Resucitó

«La Voz de San Justo», domingo 12 de noviembre de 2917

“Lloraremos siempre a nuestros amigos. Fue el amor lo que nos trajo aquí y fue el amor lo que nos seguirá uniendo. Ese fue y será nuestro camino. Ese maravilloso círculo de amor y amistad que cultivamos durante décadas fue lacerado. Tendremos que vivir con ese dolor a cuestas”.

Conocemos lo que está detrás de estas palabras: cinco amigos muertos en un atentado terrorista en Nueva York que se cobró la vida de tres víctimas más. Son las sentidas palabras de los que sobrevivieron.

En medio del absurdo y de la irracionalidad del odio, el corazón herido busca palabras porque busca algo de luz. ¡Sólo el hombre reacciona así! Son palabras que buscan la Palabra.

Al meditar sobre la fe cristiana en la resurrección de Cristo, no he podido dejar de pensar en estas palabras. Como a muchos, al escucharlas me han emocionado. La emoción pasa, pero queda la inquietud: “Ese maravilloso círculo de amor y amistad que cultivamos durante décadas fue lacerado. Tendremos que vivir con ese dolor a cuestas”. Solo podemos imaginar, desde fuera y con infinito respeto, lo que eso significa para estas personas, cuyas vidas han cambiado para siempre.

El pasado 2 de noviembre, memoria de los fieles difuntos, sugerí en Twitter leer completo el capítulo quince de la primera carta de San Pablo a los corintios. Lo había hecho yo mismo esa mañana. Necesitaba volver a escuchar el anuncio cristiano: si los muertos no van a resucitar, Cristo mismo no ha resucitado. Y si Él no ha resurgido de entre los muertos, nuestra fe es vana y somos los más infelices de los hombres.

Ese es el corazón del anuncio cristiano: Dios se ha hecho cargo de todos los amores rotos, de todas las amistades laceradas, de las innumerables lágrimas vertidas por los hombres. Ha cargado con el dolor de todos los amigos que lloran a sus amigos. Y, resucitando a Jesús de entre los muertos, ha abierto un horizonte de esperanza para quienes aceptan este anuncio.

De ahí que podríamos definir a un cristiano como uno que vive de esa esperanza que lo centra en Dios y lo instala en la vida con una pasión renovada, especialmente para vivir las horas oscuras y las más grises del caminar de cada día.

El cristiano es alguien que ha escuchado el anuncio de la resurrección, lo ha acogido en su propia vida y, haciendo así, toda su existencia ha quedado iluminada.

Ha llegado a esa certeza, no porque haya visto la tumba vacía. Esta es apenas un signo que lo interpela: ¿crees que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos? Sí, lo creo y a esa palabra me confío. Entonces, su vida y todas sus experiencias más profundas quedan abiertas a la luz de la Palabra.

En primer lugar, sus amores y sus luchas. Nada de eso cae en el vacío ni desemboca en la nada. Pero también sus heridas y sus amores lacerados.

“Fue el amor lo que nos trajo aquí y fue el amor lo que nos seguirá uniendo”, decían con dolor y con verdad los amigos que lloraban a sus amigos muertos. Ahí, en esa experiencia en la que se mezclan amistad y sufrimiento, herida y consuelo, está el territorio en el que trabaja el Espíritu de Dios para que el hombre escuche el anuncio de la resurrección, crea en él y, sobre él, funde toda su vida.

Un discípulo de Jesús debería comprender de corazón a quien, escuchando el anuncio cristiano de la resurrección sacude su cabeza pensando que se trata de una ilusión. Y debería comprenderlo porque él mismo ha sentido esa duda. Y si, amenazado por ella, hoy puede pronunciar el amén de la fe, es por gracia.

Es la gracia de un encuentro que le ha cambiado la vida, en la que él no ha tenido la iniciativa, sino que ha sido encontrado y transformado por el amor siempre más fuerte de Dios.

Aquí, la reflexión se vuelve oración. La que sólo pronuncia un Nombre: Jesús…

Resucitó de entre los muertos

«La Voz de San Justo», domingo 5 de noviembre de 2017

El peregrino que llega a Jerusalén tiene una meta ineludible: la basílica del Santo Sepulcro. Construida por los cruzados, alberga aquella sepultura de la que se dice: “En el lugar donde lo crucificaron había una huerta, y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado… pusieron allí a Jesús” (Jn 19,41-42).

La tumba está vacía. ¿Qué significa esa ausencia? Si pudiéramos darle un consejo a nuestro peregrino, sería este: ir de madrugada, Biblia en mano, sentarse sin ansiedad en algún rincón y dejarse llevar por los relatos evangélicos. Leer el texto y escuchar la Voz que habla. Ver a los otros peregrinos y unirse a sus rezos en lenguas misteriosas. Dejarse envolver por los ritos litúrgicos que, de la visibilidad de los signos nos conducen al misterio inefable del Dios hecho hombre. Escuchar, ver y tocar. No se puede estar en Jerusalén sin que los sentidos del cuerpo sean convocados para esa aventura de la fe.

¿Qué puede escuchar el peregrino que, casi sin darse cuenta, se ha convertido en un contemplativo? Tal vez, lo que nos cuenta San Marcos que escucharon las mujeres que fueron de madrugada a honrar a un muerto: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho” (Mc 16,6-7). Y concluye: “Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo” (Mc 16,8).

El domingo pasado explicaba el significado del verbo “resucitar”: despertarse del sueño y, de un salto, ponerse de pie. Se trata de una metáfora que explora una situación límite: Dios hace surgir la vida cuando la muerte había cerrado toda posibilidad.

El viernes santo parecía que todo había terminado. Jesús había sido eliminado como un maldito. Dios lo había abandonado. Sus desilusionados discípulos retomaban su vida de antes. Sin embargo, esa mañana, ante el sepulcro vacío, las mujeres comienzan a descubrir una realidad inaudita: allí ha comenzado a crecer, para Jesús y para todo el mundo, una vida nueva, la verdadera y definitiva vida que el Creador había soñado para su criatura. Dios, su Padre, lo resucitó con el soplo vital de su Espíritu y, ahora, se los revela para que lo anuncien a todos.

Jesús, entonces, tenía razón cuando habló de Dios, llamándolo “Padre. Recordemos que el motivo de su muerte fue religioso no político. Fue condenado por hablar de Dios como lo hizo. Dios no es como predican los escribas y fariseos: severo, que distribuye castigos y premios, lejano y que parece odiar a los pecadores. No. Es cercano a los pobres, acaricia a los niños y da su lugar a las mujeres, se conmueve ante el dolor y el sufrimiento del hombre y, por encima de todo, perdona al pecador. Es como un pastor que sale a buscar a la oveja perdida y hacer fiesta al encontrarla.

Es comprensible, entonces, el miedo de las mujeres y que corran espantadas. Más que un milagro, la tumba vacía interpela a tomarse en serio a Jesús y su mensaje.

Si todo eso es cierto, aceptar el testimonio de quienes lo anuncian resucitado, implica que no se puede seguir viviendo de la misma manera. El peregrino (y cada hombre lo es, aunque jamás pise Jerusalén) es un buscador. Como aquellas mujeres. Tiene el corazón colmado de preguntas. Pero las respuestas que el Evangelio le ofrece lo descolocan aún más. Esa tumba vacía atrae y atemoriza. Si lo que insinúa es verdad, cambia todo y obliga a decisiones que nos llevan lejos. De ahí esa ansia por correr. Solo que el Resucitado corre más rápido y, como a Pablo, nos alcanza y nos deslumbra con su luz. Y así, todo cambia. Hay que empezar a vivir como Jesús vivió.

«Al tercer día, resucitó»

«La Voz de San Justo», domingo 29 de octubre de 2017

“Creo en Jesucristo… que… padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”.

Ya lo dijimos: cada una de las frases del Credo está tomada de la Biblia. También estas. Como ocurre con los evangelios que lo inspiran, el Credo le otorga una clara preeminencia a esta secuencia de acontecimientos que constituyen el misterio pascual de Cristo.

Misterio pascual. Expliquemos brevemente estas dos palabras. Cuando hablamos de “misterio”, no queremos decir un enigma oscuro que necesita ser esclarecido. Indica, más bien, el plan divino de salvación que se ha manifestado plenamente en Jesús. Por su parte, la palabra “pascua” indica un paso: de la muerte a la vida, o también, el paso de Dios que salva.

En el misterio pascual de Cristo, la historia de la salvación ha alcanzado su punto álgido. En la muerte y resurrección de Cristo, Dios se ha manifestado plenamente a la humanidad. Y lo ha hecho, antes que, con palabras, con el gesto supremo de la entrega de su Hijo y el don de su Espíritu.

A partir de este domingo, nuestras reflexiones se van a centrar en la culminación del misterio pascual: la glorificación de Jesús, que el Credo indica con las expresiones: resucitó al tercer día, subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre.

Hoy nos vamos a centrar en la fórmula: “resucitó al tercer día”. Digamos brevemente que, el verbo “resucitar”, originalmente, significa: “despertarse del sueño” o, también, “ponerse de pie”. Se trata de una metáfora: el morir es como entrar en un profundo sueño que no tiene despertar. Los relatos evangélicos nos dicen que Dios Padre no dejó a su Hijo en poder de la muerte: lo “despertó” y lo “puso de pie”.

¿Qué quiere decir la referencia a los “tres días”? Como los demás artículos del Credo, su significado lo encontramos en la Biblia. Leemos, por ejemplo, en el profeta Oseas: “Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia” (Os 6,2). O, también, el famoso relato de Jonás: “El Señor hizo que un gran pez se tragara a Jonás, y este permaneció en el vientre el pez tres días y tres noches” (Jn 2,1). El mismo Jesús va a utilizar esta última imagen para hablar de su resurrección: “Porque, así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12,40).

No se trata de un dato temporal. No hay que afanarse en contar los días que hay entre el viernes santo y el domingo de pascua. Con esta expresión se quiere señalar que Dios nunca abandona al justo, no lo deja en poder de sus enemigos. Dios siempre interviene en favor de su pueblo, y da salvación. La evocación de los “tres días” es, por tanto, expresión de una esperanza de salvación.

Dios interviene en la historia concreta de las personas. Al despertar a Jesús del sueño de la muerte, Dios Padre ha metido sus manos en la historia siempre dramática de la humanidad que, tantas veces, llega a situaciones sin salida. Y lo ha hecho de manera inesperada, definitiva y original. Y, cuando todo parecía estar ya determinado por la muerte, en esa situación extrema y desesperada, el amor de Dios supo abrir una puerta de salvación.

Esa es nuestra esperanza cierta: Dios interviene, salva y resucita. Tenemos que volver sobre esta afirmación de fe.

Descendió a los infiernos

 

El vidente del Apocalipsis escucha de labios de Cristo resucitado: “No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo…” (Ap 1,17-18).

Con su muerte, Cristo ha destruido la muerte. De su mano, podemos trasponer ese último e inquietante umbral. “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo…”, había ya experimentado el orante de la Biblia (Salmo 23,4).

En el Nuevo Testamento encontramos otras afirmaciones parecidas: “Pero si decimos que Jesús subió, significa que primero descendió a las regiones inferiores de la tierra” (Ef 4,9); “Porque la Buena Noticia ha sido anunciada a los muertos, para que ellos, después de haber sido juzgados en la carne conforme a su condición humana, vivan por el Espíritu con la vida de Dios” (1Pe 4,6).

Cuando, cada domingo, al recitar el Credo, confesamos creer en Cristo que “descendió a los infiernos”, estamos haciendo nuestras estas palabras luminosas de las Escrituras.

Aclaremos que, en estos pasajes, la palabra “infiernos” no indica la condenación eterna para el hombre que libre y obstinadamente se cierra a Dios. Aquí, esta expresión indica el reino de la muerte. Es la concepción que los antiguos tenían del mundo en tres planos: el cielo, donde Dios habita; la tierra, donde estamos los hombres; y los abismos o regiones inferiores (de ahí: infiernos), donde habitan los muertos.

Esta visión ha sido superada por la ciencia. El mensaje de la fe no tiene nada que ver ni con la astronomía ni con la geología. Esas imágenes ilustran una dimensión fundamental de la misión salvadora de Cristo. Así lo comenta el Catecismo de la Iglesia: “«Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva …» (1 P 4, 6). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo, pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención” (Catecismo 634).

Este artículo de nuestra fe contiene dos enseñanzas fundamentales. Ante todo, que el Hijo de Dios, al hacerse hombre, ha experimentado realmente la muerte humana y ha sufrido “el radical abandono y la soledad de la muerte, que vivió la experiencia del absurdo, de la noche y, en este sentido, del infierno que amenaza al hombre” (Catecismo alemán). En su Encarnación, ha sentido realmente, y con una profundidad inigualable, el peso de la muerte. En la cruz, Jesús grita las palabras iniciales del Salmo 21: “Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado” (Mt 27,46 y Mc 15,34). Jesús, el Cordero Inocente, experimenta el silencio de Dios, solidario con los pecadores, pero, precisamente en medio de esa oscuridad, vive la entrega y confianza más radical a su Padre. Así, destruye el poder de la muerte. Nos salva.

En segundo lugar, que Cristo ha bajado hasta la oscuridad del reino de la muerte para llevar vida a todos los hombres, también a los justos muertos antes de su venida. El Sábado Santo leemos una antigua homilía que describe con bellísimas imágenes esta dimensión de la obra salvadora. En medio del silencio, “El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos… El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo”. Y, detrás de Adán y Eva, todos los redimidos. “Levántate – le dice a Adán – y vayámonos de aquí”.

Este es el contenido fundamental de este artículo de la fe. Pero hay un tercer aspecto, una aplicación espiritual de esta doctrina: los seres humanos, ya en esta vida mortal, podemos bajar muchas veces al reino de la muerte. ¿No es eso el pecado? La vida tiene muchas horas oscuras, como de muerte. No hay oscuridad que no pueda ser alcanzada por la luz del amor de Dios que ha resucitado a Cristo. No tenemos que esperar la hora de la muerte para escuchar: “Levántate, vayámonos de aquí”. En la palabra del perdón que el sacerdote nos ofrece, en el sacramento de la reconciliación, esa palabra alcanza eficazmente nuestra propia vida. La fe en Jesucristo es portadora de esperanza.

Crucificado, muerto y sepultado

Cada Viernes Santo, los cristianos escuchamos el relato de la Pasión del Señor según San Juan. A continuación, y por tres veces, se muestra la cruz al pueblo, mientras se proclama: “Este es el árbol de la cruz, donde estuvo suspendida la salvación del mundo”. A lo que se responde: “Vengan y adoremos”. Y, así, nos acercamos a besar al Crucificado.

El rito de la adoración de la cruz es exageradamente austero, mucho más si se obedecen las normas litúrgicas que piden – por única vez – una homilía breve y canto sin acompañamiento de instrumentos: solo la voz humana para hacerse eco del Silencio de Dios. Rito austero, pero muy decidor. Como Elías en la montaña, la Iglesia en oración debe aguzar el oído para escuchar lo que susurra Dios en la muerte de Cristo; la verdadera muerte de Dios, mucho más hiriente y provocadora que la proclamada por los filósofos ateos.

Eso es el Viernes Santo. Eso indican los tres participios pasados del Credo: “fue crucificado, muerto y sepultado”. Con el verbo “padecer”, estos tres participios secuencian el misterio de la muerte como drama humano. Porque el morir es un proceso que, de alguna manera, acompaña cada segundo de la vida, y que se acelera cuando llega su hora.

Pero este morir al que se refiere el Credo no es cualquier morir. Es la muerte de un crucificado: suplicio horrendo convertido en espectáculo público. Pero no se agota aquí la originalidad de la muerte de Jesús. El que muere es el Verbo de Dios verdaderamente hecho hombre. Real fue su nacimiento de María. Reales también su pasión y muerte en cruz. Dios sabe lo que significa morir.

¿Por qué? ¿Por qué así? ¿Por qué la cruz?

El riesgo de adorar a un Dios que, de alguna forma, se complace en el dolor para aplacar su honor herido es demasiado grave como para no prestarle atención. Es comprensible y justificada la indignada rebeldía de quienes no aceptan esta imagen sádica del Dios cristiano.

Los cristianos al confesar que Jesús “padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado”, de ninguna forma estamos dando nuestro asentimiento a semejante deformación. Dios no es así. El Padre de Jesucristo no es así. En la cruz se ha mostrado como el reverso de un ídolo sediento de sangre, de sufrimiento y de muerte. Hay que dejar hablar al Silencio de Dios para comprender el misterio que está aconteciendo en el Calvario y que solo culminará en la mañana de resurrección.

Digamos algunas palabras para tratar de entrar en ese terreno sagrado que es el Misterio Pascual. Pocas palabras que nos ayuden a contemplar el amor que nos ha redimido. Pues de eso se trata: de amor, de compasión, de solidaridad.

Estas son las palabras de la Iglesia que intentan sumergirse en el misterio, como quien se deja llevar por las olas del mar: “Al fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores. Anunciada ya en el Antiguo Testamento, particularmente como sacrificio del Siervo doliente, la muerte de Jesús tuvo lugar según las Escrituras” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica 118).

Empiezo por el final: tenemos que leer y releer las Santas Escrituras. Solo ellas nos preparan – con sus palabras e imágenes como esta del Siervo sufriente – para escuchar esa gran Palabra de Dios que es la Pasión de Cristo. Palabra definitiva e insuperable. No tenemos que esperar otra palabra. Dios lo ha dicho todo, entregándonos a su Hijo unigénito que es su Verbo.

Tenemos que acompañar a Jesús hasta el sepulcro. Sentir en el alma el peso de la piedra que parece sellar para siempre su existencia. Es lo que vivió Nuestra Señora. Lo que experimentamos cada vez que entregamos a la tierra a un ser querido. Lo que hicieron las santas mujeres. Las mismas que recibirán la noticia de la resurrección. Pero, antes de hablar de esto, tenemos que animarnos al Silencio de Dios el sábado santo. Un silencio que tantas veces se hace presente en el caminar de nuestra vida. Tenemos que contemplar a Jesús descender a los infiernos.

Bajo Poncio Pilato

«La Voz de San Justo», domingo 8 de octubre de 2017

Decíamos el pasado domingo que, en el centro del Credo, “habita una mujer”. Nos referíamos, por supuesto, a María, la madre del Señor. Hoy podríamos preguntarnos: ¿qué hace en el Credo un oscuro gobernador romano del siglo primero, llamado “Poncio Pilato”?

La figura de Pilato, lavándose las manos y entregando a Jesús a la muerte, expresa la vileza de quien, por mezquindad y para cuidar sus intereses, condena a un inocente.

Esta lectura moralista, sin embargo, no es la razón de fondo. La frase completa, que repetimos cada domingo, es: “Creo en Jesucristo… que… padeció bajo Poncio Pilato”.

Nada de moralina clerical, sino el más provocador realismo de la fe en Jesús, el Cristo. Pilato está en el Credo para decirnos – o recordarnos, por si lo olvidamos – que Dios realmente se ha metido en nuestra historia. Y allí, en lo oscuro de nuestra condición humana, ha vivido su pasión por el mundo.

El que padeció “bajo Poncio Pilato” es precisamente el Verbo de Dios que se hizo hombre. Es posible datar con precisión historiográfica ese momento en el que entró en el mundo la pasión salvadora de Dios.

En 1961 fue descubierta una placa con el nombre del prefecto romano de la Judea de entonces, Pilato, dedicada al emperador Tiberio. Estamos entre los años 26 y 36 de nuestra era. Nada sabemos de él más allá de los pocos datos de los evangelios y otras fuentes extracristianas. Su biografía se pierde en la oscuridad de los tiempos. Sin embargo, esos pocos datos bastan.

Obviamente, esos datos históricos no son una prueba de que Jesús es el Hijo de Dios encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre. Tampoco que es el Salvador. No se llega a la fe en Jesucristo por un proceso lógico de deducción a partir de evidencias claras y distintas. La fe no es el resultado de una prueba de laboratorio. La fe es y permanece fe, es decir: escuchar la palabra de un testigo, reconociendo en ella el testimonio de Dios, que es Verdad y no puede engañar; y, así, entregarse a esa palabra, confiándole toda la vida y fundando sobre ella nuestra existencia.

Pero, para el cristianismo, esa Palabra habla de la entraña de la historia. Allí hay que buscar los signos de la pasión de Dios, que ha amado a los hombres hasta el fin. Es la historia de Jesús que narran los evangelios y que, con una elocuencia sin par, habla a nuestra historia real, concreta y también limitada y contingente.

El que padeció bajo Poncio Pilato tiene la capacidad de hablar a todos los hombres y mujeres que vivimos y padecemos en las circunstancias concretas de esta vida. Allí hay que buscarlo. Desde allí nos interpela, nos llama y nos anima. Desde esa realidad concreta nos alcanza su Verdad. O, como el mismo Jesús se lo dijo a los suyos: cada vez que tendieron su mano a uno de mis hermanos más frágiles (pobre, desnudo, preso, hambriento o enfermo), lo han hecho conmigo.

Una vez más, el Verbo se hizo carne… y plantó su tienda entre nosotros.

Sencillamente: «la Virgen»

«La Voz de San Justo», domingo 1 de octubre de 2017

María es sencillamente: “la Virgen”. Así la nombramos y la invocamos. Casi como otro nombre propio, que toca su misterio más profundo: su vocación y misión. María, la Virgen, es la más perfecta discípula de Cristo, imagen lograda de la Iglesia y modelo para todo cristiano. Su virginidad también habla a cada uno de nosotros. ¿Qué nos dice?

En cierto modo, la virginidad es la vocación fundamental de todo ser humano. Expresa que el hombre solo alcanza su plenitud cuando se entrega por completo a Dios. A condición de que comprendamos que primero está el Dios que se nos entrega libre y gratuitamente. La virginidad es la respuesta de la criatura al Creador que así la ha amado. Y una respuesta de amor: es don, entrega, libertad que se confía.

En algunos casos concretos, es una llamada irrefrenable que viven varones y mujeres. Por eso, renuncian al amor exclusivo de una pareja y se consagran a Dios a través del voto de virginidad. Sin embargo, quienes han sido llamados al matrimonio están llamados a darle también centralidad de Dios en sus vidas. En el don sincero de sí al otro y a los hijos, los esposos viven, a su modo, esta entrega al Dios de la vida que consagra su amor. Eso es, entre otras cosas, el sacramento del matrimonio.

Entre matrimonio y virginidad no hay oposición, sino una circularidad complementaria: la virginidad recuerda que solo Dios es absoluto; el matrimonio, que solo en el amor alcanzamos la plenitud.

En María, la “siempre virgen”, este misterio se ha realizado de manera insuperable. Cada domingo, el Credo nos lo recuerda con la evocación sencilla de la virginidad de María. María Virgen nos lleva al corazón de la fe cristiana: en ella, Dios, y solo Él, ha llegado a ser “el artífice del giro de los tiempos, de la salvación del hombre” (Bruno Forte). En su vientre comienza a nacer el Hombre nuevo y definitivo: Jesucristo.

La virginidad de María nos recuerda así que el amor de Dios siempre se adelanta y, con su libertad soberana, pone en marcha la historia de los hombres. En la raíz de todo está el amor gratuito de Dios. Dios es Gracia: amor, se dona, libera y hace crecer. Pero también, la virginidad de María nos recuerda que la única respuesta adecuada a este don es retribuirle con la misma moneda: amor con amor se paga.

Inspirándose en las Escrituras, la Iglesia siempre ha visto en la virginidad de María la expresión acabada de una fe íntegra, libre y personal. Esa es la entrega confiada a la que cada bautizado está llamado a realizar en su existencia concreta.

El domingo pasado decíamos que, de los escritos del Nuevo Testamento, emerge la figura de María con un rasgo dominante: habla poco, escucha y contempla. Hoy matizamos esta afirmación al decir que habla poco, salvo en una ocasión: cuando canta el Magnificat (Lc 1,46-55). Ese canto expresa el alma creyente de la Virgen. Es la imagen más lograda de María: una mujer joven, embarazada y cantando la misericordia de Dios que se hace presente en la historia de su pueblo. Esa ha sido su experiencia vital.

La virginidad de María nos habla poderosamente. Especialmente hoy. ¿Qué nos dice? Entre otras cosas, que en la raíz de la vida está la gratuidad, porque la vida misma es don de Dios. Que Dios es misterio de amor y de vida, que siempre nos está esperando; que, además, ha dado el primer paso y se ha acercado a nosotros, dándonos su Hijo que es su Palabra.

Que a esta Palabra la podemos escuchar, porque hemos sido creados para ser sus oyentes. Que su Espíritu está siempre alentando para que no nos cerremos a esa Palabra, sino que nos abramos, acogiéndola como luz para nuestra vida.

Que «usar», «producir» y «consumir» son verbos que valen para muchas cosas, pero que «recibir» y «darse» generosamente, sin esperar retribución, son los verbos de la vida cumplida.

Y lo son, porque que vienen del corazón mismo del Dios amor.

Nació de Santa María Virgen

«La Voz de San Justo», domingo 24 de setiembre de 2017

“Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer…” (Gal 4,4).

En el centro del Credo habita una mujer. No una idea abstracta o un ideal romántico, sino una mujer de carne y hueso. Los cristianos no podemos prescindir de esta mujer. Si la encarnación es irreversible, su maternidad también lo es.

Sus rasgos emergen en los evangelios. Casi no pronuncia palabra, aunque sus silencios valen por mil discursos. Reléanse, si no, los relatos en que aparece. La pasión y muerte de Jesús, por ejemplo. Y preguntémonos: ¿Por qué no podemos dejar de contemplarla, especialmente si calla y casi no hace nada, solo mirar y repasar en sus entrañas lo que vive tan intensamente?

Esa mujer tiene cuerpo, sentimientos e historia. Tiene, por supuesto, un nombre: María de Nazaret. Después de Jesús es el más evocado e invocado.

Inspirándonos precisamente en los evangelios, los cristianos la llamamos: “Madre de Dios”. ¿No es demasiado? Este atrevido realismo es, en verdad, un eco pálido de la osadía del mismo Dios que, como canta la liturgia, “no desdeñó el seno de una virgen” para salvar al hombre. ¿Y quién le puede dictar razones de amor al Creador así enamorado de su creatura?

Siempre ha costado aceptar que el Verbo de Dios haya nacido de una mujer y realmente haya experimentado la muerte. La creación “no puede soportar la mano de Dios”, afirmaba en el siglo IV el presbítero Arrio de Alejandría. Este Dios tan sublime no podía mezclarse con el barro de la condición humana. ¿El resultado final de semejante explicación? Dios sigue en su cielo y nosotros aislados en nuestro valle de lágrimas.

En cambio, la fe cristiana va en la dirección opuesta. Cuando esa mujer ha dado su consentimiento al plan de Dios, ha comenzado a crecer en ella, y para siempre, la más inaudita comunión entre Creador y creatura. “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).

El Dios que nos ha mostrado Jesús, el hijo de María es así de concreto. Huye de abstracciones y esquemas rígidos. Sorprende siempre. Y nos ha dado la sorpresa más grande: ser concebido y dado a luz por una mujer. Si nos resulta difícil digerir esta humanización de Dios, dejemos entonces hablar a los artistas y místicos cristianos. Ellos celebran el vientre de María como el tálamo en el que se ha consumado el desposorio entre Dios y la humanidad. Esta santa osadía es puerta entreabierta que invita a pasar para llegar a la luz.

Relatos mitológicos de seres divinos que embarazan doncellas existen en todas las culturas. Aquí, sin embargo, hay algo muy distinto. En la humanidad femenina de María, el Espíritu creador de Dios ha realizado una obra admirable. Ha puesto en marcha una nueva creación que comienza a crecer en el vientre de esta joven mujer.

Jesús, el Hijo de Dios, nació de ella. Ella es su madre, y Él realmente hijo suyo. Toda concepción implica, desde el principio, una verdadera revolución en el cuerpo, las emociones y la psique de la mujer. ¿Podría ser para menos? Cuando una mujer concibe, comienza a crecer en ella un ser humano único y original. ¡Una persona singular e irrepetible! Aquí, el hijo de María es el Hijo de Dios hecho hombre. Revolucionó la vida de su joven madre para transfigurar el camino de toda la humanidad. Su meta final: la resurrección.

Confesar que Jesús “nació de Santa María Virgen” es poner palabras a esa maravillosa experiencia. Nos habla del Dios amor que busca hacerse compañero de camino del hombre para salvarlo. Nos habla de esa mujer que, confiando y amando, le hizo espacio en su alma y en su cuerpo. Y, por eso, nos habla de la dignidad de toda mujer y de las posibilidades de la humanidad, tal como solo Dios puede potenciarlas. Necesitamos seguir hablando de esto.

Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo

 

«La Voz de San Justo», domingo 17 de setiembre de 2017

¿Tiene sentido seguir diciendo que Jesús nació de una madre virgen? ¿No es esta una afirmación mitológica que despierta más bien burla que una gozosa adhesión de fe? ¿No expresa además un intolerable desprecio por la sexualidad afirmar que Jesús no es fruto de la unión sexual de un hombre con una mujer? ¿No lo aleja de nosotros y, por tanto, diluye la humanidad de la encarnación?

Sin embargo, cada domingo, la Iglesia confiesa su fe en la concepción virginal de Cristo con estas palabras: “Creo en Jesucristo… que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nación de Santa María Virgen”. Y son palabras que vienen de los evangelios: “María, su madre…concibió un hijo por obra del Espíritu Santo”, afirma Mateo (Mt 1,18). Y San Lucas: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti (María) y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35).

Las críticas arriba señaladas acompañan a los cristianos desde siempre. También desde sus orígenes, la Iglesia se ha sentido llamada a mantenerse fiel a la Palabra de Dios. En la Roma del siglo III, por ejemplo, el que iba a ser bautizado era así interpelado por el obispo: “¿Crees en Jesucristo, el Hijo de Dios, que nació de María Virgen por obra del Espíritu Santo?”.

Estamos en el corazón de la experiencia cristiana. Es una afirmación que toca el núcleo mismo de nuestra fe en Jesús como Salvador de los hombres. ¿Cuál es su significado?

Comparto la opinión de quienes señalan que, si Jesús hubiera nacido como fruto de la unión sexual de sus padres, este hecho no impediría la encarnación. Sin embargo, la afirmación de su concepción virginal está ahí como un dato concreto de la fe. Me animo incluso a decir: como un dato testarudo y siempre provocador. No se lo puede reducir a mito, ni tampoco a una bonita afirmación simbólica. Es un signo, sí, y muy poderoso y decidor. Y lo es, porque echa raíces en la realidad concreta de la historia que protagonizan María y José. Dios siempre habla, interpela y salva desde historias humanas concretas, imprevisibles y abiertas a la acción de su Espíritu creador.

El Dios siempre sorprendente que creó todo de la nada, cuando el mundo parecía perdido irremediablemente, nos dio la mayor sorpresa de todas: se abajó y despojó de su gloria y “tomó la forma de esclavo, pasando por uno de tantos”, como afirma San Pablo (cf. Flp 2,6-11). Sí, Dios se embarró… De esa forma hacía resplandecer la luz de su divinidad que es amor compasivo y gratuito. Es el Dios libre, cuya libertad es tan sabia, creativa e inteligente como bondadosa y confiable.

Que el Verbo haya hecho uno de nosotros, por obra y gracia del Espíritu Santo es signo de ese amor gratuito, libre y sorprendente de Dios. ¿Podría haber sido de otra forma? Sí, claro. Pero, interviniendo así en la historia humana, Dios ha querido subrayar que Jesús, nacido de María Virgen y resucitado del sepulcro por el poder del Espíritu, es un nuevo comienzo para la humanidad. Nos amó primero. Nos primereó, como dice Francisco. Da el primer paso para crear, salvar y humanizar, como ha remarcado en su reciente viaje a Colombia.

El poder que interviene en la concepción virginal de Cristo es el Espíritu creador del Padre. El mismo que hizo surgir todo de la nada y que, en la plenitud de su manifestación, arrancó a Cristo de los brazos de la muerte en la resurrección.

María, la Virgen, es el signo viviente de cómo la humanidad ha sido convocada para acoger y hacer suyo este don supremo del Dios amor. Dios quiso contar con su libertad, como también con la nuestra.

Ella nos ayuda a comprender mejor el sentido profundo de la fe que confiesa con gozo, pero también con provocativa valentía: “Creo en un solo Señor Jesucristo…que, por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre” (Credo niceno constantinopolitano).

El próximo domingo retomamos el tema.

La picardía del Señor Brochero

«La Voz de San Justo», domingo 10 de setiembre de 2017

Camino, palabra y pan. El domingo pasado, y con la ayuda de estas tres palabras tomadas del relato de Emaús, trataba de ilustrar la experiencia de la fe como encuentro con Jesucristo.

Este domingo, las mismas palabras me ayudan desentrañar la experiencia vivida en la semana. De martes a jueves, seiscientos sacerdotes y obispos argentinos nos reunimos, como cada tres años, en Villa Cura Brochero, para el VIII Encuentro Nacional de Sacerdotes. El primero después de la canonización del Santo Cura.

Comparto con ustedes algunas vivencias que todavía dan vueltas por el corazón. Me ayudan estas tres palabras, aunque en orden inverso.

Primero, el pan. Al caer la tarde de este jueves, y cuando ya la mayoría de los curas estaban de regreso a sus hogares, me fui despacito a la casa donde murió Brochero. En realidad, quería comprar algunos objetos piadosos. Ya la conversación con la señora que me atendió fue más allá del formal intercambio entre vendedor y cliente. Mientras elegía algunas medallas e imágenes, la fe compartida por ambos fue el clima para que abriéramos nuestros corazones para reconocer la profundidad de lo vivido.

Conclusión: terminé en la piecita donde murió el Cura. Recé las vísperas ayudado de mi celular. El silencio hacía aflorar y fluir la oración en la que se entremezclaban rostros, vivencias, penas y alegrías.

El ambiente está dominado por una gigantografía de la foto que muestra a Brochero yacente, revestido con los ornamentos de la Misa, en lo que fue la capilla ardiente de su velatorio. No podía dejar de sentirme atraído por esa imagen. Ahí estaba el pan sobre el que había escrito. Era Brochero, hecho pan. Como Jesucristo en la hora de su Pascua. De ese pan sabroso, recién salido del horno, habíamos podido comer esos días. El aroma de santidad de Brochero había sido – una vez más – imposible de resistir.

La “vida pobre y entregada” del Santo Cura era el pan en el que habíamos experimentado la presencia de Cristo resucitado. El pan del Evangelio. El pan criollo del amor de Jesús en la vida de un cura que no vivió para sí mismo, sino para los demás.

Esa piecita vale por una basílica. Allí Brochero, ciego y leproso, al final de su camino terreno, se hacía leer el Evangelio. Su camino, ahora más interior e íntimo que los ajetreados caminos recorridos por el apóstol, quedaba iluminado por la Palabra de Jesús que resonaba en él con una dulzura y fuerza de persuasión cada vez más fuertes. Allí, ayudado por su lazarillo, celebraba la Misa, repitiendo las palabras sagradas: “Esto, mi Cuerpo entregado… mi Sangre derramada”. Y, como ocurre con toda vida sacerdotal lograda, el sacramento se iba fundiendo y confundiendo con la propia existencia.

La Argentina de hoy es muy distinta de la que conoció Brochero. También la Iglesia y el modo de ser curas. Sin embargo, los caminos de seiscientos pastores de Argentina se entrecruzaron con el camino de este cura cordobés. Y, así, Emaús volvió a echar luz: Jesús sigue caminando con nosotros, tocando nuestros corazones con su Presencia e iluminando nuestras mentes con su Palabra.

Nos volvimos con más ganas de ser curas para nuestro pueblo. Y Brochero, contento. Muy contento. Su picardía cordobesa y serrana, potenciada por el Evangelio, nos había conquistado, como supo hacerlo con tantos y tantas que, de su mano, encontraron a Cristo en los Ejercicios espirituales.

Sí. Nos volvimos con más ganas de ser curas, pero, sobre todo, de ser mejores cristianos. Le doy gracias a Dios… y a la santa picardía del Señor Brochero.