Caminar, siempre caminar… con Él

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de septiembre de 2021

“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.” (Mc 9, 37).

El evangelio de este domingo resalta el contraste entre el Maestro y sus discípulos: Jesús ha resuelto decididamente entregar la vida y hacia ese destino camina; los discípulos discuten quien es el más importante, quién es el primero.

Están en otra. Están en frecuencias distintas. Los discípulos no entienden demasiado qué quiere realmente Jesús. Es más: tienen una fuerte resistencia interior al modo cómo encara su misión. Sin embargo, lo siguen, caminan con él. La atracción de su persona es más fuerte.

Es así también con nosotros, que somos (o intentamos ser) sus discípulos. Jesús, a la vez, atrae, convence y desconcierta al mejor plantado. Como se dice hoy: está siempre desafiándonos para que salgamos de nuestra “zona de confort”.

Jesús anuncia la pasión que le aguarda en Jerusalén y termina identificándose con un niño pequeño. Así está en medio de nosotros. Así está en las manos del Padre. Así tenemos que buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

En definitiva, que nos cueste comprender a Jesús y su mensaje no es lo más grave. Es casi lo normal. Lo que hay que dar por sentado. Lo verdaderamente trágico sería, a causa de esa torpeza nuestra, dejar de caminar con él, dejándonos vencer por el desánimo.  Hay que caminar, siempre caminar con Él. En ese camino compartido se juega todo.

La experiencia cristiana es la de un Dios que ama la pequeñez y se siente más cómodo entre los humildes, los últimos y los más vulnerables, hasta hacerse uno de ellos. Ese es también el camino de su Iglesia y, en ella, de cada uno de los discípulos.

María cantó la grandeza del Señor “porque ha mirado la pequeñez de su servidora”. Ella nos educa en la escuela del Evangelio.

Inspirados en esta Palabra buena que hoy nos alcanza, te invito a rezar así: “Padre que amas a los pobres y pequeños: que el Espíritu de tu Hijo abra nuestros corazones para recibir tu Reino, con la misma disponibilidad y confianza de los niños. Amén.”

Una carta desde el corazón de la fe

Cómo preparar la entrega confiada a María

San Francisco, 13 de septiembre de 2021

A mis hermanos y hermanas de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

En dos cartas anteriores te he acercado la propuesta de renovar tu relación personal con María, tal como Jesús nos la ha confiado. Intenté también explicarte en qué consiste esta entrega confiada a la Madre, según la tradición de la Iglesia. Te acerco ahora algunas sugerencias sencillas para que podás preparar este momento.

Comienzo con algo obvio, pero que no siempre está claro. Lo decía en mi primera carta: María es una persona viva con la que se puede tener una relación personal. Con ella podemos tener un trato de persona a persona. Nos habla y podemos hablarle. Es decir: podemos entablar con ella una relación de amistad madre-hija/o. Pensalo bien, es muy importante.

La preparación que te propongo tiene tres tiempos, que podríamos llamar con Bernardo Olivera: reconocimiento, entrega y vivencia.

1. Reconocimiento. Desde el Bautismo, los cristianos estamos vinculados a María. Hay que caer en la cuenta de que este don ya enriquece nuestra vida de fe. ¿Cómo hacerlo? Esta preparación es doble: doctrinal, pues tengo que conocer lo que nos enseña la Iglesia sobre el puesto de María en la vida del bautizado; y espiritual: preparar mi corazón para este acto de alianza y entrega mutua.

Te sugiero la meditación de cuatro misterios marianos, con sus respectivos textos evangélicos: a) La Anunciación: Lc 1,26-38; b) Las bodas de Caná: Jn 2,1-11; c) María al pie de la cruz confiada como madre: Jn 19,25-27; y c) María en oración con los apóstoles: Hch 1,12-14. Te recomiendo también los números 266-272 del Documento de Aparecida.

Puede ayudar estas sugerencias más concretas:

  1. Un día de retiro para escuchar la Palabra de Dios y dejarnos guiar por el Espíritu. Un momento de oración con María.
  2. Si conocés a otras personas que estén también preparando su consagración a María, pueden hacer el retiro juntos.
  3. En el retiro podrías renovar las promesas bautismales. Para decir a Dios: “Amén, creo”, es necesario antes renunciar al pecado, purificando el corazón y la mente.
  4. Tratar de hacer una confesión general para recibir la gracia del perdón; el rechazo del pecado y el deseo ferviente de vivir la amistad con Dios nos asemejan a María.
  5. En lo posible, preparate para la celebración diocesana del 13 de octubre participando de la Santa Misa los días previos, rezando el Rosario, también Laudes o Vísperas.

2. Entrega. La entrega confiada a María suele expresarse en una oración escrita. Así lo haré el 13 de octubre. De hecho, existen muchas oraciones muy hermosas que expresan esta alianza con María. Ya te hablé de la que uso yo: “Bendita sea tu pureza…”. Te ofrezco otra, muy hermosa: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén”.

Si ya estás consagrado a María, te impusieron el escapulario, la Medalla milagrosa, u otros signos marianos, podés retomarlos con naturalidad. Si no, con el modelo de estas oraciones y dejándote llevar por el Espíritu, podés escribir tu propia fórmula de entrega.

Otro consejo: también sería oportuno que pensaras en algún signo visible que te ayudara a expresar tu alianza con María. Puede ser: una medalla, una estampa, un cuadro, una imagen (María auxiliadora, la Virgencita u otra advocación) colocados en algún lugar de la casa (el altarcito doméstico, por ejemplo).

3. Vivencia. Si la finalidad de la entrega confiada a María es la renovación de la gracia del Bautismo y la Confirmación, la entrega a María tiene lugar en nuestra vida de cada día. Se trata, por tanto, de encarar la vida “como lo hizo María”, viviendo, en obediencia a la Palabra de Dios, las virtudes cristianas que ella vivió de modo perfecto: la fe, el servicio, el espíritu misionero, la oración, la humildad, la solidaridad, etc.

¿Te das cuenta de que la entrega confiada a María es algo muy serio, mucho más que un acto aislado de devoción o un momento puramente emotivo? Se trata de una alianza que se vive como una opción de vida: vivir como María. Esto hay que meditarlo mucho y muy bien.

Aquí te hago dos sugerencias:

1) Una Regla de vida, es decir: poné por escrito lo que has ido descubriendo como llamado de Dios a vivir en alianza con María. ¿Qué compromisos concretos supone mi alianza con María? Por favor, en esto sé breve: una cita bíblica, algún propósito de vida, algún compromiso de oración o servicio. Nada más. Se trata de ir a lo esencial.

2) Pensá en renovar, cada año y para una fecha precisa, esta entrega confiada. Podés elegir alguna fiesta de la Virgen más importante o significativa para vos.

Una última cosa. Tal vez, al ir meditando lo que significa la entrega confiada a María, cómo se prepara y los compromisos que supone, sintás que no ha llegado el tiempo de hacerla. ¡No te desanimés! Dios va trabajando el corazón. Él te hará ver el momento justo. Si, al leer esta propuesta, experimentaste consuelo, paz y alegría, no dejés caer en el olvido esta gracia. Ya llegará el momento. ¡Todo a su tiempo, cuando la gracia y tu libertad lleguen a su punto justo!

Bueno, por mi parte, estoy llegando al final de esta carta que se ha hecho muy larga. Me he sentido consolado al escribirte. Pienso que te he comunicado cosas importantes para mi vida de fe, con la convicción de que pueden serlo también para vos. Solo me queda asegurarte que, si has podido sentir algún impulso del Espíritu en lo que he escrito, vos y yo -y tal vez, muchos más- estamos en una profunda comunión de vida, de fe y de amor. Nos une la Virgen.

Gracias por escuchar mis palabras.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

La decisión por Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 12 de septiembre de 2021

“«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro respondió: «Tú eres el Mesías»” (Mc 8, 29).

La escena de este domingo es central en el evangelio de Marcos. Y lo es porque aquí se expresa claramente la pregunta central de la fe: ¿Quién es realmente Jesús?

Simón Pedro responderá correctamente a la pregunta, aunque no termine de comprender bien el alcance vital de lo que acaba de expresar. Lo dice desde dentro. No es una respuesta formal ni vacía. Valiosa, sí; pero, insuficiente. Podríamos decir: su respuesta es correcta desde el punto de vista doctrinal; ha aprendido bien el catecismo. Falta, sin embargo, algo fundamental: cómo la propia vida se involucra en esa respuesta.

Porque eso es la fe: el modo como nos paramos frente a la totalidad de nuestra vida, y nos disponemos a elegir qué tipo de vida queremos vivir. Una decisión de vida que impacta en toda la vida. Una decisión tomada de cara a Jesús, el Mesías de Dios.

Jesús nos confronta en la decisión más honda y determinante de nuestra vida: ¿Estás dispuesto a caminar toda tu vida conmigo? Es más, al confrontar a sus discípulos con su destino de pasión, cruz y resurrección, el Señor nos invita a entregar la vida como Él y con Él. Este domingo, el evangelio nos lleva al corazón de nuestra vida cristiana: la opción por Cristo.

La oración alimenta la fe, porque nos abre al Espíritu que es, en definitiva, el que nos lleva a Jesús. Es más, la oración es el clima en el que madura la fe que toca la vida.

Este domingo podemos orar así:

“Señor Jesús, también nosotros, como Simón Pedro, creemos en Ti, nos sentimos atraídos por tu persona y tu mensaje. Pero también como su fe, nuestra adhesión a Ti no termina de tomarnos por enteros. Enséñanos a caminar la vida asidos de tu mano. Amén.”

El beato Esquiú: fe que dignifica

Fray Mamerto Esquiú ya es beato. Para gloria de Dios y alegría de la Iglesia en Argentina. Una alegría que vale la pena disfrutar a pleno.

Esquiú es parte de ese mosaico luminoso que son los santos y beatos argentinos. También los que están en carrera para ser reconocidos como tales por la Iglesia.

Se trata de un mosaico en construcción. Y el artista que lo plasma es el mejor: el Espíritu Santo. Con una destreza inigualable va colocando en su lugar cada una de las teselas que, contempladas con la adecuada distancia y perspectiva, van componiendo el mosaico de la santidad en Argentina.

Si contemplamos ese conjunto nos sorprende ver admirablemente realizado, en cada uno y en la figura completa, aquel “núcleo inspirador” del que hablaban las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización de 1990: “la fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, […] como un potencial que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre.” (LPNE 16).

Una síntesis admirable que, sin dudas, es una gracia que Dios nos regala. Pero, por lo mismo, una misión que nos compromete.

Los católicos argentinos estamos llamados a vivir esa misma calidad de experiencia creyente en las circunstancias cambiantes de lugar y tiempos que la Providencia ha dispuesto para nosotros. Vivir esa síntesis de Evangelio en el hoy de nuestra Argentina. Como, en su momento, lo hizo el beato Esquiú… y Brochero… y Madre Tránsito… y, más atrás en el tiempo, la beata Antula.

¡Cuántos padres y madres de nuestra Argentina, dando a luz a aquella soñada “patria de hermanos”, con la fecundidad del humanismo cristiano que brota del Evangelio!

El “orador de la Constitución” no cayó del cielo. Tiene tras de sí una experiencia intensa, rica y personalmente asimilada de la fe cristiana. La semilla fue puesta en Piedra Blanca, su catamarqueña tierra natal. Sus padres, su familia y sus maestros la sembraron, guiados por la mano invisible del Divino Orfebre. En la familia franciscana terminó de fraguar esa rica amalgama de Evangelio y humanidad.

El beato Mamerto es un hombre fogueado por dentro por el fuego del Evangelio. Ha tocado su alma, su inteligencia, su conciencia y su libertad. Ha transfigurado sus sentimientos y su modo de vivir como cristiano, como fraile menor de San Francisco y, finalmente, como obispo diocesano.

Me pregunto si su breve pero intenso ministerio episcopal en nuestra Córdoba no solo fue antecedido por sus cincuenta y cuatro años de vida, sino preparado para que, en el tiempo de Dios y no de los hombres, dé el fruto que Cristo espera y promete para los que viven y permanecen en Él.

Así son los tiempos de Dios, que ve más lejos, más hondo y más certeramente. Y esa mirada la comparte con aquellos hombres y mujeres que son los santos.

Necesitamos esa mirada. La necesita nuestra Patria Argentina.

Argentina no está sin rumbo. En los corazones de la inmensa mayoría de argentinos y argentinas sigue vivo el deseo de justicia, de futuro y de dignidad. Ese deseo es la brújula interior que Dios ha puesto en nuestros corazones. Por eso buscamos vivir, estudiar, trabajar, amar y celebrar.

Y en los jóvenes reales, ese norte interior está más vivo que nunca. No nos permitamos dudarlo.  

Los que parecen sin rumbo son algunos dirigentes, seducidos por el espejismo de lo que yo llamo: el “país marihuana”. Prometen lo que la política no puede dar: una felicidad más bien de bajo tono, burguesa y hedonista.

A la política le toca trabajar a fin de que se generen las condiciones que le permiten a cada persona, a cada familia y comunidad, a toda la sociedad, alcanzar su pleno desarrollo humano. Es lo que la tradición del humanismo cristiano llama: el “bien común”.

La felicidad (en clave cristiana: el gozo de la “bienaventuranza”) es fruto maduro de una vida vivida a fondo, sin escaparle al trabajo duro y al sacrificio exigente, desde la conciencia y empeñando la propia libertad en el amor.

Esquiú lo comprendió, lo vivió y lo propuso con maestría.

Oídos para oír y labios para proclamar

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de septiembre de 2021

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Effatá»” (Mc 7, 34)

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Effatá» que significa «Ábrete». Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua, y comenzó a hablar normalmente” (Mc 7, 34-35).

Este gesto de Jesús que hoy nos cuenta San Marcos ha inspirado el último gesto litúrgico del Bautismo. Se llama precisamente: el “Effatá”. Mientras el ministro toca los oídos y los labios del recién bautizado, dice la fórmula ritual: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permita, muy pronto, escuchar su Palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre”.

Cada vez que nos acercamos con fe sincera a las Escrituras, suplicando escuchar en ellas la Voz de Dios, este rito bautismal cobra todo su significado. Lo mismo, toda vez que, de palabra o de obra, testificamos nuestra condición de discípulos. Este domingo, pidamos la gracia de que el Espíritu actualice el don precioso del Bautismo que nos permite orar y confesar nuestra fe.

¡Ya estamos en septiembre! Es el mes de la Biblia, de la primavera y de la juventud. La lectura orante de las Escrituras, en cualquier momento del año o de nuestra vida, trae la frescura de Dios a nuestra vida. Renueva nuestra juventud y hace florecer la esperanza. Animémonos a dedicar, cada día, un buen tiempo a la “lectura de Dios”, como enseñan los maestros espirituales. “Aprende a conocer el corazón de Dios en la lectura de sus palabras”, escribía san Gregorio Magno a un discípulo suyo. Que sea nuestro lema motivador en este septiembre 2021.

Podemos orar así: “Abre, Señor, nuestros oídos a tu Palabra. Haznos escuchar siempre tu Palabra, para que permanezcamos tus discípulos, atentos a tu Voz de Buen Pastor. Y que nuestros labios siempre canten tu misericordia. Amén.”

Corazón puro

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de agosto de 2021

“Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».” (Mc 7, 21-23).

Jesús está discutiendo con fariseos y escribas, intérpretes oficiales de la ley de Dios. Les echa en cara su hipocresía: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios por seguir la tradición de los hombres.” (Mc 7, 8). Y siguen las palabras que abren esta columna. Jesús sorprende llevando la discusión a ese terreno: qué es lo que hace realmente impuro al ser humano; es decir, la actitud de fondo que lo abre a la comunión con Dios. En el evangelio de Mateo, el mismo Jesús lo dice con una bienaventuranza: “Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.” (Mt 5, 8).

No es un mandamiento: algo que tenemos que cumplir y en lo que se juega nuestra fidelidad a Dios. Es más bien la revelación de una realidad que hay en nosotros, que tenemos que descubrir y dejar libre curso: la riqueza del corazón humano, del que brotan las decisiones y acciones más significativas de la vida.

Es verdad: aquí Jesús pone el acento en los vicios que pueden contaminar la conducta. De ahí su recomendación a estar atentos a nuestro mundo interior; hoy diríamos: nuestra conciencia, espacio de claridad y rectitud para el bien. El riesgo de vivir para la apariencia se conjura, para Jesús, con una rica vida interior: cuidando la autenticidad de nuestra conciencia. Hacia allí se dirige la mirada de Dios. Ese es el campo privilegiado de la acción sanante y transformadora de su Espíritu.

Ya el orante de la Biblia lo había percibido y, por eso, lo ha convertido en una oración insuperable por su calidad espiritual: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu.” (Salmo 50, 12).

Nosotros podemos orar así: “Señor Jesús: vos, como nadie, conocés el corazón humano, mi corazón. Me confío a esta honda sabiduría humana que traés desde el corazón mismo de tu Padre. Tu Espíritu sondea nuestros corazones. Solo el Espíritu sabe lo que es conforme a la voluntad del Padre. Que sea Él el que renueve nuestros corazones. Que tu Espíritu quebrante nuestra dureza, nos dé un corazón nuevo y nos permita saborear la bienaventuranza de los limpios de corazón y, de esa manera, nos lleve a la comunión con la Trinidad. Amén.”

Sobre “El Reino”

Terminé de ver “El Reino”. Muy buen thriller: mantiene el suspenso del primero al último capítulo. Y deja con los nervios de punta para la segunda temporada. Repito: muy bueno. Me gustó. Es una ficción, no un documental.

¿Ofrece un estereotipo de las iglesias evangélicas? ¿Una caricatura? En buena medida, sí. Mezcla incluso palabras, símbolos y ritos que usamos los católicos. ¿Hay intencionalidad crítica? También, y, en principio, eso no está mal. Basta señalar que no se puede deslegitimar una causa (la provida, por ejemplo) demonizando a quienes la sostienen.

Como señalaba en un posteo anterior: no hay que salir con los tapones de punta (es mi opinión). Hay que reaccionar críticamente, señalando en qué aspectos esta ficción favorece una caricatura del mundo evangélico (y de la religión en general) que puede deslizarse hacia la estigmatización.

Por ejemplo, la preocupación por una mezcla indebida entre religión y política es legítima. En Argentina no se plantea como lo muestra la serie. Refleja más bien otras realidades (EEUU y Brasil), pero… es bueno que, en este punto, ayude a abrir los ojos, pues es una problemática que también tiene su rostro “argentino”. Y una tendencia que vemos en otros lugares que, acelerada por la pandemia, puede llegar a acentuarse aquí. Pienso que hay que estar atentos, especialmente desde las comunidades cristianas (católicas o evangélicas).

Obviamente se trata del acercamiento al hecho religioso desde una mirada -llamémosla así- secular o no creyente. Junto con algunos tópicos comunes (vincular fe con culpa y emotivismo, por ejemplo), no se deja de escudriñar con genuino interés ese mundo al que se percibe como extraño e incluso esotérico. Sin caer en spoilers, hago foco en el personaje interpretado magistralmente por Peter Lanzani, o en algunas frases del personaje del Chino Darín, intentando explicar su experiencia ¿religiosa?

Reflexión final: ¿Cómo se vive la fe cristiana en nuestra Argentina de hoy, tan plural, compleja y polifacética? ¿Cómo vivir la fe y cómo comunicar esa “buena noticia” que nos ha cambiado la vida?

Este domingo, los católicos terminamos de escuchar el capítulo 6 de san Juan.

Durante mucho tiempo, católicos y protestantes hemos discutido a qué se refiere Jesús cuando habla del “Pan de Vida”: ¿a la Eucaristía o a la Palabra? Hoy, más serenos entre nosotros, reconocemos mejor que Jesús habla así de sí mismo y que, tanto la Eucaristía como la Palabra remiten a su Persona.

Y que la fe en Él es un camino del que no hay que excluir nuestras inconsistencias, fragilidades y torpezas. Ahí está Simón Pedro, que este domingo pronuncia una de sus frases más entrañables (“Señor, ¿a quién iremos?…”), pero que todavía tiene que seguir caminando dejándose purificar por el Señor…

¿A quién iremos?

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de agosto de 2021

No tenemos mejores palabras para expresar nuestra fe y nuestra decisión de seguir a Jesús, que las de Pedro, aquel día intenso de Evangelio hecho pan que se multiplica y palabra que toca el corazón, sacude e invita a la decisión de vida.

Cuando también hoy, para muchos, las palabras, pero, sobre todo, la persona del Señor es escándalo y tropiezo. Cuando también hoy parece que muchos prefieren tomar otro camino, nosotros, con Pedro y como él, le decimos a Jesús: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69).

La fe se alimenta saboreando y asimilando, cada día, el Pan más sabroso y nutritivo: el Pan que es Jesucristo, Hijo del Padre, que llega a nosotros en las Santas Escrituras y en ese Pan maravilloso que es la Eucaristía.

Es el Padre el que nos atrae y acerca a Jesucristo. Él ha tocado nuestros corazones con la suavidad de su Espíritu y ha despertado así la fe en Jesús.

Ya lo dijimos: en la oración serena, comenzamos a saborear ese Pan bendito que viene de Dios. Podemos entonces orar así:

“Padre bueno, gracias por darnos siempre el Pan mejor, el más sabroso y el que, una vez comido, despierta más hambre. Gracias por darnos a tu Hijo y por regalarnos la fe en Él. No dejes de atraernos a su Persona y a su Mensaje. Que tu Espíritu siempre mueva nuestros corazones, nos muestre la belleza del Rostro de Cristo y nos convenza de su Verdad. Amén.”

A propósito de las vacunas

Entre los meses de junio y agosto recibí las dos dosis de la vacuna de Oxford, AstraZeneca. Estoy atento a la posibilidad que se necesite el refuerzo de una tercera dosis.

Cuando comenzó a hablarse de la llegada de las vacunas, consulté con un profesional de la salud que merece toda mi confianza por su ciencia. Cuando me avisaron que iba a recibir la primera dosis de AstraZeneca consulté con mi médico personal. Me hizo algunas recomendaciones y, sobre todo, más alentó a vacunarme tranquilamente.

Me he vacunado porque he sentido el deber de hacerlo. Un deber muy específico delante de Dios y de mi conciencia: cuidar el bien personal de mi salud y, vinculado interiormente a este, contribuir al bien común de la salud de todos. A lo que se suma, y no en último lugar, que soy una persona pública, cuyas decisiones tienen también un impacto que va más allá de mi propia vida privada.

El papa Francisco habla de un acto de amor, también por partida doble: hacia nosotros y hacia los demás, especialmente a los más vulnerables al contagio.

En este sentido, tanto de manera pública como en privado he alentado la vacunación de las personas, respetando siempre algunos criterios fundamentales: como todo acto ético implica una apelación a la conciencia y a la libertad personal; debe, por tanto, ser fruto de un consentimiento informado y, por lo mismo, nunca como coacción de ningún tipo.

La Iglesia ha remarcado claramente que la vacunación contra el coronavirus ha de ser siempre voluntaria.

En resumen: creo que hay que vacunarse, pues es una manera fundamental de enfrentar la pandemia. Junto a las vacunas, las otras medidas sanitarias son importantes. Unas y otras apelan a la responsabilidad personal de cada uno y de toda la sociedad.

Como toda acción sanitaria, también el recurso a las vacunas contra el coronavirus es un acto ético. En este sentido, es oportuno hacer mención a los dos grupos de reparos éticos que suscitan las vacunas contra el covid-19.

Algunas -por ejemplo, la que yo he recibido: AstraZeneca- presentan una dificultad moral por su origen: han sido desarrolladas a partir de material biológico de fetos abortados en los años setenta u ochenta del siglo pasado. Esta problemática no afecta solo a las vacunas contra el coronavirus sino también a otras vacunas contra otras enfermedades.

El otro grupo de interrogantes éticos afectan a todas las vacunas contra el coronavirus y tienen que ver con lo extraordinario de su desarrollo. Por una parte, no deja de ser un valor para destacar que, en poquísimo tiempo, la industria farmacéutica las haya desarrollado tan rápidamente. Como muchos señalan, aquí también radica una debilidad que no se puede desconocer: siendo efectivas, al menos para aminorar los efectos letales de la enfermedad, muchas de sus consecuencias no están suficientemente comprobadas.

La Iglesia ha relevado también otro tipo de dificultades de carácter ético de las vacunas: son las que tienen que ver con su efectiva llegada a los sectores más vulnerables, tanto en cada país como a regiones enteras que, al día de hoy, no tienen a su disposición vacunas para su población. El papa Francisco, por ejemplo, ha señalado en varias oportunidades que las vacunas tienen que ser gratuitas y que sería oportuno, al menos, una liberalización parcial de las patentes.

La Congregación para la Doctrina de la Fe hizo pública una nota señalando que las vacunas que hoy circulan en el mercado son “moralmente aceptables”. Es del 21 de diciembre de 2020[1]. No innova, sino que aplica a esta situación nueva de la pandemia criterios ya señalados con anterioridad, como bien señala esta nota de la CDF.

En una situación ideal (que solo se da en pocos países), una persona debe tener la posibilidad de elegir aquellas vacunas que no presentan reparos éticos. En caso contrario, como ocurre en Argentina, y debido al bien común de la salud afectado por la difusión del virus, una persona no comete un acto inmoral (un pecado) si recibe voluntariamente una vacuna cuyo origen resulta moralmente comprometido. No hay cooperación formal con el pecado, sino solo un vínculo remoto, material y meramente pasivo.

De la misma manera, si, con el debido asesoramiento y consejo de su médico, acepta el riesgo proporcionado de recibir una vacuna aprobada por la autoridad sanitaria competente, pero que también presenta interrogantes sobre algunos de sus efectos.

El católico que, a pesar de estas precisiones de la Iglesia, después de un maduro discernimiento, elige no recibir las vacunas por razones de conciencia debe ser respetado.

Estamos ante una situación compleja y delicada. Se requiere escucha atenta, respeto recíproco y voluntad de discernir la verdad para contribuir al bien común. Por eso, se necesita excluir deliberadamente expresiones agrias y agresivas, juicios sumarios y descalificaciones.

El movimiento antivacunas es anterior al coronavirus, aunque en pandemia ha adquirido nuevo empuje. En ambientes cristianos, católicos y evangélicos, parece ejercer también una cierta influencia porque apela, no siempre con suficiente sensatez, a argumentos de carácter religioso. Se requiere discernimiento para no caer en posturas fundamentalistas.

Desde un punto de vista católico no hay que establecer la falaz oposición entre la fe y la razón, Dios y la ciencia. No se trata, por ejemplo, de confiar más en Dios que en las vacunas. Uno y otras no están en el mismo nivel; menos aún compiten entre sí en paridad de condiciones. Confiamos en Dios, porque es Dios, y recibimos las vacunas porque son fruto de la inteligencia que Dios da a los hombres como signo de su imagen divina en la creatura. Pero Dios, creador y providente, obra en el mundo como Causa primera, trascendente en su ser y obrar. La ciencia y los diversos fármacos en su propio nivel de causas segundas.

La pandemia del coronavirus está golpeando duramente a toda la familia humana. El bien común, como siempre, supone una decisión libre de alta calidad ética. La conciencia del cristiano se descubre especialmente interpelada a abrirse a toda la amplitud de la verdad y a asumir el compromiso de hacer, aquí y ahora, el bien posible para todos.


[1] Aquí el enlace: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/12/21/nota.html

Día del Catequista 2021

Carta pastoral a los catequistas de la diócesis de San Francisco

Enlace para descargar la Carta pastoral: https://drive.google.com/file/d/1N5RZBh_SpLK7yx6iRLS22i-oiKQQY2eG/view?usp=sharing

San Francisco, 19 de agosto de 2021

A los catequistas de la diócesis de San Francisco.

Queridos catequistas:

¡Muy feliz Día del Catequistas!

Estoy recorriendo las parroquias de la diócesis, reuniéndome con los consejos de pastoral y, en algunas comunidades, también con los catequistas.

En estas visitas pastorales he podido observar cómo están llevando adelante, en el contexto difícil de esta pandemia, su misión de acompañar en el crecimiento de la fe a los catecúmenos que les son confiados.

Me consuela y anima ver su creatividad para enfrentar y superar los desafíos que plantean las restricciones que tenemos por la emergencia sanitaria. Pero, sobre todo, el amor por Jesús y la pasión evangelizadora de anunciar su Nombre a los catecúmenos que les son confiados.

La catequesis -lo sabemos bien- es cercanía, encuentro y diálogo de amor entre discípulos que se ayudan a crecer en la fe. Es así, porque la misma fe es encuentro con Cristo. Si, por momentos, las restricciones de circulación han significado dificultades, ustedes han sabido sortearlas para generar espacios nuevos y creativos de comunión.

En nombre de la Iglesia diocesana y en el mío propio, no me resta más que decirles: ¡Gracias, catequistas, por su fe, su amor y su creatividad!

El Día del Catequista se celebra en la memoria del papa san Pío X. Él es papa de la Eucaristía, de la comunión frecuente y que animó a que los niños hicieran la primera comunión. Había sido párroco, así que, como obispo, y mucho más como papa, favoreció el desarrollo de la parroquia como comunidad de fe, de celebración y de misión.

Su sabiduría humana y pastoral le ayudó a comprender esa sintonía profunda entre el alma exquisitamente religiosa de los chicos, la fe cristiana y la Eucaristía. Por eso, no se cansó de animar a las familias, a los sacerdotes y a los catequistas para que se ocuparan con pasión de la catequesis de los niños y, de esa forma, los llevaran al encuentro con Jesús Eucaristía.

Evocando esta rica experiencia pastoral que atesora la Iglesia, quisiera tender cuatro líneas de acción que la catequesis debe tener en cuenta en este tiempo arduo de pandemia. En ellas recojo también lo que hemos podido ir conversando en este tiempo, especialmente lo que ustedes mismos han manifestado al obispo.

1. Las restricciones de circulación y de tiempo suponen muchos límites. Pero, vividas con fe y con la creatividad que nace del amor nos permiten concentrarnos en lo esencial de la catequesis: el amor de Dios manifestado en Jesús y que el Espíritu derrama continuamente en los corazones. Los catequistas somos servidores de esa realidad preciosa que, antes de ser anuncio, es la gracia que nos ha alcanzado a nosotros. Los catequistas somos testigos del Amor, hombres y mujeres enamorados que no pueden dejar de contar (y cantar como María) las maravillas de Dios.

2. En nuestros encuentros, ustedes y yo solemos comentar: “Los chicos llegan a la catequesis sin saber la señal de cruz, el Padrenuestro o las otras oraciones cristianas”. Lo constatamos con dolor. Les propongo decir lo mismo, pero con otro acento: “Yo, como catequista, tengo la posibilidad providencial de iniciar en la vida de oración a un chico, a un joven o a un adulto.” ¿Qué puede ser más hermoso que transmitirle a un catecúmeno la oración del Señor o de llevarlos ante el Sagrario para que aprendan a dejarse mirar por el Señor y a mirarlo a Él? Claro que, introducir a otro en el fascinante mundo de la oración supone que nosotros mismos seamos orantes, hombres y mujeres que han saboreado la suavidad del Espíritu en la oración perseverante y cotidiana.

3. Algunos de ustedes me han comentado con entusiasmo los frutos de poner la Sagrada Escritura en las manos de los catecúmenos, nutriendo con ella -especialmente con los Evangelios- los encuentros de catequesis. No puedo más que animarlos a profundizar este camino. En realidad, es seguir hablando de la oración, pues abrir con fe las Escrituras es disponernos a escuchar al Señor; y, la oración cristiana es básicamente respuesta de fe al Señor, cuya palabra escuchamos y acogemos en el corazón.

4. Este tiempo nos está ayudando también a vivir más hondamente los lazos de fraternidad que nos unen como catequistas, en la parroquia, en el decanato y en la diócesis. Y, como familia catequista de la diócesis de San Francisco, nos animamos y sostenemos unos a otros en esta etapa especialmente ardua del camino que supone la pandemia. Sea de manera presencial o virtual, la comunión fraterna de los catequistas experimenta hoy un llamado a crecer, a ser más honda y convencida.

Queridos hermanos y hermanas catequistas: centrarse en lo esencial, orantes que enseñan a orar, servidores de la Palabra y hermanos que caminan juntos. Los invito a transitar juntos estos cuatro senderos.

Gracias, ánimo y esperanza. Si la prueba del desaliento ante las dificultades toca nuestra puerta, ayudémonos unos a otros, abramos nuestro corazón al Señor y dejémonos consolar por su Espíritu.

Sigamos caminando con espíritu mariano, franciscano y brocheriano.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco