Estado y cuestiones de género

Creo que, en general, estamos de acuerdo en que el Estado vele por los derechos de las minorías. Entre ellas, de aquellas personas que no reconocen su identidad en el sexo biológico. Como todas las personas, merecen respeto y trato justo. Todos tenemos que superar actitudes y gestos injustos y vejatorios.

Lo que suena extraño es que el Estado asuma con un tono épico la difusión de las teorías de género que despiertan tantos interrogantes. Son eso: teorías que buscan comprender la realidad humana, pero que, por muchos motivos, suelen tomar una deriva ideológica que se vuelve absurdamente impositiva e intolerante.

De un tiempo a esta parte, sus conceptos, símbolos y enfoques están presentes en temas tan vacilares como familia, educación y salud. Casi sin dejar tiempo ni espacio para una recepción crítica de los mismos.

Algunos, con perspicacia e ironía, hablan de una nueva “religión de estado”.

Y no pasa solo en Argentina…

Lo cierto es que los ciudadanos, cada vez más, reaccionan con firmeza a estas políticas públicas. Mucho más al caer en la cuenta de tantas deudas que un Estado como el argentino tienen con necesidades fundamentales de la sociedad. A lo que habría que añadir -y no como dato menor- el estado de la salud integral de los ciudadanos en esta pandemia.

Tenemos que opinar con claridad y sin falsos pudores en estos temas que nos afectan a todos.

Hermana Ana

Testimonio personal para las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia

Este martes 6 de julio, al terminar la celebración de la Eucaristía en la parroquia “San José” de Devoto, la hna. Graciela me avisó por teléfono de la muerte de la Hna. Ana. 

En mi respuesta, bastante desordenada, por cierto, hice alusión a que, desde hacía un tiempo estaba imaginando que, tarde o temprano, semejante noticia iba a llegar. Hace poco más de un mes fue la pascua de mi madre. Son heridas abiertas, pero heridas según el Evangelio. 

Cuando cortamos la comunicación con la Hna. Graciela me quedé un rato en silencio. Después, espontáneamente, comencé a relatarle al párroco lo que había pasado y, sobre todo, a contarle quién era la Hna. Ana, lo que ella significaba en mi vida, la del Seminario y la arquidiócesis de Mendoza. Evoqué hechos, situaciones, personas. 

De vuelta a mi casa, mientras iba manejando, me era difícil rezar por su alma. Lo hice, por supuesto: “Dale, Señor el descanso eterno y brille para ella la Luz que no tiene fin”. Me sentía un poco incómodo. Me daba cuenta de que quería rezarle “a ella”. Y eso hice: comencé a hablar con ella, a pedirle gracias, a encomendarme a su intercesión, a suplicarle por la diócesis, por la vida… Y terminé rezando el “Te Deum”: “Señor, Dios eterno, alegres te cantamos…”

Como imaginarán, en estas horas hemos intercambiado mensajes los que la hemos conocido: un recuerdo, a la vez dolido por la partida, pero enormemente agradecido. 

“Suor Anna” ha sido para todos los que la conocimos y la tratamos, un regalo y una caricia de Dios. Personalmente, ella ha sido fundamental en mi vida de fe, como sacerdote y ahora como obispo. Siento que el Evangelio me ha llegado a través de su persona, de sus palabras y, sobre todo, de sus gestos. Me siento inmerecidamente tocado por la gracia de Dios a través de ella. El Evangelio de hoy concluía precisamente así: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10, 8). 

Las personas no somos individuos aislados. Tampoco lo ha sido la Hna. Ana. Todo lo que ella es y significa está inseparablemente unido al carisma del Espíritu que ustedes custodian y viven. Por eso, doy gracias a Dios también por el Instituto de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia. Ella, como tantas otras, han vivido el carisma con alegría, radicalidad y no sin las luchas que suponen la vida y las cosas que amamos. 

Pienso mucho en la gracia de la “pequeñez”. Define el carisma de ustedes. Viene del corazón del Evangelio: de Jesús, el que vivió como pequeño en las manos del Padre. Pido esa gracia para mí, para esta diócesis que tiene también el carisma del Poverello de Asís, san Francisco, para todos nosotros. Ahora, se lo pido al Señor por medio de la Hna. Ana.

Se los digo con toda franqueza: la Hna. Ana ha muerto “en olor de santidad”. Es el perfume del Evangelio que nosotros no inventamos, sino que lo prepara el Espíritu, como el obispo hace con el Crisma en la Misa crismal que mezcla el mejor aceite con el perfume. 

En estos tiempos verdaderamente recios, Dios no deja de acariciarnos y de hacernos sentir su presencia. Así renueva en nuestros corazones sus promesas y la esperanza que nos hace caminar. 

Saber de la pascua de “Suor Anna, la bella”, me ha dejado paz en el corazón. 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

7 de julio de 2021

Hemos conocido el Amor

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de mayo de 2021

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13).

Comenzamos a transitar el último tramo de este tiempo pascual “en pandemia” 2021. ¿Qué nos va quedando en el corazón de lo que hemos vivido?

El Evangelio de hoy puede ayudarnos a comprender nuestra experiencia del camino y a ponerle palabras.

Cincuenta días dura la conmemoración anual de la Pascua cristiana. Cincuenta días para poner de relieve o hacer emerger la Pascua que acontece en el camino de la existencia de quienes tratamos de vivir como discípulos de Jesús. El bautismo nos ha puesto en ese camino.

Por eso, nos podemos preguntar: ¿Qué nos ha pasado en el camino?  

Digámoslo con palabras del apóstol san Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.” (1 Jn 4, 16).

O, más breve: hemos conocido el Amor. Y el amor más grande: el de Dios en la entrega de Jesús, su Hijo. El Espíritu lo ha clavado en el centro de nuestro corazón. Y, por eso, todo ha cambiado para nosotros.

Ese amor grande del Dios Amigo ilumina nuestra mirada. Desde allí vemos el mundo, nuestra vida, el futuro. Hemos empezado a comprender que, allí donde hay, aunque más no sea, un pequeño movimiento de amor allí está actuando la fuerza renovadora del Resucitado.

Es bueno decirlo en este tiempo de tanta incertidumbre, pero también, de tantos gestos humanos de amor, de solidaridad, de empatía y compasión. A los ojos de la fe cristiana, todos ellos nos cuentan el Amor grande de Dios, presente y activo en el mundo.

Como los discípulos de Emaús, también nosotros estamos llamados a contar lo que hemos vivido. Al contarlo, la esperanza crece, firme y pujante, abriéndonos al futuro.

Te invito entonces a orar: “Señor Jesús resucitado, nos has llamado tus amigos. Hemos conocido el amor más grande: el que te impulsó a dar la vida por nosotros. Qué nunca dejemos morir en nosotros la gratitud y el asombro por ese amor con el que hemos sido salvados y transformados. Que se convierta en el canto nuevo que entonamos con nuestra vida. Amén”

Libertad de culto “en pandemia”

Católicos franceses reclaman: “Déjennos orar”.

Hace más de un año que, en varias diócesis del país, existen restricciones injustificadas, desproporcionadas e injustas a la libertad de culto.

¡Más de un año!

La situación en las seis diócesis de la provincia de Córdoba es, gracias a Dios, distinta. Al menos, desde junio del año pasado, cuando los obispos preparamos el protocolo vigente, nuestras comunidades han retomado las celebraciones comunitarias de la Eucaristía y demás sacramentos.

Dicho protocolo fue revisado y aprobado por la autoridad sanitaria de la provincia. Contiene indicaciones precisas y sensatas para el cuidado de la salud en dichas celebraciones. Como hemos dicho varias veces, está siendo aplicado con seriedad por nuestras comunidades cristianas.

Apoyo con vehemencia las manifestaciones de disconformidad que hermanos obispos de varias diócesis han hecho conocer en estos días, por la injustificada permanencia en el tiempo de esta restricción a la libertad de culto.

¿Se conoce realmente cómo es la dinámica del culto católico? ¿Hay aprecio verdadero por la libertad religiosa, una de cuyas componentes es la libertad de culto? ¿Se percibe que dicha libertad forma parte del núcleo sustantivo de los derechos humanos? ¿Se aprecia su valor ciudadano e incluso su alcance jurídico?

Vivimos “en pandemia” y este estado de situación parece que se prolongará en el tiempo. Es un desafío a la convivencia y a la gestión de nuestros gobernantes.

Para evitar la arbitrariedad que hemos visto en este tiempo en demasiadas ocasiones, es fundamental una intervención más seria y decisiva de los poderes legislativas del estado en todos sus niveles: municipal, provincial y nacional. También potenciar el diálogo con los actores de cada sector, en este caso, con los responsables de la vida religiosa de nuestro pueblo.  

Importa la salud de todos, especialmente de los más vulnerables. Importa que la economía funcione. Importan también otras actividades esenciales que hacen a la salud integral de las personas y de los pueblos, entre ellas, las que sostienen espiritualmente el enorme esfuerzo que significa vivir “en pandemia”.

Bienaventurados los que se dejan transformar por la fe

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de abril de 2021

“Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».” (Jn 20, 8).

Una buena tarea para este tiempo de Pascua sería buscar e identificar todas las bienaventuranzas que, del principio al final, atraviesan toda la Biblia. No solo las del Sermón de la montaña. 

El libro de los Salmos, por ejemplo, se abre con una de ellas: “¡Feliz el hombre… que se complace en la Ley del Señor y la medita de día y de noche!”. 

Los evangelios, en cierto modo, se abren y se cierran con la misma bienaventuranza: “Feliz de ti por haber creído…”, le dice Isabel a María. Y, este domingo, de labios de Jesús resucitado escuchamos su última bienaventuranza: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29). La bienaventuranza de la fe: creer en Dios, tal como se nos ha mostrado en su Verbo, Jesucristo, es la plenitud de la vida y de la felicidad. 

En nuestro uso cotidiano, la palabra “feliz” puede sonar a deseo un poco volátil, formal, inconsistente. Es algo que decimos, con afecto, por cierto, pero casi como una costumbre, al pasar: ¡Feliz cumple! 

En el lenguaje de la Biblia -el lenguaje de la fe- indica algo grande: una vida realmente lograda, completa, verdaderamente plena… según Dios. Es lo que nos da la amistad que Cristo resucitado nos ofrece. Lo experimentamos especialmente en el tiempo pascual.

Como enseñaban los Padres: todo lo que en Jesús, Verbo encarnado, era visible ha pasado ahora a los sacramentos de la Iglesia: la Palabra que escuchamos en comunidad, el Pan de la Eucaristía en el altar que es también mesa de familia, en el servicio alegre a los hermanos, en lo que de más hondo acontece en nuestro camino. Allí, en ese mundo, a la vez visible y cargado de silencio, el Resucitado se abre paso por nuestra vida. Y se da a conocer con la gratuidad del amor, interpelando nuestra libertad; esperando siempre una respuesta igualmente libre y gratuita. Nos busca, nos llama y nos espera. 

Siempre es tiempo para orar. Te invito a hacerlo así: “Señor Jesús, como tu discípulo Tomás, también nosotros te reconocemos en medio de la comunidad que Tú mismo reúnes, cada domingo, para celebrar tu Pascua. Que podamos experimentar tu presencia y, ya desde ahora, alcanzar la bienaventuranza reservada a lo que creen en Ti. Amén.”

Resurrección para Argentina

Mientras celebraba la Semana Santa, de improviso, me vino al corazón esta pregunta: en este 2021, marcado por la pandemia, ¿hay resurrección para nuestra Argentina?

Comparto los pensamientos que esta pregunta puso en marcha. Obviamente, no se trata de una respuesta exhaustiva, sino abierta, porque así es la vida… y, sobre todo, así es la experiencia de la Pascua en esta historia: un paso constante de las sombras a la luz, de la mentira a la verdad, de la muerte a la vida. Y volver a empezar.

La mirada tiene que estar fija en Cristo. Nuestra guía espiritual en esta aventura puede ser la inmensa María Magdalena, que mira hacia dentro de la tumba vacía, llorando, pero sobreponiéndose al dolor, para ser alcanzada por Jesús que pronuncia su nombre y desata la bendita tormenta del Evangelio (cf. Jn 20, 1-18).

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Cada domingo, al celebrar la Eucaristía, los cristianos profesamos nuestra fe: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”.

La resurrección es el contenido de nuestra esperanza: confesamos que la consumación de la creación y de la historia está en las manos de Dios. Así lo expresa solemnemente el Concilio Vaticano II: “Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.” (GS 39).

Claro que hay resurrección para Argentina, como para todos los pueblos de la tierra. Resurrección es el futuro de la humanidad. Y ese futuro tiene el rostro trinitario de Dios. Es don suyo, acción salvadora del Dios amor que rescata, perdona y purifica. Por eso lo escribimos con mayúsculas: nuestro Futuro es la Trinidad y nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Este Futuro es el contenido de nuestra esperanza. Lo esperamos, pero sabemos también que ya está actuando en la historia de los hombres. En esa tensión entre el “ya-todavía no” vivimos a fondo nuestra libertad.

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En este último sentido, también hay resurrección en Argentina. La Pascua de Jesús es la fuerza secreta que está actuando ya en cada atisbo de bien, de humanidad, de honestidad y de justicia que, día tras día, constituye la trama más profunda de nuestra vida como pueblo. Hay resurrección porque también cada día, la vida y la muerte luchan en un duelo admirable. Y la vida, mejor: el “Viviente”, vence.

En Argentina hay muchas cosas que huelen a muerte, a corrupción e injusticia. Es una verdad que parece no necesitar demasiada comprobación. Solo una advertencia: la potencia del mal, en todas sus formas, fascina y obnubila. Ante todo, a quienes se dejan ganar el corazón por la engañosa fascinación del pecado. Pero también, porque su fulgor enceguece para ver cuánto bien crece a nuestro alrededor. Genera así la amarga sensación demoníaca de que todo está perdido y no hay esperanza, solo un futuro gris.

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La esperanza cristiana en la resurrección de la carne abre los ojos y fortalece el corazón para emprender la tarea cotidiana de edificar la justicia. Solo hombres y mujeres animados desde dentro por una esperanza grande logran humanizar el mundo, especialmente en las circunstancias más adversas. Lo estamos comprobando en esta pandemia, cuyos verdaderos protagonistas (y hasta “héroes”) son hombres y mujeres comunes que abrazan el servicio al bien de todos, aún a riesgo de sus propias vidas.

Minorías intensas y altamente ideologizadas siguen bregando por sus utopías, ajenas a la realidad concreta. Nos prometen traer el cielo a la tierra. Promesa irrealizable que, las más de las veces, solo logra imponerse con formas inhumanas de autoritarismo y autocensuras, silenciamientos y miedos. Basta ver la pervivencia de la fascinación del socialismo colectivista. Hoy se entremezcla con el auge al parecer irrefrenable del individualismo que reduce la verdad a la medida del propio yo con sus reclamos y deseos.

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La pobreza que hoy castiga a una inmensa mayoría de argentinos (especialmente niños, jóvenes y ancianos) sigue siendo nuestra deuda más vergonzosa. No es la grieta, sino una consecuencia nefasta de nuestras desavenencias. O, mejor: de no saber gestionar los legítimos disensos y hasta proyectos de país que significa habitar una nación que crece en libertad y pluralismo. Nos pasa a los ciudadanos de a pie, pero resulta fatal cuando la dirigencia de un país vive ensimismada, desconectada de la realidad y entretenida en chicanas adolescentes, ante la mirada atónita del pueblo.

Cuando un peronista llama “gorila” a su adversario, a esta altura del partido y con tanta sangre vertida, está negándole subjetividad política. Lo mismo ocurre cuando, desde la otra orilla (la del irracional anti-peronismo), se descalifica como “cabeza de termo” u otras expresiones rebajantes, a quienes adhieren a proyectos populares.

¿Y por casa cómo andamos? Hoy por hoy, también en el variopinto mundo católico argentino, nos descalificamos unos a otros, rotulándonos de “conservadores” y “progresistas”. En definitiva, nos cuesta aceptar que tradición y profecía son criaturas del Espíritu. Su saludable tensión pertenece al alma católica de la Iglesia.

Hasta tanto no aprendamos, internalicemos y defendamos realmente el pluralismo en Argentina, la resurrección de nuestro país seguirá siendo un río subterráneo que puja por emerger, impedido siempre por la irracionalidad de quienes solo quieren imponerse e imponer su particular lectura de la realidad.

Pienso que los tiempos se agotan. La pandemia nos está dejando exhaustos. Necesitamos arbitrar caminos de consensos genuinos que, respetando las legítimas diversidades, logren identificar algunos acuerdos fundamentales mirando al futuro.

La fe en Dios vivida y celebrada en comunidad es una de esas realidades “esenciales” que hemos aprendido a defender en medio del aislamiento social: sin su potencial de esperanza, difícilmente se pueda acometer una empresa de largo alcance como esta.

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A la Iglesia como tal, y a quienes somos sus pastores, no nos corresponde una acción política directa, menos aún entre bambalinas. Nuestra aportación es una predicación fervorosa del Evangelio, que toque y temple el corazón y, secundando la acción del Espíritu Santo, despierte la mística del reino de Dios en las personas. Un verdadero liderazgo espiritual.

Lo cierto es que la Pascua que crece en el cuerpo de nuestro país ha de ser secundada por la acción misionera, consciente y responsable, de lo mejor que tiene la Iglesia: sus bautizados-confirmados, los que solemos llamar, a falta de un nombre mejor: laicos.

La resurrección de Argentina es una tarea de todos los ciudadanos, creyentes o no. Los que profesamos la fe católica nos sentimos llamados a ello desde el corazón del Evangelio: Cristo y los pobres. Ha de tener como protagonistas a los miles de hombres y mujeres laicos que se reconocen en el Evangelio de Jesucristo.

Creo además que esta pandemia está significando un aliciente y una aceleración de una aguda toma de conciencia de esa responsabilidad intransferible de cada uno en la misión compartida. “Una patria de hermanos…”, aprendimos a cantar. Ahora, nuestro Francisco, presenta la Fraternidad como una vocación que, del corazón de la Trinidad, late en el corazón de cada ser humano. Ese proyecto divino secundamos.

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Volvamos al Credo: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”. Sí: toda resurrección, empezando por la de Cristo, es obra del Aliento divino, el Espíritu vivificante. Él está obrando entre nosotros.

Bueno. Hasta aquí estas reflexiones abiertas. Las confío a la lectura de quien se anime. Pero, sobre todo, las pongo en las manos de san José, figura admirable del Evangelio, providencialmente propuesta por nuestro papa Francisco para esta hora del mundo y, por supuesto, de nuestra amada Argentina.

+ Sergio O. Buenanueva,
obispo de San Francisco.
Miércoles 7 de abril, octava de Pascua

La pregunta del Sumo Sacerdote y la fe del centurión

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de marzo de 2021, Domingo de Ramos

“¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?”, pregunta el Sumo Sacerdote a Jesús. “Sí. Yo lo soy…”, responde el Señor (cf. Mc 14, 61.62). 

También nosotros conocemos esa respuesta. Sin embargo, cada año, en la celebración anual de la Pascua, tenemos que volver a escuchar el relato de la Pasión. 

Siempre corremos el riesgo de creer que, porque sabemos el contenido doctrinal de la fe, ya, por esa razón, somos realmente discípulos de Jesús. 

Necesitamos, sin embargo, que la Pasión del Señor nos conmueva, le hable a nuestra vida, nos ponga en crisis, como a los discípulos que, llegada esa hora, lo dejan solo. 

Necesitamos contemplarlo en la humillación desnuda de la cruz, para poder confesar, como aquel centurión que lo ve morir: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15, 39).

Somos invitados a hacer nuestra la fe de aquel centurión pagano: ve al crucificado y reconoce en él al Hijo de Dios. En el humillado contempla la humildad del Dios que, de esa desconcertante forma, nos redime, desarmando toda soberbia.  Esa es nuestra fe, la fe de la Iglesia…

Hoy entramos en la Semana Santa. Dos veces escucharemos el relato de la Pasión. Este domingo, la versión de San Marcos. El Viernes Santo, la de San Juan. 

Dos relatos, un solo y gran protagonista. Dos variaciones de un mismo tema: el amor de Dios.

Te invito a orar: Señor Jesús: entramos con vos en Jerusalén para sufrir la pasión. Solo Vos podés revelarnos el misterio de la cruz. Ahora nos disponemos al silencio que contempla y ama. Te suplicamos: ¡Hablá Vos a nuestros corazones! ¡Revelanos el amor del Padre que, desde tu amor de Crucificado, quiere abrazar a todos los crucificados! Amén

La mejor promesa de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de marzo de 2021

“¡Queremos ver a Jesús!”

“Entre los que había subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús».” (Jn 12, 20-21).

A las puertas de la Pascua, también nosotros suplicamos como aquellos griegos: “¡Queremos ver a Jesús!”. Esa sed de Cristo es nuestra guía más segura. Es nuestra brújula interior.

¿Cómo lo veremos? ¿Con qué figura aparecerá ante nuestra mirada? Él mismo nos lo dice: “Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.” (Jn 12, 24).

¿Qué podemos añadir? No cabe mayor comentario: Jesús es trigo de Dios que muriendo resucita y da vida. Una de las más bellas e incisivas imágenes de la pascua: morir para vivir; solo vive el que entrega la vida por amor.

Ante nuestros ojos, el Señor aparecerá así en su hora más decisiva: la hora en que el glorificará al Padre y el Padre lo glorificará a él. Es decir, cuando aparezca en todo su esplendor la belleza de Dios: su amor hasta el fin, amor que expía el pecado y resucita para la vida.

La hora de su gloria es inminente y Jesús nos hace su promesa más hermosa: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor” (Jn 12, 26). Estar con él, compartiendo la comunión con el Padre y el Espíritu.

Señor Jesús eres trigo que se hunde en la tierra para dar fruto. Queremos ir contigo y ser tus discípulos hasta el final. Que podamos contemplar tu gloria de Hijo amado que entrega la vida, como el amigo que ama hasta el fin. Que tu Espíritu acreciente en nosotros la sed de verte y reconocerte como Señor y Salvador. Amén.

Se acerca la hora del amor hasta el fin

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de marzo de 2021

La pasión del Señor se acerca. La cruz comienza a proyectarse ya sobre el camino cuaresmal. ¿Qué vemos cuando contemplamos la cruz de Cristo?

Podemos ver aquí solamente la crueldad que se ensaña contra Jesús. Y es muy cierto: Jesús es, en cierto modo, una víctima más del poder del mal. La fe, sin embargo, nos abre los ojos para que veamos más en profundidad y contemplemos el misterio sorprendente del amor de Dios por el mundo. El amor que salva. Lo que los profetas comenzaron a vislumbrar, los discípulos de Jesús lo podemos afirmar sin lugar a duda: Dios es Padre, ama entrañablemente al mundo y no se escandaliza ni retrae frente al pecado.

Tenemos que decirlo con absoluta claridad: Dios no se complace en el dolor de sus hijos. Él no quiere el mal, ni lo procura, ni quiere ser aplacado con sufrimiento inocente. Dios sale al rescate de su criatura amada y de toda su creación para arrebatarle de los lazos del mal y de la muerte. Y en la cruz está, no un profeta más o un hombre religioso insigne, sino el mismo Hijo de Dios. La cruz es gloriosa porque en ella ha sido elevado el Hijo para que todos puedan acceder a la luz y a la vida.

La cruz es signo del amor de Dios que llega hasta el extremo de dar la vida por aquellos que ama, a los que quiere rescatar. Solo el amor expía el pecado del mundo. Un amor que siempre -al decir de Francisco- nos “primerea”. En el Crucificado ha hecho su aparición en el mundo este amor absoluto e incondicional de Dios. La fe es el Amén que nace cuando se cae en la cuenta, llenos de admiración y estupor, de ese amor hasta el extremo.

A ese Jesús crucificado y resucitado se dirige siempre la mirada de la Iglesia. Este fin de semana, recordando los ocho años de la elección como obispo de Roma del papa Francisco, tengámoslo presente. Francisco, fiel a su misión, nos señala ese norte permanente de la misión de la Iglesia. Nos señala a Cristo.

Mientras se acerca la Pascua -la hora del amor hasta el fin- podemos disponer nuestro espíritu para contemplar, en silencio, este misterio que salva al mundo. Podemos orar así: “Te alabamos y te bendecimos, Padre de misericordia, por habernos manifestado tu amor en Cristo, tu Hijo, y en el don de su Espíritu. Que nunca dejemos morir en nuestros corazones el estupor ante este misterio. Amén.”

13 de marzo de 2013: de cardenal a Papa

El cardenal Jorge Mario Bergoglio tuvo una breve intervención en una de las congregaciones generales de cardenales previas al cónclave de 2013. Fue decisiva para su elección como Papa.


La dio a conocer, en su momento, el extinto cardenal cubano Jaime Ortega.


A ocho años de aquellos acontecimientos, recordemos su contenido. Aquí su transcripción literal.

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La dulce y confortadora alegría de evangelizar

Se hizo referencia a la evangelización. Es la razón de ser de la Iglesia. – “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI). – Es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa.


1.- Evangelizar supone celo apostólico. Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.


2.- Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico. En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.


3.- La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros. Simplificando; hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas.


4.- Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de la evangelizar”.