Un niño, cinco panes y dos pescados

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de julio de 2021

“¿Dónde compraremos pan para darles de comer? Él decía esto para ponerlo a prueba, pues sabía bien lo que iba a hacer.” (Jn 6, 5-6).

A partir de hoy, y durante los próximos cuatro domingos, leeremos el capítulo seis del Evangelio según San Juan. Preparémonos entonces para un viaje que nos llevará, de la mano del discípulo amado, al centro de su mensaje: Jesús, Hijo y Palabra del Padre es el Pan vivo bajado del cielo para darnos vida eterna.

Comencemos a caminar, dejándonos interpelar por la pregunta del Señor a Felipe. Es una prueba. Para él tanto como para nosotros: ¿Podemos saciar toda el hambre (y todas las hambres) que hay en el mundo? ¿Puede hacerlo la Iglesia? Podemos tener esa arrogante pretensión.

Necesitamos experimentar la desproporción de nuestras fuerzas y recursos, de nuestros esfuerzos y de nuestras mejores intenciones. Jesús no necesita más: un niño (hay que volverse como ellos para entrar en el Reino), cinco panes y dos peces… y nuestra fe que se hace súplica.

Obviamente, la multiplicación de los panes y el discurso del Pan de vida que le sigue no se refieren a quedarnos de brazos cruzados ante el imperativo ético que significa luchar por superar la pobreza en todas sus formas. En el capítulo seis de san Juan, hambre y pan son símbolos que hablan a la fe: Jesús es el pan que Dios multiplica para que los hombres saciemos el hambre más profunda que nos habita: hambre de Dios, de vida y salvación, de perdón y reconciliación, de justicia y fraternidad.  

Quien coma de este Pan encontrará en él la fuerza espiritual que es necesaria para acometer las empresas más difíciles y, finalmente, alcanzar la bienaventuranza en el cielo.  

Es bueno que la comunidad cristiana, como está ocurriendo en este tiempo arduo, experimente su fragilidad, su insignificancia comparada con los “poderes del mundo”, incluso su achicamiento. Solo así se purifica y dispone para comunicar lo que ella no produce ni puede producir: el don de la salvación que Dios nos regala en Cristo.

Una plegaria para este domingo: “Jesucristo, Pan vivo bajado del cielo, escucha nuestras plegarias. Tú comprendes muy bien la inquietud de nuestro corazón, sobre todo, cuando contemplamos la vastedad de la misión que nos has confiado. Tú, Señor, lo sabes todo. A Ti nos confiamos. Amén.”

Oración a Santa María del Equilibrio

Del obispo Jorge Casaretto

Madre de Dios y Madre nuestra.

Por tu intercesión pedimos a Dios el don del equilibrio cristiano tan necesario para vivir plenamente el Evangelio.

Ubícanos en la realidad en que el Señor nos ha puesto.

Aléjanos de las actitudes que tienden a aumentar nuestras naturales limitaciones:

  • de prejuicios e ingenuidades, de integrismos y progresismos,
  • de timideces y temeridades,
  • de pesimismos y falsos optimismos.

Concédenos generosidad de corazón para que podamos ser fuertes en el amor a todos los hombres, siguiendo el ejemplo de tu Hijo que murió para salvarnos a todos.

Ayúdanos   a integrarnos en la Iglesia y a ser testigos de Cristo en el mundo asumiendo con firmeza y equilibrio las enseñanzas fue el Espíritu Santo ha inspirado en estos tiempos a la Iglesia.

Amén.

Estado y cuestiones de género

Creo que, en general, estamos de acuerdo en que el Estado vele por los derechos de las minorías. Entre ellas, de aquellas personas que no reconocen su identidad en el sexo biológico. Como todas las personas, merecen respeto y trato justo. Todos tenemos que superar actitudes y gestos injustos y vejatorios.

Lo que suena extraño es que el Estado asuma con un tono épico la difusión de las teorías de género que despiertan tantos interrogantes. Son eso: teorías que buscan comprender la realidad humana, pero que, por muchos motivos, suelen tomar una deriva ideológica que se vuelve absurdamente impositiva e intolerante.

De un tiempo a esta parte, sus conceptos, símbolos y enfoques están presentes en temas tan vacilares como familia, educación y salud. Casi sin dejar tiempo ni espacio para una recepción crítica de los mismos.

Algunos, con perspicacia e ironía, hablan de una nueva “religión de estado”.

Y no pasa solo en Argentina…

Lo cierto es que los ciudadanos, cada vez más, reaccionan con firmeza a estas políticas públicas. Mucho más al caer en la cuenta de tantas deudas que un Estado como el argentino tienen con necesidades fundamentales de la sociedad. A lo que habría que añadir -y no como dato menor- el estado de la salud integral de los ciudadanos en esta pandemia.

Tenemos que opinar con claridad y sin falsos pudores en estos temas que nos afectan a todos.

Compasión, cercanía y palabra

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de julio de 2021

“Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato” (Mc 6, 34).

Jesús encarna y hace visible la compasión de Dios para con el mundo desorientado y tantas veces decepcionado. ¡Atención!, compasión no es lástima. Es hacerse cargo, acompañar, tomar en serio la dignidad herida. En Jesús, esa compasión se vuelve cercanía, presencia y palabra.

Hoy, el evangelista destaca que Jesús ocupa “largo rato” en hablarle a esa multitud que lo sigue.

Con la oración y la cercanía a los que sufren, la predicación del Evangelio se cuenta entre las prioridades principales del Jesús misionero.

Siente la imperiosa necesidad de contar, de mil formas posibles, lo que le quema por dentro. Para él, las palabras son tan necesarias como el pan. Él tiene que hablar de Dios, de sus sueños para el mundo, de su amor hacia los pobres, los enfermos, los pecadores…

Esta imagen del Señor ilumina la vida de su Iglesia, nos anima y estimula a encarnarla en nuestra vida de discípulos misioneros. También en esta hora, complicada y difícil, tenemos que encontrar las palabras necesarias para contar, como Jesús, lo que nos quema por dentro.

Pero antes, dejémonos nosotros evangelizar por Jesús. También nosotros dediquemos “largo rato” a ser enseñados por Él. Preguntémonos también: ¿Cómo querés, Señor, que yo empeñe mi persona en la transmisión del Evangelio a quienes me rodean? ¿Cómo debo vivir mi condición de anunciador de tu Evangelio?

Nos puede ayudar esta plegaria: “Señor Jesús, misionero del Padre: que tu Espíritu infunda en nuestros corazones tu misma compasión, para que también nosotros seamos testigos valientes de tu Palabra para nuestros hermanos. Amén.”

Una carta desde el corazón de la fe

Una propuesta

San Francisco, 13 de julio de 2021

A mis hermanos de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

Te escribo desde la fe cristiana. Por eso, desde el corazón. Deseo hacerte llegar una propuesta. Le pido al Espíritu Santo que guíe mis pensamientos y me ayude con las palabras justas para llegar también a tu corazón de discípulo de Jesús.

Se cumplen cuarenta años de la entronización de la imagen de la Virgen del Rosario de Fátima, patrona de la diócesis, en la Catedral. Fue el 13 de octubre de 1981. Esta bella imagen fue traída desde el santuario de Fátima en Portugal por el obispo de entonces, monseñor Agustín Adolfo Herrera. Ese día, el obispo consagró la Iglesia diocesana de San Francisco a María. Años después, fue coronada por monseñor Carlos Tissera.

El próximo miércoles 13 de octubre celebraremos, Dios mediante, la santa Eucaristía en la catedral para conmemorar este hecho. Será en el marco de estos sesenta años de vida diocesana, caminados, como dice nuestro lema, “con espíritu mariano”.

En esta oportunidad, como obispo diocesano, voy a renovar la consagración de la diócesis de San Francisco a la Virgen del Rosario de Fátima.

***

Esto es lo que deseo proponerte: ¿Te animás a acompañar la oración del Obispo con tu propia entrega personal a María?

Muchos de nosotros, desde muy chicos, hemos aprendido a confiarnos a María. Algunos, seguramente, hemos hecho alguna forma solemne de consagración mariana. Yo, por ejemplo, rezo cada día la oración “Bendita sea tu pureza […]” que me enseñara mi madre.

Para mí -no tengo miedo de decirlo- fue una gracia muy grande descubrir que María es una persona viva, con quien se puede hablar, confiarse, a quien se puede escuchar, de quien se puede aprender. Parece algo demasiado obvio, sin embargo, para mi vida personal de fe, este descubrimiento fue una iluminación que me llenó el corazón de alegría y de entusiasmo.

Es que, según el plan de Dios, María tiene una misión: Madre del Hijo de Dios hecho hombre, ha sido confiada como Madre a la Iglesia y, en ella, a cada bautizado, discípulo misionero de su Hijo.

En la historia espiritual del cristianismo, sobre todo por los santos, los cristianos hemos aprendido a reconocer ese lugar de María en nuestra vida a través de múltiples formas de devoción mariana. Entre ellas se destaca la “consagración a María”. En estos últimos tiempos fue san Juan Pablo II el que difundió esta “entrega confiada” a la Madre de Dios.

María, por obra del Espíritu Santo, dio a luz a Jesús. Ella nos ayuda a vivir según el Espíritu de Cristo. Entregarse confiadamente a ella no es otra cosa que reavivar la vida del Espíritu que recibimos en el Bautismo, se fortalece en la Confirmación y se alimenta en la Eucaristía. Así progresa nuestra configuración con Cristo. Eso sí: “como María”, es decir: tratando de vivir cada momento con ella, como ella y con su ayuda.

Estas no son simples ideas en el aire: es experiencia viva, es vivencia cotidiana de los discípulos de Jesús. La devoción a María está en el alma de nuestro pueblo. El Año Mariano Diocesano que celebramos en 2018 nos permitió vivirlo con alegría y gratitud.

Por ahora, hasta aquí llego. En otras cartas intentaré explicar qué es la entrega confiada a María, cómo prepararnos a ella, cómo hacerla en concreto.

Te pido solo dos cosas: primero, que te pongás a pensar en serio en esta propuesta que te hago. Más que pensar, yo diría a rezar. Podés meditar el texto de San Juan que abre esta carta. Te ofrezco algunos puntos de meditación: ¿Qué significa, para mí, este testamento del Señor: “aquí tienes a tu madre”? ¿Cómo recibir a María en mi propia casa, es decir, en mi propia vida?

Lo segundo que te pido es que difundás esta carta y el video que la acompaña: fotocopiala, mandala por email, usá las redes. Creo que si te interesa te podés ingeniar. A ver cómo nos va.

Hasta la próxima.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio Buenanueva,
obispo de San Francisco

De dos en dos

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de julio de 2021

“Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.” (Mc 6, 7-9).

Me comentaba un párroco al concluir una misión con gente de su parroquia: “Al principio había temor: «¿nosotros salir a misionar?». Ante la convocatoria que hicimos, muchos no se animaban. Al final, todos han vuelto radiantes. La misión transforma”.

Necesitamos que Jesús nos siga animando a la misión: de dos en dos, con un solo bastón y con calzado ligero. Pues de lo que se trata es de caminar, de dejarse llevar, de confiar en la fuerza de la Palabra que nos ha sido confiada y, sobre todo, en la potencia de Aquel que nos envía. La misión se pone en marcha en la plegaria humilde y confiada: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Es una paradoja: la pandemia nos obligó a quedarnos en casa; sin embargo, las comunidades cristianas, aun en medio de las restricciones, han experimentado como pocas veces el imperativo de salir, de escuchar, de buscar, de tender la mano. Cosas del Espíritu…

La misión siempre comienza en la oración. Esta plegaria nos puede ayudar: “Señor Jesús, misionero del Padre: con algo de temor en el corazón, pero con más amor y confianza, te digo: ¡Aquí estoy, envíame! ¡Hay tanta sed de Dios, de esperanza y de vida en el mundo! Que tu compasión nos contagie a todos para que, también conmovidos, salgamos a llevar tu Evangelio a todos. Amén.”

“En mi aflicción invoqué al Señor, y Él me respondió” (Salmo 119, 1)

Oración diocesana en pandemia – Homilía del obispo – 9 de julio de 2021 – catedral de San Francisco

Contemplemos la escena evangélica.

Hay pocos testigos oculares: además del Señor, los padres de la niña, Pedro, Santiago y Juan.

Ubiquémonos entre ellos. Vayamos en puntas de pie, sin hacernos notar. Permanezcamos en silencio y, sobre todo, contemplemos con la rumia que alienta el Espíritu.

Más que en un espacio físico, tratemos de entrar, ante todo, en el dolor de esos papás. Imaginemos las noches de incertidumbre al ver el progreso devastador de la enfermedad, en su angustia al adivinar el desenlace, pero también en la súbita esperanza al sentir oír que Jesús pasa.

Busquemos entonces conectar desde dentro con el mundo inconmensurable del dolor humano. A ese lugar nos lleva siempre el Evangelio. Solo desde allí podemos estar en sintonía con él. Ahí nos espera Dios, porque hasta allí ha llegado Él mismo.

Miremos ahora a Jesús, sigamos sus ojos, sus manos que se abren para aferrar a la niña y, sobre todo, su corazón humano de Hijo amado del Padre.

Escuchemos su palabra poderosa que viene de lo profundo de la Trinidad, pasa por ese corazón y termina en sus labios: “¡Niña, yo te lo ordeno: levántate!” (Mc 5, 41).

***

Queridos hermanos:

En esta hora de silencio, recuerdo y oración, permítanme que, desde el corazón de nuestra fe cristiana, les haga llegar esta palabra de cercanía, de vida y esperanza. Nace del corazón y a él se dirige, como todas las palabras que inspira la fe.

Jesús nos está tomando de la mano, nos mira a los ojos y nos dice: ¡Levántate, resucita!

Lo dice a nuestra Patria que busca rumbo en medio de la desorientación de los corazones y de esa persistente voluntad de exacerbar y polarizar que, tantas veces, domina los espíritus.

De manera especial, Jesús pronuncia esa palabra sobre nuestros hermanos y hermanas difuntos; sobre sus familiares y amigos que lloran sus muertes.

También sobre los que se han puesto al hombro la vida, la salud y el futuro de todos, sirviendo a los enfermos, a las familias en riesgo, a los que sufren la zozobra del trabajo o de la empresa, a los niños y adolescentes.

Los invito a abrir el corazón que sabe escuchar esas palabras de vida, y a dejarlas entrar para que hagan su obra en nosotros.

Queridos amigos y hermanos:

¡Es Jesús, el Salvador, el que nos está hablando! ¡Es su Espíritu vivificador el que está soplando sobre nosotros!

Dios no ha causado ni quiere la pandemia. No es un castigo divino ni una prueba para calibrarnos. Es una crisis como tantas que han herido a la humanidad en la historia.

Los discípulos de Jesús, sin embargo, sabemos que ninguna situación, por oscura y difícil, resulta indiferente a los ojos del Dios que se identifica con el buen samaritano. Por el contrario, Dios es nuestro compañero de camino en todas las pruebas de la vida. Está con nosotros. Sufre y llora con nosotros. Y entra en nuestra casa para tomarnos de la mano y levantarnos, como hizo con aquella niña del relato evangélico.

Lo experimentamos en este tiempo difícil en cada recodo del camino.

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Este 9 de julio volvemos a mirar ese camino que transitamos como pueblo desde hace ya doscientos cinco años.

Argentina tiene futuro. Argentina puede levantarse porque puede potenciar sus innegables fortalezas espirituales, éticas y cívicas; como también revertir cualquier forma de decadencia.

No es apelación al pensamiento mágico. Es la certeza que se corrobora cuando logramos contemplar sin prejuicios la nobleza del corazón humano, no nos dejamos llevar por percepciones sesgadas y nos abrimos de verdad a la realidad.

Es esperanza porque cuenta con Dios, con su presencia y acción redentora.

¡Hay potencia de vida en el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios!

En Argentina hay potencia de futuro y de resurrección. Está en la pasión por el bien, la verdad y la justicia que habita el corazón de su pueblo, de las innumerables iniciativas que dinamizan el cuerpo social, de sus empresarios, de sus dirigentes, de sus jóvenes como también de sus adultos e incluso de sus niños.

¡Hay pasión por la libertad, creatividad para edificar, ingenio y garra para sortear las dificultades del camino!

Está en los dirigentes que, aun reconociendo pertenecer a sectores antagónicos, tienen la valentía y la grandeza de ánimo de buscar territorio común para recrear la amistad social y, así, cimentar futuro.

Pensar distinto sobre el rumbo del país, marcar con lealtad las diferencias y dirimirlas en la noble lucha democrática por el poder no constituyen un óbice para, desde esa diversidad, construir convivencia, respeto y reconocimiento de la subjetividad del otro, cultura del encuentro. Todo lo contrario. La inmensa mayoría de los argentinos es precisamente esa actitud la que esperamos.

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Esta noche, en este clima de oración que es encuentro con el Señor de la vida, nuestros corazones se sienten cercanos a las familias que están llorando, en cada una de las comunidades que componen nuestra diócesis, a sus seres queridos muertos por el covid-19.

Queridos amigos, queridas familias: permítannos compartir con ustedes su dolor y su llanto que son signos del amor herido por la partida del ser amado. Nosotros compartimos con ustedes la esperanza que nos sostiene. Es Jesucristo, el que murió por nosotros y resucitó para sembrar nuestra vida y nuestra historia con la certeza del triunfo de la vida sobre la muerte.

De la mano de María, de sus ojos iluminados por la claridad del Hijo resucitado, recibamos esta noche, en nuestros ojos y en nuestras manos, la gracia del consuelo, de la paz y de la esperanza para seguir caminando juntos hacia la Patria de hermanos que soñamos. Amén. Así sea.

Hermana Ana

Testimonio personal para las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia

Este martes 6 de julio, al terminar la celebración de la Eucaristía en la parroquia “San José” de Devoto, la hna. Graciela me avisó por teléfono de la muerte de la Hna. Ana. 

En mi respuesta, bastante desordenada, por cierto, hice alusión a que, desde hacía un tiempo estaba imaginando que, tarde o temprano, semejante noticia iba a llegar. Hace poco más de un mes fue la pascua de mi madre. Son heridas abiertas, pero heridas según el Evangelio. 

Cuando cortamos la comunicación con la Hna. Graciela me quedé un rato en silencio. Después, espontáneamente, comencé a relatarle al párroco lo que había pasado y, sobre todo, a contarle quién era la Hna. Ana, lo que ella significaba en mi vida, la del Seminario y la arquidiócesis de Mendoza. Evoqué hechos, situaciones, personas. 

De vuelta a mi casa, mientras iba manejando, me era difícil rezar por su alma. Lo hice, por supuesto: “Dale, Señor el descanso eterno y brille para ella la Luz que no tiene fin”. Me sentía un poco incómodo. Me daba cuenta de que quería rezarle “a ella”. Y eso hice: comencé a hablar con ella, a pedirle gracias, a encomendarme a su intercesión, a suplicarle por la diócesis, por la vida… Y terminé rezando el “Te Deum”: “Señor, Dios eterno, alegres te cantamos…”

Como imaginarán, en estas horas hemos intercambiado mensajes los que la hemos conocido: un recuerdo, a la vez dolido por la partida, pero enormemente agradecido. 

“Suor Anna” ha sido para todos los que la conocimos y la tratamos, un regalo y una caricia de Dios. Personalmente, ella ha sido fundamental en mi vida de fe, como sacerdote y ahora como obispo. Siento que el Evangelio me ha llegado a través de su persona, de sus palabras y, sobre todo, de sus gestos. Me siento inmerecidamente tocado por la gracia de Dios a través de ella. El Evangelio de hoy concluía precisamente así: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10, 8). 

Las personas no somos individuos aislados. Tampoco lo ha sido la Hna. Ana. Todo lo que ella es y significa está inseparablemente unido al carisma del Espíritu que ustedes custodian y viven. Por eso, doy gracias a Dios también por el Instituto de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia. Ella, como tantas otras, han vivido el carisma con alegría, radicalidad y no sin las luchas que suponen la vida y las cosas que amamos. 

Pienso mucho en la gracia de la “pequeñez”. Define el carisma de ustedes. Viene del corazón del Evangelio: de Jesús, el que vivió como pequeño en las manos del Padre. Pido esa gracia para mí, para esta diócesis que tiene también el carisma del Poverello de Asís, san Francisco, para todos nosotros. Ahora, se lo pido al Señor por medio de la Hna. Ana.

Se los digo con toda franqueza: la Hna. Ana ha muerto “en olor de santidad”. Es el perfume del Evangelio que nosotros no inventamos, sino que lo prepara el Espíritu, como el obispo hace con el Crisma en la Misa crismal que mezcla el mejor aceite con el perfume. 

En estos tiempos verdaderamente recios, Dios no deja de acariciarnos y de hacernos sentir su presencia. Así renueva en nuestros corazones sus promesas y la esperanza que nos hace caminar. 

Saber de la pascua de “Suor Anna, la bella”, me ha dejado paz en el corazón. 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

7 de julio de 2021

Jesús, motivo de escándalo

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de julio de 2021

“Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo … Y Él se asombraba de su falta de fe.” (Mc 6, 3.6).

Es que Jesús siempre será “motivo de escándalo”. Su persona no deja indiferente. Su mensaje es “buena noticia” que salva. Pero, para llegar a serlo, antes ha de ser espada que hiere el alma y la parte por en medio. Lo hizo con María; también con José, con Pablo y con quien se anima a seguirlo.

Por eso, este domingo, no dejés de concentrar tu mirada en Jesús. Y, con esa actitud interior, atrevete a mirar los espacios de tu corazón que se resisten a entregarse a Él, tus miedos y desconfianzas, tus oscuridades y vacilaciones. Nada de eso es enemigo de la fe, sino incluso, el territorio donde crece con más fuerza.

Tampoco dejés de asombrarte de la fragilidad e inconsistencia de tu propia fe. La inmensa mayoría de los creyentes, si no todos, tenemos una zona de nuestro corazón que resiste a Dios. Vos y yo tenemos necesidad de que Él nos enseñe y guíe, nos cure y nos sostenga. Solo cuando hemos hecho esa experiencia, a la vez de fragilidad y de confianza, comenzamos a caminar como verdaderos discípulos.

Siempre es bueno orar. Es entrar en comunión con el Jesús de todas nuestras preguntas. Te invito, por tanto, a orar así: “Señor Jesús, los ojos de nuestra fe te buscan incesantemente. ¡Danos a conocer tu Rostro de Resucitado! ¡Revelanos la belleza del Dios amor, cuyo Evangelio proclamás con tu persona y tu pascua! Cuando nos amenace la duda o sintamos que tu mensaje nos escandaliza, que la belleza de tu Rostro vuelva a convencernos de tu verdad. Amén.”

Una palabra de cercanía y esperanza

San Francisco, 1 de julio de 2021

Queridos amigos y hermanos:

Les agradecemos que nos permitan compartir una “palabra de cercanía y esperanza” en nombre de la Iglesia diocesana de San Francisco.

La dirigimos a todos los que comparten con nosotros la pasión por la vida, el bien común y la esperanza en estos tiempos de pandemia: hombres y mujeres, familias, comunidades, organizaciones de la sociedad civil y autoridades.

Es una palabra que brota del corazón iluminado por la fe que nace del Evangelio de Cristo. Nos reconocemos sus discípulos y miembros de la Iglesia católica que vive en cada una de las comunidades que forman nuestra diócesis.

Vivimos tiempos muy difíciles, de angustia e incertidumbre. Experimentamos temor, soledad, desaliento y cansancio. Tiempos que ponen al descubierto nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Este dolor es patrimonio de todos: niños y ancianos, jóvenes y adultos. La enfermedad nos ha arrebatado a seres amados. Muchos lloramos la pérdida de familiares y amigos. Para todos nuestro respeto, cercanía y oración. En medio de estas circunstancias damos gracias a Dios por el inapreciable regalo de la vida. Hemos renovado nuestra conciencia de que somos responsables de cuidar nuestra propia vida y la de nuestro prójimo.

Mientras vamos caminando juntos, soportando el peso de estas circunstancias, descubrimos signos luminosos que alientan nuestra esperanza. Es la entrega generosa y perseverante de aquellos que, en el ejercicio de su profesión, en la responsabilidad de su trabajo, sumándose como voluntarios, enfrentan cada día la lucha por cuidar y ayudar a sanar a los enfermos y proteger a los más frágiles, por acompañar a los que sufren, por sostener la educación de nuestros niños y jóvenes, por ayudarnos a tomar conciencia y a cuidarnos unos a otros. Estos gestos nos impulsan a admirar la grandeza del corazón de tantos hombres y mujeres que aportan su invalorable esfuerzo en estos duros momentos. Muchas gracias por hacer patente lo más bello y noble de lo que somos capaces los seres humanos cuando nos disponemos sinceramente a hacer el bien sin mirar a quien.

La pandemia no ha terminado y hay que seguir desandando el camino. Los creyentes, sabemos que la vivencia de la fe no aporta soluciones mágicas a nuestras necesidades. La fe es un

don en el que nos apoyamos para asumir la vida como se presenta con la confianza puesta en las manos de Dios Padre y Creador de todos.

Las comunidades eclesiales, con la ayuda de la Gracia de Dios, vamos aprendiendo a responder a los nuevos desafíos que se nos presentan. La oración por todos, hecha en nuestros hogares; el ofrecimiento de la Santa Misa, participando de ella de modo presencial o virtual; el acompañamiento de los hermanos más vulnerables y la ayuda a los más pobres, especialmente a través de Caritas son parte del granito de arena que queremos sumar al esfuerzo común de nuestra sociedad.

Queremos hacerles llegar una invitación: compartir un momento de oración el próximo 9 de julio a la hora 18:00. Se realizará desde la catedral en conexión con las demás parroquias y comunidades que forman la Iglesia diocesana de San Francisco. En el Día de la Patria deseamos compartir la oración por quienes fallecieron víctimas del Covid 19 junto a sus familias, pedir por todos los que siguen afrontando lo más duro de la pandemia (enfermos y personal de salud), agradecer a Dios por las bendiciones con la cuales no deja de acompañarnos. La oración compartida, especialmente en momentos duros, nos permite reavivar la esperanza. Es una necesidad vital de las personas y de la misma sociedad puesta a prueba.

Queremos que este mensaje nos ayude a todos a no rendirnos, a no sentirnos vencidos, a confiar frente a todo lo que nos pasa.

Como San Francisco de Asís lo hacía con sus hermanos, les deseamos a todos: Paz y Bien. Muchas gracias.

+ Sergio O. Buenanueva

obispo de San Francisco.

Por el Consejo Diocesano de Pastoral:

Rosana Rocchiccioli, Coordinadora

Nélida Aragno, Secretaria de Pastoral