Palabra, fidelidad y Espíritu

«La Voz de San Justo», domingo 22 de mayo de 2022

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras.” (Jn 14, 23-24)

¿A qué “palabra” se refiere Jesús? En cierto modo, a la que escuchamos el domingo pasado: amarnos unos a otros como Él nos ha amado. Ese es “su” mandamiento.

La gran palabra de Jesús es la revelación del Padre. Lo ha hecho con gestos fuertes. El evangelio de Juan narra siete: el agua cambiada en vino, las curaciones del hijo de un funcionario y de un paralítico, caminar sobre el mar y multiplicar el pan, abrir los ojos de un ciego de nacimiento y, finalmente, devolverle la vida a su amigo Lázaro.

Cada uno de ellos dice esa gran palabra que es el amor del Padre que quiere dar vida y alegría a los hombres. Cada gesto dice la gran palabra de Dios que es Jesús en persona. A esa palabra tenemos que permanecer fieles. Se trata de escuchar, asimilar y dejarse iluminar por esa palabra.

El efecto es sorprendente: Jesús, el Padre y el Espíritu haciendo morada en el discípulo. Sin embargo, no es proeza o resultado del propio ingenio, sino regalo gratuito e inmerecido del Espíritu. Él es nuestro Maestro interior, como lo enseña Jesús: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.” (Jn 13, 26).

“Danos, Jesús, tu Espíritu: que Él nos recuerde tus palabras, nos convenza de la verdad de tu Persona y nos ilumine con la belleza luminosa de tu Pascua. Que Él nos mantenga en la fidelidad del amor, siempre agradecidos por la inmensidad del don recibido. Amén.”

La gloria de Dios

«La Voz de San Justo», domingo 15 de mayo de 2022

“Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto […]»” (Jn 13, 31-32).

Los tres paneles del presbiterio de nuestra catedral son magníficos. A la izquierda: la resurrección del Señor, con María Magdalena en oración. A la derecha: la ascensión ante la mirada de los apóstoles. Al centro: el Crucificado con un Francisco de Asís transfigurándose en el mismo Cristo.

Este colorido trasfondo es la expresión plástica de la gloria de la que nos habla Jesús. Es la explosión del amor divino, desbordante de luz y alegría. Ese amor luminoso se irradia sobre el mundo y lo transfigura. Como le ocurre a Francisco de Asís. 

Con la traición de Judas comienza la Pasión. Desembocará en la Cruz. No es conclusión, sino inicio: la Vida se abre paso y, con ella, el Futuro. No es glorificación del sufrimiento, sino del amor más grande. La esperanza comienza así a echar raíces en los corazones.

“Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. […] En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.” (Jn 13, 34-35).

Cada generación cristiana tiene que volver a escuchar estas palabras y descubrir qué significa “amar como Jesús nos ha amado”. Damos gloria a Dios cuando vivimos el amor, al estilo de Jesús.

Oración breve: “Señor Jesús: volvemos a recibir de tus labios el mandamiento nuevo del amor. Vos nos has mostrado el amor más grande, el que viene de la Trinidad. Danos tu Espíritu para que te glorifiquemos viviendo el amor como Vos lo viviste: entregando la vida. Amén”.

Nuestra Señora de Fátima

Fiesta Patronal Diocesana

Homilía en la catedral de San Francisco – Viernes 13 de mayo de 2022

Contemplamos a María y, como aquellos que elogiaron a Judit, también nosotros digámosle: “¡Tú eres la gloria de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú el insigne honor de nuestra raza!” (Jdt 15, 9).

María no está sola, ni se corta sola. No se deja seducir por la autosuficiencia.

Ella se sabe hija de un pueblo, sujeto libre y responsable de la fe. Comprende que Dios la quiere protagonista, como un día lo entendió Judit.

Se sabe libre, con una libertad que crece en la misma medida que estrecha las manos de aquellos que caminan con ella.

Así la contemplamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: en oración con la comunidad apostólica, a la espera del Espíritu.

Mujer fuerte que ora y sostiene con su oración a los vacilantes. María ora, porque espera. Sabe de oración porque sabe de esperanza.

Ni la oración ni la esperanza son cosas de solitarios, de francotiradores, de autosuficientes que se suben a un pedestal para estar encima de los demás.

La oración, la esperanza y el compromiso misionero nacen, echan raíces y maduran en corazones humildes y fraternos, solidarios y pacientes.

Así es María.

La contemplamos también al pie de la cruz, tomando parte en la pasión del Señor, recibiendo el Espíritu de Jesús con las otras mujeres y el discípulo amado; confiada a este como Madre y ella misma recibiéndolo como hijo suyo.

Así nace la Iglesia.

Una vez más: María aparece en medio de un tejido colorido, rico y luminoso de relaciones, entretejiendo los hilos de su vida con la trama de las vidas de los discípulos de su Hijo Jesús. Y, sin salirse de esa rica urdimbre, ella teje con paciencia y originalidad su parte de la trama.

Así la contemplamos. Así nos gusta verla y sentirla como madre, patrona, hermana y una de nosotros, el “insigne honor de nuestra raza”, la más perfecta discípula misionera de Jesús.

María, hoy venerada en su advocación de Fátima, es parte de esta Iglesia diocesana de San Francisco.

Es parte insigne, noble e inspiradora de esa red invisible de comunidades y personas, servicios y ministerios, iniciativas apostólicas y solidarias que es nuestra diócesis.

María es el icono luminoso de lo que nuestra Iglesia, en comunión con todas las Iglesias, está llamada a ser; el espejo más límpido en el que hemos de ver reflejada la verdad que nos empuja hacia delante, hacia la plenitud del tiempo, hacia Cristo resucitado, alfa y omega, como hemos cantado la noche de Pascua.

En este sentido, María nos precede en el camino de la fe, y nos enseña que ninguna realización epocal de la Iglesia o ninguna iniciativa pastoral agota el Evangelio.

Ella nos enseña a caminar, a no dejarnos entretener por el camino, a levantarnos de nuestras caídas y a recuperar fuerzas para seguir caminando como familia, como comunidad, como Iglesia.

¡Qué hermoso aprendizaje el que venimos haciendo desde el primer día que nacimos como Iglesia diocesana!

¡Seguimos aprendiendo a caminar juntos!

Ahora, el camino sinodal que apenas hemos emprendido pone delante de nuestros ojos nuevos desafíos.

María nos enseña a afrontarlos, como ella misma vive la fe y la misión: en comunión, esperándonos unos a otros, tendiéndonos la mano, ayudándonos a superar tensiones y conflictos; saliendo, una y otra vez, al encuentro de nuestros hermanos, de los pobres, de los alejados, de los que se sienten abrumados por el peso de la vida.

María nos enseña a caminar sostenidos por la experiencia de la misericordia y compasión de Dios que se extiende “de generación en generación”, como hemos cantado con su Magnificat.

Volvamos al Cenáculo. Contemplemos nuevamente a la Iglesia en oración, sostenida por Maria, y a la espera del Espíritu.

Esa comunidad temerosa y encerrada será arrojada por el Espíritu Santo a los caminos del mundo. Será Iglesia en camino y en tensión misionera.

Por esos caminos misioneros estará también Maria: irá delante, en medio de su pueblo, alentando a todos.

Así la sentimos ahora.

Al concluir esta celebración vamos a renovar la entrega confiada de nuestra diócesis a María de Fátima.

Volvemos a confiarnos a ella y a recibirla como Madre.

¿Qué le pedimos? Que siga alentando en nosotros la gracia del bautismo y la confirmación. Que cada uno de los que formamos parte de esta Iglesia diocesana vivamos a fondo la fe, la esperanza y la caridad que nos han sido regaladas en la fuente bautismal y con la unción del Espíritu.

Que seamos discípulos misioneros alegres de Jesús, dispuestos a llevar el Evangelio a cada rincón de nuestra diócesis.

Amén.

Vocación

«La Voz de San Justo», domingo 8 de mayo de 2022

«Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.» (Jn 10, 27).

Los católicos celebramos este domingo la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Como cada año, el papa Francisco ha escrito un mensaje: “Llamados a edificar la familia humana”.

“Vocación” es una hermosa palabra. Evoca una experiencia fundamental: alguien sabe nuestro nombre y lo pronuncia, no con fría indiferencia sino con genuino interés por nuestra persona.

Para la fe cristiana es, además, una palabra fuerte. Dejo hablar aquí al papa Francisco: “A Miguel Ángel Buonarroti se le atribuyen estas palabras: «Todo bloque de piedra tiene en su interior una estatua y la tarea del escultor es descubrirla». Si la mirada del artista puede ser así, cuánto más lo será la mirada de Dios […] Su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas.”

La vida no es una casualidad. Ningún ser humano es un capricho del azar. Somos fruto de un amor eterno que nos abre a la vida. Hoy rezamos para que cada ser humano pueda vivir esa experiencia.

Siempre que escucho “Gracias a la vida” de Violeta Parra, me tomo la licencia de imaginar la palabra “vida” con mayúsculas. “Vida” es nombre divino. El del Dios que ama la vida, que solo sabe crear, perdonar y resucitar.

Por eso, dejándome una vez más mirar por Dios (eso es, en definitiva, orar), solo puedo decir:

“Gracias, Señor, porque me has dado tanto. Gracias por mirarme, llamarme y compartir conmigo la hermosa aventura de edificar fraternidad. Gracias por la misión que me regalaste y me ha puesto a caminar. Gracias por el camino que comparto con mis hermanos, por sus senderos de luz y también por sus quebradas oscuras. Vos caminás con nosotros. Amén.”

¡Es el Señor!

«La Voz de San Justo», domingo 1º de mayo de 2022

“El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua […] Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.” (Jn 21, 7. 17).

Siempre que me topo con esta página del Evangelio pienso en los que, como el discípulo amado a Simón Pedro, me dijeron a mí: “¡Es el Señor!”. Y, debido a eso, hicieron que me tirara al agua para llegar a Él, que me esperaba en la orilla. Y, también yo, he sentido la agitación en ese espacio interior del alma donde confiar, creer y comprender se confunden.

Lo cierto es que muchas veces me encuentro también como Simón Pedro, diciéndole al Señor: “Jesús, vos lo sabés todo … vos sabés que, a pesar de todo, yo te amo”.

Una vez, siendo seminarista, escuché al Siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio, animar un momento de adoración eucarística para jóvenes. Solo recuerdo cómo repetía esa frase: “Tú lo sabes todo, sabes que te amo”. Lo demás se ha borrado de mi memoria. Había allí algo grande, fascinante y atrayente. Era esa frase dicha por ese hombre. Él, antes de mí, ya se había tirado al agua.

“Señor, vos lo sabés todo, sabés que te amo, que a pesar de todos mis miedos y tonteras, te quiero y quiero seguirte. Solo te pido que vengás conmigo. Nada más. Bueno, sí, te pido algo más: que pueda mostrarles a otros tu Presencia: ¡Es Él, el Señor! Amén”.

¿Qué democracia queremos para nuestra Argentina?

El año pasado, al calor de la Pascua, escribí unas líneas para responder a la pregunta: ¿Hay resurrección para nuestra Argentina? Hoy me da vueltas por el corazón la misma pregunta con una variación. Es la pregunta que sirve de título: ¿Qué democracia queremos para nuestra Argentina?

No solo en Argentina. La democracia parece estar necesitada de resurrección. No solo de una simple revitalización formal.

El magisterio social de la Iglesia ha hecho un fatigoso camino para apreciar los valores que supone la democracia, sus reglas de juego y su andamiaje institucional. Ha pasado de la condena a la sospecha, y de esta a la relativización, para arribar a una valoración positiva de la misma, aun sin desconocer sus riesgos, límites y deformaciones.

En este tramo del camino podemos señalar las reflexiones de los tres últimos Papas: de Juan Pablo II en Centessimus annus, pasando por las numerosas intervenciones de Benedicto XVI, hasta las aportaciones de Francisco en Laudato Si’ y, sobre todo, en la reciente Fratelli tutti. El Episcopado Argentino tuvo su intervención estelar poco antes de la recuperación del orden constitucional con el señero documento: “Iglesia y comunidad nacional” de 1981.

Tenemos donde abrevar, tomar impulso y pensar mejor, desde el Evangelio y la enseñanza social católica, cómo aportar para revitalizar el sistema democrático. ¿Queremos realmente hacerlo? ¿Estamos suficientemente motivados para ello? ¿O nos sumamos a los cansados y desilusionados que vuelven a apostar por soluciones mágicas que patean el tablero?

El jesuita español José I. González Faus acaba de publicar un artículo sobre las elecciones francesas donde se hace una serie de preguntas que bien podríamos aprovechar aquí, de este lado del charco. Solo destaco una: ¿vamos a seguir echando mano del voto bronca para castigar al gobierno de turno, pensando que, tal vez así, las cosas se acomoden? Tenemos suficientes pruebas de, más que acomodarse, el camino hacia el precipicio se hace más inclinado.

https://www.religiondigital.org/miradas_cristianas/Necesitamos-voto-castigo-pen-macron-elecciones-francia_7_2444825506.html

Necesitamos una fuerte sacudida de nuestro espíritu ciudadano. Pero en línea con uno de los valores más fuertes, si no el más fuerte, de una genuina democracia: restituir el diálogo ciudadano que le da cauce a la pluralidad de voces, posturas e iniciativas que es alma de toda democracia. No hay democracia sin reconocimiento explícito de la pluralidad y, por eso, del diálogo y los consensos.

Y todo esto como fruto de una deliberada elección que supone el ejercicio arduo de las principales virtudes políticas: la prudencia, la búsqueda de la justicia, la solidaridad y, no en último lugar, el reconocimiento efectivo de que el otro (especialmente el que es más distinto de mí) tiene real subjetividad, merece ser escuchado porque, no de casualidad, ni yo ni él tenemos la posesión de toda la verdad que hay que buscar en la vida ciudadana de un pueblo.

De este lado del charco, hay además otro poderosísimo aspecto de la realidad que nos tiene que sacudir y -no puedo obviar el lenguaje evangélico- urgirnos a una verdadera conversión del corazón: la multiplicación de los rostros de la pobreza, la marginación, el descarte y el sufrimiento de los últimos. La deuda social de la pobreza es la mayor que los argentinos tenemos con nosotros mismos.

Este es un camino que, antes que los dirigentes, lo tenemos que recorrer los ciudadanos de a pie, cada uno y en conjunto. De la decisión de hacerlo dependen muchas cosas, por ejemplo, que el mundo de la política se sienta presionado y urgido por los ciudadanos a encarnar estos valores en sus propuesta y actitudes. Está bien que, ya desde ahora, comiencen a pensar en las elecciones de 2023, a tantear posibles candidaturas y a mover sus piezas para ello. Es el juego de la democracia. Buscar el poder para transformar la realidad es un valor fundamental de la política. Pero también convencer a los votantes con sus propuestas, no con meros artilugios de marketing. La rosca es necesaria, pero solo si no se queda en la desesperación por el conchabo, la tajada o el sectarismo. El bien común y el interés de todos, especialmente de las generaciones por venir, es el norte de la brújula.

Por eso, lo que sí harta y llena de bronca es el desenganche de buena parte del mundo político de las reales preocupaciones, problemas y desvelos de las personas, de las familias, de los jóvenes y de los trabajadores.

Una última palabra: los medios de comunicación tienen una responsabilidad única, intransferible y esencial en toda democracia: vehiculizan la palabra, la idea, la libre expresión. No soy ingenuo: hoy por hoy, los medios juegan al servicio del sistema y de las fuerzas dominantes. Pero los medios están formados por hombres y mujeres que saben abrirse camino en esa jungla para hacer oír su voz libre.

El papa Francisco ha vuelto a señalar las principales tentaciones o pecados de los medios. Señala, ante todo, la desinformación como la más seria. Estoy básicamente de acuerdo. Añade además la calumnia y la difamación, verdaderos flagelos éticos de la comunicación humana. A continuación, ha vuelto a usar una expresión que no me parece feliz: “coprofilia”. Yo prefiero decir lo mismo, pero de otro modo (no sé, tal vez, hablando del “gusto por el morbo”). Pero comprendo el hartazgo de Francisco. No está solo en ese sentimiento.

No hay democracia sin opinión pública ni libertad de expresión, sin debate ciudadano y sin peridiosmo libre, realmente libre, crítico, informado y cuestionador.

Se trata entonces de recuperar la palabra y el discurso responsables, tratarnos como semejantes (en cristiano: como “hermanos y hermanas”), especialmente en el disenso, y apostar a consensos que maduren frutos que tal vez recogerán las futuras generaciones. Este es -a mi entender- uno de los cauces privilegiados para revitalizar nuestra democracia.

¿No es la persona y los derechos humanos el fundamento sobre el que se asienta la cultura democrática, sobre todo, después de las experiencias demoledoras de las guerras y, entre nosotros, de la violencia política que alcanzó su cota más alta en el terrorismo de estado? ¿Qué hemos aprendido realmente de este largo y fatigoso camino que venimos transitando?

Tenemos que pensarlo.

La “incredulidad benéfica” de Tomás

«La Voz de San Justo», domingo 24 de abril de 2022

“Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».” (Jn 20, 24-25). 

La suya es una “incredulidad benéfica”. Tomás experimenta la fatiga de la fe que todos los creyentes podemos reconocer en nuestros corazones: la de una fe siempre peregrina, inquieta y ansiosa. Es lo normal en la vida de cualquier creyente o comunidad cristiana.

La pretensión de Tomás es legítima: experimentar personalmente a Jesús resucitado. Y lo conseguirá. Solo que no será una proeza suya, sino un regalo. Tampoco una experiencia solitaria, sino un camino compartido con otros caminantes. 

El evangelio añade este dato precioso: todo acontece el “primer día de la semana”. Es en la Eucaristía compartida con los hermanos, el día del Señor, que los creyentes hacemos la experiencia de “tocar a Jesús resucitado”. O, como le dicen los discípulos: el día en que podemos “ver” al Señor que se nos muestra, nos hace oír su Palabra y nos da su Paz. 

Tomás no se quedó cómodo en su incredulidad. Se arriesgó a buscar. Pudo así dejarse aferrar por la certeza de la fe: «¡Señor mío y Dios mío!», exclamó tocando al Resucitado. 

“Somos como Tomás, Jesús. Queremos verte y sentir tu Presencia. Anhelamos la Paz que nos traés del corazón del Padre. Anhelamos el aliento de tu Espíritu. También nosotros somos peregrinos fatigados por el camino. Así te buscamos. Descubrir que caminamos juntos, como hermanos, es ya estar tocando tu costado abierto del que brotó Sangre y Agua. Amén.”

Mensaje Pascual 2022

Domingo 17 de abril de 2022, Pascua de Resurrección

“Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» […]” (Lc 24, 5-6).

Nos reconocemos en esas mujeres que van de mañana al sepulcro. Las mueve la osadía del amor. Van a honrar el cadáver del Crucificado. La tumba que encuentran vacía las desconcierta y atemoriza.

Es elocuente el gesto: “no se atrevían a levantar la vista del suelo”. Conocemos bien ese estado de ánimo: incertidumbre, miedo, resignación, desesperanza, impotencia…

Llega entonces el anuncio de los dos misteriosos hombres que velan el sepulcro: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?».

Delicadísima corrección: no están leyendo bien la realidad que tienen delante de los ojos… Lo que ha pasado no es casualidad. El sepulcro está vacío porque ha sido vaciado. Ninguna tumba tendrá ya la última palabra. El que fue colocado sobre la fría piedra después de sufrir el suplicio de la cruz es “el Viviente, el que ha resucitado”.

No hace falta más para comprender que se trata de una revolución. La única que merece ese nombre. Su artífice es el Dios que ama la vida, su beneficiario es Jesús y, en él, toda la creación.

Nos duele la violencia desatada en el mundo. Nos duele nuestra Argentina fallida. Nos duelen nuestras mezquindades y estrecheces. Nos duele el cuerpo martirizado de cada víctima de la injusticia humana.

La tumba, queridos hermanos, sigue vacía. La fuerza del Viviente sigue intacta en su potencia de resurrección.

Al celebrar esta Pascua, volvámonos a Él y dejémonos transfigurar por su Espíritu. Cantemos “Aleluya” y que la esperanza se vuelva compromiso de fraternidad.

¡Bendecida Pascua para todos!

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Viernes Santo 2022

Homilía en la Celebración de la Pasión del Señor – catedral de San Francisco – 15 de abril de 2022

El Señor inclina la cabeza y entrega el espíritu.

Dejémonos alcanzar por su Aliento divino.

Recibamos el Espíritu de Jesús crucificado, como María, las santas mujeres y el discípulo amado al pie de la cruz.

El Espíritu que exhala Jesús nos trae el perdón, la reconciliación y la paz desde el corazón de la santa Trinidad.

Es para nosotros, para nuestro corazón y para nuestro mundo.

María está ahí, al pie de la cruz, para sostener con su Amén virginal nuestro frágil Amén de hombres y mujeres heridos, pecadores y siempre inclinados al pecado.

Dejemos que el Espíritu se derrame sobre nosotros.

Dejemos que María sostenga con su presencia materna nuestra apertura a la gracia del Espíritu Santo.

***

Siempre ha habido guerras en el mundo. Y las habrá hasta el final de la historia.

Lo que pasa hoy es que los poderes del mundo nos dicen qué guerras importan y cuáles deben ser relegadas al olvido. Cuáles son noticias, y cuáles no.

Esto es así, según sean los intereses ideológicos, políticos y, en buena medida, económicos de los que se sienten señores del mundo.

Según esta lógica mundana (y perversa) hay víctimas que merecen reconocimiento y otras que no vale la pena tener en cuenta.

Es lo que pasa hoy, como antaño y -lo decimos con realismo, no con resignación- lo que seguirá ocurriendo.

***

Pero ahora, nosotros, aquí en este templo, como los cristianos de todo el mundo, por el Espíritu del Padre y del Hijo, la Palabra proclamada y la fe que caldea nuestros corazones, estamos en ese espacio de gracia y libertad que el mismo Dios amor ha abierto en el mundo y que tuvo su epicentro en el Calvario.

Con María, las santas mujeres y el discípulo amado estamos al pie de la cruz.

Aquí no hay víctimas de primera y de segunda, sufrimiento que se exhibe y otro que se olvida.

Aquí, el Crucificado está haciendo suyo todo el dolor del mundo, los pecados de cada corazón, la injusticia que atraviesa la historia.

Y está quebrando desde dentro el peso abrumador del mal. Y lo está haciendo con la única potencia capaz de expiar los pecados, de redimir al mundo y de abrir las puertas de la vida: el amor hecho entrega y donación, solidaridad profunda con todos los heridos de la historia, misericordia y compasión con la fragilidad de cada ser humano, especialmente de los más pobres y descartados.

***

Por eso, en breve, nos postraremos ante la cruz.

Es un gesto de adoración.

Un gesto de amor: amor con amor se paga…

Es también un gesto penitencial que se ha de transformar en compromiso solidario por la fraternidad, allí donde el Señor nos ha puesto, en el tiempo que nos ha regalado, de cara a las personas con las que ha entrelazado nuestra vida.

Incluso más: es un gesto audaz que nace de esa frágil humanidad que, transformada por la humildad y mansedumbre de Cristo, es lo que Dios más busca para hacerse presente “como Dios” en medio del mundo.

Porque solo el amor humilde hace justicia al Dios revelado en el rostro bello de Cristo crucificado.

Que María nos lleve al pie de la cruz y nos enseñe a pronunciar nuestro “Amén”, con los labios y con nuestra vida.

Así sea.

Jueves Santo 2022

Homilía en la Misa de la Cena del Señor – catedral de San Francisco – 14 de abril de 2022

También nosotros -como los hebreos al salir de Egipto- nos reunimos como familia para compartir el banquete pascual.

Y vale también para nosotros esta indicación: “Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. Y lo comerán rápidamente: es la Pascua del Señor” (Ex 12, 11).

Es la Eucaristía, memorial de la Pascua de Jesús. El banquete al que sigue un éxodo, un camino hacia la vida.

¿Qué nos da la Eucaristía?

El evangelio de san Juan nos responde con el lavatorio de los pies: en cada Misa, Jesús, nuestro Maestro y Señor, se hace nuestro servidor. Se hace esclavo para cumplir el servicio humilde de lavar nuestros pies a punto de ponerse en camino.

Nos dice, como a un sorprendido Simón Pedro: “Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte” (Jn 13, 8b).

Nos vuelve a decir, sorprendiéndonos aún más: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes… Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre”, como recuerda emocionado san Pablo, evocando sus primeras Eucaristías en la comunidad de Antioquía, donde aprendió a ser cristiano (1 Co 11, 24.25).

El Espíritu Santo cumple esa maravilla: transforma nuestro pan y nuestro vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor y, comiendo y bebiendo esos manjares, nos transforma a nosotros mismos en el Cuerpo del Señor.

Por eso, celebramos con fe, hasta con ternura, la santa Eucaristía. Y la celebramos para vivirla, imitando el ejemplo del Señor.

Una de las ilusiones más grandes que tenemos como Iglesia diocesana es ver, dentro de pocos años, en medio de nuestras comunidades a los diáconos permanentes.

No es oficio del diácono presidir la Eucaristía. Eso nos toca a los sacerdotes: al obispo y a los presbíteros.

Su misión es otra: en medio del pueblo ser signos visibles de este Jesús Servidor que lava los pies. En medio de nosotros, ser signos del “estilo de vida de Jesús” que es el servicio humilde, abnegado, gratuito y silencioso.

Ser «Eucaristía» en medio de un pueblo llamado a vivir eucarísticamente en el servicio de Cristo. Esa es su vocación.

Ser así, y por la misma razón, signo inspirador del estilo con que la comunidad cristiana debe hacerse presente y visible en medio de la sociedad: como el buen samaritano que se conmueve ante las heridas de los caídos al borde del camino.

Uno de los dolores más grandes de la Iglesia madre es ver cómo muere en el corazón de sus hijos e hijas el amor por la Eucaristía; como se anteponen otras cosas -en sí mismas legítimas- a la participación en la Eucaristía: un viaje, otros banquetes, el esparcimiento, y un largo etcétera.

Y si en una comunidad cristiana mengua el amor tierno por la Eucaristía, seguramente también empezará a morir el ardor misionero y el servicio a los pobres, a los enfermos, a los heridos del camino.

No es cuestión de cumplir con un precepto. Es cuestión de amor. Si hay amor hay tiempo, motivación y decisión.

El lenguaje de la Eucaristía es el de los enamorados: personal, gratuito, sin tiempo, evocador, sugerente; hecho de miradas y silencios, exclamaciones y cantos, poesía y gestos.

Así nació del corazón de Jesús, a punto de entrar en su pasión: como gesto de esperanza, como declaración de amor (el amor hasta el fin), como profecía de su pascua de retorno al Padre y de vida entregada por los amigos, como éxodo y misión.

La Eucaristía es la escuela de Jesús Servidor y Buen Samaritano. Es, por eso, escuela de humanidad.

Lo ha sido siempre: en la Eucaristía, la comunidad cristiana ha aprendido a vivir su fe con un hondo sentido de la humanidad, de construcción del bien común, de interés sostenido por la justicia y la solidaridad.

La Eucaristía nos enseña a ser hermanos y hermanas. Tiene potencial de fraternidad para un mundo herido por el odio que envenena los corazones.

La Eucaristía ha edificado nuestra patria Argentina. ¿De dónde, si no, sacaron iniciativas y vigor ciudadano el beato Esquiú, el Santo Cura Brochero o nuestro Don Orione? ¿No lo ha sido también para nuestros abuelos, nuestros padres y para tantos evangelizadores -pastores, consagrados y laicos- que han dejado huella en nuestras comunidades?

La Eucaristía fue su hogar, su escuela y su forma de vida.

Dispongámonos a vivir esta Pascua 2022, suplicando la gracia de vivir eucarísticamente al estilo de Jesús, como servidores y buenos samaritanos, en este tiempo que la Providencia nos regala.