El mejor vino de la cepa más selecta

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de mayo de 2021

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.” (Jn 15, 5).

El Dios viñador, celebrado por los profetas, ha plantado en el mundo la mejor de sus cepas: Jesús, su Hijo, la verdadera vid. Y ha madurado en la Pascua, dando el fruto más selecto y sabroso: la redención del mundo. Ha sido necesaria la dolorosa poda de la Pascua. 

También para quienes somos sus discípulos -como sarmientos en la vid- llega la hora de la poda. El bautismo nos ha sumergido en la Pascua de Jesús, que se ha hecho así, inseparable de nuestra existencia.

Por eso, cada Eucaristía nos toca tan profundamente. No es algo que pasa fuera de nosotros. De rodillas escuchamos las palabras fuertes de la consagración que se pronuncian en el altar, pero es el corazón tocado por el Espíritu el que se conmueve.

También nosotros estamos llamados a dar mucho fruto. Solo hay una condición: “Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes” (Jn 15, 4). 

Ser sus discípulos nos pone en una saludable tensión: buscarlo siempre a Él y, en Él, producir abundantes frutos y, de esta manera, glorificar al Padre. 

¿Dónde encontrarlo? Te doy una pista certera: buscá en la vida de aquellos para quienes Jesús es, sin más, todo; los que son luminosos porque irradian la luz de Cristo. Son sus testigos, sus amigos y enamorados. Son sus santos. Ellos son el mejor comentario del Evangelio, pues no solo dicen, sino que muestran el Rostro de Jesús. 

Para Pentecostés vamos a tener entre nosotros una reliquia de uno de ellos: el beato Carlos Acutis, enamorado de la Eucaristía. Tal vez, a través de Carlos, Jesús tenga alguna gracia reservada para vos.

Te invito a orar: “Señor Jesús, vid verdadera que el Padre ha plantado en el mundo, buscamos tu savia vital para tener vida, alegría y dar mucho fruto. No permitas, Señor, que nos apartemos de Ti. Beato Carlos Acutis: intercedé por nosotros, para que, como vos, también permanezcamos en Jesús, como los sarmientos en la vid. Amén.”

El buen Pastor y nosotros

“La Voz de San Justo” domingo 25 de abril de 2021

“Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.” (Jn 10, 14-15).

En la montaña santa, Moisés le había pedido a Dios que le revelara su Nombre. Desde la zarza ardiente, Dios le respondió: “Yo soy el que soy” (Jn 3, 14). Ahora es Jesús el que habla así: “Yo soy el Buen Pastor…” (Jn 10,11). 

Jesús nos muestra el significado último del Santo Nombre revelado a Moisés. No es especulación teórica. Es vida y camino. 

En el pastoreo de Jesús hasta dar la vida, comprendemos que Dios es Amor. En su conocer a las ovejas y ser conocido por ellas, sabemos que es amor personal, concreto y comprometido con cada ser humano. En su buscar a las que está lejos para devolverla al redil, que es amor que quiere reunir a todos en una sola familia, especialmente a los alejados y más perdidos. 

Y que ese amor del Dios Pastor se contagia, al punto que se hace vocación y misión que toma toda la vida. Desde el bautismo, esa pasión por la vida habita el alma de cada discípulo. 

Este domingo celebramos la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones. Rezamos para que cada cristiano deje salir y viva intensamente esa fuerza que lo habita. La vida es vocación, llamada de Dios a cada ser humano. Es vocación a la libertad, a una vida plena por el amor que se hace cargo, se apasiona y se entrega. 

En su mensaje para esta Jornada, el papa Francisco destaca la figura evangélica de san José. Entre otras cosas, nos invita a dejarnos llevar por los sueños de Dios, como hizo José. En este tiempo desafiante, especialmente frente a la mezquindad que parece achicar el horizonte, necesitamos escuchar la voz de Dios, soñar con la vida grande que nos propone y, de esa manera, mirar con valentía el futuro que Él nos abre. 

Podemos rezar así: “Jesús Buen Pastor, escucha la voz de la Iglesia, el rebaño que Tú apacientas con la fuerza de tu Espíritu. Te rogamos para que cada bautizado y confirmado escuche tu voz, viva intensamente su vocación y misión al servicio del Reino de Dios. Amén.”

Bienaventurados los que se dejan transformar por la fe

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de abril de 2021

“Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».” (Jn 20, 8).

Una buena tarea para este tiempo de Pascua sería buscar e identificar todas las bienaventuranzas que, del principio al final, atraviesan toda la Biblia. No solo las del Sermón de la montaña. 

El libro de los Salmos, por ejemplo, se abre con una de ellas: “¡Feliz el hombre… que se complace en la Ley del Señor y la medita de día y de noche!”. 

Los evangelios, en cierto modo, se abren y se cierran con la misma bienaventuranza: “Feliz de ti por haber creído…”, le dice Isabel a María. Y, este domingo, de labios de Jesús resucitado escuchamos su última bienaventuranza: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29). La bienaventuranza de la fe: creer en Dios, tal como se nos ha mostrado en su Verbo, Jesucristo, es la plenitud de la vida y de la felicidad. 

En nuestro uso cotidiano, la palabra “feliz” puede sonar a deseo un poco volátil, formal, inconsistente. Es algo que decimos, con afecto, por cierto, pero casi como una costumbre, al pasar: ¡Feliz cumple! 

En el lenguaje de la Biblia -el lenguaje de la fe- indica algo grande: una vida realmente lograda, completa, verdaderamente plena… según Dios. Es lo que nos da la amistad que Cristo resucitado nos ofrece. Lo experimentamos especialmente en el tiempo pascual.

Como enseñaban los Padres: todo lo que en Jesús, Verbo encarnado, era visible ha pasado ahora a los sacramentos de la Iglesia: la Palabra que escuchamos en comunidad, el Pan de la Eucaristía en el altar que es también mesa de familia, en el servicio alegre a los hermanos, en lo que de más hondo acontece en nuestro camino. Allí, en ese mundo, a la vez visible y cargado de silencio, el Resucitado se abre paso por nuestra vida. Y se da a conocer con la gratuidad del amor, interpelando nuestra libertad; esperando siempre una respuesta igualmente libre y gratuita. Nos busca, nos llama y nos espera. 

Siempre es tiempo para orar. Te invito a hacerlo así: “Señor Jesús, como tu discípulo Tomás, también nosotros te reconocemos en medio de la comunidad que Tú mismo reúnes, cada domingo, para celebrar tu Pascua. Que podamos experimentar tu presencia y, ya desde ahora, alcanzar la bienaventuranza reservada a lo que creen en Ti. Amén.”

Resurrección para Argentina

Mientras celebraba la Semana Santa, de improviso, me vino al corazón esta pregunta: en este 2021, marcado por la pandemia, ¿hay resurrección para nuestra Argentina?

Comparto los pensamientos que esta pregunta puso en marcha. Obviamente, no se trata de una respuesta exhaustiva, sino abierta, porque así es la vida… y, sobre todo, así es la experiencia de la Pascua en esta historia: un paso constante de las sombras a la luz, de la mentira a la verdad, de la muerte a la vida. Y volver a empezar.

La mirada tiene que estar fija en Cristo. Nuestra guía espiritual en esta aventura puede ser la inmensa María Magdalena, que mira hacia dentro de la tumba vacía, llorando, pero sobreponiéndose al dolor, para ser alcanzada por Jesús que pronuncia su nombre y desata la bendita tormenta del Evangelio (cf. Jn 20, 1-18).

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Cada domingo, al celebrar la Eucaristía, los cristianos profesamos nuestra fe: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”.

La resurrección es el contenido de nuestra esperanza: confesamos que la consumación de la creación y de la historia está en las manos de Dios. Así lo expresa solemnemente el Concilio Vaticano II: “Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.” (GS 39).

Claro que hay resurrección para Argentina, como para todos los pueblos de la tierra. Resurrección es el futuro de la humanidad. Y ese futuro tiene el rostro trinitario de Dios. Es don suyo, acción salvadora del Dios amor que rescata, perdona y purifica. Por eso lo escribimos con mayúsculas: nuestro Futuro es la Trinidad y nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Este Futuro es el contenido de nuestra esperanza. Lo esperamos, pero sabemos también que ya está actuando en la historia de los hombres. En esa tensión entre el “ya-todavía no” vivimos a fondo nuestra libertad.

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En este último sentido, también hay resurrección en Argentina. La Pascua de Jesús es la fuerza secreta que está actuando ya en cada atisbo de bien, de humanidad, de honestidad y de justicia que, día tras día, constituye la trama más profunda de nuestra vida como pueblo. Hay resurrección porque también cada día, la vida y la muerte luchan en un duelo admirable. Y la vida, mejor: el “Viviente”, vence.

En Argentina hay muchas cosas que huelen a muerte, a corrupción e injusticia. Es una verdad que parece no necesitar demasiada comprobación. Solo una advertencia: la potencia del mal, en todas sus formas, fascina y obnubila. Ante todo, a quienes se dejan ganar el corazón por la engañosa fascinación del pecado. Pero también, porque su fulgor enceguece para ver cuánto bien crece a nuestro alrededor. Genera así la amarga sensación demoníaca de que todo está perdido y no hay esperanza, solo un futuro gris.

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La esperanza cristiana en la resurrección de la carne abre los ojos y fortalece el corazón para emprender la tarea cotidiana de edificar la justicia. Solo hombres y mujeres animados desde dentro por una esperanza grande logran humanizar el mundo, especialmente en las circunstancias más adversas. Lo estamos comprobando en esta pandemia, cuyos verdaderos protagonistas (y hasta “héroes”) son hombres y mujeres comunes que abrazan el servicio al bien de todos, aún a riesgo de sus propias vidas.

Minorías intensas y altamente ideologizadas siguen bregando por sus utopías, ajenas a la realidad concreta. Nos prometen traer el cielo a la tierra. Promesa irrealizable que, las más de las veces, solo logra imponerse con formas inhumanas de autoritarismo y autocensuras, silenciamientos y miedos. Basta ver la pervivencia de la fascinación del socialismo colectivista. Hoy se entremezcla con el auge al parecer irrefrenable del individualismo que reduce la verdad a la medida del propio yo con sus reclamos y deseos.

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La pobreza que hoy castiga a una inmensa mayoría de argentinos (especialmente niños, jóvenes y ancianos) sigue siendo nuestra deuda más vergonzosa. No es la grieta, sino una consecuencia nefasta de nuestras desavenencias. O, mejor: de no saber gestionar los legítimos disensos y hasta proyectos de país que significa habitar una nación que crece en libertad y pluralismo. Nos pasa a los ciudadanos de a pie, pero resulta fatal cuando la dirigencia de un país vive ensimismada, desconectada de la realidad y entretenida en chicanas adolescentes, ante la mirada atónita del pueblo.

Cuando un peronista llama “gorila” a su adversario, a esta altura del partido y con tanta sangre vertida, está negándole subjetividad política. Lo mismo ocurre cuando, desde la otra orilla (la del irracional anti-peronismo), se descalifica como “cabeza de termo” u otras expresiones rebajantes, a quienes adhieren a proyectos populares.

¿Y por casa cómo andamos? Hoy por hoy, también en el variopinto mundo católico argentino, nos descalificamos unos a otros, rotulándonos de “conservadores” y “progresistas”. En definitiva, nos cuesta aceptar que tradición y profecía son criaturas del Espíritu. Su saludable tensión pertenece al alma católica de la Iglesia.

Hasta tanto no aprendamos, internalicemos y defendamos realmente el pluralismo en Argentina, la resurrección de nuestro país seguirá siendo un río subterráneo que puja por emerger, impedido siempre por la irracionalidad de quienes solo quieren imponerse e imponer su particular lectura de la realidad.

Pienso que los tiempos se agotan. La pandemia nos está dejando exhaustos. Necesitamos arbitrar caminos de consensos genuinos que, respetando las legítimas diversidades, logren identificar algunos acuerdos fundamentales mirando al futuro.

La fe en Dios vivida y celebrada en comunidad es una de esas realidades “esenciales” que hemos aprendido a defender en medio del aislamiento social: sin su potencial de esperanza, difícilmente se pueda acometer una empresa de largo alcance como esta.

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A la Iglesia como tal, y a quienes somos sus pastores, no nos corresponde una acción política directa, menos aún entre bambalinas. Nuestra aportación es una predicación fervorosa del Evangelio, que toque y temple el corazón y, secundando la acción del Espíritu Santo, despierte la mística del reino de Dios en las personas. Un verdadero liderazgo espiritual.

Lo cierto es que la Pascua que crece en el cuerpo de nuestro país ha de ser secundada por la acción misionera, consciente y responsable, de lo mejor que tiene la Iglesia: sus bautizados-confirmados, los que solemos llamar, a falta de un nombre mejor: laicos.

La resurrección de Argentina es una tarea de todos los ciudadanos, creyentes o no. Los que profesamos la fe católica nos sentimos llamados a ello desde el corazón del Evangelio: Cristo y los pobres. Ha de tener como protagonistas a los miles de hombres y mujeres laicos que se reconocen en el Evangelio de Jesucristo.

Creo además que esta pandemia está significando un aliciente y una aceleración de una aguda toma de conciencia de esa responsabilidad intransferible de cada uno en la misión compartida. “Una patria de hermanos…”, aprendimos a cantar. Ahora, nuestro Francisco, presenta la Fraternidad como una vocación que, del corazón de la Trinidad, late en el corazón de cada ser humano. Ese proyecto divino secundamos.

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Volvamos al Credo: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”. Sí: toda resurrección, empezando por la de Cristo, es obra del Aliento divino, el Espíritu vivificante. Él está obrando entre nosotros.

Bueno. Hasta aquí estas reflexiones abiertas. Las confío a la lectura de quien se anime. Pero, sobre todo, las pongo en las manos de san José, figura admirable del Evangelio, providencialmente propuesta por nuestro papa Francisco para esta hora del mundo y, por supuesto, de nuestra amada Argentina.

+ Sergio O. Buenanueva,
obispo de San Francisco.
Miércoles 7 de abril, octava de Pascua

Mensaje Pascual 202

“Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.” (Mc 16, 8).

Así concluye el evangelio que hemos escuchado en la Vigilia Pascual. Vale la pena volver sobre él.

Las mujeres, sobreponiéndose al dolor por la muerte de Jesús, acuden tempranito a honrar al ilustre fallecido. Las mueve el amor. De camino se dan cuenta de la “pesada piedra” que hay que remover para ungir el cuerpo. Pero el “genio femenino” no se arredra: siguen su camino.

Al llegar, un anuncio inesperado y desconcertante: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí.” (Mc 16, 6).

El misterioso joven de blancas vestiduras que así les habla tiene para ellas una misión: ir a comunicar esto mismo a Pedro y a los demás discípulos; y que se pongan en camino hacia Galilea, porque allí tendrá lugar el encuentro con el Resucitado. Tomemos nota: no hay experiencia de la resurrección sin una misión que cumplir, sin comunicar el anuncio recibido.

Sobreviene entonces el temor, que se convierte en huida: salieron corriendo, aterrorizadas.

¿Nos sorprende? Meditemos un poco: ¿hemos tomado realmente en serio lo que significa aquella tumba vacía? ¿Que la muerte ha sido absorbida por la vida? ¿Que aquel humillado era “verdaderamente el Hijo”, como lo confesó el centurión? ¿Nos damos cuenta de que eso cambia todo: nuestra mirada y el modo de pararnos frente a la vida y a la misma muerte? ¿Nos damos cuenta de que solo de ese Crucificado nace la esperanza? ¿Comprendemos que la incertidumbre de este tiempo es, para nosotros, el camino hacia el encuentro con el Resucitado? ¿Qué precisamente allí nos está esperando?

Hermanos y hermanas: al saludarlos en esta Pascua 2021, también este año en pandemia, no puedo sino invitarlos a experimentar el mismo vértigo de aquellas mujeres. Solo así estamos en condiciones de convertirnos en discípulos misioneros de Jesús resucitado. Miremos, si no, a estas benditas mujeres: tuvieron que pasar por esa fuerte experiencia para llegar a ser “apóstoles de los apóstoles”. Con ese anuncio comenzará la historia de la que somos parte: historia de fe, de misión y de esperanza compartida. Porque también nosotros hemos recibido el mismo mandato: vayan y cuenten a todos esta buena noticia.

Es la historia que Dios está llevando adelante, porque es el Dios que ama la vida y, por eso, resucitó a su Hijo y nos resucitará a todos nosotros “por Cristo, con Él y en Él”.

Feliz Pascua para todos, guiados por las santas mujeres que pasaron del miedo a la esperanza. Nos acompañan también María y José de Nazaret.

Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva,
obispo de San Francisco

El camino de un pueblo: del miedo a la confianza, de los gritos al canto compartido

2ª Carta pascual 2021

San Francisco, 24 de marzo de 2021

A los fieles de la diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. En esta 2ª Carta pascual les propongo la lectura orante de Ex 14, 15-15, 21: el paso del Mar Rojo y el canto que entona el pueblo a continuación. Ambos textos están en el centro de la liturgia de la Palabra en la Vigilia Pascual. No pueden faltar. La salvación que Dios regala está en ese “paso” en medio de la noche. El cruce del Mar Rojo es profecía de la Pascua de Cristo y de todas las pascuas eclesiales y personales. Los invito pues a rumiar esta preciosa narración. Que el Espíritu guíe nuestra lectura orante.

I. El cruce del Mar Rojo (Ex 14, 15-31)

2. El relato tiene tres partes. La primera, frente al mar, con los gritos del pueblo que ve llegar al ejército egipcio (vv 1-14). La segunda con las aguas que se abren para dar paso al pueblo (vv 15-25). La tercera con la derrota de los egipcios y la salvación de Israel (vv 26-31). Esta narración -dicen los estudiosos- es fruto de varias tradiciones cuyos hilos entretejen un atrapante relato.

1. Ante el mar (Ex 14, 1-14)

3. Dios habla a Moisés y le revela su plan de salvación. Se acerca una crisis de proporciones (y no será la última), pero Yahvé tiene todos los hilos en sus manos. Es el Señor y el Juez de la historia. Es, sobre todo, el Dios que ama y salva a su pueblo. El Faraón, por su parte, tiene una reacción brutal: acaba de morir su primogénito, pero él piensa en la pérdida de la mano de obra esclava. El corazón está endurecido por la ambición de poder. Sin embargo, no es menor la ceguera del pueblo israelita, a pesar de haber sido testigo de las proezas de Dios a través de Moisés. A la vista del ejército exterminador que se acerca y ante la barrera insalvable del Mar vuelve a la queja amarga, la murmuración y la rebeldía.

4. Es una gran crisis de fe y de confianza en Moisés y, en última instancia en Dios. Grita de miedo y de desesperación. Es todavía un pueblo de esclavos. Sigue interiormente sometido. Pero ha resonado la Palabra divina que salva. Hay que escuchar y obedecer: solo entonces comienza a ser vencido el miedo y a desarmarse los lazos de la esclavitud. Comienza realmente la aventura de la vida y la libertad.

2. El viento sopla y las aguas se abren (Ex 14, 15-25)

5. “Después el Señor dijo a Moisés: «¿Por qué me invocas con esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha.” (Ex 14, 15). ¿Por qué Dios interpela así a Moisés? Nada dice el relato de un grito del pobre Moisés. Dios lee el corazón. Comprende que su amigo ha comenzado a sentir el peso de la situación y de su misión. Moisés está en medio de una dramática encrucijada: ve también el ejército que se acerca, escucha el clamor del pueblo y ve su desasosiego. Pero, sobre todo, ha escuchado la voz de Dios que le asegura que, por ese amenazante Mar, pasa la salvación. Podemos vernos reflejados en Moisés y en su corazón vacilante. ¿Cuántas encrucijadas de la vida nos encuentran en la misma situación? No sabemos qué hacer, cómo reaccionar, con una guerra interior de sentimientos.

6. Contemplemos también de qué manera Moisés, creyente y amigo de Dios, sale adelante: la voz de Dios ha resonado… y él obedece: “Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la noche y transformó el mar en tierra seca. Las aguas se abrieron, y los israelitas entraron a pie en el cauce del mar, mientras las aguas formaban una muralla a derecha e izquierda.” (Ex 14, 21-22). Esta escena es un eco del Génesis. También aquí, las aguas, que representan el poder abrumador del mal, son separadas por el viento (el “aliento-espíritu”) que Dios sopla. Así comienza a experimentarse la salvación: una nueva creación, surgida como la primera, del amor sabio de Dios. El amor vence el temor. Y el pueblo se pone en camino…

7. Al amanecer, cuando la luz comienza a vencer las tinieblas de la noche, el Señor, por medio de su servidor Moisés, hace que las aguas vuelvan a su cauce normal. Y, así, los egipcios son sepultados. Antes, sin embargo, los que se habían opuesto al plan de Dios realizan una dramática y certera confesión de fe en el señorío de Dios: “Los egipcios exclamaron: «Huyamos de Israel, porque el Señor combate en favor de ellos contra Egipto».” (Ex 14, 25).

3. El triunfo de la Vida (Ex 14, 26-31)

8. Las aguas del Mar Rojo son “imagen de la fuente bautismal”. Y los que atraviesan las aguas prefiguran “al pueblo cristiano”. Así rezamos en la Vigilia Pascual. Con los ojos iluminados por la fe, contemplemos ahora esta escena: “Aquel día, el Señor salvó a Israel de las manos de los egipcios. Israel vio los cadáveres de los egipcios que yacían a la orilla del mar, y fue testigo de la hazaña que el Señor realizó contra Egipto. El pueblo temió al Señor, y creyó en él y en Moisés, su servidor.” (Ex 14, 30-31).

9. La noche ha pasado, comienza a brillar la luz del día. Dios ha intervenido, salvando a su pueblo. Los esclavos son ahora libres. Han sido liberados por la poderosa mano del Señor. El texto acentúa la dimensión contemplativa de la fe: el pueblo ha visto la salvación y, así, se convierte en testigo de todo lo que ha hecho el Señor. Esta profecía encontrará su realización más perfecta en María, figura de la Iglesia orante, que “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.” (Lc 2, 19). Y, también como en María, la fe contemplativa se vuelve ahora canto de alabanza, acción de gracias y adoración. ¿Estás viendo la obra de Dios en los fragmentos de tu vida, en tu camino personal y comunitario? Se trata de abrir los ojos para contemplar la vida…

II. Cantar la libertad que Dios regala (Ex 15, 1-21)

10. La respuesta a la acción de Dios es un canto nuevo que brota jubiloso del corazón del pueblo. El miedo deja su paso a la alegría. Así reza el pueblo de Israel. Así aprendieron a rezar María, José y el mismo Jesús. Así oramos también sus discípulos. Estamos en la escuela de oración del pueblo de Dios. Miriam, profetisa y hermana de Aarón, con las mujeres del pueblo repiten la antífona: “Canten al Señor, que se ha cubierto de gloria: él hundió en el mar los caballos y los carros” (Ex 15, 22). Las mujeres, una vez más, aciertan con la fe.

11. En la Vigilia pascual entonamos los versículos principales (vv 1-18). Les sugiero leer el cántico completo: Ex 15, 1-21. Podemos dividirlo en dos partes: los vv 1-12, centrados en lo que Dios realiza en el cruce del Mar Rojo: salvación del pueblo y destrucción de sus enemigos; los vv 13-22, nos llevan más allá: describen la entrada en la tierra prometida, la morada santa del Señor en medio de su pueblo. Este canto nos permite así contemplar toda la historia de la salvación: no solo el éxodo sino también el don de la tierra.

12. En el centro del cántico, y como protagonista excluyente está el Dios fuerte que salva a Israel. Es guerrero poderoso, pastor y guía. Es también, como en la mañana de la creación, artesano y agricultor. Todo lo que hace tiene un beneficiario: el pueblo que ama, cuyo clamor ha escuchado conmovido y al que conduce ahora hacia la libertad. Notemos que ni siquiera Moisés aparece en el canto. Solo Dios. La libertad despunta allí donde el corazón se libera del narcisismo y se abre al éxtasis del amor, la alabanza y la adoración.

13. No solo las aguas son dominadas por el poder del “aliento-espíritu” del Señor (cf. Ex 15, 10), sino que el resto de los pueblos queda presa del temor ante el poder salvador de Dios. El Creador es el Señor de la historia que salva a su pueblo. Y, como una profecía del mensaje de Jesús, el cántico culmina cantando el reinado de Dios: “¡El Señor reina eternamente!” (Ex 15, 18). Es canto compartido por todo el pueblo. La fe no puede quedar en una experiencia solitaria e intimista. Se vuelve canto, se comparte. No podemos callar lo que Dios obra en nosotros y para nuestra salvación. Evangelizar es cantar en coro.

III. También nosotros crucemos el Mar Rojo y cantemos en coro

15. ¿Qué palabra nos ha tocado el corazón? ¿Qué luz nos ofrece la rumia de esta página de la Escritura? Comparto con ustedes algunas resonancias que esta poderosa Palabra del Señor deja en mí.

  • La Palabra sigue resonando fuerte, hoy como entonces. Especialmente en tiempos inciertos y desafiantes. Precisamente en esos momentos la voz del Señor se hace oír. Nos invita a la obediencia y, sobre todo, a ponernos en camino.
  • El corazón se arruga. El miedo se vuelve grito desesperado. También el hombre de Dios vacila. Las Escrituras no ocultan la fragilidad: ni la del pueblo, ni la de Moisés. Nos invitan a ir hasta el fondo de ella. Allí nos espera el Dios que nos salva. Es el realismo de la fe que nos vuelve audaces y humildes.
  • Solo entonces emerge la posibilidad real de caminar la confianza, fruto maduro de la fe y que se nutre de la esperanza. Dios salva. Toda la historia de la salvación nos lo dice, de una u otra forma, hasta llegar a su cumbre: Jesús es el Salvador que ya ha cruzado el Mar Rojo. A nosotros nos toca dejarnos llevar por el Soplo de su Espíritu.
  • Hoy tenemos una amenaza muy fuerte: la soledad y el individualismo que nos encierran, volviéndonos tristes y desesperanzados. ¡Abramos los ojos y miremos a Cristo que nos da otra perspectiva! Dios nos lleva de la mano a través de las aguas impetuosas. Y nos lleva como pueblo. De las aguas bautismales nace la comunidad cristiana. Somos familia. Somos hermanos. ¡Tenemos esperanza!
  • También nosotros somos invitados a cantar las maravillas del Señor. Lo hacemos, por cierto, en la liturgia que compartimos, sobre todo, el domingo. Lo hacemos cada día, viviendo la libertad que Dios nos regala como compromiso de amor con nuestros hermanos, especialmente en el servicio a los más pobres, a los que se sienten solos, a los que lloran sus heridas, agudizadas en este tiempo de pandemia.
  • El relato del paso del Mar Rojo ilumina nuestra vida como Iglesia diocesana. Al evocar estos sesenta años de camino compartido, no puedo dejar de preguntarme -y de preguntarles- qué “Mar Rojo” tenemos que cruzar, dejando nuestros miedos, solo obedientes a la Palabra del Señor.

María, Francisco de Asís y Brochero siguen inspirando nuestro peregrinar. Nos confiamos también a san José. En esta Pascua 2021 que estamos a punto de celebrar, crucemos juntos el Mar Rojo. Bendiciones.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Se acerca la hora del amor hasta el fin

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de marzo de 2021

La pasión del Señor se acerca. La cruz comienza a proyectarse ya sobre el camino cuaresmal. ¿Qué vemos cuando contemplamos la cruz de Cristo?

Podemos ver aquí solamente la crueldad que se ensaña contra Jesús. Y es muy cierto: Jesús es, en cierto modo, una víctima más del poder del mal. La fe, sin embargo, nos abre los ojos para que veamos más en profundidad y contemplemos el misterio sorprendente del amor de Dios por el mundo. El amor que salva. Lo que los profetas comenzaron a vislumbrar, los discípulos de Jesús lo podemos afirmar sin lugar a duda: Dios es Padre, ama entrañablemente al mundo y no se escandaliza ni retrae frente al pecado.

Tenemos que decirlo con absoluta claridad: Dios no se complace en el dolor de sus hijos. Él no quiere el mal, ni lo procura, ni quiere ser aplacado con sufrimiento inocente. Dios sale al rescate de su criatura amada y de toda su creación para arrebatarle de los lazos del mal y de la muerte. Y en la cruz está, no un profeta más o un hombre religioso insigne, sino el mismo Hijo de Dios. La cruz es gloriosa porque en ella ha sido elevado el Hijo para que todos puedan acceder a la luz y a la vida.

La cruz es signo del amor de Dios que llega hasta el extremo de dar la vida por aquellos que ama, a los que quiere rescatar. Solo el amor expía el pecado del mundo. Un amor que siempre -al decir de Francisco- nos “primerea”. En el Crucificado ha hecho su aparición en el mundo este amor absoluto e incondicional de Dios. La fe es el Amén que nace cuando se cae en la cuenta, llenos de admiración y estupor, de ese amor hasta el extremo.

A ese Jesús crucificado y resucitado se dirige siempre la mirada de la Iglesia. Este fin de semana, recordando los ocho años de la elección como obispo de Roma del papa Francisco, tengámoslo presente. Francisco, fiel a su misión, nos señala ese norte permanente de la misión de la Iglesia. Nos señala a Cristo.

Mientras se acerca la Pascua -la hora del amor hasta el fin- podemos disponer nuestro espíritu para contemplar, en silencio, este misterio que salva al mundo. Podemos orar así: “Te alabamos y te bendecimos, Padre de misericordia, por habernos manifestado tu amor en Cristo, tu Hijo, y en el don de su Espíritu. Que nunca dejemos morir en nuestros corazones el estupor ante este misterio. Amén.”

Jesús resucitado, verdadero templo de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de marzo de 2021

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio».” (Jn 2, 13-16).

Después de llamar a sus primeros discípulos y del signo del vino en las Bodas de Caná, Jesús purifica el Templo de Jerusalén. Juan narra este hecho al inicio de su evangelio. Esta concatenación de escenas no es arbitraria. Una tras otras, van componiendo un mosaico programático de todo el evangelio: Andrés, Simón y los demás son llamados para convertirse en discípulos de Jesús. Están convocados a la fe en él, que trae el vino nuevo y más sabroso: la alegría al mundo.

Con la escena que contemplamos este domingo, el evangelio de san Juan nos presenta a Jesús como el nuevo y definitivo Templo. No es un templo material, como el construido por Herodes. Es el cuerpo entregado en la cruz, de cuyo costado brotó sangre y agua (cf. Jn 19, 34). Es el cuerpo que, vivificado y transfigurado por el Espíritu en la mañana de Pascua, resucita para ser espacio sagrado de comunión con Dios y entre todos los hombres, llamados a ser hermanos.

Allí donde una comunidad cristiana celebra la Eucaristía y, sobre todo, vive el amor hasta el extremo y el servicio humilde de Jesús, allí crece este templo santo en medio de nuestro mundo. Los templos donde nos reunimos sus discípulos son signos visibles que nos recuerdan este misterio que somos nosotros mismos: celebramos el culto en ellos para vivir nuestra fe en lo cotidiano de nuestra existencia.

Inspirado en esta escena evangélica, te invito a orar: Señor Jesús, seguimos caminando la Cuaresma. Purifícanos para que nuestras comunidades sean templos vivos edificados por el amor, el servicio y la compasión hacia nuestros hermanos más pobres. Amén.

Del desierto a la montaña

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de febrero de 2021

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.” (Mc 9, 2-4).

El pasado domingo íbamos con Jesús al desierto. Hoy nos sumamos a Pedro, Santiago y Juan que, con Jesús, suben a la montaña. Si el desierto es lugar de prueba, la montaña lo es de la revelación de Dios.

Allí, con el horizonte infinito del cielo, el Dios vivo se da a conocer, se muestra, sale al encuentro, busca a sus amigos.

Por eso, en la montaña santa, el Padre nos revela a Jesús. Nos permite contemplar su misterio: él es el Hijo muy querido, el profeta que ha de ser escuchado. Hijo amado, Palabra de vida y mano tendida que busca la reciprocidad de sus hijos: amistad y alianza.

Estos mismos discípulos serán también testigos de su humillación: lo verán en la cruz, aparentemente derrotado por sus enemigos. Sin embargo, no deben dejarse ganar por la desesperanza. La verdadera y definitiva transfiguración del Señor será su pascua: la muerte dará paso a la vida, la humillación a la resurrección.

Cada año, en este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el misterio luminoso de la transfiguración del Señor. Y lo hace para animarnos a la esperanza en medio de las dificultades de la vida.

Te invito a orar. La oración es diálogo de amistad con Aquel que sabemos que nos ama, diría santa Teresa de Jesús, que de oración, amor y encuentro sabía… y mucho.

Te comparto esta oración que podés hacer tuya, completándola también con tus propias palabras: “Señor Jesús, como a Pedro, Santiago y Juan, tomanos de la mano, llevanos contigo al monte santo y transfigurate ante nuestros ojos. Que tu luz divina pase a través de tu santa humanidad y nos transfigure el corazón. Amén.”

Cuaresma 2021: con Jesús en el desierto

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de febrero de 2021

“En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.” (Mc 1,12-13)

¿Cuál es la tentación más insidiosa a la que podemos ser sometidos?

La Escritura nos responde con el relato del primer pecado (cf. Gn 3): Adán y Eva desconfiaron de Dios y, con esa sombra gris en sus corazones, buscaron edificar su vida solos, sin Dios.  

Esa desconfianza en las verdaderas intenciones de Dios (hábilmente explotada por la serpiente) los llevó a sentirse autosuficientes. Esa fue su perdición.

De algún modo, esa es la esencia de toda tentación y de todo pecado: ver en Dios a un un rival o una amenaza para la propia vida. Y, con ese miedo en el alma, huir de Él, darle la espalda y pretender edificar la vida sin Él.

Por eso, el Espíritu empuja a Jesús al desierto. En cierto modo, Jesús ha ido hasta el fondo de esa prueba humana. Allí, en el desierto, experimentará el límite, pero, sobre todo, sentirá la presencia del Dios vivo. No un rival o una amenaza, sino un aliado, un compañero de camino, una fuente de vida y de libertad. En suma: su Padre.

Vencerá así donde Adán y Eva fueron vencidos.

En el desierto, Jesús comenzará a recuperar para todos nosotros la armonía perdida de toda la creación. “Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían”, comenta el evangelista (Mc 1, 13).

Y, de esa experiencia en el desierto, Jesús volverá con el fuego del Espíritu en su corazón y en sus labios. Toda la misión de Jesús se comprende desde aquí: reconstruir en el corazón de los hombres esa misma experiencia de Dios como Padre.

La Cuaresma nos invita a un intenso ejercicio de confianza filial. También a nosotros, el Espíritu de Jesús nos lleva al desierto para rehacernos como hijos y hermanos.

Te invito a rezar: En ocasiones, Señor, la confianza en Dios parece languidecer en nuestros corazones. Esa tentación se vuelve más aguda en medio de la oscuridad de las pruebas de la vida. Hoy te contemplamos, Jesús, en el desierto y probado como nosotros. Tómanos de la mano y llévanos contigo hacia el seno del Padre. Que sintamos tu Espíritu en nosotros. Es gracia que te pedimos para el camino cuaresmal que estamos iniciando. Amén.