Cuidar la libertad religiosa

Crece la violencia contra los cristianos en el mundo

En los próximos días, el Papa Francisco emprenderá su primer viaje en este 2023. Será a dos países africanos: República democrática del Congo y Sudán del Sur. Ambos con situaciones de extrema violencia, también de características religiosas.

Otro país africano, sin embargo, exhibe la triste estadística de un aumento exponencial de la persecución a personas por su filiación religiosa: Nigeria. La violencia contra los cristianos ha venido en aumento en estos últimos años.

El pasado domingo 15 de enero, el padre Isaac Achi fue quemado vivo por unos asaltantes que dieron fuego a su viviendo. Ese mismo día, en el Congo, un atentado acabó con la vida de una veintena de cristianos pentecostales que celebraban el culto dominical.

La geografía de la violencia religiosa desborda el continente africano. China comunista y Corea del Norte afinan su legislación restrictiva de la libertad religiosa de sus ciudadanos. Aquí, en América latina, Nicaragua es un caso preocupante. Ya ha sido condenado un sacerdote católico por el delito de “traición al estado”. Un obispo espera la misma condena en el banquillo de los acusados.

La organización “Puertas Abiertas” desde hace treinta años ofrece una información concienzuda sobre el estado de la libertad religiosa en el mundo. En su último informe[1] consigna estos datos preocupantes:

  • En la actualidad, más de 360 millones de cristianos sufren altos niveles de persecución y discriminación por su fe.
  • En 1993, los cristianos afrontaban un nivel de persecución de alto a extremo en 40 países; en 2023, esta cifra casi se ha duplicado a 76 países.
  • Solo en los 50 primeros países, 312 millones de cristianos sufren actualmente niveles de persecución muy altos o extremos.
  • En todo el mundo: uno de cada siete cristianos experimenta, al menos, niveles altos de persecución o discriminación; uno de cada cinco en África, dos de cada cinco en Asia y uno de cada quince en América Latina.

¿Qué podemos hacer frente a este panorama?

Ante todo, hablar del tema, difundir información confiable y, sobre todo, estar atento a las diversas formas de discriminación por motivos religiosos que también se dan entre nosotros.

Aún con algunas situaciones preocupantes (sobre todo, por motivos ideológicos y la irracionalidad de los prejuicios), nuestro país sigue siendo un modelo de convivencia pacífica entre las distintas tradiciones religiosas.

La Iglesia católica sigue siendo la mayoritaria, pero con muy buenos vínculos con las otras confesiones cristianas, con los judíos y también con el mundo musulmán.

La buena salud de esta convivencia y su proyección al escenario público argentino son activos a cuidar. No ha faltado y no faltará el punto de vista de las religiones presentes en nuestro país en los intensos debates públicos que caracterizan nuestra vida ciudadana.

Sobre todo, aquellos en los que se juegan con mayor intensidad la dignidad, derechos y deberes de las personas.

La libertad religiosa, con el derecho a la vida, la libertad de conciencia y de expresión, forma parte del núcleo duro de los derechos humanos. Los cuidamos entre todos y para todos, también para quienes no son personas religiosas o creyentes.


[1] https://www.puertasabiertas.org/es-ES/actualidad/todos/lista-mundial-de-la-persecucion-2023-una-realidad-asfixiante/

Testimonio

A los fieles católicos de la diócesis de San Francisco.

Buenos días, hermanos.

Les comparto brevemente este testimonio. Como saben, el pasado lunes fallecieron Luis Alberto y Silvia Masini. Esa noche fui a Di Monte para el responso de Silvia y, en la sala contigua, estaba el velorio de Luis. En las dos capillas ardientes rezamos con mucha fe.

En una y otra, pero también confundiéndose en la multitud de gente que había, reconocí muchos rostros de hermanos y hermanas de nuestras comunidades.

Ayer, martes 17, la despedida de Luis se hizo en Cristo rey y, nuevamente, una enorme concurrencia de personas. Al finalizar el responso, una de las hijas de Luis me pidió dirigir unas palabras. Sobreponiéndose a la emoción, dio un testimonio realmente muy luminoso de su padre, de su talante humano y, sobre todo, cristiano. ¡Menuda herencia deja Luis a sus hijos y a todos nosotros!

Se los quería contar, porque estas “pascuas” vividas por dos discípulos del Señor nos hablan de lo que realmente es el tesoro más grande de nuestras comunidades cristianas, lo que se juega en la vida y pastoral ordinaria de nuestras comunidades.

Meditando el Evangelio del domingo (Jesús que inicia su misión y llama a sus primeros compañeros de aventura), no he podido dejar de pensar en que este Jesús sigue haciendo lo mismo: pasando, llamando y tocando corazones (“Inmediatamente, dejándolo todo, lo siguieron”, dice el evangelista).

Silvia y Luis, como tantos otros, escucharon esa llamada y nos han precedido en el camino hacia el cielo. Su testimonio nos alienta a seguir caminando.

Saludos.  

+ Sergio

Maestro Fernando Ballesteros… ¡Gracias!

Me tengo que retrotraer a 1981. Había pasado el Congreso Mariano Nacional y, como fruto de esa caricia de la Virgen, la arquidiócesis de Mendoza reabría el Seminario.

Éramos un grupo nutrido de jóvenes (hoy diríamos: de adolescentes) deseosos de ser curas.

Un también jovencísimo profesor de música nos deslumbró con su voz y, sobre todo, por su pasión por la música sagrada.

Era el querido Fernando Ballesteros.

Venía cada semana a darnos clase y a educarnos la voz.

Junto con otros maestros, cuyos nombres atesoro en el corazón, Fernando despertó en mí el gusto por la música y el canto. Me entregué de lleno a repasar mis vagas nociones de música y, de manera especial, a aprender todo lo que más pudiera.

Él me acompañó con paciencia y verdadera pasión de docente.

Con el tiempo, ya ordenado sacerdote nos volvimos a encontrar en el Seminario. Volvimos a trabajar juntos en muchos proyectos. El último: el Coro diocesano «Juan Pablo II», al que acompañó, junto con la también queridísima y recordada Juanita Guevara, en tantas ocasiones (incluida mi ordenación episcopal).

Esta mañana me desperté con la noticia de su fallecimiento. Recé por él el Rosario y, esta tarde, ofreceré la Eucaristía por su descanso eterno. También por el consuelo de su familia.

Pero es un recuerdo agradecido. Sí: doy gracias porque Fernando se cruzó por mi camino de fe y de misión sacerdotal. Es un regalo de Dios, de la mano de María, que forma parte de esa historia de gracia y salvación que nuestro buen Dios hace con cada uno de nosotros.

Voy a volver a escuchar algunas de sus interpretaciones en el canal de Youtube que abrió años atrás. Y, de ser posible, volveré a escuchar «Señora Mendoza» de Julio Azzaroni.

Creo que se lo estará cantando al Creador en el cielo.

Hasta vernos de nuevo, querido Fernando. A Dios.

PS. Acabo de hablar con el padre Marcelo De Benedectis que lo acompañó en estos últimos momentos. Marcelo da cuenta de cómo vivió Fernando su Pascua: su amor a Cristo, a la Virgen, al Cura Brochero. Confirma así, lo que todos pudimos leer en su alma desde que lo conocimos. Descansa en paz, querido Fernando.

Un Papa de la Tradición

Uno de los gestos más arriesgados del pontificado de Benedicto XVI fue la promulgación del Motu prorpio «Summorum pontificum» que restableció la liturgia antigua como «forma extraordinaria» del único rito romano.

Fue un gesto arriesgado, como dije, pero valiente y sabio.

Como en su momento reconociera el mismo san Juan Pablo II, el reclamo por la Misa del «usus antiquior» es legítimo. Benedicto XVI además, por sensibilidad, formación teológica y prudencia, percibía que ese conjunto de reclamos -llamémoslos así «tradicionalistas»-forma parte de la entraña de la Iglesia católica, que se vuelve incomprensible sin ese vigoroso aprecio por la Tradición.

La Iglesia es esa tensión entre «Profecía» y «Tradición».

Esa tensión ha estado, está y estará siempre. Y es saludable. Ser fieles al Evangelio es hacerle lugar concreta y vitalmente en la vida de la comunidad eclesial.

Es cierto también que «conservadores» y «progresistas» (si queremos hablar así) tienden a convertir esa tensión en una polarización de exclusión mutua. Se les nota más a los conservadores, pero es más sutil en los progresistas.

Lamentablemente, el gesto valiente de Benedicto XVI dio pie para que esos reclamos legítimos quedaran rodeados de tal grado de agresión, arrogancia y soberbia que, en la práctica, terminan siendo oscurecidos y comprensiblemente desechados: se tira la niña con el agua sucia, según el dicho italiano.

En este punto, la herencia de Ratzinger/Benedicto XVI queda como una provocación a seguir buscando la Verdad, amando a la Iglesia real y a tender puentes con humildad, sin dejarse ganar por el espíritu de discordia.

LA ALEGRÍA DE LA FE

Joseph Ratzinger/Benedicto XVI in memoriam

Joseph Ratzinger ha contado varias veces una anécdota que lo pinta de cuerpo entero, tanto como su obra teológica. Uno y otra son inseparables. Su inmensa producción teológica refleja, como a través de una filigrana, el alma inquieta de este hombre de fe.

Cuenta que, siendo joven profesor, le tocó asistir a una animada discusión entre profesores de teología. Estamos en los años cincuenta del siglo pasado, época de gran efervescencia teológica, especialmente en la Alemania de la segunda posguerra.

La discusión era sobre la necesidad o no de que las personas conozcan a Cristo y su propuesta de vida. Un viejo y respetable profesor de moral, zanjó la cuestión afirmando que era preferible que la inmensa mayoría de las personas no llegara a conocer el Evangelio, pues al confrontar su fragilidad humana con las altas exigencias de Cristo, seguramente se desmoronarían.

Cristo, su Evangelio y, sobre todo, las exigencias morales que de él se desprenden serían un peso para la conciencia de la mayoría de las personas. Dios hace bien en mantener en una conciencia errónea a la mayoría de las personas.

El que esto escribe, de joven seminarista, escuchó alguna reflexión en la misma dirección.

Ratzinger cuenta que, si bien le pareció lógica esa afirmación, le dejó un fuerte sabor amargo. “Lo que me perturbaba -escribe- era la idea de que la fe fuera una carga insoportable que sólo las naturalezas fuertes pudieran aguantar, casi un castigo, o en todo caso, una exigencia difícil de cumplir. La fe no facilitaría la salvación, sino que la dificultaría”.

Y se pregunta más adelante: “¿Cómo podría, de ser así las cosas, surgir la alegría de la fe? ¿Cómo el coraje de transmitirla a los demás? ¿No sería mejor dejarlos en paz y mantenerlos alejados de ella? […] Quien ve en la fe una pesada carga o una exigencia moral excesiva no puede invitar a los demás a abrazarla. Prefiere dejarlos en la supuesta libertad de su buena conciencia”.

Aquí radica, a mi modo de ver, una inquietud central, a la vez pastoral y teológica, eclesial y evangelizadora, que permite comprender el impulso de fondo de su pensamiento. Por ejemplo, de su lucha denodada contra el moralismo, que reduce la fe a mera tranquilidad burguesa.

Lo ha escrito, lo ha dicho y lo ha enseñado de múltiples formas. Sirvan de testigos los párrafos que abajo transcribo. Corresponden a una preciosa lectio divina de Juan 15 a sus seminaristas romanos.

No somos nosotros quienes debemos producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no somos nosotros quienes debemos hacer todo lo que Dios se espera del mundo, sino que ante todo debemos entrar en este misterio ontológico: Dios se da a sí mismo. Su ser, su amor, precede a nuestro actuar y, en el contexto de su cuerpo, en el contexto del estar en él, identificados con él, ennoblecidos con su sangre, también nosotros podemos actuar con Cristo.

La ética es consecuencia del ser: primero el Señor nos da un nuevo ser, este es el gran don; el ser precede al actuar y a este ser sigue luego el actuar, como una realidad orgánica, para que lo que somos podamos serlo también en nuestra actividad. Por lo tanto, demos gracias al Señor porque nos ha sacado del puro moralismo; no podemos obedecer a una ley que está frente a nosotros, pero debemos sólo actuar según nuestra nueva identidad. Por consiguiente, ya no es una obediencia, algo exterior, sino una realización del don del nuevo ser.

Lo digo una vez más: demos gracias al Señor porque él nos precede, nos da todo lo que debemos darle nosotros, y nosotros podemos ser después, en la verdad y en la fuerza de nuestro nuevo ser, agentes de su realidad. Permanecer y guardar: guardar es el signo del permanecer y el permanecer es el don que él nos da, pero que debe ser renovado cada día en nuestra vida.

La cita ha sido larga. Pero es sabrosa. Como toda la lectio.

Al despedir de esta vida mortal al querido Papa emérito Benedicto XVI, pienso que, por encima de todo, nos sea inmensamente necesario y urgente entrar en el cauce profundo de la corriente espiritual que lo animaba, tanto como fecundaba su prodigiosa inteligencia.

Allí están Dios y su Cristo, la alegría de la fe, la luz que nos alcanza al saborear la Palabra y al celebrar los misterios en la sagrada Liturgia. De allí proviene la que tal vez sea la más feliz formulación de su magisterio:

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Encíclica Dios es amor, 1).

Por todo ello, muchas gracias, padre.

La Copa, la pasión y los nuevos liderazgos

En Argentina, el fútbol es más que fútbol. Lo comprendemos incluso los que, como quien esto escribe, no somos futboleros.

El triunfo de la Selección nos ha llenado de emociones. Algunos reels me han puesto la piel de gallina. De lejos, el que me hizo moquear más ha sido la foto o el videíto de “los Messi” (Lio, Antonella, Thiago, Mateo y Ciro) festejando el triunfo. Fue lo único que me animé a postear.

Los cuatro o seis millones festejando en Buenos Aires ofrecen una imagen impresionante. Aunque, por aquí, los quince mil que desbordaron Calchín para recibir a Julián Álvarez no se quedan atrás. En el interior del interior (¿todavía nos empeñamos en hablar así?) se logró lo que no se pudo en CABA.

Los análisis concienzudos se multiplican en las páginas de los medios. Eso es también muy argentino, tanto como la pasión que asombra al mundo. Y lo contagia. De paso: ¿irá Messi a Bangladesh con la copa?

El costado político tampoco se puede dejar de lado. La negativa de la Selección a ir a la Casa Rosada es comprensible. Se puede discutir, aunque también tenemos que tratar de entender el mensaje del gesto. Y, lo que es para mí más importante, intentar sacar algún aprendizaje.

Porque necesitamos eso. La alegría en las calles, como muchos han notado, expresa un desahogo, un alivio, un momento de fiesta en medio de una realidad tan dura. En esto, no advierto ingenuidad o mera evasión en el “pueblo” o la “gente” (como se prefiera hablar).

 A una semana de la Copa, y saliendo de la resaca de las fiestas de Navidad, a ninguno se nos escapa que la realidad difícil de vivir en Argentina está ahí, indomable y testaruda. Tanto como el pesado interrogante acerca de nuestras reales posibilidades de salir del atolladero.

Por eso, quisiera hacer en voz alta una pregunta, habida cuenta de lo que muchos han señalado de esta Selección (la “Scalonetta”) y sus virtudes: espíritu de equipo, liderazgos compartidos, tesón, resiliencia, disciplina, laboriosidad y un largo etcétera.

¿Será posible que toda esta pasión y este enorme logro de lugar al surgimiento de nuevas formas de liderazgo y de dirigencia? Y no pienso solo en la política, sino también en todos los niveles y espacios desde donde las personas edificamos la vida. También, la comunidad cristiana.

Nuevos liderazgos -a mi entender- implica conjugar dos cosas: renovación de personas y un nuevo estilo. En ninguno de estos dos aspectos se trata de hacer borrón y cuenta nueva. Una verdadera transformación es un trabajo complejo en varios niveles: conciencia, opciones libres, sentimientos, actitudes, personas y programas, “seniores” y “juniores”. Los espacios de educación y decisión política (los partidos o sindicatos, por ejemplo) tienen aquí un fuerte desafío.

Cuando, en noviembre de 2008, el Episcopado Argentino publicó el documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”, dedicó un apartado específico a este delicado aspecto. Teniendo como trasfondo el desafío colectivo de madurar un “proyecto de país”, abordó esta cuestión con esta pregunta: “¿Qué estilo de liderazgo necesitamos hoy?”.

La respuesta cristiana no deja lugar a dudas: según el Evangelio, el poder siempre es y se vive como servicio. Ese es su espíritu, su forma y también la mejor recompensa a la que puede aspirar un dirigente.  

De todo lo que allí se dice, solo apunto el párrafo 22 del documento: “Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común.  Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente ha de ser ante todo un testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias. Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida. “

Algo de esto vimos en la “Scalonetta”. Verlo también crecer en nuestra vida social, comunitaria y política es, sin dudas, mucho más difícil. Pero, no imposible. Ese gol tampoco se improvisa.

Elijo creer

No hace falta explicar lo que significan estas palabras. Las hemos sentido saliendo del fondo del alma, despertando ilusiones y esperanzas. 

Las hemos leído una y otra vez a lo largo de los días pasados. Las hemos visto estampadas en memes, reels, historias y en otras muchas formas. 

Es así: libertad y confianza. Solo el ser humano puede darse ese lujo: elegir y confiar. 

Y, en esta ocasión, es elección de confianza culminó en una fiesta increíble. En la alegría de un pueblo. 

Como cristiano, y a las puertas de esta Navidad, pienso que lo que esas palabras significan y despiertan en el corazón son un estupendo prólogo para preparar y vivir el nacimiento de Cristo. 

Los cristianos elegimos creer que, en esta historia nuestra, a menudo cargada de incertidumbre y dramatismo, de ilusiones y sufrimientos, no solo cuentan nuestras posibilidades y límites, nuestros logros y desaciertos. 

Navidad nos dice que, con nosotros también hay una Presencia que, con discreción y humildad, se hace sentir. Es la del “Emanuel”, el Dios con nosotros. 

Es el que -según el relato entrañable del evangelio-, María envuelve en pañales y recuesta en el pesebre. 

Elijo creer en Él y en lo que nos dice ese gesto tremendo de nacer como cualquier hijo de vecino. En medio de la noche y en un lugar perdido del inmenso mundo. 

Como en su momento lo descubriera el gran san Agustín: es el Dios humilde, el único que es digno de fe. Es dado a luz, comienza a caminar la vida y, con su llanto, nos provoca a la fe. 

Elijo creer. 

10 de diciembre de 2023

El próximo 10 de diciembre de 2023 se cumplirán cuarenta años de la recuperación de la democracia. Para entonces, nuevas autoridades estarán asumiendo el gobierno, elegidas por el voto popular. ¿Qué aprendizajes hemos hecho? ¿Qué desafíos tenemos por delante?

La pobreza es nuestra deuda pendiente más aguda. De los factores que impiden revertir este deterioro, la obstinada resistencia a los consensos de algunos sectores es un dato político clave. Parece que muchos ciudadanos muestran hoy un alentador hartazgo frente a este clima enrarecido.

En sociedades como la argentina, más que hace cuarenta años, la cultura democrática supone hoy cuidar los engranajes de su delicado mecanismo: el voto popular y la mediación de partidos y coaliciones políticas; una vigorosa opinión pública, expresiva de la sociedad civil, sus organizaciones e instituciones; una fuerte mística ciudadana del bien común, que articula derechos y deberes. Y también la tensión entre una economía de libre mercado y el imprescindible rol del Estado.

Reducir esa complejidad a propuestas simples es el atractivo de los populismos. Uno de los aprendizajes más importantes de estas cuatro décadas puede que sea la esterilidad de este camino.

Por eso, haber sostenido en el tiempo, en medio de fuertes crisis y tensiones, la opción por la democracia y el imperio del orden constitucional no es un dato menor. Esa «normalidad» institucional puede parecer hoy poca cosa. Es, por el contrario, un gran logro de todos los argentinos. Por eso, es importante celebrar esta fecha.  

***

El papa Francisco nos ofrece en sus encíclicas Laudato Si’ y Fratelli tutti valiosas orientaciones que pueden ayudarnos a darle un impulso virtuoso al camino que transitamos como pueblo.

Laudato Si’ nos propone el desafío de un cuidado de la “casa común” que supone atención a los múltiples aspectos en el equilibrio de la vida desde el hogar hasta la convivencia de pueblos y naciones. No se pueden separar, insiste el Papa, la cuestión ambiental de la cuestión social, el grito de los pobres del grito de la tierra. Es, ante todo, un fuerte desafío educativo: aprender a cuidar y a cuidarnos, más que a usar y descartar. Francisco anima a un ejercicio paciente del diálogo entre personas, grupos y naciones.

Fratelli tutti, propone la fraternidad como principio ordenador del orden social: reconocernos iguales en dignidad, merecedores de reconocimiento y respeto recíprocos. Si en Laudato Si’ advertía a quienes minimizan los valores espirituales, calificándolos de ineficaces para el desarrollo, en Fratelli tutti desafía a los hombres y mujeres de la política a asumir su vocación con un fuerte talante espiritual. No hay buena política sin políticos ricos en valores espirituales. Y no hay políticos así, sin un pueblo con ciudadanos virtuosos.

Cuando la Argentina se aprestaba a salir de la dictadura, el Episcopado publicó “Iglesia y comunidad nacional” (1981), apostando por un restablecimiento del orden constitucional que integrara “la aceptación de la democracia política, históricamente canalizada por el liberalismo; la aspiración hacia la democracia social, vertida por las corrientes de tipo socialista; y el esfuerzo por defender una justa soberanía nacional, implicado en las corrientes nacionalistas.” (ICN 109).

El 10 de diciembre de cada año nos recuerda este camino recorrido. Nos habla de nuestros logros y deudas pendientes. Nos desafía a seguir buscando juntos.

Argentina 1985

Anoche, finalmente, pude ver “Argentina 1985”.

Me pareció una muy buena película, aún si hacemos lugar a las críticas de ausencias, sesgos y otras falencias. Recomiendo verla.

Es dinámica, con muy buenas actuaciones y con un clímax logrado en el alegato final de Darín/Strassera. Difícil no dejarse ganar por la emoción por la frase final: “Nunca más”.

Dos cosas.

Ante todo, me dejó varias preguntas que iban emergiendo a medida que avanzaba la trama. Preguntas personales. Las puse en un Tuit: ¿Dónde estaba yo en aquel momento? Tenía 21 años y, como seminarista, empezaba la teología. ¿Cómo percibí lo que pasaba? ¿Qué pensaba? ¿Qué sentimientos despertaba el momento que vivía el país?

Lo segundo. Creo que plantea bien un punto de inflexión de nuestra historia como país: el “nunca más” a la violencia política, especialmente ejercida desde el estado.

La malicia moral del terrorismo de estado estriba precisamente aquí, como se ha señalado tantas veces: el estado que debe cuidar se vuelve contra los ciudadanos. Al margen de la ley, ejerce una violencia que, por su propia dinámica, se torna irracional e inhumana.

¿Este juicio es el hecho fundante de nuestra joven democracia? Si no lo es, forma parte de la experiencia histórica que fragua el núcleo ético del proceso social, cultural y político en el que aún vivimos.

Pero, como ocurre con todas las grandes opciones éticas de los pueblos, nunca están decididas del todo, asimiladas totalmente, enraizadas en la conciencia y en la libertad de los ciudadanos.

Esta película puede ayudar, con las posibilidades y límites de todo producto cultural, a reavivar nuestra opción por una cultura democrática basada en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, y, por, ende, en el respecto del otro como sujeto y semejante; también en el imperio de la ley para dirimir conflictos y -no hay que cansarse de afirmarlo- la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas como humus vital del sistema democrático.

Que ”Argentina 1985” nos ayude a mirar con esperanza y compromiso ciudadano a la Argentina de los próximos decenios.

Elogio de la moderación política

El Parlamento: la casa de la palabra, el consenso y la moderación

¿Me permitís una palabra?

Los populismos -de izquierda o de derecha- deforman la democracia en varios sentidos. Uno de ellos es transformar la confrontación entre posturas distintas (normalmente bipolares: izquierda-derecha, conservadores-progresistas, etc.) en una exacerbación de los extremos.

La confrontación propia de las democracias liberales hace a la dinámica de la vida política de las sociedades que adoptan ese sistema de gobierno y de convivencia ciudadana. Se sustentan sobre un fundamento sólido: la aceptación sin reservas de la pluralidad, cuyo núcleo ético es el reconocimiento de la dignidad personal de cada ciudadano o miembro del pueblo.

Es el reconocimiento del otro como sujeto igual a mí.

Por eso, las confrontaciones democráticas, incluso las más encendidas, no tienen que poner en riesgo la unidad siempre en tensión dentro de la comunidad ciudadana. Al contrario, bien vividas, la expresan y la refuerzan.

Obviamente, siempre y cuando, ese núcleo ético que es el reconocimiento del otro no desaparezca ni se debilite. Se trata de un valor fundamental, pero también sumamente frágil, confiado al cuidado de la conciencia y libertad de cada ciudadano y de toda la sociedad.

Una convivencia así requiere de una mística anclada en sólidos valores espirituales y éticos. Para algunos de nosotros es el Evangelio; para otros, otras fuentes espirituales.

La Iglesia católica, por ejemplo, en cuanto sujeto social (y también político) mantiene una oposición crítica hacia muchas leyes (el aborto, por ejemplo). Acepta la legitimidad de las reglas de la democracia, pero mantiene su postura sin romper ni amenazar la cohesión de la sociedad. Y, como ella, tantas otras organizaciones o espacios espirituales, culturales y políticos.

El populismo procede deliberadamente de otra manera. Exacerba las diferencias que se dan dentro de la sociedad; niega subjetividad al otro, al que arroja fuera del espacio, considerándolo “no pueblo” y, por eso, siempre rompe la unidad y cohesión del pueblo al que dice servir. Incluso se echa mano de símbolos, expresiones o conceptos religiosos para darle una pátina mística a sus pretensiones de hegemonía.

No solo en Argentina, sino en varios rincones del globo, la democracia aparece amenazada por estas formas de entender la convivencia social.

La enseñanza social de la Iglesia católica, a la vez que busca respetar la dinámica y consistencia secular de la política, ofrece el horizonte inspirador del humanismo que se desprende del Evangelio y de su también secular forma de interpretar racionalmente la condición humana.

En su reciente encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco ha hecho foco en dos conceptos que abrevan en esa fuente: el de “fraternidad” y el de “amistad social”. Desde allí invita a transitar los caminos de -como él lo llama, con acierto- la “mejor política”.

Se trata de un verdadero “elogio de la moderación” en la política. Supone afirmarse con notable fortaleza interior en los instrumentos más políticos que conocemos: el diálogo, la búsqueda de consensos y acuerdos; la superación paciente e inteligente de los conflictos con una mirada de largo alcance; la sensibilidad hacia los más vulnerables, como motivación para atenuar el impulso del egoísmo en aras del interés común.

Tradicionalmente todos estos valores se asocian al “centro” de las distintas expresiones políticas: centro izquierda o centro derecha. Entre nosotros se ha puesto de moda bajarle el precio a esta búsqueda de un territorio común para construir el bien común, hablando de “Corea del centro”. Ni fu ni fa. Es una chicana casi infantil.

Nuestro país arrastra una profunda crisis social, económica y política que tiene raíces humanas y éticas. Sin un deliberado consenso, buscado con fortaleza y magnanimidad, será imposible diseñar el futuro.

Como he dicho otras veces: en esto, todos los ciudadanos tenemos que sentirnos responsables, pero, una responsabilidad histórica la tienen los hombres y las mujeres de la política. Esa es su vocación. Yo añadiría ahora: y de aquellos hombres y mujeres que hacen de la “moderación” su mística al servicio de todos.

Y es ahora, no mañana, pues entonces puede ser demasiado tarde.

La hora es grave y supone riesgos reales, que hemos visto realizarse en otros países y sociedades. No sería extraño que, en las próximas elecciones, buena parte de los ciudadanos, acosados por lo que implica sobrevivir al día a día y desinteresados de la política (a la que juzgan -y con razón- alejada de su vida e intereses reales), a la hora de entrar en el cuarto oscuro, se decanten por opciones radicalizadas, que ofrecen la ilusión de patear el tablero. Sabemos su destino: nuevas frustraciones, más rabia y menos discernimiento.

¿Será posible romper ese círculo vicioso? Creo que sí. A la moderación política le cabe la responsabilidad. Y que tenga también imaginación para hacérnoslo comprender.