

Dios no quiere la pobreza ni el sufrimiento. Jesús, su Hijo, ha venido a proponernos el sueño de Dios para la humanidad. Él lo llama: el reino de Dios. Y no es una esperanza solo para el cielo. Dios quiere que su reinado comience a sentirse aquí y ahora.

Cuando Jesús dice: “bienaventurados los pobres… ay de los ricos y satisfechos” no está otorgando piadosas consolaciones ni repartiendo condenaciones automáticas.

El evangelio de este domingo es muy concreto. Jesús se dirige a sus discípulos, es decir, a aquellos que han aceptado su propuesta de vida. Y les dirige cuatro “bienaventuranzas” y cuatro “ayes”.

Felices aquellos que, por seguirlo a él, lo han dejado todo, poniendo en el centro a Dios y a los hermanos. Los que tienen hambre de un mundo nuevo. Los que lloran porque todavía reina la injusticia, en un mundo que se cierra al reino de Dios. Son felices por la libertad que reina en sus corazones. Bienaventurados como lo es Jesús, el Padre y el Espíritu.

Los cuatro “ayes” son los gritos de un padre que ve a sus hijos empeñarse en una vida engañosa que, al final, terminará en el fracaso más rotundo. Porque eso ocurre cuando se vive para sí mismo. Ese estilo de vida metaliza el corazón, nos vuelve insensibles y despiadados. Aquí no hay libertad ni alegría, sino la tristeza de ser esclavos de sí mismos.

Jesús y su Evangelio nos desafían a acertar con las decisiones fundamentales, especialmente aquellas que le imprimen un rumbo preciso a nuestra vida: qué tipo de personas queremos ser, sobre qué valores asentar nuestra vida, qué huella dejar.

La propuesta de Jesús es vivir como hijos e hijas de Dios y como hermanos, especialmente de los más pobres y heridos. Una propuesta más desafiante cuando mayor es la injusticia, la desigualdad y el descarte de personas. Es la realidad de nuestra Argentina hoy. Aquí tenemos que vivir el Evangelio de Jesús.

No es “pobrismo” que romantiza la pobreza. Es la opción del Evangelio que ofrece la fuerza del amor de Cristo para luchar contra toda forma de deshumanización.

“Señor Jesús: pasaste toda la noche en la montaña, expuesto a la mirada de tu Padre. Y, con esa fuerza divina, bajaste al llano, donde estamos nosotros, tus discípulos. Volvé a gritarnos las bienaventuranzas. Volvé a invitarnos a ser benditos como vos. Pero también volvé a sacudirnos con ese “¡ay!” de dolor que has escuchado en el corazón de tu Padre por el desatino en nuestras vidas. Tu Palabra nos hiere e incomoda… No dejés de hacerla resonar en nuestra vida. Amén.”

El camino de Simón Pedro

«La Voz de San Justo», domingo 6 de febrero de 2022

“Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.” (Lc 4, 11).

Así concluye el evangelio de este domingo. De ahora en adelante Jesús no caminará solo. Se van sumando compañeros de viaje. Ahora: Simón Pedro, Santiago y Juan; después, vendrá Leví y los demás hasta conformar el grupo de los Doce. También se sumarán mujeres, entre ellas: María de Magdala.

Se va formando una familia, centrada en la persona de Jesús, unida por el amor y tensionada por una misma pasión: el anuncio del proyecto de Dios para la humanidad.

Ese camino sigue abierto hoy y muchos lo transitamos. Esa familia sigue caminando: es la comunidad cristiana que nació precisamente de esa experiencia fundante. Este domingo, san Lucas nos habla de ese inicio.

Jesús ha dejado Nazaret y se ha instalado en Cafarnaúm. Ya no predica en lugares cerrados, sino al aire libre. Va allí donde se encuentra la gente. Se ha sumergido él mismo -y sin miedo- en ese mundo complejo, desprolijo y caótico.

Lucas nos relata la experiencia que sacude a Simón. Jesús lo ha alcanzado en la desilusión de una noche de pesca que ha resultado estéril. Sin embargo, algo pone entre paréntesis su experiencia de avezado pescador: “Navega mar adentro, y echen las redes”, ordena Jesús (Lc 4, 4). “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes”, responde Simón Pedro (Lc 4, 5).

Y sobreviene lo imposible: una pesca desbordante, más allá de todo cálculo. Es más que un milagro. Es un signo de lo que ocurre cuando Jesús irrumpe en la propia vida con su Palabra.

Simón experimenta el vértigo que supone semejante experiencia. De allí nace su sincera plegaria: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador.” (Lc 4, 8). Hay que atravesar ese abismo. Es el estupor que nace al verse alcanzado por el amor gratuito, absoluto e incondicional de Dios. Viene, se acerca y tiende la mano. Humaniza y da libertad. Así, Jesús suma a Simón a su camino misionero.

Su experiencia de encuentro con Jesús nos lleva a orar:

“También yo te digo hoy, Señor Jesús: soy un pecador. La cercanía de tu Persona me atrae e ilumina. Siento, sin embargo, el peso de mi fragilidad y la tentación de pedirte que te alejés de mí. Es que intuyo que esa cercanía tuya será para mí herida y bálsamo, desafío y superación, muerte y resurrección. Me comprenderás si mi plegaria, este domingo, se vuelve a Simón Pedro. Es un hermano mayor. Mirándolo a él y al camino que hizo con vos y de tu mano, también yo me animo a seguirte, a navegar mar adentro y a echar las redes confiando en tu Palabra. Amén.”

El camino de Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 30 de enero de 2022

“Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.” (Lc 4, 28-30).

La primera (y última) predicación de Jesús en su pueblo termina dramáticamente. La liturgia ha dividido en dos el acontecimiento. El domingo pasado vimos a Jesús despertar la admiración de sus paisanos cuando explica que en él se cumple la profecía de Isaías sobre el Mesías. En realidad, la admiración está mezclada de extrañeza. En el texto de hoy lo vemos más claro: “¿No es este el hijo de José?, se preguntan inquietos. Y, por eso, exigen un milagro que lo acredite como Mesías.

La respuesta de Jesús es provocadora. No satisfará sus expectativas. No les lleva el apunte. Al contrario, agudiza el conflicto: así como los viejos profetas Elías y Eliseo, él también va en busca de los extranjeros, de los que no cuentan, de los perdidos. Así obra, en definitiva, Dios, su Padre. Solo si lo siguen hasta allí, la fe puede despuntar en el corazón.

San Lucas ha concentrado en esta escena todo el dramatismo que se irá desarrollando paso a paso en su evangelio. Porque esa mezcla de predicación, admiración y rechazo acompañará a Jesús hasta el final. Y lo que no ocurrió en Nazaret terminará pasando en Jerusalén: el rechazo se convertirá en muerte.

Pero, así como en Nazaret, “pasando en medio de ellos, continuó su camino.” (Lc 4, 30), la cosa no terminará en la cruz: Jesús se abrirá paso en la resurrección. Y, así, quedará definitivamente acreditado como Mesías, Salvador e Hijo de Dios.

El pasado miércoles 26 de enero se cumplieron 108 años de la muerte de san José Gabriel Brochero. El Santo Cura salió de Santa Rosa de Río primero para entrar al seminario, después de Córdoba pasó a vivir en Traslasierra. Su derrotero geográfico evoca un itinerario espiritual, más decisivo e interesante aún: movido por el mismo Espíritu de Jesús, el Santo Cura vivió saliendo de sí mismo para ir al encuentro de los más alejados. Vivió, en su tiempo y en su tierra, el camino de Jesús. Y Jesús lo revivió en él.

Aquí, mi reflexión se vuelve oración: “Señor Jesús, ese camino que vos transitás tampoco es un mero camino medible en metros o kilómetros. Es el itinerario de un Dios que siempre está saliendo de sí para buscarnos. Vos nos conocés. Solemos también nosotros tender a la cerrazón. Por eso, danos tu Espíritu para que estemos atentos. Para que no nos cerremos. Para que abramos los ojos, la mente y los oídos. Estás pasando muy cerquita de nosotros. Salir de nosotros mismos e ir a tu encuentro: eso es la fe. Es la gracia que te pedimo hoy. Amén”.

Mientras Jesús oraba

«La Voz de San Justo», domingo 9 de enero de 2022

“Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma […]” (Lc 3, 21-22).

Parece una observación de paso. No lo es. San Lucas ha retenido que, cuando Jesús se pone en oración, algo trascendente ocurre entonces.

Jesús es un orante. Ora, despierta el deseo de orar en sus discípulos y, llegado el momento, también enseña a orar.

Jesús es un orante, pero no uno más, insigne y profundo, tal vez. No. Su oración es única, tanto como su persona. Jesús mismo es la plenitud de toda forma de oración que los hombres religiosos viven, o que incluso la misma creación ensaya cada día.

En esa oración convergen el fuego que viene de Dios y el que sube desde el corazón del hombre que tiene sed de infinito. En su oración se dan cita la Palabra de amistad que Dios dirige a los hombres y la respuesta de escucha y aceptación. “Él (Jesús) los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”, había profetizado Juan bautista (cf. Lc 3, 16).

La oración cristiana, allí donde se la vive de verdad, es tal porque es participación en la oración de Cristo. La comunidad cristiana es, ante todo, comunidad de orantes: hombres y mujeres alcanzados por el Espíritu que colmó a Jesús en su bautismo en el Jordán y que, en sus corazones, repite la plegaria de Jesús.

En la oración de Jesús irrumpe el huracán más intenso y suave a la vez: todo lo que viene del Padre en el Espíritu hacia el mundo; y todo lo que de la creación sube hacia el Padre.

Si el hoy de la Iglesia está marcado por una profunda crisis de fe, en buena medida, es porque la oración, tal como la vive Jesús, parece haber cedido su puesto en las prioridades de sus discípulos.

Este domingo, celebrando la Fiesta del Bautismo del Señor, tal vez resulte bueno que nos detengamos en ese “detalle al pasar” que nos indica san Lucas: “Y mientras estaba orando, se abrió el cielo […]”.

Y que nos animemos a orar o, al menos, a pedir el don de la oración: “Señor Jesús: permitinos entrar en el misterio de tu oración. Danos tu Espíritu y que Él ensanche el espacio interior de nuestro corazón para dar cabida a la misión que el Padre nos confía en este mundo. Amén.”

Plegaria para el año nuevo

«La Voz de San Justo», domingo 2 de enero de 2022

“Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.” (Jn 1, 3).

¿Qué nos depara este 2022 que empezamos a transitar? No hay forma de saberlo. No manejamos el tiempo. Lo que podemos programar es siempre menos que lo que nos sorprende y descoloca. Me animo incluso a decir que es bueno que así sea.

Nada de lo que existe, sin embargo, cae fuera del radio de acción de un Dios creador y salvador que, por medio de su Verbo (su Palabra), ha hecho todo y, de la misma manera, todo lo sostiene y conduce a su plenitud.

Lo que sí podemos hacer entonces es predisponernos para vivir intensamente lo que tenemos por delante.

Para un cristiano no es materia opcional. Es la actitud de fondo de la vida, aquella que caracterizamos como fe, esperanza y amor, regalos de Dios confiados a nuestra libertad.

Y la actitud cristiana frente a la vida se alimenta, cada día, de la plegaria. Al acercarnos al pesebre, los invito a fijar la mirada en el Niño que duerme en él. Y a dirigirle nuestra oración más humana, simple y esperanzada. Yo lo hago con estas palabras que comparto con ustedes, una plegaria para este 2022 que se nos ofrece como camino a transitar:

“Jesús: ¡parece mentira! Te veo ahí y así: pequeñito, sereno y durmiendo plácidamente.

Sos el Verbo de Dios realmente humanizado, hecho uno de nosotros, hecho “carne y sangre” de esta humanidad mía que, en ocasiones me pesa o me sonroja.

Tentado como estoy de la desconfianza, en un tiempo que combina soberbia y depresión, conformismo y sed de infinito, contemplarte así reaviva en mí la fuerza de la vida que tu Padre creador ha puesto en lo más hondo de mi alma.

Sos la mano tendida del Padre a la humanidad caída. Ya ahí, en el pesebre, empezás a deletrear la palabra definitiva que será pronunciada en la mañana de Pascua: resurrección, vida plena y bienaventurada.

Sí, Jesús, en vos confío y, por eso, confío en la vida que se abre delante de mi puerta. Con vos comienzo a caminar este 2022, tan incierto en su devenir concreto como portador de tu presencia, de tu Espíritu y de tu bendición.

Amén.”

En el desierto, alcanzados por la Palabra

«La Voz de San Justo», domingo 5 de diciembre de 2021, IIº de Adviento

“El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio […] Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.” (Lc 3, 1-2).

Contemplemos la figura evangélica de Juan, el Precursor, tal como nos la presentan estos versículos del evangelio de hoy. Juan está en el desierto. Es el lugar del encuentro con el Dios vivo. Allí, el Señor sale al paso de su pueblo, de sus elegidos.

Allí también los prueba, sopesando y calibrando la solidez de la fe, de la confianza y de la fidelidad de cada uno. Es también el lugar de la tentación, especialmente de la más aguda e incisiva: la de desconfiar de Dios, de su poder y de sus intenciones para con nosotros.

Pero, sobre todo, en el desierto, el creyente calibra la calidad del Dios en el que cree, su misterio, su divina libertad, toda ella volcada hacia su creatura, para redimirla y salvarla.

Juan está en el desierto porque allí, Dios lo ha fogueado por dentro, convirtiéndolo en su profeta, el encargado de señalar al Mesías para que los hombres se dejen salvar por él.

Y, como les ha ocurrido a todos los grandes personajes de la historia de la salvación, de Abrahám hasta María, sobre Juan ha irrumpido la Palabra de Dios. Y él se ha dejado invadir por ella. Le ha capturado el corazón, la mente y todas sus energías. No podrá sino vivir para ella, en fidelidad a su verdad, hasta el testimonio supremo del martirio.

Es así también como la comunidad cristiana quiere vivir el Adviento: dejándose invadir y tomar por la Palabra divina. Juan el Precursor nos ayuda a caminar este tiempo litúrgico.

Como cada domingo, te invito a orar. Puede ayudarte esta plegaria:

“En este segundo domingo de Adviento, nos volvemos a vos, Juan, profeta en el desierto, amigo de Dios y enamorado de su Palabra. Contamos con tu ejemplo e intercesión para dejarnos tomar, también nosotros, por la fuerza de la Palabra viva de Dios. Amén.”

El que está viniendo

«La Voz de San Justo», domingo 28 de noviembre de 2021 – Primer Domingo de Adviento

“Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.” (Lc 21, 27-28).

Comenzamos a caminar el Adviento. El Señor está viniendo a nosotros. ¡Salgamos a su encuentro!

La primera parte de este hermoso tiempo litúrgico está dominada por la esperanza grande que sostiene nuestra vida: el Resucitado, vencedor de la muerte, vendrá a consumar su obra.

Por un lado, el mundo, una y otra vez, experimenta miedo y pavor al contemplar la fragilidad de todo lo humano o la violencia que, de tanto en tanto, parece tener la última palabra sobre la historia.

Los creyentes y discípulos de Jesús no escapamos de esta experiencia, pero tenemos una certeza, dada por el mismo Señor. Es la que proclama este evangelio, y la que está en el centro de la espera del Adviento: lleno de poder y de gloria, el Hijo del hombre, Jesús el Señor, está viniendo a nosotros. De él proviene nuestra confianza, el ánimo que vence todo temor y la esperanza que sostiene nuestra vida.

Es lo que confesamos, cada domingo, en el Credo que recitamos después de la homilía, cuando expresamos nuestra fe en Jesucristo que “está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.”

Él es el término de nuestra esperanza. Su juicio es la última palabra de Dios para el mundo. Es buena y alegre noticia. Es evangelio de salvación. Esa será la última palabra que escuchará el mundo cerrando y consumando la historia: una palabra de vida, de resurrección y de salvación.

No es una espera animada por el terror o la angustia, sino por la confianza, la serenidad y la alegría de saber que todo, a pesar de todo, terminará bien.

La oración es una forma cotidiana, sencilla y al alcance de todos de vivir esta espera gozosa del Señor. Este primer domingo de Adviento te propongo rezar así:

“Señor Jesús, estás viniendo a nosotros. Siempre, a cada instante. Lo sabemos, porque es tu palabra la que enciende la esperanza en nuestros corazones. Pero somos frágiles y fácilmente nos dejamos ganar el corazón por el temor. Al iniciar, un año más, el camino del Adviento te suplicamos, por intercesión de María, de San Juan Bautista y de todos los santos que aprendieron a esperarte y a esperar en Ti, que renueves nuestro corazón en la alegría que nace de la esperanza. Amén.”