Libertad de culto “en pandemia”

Católicos franceses reclaman: “Déjennos orar”.

Hace más de un año que, en varias diócesis del país, existen restricciones injustificadas, desproporcionadas e injustas a la libertad de culto.

¡Más de un año!

La situación en las seis diócesis de la provincia de Córdoba es, gracias a Dios, distinta. Al menos, desde junio del año pasado, cuando los obispos preparamos el protocolo vigente, nuestras comunidades han retomado las celebraciones comunitarias de la Eucaristía y demás sacramentos.

Dicho protocolo fue revisado y aprobado por la autoridad sanitaria de la provincia. Contiene indicaciones precisas y sensatas para el cuidado de la salud en dichas celebraciones. Como hemos dicho varias veces, está siendo aplicado con seriedad por nuestras comunidades cristianas.

Apoyo con vehemencia las manifestaciones de disconformidad que hermanos obispos de varias diócesis han hecho conocer en estos días, por la injustificada permanencia en el tiempo de esta restricción a la libertad de culto.

¿Se conoce realmente cómo es la dinámica del culto católico? ¿Hay aprecio verdadero por la libertad religiosa, una de cuyas componentes es la libertad de culto? ¿Se percibe que dicha libertad forma parte del núcleo sustantivo de los derechos humanos? ¿Se aprecia su valor ciudadano e incluso su alcance jurídico?

Vivimos “en pandemia” y este estado de situación parece que se prolongará en el tiempo. Es un desafío a la convivencia y a la gestión de nuestros gobernantes.

Para evitar la arbitrariedad que hemos visto en este tiempo en demasiadas ocasiones, es fundamental una intervención más seria y decisiva de los poderes legislativas del estado en todos sus niveles: municipal, provincial y nacional. También potenciar el diálogo con los actores de cada sector, en este caso, con los responsables de la vida religiosa de nuestro pueblo.  

Importa la salud de todos, especialmente de los más vulnerables. Importa que la economía funcione. Importan también otras actividades esenciales que hacen a la salud integral de las personas y de los pueblos, entre ellas, las que sostienen espiritualmente el enorme esfuerzo que significa vivir “en pandemia”.

El mejor vino de la cepa más selecta

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de mayo de 2021

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.” (Jn 15, 5).

El Dios viñador, celebrado por los profetas, ha plantado en el mundo la mejor de sus cepas: Jesús, su Hijo, la verdadera vid. Y ha madurado en la Pascua, dando el fruto más selecto y sabroso: la redención del mundo. Ha sido necesaria la dolorosa poda de la Pascua. 

También para quienes somos sus discípulos -como sarmientos en la vid- llega la hora de la poda. El bautismo nos ha sumergido en la Pascua de Jesús, que se ha hecho así, inseparable de nuestra existencia.

Por eso, cada Eucaristía nos toca tan profundamente. No es algo que pasa fuera de nosotros. De rodillas escuchamos las palabras fuertes de la consagración que se pronuncian en el altar, pero es el corazón tocado por el Espíritu el que se conmueve.

También nosotros estamos llamados a dar mucho fruto. Solo hay una condición: “Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes” (Jn 15, 4). 

Ser sus discípulos nos pone en una saludable tensión: buscarlo siempre a Él y, en Él, producir abundantes frutos y, de esta manera, glorificar al Padre. 

¿Dónde encontrarlo? Te doy una pista certera: buscá en la vida de aquellos para quienes Jesús es, sin más, todo; los que son luminosos porque irradian la luz de Cristo. Son sus testigos, sus amigos y enamorados. Son sus santos. Ellos son el mejor comentario del Evangelio, pues no solo dicen, sino que muestran el Rostro de Jesús. 

Para Pentecostés vamos a tener entre nosotros una reliquia de uno de ellos: el beato Carlos Acutis, enamorado de la Eucaristía. Tal vez, a través de Carlos, Jesús tenga alguna gracia reservada para vos.

Te invito a orar: “Señor Jesús, vid verdadera que el Padre ha plantado en el mundo, buscamos tu savia vital para tener vida, alegría y dar mucho fruto. No permitas, Señor, que nos apartemos de Ti. Beato Carlos Acutis: intercedé por nosotros, para que, como vos, también permanezcamos en Jesús, como los sarmientos en la vid. Amén.”

El buen Pastor y nosotros

“La Voz de San Justo” domingo 25 de abril de 2021

“Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.” (Jn 10, 14-15).

En la montaña santa, Moisés le había pedido a Dios que le revelara su Nombre. Desde la zarza ardiente, Dios le respondió: “Yo soy el que soy” (Jn 3, 14). Ahora es Jesús el que habla así: “Yo soy el Buen Pastor…” (Jn 10,11). 

Jesús nos muestra el significado último del Santo Nombre revelado a Moisés. No es especulación teórica. Es vida y camino. 

En el pastoreo de Jesús hasta dar la vida, comprendemos que Dios es Amor. En su conocer a las ovejas y ser conocido por ellas, sabemos que es amor personal, concreto y comprometido con cada ser humano. En su buscar a las que está lejos para devolverla al redil, que es amor que quiere reunir a todos en una sola familia, especialmente a los alejados y más perdidos. 

Y que ese amor del Dios Pastor se contagia, al punto que se hace vocación y misión que toma toda la vida. Desde el bautismo, esa pasión por la vida habita el alma de cada discípulo. 

Este domingo celebramos la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones. Rezamos para que cada cristiano deje salir y viva intensamente esa fuerza que lo habita. La vida es vocación, llamada de Dios a cada ser humano. Es vocación a la libertad, a una vida plena por el amor que se hace cargo, se apasiona y se entrega. 

En su mensaje para esta Jornada, el papa Francisco destaca la figura evangélica de san José. Entre otras cosas, nos invita a dejarnos llevar por los sueños de Dios, como hizo José. En este tiempo desafiante, especialmente frente a la mezquindad que parece achicar el horizonte, necesitamos escuchar la voz de Dios, soñar con la vida grande que nos propone y, de esa manera, mirar con valentía el futuro que Él nos abre. 

Podemos rezar así: “Jesús Buen Pastor, escucha la voz de la Iglesia, el rebaño que Tú apacientas con la fuerza de tu Espíritu. Te rogamos para que cada bautizado y confirmado escuche tu voz, viva intensamente su vocación y misión al servicio del Reino de Dios. Amén.”

Tocar a Jesús resucitado

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de abril de 2021

“Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.” (Lc 24, 38-40).

El domingo pasado, Jesús declaraba bienaventurados a quienes, sin ver, creían. Hoy nos muestra sus cicatrices y nos invita a verlo y tocarlo.

¿En qué quedamos? ¿Creer sin ver o ver, tocar y creer?

La fe en Jesús, muerto y resucitado es una experiencia tan intensa como singular: exquisitamente personal, a la vez que fraterna y eclesial. No se la una sin la otra. El “creo en Vos, Señor” es inseparable del “creemos” que pronuncia la comunidad en torno al altar.

“Toca a Cristo quien cree en Cristo”, dice sabiamente San Agustín. Lo recordaba días pasados, ante el Papa Francisco y la Curia romana, el cardenal Cantalamessa.

El Resucitado no es un objeto inerte frente a nosotros. Es una Presencia que nos invita a reconocerlo de tal manera que, el Amén de nuestra fe sea también consciente, libre y gratuito. La fe es un camino personal a través del cual nos abrimos a una Presencia que está delante de nosotros, pero que siempre deja espacio para que el reconocimiento que hagamos de ella sea realmente libre, consciente y gratuito.

En todo esto, tiene una decisiva centralidad la la lectura orante de las Escrituras. De modo particular, los evangelios. Y, en ellos, los relatos de su pasión, muerte y glorificación. Y hacerlo en comunidad, bajo la inspiración del Espíritu.

Por supuesto que este encuentro con el Resucitado requiere el camino personal de oración: ese encuentro cotidiano con la Palabra que, como el árbol plantado junto a la acequia de agua, a su tiempo da fruto. Pero, incluso cuando leemos en nuestra habitación la Escritura, lo hacemos “en Iglesia”, en comunidad.

Quien reconoce el tono de su voz en la lectura de su Palabra, lo reconocerá en los hermanos. Como también, quien se deja herir por las heridas de quienes sufren, experimentará el gozo de descubrirlo vivo y cercano.

Te invito a rezar: “Señor Jesús, estás resucitado en medio de nosotros, en el mundo, actuando en nuestra historia. ¡Aumenta nuestra fe para que podamos verte y tocarte con los ojos de la fe iluminados por la esperanza y el amor! Amén.”

Bienaventurados los que se dejan transformar por la fe

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de abril de 2021

“Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».” (Jn 20, 8).

Una buena tarea para este tiempo de Pascua sería buscar e identificar todas las bienaventuranzas que, del principio al final, atraviesan toda la Biblia. No solo las del Sermón de la montaña. 

El libro de los Salmos, por ejemplo, se abre con una de ellas: “¡Feliz el hombre… que se complace en la Ley del Señor y la medita de día y de noche!”. 

Los evangelios, en cierto modo, se abren y se cierran con la misma bienaventuranza: “Feliz de ti por haber creído…”, le dice Isabel a María. Y, este domingo, de labios de Jesús resucitado escuchamos su última bienaventuranza: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29). La bienaventuranza de la fe: creer en Dios, tal como se nos ha mostrado en su Verbo, Jesucristo, es la plenitud de la vida y de la felicidad. 

En nuestro uso cotidiano, la palabra “feliz” puede sonar a deseo un poco volátil, formal, inconsistente. Es algo que decimos, con afecto, por cierto, pero casi como una costumbre, al pasar: ¡Feliz cumple! 

En el lenguaje de la Biblia -el lenguaje de la fe- indica algo grande: una vida realmente lograda, completa, verdaderamente plena… según Dios. Es lo que nos da la amistad que Cristo resucitado nos ofrece. Lo experimentamos especialmente en el tiempo pascual.

Como enseñaban los Padres: todo lo que en Jesús, Verbo encarnado, era visible ha pasado ahora a los sacramentos de la Iglesia: la Palabra que escuchamos en comunidad, el Pan de la Eucaristía en el altar que es también mesa de familia, en el servicio alegre a los hermanos, en lo que de más hondo acontece en nuestro camino. Allí, en ese mundo, a la vez visible y cargado de silencio, el Resucitado se abre paso por nuestra vida. Y se da a conocer con la gratuidad del amor, interpelando nuestra libertad; esperando siempre una respuesta igualmente libre y gratuita. Nos busca, nos llama y nos espera. 

Siempre es tiempo para orar. Te invito a hacerlo así: “Señor Jesús, como tu discípulo Tomás, también nosotros te reconocemos en medio de la comunidad que Tú mismo reúnes, cada domingo, para celebrar tu Pascua. Que podamos experimentar tu presencia y, ya desde ahora, alcanzar la bienaventuranza reservada a lo que creen en Ti. Amén.”

60 años de la creación de la diócesis de San Francisco

Homilía en la catedral de San Francisco, sábado 10 de abril de 2021

¡Cómo le costó a Tomás reconocer a Jesús resucitado! Fuera de la comunidad, haciendo la suya, desconfiando de la palabra y testimonio de los otros, ensimismado en su propio mundo. 

Por otra parte, ¡qué potente es este icono del camino de la fe de Tomás como experiencia de Cristo en la fraternidad eclesial! ¡Qué fuerza la imagen del Resucitado comunicando su Aliento y la misión que le ha confiado el Padre! 

No hay encuentro con el Resucitado fuera de la comunión fraterna y la misión compartida por Jesús a sus hermanos y discípulos. 

¿Tomamos realmente conciencia del alcance de sus palabras: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”? (Jn 20, 21).

***

Celebrando los sesenta años de la creación de nuestra diócesis, dejémonos iluminar por este icono evangélico que la liturgia nos propone este segundo domingo de Pascua, el “domingo de la misericordia”. 

Nos ilumina en lo que somos, en lo que estamos llamados a ser y en lo que el Espíritu del Señor resucitado está obrando en nosotros, que es, sin dudas, lo decisivo. 

Nos reconocemos en Tomás, pero también en la comunidad reunida. Así es nuestra realidad concreta: la de nuestras comunidades, nuestros espacios pastorales, nuestro Presbiterio. 

Esa tensión es parte insoslayable de la vida de una Iglesia que camina realmente en la historia. Podemos fugarnos hacia el idealismo romántico de una Iglesia de puros, inmaculados y perfectos. Esa Iglesia existe… en el cielo y es la promesa del futuro eterno. Hacia allí caminamos, y eso significa que la fe nos hace siempre insatisfechos pero también serenos con la fragilidad humana propia y ajena. 

Podemos huir espantados de la miseria y pobreza de esta fraternidad demasiado humana. En la comunidad eclesial, concreta y visible, crecen juntos el trigo y la cizaña, la santidad y la fragilidad de los pecadores. Esa es la comunidad que Jesús ama, sostiene y anima. Eso somos. 

Estamos llamados a ser la fraternidad animada por el Espíritu de Jesús resucitado, la comunidad que vive de su experiencia del encuentro con Él, con su amor salvador y su fuerza humanizante. El dinamismo interior que el Espíritu genera es profundamente misionero: nos desinstala, nos lleva hacia fuera, nos pone a la intemperie de la vida, expectativas y también heridas de nuestros hermanos. 

Cada uno de nosotros vive esa tensión en grado y modalidades diversos. Eso es también la Iglesia católica: unos se sumergen en la oración, heridos en su corazón por la Presencia invisible del Señor que ama y a quien aman. Otros no pueden sino dejarse devorar por las necesidades, gritos y urgencias de sus hermanos más heridos y vulnerables. 

La Iglesia católica es, una e inseparablemente, tradición y profecía, fidelidad y adaptación, conservación y progreso… 

El tentador nos hace ver oposiciones irreconciliables donde el Espíritu crea diversidad, riqueza y complementariedad. Eso somos. De ese recio y, a la vez, maleable material está hecha la red de comunidades, carismas y ministerios que es nuestra Iglesia diocesana de San Francisco. 

Pero somos una familia en la que ya está actuando la Pascua de Jesucristo. Tal vez nuestro mayor pecado sea no creer en la presencia y acción del Espíritu en nosotros; dejándonos ganar por el pesimismo que, porque no se abre y confía al Espíritu, solo ve grises cada vez más oscuros. 

Queridos hermanos y hermanas: permítanme decirles -y, si es necesario, gritarles- que la Iglesia diocesana de San Francisco, en sus comunidades, en sus fieles e iniciativas, está viva con una vitalidad hermosa. Eso sí, la vitalidad del Resucitado: no hace ruido, no genera espectáculo ni apunta al éxito, sino la vitalidad del grano de trigo que, pujante de futuro, cae en tierra y, en silencio, genera vida. 

***

Después que Tomás cae de rodillas, habiendo metido sus manos en las heridas de Cristo, pronuncia una de las confesiones de fe más hermosas y hondas del Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!”. No en vano la repetimos en silencio cuando adoramos el santísimo Cuerpo y la gloriosa Sangre eucarísticos del Señor. 

Entonces, Jesús pronuncia la última de sus bienaventuranzas: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29). 

En cierto modo, los evangelios se abren y se cierran con la misma bienaventuranza. San Lucas nos dice que Isabel así saluda también a la madre de todos creyentes, la más perfecta discípula del Señor, María: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 45). 

En esa bienaventuranza se resume nuestra vida y nuestra misión. Ella le pone palabras a nuestra experiencia más honda: Sí, somos hondamente bienaventurados porque hemos sido enriquecidos con el precioso don de la fe en Jesucristo. Ese es nuestro gozo más hondo, pero también nuestra misión. No podemos callar ni dejar de compartir lo que a nosotros nos colma. 

En palabras del documento de Aparecida que no nos cansamos de repetir: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (Aparecida 29). 

***

Los tiempos que corren, acelerados por la pandemia, nos desafían en muchos sentidos. No perdamos el norte, dejándonos ganar por la ansiedad. Sigue siendo verdad lo que Jesús dijo en Betania, en casa de sus amigos María, Marta y Lázaro: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada.” (Lc 10, 48-49). 

Estamos celebrando estos sesenta años “en pandemia”, obligados a la sobriedad, la sencillez y concentrados en lo esencial. 

Y lo esencial, para nosotros, tiene un Nombre: Cristo, el Señor; el que nos lleva al Padre en la potencia del Espíritu. Cristo, cuyo encuentro cambia todo en la vida. Cristo, la Alegría y la Esperanza que compartimos con todos los seres humanos que, en el fondo de sus corazones, lo anhelan, lo desean y no se cansan de buscarlo. 

Seamos como la comunidad apostólica: reunámonos a orar y a invocar el Espíritu. Seamos como Tomás, que sale de la duda y de su ensimismamiento y se entrega confiadamente al Señor. 

Amén. 

Resurrección para Argentina

Mientras celebraba la Semana Santa, de improviso, me vino al corazón esta pregunta: en este 2021, marcado por la pandemia, ¿hay resurrección para nuestra Argentina?

Comparto los pensamientos que esta pregunta puso en marcha. Obviamente, no se trata de una respuesta exhaustiva, sino abierta, porque así es la vida… y, sobre todo, así es la experiencia de la Pascua en esta historia: un paso constante de las sombras a la luz, de la mentira a la verdad, de la muerte a la vida. Y volver a empezar.

La mirada tiene que estar fija en Cristo. Nuestra guía espiritual en esta aventura puede ser la inmensa María Magdalena, que mira hacia dentro de la tumba vacía, llorando, pero sobreponiéndose al dolor, para ser alcanzada por Jesús que pronuncia su nombre y desata la bendita tormenta del Evangelio (cf. Jn 20, 1-18).

***

Cada domingo, al celebrar la Eucaristía, los cristianos profesamos nuestra fe: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”.

La resurrección es el contenido de nuestra esperanza: confesamos que la consumación de la creación y de la historia está en las manos de Dios. Así lo expresa solemnemente el Concilio Vaticano II: “Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.” (GS 39).

Claro que hay resurrección para Argentina, como para todos los pueblos de la tierra. Resurrección es el futuro de la humanidad. Y ese futuro tiene el rostro trinitario de Dios. Es don suyo, acción salvadora del Dios amor que rescata, perdona y purifica. Por eso lo escribimos con mayúsculas: nuestro Futuro es la Trinidad y nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Este Futuro es el contenido de nuestra esperanza. Lo esperamos, pero sabemos también que ya está actuando en la historia de los hombres. En esa tensión entre el “ya-todavía no” vivimos a fondo nuestra libertad.

***

En este último sentido, también hay resurrección en Argentina. La Pascua de Jesús es la fuerza secreta que está actuando ya en cada atisbo de bien, de humanidad, de honestidad y de justicia que, día tras día, constituye la trama más profunda de nuestra vida como pueblo. Hay resurrección porque también cada día, la vida y la muerte luchan en un duelo admirable. Y la vida, mejor: el “Viviente”, vence.

En Argentina hay muchas cosas que huelen a muerte, a corrupción e injusticia. Es una verdad que parece no necesitar demasiada comprobación. Solo una advertencia: la potencia del mal, en todas sus formas, fascina y obnubila. Ante todo, a quienes se dejan ganar el corazón por la engañosa fascinación del pecado. Pero también, porque su fulgor enceguece para ver cuánto bien crece a nuestro alrededor. Genera así la amarga sensación demoníaca de que todo está perdido y no hay esperanza, solo un futuro gris.

***

La esperanza cristiana en la resurrección de la carne abre los ojos y fortalece el corazón para emprender la tarea cotidiana de edificar la justicia. Solo hombres y mujeres animados desde dentro por una esperanza grande logran humanizar el mundo, especialmente en las circunstancias más adversas. Lo estamos comprobando en esta pandemia, cuyos verdaderos protagonistas (y hasta “héroes”) son hombres y mujeres comunes que abrazan el servicio al bien de todos, aún a riesgo de sus propias vidas.

Minorías intensas y altamente ideologizadas siguen bregando por sus utopías, ajenas a la realidad concreta. Nos prometen traer el cielo a la tierra. Promesa irrealizable que, las más de las veces, solo logra imponerse con formas inhumanas de autoritarismo y autocensuras, silenciamientos y miedos. Basta ver la pervivencia de la fascinación del socialismo colectivista. Hoy se entremezcla con el auge al parecer irrefrenable del individualismo que reduce la verdad a la medida del propio yo con sus reclamos y deseos.

***

La pobreza que hoy castiga a una inmensa mayoría de argentinos (especialmente niños, jóvenes y ancianos) sigue siendo nuestra deuda más vergonzosa. No es la grieta, sino una consecuencia nefasta de nuestras desavenencias. O, mejor: de no saber gestionar los legítimos disensos y hasta proyectos de país que significa habitar una nación que crece en libertad y pluralismo. Nos pasa a los ciudadanos de a pie, pero resulta fatal cuando la dirigencia de un país vive ensimismada, desconectada de la realidad y entretenida en chicanas adolescentes, ante la mirada atónita del pueblo.

Cuando un peronista llama “gorila” a su adversario, a esta altura del partido y con tanta sangre vertida, está negándole subjetividad política. Lo mismo ocurre cuando, desde la otra orilla (la del irracional anti-peronismo), se descalifica como “cabeza de termo” u otras expresiones rebajantes, a quienes adhieren a proyectos populares.

¿Y por casa cómo andamos? Hoy por hoy, también en el variopinto mundo católico argentino, nos descalificamos unos a otros, rotulándonos de “conservadores” y “progresistas”. En definitiva, nos cuesta aceptar que tradición y profecía son criaturas del Espíritu. Su saludable tensión pertenece al alma católica de la Iglesia.

Hasta tanto no aprendamos, internalicemos y defendamos realmente el pluralismo en Argentina, la resurrección de nuestro país seguirá siendo un río subterráneo que puja por emerger, impedido siempre por la irracionalidad de quienes solo quieren imponerse e imponer su particular lectura de la realidad.

Pienso que los tiempos se agotan. La pandemia nos está dejando exhaustos. Necesitamos arbitrar caminos de consensos genuinos que, respetando las legítimas diversidades, logren identificar algunos acuerdos fundamentales mirando al futuro.

La fe en Dios vivida y celebrada en comunidad es una de esas realidades “esenciales” que hemos aprendido a defender en medio del aislamiento social: sin su potencial de esperanza, difícilmente se pueda acometer una empresa de largo alcance como esta.

***

A la Iglesia como tal, y a quienes somos sus pastores, no nos corresponde una acción política directa, menos aún entre bambalinas. Nuestra aportación es una predicación fervorosa del Evangelio, que toque y temple el corazón y, secundando la acción del Espíritu Santo, despierte la mística del reino de Dios en las personas. Un verdadero liderazgo espiritual.

Lo cierto es que la Pascua que crece en el cuerpo de nuestro país ha de ser secundada por la acción misionera, consciente y responsable, de lo mejor que tiene la Iglesia: sus bautizados-confirmados, los que solemos llamar, a falta de un nombre mejor: laicos.

La resurrección de Argentina es una tarea de todos los ciudadanos, creyentes o no. Los que profesamos la fe católica nos sentimos llamados a ello desde el corazón del Evangelio: Cristo y los pobres. Ha de tener como protagonistas a los miles de hombres y mujeres laicos que se reconocen en el Evangelio de Jesucristo.

Creo además que esta pandemia está significando un aliciente y una aceleración de una aguda toma de conciencia de esa responsabilidad intransferible de cada uno en la misión compartida. “Una patria de hermanos…”, aprendimos a cantar. Ahora, nuestro Francisco, presenta la Fraternidad como una vocación que, del corazón de la Trinidad, late en el corazón de cada ser humano. Ese proyecto divino secundamos.

***

Volvamos al Credo: “Creo en el Espíritu Santo… en la resurrección de la carne… Amén”. Sí: toda resurrección, empezando por la de Cristo, es obra del Aliento divino, el Espíritu vivificante. Él está obrando entre nosotros.

Bueno. Hasta aquí estas reflexiones abiertas. Las confío a la lectura de quien se anime. Pero, sobre todo, las pongo en las manos de san José, figura admirable del Evangelio, providencialmente propuesta por nuestro papa Francisco para esta hora del mundo y, por supuesto, de nuestra amada Argentina.

+ Sergio O. Buenanueva,
obispo de San Francisco.
Miércoles 7 de abril, octava de Pascua

Cuéntanos, María, cuéntanos…

“Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino? He visto el sepulcro de Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado…”. (Secuencia de Pascua). 

En esta mañana de Pascua, la más luminosa y feliz de todas, corramos con María, Simón Pedro y el discípulo amado. El sepulcro está vacío, pues el Dios que ama la vida ha resucitado a su Hijo rompiendo las ataduras de la muerte. 

Como el pesebre o la cruz, la tumba vacía es el signo, humilde y poderoso a la vez, que grita esperanza y alegría a nuestro atormentado mundo. 

Con nuestra vida de resucitados llevemos ese anuncio de puerta en puerta. Seamos servidores de la esperanza que Dios regala al mundo. Él ama la vida y sabe cómo resucitarnos de todas nuestras muertes. 

Como María Magdalena, también nosotros somos enviados para anunciar esta esperanza a nuestros hermanos y hermanas, especialmente a los pobres, los tristes, los heridos y desalentados.

Nuestra alegría se vuelve oración. Te invito a rezar: 

“En esta mañana luminosa del «día que hizo el Señor», nos dirigimos a ti, María Magdalena, apóstol de los apóstoles. Fuiste la primera en comenzar a descubrir el gozo de la Resurrección. Guíanos hacia esa luz, como guiaste a Simón Pedro y al discípulo amado. Date prisa, la hora apremia. 

Este tiempo de incertidumbre ha llenado de oscuridad muchos corazones. Todos esperamos el anuncio pascual que nos abre a la esperanza. 

Te vemos llegar corriendo, con el rostro iluminado: ¡Ha resucitado! Casi que no podemos creerlo, pero el corazón nos salta de gozo. El amor intuye la verdad de esas palabras. Amén. Aleluya.”

Mensaje Pascual 202

“Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.” (Mc 16, 8).

Así concluye el evangelio que hemos escuchado en la Vigilia Pascual. Vale la pena volver sobre él.

Las mujeres, sobreponiéndose al dolor por la muerte de Jesús, acuden tempranito a honrar al ilustre fallecido. Las mueve el amor. De camino se dan cuenta de la “pesada piedra” que hay que remover para ungir el cuerpo. Pero el “genio femenino” no se arredra: siguen su camino.

Al llegar, un anuncio inesperado y desconcertante: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí.” (Mc 16, 6).

El misterioso joven de blancas vestiduras que así les habla tiene para ellas una misión: ir a comunicar esto mismo a Pedro y a los demás discípulos; y que se pongan en camino hacia Galilea, porque allí tendrá lugar el encuentro con el Resucitado. Tomemos nota: no hay experiencia de la resurrección sin una misión que cumplir, sin comunicar el anuncio recibido.

Sobreviene entonces el temor, que se convierte en huida: salieron corriendo, aterrorizadas.

¿Nos sorprende? Meditemos un poco: ¿hemos tomado realmente en serio lo que significa aquella tumba vacía? ¿Que la muerte ha sido absorbida por la vida? ¿Que aquel humillado era “verdaderamente el Hijo”, como lo confesó el centurión? ¿Nos damos cuenta de que eso cambia todo: nuestra mirada y el modo de pararnos frente a la vida y a la misma muerte? ¿Nos damos cuenta de que solo de ese Crucificado nace la esperanza? ¿Comprendemos que la incertidumbre de este tiempo es, para nosotros, el camino hacia el encuentro con el Resucitado? ¿Qué precisamente allí nos está esperando?

Hermanos y hermanas: al saludarlos en esta Pascua 2021, también este año en pandemia, no puedo sino invitarlos a experimentar el mismo vértigo de aquellas mujeres. Solo así estamos en condiciones de convertirnos en discípulos misioneros de Jesús resucitado. Miremos, si no, a estas benditas mujeres: tuvieron que pasar por esa fuerte experiencia para llegar a ser “apóstoles de los apóstoles”. Con ese anuncio comenzará la historia de la que somos parte: historia de fe, de misión y de esperanza compartida. Porque también nosotros hemos recibido el mismo mandato: vayan y cuenten a todos esta buena noticia.

Es la historia que Dios está llevando adelante, porque es el Dios que ama la vida y, por eso, resucitó a su Hijo y nos resucitará a todos nosotros “por Cristo, con Él y en Él”.

Feliz Pascua para todos, guiados por las santas mujeres que pasaron del miedo a la esperanza. Nos acompañan también María y José de Nazaret.

Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva,
obispo de San Francisco

La pregunta del Sumo Sacerdote y la fe del centurión

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de marzo de 2021, Domingo de Ramos

“¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?”, pregunta el Sumo Sacerdote a Jesús. “Sí. Yo lo soy…”, responde el Señor (cf. Mc 14, 61.62). 

También nosotros conocemos esa respuesta. Sin embargo, cada año, en la celebración anual de la Pascua, tenemos que volver a escuchar el relato de la Pasión. 

Siempre corremos el riesgo de creer que, porque sabemos el contenido doctrinal de la fe, ya, por esa razón, somos realmente discípulos de Jesús. 

Necesitamos, sin embargo, que la Pasión del Señor nos conmueva, le hable a nuestra vida, nos ponga en crisis, como a los discípulos que, llegada esa hora, lo dejan solo. 

Necesitamos contemplarlo en la humillación desnuda de la cruz, para poder confesar, como aquel centurión que lo ve morir: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15, 39).

Somos invitados a hacer nuestra la fe de aquel centurión pagano: ve al crucificado y reconoce en él al Hijo de Dios. En el humillado contempla la humildad del Dios que, de esa desconcertante forma, nos redime, desarmando toda soberbia.  Esa es nuestra fe, la fe de la Iglesia…

Hoy entramos en la Semana Santa. Dos veces escucharemos el relato de la Pasión. Este domingo, la versión de San Marcos. El Viernes Santo, la de San Juan. 

Dos relatos, un solo y gran protagonista. Dos variaciones de un mismo tema: el amor de Dios.

Te invito a orar: Señor Jesús: entramos con vos en Jerusalén para sufrir la pasión. Solo Vos podés revelarnos el misterio de la cruz. Ahora nos disponemos al silencio que contempla y ama. Te suplicamos: ¡Hablá Vos a nuestros corazones! ¡Revelanos el amor del Padre que, desde tu amor de Crucificado, quiere abrazar a todos los crucificados! Amén