Hebe de Bonafini

Este domingo 20 de noviembre falleció Hebe de Bonafini. Como era de esperar, las reacciones se multiplican en estas horas. Y van en distintas direcciones.

A través de estas líneas, comparto algunas pistas de reflexión desde el Evangelio que ilumina nuestra vida, tanto personal como comunitaria y social. También en su dimensión política.

En una sociedad abierta y democrática, incluso apasionada (en ocasiones, al borde de la irracionalidad) como la argentina, es bueno abrir espacios más serenos para tratar de leer y comprender los acontecimientos y, sobre todo, a las personas, sus ideas y opciones. Y de hacerlo con el ánimo de respetar el espesor y complejidad que las personas tienen, evitando los juicios sumarios, sin renunciar a la crítica y a nuestras convicciones no negociables.

A punto de cumplir cuarenta años de haber “recuperado” nuestra democracia, muchas preguntas deben quedar dando vueltas en el espacio interior de la conciencia ciudadana. Tienen que ver con nuestros aprendizajes, nuestros yerros y nuestras tareas pendientes como pueblo y sociedad. La figura y el derrotero personal y político de Hebe de Bonafini puede ser un espejo que nos ayude en esta tarea.

Hebe de Bonafini, junto a las otras Madres de Plaza de Mayo (y, en su lugar, también las Abuelas), expresa ese valor fundante que está en el núcleo ético de nuestra democracia: una persona humana, independientemente de sus opciones políticas, no puede quedar al arbitrio del estado. Un estado que secuestra, tortura y desaparece pierde toda legitimidad ética, legal y política. Es un estado inicuo.

Muchos, por estas horas, rescatan con honradez este aspecto. Yo también lo hago. A partir de aquí se dividen buena parte de las opiniones. Hasta donde he podido ver, las críticas van en una doble dirección: su tendencia a un autoritarismo poco compatible con la cultura democrática y, a partir de 2003, su identificación con el proyecto político del kirchnerismo, su mirada de la historia y sus relatos.

Por uno y otro cauce, tal vez alentado por su propia y fogosa personalidad, se fue dando una radicalización de sus ideas, manifestaciones públicas y opciones, también agigantadas por la prensa más hostil a sus posiciones políticas. En este contexto se ubica su tendencia a legitimar la violencia política, tanto en Argentina como en otros países.

Los seres humanos somos así. Así es nuestra libertad, siempre vivida históricamente, al calor de los acontecimientos y abriéndose paso, con la ley del ensayo y el error, determinando qué tipo de persona queremos ser, qué valores encarnar y por los cuales luchar. Y, si la vida nos pone en el escenario público, estas opciones quedan también expuestas al juicio de los otros actores que comparten el espacio público en el que todos los ciudadanos transitamos nuestra condición de tales.

Es legítimo entonces que, rescatando aquellas luchas fundantes por un aspecto central de los derechos humanos, muchos de nosotros tomemos distancia crítica de las ideas, opciones políticas e ideológicas que Hebe de Bonafini fue encarnando con el paso del tiempo.

Conocida la noticia de su muerte, la Conferencia Episcopal Argentina hizo públicas sus condolencias: “La CEA reza por el eterno descanso de la señora Hebe de Bonafini quien ha fallecido en el día de hoy. Pedimos al Señor el consuelo para su familia y amigos, haciendo llegar también nuestro sentido pésame a la Asociación Madres de Plaza de Mayo”.

Es como un eco del camino que la misma Hebe de Bonafini recorrió en su difícil relación con la fe, con la Iglesia y que se materializó en su vínculo con el Papa Francisco. Ella pasó de la crítica dura a un reencuentro con el Papa en su casa de Roma. Obviamente aquí, se apresuran los juicios sobre sus intenciones y motivos. Lo cierto es que Francisco la recibió, la escuchó e inició con ella un vínculo exquisitamente pastoral. Hemos conocido que, al empeorarse su estado de salud, a través del arzobispo de La Plata, el Santo Padre le hizo llegar su cariño y cercanía.

Podremos seguir discutiendo muchas cosas de Hebe de Bonafini, sus ideas y posicionamiento. Lo cierto es que, del Papa y de la Iglesia hay que esperar esta actitud radical, evangélica y, por cierto, tan humana: más allá de todo, lo que una comunidad cristiana ha de encarnar es el modo cómo Jesús busca el corazón de las personas para llevarlas a Dios.

Como Jesús, un cristiano -mucho más un sacerdote y un obispo- debe mirar por encima de la maraña de cosas que es la vida de una persona, y tratar de alcanzar con los ojos el corazón, sus heridas y esperanzas, sus sueños y sus dolores. Y allí intentar verter el bálsamo del Evangelio.

Todos necesitamos ser tratados así, estemos donde estemos en ese viaje difícil y complejo que es nuestra vida. En definitiva, la “ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas”.

¿En qué medida esto se ha logrado? No solo dejemos a Dios la respuesta a esta pregunta, pues en esta materia tan delicada (el estado real del alma de cara a su salvación eterna), solo Él es competente; sino que nosotros podemos dar un paso más, y dejar que nos gane el corazón, no el resentimiento o el apasionamiento político, sino la benevolencia del Evangelio.

En definitiva, todos somos pecadores y vivimos de la serena certeza de que el Espíritu Santo sabe mejor que nosotros tocar nuestro corazón y abrirlo a la gracia del Salvador.  

Cercanía

«La Voz de San Justo», domingo 30 de octubre de 2022

“Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.” (Lc 19, 5-6).

El encuentro de Jesús con Zaqueo siempre sorprende. Desde el dato simpático de la estatura que y la trepada al árbol, hasta el modo cómo Jesús elige hacerse presente en la vida de Zaqueo.

Esto último es clave. No es que Jesús no tenga protagonismo. Lo tiene, y decisivo. Zaqueo quiere verlo; pero, en definitiva, es Jesús el que lleva la iniciativa. Es un modo de proceder evangélicamente genial: Jesús juega todo en una cercanía de amistad incondicional. Todo lo demás es consecuencia.

Esa cercanía pone en marcha lo que a Jesús más le interesa: la conversión de Zaqueo. Y la alegría es el sello de todo este proceso hondamente humano y divino. Es salvación en acto.

En sus palabras y gestos no hay moralina. Ni siquiera condiciona su presencia a un eventual arrepentimiento del pecador. Jesús sabe que, para que haya conversión, lo primero es siempre el amor incondicional. Es lo que Él ha bebido en el seno del Padre, y lo que ha traído al mundo.

“Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».” (Lc 19, 9-10).

“Como Zaqueo, también yo te busco, Señor Jesús. Quiero verte. Sé que vos me buscás y querés cruzar tu mirada con la mía. La puerta de mi casa está abierta y sé que querés entrar, para que la alegría sea completa. Te siento cerca, Señor. Solo te queda mirar hacia arriba y decir mi nombre. Amén”.

Creer, orar y vivir

«La Voz de San Justo», domingo 16 de octubre de 2022

“Después les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse. […] Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 1.8).

La parábola en cuestión es aquella del juez injusto que atiende los reclamos de una pobre viuda, más por el hartazgo de su insistencia que por la voluntad de hacer justicia. 

Es posible que refleje lo que vivían las comunidades a las que Lucas dirige su evangelio. En medio de una hostilidad creciente, sienten que Dios no escucha sus ruegos y que la fe se está diluyendo. Tal vez sienten que su misma fe es una vana ilusión. ¿De qué sirve suplicar?

Jesús ora, despierta el deseo de orar y enseña cómo hacerlo. Da pocos consejos al respecto: orar en lo secreto y sin muchas palabras. E insiste: orar siempre, sin desanimarse. Perseverar en la oración que busca, llama, pide…

Esa oración abre el propio corazón, y también al mundo, a la acción de Dios. Nos transforma a nosotros. Nos hace pacientes y también perseverantes en buscar todo lo que es bueno, justo y bello. Cuando nos dejamos vencer por el desaliento, por el contrario, la prepotencia del mal se hace más intensa. 

En la experiencia cristiana, el que insiste en la oración, se vuelve artesano de paz y sembrador de esperanza. Por esos senderos transita la verdadera transformación que el mundo anhela. La que anticipa el Reino de los cielos. La vida, como la oración, está hecha de insistencia y perseverancia. 

“Señor Jesús: tal vez, en este momento, creamos estar al límite de nuestras fuerzas. No nos abandones en este momento. Danos tu Espíritu, tus mismos sentimientos, tu filial perseverancia para estar siempre con las manos levantadas, como Moisés en el desierto, suplicando, alabando y adorando. Amén.”

El camino de la fe

«La Voz de San Justo», domingo 9 de octubre de 2022

“Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.” (Lc 17, 12-16).

Un pequeño grupo de hombres excluidos. La lepra no solo enferma el cuerpo, hiere el alma y la convivencia humana: en vez de hermanos, solo se ve a peligrosos extraños. De ahí el grito de esa comunidad de descartados a Jesús. Plegaria escuchada, por cierto. Solo uno volverá. Se postrará ante Jesús, alabando y dando gracias. Alcanzó a ver la verdad de la persona de Jesús.

La escena es poderosa. La secuencia de hechos que se suceden acierta, más que los conceptos abstractos, en mostrar en qué consiste realmente la fe cristiana: experiencia de encuentro vital con Jesús, reconocido como Señor, porque ha tocado la propia vida. Se ha mostrado Señor y Salvador. Lo ha hecho con muchos, pero solo uno cae en la cuenta de ello.

Así fue entonces, así ocurre ahora. No hay que perder la paz, ni dejarse ganar por la ansiedad odistribuir culpas. Solo preguntarse: Y yo, ¿en quién me reconozco? ¿En los nueve que siguieron con sus vidas? ¿O en ese samaritano que reconoció a Jesús?

“Señor Jesús: como aquel leproso curado, yo también vuelvo a Vos. Y lo hago con su misma fe: pequeñita, como el grano de mostaza del pasado domingo, pero potente y transformadora. No por mí, sino por tu Persona. Me postro ante tu Presencia. Amén.”

Solemnidad de San Francisco de Asís

Homilía en la catedral de San Francisco, martes 4 de octubre de 2022

Queridos hermanos, querida ciudad de San Francisco:

¡Muy feliz fiesta patronal!

Damos gracias a Dios, por estos 130 años de camino de fe y misión de esta comunidad parroquial que lleva el nombre de nuestro santo patrono.

Podemos aplicarle a Francisco de Asís, lo que decía recientemente el cardenal Sean O’Malley de san Pío de Pietrelcina: no es un “santo de la puerta de al lado”.

Un “santo de la puerta de al lado” es alguien que vive, cada día, la entrega del amor, escondido de las miradas del mundo; incluso sin llegar a los altares. Francisco, por el contrario, es realmente un fuera de serie. Lo ha sido y lo es a la vista de todos.

De tanto en tanto, Dios nos regala hombres y mujeres así: verdaderamente extraordinarios, casi inalcanzables por su modo de vivir el Evangelio; y, por lo mismo, de expresar lo mejor de la humanidad.

Sin embargo, no lo hace para mortificarnos, sino para encender el ardor de nuestros corazones y estimular nuestro peregrinaje terrenal hacia la vida eterna. Francisco de Asís, como Teresita del Niño Jesús, el padre Pío y nuestro Cura Brochero son así: tocan nuestros corazones con su humanidad transfigurada por la gracia.

Es más: a través de sus extraordinarias experiencias de vida, ellos iluminan poderosamente al mundo, con un esplendor mucho más diáfano que cualquier celebridad.

Y así proseguimos el camino de la fe y de nuestra condición humana.

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La plegaria “Señor, haz de mí, un instrumento de tu paz” ha ido marcando el ritmo de nuestra novena patronal.

Inspirada en la enseñanza del “Poverello” de Asís, es una invitación a dejarnos ganar por el espíritu franciscano, haciéndonos artesanos de la paz, de la buena convivencia, del cuidado amoroso de los hermanos y de la creación, del acercamiento de los corazones en medio de los conflictos. Es un eco del Evangelio: llegar a ser mansos y humildes como lo fue él, tras las huellas de Jesús.

Y ¡cuánto lo necesitamos como comunidad cristiana, como ciudad y como país!

También el mundo, en esta hora difícil, con la amenaza de una escalada de violencia de incalculables consecuencias para todos los pueblos.

La mansedumbre de Francisco, sin embargo, no es blandura, apocamiento o resignación. Por el contrario, supone grandeza de alma, fortaleza interior y aguerrida paciencia para soportar tiempos recios, como los que se anuncian.

Sí, queridos hermanos y hermanas: nos tenemos que preparar para la prueba, como enseña el sabio de Israel.

La paz, que comienza en los corazones, es fruto del trabajo paciente de hombres y mujeres que salen de sí mismos, dejan el bienestar del propio rinconcito, se dejan herir por el sufrimiento de sus hermanos y se animan a involucrarse con el destino de todos.

¿Lograremos superar realmente la somnolencia complaciente que parece habernos ganado el alma? ¿Quién dará un paso adelante? ¿Por dónde está la salida?

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Las palabras de san Pablo que hemos escuchado -y que la liturgia nos sugiere referidas a Francisco- nos indican el camino.

Pablo ha hecho la experiencia de que, con la cruz, algo muy profundo ha cambiado en la historia. Lo afecta a él en todos los niveles de su vida: “Yo solo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6, 14).

No es la cruz, en sí misma, sino el Crucificado que en ella yace y entrega la vida.

El Crucificado ha puesto en marcha una novedad irrevocable: de ahora en más, el amor de Cristo es la potencia que realmente lleva adelante la historia. Quienes se dejen ganar por él, en medio incluso de la fragilidad de todo proyecto humano, serán los que realmente abran el mundo a la esperanza.

Y, en ese punto coinciden, santos extraordinarios como Francisco de Así y aquellos más ignotos, a los que llamamos “de la puerta de al lado”.

Como Pablo: crucificados con Cristo y por Cristo.

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El Evangelio nos ofrece otra preciosa indicación. Contemplamos a Jesús cantar, bendecir y alabar al Padre por su providencia que se muestra especialmente sabia porque elige a los pobres para hacerlos destinatarios del Evangelio.

Francisco fue un eco de este canto gozoso que sigue elevándose desde el corazón resucitado de Jesús. Francisco cantó con una increíble sensibilidad las maravillas del amor de Dios. Su cántico de las creaturas Laudato Si’ o, mio Signore es testimonio elocuente de ello.

Cantó con su corazón y su cuerpo, con sus labios y con su mirada; pero, sobre todo, con su vida.

Queridas comunidades. Querida Iglesia diocesana que llevas el nombre del santo de Asís: encontremos aquí -en el canto de Francisco que es un eco del de Jesús y del de María- un verdadero proyecto pastoral.

Estamos caminando juntos, aprendiendo a afinar el oído para escuchar mejor la voz del Espíritu en las múltiples y variadas voces con que nos hace llegar su melodía.

Afinemos el oído para escuchar y nuestra voz para cantar la Esperanza del Evangelio que, siempre, con discreción y firmeza, se abre paso en medio de las circunstancias más difíciles de la vida.

Estemos preparados para toda prueba. Pero hagámoslo con la disposición interior de no dejarnos ganar por el desaliento o el desencanto, sino por el encanto del Espíritu que nos haga levantar el corazón para cantar al Dios de los mansos, humildes y sencillos.

Francisco nos señala a Jesucristo crucificado, meta de nuestro camino, la única y verdadera riqueza.

No perdamos el rumbo. Ni el más mínimo gesto de amor y de paz que hayamos podido dar a luz quedará sin recompensa ni fecundidad. Nos espera el canto nuevo en la bienaventuranza eterna.

¡Muy feliz fiesta patronal para todos!

El dinero de la injusticia

«La Voz de San Justo», domingo 18 de septiembre de 2022

“Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.” (Lc 16, 9).

Si san Lucas escribiera hoy su Evangelio, en Argentina diríamos que es “pobrista”. De los cuatro evangelistas es el que más insiste en la relación entre la riqueza, los pobres y el seguimiento de Cristo.

Vivimos en un mundo injusto y el dinero, poco o mucho, siempre llega a nosotros manchado por demasiado sufrimiento. Jesús es realista. Se aleja de soluciones radicalizadas: o hacer la revolución (“arriba los de abajo”) o identificar la riqueza con la bendición divina (“pare de sufrir”). Tampoco alienta una cómoda resignación.

Con humanísimo sentido común, Jesús apunta al corazón no a las riquezas. De ahí su advertencia: “No se puede servir a Dios y al Dinero (‘Mammón’)”. En realidad, la alternativa es entre su Padre y el dios “Mammón” de la avaricia. La pregunta que deja picando suena así: al final del día, ¿a quién le he entregado mi corazón? ¿A quién he adorado realmente?

El dinero, convertido en dios, desata la tormenta de la avaricia, nos seca por dentro y nos deshumaniza. En cambio, el corazón que se abre a Dios, se libera para la verdadera riqueza: los vínculos que nos hacen mejores personas (Dios y los demás). Y, con esa libertad, usa incluso el “dinero injusto” para hacer el bien, especialmente a los más pobres. Esos son los “amigos” que nos abrirán las puertas del cielo. Cuando esa libertad echa raíces en el corazón, cambia también eficazmente nuestro mundo injusto.

“Señor Jesús: enseñanos a ser hábiles como aquel administrador de tu parábola. Que aprendamos a gestionar nuestra vida, acertando con el Bien que nos hace buenos. Amén.”

Un amor grande para el camino

«La Voz de San Justo», domingo 4 de septiembre de 2022 – 33ª Peregrinación al Santuario de la Virgencita (Villa Concepción del Tío).

“Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.»” (Lc 14, 25-27).

Este domingo, Dios mediante, hacemos la 33ª Peregrinación de jóvenes al Santuario de nuestra “Virgencita” en la Villa Concepción del Tío. Es la primera, después de la pandemia. De ahí su lema: “Volver a Vos”.

En ese contexto -de camino compartido y de Iglesia joven- escuchemos el evangelio de este domingo, que se abre con las palabras arriba citadas.

Caminemos con un amor grande en el corazón. Para un discípulo de Jesús, ese amor grande es a Él: a su persona. Sus palabras parecen establecer una alternativa con los otros amores que pueblan nuestra vida. No es así. El suyo es un amor que abre, abraza y, sobre todo, ensancha la ya de por sí inmensa capacidad de amar del corazón humano.

Por eso, no tengamos miedo a dejarnos amar por Jesús y a amarlo como Él lo pide: con todo lo que somos y tenemos. Él nos hará capaces de amar como Él. Ese es el significado de su invitación a abrazar la cruz: estar dispuestos a jugarnos por entero, hasta dar la vida.

“Jesús: Te seguimos por el camino. En esta hora de nuestra Patria, que nos gane tu amor, tu mansedumbre, tu capacidad de ver hermanos y hermanas en vez de enemigos. Que no nos gane el miedo al otro. Que nos venza el amor: tu amor. Amén.”

Bienaventuranza

«La Voz de San Justo», domingo 28 de agosto de 2022

“Después Jesús dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»” (Lc 14, 11-14).

Así concluye el evangelio de este domingo. No le bajemos el precio, reduciéndolo a un “consejito moralista”. Transmite un mensaje potente. También inquietante. La bienaventuranza final nos da una pista: “¡Feliz (bienaventurado) de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!” (Lc 14, 14).

Para Jesús, el secreto de una vida plena está en el amor desinteresado, gratuito y siempre atento a los más frágiles. Esa forma de vida es la que trae consigo la verdadera felicidad. Así es Dios, así nos ha creado, así nos invita a vivir.

¿Difícil de entender? Y, sí. De ordinario, vamos en la dirección opuesta. Más que de comprender, se trata de experimentar su verdad, animándose a vivir de esa manera. Los que lo han hecho -y no son pocos- atestiguan cuánta verdad encierra esta invitación de Jesús.

“Señor Jesús: la verdadera retribución que esperamos -la que realmente nos hace bien- es la que viene de la mano del amor gratuito. Vos lo enseñaste y lo viviste. Es el Evangelio de tu vida luminosa y de tu Pascua salvadora. Que podamos también nosotros experimentar el gozo de esa vida bienaventurada. Que tu Espíritu nos transfigure a tu imagen y semejanza. Amén”

130 años de la creación de la parroquia “San Francisco de Asís”

Catedral de San Francisco – 10 de agosto de 2022

Una buena semilla ha sido sembrada. Ha encontrado buena tierra y, por eso, es dable esperar una buena cosecha con el mejor de los frutos.

Contemplamos la figura evangélica de San Lorenzo, diácono y mártir, a la luz de la Palabra que acabamos de escuchar. Y esa luz ilumina también los ciento treinta años de camino de nuestra comunidad parroquial. 

La palabra “parroquia” evoca precisamente eso: una comunidad en camino. En realidad, en el origen de esta palabra está la referencia a un grupo humano que vive lejos de su hogar, en el extranjero, y, por eso, de paso por esa tierra. 

En camino hacia la casa del Padre.

Es también la casa de Dios en medio de las casas de los hombres y mujeres que habitan la historia, pero con el corazón y la mirada puestos en el futuro que nos abre a la esperanza.

Somos hombres y mujeres que vivimos de una promesa. Como comunidad cristiana, somos un pueblo sostenido por la Promesa del Señor que acabamos de escuchar en el Evangelio: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 26). 

Una comunidad parroquial vive el servicio de Cristo en sus tres dimensiones fundamentales: servicio de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad. 

Este es el servicio -la “diaconía”- que esta comunidad parroquial viene realizando desde su creación por el entonces obispo de Córdoba, fray Reginaldo Toro OP, en 1892. 

Cuando es creada la diócesis, esta parroquia pasó a ser la sede de la cátedra del obispo de San Francisco. Su templo parroquial pasó a ser la catedral de la nueva diócesis. 

Si la parroquia “San Francisco de Asís” es la madre de todas las comunidades parroquiales de nuestra querida ciudad, al pasar a albergar a la catedral, esa maternidad espiritual se ha ampliado a los confines de esta Iglesia diocesana. Así también su triple diaconía. 

A lo largo de estos años, el anuncio del Evangelio, la celebración de la Liturgia y la promoción de la vida cristiana han ido sumando a muchas personas que han sentido el llamado del Señor a la misión: sacerdotes, catequistas, ministros de la comunión, de las exequias y otros agentes de pastoral. 

Permítanme mencionar al querido Néstor Bernard, cuya pascua aconteció días pasados. Él, y tantos otros, son verdaderos testigos de la fe, cuya bondad y compromiso nos alientan a seguir caminando. 

Hacemos memoria agradecida de todos ellos. 

En este “camino sinodal”, como hoy estamos aprendiendo a decir, la comunidad parroquial de la catedral tiene un lugar y un aporte originales. 

En el amplio espacio de este bello templo debe resonar las voces de cada una de las comunidades que tejen la vida de nuestra Iglesia diocesana: sus anhelos, sus necesidades, sus proyectos y expectativas. 

Seguimos aprendiendo a caminar juntos en este tiempo que el Señor nos regala: difícil y complejo, pero también fascinante. Experimentamos que la pandemia nos ha afectado a todos, en diverso grado e intensidad. Ha tocado nuestro cuerpo, pero mucho más nuestros corazones.

Como enseñaba el siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio, hace ya varias décadas, en su “Meditación para tiempos difíciles”: «Jesús no anula los tiempos difíciles. Tampoco los hace fáciles. Simplemente los convierte en gracia. Hace que en ellos se manifieste el Padre y nos invita a asumirlos en la esperanza que nace de la cruz.»

Miramos agradecidos el pasado, pero no lo anhelamos con nostalgia. Miramos esperanzados el futuro, pero no nos dejamos ganar por la ansiedad. 

Como peregrinos de la fe -guiados por María y San Francisco- queremos ser también hombres y mujeres del Espíritu, guiados por Él y dóciles a sus inspiraciones y mociones. A ellos invocamos para poder abrirnos a la gracia que Dios nos regala en este tiempo que nos toca vivir. 

Así sea.

Acertar en la vida

«La Voz de San Justo», domingo 7 de agosto de 2022

“Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura. No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.” (Lc 12, 31-32).

Ya lo dijimos el pasado domingo: Jesús no desprecia el dinero, considerándolo malo. Él no es un asceta amargado. Por el contrario: una palabra clave de su prédica es “feliz”, “bienaventurado”. Anuncia una buena noticia que colma de alegría: el amor de Dios que se preocupa de todas sus criaturas.

Como buen conocedor del corazón humano, sabe que la felicidad que el Padre quiere para nosotros tiene una condición: la libertad interior que nos permite usar de las cosas sin dejarnos dominar por ellas.

La avaricia

El dinero, por ejemplo, es necesario para vivir. Sin embargo, lleva consigo una amenaza constante: que la preocupación por conseguirlo se vuelva una obsesión que llene de ansiedad la propia vida, al punto de no vivir sino para acumular y poseer, incapacitándonos para disfrutar lo verdaderamente valioso.

De esa mirada sapiencial surge su invitación de este domingo: “Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.” (Lc 12, 33-34).

Es una llamada a la fraternidad, a la gratuidad del don, a acertar con la orientación de la vida, a preocuparnos por la justicia, lo verdaderamente bello y noble. En palabras de Jesús: el “reino de Dios” que, en definitiva, es el mismo Padre el que quiere regalárnoslo.

“Señor Jesús: danos tu sabiduría divina, para acertar en nuestra vida. Que busquemos el Reino del Padre, por encima de todo. Que seamos libres para ser hermanos. Amén”.