Abadía «Gaudium Mariae» (San Antonio de Arredondo), martes 10 de febrero de 2026

Estamos celebrando la Eucaristía, por tanto, las «Bodas del Cordero» (cf. Ap 19, 7-9). Estamos participando del gozo de la esposa que se une al Esposo.
Se cumple la profecía de Oseas que escuchamos: «… yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré de su corazón… Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia.» (Os 2, 16.21).
Participemos del gozo de santa Escolástica y dejemos que el Señor nos lleve al desierto y hable a nuestro corazón.
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Cada año escuchamos en el Oficio de Lecturas el relato del último encuentro entre san Benito y su hermana, santa Escolástica.
La santa logra retener a su hermano al obtener de Dios una lluvia torrencial que le impide a Benito y a los otros hermanos abandonar el lugar donde ambos estaban conversando. Así, el deseo de la santa de seguir hablando sobre las delicias del cielo y la vida espiritual se ve plenamente cumplido.
Anota san Gregorio Magno: “Y no es de extrañar que pudiese más que él aquella mujer, ya que, como dice san Juan, Dios es amor, y era muy justo que tuviese más poder quien más amaba”.
Me detengo aquí.
Creo que, si miramos la vida de nuestra Iglesia, como también al mundo que nos rodea, vemos que el poder (el deseo de poder, la búsqueda del poder, las estrategias y artimañas del poder) parecen ser un factor dominante que amenaza siempre con superarnos y abrumarnos.
El poder, así deseado y buscado, es acompañado de arrogancia y desprecio por los demás, genera reacciones similares, resentimiento, tristeza y amargura…
Nada nuevo bajo el sol.
En la memoria viva de la Iglesia, la oración desafiante de santa Escolástica está marcada como un indicador precioso de por donde pasa el camino del Evangelio: a la arrogancia del poder se le contrapone la “impotencia” humilde, mansa e intrépida del amor que es deseo, oración y gozo.
El relato nos ofrece una imagen estupenda de esto: “La santa monja, al oír la negativa de su hermano, puso sobre la mesa sus manos, con los dedos entrelazados, y escondió en ellas la cabeza, para rogar al Señor todopoderoso.”
Así, o en formas similares, seguramente nosotros mismos hemos orado en más de una ocasión.
En el himno de vísperas que rezábamos ayer al atardecer, suplicábamos su intercesión con estas palabras: “Ten piedad de nosotros, los fieles de Cristo, y aleja las miserias que nublan nuestros corazones; para que así el Sol de luz eterna brille dulce en nosotros y nos llene de las alegrías de sus rayos eternos”.
Siempre habrá miserias que nublen nuestros corazones, como la vida de la Iglesia y la historia del mundo. Pero, el Sol de luz eterna que es Cristo no conoce ocaso, como cantamos en el Pregón Pascual. Su luz siempre brilla, colmándonos con su alegría.
Que en esta hora del mundo y de la Iglesia de Cristo prevalezca el poder del amor, porque es muy justo que quien más ama pueda más.
En este día y en este lugar, dejémonos bañar con su resplandor.
Amén.















































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