Caminar, siempre caminar… con Él

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de septiembre de 2021

“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.” (Mc 9, 37).

El evangelio de este domingo resalta el contraste entre el Maestro y sus discípulos: Jesús ha resuelto decididamente entregar la vida y hacia ese destino camina; los discípulos discuten quien es el más importante, quién es el primero.

Están en otra. Están en frecuencias distintas. Los discípulos no entienden demasiado qué quiere realmente Jesús. Es más: tienen una fuerte resistencia interior al modo cómo encara su misión. Sin embargo, lo siguen, caminan con él. La atracción de su persona es más fuerte.

Es así también con nosotros, que somos (o intentamos ser) sus discípulos. Jesús, a la vez, atrae, convence y desconcierta al mejor plantado. Como se dice hoy: está siempre desafiándonos para que salgamos de nuestra “zona de confort”.

Jesús anuncia la pasión que le aguarda en Jerusalén y termina identificándose con un niño pequeño. Así está en medio de nosotros. Así está en las manos del Padre. Así tenemos que buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

En definitiva, que nos cueste comprender a Jesús y su mensaje no es lo más grave. Es casi lo normal. Lo que hay que dar por sentado. Lo verdaderamente trágico sería, a causa de esa torpeza nuestra, dejar de caminar con él, dejándonos vencer por el desánimo.  Hay que caminar, siempre caminar con Él. En ese camino compartido se juega todo.

La experiencia cristiana es la de un Dios que ama la pequeñez y se siente más cómodo entre los humildes, los últimos y los más vulnerables, hasta hacerse uno de ellos. Ese es también el camino de su Iglesia y, en ella, de cada uno de los discípulos.

María cantó la grandeza del Señor “porque ha mirado la pequeñez de su servidora”. Ella nos educa en la escuela del Evangelio.

Inspirados en esta Palabra buena que hoy nos alcanza, te invito a rezar así: “Padre que amas a los pobres y pequeños: que el Espíritu de tu Hijo abra nuestros corazones para recibir tu Reino, con la misma disponibilidad y confianza de los niños. Amén.”

Oídos para oír y labios para proclamar

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de septiembre de 2021

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Effatá»” (Mc 7, 34)

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Effatá» que significa «Ábrete». Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua, y comenzó a hablar normalmente” (Mc 7, 34-35).

Este gesto de Jesús que hoy nos cuenta San Marcos ha inspirado el último gesto litúrgico del Bautismo. Se llama precisamente: el “Effatá”. Mientras el ministro toca los oídos y los labios del recién bautizado, dice la fórmula ritual: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permita, muy pronto, escuchar su Palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre”.

Cada vez que nos acercamos con fe sincera a las Escrituras, suplicando escuchar en ellas la Voz de Dios, este rito bautismal cobra todo su significado. Lo mismo, toda vez que, de palabra o de obra, testificamos nuestra condición de discípulos. Este domingo, pidamos la gracia de que el Espíritu actualice el don precioso del Bautismo que nos permite orar y confesar nuestra fe.

¡Ya estamos en septiembre! Es el mes de la Biblia, de la primavera y de la juventud. La lectura orante de las Escrituras, en cualquier momento del año o de nuestra vida, trae la frescura de Dios a nuestra vida. Renueva nuestra juventud y hace florecer la esperanza. Animémonos a dedicar, cada día, un buen tiempo a la “lectura de Dios”, como enseñan los maestros espirituales. “Aprende a conocer el corazón de Dios en la lectura de sus palabras”, escribía san Gregorio Magno a un discípulo suyo. Que sea nuestro lema motivador en este septiembre 2021.

Podemos orar así: “Abre, Señor, nuestros oídos a tu Palabra. Haznos escuchar siempre tu Palabra, para que permanezcamos tus discípulos, atentos a tu Voz de Buen Pastor. Y que nuestros labios siempre canten tu misericordia. Amén.”

Comer el Pan de Vida

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de agosto de 2021

“Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 35).

Digámoslo claramente: Jesús, Palabra e Hijo único del Padre, es ese Pan que Dios le ofrece al mundo para saciar su hambre más profunda: hambre de vida plena, de esperanza, de eternidad.

Cada uno de nosotros está habitado por esa hambre. Buscamos ese Pan. Solo que ninguno de nosotros puede conseguirlo. No se puede comprar.

Jesús nos enseñó a suplicarlo (“Padre, danos el pan de cada día”) y, de esa manera, disponernos para el don. Solo podemos esperar recibirlo como don gratuito de Dios.

Y el Padre lo ha dado. Lo ha entregado al mundo sin condiciones.

Con las imágenes del pan y del comer, el evangelio expresa lo que significa Jesús para nosotros y -a eso apunta el verbo “comer”- lo que implica creer en Él: un proceso vital que supone gustar, asimilar y ser transformados.

Creer entonces es recibir a Cristo y reconocerlo como Señor y Salvador. Esta comida dura toda la vida, porque la fe es un camino que dura tanto como dura nuestra vida.

Acompañémonos unos a otros en esta aventura: sentir hambre de Vida, buscar el Pan de Dios que es Cristo y ser dóciles dejándonos llevar hacia Cristo.

En la oración, personal y comunitaria, comenzamos a saborear el Pan de Dios.

Podemos pues rezar así: “Padre bueno: danos el Pan de cada día. Danos a Jesucristo. Tenemos hambre de vida y de felicidad. Tenemos hambre de Ti. Por eso, con todos nuestros hermanos, te suplicamos: Danos siempre el Pan de cada día que es Cristo, tu Hijo y nuestro Salvador. Amén.”

Un niño, cinco panes y dos pescados

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de julio de 2021

“¿Dónde compraremos pan para darles de comer? Él decía esto para ponerlo a prueba, pues sabía bien lo que iba a hacer.” (Jn 6, 5-6).

A partir de hoy, y durante los próximos cuatro domingos, leeremos el capítulo seis del Evangelio según San Juan. Preparémonos entonces para un viaje que nos llevará, de la mano del discípulo amado, al centro de su mensaje: Jesús, Hijo y Palabra del Padre es el Pan vivo bajado del cielo para darnos vida eterna.

Comencemos a caminar, dejándonos interpelar por la pregunta del Señor a Felipe. Es una prueba. Para él tanto como para nosotros: ¿Podemos saciar toda el hambre (y todas las hambres) que hay en el mundo? ¿Puede hacerlo la Iglesia? Podemos tener esa arrogante pretensión.

Necesitamos experimentar la desproporción de nuestras fuerzas y recursos, de nuestros esfuerzos y de nuestras mejores intenciones. Jesús no necesita más: un niño (hay que volverse como ellos para entrar en el Reino), cinco panes y dos peces… y nuestra fe que se hace súplica.

Obviamente, la multiplicación de los panes y el discurso del Pan de vida que le sigue no se refieren a quedarnos de brazos cruzados ante el imperativo ético que significa luchar por superar la pobreza en todas sus formas. En el capítulo seis de san Juan, hambre y pan son símbolos que hablan a la fe: Jesús es el pan que Dios multiplica para que los hombres saciemos el hambre más profunda que nos habita: hambre de Dios, de vida y salvación, de perdón y reconciliación, de justicia y fraternidad.  

Quien coma de este Pan encontrará en él la fuerza espiritual que es necesaria para acometer las empresas más difíciles y, finalmente, alcanzar la bienaventuranza en el cielo.  

Es bueno que la comunidad cristiana, como está ocurriendo en este tiempo arduo, experimente su fragilidad, su insignificancia comparada con los “poderes del mundo”, incluso su achicamiento. Solo así se purifica y dispone para comunicar lo que ella no produce ni puede producir: el don de la salvación que Dios nos regala en Cristo.

Una plegaria para este domingo: “Jesucristo, Pan vivo bajado del cielo, escucha nuestras plegarias. Tú comprendes muy bien la inquietud de nuestro corazón, sobre todo, cuando contemplamos la vastedad de la misión que nos has confiado. Tú, Señor, lo sabes todo. A Ti nos confiamos. Amén.”

Jesús, motivo de escándalo

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de julio de 2021

“Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo … Y Él se asombraba de su falta de fe.” (Mc 6, 3.6).

Es que Jesús siempre será “motivo de escándalo”. Su persona no deja indiferente. Su mensaje es “buena noticia” que salva. Pero, para llegar a serlo, antes ha de ser espada que hiere el alma y la parte por en medio. Lo hizo con María; también con José, con Pablo y con quien se anima a seguirlo.

Por eso, este domingo, no dejés de concentrar tu mirada en Jesús. Y, con esa actitud interior, atrevete a mirar los espacios de tu corazón que se resisten a entregarse a Él, tus miedos y desconfianzas, tus oscuridades y vacilaciones. Nada de eso es enemigo de la fe, sino incluso, el territorio donde crece con más fuerza.

Tampoco dejés de asombrarte de la fragilidad e inconsistencia de tu propia fe. La inmensa mayoría de los creyentes, si no todos, tenemos una zona de nuestro corazón que resiste a Dios. Vos y yo tenemos necesidad de que Él nos enseñe y guíe, nos cure y nos sostenga. Solo cuando hemos hecho esa experiencia, a la vez de fragilidad y de confianza, comenzamos a caminar como verdaderos discípulos.

Siempre es bueno orar. Es entrar en comunión con el Jesús de todas nuestras preguntas. Te invito, por tanto, a orar así: “Señor Jesús, los ojos de nuestra fe te buscan incesantemente. ¡Danos a conocer tu Rostro de Resucitado! ¡Revelanos la belleza del Dios amor, cuyo Evangelio proclamás con tu persona y tu pascua! Cuando nos amenace la duda o sintamos que tu mensaje nos escandaliza, que la belleza de tu Rostro vuelva a convencernos de tu verdad. Amén.”

Oír hablar de Jesús

Domingo 27 de junio de 2021

“Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré curada».” (Mc 8, 27-28).

No sabemos su nombre. Solo que es una mujer de pueblo. Y que soportaba una enfermedad crónica que los médicos, lejos de curar, habían empeorado. Pero “había oído hablar de Jesús”. Lo demás es conocido.

En su vida, por caminos tal vez ocasionales, pero, sin duda, providenciales, ella escuchó hablar de Jesús. Un anuncio que la puso en camino de salvación. Y eso es precisamente el Evangelio: la buena noticia (en realidad, la mejor) de que, a pesar de todo. Hay esperanza para la vida. Y todo concentrado en un nombre, en una persona: Jesús. El Evangelio es Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios.

La misión de la Iglesia -de cada bautizado- es sólo esto: hablar de Jesús, contar a Jesús y, de esta manera, hacer posible el encuentro con él que es el único Salvador del hombre. Cuando llega el momento, también con las palabras. Lo demás queda por cuenta del Espíritu que es la fuerza que lo habita, la que humaniza y sana.

¿Y si dirigimos nuestra plegaria a esta mujer? No sabemos su nombre, pero la sentimos tan cercana a nosotros. Tal vez, podamos orar así: “No sabemos tu nombre, pero sabemos de tu fe intrépida y de tu confianza. Fueron tan grandes que conquistaron el corazón de Jesús. Tú que tocaste el manto de Jesús con la confianza de los pobres, anímanos a ser tan valientes y osados como tú. No sabemos tu nombre, pero sabemos de tu fe y, por eso, te sentimos hermana nuestra. Amén.”

En medio de la tempestad

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de junio de 2021

“Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal […]” (Mc 4, 37-38).

La imagen es poderosa: la barca de los apóstoles, junto a otras, navegando hacia “la otra orilla” por indicación de Jesús. Es la Iglesia misionera, siempre en éxodo hacia las otras orillas del mundo, dejando la seguridad por obediencia a la Palabra de su Señor.

Claro que se desatan tempestades. Claro que sobreviene el miedo, tan pavoroso que parece hacer zozobrar el alma antes que la misma embarcación. Pero allí está Jesús, levantándose del sueño (es decir: resucitado).

Y así, el miedo se transforma en admiración y confesión de fe: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41). Es una pregunta que suena como una antífona litúrgica. La respuesta la da cada comunidad cristiana: es el Señor de la historia, en su Palabra poderosa confiamos.

De alguna forma, estar en medio de fuertes tormentas, amenazada en su fe y esperanza, pero también, en medio de ese vendaval, ser confortada y fortalecida por su Señor, esa es la condición “normal” de la vida de la Iglesia.

Podemos orar así: “Jesús, ¿estás dormido, como ausente, en medio de las tormentas de tu Iglesia? Sabemos que no: resucitado, estás con nosotros, llevándonos con la fuerza de tu Espíritu, calmando con tu Palabra toda tempestad. Nos postramos ante ti, te adoramos y te confesamos Señor. Amén.”

PS. El evangelio de este domingo nos habla de tormentas, de ansiedad y miedo. En el Día del Padre -este año, nuevamente en emergencia sanitaria- no dejamos de pensar en tantos papás angustiados por la vida de sus hijos, por su salud y, sobre todo, por su futuro. Engendrar un hijo es un acto de amor y también de esperanza. Y a la esperanza hay que elegirla cada mañana al abrir los ojos y saltar de la cama a la vida, especialmente cuando asoman tormentas. ¡Feliz Día del Padre!

La potencia de la semilla

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de junio de 2021

“¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra.” (Mc 4, 30-32).

¿Cuántas veces habrá visto Jesús a un labrador echar una semilla a la tierra? Tal vez, a su propio padre José o a María. Seguramente él mismo lo habrá hecho muchas veces. Y siempre el mismo efecto sorprendente: la semilla es muy pequeña, pero lleva dentro la fuerza de la vida. Cae en tierra y, de repente, el crecimiento, casi sin necesitar el esfuerzo del hombre.

Obviamente, hablamos de la siembra en el siglo I. Hoy sabemos mucho más sobre las leyes de la naturaleza que el hombre de aquel tiempo. Así y todo, no deja de maravillarnos la potencia que encierra una pequeña semilla. Tampoco la sorprendente capacidad de la inteligencia humana de desentrañar la estructura racional de la realidad. Y de ponerla al servicio de una vida mejor.

A Jesús, esta potencia vital encerrada en la semilla y la desproporción entre su pequeñez y el resultado final le sirve para hablar del Reinado de su Padre en el mundo. Dios está obrando realmente en la historia de los hombres. Puede parecer poca cosa comparado con el brillo de los poderes mundanos, siempre altivos, incluso prepotentes y pagados de sí. Pero el poder de Dios no tiene comparación posible con esos poderes.

Solo una pequeña semilla o un grano de mostaza pueden darnos una pista de cómo Dios actúa en nuestra vida: desde la sencillez y el silencio, a partir de lo pobre y pequeño, Dios hace crecer la vida. Lo hará, de manera insuperable, cuando el mismo Jesús, como semilla arrojada por tierra, sea sepultado: el Padre hará entonces estallar la vida por la resurrección.

Podemos hacer esta plegaria: “Padre bueno y misericordioso: Tú amas a los pobres, buscas lo humilde y te sientes cómodo con los pequeños y descartados. Abre nuestros ojos, tantas veces seducidos y encandilados por el brillo pasajero del mundo. Que podamos, como Jesús, contemplar tu poder salvador que está obrando realmente entre nosotros. Amén.”

Corpus Christi 2021

Homilía en la catedral de San Francisco, domingo 6 de junio de 2021

La santa Eucaristía nos devuelve al “amor primero”. Aquel amor del comienzo que el Apocalipsis le reprocha a la Iglesia de Éfeso haber dejado enfriar (cf. Ap 2, 4).

Es el amor de Cristo: libre y total, absoluto y gratuito, sin reservas ni condiciones. El único amor que puede despertar en nuestro corazón una respuesta semejante.

Venimos a la Eucaristía a dejarnos alcanzar por ese amor primero. Por eso estamos aquí. Por eso, aunque no podemos asistir al templo por la pandemia, seguimos esta celebración por las redes.

Este año, la liturgia nos invita a contemplar la Sangre redentora del Señor “que por otra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios” (Heb 9, 14). Es la Sangre bendita que nos vivifica y purifica. La que nos abre las puertas de la vida, ya desde ahora en nuestro peregrinar hacia la patria del cielo.

Contemplemos pues la Sangre del Señor.

En la sangre está la vida, nos enseña la Escritura. Es lenguaje simbólico, no biología. Y la sangre “derramada” es expresión de una vida entregada, que no se guarda nada; que no se engaña a sí misma, creyendo que ser libre es igual a librarse de toda forma de vínculo, dependencia o condicionamiento. Esto último suele ser más bien desinhibición, capricho o triste apatía de adolescentes eternos.

Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, de rodillas ante el altar, volvemos a escuchar al Señor que, por medio del sacerdote, nos dice: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 24-25).

Creemos en tu Palabra, Señor, y nos dejamos llevar por ella. “Sangre de Cristo, embriáganos”, rezamos con la antigua plegaria.

Sí, estamos embriagados por ese Amor grande que no ha dejado solo al mundo. Esa vida traspasada de amor que palpita en la entrega silenciosa, humilde y perseverante de tantos hombres y mujeres que, cada día, vuelven a ponerse al hombro a su familia, a sus seres queridos, a todos los que les han sido confiados.

Es verdad que, en medio de esta dolorosa pandemia, nos desconcierta y subleva la irresponsabilidad de algunos -dirigentes o simples ciudadanos- que parecen no ver más allá de sus intereses de corto alcance. Pero, como contraparte a la vileza y mezquindad de esas élites encerradas en sí mismas resalta la esperanzadora vida que circula por las venas de nuestro pueblo. Somos testigos, cuando no protagonistas, de ese amor increíblemente tozudo que, en medio de la dura prueba, se hace cargo de la vida de los otros con alegría, incluso con sano humor, sin estridencias ni reclamos infantiles. Amor que se levanta cada mañana, que vuelve a empezar; que se afana en llevar bondad, belleza y justicia, sin dejarse ganar por el desaliento; o, si ese veneno se inocula en el alma, sabe encontrar el mejor antídoto que es mirar a los ojos a los que amamos, los más pequeños o desvalidos; y, con esa mirada que traspasa el alma, seguir caminando, peleando la vida y dando lugar a la esperanza.

Permítanme decirlo sin rodeos: detrás de todo ese humanísimo amor está la Sangre bendita de Cristo; está ese amor primero que sostiene, por la fuerza del Espíritu, todo esfuerzo para hacer la vida más humana. Es Sangre redentora. Y eso no es eufemismo ni veleidad, es confesión de fe y, por eso, realismo puro. Dios no se queda en buenas intenciones: dice, obra y transforma desde dentro la vida.

La Sangre de la nueva y eterna Alianza en la Eucaristía es la fuerza secreta que anima, incluso sin saberlo, a todo hombre y mujer de nuestro mundo (de nuestra Argentina) que empeña su libertad en el cuidado de los otros, especialmente de los más vulnerables; que apuesta al diálogo, al encuentro y a la pasión por la verdad y el bien común.

Cuando el Señor, en la última cena, toma en sus manos el cáliz lleno del fruto de la vid, no solo nos invita a reconocer en ese vino generoso el misterio de su Sangre, a punto de ser derramada “para el perdón de los pecados”; sino que, al hacer eso mismo, mete en el corazón del mundo la potencia más fuerte que podamos pensar: la esperanza de que nos espera, porque es decisión irrevocable del Dios que ama la vida, el “vino nuevo en el Reino de Dios”.

La Eucaristía, que es sacramento del amor más grande, es también el sacramento de la esperanza más firme.

Por eso nos reunimos para celebrarla. Por eso, no podemos vivir sin ella. Por eso, cuando no podemos estar presentes en nuestros templos, alimentamos el deseo de la comunión con Cristo en nuestra imaginación y nuestras palabras, en nuestra mente y nuestro corazón. Por eso nos duele en el alma que se enfríe en los corazones -por ejemplo, de los jóvenes- el deseo de la Eucaristía. Por eso vamos a insistir, a tiempo y a destiempo, que no podemos vivir sin la Eucaristía.

Por eso estamos aquí, reunidos para cantar el misterio del amor grande que nos alcanza bajo las apariencias del pan y del vino.

Queridos hermanos y hermanas: es Jesús, el Señor, el que quiere reavivar en nuestros corazones el amor primero. Dejémoslo obrar. Dejemos que nos colme de su gozo. Dejemos que su Espíritu alimente en cada uno el deseo de la Eucaristía, que es el deseo de Dios, de su Reino y de su justicia para todos. Dejémonos embriagar por su Sangre vivificante y redentora.

Los invito a orar: “Te saludamos y bendecimos, Sangre bendita y gloriosa. Del costado abierto de Cristo en la cruz sigues manando para salvación del mundo. Que nunca desertemos de la Eucaristía. Que siempre lavemos nuestras vidas en tu poder salvador y purificador. Amén.”

Alimento para los que caminamos

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de junio de 2021

La Eucaristía es el memorial del sacrificio pascual de Cristo. Cada vez que la celebramos, se actualiza y se hace presente la Pascua del Señor.

Los textos de este domingo destacan el misterio de la Sangre redentora: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” (Mc 14, 24). La sangre es símbolo de la vida. Y la sangre “derramada”, de la vida que se entrega, especialmente en el sacrificio supremo del martirio.

El mundo anhela la comunión, mientras experimenta el poder destructor del odio, del resentimiento y de la violencia. La Sangre del Cordero, derramada para que seamos salvados, es esperanza de perdón, de reconciliación y de salvación para la humanidad.

En este tiempo de pandemia hemos visto como han salido más claramente a la luz las profundas consecuencias de la cultura de la muerte: desigualdad, pobreza, destrucción de la creación, enfermedad en los cuerpos y desesperanza en las almas.

Pero también hemos visto de qué manera, en lo más hondo de corazones nobles, humildes y entregados, la potencia de la Sangre redentora de Jesús sigue obrando maravillas, sigue levantando al mundo, santificando los cuerpos y las almas.

“Alimento de los caminantes”. Así llama a la Eucaristía un canto anónimo de la liturgia. El poema recoge la experiencia de los cristianos. Cada Eucaristía que se celebra, la más solemne y la más humilde, tiene una inigualable potencia de gracia, de bien y de salvación. Alimenta la vida, fortalece y anima al peregrino, especialmente cuando el camino se vuelve más empinado e incierto.

 ¡Qué no falte la Eucaristía en el deseo que nace del amor que cree, adora y espera! ¡Qué no dejemos morir el hambre y la sed de la Eucaristía en nosotros! ¡Qué nunca falte la Eucaristía en nuestras comunidades! ¡Qué no falten manos que multipliquen ese Pan vivo que es Jesucristo, el Señor!

Te invito a orar: “Te saludamos y bendecimos, Sangre bendita y gloriosa. Del costado abierto de Cristo en la cruz sigues manando para salvación del mundo. Que nunca desertemos de la Eucaristía. Que siempre lavemos nuestras vidas en tu poder salvador y purificador. Amén.”