Ir a fondo

«La Voz de San Justo», domingo 26 de junio de 2022

“Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.” (Lc 9, 51-53).

La hostilidad acompaña a Jesús desde el principio. Ahora, cuando inicia la etapa final de su misión, el rechazo de los samaritanos es un indicio: la contestación se hará más intensa y también la incomprensión de sus propios discípulos.

¿Su reacción? Acelera el paso y va a fondo. No es el endurecimiento del caprichoso, sino la decisión libre -y a conciencia- de entregar la vida para cumplir su misión. Lo dirá a las puertas de Jerusalén, en la casa de Zaqueo: “… el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.” (Lc 19, 10).

La meta es Jerusalén: allí convergerán el rechazo de sus oponentes, la incomprensión de sus amigos y el amor hasta la entrega total de sí mismo. Este, sin embargo, prevalecerá sobre aquellos.

Por este camino – exigente y también fascinante- conduce a sus discípulos. Es mucho más que la noble atracción de una idea o de una causa justa: es la irrupción sorprendente del Absoluto que anhela el corazón humano. Y que tiene rostro y nombre: Jesús.

El orante de la Biblia, siglos antes, lo había experimentado así: “Señor, Tú eres mi bien.” (Salmo 16, 2).

“Señor Jesús: contemplamos tu decisión de ir a fondo con la misión que te quema por dentro. Sí: nos asusta. Sentimos atracción y vértigo: como quien se asoma a un abismo. Intuimos, sin embargo, que, en dejarnos llevar a ese abismo, está nuestra vida. Danos tu Espíritu. Que Él nos convenza. Amén.”

La oración del corazón o del Nombre de Jesús

En esta fiesta del Sagrado Corazón, y como complemento de las «Cartas Pascuales 2022» comparto esta nueva Carta sobre la «Oración del corazón» o «del Nombre de Jesús».

San Francisco, viernes 24 de junio de 2022

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

“Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1). 

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. En mi tercera Carta Pascual les propuse algunos senderos para nuestra experiencia orante. Les prometí hablarles de la Oración del Nombre de Jesús. La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús me brinda la ocasión propicia y sugestiva para cumplir lo prometido. 

2. “Esta plegaria se llama ‘de Jesús’ o ‘a Jesús’, según se entienda la invocación del nombre de Jesús o la invocación dirigida a Jesús. Se llama también ‘plegaria del corazón’ porque nace del corazón y al mismo tiene que volver, unida con el latido cardíaco. Se identifica con aquel ideal de la oración continua que se remonta a la expresión del Señor: «Hay que orar siempre sin desanimarse» (Lc 18, 1), y de Pablo: «Sean constantes en la oración» (1 Tes 5, 17).” (Jesús Castellano, Pedagogía de la oración cristiana, 158).

3. Es una forma de oración muy querida por el Oriente cristiano. La ha popularizado el famoso Relato de un peregrino ruso (s. XIX): un laico que descubre esta forma de orar, inquieto por cumplir el mandato apostólico de orar siempre.

4. Las fuentes evangélicas de esta plegaria son: la oración del ciego de Jericó (“Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” en Lc 18, 38), la oración del publicano en el templo (“Oh Dios, ten piedad de mí” en Lc 18, 13), y la del buen ladrón (“Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” en Lc 23, 42). Es como una prolongación de la invocación litúrgica: “Señor ten piedad”.

5. En la oración personal, cada uno usa la fórmula que más se acomoda a la propia experiencia. La forma más sencilla es la sola repetición del Nombre de Jesús, acompañando el ritmo de la respiración. Es como “respirar” su santo Nombre. Así confesamos nuestra fe en Él como Cristo, Hijo de Dios, Mediador y Salvador. Es la oración del hombre pecador que, vivificado por el Espíritu, ejerce su sacerdocio bautismal. La oración cotidiana se vuelve así una liturgia personal: intensa, rica, integradora de la vida. Y, el orante, se convierte en “liturgo”.

6. La fórmula tradicional reza así: Señor Jesús, Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que soy un pecador. Sus elementos son de una gran densidad cristiana y espiritual:

a. Señor: Como enseña san Pablo: Nadie puede decir “Señor Jesús” si no está inspirado por el Espíritu Santo. Él nos hace reconocer a Jesús como Dios y Señor de nuestra vida.

b. Jesús Cristo (Jesucristo): Jesús es el Ungido (eso significa: Cristo), lleno del Espíritu. El que cumple las promesas de Dios. Jesús significa: Dios salva. El Santo Nombre de Dios es el Nombre de Jesús, su Hijo. A María le decimos: “bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.

c. Hijo de Dios: este es el misterio más hondo del Señor. Él es el Hijo único que, dándonos su Espíritu, nos hace hijos e hijas del Padre. La oración es tomar parte en su oración, en sus sentimientos, en su condición de Hijo amado del Padre.

d. Ten piedad (o misericordia, o compasión) de mí: Reconocemos nuestra fragilidad inclinada al pecado. No la escondemos a Dios, ni a éste lo escandaliza. Suplicamos su misericordia. El Padre se estremece ante el pecador, como una madre ante su hijo que sufre; como un médico que se inclina sobre el enfermo para curarlo.  

e. Pecador o pobre pecador: Expresa la conciencia de nuestra condición delante de Dios. Es un reconocimiento de profunda humildad. Sin ella no se puede orar ni crecer en la oración. El pecado nos aleja de Dios, pero se vuelve mucho más grave si nos dejamos ganar por la soberbia o desconfiamos de la misericordia de Dios.

7. ¿Cómo hacer la oración del Nombre de Jesús? Existen muchas formas, adaptadas a cada uno. Tenemos que encontrar la nuestra. Lo fundamental es elegir un lugar solitario, recogerse en silencio, con el cuerpo en una postura apta para orar. Se puede usar el Rosario como ayuda: ir repitiendo lentamente la plegaria o sencillamente el nombre de Jesús a medida que se pasan los dedos por las cuentas del Rosario. Acompasando la oración con el ritmo de la respiración. Se puede empezar haciéndolo a media voz para pasar lentamente a repetir en silencio el santo Nombre del Señor. No hay que ser rígidos. Se puede hacer variando las posturas, la oración misma, prestando atención a unas palabras hoy, mañana a otras.

8. Por último, una observación importante: con el bautismo y la confirmación se nos ha dado la gracia de la oración. El Espíritu nos ha sido dado para impulsar nuestra oración. Él ora en nosotros. La vida de la Iglesia y de la fe comienza siempre en el corazón de los fieles. El corazón del bautizado es el hogar de la Iglesia. Es el altar desde el que se eleva el incienso de nuestra plegaria.

Tengo la intención de seguir conversando con ustedes sobre la oración. Si Dios quiere, el próximo 6 de agosto, Fiesta de la Transfiguración del Señor, quisiera dedicar una Carta a la experiencia orante de la Liturgia. Es decir, a la Iglesia en oración. Con la ayuda del Espíritu, espero poder hacerlo. Y, más adelante, otra carta sobre el Rosario de la María.

Jesús, manso y humilde de corazón: danos un corazón orante como el tuyo. Amén. Siempre en mi oración.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Doce canastas

«La Voz de San Justo», domingo 19 de junio de 2022. Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

“Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud.” (Lc 9, 16).

Cuatro acciones simples, cotidianas, esenciales. Cuatro acciones que, domingo tras domingo, año tras año, los cristianos venimos repitiendo desde el principio. Con ellas hacemos la Eucaristía. Ellas definen también nuestra vida.

«Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados». Los discípulos se han dado cuenta. Son sinceros. Es poco. No alcanza. Pero está Jesús. Están sus manos. Eso hace la diferencia. En cada Eucaristía llevamos pan y vino; con ellos va también nuestra vida. Los tomamos, los llevamos al altar y se los ofrecemos a Él.

«Levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición». Ese gesto define a Jesús (y debería hacerlo también con nosotros). Él está así en la vida: siempre de cara al Padre, vuelto hacia Él y siendo Él mismo una bendición de alabanza.

«Los partió». El pan bendito no puede quedar así: tiene que ser repartido, porque la bendición es para todos. En la última cena, Jesús dirá, acompañando ese mismo gesto: esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes.

«Los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud». De sus manos a las nuestras y, a través de ellas, a la multitud. Así es la Eucaristía. Y así es la vida cristiana cuando es vivida a pleno, como lo hizo Jesús y, tras Él, tantos y tantas. Brochero, por ejemplo. Y hasta el final.

“Señor Jesús, volvemos a llevarte nuestro pan. Es poco, pero Vos sabés multiplicar. «Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas». Gracias. Amén.”

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor

Sábado 18 de junio de 2022 – Catedral de San Francisco

Imágenes de la celebración del Corpus Christi de 2018

“Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud.” (Lc 9, 16).

Les propongo que, llegados a casa, busquemos este versículo del evangelio de Lucas. Releámoslo lentamente, como quien rumia cada palabra de la Escritura. Fijémoslo en nuestra memoria y que, de esa forma, pase por nuestro corazón.

Rumiar, repetir, memorizar, pasar por el corazón. Es el modo mariano de dejar entrar la Palabra en nuestra vida. La Palabra, llena del Espíritu, lo libera en nosotros y nos hace dóciles a sus inspiraciones.

Nunca olvidemos este precioso dato: la Palabra de Dios nos engendra como hijos e hijas de Dios. Tiene el poder de concebirnos y darnos a luz como criaturas del Espíritu y para la obra del Espíritu (cf. Jn 1, 12-13; 1 Pe 1, 22-23).

Eso ocurre cuando, cada mañana, por ejemplo, abrimos con fe las Escrituras y buscamos en ellas el corazón de Dios que late de amor por nosotros.

***

Volvamos al texto de san Lucas. Centremos nuestra atención en lo que Jesús hace con los cinco panes y los dos pescados que le presentan los discípulos.

El evangelio nos describe cuatro acciones de Jesús. Ellas son el origen y la norma permanente de la liturgia de la Iglesia, especialmente, de la Eucaristía, cumbre y fuente de la que mana y hacia la que tiende toda la vida de la Iglesia peregrina, orante y misionera; la cumbre de la predicación misma del Evangelio.

Cuatro acciones simples, cotidianas, esenciales. Cuatro acciones que, domingo tras domingo, los cristianos venimos repitiendo desde los orígenes. Con ellas hacemos la Eucaristía. Ellas definen también nuestra vida.

En la segunda lectura hemos escuchado el relato de la Eucaristía celebrada por la comunidad de Antioquía, donde Pablo fue iniciado en la vida cristiana. Allí aprendió a celebrar la Cena del Señor y a nutrirse de su Pascua.

¡Cómo quisiéramos reconectar con el clima espiritual, hondamente evangélico y lleno del Espíritu, de esa celebración originaria, impregnada de lo que dijo e hizo el Señor en la última cena!

No es solo un anhelo lleno de una inútil nostalgia. Es una realidad posible por actual. Es lo que precisamente nos ofrece la liturgia de la Madre Iglesia. Eso sí: cuando la dejamos ser ella misma, recibiéndola con fe y no imponiéndole nuestros esquemas o ideas.

Pablo y la comunidad de Antioquía vivían del mismo Espíritu que nosotros hemos recibido en el bautismo y la confirmación. Celebraban la misma Eucaristía que ahora estamos celebrando: la que viene del Señor y pasa de generación en generación, alimentando nuestra vida de fe y de servicio.

Es el Espíritu joven del Dios uno y trino que, una y otra vez, se derrama en nuestros corazones y viene en ayuda de nuestra debilidad. Él ora en nosotros: gime, suplica, alaba y bendice. Él inspira, sostiene y lleva a plenitud la plegaria de la Iglesia orante.

Desde entonces hasta hoy, y hasta la consumación de la historia, el Espíritu inspirará la acción litúrgica de la Iglesia que ejerce el sacerdocio de Cristo, llenando de vida esas cuatro acciones que llevan el ritmo de nuestra oración litúrgica.

Solo tenemos que dejarnos llevar y acertar con el “arte de celebrar” que la Iglesia cultiva y en el que nos inicia con sabiduría, llevándonos de los signos externos al misterio invisible de la Gracia.

***

Cuatro gestos que se suceden uno detrás de otro. Cada uno da paso orgánicamente al siguiente hasta constituir la gran oración del Pueblo de Dios peregrino, unido a María, a los ángeles y los santos para gloria de la Santa Trinidad.

Repasémoslos.

Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados. Los discípulos se han dado cuenta. Son sinceros. Es poco -nada, en realidad- para tantos. No alcanza. Y ellos no son capaces de nada más. Pero está Jesús. Están sus manos. Está su Espíritu. Y, eso, hace la diferencia. Nosotros como ellos lo sabemos muy bien.

En cada Eucaristía llevamos pan y vino; con ellos va también nuestra vida. Los tomamos, los llevamos al altar y se los presentamos a Él. Y lo que pasa con el pan y el vino es lo que también ocurre con nosotros: llega Jesús resucitado y, con la potencia de su Aliento, todo se transforma.

Y, con las ofrendas de pan y vino, nos presentamos a nosotros mismos, lo que somos y lo que tenemos. Incluso la ofrenda material de la colecta de dinero, poca o mucha, se la entregamos a Dios para la Iglesia, para los pobres, para sostener la misión evangelizadora. Es nuestra ofrenda.

Levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición. Ese gesto define a Jesús (y debería hacerlo también con nosotros). Él está así en la vida: siempre de cara al Padre, vuelto hacia Él y siendo Él mismo una bendición de alabanza.

Y la bendición que invoca sobre los dones de pan y vino es el Espíritu que lo une al Padre y que se derrama sobre las ofrendas para entrar también en nuestra vida y transformarla.

Los partió. El pan bendito no puede quedar así: tiene que ser repartido, porque la bendición que ha sido invocada es para todos. En la última cena, Jesús dirá, acompañando ese mismo gesto: esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes.

Por eso, la liturgia ha destacado con solemnidad el gesto del Señor, haciéndolo un rito propio que antecede a la santa comunión: comulgaremos del Pan Santo que se ha partido para unirnos a todos en un solo Cuerpo.

Eso es Cristo. Eso es su Iglesia. Eso estamos llamados a ser, cada uno de nosotros: pan que se parte para ser repartido, una bendición que nos ha alcanzado y que debemos multiplicar…

Los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. De sus manos a las nuestras y, a través de ellas, a la multitud. Así es la Eucaristía. Y así es la vida cristiana cuando es vivida a pleno, como lo hizo Jesús y, tras Él, tantos y tantas. Brochero, por ejemplo. Y hasta el final.

La Eucaristía llega a su punto culminante cuando, caminando y cantando, como Pueblo peregrino y hambriento, nos acercamos a recibir el Cuerpo glorioso del Señor, comulgando con piedad, con fe, con adoración.

Esa comunión tiene tal dinamismo que, si la hacemos con fe viva, se prolongará en nuestra vida, en nuestros gestos, sentimientos, actitudes e incluso en nuestra mentalidad que, paulatinamente, irá adquiriendo aquella coherencia eucarística que distingue la vida de los santos, los mejores discípulos del Señor.

***

Oramos como vivimos. Vivimos como oramos. Y también así caminamos como Iglesia diocesana. Lo expresaremos visiblemente en la procesión que prolongará esta celebración del Corpus.

El camino sinodal que estamos empezando a transitar (como un chico que pone a prueba la firmeza de sus piernitas y se anima, al menos, a “gatear”), es un camino eucarístico: supone una profunda, progresiva y perseverante conversión.

Al irnos sumando al camino, estamos experimentando la llamada a una conversión personal muy honda, decisiva y determinante: ¿vivo de verdad, y con coherencia, mi vocación bautismal? ¿Sentimos los pastores el llamado a vivir nuestro ministerio de una manera nueva, más comunitaria y compartida? ¿Qué nos anima del camino compartido? ¿Qué nos atemoriza e intimida? ¿Realmente estoy conforme con el modo cómo vivo mi ser Iglesia, miembro del Cuerpo de Cristo y del santo Pueblo de Dios?

Pero también es, a la vez e indisociablemente, una conversión de nuestro modo visible de ser Iglesia: de procedimientos, de estructuras pastorales, de formas de participación y de corresponsabilidad.

No puede darse lo uno sin lo otro. Ambos aspectos de la conversión -personal e institucional- se implican, refuerzan y sostienen recíprocamente.

Caminemos. Y hagámoslo con el ritmo que nos da la Eucaristía. Acompañémonos en este camino común, con paciencia, con cariño entrañable. También con el necesario humor de los que avanzan, se cansan y se levantan.

Caminemos juntos y, así, oremos:

“Señor Jesús, volvemos a llevarte nuestro pan. Es poco, pero Vos sabés multiplicar. «Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas». Sabemos que, una vez más, lo harás con nosotros, en nosotros y para nosotros. Gracias. Amén.”

Boleta Única de Papel

Una opinión. Solo eso: una opinión.

No he seguido el debate sobre la Boleta Única de Papel (BUP). He leído un par de opiniones, a favor y en contra. En general me inclino por dar el paso. Es un modo de votar que se usa en la mayoría de los países. No tengo una opinión formada como me gusta en estos temas.

Huelga decir que la política me interesa mucho. Comparto la opinión de que, desde hace tiempo, Argentina reclama una profunda reforma política, uno de cuyos capítulos es el mejoramiento de su sistema electoral en sus metodologías y en sus tiempos.

Solo que, hoy por hoy, debo confesar un molesto hastío por la política. Pienso a veces que estamos al final de un ciclo, que el zafarrancho de nuestros espacios políticos (mezcla de oportunismo, ineptitud y desconexión con la realidad) es síntoma de lo viejo que no termina de desaparecer… Pero, el hastío está ahí… y molesta.

Días pasados, intercambiando opiniones con unos amigos que compartimos el mismo interés por la política argentina, no pude dejar de manifestar este preocupante y molesto sentimiento, sobre todo, de cara al futuro. Les decía también que, como obispo, me dispongo a alentar en las comunidades y personas, la fortaleza y valentía que nacen de la esperanza evangélica. Los tiempos que se asoman, asoman arduos…

Leyendo en estos días de aislamiento algunos textos de doctrina social de la Iglesia, he vuelto a pensar el concepto de justicia social. Despejando el mal entendido de que esta consiste en el Estado que le saca a los ricos para darle a los pobres (algunos siguen pensando que si hay pobres es porque existen los ricos…), creo que tenemos que recuperar dos cosas: que la justicia social, como toda forma de justicia, es, ante todo, una virtud de las personas, que las dispone a ser justos y, por eso, a obrar justamente; y, por otra parte, y que la justicia social nos tiene a los ciudadanos, a nuestras familias y organizaciones, como sujetos activos en la construcción del orden justo posible y en la creación de las condiciones necesarias para el desarrollo de las personas. Es decir, que la justicia social nos hace sujetos responsables del bien común en la sociedad.

Votar con BUP puede ser mejor que con la lista sábana. Es posible. Incluso, puedo afirmar tímidamente que lo considero así. Lo cierto, sin embargo, es que sin mejorar la calidad del ciudadano que recibe la BUP y, lapicera en mano, va eligiendo sus candidatos, poco significará el paso de incorporarla a nuestro sistema electoral.

De eso se trata: de mejorarnos como ciudadanos que disciernen el voto, que no nos dejamos llevar sencillamente por la bronca de sacar a los que están y apostar (como en el casino) al albur de los que venga, pues tal vez son mejores; o de, como es en parte legítimo, votar en base a fobias o amores.

No digo que leamos las propuestas de los partidos (prácticamente nadie lo hace), sino que nos ocupemos un poco más de quienes pueden ser nuestros representantes, de cuáles son sus ideas reales y, sobre todo, las actitudes con que bajan al ruedo de la política.

Mi opinión personal: ante el panorama que se va dibujando de cara a las elecciones del 2023, pienso que, en las coaliciones que parecen distribuirse el 80% del electorado (pero vale también para los espacios más pequeños), tienen que prevalecer los que buscan con firmeza los consensos posibles.

No me gusta llamarlos “moderados”, porque esa palabra -que, en sí misma, es legítima- nos suena a chirle. El consenso es una opción que supone una fortaleza espiritual, ética y política que -nuevamente- reclama esa actitud que denominamos con una gran tradición filosófica: virtud.

Hombres y mujeres virtuosos. En el pueblo, primero; en la política, como consecuencia. Estas cosas crecen desde abajo.

Estupor

«La Voz de San Justo», domingo 12 de junio de 2022

¡Señor, nuestro Dios, que admirable es tu Nombre en toda la tierra!  Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? …” (Salmo 8, 2.4-5).

En su primera encíclica, san Juan Pablo II señaló que “ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre”, que experimentaba ya el salmista (como todo genuino orante), “se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo.”

Terminó el tiempo pascual. La fiesta de hoy -la Santísima  Trinidad- recoge ese impulso que nos ha hecho cantar Aleluya: damos gloria al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo; un solo Dios en tres Personas, tan unidas como diversas, en profunda relación de amor, diálogo y alegría.

Es el Dios que nos ha salido al encuentro, nos ha buscado y no ceja de desandar todos nuestros caminos. Y lo hace una y otra vez, por su Espíritu y su Hijo que resucitó, no para alejarse, sino para estar más adentro de nuestra historia humana; de nuestras oscuridades, no menos que de nuestras esperanzas y proyectos.

Sí. Hoy sentimos estupor. Porque Dios nos ha revelado su Rostro trinitario y, al hacerlo, nos ha mostrado la hondura de nuestra dignidad como seres humanos. Y, el estupor se vuelve oración, canto y danza:

“¡A Ti, Dios amor, la gloria y el honor! Tu alegría y tu vitalidad trinitaria se han hecho nuestras, transfundidas por la Sangre de Cristo. Que, según Él mismo lo prometió, el Espíritu nos introduzca en la Verdad completa, la que nos hace libres. Somos tu imagen, tus hijos. Que nos sintamos hermanos. Aquí en la tierra y, un anhelado día, en la bienaventuranza del cielo. Amén”.

“EL ESPÍRITU DEL HIJO CLAMA EN NOSOTROS: ¡ABBA! ¡PADRE!”

3ª Carta Pascual 2022

San Francisco, domingo 12 de junio de 2022

Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.” (Sal 26, 8-9). 

“Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo» ¡Abba!, es decir, ¡Padre!” (Gal 4, 6).

“Igualmente, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero es Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.” (Rom 8, 26).

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Había prometido esta tercera Carta Pascual sobre la oración cristiana para Pentecostés. No ha podido ser. Lo hago ahora, cuando todavía sentimos el impulso del Espíritu en la vida de nuestra Iglesia y en el marco tan sugestivo de la solemnidad de la Santísima Trinidad. 

2. Les propongo algunos senderos de oración para transitar cada día. Se inspiran en la enseñanza sólida de la Iglesia, también en mi experiencia personal. Yo, como ustedes, soy un peregrino de la fe. Busco el Rostro de Dios, iluminada mi noche por la sed de la fe. Y eso es caminar la oración.

I. Silencio y soledad, tiempo y recogimiento

3. Orar es tratar a Dios como Amigo. La oración es amor hecho tiempo, trato frecuente, silencio que ama y se deja amar. Requiere silencio, soledad, tiempo prolongado y recogimiento

4. El silencio exterior es expresión del silencio interior, el más importante y difícil. Y lo es para todos. La soledad no es encierro sobre sí mismo. Expresa que la oración (como la fe) es un encuentro de personas que se buscan, se aman y se comprometen. Orar es tratar de “vos” a Jesús. Y dejarse tratar así por Él. La figura del amigo le da la mano ahora a la del enamorado. 

5. La oración de amistad requiere tiempo. No bastan unos pocos minutos. Este es un desafío que debe asumirse con paz y con decisión: tengo que aprender a incorporar al ritmo cotidiano de mi vida tiempos generosos, determinados y fijos de oración. No ceder a la improvisación, las ganas o a los estados de ánimo. ¿A qué hora puedo rezar mejor? ¿Qué tiempo establezco para ello? 

6. La oración requiere recogimiento. Aquí recurrimos a la gran maestra de la oración cristiana que es Santa Teresa de Jesús (1515-1582). 

a. El recogimiento es centrarnos en la persona del Señor Jesús. La oración tiene a Cristo en el centro. Nos ayudan los evangelios, las imágenes o los íconos. Mirar a Jesús y dejarnos mirar por Él. Volver a Él cuando nos pueden las distracciones, el sueño o las preocupaciones. 

b. El recogimiento requiere que estemos en paz. Si esto no se da (me duele la panza o estoy inquieto), mejor dejar la oración para cuando recuperemos estabilidad. No atormentarse, ni forzar las cosas; orar como se pueda, dedicarse a obras buenas, tener paciencia. 

c. Por eso, es necesario cuidar la posición corporal. Oramos como somos: alma y cuerpo. Las posturas corporales expresan nuestro interior. Se puede orar sentado, de rodillas, postrado, con las palmas de las manos hacia arriba, con las manos juntas (entrelazando los dedos o con los dedos hacia arriba), con los ojos cerrados, en cuclillas, de pie, con las manos en alto. O alternando esos gestos según sea el momento de la oración. Consejo: ser muy naturales; huir de posturas artificiosas.

d. La palabra recogimiento indica que, al entrar en la oración, vamos paulatinamente recogiendo todas nuestras potencias (sentidos, cuerpo, facultades, etc.) centrándolas en Cristo. Por ejemplo, invocamos al Espíritu Santo al ritmo de nuestra respiración, para calmar lentamente el corazón, la mente y nuestra persona. 

e. En ocasiones, nos ayuda la oración vocal, la lectura de un pasaje de la Biblia (un salmo, por ejemplo), la recitación de alguna oración que nos es más querida, la lectura de un libro espiritual, mirar un icono que nos inspira. A muchos nos ayuda el Rosario

f. Es muy importante el ambiente que nos rodea. Se puede orar en cualquier lugar, tanto en casa, en un templo, como al aire libre o yendo en un colectivo. Pero, para la oración cotidiana, es importante el lugar que nos ayuda más. Normalmente, en la propia habitación (como dice Jesús). Es costumbre tener un “altarcito” con la Biblia, una imagen sagrada, un cirio, el Rosario. La belleza y armonía son importantes para el recogimiento. Dios es Belleza. 

g. Un consejo clave: ponerse en la Presencia del Señor y dejarse mirar por Él. A diferencia de los métodos orientales que son impersonales, la experiencia cristiana no consiste en quedarnos vacíos ante la nada. Es serenar el corazón para entrar en comunión con el Señor. Así crecemos en nuestra identidad personal. La oración es encuentro de personas libres.

II. El sendero de la Lectio divina

7. Un sendero precioso e imprescindible de oración es la lectio divina o “lectura orante” de las Escrituras o, la “lectura de Dios”. Es la oración del pueblo de Israel que ha pasado a la tradición cristiana. La oración es nuestra respuesta a Dios que nos habla. Como enseñaba san Agustín: escuchamos a Dios cuando leemos las Escrituras; le respondemos cuando oramos. 

8. Se trata de algo más que leer un texto y entenderlo. La lectura cotidiana de las Escrituras -enseñaba san Gregorio Magno- persigue una finalidad exquisita: aprender a sentir el corazón de Dios en la lectura asidua de su Palabra (Disce cor Dei in verbis Dei). Por eso hablamos de “lectura de Dios”. La lectio nos hace leer el corazón de Dios. Nuestro Maestro es el Espíritu que nos incorpora a la vida trinitaria, a su gozo, consuelo y paz. Cuando nos entregamos a la lectio con sencillez de corazón y perseverancia, las Escrituras exhalan al Espíritu que da vida. 

9. “Busquen en la lectura, encontrarán en la meditación; llamen en la oración, se les abrirá en la contemplación”. Un monje del siglo XII, Guigo el Cartujano, acuñó esta frase que nos indica el camino de la lectio divina. Se inspiró en estas palabras del Señor: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.” (Mt 7, 7). Podemos añadir: al entrar en la lectio pedimos el Don del Espíritu Santo. Solo si estamos llenos del Espíritu -como María- podremos beber de Cristo, como dice San Efrén. 

10. Después de la invocación al Espíritu, la lectio divina tiene estos tres momentos fundamentales: lectio, meditatio y contemplatio (lectura, meditación y contemplación).

Lectio (busco leyendo)

11. Sea que sigamos el Leccionario (ferial o dominical) o un libro completo de la Biblia, tenemos que aplicarnos a esa lectura. La lectio debe tener un tiempo fijo para leer un texto fijo, no al azar, improvisando o por casualidad. También aquí el recogimiento es importante. Orar supone este acto de confianza: “Estoy en tu Presencia, Vos me mirás con amor y me querés dirigir una palabra a mí, aquí y ahora.” 

12. Cuando vamos a la lectio también tenemos que estar dispuestos a leer un texto oscuro, exigente, extraño. Hay que leer el texto tal como está escrito. Puede ser que la respuesta más adecuada sea un silencio aparentemente sin sentido. Nuevamente resuena el consejo más importante a todo aprendiz de orante: perseverar… En la oración, no hay otro secreto.

13. Cuando hago la lectio tengo que llegar al texto, despreocupado de la eficacia espiritual o pastoral de esa lectura: preparar una charla, por ejemplo. La lectio divina es un encuentro gratuito con Dios en su Palabra. Esta “gratuidad” en la lectura es una actitud clave, pero también ardua y difícil.

14. Si la meta es comprender las Escrituras para escuchar la Voz de Dios, no podemos dejar de lado una adecuada formación bíblica. No es que tengamos que llevar a la lectio algún comentario. Eso lo hacemos o antes o después. También es importante la paciencia de ir, poco a poco, haciéndose de una suficiente cultura bíblica: con lecturas, cursos u otros medios adecuados. 

Meditatio (encuentro meditando)

15. Si con este espíritu caminamos la lectio, casi sin darnos cuenta, entraremos en la meditatio. Aquí la imagen es la rumia. Meditar significa “rumiar” una palabra, un versículo, un pasaje de la Escritura. ¿Qué es “rumiar” un texto bíblico? No es hacer reflexiones, hilando ideas, imágenes, pensamientos. Eso se puede hacer en otro momento, como fruto de la lectio divina. Rumiar es detenerse en la palabra o versículo que ha tocado nuestro corazón cuando hemos leído y releído el texto. Quedarnos ahí, repetirlo y memorizarlo. Es como sacarle el jugo a la Palabra de Dios, que es inagotable, siempre sabrosa y sorprendente.

16. A la imagen de la “rumia” ahora añadimos dos verbos: repetir y memorizar. Repetimos para memorizar, memorizamos para asimilar y, de esa manera, hacer pasar por el corazón la Palabra que hemos escuchado. Es el modo mariano de leer las Sagradas Escrituras. 

Contemplatio (llamo orando y contemplando recibo)

17. Si la lectio nos lleva a la meditatio, esta, normalmente desemboca en la contemplatio. Es la etapa más difícil de definir, aunque se puede describir un poco. La contemplación es el fruto maduro de la lectio. Oramos desde que tomamos la Biblia en las manos. En la contemplatio, sin embargo, la oración llega a su momento pleno.

18. La contemplatio es para todos los bautizados, no para algunos elegidos. En el bautismo, el Espíritu nos da a todos la gracia de la oración contemplativa. Algunos alcanzan alturas especialmente extraordinarias. No las han buscado ni es lo más importante en su vida de fe. A la mayoría de nosotros, la contemplación se nos da de forma ordinaria, fatigosa y fugaz. Unos y otros, sin embargo, contemplamos al mismo Dios, en la oscuridad de la fe y no en la plena visión del cielo. Pero esa contemplación bienaventurada comienza ya en la tierra, por la gracia y la fe. 

19. En la lectio recibimos de Dios su Palabra; en la contemplatio, la Palabra nos hace ir hacia Dios. La contemplación es fruto de la lectio. Suscita en nosotros el quedarnos mirando a Dios (a Cristo y sus misterios, a María, a la Trinidad…) con una fe viva y esperanzada, iluminada por el fuego ardiente de la caridad derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo. 

20. La liturgia de la Iglesia es, en este punto, una gran maestra de contemplación. La Misa del domingo, por ejemplo, es el modelo de lo que tenemos que vivir en la oración personal: reunirnos, invocar al Espíritu, elevar el corazón, cantar, dirigir la mirada al Señor, unirnos a Él. Los salmos son escuela de contemplación, porque ponen en nuestros labios y en nuestro corazón, las palabras que Dios mismo ha inspirado para que hablemos con Él. ¿Rezás con los salmos? Jesús, María y José, como todos los grandes orantes, han aprendido a orar con ellos.

21. En realidad, en la contemplación, más que hacer nosotros algo, es la Trinidad la que ilumina su Rostro sobre nosotros. Contemplar es dejarnos mirar por el Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y entrar en su dinamismo de amor. Hacia esa experiencia bienaventurada nos lleva el Espíritu cuando viene en ayuda de nuestra oración pobre, frágil y sedienta.

22. Más adelante les hablaré de otro modo muy evangélico de orar: la oración del Nombre de Jesús u oración del corazón. Ella nos ayuda a cumplir el mandato del Señor: “Hay que orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1). Espero hacerlo pronto.

23. Querido amigo, querida amiga: esta Carta resultó larga. Solo me queda hacerte una invitación: entregate a la aventura de la oración con toda tu alma y corazón, con paciencia y perseverancia. Con mucho amor. Dios te está buscando y te espera en el silencio. Quiere darte todo. Quiere darse a Sí mismo a vos, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el Espíritu el que, en nosotros, ora, suplica y alaba. El Padre escucha el grito del Espíritu de su Hijo en nosotros. Dejate entonces llevar. 

Somos peregrinos de la oración, llenos de santa nostalgia del Divino Rostro. Están siempre en mi plegaria de cada día. Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Sobre el lenguaje inclusivo

Hace ya nueve años que dejé la docencia frente al aula. Trabajé siempre en el nivel superior: terciarios de formación docente y universidad.

Ya entonces se observaba la enorme dificultad de los alumnos que egresaban de la secundaria para leer, interpretar textos complejos y redactar, sobre todo, usando subordinadas y oraciones de relativo. Y, todo eso, reflejado en un nivel de expresión oral con ostensibles limitaciones.

En suma: un problema educativo serio.

En llamado «lenguaje inclusivo», como señalé días pasados, recoge una serie de reclamos legítimos. No hay que desatenderlos. Sin embargo, creo que, al menos hasta ahora, es un artefacto de laboratorio, bastante artificial.

Si a eso se suma que es militado por minorías intensas que, salvo algunas excepciones, tienden a la irracionalidad del autoritarismo, la intolerancia y la facción, el problema se vuelve muy complicado.

Esas actitudes generan reacciones igual de insensatas.

Me parece correcto que la autoridad escolar fije límites para el aula. Mucho más, habida cuenta de las dificultades que hoy presentan niños y adolescentes en sus procesos de aprendizaje de la lengua, como arriba señalé.

Es cierto que la mera prohibición de hablar de una determinada forma no suele funcionar. Menos en los adolescentes (por edad o mentalidad), cuya rebeldía es parte natural de la vida.

Las lenguas están vivas en nosotros, los hablantes. Se hablan antes de ser codificadas y regladas.

¿Incorporará nuestra bella lengua castellana, tal como la hablamos en Argentina, algo del lenguaje inclusivo?

Es previsible. No será, por cierto, por una imposición externa, sino por ese desarrollo orgánico que sorprende y fascina a la vez.

Es un proceso que hoy agita a la mayoría de los idiomas.

Mientras tanto, hagamos nuestro mejor esfuerzo por leer, escribir y hablar con sencillez, pero también con la belleza de nuestra lengua argentina.

Miremos juntos la radiografía de la pobreza en Argentina

Los datos están ahí, son duros y tristes. La “radiografía de la pobreza en Argentina” nos es conocida. Se ha vuelto casi una penosa costumbre el observar la figura que nos revela. En poco más de 5600 barrios “populares” se concentra el núcleo duro de la pobreza.

Allí habitan miles de familias argentinas que, día tras día, salen a trabajar, a soñar con un futuro mejor, a “ponerle el hombro” a la vida. Hay trabajo en nuestro país, como enfatizó Agustín Salvia en su presentación: precario y desprotegido, pero lo hay. Y, donde hay trabajo, hay hombres y mujeres concretos que se empeñan en vivirlo con dignidad.

Los datos duros se humanizan cuando los leemos con esa perspectiva.

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA, a las vísperas de la Colecta anual de Caritas 2022, volvió a sacudir nuestra conciencia con este Informe.

¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Por qué no encontramos la vuelta para poner en marcha la rueda virtuosa del desarrollo y el crecimiento?

Los datos duros están ahí. Pienso que, hoy por hoy, nadie los pone en duda. Lo que sí ocurre es que son leídos con ojos y miradas diversos, tanto como las sensibilidades ideológicas, políticas y hasta religiosas que conviven en nuestro polifacético país.

Y no podemos ocultar que, esas diversas miradas, en buena medida, también son contrapuestas, incluso irreconciliables. Pero ¿hasta dónde esto es cierto? ¿O es solamente un obstáculo para encontrar un camino que revierta la decadencia? ¿Solo una visión unánime y sin fisuras nos sacará del pozo?

Mientras más enajenados de la realidad concreta podemos estar muchos dirigentes, con mayor ahínco en la sociedad argentina deben crecer los debates públicos sobre estas cuestiones. En estas cosas, la verdad vuela bajo y puja desde allí hasta abrirse camino.

En definitiva, nunca como en estos últimos cien años, buena parte de la humanidad ha dado en la tecla con factores genuinos de desarrollo, uniendo ciencia, desarrollo tecnológico, libertad de mercado, democratización real de las sociedades, políticas públicas inteligentes, protección y promoción del trabajo, valoración de la propiedad e iniciativas privadas, el estado al servicio de la sociedad, etc.

¿Este proceso es perfecto y carece de límites? ¿Muestra desarrollos preocupantes y peligrosos? Estúpido sería desconocerlo. Ahí está, por solo mencionar un factor, la necesidad de una gobernanza internacional efectiva que pueda poner límite a la especulación financiera a la que países de economías reales medianas o reducidas apenas pueden resistir.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el mundo dio una serie de pasos en la buena dirección que, como suele ocurrir, hoy parecen lejanos a la mayoría de las nuevas generaciones. Sin embargo, su enseñanza está ahí para que podamos aprender.

La enseñanza social de la Iglesia no tiene un programa de desarrollo que proponer. Solo -este es su gran aporte y también su límite- una visión sapiencial del ser humano, imagen de Dios y persona en comunión, de la que se desprende una poderosa luz que puede guiar el discernimiento y la conducta, especialmente de los laicos, en esta materia tan delicada como contingente y abierta a diversas posibilidades de desarrollo.  

Huelga además señalar la amplísima libertad que un laico tiene para pensar creativamente, incluso desde distintas sensibilidades éticas y políticas, propuestas e iniciativas de cambio.

Yo solo apunto aquí a un factor que, a mi juicio, no hemos sabido tener suficientemente en cuenta en el mundo católico argentino, especialmente en la enseñanza magisterial de sus pastores: la necesidad (y hasta urgencia) de apuntar un sólido sistema institucional democrático, basado en la persona humana y la correspondencia entre sus derechos y sus deberes, la primacía de la ley (de la Constitución, en primer lugar), el estado de derecho, la división de poderes, la aceptación de la pluralidad política como parte del núcleo ético de la democracia y una mejor formación ciudadana de nuestro pueblo.

Sin democracia no hay desarrollo ni superación de la pobreza.

La radiografía está. Hay que leerla. Necesitamos muchos ojos para acertar con el diagnóstico y el tratamiento. Tengo mucha ilusión de que las nuevas generaciones sabrán hacerlo con mayor libertad y sabiduría que las anteriores. Tenemos que darnos espacio y tiempo. Necesitamos caminar la paciencia, como dice sabiamente el Papa Francisco.

Espíritu

«La Voz de San Justo», domingo 5 de junio de 2022

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»” (Jn 20, 21-23).

Encerrados por miedo. Así están los discípulos. Temen que les pase lo mismo que a Jesús, a quien juzgan derrotado para siempre. ¿No lo habían visto acaso perecer de forma humillante en la cruz? En un instante, sin embargo, todo queda patas para arriba: irrumpe Jesús y el miedo deja paso a la alegría. Ese «soplo» que transforma la situación es el Aliento del Resucitado, el Espíritu Santo.

Con el don del Espíritu Santo culmina el tiempo pascual: más que cerrando hechos del pasado, abriendo el presente al futuro. Pentecostés es Cristo que irrumpe en la vida y lanza a los miedosos a la verdadera «misión imposible»: sanar los corazones con la paz y el perdón que vienen al mundo desde el corazón de Dios.

«No somos muy diferentes de aquellos temerosos discípulos. Conocemos miedos y encierros. Por eso, Señor Jesús, te suplicamos: hacenos experimentar la discreta, pero también arrolladora fuerza de tu Espíritu. Él te hace presente entre nosotros. Él nos convence de tu Verdad y nos sostiene en la misión de comunicar tu Alegría al mundo. Amén.»