En medio de la tempestad

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de junio de 2021

“Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal […]” (Mc 4, 37-38).

La imagen es poderosa: la barca de los apóstoles, junto a otras, navegando hacia “la otra orilla” por indicación de Jesús. Es la Iglesia misionera, siempre en éxodo hacia las otras orillas del mundo, dejando la seguridad por obediencia a la Palabra de su Señor.

Claro que se desatan tempestades. Claro que sobreviene el miedo, tan pavoroso que parece hacer zozobrar el alma antes que la misma embarcación. Pero allí está Jesús, levantándose del sueño (es decir: resucitado).

Y así, el miedo se transforma en admiración y confesión de fe: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41). Es una pregunta que suena como una antífona litúrgica. La respuesta la da cada comunidad cristiana: es el Señor de la historia, en su Palabra poderosa confiamos.

De alguna forma, estar en medio de fuertes tormentas, amenazada en su fe y esperanza, pero también, en medio de ese vendaval, ser confortada y fortalecida por su Señor, esa es la condición “normal” de la vida de la Iglesia.

Podemos orar así: “Jesús, ¿estás dormido, como ausente, en medio de las tormentas de tu Iglesia? Sabemos que no: resucitado, estás con nosotros, llevándonos con la fuerza de tu Espíritu, calmando con tu Palabra toda tempestad. Nos postramos ante ti, te adoramos y te confesamos Señor. Amén.”

PS. El evangelio de este domingo nos habla de tormentas, de ansiedad y miedo. En el Día del Padre -este año, nuevamente en emergencia sanitaria- no dejamos de pensar en tantos papás angustiados por la vida de sus hijos, por su salud y, sobre todo, por su futuro. Engendrar un hijo es un acto de amor y también de esperanza. Y a la esperanza hay que elegirla cada mañana al abrir los ojos y saltar de la cama a la vida, especialmente cuando asoman tormentas. ¡Feliz Día del Padre!

La potencia de la semilla

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de junio de 2021

“¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra.” (Mc 4, 30-32).

¿Cuántas veces habrá visto Jesús a un labrador echar una semilla a la tierra? Tal vez, a su propio padre José o a María. Seguramente él mismo lo habrá hecho muchas veces. Y siempre el mismo efecto sorprendente: la semilla es muy pequeña, pero lleva dentro la fuerza de la vida. Cae en tierra y, de repente, el crecimiento, casi sin necesitar el esfuerzo del hombre.

Obviamente, hablamos de la siembra en el siglo I. Hoy sabemos mucho más sobre las leyes de la naturaleza que el hombre de aquel tiempo. Así y todo, no deja de maravillarnos la potencia que encierra una pequeña semilla. Tampoco la sorprendente capacidad de la inteligencia humana de desentrañar la estructura racional de la realidad. Y de ponerla al servicio de una vida mejor.

A Jesús, esta potencia vital encerrada en la semilla y la desproporción entre su pequeñez y el resultado final le sirve para hablar del Reinado de su Padre en el mundo. Dios está obrando realmente en la historia de los hombres. Puede parecer poca cosa comparado con el brillo de los poderes mundanos, siempre altivos, incluso prepotentes y pagados de sí. Pero el poder de Dios no tiene comparación posible con esos poderes.

Solo una pequeña semilla o un grano de mostaza pueden darnos una pista de cómo Dios actúa en nuestra vida: desde la sencillez y el silencio, a partir de lo pobre y pequeño, Dios hace crecer la vida. Lo hará, de manera insuperable, cuando el mismo Jesús, como semilla arrojada por tierra, sea sepultado: el Padre hará entonces estallar la vida por la resurrección.

Podemos hacer esta plegaria: “Padre bueno y misericordioso: Tú amas a los pobres, buscas lo humilde y te sientes cómodo con los pequeños y descartados. Abre nuestros ojos, tantas veces seducidos y encandilados por el brillo pasajero del mundo. Que podamos, como Jesús, contemplar tu poder salvador que está obrando realmente entre nosotros. Amén.”

Corpus Christi 2021

Homilía en la catedral de San Francisco, domingo 6 de junio de 2021

La santa Eucaristía nos devuelve al “amor primero”. Aquel amor del comienzo que el Apocalipsis le reprocha a la Iglesia de Éfeso haber dejado enfriar (cf. Ap 2, 4).

Es el amor de Cristo: libre y total, absoluto y gratuito, sin reservas ni condiciones. El único amor que puede despertar en nuestro corazón una respuesta semejante.

Venimos a la Eucaristía a dejarnos alcanzar por ese amor primero. Por eso estamos aquí. Por eso, aunque no podemos asistir al templo por la pandemia, seguimos esta celebración por las redes.

Este año, la liturgia nos invita a contemplar la Sangre redentora del Señor “que por otra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios” (Heb 9, 14). Es la Sangre bendita que nos vivifica y purifica. La que nos abre las puertas de la vida, ya desde ahora en nuestro peregrinar hacia la patria del cielo.

Contemplemos pues la Sangre del Señor.

En la sangre está la vida, nos enseña la Escritura. Es lenguaje simbólico, no biología. Y la sangre “derramada” es expresión de una vida entregada, que no se guarda nada; que no se engaña a sí misma, creyendo que ser libre es igual a librarse de toda forma de vínculo, dependencia o condicionamiento. Esto último suele ser más bien desinhibición, capricho o triste apatía de adolescentes eternos.

Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, de rodillas ante el altar, volvemos a escuchar al Señor que, por medio del sacerdote, nos dice: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 24-25).

Creemos en tu Palabra, Señor, y nos dejamos llevar por ella. “Sangre de Cristo, embriáganos”, rezamos con la antigua plegaria.

Sí, estamos embriagados por ese Amor grande que no ha dejado solo al mundo. Esa vida traspasada de amor que palpita en la entrega silenciosa, humilde y perseverante de tantos hombres y mujeres que, cada día, vuelven a ponerse al hombro a su familia, a sus seres queridos, a todos los que les han sido confiados.

Es verdad que, en medio de esta dolorosa pandemia, nos desconcierta y subleva la irresponsabilidad de algunos -dirigentes o simples ciudadanos- que parecen no ver más allá de sus intereses de corto alcance. Pero, como contraparte a la vileza y mezquindad de esas élites encerradas en sí mismas resalta la esperanzadora vida que circula por las venas de nuestro pueblo. Somos testigos, cuando no protagonistas, de ese amor increíblemente tozudo que, en medio de la dura prueba, se hace cargo de la vida de los otros con alegría, incluso con sano humor, sin estridencias ni reclamos infantiles. Amor que se levanta cada mañana, que vuelve a empezar; que se afana en llevar bondad, belleza y justicia, sin dejarse ganar por el desaliento; o, si ese veneno se inocula en el alma, sabe encontrar el mejor antídoto que es mirar a los ojos a los que amamos, los más pequeños o desvalidos; y, con esa mirada que traspasa el alma, seguir caminando, peleando la vida y dando lugar a la esperanza.

Permítanme decirlo sin rodeos: detrás de todo ese humanísimo amor está la Sangre bendita de Cristo; está ese amor primero que sostiene, por la fuerza del Espíritu, todo esfuerzo para hacer la vida más humana. Es Sangre redentora. Y eso no es eufemismo ni veleidad, es confesión de fe y, por eso, realismo puro. Dios no se queda en buenas intenciones: dice, obra y transforma desde dentro la vida.

La Sangre de la nueva y eterna Alianza en la Eucaristía es la fuerza secreta que anima, incluso sin saberlo, a todo hombre y mujer de nuestro mundo (de nuestra Argentina) que empeña su libertad en el cuidado de los otros, especialmente de los más vulnerables; que apuesta al diálogo, al encuentro y a la pasión por la verdad y el bien común.

Cuando el Señor, en la última cena, toma en sus manos el cáliz lleno del fruto de la vid, no solo nos invita a reconocer en ese vino generoso el misterio de su Sangre, a punto de ser derramada “para el perdón de los pecados”; sino que, al hacer eso mismo, mete en el corazón del mundo la potencia más fuerte que podamos pensar: la esperanza de que nos espera, porque es decisión irrevocable del Dios que ama la vida, el “vino nuevo en el Reino de Dios”.

La Eucaristía, que es sacramento del amor más grande, es también el sacramento de la esperanza más firme.

Por eso nos reunimos para celebrarla. Por eso, no podemos vivir sin ella. Por eso, cuando no podemos estar presentes en nuestros templos, alimentamos el deseo de la comunión con Cristo en nuestra imaginación y nuestras palabras, en nuestra mente y nuestro corazón. Por eso nos duele en el alma que se enfríe en los corazones -por ejemplo, de los jóvenes- el deseo de la Eucaristía. Por eso vamos a insistir, a tiempo y a destiempo, que no podemos vivir sin la Eucaristía.

Por eso estamos aquí, reunidos para cantar el misterio del amor grande que nos alcanza bajo las apariencias del pan y del vino.

Queridos hermanos y hermanas: es Jesús, el Señor, el que quiere reavivar en nuestros corazones el amor primero. Dejémoslo obrar. Dejemos que nos colme de su gozo. Dejemos que su Espíritu alimente en cada uno el deseo de la Eucaristía, que es el deseo de Dios, de su Reino y de su justicia para todos. Dejémonos embriagar por su Sangre vivificante y redentora.

Los invito a orar: “Te saludamos y bendecimos, Sangre bendita y gloriosa. Del costado abierto de Cristo en la cruz sigues manando para salvación del mundo. Que nunca desertemos de la Eucaristía. Que siempre lavemos nuestras vidas en tu poder salvador y purificador. Amén.”

Alimento para los que caminamos

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de junio de 2021

La Eucaristía es el memorial del sacrificio pascual de Cristo. Cada vez que la celebramos, se actualiza y se hace presente la Pascua del Señor.

Los textos de este domingo destacan el misterio de la Sangre redentora: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” (Mc 14, 24). La sangre es símbolo de la vida. Y la sangre “derramada”, de la vida que se entrega, especialmente en el sacrificio supremo del martirio.

El mundo anhela la comunión, mientras experimenta el poder destructor del odio, del resentimiento y de la violencia. La Sangre del Cordero, derramada para que seamos salvados, es esperanza de perdón, de reconciliación y de salvación para la humanidad.

En este tiempo de pandemia hemos visto como han salido más claramente a la luz las profundas consecuencias de la cultura de la muerte: desigualdad, pobreza, destrucción de la creación, enfermedad en los cuerpos y desesperanza en las almas.

Pero también hemos visto de qué manera, en lo más hondo de corazones nobles, humildes y entregados, la potencia de la Sangre redentora de Jesús sigue obrando maravillas, sigue levantando al mundo, santificando los cuerpos y las almas.

“Alimento de los caminantes”. Así llama a la Eucaristía un canto anónimo de la liturgia. El poema recoge la experiencia de los cristianos. Cada Eucaristía que se celebra, la más solemne y la más humilde, tiene una inigualable potencia de gracia, de bien y de salvación. Alimenta la vida, fortalece y anima al peregrino, especialmente cuando el camino se vuelve más empinado e incierto.

 ¡Qué no falte la Eucaristía en el deseo que nace del amor que cree, adora y espera! ¡Qué no dejemos morir el hambre y la sed de la Eucaristía en nosotros! ¡Qué nunca falte la Eucaristía en nuestras comunidades! ¡Qué no falten manos que multipliquen ese Pan vivo que es Jesucristo, el Señor!

Te invito a orar: “Te saludamos y bendecimos, Sangre bendita y gloriosa. Del costado abierto de Cristo en la cruz sigues manando para salvación del mundo. Que nunca desertemos de la Eucaristía. Que siempre lavemos nuestras vidas en tu poder salvador y purificador. Amén.”

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de mayo de 2021

“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.  […]” (Mt 28, 16-20).

Así comienza el evangelio de este domingo que celebra a la Santa Trinidad. También nosotros, como los discípulos, nos postramos para adorar a Jesús, el Señor. Y volvemos a recibir de sus labios la misión: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).

De algún modo, esta fiesta recoge el camino que venimos recorriendo desde el Adviento con la espera de su Venida, pasando por la Navidad y centrado en su Pascua. El plan de salvación de Dios desemboca en la revelación del Rostro trinitario del Dios amor en la pasión, muerte y resurrección de Cristo: el Padre que ha enviado al Hijo; el Hijo que, desde las profundidades de la comunión divina, nos comunica el Espíritu. 

¿Qué significa ser enviados a bautizar en el nombre de la Santa Trinidad? No solo cumplir un rito externo, sino realizarlo como expresión de algo decisivo para la vida: ser sumergidos en la comunión de amor que es Dios, para que seamos testigos del modo como Dios vive y ama. Y, por eso, al mandato de bautizar sigue el de enseñar a vivir según el Evangelio de Jesús. La Iglesia está en el mundo con la misión de abrir el corazón del hombre a la adoración del Dios amor, para que así, el hombre tenga vida, libertad y felicidad. 

Te invito a orar así: “Te alabamos, Padre de bondad, por medio de tu Hijo Jesucristo, en la alegría y consuelo del Espíritu Santo. Te adoramos y glorificamos a Ti, Trinidad santa y bendita, que has creado todo lo que existe. Tú eres la fuente de la que mana la vida. Eres también la Patria hacia la que nos dirigimos, caminando esta historia. Eres también la fuerza secreta que sostiene desde dentro nuestro caminar. Te damos gloria y alabanza, a Ti, Dios vivo y verdadero, que eres nuestra salvación. Amén.”

Misa por la Patria

Homilía en la catedral de San Francisco – 25 de mayo de 2021

“Observar la Ley es como presentar muchas ofrendas y ser fiel a los mandamientos es ofrecer un sacrificio de comunión […]” (Ecco 35, 1). 

Así comenzaba la primera lectura de hoy. Cuando el libro del Eclesiástico habla de “Ley”, por supuesto, se refiere a las “palabras” que Dios regaló a su pueblo en el Sinaí a través de Moisés, sintetizadas en aquellas “Diez palabras” que tan bien conocemos. 

Pero, orando por la Patria Argentina este 25 de mayo, podemos dejarnos iluminar por esta invitación del sabio de Israel. Iluminar nuestra conciencia, nuestra conducta y también nuestra vida ciudadana como pueblo. 

Mucho se ha dicho y escrito sobre el poco apego que los argentinos tenemos a la ley. A este defecto -grave, por cierto- se lo denomina: “anomia”; es decir, negación de la ley. 

Lo ilustra muy bien el dicho popular: “Hecha la ley, hecha la trampa”. Solemos evocarlo para señalar cómo los pícaros saben sortear el límite de la ley, ufanándose de ese logro. Es la famosa “viveza criolla”. 

Este modo de hablar es muy injusto y cargado de prejuicios: en realidad, el desapego a leyes, normas y regulaciones desborda ampliamente cualquier caracterización de raza, condición social o incluso educación superior. Otro dicho popular puede venir en nuestra ayuda: “ladrones de guante blanco”: gente educada, incluso con acceso a muchos bienes, sin embargo, elige la corrupción. 

Por eso, observando el enorme esfuerzo que nuestro pueblo viene haciendo desde que comenzó la pandemia, este juicio negativo, al menos en mi caso, tiene que ser matizado; tal vez, hasta rebatido. 

Permítanme afirmar, con emoción ciudadana, que en la mayoría de los argentinos habita una real pasión por el bien común; es decir, por ese trabajo silencioso, cotidiano y tremendamente paciente de generar las condiciones para que cada persona, cada familia y pueblo alcancen su desarrollo y perfección. 

En su encíclica Laudato Si’, el papa Francisco ha hecho dos aportes fundamentales a la noción de bien común. Este implica, por un lado, el cuidado de la casa común: nuestra tierra, el ambiente, el clima, la ecología humana. Por otro, el trabajo por el bien común incluye a las futuras generaciones: implica soñar el futuro, incluso si eso significa sacrificios en el presente cuyos frutos serán recogidos por quienes vengan detrás.

En este día de la Patria, no nos dejemos ganar por la amargura que nubla la mirada, por la desesperanza o la presunción que hieren desde dentro a la esperanza. 

No es realismo ser pesimista, amargado o confundir espíritu crítico con el conformismo de quien critica todo sin dejar abierta ninguna puerta a la esperanza. 

Volvamos al fragmento del libro del Eclesiástico que acabamos de escuchar. Prestemos atención a este acento, típicamente bíblico y cristiano: escuchar y poner en práctica la Ley que Dios nos ha regalado es, en definitiva, el culto que Él espera de nosotros; el culto de la vida que le da sentido al culto litúrgico que realizamos. 

“La manera de agradar al Señor es apartarse del mal, y apartarse de la injusticia es un sacrificio de expiación. […] Da siempre con el rostro radiante y consagra el diezmo con alegría.” (Ecco 35, 3.8).

Dios quiere nuestro corazón más que nuestras ofrendas externas. Quiere que nuestra vida se transfigure con el fuego de su Espíritu para que podamos experimentar su misma alegría de vivir en la verdad. 

Esa es la belleza de la vida que Jesús nos ha traído y que su Espíritu incesantemente anima, inspira y mueve desde dentro de los corazones. 

Ese “fuego sagrado” esta ardiendo en nuestra Patria Argentina desde que el Evangelio de Cristo resonó en nuestra tierra. Y no deja de dar frutos. 

Miremos, si no, lo que de más hondo está ocurriendo en nuestras comunidades cristianas, especialmente en este tiempo de pandemia, de confinamiento y de restricciones. 

Es cierto que, en tiempos más o menos prolongados, los templos argentinos han estado cerrados. Pero la Iglesia, la verdadera Iglesia del Señor, la que crece en los corazones, la que el Espíritu edifica con las piedras vivas que somos nosotros; esa Iglesia está viva, despierta, activa y, como siempre, es misionera…

¿Cuál es el aporte de los cristianos a la construcción, nunca acabada, por cierto, de una Patria de hermanos?

Ante todo, la radicalidad de nuestra vivencia del Evangelio. No hay mejor servicio a la Patria para un cristiano que vivir su fe con alegría, convicción y coherencia. 

A eso, yo añadiría dos objetivos más: en primer lugar, trabajar más intensamente por la convivencia fraterna entre todos los argentinos. Esa herida abierta que solemos llamar “grieta” también está presente dentro de nuestras comunidades cristianas. Pues bien, el Evangelio tiene todo para que demos testimonio elocuente de que las desavenencias pueden ser vividas de un modo distintos. Se trata de tratarnos como hermanos y hermanas, aunque, lógicamente, no tengamos la misma mirada sobre aspectos que son contingentes y opinables. 

En segundo lugar, los católicos estamos desafiados a profundizar nuestro compromiso con la democracia; o, mejor, con un modelo de democracia que exprese nuestra cultura, nuestra riqueza y pluralidad. Nos orienta el rico magisterio de nuestra Iglesia: desde “Iglesia y comunidad nacional” del Episcopado Argentino, con los dos documentos del bicentenario; hasta los grandes pronunciamientos de los Papas, especialmente la gran encíclica Centessimus annus de san Juan Pablo II y, más recientemente, Laudato Si’ y  Fratelli tutti de nuestro querido Papa Francisco. 

¡Soñemos juntos entonces una Argentina luminosa! ¡Soñemos pensando en las nuevas generaciones que están creciendo o que vendrán! 

Patria es la tierra de los padres, de nuestros hijos y nietos. 

Que la Virgencita de Luján nos siga inspirando y bendiciendo. 

Amén. 

Pentecostés es hoy

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de mayo de 2021

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…»” (Jn 20, 21-22).

Pentecostés no es un hecho del pasado. Es hoy. Acontece ahora. Es el presente. Y lo es para todo el mundo, para la humanidad y también para la creación.

Pentecostés es hoy, no solo porque es la fiesta litúrgica que cierra el tiempo pascual, sino porque Cristo resucitado sigue comunicando su Aliento (su Espíritu) a sus discípulos, al mundo, a nuestro presente.

Más que nunca hoy, rezamos con las bellas palabras del Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (vv 29-30). Vivimos por el Aliento de Jesús. La creación entera anhela el soplo vivificante del Espíritu.

Y nuestra misión es, así alentados por el Espíritu de Cristo, llevar su alegría y su paz al mundo. Ser artesanos de paz, de reconciliación, del perdón. Junto con el don del Espíritu, Jesús confía a su Iglesia el signo del Perdón de Dios. Esa es la misión de la Iglesia en el mundo.

¿Un signo de esta actualidad de Pentecostés? La vida de este chico santo, cuyas reliquias nos visitan: Carlos Acutis. Una vida transformada, luminosa y, por eso, provocativa.

En este domingo de Pentecostés, te invito a orar: “Ven a nosotros, oh, Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Ven y cólmanos con tu santa unción. Haz de cada comunidad cristiana, de cada bautizado y confirmado, testigos valientes de tu fuerza y de tu fuego, que es el amor de Cristo que hace nuevas todas las cosas. Conviértenos en artesanos de paz, de amistad y de reconciliación. Amén.”

Heridas y sueños de Argentina

“El sol del veinticinco viene asomando…”

¡25 de mayo, día de la Patria!

No está de más recordar que “Patria”, entre otras cosas, evoca la “tierra de los padres”.

Como un eco del cuarto mandamiento: honrar padre y madre. Así también honramos y amamos la Patria.

Y anhelamos lo mismo: una Patria de hermanos, una casa común, una familia grande.

Dios creador nos ha regalado la tierra, nuestra casa común, y ha puesto la semilla de esa maravillosa diversidad que son los pueblos y naciones de la tierra. Argentina es una de ellas.

Geografía, cultura, historia compartida.

Patria es tu casa, tu familia, tus vecinos, tu pueblo o ciudad. Tu lugar en el mundo y lo que está más allá también. Los que amas y te aman. Los que ya no están y extrañamos. Pero también aquellos con los que tenemos alguna forma de distancia o desavenencia, incluso, al menos en algún punto, insalvable.

Cercanos y lejanos, amigos y extraños; los que piensan como vos y los que no. Aquellos con los que tenés afinidad… y otros con los que parece que nada hay en común.

Pero parece nomás, porque tenemos algo decisivo en común: la común humanidad… somos semejantes… y eso tiene que pesar. Es decisivo reconocerlo.

Cuando hoy pienso en Argentina, a la memoria del corazón me vienen dos imágenes: una Argentina “herida” y una Argentina “soñada”.

Hablar de heridas es evocar sufrimiento, dolor, desencuentros. También muertes, exilio, discordia. Hoy vivimos un tiempo de mucho dolor e incertidumbres. Sí, nos sentimos “heridos y agobiados”.

Mirar nuestras heridas no necesariamente es un acto negativo: como quien se goza en el dolor, para permanecer instalado allí.

Podemos mirar nuestras heridas y encontrar en ese dolor compartido la luz que necesitamos para mirar más hondo en la vida, ver lo que es realmente importante y, de esa manera, encontrar aliento para mirarnos a los ojos, caminar juntos y soñar el futuro.

Cuando salgo de mí mismo y trato de hacer mías, de alguna manera, las heridas y cicatrices de los demás, también de mis adversarios, algo profundo cambia en nuestro modo de percibir la vida. Algo realmente humano y humanizante.

Hay que atreverse a dar ese paso. Tal vez, este tiempo duro de pandemia, de tanto dolor, nos esté dando esa posibilidad.

Por eso, de esas heridas así reconocidas y compartidas puede nacer la Argentina “soñada” de la que hablaba antes. Un sueño nuestro para las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo. Una Argentina más luminosa.

Es un acto de Esperanza. Y escribo esta palabra sagrada y frágil con mayúsculas porque soy cristiano, discípulo de Jesús y su Evangelio. Creo en Dios y trato de servirlo hablando de Él, de su amor y misericordia.

Esperanza es un regalo que el mismo Dios hace surgir en los corazones en los que ha sembrado la semilla de la fe. Y mirar la vida con ese fuego que alumbra es ver el futuro con la mirada transfigurada.

Feliz día de la Patria.

Sí: ¡Viva la Patria!

Pentecostés: el don de la Ley en los corazones

3ª Carta Pascual 2021

San Francisco, 20 de mayo de 2021

A los fieles de la diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Estamos a las puertas de Pentecostés. Culmina así el tiempo pascual. En esta 3ª Carta pascual les propongo la lectura orante de Ex 19-24 que relata la Alianza en el monte Sinaí. Para el pueblo judío, la fiesta de Pentecostés conmemora el don de la Ley que entonces tuvo lugar. Su meditación nos ayudará a prepararnos para el Pentecostés cristiano: Jesús comunica el Espíritu Santo a su Iglesia. La ley nueva del Evangelio es la gracia del Espíritu Santo, como enseña Santo Tomás[1]. Centramos nuestra lectio en el texto que propone la vigilia de Pentecostés: Ex 19, 3-8a. 16-20b.

I. Lectio: ¿Qué dice el texto?

2. “El primer día del tercer mes, después de su salida de Egipto, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí […] establecieron allí su campamento. Israel acampó frente a la montaña.” (Ex 19, 1-2). Los capítulos19 y 24 narran el encuentro con Dios y la alianza. Por su parte, 20-23, las obligaciones que surgen del pacto: las diez palabras que traducen la alianza a la vida concreta del pueblo. Subrayemos el doble movimiento de los personajes del relato: subir y bajar, acercarse y mantenerse a distancia del monte (y de Dios). Es como el ritmo de  la liturgia: sentados, recibimos la Palabra. Llevamos al altar los dones y nos acercamos a comulgar. Así también la oración y la vida: vivimos como oramos, oramos como vivimos. Este movimiento alcanzará su punto culminante en la encarnación. 

3. Encuentro y pacto buscados por Dios. Suya es la iniciativa. En la Biblia encontramos alianzas entre amigos o pueblos, de carácter comercial, entre un rey poderoso y su vasallo. Aquí es Dios el que ofrece su alianza. Como todo pacto, un relato evoca lo que Dios ha hecho por el pueblo. Sigue el ofrecimiento de un vínculo: “ustedes serán mi pueblo; Yo, su Dios”. De ahí brotan compromisos concretos (los diez mandamientos). Siguen premios o bendiciones y castigos o maldiciones, según haya o no fidelidad a la alianza. Un rito sella la alianza: es el sacrificio que describe Ex 24, y que Jesús evocará en la última cena: “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes, según lo establecido en estas cláusulas” (Ex 24, 8). Centremos ahora nuestra atención en las palabras que Dios transmite al pueblo a través de Moisés.

4. Ex 19, 4: “Ustedes han visto cómo traté a Egipto, y cómo los conduje sobre alas de águila y los traje hasta mí.” Las credenciales de Dios son las obras que ha realizado en favor de su pueblo, especialmente la liberación de Egipto. Como observamos al comentar el canto de Miriam (Ex 15, 1-21): hay que abrir los ojos para contemplar esas obras. El detalle más importante: “los traje hasta mí”. Ahora, la atención no debe centrarse en el don de la tierra, sino en la persona del Señor. El camino del éxodo, con todas sus vicisitudes y pruebas, tiene una meta: el encuentro personal, cara a cara, con el Dios santo y amigo del pueblo. El encuentro con Dios es la meta de todas las peregrinaciones de la vida: las del pueblo de Israel y las de cada uno de nosotros. Así será también la vuelta del exilio.

5. Ex 19, 5: “Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece.” Toda la tierra pertenece al Señor, pero el pueblo que acoge su alianza entra en una relación única con Él; a condición de que su Palabra sea escuchada y obedecida. Dios busca una alianza en libertad con Israel. También con nosotros. El Espíritu Santo es el que hace posible ese encuentro en libertad entre Dios y los hombres.

6. Ex 19, 6: “Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada.” San Pedro retomará esta potente imagen (cf. 1 Pe 2, 5.9). Un “reino de sacerdotes”, no una élite, sino todo el pueblo tiene la función de ofrecer a Dios el culto de la vida; además de anunciar sus maravillas (evangelizar), adorar y alabar a Dios. Una “nación santa”, porque Israel es ese espacio sagrado en medio del mundo en el que Dios se manifiesta para todos los pueblos. El compromiso con Dios es inseparable de la fraternidad, especialmente con los pobres. Ese es el espíritu de las dos tablas del Decálogo.

II. Meditatio: ¿Qué nos dice el texto?

7. Les propongo dos claves de lectura. En primer lugar, la evocación de la Alianza del Sinaí que hace la Carta a los Hebreos. En segundo lugar, la perspectiva que nos ofrecen los profetas Jeremías y Ezequiel.

8. Leemos en Heb 12, 18-24: “Ustedes, en efecto, no se han acercado a algo tangible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, tempestad, sonido de trompeta, y un estruendo tal de palabras, que aquellos que lo escuchaban no quisieron que se les siguiera hablando… Ustedes, en cambio, se han acercado a la montaña de Sión, a la Ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, a una multitud de ángeles, a una fiesta solemne, a la asamblea de los primogénitos cuyos nombres están escritos en el cielo. Se han acercado a Dios, que es el Juez del universo, y a los espíritus de los justos que ya han llegado a la perfección, a Jesús, el mediador de la Nueva Alianza, y a la sangre purificadora que habla más elocuentemente que la de Abel.”

9. Todo lo que ha vivido el pueblo de Israel es profecía del camino de la Iglesia de Cristo. Es cumplimiento y plenitud: las imágenes imperfectas ceden su lugar a la realidad. Leemos el Éxodo para encontrar en sus páginas las claves de lectura (palabras, hechos, símbolos y gestos) que nos ayuden a comprender lo que nos pasa ahora, lo que el Espíritu está obrando en nuestra vida como discípulos de Jesús. Nuestra vida y nuestra fe son el camino por el desierto. Hay momentos de encuentro y de alianza con Dios. Algunos tienen la visibilidad de los sacramentos; otros, la frescura de un Dios que nos une a Él con lazos de amor.

10. “Al séptimo día, el Señor llamó a Moisés desde la nube. El aspecto de la gloria del Señor era a los ojos de los israelitas como un fuego devorador sobre la cumbre de la montaña. Moisés entró en la nube y subió a la montaña. Allí permaneció cuarenta días y cuarenta noches.” (Ex 24, 16b-18). La montaña es lugar de revelación y encuentro con Dios. Subir al monte y entrar en la nube, como hizo Moisés, es ahora entrar en comunión con Jesús. Él es el monte santo donde Dios se revela. Moisés es figura de todo bautizado: un amigo que habla cara a cara con Dios; un hombre humilde, transformado por la gracia del Espíritu Santo.

11. El contraste entre ambas alianzas nos invita a calibrar la calidad de nuestra experiencia cristiana. Mientras que la antigua es caracterizada con rasgos impersonales, la nueva es encuentro libre entre Dios y sus hijos. No hay temor frente al Dios manifestado en Jesucristo. Por el contrario, el clima es de gozo, paz y consuelo. San Pablo habla que el “fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. (Gal 5, 22-23).

12. Las “diez Palabras” que Dios mismo escribió con su mano en las tablas de la Ley son un don para la vida. En esas palabras, que Jesús llevó a su pleno cumplimiento (cf. Mt 5-7), nosotros encontramos orientación para vivir plenamente como hijos y hermanos. Los mandamientos humanizan nuestra vida. El estilo de la Trinidad se hace nuestra forma de vida.

13. Por su parte, Jeremías y Ezequiel, evocando este encuentro en el Sinaí, anuncian una nueva y definitiva alianza: “Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.” (Jer 31, 33). “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que signa mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo ha dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios.” (Ez 36, 26-28).

III. Contemplatio: Cristo nos está donando su Espíritu

14. “Ser contemplativos no depende de los ojos, sino del corazón. Y aquí entra en juego la oración, como acto de fe y de amor, como «respiración» de nuestra relación con Dios. La oración purifica el corazón, y con eso, aclara también la mirada, permitiendo acoger la realidad desde otro punto de vista. […] Todo nace de ahí: de un corazón que se siente mirado con amor. Entonces la realidad es contemplada con ojos diferentes.” (Catequesis del Papa Francisco, 5 de mayo de 2021).

15. “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo […]»” (Jn 20, 21-22). “Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5, 5). Pentecostés es un acontecimiento actual: Jesús resucitado continúa alentando su Espíritu sobre nosotros. En el silencio de nuestra oración, concentrando nuestra mirada en Jesús, descubramos al Dios vivo que escribe su Ley en nuestros corazones.

16. El don del Espíritu tiene un destinatario: el pueblo de Dios. Un pueblo de hombres y mujeres libres, animados por el amor trinitario, portador de esperanza al mundo. El Espíritu que el Padre y el Hijo nos envían, pasa por el cuerpo glorificado de Cristo y se derrama en los corazones, escribiendo en ellos la Ley de Dios. La libertad que nos comunica es la de los hijos y hermanos. Alienta en nosotros un proyecto de vida fraterno, abierto solidariamente a los demás, atento especialmente a los más pobres y heridos.

17. En este tiempo de prueba que seguimos transitando como humanidad, una gracia muy fuerte que Dios está haciendo sentir en los corazones de muchos tiene que ver con esto: escribiendo su Ley en nosotros, el Dios trinidad revelado en la Pascua nos comunica su vida misma, su alegría y su impulso. Vivir desde dentro de nuestra experiencia personal de la acción del Espíritu Santo.

18. Los invito a contemplar este don del Espíritu en nuestra Iglesia diocesana que celebra sus sesenta años de camino compartido. Las figuras de María, de Francisco de Asís y de Brochero nos iluminan. Dios realizó en ellos lo que está obrando en nosotros. ¿Cómo escribió el Señor su Ley en el corazón de María? ¿Qué forma tomó la libertad en la vida de Francisco? ¿Qué experiencia del Espíritu leemos en la vida y ministerio de José Gabriel? Contemplemos sus vidas, reflejo del Evangelio, y miremos la obra de Dios en nosotros, en nuestras comunidades, en la historia de nuestra Iglesia diocesana. Es memoria agradecida del camino recorrido que nos abre al futuro: ¿hacia dónde nos está llevando el impulso del Espíritu? Moisés bajó del Sinaí, confió al pueblo la Ley de Dios y, así, juntos, retomaron su camino hacia la tierra prometida. También nosotros, como diócesis, tenemos un camino por delante.

Confío esta lectio a san José, custodio de María y Jesús. Su obediencia a la Palabra nos inspire para seguir transitando juntos este camino de alianza, de fe y de servicio. Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva, Obispo de San Francisco

[1] cf. ST I II q 106 a 1 Respondeo

Fiesta Patronal Diocesana – 13 de mayo de 2021

Homilía en la catedral de San Francisco

“Sesenta años con María contemplativa, servidora y misionera”

Con este lema estamos celebrando nuestra Fiesta Patronal Diocesana en honor a Nuestra Señora del Rosario de Fátima. 

¿Qué significa que María es “contemplativa”? ¿Qué es “contemplar”? ¿Sirve para algo realmente significativo la oración contemplativa?

Podríamos multiplicar las preguntas. Pienso que, más que sospechas y objeciones, sobre esta palabra pesa un sentido de resignación: “sí, muy bonito; pero, en realidad, no es para mí; me supera, mejor contentarse con menos”. 

Y, sin embargo…

La contemplación es la madurez de la oración cristiana. Cada vez que siento el llamado de la oración y me adentro en ese territorio fascinante, el impulso del Espíritu es que alcance la meta de la contemplación. Dios me busca y quiere ese encuentro, cara a cara. 

La escena evangélica que acabamos de escuchar es el icono de la Iglesia orante y contemplativa: María, las santas mujeres y el discípulo amado al pie de la cruz, contemplando a Jesús en su Hora. Están en el radio de su influencia, al alcance de su Espíritu. Todo en ellos -mente, sentimientos y sentidos- se concentra en el Señor que vive su Hora. 

Tal vez, todavía no tengan las palabras para expresarlo con suficiente fluidez. Sin embargo, en esa Hora suprema -la del mayor amor: el amor hasta el fin- están ante el Rostro trinitario de Dios que irrumpe en nuestra historia: el Padre entrega al Hijo, el Hijo se ofrece al Padre, Padre e Hijo dan al mundo el Espíritu que renueva la faz de la tierra. 

En la oración, como en la fe, nunca dominamos el Misterio, sino que Él nos toma, nos desborda y nos envuelve. 

La contemplación es la madurez de la oración porque la visión beatífica será la plenitud de la condición humana, nuestra verdadera madurez. Ese es el verdadero motivo de nuestra esperanza: la bienaventuranza eterna, en el cielo, cuando veamos cara a cara y conozcamos como somos conocidos; el encuentro con el Señor y el reencuentro con todos los que amamos y nos amaron; la patria trinitaria que es también nuestro verdadero hogar. 

En una fe humilde, orante y viva como la de María, ya en esta historia frágil e imperfecta, comienza a madurar esa gracia definitiva. El cielo germina en la tierra. 

El Rosario que María encomendó a Jacinta, Francisco y Lucía, por ejemplo, es oración vocal y corporal, pero, en su dinámica interior nos lleva a contemplar: con los ojos y el corazón de nuestra Señora, el misterio de Cristo. 

***

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La contemplación busca […] a Jesús y en Él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Él y vivir en Él. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.”

Quedémonos con esta sola frase: contemplación es tener la mirada centrada en el Señor. Podríamos añadir: simplificar la mirada interior, teniendo los ojos de la fe puestos en su Persona. 

En realidad, tenemos que decir que no resulta sencillo definir con palabras lo que constituye la oración contemplativa. Son más útiles las imágenes, las metáforas, las comparaciones que dejan abierta la puerta y libre el espíritu para aventurarse en este terreno. 

Personalmente, me gusta mucho cómo define la oración contemplativa, pero, sobre todo, cómo la describe, Don Bernardo Olivera, trapense argentino que fuera Maestro General de la Orden. Aquí la definición: “[…] la contemplación cristiana es: fe iluminada por el fuego del amor que anticipa lo esperado. O, más propiamente, fe enamorada en anticipo de esperanza.”.

Como toda oración, la contemplación es don de Dios. Si la fe es un modo de ver la realidad con los mismos ojos de Dios, la oración contemplativa es un momento especialmente intenso en que los ojos de la fe se concentran en el Misterio de Cristo. 

Es un ver que, transfigurado por la esperanza, sabe ir a fondo, más allá de las apariencias, para comprender que la salvación de Dios está actuando en el mundo y es el verdadero futuro que nos espera. 

El amor que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones es un fuego que, a la vez, nos enciende, nos da calor y también nos ilumina para que podamos ver. 

Esa es la metáfora que usa Don Bernardo Olivera para hacernos comprender lo que es la oración contemplativa: fuego de amor que caldea el corazón e ilumina todo alrededor. 

En otros escritos añade otras imágenes: es amor de mamá o de papá que, precisamente por que aman intensamente a sus hijos, son capaces de adivinar sus estados de ánimo, sus penas y expectativas. El amor ve, y ve más lejos. Preguntémosle, si no, al discípulo amado, o a María Magdalena. 

Todo enamorado es, de una forma u otra, un contemplativo. Busca el silencio para estar, para mirar, para reposar. 

El orante de Israel viene en nuestra ayuda. Él ha llegado a comprender que la contemplación puede crecer en el corazón creyente solo porque es Dios el que, con su amor primero, nos mira y nos contempla y, de esa forma, nos crea constantemente con su aliento de vida. Reza así el Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (Sal 104, 29-30). De ahí que la Escritura, una y otra vez, repita la súplica: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros […]” (Sal  67, 2). 

Esto supone un giro fundamental en la propia experiencia cristiana: es Dios el que nos contempla y hace posible nuestra propia mirada centrada en Él. ¿Se dan cuenta de que siempre, invariablemente, tenemos que terminar hablando de la gracia? Es así: la vida cristiana es don, regalo, gracia, iniciativa de Dios. Él primero. Siempre. 

***

Nuestra Iglesia diocesana nació a las vísperas del Concilio Vaticano II. Su nacimiento entonces estuvo dinamizado por la gracia de ese nuevo Pentecostés. 

Contemplado con los ojos de María, madre de la Iglesia, el Concilio es un tiempo fuerte, profético y todo él concentrado en la Persona de Cristo, luz del mundo, de los pueblos y clave de ese misterio que somos los seres humanos. 

La profecía conciliar se puso en marcha precisamente con la reforma de la liturgia de la Iglesia. Este es el hogar, a cuyo calor maduró el camino de la Iglesia en nuestro tiempo, también el de nuestra Iglesia diocesana. Y la liturgia es tiempo, espacio y experiencia de contemplación. Es oración que se acelera y alcanza su punto máximo, de manera particular en la celebración eucarística, especialmente el domingo, la Pascua semanal. “Por lo cual, la Eucaristía aparece como la fuente y cima de toda la evangelización”, como afirma con certera lucidez el Decreto sobre la vida y misión de los presbíteros.

La contemplación no es un lujo de algunas almas exquisitas. Menos aún una pérdida de tiempo porque otras urgencias son prioritarias. Por el contrario, la contemplación de Cristo, en la oración personal y en la oración eclesial, es el clima del Espíritu en que transcurre y acontece nuestra vida personal, social y eclesial. 

El silencio en el que madura la contemplación -enseña también Don Bernardo Olivera- es la dimensión interior de la solidaridad. O, como hemos enunciado en nuestro lema: del servicio y la misión. La contemplación les da hondura a nuestros compromisos, especialmente a aquellos que nos sumergen más intensamente en la pobreza y fragilidad de la siempre cambiante condición humana. 

Contemplamos escuchando la Palabra y celebrando los misterios, no menos que en los encuentros con nuestros hermanos, sus temores y heridas, sus alegrías y esperanzas. 

Entre tantas experiencias fuertes que estamos viviendo en esta pandemia, una verdaderamente significativa podría ser esta: la gracia de, por una parte, caer en la cuenta de hasta qué punto habíamos perdido el norte en nuestra vida. Pero, por lo mismo, de qué manera el Espíritu nos reorienta, nos enseña por dentro, nos mueve a recuperar aliento, centrándonos nuevamente en Jesús, su Evangelio y su Pascua. Sí, en este tiempo, muchos han redescubierto ese anhelo de encuentro que nos habita y que el Espíritu Santo potencia, alimenta y anima. 

¿Podemos llamar “gracia de contemplación” a esta experiencia? Tal vez, podamos y nos convenga hacerlo. 

Lo cierto es que, puestos a mirar lo que está viviendo nuestra Iglesia diocesana, podemos soñar para ella (para nosotros) esta gracia de profunda conversión: una Iglesia que, como María, se vuelve más contemplativa, más servidora y misionera, según el Evangelio, porque más realmente radicada en Cristo, en su pobreza, en su humildad y, sobre todo, en su compasión y misericordia. 

Hace pocos días, en sus estupendas catequesis sobre la oración, el Papa Francisco decía con perspicacia: “Todo en la Iglesia nace en la oración, y todo crece gracias a la oración. Cuando el Enemigo, el Maligno, quiere combatir la Iglesia, lo hace primero tratando de secar sus fuentes, impidiéndole rezar. Por ejemplo, lo vemos en ciertos grupos que se ponen de acuerdo para llevar adelante reformas eclesiales, cambios en la vida de la Iglesia… Están todas las organizaciones, están los medios de comunicación que informan a todos… Pero la oración no se ve, no se reza.”

Para pensar, ¿no?

La Providencia ha dispuesto que este aniversario diocesano tuviera lugar en medio de una pandemia, por tanto, sin el fasto que suele ser usual en estas celebraciones. Es un despojo para que vivamos más intensamente lo esencial, lo “único necesario”, aquella parte que, como a María de Betania, no nos será quitada.

María de Fátima que sostuvo la oración de los pastorcitos sostenga también la conversión al Evangelio de nuestra Iglesia diocesana. 

Amén.