Plegaria para el año nuevo

«La Voz de San Justo», domingo 2 de enero de 2022

“Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.” (Jn 1, 3).

¿Qué nos depara este 2022 que empezamos a transitar? No hay forma de saberlo. No manejamos el tiempo. Lo que podemos programar es siempre menos que lo que nos sorprende y descoloca. Me animo incluso a decir que es bueno que así sea.

Nada de lo que existe, sin embargo, cae fuera del radio de acción de un Dios creador y salvador que, por medio de su Verbo (su Palabra), ha hecho todo y, de la misma manera, todo lo sostiene y conduce a su plenitud.

Lo que sí podemos hacer entonces es predisponernos para vivir intensamente lo que tenemos por delante.

Para un cristiano no es materia opcional. Es la actitud de fondo de la vida, aquella que caracterizamos como fe, esperanza y amor, regalos de Dios confiados a nuestra libertad.

Y la actitud cristiana frente a la vida se alimenta, cada día, de la plegaria. Al acercarnos al pesebre, los invito a fijar la mirada en el Niño que duerme en él. Y a dirigirle nuestra oración más humana, simple y esperanzada. Yo lo hago con estas palabras que comparto con ustedes, una plegaria para este 2022 que se nos ofrece como camino a transitar:

“Jesús: ¡parece mentira! Te veo ahí y así: pequeñito, sereno y durmiendo plácidamente.

Sos el Verbo de Dios realmente humanizado, hecho uno de nosotros, hecho “carne y sangre” de esta humanidad mía que, en ocasiones me pesa o me sonroja.

Tentado como estoy de la desconfianza, en un tiempo que combina soberbia y depresión, conformismo y sed de infinito, contemplarte así reaviva en mí la fuerza de la vida que tu Padre creador ha puesto en lo más hondo de mi alma.

Sos la mano tendida del Padre a la humanidad caída. Ya ahí, en el pesebre, empezás a deletrear la palabra definitiva que será pronunciada en la mañana de Pascua: resurrección, vida plena y bienaventurada.

Sí, Jesús, en vos confío y, por eso, confío en la vida que se abre delante de mi puerta. Con vos comienzo a caminar este 2022, tan incierto en su devenir concreto como portador de tu presencia, de tu Espíritu y de tu bendición.

Amén.”

Pase sanitario y libertad religiosa

Acabo de tuitear este hilo que puede ser de interés. Es sobre un posible «pase sanitario» para las celebraciones litúrgicas.

(1/6) Hilo sobre el #PaseSanitario y la libertad religiosa Me he vacunado voluntariamente. Recibí las dos dosis de la AZ. Estoy a la espera de la tercera dosis. He animado también a vacunarse. En las condiciones actuales, la vacunación es un acto moralmente lícito.

(2/6) La vacunación debe ser voluntaria, mucho más debido a que se trata de vacunas que, sin negar su eficacia, todavía están en fase experimental. Tienen reparos éticos que no pueden desoírse.

(3/6) No se puede condicionar el ejercicio de otros derechos fundamentales a la vacunación, como son: el trabajo y la justa remuneración y, en este caso, la libertad religiosa. Hay que preferir la información, la persuasión y el consentimiento informado a la coacción.

(4/6) Es comprensible que, para algunas actividades masivas, se pida un “pase sanitario” que dé cuenta de las vacunas recibidas. Para la participación en el culto – para la Eucaristía dominical, por ejemplo- no veo que la exigencia de un pase similar sea correcta.

(5/6) La libertad religiosa, de la que forma parte la libertad de culto es el primero de los derechos. Su ejercicio no puede quedar comprometido al límite de hacerlo, de hecho, imposible, como se dio en las fases más duras de la cuarentena.

(6/6) Una cuestión concreta: la dinámica de las celebraciones litúrgicas católicas (desplazamiento, intercambio, movimiento) no es la misma que la de otras reuniones sociales (fiestas, mitines, reuniones deportivas). Está probado: permiten una mayor seguridad sanitaria.

Esteban, con «E» mayúscula. Como Esperanza.

De lejos, lo mejor de este tiempo tumultuoso que vivimos como sociedad.

Escuchar, ver y sentir el discurso de Esteban Bullrich renunciando a la senaduría ha sido para mí, como para muchísimos, una corriente de aire puro. Oxígeno para el ánimo que parece languidecer.

Las palabras fueron certeras. Un discurso para volver a escuchar y rumiar. Incluso para estudiar como pieza de humanismo político. Pero, sobre todo, para justipreciar a la persona que sustenta las palabras luminosas que, más que de sus labios, salían de su vida de hombre, de creyente cristiano católico y de político.

Muestran esa grandeza que tanto extrañamos en nuestra vida social. Mucho más grande e inmensa ante tanta pequeñez, mezquindad y cortedad de plazos y de miras que parecen ser el tono dominante de la política argentina.

Aunque no solo buena parte del mundo político argentino (del oficialismo a la oposición) queda en vergüenzas ante semejante testimonio. Tampoco los otros dirigentes e “influencers” escapamos del chicotazo. También los eclesiásticos, nuestras palabras y nuestros silencios.

La política, en sí misma, es vocación de grandeza, de desmesura, de utopía: desgastarse, más que por sí mismo, por el bien y el interés común. Y, en eso, hallar la propia recompensa, incluso en el poder, deseado, buscado y conquistado con denuedo. La satisfacción interior de haber sumado.

La vocación política se hace parte, porque, necesariamente busca ese espacio de participación y lucha es es el partido político. Pero, sortenado el peligro de que la parte se convierta en facción, siempre mira al bien de todos. Esa dinámica está en el núcleo ético de la democracia que gira entorno del reconocimiento de la pluralidad de opciones políticas y su legitimidad.

De ahí la apelación al diálogo, al respeto de la diferencia, a no creerse el todo, a buscar consensos y espacios comunes.

La fraternidad reclama la política. Y no cualquier política, sino la mejor, como bien la describe el papa Francisco en Fratelli tutti.

Gracias, Esteban, por la humanidad y grandeza de tus palabras, de tu modo de pararte frente a la vida y la adversidad, por tu “amén” humilde y valiente a la vez al camino de Dios.

Creo que no te podés imaginar el bien enorme que tu renuncia está produciendo. Has abierto un espacio generoso por el que corre lo mejor del alma de nuestro pueblo.

Gracias.

El que está viniendo

«La Voz de San Justo», domingo 28 de noviembre de 2021 – Primer Domingo de Adviento

“Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.” (Lc 21, 27-28).

Comenzamos a caminar el Adviento. El Señor está viniendo a nosotros. ¡Salgamos a su encuentro!

La primera parte de este hermoso tiempo litúrgico está dominada por la esperanza grande que sostiene nuestra vida: el Resucitado, vencedor de la muerte, vendrá a consumar su obra.

Por un lado, el mundo, una y otra vez, experimenta miedo y pavor al contemplar la fragilidad de todo lo humano o la violencia que, de tanto en tanto, parece tener la última palabra sobre la historia.

Los creyentes y discípulos de Jesús no escapamos de esta experiencia, pero tenemos una certeza, dada por el mismo Señor. Es la que proclama este evangelio, y la que está en el centro de la espera del Adviento: lleno de poder y de gloria, el Hijo del hombre, Jesús el Señor, está viniendo a nosotros. De él proviene nuestra confianza, el ánimo que vence todo temor y la esperanza que sostiene nuestra vida.

Es lo que confesamos, cada domingo, en el Credo que recitamos después de la homilía, cuando expresamos nuestra fe en Jesucristo que “está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.”

Él es el término de nuestra esperanza. Su juicio es la última palabra de Dios para el mundo. Es buena y alegre noticia. Es evangelio de salvación. Esa será la última palabra que escuchará el mundo cerrando y consumando la historia: una palabra de vida, de resurrección y de salvación.

No es una espera animada por el terror o la angustia, sino por la confianza, la serenidad y la alegría de saber que todo, a pesar de todo, terminará bien.

La oración es una forma cotidiana, sencilla y al alcance de todos de vivir esta espera gozosa del Señor. Este primer domingo de Adviento te propongo rezar así:

“Señor Jesús, estás viniendo a nosotros. Siempre, a cada instante. Lo sabemos, porque es tu palabra la que enciende la esperanza en nuestros corazones. Pero somos frágiles y fácilmente nos dejamos ganar el corazón por el temor. Al iniciar, un año más, el camino del Adviento te suplicamos, por intercesión de María, de San Juan Bautista y de todos los santos que aprendieron a esperarte y a esperar en Ti, que renueves nuestro corazón en la alegría que nace de la esperanza. Amén.” 

Rey de la Verdad

«La Voz de San Justo», domingo 21 de noviembre de 2021

“Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).

Estas palabras de Jesús las oye Pilatos, pero están dirigidas a nosotros.

Al concluir el año litúrgico, miremos fijamente a nuestro Rey Jesús. Veámoslo como lo ve -intrigado e inquieto, por cierto- el poderoso gobernador romano: un Rey humillado y escarnecido, pero misteriosamente dueño de sí, majestuoso y Señor.

Él es Rey porque es la Verdad que viene del corazón del Padre. Es Rey porque dice la Verdad. No cualquier verdad, por importante e imprescindible que esta sea, sino porque revela la Verdad que anhela el corazón humano: la Verdad sobre Dios, sobre la vida y sobre la salvación.

Es el Cordero de Dios a punto de ser inmolado por nosotros. Es la manifestación viva del único verdadero poder que merece ese nombre: el amor hasta el fin, la misericordia y la compasión.

Es el amor de Dios. El único que puede realmente salvar.

Nosotros, como también Pilatos, no nos convencemos de que las cosas sean así. En el fondo de nuestro corazón seguimos anhelando demostraciones de fuerza, vencer por la prepotencia y el dominio, imponer la propia voluntad.

Nos interpela el Dios humilde que se deja entregar en manos de los pecadores. Sin embargo, después de haber celebrado, a lo largo del año, el misterio de Cristo Salvador, quedémonos en oración silenciosa ante este Jesús, rey humilde que gobierna anunciando la verdad y entregando la vida.

En el silencio de nuestra oración dispongamos el corazón para que el mismo Cristo rey nos lo explique.

Podemos orar así: “Señor Jesús, estás en las manos de Pilatos. Quisiéramos que, aunque más no sea por un instante, manifestaras todo tu poder y tu fuerza. Sin embargo, callas y te dispones al sacrificio. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo y nos das la paz: con tu sola presencia, convéncenos y desarma toda soberbia de nuestro corazón. Rey del mundo: toma posesión de lo que te pertenece. Amén.”

Don Orione: cien años después

«La Voz de San Justo», domingo 14 de noviembre de 2021

“Ya he aceptado en Avellaneda a nuestros primeros patrones, los primeros pobres. Un ex capitán salido de la cárcel, por un grave hecho de sangre, que tiene mi edad y es argentino. Un niño de 10 años, cuyo padre asesinó a la madre y después se suicidó. El pequeño desde hacía dos años vivía perdido por las calles de Buenos Aires, mendigando; fue encontrado por la policía una noche en la calle, medio muerto de frío, (aquí estamos en pleno invierno). Los diarios han hablado del caso y fui a buscarlo a las 11 de la noche a una comisaría que está en los márgenes de la ciudad. Es hijo de españoles. Fue lavado y vestido a nuevo, ahora parece otro, ¡pobre muchacho! No paraba de comer en los primeros días. Tenemos un napolitano con una pierna media abierta… Una mujer protestante, francesa, tan delgada que no pesa más de 35 kilos… Otra que es calabresa, abandonada por los hijos… Deo Gratias!”

Así describía Don Orione los primeros pasos del Pequeño Cottolengo de Avellaneda. Es una carta de 1935. Pero la cosa había empezado antes. Más precisamente el 13 de noviembre de 1921, hace exactamente cien años. Ese día, Don Luis Orione desembarcaba en el puerto de Buenos Aires, poniendo en marcha una verdadera “revolución de la ternura”, al decir del papa Francisco. 

Este aniversario coincide con la Vª Jornada Mundial de los Pobres. Este año, con el lema evangélico: «A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14,7). Estas palabras de Jesús no indican resignación ante la fatalidad. Son una provocación para descubrir al Dios de los pobres. Al Padre de Jesús se lo encuentra precisamente involucrándose con los pobres y vulnerables. “Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos.”, enseña el papa Francisco. 

Es lo que comprendió y vivió Don Orione. Es lo que sigue haciendo su familia espiritual. Aquí, en la diócesis de San Francisco, el carisma orionita sigue dando preciosos frutos de Evangelio. Damos gracias a Dios por ello. 

El don nos provoca e interpela, especialmente a los discípulos de Cristo: ¿es nuestra la experiencia evangélica de Don Orione? ¿O necesitamos una sincera conversión del corazón? ¿Estamos buscando a Dios donde Él quiere ser encontrado o donde nosotros pretendemos ubicarlo? 

Es bueno que lo pensemos este domingo en el que, también por una providencial coincidencia, tenemos que acudir a las urnas para elegir a nuestros legisladores. El Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los otros espacios deliberativos son ámbitos privilegiados para tejer los acuerdos que nos permitan ver luz en el horizonte de nuestro futuro. 

La opción evangélica por los pobres, como la vivió Don Orione, nos ofrece un preciso lugar desde donde soñar con una Argentina más fraterna. 

Elecciones legislativas 2021

Los argentinos estamos nuevamente frente a un proceso electoral: la decisiva elección de nuestros legisladores.

Somos un país de tradición caudillista que eleva al líder de turno por encima de todo. El culto a la personalidad es un mal muy arraigado entre nosotros. Un mal que nos hace mal.

Esto hace que estas elecciones de legisladores parezcan de menor importancia frente a la elección de quienes ejercen el poder ejecutivo. Las llamamos de “medio término”, casi como diciendo: “de medio pelo”.

Si a eso le sumamos la fatal “lista sábana” que sigue siendo la práctica más extendida, a la minusvaloración del hecho de elegir a los “hacedores de leyes”, se suman la elección a dedo de los candidatos y la falta de democracia interna de los partidos y coaliciones.

La pandemia añade además un condimento preocupante: el descrédito de la clase política parece haberse acentuado peligrosamente.

Algunos medios -demasiados para mi gusto- parecen encontrar un incomprensible placer en echar sal en las heridas, potenciando la grieta con sus polarizaciones, exacerbaciones e irracionalidades. La lucha política pasa a ser una guerra entre el bien y el mal que enardece y enceguece.

Es un combo peligroso: desconfianza, hartazgo, incertidumbre y miedo por el futuro. El voto parece menos un acto racional que emocional, en el que pueden pesar más la polarización o el deseo de castigar.

En muchos ciudadanos cunde el desasosiego. Esto es peligroso, porque puede ir de la mano de la búsqueda de atajos simplistas que les abren la puerta a propuestas irracionales e irreales, fuente segura de nuevas decepciones.

Tenemos que decir, por el contrario, que elegir a los hombres y mujeres que nos representarán en el Congreso, las legislaturas provinciales o en los concejos deliberantes es un MOMENTO FUNDAMENTAL de nuestra democracia.

Hacer leyes justas, sabias y realmente transformadoras de la realidad no es tarea de improvisados. Es una labor que supone ciencia y conciencia, vida virtuosa y una profunda comprensión de la condición humana.  

Entonces, creo que es oportuno que cada uno de nosotros, ciudadanos, nos preguntemos: ¿por qué voto a los que voto? ¿Qué criterios uso para mi elección en el cuarto oscuro? ¿Qué ideas, valores e intereses, sentimientos y objetivos?

Los que somos cristianos -en mi caso, cristiano católico- sabemos que acudir a las urnas es un preciso deber ciudadano que forma parte de nuestra responsabilidad ante Dios por el bien común. Un deber que se inspira en el Evangelio de Jesús con sus innegables imperativos morales: amor al prójimo, búsqueda de la justicia, opción por los pobres, compasión por el que sufre, dignidad del trabajo; libertad para creer, pensar y hablar, para elegir el propio proyecto de vida, etc.

Obviamente no voy a decirle a nadie por quién votar. Si lo hiciera o lo insinuara haría gala de un clericalismo infantilizante. Somos libres. Somos ciudadanos. Seamos libres. Seamos ciudadanos.

Solo diré que, mirando el difícil camino que tenemos por delante, como ciudadano, como cristiano y como obispo no voy a dejar de alentar la búsqueda de algunos grandes consensos políticos para afrontar ese camino. Una pregunta, incisiva y obsesiva, al menos a mí, me inspira e inquieta: ¿Qué Argentina queremos dejarles a las nuevas generaciones que están creciendo?

No falta grandeza de alma en nuestro pueblo. Tampoco en muchos de sus dirigentes de todo el espectro político, cultural o social. Animémonos a mirarnos a los ojos con sinceridad, depongamos mezquindades y dejémonos ganar por un genuino patriotismo.

Tenemos por delante años duros de reconstrucción, de verdades dolorosas y decisiones valientes. Una cosa es ganar elecciones y construir poder (o prepotencia, que no es lo mismo); otra, muy distinta, saber gobernar con mirada amplia y de largo alcance.

El Congreso, las legislaturas provinciales y los otros ámbitos deliberativos son espacios fundamentales para esa empresa común. Ojalá que podamos activarlos, sentando en esos lugares a los mejores hombres y mujeres, que sepan hablar, debatir y hacerse cargo de sus opciones.

Como discípulo de Cristo sé, a ciencia cierta, que no nos faltará la asistencia del Espíritu Santo para sostener este y todos los esfuerzos que sean necesarios para un genuino desarrollo humano de la Patria Argentina. Al Espíritu invoco entonces, y a la intercesión de la Virgen, de Brochero y Esquiú.

Francisco de Asís, imagen de Cristo

De San Francisco de Asís se ha dicho -y con razón- que ha sido la más perfecta imagen de Jesucristo que ha conocido el cristianismo. 

Vivió el Evangelio “sin glosas”, sin comentarios que lo aguaran. 

Esto es tan así que el mismo Cristo le regaló, al ir concluyendo su camino en esta vida, todas las cicatrices de su pasión.

Francisco quedó transfigurado en otro Cristo, como lo presenta el panel central de nuestra estupenda Iglesia catedral. 

Una gracia extraordinaria que, sin embargo, nos habla de la meta del camino ordinario de la vida cristiana. 

Es el dinamismo que pone en marcha el bautismo, que potencia la confirmación y que se alimenta de la Palabra y la Eucaristía: identificarnos con Jesús, configurándonos con él, en cuerpo y alma.

Potente mensaje para nuestra ciudad, para nuestra diócesis y para cada uno de nosotros. 

El nombre de Francisco de Asís que lleva nuestra diócesis desde hace sesenta años es también un regalo de Dios. Es, sobre todo, un programa de vida…

Caminar, siempre caminar… con Él

«La Voz de San Justo», domingo 19 de septiembre de 2021

“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.” (Mc 9, 37).

El evangelio de este domingo resalta el contraste entre el Maestro y sus discípulos: Jesús ha resuelto decididamente entregar la vida y hacia ese destino camina; los discípulos discuten quien es el más importante, quién es el primero.

Están en otra. Están en frecuencias distintas. Los discípulos no entienden demasiado qué quiere realmente Jesús. Es más: tienen una fuerte resistencia interior al modo cómo encara su misión. Sin embargo, lo siguen, caminan con él. La atracción de su persona es más fuerte.

Es así también con nosotros, que somos (o intentamos ser) sus discípulos. Jesús, a la vez, atrae, convence y desconcierta al mejor plantado. Como se dice hoy: está siempre desafiándonos para que salgamos de nuestra “zona de confort”.

Jesús anuncia la pasión que le aguarda en Jerusalén y termina identificándose con un niño pequeño. Así está en medio de nosotros. Así está en las manos del Padre. Así tenemos que buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

En definitiva, que nos cueste comprender a Jesús y su mensaje no es lo más grave. Es casi lo normal. Lo que hay que dar por sentado. Lo verdaderamente trágico sería, a causa de esa torpeza nuestra, dejar de caminar con él, dejándonos vencer por el desánimo.  Hay que caminar, siempre caminar con Él. En ese camino compartido se juega todo.

La experiencia cristiana es la de un Dios que ama la pequeñez y se siente más cómodo entre los humildes, los últimos y los más vulnerables, hasta hacerse uno de ellos. Ese es también el camino de su Iglesia y, en ella, de cada uno de los discípulos.

María cantó la grandeza del Señor “porque ha mirado la pequeñez de su servidora”. Ella nos educa en la escuela del Evangelio.

Inspirados en esta Palabra buena que hoy nos alcanza, te invito a rezar así: “Padre que amas a los pobres y pequeños: que el Espíritu de tu Hijo abra nuestros corazones para recibir tu Reino, con la misma disponibilidad y confianza de los niños. Amén.”

El beato Esquiú: fe que dignifica

Fray Mamerto Esquiú ya es beato. Para gloria de Dios y alegría de la Iglesia en Argentina. Una alegría que vale la pena disfrutar a pleno.

Esquiú es parte de ese mosaico luminoso que son los santos y beatos argentinos. También los que están en carrera para ser reconocidos como tales por la Iglesia.

Se trata de un mosaico en construcción. Y el artista que lo plasma es el mejor: el Espíritu Santo. Con una destreza inigualable va colocando en su lugar cada una de las teselas que, contempladas con la adecuada distancia y perspectiva, van componiendo el mosaico de la santidad en Argentina.

Si contemplamos ese conjunto nos sorprende ver admirablemente realizado, en cada uno y en la figura completa, aquel “núcleo inspirador” del que hablaban las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización de 1990: “la fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, […] como un potencial que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre.” (LPNE 16).

Una síntesis admirable que, sin dudas, es una gracia que Dios nos regala. Pero, por lo mismo, una misión que nos compromete.

Los católicos argentinos estamos llamados a vivir esa misma calidad de experiencia creyente en las circunstancias cambiantes de lugar y tiempos que la Providencia ha dispuesto para nosotros. Vivir esa síntesis de Evangelio en el hoy de nuestra Argentina. Como, en su momento, lo hizo el beato Esquiú… y Brochero… y Madre Tránsito… y, más atrás en el tiempo, la beata Antula.

¡Cuántos padres y madres de nuestra Argentina, dando a luz a aquella soñada “patria de hermanos”, con la fecundidad del humanismo cristiano que brota del Evangelio!

El “orador de la Constitución” no cayó del cielo. Tiene tras de sí una experiencia intensa, rica y personalmente asimilada de la fe cristiana. La semilla fue puesta en Piedra Blanca, su catamarqueña tierra natal. Sus padres, su familia y sus maestros la sembraron, guiados por la mano invisible del Divino Orfebre. En la familia franciscana terminó de fraguar esa rica amalgama de Evangelio y humanidad.

El beato Mamerto es un hombre fogueado por dentro por el fuego del Evangelio. Ha tocado su alma, su inteligencia, su conciencia y su libertad. Ha transfigurado sus sentimientos y su modo de vivir como cristiano, como fraile menor de San Francisco y, finalmente, como obispo diocesano.

Me pregunto si su breve pero intenso ministerio episcopal en nuestra Córdoba no solo fue antecedido por sus cincuenta y cuatro años de vida, sino preparado para que, en el tiempo de Dios y no de los hombres, dé el fruto que Cristo espera y promete para los que viven y permanecen en Él.

Así son los tiempos de Dios, que ve más lejos, más hondo y más certeramente. Y esa mirada la comparte con aquellos hombres y mujeres que son los santos.

Necesitamos esa mirada. La necesita nuestra Patria Argentina.

Argentina no está sin rumbo. En los corazones de la inmensa mayoría de argentinos y argentinas sigue vivo el deseo de justicia, de futuro y de dignidad. Ese deseo es la brújula interior que Dios ha puesto en nuestros corazones. Por eso buscamos vivir, estudiar, trabajar, amar y celebrar.

Y en los jóvenes reales, ese norte interior está más vivo que nunca. No nos permitamos dudarlo.  

Los que parecen sin rumbo son algunos dirigentes, seducidos por el espejismo de lo que yo llamo: el “país marihuana”. Prometen lo que la política no puede dar: una felicidad más bien de bajo tono, burguesa y hedonista.

A la política le toca trabajar a fin de que se generen las condiciones que le permiten a cada persona, a cada familia y comunidad, a toda la sociedad, alcanzar su pleno desarrollo humano. Es lo que la tradición del humanismo cristiano llama: el “bien común”.

La felicidad (en clave cristiana: el gozo de la “bienaventuranza”) es fruto maduro de una vida vivida a fondo, sin escaparle al trabajo duro y al sacrificio exigente, desde la conciencia y empeñando la propia libertad en el amor.

Esquiú lo comprendió, lo vivió y lo propuso con maestría.