Una carta desde el corazón de la fe

Cómo preparar la entrega confiada a María

San Francisco, 13 de septiembre de 2021

A mis hermanos y hermanas de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

En dos cartas anteriores te he acercado la propuesta de renovar tu relación personal con María, tal como Jesús nos la ha confiado. Intenté también explicarte en qué consiste esta entrega confiada a la Madre, según la tradición de la Iglesia. Te acerco ahora algunas sugerencias sencillas para que podás preparar este momento.

Comienzo con algo obvio, pero que no siempre está claro. Lo decía en mi primera carta: María es una persona viva con la que se puede tener una relación personal. Con ella podemos tener un trato de persona a persona. Nos habla y podemos hablarle. Es decir: podemos entablar con ella una relación de amistad madre-hija/o. Pensalo bien, es muy importante.

La preparación que te propongo tiene tres tiempos, que podríamos llamar con Bernardo Olivera: reconocimiento, entrega y vivencia.

1. Reconocimiento. Desde el Bautismo, los cristianos estamos vinculados a María. Hay que caer en la cuenta de que este don ya enriquece nuestra vida de fe. ¿Cómo hacerlo? Esta preparación es doble: doctrinal, pues tengo que conocer lo que nos enseña la Iglesia sobre el puesto de María en la vida del bautizado; y espiritual: preparar mi corazón para este acto de alianza y entrega mutua.

Te sugiero la meditación de cuatro misterios marianos, con sus respectivos textos evangélicos: a) La Anunciación: Lc 1,26-38; b) Las bodas de Caná: Jn 2,1-11; c) María al pie de la cruz confiada como madre: Jn 19,25-27; y c) María en oración con los apóstoles: Hch 1,12-14. Te recomiendo también los números 266-272 del Documento de Aparecida.

Puede ayudar estas sugerencias más concretas:

  1. Un día de retiro para escuchar la Palabra de Dios y dejarnos guiar por el Espíritu. Un momento de oración con María.
  2. Si conocés a otras personas que estén también preparando su consagración a María, pueden hacer el retiro juntos.
  3. En el retiro podrías renovar las promesas bautismales. Para decir a Dios: “Amén, creo”, es necesario antes renunciar al pecado, purificando el corazón y la mente.
  4. Tratar de hacer una confesión general para recibir la gracia del perdón; el rechazo del pecado y el deseo ferviente de vivir la amistad con Dios nos asemejan a María.
  5. En lo posible, preparate para la celebración diocesana del 13 de octubre participando de la Santa Misa los días previos, rezando el Rosario, también Laudes o Vísperas.

2. Entrega. La entrega confiada a María suele expresarse en una oración escrita. Así lo haré el 13 de octubre. De hecho, existen muchas oraciones muy hermosas que expresan esta alianza con María. Ya te hablé de la que uso yo: “Bendita sea tu pureza…”. Te ofrezco otra, muy hermosa: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén”.

Si ya estás consagrado a María, te impusieron el escapulario, la Medalla milagrosa, u otros signos marianos, podés retomarlos con naturalidad. Si no, con el modelo de estas oraciones y dejándote llevar por el Espíritu, podés escribir tu propia fórmula de entrega.

Otro consejo: también sería oportuno que pensaras en algún signo visible que te ayudara a expresar tu alianza con María. Puede ser: una medalla, una estampa, un cuadro, una imagen (María auxiliadora, la Virgencita u otra advocación) colocados en algún lugar de la casa (el altarcito doméstico, por ejemplo).

3. Vivencia. Si la finalidad de la entrega confiada a María es la renovación de la gracia del Bautismo y la Confirmación, la entrega a María tiene lugar en nuestra vida de cada día. Se trata, por tanto, de encarar la vida “como lo hizo María”, viviendo, en obediencia a la Palabra de Dios, las virtudes cristianas que ella vivió de modo perfecto: la fe, el servicio, el espíritu misionero, la oración, la humildad, la solidaridad, etc.

¿Te das cuenta de que la entrega confiada a María es algo muy serio, mucho más que un acto aislado de devoción o un momento puramente emotivo? Se trata de una alianza que se vive como una opción de vida: vivir como María. Esto hay que meditarlo mucho y muy bien.

Aquí te hago dos sugerencias:

1) Una Regla de vida, es decir: poné por escrito lo que has ido descubriendo como llamado de Dios a vivir en alianza con María. ¿Qué compromisos concretos supone mi alianza con María? Por favor, en esto sé breve: una cita bíblica, algún propósito de vida, algún compromiso de oración o servicio. Nada más. Se trata de ir a lo esencial.

2) Pensá en renovar, cada año y para una fecha precisa, esta entrega confiada. Podés elegir alguna fiesta de la Virgen más importante o significativa para vos.

Una última cosa. Tal vez, al ir meditando lo que significa la entrega confiada a María, cómo se prepara y los compromisos que supone, sintás que no ha llegado el tiempo de hacerla. ¡No te desanimés! Dios va trabajando el corazón. Él te hará ver el momento justo. Si, al leer esta propuesta, experimentaste consuelo, paz y alegría, no dejés caer en el olvido esta gracia. Ya llegará el momento. ¡Todo a su tiempo, cuando la gracia y tu libertad lleguen a su punto justo!

Bueno, por mi parte, estoy llegando al final de esta carta que se ha hecho muy larga. Me he sentido consolado al escribirte. Pienso que te he comunicado cosas importantes para mi vida de fe, con la convicción de que pueden serlo también para vos. Solo me queda asegurarte que, si has podido sentir algún impulso del Espíritu en lo que he escrito, vos y yo -y tal vez, muchos más- estamos en una profunda comunión de vida, de fe y de amor. Nos une la Virgen.

Gracias por escuchar mis palabras.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

El beato Esquiú: fe que dignifica

Fray Mamerto Esquiú ya es beato. Para gloria de Dios y alegría de la Iglesia en Argentina. Una alegría que vale la pena disfrutar a pleno.

Esquiú es parte de ese mosaico luminoso que son los santos y beatos argentinos. También los que están en carrera para ser reconocidos como tales por la Iglesia.

Se trata de un mosaico en construcción. Y el artista que lo plasma es el mejor: el Espíritu Santo. Con una destreza inigualable va colocando en su lugar cada una de las teselas que, contempladas con la adecuada distancia y perspectiva, van componiendo el mosaico de la santidad en Argentina.

Si contemplamos ese conjunto nos sorprende ver admirablemente realizado, en cada uno y en la figura completa, aquel “núcleo inspirador” del que hablaban las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización de 1990: “la fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, […] como un potencial que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre.” (LPNE 16).

Una síntesis admirable que, sin dudas, es una gracia que Dios nos regala. Pero, por lo mismo, una misión que nos compromete.

Los católicos argentinos estamos llamados a vivir esa misma calidad de experiencia creyente en las circunstancias cambiantes de lugar y tiempos que la Providencia ha dispuesto para nosotros. Vivir esa síntesis de Evangelio en el hoy de nuestra Argentina. Como, en su momento, lo hizo el beato Esquiú… y Brochero… y Madre Tránsito… y, más atrás en el tiempo, la beata Antula.

¡Cuántos padres y madres de nuestra Argentina, dando a luz a aquella soñada “patria de hermanos”, con la fecundidad del humanismo cristiano que brota del Evangelio!

El “orador de la Constitución” no cayó del cielo. Tiene tras de sí una experiencia intensa, rica y personalmente asimilada de la fe cristiana. La semilla fue puesta en Piedra Blanca, su catamarqueña tierra natal. Sus padres, su familia y sus maestros la sembraron, guiados por la mano invisible del Divino Orfebre. En la familia franciscana terminó de fraguar esa rica amalgama de Evangelio y humanidad.

El beato Mamerto es un hombre fogueado por dentro por el fuego del Evangelio. Ha tocado su alma, su inteligencia, su conciencia y su libertad. Ha transfigurado sus sentimientos y su modo de vivir como cristiano, como fraile menor de San Francisco y, finalmente, como obispo diocesano.

Me pregunto si su breve pero intenso ministerio episcopal en nuestra Córdoba no solo fue antecedido por sus cincuenta y cuatro años de vida, sino preparado para que, en el tiempo de Dios y no de los hombres, dé el fruto que Cristo espera y promete para los que viven y permanecen en Él.

Así son los tiempos de Dios, que ve más lejos, más hondo y más certeramente. Y esa mirada la comparte con aquellos hombres y mujeres que son los santos.

Necesitamos esa mirada. La necesita nuestra Patria Argentina.

Argentina no está sin rumbo. En los corazones de la inmensa mayoría de argentinos y argentinas sigue vivo el deseo de justicia, de futuro y de dignidad. Ese deseo es la brújula interior que Dios ha puesto en nuestros corazones. Por eso buscamos vivir, estudiar, trabajar, amar y celebrar.

Y en los jóvenes reales, ese norte interior está más vivo que nunca. No nos permitamos dudarlo.  

Los que parecen sin rumbo son algunos dirigentes, seducidos por el espejismo de lo que yo llamo: el “país marihuana”. Prometen lo que la política no puede dar: una felicidad más bien de bajo tono, burguesa y hedonista.

A la política le toca trabajar a fin de que se generen las condiciones que le permiten a cada persona, a cada familia y comunidad, a toda la sociedad, alcanzar su pleno desarrollo humano. Es lo que la tradición del humanismo cristiano llama: el “bien común”.

La felicidad (en clave cristiana: el gozo de la “bienaventuranza”) es fruto maduro de una vida vivida a fondo, sin escaparle al trabajo duro y al sacrificio exigente, desde la conciencia y empeñando la propia libertad en el amor.

Esquiú lo comprendió, lo vivió y lo propuso con maestría.

Sobre “El Reino”

Terminé de ver “El Reino”. Muy buen thriller: mantiene el suspenso del primero al último capítulo. Y deja con los nervios de punta para la segunda temporada. Repito: muy bueno. Me gustó. Es una ficción, no un documental.

¿Ofrece un estereotipo de las iglesias evangélicas? ¿Una caricatura? En buena medida, sí. Mezcla incluso palabras, símbolos y ritos que usamos los católicos. ¿Hay intencionalidad crítica? También, y, en principio, eso no está mal. Basta señalar que no se puede deslegitimar una causa (la provida, por ejemplo) demonizando a quienes la sostienen.

Como señalaba en un posteo anterior: no hay que salir con los tapones de punta (es mi opinión). Hay que reaccionar críticamente, señalando en qué aspectos esta ficción favorece una caricatura del mundo evangélico (y de la religión en general) que puede deslizarse hacia la estigmatización.

Por ejemplo, la preocupación por una mezcla indebida entre religión y política es legítima. En Argentina no se plantea como lo muestra la serie. Refleja más bien otras realidades (EEUU y Brasil), pero… es bueno que, en este punto, ayude a abrir los ojos, pues es una problemática que también tiene su rostro “argentino”. Y una tendencia que vemos en otros lugares que, acelerada por la pandemia, puede llegar a acentuarse aquí. Pienso que hay que estar atentos, especialmente desde las comunidades cristianas (católicas o evangélicas).

Obviamente se trata del acercamiento al hecho religioso desde una mirada -llamémosla así- secular o no creyente. Junto con algunos tópicos comunes (vincular fe con culpa y emotivismo, por ejemplo), no se deja de escudriñar con genuino interés ese mundo al que se percibe como extraño e incluso esotérico. Sin caer en spoilers, hago foco en el personaje interpretado magistralmente por Peter Lanzani, o en algunas frases del personaje del Chino Darín, intentando explicar su experiencia ¿religiosa?

Reflexión final: ¿Cómo se vive la fe cristiana en nuestra Argentina de hoy, tan plural, compleja y polifacética? ¿Cómo vivir la fe y cómo comunicar esa “buena noticia” que nos ha cambiado la vida?

Este domingo, los católicos terminamos de escuchar el capítulo 6 de san Juan.

Durante mucho tiempo, católicos y protestantes hemos discutido a qué se refiere Jesús cuando habla del “Pan de Vida”: ¿a la Eucaristía o a la Palabra? Hoy, más serenos entre nosotros, reconocemos mejor que Jesús habla así de sí mismo y que, tanto la Eucaristía como la Palabra remiten a su Persona.

Y que la fe en Él es un camino del que no hay que excluir nuestras inconsistencias, fragilidades y torpezas. Ahí está Simón Pedro, que este domingo pronuncia una de sus frases más entrañables (“Señor, ¿a quién iremos?…”), pero que todavía tiene que seguir caminando dejándose purificar por el Señor…

A propósito de las vacunas

Entre los meses de junio y agosto recibí las dos dosis de la vacuna de Oxford, AstraZeneca. Estoy atento a la posibilidad que se necesite el refuerzo de una tercera dosis.

Cuando comenzó a hablarse de la llegada de las vacunas, consulté con un profesional de la salud que merece toda mi confianza por su ciencia. Cuando me avisaron que iba a recibir la primera dosis de AstraZeneca consulté con mi médico personal. Me hizo algunas recomendaciones y, sobre todo, más alentó a vacunarme tranquilamente.

Me he vacunado porque he sentido el deber de hacerlo. Un deber muy específico delante de Dios y de mi conciencia: cuidar el bien personal de mi salud y, vinculado interiormente a este, contribuir al bien común de la salud de todos. A lo que se suma, y no en último lugar, que soy una persona pública, cuyas decisiones tienen también un impacto que va más allá de mi propia vida privada.

El papa Francisco habla de un acto de amor, también por partida doble: hacia nosotros y hacia los demás, especialmente a los más vulnerables al contagio.

En este sentido, tanto de manera pública como en privado he alentado la vacunación de las personas, respetando siempre algunos criterios fundamentales: como todo acto ético implica una apelación a la conciencia y a la libertad personal; debe, por tanto, ser fruto de un consentimiento informado y, por lo mismo, nunca como coacción de ningún tipo.

La Iglesia ha remarcado claramente que la vacunación contra el coronavirus ha de ser siempre voluntaria.

En resumen: creo que hay que vacunarse, pues es una manera fundamental de enfrentar la pandemia. Junto a las vacunas, las otras medidas sanitarias son importantes. Unas y otras apelan a la responsabilidad personal de cada uno y de toda la sociedad.

Como toda acción sanitaria, también el recurso a las vacunas contra el coronavirus es un acto ético. En este sentido, es oportuno hacer mención a los dos grupos de reparos éticos que suscitan las vacunas contra el covid-19.

Algunas -por ejemplo, la que yo he recibido: AstraZeneca- presentan una dificultad moral por su origen: han sido desarrolladas a partir de material biológico de fetos abortados en los años setenta u ochenta del siglo pasado. Esta problemática no afecta solo a las vacunas contra el coronavirus sino también a otras vacunas contra otras enfermedades.

El otro grupo de interrogantes éticos afectan a todas las vacunas contra el coronavirus y tienen que ver con lo extraordinario de su desarrollo. Por una parte, no deja de ser un valor para destacar que, en poquísimo tiempo, la industria farmacéutica las haya desarrollado tan rápidamente. Como muchos señalan, aquí también radica una debilidad que no se puede desconocer: siendo efectivas, al menos para aminorar los efectos letales de la enfermedad, muchas de sus consecuencias no están suficientemente comprobadas.

La Iglesia ha relevado también otro tipo de dificultades de carácter ético de las vacunas: son las que tienen que ver con su efectiva llegada a los sectores más vulnerables, tanto en cada país como a regiones enteras que, al día de hoy, no tienen a su disposición vacunas para su población. El papa Francisco, por ejemplo, ha señalado en varias oportunidades que las vacunas tienen que ser gratuitas y que sería oportuno, al menos, una liberalización parcial de las patentes.

La Congregación para la Doctrina de la Fe hizo pública una nota señalando que las vacunas que hoy circulan en el mercado son “moralmente aceptables”. Es del 21 de diciembre de 2020[1]. No innova, sino que aplica a esta situación nueva de la pandemia criterios ya señalados con anterioridad, como bien señala esta nota de la CDF.

En una situación ideal (que solo se da en pocos países), una persona debe tener la posibilidad de elegir aquellas vacunas que no presentan reparos éticos. En caso contrario, como ocurre en Argentina, y debido al bien común de la salud afectado por la difusión del virus, una persona no comete un acto inmoral (un pecado) si recibe voluntariamente una vacuna cuyo origen resulta moralmente comprometido. No hay cooperación formal con el pecado, sino solo un vínculo remoto, material y meramente pasivo.

De la misma manera, si, con el debido asesoramiento y consejo de su médico, acepta el riesgo proporcionado de recibir una vacuna aprobada por la autoridad sanitaria competente, pero que también presenta interrogantes sobre algunos de sus efectos.

El católico que, a pesar de estas precisiones de la Iglesia, después de un maduro discernimiento, elige no recibir las vacunas por razones de conciencia debe ser respetado.

Estamos ante una situación compleja y delicada. Se requiere escucha atenta, respeto recíproco y voluntad de discernir la verdad para contribuir al bien común. Por eso, se necesita excluir deliberadamente expresiones agrias y agresivas, juicios sumarios y descalificaciones.

El movimiento antivacunas es anterior al coronavirus, aunque en pandemia ha adquirido nuevo empuje. En ambientes cristianos, católicos y evangélicos, parece ejercer también una cierta influencia porque apela, no siempre con suficiente sensatez, a argumentos de carácter religioso. Se requiere discernimiento para no caer en posturas fundamentalistas.

Desde un punto de vista católico no hay que establecer la falaz oposición entre la fe y la razón, Dios y la ciencia. No se trata, por ejemplo, de confiar más en Dios que en las vacunas. Uno y otras no están en el mismo nivel; menos aún compiten entre sí en paridad de condiciones. Confiamos en Dios, porque es Dios, y recibimos las vacunas porque son fruto de la inteligencia que Dios da a los hombres como signo de su imagen divina en la creatura. Pero Dios, creador y providente, obra en el mundo como Causa primera, trascendente en su ser y obrar. La ciencia y los diversos fármacos en su propio nivel de causas segundas.

La pandemia del coronavirus está golpeando duramente a toda la familia humana. El bien común, como siempre, supone una decisión libre de alta calidad ética. La conciencia del cristiano se descubre especialmente interpelada a abrirse a toda la amplitud de la verdad y a asumir el compromiso de hacer, aquí y ahora, el bien posible para todos.


[1] Aquí el enlace: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/12/21/nota.html

Comer el Pan de Vida

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de agosto de 2021

“Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 35).

Digámoslo claramente: Jesús, Palabra e Hijo único del Padre, es ese Pan que Dios le ofrece al mundo para saciar su hambre más profunda: hambre de vida plena, de esperanza, de eternidad.

Cada uno de nosotros está habitado por esa hambre. Buscamos ese Pan. Solo que ninguno de nosotros puede conseguirlo. No se puede comprar.

Jesús nos enseñó a suplicarlo (“Padre, danos el pan de cada día”) y, de esa manera, disponernos para el don. Solo podemos esperar recibirlo como don gratuito de Dios.

Y el Padre lo ha dado. Lo ha entregado al mundo sin condiciones.

Con las imágenes del pan y del comer, el evangelio expresa lo que significa Jesús para nosotros y -a eso apunta el verbo “comer”- lo que implica creer en Él: un proceso vital que supone gustar, asimilar y ser transformados.

Creer entonces es recibir a Cristo y reconocerlo como Señor y Salvador. Esta comida dura toda la vida, porque la fe es un camino que dura tanto como dura nuestra vida.

Acompañémonos unos a otros en esta aventura: sentir hambre de Vida, buscar el Pan de Dios que es Cristo y ser dóciles dejándonos llevar hacia Cristo.

En la oración, personal y comunitaria, comenzamos a saborear el Pan de Dios.

Podemos pues rezar así: “Padre bueno: danos el Pan de cada día. Danos a Jesucristo. Tenemos hambre de vida y de felicidad. Tenemos hambre de Ti. Por eso, con todos nuestros hermanos, te suplicamos: Danos siempre el Pan de cada día que es Cristo, tu Hijo y nuestro Salvador. Amén.”

Estado y cuestiones de género

Creo que, en general, estamos de acuerdo en que el Estado vele por los derechos de las minorías. Entre ellas, de aquellas personas que no reconocen su identidad en el sexo biológico. Como todas las personas, merecen respeto y trato justo. Todos tenemos que superar actitudes y gestos injustos y vejatorios.

Lo que suena extraño es que el Estado asuma con un tono épico la difusión de las teorías de género que despiertan tantos interrogantes. Son eso: teorías que buscan comprender la realidad humana, pero que, por muchos motivos, suelen tomar una deriva ideológica que se vuelve absurdamente impositiva e intolerante.

De un tiempo a esta parte, sus conceptos, símbolos y enfoques están presentes en temas tan vacilares como familia, educación y salud. Casi sin dejar tiempo ni espacio para una recepción crítica de los mismos.

Algunos, con perspicacia e ironía, hablan de una nueva “religión de estado”.

Y no pasa solo en Argentina…

Lo cierto es que los ciudadanos, cada vez más, reaccionan con firmeza a estas políticas públicas. Mucho más al caer en la cuenta de tantas deudas que un Estado como el argentino tienen con necesidades fundamentales de la sociedad. A lo que habría que añadir -y no como dato menor- el estado de la salud integral de los ciudadanos en esta pandemia.

Tenemos que opinar con claridad y sin falsos pudores en estos temas que nos afectan a todos.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de mayo de 2021

“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.  […]” (Mt 28, 16-20).

Así comienza el evangelio de este domingo que celebra a la Santa Trinidad. También nosotros, como los discípulos, nos postramos para adorar a Jesús, el Señor. Y volvemos a recibir de sus labios la misión: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).

De algún modo, esta fiesta recoge el camino que venimos recorriendo desde el Adviento con la espera de su Venida, pasando por la Navidad y centrado en su Pascua. El plan de salvación de Dios desemboca en la revelación del Rostro trinitario del Dios amor en la pasión, muerte y resurrección de Cristo: el Padre que ha enviado al Hijo; el Hijo que, desde las profundidades de la comunión divina, nos comunica el Espíritu. 

¿Qué significa ser enviados a bautizar en el nombre de la Santa Trinidad? No solo cumplir un rito externo, sino realizarlo como expresión de algo decisivo para la vida: ser sumergidos en la comunión de amor que es Dios, para que seamos testigos del modo como Dios vive y ama. Y, por eso, al mandato de bautizar sigue el de enseñar a vivir según el Evangelio de Jesús. La Iglesia está en el mundo con la misión de abrir el corazón del hombre a la adoración del Dios amor, para que así, el hombre tenga vida, libertad y felicidad. 

Te invito a orar así: “Te alabamos, Padre de bondad, por medio de tu Hijo Jesucristo, en la alegría y consuelo del Espíritu Santo. Te adoramos y glorificamos a Ti, Trinidad santa y bendita, que has creado todo lo que existe. Tú eres la fuente de la que mana la vida. Eres también la Patria hacia la que nos dirigimos, caminando esta historia. Eres también la fuerza secreta que sostiene desde dentro nuestro caminar. Te damos gloria y alabanza, a Ti, Dios vivo y verdadero, que eres nuestra salvación. Amén.”

Misa por la Patria

Homilía en la catedral de San Francisco – 25 de mayo de 2021

“Observar la Ley es como presentar muchas ofrendas y ser fiel a los mandamientos es ofrecer un sacrificio de comunión […]” (Ecco 35, 1). 

Así comenzaba la primera lectura de hoy. Cuando el libro del Eclesiástico habla de “Ley”, por supuesto, se refiere a las “palabras” que Dios regaló a su pueblo en el Sinaí a través de Moisés, sintetizadas en aquellas “Diez palabras” que tan bien conocemos. 

Pero, orando por la Patria Argentina este 25 de mayo, podemos dejarnos iluminar por esta invitación del sabio de Israel. Iluminar nuestra conciencia, nuestra conducta y también nuestra vida ciudadana como pueblo. 

Mucho se ha dicho y escrito sobre el poco apego que los argentinos tenemos a la ley. A este defecto -grave, por cierto- se lo denomina: “anomia”; es decir, negación de la ley. 

Lo ilustra muy bien el dicho popular: “Hecha la ley, hecha la trampa”. Solemos evocarlo para señalar cómo los pícaros saben sortear el límite de la ley, ufanándose de ese logro. Es la famosa “viveza criolla”. 

Este modo de hablar es muy injusto y cargado de prejuicios: en realidad, el desapego a leyes, normas y regulaciones desborda ampliamente cualquier caracterización de raza, condición social o incluso educación superior. Otro dicho popular puede venir en nuestra ayuda: “ladrones de guante blanco”: gente educada, incluso con acceso a muchos bienes, sin embargo, elige la corrupción. 

Por eso, observando el enorme esfuerzo que nuestro pueblo viene haciendo desde que comenzó la pandemia, este juicio negativo, al menos en mi caso, tiene que ser matizado; tal vez, hasta rebatido. 

Permítanme afirmar, con emoción ciudadana, que en la mayoría de los argentinos habita una real pasión por el bien común; es decir, por ese trabajo silencioso, cotidiano y tremendamente paciente de generar las condiciones para que cada persona, cada familia y pueblo alcancen su desarrollo y perfección. 

En su encíclica Laudato Si’, el papa Francisco ha hecho dos aportes fundamentales a la noción de bien común. Este implica, por un lado, el cuidado de la casa común: nuestra tierra, el ambiente, el clima, la ecología humana. Por otro, el trabajo por el bien común incluye a las futuras generaciones: implica soñar el futuro, incluso si eso significa sacrificios en el presente cuyos frutos serán recogidos por quienes vengan detrás.

En este día de la Patria, no nos dejemos ganar por la amargura que nubla la mirada, por la desesperanza o la presunción que hieren desde dentro a la esperanza. 

No es realismo ser pesimista, amargado o confundir espíritu crítico con el conformismo de quien critica todo sin dejar abierta ninguna puerta a la esperanza. 

Volvamos al fragmento del libro del Eclesiástico que acabamos de escuchar. Prestemos atención a este acento, típicamente bíblico y cristiano: escuchar y poner en práctica la Ley que Dios nos ha regalado es, en definitiva, el culto que Él espera de nosotros; el culto de la vida que le da sentido al culto litúrgico que realizamos. 

“La manera de agradar al Señor es apartarse del mal, y apartarse de la injusticia es un sacrificio de expiación. […] Da siempre con el rostro radiante y consagra el diezmo con alegría.” (Ecco 35, 3.8).

Dios quiere nuestro corazón más que nuestras ofrendas externas. Quiere que nuestra vida se transfigure con el fuego de su Espíritu para que podamos experimentar su misma alegría de vivir en la verdad. 

Esa es la belleza de la vida que Jesús nos ha traído y que su Espíritu incesantemente anima, inspira y mueve desde dentro de los corazones. 

Ese “fuego sagrado” esta ardiendo en nuestra Patria Argentina desde que el Evangelio de Cristo resonó en nuestra tierra. Y no deja de dar frutos. 

Miremos, si no, lo que de más hondo está ocurriendo en nuestras comunidades cristianas, especialmente en este tiempo de pandemia, de confinamiento y de restricciones. 

Es cierto que, en tiempos más o menos prolongados, los templos argentinos han estado cerrados. Pero la Iglesia, la verdadera Iglesia del Señor, la que crece en los corazones, la que el Espíritu edifica con las piedras vivas que somos nosotros; esa Iglesia está viva, despierta, activa y, como siempre, es misionera…

¿Cuál es el aporte de los cristianos a la construcción, nunca acabada, por cierto, de una Patria de hermanos?

Ante todo, la radicalidad de nuestra vivencia del Evangelio. No hay mejor servicio a la Patria para un cristiano que vivir su fe con alegría, convicción y coherencia. 

A eso, yo añadiría dos objetivos más: en primer lugar, trabajar más intensamente por la convivencia fraterna entre todos los argentinos. Esa herida abierta que solemos llamar “grieta” también está presente dentro de nuestras comunidades cristianas. Pues bien, el Evangelio tiene todo para que demos testimonio elocuente de que las desavenencias pueden ser vividas de un modo distintos. Se trata de tratarnos como hermanos y hermanas, aunque, lógicamente, no tengamos la misma mirada sobre aspectos que son contingentes y opinables. 

En segundo lugar, los católicos estamos desafiados a profundizar nuestro compromiso con la democracia; o, mejor, con un modelo de democracia que exprese nuestra cultura, nuestra riqueza y pluralidad. Nos orienta el rico magisterio de nuestra Iglesia: desde “Iglesia y comunidad nacional” del Episcopado Argentino, con los dos documentos del bicentenario; hasta los grandes pronunciamientos de los Papas, especialmente la gran encíclica Centessimus annus de san Juan Pablo II y, más recientemente, Laudato Si’ y  Fratelli tutti de nuestro querido Papa Francisco. 

¡Soñemos juntos entonces una Argentina luminosa! ¡Soñemos pensando en las nuevas generaciones que están creciendo o que vendrán! 

Patria es la tierra de los padres, de nuestros hijos y nietos. 

Que la Virgencita de Luján nos siga inspirando y bendiciendo. 

Amén. 

Pentecostés es hoy

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de mayo de 2021

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…»” (Jn 20, 21-22).

Pentecostés no es un hecho del pasado. Es hoy. Acontece ahora. Es el presente. Y lo es para todo el mundo, para la humanidad y también para la creación.

Pentecostés es hoy, no solo porque es la fiesta litúrgica que cierra el tiempo pascual, sino porque Cristo resucitado sigue comunicando su Aliento (su Espíritu) a sus discípulos, al mundo, a nuestro presente.

Más que nunca hoy, rezamos con las bellas palabras del Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (vv 29-30). Vivimos por el Aliento de Jesús. La creación entera anhela el soplo vivificante del Espíritu.

Y nuestra misión es, así alentados por el Espíritu de Cristo, llevar su alegría y su paz al mundo. Ser artesanos de paz, de reconciliación, del perdón. Junto con el don del Espíritu, Jesús confía a su Iglesia el signo del Perdón de Dios. Esa es la misión de la Iglesia en el mundo.

¿Un signo de esta actualidad de Pentecostés? La vida de este chico santo, cuyas reliquias nos visitan: Carlos Acutis. Una vida transformada, luminosa y, por eso, provocativa.

En este domingo de Pentecostés, te invito a orar: “Ven a nosotros, oh, Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Ven y cólmanos con tu santa unción. Haz de cada comunidad cristiana, de cada bautizado y confirmado, testigos valientes de tu fuerza y de tu fuego, que es el amor de Cristo que hace nuevas todas las cosas. Conviértenos en artesanos de paz, de amistad y de reconciliación. Amén.”

Heridas y sueños de Argentina

“El sol del veinticinco viene asomando…”

¡25 de mayo, día de la Patria!

No está de más recordar que “Patria”, entre otras cosas, evoca la “tierra de los padres”.

Como un eco del cuarto mandamiento: honrar padre y madre. Así también honramos y amamos la Patria.

Y anhelamos lo mismo: una Patria de hermanos, una casa común, una familia grande.

Dios creador nos ha regalado la tierra, nuestra casa común, y ha puesto la semilla de esa maravillosa diversidad que son los pueblos y naciones de la tierra. Argentina es una de ellas.

Geografía, cultura, historia compartida.

Patria es tu casa, tu familia, tus vecinos, tu pueblo o ciudad. Tu lugar en el mundo y lo que está más allá también. Los que amas y te aman. Los que ya no están y extrañamos. Pero también aquellos con los que tenemos alguna forma de distancia o desavenencia, incluso, al menos en algún punto, insalvable.

Cercanos y lejanos, amigos y extraños; los que piensan como vos y los que no. Aquellos con los que tenés afinidad… y otros con los que parece que nada hay en común.

Pero parece nomás, porque tenemos algo decisivo en común: la común humanidad… somos semejantes… y eso tiene que pesar. Es decisivo reconocerlo.

Cuando hoy pienso en Argentina, a la memoria del corazón me vienen dos imágenes: una Argentina “herida” y una Argentina “soñada”.

Hablar de heridas es evocar sufrimiento, dolor, desencuentros. También muertes, exilio, discordia. Hoy vivimos un tiempo de mucho dolor e incertidumbres. Sí, nos sentimos “heridos y agobiados”.

Mirar nuestras heridas no necesariamente es un acto negativo: como quien se goza en el dolor, para permanecer instalado allí.

Podemos mirar nuestras heridas y encontrar en ese dolor compartido la luz que necesitamos para mirar más hondo en la vida, ver lo que es realmente importante y, de esa manera, encontrar aliento para mirarnos a los ojos, caminar juntos y soñar el futuro.

Cuando salgo de mí mismo y trato de hacer mías, de alguna manera, las heridas y cicatrices de los demás, también de mis adversarios, algo profundo cambia en nuestro modo de percibir la vida. Algo realmente humano y humanizante.

Hay que atreverse a dar ese paso. Tal vez, este tiempo duro de pandemia, de tanto dolor, nos esté dando esa posibilidad.

Por eso, de esas heridas así reconocidas y compartidas puede nacer la Argentina “soñada” de la que hablaba antes. Un sueño nuestro para las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo. Una Argentina más luminosa.

Es un acto de Esperanza. Y escribo esta palabra sagrada y frágil con mayúsculas porque soy cristiano, discípulo de Jesús y su Evangelio. Creo en Dios y trato de servirlo hablando de Él, de su amor y misericordia.

Esperanza es un regalo que el mismo Dios hace surgir en los corazones en los que ha sembrado la semilla de la fe. Y mirar la vida con ese fuego que alumbra es ver el futuro con la mirada transfigurada.

Feliz día de la Patria.

Sí: ¡Viva la Patria!