Alimento para los que caminamos

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de junio de 2021

La Eucaristía es el memorial del sacrificio pascual de Cristo. Cada vez que la celebramos, se actualiza y se hace presente la Pascua del Señor.

Los textos de este domingo destacan el misterio de la Sangre redentora: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” (Mc 14, 24). La sangre es símbolo de la vida. Y la sangre “derramada”, de la vida que se entrega, especialmente en el sacrificio supremo del martirio.

El mundo anhela la comunión, mientras experimenta el poder destructor del odio, del resentimiento y de la violencia. La Sangre del Cordero, derramada para que seamos salvados, es esperanza de perdón, de reconciliación y de salvación para la humanidad.

En este tiempo de pandemia hemos visto como han salido más claramente a la luz las profundas consecuencias de la cultura de la muerte: desigualdad, pobreza, destrucción de la creación, enfermedad en los cuerpos y desesperanza en las almas.

Pero también hemos visto de qué manera, en lo más hondo de corazones nobles, humildes y entregados, la potencia de la Sangre redentora de Jesús sigue obrando maravillas, sigue levantando al mundo, santificando los cuerpos y las almas.

“Alimento de los caminantes”. Así llama a la Eucaristía un canto anónimo de la liturgia. El poema recoge la experiencia de los cristianos. Cada Eucaristía que se celebra, la más solemne y la más humilde, tiene una inigualable potencia de gracia, de bien y de salvación. Alimenta la vida, fortalece y anima al peregrino, especialmente cuando el camino se vuelve más empinado e incierto.

 ¡Qué no falte la Eucaristía en el deseo que nace del amor que cree, adora y espera! ¡Qué no dejemos morir el hambre y la sed de la Eucaristía en nosotros! ¡Qué nunca falte la Eucaristía en nuestras comunidades! ¡Qué no falten manos que multipliquen ese Pan vivo que es Jesucristo, el Señor!

Te invito a orar: “Te saludamos y bendecimos, Sangre bendita y gloriosa. Del costado abierto de Cristo en la cruz sigues manando para salvación del mundo. Que nunca desertemos de la Eucaristía. Que siempre lavemos nuestras vidas en tu poder salvador y purificador. Amén.”

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de mayo de 2021

“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.  […]” (Mt 28, 16-20).

Así comienza el evangelio de este domingo que celebra a la Santa Trinidad. También nosotros, como los discípulos, nos postramos para adorar a Jesús, el Señor. Y volvemos a recibir de sus labios la misión: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).

De algún modo, esta fiesta recoge el camino que venimos recorriendo desde el Adviento con la espera de su Venida, pasando por la Navidad y centrado en su Pascua. El plan de salvación de Dios desemboca en la revelación del Rostro trinitario del Dios amor en la pasión, muerte y resurrección de Cristo: el Padre que ha enviado al Hijo; el Hijo que, desde las profundidades de la comunión divina, nos comunica el Espíritu. 

¿Qué significa ser enviados a bautizar en el nombre de la Santa Trinidad? No solo cumplir un rito externo, sino realizarlo como expresión de algo decisivo para la vida: ser sumergidos en la comunión de amor que es Dios, para que seamos testigos del modo como Dios vive y ama. Y, por eso, al mandato de bautizar sigue el de enseñar a vivir según el Evangelio de Jesús. La Iglesia está en el mundo con la misión de abrir el corazón del hombre a la adoración del Dios amor, para que así, el hombre tenga vida, libertad y felicidad. 

Te invito a orar así: “Te alabamos, Padre de bondad, por medio de tu Hijo Jesucristo, en la alegría y consuelo del Espíritu Santo. Te adoramos y glorificamos a Ti, Trinidad santa y bendita, que has creado todo lo que existe. Tú eres la fuente de la que mana la vida. Eres también la Patria hacia la que nos dirigimos, caminando esta historia. Eres también la fuerza secreta que sostiene desde dentro nuestro caminar. Te damos gloria y alabanza, a Ti, Dios vivo y verdadero, que eres nuestra salvación. Amén.”

Pentecostés es hoy

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de mayo de 2021

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…»” (Jn 20, 21-22).

Pentecostés no es un hecho del pasado. Es hoy. Acontece ahora. Es el presente. Y lo es para todo el mundo, para la humanidad y también para la creación.

Pentecostés es hoy, no solo porque es la fiesta litúrgica que cierra el tiempo pascual, sino porque Cristo resucitado sigue comunicando su Aliento (su Espíritu) a sus discípulos, al mundo, a nuestro presente.

Más que nunca hoy, rezamos con las bellas palabras del Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (vv 29-30). Vivimos por el Aliento de Jesús. La creación entera anhela el soplo vivificante del Espíritu.

Y nuestra misión es, así alentados por el Espíritu de Cristo, llevar su alegría y su paz al mundo. Ser artesanos de paz, de reconciliación, del perdón. Junto con el don del Espíritu, Jesús confía a su Iglesia el signo del Perdón de Dios. Esa es la misión de la Iglesia en el mundo.

¿Un signo de esta actualidad de Pentecostés? La vida de este chico santo, cuyas reliquias nos visitan: Carlos Acutis. Una vida transformada, luminosa y, por eso, provocativa.

En este domingo de Pentecostés, te invito a orar: “Ven a nosotros, oh, Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Ven y cólmanos con tu santa unción. Haz de cada comunidad cristiana, de cada bautizado y confirmado, testigos valientes de tu fuerza y de tu fuego, que es el amor de Cristo que hace nuevas todas las cosas. Conviértenos en artesanos de paz, de amistad y de reconciliación. Amén.”

Heridas y sueños de Argentina

“El sol del veinticinco viene asomando…”

¡25 de mayo, día de la Patria!

No está de más recordar que “Patria”, entre otras cosas, evoca la “tierra de los padres”.

Como un eco del cuarto mandamiento: honrar padre y madre. Así también honramos y amamos la Patria.

Y anhelamos lo mismo: una Patria de hermanos, una casa común, una familia grande.

Dios creador nos ha regalado la tierra, nuestra casa común, y ha puesto la semilla de esa maravillosa diversidad que son los pueblos y naciones de la tierra. Argentina es una de ellas.

Geografía, cultura, historia compartida.

Patria es tu casa, tu familia, tus vecinos, tu pueblo o ciudad. Tu lugar en el mundo y lo que está más allá también. Los que amas y te aman. Los que ya no están y extrañamos. Pero también aquellos con los que tenemos alguna forma de distancia o desavenencia, incluso, al menos en algún punto, insalvable.

Cercanos y lejanos, amigos y extraños; los que piensan como vos y los que no. Aquellos con los que tenés afinidad… y otros con los que parece que nada hay en común.

Pero parece nomás, porque tenemos algo decisivo en común: la común humanidad… somos semejantes… y eso tiene que pesar. Es decisivo reconocerlo.

Cuando hoy pienso en Argentina, a la memoria del corazón me vienen dos imágenes: una Argentina “herida” y una Argentina “soñada”.

Hablar de heridas es evocar sufrimiento, dolor, desencuentros. También muertes, exilio, discordia. Hoy vivimos un tiempo de mucho dolor e incertidumbres. Sí, nos sentimos “heridos y agobiados”.

Mirar nuestras heridas no necesariamente es un acto negativo: como quien se goza en el dolor, para permanecer instalado allí.

Podemos mirar nuestras heridas y encontrar en ese dolor compartido la luz que necesitamos para mirar más hondo en la vida, ver lo que es realmente importante y, de esa manera, encontrar aliento para mirarnos a los ojos, caminar juntos y soñar el futuro.

Cuando salgo de mí mismo y trato de hacer mías, de alguna manera, las heridas y cicatrices de los demás, también de mis adversarios, algo profundo cambia en nuestro modo de percibir la vida. Algo realmente humano y humanizante.

Hay que atreverse a dar ese paso. Tal vez, este tiempo duro de pandemia, de tanto dolor, nos esté dando esa posibilidad.

Por eso, de esas heridas así reconocidas y compartidas puede nacer la Argentina “soñada” de la que hablaba antes. Un sueño nuestro para las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo. Una Argentina más luminosa.

Es un acto de Esperanza. Y escribo esta palabra sagrada y frágil con mayúsculas porque soy cristiano, discípulo de Jesús y su Evangelio. Creo en Dios y trato de servirlo hablando de Él, de su amor y misericordia.

Esperanza es un regalo que el mismo Dios hace surgir en los corazones en los que ha sembrado la semilla de la fe. Y mirar la vida con ese fuego que alumbra es ver el futuro con la mirada transfigurada.

Feliz día de la Patria.

Sí: ¡Viva la Patria!

Hemos conocido el Amor

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de mayo de 2021

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13).

Comenzamos a transitar el último tramo de este tiempo pascual “en pandemia” 2021. ¿Qué nos va quedando en el corazón de lo que hemos vivido?

El Evangelio de hoy puede ayudarnos a comprender nuestra experiencia del camino y a ponerle palabras.

Cincuenta días dura la conmemoración anual de la Pascua cristiana. Cincuenta días para poner de relieve o hacer emerger la Pascua que acontece en el camino de la existencia de quienes tratamos de vivir como discípulos de Jesús. El bautismo nos ha puesto en ese camino.

Por eso, nos podemos preguntar: ¿Qué nos ha pasado en el camino?  

Digámoslo con palabras del apóstol san Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.” (1 Jn 4, 16).

O, más breve: hemos conocido el Amor. Y el amor más grande: el de Dios en la entrega de Jesús, su Hijo. El Espíritu lo ha clavado en el centro de nuestro corazón. Y, por eso, todo ha cambiado para nosotros.

Ese amor grande del Dios Amigo ilumina nuestra mirada. Desde allí vemos el mundo, nuestra vida, el futuro. Hemos empezado a comprender que, allí donde hay, aunque más no sea, un pequeño movimiento de amor allí está actuando la fuerza renovadora del Resucitado.

Es bueno decirlo en este tiempo de tanta incertidumbre, pero también, de tantos gestos humanos de amor, de solidaridad, de empatía y compasión. A los ojos de la fe cristiana, todos ellos nos cuentan el Amor grande de Dios, presente y activo en el mundo.

Como los discípulos de Emaús, también nosotros estamos llamados a contar lo que hemos vivido. Al contarlo, la esperanza crece, firme y pujante, abriéndonos al futuro.

Te invito entonces a orar: “Señor Jesús resucitado, nos has llamado tus amigos. Hemos conocido el amor más grande: el que te impulsó a dar la vida por nosotros. Qué nunca dejemos morir en nosotros la gratitud y el asombro por ese amor con el que hemos sido salvados y transformados. Que se convierta en el canto nuevo que entonamos con nuestra vida. Amén”

El mejor vino de la cepa más selecta

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de mayo de 2021

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.” (Jn 15, 5).

El Dios viñador, celebrado por los profetas, ha plantado en el mundo la mejor de sus cepas: Jesús, su Hijo, la verdadera vid. Y ha madurado en la Pascua, dando el fruto más selecto y sabroso: la redención del mundo. Ha sido necesaria la dolorosa poda de la Pascua. 

También para quienes somos sus discípulos -como sarmientos en la vid- llega la hora de la poda. El bautismo nos ha sumergido en la Pascua de Jesús, que se ha hecho así, inseparable de nuestra existencia.

Por eso, cada Eucaristía nos toca tan profundamente. No es algo que pasa fuera de nosotros. De rodillas escuchamos las palabras fuertes de la consagración que se pronuncian en el altar, pero es el corazón tocado por el Espíritu el que se conmueve.

También nosotros estamos llamados a dar mucho fruto. Solo hay una condición: “Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes” (Jn 15, 4). 

Ser sus discípulos nos pone en una saludable tensión: buscarlo siempre a Él y, en Él, producir abundantes frutos y, de esta manera, glorificar al Padre. 

¿Dónde encontrarlo? Te doy una pista certera: buscá en la vida de aquellos para quienes Jesús es, sin más, todo; los que son luminosos porque irradian la luz de Cristo. Son sus testigos, sus amigos y enamorados. Son sus santos. Ellos son el mejor comentario del Evangelio, pues no solo dicen, sino que muestran el Rostro de Jesús. 

Para Pentecostés vamos a tener entre nosotros una reliquia de uno de ellos: el beato Carlos Acutis, enamorado de la Eucaristía. Tal vez, a través de Carlos, Jesús tenga alguna gracia reservada para vos.

Te invito a orar: “Señor Jesús, vid verdadera que el Padre ha plantado en el mundo, buscamos tu savia vital para tener vida, alegría y dar mucho fruto. No permitas, Señor, que nos apartemos de Ti. Beato Carlos Acutis: intercedé por nosotros, para que, como vos, también permanezcamos en Jesús, como los sarmientos en la vid. Amén.”

El buen Pastor y nosotros

“La Voz de San Justo” domingo 25 de abril de 2021

“Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.” (Jn 10, 14-15).

En la montaña santa, Moisés le había pedido a Dios que le revelara su Nombre. Desde la zarza ardiente, Dios le respondió: “Yo soy el que soy” (Jn 3, 14). Ahora es Jesús el que habla así: “Yo soy el Buen Pastor…” (Jn 10,11). 

Jesús nos muestra el significado último del Santo Nombre revelado a Moisés. No es especulación teórica. Es vida y camino. 

En el pastoreo de Jesús hasta dar la vida, comprendemos que Dios es Amor. En su conocer a las ovejas y ser conocido por ellas, sabemos que es amor personal, concreto y comprometido con cada ser humano. En su buscar a las que está lejos para devolverla al redil, que es amor que quiere reunir a todos en una sola familia, especialmente a los alejados y más perdidos. 

Y que ese amor del Dios Pastor se contagia, al punto que se hace vocación y misión que toma toda la vida. Desde el bautismo, esa pasión por la vida habita el alma de cada discípulo. 

Este domingo celebramos la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones. Rezamos para que cada cristiano deje salir y viva intensamente esa fuerza que lo habita. La vida es vocación, llamada de Dios a cada ser humano. Es vocación a la libertad, a una vida plena por el amor que se hace cargo, se apasiona y se entrega. 

En su mensaje para esta Jornada, el papa Francisco destaca la figura evangélica de san José. Entre otras cosas, nos invita a dejarnos llevar por los sueños de Dios, como hizo José. En este tiempo desafiante, especialmente frente a la mezquindad que parece achicar el horizonte, necesitamos escuchar la voz de Dios, soñar con la vida grande que nos propone y, de esa manera, mirar con valentía el futuro que Él nos abre. 

Podemos rezar así: “Jesús Buen Pastor, escucha la voz de la Iglesia, el rebaño que Tú apacientas con la fuerza de tu Espíritu. Te rogamos para que cada bautizado y confirmado escuche tu voz, viva intensamente su vocación y misión al servicio del Reino de Dios. Amén.”

Bienaventurados los que se dejan transformar por la fe

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de abril de 2021

“Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».” (Jn 20, 8).

Una buena tarea para este tiempo de Pascua sería buscar e identificar todas las bienaventuranzas que, del principio al final, atraviesan toda la Biblia. No solo las del Sermón de la montaña. 

El libro de los Salmos, por ejemplo, se abre con una de ellas: “¡Feliz el hombre… que se complace en la Ley del Señor y la medita de día y de noche!”. 

Los evangelios, en cierto modo, se abren y se cierran con la misma bienaventuranza: “Feliz de ti por haber creído…”, le dice Isabel a María. Y, este domingo, de labios de Jesús resucitado escuchamos su última bienaventuranza: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29). La bienaventuranza de la fe: creer en Dios, tal como se nos ha mostrado en su Verbo, Jesucristo, es la plenitud de la vida y de la felicidad. 

En nuestro uso cotidiano, la palabra “feliz” puede sonar a deseo un poco volátil, formal, inconsistente. Es algo que decimos, con afecto, por cierto, pero casi como una costumbre, al pasar: ¡Feliz cumple! 

En el lenguaje de la Biblia -el lenguaje de la fe- indica algo grande: una vida realmente lograda, completa, verdaderamente plena… según Dios. Es lo que nos da la amistad que Cristo resucitado nos ofrece. Lo experimentamos especialmente en el tiempo pascual.

Como enseñaban los Padres: todo lo que en Jesús, Verbo encarnado, era visible ha pasado ahora a los sacramentos de la Iglesia: la Palabra que escuchamos en comunidad, el Pan de la Eucaristía en el altar que es también mesa de familia, en el servicio alegre a los hermanos, en lo que de más hondo acontece en nuestro camino. Allí, en ese mundo, a la vez visible y cargado de silencio, el Resucitado se abre paso por nuestra vida. Y se da a conocer con la gratuidad del amor, interpelando nuestra libertad; esperando siempre una respuesta igualmente libre y gratuita. Nos busca, nos llama y nos espera. 

Siempre es tiempo para orar. Te invito a hacerlo así: “Señor Jesús, como tu discípulo Tomás, también nosotros te reconocemos en medio de la comunidad que Tú mismo reúnes, cada domingo, para celebrar tu Pascua. Que podamos experimentar tu presencia y, ya desde ahora, alcanzar la bienaventuranza reservada a lo que creen en Ti. Amén.”

Resurrección para Argentina

Mientras celebraba la Semana Santa, de improviso, me vino al corazón esta pregunta: en este 2021, marcado por la pandemia, ¿hay resurrección para nuestra Argentina?

Comparto los pensamientos que esta pregunta puso en marcha. Obviamente, no se trata de una respuesta exhaustiva, sino abierta, porque así es la vida… y, sobre todo, así es la experiencia de la Pascua en esta historia: un paso constante de las sombras a la luz, de la mentira a la verdad, de la muerte a la vida. Y volver a empezar.

La mirada tiene que estar fija en Cristo. Nuestra guía espiritual en esta aventura puede ser la inmensa María Magdalena, que mira hacia dentro de la tumba vacía, llorando, pero sobreponiéndose al dolor, para ser alcanzada por Jesús que pronuncia su nombre y desata la bendita tormenta del Evangelio (cf. Jn 20, 1-18).

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Cada domingo, al celebrar la Eucaristía, los cristianos profesamos nuestra fe: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”.

La resurrección es el contenido de nuestra esperanza: confesamos que la consumación de la creación y de la historia está en las manos de Dios. Así lo expresa solemnemente el Concilio Vaticano II: “Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.” (GS 39).

Claro que hay resurrección para Argentina, como para todos los pueblos de la tierra. Resurrección es el futuro de la humanidad. Y ese futuro tiene el rostro trinitario de Dios. Es don suyo, acción salvadora del Dios amor que rescata, perdona y purifica. Por eso lo escribimos con mayúsculas: nuestro Futuro es la Trinidad y nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Este Futuro es el contenido de nuestra esperanza. Lo esperamos, pero sabemos también que ya está actuando en la historia de los hombres. En esa tensión entre el “ya-todavía no” vivimos a fondo nuestra libertad.

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En este último sentido, también hay resurrección en Argentina. La Pascua de Jesús es la fuerza secreta que está actuando ya en cada atisbo de bien, de humanidad, de honestidad y de justicia que, día tras día, constituye la trama más profunda de nuestra vida como pueblo. Hay resurrección porque también cada día, la vida y la muerte luchan en un duelo admirable. Y la vida, mejor: el “Viviente”, vence.

En Argentina hay muchas cosas que huelen a muerte, a corrupción e injusticia. Es una verdad que parece no necesitar demasiada comprobación. Solo una advertencia: la potencia del mal, en todas sus formas, fascina y obnubila. Ante todo, a quienes se dejan ganar el corazón por la engañosa fascinación del pecado. Pero también, porque su fulgor enceguece para ver cuánto bien crece a nuestro alrededor. Genera así la amarga sensación demoníaca de que todo está perdido y no hay esperanza, solo un futuro gris.

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La esperanza cristiana en la resurrección de la carne abre los ojos y fortalece el corazón para emprender la tarea cotidiana de edificar la justicia. Solo hombres y mujeres animados desde dentro por una esperanza grande logran humanizar el mundo, especialmente en las circunstancias más adversas. Lo estamos comprobando en esta pandemia, cuyos verdaderos protagonistas (y hasta “héroes”) son hombres y mujeres comunes que abrazan el servicio al bien de todos, aún a riesgo de sus propias vidas.

Minorías intensas y altamente ideologizadas siguen bregando por sus utopías, ajenas a la realidad concreta. Nos prometen traer el cielo a la tierra. Promesa irrealizable que, las más de las veces, solo logra imponerse con formas inhumanas de autoritarismo y autocensuras, silenciamientos y miedos. Basta ver la pervivencia de la fascinación del socialismo colectivista. Hoy se entremezcla con el auge al parecer irrefrenable del individualismo que reduce la verdad a la medida del propio yo con sus reclamos y deseos.

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La pobreza que hoy castiga a una inmensa mayoría de argentinos (especialmente niños, jóvenes y ancianos) sigue siendo nuestra deuda más vergonzosa. No es la grieta, sino una consecuencia nefasta de nuestras desavenencias. O, mejor: de no saber gestionar los legítimos disensos y hasta proyectos de país que significa habitar una nación que crece en libertad y pluralismo. Nos pasa a los ciudadanos de a pie, pero resulta fatal cuando la dirigencia de un país vive ensimismada, desconectada de la realidad y entretenida en chicanas adolescentes, ante la mirada atónita del pueblo.

Cuando un peronista llama “gorila” a su adversario, a esta altura del partido y con tanta sangre vertida, está negándole subjetividad política. Lo mismo ocurre cuando, desde la otra orilla (la del irracional anti-peronismo), se descalifica como “cabeza de termo” u otras expresiones rebajantes, a quienes adhieren a proyectos populares.

¿Y por casa cómo andamos? Hoy por hoy, también en el variopinto mundo católico argentino, nos descalificamos unos a otros, rotulándonos de “conservadores” y “progresistas”. En definitiva, nos cuesta aceptar que tradición y profecía son criaturas del Espíritu. Su saludable tensión pertenece al alma católica de la Iglesia.

Hasta tanto no aprendamos, internalicemos y defendamos realmente el pluralismo en Argentina, la resurrección de nuestro país seguirá siendo un río subterráneo que puja por emerger, impedido siempre por la irracionalidad de quienes solo quieren imponerse e imponer su particular lectura de la realidad.

Pienso que los tiempos se agotan. La pandemia nos está dejando exhaustos. Necesitamos arbitrar caminos de consensos genuinos que, respetando las legítimas diversidades, logren identificar algunos acuerdos fundamentales mirando al futuro.

La fe en Dios vivida y celebrada en comunidad es una de esas realidades “esenciales” que hemos aprendido a defender en medio del aislamiento social: sin su potencial de esperanza, difícilmente se pueda acometer una empresa de largo alcance como esta.

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A la Iglesia como tal, y a quienes somos sus pastores, no nos corresponde una acción política directa, menos aún entre bambalinas. Nuestra aportación es una predicación fervorosa del Evangelio, que toque y temple el corazón y, secundando la acción del Espíritu Santo, despierte la mística del reino de Dios en las personas. Un verdadero liderazgo espiritual.

Lo cierto es que la Pascua que crece en el cuerpo de nuestro país ha de ser secundada por la acción misionera, consciente y responsable, de lo mejor que tiene la Iglesia: sus bautizados-confirmados, los que solemos llamar, a falta de un nombre mejor: laicos.

La resurrección de Argentina es una tarea de todos los ciudadanos, creyentes o no. Los que profesamos la fe católica nos sentimos llamados a ello desde el corazón del Evangelio: Cristo y los pobres. Ha de tener como protagonistas a los miles de hombres y mujeres laicos que se reconocen en el Evangelio de Jesucristo.

Creo además que esta pandemia está significando un aliciente y una aceleración de una aguda toma de conciencia de esa responsabilidad intransferible de cada uno en la misión compartida. “Una patria de hermanos…”, aprendimos a cantar. Ahora, nuestro Francisco, presenta la Fraternidad como una vocación que, del corazón de la Trinidad, late en el corazón de cada ser humano. Ese proyecto divino secundamos.

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Volvamos al Credo: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”. Sí: toda resurrección, empezando por la de Cristo, es obra del Aliento divino, el Espíritu vivificante. Él está obrando entre nosotros.

Bueno. Hasta aquí estas reflexiones abiertas. Las confío a la lectura de quien se anime. Pero, sobre todo, las pongo en las manos de san José, figura admirable del Evangelio, providencialmente propuesta por nuestro papa Francisco para esta hora del mundo y, por supuesto, de nuestra amada Argentina.

+ Sergio O. Buenanueva,
obispo de San Francisco.
Miércoles 7 de abril, octava de Pascua

Mensaje Pascual 202

“Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.” (Mc 16, 8).

Así concluye el evangelio que hemos escuchado en la Vigilia Pascual. Vale la pena volver sobre él.

Las mujeres, sobreponiéndose al dolor por la muerte de Jesús, acuden tempranito a honrar al ilustre fallecido. Las mueve el amor. De camino se dan cuenta de la “pesada piedra” que hay que remover para ungir el cuerpo. Pero el “genio femenino” no se arredra: siguen su camino.

Al llegar, un anuncio inesperado y desconcertante: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí.” (Mc 16, 6).

El misterioso joven de blancas vestiduras que así les habla tiene para ellas una misión: ir a comunicar esto mismo a Pedro y a los demás discípulos; y que se pongan en camino hacia Galilea, porque allí tendrá lugar el encuentro con el Resucitado. Tomemos nota: no hay experiencia de la resurrección sin una misión que cumplir, sin comunicar el anuncio recibido.

Sobreviene entonces el temor, que se convierte en huida: salieron corriendo, aterrorizadas.

¿Nos sorprende? Meditemos un poco: ¿hemos tomado realmente en serio lo que significa aquella tumba vacía? ¿Que la muerte ha sido absorbida por la vida? ¿Que aquel humillado era “verdaderamente el Hijo”, como lo confesó el centurión? ¿Nos damos cuenta de que eso cambia todo: nuestra mirada y el modo de pararnos frente a la vida y a la misma muerte? ¿Nos damos cuenta de que solo de ese Crucificado nace la esperanza? ¿Comprendemos que la incertidumbre de este tiempo es, para nosotros, el camino hacia el encuentro con el Resucitado? ¿Qué precisamente allí nos está esperando?

Hermanos y hermanas: al saludarlos en esta Pascua 2021, también este año en pandemia, no puedo sino invitarlos a experimentar el mismo vértigo de aquellas mujeres. Solo así estamos en condiciones de convertirnos en discípulos misioneros de Jesús resucitado. Miremos, si no, a estas benditas mujeres: tuvieron que pasar por esa fuerte experiencia para llegar a ser “apóstoles de los apóstoles”. Con ese anuncio comenzará la historia de la que somos parte: historia de fe, de misión y de esperanza compartida. Porque también nosotros hemos recibido el mismo mandato: vayan y cuenten a todos esta buena noticia.

Es la historia que Dios está llevando adelante, porque es el Dios que ama la vida y, por eso, resucitó a su Hijo y nos resucitará a todos nosotros “por Cristo, con Él y en Él”.

Feliz Pascua para todos, guiados por las santas mujeres que pasaron del miedo a la esperanza. Nos acompañan también María y José de Nazaret.

Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva,
obispo de San Francisco