Nació de Santa María Virgen

«La Voz de San Justo», domingo 24 de setiembre de 2017

“Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer…” (Gal 4,4).

En el centro del Credo habita una mujer. No una idea abstracta o un ideal romántico, sino una mujer de carne y hueso. Los cristianos no podemos prescindir de esta mujer. Si la encarnación es irreversible, su maternidad también lo es.

Sus rasgos emergen en los evangelios. Casi no pronuncia palabra, aunque sus silencios valen por mil discursos. Reléanse, si no, los relatos en que aparece. La pasión y muerte de Jesús, por ejemplo. Y preguntémonos: ¿Por qué no podemos dejar de contemplarla, especialmente si calla y casi no hace nada, solo mirar y repasar en sus entrañas lo que vive tan intensamente?

Esa mujer tiene cuerpo, sentimientos e historia. Tiene, por supuesto, un nombre: María de Nazaret. Después de Jesús es el más evocado e invocado.

Inspirándonos precisamente en los evangelios, los cristianos la llamamos: “Madre de Dios”. ¿No es demasiado? Este atrevido realismo es, en verdad, un eco pálido de la osadía del mismo Dios que, como canta la liturgia, “no desdeñó el seno de una virgen” para salvar al hombre. ¿Y quién le puede dictar razones de amor al Creador así enamorado de su creatura?

Siempre ha costado aceptar que el Verbo de Dios haya nacido de una mujer y realmente haya experimentado la muerte. La creación “no puede soportar la mano de Dios”, afirmaba en el siglo IV el presbítero Arrio de Alejandría. Este Dios tan sublime no podía mezclarse con el barro de la condición humana. ¿El resultado final de semejante explicación? Dios sigue en su cielo y nosotros aislados en nuestro valle de lágrimas.

En cambio, la fe cristiana va en la dirección opuesta. Cuando esa mujer ha dado su consentimiento al plan de Dios, ha comenzado a crecer en ella, y para siempre, la más inaudita comunión entre Creador y creatura. “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).

El Dios que nos ha mostrado Jesús, el hijo de María es así de concreto. Huye de abstracciones y esquemas rígidos. Sorprende siempre. Y nos ha dado la sorpresa más grande: ser concebido y dado a luz por una mujer. Si nos resulta difícil digerir esta humanización de Dios, dejemos entonces hablar a los artistas y místicos cristianos. Ellos celebran el vientre de María como el tálamo en el que se ha consumado el desposorio entre Dios y la humanidad. Esta santa osadía es puerta entreabierta que invita a pasar para llegar a la luz.

Relatos mitológicos de seres divinos que embarazan doncellas existen en todas las culturas. Aquí, sin embargo, hay algo muy distinto. En la humanidad femenina de María, el Espíritu creador de Dios ha realizado una obra admirable. Ha puesto en marcha una nueva creación que comienza a crecer en el vientre de esta joven mujer.

Jesús, el Hijo de Dios, nació de ella. Ella es su madre, y Él realmente hijo suyo. Toda concepción implica, desde el principio, una verdadera revolución en el cuerpo, las emociones y la psique de la mujer. ¿Podría ser para menos? Cuando una mujer concibe, comienza a crecer en ella un ser humano único y original. ¡Una persona singular e irrepetible! Aquí, el hijo de María es el Hijo de Dios hecho hombre. Revolucionó la vida de su joven madre para transfigurar el camino de toda la humanidad. Su meta final: la resurrección.

Confesar que Jesús “nació de Santa María Virgen” es poner palabras a esa maravillosa experiencia. Nos habla del Dios amor que busca hacerse compañero de camino del hombre para salvarlo. Nos habla de esa mujer que, confiando y amando, le hizo espacio en su alma y en su cuerpo. Y, por eso, nos habla de la dignidad de toda mujer y de las posibilidades de la humanidad, tal como solo Dios puede potenciarlas. Necesitamos seguir hablando de esto.

Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo

 

«La Voz de San Justo», domingo 17 de setiembre de 2017

¿Tiene sentido seguir diciendo que Jesús nació de una madre virgen? ¿No es esta una afirmación mitológica que despierta más bien burla que una gozosa adhesión de fe? ¿No expresa además un intolerable desprecio por la sexualidad afirmar que Jesús no es fruto de la unión sexual de un hombre con una mujer? ¿No lo aleja de nosotros y, por tanto, diluye la humanidad de la encarnación?

Sin embargo, cada domingo, la Iglesia confiesa su fe en la concepción virginal de Cristo con estas palabras: “Creo en Jesucristo… que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nación de Santa María Virgen”. Y son palabras que vienen de los evangelios: “María, su madre…concibió un hijo por obra del Espíritu Santo”, afirma Mateo (Mt 1,18). Y San Lucas: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti (María) y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35).

Las críticas arriba señaladas acompañan a los cristianos desde siempre. También desde sus orígenes, la Iglesia se ha sentido llamada a mantenerse fiel a la Palabra de Dios. En la Roma del siglo III, por ejemplo, el que iba a ser bautizado era así interpelado por el obispo: “¿Crees en Jesucristo, el Hijo de Dios, que nació de María Virgen por obra del Espíritu Santo?”.

Estamos en el corazón de la experiencia cristiana. Es una afirmación que toca el núcleo mismo de nuestra fe en Jesús como Salvador de los hombres. ¿Cuál es su significado?

Comparto la opinión de quienes señalan que, si Jesús hubiera nacido como fruto de la unión sexual de sus padres, este hecho no impediría la encarnación. Sin embargo, la afirmación de su concepción virginal está ahí como un dato concreto de la fe. Me animo incluso a decir: como un dato testarudo y siempre provocador. No se lo puede reducir a mito, ni tampoco a una bonita afirmación simbólica. Es un signo, sí, y muy poderoso y decidor. Y lo es, porque echa raíces en la realidad concreta de la historia que protagonizan María y José. Dios siempre habla, interpela y salva desde historias humanas concretas, imprevisibles y abiertas a la acción de su Espíritu creador.

El Dios siempre sorprendente que creó todo de la nada, cuando el mundo parecía perdido irremediablemente, nos dio la mayor sorpresa de todas: se abajó y despojó de su gloria y “tomó la forma de esclavo, pasando por uno de tantos”, como afirma San Pablo (cf. Flp 2,6-11). Sí, Dios se embarró… De esa forma hacía resplandecer la luz de su divinidad que es amor compasivo y gratuito. Es el Dios libre, cuya libertad es tan sabia, creativa e inteligente como bondadosa y confiable.

Que el Verbo haya hecho uno de nosotros, por obra y gracia del Espíritu Santo es signo de ese amor gratuito, libre y sorprendente de Dios. ¿Podría haber sido de otra forma? Sí, claro. Pero, interviniendo así en la historia humana, Dios ha querido subrayar que Jesús, nacido de María Virgen y resucitado del sepulcro por el poder del Espíritu, es un nuevo comienzo para la humanidad. Nos amó primero. Nos primereó, como dice Francisco. Da el primer paso para crear, salvar y humanizar, como ha remarcado en su reciente viaje a Colombia.

El poder que interviene en la concepción virginal de Cristo es el Espíritu creador del Padre. El mismo que hizo surgir todo de la nada y que, en la plenitud de su manifestación, arrancó a Cristo de los brazos de la muerte en la resurrección.

María, la Virgen, es el signo viviente de cómo la humanidad ha sido convocada para acoger y hacer suyo este don supremo del Dios amor. Dios quiso contar con su libertad, como también con la nuestra.

Ella nos ayuda a comprender mejor el sentido profundo de la fe que confiesa con gozo, pero también con provocativa valentía: “Creo en un solo Señor Jesucristo…que, por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre” (Credo niceno constantinopolitano).

El próximo domingo retomamos el tema.

La picardía del Señor Brochero

«La Voz de San Justo», domingo 10 de setiembre de 2017

Camino, palabra y pan. El domingo pasado, y con la ayuda de estas tres palabras tomadas del relato de Emaús, trataba de ilustrar la experiencia de la fe como encuentro con Jesucristo.

Este domingo, las mismas palabras me ayudan desentrañar la experiencia vivida en la semana. De martes a jueves, seiscientos sacerdotes y obispos argentinos nos reunimos, como cada tres años, en Villa Cura Brochero, para el VIII Encuentro Nacional de Sacerdotes. El primero después de la canonización del Santo Cura.

Comparto con ustedes algunas vivencias que todavía dan vueltas por el corazón. Me ayudan estas tres palabras, aunque en orden inverso.

Primero, el pan. Al caer la tarde de este jueves, y cuando ya la mayoría de los curas estaban de regreso a sus hogares, me fui despacito a la casa donde murió Brochero. En realidad, quería comprar algunos objetos piadosos. Ya la conversación con la señora que me atendió fue más allá del formal intercambio entre vendedor y cliente. Mientras elegía algunas medallas e imágenes, la fe compartida por ambos fue el clima para que abriéramos nuestros corazones para reconocer la profundidad de lo vivido.

Conclusión: terminé en la piecita donde murió el Cura. Recé las vísperas ayudado de mi celular. El silencio hacía aflorar y fluir la oración en la que se entremezclaban rostros, vivencias, penas y alegrías.

El ambiente está dominado por una gigantografía de la foto que muestra a Brochero yacente, revestido con los ornamentos de la Misa, en lo que fue la capilla ardiente de su velatorio. No podía dejar de sentirme atraído por esa imagen. Ahí estaba el pan sobre el que había escrito. Era Brochero, hecho pan. Como Jesucristo en la hora de su Pascua. De ese pan sabroso, recién salido del horno, habíamos podido comer esos días. El aroma de santidad de Brochero había sido – una vez más – imposible de resistir.

La “vida pobre y entregada” del Santo Cura era el pan en el que habíamos experimentado la presencia de Cristo resucitado. El pan del Evangelio. El pan criollo del amor de Jesús en la vida de un cura que no vivió para sí mismo, sino para los demás.

Esa piecita vale por una basílica. Allí Brochero, ciego y leproso, al final de su camino terreno, se hacía leer el Evangelio. Su camino, ahora más interior e íntimo que los ajetreados caminos recorridos por el apóstol, quedaba iluminado por la Palabra de Jesús que resonaba en él con una dulzura y fuerza de persuasión cada vez más fuertes. Allí, ayudado por su lazarillo, celebraba la Misa, repitiendo las palabras sagradas: “Esto, mi Cuerpo entregado… mi Sangre derramada”. Y, como ocurre con toda vida sacerdotal lograda, el sacramento se iba fundiendo y confundiendo con la propia existencia.

La Argentina de hoy es muy distinta de la que conoció Brochero. También la Iglesia y el modo de ser curas. Sin embargo, los caminos de seiscientos pastores de Argentina se entrecruzaron con el camino de este cura cordobés. Y, así, Emaús volvió a echar luz: Jesús sigue caminando con nosotros, tocando nuestros corazones con su Presencia e iluminando nuestras mentes con su Palabra.

Nos volvimos con más ganas de ser curas para nuestro pueblo. Y Brochero, contento. Muy contento. Su picardía cordobesa y serrana, potenciada por el Evangelio, nos había conquistado, como supo hacerlo con tantos y tantas que, de su mano, encontraron a Cristo en los Ejercicios espirituales.

Sí. Nos volvimos con más ganas de ser curas, pero, sobre todo, de ser mejores cristianos. Le doy gracias a Dios… y a la santa picardía del Señor Brochero.

 

 

 

Camino, palabra y pan

«La Voz de San Justo», domingo 3 de setiembre de 2017

“Nadie puede decir: «Jesucristo es Señor» si no está impulsado por el Espíritu Santo” (1 Co 12,3). Con estas palabras de San Pablo terminábamos nuestras reflexiones del domingo pasado. Nos permiten dar un paso más en nuestra meditación sobre la fe en Jesucristo que confiesa el Credo apostólico.

Hablaremos del Espíritu Santo al comentar la tercera parte del Credo. Sin embargo, no podemos dejar de mencionarlo ya ahora. La vida cristiana como encuentro con Cristo solo es posible “en el Espíritu Santo”. La experiencia cristiana no es seguimiento de un personaje del pasado, sino encuentro con Cristo vivo y presente en la propia vida. Experimentarlo así es la misión del Espíritu en nuestras vidas.

El Espíritu es ese espacio abierto y discreto en el que acontece el encuentro con Cristo. Su acción invisible, sin embargo, se manifiesta visiblemente. El relato de Emaús, en el evangelio de San Lucas, le ha dado forma narrativa a esta experiencia cristiana (cf. Lc 24,13-35). Allí, el evangelista ha plasmado la experiencia que toda comunidad cristiana tiene de la presencia del Resucitado, su dinamismo interior y su manifestación visible. Podemos resumir su mensaje con tres palabras claves: camino, palabra y pan. Comentémoslas brevemente.

Ante todo, camino. La experiencia cristiana encuentra en esta palabra una de sus mejores expresiones. De hecho, ese es uno de los nombres más antiguos del cristianismo: “el camino”. Y un camino que se comparte. Ya dijimos al inicio de estas reflexiones sobre el Credo que el acto de fe es, a la vez, personal y comunitario: el “yo creo” es inseparable del “nosotros creemos”. El encuentro con Cristo resucitado acontece siempre en una trama de relaciones humanas en la que se entrelazan dinámicamente: testimonio, anuncio, celebración y opciones de vida. Cristo resucitado vive en sus discípulos. Es inseparable de la comunidad de sus discípulos. Solo quien se introduce en ese caminar común, involucrándose en todo lo que implica (luces y sombras, trigo y cizaña), experimenta su presencia.

La Palabra, escuchada y transmitida, forma parte indisoluble de esa experiencia de camino. Para un cristiano, Palabra no es sinónimo de libro. Es mucho más. La Palabra de Dios es, ante todo, Jesucristo que habla a su Iglesia en los textos de la Sagrada Escritura. El corazón de la Biblia son los cuatro evangelios. En ellos, la voz del Resucitado es inseparable de la experiencia de fe de la Iglesia. Los evangelios no son biografías en el sentido moderno de la expresión: ellos narran los dichos y hechos de Jesús ya acogidos, celebrados y vividos por la comunidad eclesial. Han nacido en la comunidad eclesial, recogen y expresan su fe. Es la Iglesia la que los custodia, interpreta y transmite.

Quien escucha así la voz del Resucitado experimenta lo que vivieron los discípulos de Emaús: una luz que hace arder el corazón, porque enciende la esperanza, da sentido e ilumina la propia vida con la luz que viene de Dios. Ese escuchar desemboca en la experiencia de una Presencia que se entrega como alimento para la propia vida: la Palabra lleva a la Fracción del Pan en la que se reconoce al Resucitado. En el centro de la experiencia de Cristo resucitado que tenemos los cristianos está la Eucaristía. Ella es el banquete que hace presente y visible la entrega pascual de Cristo por nosotros. Es el sacramento del amor de Cristo.

Así, el Pan alimenta y se hace forma de vida: seguir a Jesús por el camino de la entrega de la vida. La comunidad que Jesús resucitado reúne en torno suyo no puede sino hacerse también ella caminante y compañera de camino de toda la humanidad. Custodiando la Palabra viva de Dios, no puede dejar de de transmitir la alegría del Evangelio. Reconociendo a Jesús en la Fracción del Pan, no puede de sentirse urgida a partir el pan que alimenta a todos los hambrientos.

Camino, palabra y pan son los lugares donde el Espíritu hace posible el encuentro con el Resucitado.

Una presencia que interpela

«La Voz de San Justo», domingo 27 de agosto de 2017

¿Qué implica decir, con el Credo: “Creo en Jesucristo”? Retomemos y profundicemos un poco más nuestras reflexiones del domingo pasado.

Ya lo dijimos: el creyente experimenta a Cristo como una presencia personal. Es decir: Alguien que está delante de mí, me mira, me habla y me interpela. Alguien que se involucra libremente conmigo y, desde ese lugar, se hace interlocutor de mi propia libertad. Es un encuentro que me da “un nuevo horizonte”, en palabras de Benedicto XVI, y, así, todo adquiere un nuevo significado, empezando por la orientación de mi propia vida.

La palabra “presencia” quiere decir, precisamente: estar delante. Pero no como un objeto inerte, ocupando un lugar en el espacio. Las cosas pueden estar así, sin mayores consecuencias. Solo las personas tienen presencia: invitan a ser reconocidas más allá del mero contacto físico, emotivo o sentimental. Es verdad que puedo reducir las personas a cosas. Todos sabemos qué significa resultar indiferentes a los demás o tratar a alguien como si fuera una cosa (una estadística, por ejemplo). Todo cambia, sin embargo, cuando la persona que está delante empieza a adquirir significado para mí; su nombre, aunque sea común con otros, la distingue de los demás; y, en este proceso humano, yo me descubro involucrado cada vez más hondamente.

Si hay una palabra para ilustrar esta experiencia humana, esa palabra es: enamoramiento. Los místicos cristianos lo saben a ciencia cabal. De todos los libros de la Escritura, echan mano de uno para ponerle nombre a su experiencia de encuentro con Jesús: el Cantar de los Cantares. Se trata de una colección de canciones populares que cantan y celebran el amor de dos jóvenes. Si no se llega, al menos a comprender este nivel de la experiencia cristiana, todo el mundo de la fe resulta extraño, o incluso irreal.

Decir: «creo en Jesucristo» es confesar que uno se ha enamorado de él. Creo comprender a quien, por pudor, vergüenza o no sé qué, guarda para sí hablar de este modo. Pero, en el fondo. uno sabe que eso es lo que resulta del encuentro con Jesús vivo. Al menos, se lo digamos a nuestro corazón inquieto.

Existe una profunda diferencia entre saber que Dios existe y experimentar que nos ama con amor personal, aquí y ahora, tal como somos, ha señalado recientemente el Papa Francisco. Decir: “creo en Jesucristo” no es tener alguna información sobre su persona y su mensaje, sino experimentarlo como Alguien vivo, activo y presente en mi propia existencia.

Por eso, en su célebre frase sobre el encuentro con Cristo que citábamos el domingo pasado, Benedicto XVI, antes de hablar de la fe como encuentro con una persona – obviamente, la de Jesús el Señor – habla de encuentro con un “acontecimiento”. Ahí está la clave. El acontecimiento al que hace referencia el Papa Ratzinger es la Pascua de Jesucristo: su pasión, muerte y glorificación. Este acontecimiento es el centro del Credo apostólico. En su momento lo analizaremos. Pero ahora vale la pena mirar el conjunto: en esa sucesión de eventos, “bajo Poncio Pilato”, Dios ha hecho tangible su amor por el ser humano. Un amor absoluto, incondicional y gratuito. Es el gran anhelo del corazón humano, su búsqueda permanente y jamás agotada.

El encuentro con Cristo es la experiencia de haber sido sorprendidos por la manifestación inesperada de ese amor que nos sale al paso, se nos ofrece desinteresadamente y nos tiende la mano sin segundas intenciones. El rostro de Cristo crucificado  – al decir del salmo 44 leído con ojos cristianos – nos muestra el rostro de la belleza que salva al mundo: la belleza del amor que se ha entregado para salvar y rescatar al hombre caído.

¿Cómo se hace presente ese acontecimiento en nuestra vida? ¿Cuál es el lugar donde acontece el encuentro con Cristo? Intentaremos responder a estas preguntas en las próximas columnas. Por ahora, solamente recordemos unas palabras del apóstol Pablo a los corintios: “Nadie puede decir: «Jesucristo es Señor» si no está impulsado por el Espíritu Santo” (cf. 1 Co 12,3).

¿Usted se ha encontrado con Cristo?

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de agosto de 2017

Tiempo atrás vino a verme un joven no creyente. Traía muchas inquietudes sobre Dios y la fe. Quería confrontarlas conmigo. En un momento de nuestra conversación, yo dije algo más o menos así: –Soy un hombre de fe porque he tenido un encuentro con Cristo. Mi afirmación, dicha en realidad al pasar, despertó su sorpresa: –¿Cómo? ¿Usted se ha encontrado con Jesucristo?

Puede que en esta reacción haya habido algo de escepticismo y extrañeza. Pero tampoco descarto una inquietud real del joven. El que sí quedó inquieto fui yo. No he podido dejar de seguir pensando en mis propias palabras. Eso es lo bueno del diálogo a corazón abierto. Te desinstala. Mucho más si versa sobre Dios, la fe en él y su Cristo. ¿O sería mejor hablar de “éxodo” o de “pascua”?

Una frase significativa para un creyente suena distinto a los oídos de alguien que no lo es. La fe – vale la pena recordarlo – es una forma de estar parado en la vida y, por eso mismo, de experimentar la realidad. También lo es el no creer en Dios. Hay, a la base de ambas, formas distintas de vivir, sentir y comprender la vida.

Es ya célebre una frase de Benedicto XVI que Francisco repite a menudo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Dios es amor 1). Da en el clavo.

Al meditar sobre la fe en Jesucristo en el Credo apostólico, no puedo dejar de preguntarme por esa experiencia fundante que se condensa en la expresión “encuentro”. Antes de seguir adelante con los demás artículos del Profesión de fe, quisiera detenerme en esta cuestión.

El Credo, sobre todo en esta parte centrada en Jesucristo, antes que un conjunto de ideas abstractas relata una historia. Va enhebrando acontecimientos, vivencias, palabras interpretados por la fe. Como ya hemos tenido ocasión de señalar, la fe es la respuesta que el hombre da a un Dios que ha entrado en el entramado de su vida y que, desde ese lugar, le habla, le tiende la mano y lo invita a la comunión.

El “amén” de la fe no surge al final de una búsqueda intelectual que indaga y saca conclusiones. La fe tendrá su momento de reflexión racional. Y será riguroso, sistemático y nunca acabado del todo. Pero es un momento segundo. Lo primero es siempre la experiencia de haber sido alcanzados por una presencia que interpela y moviliza. Y lo hace, también desde la propia historia y realidad concretas.

El “lugar” de la fe es la propia vida, la propia biografía personal. Allí tiene lugar el encuentro con ese acontecimiento y esa persona de los que habla Benedicto. Por eso, no solo para confesar la fe hay que contar la historia de Jesús el Cristo, sino que hay que hacerlo entrando también en los entresijos de la propia historia personal. Y toda entera, en su amplitud y en sus estrecheces; sus luces, que las tiene y son muchas, pero también en sus sombras pesadas e intimidantes.

Pero no solo. El encuentro con Cristo acontece en una historia siempre compartida. Nunca la fe es una aventura solitaria, aunque sea exquisitamente personal. La fe, dirá San Pablo, viene del “escuchar”. Como la vida misma. Lo primero siempre es el recibir lo que se nos ofrece gratuitamente. He llegado a ser creyente porque otros han puesto en mis labios y en mi corazón los nombres de Jesús, de María y de Dios. Y me han enseñado a leer el Evangelio y, con esa luz, leer mi propia biografía, convertida también ella en un pequeño evangelio.

En mi caso personal, el encuentro con Cristo es inseparable de algunos hombres y mujeres, cuyas vidas me han hablado antes que sus palabras. Cristo me resulta inseparable de esos cristianos. Así he sido alcanzado por él. Pero también, ese encuentro con Cristo acontece cuando, saliendo de mí mismo, busco compartirlo con otros. Tela para cortar.

 

 

Creo en Jesucristo

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de agosto de 2017

Y llegamos a Jesucristo. De ahora en más, nuestras meditaciones sobre el Credo apostólico estarán centradas en su persona y en su significado para nosotros.

Digámoslo sin rodeos. Lo que postula la fe cristiana es una verdadera locura: este judío de nombre Jesús es el centro de la historia y de todo lo que existe. “Todo fue creador por él y para él”, es la lapidaria sentencia de Pablo (Col 1,16). Todo lo que el hombre aspira saber y experimentar de Dios pasa por su persona, su historia y su palabra. Él ha contado a Dios, a quien llama “Abba” (Padre). Pero también, todo lo que aspiramos ser como hombres se devela en él. Él es la medida de todo genuino humanismo.

Esta es la escandalosa pretensión del cristianismo. Es verdaderamente insoportable.

Sin embargo, su fascinación no cesa con el paso del tiempo ni en razón de la opacidad de quienes se dicen sus discípulos o de la que pretende ser “su Iglesia” y guardar su memoria.

Un místico musulmán lo ha sentenciado con agudeza: “¿Jesús de Nazaret? Una enfermedad contagiosa”.

Es su mensaje. Son sus obras. Sus palabras. Pero, por encima de todo, es su propia persona la que atrae, fascina y convence. Jesús no deja indiferente a nadie. De ahí que resulte tan peligroso exponerse al influjo de los evangelios que, como una sinfonía compleja y armoniosa, lo hacen presente de un modo único. El arte, en todas sus manifestaciones, no deja de inspirarse en él, en su rostro o en su cruz. Incluso el más descarnado e increyente no puede dejar de hacerse eco de su misteriosa belleza.

Lo que los cristianos llamamos “fe” es la única clave para descorrer el velo de este misterio: para el creyente, Jesús de Nazaret es mucho más que un profeta, un místico o un personaje de alta calidad moral que nos habla desde el pasado. Es, sin más, el Viviente. Por eso, al abrir las Escrituras, es su voz la que nos llega, nos interpela y, en la misma medida que nos hiere, nos ilumina y orienta.

La sobriedad del Credo apostólico lo confiesa con tres expresiones tomadas de las Escrituras. Se trata de tres títulos que indican qué significa Jesús para la fe cristiana. No son los únicos, pero son los que más han marcado el camino de la fe de la Iglesia. Son estos tres: Cristo, Hijo único, Señor: “Creo en Jesús Cristo, su único Hijo, nuestro Señor”.

El título “Cristo” significa: ungido, en hebreo: “Mesías”. Jesús es el Cristo, el Ungido de Dios. De tal manera, el título se ha fundido con la persona de Jesús que ha pasado a ser su nombre: Jesucristo. Al nombrarlo ya se está confesando la fe en él: Jesús es el Cristo, el Mesías esperado, el que está colmado del Espíritu de Dios. Su persona queda indisolublemente unida a la de sus discípulos.

Hijo único es el segundo título con el que el Credo confiesa la fe. Si, a lo largo de los evangelios, Jesús siempre se refiere a Dios, llamándolo Padre, en un sentido único y original, él mismo no puede ser comprendido sino como el Hijo único del Padre. Solo al invocarlo así trasponemos el umbral del misterio de su persona. Volveremos sobre esto.

Finalmente, el Credo invoca a Jesús como “nuestro Señor”. La liturgia es el ámbito donde este título resuena con especial fuerza: “Señor, ten piedad”, decimos pidiendo perdón, pero también reconociéndolo a él como único Señor de nuestras vidas. Este título recoge el modo como el antiguo testamento invoca al mismo Dios, creador y liberador. En los Salmos, por ejemplo. Pero también, invocándolo de esa manera, los primeros cristianos tomaban posición frente a toda pretensión de dominio absoluto por parte de los señores mundanos: el emperador, el estado o cualquier poder que pretenda reclamar para sí un reconocimiento absoluto. Solo Jesús es el Señor, solo ante Él doblamos la rodilla. Aún hoy, este reconocimiento del señorío de Cristo, a la vez que confesión de fe es afirmación de la más profunda libertad, sellada, en demasiadas ocasiones, por la sangre de los mártires.

El amor es más fuerte

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de julio de 2017

Esta semana se cumplió un año de la muerte del padre Jacques Hamel, sacerdote francés que fue asesinado por dos jóvenes musulmanes al pie del altar. Terminaba de celebrar la Misa. Me conmovieron unas palabras de su hermana, Roseline de 77 años. Dijo más o menos esto: –Me costó comprender lo que decían sobre el martirio de mi hermano. Me resultó más fácil el camino del perdón. Al principio no podía incluso rezar. Después he podido acercarme a la madre de quienes lo mataron…Ahora estamos muy vinculadas ella y yo. Y añade: – Cuando mi hermano pensaba en la Pascua, siempre repetía las palabras de Jesús: “Padre, perdónalos. No saben lo que hacen”.

El mal no tiene explicación satisfactoria. Especialmente aquel que surge de la libertad humana. La decisión de matar al padre Jacques en nombre de Dios, nos hace cruzar esa oscura frontera. El mal nos desborda. Es excesivo.

Mientras escribo estas líneas, llega la noticia de Charlie Gard, el pequeño de 11 meses afectado de una rara enfermedad y a quien la justicia inglesa había ordenado desconectar del respirador, con la oposición de sus padres que batallaron hasta el final por él. No es lo mismo que el caso del padre Jacques. Pero también aquí, la muerte de un niño inocente y el sufrimiento de sus padres nos acerca al abismo.

Las reflexiones sobre el Credo que hemos hecho hasta ahora parecen quedarse vacías de contenido y sin sentido. ¿Cómo creer en un Dios Padre, todopoderoso, bueno y providente cuándo vemos morir así a un niño? ¿Cómo afirmar que la libertad es obra maestra del Creador, si es capaz de llegar al extremo del asesinato ritual?

No son preguntas puramente teóricas. Expresan una realidad. El mal nos excede y, en ocasiones, nos deja sin fuerzas. Nos muestra cuán impotentes y frágiles somos. Es en este punto en que asoma otra experiencia humana, también real, concreta y desconcertante: la de Roseline. Ella ha sido capaz de recorrer la vía del perdón. Incomprensible. Sorprendente. Solo cabe silenciar el corazón y escuchar.

También la vida del pequeño Charlie nos descubre ese exceso de amor: Charlie fue amado de manera incondicional por sus papás. ¿Podían hacer otra cosa? Alguien ha dicho: “los jueces lo juzgaron, la ciencia lo estudió, sus padres lo amaron”. Un poco extrema, pero verdadera en un punto: fue amado, su frágil vida no careció de sentido.

El Credo cristiano es la confesión de fe en ese exceso de amor de Dios que rodea toda experiencia de mal y de sufrimiento humano. Por eso, el Credo no habla del mal directamente. Lo hace cuando confiesa a Jesucristo y su obra salvadora. También cuando, después de confesar la fe en Espíritu Santo, declara con serena firmeza: creo en el perdón de los pecados.

En el origen de todo está el poder bueno del Creador. Él ha hecho surgir al hombre libre, porque lo ha querido compañero y colaborador suyo. Sin embargo, en el origen también está la inexplicable negativa de la libertad del hombre a sumarse a la obra divina. Rechazando la mano tendida de Dios, el hombre ha puesto en marcha una historia de desgracia en la que nacemos y que cada uno de nosotros hace suya, también por decisiones libres y personales. A eso apunta el capítulo 3 del Génesis que escruta el origen del mal que aflige a los hombres.

La fe cristiana hablará del “pecado original”. De él dirá Pascal: “Ciertamente, nada nos repele más fuertemente que esta doctrina; y, sin embargo, sin este misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición se anuda en este abismo; de suerte que el hombre es más inconcebible sin este misterio que lo que este misterio es inconcebible para el hombre” (Pensamientos 434).

Todos somos Adán. También nuestra libertad está herida. Pero también todos tenemos la posibilidad de recibir la gracia de Cristo y contar con él y su fuerza sanante para el camino de la vida.

Demos entonces el paso de meditar sobre la fe en Jesucristo, como la confiesa el Credo.

Una sola carne

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de julio de 2017

“Después dijo el Señor Dios: «No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» … Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío. Luego, con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre». Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne” (Gn 2,18.21-24).

La soledad es compañera de camino de todo ser humano. Siempre está ahí. ¿Quién no ha sentido su aguijón? Duele y atemoriza. Pero ¿es solo eso? Frente a ella ¿solo cabe resignación? ¿Podríamos saborear los encuentros si no supiéramos de soledades? Y de eso nos habla el Génesis. “No conviene que el hombre esté solo”, reflexiona el Creador. Solo cuando su soledad queda habitada por la presencia de la mujer, el varón puede conocer el gozo de un encuentro sorprendente que llena de sentido la vida.

La pareja humana – varón y mujer – es la cumbre de la creación. Ambos componen la imagen de Dios en el mundo. Hacia ese encuentro entre el hombre y la mujer apunta todo: el jardín plantado por Dios, el cuerpo formado de la arcilla de la tierra, el aliento divino que da vida al hombre, la libertad para elegir el rumbo de la vida. Algún comentarista ha hecho notar que este relato alterna cuatro imágenes de Dios: el jardinero que planta y cultiva el Edén, el alfarero que forma al hombre de la arcilla, el cirujano que extrae la costilla de la que surge la mujer y el padrino de bodas que lleva a Eva ante la presencia de Adán. Este sucederse de imágenes divinas expresa algo sorprendente: Dios ha puesto toda su potencia creadora en el misterio fascinante de la sexualidad del varón y la mujer.

Hay una tradición judía que dice que, en la creación, Dios se ha encogido para dar cabida al ser humano. Es una bella metáfora: ¿no es eso precisamente el amor? Renunciar para ganar, perder para encontrar. ¿No tenemos que superar el miedo al otro distinto para desvelar el secreto de la vida? Ese misterio alcanzará su plena manifestación en la pascua. Pero ya está presente en la creación: Dios quiere que el hombre y la mujer experimenten ese gozo. Por eso los hace iguales en dignidad, diferentes en cuerpo y en genio, pero llamados a la reciprocidad del encuentro y la colaboración.

Este misterio se activa toda vez que dos chicos, enamorados, comienzan a soñar un proyecto común de vida. Y si, superando las fatigas del camino, ese amor inicial – inmaduro, frágil y siempre peregrino – echa raíces en la vida compartida, da paso a una de las realidades más luminosas que puede experimentar el ser humano: el hogar y la mesa común que reúne a padres, hijos y hermanos. Y a muchos más.

“Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y cultívenla…” es la palabra originaria del Creador. Corre el tiempo, las culturas se transforman y con ellas los roles del varón y la mujer. Y así, la libertad del hombre hace suya la maravillosa verdad que Dios ha inscrito, con maestría de orfebre, en su cuerpo y en su alma: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne”.

Uno en cuerpo y alma

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de julio de 2017

La primera palabra que el Creador me dirige es mi cuerpo. No tengo un cuerpo, soy mi cuerpo. De la arcilla de la tierra, pero con el aliento divino como respiración, dice poéticamente el Génesis. Eso es lo que soy. Allí radica el misterio más profundo que me habita. Una tensión nunca resuelta del todo.

El cuerpo es la cárcel del alma, enseñaban algunos filósofos de la antigüedad. Lo repiten hoy algunas modernas ideologías. El hombre verdadero suspira salir de esa prisión. Y ser libre de es condicionamiento, sacudiéndose de encima el polvo molesto que acumula su cuerpo.

Al confesar su fe en un Dios creador de todas las cosas, la fe cristiana protesta, una y otra vez, contra esa forma de interpretar la condición humana. No. Toda forma, antigua o nueva, de desgajar la corporeidad del misterio del hombre es una interpretación falsa de la realidad. Puede sonar poética, muy espiritual o incluso ser tenida por progresista. Pero sus consecuencias son siempre funestas.

Todo en el cristianismo apunta en una dirección contraria: el Verbo de Dios se hizo hombre. Se hizo carne, apunta san Juan en su evangelio (cf. Jn 1,14). Allí en la humilde humanidad de Jesús, los creyentes hemos visto la gloria de Dios en todo su esplendor. Ese “Deus humilis” (Dios humilde) yació en pañales en Belén y sufrió la pasión en el Gólgota. Entregó su cuerpo y derramó su sangre para la redención. Ese cuerpo y esa sangre están en el centro del culto cristiano, en la Eucaristía.

Por eso, un autor cristiano del siglo III llegó a decir, en un latín sobrio pero certero: “caro cardo salutis”, es decir: “la carne es el quicio de toda la salvación”. Todo, en el cristianismo, pasa por el cuerpo. Al cuerpo se lo baña en el bautismo y se lo unge en los demás sacramentos. Se lo venera como templo de Dios en esta vida mortal, incluso y especialmente si herido y enfermo. Y se lo honra con ternura y piedad en la muerte: se lo asperja con agua bendita, se lo rodea de incienso mientras se ora, se lo deposita en la tierra, con el alma atravesada de dolor, pero también con la esperanza en la resurrección de la carne y la vida futura.

Y no hablemos de la veneración de las reliquias de los mártires o de los santos. Del arte cristiano que, con todo el enorme recurso de las artes figurativas, representa el rostro del Señor, de su santa Madre, de los santos y beatos. Nuestros hermanos de Oriente veneran los iconos como presencia sacramental del misterio de Dios en medio del mundo.

El cuerpo no es cárcel del hombre, sino don de Dios para que el ser humano, creado a su imagen y semejanza, precisamente a través del cuerpo, aprenda a amar y a entregarse, a dar vida y a tender la mano. Esa es la vocación del cuerpo, de la sexualidad humana y de todo ese rico mundo que son los sentidos y las emociones que experimentamos en nuestro cuerpo. No es cárcel, sino camino de libertad.

Vuelvo al inicio: el cuerpo es el primer mensaje de Dios para el hombre. A través de él trabajamos, construimos y amamos. En él van quedando las huellas de todo lo que hemos vivido: trabajos y amores, también penas y dolores. Un rostro surcado de arrugas, unas manos marcadas por el trabajo, una boca que ha sonreído y unos ojos que han llorado. Allí, como en el Crucificado y sus llagas, están las huellas de nuestra identidad personal, tal como la hemos recibido y como la hemos desarrollado a lo largo de nuestra vida.

No tengo un cuerpo, soy mi cuerpo. Soy uno, en cuerpo y alma. Se nos va la vida tratando de decodificar el significado de esta unidad y de esta complejidad. Lo que la fe nos dice sobre nuestra condición humana nos hace pensar. Seguiremos el próximo domingo.