Del desierto a la montaña

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de febrero de 2021

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.” (Mc 9, 2-4).

El pasado domingo íbamos con Jesús al desierto. Hoy nos sumamos a Pedro, Santiago y Juan que, con Jesús, suben a la montaña. Si el desierto es lugar de prueba, la montaña lo es de la revelación de Dios.

Allí, con el horizonte infinito del cielo, el Dios vivo se da a conocer, se muestra, sale al encuentro, busca a sus amigos.

Por eso, en la montaña santa, el Padre nos revela a Jesús. Nos permite contemplar su misterio: él es el Hijo muy querido, el profeta que ha de ser escuchado. Hijo amado, Palabra de vida y mano tendida que busca la reciprocidad de sus hijos: amistad y alianza.

Estos mismos discípulos serán también testigos de su humillación: lo verán en la cruz, aparentemente derrotado por sus enemigos. Sin embargo, no deben dejarse ganar por la desesperanza. La verdadera y definitiva transfiguración del Señor será su pascua: la muerte dará paso a la vida, la humillación a la resurrección.

Cada año, en este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el misterio luminoso de la transfiguración del Señor. Y lo hace para animarnos a la esperanza en medio de las dificultades de la vida.

Te invito a orar. La oración es diálogo de amistad con Aquel que sabemos que nos ama, diría santa Teresa de Jesús, que de oración, amor y encuentro sabía… y mucho.

Te comparto esta oración que podés hacer tuya, completándola también con tus propias palabras: “Señor Jesús, como a Pedro, Santiago y Juan, tomanos de la mano, llevanos contigo al monte santo y transfigurate ante nuestros ojos. Que tu luz divina pase a través de tu santa humanidad y nos transfigure el corazón. Amén.”

Cuaresma 2021: con Jesús en el desierto

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de febrero de 2021

“En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.” (Mc 1,12-13)

¿Cuál es la tentación más insidiosa a la que podemos ser sometidos?

La Escritura nos responde con el relato del primer pecado (cf. Gn 3): Adán y Eva desconfiaron de Dios y, con esa sombra gris en sus corazones, buscaron edificar su vida solos, sin Dios.  

Esa desconfianza en las verdaderas intenciones de Dios (hábilmente explotada por la serpiente) los llevó a sentirse autosuficientes. Esa fue su perdición.

De algún modo, esa es la esencia de toda tentación y de todo pecado: ver en Dios a un un rival o una amenaza para la propia vida. Y, con ese miedo en el alma, huir de Él, darle la espalda y pretender edificar la vida sin Él.

Por eso, el Espíritu empuja a Jesús al desierto. En cierto modo, Jesús ha ido hasta el fondo de esa prueba humana. Allí, en el desierto, experimentará el límite, pero, sobre todo, sentirá la presencia del Dios vivo. No un rival o una amenaza, sino un aliado, un compañero de camino, una fuente de vida y de libertad. En suma: su Padre.

Vencerá así donde Adán y Eva fueron vencidos.

En el desierto, Jesús comenzará a recuperar para todos nosotros la armonía perdida de toda la creación. “Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían”, comenta el evangelista (Mc 1, 13).

Y, de esa experiencia en el desierto, Jesús volverá con el fuego del Espíritu en su corazón y en sus labios. Toda la misión de Jesús se comprende desde aquí: reconstruir en el corazón de los hombres esa misma experiencia de Dios como Padre.

La Cuaresma nos invita a un intenso ejercicio de confianza filial. También a nosotros, el Espíritu de Jesús nos lleva al desierto para rehacernos como hijos y hermanos.

Te invito a rezar: En ocasiones, Señor, la confianza en Dios parece languidecer en nuestros corazones. Esa tentación se vuelve más aguda en medio de la oscuridad de las pruebas de la vida. Hoy te contemplamos, Jesús, en el desierto y probado como nosotros. Tómanos de la mano y llévanos contigo hacia el seno del Padre. Que sintamos tu Espíritu en nosotros. Es gracia que te pedimos para el camino cuaresmal que estamos iniciando. Amén. 

Desterrar la violencia

Suena a aguafiestas, pero hay que decirlo: nunca vamos a poder erradicar de manera absoluta la violencia de la convivencia humana en esta historia. Quienes han pretendido hacerlo han recaído en formas incluso más inhumanas de violencia. 

¿Qué hacemos? ¿Tenemos que resignarnos? ¿Qué respuesta inspira el Evangelio de Cristo?

Dios no se ha desentendido del sufrimiento a causa de la violencia. Ha tomado parte: se ha puesto del lado de las víctimas y, haciendo así, le ha puesto un límite al mal. Lo ha vencido de raíz. Esa es la Pascua de Cristo que nos aprestamos a celebrar. 

En este punto, el humanismo cristiano es realista, porque cree en Dios y está sostenido de la esperanza más fuerte: la que se funda en Cristo y en la potencia de su redención que está actuando en el mundo. Y, porque tiene esa fe en Dios, se acerca al hombre real, también con confianza y optimismo. Sabe que el Espíritu trabaja en el corazón humano para que la Pascua de Jesús venza en esta historia nuestra, injusta y frágil, toda forma de violencia. 

Por eso, por una parte, desconfía de las soluciones automáticas, meramente políticas o ideológicas, que prescinden de la conciencia y la libertad humanas, refugiándose en el moralismo puritano con sus consignas sesgadas y simplistas.

El humanismo cristiano nos advierte que tenemos que estar siempre atentos a lo que ocurre en el corazón, porque, como enseña Jesús con perspicacia humano-divina: “es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (Mc 7, 21-22).

Solo si nos enfocamos en esa dirección, las necesarias transformaciones culturales, políticas e incluso jurídicas tienen posibilidad real de alcanzar su meta de mejorar la calidad de la civilización que construimos entre todos. De lo contrario, corremos el riesgo de querer edificar una casa empezando por el techo. 

Toda construcción de justicia y de bien jamás es definitiva. Cada generación tiene que volver a hacer, con acentos y urgencias nuevos, su opción por el bien posible, aquí y ahora.

En este sentido, la pedagogía del Evangelio es escuela de paciencia. Tiene como meta ayudar a crecer en las virtudes: en ese trabajo nunca acabado de habituarse a obrar bien y a encontrar gusto en ser buenos y justos. 

Edificar es siempre una tarea ardua que supone sabiduría y magnanimidad, perseverancia y resiliencia. Es tarea de hombres y mujeres sostenidos desde dentro por una gran esperanza. Para los cristianos, esa esperanza tiene nombre y rostro: Jesús, el Señor y la vida trinitaria a la que nos conduce su Espíritu.

En camino de conversión

Homilía en la catedral de San Francisco – Miércoles de ceniza 17 de febrero de 2021

Invitándonos a la limosna, la oración y el ayuno, Jesús nos insiste en que realicemos estas prácticas “en lo secreto”. Y tres veces señala: “y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (cf. Mt 6, 4.6.18).

El camino cuaresmal es un camino de conversión bajo la mirada bondadosa de Dios. Su amor guarda nuestra existencia.

Solo sus ojos de Padre crean el espacio para una verdadera conversión.

En breve, recibiremos sobre nuestras cabezas la ceniza, con la invitación a convertirnos y creer en el Evangelio de Jesús.

Nos alienta la voz del profeta: “Ahora dice el Señor: Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos […]” (Joel 2, 2). Y es la gracia que suplica la Iglesia al Señor: “concédenos iniciar con el santo ayuno cuaresmal un camino de verdadera conversión […]” (Colecta del Miércoles de ceniza).

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Miércoles de ceniza 2020

¿Qué significa “conversión”?

Es un cambio de vida, de mentalidad.

Más precisamente, es la transformación del modo como miramos nuestra vida, cómo encaramos las cosas, cómo nos paramos frente a nosotros mismos, nuestra historia (pasado, presente y futuro), la fragilidad y, llegada la hora, nuestra propia muerte.

Un cambio desde la experiencia de Dios, de su Palabra y su llamada que nos llega desde fuera, pero también de su Espíritu que nos mueve desde dentro.

Los autores espirituales suelen distinguir la primera de la segunda conversión.

En la primera conversión, la persona, movida por la gracia, se siente impulsada a abandonar una forma de vida inmoral e incongruente con el Evangelio y los diez mandamientos. Es un primer paso.

La verdaderamente decisiva es la segunda conversión. En ella, la centralidad la tiene el encuentro con Cristo que resulta tan intenso que termina determinando la orientación de la propia vida. Toca la propia conciencia, la libertad, los sentimientos y las actitudes.

El punto central es este: el bautizado comienza a sentirse interpelado por Jesús, el Señor.

Lo experimenta como un “Tú viviente” que lo interpela, lo llama y, de una forma sorprendente, le manifiesta su amor de predilección, absoluto e incondicional, firme y gratuito.

Es vida transformada por un encuentro.

Ni una ni otra ocurren, de ordinario, de una vez para siempre. La conversión es un camino que siempre estamos transitando, con altibajos, subidas y bajadas; avances y retrocesos. Algo es claro: no nos es dado controlar ese camino, pues es obra maestra del Espíritu que actúa discreta y silenciosamente en nosotros. Hay que dejarlo obrar…

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Hay así una conversión moral, por la que comprendemos que hay opciones, actitudes y criterios de vida que no son los de Jesús y su Evangelio, aunque puedan ser valorados como lo normal, lo que todos hacen, lo sensato según el espíritu del tiempo. El Espíritu nos escuece por dentro, nos intranquiliza e incomoda en la conciencia: “No está bien lo que estás haciendo… Tenés que darle otro rumbo a tu vida”.

Junto a esta existe también la conversión intelectual. A todos nos suele pasar: el paso del tiempo, la experiencia de la vida, una luz más penetrante recibida del Evangelio nos hace cambiar de ideas, de criterios de vida y de valoración.

En la experiencia cristiana, empezamos a ver el mundo con los ojos de Dios. Por eso, junto con la gracia santificante, el Espíritu enriquece nuestra vida con los dones de sabiduría, de ciencia y de inteligencia. San Pablo dirá: vamos adquiriendo la mente de Cristo.

Muy unida a estas dos anteriores, especialmente a la conversión intelectual, está la conversión religiosa o teologal. Es una gracia enorme del Espíritu Santo, que Dios regala a manos llenas. Es decisiva.

Normalmente está asociada a una profunda crisis humana y espiritual: he agotado todos los medios; yo mismo me siento derrotado, en ascuas y al límite de mis fuerzas. Es más: no es extraño que esta conversión sea el reverso de una caída muy honda, de experimentar la miseria humana, esa matriz de pecado que nos habita (el egoísmo, el narcisismo, la imposibilidad de liberarnos de la opresión del propio yo).

Es entonces que ocurre lo fundamental: allí, en el fondo de mi pobreza y miseria, habiendo descendido a mis propios infiernos interiores, Dios me está esperando con el rostro luminoso de Cristo resucitado que ha asumido toda nuestra debilidad.

Lo que cambia es la imagen de Dios en mi corazón: de una divinidad fría y a la que tengo que conquistar con mis méritos y esfuerzos, me dejo ganar el corazón por el Dios amor, ternura, compasión, gratuidad y perdón.

Comienzo entonces a vivir desde las virtudes teologales: desde la fe que abre a Dios, me da una esperanza viva, sólida y sustanciosa; y que fructifica en el amor, que trae consigo la paz y la alegría, la mansedumbre y la amabilidad.

Puedo sentir muchas cosas: inquietud, turbación interior, sequedad o desgano. Pero, en lo hondo del alma, experimento la certeza de la fe que nos da esperanza y que nos mueve al amor: soy amado, tengo esperanza; a pesar de todo, confío y me entrego…

Todo se condensa en ese nombre entrañable que, del corazón y los labios de Jesús pasa a nuestro corazón y a nuestros labios: en el Espíritu del Hijo podemos llamar a Dios, “Abba”, Padre querido.

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No terminaríamos de caracterizar a la conversión cristiana si no dijéramos ahora algo fundamental y primario: la conversión, con el arrepentimiento y el deseo de volver a Dios, es, por encima de todo, gracia soberana del Espíritu Santo.

Es don gratuito, inmerecido y desbordante.

Por eso, el pecador, no bien se hace consciente de su miseria, tiene que dejarse ganar por la humildad que se vuelve oración confiada: “Padre, ten misericordia de mí que soy un pecador. ¿A quién vamos a ir? Solo Vos tenés palabras de vida eterna. Señor Jesús: vos lo sabés todo, vos sabés que yo te amo. Oh, Espíritu Santo, dame un corazón nuevo. Amén”.

El “ayuno” es la expresión fuerte de este deseo de abrirnos a la gracia de la conversión. Ayunamos para que nuestro cuerpo también sienta el hambre y la sed que nos habitan más hondamente: hambre y sed de Dios, de su amor gratuito y de su salvación; hambre y sed de fraternidad, de justicia y de bien en un mundo injusto, violento y deshumanizado.

Por eso, también tenemos que hablar de una conversión social y comunitaria que nos abra de verdad, desde dentro y con la fuerza de la conciencia, a nuestros hermanos para ser testigos y constructores de fraternidad.

Queridos hermanos y hermanas: supliquemos juntos para esta cuaresma que estamos iniciando el don de una genuina conversión del corazón.

Así sea.

Dios escuchó a su pueblo y envió a Moisés

1ª Carta pascual 2021

San Francisco, 17 de febrero de 2021

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Comenzamos la Cuaresma. Nuevamente estamos en camino hacia la Pascua. Será el próximo domingo 4 de abril. Me ha parecido oportuno volver a proponerles tres “Cartas pascuales” para vivir el gran sacramento de la Cuaresma-Pascua, tiempo de conversión, vida nueva y misión. Este año, me inspiro en tres escenas del Éxodo. La imagen del pueblo que sale de Egipto y camina por el desierto es propia de la espiritualidad cuaresmal. Ilumina además estos sesenta años de “caminar juntos” como Iglesia diocesana. El relato que les propongo en esta primera “Carta pascual” es Ex 2, 23-3, 22. A continuación, algunas pistas para una lectio divina.

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2. Dios sabe escuchar el sufrimiento del pueblo. Se trata de una situación de deshumanización: el pueblo es esclavo en Egipto, sometido a duros trabajos y, sobre todo, a humillación y desprecio. Se ha extendido el desasosiego y el desaliento. El futuro aparece oscuro. Surge un clamor que llega al cielo. El relato destaca tres acciones divinas: “Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta”, leemos en Ex 2, 24-25. El pueblo se ha olvidado de Dios; también de sus promesas. Sin embargo, Dios no olvida: escucha, recuerda y mira el sufrimiento. Y obra. “Amó primero”, dirá san Juan (cf. 1 Jn 4, 19).

3. La reacción de Dios es llamar a Moisés. A través de su dura historia, primero en Egipto y después en el exilio, la providencia lo ha preparado para una misión: llevar esperanza y libertad al pueblo. Pero, para que esa misión sea fecunda, algo fundamental tiene que pasar en la vida de Moisés: el encuentro con Dios. Es la escena de la zarza ardiente de Ex 3, 1-12: “Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió el.” (Ex 3, 4). ¿Podría haber llevado adelante Moisés su misión sin este encuentro con el Dios vivo? ¿Podría haber comunicado esperanza si él no la hubiera recibido primero?

4. Dios revela su Nombre a Moisés, porque quiere ser invocado. Quiere entablar un vínculo personal, gratuito y libre con su pueblo. Quiere alianza, comunión y reciprocidad. Contemplemos la grandiosa escena de la revelación del Nombre: Ex 3, 13-22. El Dios de los padres revela su Nombre. Sigue siendo misterio: a Dios no lo podemos manipular a voluntad. Es libre y nos quiere libres. Pone en marcha una historia de libertad y, por eso, una historia de riesgo. Nos invita a la fidelidad, a sabiendas que siempre nuestras opciones están amenazadas por el egoísmo. Él se compromete a caminar con nosotros. Su santo Nombre significa: “El que es”, pero también: “El que se mostrará en el camino”. Estar siempre con nosotros: esa es su promesa que, en Jesucristo, se ha hecho realmente irrevocable. En ella se funda la esperanza que nos sostiene y que comunicamos al mundo.

5. El del pueblo de Israel es, en realidad, profecía del verdadero éxodo: el que se cumplió en la persona de Jesús, en la pascua de su pasión, muerte y glorificación. Y se está cumpliendo en la Iglesia y en la biografía espiritual de cada bautizado: en vos, en mí, en cada uno; en nuestras comunidades; en la creación. Lo expresamos en la noche de Pascua con las renuncias y la triple profesión de fe. Sí: siempre estamos en Éxodo. Es la fe que camina la esperanza. La meta es la bienaventuranza, el cielo.

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6. Les propongo ahora unas breves meditaciones. Empiezo citando a Benedicto XVI: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. […] En este sentido, es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento» (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida».” (Spe salvi 3 y 27).

7. Y, de esperanza, nos habla también el Papa Francisco en su Mensaje para esta Cuaresma 2021: “Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, «dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza» (cf. 1 P 3,15).”

8. En este tiempo de pandemia que vivimos, extraño y difícil, la providencia de Dios nos llama -como a Moisés- a comunicar esperanza a nuestros hermanos. A ser discípulos fogueados por el encuentro con el Dios vivo que nos da esperanza para encarar la vida. No solo en el círculo de nuestra familia y amigos, sino para todos. Pensemos en las generaciones que vendrán: ¿podremos dejarles como herencia la sabiduría de esperanza que brota del Evangelio? ¿Qué mundo les vamos a dejar? ¿Qué grado espiritual de civilización? ¿Qué experiencia de Dios?

9. La pandemia es una prueba muy fuerte. Ha sacado a la luz injusticias y miserias, signos de deshumanización. Pero también ha puesto en evidencia las fuerzas espirituales más preciosas que Dios ha depositado en el corazón humano. Dios sigue escuchando, recordando y mirando a la humanidad que camina y sufre. Cada fragmento de bien, de verdad y de justicia que protagonizamos los seres humanos viene de Dios, se completa y perfecciona en Cristo; es gracia del Espíritu Santo.

10. Como diócesis, como discípulos, como agentes de pastoral: ¿en qué medida el encuentro con Dios nos ha transfigurado realmente? Veámonos reflejados en Moisés. ¿Sentimos nostalgia, deseo o sed de ese encuentro con la zarza que arde sin consumirse? A veces pienso que, los largos meses sin culto público nos han precipitado en una peligrosa frialdad espiritual. No puedo dejar de reflexionar sobre ello. Sé que muchos han redescubierto esa sed que nos habita. Preguntémonos, al menos, por la repercusión espiritual de esta crisis; también en los creyentes. Pensemos, por ejemplo, en la crisis de la oración personal y litúrgica: rezamos poco, o mal o, sencillamente, ya no oramos.

11. La ciencia ayuda, pero no redime, enseña Benedicto XVI e insiste Francisco. Nos preocupa que la economía no repunte, pero más grave aún, el vacío de esperanza en los corazones. Solo el encuentro con el amor absoluto de Dios nos da fuerza espiritual en las pruebas de la vida. Como a Moisés, Dios te está buscando porque quiere llevar esperanza a su pueblo. Te invito a escuchar su voz.

12. El Dios que pone en marcha el camino de esperanza del pueblo es el Padre de Jesús, el Dios compasivo que ama a los pobres, sufrientes y vulnerables. Nos espera siempre junto a todo hermano o hermana que sufre. Vayamos a buscarlo y, llegados a esa tierra sagrada, descalcémonos para escuchar su Voz y dejarnos quemar por su mismo fuego de Amor. El aislamiento social tiene una frontera: la fraternidad con todos, especialmente con los más vulnerables. “Todos hermanos”, nos dice el papa Francisco, indicándonos una orientación preciosa para transitar este tiempo de “éxodo” que vive la humanidad. Lo hacemos con la mirada fija en Jesucristo. Primogénito de muchos hermanos, Él es nuestra Esperanza.

María, contemplativa y fuerte en la esperanza, nos enseña a rumiar la Palabra. A ella invocamos para transitar juntos el camino pascual. Unidos a José, varón justo, custodio de Jesús y patriarca de la Iglesia.

Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Una advertencia inútil

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de febrero de 2021

“No le digas nada a nadie”, le advierte Jesús al leproso que acaba de curar (Mc 1, 44). La advertencia será inútil: este hombre, viéndose curado y redimido, no puede dejar de contar a todos lo que le ha pasado. Se lo cuenta a todo el mundo, provocando una ola de entusiasmo en torno a Jesús: de todas partes acuden a él.

Pero ¿por qué Jesús lo manda guardar silencio? ¿Acaso no ha venido para que su palabra y su obra alcancen plena difusión? ¿Qué hay detrás de esa actitud?

Por un lado, Jesús busca llevar adelante su misión con una característica muy fuerte: es el Mesías humilde que ha venido a introducir en el mundo el poder de Dios que es su amor misericordioso, especialmente atento a los pobres, los enfermos y pecadores. La humildad no es, en él, una pose ni una estrategia. Es el medio a través del cual, de la manera mejor y más genuina, ese amor de compasión se hace presente, sin abrumar ni someter, sino apelando a la libertad de cada uno.

El silencio, la humildad, el despojo son, por paradójico que parezca, las condiciones óptimas para que el poder de Dios aparezca como tal: como poder divino que cura, sana y da libertad a sus creaturas. San Pablo se lo dirá a los corintios: “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.” (1 Co 1, 25).

Por otra parte, quienes experimentan la salvación que trae Jesús no pueden sino convertirse en misioneros del Reino. Solo que los misioneros tendrán que aprender del Señor a tener sus mismos sentimientos y su mismo estilo para evangelizar: proponer, no imponer, mostrando a todos el Rostro misericordioso del Padre. A Dios hay que mostrarlo con la propia vida, más que demostrarlo con argumentaciones doctrinales o estratagemas de poder (incluso y especialmente del eclesiástico).

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Señor Jesús, Médico generoso y lleno de humanidad: estamos enfermos, somos leprosos, buscamos la salvación y la paz. Acarícianos con tu mano salvadora, para que recobremos humanidad. Enséñanos, sobre todo, a vivir con tus mismos sentimientos, a encarnar tu amor humilde y manso y, de esta manera, testimoniar a todos que el Reino de Dios ha llegado al mundo. Amén. 

¿Clericalismo?

El clericalismo es, sin dudas, una grave deformación de la vida eclesial. Ha hecho bien, entre otros, el Papa Francisco en destacarlo con fuerza. Una deformación a dos puntas: comodidad para clérigos y laicos. Unos mandan, otros obedecen o, al menos, hacen como que.

Recuperar la dimensión de comunión y sinodalidad de la Iglesia es, también sin dudas, un camino a recorrer. Solo acentúo la importancia y lo insustituible de la dimensión mística: sin genuina experiencia de fe (encuentro con Dios que determina la vida), ninguna reforma externa tendrá real efecto.

Lo que sí me preocupa es que, por combatir el clericalismo, aquí y allá se nota una suerte de eclesiástica “lucha de clases”, con una actitud de arrinconar a los pastores, pues se ve en los clérigos una especie de “chivo expiatorio” para la profunda crisis que vive la Iglesia. No es por ahí, seguramente.

Que la Iglesia católica, sobre todo en Occidente, vive una crisis de proporciones es innegable. Y no es solo una crisis de poder. Es una crisis más honda: de fe, de pertenencia cordial, de experiencia de Dios. Un chivo expiatorio es solo eso: una coartada para evitar ir al hueso de la cuestión.

Lo digo como lo pienso.

Médico, orante y misionero

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de febrero de 2021

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios […] Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. […] Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.” (Mc 1, 32-34a. 35.39)

Con el evangelio de este domingo podríamos pintar un cuadro con tres paneles que, a su vez, refleje tres imágenes del Señor: primero, Jesús en la casa de Simón y Andrés, rodeado de una multitud de enfermos y sufrientes. Es el Jesús médico, que cura con sus manos; pero, ante todo, con su Persona.

En segundo lugar, Jesús levantándose antes del alba, recogido en oración solitaria y silenciosa: el Hijo que ora al Padre. La oración, en la experiencia vital de Jesús, no es algo que Él hace, sino lo que Él es en su misterio más profundo: Hijo que siempre está en comunión con el Padre. Si no llegamos hasta aquí, nunca terminamos siquiera de barruntar su misterio.

Y, en tercer lugar, Jesús que sigue su camino, no se queda quieto ni instalado en un sitio: lo urge hacer llegar a todos el anuncio gozoso del amor del Padre. Es el Jesús misionero, evangelizador. Vive su condición de Hijo como misión. Tampoco aquí, la misión es algo que hace sino transparencia de su Persona: Hijo enviado al mundo con una buena noticia para todos.

Tres imágenes del único y mismo Jesús: es el Enviado del Padre para sanar y salvar, es el Hijo que vive en comunión inmediata con el Padre, es el Evangelio de Dios para el mundo. A Jesús solo lo podemos entender desde todos esos vínculos: con el Padre, con los pobres y para todos los pueblos.

Señor Jesús: Tú eres el Hijo amado del Padre, el Evangelio que Dios ha hecho resonar en el mundo. También hoy, una multitud inmensa de hombres y mujeres heridos, pobres y vulnerables te buscan con ansias. Quieren escucharte, por eso, buscan la casa en la cual tú enseñas como Maestro y Buen Pastor. Es la Iglesia. Te pedimos por nuestras comunidades cristianas: que sean de verdad hogar, casa y escuela de misericordia, para que todos puedan hacer en ellas la experiencia de encontrarte y ser salvados por Ti.

Amén.

Pandemia, fraternidad y democracia

Un formidable desafío para la doctrina y pastoral social de la Iglesia

La pandemia por el coronavirus está cambiando profundamente todo. Es cierto que la lenta difusión de las vacunas arroja un haz de luz sobre nuestras vidas y, sobre todo, sobre el futuro. Pero también es cierto que la bruma sigue siendo espesa. Todo está cambiando, empezando por nosotros mismos. Todos estamos cambiando. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué futuro nos espera?

La pandemia ha golpeado fuertemente la vida de todos, especialmente de los más pobres y frágiles: sean personas, familias o países enteros; niños, niñas y adolescentes, no menos que a ancianos y otras personas vulnerables. Contagiados o no, todos vamos a llevar una huella de este extraño tiempo que estamos viviendo.

El impacto es formidable en la existencia cotidiana, el trabajo, la educación, las condiciones económicas, la convivencia y también la vida política de los pueblos. Y no dejemos de observar lo que pasa en nuestras comunidades cristianas y la huella de la pandemia en la práctica religiosa y, sobre todo, en la propia autopercepción del creyente.

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De las muchas preguntas que se despiertan, elijo esta: ¿cómo está afectando la democracia? ¿Tenemos que pensar en una fase de fortalecimiento o de tal transformación de las diversas democracias que estas asuman otros rostros, características y contornos? ¿Qué pasará con sistemas democráticos tan débiles como el argentino? ¿China y Rusia, con sus vacunas para todos y sus sistemas autocráticos, son el futuro?

En su reciente encíclica Fratelli tutti, el papa Francisco nos ha ofrecido un incipiente discernimiento del fenómeno del populismo. Ha señalado con perspicacia sus límites y peligros, aunque también ha sugerido algunas bondades a tener en cuenta. Menos benigno ha sido su discernimiento de las corrientes liberales.

Pienso, sin embargo, que la Iglesia tendría que retomar la vigorosa reflexión que san Juan Pablo II hizo en  Centessimus annus sobre el sistema democrático. Retomarla, profundizarla y relanzarla. La enseñanza social de la Iglesia, abrevando en las fuentes del humanismo cristiano (el Evangelio y una interpretación racional y realista de la condición humana), tiene mucho para aportar. Es una visión sapiencial que ofrece tanto perspectivas críticas como aportaciones de largo alcance.

Aquí en Argentina, sería bueno que los católicos, especialmente los pastores, hiciéramos lo propio con aquel gran documento -tal vez el más importante de estos últimos cincuenta años- como fue “Iglesia y comunidad nacional” (1981). De entonces a la fecha, con muchas intervenciones valiosas sobre la realidad nacional, sus sucesivas (e interminables) crisis políticas, económicas y éticas, sin embargo, no hemos podido ofrecer un aporte sustancial sobre la democracia, desde la perspectiva de la doctrina social católica. Es, a mi parecer, una verdadera deuda.

Ese aporte no puede ser solo un texto doctrinal. Como ya señalara el documento de Aparecida, retomando palabras de Benedicto XVI, tenemos que activar la presencia en la vida pública de Argentina de personalidades laicales, hombres y mujeres, que puedan ofrecer con convicción personal el “punto de vista católico” de los grandes temas de nuestra vida nacional. Muchas cosas se vienen haciendo en esta línea. Me pregunto cómo potenciar este vector en un país donde el clericalismo (también con modales progresistas) sigue dominando la escena pública del catolicismo.

Los liderazgos carismáticos, a los que solemos ser tan afectos, solo dejan huella positiva en la vida de los pueblos si son acompañados de la consolidación de instituciones sólidas, ante todo, en la vida de la sociedad civil, la economía y, por supuesto, en la afirmación del estado de derecho, la división de poderes y un federalismo más efectivo que declamado.

Un ejemplo que puede servirnos de ayuda, no obstante, todas las disimilitudes evidentes. Acaba de dejar la carga pública Angela Merkel que, por quince años, fue canciller de Alemania. Solo me permito señalar que, semejante liderazgo (de clara inspiración cristiana), además de las diferencias culturales, supone un pueblo y un sistema que tienen tras de sí experiencias tan fuertes como el nazismo, la reconstrucción de la posguerra, un federalismo del todo particular (y fuerte), con unas instituciones sólidas que han hecho posible un liderazgo con tantos aciertos, también cuando han significado límites y contrapesos concretos, propios de una democracia parlamentaria.

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El papa Francisco ha lanzado el desafío más grande a la humanidad al invitarnos a revitalizar la fraternidad entre personas, grupos y pueblos, creyentes y no creyentes, como camino para soñar juntos un futuro humano digno, sobre todo, para las generaciones que vendrán.

Se trata de una fraternidad que brota del corazón de nuestra experiencia de fe: reconocer en el otro a un semejante, creado por Dios a su imagen. Un Dios que es Padre y que, en Jesucristo, el buen samaritano, nos ha mostrado que su actitud más honda hacia nosotros es la compasión. Esa gracia, del modo como solo Dios lo sabe, actúa en cada ser humano que viene a este mundo (cf. GS 22). Por eso, apostar por la fraternidad, como lo hace Francisco, no es un proyecto humanista secularizado, sino una honda mirada desde la fe en el poder del Creador que, además, en Cristo ha mostrado el verdadero alcance de su poder y de su sabiduría.

Una mística de la fraternidad supone, como el mismo Francisco señala, activar la mejor política, la más alta y noble: la que se inspira en la caridad, se vive como paciente construcción del bien común y que sabe, con amabilidad y creatividad, sobrellevar crisis, dificultades y enfrentamientos: la unidad es superior al conflicto.

Yo solo añadiría que una democracia sólida, basada en los valores más trascendentes y perennes, es parte de esa construcción de fraternidad a la que todos, ya desde ahora, tenemos que abocarnos.

Y es una construcción insoslayable.

Autoridad

“La Voz de San Justo”, domingo 31 de enero de 2021

“Entraron en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.” (Mc 1, 21-22). 

Ojalá también nosotros, como aquellos paisanos de Cafarnaúm, podamos asombrarnos de la autoridad con que Jesús enseña y predica la Buena Noticia. Es una gracia que podemos pedir al Espíritu Santo este domingo.

La palabra “autoridad” tiene entre nosotros mala prensa. Y por razones comprensibles: en ocasiones, nuestra experiencia cotidiana del ejercicio del poder suele ser más de abuso autoritario que de servicio.

Sin embargo, la autoridad ejerce Jesús es de otra naturaleza. No indica exceso abrumador de poder o capacidad de anular al otro. Es todo lo contrario: es un poder bueno, que da vida y dignifica. Y se expresa en su palabra, capaz de llevar libertad a quien vive sometido a toda forma de esclavitud. Como le ocurrió a aquel pobre hombre en la sinagoga de Cafarnaúm, del que nos habla el evangelio de este domingo.

¿El secreto de este “estilo” de autoridad? Dios, el Padre. En Jesús, el Hijo, nos alcanza el poder más puro y genuino: el amor creador y sanante de Dios. Y, por el Espíritu, esa autoridad sigue ahí, esperándonos para tocar nuestra mente y nuestro corazón.

Es lo que ocurre cuando, con una fe viva que busca, escucha y medita, nos acercamos a celebrar la Eucaristía dominical. Buscamos el encuentro con el Señor, que su Palabra nos ilumine y, como con aquel endemoniado, también saque a la luz todo lo que nos deshumaniza. Que el asombro nos lleve a una confianza cada vez más radical, valiente y decida en su Persona. 

Señor Jesús, danos tu Espíritu. Que podamos experimentar la potencia de tu Palabra. Ella es espada filosa que nos hiere, nos interpela y también nos cura, iluminándonos con su luz poderosísima. Que no nos alejemos de la comunidad que es el lugar donde la Palabra ejerce su mayor poder transformador. Amén.