Jesús lee las Escrituras

«La Voz de San Justo», domingo 23 de enero de 2022

“Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.  Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».” (Lc 4, 20-21).

Con el relato de Jesús en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, comenzamos la lectura semicontinua del Evangelio según san Lucas en la liturgia de los domingos. 

Jesús ya ha iniciado su misión, predicando en las sinagogas de varios pueblos. Ahora es el turno de “su” pueblo y “sus” paisanos. Después de una reacción inicial de admiración, todo termina en desastre: los vecinos lo quieren matar, pues Jesús no responde a sus expectativas. “Ningún profeta es bien recibido en su tierra”, comenta Jesús (Lc 4, 24). 

“Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”, comenta escuetamente Jesús. Detengámonos en el adverbio de tiempo: “hoy”. Es clave. No solo porque lo dice Jesús refiriéndose al cumplimiento de la profecía de Isaías que acaba de leer. En realidad, cada vez que nos acercamos a las Escrituras con una fe viva, buscando no tanto saber sino, fundamentalmente, oír la voz del Señor, ese “hoy” expresa también lo que acontece en esa lectura de las Escrituras: el texto se vuelve revelación. 

Este tercer domingo del tiempo ordinario es el “Domingo de la Palabra de Dios”. Por eso, es bueno recordar cómo hay que leer las Escrituras. Mejor, cómo hay que disponerse para escuchar la voz de Dios en la lectura atenta, creyente y orante de la Biblia. 

Se puede y se debe estudiar la Biblia con los métodos modernos. Son tan imprescindibles como insuficientes. De lo que se trata es de tomar a las Escrituras una Palabra personal de Dios dirigida a nosotros, aquí y ahora. Entonces tiene que entrar en juego el propio corazón transfigurado por la fe.  

Es lo que busca la lectio divina o “lectura de Dios”, tan arraigada en la experiencia de Israel (de eso nos habla la primera lectura). Leer con atención el texto bíblico, animado por una fe inquieta y ansiosa de escuchar la voz del corazón de Dios que me busca, que me tiende la mano, me dirige su palabra y quiere hacer alianza conmigo. 

De ahí que el creyente invoca al Espíritu al abrir el texto sagrado y para que este le abra su sentido más hondo. 

Al disponernos a leer las Escrituras, podemos rezar así: “Señor Jesús: sopla tu Espíritu sobre nosotros. Toca nuestros oídos para que escuchemos tu Voz en la lectura de las santas Escrituras. Libera nuestros labios para que podamos dirigir nuestra plegaria de hijos al Padre: una plegaria de bendición, de alabanza, de consuelo y de súplica. Que podamos experimentar, cada día, que tus palabras son espíritu y son vida. Amén.”

Jesús, unas bodas y un poco de vino

«La Voz de San Justo», domingo 16 de enero de 2022

“Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». […]” (Jn 2, 1-3).

La Biblia se abre y se cierra con una historia de amor: un hombre y una mujer, novios y esposos. En el Antiguo Testamento es el símbolo más fuerte para hablar de Dios, sus intenciones y su modo de acercarse a su pueblo y a toda la humanidad.

Dios es novio, amante, esposo. Ahí está el Cantar de los Cantares, brevísimo libro que forma parte de las Escrituras que celebra el amor humano que cautiva el corazón de los jóvenes que se aman. Incluso en sus expresiones más audaces y románticas.

A diferencia de algunas corrientes actuales, para el humanismo que abreva en la Biblia, el matrimonio no es una institución opresiva sino el camino para humanizar el amor, la sexualidad y la relación entre las personas. Por eso, es el mejor símbolo para hablar de Dios y su amor hacia el mundo.

Este domingo, escuchamos el relato de las Bodas de Caná. Es el primero de los siete “signos” que irán pasando ante nuestros ojos para que descubramos quién es realmente Jesús, cuál es su misión y qué tiene que ver con nosotros. En este relato convergen varios símbolos bíblicos: las bodas, los novios, el agua en las tinajas de piedra y, finalmente, el vino. Sin olvidarnos del apelativo “mujer” con que Jesús interpela a su madre.

Jesús es el trae la verdadera alegría al mundo, superior a cualquier otra que pueda encontrarse en la vida. Es el mejor vino, el más delicado y fino. El de superior calidad. Ese vino generoso es el que ofrece el Evangelio que el lector ha comenzado a leer. O, en nuestro caso, el que iremos saboreando domingo tras domingo, especialmente cuando lleguemos al culmen de la fiesta: la pascua en la que el Esposo se entrega y derrama su sangre para dar vida al mundo. Estas bodas en Caná son un signo de esa alianza de amor.

En cada Eucaristía la comunidad cristiana llena la copa de vino que debería pasar de mano en mano para saborear la vida nueva que Jesús nos ha alcanzado. Cada Eucaristía dominical es verdaderamente una fiesta de bodas.

Esa es también la vocación de cada mesa familiar que evoca, aún con los límites de todo lo humano, ese amor de alianza que Jesús ha traído al mundo.

A este Jesús, novio y esposo, podemos rezarle así: “Jesús, hacéle caso a tu madre, adelantá tu hora y danos, una vez más, a beber del mejor vino, el que alegra el corazón con ese gozo que nadie puede darnos ni quitarnos: el de sabernos amados, salvados y redimidos por el Dios de la vida, que hace fiesta, que transforma la sequedad de piedra de nuestros corazones y nos hace servidores de la alegría de nuestros hermanos. Amén.”

Misa de exequias del padre Carlos Mora Morales

Catedral de San Francisco, viernes 14 de enero de 2022

Nuevamente nos reunimos como Iglesia diocesana para despedir a un querido hermano, el padre Carlos Mora, que ha compartido ya la muerte del Señor, en espera de compartir también su resurrección.

Todavía nos duele la partida del padre Jorge Trucco y, otra vez, somos llamados a celebrar la Pascua de Carlos.

Con el riesgo de parecer irreverente, les confieso que, al confirmar  su fallecimiento, inmediatamente pensé en ese reencuentro de hermanos que -así lo esperamos- se ha dado en el cielo entre nuestro querido Carlos y el padre Salvador («García», como Carlos lo llamaba, con una mezcla de cariño y veneración). Imaginé también algún diálogo sabroso entre ambos.

Salvador y Carlos se incardinaron a nuestra Iglesia diocesana, se incorporaron de verdad a nuestro Presbiterio y sirvieron con generosidad a nuestras comunidades. Nunca, sin embargo, dejaron de ser «orionitas». Sus almas y corazones respiraron siempre el oxígeno vital de Don Orione.

Y, por eso, en nombre de esta diócesis y de sus curas, doy gracias a Dios por ese don precioso.

Los textos bíblicos que acabamos de escuchar pertenecen a los sugeridos para una Misa de difuntos que evoca la potencia de los sacramentos, sobre todo de la santa Eucaristía, como signos eficaces de la Vida que Cristo, el Señor, ha traído al mundo.

Vida eterna, banquete sobreabundante, pan vivo y sangre vivificante. 

Escuchemos nuevamente al Señor: «Yo soy el Pan vivo, bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» (Jn 6, 51).

Hemos compartido incontables veces ese mismo Pan de Vida con Carlos. Fue el Viático que recibió de manos del obispo Samuel Jofré elpasado sábado. El Pan eucarístico alimentó en Carlos esa decisión tan sacerdotal y tan orionita de ser padre y buen samaritano de los jóvenes heridos por las adicciones. Fue su elección deliberada culminar así su vida cristiana y sacerdotal. 

Solo Dios sabe cuánto fruto de fe, de conversión y de humanidad produjo esa siembra. Nosotros lo contemplamos y, como María, lo repasamos en nuestro corazón. 

Queridos hermanos y hermanas, queridos curas: despidamos a Carlos con un sincero ¡Hasta pronto!. Quedémonos también rumiando en nuestro interior el mensaje de Evangelio que su partida, como la de Jorge, nos deja.

Por mi parte, apunto dos cosas que dan vueltas en mi corazón: realmente caminar juntos, en cercanía y fraternidad; pero también, una fuerte conversión diocesana y sacerdotal para vivir la opción por los pobres, heridos y descartados. 

Querido Carlos: gracias por tu paso entre nosotros, por tu ministerio y tu testimonio de caridad a la medida del buen Pastor que es también el buen Samaritano. Contamos con tu oración por nosotros, por las vocaciones, por nuestra fidelidad al Evangelio. Contá con las nuestras en la comunión de los santos. ¡Hasta vernos en la Bienaventuranza de la comunión con la Santa Trinidad en el cielo! Amén. 

Mientras Jesús oraba

«La Voz de San Justo», domingo 9 de enero de 2022

“Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma […]” (Lc 3, 21-22).

Parece una observación de paso. No lo es. San Lucas ha retenido que, cuando Jesús se pone en oración, algo trascendente ocurre entonces.

Jesús es un orante. Ora, despierta el deseo de orar en sus discípulos y, llegado el momento, también enseña a orar.

Jesús es un orante, pero no uno más, insigne y profundo, tal vez. No. Su oración es única, tanto como su persona. Jesús mismo es la plenitud de toda forma de oración que los hombres religiosos viven, o que incluso la misma creación ensaya cada día.

En esa oración convergen el fuego que viene de Dios y el que sube desde el corazón del hombre que tiene sed de infinito. En su oración se dan cita la Palabra de amistad que Dios dirige a los hombres y la respuesta de escucha y aceptación. “Él (Jesús) los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”, había profetizado Juan bautista (cf. Lc 3, 16).

La oración cristiana, allí donde se la vive de verdad, es tal porque es participación en la oración de Cristo. La comunidad cristiana es, ante todo, comunidad de orantes: hombres y mujeres alcanzados por el Espíritu que colmó a Jesús en su bautismo en el Jordán y que, en sus corazones, repite la plegaria de Jesús.

En la oración de Jesús irrumpe el huracán más intenso y suave a la vez: todo lo que viene del Padre en el Espíritu hacia el mundo; y todo lo que de la creación sube hacia el Padre.

Si el hoy de la Iglesia está marcado por una profunda crisis de fe, en buena medida, es porque la oración, tal como la vive Jesús, parece haber cedido su puesto en las prioridades de sus discípulos.

Este domingo, celebrando la Fiesta del Bautismo del Señor, tal vez resulte bueno que nos detengamos en ese “detalle al pasar” que nos indica san Lucas: “Y mientras estaba orando, se abrió el cielo […]”.

Y que nos animemos a orar o, al menos, a pedir el don de la oración: “Señor Jesús: permitinos entrar en el misterio de tu oración. Danos tu Espíritu y que Él ensanche el espacio interior de nuestro corazón para dar cabida a la misión que el Padre nos confía en este mundo. Amén.”

Plegaria para el año nuevo

«La Voz de San Justo», domingo 2 de enero de 2022

“Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.” (Jn 1, 3).

¿Qué nos depara este 2022 que empezamos a transitar? No hay forma de saberlo. No manejamos el tiempo. Lo que podemos programar es siempre menos que lo que nos sorprende y descoloca. Me animo incluso a decir que es bueno que así sea.

Nada de lo que existe, sin embargo, cae fuera del radio de acción de un Dios creador y salvador que, por medio de su Verbo (su Palabra), ha hecho todo y, de la misma manera, todo lo sostiene y conduce a su plenitud.

Lo que sí podemos hacer entonces es predisponernos para vivir intensamente lo que tenemos por delante.

Para un cristiano no es materia opcional. Es la actitud de fondo de la vida, aquella que caracterizamos como fe, esperanza y amor, regalos de Dios confiados a nuestra libertad.

Y la actitud cristiana frente a la vida se alimenta, cada día, de la plegaria. Al acercarnos al pesebre, los invito a fijar la mirada en el Niño que duerme en él. Y a dirigirle nuestra oración más humana, simple y esperanzada. Yo lo hago con estas palabras que comparto con ustedes, una plegaria para este 2022 que se nos ofrece como camino a transitar:

“Jesús: ¡parece mentira! Te veo ahí y así: pequeñito, sereno y durmiendo plácidamente.

Sos el Verbo de Dios realmente humanizado, hecho uno de nosotros, hecho “carne y sangre” de esta humanidad mía que, en ocasiones me pesa o me sonroja.

Tentado como estoy de la desconfianza, en un tiempo que combina soberbia y depresión, conformismo y sed de infinito, contemplarte así reaviva en mí la fuerza de la vida que tu Padre creador ha puesto en lo más hondo de mi alma.

Sos la mano tendida del Padre a la humanidad caída. Ya ahí, en el pesebre, empezás a deletrear la palabra definitiva que será pronunciada en la mañana de Pascua: resurrección, vida plena y bienaventurada.

Sí, Jesús, en vos confío y, por eso, confío en la vida que se abre delante de mi puerta. Con vos comienzo a caminar este 2022, tan incierto en su devenir concreto como portador de tu presencia, de tu Espíritu y de tu bendición.

Amén.”

Familia

«La Voz de San Justo», domingo 26 de diciembre de 2021

“Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.” (Lc 2, 45).

José y María, mucho antes que los discípulos de Emaús, han aprendido a buscar a Jesús. Los mueve el amor de padres. Es más: los mueve el deseo de cumplir la misión recibida del Padre: cuidar la vida de ese Niño que comienza a caminar solo, como todo adolescente. Y eso significa que comienza a tomar en sus propias manos la misión que el Padre le ha confiado.

También como a los de Emaús, tendrán que comprender el designio de Dios que se cumple en su Hijo: “Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?».” (Lc 2, 49).

Así es también el camino de las familias: buscar, escuchar y escucharse. Asumiendo el camino con todos sus riesgos, aprender a vivir el plan de Dios que crece en cada hogar. Designio de amor y de alegría compartida.

Una oración simple para concluir: “Jesús, María y José: enséñennos a ser siempre dóciles, como ustedes, a la voluntad del Padre, para que nuestras familias lleguen a ser verdaderas escuelas de vida cristiana. Amén.”

Navidad es Cercanía

Homilía en la Misa de Nochebuena 2021 en la catedral de San Francisco

«Adoración de los pastores» (El Greco)

¡Muy feliz Navidad para todos!

Queridos hermanos y hermanas:

Una palabra para resumir lo que estamos celebrando: CERCANÍA.

Sí. Dios se nos ha hecho cercano. Ha buscado esa cercanía.

En Dios no hay sombra de necesidad. Todo en Él surge del amor que es su esencia.

Él se nos acerca porque así es Él.

Acojamos esa cercanía. Dejémonos sorprender por ella. Llenémonos de estupor, porque es la cercanía del Eterno, del Inmenso y Todopoderoso… y nosotros somos los efímeros, los caducos y pequeños.

Ha venido a buscarnos, a sanarnos y salvarnos.

Y nos sana precisamente así: haciéndose cercano a nosotros, buscando nuestra compañía, nuestra proximidad y nuestra vecindad.

Y eso lo hace vulnerable, porque lo que nos es más cercano puede también llegar a ser lo más olvidado, incluso lo más despreciado y ninguneado.

En este día santo de Navidad que la cercanía de nuestro buen Dios nos conmueva profundamente.

Por eso, seamos niños otra vez. No tengamos miedo a dejar surgir de nuestro corazón esa infancia inocente, ingenua y curiosa.

Al Dios hecho niño se lo acoge con corazón de niños.

Ese chico recién nacido es Dios con nosotros. Seamos buenos chicos y chicas y abrámosle las puertas de nuestras vidas.

Insisto: ¡no temamos! No vamos a perder nada. Vamos a ganarlo todo.

***

Pero CERCANÍA debe ser también la palabra que defina esa Navidad cotidiana que es nuestra vida y, sobre todo, nuestra actitud hacia nuestros semejantes, nuestros próximos.

Cercanía real, concreta y visible con los más débiles: los ancianos, los niños, los enfermos y olvidados.

Cercanía con los que purgan sus delitos en nuestras cárceles, con los que nunca van a recuperarse de sus heridas más profundas, con los que no tiene cómo devolvernos lo que les damos.

Cercanía con los que nos desprecian, difaman y nos vituperan.

Cercanía con los desesperados, tristes y solos.

Cercanía con los pobres que caminan entre nosotros, que duermen en nuestras aceras, que sobreviven en nuestras calles.

***

Queridos hermanos y hermanas:

Que nos gane el estupor por este Dios que nos ha buscado de la forma que hoy nos lo grita el Evangelio: haciéndose niño y naciendo en una cueva de animales.

Y que nos convierta el corazón, dándonos la gracia de hacernos también nosotros cercanos a nuestros hermanos.

¡Feliz Navidad para todos!

Amén.

Adviento, María y nosotros

«La Voz de San Justo», domingo 19 de diciembre de 2021

“Apenas Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! […]».” (Lc 1, 41-42).

Nuestro Adviento dura cuatro semanas, el de María, nueve meses. Como acontece con toda mujer que queda embarazada -mucho más en una primeriza- María experimenta una transformación en todo su ser: cuerpo, alma, emociones y expectativas. Va creciendo en ella el niño que ha concebido por obra del Espíritu Santo. Así, grávida del Verbo, se pone en camino para servir a Isabel.

El evangelio de este domingo nos relata el encuentro entre estas dos mujeres de fe. Cada una ha experimentado el paso salvador y liberador del Dios de la vida: Isabel, dejando atrás la esterilidad, está llegando al final de su embarazo, portando en su seno a Juan el Precursor; María, sorprendida por el anuncio del ángel, ya siente crecer en su cuerpo y en su corazón al Mesías esperado.

El Adviento de Nuestra Señora la hace maestra de esperanza para todos nosotros. Se trata de una espera que crece en la misma medida en que Jesús se va formando en ella. Y crece al ritmo de estos encuentros y gestos, de estas palabras con sus silencios y hondas emociones. Destaca, por encima de todo, la alegría desbordante.

Por donde pasa María, colmada con la gracia del Espíritu, la alegría se difunde, ganando los corazones y haciéndose canto de bendición y alabanza: “Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!” (Lc 1, 41-42).

Al ir culminando este Adviento de 2021, dejémonos también nosotros alcanzar por la alegría que María transmite con su presencia. Miremos profundamente en nuestra vida: el Señor está pasando y su esperanza está creciendo en nosotros. El amor de Dios está echando raíces en nuestra vida. Pero también el impulso de salir de nosotros mismos, de ponernos en camino y de servir a nuestros hermanos. Viene de Dios. No le tengamos miedo. Como María en la Visitación, entreguémonos a ese impulso de amor, de servicio y de misión.

A estos dos santas mujeres, María e Isabel, dirijamos este domingo nuestra plegaria:

“En este domingo, las invocamos a ustedes: Isabel y María. Ustedes han experimentado en su alma femenina la ternura de Dios y la alegría de su salvación. Enséñennos a reconocer el paso de Dios por nuestras vidas, su presencia salvadora y la acción del Espíritu que quiere hacernos probar el buen vino del servicio. Es el vino que realmente colma de alegría el corazón humano. Amén.”

Pase sanitario y libertad religiosa

Acabo de tuitear este hilo que puede ser de interés. Es sobre un posible «pase sanitario» para las celebraciones litúrgicas.

(1/6) Hilo sobre el #PaseSanitario y la libertad religiosa Me he vacunado voluntariamente. Recibí las dos dosis de la AZ. Estoy a la espera de la tercera dosis. He animado también a vacunarse. En las condiciones actuales, la vacunación es un acto moralmente lícito.

(2/6) La vacunación debe ser voluntaria, mucho más debido a que se trata de vacunas que, sin negar su eficacia, todavía están en fase experimental. Tienen reparos éticos que no pueden desoírse.

(3/6) No se puede condicionar el ejercicio de otros derechos fundamentales a la vacunación, como son: el trabajo y la justa remuneración y, en este caso, la libertad religiosa. Hay que preferir la información, la persuasión y el consentimiento informado a la coacción.

(4/6) Es comprensible que, para algunas actividades masivas, se pida un “pase sanitario” que dé cuenta de las vacunas recibidas. Para la participación en el culto – para la Eucaristía dominical, por ejemplo- no veo que la exigencia de un pase similar sea correcta.

(5/6) La libertad religiosa, de la que forma parte la libertad de culto es el primero de los derechos. Su ejercicio no puede quedar comprometido al límite de hacerlo, de hecho, imposible, como se dio en las fases más duras de la cuarentena.

(6/6) Una cuestión concreta: la dinámica de las celebraciones litúrgicas católicas (desplazamiento, intercambio, movimiento) no es la misma que la de otras reuniones sociales (fiestas, mitines, reuniones deportivas). Está probado: permiten una mayor seguridad sanitaria.

30 años de la ordenación sacerdotal del Padre Aldo Tobares

Homilía en el Santuario de la Virgencita en Villa Concepción del Tío

“Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde, que se refugiará en el nombre del Señor.” (Sof 3, 12)

Estamos caminando el Adviento, a la espera del Señor que viene. 

En nuestra Iglesia diocesana, el Señor ha adelantado su presencia visitándonos con la pascua del querido padre Jorge Trucco, quien también sirviera como pastor en estas comunidades. 

Una plegaria por él. También por el discernimiento de los pasos a dar para proveer de pastores a las comunidades de nuestra diócesis que el padre Jorge iba a servir. 

Hoy nos reunimos a dar gracias por los treinta años de ordenación sacerdotal del querido padre Aldo Tobares. Y lo hacemos bajo la mirada tierna de nuestra madre, la “Virgencita”, todavía consolados y entusiasmados por su reciente fiesta. 

Una vez más nos hemos hecho peregrinos de su Santuario. Aquí venimos como pueblo, tal como lo describe el profeta: un pueblo pobre, humilde, despojado de pretensiones, sin soberbia, a refugiarnos en el Señor, pues sabemos por experiencia que él no nos defrauda. 

La vocación al sacerdocio ministerial es siempre la respuesta de nuestro Dios Pastor a los deseos más profundos de su pueblo, a sus oraciones y súplicas. 

Como nos dice el libro del Éxodo: “Dios escuchó los gemidos (del pueblo esclavo en Egipto) y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta.” (Ex 2, 24-25). Entonces, llamó y envió a Moisés.

En los evangelios, la vocación al ministerio apostólico tiene el mismo movimiento interior: Jesús busca, “con amor de hermano”, a Simón y Andrés, a Santiago y a Juan, a Pablo, a Mateo, incluso a Judas, para que lo acompañen en el anuncio del Reino de Dios. 

Un sacerdote es, ante todo, un hombre tocado por el Espíritu de Jesús para anunciar su Evangelio. Es un hombre de la Palabra. Ella es su hogar, su consuelo, su bastón, su luz y su mejor defensa. 

Y llama pronunciando nuestro nombre, porque quiere involucrarnos personalmente en esa pasión de salvación y de vida por su pueblo, de manera particular, por quienes son más frágiles, los heridos de la vida, los que quedan en el camino.

El Concilio Vaticano II, precisamente hablando del ministerio de los presbíteros, señaló que la Eucaristía es la culminación del anuncio del Evangelio. 

Palabra, Eucaristía, sacramentos y ministerio pastoral son mediaciones que el Señor ha dispuesto para apacentar, alimentar y sostener el caminar de su pueblo.

No somos sacerdotes para nosotros mismos, sino para el santo pueblo fiel de Dios, como gusta decir el papa Francisco. 

Ungidos con el santo Crisma en la ordenación somos enviados para alentar la vida del Espíritu en el pueblo sacerdotal, ungido por el Espíritu en el bautismo y la confirmación. 

El padre Aldo, además, ha reconocido en su vida el don precioso del carisma de Don Bosco. Por eso, ha servido tantos años como religioso de la querida institución salesiana. Ahora que se apresta a incardinarse en nuestra diócesis, el carisma salesiano que lleva impreso en su alma no solo no desaparece, sino que se reconfigura con el carisma propio del ministerio del presbítero diocesano: servir a esta porción del pueblo de Dios que es la diócesis de San Francisco. 

Don Bosco vivió intensamente la llamada al ministerio sacerdotal como misión en medio de los pobres. 

El Evangelio que hemos escuchado es elocuente. Nos ayuda a abrir el corazón, a no dejarnos ganar por prejuicios ni rigideces. 

Nos dice algo sorprendente que, sin embargo, es la experiencia pastoral casi cotidiana de la Iglesia y de los sacerdotes: los pecadores suelen tener una disposición especial, muy honda y sensible, a la llamada de la gracia, al perdón y la reconciliación que Jesús ha traído. 

Los seguros y pagados de sí mismos, por el contrario, a pesar de su exhibición de piedad y de religiosidad, tienen el corazón endurecido y los ojos enceguecidos para reconocer el paso de Dios. 

Los pobres, los pecadores, los que han sido duramente tratados por la vida, suelen tener el corazón a punto para dejar al Dios de la misericordia obrar en sus vidas. 

Un sacerdote, sobre todo, cuando, como Aldo, ha caminado treinta o más años en el ministerio, sabe, por experiencia, que el gran trabajo pastoral de su ministerio es secundar esta obra del Espíritu que transfigura los corazones para abrirlos a la fe, a la adoración del Dios vivo, a la caridad y el servicio a los hermanos.

Querido padre Aldo: como pastor de esta diócesis estoy muy agradecido por tu presencia, tu servicio y dedicación a la pastoral, sobre todo, a la de este Santuario al que has sabido renovar y dar nuevo impulso. 

El camino sacerdotal sigue adelante. Que el Señor Jesús, su madre Santísima, auxilio de los cristianos, San Juan Bosco y el Santo Cura Brochero sigan inspirando y acompañando tu caminar junto a tus hermanos presbíteros, aquí en San Francisco, en comunión con el obispo y las comunidades de esta Iglesia diocesana a la que has elegido servir. 

¡Qué el Señor te bendiga, proteja y te muestro su Rostro de misericordia!

Amén.