Palabra, fidelidad y Espíritu

«La Voz de San Justo», domingo 22 de mayo de 2022

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras.” (Jn 14, 23-24)

¿A qué “palabra” se refiere Jesús? En cierto modo, a la que escuchamos el domingo pasado: amarnos unos a otros como Él nos ha amado. Ese es “su” mandamiento.

La gran palabra de Jesús es la revelación del Padre. Lo ha hecho con gestos fuertes. El evangelio de Juan narra siete: el agua cambiada en vino, las curaciones del hijo de un funcionario y de un paralítico, caminar sobre el mar y multiplicar el pan, abrir los ojos de un ciego de nacimiento y, finalmente, devolverle la vida a su amigo Lázaro.

Cada uno de ellos dice esa gran palabra que es el amor del Padre que quiere dar vida y alegría a los hombres. Cada gesto dice la gran palabra de Dios que es Jesús en persona. A esa palabra tenemos que permanecer fieles. Se trata de escuchar, asimilar y dejarse iluminar por esa palabra.

El efecto es sorprendente: Jesús, el Padre y el Espíritu haciendo morada en el discípulo. Sin embargo, no es proeza o resultado del propio ingenio, sino regalo gratuito e inmerecido del Espíritu. Él es nuestro Maestro interior, como lo enseña Jesús: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.” (Jn 13, 26).

“Danos, Jesús, tu Espíritu: que Él nos recuerde tus palabras, nos convenza de la verdad de tu Persona y nos ilumine con la belleza luminosa de tu Pascua. Que Él nos mantenga en la fidelidad del amor, siempre agradecidos por la inmensidad del don recibido. Amén.”

Mensaje Pascual 2022

Domingo 17 de abril de 2022, Pascua de Resurrección

“Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» […]” (Lc 24, 5-6).

Nos reconocemos en esas mujeres que van de mañana al sepulcro. Las mueve la osadía del amor. Van a honrar el cadáver del Crucificado. La tumba que encuentran vacía las desconcierta y atemoriza.

Es elocuente el gesto: “no se atrevían a levantar la vista del suelo”. Conocemos bien ese estado de ánimo: incertidumbre, miedo, resignación, desesperanza, impotencia…

Llega entonces el anuncio de los dos misteriosos hombres que velan el sepulcro: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?».

Delicadísima corrección: no están leyendo bien la realidad que tienen delante de los ojos… Lo que ha pasado no es casualidad. El sepulcro está vacío porque ha sido vaciado. Ninguna tumba tendrá ya la última palabra. El que fue colocado sobre la fría piedra después de sufrir el suplicio de la cruz es “el Viviente, el que ha resucitado”.

No hace falta más para comprender que se trata de una revolución. La única que merece ese nombre. Su artífice es el Dios que ama la vida, su beneficiario es Jesús y, en él, toda la creación.

Nos duele la violencia desatada en el mundo. Nos duele nuestra Argentina fallida. Nos duelen nuestras mezquindades y estrecheces. Nos duele el cuerpo martirizado de cada víctima de la injusticia humana.

La tumba, queridos hermanos, sigue vacía. La fuerza del Viviente sigue intacta en su potencia de resurrección.

Al celebrar esta Pascua, volvámonos a Él y dejémonos transfigurar por su Espíritu. Cantemos “Aleluya” y que la esperanza se vuelva compromiso de fraternidad.

¡Bendecida Pascua para todos!

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Viernes Santo 2022

Homilía en la Celebración de la Pasión del Señor – catedral de San Francisco – 15 de abril de 2022

El Señor inclina la cabeza y entrega el espíritu.

Dejémonos alcanzar por su Aliento divino.

Recibamos el Espíritu de Jesús crucificado, como María, las santas mujeres y el discípulo amado al pie de la cruz.

El Espíritu que exhala Jesús nos trae el perdón, la reconciliación y la paz desde el corazón de la santa Trinidad.

Es para nosotros, para nuestro corazón y para nuestro mundo.

María está ahí, al pie de la cruz, para sostener con su Amén virginal nuestro frágil Amén de hombres y mujeres heridos, pecadores y siempre inclinados al pecado.

Dejemos que el Espíritu se derrame sobre nosotros.

Dejemos que María sostenga con su presencia materna nuestra apertura a la gracia del Espíritu Santo.

***

Siempre ha habido guerras en el mundo. Y las habrá hasta el final de la historia.

Lo que pasa hoy es que los poderes del mundo nos dicen qué guerras importan y cuáles deben ser relegadas al olvido. Cuáles son noticias, y cuáles no.

Esto es así, según sean los intereses ideológicos, políticos y, en buena medida, económicos de los que se sienten señores del mundo.

Según esta lógica mundana (y perversa) hay víctimas que merecen reconocimiento y otras que no vale la pena tener en cuenta.

Es lo que pasa hoy, como antaño y -lo decimos con realismo, no con resignación- lo que seguirá ocurriendo.

***

Pero ahora, nosotros, aquí en este templo, como los cristianos de todo el mundo, por el Espíritu del Padre y del Hijo, la Palabra proclamada y la fe que caldea nuestros corazones, estamos en ese espacio de gracia y libertad que el mismo Dios amor ha abierto en el mundo y que tuvo su epicentro en el Calvario.

Con María, las santas mujeres y el discípulo amado estamos al pie de la cruz.

Aquí no hay víctimas de primera y de segunda, sufrimiento que se exhibe y otro que se olvida.

Aquí, el Crucificado está haciendo suyo todo el dolor del mundo, los pecados de cada corazón, la injusticia que atraviesa la historia.

Y está quebrando desde dentro el peso abrumador del mal. Y lo está haciendo con la única potencia capaz de expiar los pecados, de redimir al mundo y de abrir las puertas de la vida: el amor hecho entrega y donación, solidaridad profunda con todos los heridos de la historia, misericordia y compasión con la fragilidad de cada ser humano, especialmente de los más pobres y descartados.

***

Por eso, en breve, nos postraremos ante la cruz.

Es un gesto de adoración.

Un gesto de amor: amor con amor se paga…

Es también un gesto penitencial que se ha de transformar en compromiso solidario por la fraternidad, allí donde el Señor nos ha puesto, en el tiempo que nos ha regalado, de cara a las personas con las que ha entrelazado nuestra vida.

Incluso más: es un gesto audaz que nace de esa frágil humanidad que, transformada por la humildad y mansedumbre de Cristo, es lo que Dios más busca para hacerse presente “como Dios” en medio del mundo.

Porque solo el amor humilde hace justicia al Dios revelado en el rostro bello de Cristo crucificado.

Que María nos lleve al pie de la cruz y nos enseñe a pronunciar nuestro “Amén”, con los labios y con nuestra vida.

Así sea.

“HE DESEADO ARDIENTEMENTE COMER ESTA PASCUA CON USTEDES”

2ª Carta Pascual 2022

San Francisco, 10 de abril de 2022, Domingo de Ramos

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».” (Lc 22, 14-16).

“Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.” (Lc 23, 46).

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

  1. Jesús ha entrado en Jerusalén. Está por cumplir su deseo más ardiente: el bautismo de su Pascua (cf. Lc 12, 49-50). Del Cenáculo a la tumba vacía, pasando por Getsemaní y el Calvario, Jesús vive cada gesto, sentimiento y palabra como culminación de su camino filial de oración al Padre en el fuego del Espíritu Santo. Con esta segunda Carta Pascual los invito a vivir esta Pascua 2022 de la misma manera: como fuente y culmen de nuestro camino de oración, a la vez personal y comunitario.
  2. La Iglesia no solo ora, anima y enseña a orar. Ella es “Iglesia orante”. La liturgia del Triduo Pascual es su más plena manifestación. Desde el bautismo y la confirmación, cada cristiano está llamado a ser un orante “en Espíritu y en verdad”, en medio de un pueblo santo y sacerdotal. La liturgia pascual es culmen de su camino personal de oración, fuente y escuela de oración contemplativa. Algunos intervendrán con diversos ministerios (sacerdote, acólitos, lectores, cantores, etc.). Todos hemos de participar activamente en la celebración del Misterio de la Fe.
  3. Una vez más miremos a María, la Virgen orante y contemplativa. Ella es el modelo más acabado de la Iglesia en oración. Que ella nos introduzca en el arte de celebrar los santos misterios de la fe. Que ella, como experimentada catequista y mistagoga, nos ayude a pasar de los signos externos al misterio de la gracia invisible que celebramos.
  4. El Triduo Pascual es una sola gran celebración que se desarrolla en cuatro intensas jornadas. Comienza con la Misa de la Cena del Señor el Jueves Santo, prosigue con la Celebración de la Pasión el Viernes Santo y culmina en la Vigilia Pascual del Sábado Santo que nos abre a la luz del Domingo de Resurrección. Se trata de un precioso itinerario de oración, a la vez personal y eclesial.
  5. El Jueves Santo entramos con Jesús al Cenáculo. Sus gestos sobre el pan y el vino, prolongados en el lavatorio de los pies, nos conmueven. ¡Vemos la Eucaristía salir de su corazón, de sus labios y de sus manos! Ella alimenta nuestra oración de esperanza. “Hagan esto en memoria mía”, nos ordena, invitándonos a celebrar su sacrificio pascual y a vivirlo en el servicio. La Eucaristía moldea nuestra oración personal, la nutre de sentimientos, actitudes y palabras. Del Cenáculo vamos al Huerto de los Olivos. Allí, la oración del Señor se hace más intensa y dramática. Si los discípulos se dejan vencer por el sueño, nosotros velamos atentos. ¡Cuántas veces estamos así con Jesús en la agonía de Getsemaní! La oración cristiana es comunión con todos los que sufren en los Getsemaní de la vida.
  6. “Enséñanos a orar”, le dijeron un día sus discípulos a Jesús viéndolo rezar (cf. Lc 9, 1-11). El Viernes Santo, contemplándolo caminar la Pasión, despierta en nosotros el deseo de participar en su camino pascual. En la cruz, cada palabra del Señor es una plegaria dirigida al Padre: de perdón, de abandono y de entrega: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Su grito final recoge y resume el dolor de todos los crucificados de la historia. El Crucificado es maestro consumado de oración. A esa escuela vamos para aprender lo que significa orar para vivir.
  7. Con María y las santas mujeres transcurrimos las horas del Sábado Santo en espera vigilante. La oración cristiana es amor que confía y, por eso, sabe esperar. Es gusto por la soledad y el silencio. En ocasiones, un silencio colmado de consuelo; otras veces, un silencio áspero y sufrido. Sin embargo, ese es el que mejor nos foguea como orantes. Así vivimos la espera ansiosa de la Resurrección.
  8. Al caer la tarde, nos reunimos para vivir la Vigilia Pascual, la “madrede todas las vigilias”. Ella misma es una escuela particularmente valiosa de oración: se multiplican los signos, escuchamos más prolongadamente las Escrituras, volvemos a cantar el Aleluya y hacemos memoria del Bautismo, renovando las promesas bautismales. La luz tenue pero firme del Cirio pascual es el signo de esa presencia que ilumina nuestra vida. En medio de la noche de la vida, “solo la sed nos alumbra”. Es la sed del Rostro más bello: el de Cristo resucitado, el verdadero futuro de la Iglesia y de toda la humanidad. Es el Rostro que busca todo orante, pues siente que sus ojos de fuego lo miran desde dentro de su propio corazón. El deseo de dejarse iluminar por Él es más poderoso que cualquier oscuridad. La oración es cuestión de amor enamorado. Y ese amor encuentra el tiempo necesario para la oración de cada día. No un rezo al pasar, sino un corazón que se entrega, escucha y adora.
  9. El Domingo de Pascua es el “día que hizo el Señor”. Celebramos la resurrección de Cristo, la obra más portentosa de nuestro Dios. La oración cristiana lleva siempre impresa la fuerza de la Pascua. Cada vez que alguien se recoge en oración se deja alcanzar por la luz pascual. Un niño que ora ayudado por su mamá, su papá o sus abuelos. Un chico o una chica que se aventuran en la lectura orante de la Palabra, sustrayéndose al ruido ensordecedor del mundo. Un adulto que sazona su ajetreada jornada con el Evangelio del día. Un enfermo que reza desde su lecho de dolor. Todos ellos -y muchos más- abren cada día nuestro mundo a la potencia transformante de la Resurrección. Se animan a entrar en el Silencio del Dios tres veces Santo para dejarse mirar por Él. Se abren así al influjo del Poder que sana y eleva todas las cosas. Los orantes sostienen el mundo, aunque éste les de vuelta el rostro, los ignore o, en el colmo de la insensatez, los juzgue inútiles o ingenuos.
  10. Un orante sabe que Dios es fiel. Es su experiencia más honda. La que vive y celebra en Pascua.  Lo grita su vida, lo refleja en su rostro y, a veces, siente que lo tiene que decir con palabras. Es el “pan nuestro de cada día” que saborea cuando se entrega a la oración. Es el pan que, desde su pobreza, comparte con sus hermanos y compañeros de camino. Así, la oración abre el mundo a Dios y lo hace más humano, más fraterno y vivible.

Que el Espíritu nos sumerja en la oración de Jesús. Con Él, y en oración, vivamos esta Pascua 2022

Están en mi oración de cada día. Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

El camino sinodal alemán

La evolución del camino sinodal de la Iglesia católica en Alemania despierta preocupación y perplejidad en muchos católicos. Me incluyo claramente. Acaba de conocerse un pronunciamiento claro, fraterno y eclesial al respecto de los obispos escandinavos.

Es comprensible que los desafíos a la fe, a la vida y misión de la Iglesia que presenta una cultura secularizada y postcristiana son enormes. Plantean preguntas y reclaman respuestas que se agudizan en las comunidades que los viven en carne propia.

Sin embargo, los temas y las propuestas que vamos conociendo, en buena medida, afectan el ser mismo de la Iglesia, su naturaleza sacramental y su fundamento apostólico. Afectan la fe de todos los católicos. Y, por eso, tocan la comunión y la unidad en la verdad del Evangelio.

El papa Francisco escribió en su momento una preciosa carta a los católicos alemanes alentando dicho camino sinodal pero indicando con igual claridad el talante misionero y espiritual que muchos extrañamos en el desarrollo que vamos conociendo. Francisco plantea la fidelidad al Evangelio en la escucha del tiempo presente, pero sin ceder al espíritu del tiempo.

Tengo además la impresión de que la crisis de los abusos sexuales se ha convertido -no solo en el camino sinodal alemán- en una ocasión para hacer valer una agenda de temas, prioridades e iniciativas de reforma de tinte progresista que parece excluir toda otra mirada o perspectiva. Como se ha señalado con acierto: una decisión radical en este sentido va a sembrar más divisiones en la comunidad eclesial.

Queda solo orar, hacer oír la voz y animar a nuestros hermanos católicos alemanes, especialmente a los obispos, a escuchar en toda su amplitud el sentido de la fe del santo pueblo fiel de Dios. Un genuinio discernimiento eclesial de la compleja realidad en la que sigue obrando el Espíritu Santo.

Y que el obispo de Roma pueda seguir cumpliendo su misión de confesar la fe en Jesucristo en los tiempos que nos tocan vivir.

¡Señor, ¿a quién iremos?

Homilía en las Bodas de Plata del Pbro. Sergio Fernández – Parroquia «San Miguel Arcángel» Alicia – 24 de noviembre de 2021

Jesús acaba de pronunciar una frase fuerte: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.” (Jn 6, 51).

Suscita inmediatamente la reacción de sus oyentes: ¿Qué pretensión es esta? ¿Cómo este hombre pretende darnos a comer su carne? Insoportable.

Lejos de echarse atrás, redobla la apuesta: “Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” (Jn 6, 53).

Antes de condenar severamente a los escandalizados, dejémonos nosotros también sacudir por estas palabras del Señor.

Ellos y nosotros no somos tan torpes de tomarlas a la ligera.

“Pan, cuerpo y sangre” son poderosas metáforas para expresar que Jesús es imprescindible para la vida. “Comer y beber” indican, por su parte, ese acontecimiento único que evocamos cuando, más allá de todo formalismo, decimos: «Creo en Jesucristo… creo en Dios».

Todo para decir que, sin Él, sencillamente no somos.

Jesús es el Señor, el centro de todo el designio de Dios, su clave de bóveda, el norte de nuestro corazón y la meta hacia la que se mueve toda la historia humana, no menos que el criterio para interpretarla y tomarle el pulso.

Ante Él se define la vida. Él lo determina todo.

Cristo, el Verbo encarnado, es -al decir del Concilio- el que, en su persona, nos muestra el Rostro de Dios y el misterio que somos nosotros como seres humanos (cf. GS 22).

Ahí está toda la pretensión del cristianismo que la Iglesia -la pobre y deslucida comunidad de sus discípulos- hace presente en la historia humana.

Me animo incluso añadir: mientras más pobre, deslucida y desarmada… mejor. Así resplandecerá con mayor claridad la Luz que es Jesús el Señor.

Solo si somos heridos así por esta palabra que trae a nuestro corazón inquieto la pretensión de Jesús de ser nuestro verdadero alimento, podremos comprender y vivir el misterio que es la santa Eucaristía; lo que ella hace presente, lo que nos da, lo que acontece en el altar y en los corazones que se abren al influjo de su acción santificante.

Simón Pedro, en nombre de los discípulos de todos los tiempos, balbucea las palabras justas. Hoy las repetimos nosotros, acompañando la confesión de fe de nuestro hermano Sergio, que celebra sus bodas de plata de ordenación sacerdotal: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.” (Jn 6, 68-69).

***

Querido Sergio:

Seguramente que, al ordenarte presbítero, tuviste la sensación de que estabas iniciando un camino, una aventura, sostenido por esa promesa intensa de Dios que se expresa y realiza con la imposición de manos y la efusión del Espíritu en el sagrado rito de la ordenación.

Es verdad. Una verdad más fuerte, rocosa y firme que la más imponente cordillera. No es casualidad que el orante de Israel llame a Dios: “mi Roca, el Altísimo, el Dios de la montaña”. Así es su fidelidad sobre la que se asienta nuestra fidelidad.

Pero, el paso del tiempo, seguramente también, te ha hecho comprender dos cosas fundamentales: que ese camino de fidelidad es experiencia compartida y que, sin negar la trascendencia del evento de la ordenación, se trata de un itinerario de gracia que tiene tras de sí un largo trecho recorrido y que, hacia delante, puja hacia el ministerio vivido que le da carne y vida a la ordenación, y cuyo dinamismo culmina en el encuentro con la Trinidad en la bienaventuranza eterna.

Ser pastor es recibir una misión que supone caminar, como nos dice sabiamente el Papa Francisco: delante, en medio y detrás del rebaño. Y caminar con el paso y el ritmo del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Como me has compartido fraternalmente, en estos días de escucha y oración has podido hacer pasar por el corazón tantas personas que el Señor, como hábil urdidor de tramas, ha entremezclado, como se unen los hilos de una trama, con los hilos de tu propia vida.

Pastores (obispos y presbíteros), agentes de pastoral, hombres y mujeres de pueblo, aquí en Argentina como en Cuba, sus rostros, sus esperanzas, sus lágrimas. No en último lugar está tu familia: tus papás, tus hermanos y sus respectivas familias. No puedo dejar de evocar a Pablo, cuya pascua has celebrado de forma mística y real.

Pastor es nombre y oficio de caminantes, peregrinos y buscadores. Es nombre de vínculos, de relaciones, de camino compartido buscando los pastos mejores y las aguas tranquilas. Es experiencia compartida de la presencia del Pastor, cuyo cayado y cuya vara, sosiegan el alma al atravesar las quebradas oscuras de la vida.

Vuelvo sobre otra palabra del Señor. Antecede a la confesión de fe y es la que vuelve a despertar, ya no rechazo, sino sencillamente inquietud: lenguaje duro que desemboca en la encrucijada en la que se decide si seguir adelante el camino discipular o abandonarlo por otros caminos.

Siempre el Señor nos lleva a ese lugar de libertad y decisión, de vértigo y de alegría.

Dice el Señor: “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn 6, 57).

Al ir concluyendo la ordenación sacerdotal, después de que han sido ungidas nuestras manos, el obispo pone en ellas la “ofrenda del pueblo santo de Dios”: el pan y el vino. En la ordenación diaconal había hecho lo mismo con el Evangelio.

Los dos gestos se reclaman y complementan: nos toca presidir la Eucaristía a quienes hemos sido alcanzados por una Palabra que, tocando nuestro corazón, tiene que convertirse en anuncio, predicación y canto nuevo.

Como bien enseña el Concilio: la Eucaristía es la culminación del anuncio del Evangelio (cf. PO 5).

Jesús vive del Padre y vive en la misión que el Padre le ha confiado. Así es también nuestra vida como discípulos misioneros que, sorprendidos por la vocación al ministerio pastoral, caminamos la misión.

En la misión está nuestra identidad más profunda como hombres, como discípulos y como pastores.

Ser enviados es tener el corazón modelado por la libertad que, en ocasiones cruciales, sabe de despojo, de volverse pequeño, de dejar lugar a otro y al Otro.

Por eso, querido Sergio, te invito a volver tu mirada interior a María, a san José, al santo Cura Brochero, a los beatos obispos Esquiú y Angelleli.

Ellos saben de esta lógica maravillosa del Evangelio. Con ellos decí, sumándonos a nosotros también a tu plegaria:

“Señor Jesús, vos lo sabés todo… vos sabe que te amo… ¿A quién iremos?

Solo vos, Señor, Maestro y Amigo, tenés palabras de vida eterna.

A vos, una vez más, me confío, con mi corazón joven porque maduro de esperanza.

He hecho un alto en el camino: miro hacia atrás y no puede sino darte gracias;

vislumbro el camino por delante, y me dispongo a caminar… con María, con José, con este pueblo diocesano, con mis hermanos del Presbiterio.

Señor Jesús, Pastor de los pastos verdes y las aguas mansas, Peregrino de las quebradas oscuras y las noches silenciosas: ¡Caminá conmigo… con nosotros! Amén”.

Jesús en el espejo de una viuda pobre

«La Voz de San Justo», domingo 7 de noviembre de 2021

Sant’Apollinare Nuovo, Ravenna

“Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre…” (Mc 12, 41-42).

Jesús está en el templo de Jerusalén. Tal vez, por última vez. Una viuda pobre y generosa despierta su admiración. Ve algo en ella que le recuerda lo que conoce de su propio Padre del cielo: el amor hasta la entrega total, sin segundas intenciones y con el solo deseo de amar y dar gloria al Santo Nombre de Dios.

Esa mujer deposita sus dos moneditas en el tesoro del templo de Dios. En realidad, como dirá más tarde San Lorenzo, el verdadero tesoro de la Iglesia son los pobres.

Tal vez -solo tal vez-, de esa viuda generosa, el mismo Jesús toma el impulso final que lo llevará a donar su propia vida para la salvación de todos. Esa mujer es como un espejo que le permite reconocerse a sí mismo, su persona y su misión… su pascua.

Que ella también nos inspire a nosotros, a encontrar lo más verdadero de la vida. En su gesto, en su talante personal y en su misma persona se desvela lo más genuino del corazón humano; lo que Dios ha puesto en él, desde el primer instante de la creación: el impulso del amor, del don y de la gratuidad.

En el espejo de su generosidad reconozcamos la verdad que resplandece en la entrega pascual de Jesús. Esa es la verdad de la vida.

De ese impulso vive la oración. Se ora como se vive, y se vive como se ora.

Recemos entonces así: “Jesús: al contemplar a esta humilde mujer de pueblo que, por amor, dio todo lo que tenía para vivir, te pido su misma generosidad, su mismo espíritu de adoración y de servicio. Amén.”

Que podamos ver

«La Voz de San Justo», domingo 24 de octubre de 2021

“Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.” (Mc 10, 51-52).

Marcos ha escrito el evangelio más breve. Sin embargo, a diferencia de los otros evangelistas, relata la curación de dos ciegos, no de uno como sus colegas. Lo hizo en 8, 22-25: el relato del ciego de Betsaida. Y, este domingo, escuchamos el relato de la curación de Bartimeo, a las afueras de Jericó.

¿Por qué esta insistencia en la ceguera y en su curación? Digámoslo sin rodeos: ciegos son sus discípulos que no terminan de comprender (de ver) quién es Jesús, qué pretende y porqué elige el camino de la humildad para introducir el Reino de Dios en el mundo.

Ciegos somos cada uno de nosotros, pues en nuestro camino discipular tenemos que aprender a dejarnos limpiar la vista por el Médico divino: Jesús que pasa. Un médico cuya terapia dura lo que dura nuestra vida.

Por eso, este domingo, como en cada Eucaristía, hagamos nuestra -y con mayor fervor- la letanía de Bartimeo: “Señor, ten compasión de mí. Que yo pueda ver. Que pueda verte, comprender tu persona y tu mensaje. Amén”. 

Como cada domingo, te propongo una oración: “Como Bartimeo, también nosotros te suplicamos que tengas compasión de nuestra vida, toques nuestra alma y nuestro corazón, y nos permitas reconocerte y seguirte por el camino de nuestra vida. Amén.”

Beber del cáliz de Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 17 de octubre de 2021

“¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré? «Podemos», le respondieron…” (Mc 10, 38-39).

Santiago y Juan eran entonces como nosotros ahora: sinceros pero inmaduros. Jesús les había conquistado el corazón. Con él habían emprendido el camino del anuncio del Reino. Lo acompañan desde la primera hora, cuando el “Sígueme” del Señor a orillas del lago los hizo dejarlo todo.

Pero son inmaduros. Están -como nosotros- desbalanceados: todavía demasiado ensimismados y centrados sobre ellos mismos. Y, ese desbalance, a ellos como a nosotros, los ciega para ver la realidad. Jesús los irá transformando de a poco. Cambiará su deseo inmoderado de poder y prestigio por un amor humilde, entregado, generoso. Libre.

Hoy los provoca: ¿Beberán conmigo el cáliz? No otro, sino el cáliz de Jesús. Y el amor y la generosidad toman la delantera, pasando por arriba del deseo de poder: ¡Podemos!, responden.

Con nosotros, Jesús aplica la misma pedagogía de amor: nos conquista el corazón, comparte con nosotros la vida (eso significa, entre otras cosas: “beber del mismo cáliz”) y, poco a poco, nos va cambiando por dentro.

La meta es ser como él: servidores que entregan la vida. “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).

El Evangelio, escuchado con fe, una vez más, inspira nuestra plegaria. Recemos así: “También nosotros, Señor Jesús, como Santiago y Juan, tenemos una fe débil e inmadura, demasiado centrada en nosotros. Por eso, te suplicamos que, como a ellos, también a nosotros no dejés de purificarnos con tu Palabra. Que podamos beber tu cáliz, compartir tu destino de servicio hasta la entrega de la vida, para ocupar nuestro lugar en el Reino de Dios. Amén.”

La decisión por Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 12 de septiembre de 2021

“«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro respondió: «Tú eres el Mesías»” (Mc 8, 29).

La escena de este domingo es central en el evangelio de Marcos. Y lo es porque aquí se expresa claramente la pregunta central de la fe: ¿Quién es realmente Jesús?

Simón Pedro responderá correctamente a la pregunta, aunque no termine de comprender bien el alcance vital de lo que acaba de expresar. Lo dice desde dentro. No es una respuesta formal ni vacía. Valiosa, sí; pero, insuficiente. Podríamos decir: su respuesta es correcta desde el punto de vista doctrinal; ha aprendido bien el catecismo. Falta, sin embargo, algo fundamental: cómo la propia vida se involucra en esa respuesta.

Porque eso es la fe: el modo como nos paramos frente a la totalidad de nuestra vida, y nos disponemos a elegir qué tipo de vida queremos vivir. Una decisión de vida que impacta en toda la vida. Una decisión tomada de cara a Jesús, el Mesías de Dios.

Jesús nos confronta en la decisión más honda y determinante de nuestra vida: ¿Estás dispuesto a caminar toda tu vida conmigo? Es más, al confrontar a sus discípulos con su destino de pasión, cruz y resurrección, el Señor nos invita a entregar la vida como Él y con Él. Este domingo, el evangelio nos lleva al corazón de nuestra vida cristiana: la opción por Cristo.

La oración alimenta la fe, porque nos abre al Espíritu que es, en definitiva, el que nos lleva a Jesús. Es más, la oración es el clima en el que madura la fe que toca la vida.

Este domingo podemos orar así:

“Señor Jesús, también nosotros, como Simón Pedro, creemos en Ti, nos sentimos atraídos por tu persona y tu mensaje. Pero también como su fe, nuestra adhesión a Ti no termina de tomarnos por enteros. Enséñanos a caminar la vida asidos de tu mano. Amén.”