El que está viniendo

«La Voz de San Justo», domingo 28 de noviembre de 2021 – Primer Domingo de Adviento

“Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.” (Lc 21, 27-28).

Comenzamos a caminar el Adviento. El Señor está viniendo a nosotros. ¡Salgamos a su encuentro!

La primera parte de este hermoso tiempo litúrgico está dominada por la esperanza grande que sostiene nuestra vida: el Resucitado, vencedor de la muerte, vendrá a consumar su obra.

Por un lado, el mundo, una y otra vez, experimenta miedo y pavor al contemplar la fragilidad de todo lo humano o la violencia que, de tanto en tanto, parece tener la última palabra sobre la historia.

Los creyentes y discípulos de Jesús no escapamos de esta experiencia, pero tenemos una certeza, dada por el mismo Señor. Es la que proclama este evangelio, y la que está en el centro de la espera del Adviento: lleno de poder y de gloria, el Hijo del hombre, Jesús el Señor, está viniendo a nosotros. De él proviene nuestra confianza, el ánimo que vence todo temor y la esperanza que sostiene nuestra vida.

Es lo que confesamos, cada domingo, en el Credo que recitamos después de la homilía, cuando expresamos nuestra fe en Jesucristo que “está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.”

Él es el término de nuestra esperanza. Su juicio es la última palabra de Dios para el mundo. Es buena y alegre noticia. Es evangelio de salvación. Esa será la última palabra que escuchará el mundo cerrando y consumando la historia: una palabra de vida, de resurrección y de salvación.

No es una espera animada por el terror o la angustia, sino por la confianza, la serenidad y la alegría de saber que todo, a pesar de todo, terminará bien.

La oración es una forma cotidiana, sencilla y al alcance de todos de vivir esta espera gozosa del Señor. Este primer domingo de Adviento te propongo rezar así:

“Señor Jesús, estás viniendo a nosotros. Siempre, a cada instante. Lo sabemos, porque es tu palabra la que enciende la esperanza en nuestros corazones. Pero somos frágiles y fácilmente nos dejamos ganar el corazón por el temor. Al iniciar, un año más, el camino del Adviento te suplicamos, por intercesión de María, de San Juan Bautista y de todos los santos que aprendieron a esperarte y a esperar en Ti, que renueves nuestro corazón en la alegría que nace de la esperanza. Amén.” 

Rey de la Verdad

«La Voz de San Justo», domingo 21 de noviembre de 2021

“Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).

Estas palabras de Jesús las oye Pilatos, pero están dirigidas a nosotros.

Al concluir el año litúrgico, miremos fijamente a nuestro Rey Jesús. Veámoslo como lo ve -intrigado e inquieto, por cierto- el poderoso gobernador romano: un Rey humillado y escarnecido, pero misteriosamente dueño de sí, majestuoso y Señor.

Él es Rey porque es la Verdad que viene del corazón del Padre. Es Rey porque dice la Verdad. No cualquier verdad, por importante e imprescindible que esta sea, sino porque revela la Verdad que anhela el corazón humano: la Verdad sobre Dios, sobre la vida y sobre la salvación.

Es el Cordero de Dios a punto de ser inmolado por nosotros. Es la manifestación viva del único verdadero poder que merece ese nombre: el amor hasta el fin, la misericordia y la compasión.

Es el amor de Dios. El único que puede realmente salvar.

Nosotros, como también Pilatos, no nos convencemos de que las cosas sean así. En el fondo de nuestro corazón seguimos anhelando demostraciones de fuerza, vencer por la prepotencia y el dominio, imponer la propia voluntad.

Nos interpela el Dios humilde que se deja entregar en manos de los pecadores. Sin embargo, después de haber celebrado, a lo largo del año, el misterio de Cristo Salvador, quedémonos en oración silenciosa ante este Jesús, rey humilde que gobierna anunciando la verdad y entregando la vida.

En el silencio de nuestra oración dispongamos el corazón para que el mismo Cristo rey nos lo explique.

Podemos orar así: “Señor Jesús, estás en las manos de Pilatos. Quisiéramos que, aunque más no sea por un instante, manifestaras todo tu poder y tu fuerza. Sin embargo, callas y te dispones al sacrificio. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo y nos das la paz: con tu sola presencia, convéncenos y desarma toda soberbia de nuestro corazón. Rey del mundo: toma posesión de lo que te pertenece. Amén.”

Don Orione: cien años después

«La Voz de San Justo», domingo 14 de noviembre de 2021

“Ya he aceptado en Avellaneda a nuestros primeros patrones, los primeros pobres. Un ex capitán salido de la cárcel, por un grave hecho de sangre, que tiene mi edad y es argentino. Un niño de 10 años, cuyo padre asesinó a la madre y después se suicidó. El pequeño desde hacía dos años vivía perdido por las calles de Buenos Aires, mendigando; fue encontrado por la policía una noche en la calle, medio muerto de frío, (aquí estamos en pleno invierno). Los diarios han hablado del caso y fui a buscarlo a las 11 de la noche a una comisaría que está en los márgenes de la ciudad. Es hijo de españoles. Fue lavado y vestido a nuevo, ahora parece otro, ¡pobre muchacho! No paraba de comer en los primeros días. Tenemos un napolitano con una pierna media abierta… Una mujer protestante, francesa, tan delgada que no pesa más de 35 kilos… Otra que es calabresa, abandonada por los hijos… Deo Gratias!”

Así describía Don Orione los primeros pasos del Pequeño Cottolengo de Avellaneda. Es una carta de 1935. Pero la cosa había empezado antes. Más precisamente el 13 de noviembre de 1921, hace exactamente cien años. Ese día, Don Luis Orione desembarcaba en el puerto de Buenos Aires, poniendo en marcha una verdadera “revolución de la ternura”, al decir del papa Francisco. 

Este aniversario coincide con la Vª Jornada Mundial de los Pobres. Este año, con el lema evangélico: «A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14,7). Estas palabras de Jesús no indican resignación ante la fatalidad. Son una provocación para descubrir al Dios de los pobres. Al Padre de Jesús se lo encuentra precisamente involucrándose con los pobres y vulnerables. “Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos.”, enseña el papa Francisco. 

Es lo que comprendió y vivió Don Orione. Es lo que sigue haciendo su familia espiritual. Aquí, en la diócesis de San Francisco, el carisma orionita sigue dando preciosos frutos de Evangelio. Damos gracias a Dios por ello. 

El don nos provoca e interpela, especialmente a los discípulos de Cristo: ¿es nuestra la experiencia evangélica de Don Orione? ¿O necesitamos una sincera conversión del corazón? ¿Estamos buscando a Dios donde Él quiere ser encontrado o donde nosotros pretendemos ubicarlo? 

Es bueno que lo pensemos este domingo en el que, también por una providencial coincidencia, tenemos que acudir a las urnas para elegir a nuestros legisladores. El Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los otros espacios deliberativos son ámbitos privilegiados para tejer los acuerdos que nos permitan ver luz en el horizonte de nuestro futuro. 

La opción evangélica por los pobres, como la vivió Don Orione, nos ofrece un preciso lugar desde donde soñar con una Argentina más fraterna. 

Elecciones legislativas 2021

Los argentinos estamos nuevamente frente a un proceso electoral: la decisiva elección de nuestros legisladores.

Somos un país de tradición caudillista que eleva al líder de turno por encima de todo. El culto a la personalidad es un mal muy arraigado entre nosotros. Un mal que nos hace mal.

Esto hace que estas elecciones de legisladores parezcan de menor importancia frente a la elección de quienes ejercen el poder ejecutivo. Las llamamos de “medio término”, casi como diciendo: “de medio pelo”.

Si a eso le sumamos la fatal “lista sábana” que sigue siendo la práctica más extendida, a la minusvaloración del hecho de elegir a los “hacedores de leyes”, se suman la elección a dedo de los candidatos y la falta de democracia interna de los partidos y coaliciones.

La pandemia añade además un condimento preocupante: el descrédito de la clase política parece haberse acentuado peligrosamente.

Algunos medios -demasiados para mi gusto- parecen encontrar un incomprensible placer en echar sal en las heridas, potenciando la grieta con sus polarizaciones, exacerbaciones e irracionalidades. La lucha política pasa a ser una guerra entre el bien y el mal que enardece y enceguece.

Es un combo peligroso: desconfianza, hartazgo, incertidumbre y miedo por el futuro. El voto parece menos un acto racional que emocional, en el que pueden pesar más la polarización o el deseo de castigar.

En muchos ciudadanos cunde el desasosiego. Esto es peligroso, porque puede ir de la mano de la búsqueda de atajos simplistas que les abren la puerta a propuestas irracionales e irreales, fuente segura de nuevas decepciones.

Tenemos que decir, por el contrario, que elegir a los hombres y mujeres que nos representarán en el Congreso, las legislaturas provinciales o en los concejos deliberantes es un MOMENTO FUNDAMENTAL de nuestra democracia.

Hacer leyes justas, sabias y realmente transformadoras de la realidad no es tarea de improvisados. Es una labor que supone ciencia y conciencia, vida virtuosa y una profunda comprensión de la condición humana.  

Entonces, creo que es oportuno que cada uno de nosotros, ciudadanos, nos preguntemos: ¿por qué voto a los que voto? ¿Qué criterios uso para mi elección en el cuarto oscuro? ¿Qué ideas, valores e intereses, sentimientos y objetivos?

Los que somos cristianos -en mi caso, cristiano católico- sabemos que acudir a las urnas es un preciso deber ciudadano que forma parte de nuestra responsabilidad ante Dios por el bien común. Un deber que se inspira en el Evangelio de Jesús con sus innegables imperativos morales: amor al prójimo, búsqueda de la justicia, opción por los pobres, compasión por el que sufre, dignidad del trabajo; libertad para creer, pensar y hablar, para elegir el propio proyecto de vida, etc.

Obviamente no voy a decirle a nadie por quién votar. Si lo hiciera o lo insinuara haría gala de un clericalismo infantilizante. Somos libres. Somos ciudadanos. Seamos libres. Seamos ciudadanos.

Solo diré que, mirando el difícil camino que tenemos por delante, como ciudadano, como cristiano y como obispo no voy a dejar de alentar la búsqueda de algunos grandes consensos políticos para afrontar ese camino. Una pregunta, incisiva y obsesiva, al menos a mí, me inspira e inquieta: ¿Qué Argentina queremos dejarles a las nuevas generaciones que están creciendo?

No falta grandeza de alma en nuestro pueblo. Tampoco en muchos de sus dirigentes de todo el espectro político, cultural o social. Animémonos a mirarnos a los ojos con sinceridad, depongamos mezquindades y dejémonos ganar por un genuino patriotismo.

Tenemos por delante años duros de reconstrucción, de verdades dolorosas y decisiones valientes. Una cosa es ganar elecciones y construir poder (o prepotencia, que no es lo mismo); otra, muy distinta, saber gobernar con mirada amplia y de largo alcance.

El Congreso, las legislaturas provinciales y los otros ámbitos deliberativos son espacios fundamentales para esa empresa común. Ojalá que podamos activarlos, sentando en esos lugares a los mejores hombres y mujeres, que sepan hablar, debatir y hacerse cargo de sus opciones.

Como discípulo de Cristo sé, a ciencia cierta, que no nos faltará la asistencia del Espíritu Santo para sostener este y todos los esfuerzos que sean necesarios para un genuino desarrollo humano de la Patria Argentina. Al Espíritu invoco entonces, y a la intercesión de la Virgen, de Brochero y Esquiú.

Lo esencial

«La Voz de San Justo», domingo 31 de octubre de 2021

“El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».” (Mc 12, 32-33). 

No dejemos pasar este hecho: finalmente, un adversario de Jesús -un escriba- entiende el fondo de su mensaje. Así lo reconoce el mismo Jesús, haciéndolo merecedor de un elogio que despierta envidia: “Tú no estás lejos del Reino de Dios” (Mc 12, 34). 

Creer en Dios, como Jesús nos enseña, y amarlo con todo lo que somos, lejos de toda forma de fanatismo, despierta en el corazón la fuerza divina más honda: el amor, la compasión, el reconocer al otro como un semejante. 

La violencia comienza a abrirse paso en la sociedad, cuando muere en el corazón la certeza de que el otro es alguien igual a mí, un semejante, un hijo o hija del mismo Padre. 

La oración genuina -la que nos deja expuestos sin tapujos- nos aleja del fanatismo, porque nos abre a Dios, que es siempre más grande que todo lo que podamos pensar, decir o imaginar de Él. En este domingo, inspirados en este evangelio, oremos así:

“Que nunca, Señor, perdamos lo esencial, que es el amor a Ti y a nuestro prójimo. Que tu Espíritu no deje de derramar tu amor en nuestros corazones, siempre amenazados por el egoísmo. Danos la alegría y el consuelo de tu gracia. Amén.”

Francisco de Asís, imagen de Cristo

De San Francisco de Asís se ha dicho -y con razón- que ha sido la más perfecta imagen de Jesucristo que ha conocido el cristianismo. 

Vivió el Evangelio “sin glosas”, sin comentarios que lo aguaran. 

Esto es tan así que el mismo Cristo le regaló, al ir concluyendo su camino en esta vida, todas las cicatrices de su pasión.

Francisco quedó transfigurado en otro Cristo, como lo presenta el panel central de nuestra estupenda Iglesia catedral. 

Una gracia extraordinaria que, sin embargo, nos habla de la meta del camino ordinario de la vida cristiana. 

Es el dinamismo que pone en marcha el bautismo, que potencia la confirmación y que se alimenta de la Palabra y la Eucaristía: identificarnos con Jesús, configurándonos con él, en cuerpo y alma.

Potente mensaje para nuestra ciudad, para nuestra diócesis y para cada uno de nosotros. 

El nombre de Francisco de Asís que lleva nuestra diócesis desde hace sesenta años es también un regalo de Dios. Es, sobre todo, un programa de vida…

Una carta desde el corazón de la fe

Cómo preparar la entrega confiada a María

San Francisco, 13 de septiembre de 2021

A mis hermanos y hermanas de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

En dos cartas anteriores te he acercado la propuesta de renovar tu relación personal con María, tal como Jesús nos la ha confiado. Intenté también explicarte en qué consiste esta entrega confiada a la Madre, según la tradición de la Iglesia. Te acerco ahora algunas sugerencias sencillas para que podás preparar este momento.

Comienzo con algo obvio, pero que no siempre está claro. Lo decía en mi primera carta: María es una persona viva con la que se puede tener una relación personal. Con ella podemos tener un trato de persona a persona. Nos habla y podemos hablarle. Es decir: podemos entablar con ella una relación de amistad madre-hija/o. Pensalo bien, es muy importante.

La preparación que te propongo tiene tres tiempos, que podríamos llamar con Bernardo Olivera: reconocimiento, entrega y vivencia.

1. Reconocimiento. Desde el Bautismo, los cristianos estamos vinculados a María. Hay que caer en la cuenta de que este don ya enriquece nuestra vida de fe. ¿Cómo hacerlo? Esta preparación es doble: doctrinal, pues tengo que conocer lo que nos enseña la Iglesia sobre el puesto de María en la vida del bautizado; y espiritual: preparar mi corazón para este acto de alianza y entrega mutua.

Te sugiero la meditación de cuatro misterios marianos, con sus respectivos textos evangélicos: a) La Anunciación: Lc 1,26-38; b) Las bodas de Caná: Jn 2,1-11; c) María al pie de la cruz confiada como madre: Jn 19,25-27; y c) María en oración con los apóstoles: Hch 1,12-14. Te recomiendo también los números 266-272 del Documento de Aparecida.

Puede ayudar estas sugerencias más concretas:

  1. Un día de retiro para escuchar la Palabra de Dios y dejarnos guiar por el Espíritu. Un momento de oración con María.
  2. Si conocés a otras personas que estén también preparando su consagración a María, pueden hacer el retiro juntos.
  3. En el retiro podrías renovar las promesas bautismales. Para decir a Dios: “Amén, creo”, es necesario antes renunciar al pecado, purificando el corazón y la mente.
  4. Tratar de hacer una confesión general para recibir la gracia del perdón; el rechazo del pecado y el deseo ferviente de vivir la amistad con Dios nos asemejan a María.
  5. En lo posible, preparate para la celebración diocesana del 13 de octubre participando de la Santa Misa los días previos, rezando el Rosario, también Laudes o Vísperas.

2. Entrega. La entrega confiada a María suele expresarse en una oración escrita. Así lo haré el 13 de octubre. De hecho, existen muchas oraciones muy hermosas que expresan esta alianza con María. Ya te hablé de la que uso yo: “Bendita sea tu pureza…”. Te ofrezco otra, muy hermosa: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén”.

Si ya estás consagrado a María, te impusieron el escapulario, la Medalla milagrosa, u otros signos marianos, podés retomarlos con naturalidad. Si no, con el modelo de estas oraciones y dejándote llevar por el Espíritu, podés escribir tu propia fórmula de entrega.

Otro consejo: también sería oportuno que pensaras en algún signo visible que te ayudara a expresar tu alianza con María. Puede ser: una medalla, una estampa, un cuadro, una imagen (María auxiliadora, la Virgencita u otra advocación) colocados en algún lugar de la casa (el altarcito doméstico, por ejemplo).

3. Vivencia. Si la finalidad de la entrega confiada a María es la renovación de la gracia del Bautismo y la Confirmación, la entrega a María tiene lugar en nuestra vida de cada día. Se trata, por tanto, de encarar la vida “como lo hizo María”, viviendo, en obediencia a la Palabra de Dios, las virtudes cristianas que ella vivió de modo perfecto: la fe, el servicio, el espíritu misionero, la oración, la humildad, la solidaridad, etc.

¿Te das cuenta de que la entrega confiada a María es algo muy serio, mucho más que un acto aislado de devoción o un momento puramente emotivo? Se trata de una alianza que se vive como una opción de vida: vivir como María. Esto hay que meditarlo mucho y muy bien.

Aquí te hago dos sugerencias:

1) Una Regla de vida, es decir: poné por escrito lo que has ido descubriendo como llamado de Dios a vivir en alianza con María. ¿Qué compromisos concretos supone mi alianza con María? Por favor, en esto sé breve: una cita bíblica, algún propósito de vida, algún compromiso de oración o servicio. Nada más. Se trata de ir a lo esencial.

2) Pensá en renovar, cada año y para una fecha precisa, esta entrega confiada. Podés elegir alguna fiesta de la Virgen más importante o significativa para vos.

Una última cosa. Tal vez, al ir meditando lo que significa la entrega confiada a María, cómo se prepara y los compromisos que supone, sintás que no ha llegado el tiempo de hacerla. ¡No te desanimés! Dios va trabajando el corazón. Él te hará ver el momento justo. Si, al leer esta propuesta, experimentaste consuelo, paz y alegría, no dejés caer en el olvido esta gracia. Ya llegará el momento. ¡Todo a su tiempo, cuando la gracia y tu libertad lleguen a su punto justo!

Bueno, por mi parte, estoy llegando al final de esta carta que se ha hecho muy larga. Me he sentido consolado al escribirte. Pienso que te he comunicado cosas importantes para mi vida de fe, con la convicción de que pueden serlo también para vos. Solo me queda asegurarte que, si has podido sentir algún impulso del Espíritu en lo que he escrito, vos y yo -y tal vez, muchos más- estamos en una profunda comunión de vida, de fe y de amor. Nos une la Virgen.

Gracias por escuchar mis palabras.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

El beato Esquiú: fe que dignifica

Fray Mamerto Esquiú ya es beato. Para gloria de Dios y alegría de la Iglesia en Argentina. Una alegría que vale la pena disfrutar a pleno.

Esquiú es parte de ese mosaico luminoso que son los santos y beatos argentinos. También los que están en carrera para ser reconocidos como tales por la Iglesia.

Se trata de un mosaico en construcción. Y el artista que lo plasma es el mejor: el Espíritu Santo. Con una destreza inigualable va colocando en su lugar cada una de las teselas que, contempladas con la adecuada distancia y perspectiva, van componiendo el mosaico de la santidad en Argentina.

Si contemplamos ese conjunto nos sorprende ver admirablemente realizado, en cada uno y en la figura completa, aquel “núcleo inspirador” del que hablaban las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización de 1990: “la fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, […] como un potencial que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre.” (LPNE 16).

Una síntesis admirable que, sin dudas, es una gracia que Dios nos regala. Pero, por lo mismo, una misión que nos compromete.

Los católicos argentinos estamos llamados a vivir esa misma calidad de experiencia creyente en las circunstancias cambiantes de lugar y tiempos que la Providencia ha dispuesto para nosotros. Vivir esa síntesis de Evangelio en el hoy de nuestra Argentina. Como, en su momento, lo hizo el beato Esquiú… y Brochero… y Madre Tránsito… y, más atrás en el tiempo, la beata Antula.

¡Cuántos padres y madres de nuestra Argentina, dando a luz a aquella soñada “patria de hermanos”, con la fecundidad del humanismo cristiano que brota del Evangelio!

El “orador de la Constitución” no cayó del cielo. Tiene tras de sí una experiencia intensa, rica y personalmente asimilada de la fe cristiana. La semilla fue puesta en Piedra Blanca, su catamarqueña tierra natal. Sus padres, su familia y sus maestros la sembraron, guiados por la mano invisible del Divino Orfebre. En la familia franciscana terminó de fraguar esa rica amalgama de Evangelio y humanidad.

El beato Mamerto es un hombre fogueado por dentro por el fuego del Evangelio. Ha tocado su alma, su inteligencia, su conciencia y su libertad. Ha transfigurado sus sentimientos y su modo de vivir como cristiano, como fraile menor de San Francisco y, finalmente, como obispo diocesano.

Me pregunto si su breve pero intenso ministerio episcopal en nuestra Córdoba no solo fue antecedido por sus cincuenta y cuatro años de vida, sino preparado para que, en el tiempo de Dios y no de los hombres, dé el fruto que Cristo espera y promete para los que viven y permanecen en Él.

Así son los tiempos de Dios, que ve más lejos, más hondo y más certeramente. Y esa mirada la comparte con aquellos hombres y mujeres que son los santos.

Necesitamos esa mirada. La necesita nuestra Patria Argentina.

Argentina no está sin rumbo. En los corazones de la inmensa mayoría de argentinos y argentinas sigue vivo el deseo de justicia, de futuro y de dignidad. Ese deseo es la brújula interior que Dios ha puesto en nuestros corazones. Por eso buscamos vivir, estudiar, trabajar, amar y celebrar.

Y en los jóvenes reales, ese norte interior está más vivo que nunca. No nos permitamos dudarlo.  

Los que parecen sin rumbo son algunos dirigentes, seducidos por el espejismo de lo que yo llamo: el “país marihuana”. Prometen lo que la política no puede dar: una felicidad más bien de bajo tono, burguesa y hedonista.

A la política le toca trabajar a fin de que se generen las condiciones que le permiten a cada persona, a cada familia y comunidad, a toda la sociedad, alcanzar su pleno desarrollo humano. Es lo que la tradición del humanismo cristiano llama: el “bien común”.

La felicidad (en clave cristiana: el gozo de la “bienaventuranza”) es fruto maduro de una vida vivida a fondo, sin escaparle al trabajo duro y al sacrificio exigente, desde la conciencia y empeñando la propia libertad en el amor.

Esquiú lo comprendió, lo vivió y lo propuso con maestría.

Sobre «El Reino»

Terminé de ver «El Reino». Muy buen thriller: mantiene el suspenso del primero al último capítulo. Y deja con los nervios de punta para la segunda temporada. Repito: muy bueno. Me gustó. Es una ficción, no un documental.

¿Ofrece un estereotipo de las iglesias evangélicas? ¿Una caricatura? En buena medida, sí. Mezcla incluso palabras, símbolos y ritos que usamos los católicos. ¿Hay intencionalidad crítica? También, y, en principio, eso no está mal. Basta señalar que no se puede deslegitimar una causa (la provida, por ejemplo) demonizando a quienes la sostienen.

Como señalaba en un posteo anterior: no hay que salir con los tapones de punta (es mi opinión). Hay que reaccionar críticamente, señalando en qué aspectos esta ficción favorece una caricatura del mundo evangélico (y de la religión en general) que puede deslizarse hacia la estigmatización.

Por ejemplo, la preocupación por una mezcla indebida entre religión y política es legítima. En Argentina no se plantea como lo muestra la serie. Refleja más bien otras realidades (EEUU y Brasil), pero… es bueno que, en este punto, ayude a abrir los ojos, pues es una problemática que también tiene su rostro «argentino». Y una tendencia que vemos en otros lugares que, acelerada por la pandemia, puede llegar a acentuarse aquí. Pienso que hay que estar atentos, especialmente desde las comunidades cristianas (católicas o evangélicas).

Obviamente se trata del acercamiento al hecho religioso desde una mirada -llamémosla así- secular o no creyente. Junto con algunos tópicos comunes (vincular fe con culpa y emotivismo, por ejemplo), no se deja de escudriñar con genuino interés ese mundo al que se percibe como extraño e incluso esotérico. Sin caer en spoilers, hago foco en el personaje interpretado magistralmente por Peter Lanzani, o en algunas frases del personaje del Chino Darín, intentando explicar su experiencia ¿religiosa?

Reflexión final: ¿Cómo se vive la fe cristiana en nuestra Argentina de hoy, tan plural, compleja y polifacética? ¿Cómo vivir la fe y cómo comunicar esa «buena noticia» que nos ha cambiado la vida?

Este domingo, los católicos terminamos de escuchar el capítulo 6 de san Juan.

Durante mucho tiempo, católicos y protestantes hemos discutido a qué se refiere Jesús cuando habla del «Pan de Vida»: ¿a la Eucaristía o a la Palabra? Hoy, más serenos entre nosotros, reconocemos mejor que Jesús habla así de sí mismo y que, tanto la Eucaristía como la Palabra remiten a su Persona.

Y que la fe en Él es un camino del que no hay que excluir nuestras inconsistencias, fragilidades y torpezas. Ahí está Simón Pedro, que este domingo pronuncia una de sus frases más entrañables («Señor, ¿a quién iremos?…»), pero que todavía tiene que seguir caminando dejándose purificar por el Señor…

A propósito de las vacunas

Entre los meses de junio y agosto recibí las dos dosis de la vacuna de Oxford, AstraZeneca. Estoy atento a la posibilidad que se necesite el refuerzo de una tercera dosis.

Cuando comenzó a hablarse de la llegada de las vacunas, consulté con un profesional de la salud que merece toda mi confianza por su ciencia. Cuando me avisaron que iba a recibir la primera dosis de AstraZeneca consulté con mi médico personal. Me hizo algunas recomendaciones y, sobre todo, más alentó a vacunarme tranquilamente.

Me he vacunado porque he sentido el deber de hacerlo. Un deber muy específico delante de Dios y de mi conciencia: cuidar el bien personal de mi salud y, vinculado interiormente a este, contribuir al bien común de la salud de todos. A lo que se suma, y no en último lugar, que soy una persona pública, cuyas decisiones tienen también un impacto que va más allá de mi propia vida privada.

El papa Francisco habla de un acto de amor, también por partida doble: hacia nosotros y hacia los demás, especialmente a los más vulnerables al contagio.

En este sentido, tanto de manera pública como en privado he alentado la vacunación de las personas, respetando siempre algunos criterios fundamentales: como todo acto ético implica una apelación a la conciencia y a la libertad personal; debe, por tanto, ser fruto de un consentimiento informado y, por lo mismo, nunca como coacción de ningún tipo.

La Iglesia ha remarcado claramente que la vacunación contra el coronavirus ha de ser siempre voluntaria.

En resumen: creo que hay que vacunarse, pues es una manera fundamental de enfrentar la pandemia. Junto a las vacunas, las otras medidas sanitarias son importantes. Unas y otras apelan a la responsabilidad personal de cada uno y de toda la sociedad.

Como toda acción sanitaria, también el recurso a las vacunas contra el coronavirus es un acto ético. En este sentido, es oportuno hacer mención a los dos grupos de reparos éticos que suscitan las vacunas contra el covid-19.

Algunas -por ejemplo, la que yo he recibido: AstraZeneca- presentan una dificultad moral por su origen: han sido desarrolladas a partir de material biológico de fetos abortados en los años setenta u ochenta del siglo pasado. Esta problemática no afecta solo a las vacunas contra el coronavirus sino también a otras vacunas contra otras enfermedades.

El otro grupo de interrogantes éticos afectan a todas las vacunas contra el coronavirus y tienen que ver con lo extraordinario de su desarrollo. Por una parte, no deja de ser un valor para destacar que, en poquísimo tiempo, la industria farmacéutica las haya desarrollado tan rápidamente. Como muchos señalan, aquí también radica una debilidad que no se puede desconocer: siendo efectivas, al menos para aminorar los efectos letales de la enfermedad, muchas de sus consecuencias no están suficientemente comprobadas.

La Iglesia ha relevado también otro tipo de dificultades de carácter ético de las vacunas: son las que tienen que ver con su efectiva llegada a los sectores más vulnerables, tanto en cada país como a regiones enteras que, al día de hoy, no tienen a su disposición vacunas para su población. El papa Francisco, por ejemplo, ha señalado en varias oportunidades que las vacunas tienen que ser gratuitas y que sería oportuno, al menos, una liberalización parcial de las patentes.

La Congregación para la Doctrina de la Fe hizo pública una nota señalando que las vacunas que hoy circulan en el mercado son “moralmente aceptables”. Es del 21 de diciembre de 2020[1]. No innova, sino que aplica a esta situación nueva de la pandemia criterios ya señalados con anterioridad, como bien señala esta nota de la CDF.

En una situación ideal (que solo se da en pocos países), una persona debe tener la posibilidad de elegir aquellas vacunas que no presentan reparos éticos. En caso contrario, como ocurre en Argentina, y debido al bien común de la salud afectado por la difusión del virus, una persona no comete un acto inmoral (un pecado) si recibe voluntariamente una vacuna cuyo origen resulta moralmente comprometido. No hay cooperación formal con el pecado, sino solo un vínculo remoto, material y meramente pasivo.

De la misma manera, si, con el debido asesoramiento y consejo de su médico, acepta el riesgo proporcionado de recibir una vacuna aprobada por la autoridad sanitaria competente, pero que también presenta interrogantes sobre algunos de sus efectos.

El católico que, a pesar de estas precisiones de la Iglesia, después de un maduro discernimiento, elige no recibir las vacunas por razones de conciencia debe ser respetado.

Estamos ante una situación compleja y delicada. Se requiere escucha atenta, respeto recíproco y voluntad de discernir la verdad para contribuir al bien común. Por eso, se necesita excluir deliberadamente expresiones agrias y agresivas, juicios sumarios y descalificaciones.

El movimiento antivacunas es anterior al coronavirus, aunque en pandemia ha adquirido nuevo empuje. En ambientes cristianos, católicos y evangélicos, parece ejercer también una cierta influencia porque apela, no siempre con suficiente sensatez, a argumentos de carácter religioso. Se requiere discernimiento para no caer en posturas fundamentalistas.

Desde un punto de vista católico no hay que establecer la falaz oposición entre la fe y la razón, Dios y la ciencia. No se trata, por ejemplo, de confiar más en Dios que en las vacunas. Uno y otras no están en el mismo nivel; menos aún compiten entre sí en paridad de condiciones. Confiamos en Dios, porque es Dios, y recibimos las vacunas porque son fruto de la inteligencia que Dios da a los hombres como signo de su imagen divina en la creatura. Pero Dios, creador y providente, obra en el mundo como Causa primera, trascendente en su ser y obrar. La ciencia y los diversos fármacos en su propio nivel de causas segundas.

La pandemia del coronavirus está golpeando duramente a toda la familia humana. El bien común, como siempre, supone una decisión libre de alta calidad ética. La conciencia del cristiano se descubre especialmente interpelada a abrirse a toda la amplitud de la verdad y a asumir el compromiso de hacer, aquí y ahora, el bien posible para todos.


[1] Aquí el enlace: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/12/21/nota.html