Una carta desde el corazón de la fe

Cómo preparar la entrega confiada a María

San Francisco, 13 de septiembre de 2021

A mis hermanos y hermanas de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

En dos cartas anteriores te he acercado la propuesta de renovar tu relación personal con María, tal como Jesús nos la ha confiado. Intenté también explicarte en qué consiste esta entrega confiada a la Madre, según la tradición de la Iglesia. Te acerco ahora algunas sugerencias sencillas para que podás preparar este momento.

Comienzo con algo obvio, pero que no siempre está claro. Lo decía en mi primera carta: María es una persona viva con la que se puede tener una relación personal. Con ella podemos tener un trato de persona a persona. Nos habla y podemos hablarle. Es decir: podemos entablar con ella una relación de amistad madre-hija/o. Pensalo bien, es muy importante.

La preparación que te propongo tiene tres tiempos, que podríamos llamar con Bernardo Olivera: reconocimiento, entrega y vivencia.

1. Reconocimiento. Desde el Bautismo, los cristianos estamos vinculados a María. Hay que caer en la cuenta de que este don ya enriquece nuestra vida de fe. ¿Cómo hacerlo? Esta preparación es doble: doctrinal, pues tengo que conocer lo que nos enseña la Iglesia sobre el puesto de María en la vida del bautizado; y espiritual: preparar mi corazón para este acto de alianza y entrega mutua.

Te sugiero la meditación de cuatro misterios marianos, con sus respectivos textos evangélicos: a) La Anunciación: Lc 1,26-38; b) Las bodas de Caná: Jn 2,1-11; c) María al pie de la cruz confiada como madre: Jn 19,25-27; y c) María en oración con los apóstoles: Hch 1,12-14. Te recomiendo también los números 266-272 del Documento de Aparecida.

Puede ayudar estas sugerencias más concretas:

  1. Un día de retiro para escuchar la Palabra de Dios y dejarnos guiar por el Espíritu. Un momento de oración con María.
  2. Si conocés a otras personas que estén también preparando su consagración a María, pueden hacer el retiro juntos.
  3. En el retiro podrías renovar las promesas bautismales. Para decir a Dios: “Amén, creo”, es necesario antes renunciar al pecado, purificando el corazón y la mente.
  4. Tratar de hacer una confesión general para recibir la gracia del perdón; el rechazo del pecado y el deseo ferviente de vivir la amistad con Dios nos asemejan a María.
  5. En lo posible, preparate para la celebración diocesana del 13 de octubre participando de la Santa Misa los días previos, rezando el Rosario, también Laudes o Vísperas.

2. Entrega. La entrega confiada a María suele expresarse en una oración escrita. Así lo haré el 13 de octubre. De hecho, existen muchas oraciones muy hermosas que expresan esta alianza con María. Ya te hablé de la que uso yo: “Bendita sea tu pureza…”. Te ofrezco otra, muy hermosa: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén”.

Si ya estás consagrado a María, te impusieron el escapulario, la Medalla milagrosa, u otros signos marianos, podés retomarlos con naturalidad. Si no, con el modelo de estas oraciones y dejándote llevar por el Espíritu, podés escribir tu propia fórmula de entrega.

Otro consejo: también sería oportuno que pensaras en algún signo visible que te ayudara a expresar tu alianza con María. Puede ser: una medalla, una estampa, un cuadro, una imagen (María auxiliadora, la Virgencita u otra advocación) colocados en algún lugar de la casa (el altarcito doméstico, por ejemplo).

3. Vivencia. Si la finalidad de la entrega confiada a María es la renovación de la gracia del Bautismo y la Confirmación, la entrega a María tiene lugar en nuestra vida de cada día. Se trata, por tanto, de encarar la vida “como lo hizo María”, viviendo, en obediencia a la Palabra de Dios, las virtudes cristianas que ella vivió de modo perfecto: la fe, el servicio, el espíritu misionero, la oración, la humildad, la solidaridad, etc.

¿Te das cuenta de que la entrega confiada a María es algo muy serio, mucho más que un acto aislado de devoción o un momento puramente emotivo? Se trata de una alianza que se vive como una opción de vida: vivir como María. Esto hay que meditarlo mucho y muy bien.

Aquí te hago dos sugerencias:

1) Una Regla de vida, es decir: poné por escrito lo que has ido descubriendo como llamado de Dios a vivir en alianza con María. ¿Qué compromisos concretos supone mi alianza con María? Por favor, en esto sé breve: una cita bíblica, algún propósito de vida, algún compromiso de oración o servicio. Nada más. Se trata de ir a lo esencial.

2) Pensá en renovar, cada año y para una fecha precisa, esta entrega confiada. Podés elegir alguna fiesta de la Virgen más importante o significativa para vos.

Una última cosa. Tal vez, al ir meditando lo que significa la entrega confiada a María, cómo se prepara y los compromisos que supone, sintás que no ha llegado el tiempo de hacerla. ¡No te desanimés! Dios va trabajando el corazón. Él te hará ver el momento justo. Si, al leer esta propuesta, experimentaste consuelo, paz y alegría, no dejés caer en el olvido esta gracia. Ya llegará el momento. ¡Todo a su tiempo, cuando la gracia y tu libertad lleguen a su punto justo!

Bueno, por mi parte, estoy llegando al final de esta carta que se ha hecho muy larga. Me he sentido consolado al escribirte. Pienso que te he comunicado cosas importantes para mi vida de fe, con la convicción de que pueden serlo también para vos. Solo me queda asegurarte que, si has podido sentir algún impulso del Espíritu en lo que he escrito, vos y yo -y tal vez, muchos más- estamos en una profunda comunión de vida, de fe y de amor. Nos une la Virgen.

Gracias por escuchar mis palabras.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Comer el Pan de Vida

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de agosto de 2021

“Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 35).

Digámoslo claramente: Jesús, Palabra e Hijo único del Padre, es ese Pan que Dios le ofrece al mundo para saciar su hambre más profunda: hambre de vida plena, de esperanza, de eternidad.

Cada uno de nosotros está habitado por esa hambre. Buscamos ese Pan. Solo que ninguno de nosotros puede conseguirlo. No se puede comprar.

Jesús nos enseñó a suplicarlo (“Padre, danos el pan de cada día”) y, de esa manera, disponernos para el don. Solo podemos esperar recibirlo como don gratuito de Dios.

Y el Padre lo ha dado. Lo ha entregado al mundo sin condiciones.

Con las imágenes del pan y del comer, el evangelio expresa lo que significa Jesús para nosotros y -a eso apunta el verbo “comer”- lo que implica creer en Él: un proceso vital que supone gustar, asimilar y ser transformados.

Creer entonces es recibir a Cristo y reconocerlo como Señor y Salvador. Esta comida dura toda la vida, porque la fe es un camino que dura tanto como dura nuestra vida.

Acompañémonos unos a otros en esta aventura: sentir hambre de Vida, buscar el Pan de Dios que es Cristo y ser dóciles dejándonos llevar hacia Cristo.

En la oración, personal y comunitaria, comenzamos a saborear el Pan de Dios.

Podemos pues rezar así: “Padre bueno: danos el Pan de cada día. Danos a Jesucristo. Tenemos hambre de vida y de felicidad. Tenemos hambre de Ti. Por eso, con todos nuestros hermanos, te suplicamos: Danos siempre el Pan de cada día que es Cristo, tu Hijo y nuestro Salvador. Amén.”

Hermana Ana

Testimonio personal para las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia

Este martes 6 de julio, al terminar la celebración de la Eucaristía en la parroquia “San José” de Devoto, la hna. Graciela me avisó por teléfono de la muerte de la Hna. Ana. 

En mi respuesta, bastante desordenada, por cierto, hice alusión a que, desde hacía un tiempo estaba imaginando que, tarde o temprano, semejante noticia iba a llegar. Hace poco más de un mes fue la pascua de mi madre. Son heridas abiertas, pero heridas según el Evangelio. 

Cuando cortamos la comunicación con la Hna. Graciela me quedé un rato en silencio. Después, espontáneamente, comencé a relatarle al párroco lo que había pasado y, sobre todo, a contarle quién era la Hna. Ana, lo que ella significaba en mi vida, la del Seminario y la arquidiócesis de Mendoza. Evoqué hechos, situaciones, personas. 

De vuelta a mi casa, mientras iba manejando, me era difícil rezar por su alma. Lo hice, por supuesto: “Dale, Señor el descanso eterno y brille para ella la Luz que no tiene fin”. Me sentía un poco incómodo. Me daba cuenta de que quería rezarle “a ella”. Y eso hice: comencé a hablar con ella, a pedirle gracias, a encomendarme a su intercesión, a suplicarle por la diócesis, por la vida… Y terminé rezando el “Te Deum”: “Señor, Dios eterno, alegres te cantamos…”

Como imaginarán, en estas horas hemos intercambiado mensajes los que la hemos conocido: un recuerdo, a la vez dolido por la partida, pero enormemente agradecido. 

“Suor Anna” ha sido para todos los que la conocimos y la tratamos, un regalo y una caricia de Dios. Personalmente, ella ha sido fundamental en mi vida de fe, como sacerdote y ahora como obispo. Siento que el Evangelio me ha llegado a través de su persona, de sus palabras y, sobre todo, de sus gestos. Me siento inmerecidamente tocado por la gracia de Dios a través de ella. El Evangelio de hoy concluía precisamente así: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10, 8). 

Las personas no somos individuos aislados. Tampoco lo ha sido la Hna. Ana. Todo lo que ella es y significa está inseparablemente unido al carisma del Espíritu que ustedes custodian y viven. Por eso, doy gracias a Dios también por el Instituto de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia. Ella, como tantas otras, han vivido el carisma con alegría, radicalidad y no sin las luchas que suponen la vida y las cosas que amamos. 

Pienso mucho en la gracia de la “pequeñez”. Define el carisma de ustedes. Viene del corazón del Evangelio: de Jesús, el que vivió como pequeño en las manos del Padre. Pido esa gracia para mí, para esta diócesis que tiene también el carisma del Poverello de Asís, san Francisco, para todos nosotros. Ahora, se lo pido al Señor por medio de la Hna. Ana.

Se los digo con toda franqueza: la Hna. Ana ha muerto “en olor de santidad”. Es el perfume del Evangelio que nosotros no inventamos, sino que lo prepara el Espíritu, como el obispo hace con el Crisma en la Misa crismal que mezcla el mejor aceite con el perfume. 

En estos tiempos verdaderamente recios, Dios no deja de acariciarnos y de hacernos sentir su presencia. Así renueva en nuestros corazones sus promesas y la esperanza que nos hace caminar. 

Saber de la pascua de “Suor Anna, la bella”, me ha dejado paz en el corazón. 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

7 de julio de 2021

Alimento para los que caminamos

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de junio de 2021

La Eucaristía es el memorial del sacrificio pascual de Cristo. Cada vez que la celebramos, se actualiza y se hace presente la Pascua del Señor.

Los textos de este domingo destacan el misterio de la Sangre redentora: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” (Mc 14, 24). La sangre es símbolo de la vida. Y la sangre “derramada”, de la vida que se entrega, especialmente en el sacrificio supremo del martirio.

El mundo anhela la comunión, mientras experimenta el poder destructor del odio, del resentimiento y de la violencia. La Sangre del Cordero, derramada para que seamos salvados, es esperanza de perdón, de reconciliación y de salvación para la humanidad.

En este tiempo de pandemia hemos visto como han salido más claramente a la luz las profundas consecuencias de la cultura de la muerte: desigualdad, pobreza, destrucción de la creación, enfermedad en los cuerpos y desesperanza en las almas.

Pero también hemos visto de qué manera, en lo más hondo de corazones nobles, humildes y entregados, la potencia de la Sangre redentora de Jesús sigue obrando maravillas, sigue levantando al mundo, santificando los cuerpos y las almas.

“Alimento de los caminantes”. Así llama a la Eucaristía un canto anónimo de la liturgia. El poema recoge la experiencia de los cristianos. Cada Eucaristía que se celebra, la más solemne y la más humilde, tiene una inigualable potencia de gracia, de bien y de salvación. Alimenta la vida, fortalece y anima al peregrino, especialmente cuando el camino se vuelve más empinado e incierto.

 ¡Qué no falte la Eucaristía en el deseo que nace del amor que cree, adora y espera! ¡Qué no dejemos morir el hambre y la sed de la Eucaristía en nosotros! ¡Qué nunca falte la Eucaristía en nuestras comunidades! ¡Qué no falten manos que multipliquen ese Pan vivo que es Jesucristo, el Señor!

Te invito a orar: “Te saludamos y bendecimos, Sangre bendita y gloriosa. Del costado abierto de Cristo en la cruz sigues manando para salvación del mundo. Que nunca desertemos de la Eucaristía. Que siempre lavemos nuestras vidas en tu poder salvador y purificador. Amén.”

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de mayo de 2021

“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.  […]” (Mt 28, 16-20).

Así comienza el evangelio de este domingo que celebra a la Santa Trinidad. También nosotros, como los discípulos, nos postramos para adorar a Jesús, el Señor. Y volvemos a recibir de sus labios la misión: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).

De algún modo, esta fiesta recoge el camino que venimos recorriendo desde el Adviento con la espera de su Venida, pasando por la Navidad y centrado en su Pascua. El plan de salvación de Dios desemboca en la revelación del Rostro trinitario del Dios amor en la pasión, muerte y resurrección de Cristo: el Padre que ha enviado al Hijo; el Hijo que, desde las profundidades de la comunión divina, nos comunica el Espíritu. 

¿Qué significa ser enviados a bautizar en el nombre de la Santa Trinidad? No solo cumplir un rito externo, sino realizarlo como expresión de algo decisivo para la vida: ser sumergidos en la comunión de amor que es Dios, para que seamos testigos del modo como Dios vive y ama. Y, por eso, al mandato de bautizar sigue el de enseñar a vivir según el Evangelio de Jesús. La Iglesia está en el mundo con la misión de abrir el corazón del hombre a la adoración del Dios amor, para que así, el hombre tenga vida, libertad y felicidad. 

Te invito a orar así: “Te alabamos, Padre de bondad, por medio de tu Hijo Jesucristo, en la alegría y consuelo del Espíritu Santo. Te adoramos y glorificamos a Ti, Trinidad santa y bendita, que has creado todo lo que existe. Tú eres la fuente de la que mana la vida. Eres también la Patria hacia la que nos dirigimos, caminando esta historia. Eres también la fuerza secreta que sostiene desde dentro nuestro caminar. Te damos gloria y alabanza, a Ti, Dios vivo y verdadero, que eres nuestra salvación. Amén.”

Pentecostés es hoy

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de mayo de 2021

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…»” (Jn 20, 21-22).

Pentecostés no es un hecho del pasado. Es hoy. Acontece ahora. Es el presente. Y lo es para todo el mundo, para la humanidad y también para la creación.

Pentecostés es hoy, no solo porque es la fiesta litúrgica que cierra el tiempo pascual, sino porque Cristo resucitado sigue comunicando su Aliento (su Espíritu) a sus discípulos, al mundo, a nuestro presente.

Más que nunca hoy, rezamos con las bellas palabras del Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (vv 29-30). Vivimos por el Aliento de Jesús. La creación entera anhela el soplo vivificante del Espíritu.

Y nuestra misión es, así alentados por el Espíritu de Cristo, llevar su alegría y su paz al mundo. Ser artesanos de paz, de reconciliación, del perdón. Junto con el don del Espíritu, Jesús confía a su Iglesia el signo del Perdón de Dios. Esa es la misión de la Iglesia en el mundo.

¿Un signo de esta actualidad de Pentecostés? La vida de este chico santo, cuyas reliquias nos visitan: Carlos Acutis. Una vida transformada, luminosa y, por eso, provocativa.

En este domingo de Pentecostés, te invito a orar: “Ven a nosotros, oh, Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Ven y cólmanos con tu santa unción. Haz de cada comunidad cristiana, de cada bautizado y confirmado, testigos valientes de tu fuerza y de tu fuego, que es el amor de Cristo que hace nuevas todas las cosas. Conviértenos en artesanos de paz, de amistad y de reconciliación. Amén.”

Heridas y sueños de Argentina

“El sol del veinticinco viene asomando…”

¡25 de mayo, día de la Patria!

No está de más recordar que “Patria”, entre otras cosas, evoca la “tierra de los padres”.

Como un eco del cuarto mandamiento: honrar padre y madre. Así también honramos y amamos la Patria.

Y anhelamos lo mismo: una Patria de hermanos, una casa común, una familia grande.

Dios creador nos ha regalado la tierra, nuestra casa común, y ha puesto la semilla de esa maravillosa diversidad que son los pueblos y naciones de la tierra. Argentina es una de ellas.

Geografía, cultura, historia compartida.

Patria es tu casa, tu familia, tus vecinos, tu pueblo o ciudad. Tu lugar en el mundo y lo que está más allá también. Los que amas y te aman. Los que ya no están y extrañamos. Pero también aquellos con los que tenemos alguna forma de distancia o desavenencia, incluso, al menos en algún punto, insalvable.

Cercanos y lejanos, amigos y extraños; los que piensan como vos y los que no. Aquellos con los que tenés afinidad… y otros con los que parece que nada hay en común.

Pero parece nomás, porque tenemos algo decisivo en común: la común humanidad… somos semejantes… y eso tiene que pesar. Es decisivo reconocerlo.

Cuando hoy pienso en Argentina, a la memoria del corazón me vienen dos imágenes: una Argentina “herida” y una Argentina “soñada”.

Hablar de heridas es evocar sufrimiento, dolor, desencuentros. También muertes, exilio, discordia. Hoy vivimos un tiempo de mucho dolor e incertidumbres. Sí, nos sentimos “heridos y agobiados”.

Mirar nuestras heridas no necesariamente es un acto negativo: como quien se goza en el dolor, para permanecer instalado allí.

Podemos mirar nuestras heridas y encontrar en ese dolor compartido la luz que necesitamos para mirar más hondo en la vida, ver lo que es realmente importante y, de esa manera, encontrar aliento para mirarnos a los ojos, caminar juntos y soñar el futuro.

Cuando salgo de mí mismo y trato de hacer mías, de alguna manera, las heridas y cicatrices de los demás, también de mis adversarios, algo profundo cambia en nuestro modo de percibir la vida. Algo realmente humano y humanizante.

Hay que atreverse a dar ese paso. Tal vez, este tiempo duro de pandemia, de tanto dolor, nos esté dando esa posibilidad.

Por eso, de esas heridas así reconocidas y compartidas puede nacer la Argentina “soñada” de la que hablaba antes. Un sueño nuestro para las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo. Una Argentina más luminosa.

Es un acto de Esperanza. Y escribo esta palabra sagrada y frágil con mayúsculas porque soy cristiano, discípulo de Jesús y su Evangelio. Creo en Dios y trato de servirlo hablando de Él, de su amor y misericordia.

Esperanza es un regalo que el mismo Dios hace surgir en los corazones en los que ha sembrado la semilla de la fe. Y mirar la vida con ese fuego que alumbra es ver el futuro con la mirada transfigurada.

Feliz día de la Patria.

Sí: ¡Viva la Patria!

Hemos conocido el Amor

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de mayo de 2021

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13).

Comenzamos a transitar el último tramo de este tiempo pascual “en pandemia” 2021. ¿Qué nos va quedando en el corazón de lo que hemos vivido?

El Evangelio de hoy puede ayudarnos a comprender nuestra experiencia del camino y a ponerle palabras.

Cincuenta días dura la conmemoración anual de la Pascua cristiana. Cincuenta días para poner de relieve o hacer emerger la Pascua que acontece en el camino de la existencia de quienes tratamos de vivir como discípulos de Jesús. El bautismo nos ha puesto en ese camino.

Por eso, nos podemos preguntar: ¿Qué nos ha pasado en el camino?  

Digámoslo con palabras del apóstol san Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.” (1 Jn 4, 16).

O, más breve: hemos conocido el Amor. Y el amor más grande: el de Dios en la entrega de Jesús, su Hijo. El Espíritu lo ha clavado en el centro de nuestro corazón. Y, por eso, todo ha cambiado para nosotros.

Ese amor grande del Dios Amigo ilumina nuestra mirada. Desde allí vemos el mundo, nuestra vida, el futuro. Hemos empezado a comprender que, allí donde hay, aunque más no sea, un pequeño movimiento de amor allí está actuando la fuerza renovadora del Resucitado.

Es bueno decirlo en este tiempo de tanta incertidumbre, pero también, de tantos gestos humanos de amor, de solidaridad, de empatía y compasión. A los ojos de la fe cristiana, todos ellos nos cuentan el Amor grande de Dios, presente y activo en el mundo.

Como los discípulos de Emaús, también nosotros estamos llamados a contar lo que hemos vivido. Al contarlo, la esperanza crece, firme y pujante, abriéndonos al futuro.

Te invito entonces a orar: “Señor Jesús resucitado, nos has llamado tus amigos. Hemos conocido el amor más grande: el que te impulsó a dar la vida por nosotros. Qué nunca dejemos morir en nosotros la gratitud y el asombro por ese amor con el que hemos sido salvados y transformados. Que se convierta en el canto nuevo que entonamos con nuestra vida. Amén”

El mejor vino de la cepa más selecta

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de mayo de 2021

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.” (Jn 15, 5).

El Dios viñador, celebrado por los profetas, ha plantado en el mundo la mejor de sus cepas: Jesús, su Hijo, la verdadera vid. Y ha madurado en la Pascua, dando el fruto más selecto y sabroso: la redención del mundo. Ha sido necesaria la dolorosa poda de la Pascua. 

También para quienes somos sus discípulos -como sarmientos en la vid- llega la hora de la poda. El bautismo nos ha sumergido en la Pascua de Jesús, que se ha hecho así, inseparable de nuestra existencia.

Por eso, cada Eucaristía nos toca tan profundamente. No es algo que pasa fuera de nosotros. De rodillas escuchamos las palabras fuertes de la consagración que se pronuncian en el altar, pero es el corazón tocado por el Espíritu el que se conmueve.

También nosotros estamos llamados a dar mucho fruto. Solo hay una condición: “Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes” (Jn 15, 4). 

Ser sus discípulos nos pone en una saludable tensión: buscarlo siempre a Él y, en Él, producir abundantes frutos y, de esta manera, glorificar al Padre. 

¿Dónde encontrarlo? Te doy una pista certera: buscá en la vida de aquellos para quienes Jesús es, sin más, todo; los que son luminosos porque irradian la luz de Cristo. Son sus testigos, sus amigos y enamorados. Son sus santos. Ellos son el mejor comentario del Evangelio, pues no solo dicen, sino que muestran el Rostro de Jesús. 

Para Pentecostés vamos a tener entre nosotros una reliquia de uno de ellos: el beato Carlos Acutis, enamorado de la Eucaristía. Tal vez, a través de Carlos, Jesús tenga alguna gracia reservada para vos.

Te invito a orar: “Señor Jesús, vid verdadera que el Padre ha plantado en el mundo, buscamos tu savia vital para tener vida, alegría y dar mucho fruto. No permitas, Señor, que nos apartemos de Ti. Beato Carlos Acutis: intercedé por nosotros, para que, como vos, también permanezcamos en Jesús, como los sarmientos en la vid. Amén.”

El buen Pastor y nosotros

“La Voz de San Justo” domingo 25 de abril de 2021

“Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.” (Jn 10, 14-15).

En la montaña santa, Moisés le había pedido a Dios que le revelara su Nombre. Desde la zarza ardiente, Dios le respondió: “Yo soy el que soy” (Jn 3, 14). Ahora es Jesús el que habla así: “Yo soy el Buen Pastor…” (Jn 10,11). 

Jesús nos muestra el significado último del Santo Nombre revelado a Moisés. No es especulación teórica. Es vida y camino. 

En el pastoreo de Jesús hasta dar la vida, comprendemos que Dios es Amor. En su conocer a las ovejas y ser conocido por ellas, sabemos que es amor personal, concreto y comprometido con cada ser humano. En su buscar a las que está lejos para devolverla al redil, que es amor que quiere reunir a todos en una sola familia, especialmente a los alejados y más perdidos. 

Y que ese amor del Dios Pastor se contagia, al punto que se hace vocación y misión que toma toda la vida. Desde el bautismo, esa pasión por la vida habita el alma de cada discípulo. 

Este domingo celebramos la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones. Rezamos para que cada cristiano deje salir y viva intensamente esa fuerza que lo habita. La vida es vocación, llamada de Dios a cada ser humano. Es vocación a la libertad, a una vida plena por el amor que se hace cargo, se apasiona y se entrega. 

En su mensaje para esta Jornada, el papa Francisco destaca la figura evangélica de san José. Entre otras cosas, nos invita a dejarnos llevar por los sueños de Dios, como hizo José. En este tiempo desafiante, especialmente frente a la mezquindad que parece achicar el horizonte, necesitamos escuchar la voz de Dios, soñar con la vida grande que nos propone y, de esa manera, mirar con valentía el futuro que Él nos abre. 

Podemos rezar así: “Jesús Buen Pastor, escucha la voz de la Iglesia, el rebaño que Tú apacientas con la fuerza de tu Espíritu. Te rogamos para que cada bautizado y confirmado escuche tu voz, viva intensamente su vocación y misión al servicio del Reino de Dios. Amén.”