Bienaventuranzas

«La Voz de San Justo», domingo 29 de enero de 2023

“Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos […]»” (Mt 5, 1-3).

Seás creyente o no; bautizado, tal vez, pero no “practicante”. No importa. Si me permitís una sugerencia: buscá en tu Biblia (o googleá) el evangelio de este domingo (cf. Mt 4, 25-5,12). Tomate todo tiempo, leé despacio y dejá que te alcancen las palabras de Jesús. Si tenés mucha imaginación, usala: imaginá la escena, a Jesús subir a la montaña y desgranar, una a una, las bienaventuranzas.

Cada una de ellas recogen algo muy hondo del alma de Jesús y, por eso, de Aquel a quien Jesús llama, con un acento inigualable de cercanía y ternura: mi Abba, mi Padre.

Las bienaventuranzas no son mandamientos ni normas. Es difícil definirlas. Enuncian situaciones de vida mezcladas con actitudes del corazón: humildad y pobreza, llanto por la injusticia del mundo, lucha por la justicia y por la paz, paciencia y misericordia.

Bienaventurados quiere decir: felices, plenos, logrados… según Dios. Por eso, con una humanidad rica, luminosa y transparente. Como la de Jesús y la de tantos que lo han seguido por ese camino.

¿Son para ahora o para el más allá? Las dos cosas. Por ejemplo, a los que sufren por la injusticia y, por eso, luchan por la paz, Dios los alcanza, ya ahora, con su felicidad y los colmará cuando crucen el umbral de la muerte. Las bienaventuranzas están preñadas de esperanza.

“Señor Jesús: Volvé a desgranar tus bienaventuranzas en el monte de nuestro corazón. Que tu alegría sea la nuestra; tu esperanza, el motor de nuestra vida. Amén.”

Jesús en Galilea

«La Voz de San Justo», domingo 22 de enero de 2023

“Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí […] A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca».” (Mt 4, 12-13.17).

¿A qué apunta la exhortación de Jesús a la conversión (cambio de mentalidad)?

Jesús elige comenzar su misión en la “Galilea de las naciones”, como la llama el evangelio, evocando la heterogeneidad de su población. Elige además como base misionera a Cafarnaúm, pequeño pero muy activo puerto.

Esas opciones son significativas: no busca el centro religioso de Jerusalén. Elige moverse con libertad en ese entrecruce de caminos, personas y mentalidades. En la ciudad santa está el Templo. En Galilea una multitud de gente “impura” para las autoridades religiosas.

A estos hombres y mujeres “impuros” los invita a cambiar de mentalidad: “Dios no es como imaginan. Ustedes no están lejos de Él. Es Padre y siempre está cerca”. La conversión es apertura a ese Padre que los busca. Quiere que se sientan de verdad hijos e hijas suyos.

Enfermos, leprosos, pecadores, endemoniados, pobres, descartados, ninguneados, y un largo etcétera. En definitiva, gente que no se siente bien debajo de su piel. A ellos invita a experimentar la alegría del Reino de los Cielos, preciosa expresión para hablar sencillamente de ese cielo en la tierra que es el Padre Dios.

A esa multitud de impuros les dirigirá las Bienaventuranzas que escucharemos el próximo domingo.

“Jesús: hoy también elegís la Galilea de las naciones para hacer sentir desde ahí, y para todos, la Buena Noticia que trae alegría y esperanza al mundo, el Evangelio del Padre. ¿Dónde está hoy Galilea? ¿Dónde tengo que buscarte? Enséñamelo. Amén.”

Cuidar la libertad religiosa

Crece la violencia contra los cristianos en el mundo

En los próximos días, el Papa Francisco emprenderá su primer viaje en este 2023. Será a dos países africanos: República democrática del Congo y Sudán del Sur. Ambos con situaciones de extrema violencia, también de características religiosas.

Otro país africano, sin embargo, exhibe la triste estadística de un aumento exponencial de la persecución a personas por su filiación religiosa: Nigeria. La violencia contra los cristianos ha venido en aumento en estos últimos años.

El pasado domingo 15 de enero, el padre Isaac Achi fue quemado vivo por unos asaltantes que dieron fuego a su viviendo. Ese mismo día, en el Congo, un atentado acabó con la vida de una veintena de cristianos pentecostales que celebraban el culto dominical.

La geografía de la violencia religiosa desborda el continente africano. China comunista y Corea del Norte afinan su legislación restrictiva de la libertad religiosa de sus ciudadanos. Aquí, en América latina, Nicaragua es un caso preocupante. Ya ha sido condenado un sacerdote católico por el delito de “traición al estado”. Un obispo espera la misma condena en el banquillo de los acusados.

La organización “Puertas Abiertas” desde hace treinta años ofrece una información concienzuda sobre el estado de la libertad religiosa en el mundo. En su último informe[1] consigna estos datos preocupantes:

  • En la actualidad, más de 360 millones de cristianos sufren altos niveles de persecución y discriminación por su fe.
  • En 1993, los cristianos afrontaban un nivel de persecución de alto a extremo en 40 países; en 2023, esta cifra casi se ha duplicado a 76 países.
  • Solo en los 50 primeros países, 312 millones de cristianos sufren actualmente niveles de persecución muy altos o extremos.
  • En todo el mundo: uno de cada siete cristianos experimenta, al menos, niveles altos de persecución o discriminación; uno de cada cinco en África, dos de cada cinco en Asia y uno de cada quince en América Latina.

¿Qué podemos hacer frente a este panorama?

Ante todo, hablar del tema, difundir información confiable y, sobre todo, estar atento a las diversas formas de discriminación por motivos religiosos que también se dan entre nosotros.

Aún con algunas situaciones preocupantes (sobre todo, por motivos ideológicos y la irracionalidad de los prejuicios), nuestro país sigue siendo un modelo de convivencia pacífica entre las distintas tradiciones religiosas.

La Iglesia católica sigue siendo la mayoritaria, pero con muy buenos vínculos con las otras confesiones cristianas, con los judíos y también con el mundo musulmán.

La buena salud de esta convivencia y su proyección al escenario público argentino son activos a cuidar. No ha faltado y no faltará el punto de vista de las religiones presentes en nuestro país en los intensos debates públicos que caracterizan nuestra vida ciudadana.

Sobre todo, aquellos en los que se juegan con mayor intensidad la dignidad, derechos y deberes de las personas.

La libertad religiosa, con el derecho a la vida, la libertad de conciencia y de expresión, forma parte del núcleo duro de los derechos humanos. Los cuidamos entre todos y para todos, también para quienes no son personas religiosas o creyentes.


[1] https://www.puertasabiertas.org/es-ES/actualidad/todos/lista-mundial-de-la-persecucion-2023-una-realidad-asfixiante/

Testimonio

A los fieles católicos de la diócesis de San Francisco.

Buenos días, hermanos.

Les comparto brevemente este testimonio. Como saben, el pasado lunes fallecieron Luis Alberto y Silvia Masini. Esa noche fui a Di Monte para el responso de Silvia y, en la sala contigua, estaba el velorio de Luis. En las dos capillas ardientes rezamos con mucha fe.

En una y otra, pero también confundiéndose en la multitud de gente que había, reconocí muchos rostros de hermanos y hermanas de nuestras comunidades.

Ayer, martes 17, la despedida de Luis se hizo en Cristo rey y, nuevamente, una enorme concurrencia de personas. Al finalizar el responso, una de las hijas de Luis me pidió dirigir unas palabras. Sobreponiéndose a la emoción, dio un testimonio realmente muy luminoso de su padre, de su talante humano y, sobre todo, cristiano. ¡Menuda herencia deja Luis a sus hijos y a todos nosotros!

Se los quería contar, porque estas “pascuas” vividas por dos discípulos del Señor nos hablan de lo que realmente es el tesoro más grande de nuestras comunidades cristianas, lo que se juega en la vida y pastoral ordinaria de nuestras comunidades.

Meditando el Evangelio del domingo (Jesús que inicia su misión y llama a sus primeros compañeros de aventura), no he podido dejar de pensar en que este Jesús sigue haciendo lo mismo: pasando, llamando y tocando corazones (“Inmediatamente, dejándolo todo, lo siguieron”, dice el evangelista).

Silvia y Luis, como tantos otros, escucharon esa llamada y nos han precedido en el camino hacia el cielo. Su testimonio nos alienta a seguir caminando.

Saludos.  

+ Sergio

El que bautiza en el Espíritu Santo

«La Voz de San Justo», domingo 15 de enero de 2023

“Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo». Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».” (Jn 1, 32-34).

La Navidad pasó, pero su impulso sigue ahí. Y va en una dirección concreta: hacia Jesús. ¿Podría ser de otro modo? ¿Qué queda de la Navidad sin Jesús? Es más, ¿qué queda del cristianismo sin él?

La fuerte contracción que están viviendo las comunidades cristianas, acelerada después de la pandemia, nos plantea muchos interrogantes. En todo esto, sin embargo, asoma una oportunidad: reencontrar la fuente de la vitalidad de la fe.

No es otra que Jesús, su Evangelio y su Espíritu. Y está ahí, generosa y joven, encendiendo corazones, colmándolos de esperanza y, por eso, de alegría.

Reducir el cristianismo a una moral (sea la burguesa o la del cambio social) siempre ha sido una fuerte tentación. Pero rápidamente se muestra su aridez y esterilidad.

El plus que los discípulos de Jesús estamos llamados a comunicar tiene que ver con esa fuerza del Espíritu que solo Jesús comunica. Es la experiencia más honda de la fe. La que queda cuando todo se desmorona, porque es su sustancia.

Es lo que Juan bautista vio: solo en Jesús reposa el Espíritu.

“Señor Jesús: te contemplamos como Juan, colmado del Espíritu. Nosotros, que estamos sedientos de esa Vida, como peregrinos en el desierto de este mundo, nos volvemos a Vos y te decimos: danos a beber de esa Agua viva. Amén.”

Maestro Fernando Ballesteros… ¡Gracias!

Me tengo que retrotraer a 1981. Había pasado el Congreso Mariano Nacional y, como fruto de esa caricia de la Virgen, la arquidiócesis de Mendoza reabría el Seminario.

Éramos un grupo nutrido de jóvenes (hoy diríamos: de adolescentes) deseosos de ser curas.

Un también jovencísimo profesor de música nos deslumbró con su voz y, sobre todo, por su pasión por la música sagrada.

Era el querido Fernando Ballesteros.

Venía cada semana a darnos clase y a educarnos la voz.

Junto con otros maestros, cuyos nombres atesoro en el corazón, Fernando despertó en mí el gusto por la música y el canto. Me entregué de lleno a repasar mis vagas nociones de música y, de manera especial, a aprender todo lo que más pudiera.

Él me acompañó con paciencia y verdadera pasión de docente.

Con el tiempo, ya ordenado sacerdote nos volvimos a encontrar en el Seminario. Volvimos a trabajar juntos en muchos proyectos. El último: el Coro diocesano «Juan Pablo II», al que acompañó, junto con la también queridísima y recordada Juanita Guevara, en tantas ocasiones (incluida mi ordenación episcopal).

Esta mañana me desperté con la noticia de su fallecimiento. Recé por él el Rosario y, esta tarde, ofreceré la Eucaristía por su descanso eterno. También por el consuelo de su familia.

Pero es un recuerdo agradecido. Sí: doy gracias porque Fernando se cruzó por mi camino de fe y de misión sacerdotal. Es un regalo de Dios, de la mano de María, que forma parte de esa historia de gracia y salvación que nuestro buen Dios hace con cada uno de nosotros.

Voy a volver a escuchar algunas de sus interpretaciones en el canal de Youtube que abrió años atrás. Y, de ser posible, volveré a escuchar «Señora Mendoza» de Julio Azzaroni.

Creo que se lo estará cantando al Creador en el cielo.

Hasta vernos de nuevo, querido Fernando. A Dios.

PS. Acabo de hablar con el padre Marcelo De Benedectis que lo acompañó en estos últimos momentos. Marcelo da cuenta de cómo vivió Fernando su Pascua: su amor a Cristo, a la Virgen, al Cura Brochero. Confirma así, lo que todos pudimos leer en su alma desde que lo conocimos. Descansa en paz, querido Fernando.

Bautismo del Señor

«La Voz de San Justo», domingo 8 de enero de 2023

“Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».” (Mt 3, 16-17).

Como cada año, el tiempo de Navidad culmina con la fiesta del Bautismo del Señor. En pocos días pasamos del niño recién nacido al joven adulto que inicia su misión, colmado del Espíritu Santo.

En los evangelios, la escena es como una obertura: nos presenta a Jesús, cuya vida estamos a punto de contemplar. Quién es, qué fuerza lo impulsa, cuál es su misión y qué llegará a significar para nosotros. Y lo hace con símbolos y palabras tomados de la Escritura.

Este año, escuchamos el relato de san Mateo: el cielo se abre y se escucha la voz del Padre presentándonos a Jesús como su Hijo. Es una invitación a creer en él, edificando nuestra vida sobre la roca sólida de su Persona y su verdad.

Estamos despidiendo a Benedicto XVI. De todo lo que podemos decir de él, lo más exacto es sencillamente afirmar que fue un creyente cabal: vivió de la fe y al servicio de la fe. Sus últimas palabras (“Jesús, te amo”) resumen su vida, sus enseñanzas, su pasión evangelizadora y su pastoreo atado a la cruz de su Señor.

“Señor Jesús: te damos gracias por tu humilde servidor Benedicto. Creyó en Ti, acogiendo la invitación de tu Padre. Su testimonio ha calado hondo. Ha tocado corazones, mentes y vidas. Con el Papa Francisco, también decimos: «Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz». Descansa en Paz. Amén.”

Eucaristía por el Papa emérito Benedicto XVI

Catedral de San Francisco – Miércoles 4 de enero de 2023

“¡Felices los que mueren en el Señor! Sí –dice el Espíritu– de ahora en adelante, ellos pueden descansar de sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap 14, 13).

Hacemos nuestra esta hermosa bienaventuranza del vidente del Apocalipsis para despedir al obispo emérito de Roma, quien fuera Papa con el nombre de Benedicto XVI.

Es uno de los que ha muerto en el Señor, como señala con solemnidad el Apocalipsis.

Según los testigos, antes de entrar en la agonía, pronunció su última confesión de fe. Como no podía ser de otra manera, en su lengua materna alcanzó a decir con un hilo de voz: “Jesús, te amo”.

Confesó así, con la simplicidad de un niño, el señorío de Cristo sobre su vida, de la única manera que es posible hacerlo: como una experiencia honda de amor que toca y determina la propia vida.

Amor recibido que se vuelve amor devuelto en la hora postrera.

Joseph Ratzinger/Benedicto XVI vivió en primera persona aquel diálogo de amor entre Simón Pedro y Jesús resucitado a orillas del mar y después de la pesca milagrosa.

También allí se escucharon palabras de amor: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?… Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero” (Jn 21, 15.17).

Y el amor dio paso a la misión, alcanzando la dimensión honda del seguimiento que configura por dentro la vida: Simón Pedro, el pescador quedó atado a su Señor en la vida y en la muerte: “Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras… Tú sígueme.” (Jn 21, 17-18.22).

Por eso, la promesa que Jesús hoy nos hace escuchar de nuevo para alentar nuestra esperanza, se ha cumplido en la vida de su humilde servidor José/Benedicto: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 26).

Joseph Alois Ratzinger nació un sábado santo, el 16 de abril de 1927. Y, como a él mismo le gustaba recordar, recibió el bautismo con las aguas recién bendecidas en la Vigilia Pascual. Y emprendió la etapa final de su viaje como peregrino durante la octava de Navidad.

La encarnación y la pascua de Cristo envuelven su vida, su peregrinaje y su misión. Él lo enseñó con erudición académica, pero, sobre todo, lo propuso como un testigo alcanzado por dentro por la luz del amor: solo la amistad con Cristo nos abre las puertas de la vida.

De todas las formas que lo dijo o escribió, elijo aquí unas frases de la homilía del inicio de su ministerio petrino que he vuelto a releer en estas horas y que los invito a saborear. Están dirigidas a los obispos, pero valen para todos nosotros, discípulos misioneros del Evangelio:

Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida.

No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. (24 de abril de 2005).

La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.

Hoy damos gracias al Señor por su servidor Benedicto, porque a través de él, Jesús ha seguido colmando de alegría el corazón de los hombres y mujeres el mundo, entre los que nos contamos.

El pueblo sencillo, al que sirvió por encima de todo, lo ha comprendido. Por eso, por estas horas, un interminable torrente de personas ha pasado delante de sus despojos mortales en San Pedro para despedirlo y pronunciar un “gracias” coral por el celo de este pastor “en el anuncio del Evangelio, en el sostenimiento de la racionalidad del creer, en el ofrecer a todos la certeza de que podemos encontrar a Cristo también hoy por los caminos del mundo y de que el cristianismo no es una doctrina abstracta, sino un encuentro con el Resucitado”, como  ha escrito un periodista italiano.

***

“¡Felices los que mueren en el Señor! Sí –dice el Espíritu– de ahora en adelante, ellos pueden descansar de sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap 14, 13).

¿Qué obras acompañan a este humilde trabajador en la viña del Señor ahora que ha cruzado el umbral de la muerte?

Solo Dios lo sabe, aunque nosotros somos testigos de muchas de ellas.

En estas horas se destaca, sobre todo, el espesor de su condición de teólogo: el último gran teólogo vivo del Concilio Vaticano II. Uno de los diez teólogos católicos más importantes de este tiempo.

Y no nos equivocamos. Ahí están los tomos de su Opera Omnia, todavía incompleta en su publicación. Ahí está su pasión por los Padres de la Iglesia, especialmente por san Agustín. Ahí está también su diálogo con la modernidad que se resolvió siempre por esa fecunda circularidad entre la fe y la razón abierta a toda la amplitud de la realidad y, por eso, sedienta de Dios y de su Palabra.  

Algunos han destacado también su renuncia al oficio petrino, cumplida hace casi diez años. Es verdad también, a condición de que la interpretemos como corolario de una vida fecunda, porque la resume y muestra toda su grandeza.

Bordearíamos el cinismo si nuestra valoración de ese gesto lo redujera a una mera salida de escena ante las dificultades: lo mejor que pudo haber hecho es renunciar.

Como él mismo indicó: no renunció para huir de una crisis o un problema, sino cuando la serenidad del corazón y de la vida eclesial le dejó libre el espacio para cumplir ese humilde y gigantesco paso.

No me siento, sin embargo, de explorar ninguno de esos dos caminos.

Me permito solo enunciarlo así: las obras que acompañan a Joseph Ratzinger/Benedicto XVI son las que lo cualifican como un verdadero “Maestro de la fe” y, por eso, un “Maestro de la vida”.

Todos nos entendemos: cuando hablamos de la fe, hablamos de la vida. Porque la fe cristiana es ese modo tan característico de estar radicados en la vida concreta desde Cristo y hacia Cristo.

Que nos lo diga él mismo con las que tal vez sean las frases más célebres y certeras de su pontificado:

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Encíclica Dios es amor, 1).

Creo que no nos equivocamos si vislumbramos en este párrafo el secreto más precioso que fue creciendo en el corazón de aquel niño nacido en la católica Baviera y que, paso a paso, fue descubriendo el Rostro de Cristo y éste le fue conquistando el corazón, la mente y la libertad.

Casi a las vísperas de la solemnidad de santa María, madre de Dios, este buen servidor pronunció su definitiva confesión de fe y amor a Jesús, el hijo de María.

Él, que amó tanto la “sobria embriaguez del Espíritu” en la Liturgia, nació a la vida de la gracia y a la eternidad arropado por los tiempos litúrgicos más significativos de la madre Iglesia.

A la santa Madre de Dios le encomendamos su alma, confiando en su misericordia y bondad.

Nosotros, un poco tristes y nostálgicos, pero reconfortados por su testimonio, solo nos resta decir: ¡Gracias, Señor, por regalarnos este Maestro de la fe y de la vida!

Y que nuestra gratitud se convierta en compromiso: Sí, querido Benedicto, con tu testimonio nos mantendremos firmes en la fe, sin dejarnos confundir en esta hora de la historia, tan fascinante como incierta.

Amén. Así sea.

Un Papa de la Tradición

Uno de los gestos más arriesgados del pontificado de Benedicto XVI fue la promulgación del Motu prorpio «Summorum pontificum» que restableció la liturgia antigua como «forma extraordinaria» del único rito romano.

Fue un gesto arriesgado, como dije, pero valiente y sabio.

Como en su momento reconociera el mismo san Juan Pablo II, el reclamo por la Misa del «usus antiquior» es legítimo. Benedicto XVI además, por sensibilidad, formación teológica y prudencia, percibía que ese conjunto de reclamos -llamémoslos así «tradicionalistas»-forma parte de la entraña de la Iglesia católica, que se vuelve incomprensible sin ese vigoroso aprecio por la Tradición.

La Iglesia es esa tensión entre «Profecía» y «Tradición».

Esa tensión ha estado, está y estará siempre. Y es saludable. Ser fieles al Evangelio es hacerle lugar concreta y vitalmente en la vida de la comunidad eclesial.

Es cierto también que «conservadores» y «progresistas» (si queremos hablar así) tienden a convertir esa tensión en una polarización de exclusión mutua. Se les nota más a los conservadores, pero es más sutil en los progresistas.

Lamentablemente, el gesto valiente de Benedicto XVI dio pie para que esos reclamos legítimos quedaran rodeados de tal grado de agresión, arrogancia y soberbia que, en la práctica, terminan siendo oscurecidos y comprensiblemente desechados: se tira la niña con el agua sucia, según el dicho italiano.

En este punto, la herencia de Ratzinger/Benedicto XVI queda como una provocación a seguir buscando la Verdad, amando a la Iglesia real y a tender puentes con humildad, sin dejarse ganar por el espíritu de discordia.

Testamento espiritual de Benedicto XVI

Publicado por el papa emérito el 29 de agosto de 2006

Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás, hacia las décadas que he vivido, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. Ante todo, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me ha dado la vida y me ha guiado en diversos momentos de confusión; siempre me ha levantado cuando empezaba a resbalar y siempre me ha devuelto la luz de su semblante. En retrospectiva, veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y agotadores de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien.

Doy las gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor prepararon para mí un magnífico hogar que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy. La clara fe de mi padre nos enseñó a nosotros los hijos a creer, y como señal siempre se ha mantenido firme en medio de todos mis logros científicos; la profunda devoción y la gran bondad de mi madre son un legado que nunca podré agradecerle lo suficiente. Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la claridad de su juicio, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin su constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo todos a Su bondad. Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe. Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y les ruego, queridos compatriotas: no se dejen apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he agraviado de alguna manera, les pido perdón de todo corazón.

Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio: ¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir! A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- fuera capaz de ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica. He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he visto cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas que sólo parecen ser competencia de la ciencia. Desde hace sesenta años acompaño el camino de la teología, especialmente de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones, he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles y resultar meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.

Por último, pido humildemente: recen por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados y defectos, me reciba en la morada eterna. A todos los que me han sido confiados, van mis oraciones de todo corazón, día a día.