Misa por la Patria

Iglesia Nacional Argentina de Roma – 25 de mayo de 2023

A las puertas de Pentecostés. esta es nuestra súplica: “Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz.”

Y, en este 25 de mayo, desde este rincón romano teñido de celeste y blanco, imploramos el soplo del Espíritu para la Patria y la Patria grande de América. 

Los argentinos y argentinas necesitamos ese aliento vivificante para el alma generosa de nuestra Argentina, tan amada y soñada como pensada y sufrida; para la Argentina que se visibiliza de tantas formas, pero también para aquella “Argentina secreta” que evocaba Mons. Vicente Zaspe en días difíciles, la que trabaja, sueña y empuja en silencio la vida. 

¿Brisa suave o viento impetuoso? El Espíritu es libre, dejemos que Él decida. Nosotros perseveremos en la plegaria: “Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos.”

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“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Jn 17, 21).

Jesús suplica al Padre para sus discípulos el mismo grado de comunión que viven las Personas divinas. Ese es su “sueño” para la familia de sus discípulos: la Iglesia. Una Iglesia siempre en agonía por la unidad, pero también acicateada por un mundo con hambre de esperanza. 

Inspirándonos en esta oración del Señor, nos animamos a implorar para nuestro pueblo argentino una renovada experiencia de concordia y convivencia.

Sabemos que no podemos trazar una línea directa entre la unidad que Jesús suplica para sus discípulos y la realidad compleja de la sociedad secular. La sana laicidad, que conjuga autonomía y cooperación entre Iglesia y comunidad política, es un principio de civilización que, como católicos, tenemos que cuidar. 

Es garantía de libertad para todos: para los ciudadanos libres y la sociedad plural, para la comunidad política (estado y gobierno) y para la misma comunidad eclesial.

Los ciudadanos tenemos siempre el desafío de buscar el bien común con inteligencia y responsabilidad, a través del ejercicio paciente y arduo de las virtudes de la prudencia y la fortaleza, la justicia y la templanza. A los cristianos, la fe no nos ahorra ese esfuerzo, ni lo sustituye ni invalida; sino que lo inspira, purifica y anima. 

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La comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo está en el centro de nuestra confesión de fe bautismal. Ella es también un modelo inspirador para la construcción del orden social más justo posible, aquí y ahora, siempre desafiante y nunca acabado del todo.

Es la unidad que surge de la comunión, no de mortificar las diferencias, anulando la pluralidad; sino la unión que nace de la integración de personas libres que se reconocen tan diversas como semejantes, iguales en dignidad y llamadas a la fraternidad, la convivencia y la amistad social.

El papa Francisco, con el Evangelio en el corazón y en los labios, le da un precioso nombre: FRATERNIDAD, una patria de hermanos y hermanas en un mundo de hermanos y hermanas. 

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Hace cuarenta años, los argentinos salíamos de la noche oscura de la violencia política, cuyo ápice fue el terrorismo de estado. Y lo hicimos, porque logramos madurar como pueblo y sociedad, con el enorme sufrimiento de muchos, un consenso en torno a algunas grandes verdades compartidas: ante todo, la dignidad de la persona humana, imagen de Dios, y la plena vigencia de sus derechos y deberes; pero, también, la elección de la democracia como sistema en el que prima el estado de derecho, la participación ciudadana y la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas. 

Esos consensos expresaban un sueño común, el que venimos alentando desde el inicio de nuestro camino como pueblo libre. En la Oración por la Patria le hemos puesto palabras de anhelo y de ruego: ¡Queremos ser Nación!

Y hemos logrado mantener ese sueño y esos consensos a lo largo de estos años, superando crisis agudas y momentos de verdadera zozobra. Es un logro del entero pueblo argentino: la democracia es el modo de encauzar los conflictos que forman parte de la vida ciudadana. Su institucionalidad siempre es frágil, perfectible y necesitada de hombres y mujeres -no solo de dirigentes- con vigor moral para sostenerla. Hace cuarenta años elegimos ese camino como pueblo.

La Constitución, ley fundamental de la Nación que tan lúcidamente promovió el beato obispo Mamerto Esquiú, plasma por escrito ese sueño y esos consensos. Ella es un punto fundamental de convergencia de mentes, voluntades y corazones. 

La Argentina de hoy es mucho más diversa y plural que hace cuarenta años. O, tal vez, hoy somos más conscientes de que no podemos perseguir un sueño común, dejando de lado personas, grupos o tradiciones culturales, religiosas y espirituales que han contribuido, de hecho y de derecho, al progreso del país. 

En el núcleo ético de la democracia está la aceptación sin reservas de esta legítima pluralidad de miradas y perspectivas que conviven en el espacio común de la Nación. 

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La Facultad de Teología de la UCA acaba de publicar, recogiendo un pedido del Episcopado, los dos primeros volúmenes de la obra colectiva: “La Verdad los hará libres”. Un tercero viene en camino.

Es una obra formidable. Merece una lectura atenta. Los obispos queremos tomar de ella impulso para seguir buceando en nuestra historia reciente con humildad y genuino profetismo. 

Significa un logrado esfuerzo para revisar nuestra historia reciente, especialmente los años oscuros de la violencia política: cómo vivieron, sintieron y actuaron los diversos sujetos que componen la Iglesia en Argentina, con qué ideas, pasiones y decisiones. Y de una comunidad de creyentes inserta y partícipe de una sociedad atravesada también por enormes tensiones, conflictos e intereses. 

Permite asomarnos al sufrimiento de tantos hermanos y hermanas nuestros que fueron víctimas de aquel espiral de violencia. Como obra científica no juzga, sino que expone los hechos, pero no queda (ni deja) indiferente frente a tanto dolor, cuyas heridas siguen abiertas en cada familia que llora a una víctima o sigue queriendo saber la suerte de sus seres queridos desaparecidos. 

Es un paso decisivo de “memoria penitencial” del catolicismo argentino, y que permitirá a las nuevas generaciones de pastores, laicos y consagrados vivir más evangélicamente el servicio al bien común que brota de nuestra fe cristiana.  

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Así como hemos sostenido en el tiempo la institucionalidad democrática, hemos de reconocer también que tenemos pendiente nuestra deuda más dolorosa: la pobreza que afecta especialmente a tantos niños, adolescentes y jóvenes argentinos. Es decir: el futuro, ya ahora, nos planta cara y nos desafía con agudos interrogantes: 

¿Qué decisiones tomaremos? ¿En qué dirección vamos a caminar? ¿De qué instrumentos echaremos mano? ¿Qué clase de dirigentes políticos, sociales, económicos y espirituales queremos ser? ¿Qué estilo de convivencia vamos a promover los ciudadanos?

La fe cristiana no tiene “respuestas enlatadas” para estas preguntas. Eso sí, nos ofrece la fuerza purificadora de la Pascua de Jesucristo actuada por el Espíritu para no dejarnos ganar por la mediocridad, el sectarismo o la estrechez de miras. 

El Espíritu abre la mente y enciende los corazones para que miremos lejos y en profundidad, mortifiquemos nuestra concupiscencia y nos decidamos por el bien grande de todos, especialmente de las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo.

Por eso, desde aquí, donde el sucesor de Pedro confiesa la fe en Jesucristo con acento argentino y melodía porteña, invoquemos juntos el don del Espíritu de Jesucristo para cada uno de nosotros.

Y que la Virgencita de Luján, vestida de celeste y blanco, nos vuelva a ilusionar con la Patria de hermanos y el bien común. 

Amén. 

Estoy con ustedes

«La Voz de San Justo», domingo 21 de mayo de 2023

«Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo».» (Mt 28, 18-20)

“No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes» (Jn 14, 18), escuchábamos a Jesús el domingo pasado, despidiéndose de sus discípulos. Atajaba así los sentimientos de tristeza y desazón que comenzaban a despuntar en sus corazones, al ver que Jesús les anunciaba su partida.

Y hoy, celebrando la Ascensión del Señor, más que nunca estas palabras se vuelven actuales. En cierto modo se esclarecen al escuchar la gran promesa que cierra el evangelio de hoy: “Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos […] Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19.20).

Esta es la gran experiencia que tienen las comunidades cristianas: “Estoy con ustedes”. ¿Cómo experimentamos esta presencia? No de una manera estática, durmiéndonos en los laureles, sino cumpliendo el mandato misionero: poniéndonos en camino para que todos se conviertan en discípulos de Jesús. 

De labios del Señor tomamos las palabras que resuenan cada vez que celebramos el sacramento que nos sumerge en la vida y la alegría de Dios: “Yo te bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

«Señor Jesús: Estás con nosotros en el camino de la vida. Te descubrimos en la misión de cada día. Tu Evangelio es luz de esperanza. Es palabra de verdad que nos enseña a vivir. Aquí estamos: ¡envíanos! Amén.»

¡Ven, Espíritu Santo!

«La Voz de San Justo», domingo 14 de mayo de 2023

“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.” (Jn 14, 15-18).

El cuarto evangelista escribe su evangelio a una comunidad que experimenta la hostilidad del ambiente en el que vive. Busca abrirles los ojos para que reconozcan que Jesús, el Señor, no los ha dejado huérfanos, a la deriva o a merced de los poderes del mundo. Él está, y su presencia es aún más intensa que antes. Esa es precisamente la misión de aquel “otro Paráclito”, el Espíritu Santo: hacer presente a Jesús.

¿Qué quiere decir: “Paráclito”? Literalmente indica a aquel que es llamado para estar junto a nosotros. Evoca la imagen del abogado que, en el juicio, se ubica al lado del reo, su defendido. La imagen es elocuente: el Espíritu está siempre junto a los discípulos para consolarlos, defenderlos y animarlos en las diversas situaciones de la vida.

Lo llama también: el Espíritu “de la Verdad”, porque su misión es recordar y hacer comprender cada vez más hondamente el mensaje de Jesús. O, expresándolo mejor: la Verdad que es Jesús en persona: camino, verdad y vida.

“Señor Jesús: No nos has dejado huérfanos. Lo sabemos y lo creemos. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, nos dejamos ganar por el desaliento, la tristeza o la impotencia. Es entonces que tu Espíritu obra en nosotros con más fuerza. A las puertas de Pentecostés, alentados por tu promesa, lo invocamos sobre nosotros y sobre el mundo entero: ¡Ven, Espíritu Santo! Amén.”

Fiesta Patronal Diocesana 2023

Homilía en la catedral de San Francisco en las vísperas de la solemnidad de Nuestra Señora del Rosario de Fátima – Viernes 12 de mayo de 2023

“Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!».” (Lc 11, 27).

¡Qué precioso elogio de esta mujer del pueblo a Jesús! ¡Nos representa a todos nosotros!

Admirada por las palabras sencillas y a la vez tan sabias del Señor, podemos conjeturar que seguramente habrá pensado: cómo será la madre si el hijo es cómo es y habla cómo habla. De tal palo, tal astilla, diríamos nosotros.

Lo cierto es que Jesús hace suyo el piropo de esta buena señora, dándole también un giro de precisión y belleza evangélica: “¡Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican!” (Lc 11, 28).

Ambas bienaventuranzas son justas, acertadas y se reclaman mutuamente.

En las palabras de aquella mujer y, sobre todo, en las del Señor escuchamos el eco de la bienaventuranza que, al inicio del evangelio, le dirigió Isabel, en cuyo vientre había saltado de alegría Juan el precursor: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.” (Lc 1, 45).

María es feliz porque ha concebido y dado a luz a su Hijo, por obra del Espíritu. Porque lo ha amamantado, dándole de su propia vitalidad humana, para que crezca en su cuerpo y en su alma.

Es la alegría que experimenta toda mujer madre, tanto si lo es porque ha engendrado y dado a luz a un hijo de sus entrañas; como si lo ha hecho espiritual y afectivamente, como ocurre en la adopción o en la docencia.

Es la alegría de la Iglesia madre que, predicando la Palabra, a través de la catequesis de iniciación y los sacramentos que la coronan, engendra hijos e hijas para el cielo. Es la alegría de preparar, cada domingo, la mesa del banquete de bodas del Cordero, a la que nos acercamos con fe para alimentarnos con el Pan de los ángeles que los es también de los peregrinos.

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María es bienaventurada porque ha aprendido a escuchar la voz de Dios con tal calidad de escucha, que esta es inseparable de su vida: escucha y pone en práctica.

Solo cuando el Evangelio es llevado a la vida concreta, a los sentimientos y pensamientos, a las opciones que determinan la vida, a las actitudes y a los hechos, terminamos realmente de escuchar la voz de Dios.

Solo el Evangelio vivido -las bienaventuranzas, el amor al prójimo o el servicio a los pobres, por ejemplo- nos permite escuchar realmente la voz de Dios.

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Nuestra Iglesia diocesana sigue transitando su camino sinodal. Juntos estamos comenzando a caminar la ESCUCHA de la Palabra del Señor.

Es tiempo de oración y de profunda docilidad al Espíritu.

Es tiempo también de una fuerte gracia de conversión: escuchar y llevar a la vida.

María viene a caminar con nosotros, a alentar nuestra esperanza y a enseñarnos el arte de la escucha con el corazón en ascuas.

¡Hay tantas voces dentro y fuera de nosotros! ¡Tantas voces en la Iglesia, en el mundo, en nuestro interior! En ocasiones son susurros sugestivos; otras veces, gritos desgarradores o insultos que nos dejan inquietos. Quisiéramos ser parte de un coro armónico, pero, en demasiadas ocasiones terminamos viviendo en un caos de bulla y desorden.

Sin embargo, el Espíritu Santo, como la brisa suave que acarició los oídos de Elías, se sigue haciendo sentir en medio de todo ese ruido.

Solo quiere de nosotros que seamos como María. O que nos dejemos conducir por nuestra Madre y también maestra espiritual para que abramos los oídos para escuchar su voz.

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En la Carta pastoral de inicio de año les proponía tres dimensiones de la única escucha de la voz del Señor: la oración contemplativa, la escucha de los hermanos y, de manera especial, la escucha de los más alejados.

María nos ayuda a transitar esos senderos, a entrar en esa experiencia intensa de escucha.

Como buena catequista y maestra de coro, nos enseña a afinar el oído para que escuchemos la armonía completa, y no nos perdamos toda la riqueza de la voz del Señor.

Tenemos que motivarnos mutuamente para entrar en esta dinámica de escucha. Es posible que nos hayamos acostumbrado a hablar, a responder, a refutar o contradecir, más que a escucharnos unos a otros.

En breve vamos a entrar en el camino bello, pero también exigente de la “conversación espiritual”.

Lo haremos en distintos momentos, respetando el ritmo de nuestro propia andar y ayudándonos a caminar juntos también en esta experiencia espiritual.

La conversación espiritual supone, ante todo, la hondura de nuestro propio camino de fe, de nuestra perseverancia en la oración contemplativa, silenciosa y prolongada. Sin esta experiencia de base será muy difícil avanzar.

Supone también el gusto por el silencio, tan complicado en el mundo de ruidos en el que vivimos y en el que nosotros mismos nos sumergimos. El silencio exterior e interior es imprescindible para toda forma de escucha y discernimiento, tanto personal como comunitario.

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Entramos a este camino de Iglesia-familia en un tiempo muy duro para nuestro pueblo. A cuarenta años de haber salido de la noche oscura de la violencia política y el terrorismo de estado, el modo cómo hemos llevado adelante nuestra democracia tiene muchas deudas.

Es lógico que estemos insatisfechos con nosotros mismos y con nuestros dirigentes. El empobrecimiento de la política argentina con sus gritos y liviandad corre pareja con la pobreza que angustia a tantas familias y, sobre todo, a niños y adolescentes. El futuro nos planta cara.

El desánimo golpea la puerta, y con él, el peligro de dejarnos nuevamente llevar por arrebatos. Como discípulos de Jesús no tenemos escapatoria: aquí y ahora tenemos que vivir la radicalidad del Evangelio que nos invita a la reciedumbre de la esperanza.

Como escribía en los duros años setenta el siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio: “Jesús no anula los tiempos difíciles. Tampoco los hace fáciles. Simplemente los convierte en gracia. Hace que en ellos se manifieste el Padre y nos invita a asumirlos en la esperanza que nace de la cruz.”

De la mano de María, que camina con nosotros y alienta nuestra esperanza, dispongámonos para toda obra buena.

Amén.

¿Cómo vivir tiempos difíciles y conflictos?

A raíz de una entrevista que me hiceron días pasado en Radio María Argentina les comparto estas reflexiones personales. Vivimos tiempos complicados y sobrecargados de tensiones. ¿Cómo los encaramos los discípulos de Jesús?

Abajo les dejo un texto inspirador: la «Meditación para tiempos difíciles» del siervo de Dios cardenal Eduardo Pironio. Se puede descargar.

Educar para la democracia

La revista de CONSUDEC publicó este artículo mío en su edición de abril pasado.

Voté por primera vez aquel 30 de octubre de 1983. Tenía diecinueve años y cursaba segundo de filosofía en el Seminario. Tiempo después, en mi parroquia de origen, leí el “Nunca Más” de la CONADEP. El recuerdo de estos hechos y, de manera especial, el ambiente efervescente que los rodeaba sigue vivo en mi memoria, ahora que estoy arañando los sesenta años.

Evoco estos recuerdos porque -a mi criterio- muestran un consenso de fondo al que arribamos buena parte de los ciudadanos argentinos saliendo de la noche oscura de la dictadura. Ante todo, la elección de la democracia y del orden constitucional para la construcción del futuro compartido. El consenso en torno al “Nunca Más” supone también el rechazo de la violencia política como forma de dirimir los conflictos que atraviesan la vida ciudadana. En positivo: apostar por una cultura democrática asentada en el reconocimiento de la dignidad de la persona y los derechos humanos.

A cuarenta años de distancia, y con la responsabilidad episcopal a cuestas, no puedo dejar de preguntarme por el estado de salud de este consenso, sobre todo, mirando a las nuevas generaciones.

La buena salud de una sociedad supone que, de tanto en tanto, los pueblos tengan que volver a elegir los grandes valores éticos de la justicia, del bien y de la convivencia. Cada generación está siempre ante la decisión, nunca realizada del todo, de elegir el mejor orden justo posible para la edificación de la convivencia ciudadana y la consecución del bien común.

Estos grandes valores están siempre delante de la conciencia, reclamando ser reconocidos como verdaderos. Reclaman también la elección de la libertad de personas y grupos concretos, frágiles y situados en contextos también concretos y limitados. Reclaman el trabajo virtuoso de la paciencia y la perseverancia. El bien y la verdad solo se poseen cuando se los elige y, sobre todo, cuando se busca realizarlos en la propia vida.

Los consensos en torno a los grandes valores son tan importantes como frágiles, sobre todo, cuando, como ocurre hoy (y no solo en Argentina), la crisis de la representación política y del mismo sistema democrático, hace que vuelvan a ofrecerse los atajos de solucione simples a problemas complejos. Me refiero a los populismos, tanto de izquierda como de derecha. El papa Francisco ha hecho un lúcido examen de este preocupante fenómeno en Fratelli tutti. La decepción y el escepticismo que ya gravitan en algunos ambientes abren la puerta a la tentación de nuevas formas de autoritarismos. ¿Cómo impacta todo esto en los jóvenes?

La complejidad y pluralidad de la sociedad argentina es, hoy por hoy, mucho mayor que aquella de hace cuarenta años. El desafío de reavivar nuestros grandes consensos, como a los que aludí, se vuelve más acuciante. En aquel 1983, el consenso en torno a la democracia y el imperio de la ley, los derechos humanos y el rechazo de la violencia política aunaron razones y motivaciones, emociones y pasiones. Lograron convocar a buena parte del pueblo argentino. Y, por eso, pusieron en marcha un proceso virtuoso que se ha mantenido en el tiempo. Que, con sus más y sus menos, nuestra institucionalidad haya sorteado pruebas muy duras (la gran crisis de 2001, por ejemplo), son aspectos que no podemos dejar de reconocer. Es un gran logro del pueblo argentino.

En el núcleo ético de la democracia está el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes. De aquí se deriva también el reconocimiento de la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas. Esto supone, para la escuela católica, el desafío de preparar a niños y adolescentes para una cultura democrática asentada sobre el respeto por el otro. Toda forma de divergencia o disenso tiene su lugar en ese espacio generoso que supone respetar al otro como un semejante, aunque no se compartan con él ideas o valores. 

La escuela católica tiene que mirar de frente este desafío. Y encararlo desde la riqueza del humanismo cristiano que es la enseñanza social de la Iglesia. En el Evangelio encontramos ese conjunto de razones y motivaciones que pueden conquistar el corazón de las personas, especialmente de los niños y jóvenes que pasan por nuestros espacios educativos. La persona de Jesús, su verdad y belleza, está ahí, intacta, viva y presente, cautivando corazones, convenciendo con su luz propia y encendiendo corazones con el fuego del Espíritu. Es el activo pedagógico más grande de la escuela católica que educa evangelizando y evangeliza educando.

En la Oración por la Patria le hemos pedido al Señor la “pasión por el bien común”. Seamos pues apasionados, con la pasión del Evangelio: pasión por Dios, por la verdad integral del ser humano, por los pobres, que son sacramento de Cristo, y por el bien común. 

Ver a Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 7 de mayo de 2023

“Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?»” (Jn 14, 8-10).

Ya Moisés había formulado una pregunta como la de Felipe. En un momento de verdadera osadía, le había dicho al Señor: “Por favor, muéstrame tu gloria” (Ex 33, 18). La petición dará lugar a una de las escenas bíblicas más bellas: Dios pasa delante de su amigo Moisés, dejándole ver sus espaldas, no su rostro, “porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo” (Ex 33, 20). 

Lo que deseó Moisés lo consiguió Felipe. Y todos nosotros si nos abrimos con fe al mensaje del Evangelio: quien ve a Jesús, ve en él al Dios vivo y verdadero, a Aquel que es Padre y nos da el Espíritu. 

Vemos a Jesús al leer con fe los evangelios. Vemos a Jesús al acercarnos y vivir, también con fe -y una fe viva- la Eucaristía y los sacramentos. Vemos el rostro de Jesús en los rostros de nuestros hermanos, especialmente los pobres y de tantos heridos de la vida. 

Antes que una doctrina, una serie de preceptos morales a cumplir, o una sabiduría de vida, el cristianismo es la experiencia de este encuentro con la Persona de Jesús, el Señor. 

“Señor Jesús: nos has dicho que no nos inquietemos; que creamos en Dios, tu Padre, y también en vos. Especialmente en las horas inquietas de nuestra vida, sentimos el deseo de ser alcanzados por la luz de tu Rostro. Abre nuestros ojos para que podamos contemplarte y reconocerte. Amén”.

Hacia la tierra de la libertad

“Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” (Jn 10, 9-10).

El encuentro con Cristo y su Evangelio es una experiencia de libertad. A lo largo de los tiempos, Jesús ha regalado al mundo hombres y mujeres profundamente libres, genuinos, auténticos. Este es el fruto más precioso y duradero de la fe cristiana, allí donde se la vive en serio. 

Jesús es puerta abierta y también el pastor que llama, cuida y conduce: «Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.» (Jn 10, 10). Solo hay que dejarse guiar por Él. 

La fe es siempre un camino, un viaje, un éxodo. Jesús nos alcanza en el punto del camino en que estamos; nos acepta como somos, pero no nos deja simplemente ahí. Nos saca de nuestros encierros y esclavitudes, y nos lleva a la tierra de la libertad: la comunión con Dios, su Padre. 

Cada año, en este cuarto domingo de Pascua, los católicos celebramos la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones. Pedimos que cada bautizado descubramos nuestra vocación y misión. Suplicamos que no falten sacerdotes, diáconos, catequistas, evangelizadores. Porque el Evangelio de Cristo tiene que seguir llevando libertad, esperanza y alegría a los corazones. 

“Señor Jesús: Vos sos la Puerta abierta, amplia y generosa que nos permite salir de nuestras esclavitudes, encierros y rigideces. Escuchando tu voz de buen Pastor emprendemos ese éxodo fatigoso y fascinante que nos lleva a la tierra de la libertad, en la que Vos vivís: la comunión con tu Padre en el Espíritu Santo. Amén.”

Caminantes

«La Voz de San Justo», domingo 23 de abril de 2022

“Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. […]” (Lc 24, 28-29).

El evangelio de los peregrinos de Emaús de este domingo (cf. Lc 24, 13-35) nos muestra lo que, desde siempre, es la fe cristiana: experiencia de camino y presencia; de palabra, encuentro y misión. Y, en el centro de todo, la persona de Jesús, el Señor. 

Los discípulos desandan el camino de Jerusalén a su pueblo. En realidad, es la imagen de una expectativa frustrada; legítima, pero incompleta: esperaban un mesías político, y Jesús terminó ajusticiado como ladrón. 

Sin embargo, no todo está dicho. En esa historia de dolor y frustración, algo importante se les ha pasado. Jesús se encargará de hacérselos ver: de la mano de las viejas Escrituras de Israel, tantas veces escuchadas, les mostrará que, en ese drama de pasión, Dios estaba realizando su plan de salvación. 

El relato nos enseña que un creyente no puede hacer lecturas apresuradas de la vida. Siempre hay que caminar, dejando espacio para que el Peregrino nos diga cómo Dios ve y hace las cosas; como Él las sabe hacer, no como nosotros lo imaginamos. Y termine despertando la misma plegaria que hizo nacer en el corazón de aquellos dos hermanos nuestros. 

“Señor Jesús, también nosotros albergamos en el corazón tantas expectativas no cumplidas. Nos cuesta comprender por dónde pasa el camino de Dios. Pero, si Vos caminás con nosotros, seguramente nos harás arder el corazón, arrancando de él esta súplica de amigos: «Esta tarde, Señor, cuando parece que todo se acaba, quedate con nosotros y danos ese Pan que es tu Cuerpo. Y, así, reanimá nuestra esperanza. Amén” 

¡Ánimo! El Espíritu sabe vencer todo rigorismo espiritual y moral

La «conversión» de san Pablo…

El rigorismo moral es una verdadera patología del espíritu. Una dureza de corazón y ceguera espiritual que, normalmente, hace sufrir mucho. En primer lugar, a la propia persona que lo padece… y también a quienes lo tratan.

Cuando se apodera de un grupo de personas genera un clima irrespirable, lleno de tensiones, agresiones y altanería. Puede tener la apariencia de fina religiosidad; es, sin embargo, mundano hasta la raíz. Ahí no está Dios.

Y puede ser -si hablamos en esos términos- tanto de fisonomía conservadora como progresista, cada uno con sus matices y peculiaridades, pero moralistas al fin.

Para algunos autores, esta ceguera espiritual es más grave que muchos pecados que, precisamente, tienen su matriz en ella. Difícil de reconocer y, por eso, de vencer, sobre todo por las propias fuerzas.

Suele ir de la mano de un fuerte perfeccionismo narcisista, de la enfermedad dolorosa de los escrúpulos, del juicio implacable hacia los demás que expresa la falta de misericordia consigo mismo.

Nunca ve matices. Todo se ve y se juzga en blanco y negro.

Es una cárcel triste de la que es difícil salir. Un verdadero infierno. Asomarse al alma de quien lo padece, superado el rechazo inicial, despierta una inmensa compasión. Y la súplica a Dios para que libre a esas almas atormentadas.

Lo que es imposible para el hombre, no lo es para Dios, sobre todo, para ese exquisito orfebre de manos diestras, el artesano de la vida espiritual: el Espíritu Santo.

Su campo de acción es precisamente nuestro corazón humano, duro, ciego, empedernido, desconfiado. A Él le suplicamos en la Secuencia de Pentecostés: “Suaviza nuestra dureza,
elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos.”

¿Cómo nos trabaja el Espíritu para liberarnos de esa prisión?

Sus caminos son variados, creativos y muy concretos. Siempre actúa respetando delicadamente la propia biografía humana y espiritual, la propia libertad y conciencia personales. Sabe esperar. Camina la paciencia, como enseña san Pablo.

Y, como Persona divina, tiene la capacidad de entrar en el corazón humano, sin violentarlo ni apresurarlo, para conducirlo a la Verdad, al Bien y a la Belleza que es el Rostro de Cristo. En su acción, la gracia divina y la libertad humana convergen de manera admirable, sin confusión ni división, sin separación ni yuxtaposición. Como en la encarnación…

Sin embargo, la experiencia nos enseña dos cosas que, a mi criterio, son fundamentales.

En primer lugar, en algún punto del propio camino, el que sufre de este rigorismo moral, toca fondo: su empeño por ser perfecto choca invariablemente con su propia finitud y fragilidad. Es una experiencia dura, pero también de gracia. Allí, en el momento duro del descenso a los propios infiernos del alma, el Espíritu actúa de manera extraordinaria.

Es un punto de quiebre. Todo se puede ganar o desmoronar. Pero, si la humillación de verse pobre, pecador y miserable abre paso a la humildad, el Espíritu Santo obre el milagro: el hombre o mujer aquejados de esta enfermedad del espíritu se ve liberado, consolado por dentro, pacificado y, bajando por el camino de la humildad, es llevado hasta el encuentro salvador con Cristo.

Comprende, como el personaje de Bernanos, que “todo es gracia” y que hay que serenar el corazón y dejarse llevar.

Aquí se abre el segundo aspecto, complementario al anterior: el Espíritu Santo vence nuestra dureza interior mostrándonos el Rostro del Crucificado, su deslumbrante y desconcertante belleza, su mansedumbre, su paciencia, su omnipotencia divina perfectamente manifestada en su fragilidad de Cordero inmolado.

Es una verdadera revolución espiritual: el Espíritu Santo nos lleva ante el Crucificado -como ocurre en la liturgia del Viernes Santo- para que besemos su Rostro y sus llagas; nos convence de su Belleza salvadora; nos desarma ante el Amor más grande.

Es la experiencia de tantos hermanos y hermanas que, desde la dureza del rigorismo, se han convertido en testigos de la Mansedumbre de Cristo: de san Pablo a san Ignacio, pasando por Teresita del Niño Jesús y san Francisco de Sales.

Así que: ¡ánimo, el Señor te llama, como a aquel ciego del camino que, en un momento brillante de docilidad a la gracia se puso a gritar, suplicando la misericordia del Señor que pasa!