El Papa Francisco y Cuba

“Quiero mucho al pueblo cubano. Lo quiero mucho. Y… tuve buenas relaciones humanas con gente cubana. Y también lo confieso: con Raúl Castro tengo una relación humana… Cuba es un símbolo. Cuba tiene una historia grande. Yo me siento muy cercano, muy cercano. Incluso a los obispos cubanos”.

Estas palabras del Papa Francisco a unas periodistas mexicanas han vuelto a causar revuelo. Obviamente, la referencia a su vínculo con Raúl Castro ha sido destacado. Un titular soñado.

La diplomacia de la Santa Sede tiene un perfil muy particular, que reflejan bien estas afirmaciones del Papa. Corre por carriles diversos a la diplomacia de los estados. Ni mejores ni peores. Distintos, como suelen ser los acercamientos a las situaciones complejas internacionales. 

Es la diplomacia de la paz, que privilegia los contactos espirituales y humanos, los pequeños pasos y los gestos de cercanía, pensando en el bien posible aquí y ahora, atenta a la situación de las personas, especialmente en crisis humanitarias. Tiene recursos que los estados no tienen, pero también sus límites y sus riesgos. 

Se mueve en un terreno escarpado, con situaciones complejas abiertas a distintas opciones prudenciales. Es, por eso, opinable y discutible. A condición -claro está- de poseer información de calidad y no solo lo que circula por las redes. 

Francisco lo sabe y no le molesta. Uno de los «activos» de este pontificado es precisamente haber dejado un amplio espacio para las discusiones francas. «Escuchemos con humildad y hablemos con valentía», aconsejó a los obispos en el Sínodo sobre la familia. Toda una regla de vida eclesial.

En este sentido, las palabras del Papa Francisco se ponen en línea de continuidad con los pasos que viene dando la Santa Sede desde el comienzo de la revolución cubana. Pero también expresan su aporte original: él es latinoamericano, con una formación teológico pastoral que lo hace cercano a los conflictos y tensiones propios de nuestros pueblos. Seguramente también esto juega un papel a la hora de orientar a la diplomacia de la Santa Sede en su accionar en América latina. 

También recibió severas críticas (por ejemplo, de los cubanos en el exilio) el mismo Juan Pablo II por su acercamiento a Fidel Castro y su viaje a la isla. Algo similar ocurrió con Benedicto XVI que tuvo con Fidel un diálogo personal muy significativo. Se los acusó de no ser suficientemente claros y severos en sus condenas al régimen. Sin embargo, uno tras otro, esos gestos fueron abriendo puertas y aflojando tensiones. 

Es comprensible que, quienes sufren estos regímenes, no comprendan, critiquen, sientan dolor y extrañeza porque sus justos reclamos no son atendidos como quisieran. Y no se pueden minimizar ese dolor y esos reclamos. 

¿Acciones clamorosas o pasos silenciosos? ¿Un aplauso que suele ser efímero o resultados a largo plazo? 

Más que en los titulares de la prensa y en elogios de la opinión pública, el Papa y la Santa Sede tienen que pensar en el bien real que puede conseguirse en situaciones concretas, en ocasiones muy estrechas y con poco margen de acción. Sabiendo incluso que sus decisiones podrán tener efectos no tan fáciles de predecir o controlar. 

Es el peso de su responsabilidad pastoral.  

Doce canastas

«La Voz de San Justo», domingo 19 de junio de 2022. Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

“Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud.” (Lc 9, 16).

Cuatro acciones simples, cotidianas, esenciales. Cuatro acciones que, domingo tras domingo, año tras año, los cristianos venimos repitiendo desde el principio. Con ellas hacemos la Eucaristía. Ellas definen también nuestra vida.

«Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados». Los discípulos se han dado cuenta. Son sinceros. Es poco. No alcanza. Pero está Jesús. Están sus manos. Eso hace la diferencia. En cada Eucaristía llevamos pan y vino; con ellos va también nuestra vida. Los tomamos, los llevamos al altar y se los ofrecemos a Él.

«Levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición». Ese gesto define a Jesús (y debería hacerlo también con nosotros). Él está así en la vida: siempre de cara al Padre, vuelto hacia Él y siendo Él mismo una bendición de alabanza.

«Los partió». El pan bendito no puede quedar así: tiene que ser repartido, porque la bendición es para todos. En la última cena, Jesús dirá, acompañando ese mismo gesto: esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes.

«Los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud». De sus manos a las nuestras y, a través de ellas, a la multitud. Así es la Eucaristía. Y así es la vida cristiana cuando es vivida a pleno, como lo hizo Jesús y, tras Él, tantos y tantas. Brochero, por ejemplo. Y hasta el final.

“Señor Jesús, volvemos a llevarte nuestro pan. Es poco, pero Vos sabés multiplicar. «Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas». Gracias. Amén.”

Boleta Única de Papel

Una opinión. Solo eso: una opinión.

No he seguido el debate sobre la Boleta Única de Papel (BUP). He leído un par de opiniones, a favor y en contra. En general me inclino por dar el paso. Es un modo de votar que se usa en la mayoría de los países. No tengo una opinión formada como me gusta en estos temas.

Huelga decir que la política me interesa mucho. Comparto la opinión de que, desde hace tiempo, Argentina reclama una profunda reforma política, uno de cuyos capítulos es el mejoramiento de su sistema electoral en sus metodologías y en sus tiempos.

Solo que, hoy por hoy, debo confesar un molesto hastío por la política. Pienso a veces que estamos al final de un ciclo, que el zafarrancho de nuestros espacios políticos (mezcla de oportunismo, ineptitud y desconexión con la realidad) es síntoma de lo viejo que no termina de desaparecer… Pero, el hastío está ahí… y molesta.

Días pasados, intercambiando opiniones con unos amigos que compartimos el mismo interés por la política argentina, no pude dejar de manifestar este preocupante y molesto sentimiento, sobre todo, de cara al futuro. Les decía también que, como obispo, me dispongo a alentar en las comunidades y personas, la fortaleza y valentía que nacen de la esperanza evangélica. Los tiempos que se asoman, asoman arduos…

Leyendo en estos días de aislamiento algunos textos de doctrina social de la Iglesia, he vuelto a pensar el concepto de justicia social. Despejando el mal entendido de que esta consiste en el Estado que le saca a los ricos para darle a los pobres (algunos siguen pensando que si hay pobres es porque existen los ricos…), creo que tenemos que recuperar dos cosas: que la justicia social, como toda forma de justicia, es, ante todo, una virtud de las personas, que las dispone a ser justos y, por eso, a obrar justamente; y, por otra parte, y que la justicia social nos tiene a los ciudadanos, a nuestras familias y organizaciones, como sujetos activos en la construcción del orden justo posible y en la creación de las condiciones necesarias para el desarrollo de las personas. Es decir, que la justicia social nos hace sujetos responsables del bien común en la sociedad.

Votar con BUP puede ser mejor que con la lista sábana. Es posible. Incluso, puedo afirmar tímidamente que lo considero así. Lo cierto, sin embargo, es que sin mejorar la calidad del ciudadano que recibe la BUP y, lapicera en mano, va eligiendo sus candidatos, poco significará el paso de incorporarla a nuestro sistema electoral.

De eso se trata: de mejorarnos como ciudadanos que disciernen el voto, que no nos dejamos llevar sencillamente por la bronca de sacar a los que están y apostar (como en el casino) al albur de los que venga, pues tal vez son mejores; o de, como es en parte legítimo, votar en base a fobias o amores.

No digo que leamos las propuestas de los partidos (prácticamente nadie lo hace), sino que nos ocupemos un poco más de quienes pueden ser nuestros representantes, de cuáles son sus ideas reales y, sobre todo, las actitudes con que bajan al ruedo de la política.

Mi opinión personal: ante el panorama que se va dibujando de cara a las elecciones del 2023, pienso que, en las coaliciones que parecen distribuirse el 80% del electorado (pero vale también para los espacios más pequeños), tienen que prevalecer los que buscan con firmeza los consensos posibles.

No me gusta llamarlos “moderados”, porque esa palabra -que, en sí misma, es legítima- nos suena a chirle. El consenso es una opción que supone una fortaleza espiritual, ética y política que -nuevamente- reclama esa actitud que denominamos con una gran tradición filosófica: virtud.

Hombres y mujeres virtuosos. En el pueblo, primero; en la política, como consecuencia. Estas cosas crecen desde abajo.

Sobre el lenguaje inclusivo

Hace ya nueve años que dejé la docencia frente al aula. Trabajé siempre en el nivel superior: terciarios de formación docente y universidad.

Ya entonces se observaba la enorme dificultad de los alumnos que egresaban de la secundaria para leer, interpretar textos complejos y redactar, sobre todo, usando subordinadas y oraciones de relativo. Y, todo eso, reflejado en un nivel de expresión oral con ostensibles limitaciones.

En suma: un problema educativo serio.

En llamado «lenguaje inclusivo», como señalé días pasados, recoge una serie de reclamos legítimos. No hay que desatenderlos. Sin embargo, creo que, al menos hasta ahora, es un artefacto de laboratorio, bastante artificial.

Si a eso se suma que es militado por minorías intensas que, salvo algunas excepciones, tienden a la irracionalidad del autoritarismo, la intolerancia y la facción, el problema se vuelve muy complicado.

Esas actitudes generan reacciones igual de insensatas.

Me parece correcto que la autoridad escolar fije límites para el aula. Mucho más, habida cuenta de las dificultades que hoy presentan niños y adolescentes en sus procesos de aprendizaje de la lengua, como arriba señalé.

Es cierto que la mera prohibición de hablar de una determinada forma no suele funcionar. Menos en los adolescentes (por edad o mentalidad), cuya rebeldía es parte natural de la vida.

Las lenguas están vivas en nosotros, los hablantes. Se hablan antes de ser codificadas y regladas.

¿Incorporará nuestra bella lengua castellana, tal como la hablamos en Argentina, algo del lenguaje inclusivo?

Es previsible. No será, por cierto, por una imposición externa, sino por ese desarrollo orgánico que sorprende y fascina a la vez.

Es un proceso que hoy agita a la mayoría de los idiomas.

Mientras tanto, hagamos nuestro mejor esfuerzo por leer, escribir y hablar con sencillez, pero también con la belleza de nuestra lengua argentina.

Miremos juntos la radiografía de la pobreza en Argentina

Los datos están ahí, son duros y tristes. La “radiografía de la pobreza en Argentina” nos es conocida. Se ha vuelto casi una penosa costumbre el observar la figura que nos revela. En poco más de 5600 barrios “populares” se concentra el núcleo duro de la pobreza.

Allí habitan miles de familias argentinas que, día tras día, salen a trabajar, a soñar con un futuro mejor, a “ponerle el hombro” a la vida. Hay trabajo en nuestro país, como enfatizó Agustín Salvia en su presentación: precario y desprotegido, pero lo hay. Y, donde hay trabajo, hay hombres y mujeres concretos que se empeñan en vivirlo con dignidad.

Los datos duros se humanizan cuando los leemos con esa perspectiva.

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA, a las vísperas de la Colecta anual de Caritas 2022, volvió a sacudir nuestra conciencia con este Informe.

¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Por qué no encontramos la vuelta para poner en marcha la rueda virtuosa del desarrollo y el crecimiento?

Los datos duros están ahí. Pienso que, hoy por hoy, nadie los pone en duda. Lo que sí ocurre es que son leídos con ojos y miradas diversos, tanto como las sensibilidades ideológicas, políticas y hasta religiosas que conviven en nuestro polifacético país.

Y no podemos ocultar que, esas diversas miradas, en buena medida, también son contrapuestas, incluso irreconciliables. Pero ¿hasta dónde esto es cierto? ¿O es solamente un obstáculo para encontrar un camino que revierta la decadencia? ¿Solo una visión unánime y sin fisuras nos sacará del pozo?

Mientras más enajenados de la realidad concreta podemos estar muchos dirigentes, con mayor ahínco en la sociedad argentina deben crecer los debates públicos sobre estas cuestiones. En estas cosas, la verdad vuela bajo y puja desde allí hasta abrirse camino.

En definitiva, nunca como en estos últimos cien años, buena parte de la humanidad ha dado en la tecla con factores genuinos de desarrollo, uniendo ciencia, desarrollo tecnológico, libertad de mercado, democratización real de las sociedades, políticas públicas inteligentes, protección y promoción del trabajo, valoración de la propiedad e iniciativas privadas, el estado al servicio de la sociedad, etc.

¿Este proceso es perfecto y carece de límites? ¿Muestra desarrollos preocupantes y peligrosos? Estúpido sería desconocerlo. Ahí está, por solo mencionar un factor, la necesidad de una gobernanza internacional efectiva que pueda poner límite a la especulación financiera a la que países de economías reales medianas o reducidas apenas pueden resistir.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el mundo dio una serie de pasos en la buena dirección que, como suele ocurrir, hoy parecen lejanos a la mayoría de las nuevas generaciones. Sin embargo, su enseñanza está ahí para que podamos aprender.

La enseñanza social de la Iglesia no tiene un programa de desarrollo que proponer. Solo -este es su gran aporte y también su límite- una visión sapiencial del ser humano, imagen de Dios y persona en comunión, de la que se desprende una poderosa luz que puede guiar el discernimiento y la conducta, especialmente de los laicos, en esta materia tan delicada como contingente y abierta a diversas posibilidades de desarrollo.  

Huelga además señalar la amplísima libertad que un laico tiene para pensar creativamente, incluso desde distintas sensibilidades éticas y políticas, propuestas e iniciativas de cambio.

Yo solo apunto aquí a un factor que, a mi juicio, no hemos sabido tener suficientemente en cuenta en el mundo católico argentino, especialmente en la enseñanza magisterial de sus pastores: la necesidad (y hasta urgencia) de apuntar un sólido sistema institucional democrático, basado en la persona humana y la correspondencia entre sus derechos y sus deberes, la primacía de la ley (de la Constitución, en primer lugar), el estado de derecho, la división de poderes, la aceptación de la pluralidad política como parte del núcleo ético de la democracia y una mejor formación ciudadana de nuestro pueblo.

Sin democracia no hay desarrollo ni superación de la pobreza.

La radiografía está. Hay que leerla. Necesitamos muchos ojos para acertar con el diagnóstico y el tratamiento. Tengo mucha ilusión de que las nuevas generaciones sabrán hacerlo con mayor libertad y sabiduría que las anteriores. Tenemos que darnos espacio y tiempo. Necesitamos caminar la paciencia, como dice sabiamente el Papa Francisco.

¿Qué democracia queremos para nuestra Argentina?

El año pasado, al calor de la Pascua, escribí unas líneas para responder a la pregunta: ¿Hay resurrección para nuestra Argentina? Hoy me da vueltas por el corazón la misma pregunta con una variación. Es la pregunta que sirve de título: ¿Qué democracia queremos para nuestra Argentina?

No solo en Argentina. La democracia parece estar necesitada de resurrección. No solo de una simple revitalización formal.

El magisterio social de la Iglesia ha hecho un fatigoso camino para apreciar los valores que supone la democracia, sus reglas de juego y su andamiaje institucional. Ha pasado de la condena a la sospecha, y de esta a la relativización, para arribar a una valoración positiva de la misma, aun sin desconocer sus riesgos, límites y deformaciones.

En este tramo del camino podemos señalar las reflexiones de los tres últimos Papas: de Juan Pablo II en Centessimus annus, pasando por las numerosas intervenciones de Benedicto XVI, hasta las aportaciones de Francisco en Laudato Si’ y, sobre todo, en la reciente Fratelli tutti. El Episcopado Argentino tuvo su intervención estelar poco antes de la recuperación del orden constitucional con el señero documento: “Iglesia y comunidad nacional” de 1981.

Tenemos donde abrevar, tomar impulso y pensar mejor, desde el Evangelio y la enseñanza social católica, cómo aportar para revitalizar el sistema democrático. ¿Queremos realmente hacerlo? ¿Estamos suficientemente motivados para ello? ¿O nos sumamos a los cansados y desilusionados que vuelven a apostar por soluciones mágicas que patean el tablero?

El jesuita español José I. González Faus acaba de publicar un artículo sobre las elecciones francesas donde se hace una serie de preguntas que bien podríamos aprovechar aquí, de este lado del charco. Solo destaco una: ¿vamos a seguir echando mano del voto bronca para castigar al gobierno de turno, pensando que, tal vez así, las cosas se acomoden? Tenemos suficientes pruebas de, más que acomodarse, el camino hacia el precipicio se hace más inclinado.

https://www.religiondigital.org/miradas_cristianas/Necesitamos-voto-castigo-pen-macron-elecciones-francia_7_2444825506.html

Necesitamos una fuerte sacudida de nuestro espíritu ciudadano. Pero en línea con uno de los valores más fuertes, si no el más fuerte, de una genuina democracia: restituir el diálogo ciudadano que le da cauce a la pluralidad de voces, posturas e iniciativas que es alma de toda democracia. No hay democracia sin reconocimiento explícito de la pluralidad y, por eso, del diálogo y los consensos.

Y todo esto como fruto de una deliberada elección que supone el ejercicio arduo de las principales virtudes políticas: la prudencia, la búsqueda de la justicia, la solidaridad y, no en último lugar, el reconocimiento efectivo de que el otro (especialmente el que es más distinto de mí) tiene real subjetividad, merece ser escuchado porque, no de casualidad, ni yo ni él tenemos la posesión de toda la verdad que hay que buscar en la vida ciudadana de un pueblo.

De este lado del charco, hay además otro poderosísimo aspecto de la realidad que nos tiene que sacudir y -no puedo obviar el lenguaje evangélico- urgirnos a una verdadera conversión del corazón: la multiplicación de los rostros de la pobreza, la marginación, el descarte y el sufrimiento de los últimos. La deuda social de la pobreza es la mayor que los argentinos tenemos con nosotros mismos.

Este es un camino que, antes que los dirigentes, lo tenemos que recorrer los ciudadanos de a pie, cada uno y en conjunto. De la decisión de hacerlo dependen muchas cosas, por ejemplo, que el mundo de la política se sienta presionado y urgido por los ciudadanos a encarnar estos valores en sus propuesta y actitudes. Está bien que, ya desde ahora, comiencen a pensar en las elecciones de 2023, a tantear posibles candidaturas y a mover sus piezas para ello. Es el juego de la democracia. Buscar el poder para transformar la realidad es un valor fundamental de la política. Pero también convencer a los votantes con sus propuestas, no con meros artilugios de marketing. La rosca es necesaria, pero solo si no se queda en la desesperación por el conchabo, la tajada o el sectarismo. El bien común y el interés de todos, especialmente de las generaciones por venir, es el norte de la brújula.

Por eso, lo que sí harta y llena de bronca es el desenganche de buena parte del mundo político de las reales preocupaciones, problemas y desvelos de las personas, de las familias, de los jóvenes y de los trabajadores.

Una última palabra: los medios de comunicación tienen una responsabilidad única, intransferible y esencial en toda democracia: vehiculizan la palabra, la idea, la libre expresión. No soy ingenuo: hoy por hoy, los medios juegan al servicio del sistema y de las fuerzas dominantes. Pero los medios están formados por hombres y mujeres que saben abrirse camino en esa jungla para hacer oír su voz libre.

El papa Francisco ha vuelto a señalar las principales tentaciones o pecados de los medios. Señala, ante todo, la desinformación como la más seria. Estoy básicamente de acuerdo. Añade además la calumnia y la difamación, verdaderos flagelos éticos de la comunicación humana. A continuación, ha vuelto a usar una expresión que no me parece feliz: “coprofilia”. Yo prefiero decir lo mismo, pero de otro modo (no sé, tal vez, hablando del “gusto por el morbo”). Pero comprendo el hartazgo de Francisco. No está solo en ese sentimiento.

No hay democracia sin opinión pública ni libertad de expresión, sin debate ciudadano y sin peridiosmo libre, realmente libre, crítico, informado y cuestionador.

Se trata entonces de recuperar la palabra y el discurso responsables, tratarnos como semejantes (en cristiano: como “hermanos y hermanas”), especialmente en el disenso, y apostar a consensos que maduren frutos que tal vez recogerán las futuras generaciones. Este es -a mi entender- uno de los cauces privilegiados para revitalizar nuestra democracia.

¿No es la persona y los derechos humanos el fundamento sobre el que se asienta la cultura democrática, sobre todo, después de las experiencias demoledoras de las guerras y, entre nosotros, de la violencia política que alcanzó su cota más alta en el terrorismo de estado? ¿Qué hemos aprendido realmente de este largo y fatigoso camino que venimos transitando?

Tenemos que pensarlo.

Plegaria para el año nuevo

«La Voz de San Justo», domingo 2 de enero de 2022

“Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.” (Jn 1, 3).

¿Qué nos depara este 2022 que empezamos a transitar? No hay forma de saberlo. No manejamos el tiempo. Lo que podemos programar es siempre menos que lo que nos sorprende y descoloca. Me animo incluso a decir que es bueno que así sea.

Nada de lo que existe, sin embargo, cae fuera del radio de acción de un Dios creador y salvador que, por medio de su Verbo (su Palabra), ha hecho todo y, de la misma manera, todo lo sostiene y conduce a su plenitud.

Lo que sí podemos hacer entonces es predisponernos para vivir intensamente lo que tenemos por delante.

Para un cristiano no es materia opcional. Es la actitud de fondo de la vida, aquella que caracterizamos como fe, esperanza y amor, regalos de Dios confiados a nuestra libertad.

Y la actitud cristiana frente a la vida se alimenta, cada día, de la plegaria. Al acercarnos al pesebre, los invito a fijar la mirada en el Niño que duerme en él. Y a dirigirle nuestra oración más humana, simple y esperanzada. Yo lo hago con estas palabras que comparto con ustedes, una plegaria para este 2022 que se nos ofrece como camino a transitar:

“Jesús: ¡parece mentira! Te veo ahí y así: pequeñito, sereno y durmiendo plácidamente.

Sos el Verbo de Dios realmente humanizado, hecho uno de nosotros, hecho “carne y sangre” de esta humanidad mía que, en ocasiones me pesa o me sonroja.

Tentado como estoy de la desconfianza, en un tiempo que combina soberbia y depresión, conformismo y sed de infinito, contemplarte así reaviva en mí la fuerza de la vida que tu Padre creador ha puesto en lo más hondo de mi alma.

Sos la mano tendida del Padre a la humanidad caída. Ya ahí, en el pesebre, empezás a deletrear la palabra definitiva que será pronunciada en la mañana de Pascua: resurrección, vida plena y bienaventurada.

Sí, Jesús, en vos confío y, por eso, confío en la vida que se abre delante de mi puerta. Con vos comienzo a caminar este 2022, tan incierto en su devenir concreto como portador de tu presencia, de tu Espíritu y de tu bendición.

Amén.”

Pase sanitario y libertad religiosa

Acabo de tuitear este hilo que puede ser de interés. Es sobre un posible «pase sanitario» para las celebraciones litúrgicas.

(1/6) Hilo sobre el #PaseSanitario y la libertad religiosa Me he vacunado voluntariamente. Recibí las dos dosis de la AZ. Estoy a la espera de la tercera dosis. He animado también a vacunarse. En las condiciones actuales, la vacunación es un acto moralmente lícito.

(2/6) La vacunación debe ser voluntaria, mucho más debido a que se trata de vacunas que, sin negar su eficacia, todavía están en fase experimental. Tienen reparos éticos que no pueden desoírse.

(3/6) No se puede condicionar el ejercicio de otros derechos fundamentales a la vacunación, como son: el trabajo y la justa remuneración y, en este caso, la libertad religiosa. Hay que preferir la información, la persuasión y el consentimiento informado a la coacción.

(4/6) Es comprensible que, para algunas actividades masivas, se pida un “pase sanitario” que dé cuenta de las vacunas recibidas. Para la participación en el culto – para la Eucaristía dominical, por ejemplo- no veo que la exigencia de un pase similar sea correcta.

(5/6) La libertad religiosa, de la que forma parte la libertad de culto es el primero de los derechos. Su ejercicio no puede quedar comprometido al límite de hacerlo, de hecho, imposible, como se dio en las fases más duras de la cuarentena.

(6/6) Una cuestión concreta: la dinámica de las celebraciones litúrgicas católicas (desplazamiento, intercambio, movimiento) no es la misma que la de otras reuniones sociales (fiestas, mitines, reuniones deportivas). Está probado: permiten una mayor seguridad sanitaria.

Esteban, con «E» mayúscula. Como Esperanza.

De lejos, lo mejor de este tiempo tumultuoso que vivimos como sociedad.

Escuchar, ver y sentir el discurso de Esteban Bullrich renunciando a la senaduría ha sido para mí, como para muchísimos, una corriente de aire puro. Oxígeno para el ánimo que parece languidecer.

Las palabras fueron certeras. Un discurso para volver a escuchar y rumiar. Incluso para estudiar como pieza de humanismo político. Pero, sobre todo, para justipreciar a la persona que sustenta las palabras luminosas que, más que de sus labios, salían de su vida de hombre, de creyente cristiano católico y de político.

Muestran esa grandeza que tanto extrañamos en nuestra vida social. Mucho más grande e inmensa ante tanta pequeñez, mezquindad y cortedad de plazos y de miras que parecen ser el tono dominante de la política argentina.

Aunque no solo buena parte del mundo político argentino (del oficialismo a la oposición) queda en vergüenzas ante semejante testimonio. Tampoco los otros dirigentes e “influencers” escapamos del chicotazo. También los eclesiásticos, nuestras palabras y nuestros silencios.

La política, en sí misma, es vocación de grandeza, de desmesura, de utopía: desgastarse, más que por sí mismo, por el bien y el interés común. Y, en eso, hallar la propia recompensa, incluso en el poder, deseado, buscado y conquistado con denuedo. La satisfacción interior de haber sumado.

La vocación política se hace parte, porque, necesariamente busca ese espacio de participación y lucha es es el partido político. Pero, sortenado el peligro de que la parte se convierta en facción, siempre mira al bien de todos. Esa dinámica está en el núcleo ético de la democracia que gira entorno del reconocimiento de la pluralidad de opciones políticas y su legitimidad.

De ahí la apelación al diálogo, al respeto de la diferencia, a no creerse el todo, a buscar consensos y espacios comunes.

La fraternidad reclama la política. Y no cualquier política, sino la mejor, como bien la describe el papa Francisco en Fratelli tutti.

Gracias, Esteban, por la humanidad y grandeza de tus palabras, de tu modo de pararte frente a la vida y la adversidad, por tu “amén” humilde y valiente a la vez al camino de Dios.

Creo que no te podés imaginar el bien enorme que tu renuncia está produciendo. Has abierto un espacio generoso por el que corre lo mejor del alma de nuestro pueblo.

Gracias.

El que está viniendo

«La Voz de San Justo», domingo 28 de noviembre de 2021 – Primer Domingo de Adviento

“Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.” (Lc 21, 27-28).

Comenzamos a caminar el Adviento. El Señor está viniendo a nosotros. ¡Salgamos a su encuentro!

La primera parte de este hermoso tiempo litúrgico está dominada por la esperanza grande que sostiene nuestra vida: el Resucitado, vencedor de la muerte, vendrá a consumar su obra.

Por un lado, el mundo, una y otra vez, experimenta miedo y pavor al contemplar la fragilidad de todo lo humano o la violencia que, de tanto en tanto, parece tener la última palabra sobre la historia.

Los creyentes y discípulos de Jesús no escapamos de esta experiencia, pero tenemos una certeza, dada por el mismo Señor. Es la que proclama este evangelio, y la que está en el centro de la espera del Adviento: lleno de poder y de gloria, el Hijo del hombre, Jesús el Señor, está viniendo a nosotros. De él proviene nuestra confianza, el ánimo que vence todo temor y la esperanza que sostiene nuestra vida.

Es lo que confesamos, cada domingo, en el Credo que recitamos después de la homilía, cuando expresamos nuestra fe en Jesucristo que “está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.”

Él es el término de nuestra esperanza. Su juicio es la última palabra de Dios para el mundo. Es buena y alegre noticia. Es evangelio de salvación. Esa será la última palabra que escuchará el mundo cerrando y consumando la historia: una palabra de vida, de resurrección y de salvación.

No es una espera animada por el terror o la angustia, sino por la confianza, la serenidad y la alegría de saber que todo, a pesar de todo, terminará bien.

La oración es una forma cotidiana, sencilla y al alcance de todos de vivir esta espera gozosa del Señor. Este primer domingo de Adviento te propongo rezar así:

“Señor Jesús, estás viniendo a nosotros. Siempre, a cada instante. Lo sabemos, porque es tu palabra la que enciende la esperanza en nuestros corazones. Pero somos frágiles y fácilmente nos dejamos ganar el corazón por el temor. Al iniciar, un año más, el camino del Adviento te suplicamos, por intercesión de María, de San Juan Bautista y de todos los santos que aprendieron a esperarte y a esperar en Ti, que renueves nuestro corazón en la alegría que nace de la esperanza. Amén.”