En tensión

«La Voz de San Justo», domingo 27 de noviembre de 2022

“Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.” (Mt 24, 42-44). 

Este domingo comenzamos a caminar el Adviento. Cuatro semanas que preceden a la Navidad, y nos preparan para celebrarla. O, algo así. 

En realidad, toda la primera parte del Adviento (hasta el 16 de diciembre), más que hacia el nacimiento de Jesús en el pasado, nos orienta hacia el futuro, hacia la venida del “Hijo del hombre… a la hora menos pensada”. De ahí, la exhortación a estar prevenidos, a permanecer en vela, vigilantes, atentos. 

Jesús va a ilustrar esta exhortación con algunas parábolas: la de las muchachas prudentes y las tontas que se olvidan de tener listas sus lámparas; la de los talentos y, finalmente, la del juicio final (“Tuve hambre y me dieron de comer…”).

¿Cuándo y cómo llegará Jesús? Mejor despreocuparse de eso. 

El discípulo tiene que ser como aquel servidor, del que habla Jesús, que está ocupado en hacer lo que tiene que hacer: vivir a fondo la vida, aprovechando los talentos confiados, sobre todo, ocupándose de los más pobres, de los más heridos y desatendidos. 

Se puede decir todo esto con una sola palabra, humilde y vigorosa: esperanza. Suena a nombre propio: Jesús es el que viene, Él es nuestra esperanza.

“Señor Jesús: si nos preguntan qué podemos aportar a los hombres y mujeres que caminan con nosotros la aventura de la vida, nuestra respuesta es esta: la esperanza que esconde tu Nombre, tu Evangelio y tu Espíritu. Sostiene nuestra vida. Estamos en tensión. Amén”.  

Hebe de Bonafini

Este domingo 20 de noviembre falleció Hebe de Bonafini. Como era de esperar, las reacciones se multiplican en estas horas. Y van en distintas direcciones.

A través de estas líneas, comparto algunas pistas de reflexión desde el Evangelio que ilumina nuestra vida, tanto personal como comunitaria y social. También en su dimensión política.

En una sociedad abierta y democrática, incluso apasionada (en ocasiones, al borde de la irracionalidad) como la argentina, es bueno abrir espacios más serenos para tratar de leer y comprender los acontecimientos y, sobre todo, a las personas, sus ideas y opciones. Y de hacerlo con el ánimo de respetar el espesor y complejidad que las personas tienen, evitando los juicios sumarios, sin renunciar a la crítica y a nuestras convicciones no negociables.

A punto de cumplir cuarenta años de haber “recuperado” nuestra democracia, muchas preguntas deben quedar dando vueltas en el espacio interior de la conciencia ciudadana. Tienen que ver con nuestros aprendizajes, nuestros yerros y nuestras tareas pendientes como pueblo y sociedad. La figura y el derrotero personal y político de Hebe de Bonafini puede ser un espejo que nos ayude en esta tarea.

Hebe de Bonafini, junto a las otras Madres de Plaza de Mayo (y, en su lugar, también las Abuelas), expresa ese valor fundante que está en el núcleo ético de nuestra democracia: una persona humana, independientemente de sus opciones políticas, no puede quedar al arbitrio del estado. Un estado que secuestra, tortura y desaparece pierde toda legitimidad ética, legal y política. Es un estado inicuo.

Muchos, por estas horas, rescatan con honradez este aspecto. Yo también lo hago. A partir de aquí se dividen buena parte de las opiniones. Hasta donde he podido ver, las críticas van en una doble dirección: su tendencia a un autoritarismo poco compatible con la cultura democrática y, a partir de 2003, su identificación con el proyecto político del kirchnerismo, su mirada de la historia y sus relatos.

Por uno y otro cauce, tal vez alentado por su propia y fogosa personalidad, se fue dando una radicalización de sus ideas, manifestaciones públicas y opciones, también agigantadas por la prensa más hostil a sus posiciones políticas. En este contexto se ubica su tendencia a legitimar la violencia política, tanto en Argentina como en otros países.

Los seres humanos somos así. Así es nuestra libertad, siempre vivida históricamente, al calor de los acontecimientos y abriéndose paso, con la ley del ensayo y el error, determinando qué tipo de persona queremos ser, qué valores encarnar y por los cuales luchar. Y, si la vida nos pone en el escenario público, estas opciones quedan también expuestas al juicio de los otros actores que comparten el espacio público en el que todos los ciudadanos transitamos nuestra condición de tales.

Es legítimo entonces que, rescatando aquellas luchas fundantes por un aspecto central de los derechos humanos, muchos de nosotros tomemos distancia crítica de las ideas, opciones políticas e ideológicas que Hebe de Bonafini fue encarnando con el paso del tiempo.

Conocida la noticia de su muerte, la Conferencia Episcopal Argentina hizo públicas sus condolencias: “La CEA reza por el eterno descanso de la señora Hebe de Bonafini quien ha fallecido en el día de hoy. Pedimos al Señor el consuelo para su familia y amigos, haciendo llegar también nuestro sentido pésame a la Asociación Madres de Plaza de Mayo”.

Es como un eco del camino que la misma Hebe de Bonafini recorrió en su difícil relación con la fe, con la Iglesia y que se materializó en su vínculo con el Papa Francisco. Ella pasó de la crítica dura a un reencuentro con el Papa en su casa de Roma. Obviamente aquí, se apresuran los juicios sobre sus intenciones y motivos. Lo cierto es que Francisco la recibió, la escuchó e inició con ella un vínculo exquisitamente pastoral. Hemos conocido que, al empeorarse su estado de salud, a través del arzobispo de La Plata, el Santo Padre le hizo llegar su cariño y cercanía.

Podremos seguir discutiendo muchas cosas de Hebe de Bonafini, sus ideas y posicionamiento. Lo cierto es que, del Papa y de la Iglesia hay que esperar esta actitud radical, evangélica y, por cierto, tan humana: más allá de todo, lo que una comunidad cristiana ha de encarnar es el modo cómo Jesús busca el corazón de las personas para llevarlas a Dios.

Como Jesús, un cristiano -mucho más un sacerdote y un obispo- debe mirar por encima de la maraña de cosas que es la vida de una persona, y tratar de alcanzar con los ojos el corazón, sus heridas y esperanzas, sus sueños y sus dolores. Y allí intentar verter el bálsamo del Evangelio.

Todos necesitamos ser tratados así, estemos donde estemos en ese viaje difícil y complejo que es nuestra vida. En definitiva, la “ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas”.

¿En qué medida esto se ha logrado? No solo dejemos a Dios la respuesta a esta pregunta, pues en esta materia tan delicada (el estado real del alma de cara a su salvación eterna), solo Él es competente; sino que nosotros podemos dar un paso más, y dejar que nos gane el corazón, no el resentimiento o el apasionamiento político, sino la benevolencia del Evangelio.

En definitiva, todos somos pecadores y vivimos de la serena certeza de que el Espíritu Santo sabe mejor que nosotros tocar nuestro corazón y abrirlo a la gracia del Salvador.  

Cristo rey

«La Voz de San Justo», domingo 20 de noviembre de 2022

“Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».” (Lc 23, 38-44).

Aunque no lo digamos -por temor o vergüenza-, también nosotros le gritamos a Jesús que se baje de la cruz, se salve a sí mismo y, de paso, use su poder para salvarnos a todos. ¿No es esa la naturaleza del poder real, concreto y efectivo? Mostrarse de forma contundente como poder en beneficio propio y, si es necesario, humillando a quien se opone. 

Sin embargo, desde el inicio de su misión hasta la cumbre del Calvario, Jesús sigue otro camino: el que ha aprendido en el hogar trinitario desde el que ha venido a nosotros. El verdadero poder es el despojo de sí, el don de la vida, el amor revestido de humildad y mansedumbre, también de perdón para los verdugos. 

Así Jesús es rey. Como solo Dios puede serlo: crucificado entre dos malhechores. Un Dios humilde, humillado por la arrogancia humana.  

“Nos quedamos en silencio ante tu cruz, Señor Jesús. Solo nos atrevemos a hacer como el buen ladrón que te suplicó, llamándote por el nombre, como hace un amigo: «Jesús, acordate de nosotros…». Hoy queremos ser como él: conscientes de nuestra verdad, sin ocultar lo que somos, volvernos a Vos y confesarte Señor y Rey de nuestras vidas. Amén”. 

En buenas manos

«La Voz de San Justo», domingo 13 de noviembre de 2022

“Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas».” (Lc 21, 17-19).

Jesús acaba de anunciar la destrucción del templo de Jerusalén y sus discípulos le preguntan cuándo ocurrirá. Elude la respuesta. Siempre habrá catástrofes, conflictos y situaciones difíciles. Así es la historia humana. 

Un cristiano no tiene otro camino que el de Jesús: en cada circunstancia, anunciar el Evangelio y estar dispuesto a compartir con él todo lo que esa pasión misionera implica. 

Y eso supone hacerse cargo de las resistencias que el Evangelio suscita. En primer lugar, en sí mismo. Y no asombrarse ni dejarse ganar por el victimismo.

En tiempos recios es fundamental saber dónde está anclada la vida. Para un discípulo de Jesús no hay dudas: en el Padre. Estamos en sus manos, no menos que la vida y la historia de todos. Esa serena certeza es uno de los aportes más decisivos de la fe cristiana al mundo. 

Este domingo es la Jornada Mundial de los Pobres. Su lema: «Jesucristo se hizo pobre por ustedes». Dios se hace cargo de la fragilidad humana. Así es el amor que salva.

«Señor Jesús: tu Evangelio es luz para la vida. Nos salva, porque nos dice la Verdad y nos hace echar raíces en ella. Es la Verdad del amor más grande, el más creíble y puro, el que resplandece en tu Pascua. En medio  de las tormentas de la vida, tu Evangelio es luz que nos conforta y consuela. Confiando en tu Padre, también nosotros abrazamos toda vida vulnerable. Amén.»

Un Dios de vivientes

«La Voz de San Justo», domingo 6 de noviembre de 2022

“Jesús les respondió: «[…]Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él».” (Lc 20, 35).

Sí. Es así. Los cristianos creemos en la resurrección: la de Cristo, la de nuestros muertos y la de nosotros mismos.

Y eso cambia todo. No que cambien las circunstancias o los acontecimientos de la vida. Vivimos la vida de todos, con todos sus avatares. No se nos ahorran problemas, disgustos o tristezas. Obviamente, la muerte nos espera, como a cualquier hijo de vecino; pero es la “hermana muerte”, como decía san Francisco de Asís.

Lo que la resurrección pone patas para arriba es la mirada y la actitud con que los “hijos de la resurrección” encaran la vida. Eso es lo que trae Cristo: nos enseña a vivir y también a morir.

¿Qué a buena parte de los cristianos no se nos nota? Es posible. Pero, a algunos, ¡vaya que se les nota! Basta uno entre miles. Y, así, la esperanza cristiana está poniendo todo de cabeza, encendiendo corazones, despertando preguntas y animando a los cansados. También suscitando burlas, hostilidad y rechazo. Le pasó a Jesús. No nos extrañamos que le pase a alguno de sus discípulos.

“Señor que amas la vida: No sos un Dios de muertos, sino de vivientes. La muerte biológica cierra una etapa del camino. El don de tu vida divina nos abre a la vida verdadera; aquella que nadie vio ni se atrevió a pensar. Es la resurrección que ya palpita en nosotros. Es nuestra esperanza: tu amor no se perderá. Amén.”

Cercanía

«La Voz de San Justo», domingo 30 de octubre de 2022

“Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.” (Lc 19, 5-6).

El encuentro de Jesús con Zaqueo siempre sorprende. Desde el dato simpático de la estatura que y la trepada al árbol, hasta el modo cómo Jesús elige hacerse presente en la vida de Zaqueo.

Esto último es clave. No es que Jesús no tenga protagonismo. Lo tiene, y decisivo. Zaqueo quiere verlo; pero, en definitiva, es Jesús el que lleva la iniciativa. Es un modo de proceder evangélicamente genial: Jesús juega todo en una cercanía de amistad incondicional. Todo lo demás es consecuencia.

Esa cercanía pone en marcha lo que a Jesús más le interesa: la conversión de Zaqueo. Y la alegría es el sello de todo este proceso hondamente humano y divino. Es salvación en acto.

En sus palabras y gestos no hay moralina. Ni siquiera condiciona su presencia a un eventual arrepentimiento del pecador. Jesús sabe que, para que haya conversión, lo primero es siempre el amor incondicional. Es lo que Él ha bebido en el seno del Padre, y lo que ha traído al mundo.

“Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».” (Lc 19, 9-10).

“Como Zaqueo, también yo te busco, Señor Jesús. Quiero verte. Sé que vos me buscás y querés cruzar tu mirada con la mía. La puerta de mi casa está abierta y sé que querés entrar, para que la alegría sea completa. Te siento cerca, Señor. Solo te queda mirar hacia arriba y decir mi nombre. Amén”.

Argentina 1985

Anoche, finalmente, pude ver “Argentina 1985”.

Me pareció una muy buena película, aún si hacemos lugar a las críticas de ausencias, sesgos y otras falencias. Recomiendo verla.

Es dinámica, con muy buenas actuaciones y con un clímax logrado en el alegato final de Darín/Strassera. Difícil no dejarse ganar por la emoción por la frase final: “Nunca más”.

Dos cosas.

Ante todo, me dejó varias preguntas que iban emergiendo a medida que avanzaba la trama. Preguntas personales. Las puse en un Tuit: ¿Dónde estaba yo en aquel momento? Tenía 21 años y, como seminarista, empezaba la teología. ¿Cómo percibí lo que pasaba? ¿Qué pensaba? ¿Qué sentimientos despertaba el momento que vivía el país?

Lo segundo. Creo que plantea bien un punto de inflexión de nuestra historia como país: el “nunca más” a la violencia política, especialmente ejercida desde el estado.

La malicia moral del terrorismo de estado estriba precisamente aquí, como se ha señalado tantas veces: el estado que debe cuidar se vuelve contra los ciudadanos. Al margen de la ley, ejerce una violencia que, por su propia dinámica, se torna irracional e inhumana.

¿Este juicio es el hecho fundante de nuestra joven democracia? Si no lo es, forma parte de la experiencia histórica que fragua el núcleo ético del proceso social, cultural y político en el que aún vivimos.

Pero, como ocurre con todas las grandes opciones éticas de los pueblos, nunca están decididas del todo, asimiladas totalmente, enraizadas en la conciencia y en la libertad de los ciudadanos.

Esta película puede ayudar, con las posibilidades y límites de todo producto cultural, a reavivar nuestra opción por una cultura democrática basada en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, y, por, ende, en el respecto del otro como sujeto y semejante; también en el imperio de la ley para dirimir conflictos y -no hay que cansarse de afirmarlo- la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas como humus vital del sistema democrático.

Que ”Argentina 1985” nos ayude a mirar con esperanza y compromiso ciudadano a la Argentina de los próximos decenios.

Así en la vida como en la oración

«La Voz de San Justo», domingo 23 de octubre de 2022

“Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano […]»” (Lc 18, 9-10).

Así en la vida como en la oración. La parábola de Jesús de este domingo da cuenta de ello. Dos hombres, dos formas de orar, dos modos de vivir.

Algo en común: uno y otro están en la cuerda floja. El fariseo está atado a la ley, a la norma, al cumplimiento más externo que interior. El publicano, por su parte, es de los que se ha dejado ganar por el dios dinero y la avaricia.

¿Por qué el publicano vuelve a su casa “justificado” y el otro no?

Tan pecador como el fariseo, sin embargo, ha dado en la tecla con la actitud que puede devolverle salvación a su vida: la humildad y el deseo sincero de torcer el rumbo de su existencia equivocada. Se sabe pecador y no se autojustifica.

El fariseo, en cambio, ha quedado enredado en su propia ceguera y dureza de corazón. Es prisionero de ese sutil orgullo de creerse justo y, por ende, despreciar a los demás.

No nos sorprendamos de que esta tensión siga presente en la Iglesia con una actualidad desarmante. Somos una iglesia de hombres y mujeres pecadores, como el fariseo y el publicano. A veces, más fariseos; otras, más publicanos.

No nos vendría mal un baño de humildad…

«Señor Jesús: aquí estamos tus discípulos. Nos seguimos descalificando unos a otros: este, un mundano; aquel otro, un rígido.  Devolvenos a tu Evangelio. Enseñanos, una vez más, el camino de la humildad que nos hace hijos y hermanos. Amén.»

Creer, orar y vivir

«La Voz de San Justo», domingo 16 de octubre de 2022

“Después les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse. […] Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 1.8).

La parábola en cuestión es aquella del juez injusto que atiende los reclamos de una pobre viuda, más por el hartazgo de su insistencia que por la voluntad de hacer justicia. 

Es posible que refleje lo que vivían las comunidades a las que Lucas dirige su evangelio. En medio de una hostilidad creciente, sienten que Dios no escucha sus ruegos y que la fe se está diluyendo. Tal vez sienten que su misma fe es una vana ilusión. ¿De qué sirve suplicar?

Jesús ora, despierta el deseo de orar y enseña cómo hacerlo. Da pocos consejos al respecto: orar en lo secreto y sin muchas palabras. E insiste: orar siempre, sin desanimarse. Perseverar en la oración que busca, llama, pide…

Esa oración abre el propio corazón, y también al mundo, a la acción de Dios. Nos transforma a nosotros. Nos hace pacientes y también perseverantes en buscar todo lo que es bueno, justo y bello. Cuando nos dejamos vencer por el desaliento, por el contrario, la prepotencia del mal se hace más intensa. 

En la experiencia cristiana, el que insiste en la oración, se vuelve artesano de paz y sembrador de esperanza. Por esos senderos transita la verdadera transformación que el mundo anhela. La que anticipa el Reino de los cielos. La vida, como la oración, está hecha de insistencia y perseverancia. 

“Señor Jesús: tal vez, en este momento, creamos estar al límite de nuestras fuerzas. No nos abandones en este momento. Danos tu Espíritu, tus mismos sentimientos, tu filial perseverancia para estar siempre con las manos levantadas, como Moisés en el desierto, suplicando, alabando y adorando. Amén.”

El camino de la fe

«La Voz de San Justo», domingo 9 de octubre de 2022

“Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.” (Lc 17, 12-16).

Un pequeño grupo de hombres excluidos. La lepra no solo enferma el cuerpo, hiere el alma y la convivencia humana: en vez de hermanos, solo se ve a peligrosos extraños. De ahí el grito de esa comunidad de descartados a Jesús. Plegaria escuchada, por cierto. Solo uno volverá. Se postrará ante Jesús, alabando y dando gracias. Alcanzó a ver la verdad de la persona de Jesús.

La escena es poderosa. La secuencia de hechos que se suceden acierta, más que los conceptos abstractos, en mostrar en qué consiste realmente la fe cristiana: experiencia de encuentro vital con Jesús, reconocido como Señor, porque ha tocado la propia vida. Se ha mostrado Señor y Salvador. Lo ha hecho con muchos, pero solo uno cae en la cuenta de ello.

Así fue entonces, así ocurre ahora. No hay que perder la paz, ni dejarse ganar por la ansiedad odistribuir culpas. Solo preguntarse: Y yo, ¿en quién me reconozco? ¿En los nueve que siguieron con sus vidas? ¿O en ese samaritano que reconoció a Jesús?

“Señor Jesús: como aquel leproso curado, yo también vuelvo a Vos. Y lo hago con su misma fe: pequeñita, como el grano de mostaza del pasado domingo, pero potente y transformadora. No por mí, sino por tu Persona. Me postro ante tu Presencia. Amén.”