Vocación

«La Voz de San Justo», domingo 8 de mayo de 2022

«Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.» (Jn 10, 27).

Los católicos celebramos este domingo la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Como cada año, el papa Francisco ha escrito un mensaje: “Llamados a edificar la familia humana”.

“Vocación” es una hermosa palabra. Evoca una experiencia fundamental: alguien sabe nuestro nombre y lo pronuncia, no con fría indiferencia sino con genuino interés por nuestra persona.

Para la fe cristiana es, además, una palabra fuerte. Dejo hablar aquí al papa Francisco: “A Miguel Ángel Buonarroti se le atribuyen estas palabras: «Todo bloque de piedra tiene en su interior una estatua y la tarea del escultor es descubrirla». Si la mirada del artista puede ser así, cuánto más lo será la mirada de Dios […] Su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas.”

La vida no es una casualidad. Ningún ser humano es un capricho del azar. Somos fruto de un amor eterno que nos abre a la vida. Hoy rezamos para que cada ser humano pueda vivir esa experiencia.

Siempre que escucho “Gracias a la vida” de Violeta Parra, me tomo la licencia de imaginar la palabra “vida” con mayúsculas. “Vida” es nombre divino. El del Dios que ama la vida, que solo sabe crear, perdonar y resucitar.

Por eso, dejándome una vez más mirar por Dios (eso es, en definitiva, orar), solo puedo decir:

“Gracias, Señor, porque me has dado tanto. Gracias por mirarme, llamarme y compartir conmigo la hermosa aventura de edificar fraternidad. Gracias por la misión que me regalaste y me ha puesto a caminar. Gracias por el camino que comparto con mis hermanos, por sus senderos de luz y también por sus quebradas oscuras. Vos caminás con nosotros. Amén.”

¿Qué democracia queremos para nuestra Argentina?

El año pasado, al calor de la Pascua, escribí unas líneas para responder a la pregunta: ¿Hay resurrección para nuestra Argentina? Hoy me da vueltas por el corazón la misma pregunta con una variación. Es la pregunta que sirve de título: ¿Qué democracia queremos para nuestra Argentina?

No solo en Argentina. La democracia parece estar necesitada de resurrección. No solo de una simple revitalización formal.

El magisterio social de la Iglesia ha hecho un fatigoso camino para apreciar los valores que supone la democracia, sus reglas de juego y su andamiaje institucional. Ha pasado de la condena a la sospecha, y de esta a la relativización, para arribar a una valoración positiva de la misma, aun sin desconocer sus riesgos, límites y deformaciones.

En este tramo del camino podemos señalar las reflexiones de los tres últimos Papas: de Juan Pablo II en Centessimus annus, pasando por las numerosas intervenciones de Benedicto XVI, hasta las aportaciones de Francisco en Laudato Si’ y, sobre todo, en la reciente Fratelli tutti. El Episcopado Argentino tuvo su intervención estelar poco antes de la recuperación del orden constitucional con el señero documento: “Iglesia y comunidad nacional” de 1981.

Tenemos donde abrevar, tomar impulso y pensar mejor, desde el Evangelio y la enseñanza social católica, cómo aportar para revitalizar el sistema democrático. ¿Queremos realmente hacerlo? ¿Estamos suficientemente motivados para ello? ¿O nos sumamos a los cansados y desilusionados que vuelven a apostar por soluciones mágicas que patean el tablero?

El jesuita español José I. González Faus acaba de publicar un artículo sobre las elecciones francesas donde se hace una serie de preguntas que bien podríamos aprovechar aquí, de este lado del charco. Solo destaco una: ¿vamos a seguir echando mano del voto bronca para castigar al gobierno de turno, pensando que, tal vez así, las cosas se acomoden? Tenemos suficientes pruebas de, más que acomodarse, el camino hacia el precipicio se hace más inclinado.

https://www.religiondigital.org/miradas_cristianas/Necesitamos-voto-castigo-pen-macron-elecciones-francia_7_2444825506.html

Necesitamos una fuerte sacudida de nuestro espíritu ciudadano. Pero en línea con uno de los valores más fuertes, si no el más fuerte, de una genuina democracia: restituir el diálogo ciudadano que le da cauce a la pluralidad de voces, posturas e iniciativas que es alma de toda democracia. No hay democracia sin reconocimiento explícito de la pluralidad y, por eso, del diálogo y los consensos.

Y todo esto como fruto de una deliberada elección que supone el ejercicio arduo de las principales virtudes políticas: la prudencia, la búsqueda de la justicia, la solidaridad y, no en último lugar, el reconocimiento efectivo de que el otro (especialmente el que es más distinto de mí) tiene real subjetividad, merece ser escuchado porque, no de casualidad, ni yo ni él tenemos la posesión de toda la verdad que hay que buscar en la vida ciudadana de un pueblo.

De este lado del charco, hay además otro poderosísimo aspecto de la realidad que nos tiene que sacudir y -no puedo obviar el lenguaje evangélico- urgirnos a una verdadera conversión del corazón: la multiplicación de los rostros de la pobreza, la marginación, el descarte y el sufrimiento de los últimos. La deuda social de la pobreza es la mayor que los argentinos tenemos con nosotros mismos.

Este es un camino que, antes que los dirigentes, lo tenemos que recorrer los ciudadanos de a pie, cada uno y en conjunto. De la decisión de hacerlo dependen muchas cosas, por ejemplo, que el mundo de la política se sienta presionado y urgido por los ciudadanos a encarnar estos valores en sus propuesta y actitudes. Está bien que, ya desde ahora, comiencen a pensar en las elecciones de 2023, a tantear posibles candidaturas y a mover sus piezas para ello. Es el juego de la democracia. Buscar el poder para transformar la realidad es un valor fundamental de la política. Pero también convencer a los votantes con sus propuestas, no con meros artilugios de marketing. La rosca es necesaria, pero solo si no se queda en la desesperación por el conchabo, la tajada o el sectarismo. El bien común y el interés de todos, especialmente de las generaciones por venir, es el norte de la brújula.

Por eso, lo que sí harta y llena de bronca es el desenganche de buena parte del mundo político de las reales preocupaciones, problemas y desvelos de las personas, de las familias, de los jóvenes y de los trabajadores.

Una última palabra: los medios de comunicación tienen una responsabilidad única, intransferible y esencial en toda democracia: vehiculizan la palabra, la idea, la libre expresión. No soy ingenuo: hoy por hoy, los medios juegan al servicio del sistema y de las fuerzas dominantes. Pero los medios están formados por hombres y mujeres que saben abrirse camino en esa jungla para hacer oír su voz libre.

El papa Francisco ha vuelto a señalar las principales tentaciones o pecados de los medios. Señala, ante todo, la desinformación como la más seria. Estoy básicamente de acuerdo. Añade además la calumnia y la difamación, verdaderos flagelos éticos de la comunicación humana. A continuación, ha vuelto a usar una expresión que no me parece feliz: “coprofilia”. Yo prefiero decir lo mismo, pero de otro modo (no sé, tal vez, hablando del “gusto por el morbo”). Pero comprendo el hartazgo de Francisco. No está solo en ese sentimiento.

No hay democracia sin opinión pública ni libertad de expresión, sin debate ciudadano y sin peridiosmo libre, realmente libre, crítico, informado y cuestionador.

Se trata entonces de recuperar la palabra y el discurso responsables, tratarnos como semejantes (en cristiano: como “hermanos y hermanas”), especialmente en el disenso, y apostar a consensos que maduren frutos que tal vez recogerán las futuras generaciones. Este es -a mi entender- uno de los cauces privilegiados para revitalizar nuestra democracia.

¿No es la persona y los derechos humanos el fundamento sobre el que se asienta la cultura democrática, sobre todo, después de las experiencias demoledoras de las guerras y, entre nosotros, de la violencia política que alcanzó su cota más alta en el terrorismo de estado? ¿Qué hemos aprendido realmente de este largo y fatigoso camino que venimos transitando?

Tenemos que pensarlo.

Cristianismo inaudito e imposible

En medio del mundo

«La Voz de San Justo», domingo 20 de febrero de 2022

«Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. […] Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. […] Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.» (Lc 6, 27.31.36).

Los discípulos de Jesús están en medio de una multitud ansiosa y expectante, formada por judíos y paganos. 

Fijando la mirada en ellos, Jesús les dirige su palabra. Los invita a vivir, cómo él, las bienaventuranzas. Los precave también de asumir un estilo de vida falaz (¡Ay de los satisfechos!).

Propuesta de vida desafiante y radical.

¿Las consecuencias? Este domingo las comprendemos mejor. Aunque también aumenta el vértigo de asumir una vida según el Evangelio de Jesús. 

Amor a los enemigos. Al odio, a la violencia y a la mezquindad, el discípulo  del Evangelio responde redoblando la gratuidad, el perdón y la benevolencia. Esta es la regla de oro: «Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes» (Lc 6, 31).

Pero, ¿por qué? Para Jesús, todo se resume en esta razón de fondo: el Padre es misericordioso y compasivo. Esa es su bienaventuranza. El desafío es inmenso. Imposible. Vivir ese mismo estilo de vida.

Imposible como empresa voluntarista. Es gracia que se recibe cuando se acepta la amistad y comunión con Jesús. Él nos comunica su Espíritu para vivir al «estilo de Dios». Inaudito. Esa es, sin embargo, la pretensión del cristianismo. Ha sido, lo es ahora, y lo será hasta el final.

Los discípulos de Jesús y nuestras comunidades cristianas estamos en medio del mundo. No fuera, ni al margen. Mucho menos, por encima. En medio de todos, intentando vivir al estilo de Jesús. También desde ese lugar elevamos nuestra plegaria:

«Señor Jesús: Si no lo viera realizado en tantos hombres y mujeres, discípulos tuyos, lo juzgaría una locura. Pero, esa «locura» está ahí: en el amor y perdón de los mártires, en la compasión y gratuidad de tus santos, en la paz y serenidad de sus corazones. El mal es ruidoso y puede parecer apabullante; pero, la bondad, por silenciosa y humilde que sea, no se puede ocultar. Viene de tu corazón y desborda en los corazones de tantos hombres y mujeres buenos. Y es lo que realmente sostiene al mundo. Gracias, Jesús. Sencillamente, ¡gracias! Amén.»

Jesús, los pobres y los ricos

«La Voz de San Justo», domingo 13 de febrero de 2022

“Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! […] Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!” (Lc 6, 20-21. 24).

Dios no quiere la pobreza ni el sufrimiento. Jesús, su Hijo, ha venido a proponernos el sueño de Dios para la humanidad. Él lo llama: el reino de Dios. Y no es una esperanza solo para el cielo. Dios quiere que su reinado comience a sentirse aquí y ahora.

Cuando Jesús dice: “bienaventurados los pobres… ay de los ricos y satisfechos” no está otorgando piadosas consolaciones ni repartiendo condenaciones automáticas.

El evangelio de este domingo es muy concreto. Jesús se dirige a sus discípulos, es decir, a aquellos que han aceptado su propuesta de vida. Y les dirige cuatro “bienaventuranzas” y cuatro “ayes”.

Felices aquellos que, por seguirlo a él, lo han dejado todo, poniendo en el centro a Dios y a los hermanos. Los que tienen hambre de un mundo nuevo. Los que lloran porque todavía reina la injusticia, en un mundo que se cierra al reino de Dios. Son felices por la libertad que reina en sus corazones. Bienaventurados como lo es Jesús, el Padre y el Espíritu.

Los cuatro “ayes” son los gritos de un padre que ve a sus hijos empeñarse en una vida engañosa que, al final, terminará en el fracaso más rotundo. Porque eso ocurre cuando se vive para sí mismo. Ese estilo de vida metaliza el corazón, nos vuelve insensibles y despiadados. Aquí no hay libertad ni alegría, sino la tristeza de ser esclavos de sí mismos.

Jesús y su Evangelio nos desafían a acertar con las decisiones fundamentales, especialmente aquellas que le imprimen un rumbo preciso a nuestra vida: qué tipo de personas queremos ser, sobre qué valores asentar nuestra vida, qué huella dejar.

La propuesta de Jesús es vivir como hijos e hijas de Dios y como hermanos, especialmente de los más pobres y heridos. Una propuesta más desafiante cuando mayor es la injusticia, la desigualdad y el descarte de personas. Es la realidad de nuestra Argentina hoy. Aquí tenemos que vivir el Evangelio de Jesús.

No es “pobrismo” que romantiza la pobreza. Es la opción del Evangelio que ofrece la fuerza del amor de Cristo para luchar contra toda forma de deshumanización.

“Señor Jesús: pasaste toda la noche en la montaña, expuesto a la mirada de tu Padre. Y, con esa fuerza divina, bajaste al llano, donde estamos nosotros, tus discípulos. Volvé a gritarnos las bienaventuranzas. Volvé a invitarnos a ser benditos como vos. Pero también volvé a sacudirnos con ese “¡ay!” de dolor que has escuchado en el corazón de tu Padre por el desatino en nuestras vidas. Tu Palabra nos hiere e incomoda… No dejés de hacerla resonar en nuestra vida. Amén.”

El camino de Simón Pedro

«La Voz de San Justo», domingo 6 de febrero de 2022

“Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.” (Lc 4, 11).

Así concluye el evangelio de este domingo. De ahora en adelante Jesús no caminará solo. Se van sumando compañeros de viaje. Ahora: Simón Pedro, Santiago y Juan; después, vendrá Leví y los demás hasta conformar el grupo de los Doce. También se sumarán mujeres, entre ellas: María de Magdala.

Se va formando una familia, centrada en la persona de Jesús, unida por el amor y tensionada por una misma pasión: el anuncio del proyecto de Dios para la humanidad.

Ese camino sigue abierto hoy y muchos lo transitamos. Esa familia sigue caminando: es la comunidad cristiana que nació precisamente de esa experiencia fundante. Este domingo, san Lucas nos habla de ese inicio.

Jesús ha dejado Nazaret y se ha instalado en Cafarnaúm. Ya no predica en lugares cerrados, sino al aire libre. Va allí donde se encuentra la gente. Se ha sumergido él mismo -y sin miedo- en ese mundo complejo, desprolijo y caótico.

Lucas nos relata la experiencia que sacude a Simón. Jesús lo ha alcanzado en la desilusión de una noche de pesca que ha resultado estéril. Sin embargo, algo pone entre paréntesis su experiencia de avezado pescador: “Navega mar adentro, y echen las redes”, ordena Jesús (Lc 4, 4). “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes”, responde Simón Pedro (Lc 4, 5).

Y sobreviene lo imposible: una pesca desbordante, más allá de todo cálculo. Es más que un milagro. Es un signo de lo que ocurre cuando Jesús irrumpe en la propia vida con su Palabra.

Simón experimenta el vértigo que supone semejante experiencia. De allí nace su sincera plegaria: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador.” (Lc 4, 8). Hay que atravesar ese abismo. Es el estupor que nace al verse alcanzado por el amor gratuito, absoluto e incondicional de Dios. Viene, se acerca y tiende la mano. Humaniza y da libertad. Así, Jesús suma a Simón a su camino misionero.

Su experiencia de encuentro con Jesús nos lleva a orar:

“También yo te digo hoy, Señor Jesús: soy un pecador. La cercanía de tu Persona me atrae e ilumina. Siento, sin embargo, el peso de mi fragilidad y la tentación de pedirte que te alejés de mí. Es que intuyo que esa cercanía tuya será para mí herida y bálsamo, desafío y superación, muerte y resurrección. Me comprenderás si mi plegaria, este domingo, se vuelve a Simón Pedro. Es un hermano mayor. Mirándolo a él y al camino que hizo con vos y de tu mano, también yo me animo a seguirte, a navegar mar adentro y a echar las redes confiando en tu Palabra. Amén.”

Pase sanitario y libertad religiosa

Acabo de tuitear este hilo que puede ser de interés. Es sobre un posible «pase sanitario» para las celebraciones litúrgicas.

(1/6) Hilo sobre el #PaseSanitario y la libertad religiosa Me he vacunado voluntariamente. Recibí las dos dosis de la AZ. Estoy a la espera de la tercera dosis. He animado también a vacunarse. En las condiciones actuales, la vacunación es un acto moralmente lícito.

(2/6) La vacunación debe ser voluntaria, mucho más debido a que se trata de vacunas que, sin negar su eficacia, todavía están en fase experimental. Tienen reparos éticos que no pueden desoírse.

(3/6) No se puede condicionar el ejercicio de otros derechos fundamentales a la vacunación, como son: el trabajo y la justa remuneración y, en este caso, la libertad religiosa. Hay que preferir la información, la persuasión y el consentimiento informado a la coacción.

(4/6) Es comprensible que, para algunas actividades masivas, se pida un “pase sanitario” que dé cuenta de las vacunas recibidas. Para la participación en el culto – para la Eucaristía dominical, por ejemplo- no veo que la exigencia de un pase similar sea correcta.

(5/6) La libertad religiosa, de la que forma parte la libertad de culto es el primero de los derechos. Su ejercicio no puede quedar comprometido al límite de hacerlo, de hecho, imposible, como se dio en las fases más duras de la cuarentena.

(6/6) Una cuestión concreta: la dinámica de las celebraciones litúrgicas católicas (desplazamiento, intercambio, movimiento) no es la misma que la de otras reuniones sociales (fiestas, mitines, reuniones deportivas). Está probado: permiten una mayor seguridad sanitaria.

Esteban, con «E» mayúscula. Como Esperanza.

De lejos, lo mejor de este tiempo tumultuoso que vivimos como sociedad.

Escuchar, ver y sentir el discurso de Esteban Bullrich renunciando a la senaduría ha sido para mí, como para muchísimos, una corriente de aire puro. Oxígeno para el ánimo que parece languidecer.

Las palabras fueron certeras. Un discurso para volver a escuchar y rumiar. Incluso para estudiar como pieza de humanismo político. Pero, sobre todo, para justipreciar a la persona que sustenta las palabras luminosas que, más que de sus labios, salían de su vida de hombre, de creyente cristiano católico y de político.

Muestran esa grandeza que tanto extrañamos en nuestra vida social. Mucho más grande e inmensa ante tanta pequeñez, mezquindad y cortedad de plazos y de miras que parecen ser el tono dominante de la política argentina.

Aunque no solo buena parte del mundo político argentino (del oficialismo a la oposición) queda en vergüenzas ante semejante testimonio. Tampoco los otros dirigentes e “influencers” escapamos del chicotazo. También los eclesiásticos, nuestras palabras y nuestros silencios.

La política, en sí misma, es vocación de grandeza, de desmesura, de utopía: desgastarse, más que por sí mismo, por el bien y el interés común. Y, en eso, hallar la propia recompensa, incluso en el poder, deseado, buscado y conquistado con denuedo. La satisfacción interior de haber sumado.

La vocación política se hace parte, porque, necesariamente busca ese espacio de participación y lucha es es el partido político. Pero, sortenado el peligro de que la parte se convierta en facción, siempre mira al bien de todos. Esa dinámica está en el núcleo ético de la democracia que gira entorno del reconocimiento de la pluralidad de opciones políticas y su legitimidad.

De ahí la apelación al diálogo, al respeto de la diferencia, a no creerse el todo, a buscar consensos y espacios comunes.

La fraternidad reclama la política. Y no cualquier política, sino la mejor, como bien la describe el papa Francisco en Fratelli tutti.

Gracias, Esteban, por la humanidad y grandeza de tus palabras, de tu modo de pararte frente a la vida y la adversidad, por tu “amén” humilde y valiente a la vez al camino de Dios.

Creo que no te podés imaginar el bien enorme que tu renuncia está produciendo. Has abierto un espacio generoso por el que corre lo mejor del alma de nuestro pueblo.

Gracias.

El que está viniendo

«La Voz de San Justo», domingo 28 de noviembre de 2021 – Primer Domingo de Adviento

“Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.” (Lc 21, 27-28).

Comenzamos a caminar el Adviento. El Señor está viniendo a nosotros. ¡Salgamos a su encuentro!

La primera parte de este hermoso tiempo litúrgico está dominada por la esperanza grande que sostiene nuestra vida: el Resucitado, vencedor de la muerte, vendrá a consumar su obra.

Por un lado, el mundo, una y otra vez, experimenta miedo y pavor al contemplar la fragilidad de todo lo humano o la violencia que, de tanto en tanto, parece tener la última palabra sobre la historia.

Los creyentes y discípulos de Jesús no escapamos de esta experiencia, pero tenemos una certeza, dada por el mismo Señor. Es la que proclama este evangelio, y la que está en el centro de la espera del Adviento: lleno de poder y de gloria, el Hijo del hombre, Jesús el Señor, está viniendo a nosotros. De él proviene nuestra confianza, el ánimo que vence todo temor y la esperanza que sostiene nuestra vida.

Es lo que confesamos, cada domingo, en el Credo que recitamos después de la homilía, cuando expresamos nuestra fe en Jesucristo que “está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.”

Él es el término de nuestra esperanza. Su juicio es la última palabra de Dios para el mundo. Es buena y alegre noticia. Es evangelio de salvación. Esa será la última palabra que escuchará el mundo cerrando y consumando la historia: una palabra de vida, de resurrección y de salvación.

No es una espera animada por el terror o la angustia, sino por la confianza, la serenidad y la alegría de saber que todo, a pesar de todo, terminará bien.

La oración es una forma cotidiana, sencilla y al alcance de todos de vivir esta espera gozosa del Señor. Este primer domingo de Adviento te propongo rezar así:

“Señor Jesús, estás viniendo a nosotros. Siempre, a cada instante. Lo sabemos, porque es tu palabra la que enciende la esperanza en nuestros corazones. Pero somos frágiles y fácilmente nos dejamos ganar el corazón por el temor. Al iniciar, un año más, el camino del Adviento te suplicamos, por intercesión de María, de San Juan Bautista y de todos los santos que aprendieron a esperarte y a esperar en Ti, que renueves nuestro corazón en la alegría que nace de la esperanza. Amén.” 

Rey de la Verdad

«La Voz de San Justo», domingo 21 de noviembre de 2021

“Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).

Estas palabras de Jesús las oye Pilatos, pero están dirigidas a nosotros.

Al concluir el año litúrgico, miremos fijamente a nuestro Rey Jesús. Veámoslo como lo ve -intrigado e inquieto, por cierto- el poderoso gobernador romano: un Rey humillado y escarnecido, pero misteriosamente dueño de sí, majestuoso y Señor.

Él es Rey porque es la Verdad que viene del corazón del Padre. Es Rey porque dice la Verdad. No cualquier verdad, por importante e imprescindible que esta sea, sino porque revela la Verdad que anhela el corazón humano: la Verdad sobre Dios, sobre la vida y sobre la salvación.

Es el Cordero de Dios a punto de ser inmolado por nosotros. Es la manifestación viva del único verdadero poder que merece ese nombre: el amor hasta el fin, la misericordia y la compasión.

Es el amor de Dios. El único que puede realmente salvar.

Nosotros, como también Pilatos, no nos convencemos de que las cosas sean así. En el fondo de nuestro corazón seguimos anhelando demostraciones de fuerza, vencer por la prepotencia y el dominio, imponer la propia voluntad.

Nos interpela el Dios humilde que se deja entregar en manos de los pecadores. Sin embargo, después de haber celebrado, a lo largo del año, el misterio de Cristo Salvador, quedémonos en oración silenciosa ante este Jesús, rey humilde que gobierna anunciando la verdad y entregando la vida.

En el silencio de nuestra oración dispongamos el corazón para que el mismo Cristo rey nos lo explique.

Podemos orar así: “Señor Jesús, estás en las manos de Pilatos. Quisiéramos que, aunque más no sea por un instante, manifestaras todo tu poder y tu fuerza. Sin embargo, callas y te dispones al sacrificio. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo y nos das la paz: con tu sola presencia, convéncenos y desarma toda soberbia de nuestro corazón. Rey del mundo: toma posesión de lo que te pertenece. Amén.”

Don Orione: cien años después

«La Voz de San Justo», domingo 14 de noviembre de 2021

“Ya he aceptado en Avellaneda a nuestros primeros patrones, los primeros pobres. Un ex capitán salido de la cárcel, por un grave hecho de sangre, que tiene mi edad y es argentino. Un niño de 10 años, cuyo padre asesinó a la madre y después se suicidó. El pequeño desde hacía dos años vivía perdido por las calles de Buenos Aires, mendigando; fue encontrado por la policía una noche en la calle, medio muerto de frío, (aquí estamos en pleno invierno). Los diarios han hablado del caso y fui a buscarlo a las 11 de la noche a una comisaría que está en los márgenes de la ciudad. Es hijo de españoles. Fue lavado y vestido a nuevo, ahora parece otro, ¡pobre muchacho! No paraba de comer en los primeros días. Tenemos un napolitano con una pierna media abierta… Una mujer protestante, francesa, tan delgada que no pesa más de 35 kilos… Otra que es calabresa, abandonada por los hijos… Deo Gratias!”

Así describía Don Orione los primeros pasos del Pequeño Cottolengo de Avellaneda. Es una carta de 1935. Pero la cosa había empezado antes. Más precisamente el 13 de noviembre de 1921, hace exactamente cien años. Ese día, Don Luis Orione desembarcaba en el puerto de Buenos Aires, poniendo en marcha una verdadera “revolución de la ternura”, al decir del papa Francisco. 

Este aniversario coincide con la Vª Jornada Mundial de los Pobres. Este año, con el lema evangélico: «A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14,7). Estas palabras de Jesús no indican resignación ante la fatalidad. Son una provocación para descubrir al Dios de los pobres. Al Padre de Jesús se lo encuentra precisamente involucrándose con los pobres y vulnerables. “Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos.”, enseña el papa Francisco. 

Es lo que comprendió y vivió Don Orione. Es lo que sigue haciendo su familia espiritual. Aquí, en la diócesis de San Francisco, el carisma orionita sigue dando preciosos frutos de Evangelio. Damos gracias a Dios por ello. 

El don nos provoca e interpela, especialmente a los discípulos de Cristo: ¿es nuestra la experiencia evangélica de Don Orione? ¿O necesitamos una sincera conversión del corazón? ¿Estamos buscando a Dios donde Él quiere ser encontrado o donde nosotros pretendemos ubicarlo? 

Es bueno que lo pensemos este domingo en el que, también por una providencial coincidencia, tenemos que acudir a las urnas para elegir a nuestros legisladores. El Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los otros espacios deliberativos son ámbitos privilegiados para tejer los acuerdos que nos permitan ver luz en el horizonte de nuestro futuro. 

La opción evangélica por los pobres, como la vivió Don Orione, nos ofrece un preciso lugar desde donde soñar con una Argentina más fraterna.