El que está viniendo

«La Voz de San Justo», domingo 28 de noviembre de 2021 – Primer Domingo de Adviento

“Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.” (Lc 21, 27-28).

Comenzamos a caminar el Adviento. El Señor está viniendo a nosotros. ¡Salgamos a su encuentro!

La primera parte de este hermoso tiempo litúrgico está dominada por la esperanza grande que sostiene nuestra vida: el Resucitado, vencedor de la muerte, vendrá a consumar su obra.

Por un lado, el mundo, una y otra vez, experimenta miedo y pavor al contemplar la fragilidad de todo lo humano o la violencia que, de tanto en tanto, parece tener la última palabra sobre la historia.

Los creyentes y discípulos de Jesús no escapamos de esta experiencia, pero tenemos una certeza, dada por el mismo Señor. Es la que proclama este evangelio, y la que está en el centro de la espera del Adviento: lleno de poder y de gloria, el Hijo del hombre, Jesús el Señor, está viniendo a nosotros. De él proviene nuestra confianza, el ánimo que vence todo temor y la esperanza que sostiene nuestra vida.

Es lo que confesamos, cada domingo, en el Credo que recitamos después de la homilía, cuando expresamos nuestra fe en Jesucristo que “está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.”

Él es el término de nuestra esperanza. Su juicio es la última palabra de Dios para el mundo. Es buena y alegre noticia. Es evangelio de salvación. Esa será la última palabra que escuchará el mundo cerrando y consumando la historia: una palabra de vida, de resurrección y de salvación.

No es una espera animada por el terror o la angustia, sino por la confianza, la serenidad y la alegría de saber que todo, a pesar de todo, terminará bien.

La oración es una forma cotidiana, sencilla y al alcance de todos de vivir esta espera gozosa del Señor. Este primer domingo de Adviento te propongo rezar así:

“Señor Jesús, estás viniendo a nosotros. Siempre, a cada instante. Lo sabemos, porque es tu palabra la que enciende la esperanza en nuestros corazones. Pero somos frágiles y fácilmente nos dejamos ganar el corazón por el temor. Al iniciar, un año más, el camino del Adviento te suplicamos, por intercesión de María, de San Juan Bautista y de todos los santos que aprendieron a esperarte y a esperar en Ti, que renueves nuestro corazón en la alegría que nace de la esperanza. Amén.” 

¡Señor, ¿a quién iremos?

Homilía en las Bodas de Plata del Pbro. Sergio Fernández – Parroquia «San Miguel Arcángel» Alicia – 24 de noviembre de 2021

Jesús acaba de pronunciar una frase fuerte: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.” (Jn 6, 51).

Suscita inmediatamente la reacción de sus oyentes: ¿Qué pretensión es esta? ¿Cómo este hombre pretende darnos a comer su carne? Insoportable.

Lejos de echarse atrás, redobla la apuesta: “Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” (Jn 6, 53).

Antes de condenar severamente a los escandalizados, dejémonos nosotros también sacudir por estas palabras del Señor.

Ellos y nosotros no somos tan torpes de tomarlas a la ligera.

“Pan, cuerpo y sangre” son poderosas metáforas para expresar que Jesús es imprescindible para la vida. “Comer y beber” indican, por su parte, ese acontecimiento único que evocamos cuando, más allá de todo formalismo, decimos: «Creo en Jesucristo… creo en Dios».

Todo para decir que, sin Él, sencillamente no somos.

Jesús es el Señor, el centro de todo el designio de Dios, su clave de bóveda, el norte de nuestro corazón y la meta hacia la que se mueve toda la historia humana, no menos que el criterio para interpretarla y tomarle el pulso.

Ante Él se define la vida. Él lo determina todo.

Cristo, el Verbo encarnado, es -al decir del Concilio- el que, en su persona, nos muestra el Rostro de Dios y el misterio que somos nosotros como seres humanos (cf. GS 22).

Ahí está toda la pretensión del cristianismo que la Iglesia -la pobre y deslucida comunidad de sus discípulos- hace presente en la historia humana.

Me animo incluso añadir: mientras más pobre, deslucida y desarmada… mejor. Así resplandecerá con mayor claridad la Luz que es Jesús el Señor.

Solo si somos heridos así por esta palabra que trae a nuestro corazón inquieto la pretensión de Jesús de ser nuestro verdadero alimento, podremos comprender y vivir el misterio que es la santa Eucaristía; lo que ella hace presente, lo que nos da, lo que acontece en el altar y en los corazones que se abren al influjo de su acción santificante.

Simón Pedro, en nombre de los discípulos de todos los tiempos, balbucea las palabras justas. Hoy las repetimos nosotros, acompañando la confesión de fe de nuestro hermano Sergio, que celebra sus bodas de plata de ordenación sacerdotal: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.” (Jn 6, 68-69).

***

Querido Sergio:

Seguramente que, al ordenarte presbítero, tuviste la sensación de que estabas iniciando un camino, una aventura, sostenido por esa promesa intensa de Dios que se expresa y realiza con la imposición de manos y la efusión del Espíritu en el sagrado rito de la ordenación.

Es verdad. Una verdad más fuerte, rocosa y firme que la más imponente cordillera. No es casualidad que el orante de Israel llame a Dios: “mi Roca, el Altísimo, el Dios de la montaña”. Así es su fidelidad sobre la que se asienta nuestra fidelidad.

Pero, el paso del tiempo, seguramente también, te ha hecho comprender dos cosas fundamentales: que ese camino de fidelidad es experiencia compartida y que, sin negar la trascendencia del evento de la ordenación, se trata de un itinerario de gracia que tiene tras de sí un largo trecho recorrido y que, hacia delante, puja hacia el ministerio vivido que le da carne y vida a la ordenación, y cuyo dinamismo culmina en el encuentro con la Trinidad en la bienaventuranza eterna.

Ser pastor es recibir una misión que supone caminar, como nos dice sabiamente el Papa Francisco: delante, en medio y detrás del rebaño. Y caminar con el paso y el ritmo del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Como me has compartido fraternalmente, en estos días de escucha y oración has podido hacer pasar por el corazón tantas personas que el Señor, como hábil urdidor de tramas, ha entremezclado, como se unen los hilos de una trama, con los hilos de tu propia vida.

Pastores (obispos y presbíteros), agentes de pastoral, hombres y mujeres de pueblo, aquí en Argentina como en Cuba, sus rostros, sus esperanzas, sus lágrimas. No en último lugar está tu familia: tus papás, tus hermanos y sus respectivas familias. No puedo dejar de evocar a Pablo, cuya pascua has celebrado de forma mística y real.

Pastor es nombre y oficio de caminantes, peregrinos y buscadores. Es nombre de vínculos, de relaciones, de camino compartido buscando los pastos mejores y las aguas tranquilas. Es experiencia compartida de la presencia del Pastor, cuyo cayado y cuya vara, sosiegan el alma al atravesar las quebradas oscuras de la vida.

Vuelvo sobre otra palabra del Señor. Antecede a la confesión de fe y es la que vuelve a despertar, ya no rechazo, sino sencillamente inquietud: lenguaje duro que desemboca en la encrucijada en la que se decide si seguir adelante el camino discipular o abandonarlo por otros caminos.

Siempre el Señor nos lleva a ese lugar de libertad y decisión, de vértigo y de alegría.

Dice el Señor: “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn 6, 57).

Al ir concluyendo la ordenación sacerdotal, después de que han sido ungidas nuestras manos, el obispo pone en ellas la “ofrenda del pueblo santo de Dios”: el pan y el vino. En la ordenación diaconal había hecho lo mismo con el Evangelio.

Los dos gestos se reclaman y complementan: nos toca presidir la Eucaristía a quienes hemos sido alcanzados por una Palabra que, tocando nuestro corazón, tiene que convertirse en anuncio, predicación y canto nuevo.

Como bien enseña el Concilio: la Eucaristía es la culminación del anuncio del Evangelio (cf. PO 5).

Jesús vive del Padre y vive en la misión que el Padre le ha confiado. Así es también nuestra vida como discípulos misioneros que, sorprendidos por la vocación al ministerio pastoral, caminamos la misión.

En la misión está nuestra identidad más profunda como hombres, como discípulos y como pastores.

Ser enviados es tener el corazón modelado por la libertad que, en ocasiones cruciales, sabe de despojo, de volverse pequeño, de dejar lugar a otro y al Otro.

Por eso, querido Sergio, te invito a volver tu mirada interior a María, a san José, al santo Cura Brochero, a los beatos obispos Esquiú y Angelleli.

Ellos saben de esta lógica maravillosa del Evangelio. Con ellos decí, sumándonos a nosotros también a tu plegaria:

“Señor Jesús, vos lo sabés todo… vos sabe que te amo… ¿A quién iremos?

Solo vos, Señor, Maestro y Amigo, tenés palabras de vida eterna.

A vos, una vez más, me confío, con mi corazón joven porque maduro de esperanza.

He hecho un alto en el camino: miro hacia atrás y no puede sino darte gracias;

vislumbro el camino por delante, y me dispongo a caminar… con María, con José, con este pueblo diocesano, con mis hermanos del Presbiterio.

Señor Jesús, Pastor de los pastos verdes y las aguas mansas, Peregrino de las quebradas oscuras y las noches silenciosas: ¡Caminá conmigo… con nosotros! Amén”.

Rey de la Verdad

«La Voz de San Justo», domingo 21 de noviembre de 2021

“Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).

Estas palabras de Jesús las oye Pilatos, pero están dirigidas a nosotros.

Al concluir el año litúrgico, miremos fijamente a nuestro Rey Jesús. Veámoslo como lo ve -intrigado e inquieto, por cierto- el poderoso gobernador romano: un Rey humillado y escarnecido, pero misteriosamente dueño de sí, majestuoso y Señor.

Él es Rey porque es la Verdad que viene del corazón del Padre. Es Rey porque dice la Verdad. No cualquier verdad, por importante e imprescindible que esta sea, sino porque revela la Verdad que anhela el corazón humano: la Verdad sobre Dios, sobre la vida y sobre la salvación.

Es el Cordero de Dios a punto de ser inmolado por nosotros. Es la manifestación viva del único verdadero poder que merece ese nombre: el amor hasta el fin, la misericordia y la compasión.

Es el amor de Dios. El único que puede realmente salvar.

Nosotros, como también Pilatos, no nos convencemos de que las cosas sean así. En el fondo de nuestro corazón seguimos anhelando demostraciones de fuerza, vencer por la prepotencia y el dominio, imponer la propia voluntad.

Nos interpela el Dios humilde que se deja entregar en manos de los pecadores. Sin embargo, después de haber celebrado, a lo largo del año, el misterio de Cristo Salvador, quedémonos en oración silenciosa ante este Jesús, rey humilde que gobierna anunciando la verdad y entregando la vida.

En el silencio de nuestra oración dispongamos el corazón para que el mismo Cristo rey nos lo explique.

Podemos orar así: “Señor Jesús, estás en las manos de Pilatos. Quisiéramos que, aunque más no sea por un instante, manifestaras todo tu poder y tu fuerza. Sin embargo, callas y te dispones al sacrificio. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo y nos das la paz: con tu sola presencia, convéncenos y desarma toda soberbia de nuestro corazón. Rey del mundo: toma posesión de lo que te pertenece. Amén.”

Don Orione: cien años después

«La Voz de San Justo», domingo 14 de noviembre de 2021

“Ya he aceptado en Avellaneda a nuestros primeros patrones, los primeros pobres. Un ex capitán salido de la cárcel, por un grave hecho de sangre, que tiene mi edad y es argentino. Un niño de 10 años, cuyo padre asesinó a la madre y después se suicidó. El pequeño desde hacía dos años vivía perdido por las calles de Buenos Aires, mendigando; fue encontrado por la policía una noche en la calle, medio muerto de frío, (aquí estamos en pleno invierno). Los diarios han hablado del caso y fui a buscarlo a las 11 de la noche a una comisaría que está en los márgenes de la ciudad. Es hijo de españoles. Fue lavado y vestido a nuevo, ahora parece otro, ¡pobre muchacho! No paraba de comer en los primeros días. Tenemos un napolitano con una pierna media abierta… Una mujer protestante, francesa, tan delgada que no pesa más de 35 kilos… Otra que es calabresa, abandonada por los hijos… Deo Gratias!”

Así describía Don Orione los primeros pasos del Pequeño Cottolengo de Avellaneda. Es una carta de 1935. Pero la cosa había empezado antes. Más precisamente el 13 de noviembre de 1921, hace exactamente cien años. Ese día, Don Luis Orione desembarcaba en el puerto de Buenos Aires, poniendo en marcha una verdadera “revolución de la ternura”, al decir del papa Francisco. 

Este aniversario coincide con la Vª Jornada Mundial de los Pobres. Este año, con el lema evangélico: «A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14,7). Estas palabras de Jesús no indican resignación ante la fatalidad. Son una provocación para descubrir al Dios de los pobres. Al Padre de Jesús se lo encuentra precisamente involucrándose con los pobres y vulnerables. “Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos.”, enseña el papa Francisco. 

Es lo que comprendió y vivió Don Orione. Es lo que sigue haciendo su familia espiritual. Aquí, en la diócesis de San Francisco, el carisma orionita sigue dando preciosos frutos de Evangelio. Damos gracias a Dios por ello. 

El don nos provoca e interpela, especialmente a los discípulos de Cristo: ¿es nuestra la experiencia evangélica de Don Orione? ¿O necesitamos una sincera conversión del corazón? ¿Estamos buscando a Dios donde Él quiere ser encontrado o donde nosotros pretendemos ubicarlo? 

Es bueno que lo pensemos este domingo en el que, también por una providencial coincidencia, tenemos que acudir a las urnas para elegir a nuestros legisladores. El Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los otros espacios deliberativos son ámbitos privilegiados para tejer los acuerdos que nos permitan ver luz en el horizonte de nuestro futuro. 

La opción evangélica por los pobres, como la vivió Don Orione, nos ofrece un preciso lugar desde donde soñar con una Argentina más fraterna. 

Jesús en el espejo de una viuda pobre

«La Voz de San Justo», domingo 7 de noviembre de 2021

Sant’Apollinare Nuovo, Ravenna

“Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre…” (Mc 12, 41-42).

Jesús está en el templo de Jerusalén. Tal vez, por última vez. Una viuda pobre y generosa despierta su admiración. Ve algo en ella que le recuerda lo que conoce de su propio Padre del cielo: el amor hasta la entrega total, sin segundas intenciones y con el solo deseo de amar y dar gloria al Santo Nombre de Dios.

Esa mujer deposita sus dos moneditas en el tesoro del templo de Dios. En realidad, como dirá más tarde San Lorenzo, el verdadero tesoro de la Iglesia son los pobres.

Tal vez -solo tal vez-, de esa viuda generosa, el mismo Jesús toma el impulso final que lo llevará a donar su propia vida para la salvación de todos. Esa mujer es como un espejo que le permite reconocerse a sí mismo, su persona y su misión… su pascua.

Que ella también nos inspire a nosotros, a encontrar lo más verdadero de la vida. En su gesto, en su talante personal y en su misma persona se desvela lo más genuino del corazón humano; lo que Dios ha puesto en él, desde el primer instante de la creación: el impulso del amor, del don y de la gratuidad.

En el espejo de su generosidad reconozcamos la verdad que resplandece en la entrega pascual de Jesús. Esa es la verdad de la vida.

De ese impulso vive la oración. Se ora como se vive, y se vive como se ora.

Recemos entonces así: “Jesús: al contemplar a esta humilde mujer de pueblo que, por amor, dio todo lo que tenía para vivir, te pido su misma generosidad, su mismo espíritu de adoración y de servicio. Amén.”

Elecciones legislativas 2021

Los argentinos estamos nuevamente frente a un proceso electoral: la decisiva elección de nuestros legisladores.

Somos un país de tradición caudillista que eleva al líder de turno por encima de todo. El culto a la personalidad es un mal muy arraigado entre nosotros. Un mal que nos hace mal.

Esto hace que estas elecciones de legisladores parezcan de menor importancia frente a la elección de quienes ejercen el poder ejecutivo. Las llamamos de “medio término”, casi como diciendo: “de medio pelo”.

Si a eso le sumamos la fatal “lista sábana” que sigue siendo la práctica más extendida, a la minusvaloración del hecho de elegir a los “hacedores de leyes”, se suman la elección a dedo de los candidatos y la falta de democracia interna de los partidos y coaliciones.

La pandemia añade además un condimento preocupante: el descrédito de la clase política parece haberse acentuado peligrosamente.

Algunos medios -demasiados para mi gusto- parecen encontrar un incomprensible placer en echar sal en las heridas, potenciando la grieta con sus polarizaciones, exacerbaciones e irracionalidades. La lucha política pasa a ser una guerra entre el bien y el mal que enardece y enceguece.

Es un combo peligroso: desconfianza, hartazgo, incertidumbre y miedo por el futuro. El voto parece menos un acto racional que emocional, en el que pueden pesar más la polarización o el deseo de castigar.

En muchos ciudadanos cunde el desasosiego. Esto es peligroso, porque puede ir de la mano de la búsqueda de atajos simplistas que les abren la puerta a propuestas irracionales e irreales, fuente segura de nuevas decepciones.

Tenemos que decir, por el contrario, que elegir a los hombres y mujeres que nos representarán en el Congreso, las legislaturas provinciales o en los concejos deliberantes es un MOMENTO FUNDAMENTAL de nuestra democracia.

Hacer leyes justas, sabias y realmente transformadoras de la realidad no es tarea de improvisados. Es una labor que supone ciencia y conciencia, vida virtuosa y una profunda comprensión de la condición humana.  

Entonces, creo que es oportuno que cada uno de nosotros, ciudadanos, nos preguntemos: ¿por qué voto a los que voto? ¿Qué criterios uso para mi elección en el cuarto oscuro? ¿Qué ideas, valores e intereses, sentimientos y objetivos?

Los que somos cristianos -en mi caso, cristiano católico- sabemos que acudir a las urnas es un preciso deber ciudadano que forma parte de nuestra responsabilidad ante Dios por el bien común. Un deber que se inspira en el Evangelio de Jesús con sus innegables imperativos morales: amor al prójimo, búsqueda de la justicia, opción por los pobres, compasión por el que sufre, dignidad del trabajo; libertad para creer, pensar y hablar, para elegir el propio proyecto de vida, etc.

Obviamente no voy a decirle a nadie por quién votar. Si lo hiciera o lo insinuara haría gala de un clericalismo infantilizante. Somos libres. Somos ciudadanos. Seamos libres. Seamos ciudadanos.

Solo diré que, mirando el difícil camino que tenemos por delante, como ciudadano, como cristiano y como obispo no voy a dejar de alentar la búsqueda de algunos grandes consensos políticos para afrontar ese camino. Una pregunta, incisiva y obsesiva, al menos a mí, me inspira e inquieta: ¿Qué Argentina queremos dejarles a las nuevas generaciones que están creciendo?

No falta grandeza de alma en nuestro pueblo. Tampoco en muchos de sus dirigentes de todo el espectro político, cultural o social. Animémonos a mirarnos a los ojos con sinceridad, depongamos mezquindades y dejémonos ganar por un genuino patriotismo.

Tenemos por delante años duros de reconstrucción, de verdades dolorosas y decisiones valientes. Una cosa es ganar elecciones y construir poder (o prepotencia, que no es lo mismo); otra, muy distinta, saber gobernar con mirada amplia y de largo alcance.

El Congreso, las legislaturas provinciales y los otros ámbitos deliberativos son espacios fundamentales para esa empresa común. Ojalá que podamos activarlos, sentando en esos lugares a los mejores hombres y mujeres, que sepan hablar, debatir y hacerse cargo de sus opciones.

Como discípulo de Cristo sé, a ciencia cierta, que no nos faltará la asistencia del Espíritu Santo para sostener este y todos los esfuerzos que sean necesarios para un genuino desarrollo humano de la Patria Argentina. Al Espíritu invoco entonces, y a la intercesión de la Virgen, de Brochero y Esquiú.

Lo esencial

«La Voz de San Justo», domingo 31 de octubre de 2021

“El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».” (Mc 12, 32-33). 

No dejemos pasar este hecho: finalmente, un adversario de Jesús -un escriba- entiende el fondo de su mensaje. Así lo reconoce el mismo Jesús, haciéndolo merecedor de un elogio que despierta envidia: “Tú no estás lejos del Reino de Dios” (Mc 12, 34). 

Creer en Dios, como Jesús nos enseña, y amarlo con todo lo que somos, lejos de toda forma de fanatismo, despierta en el corazón la fuerza divina más honda: el amor, la compasión, el reconocer al otro como un semejante. 

La violencia comienza a abrirse paso en la sociedad, cuando muere en el corazón la certeza de que el otro es alguien igual a mí, un semejante, un hijo o hija del mismo Padre. 

La oración genuina -la que nos deja expuestos sin tapujos- nos aleja del fanatismo, porque nos abre a Dios, que es siempre más grande que todo lo que podamos pensar, decir o imaginar de Él. En este domingo, inspirados en este evangelio, oremos así:

“Que nunca, Señor, perdamos lo esencial, que es el amor a Ti y a nuestro prójimo. Que tu Espíritu no deje de derramar tu amor en nuestros corazones, siempre amenazados por el egoísmo. Danos la alegría y el consuelo de tu gracia. Amén.”

Que podamos ver

«La Voz de San Justo», domingo 24 de octubre de 2021

“Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.” (Mc 10, 51-52).

Marcos ha escrito el evangelio más breve. Sin embargo, a diferencia de los otros evangelistas, relata la curación de dos ciegos, no de uno como sus colegas. Lo hizo en 8, 22-25: el relato del ciego de Betsaida. Y, este domingo, escuchamos el relato de la curación de Bartimeo, a las afueras de Jericó.

¿Por qué esta insistencia en la ceguera y en su curación? Digámoslo sin rodeos: ciegos son sus discípulos que no terminan de comprender (de ver) quién es Jesús, qué pretende y porqué elige el camino de la humildad para introducir el Reino de Dios en el mundo.

Ciegos somos cada uno de nosotros, pues en nuestro camino discipular tenemos que aprender a dejarnos limpiar la vista por el Médico divino: Jesús que pasa. Un médico cuya terapia dura lo que dura nuestra vida.

Por eso, este domingo, como en cada Eucaristía, hagamos nuestra -y con mayor fervor- la letanía de Bartimeo: “Señor, ten compasión de mí. Que yo pueda ver. Que pueda verte, comprender tu persona y tu mensaje. Amén”. 

Como cada domingo, te propongo una oración: “Como Bartimeo, también nosotros te suplicamos que tengas compasión de nuestra vida, toques nuestra alma y nuestro corazón, y nos permitas reconocerte y seguirte por el camino de nuestra vida. Amén.”

“Un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento” Filipenses 2, 2

Homilía del Pbro. GABRIEL M. GHIONE en la catedral de San Francisco en la Eucaristía de inicio de la fase diocesana del camino sinodal de la Iglesia universal.

Queridos hermanos: ¡que hermoso es caminar juntos! Tomar conciencia que es un proceso, donde encontramos siempre nuevos mojones de fe, mojones que hace años, guiaron a nuestros antepasados y hoy, con memoria agradecida podemos tomar la posta y seguir haciendo camino como Iglesia Diocesana.

Nos los recuerda el Evangelio. Los discípulos tuvieron una experiencia que les cambio para siempre su vida. Una experiencia que no fue un hecho puntual sino un proceso. Se encontraron con una persona que les cambio la vida: sus pensamientos, su corazón y hasta lo que ellos amaban. Jesús de Nazareth fue un antes y un después en sus vidas, así como lo es en las nuestras. Este proceso está marcado por la Pascua: por la muerte y Resurrección de Jesús y también por la transformación de los discípulos. Esta transformación ellos la definieron como un nuevo nacimiento. Fue tan intensamente vital que llevo todo un tiempo procesarlo y provocó en ellos grandes cambios: del miedo a la confianza, del encierro a la parresia (o valentía en el anuncio) de la soledad a la Presencia. Efectivamente el Evangelio nos narra la certeza de la comunidad de los discípulos: “Donde dos o más se reúnan en mi nombre yo estaré presente en medio de ellos”.

Así los discípulos experimentaron su vida y la fe como un proceso: un camino. Jesús es el Camino y ellos son los seguidores de ese camino. Un camino que no se recorre sólo, sino que, se peregrina junto con otros, en comunidad. Este es el sentido etimológico de la palabra Sínodo. Que conjuga el caminar junto y lo que se deriva de ello: decidir juntos.

Entendemos, por tanto, que vivir este proceso es ser fieles a nuestra identidad más profunda no introducir una novedad. El ser y el obrar de la Iglesia esta marcada por el caminar juntos tras las huellas de Jesús: escuchando, dialogando y discerniendo lo que el Espíritu dice a la Iglesia para ser fieles al proyecto del Reino que el Padre nos confía.

Como Iglesia diocesana tenemos la dicha de haber sido hijos del Concilio Vaticano II. Mientras el Concilio renovaba a la comunidad cristiana desde las fuentes mismas de la fe y tradición éramos dados a luz. Dimos nuestros primeros pasos en la pastoral de conjunto con la Iglesia Latinoamericana que nos enseño a recibir y vivir el Concilio en este tiempo y en este lugar. Abrir este proceso sinodal no implicará para nosotros algo desconocido: sólo tenemos que recordar el camino de la pastoral planificada: de las

asambleas diocesanas, de los instrumentos para contactarnos y discernir la realidad. La novedad no está en lo que tenemos que hacer sino en los modos, en las actitudes, en la búsqueda.

San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de tener un mismo amor, un mismo sentir, un mismo pensar. Es por aquí donde se constata la calidad de un proceso sinodal. Es evocar y vivir lo que nos presenta la primera lectura: los apóstoles con María abriéndose a recibir el Espíritu. Su acción los va a movilizar, dinamizar necesitando todo un libro -hechos de los apóstoles- para narrarnos solo algunas acciones de este acontecimiento originario y fundacional. En este libro podemos extraer tres actitudes fundamentales para cultivar en el proceso sinodal, estas actitudes son insistentemente presentadas por el papa Francisco:

  • Escuchar/ ver: es una actitud teológica. El primero que escucha es Dios, escucha a su Pueblo. Así nos lo narra el libro del Éxodo cuando presenta la vocación de Moisés: en tres oportunidades afirma que Dios escucha (primero) y ve (después) la situación de su pueblo. (Éxodo 3, 9: en 3, 7 los verbos están invertidos) Jesús también nos enseñó a que el Padre escucha a sus hijos vulnerables y ve en lo secreto. Así como discípulos misioneros lo primero y más importante es escuchar y ver. Escuchar implica un ejercicio de una gran ascesis y disciplina. No se puede escuchar cuando uno piensa en otra cosa o ya tiene la respuesta antes que termine de expresarse la otra persona. Es un ejercicio de recepción que nos pone en circunstancia de salir de nosotros mismos, nos pone en referencia a otro, sacándonos de la autoreferencialidad que nos enferma como personas y como Iglesia. Escuchar lo que dice el Espíritu como Iglesia implica, por tanto, el valor para hacer silencio, silenciar nuestros prejuicios, ideas, pensamientos. No es un silencio vacío, etéreo. Es un silencio lleno de Presencia, de apertura, de receptividad. Lo que el Espíritu nos quiere decir nos lo irá diciendo por la voz de los jóvenes (San Benito), de los pobres, vulnerables, marginados. Nos lo dirá en la voz del 95% de católicos que no participa de las celebraciones. Nos lo expresará en los que ya no encuentran en el catolicismo una respuesta o en los que han dejado de creer. Por eso el ejercicio de escucha implicará ponernos en salida, en búsqueda, en estado de misión.
  • Dialogar/juzgar: es la segunda actitud, también teológica. ¿Acaso no es la revelación y la fe el hermoso diálogo de Dios con el hombre? Dios diálogo con su Pueblo en el Sinaí, Jesús es la manifestación en persona del diálogo entre Dios y el hombre. Este diálogo también se visualiza en el libro de los hechos de los apóstoles: hay un diálogo entre el Espíritu y la comunidad cristiana en dónde se llega a expresar: “el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido” (Cf. Hch 15, 28). Se manifiesta una rica red de vínculos, de diálogos entre los apóstoles, entre toda la comunidad cristiana. Es aquí donde se forma el mismo pensar de Pablo. No hay que entenderlo que todos piensen lo mismo, que no haya criterios diversos. La traducción que utiliza la Biblia de Jerusalén es: un “mismo ánimo”, así entendemos que se llega a un pensar común o mejor dicho a una un-animidad: una sola alma. En el diálogo tenemos que ser capaces de hablar con sinceridad y autenticidad, a dejar que la realidad se presente tal cual, no hay que esconder nada. Pero el peligro que tenemos es pensar que dialogar es encontrar un culpable o realizar largas horas de catarsis pastoral enumerando lo fracasos. Nada más lejos, porque dialogar es abrir el corazón para salir de nosotros, para buscar en el camino compartido, el mejor espacio para descubrir lo que el Espíritu ya está obrando porque siempre se adelanta a nosotros.
  • Discernir/actuar: Jesús fue una persona de un enorme discernimiento, siempre confrontó su vida con el proyecto del Padre: el Reino. El discernir es esforzarnos por distinguir lo que sirve de lo que no sirve, cuando está mezclado y no vemos con claridad… para alimentar lo que sirve, para cuidar y hacer crecer el trigo sin angustiarnos por la cizaña. Discernir implica decidir, no hay discernimiento sin decisiones. Decisiones que ponen en acto lo que escuchamos/vimos; dialogamos/juzgamos. Encontrando en todo este proceso lo que el Espíritu nos dice como comunidad cristiana para vivir desde la voluntad de Dios.

Este hermoso proceso es propiedad de toda la iglesia, todos somos los responsables, los sujetos de esta acción, de diversas maneras, pero no con diversos grados de compromiso. Nadie tendrá que empujar ni fomentar a nadie, todos tendremos que animarnos a caminar juntos y tendremos que animar a caminar a los que estén al costado del camino diciendo: ¡Animo, levántate, el nos llama!

Este proceso Sinodal que comenzamos como Iglesia Diocesana insertándonos en el camino sinodal de toda la Iglesia nos invita a la comunión: a escuchar juntos; participación: comprometernos en el diálogo; y misión: discernir el mejor camino para seguir anunciando la Buena Noticia del Reino

***

Al concluir la celebración, el Padre Daniel Cavallo, coordinador del Equipo diocesano para el camino sinodal, explicó los pasos que la diócesis viene dando desde 2020. Aquí una síntesis con los puntos fundamentales que expuso ante la asamblea de fieles.

  • En el discurso del inicio del proceso sinodal, el pasado 9 de octubre, el Papa Francisco dijo: “Reitero…que el sínodo no es un parlamento, que el sínodo no es un sondeo de las opiniones; el sínodo es un momento eclesial, y el protagonista del sínodo es el Espíritu Santo. Si no está el Espíritu, no habrá sínodo”.
  • Este paso del Espíritu Santo nos encuentra a nosotros, Iglesia Diocesana de San Francisco, en el jubileo de los 60 años de la creación de la Diócesis y luego de más de 30 años de caminar el desafío pastoral a través de las Asambleas Parroquiales – decanales y diocesanas, que nos permitieron elaborar cinco planes de pastoral para dar respuesta a la evangelización en el mundo y en la cultura del tiempo presente.
  • Animados por esto, nuestro Obispo Sergio convocó a inicios del año 2020 a un equipo de laicos y sacerdotes para comenzar a rezar, estudiar, compartir este itinerario: “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia”.  Esta convocatoria sinodal de “caminar juntos” (esto quiero decir Sínodo) al que nos convoca el Papa Francisco, es asumida en nuestra diócesis en este año 2021 donde ayudados por el equipo diocesano de planificación pastoral y a través de dos instrumentos de trabajo, evaluamos el “Plan Pastoral Diocesano 2016 – 2020”.  En este mes de octubre comenzó en las parroquias – movimientos e instituciones de la diócesis el desarrollo del segundo instrumento de evaluación.
  • Motiva este trabajo de evaluación dos preguntas referenciales: ¿Cómo ha sido anunciado el evangelio en nuestra Diócesis de San Francisco? ¿Cómo ha de seguir resonando para llevar esperanza a nuestro pueblo?  Es por eso que la SINODALIDAD reclama y exige una fuerte EXPERIENCIA DE ESPIRITUALIDAD para llegar a descubrir que el Señor resucitado, como con los discípulos de Emaús, camina con nosotros y está entre nosotros.
  • En eso estamos, en el inicio de la etapa de MOTIVACIÓN y de ofrecimiento de un proceso de ESPIRITUALIDAD para sentar las bases del camino sinodal. “SI NO ESTÁ EL ESPÍRITU, NO HABRÁ SINODO”. Y esto nos hace descubrir el estilo de Dios que nos ayuda a vivirlo: la cercanía, la compasión y la ternura, junto al ejercicio de las actitudes necesarias para ejercer la sinodalidad: ESCUCHA – DIALOGO – DISCERNIMIENTO.
  • En palabras del Papa Francisco: “tenemos necesidad del Espíritu, del aliento siempre nuevo de Dios, que libera de toda cerrazón, revive lo que está muerto, desata las cadenas y difunde la alegría. El Espíritu Santo es Aquél que nos guía hacia donde Dios quiere y no hacia donde nos llevaría nuestras ideas y nuestros gustos personales”.
  • “60 años caminando juntos con espíritu mariano, franciscano y brocheriano”, queremos vivir lo que somos en nuestra identidad más profunda: una IGLESIA SINODAL. 

Beber del cáliz de Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 17 de octubre de 2021

“¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré? «Podemos», le respondieron…” (Mc 10, 38-39).

Santiago y Juan eran entonces como nosotros ahora: sinceros pero inmaduros. Jesús les había conquistado el corazón. Con él habían emprendido el camino del anuncio del Reino. Lo acompañan desde la primera hora, cuando el “Sígueme” del Señor a orillas del lago los hizo dejarlo todo.

Pero son inmaduros. Están -como nosotros- desbalanceados: todavía demasiado ensimismados y centrados sobre ellos mismos. Y, ese desbalance, a ellos como a nosotros, los ciega para ver la realidad. Jesús los irá transformando de a poco. Cambiará su deseo inmoderado de poder y prestigio por un amor humilde, entregado, generoso. Libre.

Hoy los provoca: ¿Beberán conmigo el cáliz? No otro, sino el cáliz de Jesús. Y el amor y la generosidad toman la delantera, pasando por arriba del deseo de poder: ¡Podemos!, responden.

Con nosotros, Jesús aplica la misma pedagogía de amor: nos conquista el corazón, comparte con nosotros la vida (eso significa, entre otras cosas: “beber del mismo cáliz”) y, poco a poco, nos va cambiando por dentro.

La meta es ser como él: servidores que entregan la vida. “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).

El Evangelio, escuchado con fe, una vez más, inspira nuestra plegaria. Recemos así: “También nosotros, Señor Jesús, como Santiago y Juan, tenemos una fe débil e inmadura, demasiado centrada en nosotros. Por eso, te suplicamos que, como a ellos, también a nosotros no dejés de purificarnos con tu Palabra. Que podamos beber tu cáliz, compartir tu destino de servicio hasta la entrega de la vida, para ocupar nuestro lugar en el Reino de Dios. Amén.”