Que podamos ver

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de octubre de 2021

“Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.” (Mc 10, 51-52).

Marcos ha escrito el evangelio más breve. Sin embargo, a diferencia de los otros evangelistas, relata la curación de dos ciegos, no de uno como sus colegas. Lo hizo en 8, 22-25: el relato del ciego de Betsaida. Y, este domingo, escuchamos el relato de la curación de Bartimeo, a las afueras de Jericó.

¿Por qué esta insistencia en la ceguera y en su curación? Digámoslo sin rodeos: ciegos son sus discípulos que no terminan de comprender (de ver) quién es Jesús, qué pretende y porqué elige el camino de la humildad para introducir el Reino de Dios en el mundo.

Ciegos somos cada uno de nosotros, pues en nuestro camino discipular tenemos que aprender a dejarnos limpiar la vista por el Médico divino: Jesús que pasa. Un médico cuya terapia dura lo que dura nuestra vida.

Por eso, este domingo, como en cada Eucaristía, hagamos nuestra -y con mayor fervor- la letanía de Bartimeo: “Señor, ten compasión de mí. Que yo pueda ver. Que pueda verte, comprender tu persona y tu mensaje. Amén”. 

Como cada domingo, te propongo una oración: “Como Bartimeo, también nosotros te suplicamos que tengas compasión de nuestra vida, toques nuestra alma y nuestro corazón, y nos permitas reconocerte y seguirte por el camino de nuestra vida. Amén.”

“Un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento” Filipenses 2, 2

Homilía del Pbro. GABRIEL M. GHIONE en la catedral de San Francisco en la Eucaristía de inicio de la fase diocesana del camino sinodal de la Iglesia universal.

Queridos hermanos: ¡que hermoso es caminar juntos! Tomar conciencia que es un proceso, donde encontramos siempre nuevos mojones de fe, mojones que hace años, guiaron a nuestros antepasados y hoy, con memoria agradecida podemos tomar la posta y seguir haciendo camino como Iglesia Diocesana.

Nos los recuerda el Evangelio. Los discípulos tuvieron una experiencia que les cambio para siempre su vida. Una experiencia que no fue un hecho puntual sino un proceso. Se encontraron con una persona que les cambio la vida: sus pensamientos, su corazón y hasta lo que ellos amaban. Jesús de Nazareth fue un antes y un después en sus vidas, así como lo es en las nuestras. Este proceso está marcado por la Pascua: por la muerte y Resurrección de Jesús y también por la transformación de los discípulos. Esta transformación ellos la definieron como un nuevo nacimiento. Fue tan intensamente vital que llevo todo un tiempo procesarlo y provocó en ellos grandes cambios: del miedo a la confianza, del encierro a la parresia (o valentía en el anuncio) de la soledad a la Presencia. Efectivamente el Evangelio nos narra la certeza de la comunidad de los discípulos: “Donde dos o más se reúnan en mi nombre yo estaré presente en medio de ellos”.

Así los discípulos experimentaron su vida y la fe como un proceso: un camino. Jesús es el Camino y ellos son los seguidores de ese camino. Un camino que no se recorre sólo, sino que, se peregrina junto con otros, en comunidad. Este es el sentido etimológico de la palabra Sínodo. Que conjuga el caminar junto y lo que se deriva de ello: decidir juntos.

Entendemos, por tanto, que vivir este proceso es ser fieles a nuestra identidad más profunda no introducir una novedad. El ser y el obrar de la Iglesia esta marcada por el caminar juntos tras las huellas de Jesús: escuchando, dialogando y discerniendo lo que el Espíritu dice a la Iglesia para ser fieles al proyecto del Reino que el Padre nos confía.

Como Iglesia diocesana tenemos la dicha de haber sido hijos del Concilio Vaticano II. Mientras el Concilio renovaba a la comunidad cristiana desde las fuentes mismas de la fe y tradición éramos dados a luz. Dimos nuestros primeros pasos en la pastoral de conjunto con la Iglesia Latinoamericana que nos enseño a recibir y vivir el Concilio en este tiempo y en este lugar. Abrir este proceso sinodal no implicará para nosotros algo desconocido: sólo tenemos que recordar el camino de la pastoral planificada: de las

asambleas diocesanas, de los instrumentos para contactarnos y discernir la realidad. La novedad no está en lo que tenemos que hacer sino en los modos, en las actitudes, en la búsqueda.

San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de tener un mismo amor, un mismo sentir, un mismo pensar. Es por aquí donde se constata la calidad de un proceso sinodal. Es evocar y vivir lo que nos presenta la primera lectura: los apóstoles con María abriéndose a recibir el Espíritu. Su acción los va a movilizar, dinamizar necesitando todo un libro -hechos de los apóstoles- para narrarnos solo algunas acciones de este acontecimiento originario y fundacional. En este libro podemos extraer tres actitudes fundamentales para cultivar en el proceso sinodal, estas actitudes son insistentemente presentadas por el papa Francisco:

  • Escuchar/ ver: es una actitud teológica. El primero que escucha es Dios, escucha a su Pueblo. Así nos lo narra el libro del Éxodo cuando presenta la vocación de Moisés: en tres oportunidades afirma que Dios escucha (primero) y ve (después) la situación de su pueblo. (Éxodo 3, 9: en 3, 7 los verbos están invertidos) Jesús también nos enseñó a que el Padre escucha a sus hijos vulnerables y ve en lo secreto. Así como discípulos misioneros lo primero y más importante es escuchar y ver. Escuchar implica un ejercicio de una gran ascesis y disciplina. No se puede escuchar cuando uno piensa en otra cosa o ya tiene la respuesta antes que termine de expresarse la otra persona. Es un ejercicio de recepción que nos pone en circunstancia de salir de nosotros mismos, nos pone en referencia a otro, sacándonos de la autoreferencialidad que nos enferma como personas y como Iglesia. Escuchar lo que dice el Espíritu como Iglesia implica, por tanto, el valor para hacer silencio, silenciar nuestros prejuicios, ideas, pensamientos. No es un silencio vacío, etéreo. Es un silencio lleno de Presencia, de apertura, de receptividad. Lo que el Espíritu nos quiere decir nos lo irá diciendo por la voz de los jóvenes (San Benito), de los pobres, vulnerables, marginados. Nos lo dirá en la voz del 95% de católicos que no participa de las celebraciones. Nos lo expresará en los que ya no encuentran en el catolicismo una respuesta o en los que han dejado de creer. Por eso el ejercicio de escucha implicará ponernos en salida, en búsqueda, en estado de misión.
  • Dialogar/juzgar: es la segunda actitud, también teológica. ¿Acaso no es la revelación y la fe el hermoso diálogo de Dios con el hombre? Dios diálogo con su Pueblo en el Sinaí, Jesús es la manifestación en persona del diálogo entre Dios y el hombre. Este diálogo también se visualiza en el libro de los hechos de los apóstoles: hay un diálogo entre el Espíritu y la comunidad cristiana en dónde se llega a expresar: “el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido” (Cf. Hch 15, 28). Se manifiesta una rica red de vínculos, de diálogos entre los apóstoles, entre toda la comunidad cristiana. Es aquí donde se forma el mismo pensar de Pablo. No hay que entenderlo que todos piensen lo mismo, que no haya criterios diversos. La traducción que utiliza la Biblia de Jerusalén es: un “mismo ánimo”, así entendemos que se llega a un pensar común o mejor dicho a una un-animidad: una sola alma. En el diálogo tenemos que ser capaces de hablar con sinceridad y autenticidad, a dejar que la realidad se presente tal cual, no hay que esconder nada. Pero el peligro que tenemos es pensar que dialogar es encontrar un culpable o realizar largas horas de catarsis pastoral enumerando lo fracasos. Nada más lejos, porque dialogar es abrir el corazón para salir de nosotros, para buscar en el camino compartido, el mejor espacio para descubrir lo que el Espíritu ya está obrando porque siempre se adelanta a nosotros.
  • Discernir/actuar: Jesús fue una persona de un enorme discernimiento, siempre confrontó su vida con el proyecto del Padre: el Reino. El discernir es esforzarnos por distinguir lo que sirve de lo que no sirve, cuando está mezclado y no vemos con claridad… para alimentar lo que sirve, para cuidar y hacer crecer el trigo sin angustiarnos por la cizaña. Discernir implica decidir, no hay discernimiento sin decisiones. Decisiones que ponen en acto lo que escuchamos/vimos; dialogamos/juzgamos. Encontrando en todo este proceso lo que el Espíritu nos dice como comunidad cristiana para vivir desde la voluntad de Dios.

Este hermoso proceso es propiedad de toda la iglesia, todos somos los responsables, los sujetos de esta acción, de diversas maneras, pero no con diversos grados de compromiso. Nadie tendrá que empujar ni fomentar a nadie, todos tendremos que animarnos a caminar juntos y tendremos que animar a caminar a los que estén al costado del camino diciendo: ¡Animo, levántate, el nos llama!

Este proceso Sinodal que comenzamos como Iglesia Diocesana insertándonos en el camino sinodal de toda la Iglesia nos invita a la comunión: a escuchar juntos; participación: comprometernos en el diálogo; y misión: discernir el mejor camino para seguir anunciando la Buena Noticia del Reino

***

Al concluir la celebración, el Padre Daniel Cavallo, coordinador del Equipo diocesano para el camino sinodal, explicó los pasos que la diócesis viene dando desde 2020. Aquí una síntesis con los puntos fundamentales que expuso ante la asamblea de fieles.

  • En el discurso del inicio del proceso sinodal, el pasado 9 de octubre, el Papa Francisco dijo: “Reitero…que el sínodo no es un parlamento, que el sínodo no es un sondeo de las opiniones; el sínodo es un momento eclesial, y el protagonista del sínodo es el Espíritu Santo. Si no está el Espíritu, no habrá sínodo”.
  • Este paso del Espíritu Santo nos encuentra a nosotros, Iglesia Diocesana de San Francisco, en el jubileo de los 60 años de la creación de la Diócesis y luego de más de 30 años de caminar el desafío pastoral a través de las Asambleas Parroquiales – decanales y diocesanas, que nos permitieron elaborar cinco planes de pastoral para dar respuesta a la evangelización en el mundo y en la cultura del tiempo presente.
  • Animados por esto, nuestro Obispo Sergio convocó a inicios del año 2020 a un equipo de laicos y sacerdotes para comenzar a rezar, estudiar, compartir este itinerario: “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia”.  Esta convocatoria sinodal de “caminar juntos” (esto quiero decir Sínodo) al que nos convoca el Papa Francisco, es asumida en nuestra diócesis en este año 2021 donde ayudados por el equipo diocesano de planificación pastoral y a través de dos instrumentos de trabajo, evaluamos el “Plan Pastoral Diocesano 2016 – 2020”.  En este mes de octubre comenzó en las parroquias – movimientos e instituciones de la diócesis el desarrollo del segundo instrumento de evaluación.
  • Motiva este trabajo de evaluación dos preguntas referenciales: ¿Cómo ha sido anunciado el evangelio en nuestra Diócesis de San Francisco? ¿Cómo ha de seguir resonando para llevar esperanza a nuestro pueblo?  Es por eso que la SINODALIDAD reclama y exige una fuerte EXPERIENCIA DE ESPIRITUALIDAD para llegar a descubrir que el Señor resucitado, como con los discípulos de Emaús, camina con nosotros y está entre nosotros.
  • En eso estamos, en el inicio de la etapa de MOTIVACIÓN y de ofrecimiento de un proceso de ESPIRITUALIDAD para sentar las bases del camino sinodal. “SI NO ESTÁ EL ESPÍRITU, NO HABRÁ SINODO”. Y esto nos hace descubrir el estilo de Dios que nos ayuda a vivirlo: la cercanía, la compasión y la ternura, junto al ejercicio de las actitudes necesarias para ejercer la sinodalidad: ESCUCHA – DIALOGO – DISCERNIMIENTO.
  • En palabras del Papa Francisco: “tenemos necesidad del Espíritu, del aliento siempre nuevo de Dios, que libera de toda cerrazón, revive lo que está muerto, desata las cadenas y difunde la alegría. El Espíritu Santo es Aquél que nos guía hacia donde Dios quiere y no hacia donde nos llevaría nuestras ideas y nuestros gustos personales”.
  • “60 años caminando juntos con espíritu mariano, franciscano y brocheriano”, queremos vivir lo que somos en nuestra identidad más profunda: una IGLESIA SINODAL. 

Beber del cáliz de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de octubre de 2021

“¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré? «Podemos», le respondieron…” (Mc 10, 38-39).

Santiago y Juan eran entonces como nosotros ahora: sinceros pero inmaduros. Jesús les había conquistado el corazón. Con él habían emprendido el camino del anuncio del Reino. Lo acompañan desde la primera hora, cuando el “Sígueme” del Señor a orillas del lago los hizo dejarlo todo.

Pero son inmaduros. Están -como nosotros- desbalanceados: todavía demasiado ensimismados y centrados sobre ellos mismos. Y, ese desbalance, a ellos como a nosotros, los ciega para ver la realidad. Jesús los irá transformando de a poco. Cambiará su deseo inmoderado de poder y prestigio por un amor humilde, entregado, generoso. Libre.

Hoy los provoca: ¿Beberán conmigo el cáliz? No otro, sino el cáliz de Jesús. Y el amor y la generosidad toman la delantera, pasando por arriba del deseo de poder: ¡Podemos!, responden.

Con nosotros, Jesús aplica la misma pedagogía de amor: nos conquista el corazón, comparte con nosotros la vida (eso significa, entre otras cosas: “beber del mismo cáliz”) y, poco a poco, nos va cambiando por dentro.

La meta es ser como él: servidores que entregan la vida. “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).

El Evangelio, escuchado con fe, una vez más, inspira nuestra plegaria. Recemos así: “También nosotros, Señor Jesús, como Santiago y Juan, tenemos una fe débil e inmadura, demasiado centrada en nosotros. Por eso, te suplicamos que, como a ellos, también a nosotros no dejés de purificarnos con tu Palabra. Que podamos beber tu cáliz, compartir tu destino de servicio hasta la entrega de la vida, para ocupar nuestro lugar en el Reino de Dios. Amén.”

Cuarenta años de “alianza” con el corazón inmaculado de María

Homilía en la catedral de San Francisco, al cumplirse 40 años de la consagración de la diócesis al Inmaculado Corazón de la Virgen de Fátima. Miércoles 13 de octubre de 2021

Imagen de la Virgen de Fátima que se venera en la catedral de San Francisco desde 1981

“Yo soy la Señora del Rosario, continúen rezando el Rosario todos los días, la guerra se acabará pronto” (13 de octubre de 1917).

“[…] al final, mi corazón inmaculado triunfará […]” (13 de julio de 1917).

Sesenta años son muchos para la vida de un individuo; para una Iglesia diocesana como la de San Francisco, en cambio, son apenas un puñado de días, todavía fundacionales: el inicio de un camino que ha de seguir adelante.

Más joven aún era la diócesis -apenas habían pasado veinte años de su creación-, cuando el obispo de entonces, el recordado Don Agustín Adolfo Herrera, cumplió el gesto que hoy rememoramos y revivimos: trajo desde Fátima esta bella imagen de Nuestra Señora y consagró ante ella a la joven diócesis que pastoreaba al Inmaculado Corazón de la Virgen de Fátima.

¿Qué significó entonces y que significa ahora que nuestra diócesis esté consagrada a María, bajo la advocación de Fátima?

En realidad, la entrega confiada a María (expresión que prefiero usar) no es otra cosa que expresar visiblemente y vivir a plena conciencia lo que el Evangelio nos dice que aconteció en la hora del Señor: María es confiada al discípulo amado como Madre, y éste la recibe como hijo.

Es vivir esa alianza con María que está en la raíz de nuestra identidad como discípulos y como Iglesia de discípulos de Jesús: María es nuestra Madre en el orden de la gracia.

En las cartas que envié para preparar este momento, con la sugerencia de hacer o renovar nuestra entrega confiada a María, les decía dos cosas que quisiera ahora recordar.

En primer lugar, que la finalidad de esa alianza con María no es otra que vivir la gracia del bautismo y de la confirmación; es decir: ser de verdad, y cada vez más radicalmente, discípulos misioneros de Jesús, testigos de la Esperanza y de la Alegría del Evangelio.

Es la gracia que, cada noche de Pascua, reavivamos cuando renovamos las promesas bautismales, renunciando al pecado y dejándonos llevar al espacio de luz que abre la fe en nuestras vidas.

María, la primera y más perfecta discípula del Evangelio, como madre, maestra y consejera espiritual nos ayuda delicada y firmemente a vivir el bautismo. Nada más. Y nada menos. Nada más bello y valioso.

En segundo lugar, al hacer de forma tan personal nuestra alianza con María, le pedimos vivir nuestra condición de cristianos como ella ha vivido la fe, la esperanza y la caridad.

Con palabras de Don Bernardo Olivera: que ella nos ayuda a “marianizar” nuestra vida y experiencia cristiana.

Aquí me detengo, al menos con algunas indicaciones someras.

¿Qué significa, para nosotros, hijos e hijas de esta Iglesia diocesana de San Francisco, “marianizar” nuestra experiencia de fe, “marianizar” nuestra vida?

Permítanme, antes de esbozar una respuesta a esta pregunta, invitarlos a cada uno de ustedes a tomarse un tiempo para meditar en la propia respuesta. Y hacerlo en diálogo con María, nuestra madre y maestra: “María, quiero vivir mi condición de hijo de Dios como vos la viviste: ayudame, inspirame, invocá sobre mí el Espíritu -como en el Cenáculo- para que descubra mi vocación, y cómo vivirla con tu mismo corazón, actitudes y sentimientos, con tu misma fe, valentía y alegría”.

Ahora miremos a nuestra Iglesia diocesana, a sus comunidades, a sus miembros: laicos, consagrados y pastores, servidores, ministros y agentes de pastoral.

“Marianizar” nuestra vida diocesana, ante todo, significa vivir la fe desde el corazón, como una decisión de vida que, desde dentro hacia fuera, ha de ir impregnando nuestra mirada, nuestras decisiones libres y nuestra conducta.

No podemos darnos el lujo de vivir de prestado. La fe, más temprano que tarde, puja en nuestro corazón por convertirse en convicción, experiencia de encuentro y de misión.

“Marianizar” nuestra vida significa también hacer de la oración, la escucha de la Palabra, la adoración y la intercesión nuestro modo de estar en medio del mundo, abriéndolo así al influjo vivificante del Espíritu Santo. El icono precioso del Cenáculo nos ha de inspirar.

En la Eucaristía dominical, cuya participación presencial hemos recuperado en este tiempo de pandemia, hacemos juntos esta experiencia vital. Con María y como aquellos primeros mártires cristianos, también nosotros decimos: “sin la Eucaristía no podemos vivir ni subsistir en nuestro mundo paganizado”.

“Marianizar” nuestra vida significa cantar, cada día y a cada hora, el Magnificat de Nuestra Señora. Ella lo cantó al cabo de un camino misionero, al correr deprisa a tender la mano a Isabel. El Magnificat no es un canto apacible, sino el himno vigoroso de los que caminan, luchan, se dejan alcanzar y enardecer por la misericordia divina que, de generación en generación, se desborda sobre los pobres, los hambrientos, los humillados.

De esta pandemia, tal vez, nuestras comunidades salgan magulladas, reducidas en número y en recurso. No ocultemos nuestra fragilidad. Nos hace bien mirar de frente toda la pobreza que nos rodea y lo pobres que somos nosotros, como personas y comunidades.

Pero, también en medio de esta pandemia, el Señor nos ha regalado experiencias bellísimas de su gracia, de su presencia y de su potencia transformadora. “Marianizar” nuestra experiencia cristiana quiere decir dejar que nuestro corazón se abra al modo como Jesús, el verdadero pastor y obispo de nuestras vidas, conduce a su Iglesia.

Para nuestra Iglesia diocesana, en comunión con la Iglesia universal que preside el papa Francisco, “marianizar” nuestra vida significa afirmar con decisión nuestros pasos por el camino sinodal que hemos emprendido.

En ese camino que compartimos tenemos el enorme y fascinante desafío de descubrir los carismas que enriquecen a nuestra diócesis desde la experiencia de la gracia de cada uno de los bautizados, comunidades y espacios pastorales que la forman.

En ese camino que venimos haciendo juntos, hemos de recuperar la alegría de cantar -también juntos- el canto nuevo de la Esperanza que nos ha sido confiada para que la compartamos con nuestros hermanos.

¡No nos dejemos ganar ni por el triunfalismo ni por el derrotismo! ¡Tenemos mucho para dar y decir! ¡Nos ha sido confiado el Evangelio que es la esperanza del mundo!

El Sembrador sigue esparciendo su semilla por el campo del mundo. En él no solo crece la maligna cizaña. El trigo está madurando en nuestros campos bendecidos hoy por una abundante lluvia. Es un signo precioso de las bendiciones que nuestro buen Dios sigue dando a la tierra que ha creado y que ha regado con la Sangre redentora de su Hijo.

A nosotros solo se nos pide mirar -como María- y cantar las maravillas del Señor.

Sigamos caminando juntos con espíritu mariano.

Madre: aquí estamos tus hijos. Déjanos llamarte “Madre”, una vez más y con la voz emocionada. Sí, tu corazón inmaculado finalmente triunfará.

Amén.

Jesús sabe mirar

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de octubre de 2021

“Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».” (Mc 10, 21).

Aquel buen hombre se sentía realmente impactado por Jesús. Su vida no solo era recta, se nutría de la Palabra de Dios desde su niñez, como él mismo señala. Había comenzado a sentirse atraído por la predicación de Jesús y, en definitiva, por su misma persona. Lo siente así en su corazón. Es más: el Señor ha despertado inquietudes profundas en su alma.

El terreno está preparado y la buena semilla ha sido sembrada. Está todo dispuesto para que el “Maestro bueno” le descubra un horizonte infinito y lo arroje hacia delante. Jesús lo intuye y, por eso, lo mira con intenso amor. Sin embargo, desemboca en la tristeza. La invitación al seguimiento queda flotando en el aire.

El relato nos indica el porqué de esta tristeza: muchos bienes, una riqueza que le ha robado libertad y frescura a su corazón. Es una saludable advertencia para nosotros. Poca o mucha, la riqueza puede hacernos pobres en humanidad. No son los bienes. Es nuestro corazón frágil.

Queda empero la puerta abierta. Fijando su mirada en los desconcertados discípulos, Jesús sentencia: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible” (Mc 10, 27).

Nos conviene quedar en silencio. Nosotros -cada uno- somos ese hombre (para san Mateo: un joven). Hemos sentido el poder de esa mirada y de esa invitación. Tal vez, también la misma tristeza. Tenemos que abrirnos a las posibilidades de Dios que desbordan nuestra mirada, nuestros límites y estrecheces.

Jesús sabe mirar. Y, en esa mirada, tan humana como divina, está la salvación.

Intentemos que la mirada de Jesús nos alcance. Eso es, en definitiva, la oración. Podemos entonces rezar así: “Señor, no dejés de mirarnos a los ojos, como a aquel hombre al que miraste y amaste, al que también invitaste a tu seguimiento. Solo si tu mirada no nos deja podremos realmente ser tus discípulos. Amén.”

60 años de la diócesis de San Francisco

Homilía del arzobispo de Córdoba, Mons. Carlos J. Ñañez, en la catedral de San Francisco – 4 de octubre de 2021

Foto: “La Voz de San Justo”.

Queridos hermanos:

Saludo cordialmente a todos los presentes en esta Iglesia Catedral y a todos los que a través de las redes se unen a esta celebración.

Es una alegría para mi estar hoy en esta ciudad de San Francisco. Agradezco de corazón a Mons. Sergio Buenanueva su invitación para presidir esta Eucaristía. Es un gesto de comunión entre nuestras iglesias diocesanas y entre nosotros los obispos, como miembros de un único colegio que preside el sucesor del apóstol san Pedro, el Papa.

Festejamos un aniversario significativo: lo sesenta años de la creación de esta diócesis. Se trata de lo que podríamos llamar una cifra “redonda”, la conclusión de una década, que la encamina hacia la celebración de sus bodas de diamante cuando cumpla los setenta y cinco años de existencia.

El Papa san Juan Pablo II señalaba que los aniversarios significativos constituían una ocasión de gracia para las personas y para las instituciones. Al decir ocasión de gracia quería destacar una cercanía y un favor especial de parte de Dios para quien o quienes celebran ese aniversario.

El Papa señalaba, además, que ese acontecimiento era una oportunidad para volver “a la inspiración inicial”.

En una diócesis, la inspiración inicial no es otra sino el propósito de anunciar el evangelio a todos, invitando a los interlocutores a una adhesión personal al Señor Jesús, en el seno de una comunidad. Adhesión que alcanza su culmen en la celebración y en la participación de la Eucaristía.

El encargo del Señor a sus discípulos, después de su resurrección, es sumamente claro: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado (Mt 28, 19-20).

La enseñanza del Concilio Vaticano II, por su parte, nos recuerda que: “la diócesis es una porción del pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica” (Ch. D. 11).

Este es el desafío para la Iglesia de Jesucristo que peregrina en San Francisco: llevar a todos la buena noticia de Jesús, comunicar su vida abundante. Un desafío que la compromete, pero en cuya realización se tiene que sentir permanentemente acompañada y asistida por el Señor que prometió estar: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), aseguraba el Señor a sus apóstoles y en ellos, a su Iglesia.

El esfuerzo por caminar “en sinodalidad”, es decir, por caminar y trabajar juntos, que esta Iglesia está transitando la coloca en disposición para afrontar ese desafío en las mejores condiciones. La sinodalidad es, en efecto, lo que el Señor espera de su Iglesia en el siglo XXI, tal como nos dice el Papa Francisco.

Esta comunidad diocesana tiene un matiz particular señalado por el patrono de la ciudad en la que está la sede episcopal: san Francisco de Asís. Podemos, entonces, hablar de una “inspiración franciscana” en esta Iglesia local.

San Francisco estuvo cautivado por el acontecimiento del pesebre y su mensaje de sencillez, de humildad, de “minoridad”, como dicen sus hermanos y seguidores.

No es otro el mensaje que trasunta el evangelio que acabamos de escuchar: la alabanza de Jesús al designio paterno de privilegiar en su revelación a los pequeños, a los humildes.

San Francisco estuvo también como “atrapado” por el acontecimiento del Calvario, la crucifixión del Señor. Otro Francisco, santo como el de Asís y doctor de la Iglesia: San Francisco de Sales, decía que el calvario era el lugar de los verdaderos amadores de Dios (cfr. TAD 12, 13).

San Pablo, por su parte, se gloría de llevar las señales de la cruz de Cristo, señales que San Francisco de Asís llevaba en sus estigmas.

El Santo Padre en la homilía la Misa del inicio de su servicio como sucesor del apóstol san Pedro, el 19 de marzo de 2013, manifestó su preocupación por el cuidado de la creación. Años después nos ofreció la encíclica “Laudato Si”, sobre el cuidado de la casa común.

Dirigida a todos los creyentes y a todas las personas de buena voluntad, esta encíclica ha tenido honda repercusión en el mundo entero, incluso entre quienes no comparten la fe cristiana o no adhieren a ninguna creencia en particular.

Seguramente ha tenido y tiene también una resonancia especial en esta diócesis caracterizada por las actividades del campo, en la agricultura y la ganadería, y por las industrias vinculadas a dichas actividades agropecuarias.

La enseñanza del Papa en su encíclica constituye una invitación a desarrollar una “ecología integral” que cuide la sustentabilidad del medio ambiente y que posibilite sobre todo condiciones de vida digna y saludable para todos.

He aquí un desafío particular para esta diócesis: dar cabida a las recomendaciones del Santo Padre, como testimonio de una sincera adhesión al evangelio, que promueve siempre una vida cada vez más digna para todos.

La experiencia de la pandemia que atravesamos ha provocado dolor y sufrimiento, ante todo por la pérdida de seres queridos a los que no se pudo acompañar ni despedir, por los que, incluso, no se pudo hacer duelo; también por los enfermos que sufrieron el contagio del virus y que vieron en peligro su vida.

El aislamiento que las medidas sanitarias impusieron a todos, favorecieron en algunas oportunidades actitudes individualistas, un “sálvese quien pueda”, e incluso dieron lugar a expresiones de lamentable egoísmo.

Pero también tenemos que destacar los magníficos ejemplos de solidaridad y de verdadera caridad hecha entrega y servicio de muchas personas, particularmente entre los agentes sanitarios, médicos, enfermeros, auxiliares de la medicina y personal de los hospitales y sanatorios, que incluso arriesgaron sus vidas para combatir la enfermedad y aliviar los dolores y sufrimientos, así como también los encargados de otros servicios indispensables para la vida de las personas en la sociedad.

Las circunstancias dramáticas mencionadas y las actitudes positivas destacadas constituyen una invitación apremiante a la fraternidad.

Interpretando este signo de los tiempos, el Santo Padre nos ofreció durante la pandemia una nueva encíclica: la que lleva por título “Fratelli tutti”, sobre la fraternidad y la amistad social.

Los títulos en italiano de las dos encíclicas que hemos mencionado son una referencia innegable a San Francisco de Asís, quien cultivaba una admiración enorme ante la obra creadora de Dios, que lo motivó a componer el “Cántico de las creaturas”, y su aprecio por la experiencia de la fraternidad que marcó su existencia y su vida en común: “El Señor me dio hermanos…”, decía el santo.

También la encíclica “Fratelli tutti” puede tener una especial resonancia en esta diócesis, invitándola a cultivar una verdadera amistad social, superando diferencias de origen e integrando las características y cualidades de cada grupo. Hablando sencillamente, las particularidades de los “gringos” y las de los “criollos”, y así soñar e ir concretando una Patria de hermanos, saliendo juntos y mejores de esta pandemia que nos preocupa y que nos hace sufrir a todos.

Cultivar la fraternidad y la amistad social puede ser también un testimonio y un servicio que la comunidad eclesial ofrezca con sencillez, pero también con convicción y coherencia, a nuestra sociedad argentina atravesada por tantos enfrentamientos que provocan sucesivas frustraciones y un increíble desaprovechamiento de oportunidades para crecer y ofrecer mejores condiciones de vida para todos los ciudadanos.

Animémonos entonces a recorrer estos caminos, sugeridos por el Papa en sus enseñanzas. Así seremos de veras consecuentes con la inspiración “franciscana” de esta Iglesia local.

Por otra parte, y en consonancia con la inspiración inicial de la creación de la diócesis, animémonos también a llevar con alegría y convicción la buena noticia del evangelio que promueve siempre una vida más humana y más digna para todos. Como en su momento lo hizo también San José Gabriel Brochero en Traslasierra, dejándonos un ejemplo admirable cuyos efectos benéficos perduran hasta el día de hoy.

La Iglesia que peregrina en San Francisco tiene como Patrona a la Santísima Virgen María en su advocación de “Nuestra Señora de Fátima”. Dicha advocación dice relación a una manifestación de la Madre de Jesús en un momento dramático para la humanidad durante “la gran guerra”, es decir, la primera guerra mundial, a la que el Papa Benedicto XV calificó como “una inútil carnicería”.

El mensaje de María fue de consuelo y de invitación a una renovación interior, a una conversión sincera. Una invitación a ser hombres y mujeres “nuevos” para forjar una humanidad “nueva”, una humanidad que asuma el yugo del Señor que es liviano, llevadero, como Él mismo nos acaba de decir. Un yugo que da la verdadera libertad y la alegría que no miente. Libertad y alegría son las semillas de la auténtica felicidad a la que estamos llamados y que finalmente será plena junto a Dios y a nuestros seres queridos y hermanos todos.

Que el Señor, por la intercesión de Nuestra Señora de Fátima, de San Francisco de Asís y de San José Gabriel Brochero, se lo conceda a esta porción de la Iglesia y que ella pueda compartirlo con las demás Iglesias hermanas de Córdoba y de nuestro país.

Que así sea.

Francisco de Asís, imagen de Cristo

De San Francisco de Asís se ha dicho -y con razón- que ha sido la más perfecta imagen de Jesucristo que ha conocido el cristianismo. 

Vivió el Evangelio “sin glosas”, sin comentarios que lo aguaran. 

Esto es tan así que el mismo Cristo le regaló, al ir concluyendo su camino en esta vida, todas las cicatrices de su pasión.

Francisco quedó transfigurado en otro Cristo, como lo presenta el panel central de nuestra estupenda Iglesia catedral. 

Una gracia extraordinaria que, sin embargo, nos habla de la meta del camino ordinario de la vida cristiana. 

Es el dinamismo que pone en marcha el bautismo, que potencia la confirmación y que se alimenta de la Palabra y la Eucaristía: identificarnos con Jesús, configurándonos con él, en cuerpo y alma.

Potente mensaje para nuestra ciudad, para nuestra diócesis y para cada uno de nosotros. 

El nombre de Francisco de Asís que lleva nuestra diócesis desde hace sesenta años es también un regalo de Dios. Es, sobre todo, un programa de vida…

Jesús habla sobre el amor humano

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de octubre de 2021

“Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».  […]” (Mc 10, 5-9).

¡Qué bien nos hace escuchar a Jesús! Especialmente, cuando habla de las cosas importantes de la vida. En este caso, del amor humano. Va al hueso. No se deja atrapar por triquiñuelas, por preguntas capciosas ni por detalles que distraen.

Los fariseos le han preguntado si es “lícito al hombre divorciarse de su mujer” (Mc 10, 2). Lo están poniendo a prueba. Sin embargo, son ellos los que, con esa pregunta, revelan una mirada distorsionada: la mujer es una cosa, propiedad del varón. Este puede tenerla, usarla y dejarla.

Jesús vuelve al proyecto original del Creador: varón y mujer son imagen de Dios. Iguales en dignidad, distintos en cuerpo y alma, pero llamados a la comunión, a la reciprocidad. Uno y otro, a través de su libre consentimiento, hacen alianza para toda la vida. Uno y otro pueden ser infieles a ese pacto. Y eso es el adulterio.

El amor humano en el matrimonio expresa, en la visibilidad de un varón y una mujer que libremente se reciben y se aceptan como esposos, la belleza y la fuerza de la alianza que Dios hace con su pueblo. Los esposos están llamados a ser, en medio del mundo, rostro visible de ese amor de alianza.

Hoy como entonces, las preguntas sobre el matrimonio son delicadas, comprometidas y urgentes. La comunidad cristiana no tiene otra respuesta distinta a la de Jesús: ante tantas dificultades, fragilidades y dramas hay que volver a esa potencia de vida que es el proyecto original de Dios: “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mc 10, 7-9).

El evangelio de este domingo termina con aquel hecho simpático de los discípulos que enojan a Jesús porque quieren apartar a los niños que se le acercan. “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos” (Mc 2, 14). les responde Jesús.

Es más que un “hecho simpático”. Otra vez, Jesús va al hueso. Delante de Dios y su proyecto hay que ser como los chicos: abandonar la autosuficiencia y abrirse a la gratuidad. Así hay que vivir las exigencias de la vida, tal como la entiende Jesús: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará” (Mc 8, 35), escuchábamos domingos atrás.

Es por ahí. Solo así podemos vencer la “dureza de corazón” que también llevamos dentro.

Oremos entonces como lo hacen los chicos: “Jesús, Maestro, Amigo y Señor: vence la dureza y ceguera de nuestros corazones con la suavidad de tu Espíritu. Que nos dé la docilidad de los niños para apreciar, en toda su belleza, la vocación al amor que has inscrito en el varón y la mujer, llamados a ser imagen de tu fidelidad. Amén.”

El centro es Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de septiembre de 2021

“Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».” (Mc 9, 38).

Un tal… que no es de los nuestros. ¡Las cosas que tiene que escuchar Jesús! Ahora, para sus discípulos, el criterio fundamental para la legitimidad de la misión no es la persona del Maestro, sino lo que piensa y siente el grupo.

El evangelio de Marcos no disimula la lentitud, torpeza y ceguera de los discípulos que, hasta el final, no terminan de comprender a Jesús. Ahora, son ellos los que se ponen en el centro.

¿No nos pasa a nosotros lo mismo? ¿No solemos ponernos nosotros, nuestras ideas y sueños en el centro de la misión cristiana? Cristo es la luz, no nosotros. Él es el que cuenta. Él es centro y criterio, camino y meta.

Esto vale para cada uno de nosotros, pero especialmente para la comunidad eclesial, para la misma Iglesia. Jesucristo es el centro, no la Iglesia.

Este domingo, escuchando este evangelio, sería oportuno orar así:

“Señor Jesús, nos has llamado a seguirte y a anunciar el Reino en un tiempo de cambios profundos y de desafíos enormes. Que no nos centremos en nosotros y nuestras ideas. Que siempre anunciemos tu Evangelio al mundo. Amén.”

Caminar, siempre caminar… con Él

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de septiembre de 2021

“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.” (Mc 9, 37).

El evangelio de este domingo resalta el contraste entre el Maestro y sus discípulos: Jesús ha resuelto decididamente entregar la vida y hacia ese destino camina; los discípulos discuten quien es el más importante, quién es el primero.

Están en otra. Están en frecuencias distintas. Los discípulos no entienden demasiado qué quiere realmente Jesús. Es más: tienen una fuerte resistencia interior al modo cómo encara su misión. Sin embargo, lo siguen, caminan con él. La atracción de su persona es más fuerte.

Es así también con nosotros, que somos (o intentamos ser) sus discípulos. Jesús, a la vez, atrae, convence y desconcierta al mejor plantado. Como se dice hoy: está siempre desafiándonos para que salgamos de nuestra “zona de confort”.

Jesús anuncia la pasión que le aguarda en Jerusalén y termina identificándose con un niño pequeño. Así está en medio de nosotros. Así está en las manos del Padre. Así tenemos que buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

En definitiva, que nos cueste comprender a Jesús y su mensaje no es lo más grave. Es casi lo normal. Lo que hay que dar por sentado. Lo verdaderamente trágico sería, a causa de esa torpeza nuestra, dejar de caminar con él, dejándonos vencer por el desánimo.  Hay que caminar, siempre caminar con Él. En ese camino compartido se juega todo.

La experiencia cristiana es la de un Dios que ama la pequeñez y se siente más cómodo entre los humildes, los últimos y los más vulnerables, hasta hacerse uno de ellos. Ese es también el camino de su Iglesia y, en ella, de cada uno de los discípulos.

María cantó la grandeza del Señor “porque ha mirado la pequeñez de su servidora”. Ella nos educa en la escuela del Evangelio.

Inspirados en esta Palabra buena que hoy nos alcanza, te invito a rezar así: “Padre que amas a los pobres y pequeños: que el Espíritu de tu Hijo abra nuestros corazones para recibir tu Reino, con la misma disponibilidad y confianza de los niños. Amén.”