En tensión

«La Voz de San Justo», domingo 27 de noviembre de 2022

“Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.” (Mt 24, 42-44). 

Este domingo comenzamos a caminar el Adviento. Cuatro semanas que preceden a la Navidad, y nos preparan para celebrarla. O, algo así. 

En realidad, toda la primera parte del Adviento (hasta el 16 de diciembre), más que hacia el nacimiento de Jesús en el pasado, nos orienta hacia el futuro, hacia la venida del “Hijo del hombre… a la hora menos pensada”. De ahí, la exhortación a estar prevenidos, a permanecer en vela, vigilantes, atentos. 

Jesús va a ilustrar esta exhortación con algunas parábolas: la de las muchachas prudentes y las tontas que se olvidan de tener listas sus lámparas; la de los talentos y, finalmente, la del juicio final (“Tuve hambre y me dieron de comer…”).

¿Cuándo y cómo llegará Jesús? Mejor despreocuparse de eso. 

El discípulo tiene que ser como aquel servidor, del que habla Jesús, que está ocupado en hacer lo que tiene que hacer: vivir a fondo la vida, aprovechando los talentos confiados, sobre todo, ocupándose de los más pobres, de los más heridos y desatendidos. 

Se puede decir todo esto con una sola palabra, humilde y vigorosa: esperanza. Suena a nombre propio: Jesús es el que viene, Él es nuestra esperanza.

“Señor Jesús: si nos preguntan qué podemos aportar a los hombres y mujeres que caminan con nosotros la aventura de la vida, nuestra respuesta es esta: la esperanza que esconde tu Nombre, tu Evangelio y tu Espíritu. Sostiene nuestra vida. Estamos en tensión. Amén”.  

Cristo rey

«La Voz de San Justo», domingo 20 de noviembre de 2022

“Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».” (Lc 23, 38-44).

Aunque no lo digamos -por temor o vergüenza-, también nosotros le gritamos a Jesús que se baje de la cruz, se salve a sí mismo y, de paso, use su poder para salvarnos a todos. ¿No es esa la naturaleza del poder real, concreto y efectivo? Mostrarse de forma contundente como poder en beneficio propio y, si es necesario, humillando a quien se opone. 

Sin embargo, desde el inicio de su misión hasta la cumbre del Calvario, Jesús sigue otro camino: el que ha aprendido en el hogar trinitario desde el que ha venido a nosotros. El verdadero poder es el despojo de sí, el don de la vida, el amor revestido de humildad y mansedumbre, también de perdón para los verdugos. 

Así Jesús es rey. Como solo Dios puede serlo: crucificado entre dos malhechores. Un Dios humilde, humillado por la arrogancia humana.  

“Nos quedamos en silencio ante tu cruz, Señor Jesús. Solo nos atrevemos a hacer como el buen ladrón que te suplicó, llamándote por el nombre, como hace un amigo: «Jesús, acordate de nosotros…». Hoy queremos ser como él: conscientes de nuestra verdad, sin ocultar lo que somos, volvernos a Vos y confesarte Señor y Rey de nuestras vidas. Amén”. 

Argentina 1985

Anoche, finalmente, pude ver “Argentina 1985”.

Me pareció una muy buena película, aún si hacemos lugar a las críticas de ausencias, sesgos y otras falencias. Recomiendo verla.

Es dinámica, con muy buenas actuaciones y con un clímax logrado en el alegato final de Darín/Strassera. Difícil no dejarse ganar por la emoción por la frase final: “Nunca más”.

Dos cosas.

Ante todo, me dejó varias preguntas que iban emergiendo a medida que avanzaba la trama. Preguntas personales. Las puse en un Tuit: ¿Dónde estaba yo en aquel momento? Tenía 21 años y, como seminarista, empezaba la teología. ¿Cómo percibí lo que pasaba? ¿Qué pensaba? ¿Qué sentimientos despertaba el momento que vivía el país?

Lo segundo. Creo que plantea bien un punto de inflexión de nuestra historia como país: el “nunca más” a la violencia política, especialmente ejercida desde el estado.

La malicia moral del terrorismo de estado estriba precisamente aquí, como se ha señalado tantas veces: el estado que debe cuidar se vuelve contra los ciudadanos. Al margen de la ley, ejerce una violencia que, por su propia dinámica, se torna irracional e inhumana.

¿Este juicio es el hecho fundante de nuestra joven democracia? Si no lo es, forma parte de la experiencia histórica que fragua el núcleo ético del proceso social, cultural y político en el que aún vivimos.

Pero, como ocurre con todas las grandes opciones éticas de los pueblos, nunca están decididas del todo, asimiladas totalmente, enraizadas en la conciencia y en la libertad de los ciudadanos.

Esta película puede ayudar, con las posibilidades y límites de todo producto cultural, a reavivar nuestra opción por una cultura democrática basada en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, y, por, ende, en el respecto del otro como sujeto y semejante; también en el imperio de la ley para dirimir conflictos y -no hay que cansarse de afirmarlo- la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas como humus vital del sistema democrático.

Que ”Argentina 1985” nos ayude a mirar con esperanza y compromiso ciudadano a la Argentina de los próximos decenios.

Elogio de la moderación política

El Parlamento: la casa de la palabra, el consenso y la moderación

¿Me permitís una palabra?

Los populismos -de izquierda o de derecha- deforman la democracia en varios sentidos. Uno de ellos es transformar la confrontación entre posturas distintas (normalmente bipolares: izquierda-derecha, conservadores-progresistas, etc.) en una exacerbación de los extremos.

La confrontación propia de las democracias liberales hace a la dinámica de la vida política de las sociedades que adoptan ese sistema de gobierno y de convivencia ciudadana. Se sustentan sobre un fundamento sólido: la aceptación sin reservas de la pluralidad, cuyo núcleo ético es el reconocimiento de la dignidad personal de cada ciudadano o miembro del pueblo.

Es el reconocimiento del otro como sujeto igual a mí.

Por eso, las confrontaciones democráticas, incluso las más encendidas, no tienen que poner en riesgo la unidad siempre en tensión dentro de la comunidad ciudadana. Al contrario, bien vividas, la expresan y la refuerzan.

Obviamente, siempre y cuando, ese núcleo ético que es el reconocimiento del otro no desaparezca ni se debilite. Se trata de un valor fundamental, pero también sumamente frágil, confiado al cuidado de la conciencia y libertad de cada ciudadano y de toda la sociedad.

Una convivencia así requiere de una mística anclada en sólidos valores espirituales y éticos. Para algunos de nosotros es el Evangelio; para otros, otras fuentes espirituales.

La Iglesia católica, por ejemplo, en cuanto sujeto social (y también político) mantiene una oposición crítica hacia muchas leyes (el aborto, por ejemplo). Acepta la legitimidad de las reglas de la democracia, pero mantiene su postura sin romper ni amenazar la cohesión de la sociedad. Y, como ella, tantas otras organizaciones o espacios espirituales, culturales y políticos.

El populismo procede deliberadamente de otra manera. Exacerba las diferencias que se dan dentro de la sociedad; niega subjetividad al otro, al que arroja fuera del espacio, considerándolo “no pueblo” y, por eso, siempre rompe la unidad y cohesión del pueblo al que dice servir. Incluso se echa mano de símbolos, expresiones o conceptos religiosos para darle una pátina mística a sus pretensiones de hegemonía.

No solo en Argentina, sino en varios rincones del globo, la democracia aparece amenazada por estas formas de entender la convivencia social.

La enseñanza social de la Iglesia católica, a la vez que busca respetar la dinámica y consistencia secular de la política, ofrece el horizonte inspirador del humanismo que se desprende del Evangelio y de su también secular forma de interpretar racionalmente la condición humana.

En su reciente encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco ha hecho foco en dos conceptos que abrevan en esa fuente: el de “fraternidad” y el de “amistad social”. Desde allí invita a transitar los caminos de -como él lo llama, con acierto- la “mejor política”.

Se trata de un verdadero “elogio de la moderación” en la política. Supone afirmarse con notable fortaleza interior en los instrumentos más políticos que conocemos: el diálogo, la búsqueda de consensos y acuerdos; la superación paciente e inteligente de los conflictos con una mirada de largo alcance; la sensibilidad hacia los más vulnerables, como motivación para atenuar el impulso del egoísmo en aras del interés común.

Tradicionalmente todos estos valores se asocian al “centro” de las distintas expresiones políticas: centro izquierda o centro derecha. Entre nosotros se ha puesto de moda bajarle el precio a esta búsqueda de un territorio común para construir el bien común, hablando de “Corea del centro”. Ni fu ni fa. Es una chicana casi infantil.

Nuestro país arrastra una profunda crisis social, económica y política que tiene raíces humanas y éticas. Sin un deliberado consenso, buscado con fortaleza y magnanimidad, será imposible diseñar el futuro.

Como he dicho otras veces: en esto, todos los ciudadanos tenemos que sentirnos responsables, pero, una responsabilidad histórica la tienen los hombres y las mujeres de la política. Esa es su vocación. Yo añadiría ahora: y de aquellos hombres y mujeres que hacen de la “moderación” su mística al servicio de todos.

Y es ahora, no mañana, pues entonces puede ser demasiado tarde.

La hora es grave y supone riesgos reales, que hemos visto realizarse en otros países y sociedades. No sería extraño que, en las próximas elecciones, buena parte de los ciudadanos, acosados por lo que implica sobrevivir al día a día y desinteresados de la política (a la que juzgan -y con razón- alejada de su vida e intereses reales), a la hora de entrar en el cuarto oscuro, se decanten por opciones radicalizadas, que ofrecen la ilusión de patear el tablero. Sabemos su destino: nuevas frustraciones, más rabia y menos discernimiento.

¿Será posible romper ese círculo vicioso? Creo que sí. A la moderación política le cabe la responsabilidad. Y que tenga también imaginación para hacérnoslo comprender.

A propósito de la Misa en Luján

¿Podemos los católicos reflexionar serenamente sobre nuestras preocupaciones y también sobre nuestras irritaciones?

Me hago esta pregunta, porque quiero compartir algunas ideas sobre lo que pasó en el Santuario nacional de Luján el pasado sábado. En realidad, desearía pensar mejor cómo estamos viviendo nuestra fe; y cómo darle visibilidad pública de forma responsable en una sociedad compleja, variada y vivaz como la argentina.

Comienzo diciendo que acepto y valoro las disculpas que ofreció el obispo Jorge Eduardo Scheinig en la misma celebración. Creo que fue honesto y sincero. Punto. No vuelvo sobre esto. Tampoco quiero desmerecer la molestia e irritación que el hecho despertó en numerosos católicos, pastores y laicos, al ver las imágenes o al saber de los hechos.

Para colmo de males, en esas horas circularon algunos videos y fotos que no eran de esa celebración, sino de tiempo atrás. Vivimos nuestra ciudadanía creyente y secular en un mundo enrarecido, especialmente en la comunicación pública, tanto en las redes como en los medios.

La pregunta que me hago es esta: más allá de esta Misa, ¿no deberíamos dejar ya de hacer este tipo de celebraciones? O, al menos, de verificar con mayor cuidado algunas condiciones para que resulten expresivas de nuestra fe y de lo que entendemos hacer los cristianos cuando nos reunimos para “hacer Eucaristía”.

Nadie duda de la legitimidad de la finalidad: pedir la paz social, la concordia, la fraternidad. En el Misal romano existen varios formularios de oraciones que suplican a Dios esos bienes. Los usamos y tenemos que seguir haciéndolo. Con mi pregunta me muevo en otra dirección.

Siendo franco, tiendo a pensar que este tipo de convocatorias van quedando anacrónicas. Estimo que deberíamos buscar formas más adecuadas de expresar la fe, la oración, la intercesión religiosa. Es algo a discernir. El concepto de “laicidad positiva” abre aquí una puerta muy amplia. El estado es y tiene que ser neutral en materia religiosa; la sociedad, en cambio, no lo es ni tiene que serlo. Y, de hecho, no lo es. En el espacio público -que es de los ciudadanos no del estado- ha de tener cabida la fe en sus múltiples manifestaciones.

Para los cristianos, la Eucaristía es el “sacramento de nuestra fe”. Su celebración supone, expresa y alimenta la fe que hemos recibido en el bautismo. Su marco adecuado es una comunidad de hombres y mujeres que se reúnen por la fe y en orden a la fe. Su finalidad fundamental es levantar el corazón para alabar, bendecir y adorar al Padre, por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo.

Cuando suplicamos por la paz social, por el cese de la violencia u otros valores humanos lo hacemos “coram Deo”: vueltos hacia el Señor, confiando e invocando su misericordia, abiertos al influjo de su Espíritu. Esto nunca se puede ni suponer ni minusvalorar, menos aún supeditar a otros fines, incluso legítimos.

Pero hay otro aspecto que me hace pensar. Creo que, los pastores y la comunidad eclesial tenemos que cuidar con mayor delicadeza la libertad religiosa de todos. En primer lugar, la de los creyentes. También la de la Iglesia misma que, como nos enseñó el Concilio, es lo fundamental que le pide a la comunidad política: libertad para vivir la fe y compartirla con todos. Pero también la libertad de quienes no profesan la fe, la tienen un poco adormecida o incluso están en las antípodas de lo que creemos los católicos.

Me detengo aquí. En muchas de estas celebraciones vemos a hombres y mujeres, funcionarios o miembros de distintas instituciones, que no saben cómo estar en una celebración. Se los ve, en ocasiones, incómodos o perdidos. Y no hablemos de gestos o actitudes displicentes que, celulares mediante, hoy son captados y viralizados con incontrolable rapidez.

Añado un punto más, para mí muy importante y hasta decisivo. ¿No tenemos que dejar que la política, que tiene sus leyes y consistencia secular propias, viva esa autonomía en la gestión de la cosa pública con mayor soltura?

La fe en Dios, el Evangelio e incluso el culto tienen una dimensión y proyección políticas innegables… en la medida en que se los deja ser ellos mismos. No hay nada más político que el primer mandamiento del Decálogo: solo Dios es Dios, a Él solo adorarás; ninguna magnitud humana puede reclamar para sí lo que le debemos a Él y solo a Él. Es exquisitamente político porque, de la adoración a Dios hace surgir el más preciado bien político: la libertad por la que el hombre construye su vida y el bien común.

De lo que se trata es de buscar formas más genuinas de expresar la fe (en todas sus dimensiones: oración, iluminación doctrinal, actitudes y servicio) en un contexto social y cultural de pluralidad. En el núcleo ético de la democracia está la aceptación sin reservas de la legitimidad de la pluralidad. La fe y la libertad religiosa tienen que hacerse cargo de lo que esto significa.

Lo que valía para otros tiempos y otro tipo de configuración de la sociedad, hoy puede no ser ya adecuado.

Esa diversidad, situación epocal y pluralidad añaden también otro aspecto: cada región de la Argentina tiene su genio propio; su modo, por tanto, de vivir los vínculos entre la condición cristiana y la ciudadanía, los vínculos siempre dinámicos entre sociedad, ciudadanos y valores religiosos, por un lado; y, por otro, los vínculos entre el estado y la/s iglesia/s.

No está mal que, si las cosas nos parecen equivocadas, nos irritemos un poco y hagamos oír nuestra voz. Pero, lo más sensato (y cristiano) es que reflexionemos, conversemos y busquemos juntos los caminos más adecuados.

Hasta aquí mi aporte. Tenemos que seguir reflexionando sobre estas cosas.

El Papa Francisco y Cuba

“Quiero mucho al pueblo cubano. Lo quiero mucho. Y… tuve buenas relaciones humanas con gente cubana. Y también lo confieso: con Raúl Castro tengo una relación humana… Cuba es un símbolo. Cuba tiene una historia grande. Yo me siento muy cercano, muy cercano. Incluso a los obispos cubanos”.

Estas palabras del Papa Francisco a unas periodistas mexicanas han vuelto a causar revuelo. Obviamente, la referencia a su vínculo con Raúl Castro ha sido destacado. Un titular soñado.

La diplomacia de la Santa Sede tiene un perfil muy particular, que reflejan bien estas afirmaciones del Papa. Corre por carriles diversos a la diplomacia de los estados. Ni mejores ni peores. Distintos, como suelen ser los acercamientos a las situaciones complejas internacionales. 

Es la diplomacia de la paz, que privilegia los contactos espirituales y humanos, los pequeños pasos y los gestos de cercanía, pensando en el bien posible aquí y ahora, atenta a la situación de las personas, especialmente en crisis humanitarias. Tiene recursos que los estados no tienen, pero también sus límites y sus riesgos. 

Se mueve en un terreno escarpado, con situaciones complejas abiertas a distintas opciones prudenciales. Es, por eso, opinable y discutible. A condición -claro está- de poseer información de calidad y no solo lo que circula por las redes. 

Francisco lo sabe y no le molesta. Uno de los «activos» de este pontificado es precisamente haber dejado un amplio espacio para las discusiones francas. «Escuchemos con humildad y hablemos con valentía», aconsejó a los obispos en el Sínodo sobre la familia. Toda una regla de vida eclesial.

En este sentido, las palabras del Papa Francisco se ponen en línea de continuidad con los pasos que viene dando la Santa Sede desde el comienzo de la revolución cubana. Pero también expresan su aporte original: él es latinoamericano, con una formación teológico pastoral que lo hace cercano a los conflictos y tensiones propios de nuestros pueblos. Seguramente también esto juega un papel a la hora de orientar a la diplomacia de la Santa Sede en su accionar en América latina. 

También recibió severas críticas (por ejemplo, de los cubanos en el exilio) el mismo Juan Pablo II por su acercamiento a Fidel Castro y su viaje a la isla. Algo similar ocurrió con Benedicto XVI que tuvo con Fidel un diálogo personal muy significativo. Se los acusó de no ser suficientemente claros y severos en sus condenas al régimen. Sin embargo, uno tras otro, esos gestos fueron abriendo puertas y aflojando tensiones. 

Es comprensible que, quienes sufren estos regímenes, no comprendan, critiquen, sientan dolor y extrañeza porque sus justos reclamos no son atendidos como quisieran. Y no se pueden minimizar ese dolor y esos reclamos. 

¿Acciones clamorosas o pasos silenciosos? ¿Un aplauso que suele ser efímero o resultados a largo plazo? 

Más que en los titulares de la prensa y en elogios de la opinión pública, el Papa y la Santa Sede tienen que pensar en el bien real que puede conseguirse en situaciones concretas, en ocasiones muy estrechas y con poco margen de acción. Sabiendo incluso que sus decisiones podrán tener efectos no tan fáciles de predecir o controlar. 

Es el peso de su responsabilidad pastoral.  

Doce canastas

«La Voz de San Justo», domingo 19 de junio de 2022. Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

“Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud.” (Lc 9, 16).

Cuatro acciones simples, cotidianas, esenciales. Cuatro acciones que, domingo tras domingo, año tras año, los cristianos venimos repitiendo desde el principio. Con ellas hacemos la Eucaristía. Ellas definen también nuestra vida.

«Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados». Los discípulos se han dado cuenta. Son sinceros. Es poco. No alcanza. Pero está Jesús. Están sus manos. Eso hace la diferencia. En cada Eucaristía llevamos pan y vino; con ellos va también nuestra vida. Los tomamos, los llevamos al altar y se los ofrecemos a Él.

«Levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición». Ese gesto define a Jesús (y debería hacerlo también con nosotros). Él está así en la vida: siempre de cara al Padre, vuelto hacia Él y siendo Él mismo una bendición de alabanza.

«Los partió». El pan bendito no puede quedar así: tiene que ser repartido, porque la bendición es para todos. En la última cena, Jesús dirá, acompañando ese mismo gesto: esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes.

«Los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud». De sus manos a las nuestras y, a través de ellas, a la multitud. Así es la Eucaristía. Y así es la vida cristiana cuando es vivida a pleno, como lo hizo Jesús y, tras Él, tantos y tantas. Brochero, por ejemplo. Y hasta el final.

“Señor Jesús, volvemos a llevarte nuestro pan. Es poco, pero Vos sabés multiplicar. «Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas». Gracias. Amén.”

Boleta Única de Papel

Una opinión. Solo eso: una opinión.

No he seguido el debate sobre la Boleta Única de Papel (BUP). He leído un par de opiniones, a favor y en contra. En general me inclino por dar el paso. Es un modo de votar que se usa en la mayoría de los países. No tengo una opinión formada como me gusta en estos temas.

Huelga decir que la política me interesa mucho. Comparto la opinión de que, desde hace tiempo, Argentina reclama una profunda reforma política, uno de cuyos capítulos es el mejoramiento de su sistema electoral en sus metodologías y en sus tiempos.

Solo que, hoy por hoy, debo confesar un molesto hastío por la política. Pienso a veces que estamos al final de un ciclo, que el zafarrancho de nuestros espacios políticos (mezcla de oportunismo, ineptitud y desconexión con la realidad) es síntoma de lo viejo que no termina de desaparecer… Pero, el hastío está ahí… y molesta.

Días pasados, intercambiando opiniones con unos amigos que compartimos el mismo interés por la política argentina, no pude dejar de manifestar este preocupante y molesto sentimiento, sobre todo, de cara al futuro. Les decía también que, como obispo, me dispongo a alentar en las comunidades y personas, la fortaleza y valentía que nacen de la esperanza evangélica. Los tiempos que se asoman, asoman arduos…

Leyendo en estos días de aislamiento algunos textos de doctrina social de la Iglesia, he vuelto a pensar el concepto de justicia social. Despejando el mal entendido de que esta consiste en el Estado que le saca a los ricos para darle a los pobres (algunos siguen pensando que si hay pobres es porque existen los ricos…), creo que tenemos que recuperar dos cosas: que la justicia social, como toda forma de justicia, es, ante todo, una virtud de las personas, que las dispone a ser justos y, por eso, a obrar justamente; y, por otra parte, y que la justicia social nos tiene a los ciudadanos, a nuestras familias y organizaciones, como sujetos activos en la construcción del orden justo posible y en la creación de las condiciones necesarias para el desarrollo de las personas. Es decir, que la justicia social nos hace sujetos responsables del bien común en la sociedad.

Votar con BUP puede ser mejor que con la lista sábana. Es posible. Incluso, puedo afirmar tímidamente que lo considero así. Lo cierto, sin embargo, es que sin mejorar la calidad del ciudadano que recibe la BUP y, lapicera en mano, va eligiendo sus candidatos, poco significará el paso de incorporarla a nuestro sistema electoral.

De eso se trata: de mejorarnos como ciudadanos que disciernen el voto, que no nos dejamos llevar sencillamente por la bronca de sacar a los que están y apostar (como en el casino) al albur de los que venga, pues tal vez son mejores; o de, como es en parte legítimo, votar en base a fobias o amores.

No digo que leamos las propuestas de los partidos (prácticamente nadie lo hace), sino que nos ocupemos un poco más de quienes pueden ser nuestros representantes, de cuáles son sus ideas reales y, sobre todo, las actitudes con que bajan al ruedo de la política.

Mi opinión personal: ante el panorama que se va dibujando de cara a las elecciones del 2023, pienso que, en las coaliciones que parecen distribuirse el 80% del electorado (pero vale también para los espacios más pequeños), tienen que prevalecer los que buscan con firmeza los consensos posibles.

No me gusta llamarlos “moderados”, porque esa palabra -que, en sí misma, es legítima- nos suena a chirle. El consenso es una opción que supone una fortaleza espiritual, ética y política que -nuevamente- reclama esa actitud que denominamos con una gran tradición filosófica: virtud.

Hombres y mujeres virtuosos. En el pueblo, primero; en la política, como consecuencia. Estas cosas crecen desde abajo.

Sobre el lenguaje inclusivo

Hace ya nueve años que dejé la docencia frente al aula. Trabajé siempre en el nivel superior: terciarios de formación docente y universidad.

Ya entonces se observaba la enorme dificultad de los alumnos que egresaban de la secundaria para leer, interpretar textos complejos y redactar, sobre todo, usando subordinadas y oraciones de relativo. Y, todo eso, reflejado en un nivel de expresión oral con ostensibles limitaciones.

En suma: un problema educativo serio.

En llamado «lenguaje inclusivo», como señalé días pasados, recoge una serie de reclamos legítimos. No hay que desatenderlos. Sin embargo, creo que, al menos hasta ahora, es un artefacto de laboratorio, bastante artificial.

Si a eso se suma que es militado por minorías intensas que, salvo algunas excepciones, tienden a la irracionalidad del autoritarismo, la intolerancia y la facción, el problema se vuelve muy complicado.

Esas actitudes generan reacciones igual de insensatas.

Me parece correcto que la autoridad escolar fije límites para el aula. Mucho más, habida cuenta de las dificultades que hoy presentan niños y adolescentes en sus procesos de aprendizaje de la lengua, como arriba señalé.

Es cierto que la mera prohibición de hablar de una determinada forma no suele funcionar. Menos en los adolescentes (por edad o mentalidad), cuya rebeldía es parte natural de la vida.

Las lenguas están vivas en nosotros, los hablantes. Se hablan antes de ser codificadas y regladas.

¿Incorporará nuestra bella lengua castellana, tal como la hablamos en Argentina, algo del lenguaje inclusivo?

Es previsible. No será, por cierto, por una imposición externa, sino por ese desarrollo orgánico que sorprende y fascina a la vez.

Es un proceso que hoy agita a la mayoría de los idiomas.

Mientras tanto, hagamos nuestro mejor esfuerzo por leer, escribir y hablar con sencillez, pero también con la belleza de nuestra lengua argentina.

Miremos juntos la radiografía de la pobreza en Argentina

Los datos están ahí, son duros y tristes. La “radiografía de la pobreza en Argentina” nos es conocida. Se ha vuelto casi una penosa costumbre el observar la figura que nos revela. En poco más de 5600 barrios “populares” se concentra el núcleo duro de la pobreza.

Allí habitan miles de familias argentinas que, día tras día, salen a trabajar, a soñar con un futuro mejor, a “ponerle el hombro” a la vida. Hay trabajo en nuestro país, como enfatizó Agustín Salvia en su presentación: precario y desprotegido, pero lo hay. Y, donde hay trabajo, hay hombres y mujeres concretos que se empeñan en vivirlo con dignidad.

Los datos duros se humanizan cuando los leemos con esa perspectiva.

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA, a las vísperas de la Colecta anual de Caritas 2022, volvió a sacudir nuestra conciencia con este Informe.

¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Por qué no encontramos la vuelta para poner en marcha la rueda virtuosa del desarrollo y el crecimiento?

Los datos duros están ahí. Pienso que, hoy por hoy, nadie los pone en duda. Lo que sí ocurre es que son leídos con ojos y miradas diversos, tanto como las sensibilidades ideológicas, políticas y hasta religiosas que conviven en nuestro polifacético país.

Y no podemos ocultar que, esas diversas miradas, en buena medida, también son contrapuestas, incluso irreconciliables. Pero ¿hasta dónde esto es cierto? ¿O es solamente un obstáculo para encontrar un camino que revierta la decadencia? ¿Solo una visión unánime y sin fisuras nos sacará del pozo?

Mientras más enajenados de la realidad concreta podemos estar muchos dirigentes, con mayor ahínco en la sociedad argentina deben crecer los debates públicos sobre estas cuestiones. En estas cosas, la verdad vuela bajo y puja desde allí hasta abrirse camino.

En definitiva, nunca como en estos últimos cien años, buena parte de la humanidad ha dado en la tecla con factores genuinos de desarrollo, uniendo ciencia, desarrollo tecnológico, libertad de mercado, democratización real de las sociedades, políticas públicas inteligentes, protección y promoción del trabajo, valoración de la propiedad e iniciativas privadas, el estado al servicio de la sociedad, etc.

¿Este proceso es perfecto y carece de límites? ¿Muestra desarrollos preocupantes y peligrosos? Estúpido sería desconocerlo. Ahí está, por solo mencionar un factor, la necesidad de una gobernanza internacional efectiva que pueda poner límite a la especulación financiera a la que países de economías reales medianas o reducidas apenas pueden resistir.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el mundo dio una serie de pasos en la buena dirección que, como suele ocurrir, hoy parecen lejanos a la mayoría de las nuevas generaciones. Sin embargo, su enseñanza está ahí para que podamos aprender.

La enseñanza social de la Iglesia no tiene un programa de desarrollo que proponer. Solo -este es su gran aporte y también su límite- una visión sapiencial del ser humano, imagen de Dios y persona en comunión, de la que se desprende una poderosa luz que puede guiar el discernimiento y la conducta, especialmente de los laicos, en esta materia tan delicada como contingente y abierta a diversas posibilidades de desarrollo.  

Huelga además señalar la amplísima libertad que un laico tiene para pensar creativamente, incluso desde distintas sensibilidades éticas y políticas, propuestas e iniciativas de cambio.

Yo solo apunto aquí a un factor que, a mi juicio, no hemos sabido tener suficientemente en cuenta en el mundo católico argentino, especialmente en la enseñanza magisterial de sus pastores: la necesidad (y hasta urgencia) de apuntar un sólido sistema institucional democrático, basado en la persona humana y la correspondencia entre sus derechos y sus deberes, la primacía de la ley (de la Constitución, en primer lugar), el estado de derecho, la división de poderes, la aceptación de la pluralidad política como parte del núcleo ético de la democracia y una mejor formación ciudadana de nuestro pueblo.

Sin democracia no hay desarrollo ni superación de la pobreza.

La radiografía está. Hay que leerla. Necesitamos muchos ojos para acertar con el diagnóstico y el tratamiento. Tengo mucha ilusión de que las nuevas generaciones sabrán hacerlo con mayor libertad y sabiduría que las anteriores. Tenemos que darnos espacio y tiempo. Necesitamos caminar la paciencia, como dice sabiamente el Papa Francisco.