Francisco de Asís, imagen de Cristo

De San Francisco de Asís se ha dicho -y con razón- que ha sido la más perfecta imagen de Jesucristo que ha conocido el cristianismo. 

Vivió el Evangelio “sin glosas”, sin comentarios que lo aguaran. 

Esto es tan así que el mismo Cristo le regaló, al ir concluyendo su camino en esta vida, todas las cicatrices de su pasión.

Francisco quedó transfigurado en otro Cristo, como lo presenta el panel central de nuestra estupenda Iglesia catedral. 

Una gracia extraordinaria que, sin embargo, nos habla de la meta del camino ordinario de la vida cristiana. 

Es el dinamismo que pone en marcha el bautismo, que potencia la confirmación y que se alimenta de la Palabra y la Eucaristía: identificarnos con Jesús, configurándonos con él, en cuerpo y alma.

Potente mensaje para nuestra ciudad, para nuestra diócesis y para cada uno de nosotros. 

El nombre de Francisco de Asís que lleva nuestra diócesis desde hace sesenta años es también un regalo de Dios. Es, sobre todo, un programa de vida…

Caminar, siempre caminar… con Él

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de septiembre de 2021

“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.” (Mc 9, 37).

El evangelio de este domingo resalta el contraste entre el Maestro y sus discípulos: Jesús ha resuelto decididamente entregar la vida y hacia ese destino camina; los discípulos discuten quien es el más importante, quién es el primero.

Están en otra. Están en frecuencias distintas. Los discípulos no entienden demasiado qué quiere realmente Jesús. Es más: tienen una fuerte resistencia interior al modo cómo encara su misión. Sin embargo, lo siguen, caminan con él. La atracción de su persona es más fuerte.

Es así también con nosotros, que somos (o intentamos ser) sus discípulos. Jesús, a la vez, atrae, convence y desconcierta al mejor plantado. Como se dice hoy: está siempre desafiándonos para que salgamos de nuestra “zona de confort”.

Jesús anuncia la pasión que le aguarda en Jerusalén y termina identificándose con un niño pequeño. Así está en medio de nosotros. Así está en las manos del Padre. Así tenemos que buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

En definitiva, que nos cueste comprender a Jesús y su mensaje no es lo más grave. Es casi lo normal. Lo que hay que dar por sentado. Lo verdaderamente trágico sería, a causa de esa torpeza nuestra, dejar de caminar con él, dejándonos vencer por el desánimo.  Hay que caminar, siempre caminar con Él. En ese camino compartido se juega todo.

La experiencia cristiana es la de un Dios que ama la pequeñez y se siente más cómodo entre los humildes, los últimos y los más vulnerables, hasta hacerse uno de ellos. Ese es también el camino de su Iglesia y, en ella, de cada uno de los discípulos.

María cantó la grandeza del Señor “porque ha mirado la pequeñez de su servidora”. Ella nos educa en la escuela del Evangelio.

Inspirados en esta Palabra buena que hoy nos alcanza, te invito a rezar así: “Padre que amas a los pobres y pequeños: que el Espíritu de tu Hijo abra nuestros corazones para recibir tu Reino, con la misma disponibilidad y confianza de los niños. Amén.”

El beato Esquiú: fe que dignifica

Fray Mamerto Esquiú ya es beato. Para gloria de Dios y alegría de la Iglesia en Argentina. Una alegría que vale la pena disfrutar a pleno.

Esquiú es parte de ese mosaico luminoso que son los santos y beatos argentinos. También los que están en carrera para ser reconocidos como tales por la Iglesia.

Se trata de un mosaico en construcción. Y el artista que lo plasma es el mejor: el Espíritu Santo. Con una destreza inigualable va colocando en su lugar cada una de las teselas que, contempladas con la adecuada distancia y perspectiva, van componiendo el mosaico de la santidad en Argentina.

Si contemplamos ese conjunto nos sorprende ver admirablemente realizado, en cada uno y en la figura completa, aquel “núcleo inspirador” del que hablaban las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización de 1990: “la fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, […] como un potencial que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre.” (LPNE 16).

Una síntesis admirable que, sin dudas, es una gracia que Dios nos regala. Pero, por lo mismo, una misión que nos compromete.

Los católicos argentinos estamos llamados a vivir esa misma calidad de experiencia creyente en las circunstancias cambiantes de lugar y tiempos que la Providencia ha dispuesto para nosotros. Vivir esa síntesis de Evangelio en el hoy de nuestra Argentina. Como, en su momento, lo hizo el beato Esquiú… y Brochero… y Madre Tránsito… y, más atrás en el tiempo, la beata Antula.

¡Cuántos padres y madres de nuestra Argentina, dando a luz a aquella soñada “patria de hermanos”, con la fecundidad del humanismo cristiano que brota del Evangelio!

El “orador de la Constitución” no cayó del cielo. Tiene tras de sí una experiencia intensa, rica y personalmente asimilada de la fe cristiana. La semilla fue puesta en Piedra Blanca, su catamarqueña tierra natal. Sus padres, su familia y sus maestros la sembraron, guiados por la mano invisible del Divino Orfebre. En la familia franciscana terminó de fraguar esa rica amalgama de Evangelio y humanidad.

El beato Mamerto es un hombre fogueado por dentro por el fuego del Evangelio. Ha tocado su alma, su inteligencia, su conciencia y su libertad. Ha transfigurado sus sentimientos y su modo de vivir como cristiano, como fraile menor de San Francisco y, finalmente, como obispo diocesano.

Me pregunto si su breve pero intenso ministerio episcopal en nuestra Córdoba no solo fue antecedido por sus cincuenta y cuatro años de vida, sino preparado para que, en el tiempo de Dios y no de los hombres, dé el fruto que Cristo espera y promete para los que viven y permanecen en Él.

Así son los tiempos de Dios, que ve más lejos, más hondo y más certeramente. Y esa mirada la comparte con aquellos hombres y mujeres que son los santos.

Necesitamos esa mirada. La necesita nuestra Patria Argentina.

Argentina no está sin rumbo. En los corazones de la inmensa mayoría de argentinos y argentinas sigue vivo el deseo de justicia, de futuro y de dignidad. Ese deseo es la brújula interior que Dios ha puesto en nuestros corazones. Por eso buscamos vivir, estudiar, trabajar, amar y celebrar.

Y en los jóvenes reales, ese norte interior está más vivo que nunca. No nos permitamos dudarlo.  

Los que parecen sin rumbo son algunos dirigentes, seducidos por el espejismo de lo que yo llamo: el “país marihuana”. Prometen lo que la política no puede dar: una felicidad más bien de bajo tono, burguesa y hedonista.

A la política le toca trabajar a fin de que se generen las condiciones que le permiten a cada persona, a cada familia y comunidad, a toda la sociedad, alcanzar su pleno desarrollo humano. Es lo que la tradición del humanismo cristiano llama: el “bien común”.

La felicidad (en clave cristiana: el gozo de la “bienaventuranza”) es fruto maduro de una vida vivida a fondo, sin escaparle al trabajo duro y al sacrificio exigente, desde la conciencia y empeñando la propia libertad en el amor.

Esquiú lo comprendió, lo vivió y lo propuso con maestría.

Sobre “El Reino”

Terminé de ver “El Reino”. Muy buen thriller: mantiene el suspenso del primero al último capítulo. Y deja con los nervios de punta para la segunda temporada. Repito: muy bueno. Me gustó. Es una ficción, no un documental.

¿Ofrece un estereotipo de las iglesias evangélicas? ¿Una caricatura? En buena medida, sí. Mezcla incluso palabras, símbolos y ritos que usamos los católicos. ¿Hay intencionalidad crítica? También, y, en principio, eso no está mal. Basta señalar que no se puede deslegitimar una causa (la provida, por ejemplo) demonizando a quienes la sostienen.

Como señalaba en un posteo anterior: no hay que salir con los tapones de punta (es mi opinión). Hay que reaccionar críticamente, señalando en qué aspectos esta ficción favorece una caricatura del mundo evangélico (y de la religión en general) que puede deslizarse hacia la estigmatización.

Por ejemplo, la preocupación por una mezcla indebida entre religión y política es legítima. En Argentina no se plantea como lo muestra la serie. Refleja más bien otras realidades (EEUU y Brasil), pero… es bueno que, en este punto, ayude a abrir los ojos, pues es una problemática que también tiene su rostro “argentino”. Y una tendencia que vemos en otros lugares que, acelerada por la pandemia, puede llegar a acentuarse aquí. Pienso que hay que estar atentos, especialmente desde las comunidades cristianas (católicas o evangélicas).

Obviamente se trata del acercamiento al hecho religioso desde una mirada -llamémosla así- secular o no creyente. Junto con algunos tópicos comunes (vincular fe con culpa y emotivismo, por ejemplo), no se deja de escudriñar con genuino interés ese mundo al que se percibe como extraño e incluso esotérico. Sin caer en spoilers, hago foco en el personaje interpretado magistralmente por Peter Lanzani, o en algunas frases del personaje del Chino Darín, intentando explicar su experiencia ¿religiosa?

Reflexión final: ¿Cómo se vive la fe cristiana en nuestra Argentina de hoy, tan plural, compleja y polifacética? ¿Cómo vivir la fe y cómo comunicar esa “buena noticia” que nos ha cambiado la vida?

Este domingo, los católicos terminamos de escuchar el capítulo 6 de san Juan.

Durante mucho tiempo, católicos y protestantes hemos discutido a qué se refiere Jesús cuando habla del “Pan de Vida”: ¿a la Eucaristía o a la Palabra? Hoy, más serenos entre nosotros, reconocemos mejor que Jesús habla así de sí mismo y que, tanto la Eucaristía como la Palabra remiten a su Persona.

Y que la fe en Él es un camino del que no hay que excluir nuestras inconsistencias, fragilidades y torpezas. Ahí está Simón Pedro, que este domingo pronuncia una de sus frases más entrañables (“Señor, ¿a quién iremos?…”), pero que todavía tiene que seguir caminando dejándose purificar por el Señor…

A propósito de las vacunas

Entre los meses de junio y agosto recibí las dos dosis de la vacuna de Oxford, AstraZeneca. Estoy atento a la posibilidad que se necesite el refuerzo de una tercera dosis.

Cuando comenzó a hablarse de la llegada de las vacunas, consulté con un profesional de la salud que merece toda mi confianza por su ciencia. Cuando me avisaron que iba a recibir la primera dosis de AstraZeneca consulté con mi médico personal. Me hizo algunas recomendaciones y, sobre todo, más alentó a vacunarme tranquilamente.

Me he vacunado porque he sentido el deber de hacerlo. Un deber muy específico delante de Dios y de mi conciencia: cuidar el bien personal de mi salud y, vinculado interiormente a este, contribuir al bien común de la salud de todos. A lo que se suma, y no en último lugar, que soy una persona pública, cuyas decisiones tienen también un impacto que va más allá de mi propia vida privada.

El papa Francisco habla de un acto de amor, también por partida doble: hacia nosotros y hacia los demás, especialmente a los más vulnerables al contagio.

En este sentido, tanto de manera pública como en privado he alentado la vacunación de las personas, respetando siempre algunos criterios fundamentales: como todo acto ético implica una apelación a la conciencia y a la libertad personal; debe, por tanto, ser fruto de un consentimiento informado y, por lo mismo, nunca como coacción de ningún tipo.

La Iglesia ha remarcado claramente que la vacunación contra el coronavirus ha de ser siempre voluntaria.

En resumen: creo que hay que vacunarse, pues es una manera fundamental de enfrentar la pandemia. Junto a las vacunas, las otras medidas sanitarias son importantes. Unas y otras apelan a la responsabilidad personal de cada uno y de toda la sociedad.

Como toda acción sanitaria, también el recurso a las vacunas contra el coronavirus es un acto ético. En este sentido, es oportuno hacer mención a los dos grupos de reparos éticos que suscitan las vacunas contra el covid-19.

Algunas -por ejemplo, la que yo he recibido: AstraZeneca- presentan una dificultad moral por su origen: han sido desarrolladas a partir de material biológico de fetos abortados en los años setenta u ochenta del siglo pasado. Esta problemática no afecta solo a las vacunas contra el coronavirus sino también a otras vacunas contra otras enfermedades.

El otro grupo de interrogantes éticos afectan a todas las vacunas contra el coronavirus y tienen que ver con lo extraordinario de su desarrollo. Por una parte, no deja de ser un valor para destacar que, en poquísimo tiempo, la industria farmacéutica las haya desarrollado tan rápidamente. Como muchos señalan, aquí también radica una debilidad que no se puede desconocer: siendo efectivas, al menos para aminorar los efectos letales de la enfermedad, muchas de sus consecuencias no están suficientemente comprobadas.

La Iglesia ha relevado también otro tipo de dificultades de carácter ético de las vacunas: son las que tienen que ver con su efectiva llegada a los sectores más vulnerables, tanto en cada país como a regiones enteras que, al día de hoy, no tienen a su disposición vacunas para su población. El papa Francisco, por ejemplo, ha señalado en varias oportunidades que las vacunas tienen que ser gratuitas y que sería oportuno, al menos, una liberalización parcial de las patentes.

La Congregación para la Doctrina de la Fe hizo pública una nota señalando que las vacunas que hoy circulan en el mercado son “moralmente aceptables”. Es del 21 de diciembre de 2020[1]. No innova, sino que aplica a esta situación nueva de la pandemia criterios ya señalados con anterioridad, como bien señala esta nota de la CDF.

En una situación ideal (que solo se da en pocos países), una persona debe tener la posibilidad de elegir aquellas vacunas que no presentan reparos éticos. En caso contrario, como ocurre en Argentina, y debido al bien común de la salud afectado por la difusión del virus, una persona no comete un acto inmoral (un pecado) si recibe voluntariamente una vacuna cuyo origen resulta moralmente comprometido. No hay cooperación formal con el pecado, sino solo un vínculo remoto, material y meramente pasivo.

De la misma manera, si, con el debido asesoramiento y consejo de su médico, acepta el riesgo proporcionado de recibir una vacuna aprobada por la autoridad sanitaria competente, pero que también presenta interrogantes sobre algunos de sus efectos.

El católico que, a pesar de estas precisiones de la Iglesia, después de un maduro discernimiento, elige no recibir las vacunas por razones de conciencia debe ser respetado.

Estamos ante una situación compleja y delicada. Se requiere escucha atenta, respeto recíproco y voluntad de discernir la verdad para contribuir al bien común. Por eso, se necesita excluir deliberadamente expresiones agrias y agresivas, juicios sumarios y descalificaciones.

El movimiento antivacunas es anterior al coronavirus, aunque en pandemia ha adquirido nuevo empuje. En ambientes cristianos, católicos y evangélicos, parece ejercer también una cierta influencia porque apela, no siempre con suficiente sensatez, a argumentos de carácter religioso. Se requiere discernimiento para no caer en posturas fundamentalistas.

Desde un punto de vista católico no hay que establecer la falaz oposición entre la fe y la razón, Dios y la ciencia. No se trata, por ejemplo, de confiar más en Dios que en las vacunas. Uno y otras no están en el mismo nivel; menos aún compiten entre sí en paridad de condiciones. Confiamos en Dios, porque es Dios, y recibimos las vacunas porque son fruto de la inteligencia que Dios da a los hombres como signo de su imagen divina en la creatura. Pero Dios, creador y providente, obra en el mundo como Causa primera, trascendente en su ser y obrar. La ciencia y los diversos fármacos en su propio nivel de causas segundas.

La pandemia del coronavirus está golpeando duramente a toda la familia humana. El bien común, como siempre, supone una decisión libre de alta calidad ética. La conciencia del cristiano se descubre especialmente interpelada a abrirse a toda la amplitud de la verdad y a asumir el compromiso de hacer, aquí y ahora, el bien posible para todos.


[1] Aquí el enlace: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/12/21/nota.html

Estado y cuestiones de género

Creo que, en general, estamos de acuerdo en que el Estado vele por los derechos de las minorías. Entre ellas, de aquellas personas que no reconocen su identidad en el sexo biológico. Como todas las personas, merecen respeto y trato justo. Todos tenemos que superar actitudes y gestos injustos y vejatorios.

Lo que suena extraño es que el Estado asuma con un tono épico la difusión de las teorías de género que despiertan tantos interrogantes. Son eso: teorías que buscan comprender la realidad humana, pero que, por muchos motivos, suelen tomar una deriva ideológica que se vuelve absurdamente impositiva e intolerante.

De un tiempo a esta parte, sus conceptos, símbolos y enfoques están presentes en temas tan vacilares como familia, educación y salud. Casi sin dejar tiempo ni espacio para una recepción crítica de los mismos.

Algunos, con perspicacia e ironía, hablan de una nueva “religión de estado”.

Y no pasa solo en Argentina…

Lo cierto es que los ciudadanos, cada vez más, reaccionan con firmeza a estas políticas públicas. Mucho más al caer en la cuenta de tantas deudas que un Estado como el argentino tienen con necesidades fundamentales de la sociedad. A lo que habría que añadir -y no como dato menor- el estado de la salud integral de los ciudadanos en esta pandemia.

Tenemos que opinar con claridad y sin falsos pudores en estos temas que nos afectan a todos.

Hermana Ana

Testimonio personal para las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia

Este martes 6 de julio, al terminar la celebración de la Eucaristía en la parroquia “San José” de Devoto, la hna. Graciela me avisó por teléfono de la muerte de la Hna. Ana. 

En mi respuesta, bastante desordenada, por cierto, hice alusión a que, desde hacía un tiempo estaba imaginando que, tarde o temprano, semejante noticia iba a llegar. Hace poco más de un mes fue la pascua de mi madre. Son heridas abiertas, pero heridas según el Evangelio. 

Cuando cortamos la comunicación con la Hna. Graciela me quedé un rato en silencio. Después, espontáneamente, comencé a relatarle al párroco lo que había pasado y, sobre todo, a contarle quién era la Hna. Ana, lo que ella significaba en mi vida, la del Seminario y la arquidiócesis de Mendoza. Evoqué hechos, situaciones, personas. 

De vuelta a mi casa, mientras iba manejando, me era difícil rezar por su alma. Lo hice, por supuesto: “Dale, Señor el descanso eterno y brille para ella la Luz que no tiene fin”. Me sentía un poco incómodo. Me daba cuenta de que quería rezarle “a ella”. Y eso hice: comencé a hablar con ella, a pedirle gracias, a encomendarme a su intercesión, a suplicarle por la diócesis, por la vida… Y terminé rezando el “Te Deum”: “Señor, Dios eterno, alegres te cantamos…”

Como imaginarán, en estas horas hemos intercambiado mensajes los que la hemos conocido: un recuerdo, a la vez dolido por la partida, pero enormemente agradecido. 

“Suor Anna” ha sido para todos los que la conocimos y la tratamos, un regalo y una caricia de Dios. Personalmente, ella ha sido fundamental en mi vida de fe, como sacerdote y ahora como obispo. Siento que el Evangelio me ha llegado a través de su persona, de sus palabras y, sobre todo, de sus gestos. Me siento inmerecidamente tocado por la gracia de Dios a través de ella. El Evangelio de hoy concluía precisamente así: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10, 8). 

Las personas no somos individuos aislados. Tampoco lo ha sido la Hna. Ana. Todo lo que ella es y significa está inseparablemente unido al carisma del Espíritu que ustedes custodian y viven. Por eso, doy gracias a Dios también por el Instituto de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia. Ella, como tantas otras, han vivido el carisma con alegría, radicalidad y no sin las luchas que suponen la vida y las cosas que amamos. 

Pienso mucho en la gracia de la “pequeñez”. Define el carisma de ustedes. Viene del corazón del Evangelio: de Jesús, el que vivió como pequeño en las manos del Padre. Pido esa gracia para mí, para esta diócesis que tiene también el carisma del Poverello de Asís, san Francisco, para todos nosotros. Ahora, se lo pido al Señor por medio de la Hna. Ana.

Se los digo con toda franqueza: la Hna. Ana ha muerto “en olor de santidad”. Es el perfume del Evangelio que nosotros no inventamos, sino que lo prepara el Espíritu, como el obispo hace con el Crisma en la Misa crismal que mezcla el mejor aceite con el perfume. 

En estos tiempos verdaderamente recios, Dios no deja de acariciarnos y de hacernos sentir su presencia. Así renueva en nuestros corazones sus promesas y la esperanza que nos hace caminar. 

Saber de la pascua de “Suor Anna, la bella”, me ha dejado paz en el corazón. 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

7 de julio de 2021

Hemos conocido el Amor

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de mayo de 2021

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13).

Comenzamos a transitar el último tramo de este tiempo pascual “en pandemia” 2021. ¿Qué nos va quedando en el corazón de lo que hemos vivido?

El Evangelio de hoy puede ayudarnos a comprender nuestra experiencia del camino y a ponerle palabras.

Cincuenta días dura la conmemoración anual de la Pascua cristiana. Cincuenta días para poner de relieve o hacer emerger la Pascua que acontece en el camino de la existencia de quienes tratamos de vivir como discípulos de Jesús. El bautismo nos ha puesto en ese camino.

Por eso, nos podemos preguntar: ¿Qué nos ha pasado en el camino?  

Digámoslo con palabras del apóstol san Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.” (1 Jn 4, 16).

O, más breve: hemos conocido el Amor. Y el amor más grande: el de Dios en la entrega de Jesús, su Hijo. El Espíritu lo ha clavado en el centro de nuestro corazón. Y, por eso, todo ha cambiado para nosotros.

Ese amor grande del Dios Amigo ilumina nuestra mirada. Desde allí vemos el mundo, nuestra vida, el futuro. Hemos empezado a comprender que, allí donde hay, aunque más no sea, un pequeño movimiento de amor allí está actuando la fuerza renovadora del Resucitado.

Es bueno decirlo en este tiempo de tanta incertidumbre, pero también, de tantos gestos humanos de amor, de solidaridad, de empatía y compasión. A los ojos de la fe cristiana, todos ellos nos cuentan el Amor grande de Dios, presente y activo en el mundo.

Como los discípulos de Emaús, también nosotros estamos llamados a contar lo que hemos vivido. Al contarlo, la esperanza crece, firme y pujante, abriéndonos al futuro.

Te invito entonces a orar: “Señor Jesús resucitado, nos has llamado tus amigos. Hemos conocido el amor más grande: el que te impulsó a dar la vida por nosotros. Qué nunca dejemos morir en nosotros la gratitud y el asombro por ese amor con el que hemos sido salvados y transformados. Que se convierta en el canto nuevo que entonamos con nuestra vida. Amén”

Libertad de culto “en pandemia”

Católicos franceses reclaman: “Déjennos orar”.

Hace más de un año que, en varias diócesis del país, existen restricciones injustificadas, desproporcionadas e injustas a la libertad de culto.

¡Más de un año!

La situación en las seis diócesis de la provincia de Córdoba es, gracias a Dios, distinta. Al menos, desde junio del año pasado, cuando los obispos preparamos el protocolo vigente, nuestras comunidades han retomado las celebraciones comunitarias de la Eucaristía y demás sacramentos.

Dicho protocolo fue revisado y aprobado por la autoridad sanitaria de la provincia. Contiene indicaciones precisas y sensatas para el cuidado de la salud en dichas celebraciones. Como hemos dicho varias veces, está siendo aplicado con seriedad por nuestras comunidades cristianas.

Apoyo con vehemencia las manifestaciones de disconformidad que hermanos obispos de varias diócesis han hecho conocer en estos días, por la injustificada permanencia en el tiempo de esta restricción a la libertad de culto.

¿Se conoce realmente cómo es la dinámica del culto católico? ¿Hay aprecio verdadero por la libertad religiosa, una de cuyas componentes es la libertad de culto? ¿Se percibe que dicha libertad forma parte del núcleo sustantivo de los derechos humanos? ¿Se aprecia su valor ciudadano e incluso su alcance jurídico?

Vivimos “en pandemia” y este estado de situación parece que se prolongará en el tiempo. Es un desafío a la convivencia y a la gestión de nuestros gobernantes.

Para evitar la arbitrariedad que hemos visto en este tiempo en demasiadas ocasiones, es fundamental una intervención más seria y decisiva de los poderes legislativas del estado en todos sus niveles: municipal, provincial y nacional. También potenciar el diálogo con los actores de cada sector, en este caso, con los responsables de la vida religiosa de nuestro pueblo.  

Importa la salud de todos, especialmente de los más vulnerables. Importa que la economía funcione. Importan también otras actividades esenciales que hacen a la salud integral de las personas y de los pueblos, entre ellas, las que sostienen espiritualmente el enorme esfuerzo que significa vivir “en pandemia”.

Bienaventurados los que se dejan transformar por la fe

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de abril de 2021

“Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».” (Jn 20, 8).

Una buena tarea para este tiempo de Pascua sería buscar e identificar todas las bienaventuranzas que, del principio al final, atraviesan toda la Biblia. No solo las del Sermón de la montaña. 

El libro de los Salmos, por ejemplo, se abre con una de ellas: “¡Feliz el hombre… que se complace en la Ley del Señor y la medita de día y de noche!”. 

Los evangelios, en cierto modo, se abren y se cierran con la misma bienaventuranza: “Feliz de ti por haber creído…”, le dice Isabel a María. Y, este domingo, de labios de Jesús resucitado escuchamos su última bienaventuranza: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29). La bienaventuranza de la fe: creer en Dios, tal como se nos ha mostrado en su Verbo, Jesucristo, es la plenitud de la vida y de la felicidad. 

En nuestro uso cotidiano, la palabra “feliz” puede sonar a deseo un poco volátil, formal, inconsistente. Es algo que decimos, con afecto, por cierto, pero casi como una costumbre, al pasar: ¡Feliz cumple! 

En el lenguaje de la Biblia -el lenguaje de la fe- indica algo grande: una vida realmente lograda, completa, verdaderamente plena… según Dios. Es lo que nos da la amistad que Cristo resucitado nos ofrece. Lo experimentamos especialmente en el tiempo pascual.

Como enseñaban los Padres: todo lo que en Jesús, Verbo encarnado, era visible ha pasado ahora a los sacramentos de la Iglesia: la Palabra que escuchamos en comunidad, el Pan de la Eucaristía en el altar que es también mesa de familia, en el servicio alegre a los hermanos, en lo que de más hondo acontece en nuestro camino. Allí, en ese mundo, a la vez visible y cargado de silencio, el Resucitado se abre paso por nuestra vida. Y se da a conocer con la gratuidad del amor, interpelando nuestra libertad; esperando siempre una respuesta igualmente libre y gratuita. Nos busca, nos llama y nos espera. 

Siempre es tiempo para orar. Te invito a hacerlo así: “Señor Jesús, como tu discípulo Tomás, también nosotros te reconocemos en medio de la comunidad que Tú mismo reúnes, cada domingo, para celebrar tu Pascua. Que podamos experimentar tu presencia y, ya desde ahora, alcanzar la bienaventuranza reservada a lo que creen en Ti. Amén.”