“Un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento” Filipenses 2, 2

Homilía del Pbro. GABRIEL M. GHIONE en la catedral de San Francisco en la Eucaristía de inicio de la fase diocesana del camino sinodal de la Iglesia universal.

Queridos hermanos: ¡que hermoso es caminar juntos! Tomar conciencia que es un proceso, donde encontramos siempre nuevos mojones de fe, mojones que hace años, guiaron a nuestros antepasados y hoy, con memoria agradecida podemos tomar la posta y seguir haciendo camino como Iglesia Diocesana.

Nos los recuerda el Evangelio. Los discípulos tuvieron una experiencia que les cambio para siempre su vida. Una experiencia que no fue un hecho puntual sino un proceso. Se encontraron con una persona que les cambio la vida: sus pensamientos, su corazón y hasta lo que ellos amaban. Jesús de Nazareth fue un antes y un después en sus vidas, así como lo es en las nuestras. Este proceso está marcado por la Pascua: por la muerte y Resurrección de Jesús y también por la transformación de los discípulos. Esta transformación ellos la definieron como un nuevo nacimiento. Fue tan intensamente vital que llevo todo un tiempo procesarlo y provocó en ellos grandes cambios: del miedo a la confianza, del encierro a la parresia (o valentía en el anuncio) de la soledad a la Presencia. Efectivamente el Evangelio nos narra la certeza de la comunidad de los discípulos: “Donde dos o más se reúnan en mi nombre yo estaré presente en medio de ellos”.

Así los discípulos experimentaron su vida y la fe como un proceso: un camino. Jesús es el Camino y ellos son los seguidores de ese camino. Un camino que no se recorre sólo, sino que, se peregrina junto con otros, en comunidad. Este es el sentido etimológico de la palabra Sínodo. Que conjuga el caminar junto y lo que se deriva de ello: decidir juntos.

Entendemos, por tanto, que vivir este proceso es ser fieles a nuestra identidad más profunda no introducir una novedad. El ser y el obrar de la Iglesia esta marcada por el caminar juntos tras las huellas de Jesús: escuchando, dialogando y discerniendo lo que el Espíritu dice a la Iglesia para ser fieles al proyecto del Reino que el Padre nos confía.

Como Iglesia diocesana tenemos la dicha de haber sido hijos del Concilio Vaticano II. Mientras el Concilio renovaba a la comunidad cristiana desde las fuentes mismas de la fe y tradición éramos dados a luz. Dimos nuestros primeros pasos en la pastoral de conjunto con la Iglesia Latinoamericana que nos enseño a recibir y vivir el Concilio en este tiempo y en este lugar. Abrir este proceso sinodal no implicará para nosotros algo desconocido: sólo tenemos que recordar el camino de la pastoral planificada: de las

asambleas diocesanas, de los instrumentos para contactarnos y discernir la realidad. La novedad no está en lo que tenemos que hacer sino en los modos, en las actitudes, en la búsqueda.

San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de tener un mismo amor, un mismo sentir, un mismo pensar. Es por aquí donde se constata la calidad de un proceso sinodal. Es evocar y vivir lo que nos presenta la primera lectura: los apóstoles con María abriéndose a recibir el Espíritu. Su acción los va a movilizar, dinamizar necesitando todo un libro -hechos de los apóstoles- para narrarnos solo algunas acciones de este acontecimiento originario y fundacional. En este libro podemos extraer tres actitudes fundamentales para cultivar en el proceso sinodal, estas actitudes son insistentemente presentadas por el papa Francisco:

  • Escuchar/ ver: es una actitud teológica. El primero que escucha es Dios, escucha a su Pueblo. Así nos lo narra el libro del Éxodo cuando presenta la vocación de Moisés: en tres oportunidades afirma que Dios escucha (primero) y ve (después) la situación de su pueblo. (Éxodo 3, 9: en 3, 7 los verbos están invertidos) Jesús también nos enseñó a que el Padre escucha a sus hijos vulnerables y ve en lo secreto. Así como discípulos misioneros lo primero y más importante es escuchar y ver. Escuchar implica un ejercicio de una gran ascesis y disciplina. No se puede escuchar cuando uno piensa en otra cosa o ya tiene la respuesta antes que termine de expresarse la otra persona. Es un ejercicio de recepción que nos pone en circunstancia de salir de nosotros mismos, nos pone en referencia a otro, sacándonos de la autoreferencialidad que nos enferma como personas y como Iglesia. Escuchar lo que dice el Espíritu como Iglesia implica, por tanto, el valor para hacer silencio, silenciar nuestros prejuicios, ideas, pensamientos. No es un silencio vacío, etéreo. Es un silencio lleno de Presencia, de apertura, de receptividad. Lo que el Espíritu nos quiere decir nos lo irá diciendo por la voz de los jóvenes (San Benito), de los pobres, vulnerables, marginados. Nos lo dirá en la voz del 95% de católicos que no participa de las celebraciones. Nos lo expresará en los que ya no encuentran en el catolicismo una respuesta o en los que han dejado de creer. Por eso el ejercicio de escucha implicará ponernos en salida, en búsqueda, en estado de misión.
  • Dialogar/juzgar: es la segunda actitud, también teológica. ¿Acaso no es la revelación y la fe el hermoso diálogo de Dios con el hombre? Dios diálogo con su Pueblo en el Sinaí, Jesús es la manifestación en persona del diálogo entre Dios y el hombre. Este diálogo también se visualiza en el libro de los hechos de los apóstoles: hay un diálogo entre el Espíritu y la comunidad cristiana en dónde se llega a expresar: “el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido” (Cf. Hch 15, 28). Se manifiesta una rica red de vínculos, de diálogos entre los apóstoles, entre toda la comunidad cristiana. Es aquí donde se forma el mismo pensar de Pablo. No hay que entenderlo que todos piensen lo mismo, que no haya criterios diversos. La traducción que utiliza la Biblia de Jerusalén es: un “mismo ánimo”, así entendemos que se llega a un pensar común o mejor dicho a una un-animidad: una sola alma. En el diálogo tenemos que ser capaces de hablar con sinceridad y autenticidad, a dejar que la realidad se presente tal cual, no hay que esconder nada. Pero el peligro que tenemos es pensar que dialogar es encontrar un culpable o realizar largas horas de catarsis pastoral enumerando lo fracasos. Nada más lejos, porque dialogar es abrir el corazón para salir de nosotros, para buscar en el camino compartido, el mejor espacio para descubrir lo que el Espíritu ya está obrando porque siempre se adelanta a nosotros.
  • Discernir/actuar: Jesús fue una persona de un enorme discernimiento, siempre confrontó su vida con el proyecto del Padre: el Reino. El discernir es esforzarnos por distinguir lo que sirve de lo que no sirve, cuando está mezclado y no vemos con claridad… para alimentar lo que sirve, para cuidar y hacer crecer el trigo sin angustiarnos por la cizaña. Discernir implica decidir, no hay discernimiento sin decisiones. Decisiones que ponen en acto lo que escuchamos/vimos; dialogamos/juzgamos. Encontrando en todo este proceso lo que el Espíritu nos dice como comunidad cristiana para vivir desde la voluntad de Dios.

Este hermoso proceso es propiedad de toda la iglesia, todos somos los responsables, los sujetos de esta acción, de diversas maneras, pero no con diversos grados de compromiso. Nadie tendrá que empujar ni fomentar a nadie, todos tendremos que animarnos a caminar juntos y tendremos que animar a caminar a los que estén al costado del camino diciendo: ¡Animo, levántate, el nos llama!

Este proceso Sinodal que comenzamos como Iglesia Diocesana insertándonos en el camino sinodal de toda la Iglesia nos invita a la comunión: a escuchar juntos; participación: comprometernos en el diálogo; y misión: discernir el mejor camino para seguir anunciando la Buena Noticia del Reino

***

Al concluir la celebración, el Padre Daniel Cavallo, coordinador del Equipo diocesano para el camino sinodal, explicó los pasos que la diócesis viene dando desde 2020. Aquí una síntesis con los puntos fundamentales que expuso ante la asamblea de fieles.

  • En el discurso del inicio del proceso sinodal, el pasado 9 de octubre, el Papa Francisco dijo: “Reitero…que el sínodo no es un parlamento, que el sínodo no es un sondeo de las opiniones; el sínodo es un momento eclesial, y el protagonista del sínodo es el Espíritu Santo. Si no está el Espíritu, no habrá sínodo”.
  • Este paso del Espíritu Santo nos encuentra a nosotros, Iglesia Diocesana de San Francisco, en el jubileo de los 60 años de la creación de la Diócesis y luego de más de 30 años de caminar el desafío pastoral a través de las Asambleas Parroquiales – decanales y diocesanas, que nos permitieron elaborar cinco planes de pastoral para dar respuesta a la evangelización en el mundo y en la cultura del tiempo presente.
  • Animados por esto, nuestro Obispo Sergio convocó a inicios del año 2020 a un equipo de laicos y sacerdotes para comenzar a rezar, estudiar, compartir este itinerario: “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia”.  Esta convocatoria sinodal de “caminar juntos” (esto quiero decir Sínodo) al que nos convoca el Papa Francisco, es asumida en nuestra diócesis en este año 2021 donde ayudados por el equipo diocesano de planificación pastoral y a través de dos instrumentos de trabajo, evaluamos el “Plan Pastoral Diocesano 2016 – 2020”.  En este mes de octubre comenzó en las parroquias – movimientos e instituciones de la diócesis el desarrollo del segundo instrumento de evaluación.
  • Motiva este trabajo de evaluación dos preguntas referenciales: ¿Cómo ha sido anunciado el evangelio en nuestra Diócesis de San Francisco? ¿Cómo ha de seguir resonando para llevar esperanza a nuestro pueblo?  Es por eso que la SINODALIDAD reclama y exige una fuerte EXPERIENCIA DE ESPIRITUALIDAD para llegar a descubrir que el Señor resucitado, como con los discípulos de Emaús, camina con nosotros y está entre nosotros.
  • En eso estamos, en el inicio de la etapa de MOTIVACIÓN y de ofrecimiento de un proceso de ESPIRITUALIDAD para sentar las bases del camino sinodal. “SI NO ESTÁ EL ESPÍRITU, NO HABRÁ SINODO”. Y esto nos hace descubrir el estilo de Dios que nos ayuda a vivirlo: la cercanía, la compasión y la ternura, junto al ejercicio de las actitudes necesarias para ejercer la sinodalidad: ESCUCHA – DIALOGO – DISCERNIMIENTO.
  • En palabras del Papa Francisco: “tenemos necesidad del Espíritu, del aliento siempre nuevo de Dios, que libera de toda cerrazón, revive lo que está muerto, desata las cadenas y difunde la alegría. El Espíritu Santo es Aquél que nos guía hacia donde Dios quiere y no hacia donde nos llevaría nuestras ideas y nuestros gustos personales”.
  • “60 años caminando juntos con espíritu mariano, franciscano y brocheriano”, queremos vivir lo que somos en nuestra identidad más profunda: una IGLESIA SINODAL. 

Cuarenta años de “alianza” con el corazón inmaculado de María

Homilía en la catedral de San Francisco, al cumplirse 40 años de la consagración de la diócesis al Inmaculado Corazón de la Virgen de Fátima. Miércoles 13 de octubre de 2021

Imagen de la Virgen de Fátima que se venera en la catedral de San Francisco desde 1981

“Yo soy la Señora del Rosario, continúen rezando el Rosario todos los días, la guerra se acabará pronto” (13 de octubre de 1917).

“[…] al final, mi corazón inmaculado triunfará […]” (13 de julio de 1917).

Sesenta años son muchos para la vida de un individuo; para una Iglesia diocesana como la de San Francisco, en cambio, son apenas un puñado de días, todavía fundacionales: el inicio de un camino que ha de seguir adelante.

Más joven aún era la diócesis -apenas habían pasado veinte años de su creación-, cuando el obispo de entonces, el recordado Don Agustín Adolfo Herrera, cumplió el gesto que hoy rememoramos y revivimos: trajo desde Fátima esta bella imagen de Nuestra Señora y consagró ante ella a la joven diócesis que pastoreaba al Inmaculado Corazón de la Virgen de Fátima.

¿Qué significó entonces y que significa ahora que nuestra diócesis esté consagrada a María, bajo la advocación de Fátima?

En realidad, la entrega confiada a María (expresión que prefiero usar) no es otra cosa que expresar visiblemente y vivir a plena conciencia lo que el Evangelio nos dice que aconteció en la hora del Señor: María es confiada al discípulo amado como Madre, y éste la recibe como hijo.

Es vivir esa alianza con María que está en la raíz de nuestra identidad como discípulos y como Iglesia de discípulos de Jesús: María es nuestra Madre en el orden de la gracia.

En las cartas que envié para preparar este momento, con la sugerencia de hacer o renovar nuestra entrega confiada a María, les decía dos cosas que quisiera ahora recordar.

En primer lugar, que la finalidad de esa alianza con María no es otra que vivir la gracia del bautismo y de la confirmación; es decir: ser de verdad, y cada vez más radicalmente, discípulos misioneros de Jesús, testigos de la Esperanza y de la Alegría del Evangelio.

Es la gracia que, cada noche de Pascua, reavivamos cuando renovamos las promesas bautismales, renunciando al pecado y dejándonos llevar al espacio de luz que abre la fe en nuestras vidas.

María, la primera y más perfecta discípula del Evangelio, como madre, maestra y consejera espiritual nos ayuda delicada y firmemente a vivir el bautismo. Nada más. Y nada menos. Nada más bello y valioso.

En segundo lugar, al hacer de forma tan personal nuestra alianza con María, le pedimos vivir nuestra condición de cristianos como ella ha vivido la fe, la esperanza y la caridad.

Con palabras de Don Bernardo Olivera: que ella nos ayuda a “marianizar” nuestra vida y experiencia cristiana.

Aquí me detengo, al menos con algunas indicaciones someras.

¿Qué significa, para nosotros, hijos e hijas de esta Iglesia diocesana de San Francisco, “marianizar” nuestra experiencia de fe, “marianizar” nuestra vida?

Permítanme, antes de esbozar una respuesta a esta pregunta, invitarlos a cada uno de ustedes a tomarse un tiempo para meditar en la propia respuesta. Y hacerlo en diálogo con María, nuestra madre y maestra: “María, quiero vivir mi condición de hijo de Dios como vos la viviste: ayudame, inspirame, invocá sobre mí el Espíritu -como en el Cenáculo- para que descubra mi vocación, y cómo vivirla con tu mismo corazón, actitudes y sentimientos, con tu misma fe, valentía y alegría”.

Ahora miremos a nuestra Iglesia diocesana, a sus comunidades, a sus miembros: laicos, consagrados y pastores, servidores, ministros y agentes de pastoral.

“Marianizar” nuestra vida diocesana, ante todo, significa vivir la fe desde el corazón, como una decisión de vida que, desde dentro hacia fuera, ha de ir impregnando nuestra mirada, nuestras decisiones libres y nuestra conducta.

No podemos darnos el lujo de vivir de prestado. La fe, más temprano que tarde, puja en nuestro corazón por convertirse en convicción, experiencia de encuentro y de misión.

“Marianizar” nuestra vida significa también hacer de la oración, la escucha de la Palabra, la adoración y la intercesión nuestro modo de estar en medio del mundo, abriéndolo así al influjo vivificante del Espíritu Santo. El icono precioso del Cenáculo nos ha de inspirar.

En la Eucaristía dominical, cuya participación presencial hemos recuperado en este tiempo de pandemia, hacemos juntos esta experiencia vital. Con María y como aquellos primeros mártires cristianos, también nosotros decimos: “sin la Eucaristía no podemos vivir ni subsistir en nuestro mundo paganizado”.

“Marianizar” nuestra vida significa cantar, cada día y a cada hora, el Magnificat de Nuestra Señora. Ella lo cantó al cabo de un camino misionero, al correr deprisa a tender la mano a Isabel. El Magnificat no es un canto apacible, sino el himno vigoroso de los que caminan, luchan, se dejan alcanzar y enardecer por la misericordia divina que, de generación en generación, se desborda sobre los pobres, los hambrientos, los humillados.

De esta pandemia, tal vez, nuestras comunidades salgan magulladas, reducidas en número y en recurso. No ocultemos nuestra fragilidad. Nos hace bien mirar de frente toda la pobreza que nos rodea y lo pobres que somos nosotros, como personas y comunidades.

Pero, también en medio de esta pandemia, el Señor nos ha regalado experiencias bellísimas de su gracia, de su presencia y de su potencia transformadora. “Marianizar” nuestra experiencia cristiana quiere decir dejar que nuestro corazón se abra al modo como Jesús, el verdadero pastor y obispo de nuestras vidas, conduce a su Iglesia.

Para nuestra Iglesia diocesana, en comunión con la Iglesia universal que preside el papa Francisco, “marianizar” nuestra vida significa afirmar con decisión nuestros pasos por el camino sinodal que hemos emprendido.

En ese camino que compartimos tenemos el enorme y fascinante desafío de descubrir los carismas que enriquecen a nuestra diócesis desde la experiencia de la gracia de cada uno de los bautizados, comunidades y espacios pastorales que la forman.

En ese camino que venimos haciendo juntos, hemos de recuperar la alegría de cantar -también juntos- el canto nuevo de la Esperanza que nos ha sido confiada para que la compartamos con nuestros hermanos.

¡No nos dejemos ganar ni por el triunfalismo ni por el derrotismo! ¡Tenemos mucho para dar y decir! ¡Nos ha sido confiado el Evangelio que es la esperanza del mundo!

El Sembrador sigue esparciendo su semilla por el campo del mundo. En él no solo crece la maligna cizaña. El trigo está madurando en nuestros campos bendecidos hoy por una abundante lluvia. Es un signo precioso de las bendiciones que nuestro buen Dios sigue dando a la tierra que ha creado y que ha regado con la Sangre redentora de su Hijo.

A nosotros solo se nos pide mirar -como María- y cantar las maravillas del Señor.

Sigamos caminando juntos con espíritu mariano.

Madre: aquí estamos tus hijos. Déjanos llamarte “Madre”, una vez más y con la voz emocionada. Sí, tu corazón inmaculado finalmente triunfará.

Amén.

60 años de la diócesis de San Francisco

Homilía del arzobispo de Córdoba, Mons. Carlos J. Ñañez, en la catedral de San Francisco – 4 de octubre de 2021

Foto: “La Voz de San Justo”.

Queridos hermanos:

Saludo cordialmente a todos los presentes en esta Iglesia Catedral y a todos los que a través de las redes se unen a esta celebración.

Es una alegría para mi estar hoy en esta ciudad de San Francisco. Agradezco de corazón a Mons. Sergio Buenanueva su invitación para presidir esta Eucaristía. Es un gesto de comunión entre nuestras iglesias diocesanas y entre nosotros los obispos, como miembros de un único colegio que preside el sucesor del apóstol san Pedro, el Papa.

Festejamos un aniversario significativo: lo sesenta años de la creación de esta diócesis. Se trata de lo que podríamos llamar una cifra “redonda”, la conclusión de una década, que la encamina hacia la celebración de sus bodas de diamante cuando cumpla los setenta y cinco años de existencia.

El Papa san Juan Pablo II señalaba que los aniversarios significativos constituían una ocasión de gracia para las personas y para las instituciones. Al decir ocasión de gracia quería destacar una cercanía y un favor especial de parte de Dios para quien o quienes celebran ese aniversario.

El Papa señalaba, además, que ese acontecimiento era una oportunidad para volver “a la inspiración inicial”.

En una diócesis, la inspiración inicial no es otra sino el propósito de anunciar el evangelio a todos, invitando a los interlocutores a una adhesión personal al Señor Jesús, en el seno de una comunidad. Adhesión que alcanza su culmen en la celebración y en la participación de la Eucaristía.

El encargo del Señor a sus discípulos, después de su resurrección, es sumamente claro: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado (Mt 28, 19-20).

La enseñanza del Concilio Vaticano II, por su parte, nos recuerda que: “la diócesis es una porción del pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica” (Ch. D. 11).

Este es el desafío para la Iglesia de Jesucristo que peregrina en San Francisco: llevar a todos la buena noticia de Jesús, comunicar su vida abundante. Un desafío que la compromete, pero en cuya realización se tiene que sentir permanentemente acompañada y asistida por el Señor que prometió estar: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), aseguraba el Señor a sus apóstoles y en ellos, a su Iglesia.

El esfuerzo por caminar “en sinodalidad”, es decir, por caminar y trabajar juntos, que esta Iglesia está transitando la coloca en disposición para afrontar ese desafío en las mejores condiciones. La sinodalidad es, en efecto, lo que el Señor espera de su Iglesia en el siglo XXI, tal como nos dice el Papa Francisco.

Esta comunidad diocesana tiene un matiz particular señalado por el patrono de la ciudad en la que está la sede episcopal: san Francisco de Asís. Podemos, entonces, hablar de una “inspiración franciscana” en esta Iglesia local.

San Francisco estuvo cautivado por el acontecimiento del pesebre y su mensaje de sencillez, de humildad, de “minoridad”, como dicen sus hermanos y seguidores.

No es otro el mensaje que trasunta el evangelio que acabamos de escuchar: la alabanza de Jesús al designio paterno de privilegiar en su revelación a los pequeños, a los humildes.

San Francisco estuvo también como “atrapado” por el acontecimiento del Calvario, la crucifixión del Señor. Otro Francisco, santo como el de Asís y doctor de la Iglesia: San Francisco de Sales, decía que el calvario era el lugar de los verdaderos amadores de Dios (cfr. TAD 12, 13).

San Pablo, por su parte, se gloría de llevar las señales de la cruz de Cristo, señales que San Francisco de Asís llevaba en sus estigmas.

El Santo Padre en la homilía la Misa del inicio de su servicio como sucesor del apóstol san Pedro, el 19 de marzo de 2013, manifestó su preocupación por el cuidado de la creación. Años después nos ofreció la encíclica “Laudato Si”, sobre el cuidado de la casa común.

Dirigida a todos los creyentes y a todas las personas de buena voluntad, esta encíclica ha tenido honda repercusión en el mundo entero, incluso entre quienes no comparten la fe cristiana o no adhieren a ninguna creencia en particular.

Seguramente ha tenido y tiene también una resonancia especial en esta diócesis caracterizada por las actividades del campo, en la agricultura y la ganadería, y por las industrias vinculadas a dichas actividades agropecuarias.

La enseñanza del Papa en su encíclica constituye una invitación a desarrollar una “ecología integral” que cuide la sustentabilidad del medio ambiente y que posibilite sobre todo condiciones de vida digna y saludable para todos.

He aquí un desafío particular para esta diócesis: dar cabida a las recomendaciones del Santo Padre, como testimonio de una sincera adhesión al evangelio, que promueve siempre una vida cada vez más digna para todos.

La experiencia de la pandemia que atravesamos ha provocado dolor y sufrimiento, ante todo por la pérdida de seres queridos a los que no se pudo acompañar ni despedir, por los que, incluso, no se pudo hacer duelo; también por los enfermos que sufrieron el contagio del virus y que vieron en peligro su vida.

El aislamiento que las medidas sanitarias impusieron a todos, favorecieron en algunas oportunidades actitudes individualistas, un “sálvese quien pueda”, e incluso dieron lugar a expresiones de lamentable egoísmo.

Pero también tenemos que destacar los magníficos ejemplos de solidaridad y de verdadera caridad hecha entrega y servicio de muchas personas, particularmente entre los agentes sanitarios, médicos, enfermeros, auxiliares de la medicina y personal de los hospitales y sanatorios, que incluso arriesgaron sus vidas para combatir la enfermedad y aliviar los dolores y sufrimientos, así como también los encargados de otros servicios indispensables para la vida de las personas en la sociedad.

Las circunstancias dramáticas mencionadas y las actitudes positivas destacadas constituyen una invitación apremiante a la fraternidad.

Interpretando este signo de los tiempos, el Santo Padre nos ofreció durante la pandemia una nueva encíclica: la que lleva por título “Fratelli tutti”, sobre la fraternidad y la amistad social.

Los títulos en italiano de las dos encíclicas que hemos mencionado son una referencia innegable a San Francisco de Asís, quien cultivaba una admiración enorme ante la obra creadora de Dios, que lo motivó a componer el “Cántico de las creaturas”, y su aprecio por la experiencia de la fraternidad que marcó su existencia y su vida en común: “El Señor me dio hermanos…”, decía el santo.

También la encíclica “Fratelli tutti” puede tener una especial resonancia en esta diócesis, invitándola a cultivar una verdadera amistad social, superando diferencias de origen e integrando las características y cualidades de cada grupo. Hablando sencillamente, las particularidades de los “gringos” y las de los “criollos”, y así soñar e ir concretando una Patria de hermanos, saliendo juntos y mejores de esta pandemia que nos preocupa y que nos hace sufrir a todos.

Cultivar la fraternidad y la amistad social puede ser también un testimonio y un servicio que la comunidad eclesial ofrezca con sencillez, pero también con convicción y coherencia, a nuestra sociedad argentina atravesada por tantos enfrentamientos que provocan sucesivas frustraciones y un increíble desaprovechamiento de oportunidades para crecer y ofrecer mejores condiciones de vida para todos los ciudadanos.

Animémonos entonces a recorrer estos caminos, sugeridos por el Papa en sus enseñanzas. Así seremos de veras consecuentes con la inspiración “franciscana” de esta Iglesia local.

Por otra parte, y en consonancia con la inspiración inicial de la creación de la diócesis, animémonos también a llevar con alegría y convicción la buena noticia del evangelio que promueve siempre una vida más humana y más digna para todos. Como en su momento lo hizo también San José Gabriel Brochero en Traslasierra, dejándonos un ejemplo admirable cuyos efectos benéficos perduran hasta el día de hoy.

La Iglesia que peregrina en San Francisco tiene como Patrona a la Santísima Virgen María en su advocación de “Nuestra Señora de Fátima”. Dicha advocación dice relación a una manifestación de la Madre de Jesús en un momento dramático para la humanidad durante “la gran guerra”, es decir, la primera guerra mundial, a la que el Papa Benedicto XV calificó como “una inútil carnicería”.

El mensaje de María fue de consuelo y de invitación a una renovación interior, a una conversión sincera. Una invitación a ser hombres y mujeres “nuevos” para forjar una humanidad “nueva”, una humanidad que asuma el yugo del Señor que es liviano, llevadero, como Él mismo nos acaba de decir. Un yugo que da la verdadera libertad y la alegría que no miente. Libertad y alegría son las semillas de la auténtica felicidad a la que estamos llamados y que finalmente será plena junto a Dios y a nuestros seres queridos y hermanos todos.

Que el Señor, por la intercesión de Nuestra Señora de Fátima, de San Francisco de Asís y de San José Gabriel Brochero, se lo conceda a esta porción de la Iglesia y que ella pueda compartirlo con las demás Iglesias hermanas de Córdoba y de nuestro país.

Que así sea.

Corpus Christi 2021

Homilía en la catedral de San Francisco, domingo 6 de junio de 2021

La santa Eucaristía nos devuelve al “amor primero”. Aquel amor del comienzo que el Apocalipsis le reprocha a la Iglesia de Éfeso haber dejado enfriar (cf. Ap 2, 4).

Es el amor de Cristo: libre y total, absoluto y gratuito, sin reservas ni condiciones. El único amor que puede despertar en nuestro corazón una respuesta semejante.

Venimos a la Eucaristía a dejarnos alcanzar por ese amor primero. Por eso estamos aquí. Por eso, aunque no podemos asistir al templo por la pandemia, seguimos esta celebración por las redes.

Este año, la liturgia nos invita a contemplar la Sangre redentora del Señor “que por otra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios” (Heb 9, 14). Es la Sangre bendita que nos vivifica y purifica. La que nos abre las puertas de la vida, ya desde ahora en nuestro peregrinar hacia la patria del cielo.

Contemplemos pues la Sangre del Señor.

En la sangre está la vida, nos enseña la Escritura. Es lenguaje simbólico, no biología. Y la sangre “derramada” es expresión de una vida entregada, que no se guarda nada; que no se engaña a sí misma, creyendo que ser libre es igual a librarse de toda forma de vínculo, dependencia o condicionamiento. Esto último suele ser más bien desinhibición, capricho o triste apatía de adolescentes eternos.

Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, de rodillas ante el altar, volvemos a escuchar al Señor que, por medio del sacerdote, nos dice: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 24-25).

Creemos en tu Palabra, Señor, y nos dejamos llevar por ella. “Sangre de Cristo, embriáganos”, rezamos con la antigua plegaria.

Sí, estamos embriagados por ese Amor grande que no ha dejado solo al mundo. Esa vida traspasada de amor que palpita en la entrega silenciosa, humilde y perseverante de tantos hombres y mujeres que, cada día, vuelven a ponerse al hombro a su familia, a sus seres queridos, a todos los que les han sido confiados.

Es verdad que, en medio de esta dolorosa pandemia, nos desconcierta y subleva la irresponsabilidad de algunos -dirigentes o simples ciudadanos- que parecen no ver más allá de sus intereses de corto alcance. Pero, como contraparte a la vileza y mezquindad de esas élites encerradas en sí mismas resalta la esperanzadora vida que circula por las venas de nuestro pueblo. Somos testigos, cuando no protagonistas, de ese amor increíblemente tozudo que, en medio de la dura prueba, se hace cargo de la vida de los otros con alegría, incluso con sano humor, sin estridencias ni reclamos infantiles. Amor que se levanta cada mañana, que vuelve a empezar; que se afana en llevar bondad, belleza y justicia, sin dejarse ganar por el desaliento; o, si ese veneno se inocula en el alma, sabe encontrar el mejor antídoto que es mirar a los ojos a los que amamos, los más pequeños o desvalidos; y, con esa mirada que traspasa el alma, seguir caminando, peleando la vida y dando lugar a la esperanza.

Permítanme decirlo sin rodeos: detrás de todo ese humanísimo amor está la Sangre bendita de Cristo; está ese amor primero que sostiene, por la fuerza del Espíritu, todo esfuerzo para hacer la vida más humana. Es Sangre redentora. Y eso no es eufemismo ni veleidad, es confesión de fe y, por eso, realismo puro. Dios no se queda en buenas intenciones: dice, obra y transforma desde dentro la vida.

La Sangre de la nueva y eterna Alianza en la Eucaristía es la fuerza secreta que anima, incluso sin saberlo, a todo hombre y mujer de nuestro mundo (de nuestra Argentina) que empeña su libertad en el cuidado de los otros, especialmente de los más vulnerables; que apuesta al diálogo, al encuentro y a la pasión por la verdad y el bien común.

Cuando el Señor, en la última cena, toma en sus manos el cáliz lleno del fruto de la vid, no solo nos invita a reconocer en ese vino generoso el misterio de su Sangre, a punto de ser derramada “para el perdón de los pecados”; sino que, al hacer eso mismo, mete en el corazón del mundo la potencia más fuerte que podamos pensar: la esperanza de que nos espera, porque es decisión irrevocable del Dios que ama la vida, el “vino nuevo en el Reino de Dios”.

La Eucaristía, que es sacramento del amor más grande, es también el sacramento de la esperanza más firme.

Por eso nos reunimos para celebrarla. Por eso, no podemos vivir sin ella. Por eso, cuando no podemos estar presentes en nuestros templos, alimentamos el deseo de la comunión con Cristo en nuestra imaginación y nuestras palabras, en nuestra mente y nuestro corazón. Por eso nos duele en el alma que se enfríe en los corazones -por ejemplo, de los jóvenes- el deseo de la Eucaristía. Por eso vamos a insistir, a tiempo y a destiempo, que no podemos vivir sin la Eucaristía.

Por eso estamos aquí, reunidos para cantar el misterio del amor grande que nos alcanza bajo las apariencias del pan y del vino.

Queridos hermanos y hermanas: es Jesús, el Señor, el que quiere reavivar en nuestros corazones el amor primero. Dejémoslo obrar. Dejemos que nos colme de su gozo. Dejemos que su Espíritu alimente en cada uno el deseo de la Eucaristía, que es el deseo de Dios, de su Reino y de su justicia para todos. Dejémonos embriagar por su Sangre vivificante y redentora.

Los invito a orar: “Te saludamos y bendecimos, Sangre bendita y gloriosa. Del costado abierto de Cristo en la cruz sigues manando para salvación del mundo. Que nunca desertemos de la Eucaristía. Que siempre lavemos nuestras vidas en tu poder salvador y purificador. Amén.”

Misa por la Patria

Homilía en la catedral de San Francisco – 25 de mayo de 2021

“Observar la Ley es como presentar muchas ofrendas y ser fiel a los mandamientos es ofrecer un sacrificio de comunión […]” (Ecco 35, 1). 

Así comenzaba la primera lectura de hoy. Cuando el libro del Eclesiástico habla de “Ley”, por supuesto, se refiere a las “palabras” que Dios regaló a su pueblo en el Sinaí a través de Moisés, sintetizadas en aquellas “Diez palabras” que tan bien conocemos. 

Pero, orando por la Patria Argentina este 25 de mayo, podemos dejarnos iluminar por esta invitación del sabio de Israel. Iluminar nuestra conciencia, nuestra conducta y también nuestra vida ciudadana como pueblo. 

Mucho se ha dicho y escrito sobre el poco apego que los argentinos tenemos a la ley. A este defecto -grave, por cierto- se lo denomina: “anomia”; es decir, negación de la ley. 

Lo ilustra muy bien el dicho popular: “Hecha la ley, hecha la trampa”. Solemos evocarlo para señalar cómo los pícaros saben sortear el límite de la ley, ufanándose de ese logro. Es la famosa “viveza criolla”. 

Este modo de hablar es muy injusto y cargado de prejuicios: en realidad, el desapego a leyes, normas y regulaciones desborda ampliamente cualquier caracterización de raza, condición social o incluso educación superior. Otro dicho popular puede venir en nuestra ayuda: “ladrones de guante blanco”: gente educada, incluso con acceso a muchos bienes, sin embargo, elige la corrupción. 

Por eso, observando el enorme esfuerzo que nuestro pueblo viene haciendo desde que comenzó la pandemia, este juicio negativo, al menos en mi caso, tiene que ser matizado; tal vez, hasta rebatido. 

Permítanme afirmar, con emoción ciudadana, que en la mayoría de los argentinos habita una real pasión por el bien común; es decir, por ese trabajo silencioso, cotidiano y tremendamente paciente de generar las condiciones para que cada persona, cada familia y pueblo alcancen su desarrollo y perfección. 

En su encíclica Laudato Si’, el papa Francisco ha hecho dos aportes fundamentales a la noción de bien común. Este implica, por un lado, el cuidado de la casa común: nuestra tierra, el ambiente, el clima, la ecología humana. Por otro, el trabajo por el bien común incluye a las futuras generaciones: implica soñar el futuro, incluso si eso significa sacrificios en el presente cuyos frutos serán recogidos por quienes vengan detrás.

En este día de la Patria, no nos dejemos ganar por la amargura que nubla la mirada, por la desesperanza o la presunción que hieren desde dentro a la esperanza. 

No es realismo ser pesimista, amargado o confundir espíritu crítico con el conformismo de quien critica todo sin dejar abierta ninguna puerta a la esperanza. 

Volvamos al fragmento del libro del Eclesiástico que acabamos de escuchar. Prestemos atención a este acento, típicamente bíblico y cristiano: escuchar y poner en práctica la Ley que Dios nos ha regalado es, en definitiva, el culto que Él espera de nosotros; el culto de la vida que le da sentido al culto litúrgico que realizamos. 

“La manera de agradar al Señor es apartarse del mal, y apartarse de la injusticia es un sacrificio de expiación. […] Da siempre con el rostro radiante y consagra el diezmo con alegría.” (Ecco 35, 3.8).

Dios quiere nuestro corazón más que nuestras ofrendas externas. Quiere que nuestra vida se transfigure con el fuego de su Espíritu para que podamos experimentar su misma alegría de vivir en la verdad. 

Esa es la belleza de la vida que Jesús nos ha traído y que su Espíritu incesantemente anima, inspira y mueve desde dentro de los corazones. 

Ese “fuego sagrado” esta ardiendo en nuestra Patria Argentina desde que el Evangelio de Cristo resonó en nuestra tierra. Y no deja de dar frutos. 

Miremos, si no, lo que de más hondo está ocurriendo en nuestras comunidades cristianas, especialmente en este tiempo de pandemia, de confinamiento y de restricciones. 

Es cierto que, en tiempos más o menos prolongados, los templos argentinos han estado cerrados. Pero la Iglesia, la verdadera Iglesia del Señor, la que crece en los corazones, la que el Espíritu edifica con las piedras vivas que somos nosotros; esa Iglesia está viva, despierta, activa y, como siempre, es misionera…

¿Cuál es el aporte de los cristianos a la construcción, nunca acabada, por cierto, de una Patria de hermanos?

Ante todo, la radicalidad de nuestra vivencia del Evangelio. No hay mejor servicio a la Patria para un cristiano que vivir su fe con alegría, convicción y coherencia. 

A eso, yo añadiría dos objetivos más: en primer lugar, trabajar más intensamente por la convivencia fraterna entre todos los argentinos. Esa herida abierta que solemos llamar “grieta” también está presente dentro de nuestras comunidades cristianas. Pues bien, el Evangelio tiene todo para que demos testimonio elocuente de que las desavenencias pueden ser vividas de un modo distintos. Se trata de tratarnos como hermanos y hermanas, aunque, lógicamente, no tengamos la misma mirada sobre aspectos que son contingentes y opinables. 

En segundo lugar, los católicos estamos desafiados a profundizar nuestro compromiso con la democracia; o, mejor, con un modelo de democracia que exprese nuestra cultura, nuestra riqueza y pluralidad. Nos orienta el rico magisterio de nuestra Iglesia: desde “Iglesia y comunidad nacional” del Episcopado Argentino, con los dos documentos del bicentenario; hasta los grandes pronunciamientos de los Papas, especialmente la gran encíclica Centessimus annus de san Juan Pablo II y, más recientemente, Laudato Si’ y  Fratelli tutti de nuestro querido Papa Francisco. 

¡Soñemos juntos entonces una Argentina luminosa! ¡Soñemos pensando en las nuevas generaciones que están creciendo o que vendrán! 

Patria es la tierra de los padres, de nuestros hijos y nietos. 

Que la Virgencita de Luján nos siga inspirando y bendiciendo. 

Amén. 

Fiesta Patronal Diocesana – 13 de mayo de 2021

Homilía en la catedral de San Francisco

“Sesenta años con María contemplativa, servidora y misionera”

Con este lema estamos celebrando nuestra Fiesta Patronal Diocesana en honor a Nuestra Señora del Rosario de Fátima. 

¿Qué significa que María es “contemplativa”? ¿Qué es “contemplar”? ¿Sirve para algo realmente significativo la oración contemplativa?

Podríamos multiplicar las preguntas. Pienso que, más que sospechas y objeciones, sobre esta palabra pesa un sentido de resignación: “sí, muy bonito; pero, en realidad, no es para mí; me supera, mejor contentarse con menos”. 

Y, sin embargo…

La contemplación es la madurez de la oración cristiana. Cada vez que siento el llamado de la oración y me adentro en ese territorio fascinante, el impulso del Espíritu es que alcance la meta de la contemplación. Dios me busca y quiere ese encuentro, cara a cara. 

La escena evangélica que acabamos de escuchar es el icono de la Iglesia orante y contemplativa: María, las santas mujeres y el discípulo amado al pie de la cruz, contemplando a Jesús en su Hora. Están en el radio de su influencia, al alcance de su Espíritu. Todo en ellos -mente, sentimientos y sentidos- se concentra en el Señor que vive su Hora. 

Tal vez, todavía no tengan las palabras para expresarlo con suficiente fluidez. Sin embargo, en esa Hora suprema -la del mayor amor: el amor hasta el fin- están ante el Rostro trinitario de Dios que irrumpe en nuestra historia: el Padre entrega al Hijo, el Hijo se ofrece al Padre, Padre e Hijo dan al mundo el Espíritu que renueva la faz de la tierra. 

En la oración, como en la fe, nunca dominamos el Misterio, sino que Él nos toma, nos desborda y nos envuelve. 

La contemplación es la madurez de la oración porque la visión beatífica será la plenitud de la condición humana, nuestra verdadera madurez. Ese es el verdadero motivo de nuestra esperanza: la bienaventuranza eterna, en el cielo, cuando veamos cara a cara y conozcamos como somos conocidos; el encuentro con el Señor y el reencuentro con todos los que amamos y nos amaron; la patria trinitaria que es también nuestro verdadero hogar. 

En una fe humilde, orante y viva como la de María, ya en esta historia frágil e imperfecta, comienza a madurar esa gracia definitiva. El cielo germina en la tierra. 

El Rosario que María encomendó a Jacinta, Francisco y Lucía, por ejemplo, es oración vocal y corporal, pero, en su dinámica interior nos lleva a contemplar: con los ojos y el corazón de nuestra Señora, el misterio de Cristo. 

***

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La contemplación busca […] a Jesús y en Él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Él y vivir en Él. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.”

Quedémonos con esta sola frase: contemplación es tener la mirada centrada en el Señor. Podríamos añadir: simplificar la mirada interior, teniendo los ojos de la fe puestos en su Persona. 

En realidad, tenemos que decir que no resulta sencillo definir con palabras lo que constituye la oración contemplativa. Son más útiles las imágenes, las metáforas, las comparaciones que dejan abierta la puerta y libre el espíritu para aventurarse en este terreno. 

Personalmente, me gusta mucho cómo define la oración contemplativa, pero, sobre todo, cómo la describe, Don Bernardo Olivera, trapense argentino que fuera Maestro General de la Orden. Aquí la definición: “[…] la contemplación cristiana es: fe iluminada por el fuego del amor que anticipa lo esperado. O, más propiamente, fe enamorada en anticipo de esperanza.”.

Como toda oración, la contemplación es don de Dios. Si la fe es un modo de ver la realidad con los mismos ojos de Dios, la oración contemplativa es un momento especialmente intenso en que los ojos de la fe se concentran en el Misterio de Cristo. 

Es un ver que, transfigurado por la esperanza, sabe ir a fondo, más allá de las apariencias, para comprender que la salvación de Dios está actuando en el mundo y es el verdadero futuro que nos espera. 

El amor que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones es un fuego que, a la vez, nos enciende, nos da calor y también nos ilumina para que podamos ver. 

Esa es la metáfora que usa Don Bernardo Olivera para hacernos comprender lo que es la oración contemplativa: fuego de amor que caldea el corazón e ilumina todo alrededor. 

En otros escritos añade otras imágenes: es amor de mamá o de papá que, precisamente por que aman intensamente a sus hijos, son capaces de adivinar sus estados de ánimo, sus penas y expectativas. El amor ve, y ve más lejos. Preguntémosle, si no, al discípulo amado, o a María Magdalena. 

Todo enamorado es, de una forma u otra, un contemplativo. Busca el silencio para estar, para mirar, para reposar. 

El orante de Israel viene en nuestra ayuda. Él ha llegado a comprender que la contemplación puede crecer en el corazón creyente solo porque es Dios el que, con su amor primero, nos mira y nos contempla y, de esa forma, nos crea constantemente con su aliento de vida. Reza así el Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (Sal 104, 29-30). De ahí que la Escritura, una y otra vez, repita la súplica: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros […]” (Sal  67, 2). 

Esto supone un giro fundamental en la propia experiencia cristiana: es Dios el que nos contempla y hace posible nuestra propia mirada centrada en Él. ¿Se dan cuenta de que siempre, invariablemente, tenemos que terminar hablando de la gracia? Es así: la vida cristiana es don, regalo, gracia, iniciativa de Dios. Él primero. Siempre. 

***

Nuestra Iglesia diocesana nació a las vísperas del Concilio Vaticano II. Su nacimiento entonces estuvo dinamizado por la gracia de ese nuevo Pentecostés. 

Contemplado con los ojos de María, madre de la Iglesia, el Concilio es un tiempo fuerte, profético y todo él concentrado en la Persona de Cristo, luz del mundo, de los pueblos y clave de ese misterio que somos los seres humanos. 

La profecía conciliar se puso en marcha precisamente con la reforma de la liturgia de la Iglesia. Este es el hogar, a cuyo calor maduró el camino de la Iglesia en nuestro tiempo, también el de nuestra Iglesia diocesana. Y la liturgia es tiempo, espacio y experiencia de contemplación. Es oración que se acelera y alcanza su punto máximo, de manera particular en la celebración eucarística, especialmente el domingo, la Pascua semanal. “Por lo cual, la Eucaristía aparece como la fuente y cima de toda la evangelización”, como afirma con certera lucidez el Decreto sobre la vida y misión de los presbíteros.

La contemplación no es un lujo de algunas almas exquisitas. Menos aún una pérdida de tiempo porque otras urgencias son prioritarias. Por el contrario, la contemplación de Cristo, en la oración personal y en la oración eclesial, es el clima del Espíritu en que transcurre y acontece nuestra vida personal, social y eclesial. 

El silencio en el que madura la contemplación -enseña también Don Bernardo Olivera- es la dimensión interior de la solidaridad. O, como hemos enunciado en nuestro lema: del servicio y la misión. La contemplación les da hondura a nuestros compromisos, especialmente a aquellos que nos sumergen más intensamente en la pobreza y fragilidad de la siempre cambiante condición humana. 

Contemplamos escuchando la Palabra y celebrando los misterios, no menos que en los encuentros con nuestros hermanos, sus temores y heridas, sus alegrías y esperanzas. 

Entre tantas experiencias fuertes que estamos viviendo en esta pandemia, una verdaderamente significativa podría ser esta: la gracia de, por una parte, caer en la cuenta de hasta qué punto habíamos perdido el norte en nuestra vida. Pero, por lo mismo, de qué manera el Espíritu nos reorienta, nos enseña por dentro, nos mueve a recuperar aliento, centrándonos nuevamente en Jesús, su Evangelio y su Pascua. Sí, en este tiempo, muchos han redescubierto ese anhelo de encuentro que nos habita y que el Espíritu Santo potencia, alimenta y anima. 

¿Podemos llamar “gracia de contemplación” a esta experiencia? Tal vez, podamos y nos convenga hacerlo. 

Lo cierto es que, puestos a mirar lo que está viviendo nuestra Iglesia diocesana, podemos soñar para ella (para nosotros) esta gracia de profunda conversión: una Iglesia que, como María, se vuelve más contemplativa, más servidora y misionera, según el Evangelio, porque más realmente radicada en Cristo, en su pobreza, en su humildad y, sobre todo, en su compasión y misericordia. 

Hace pocos días, en sus estupendas catequesis sobre la oración, el Papa Francisco decía con perspicacia: “Todo en la Iglesia nace en la oración, y todo crece gracias a la oración. Cuando el Enemigo, el Maligno, quiere combatir la Iglesia, lo hace primero tratando de secar sus fuentes, impidiéndole rezar. Por ejemplo, lo vemos en ciertos grupos que se ponen de acuerdo para llevar adelante reformas eclesiales, cambios en la vida de la Iglesia… Están todas las organizaciones, están los medios de comunicación que informan a todos… Pero la oración no se ve, no se reza.”

Para pensar, ¿no?

La Providencia ha dispuesto que este aniversario diocesano tuviera lugar en medio de una pandemia, por tanto, sin el fasto que suele ser usual en estas celebraciones. Es un despojo para que vivamos más intensamente lo esencial, lo “único necesario”, aquella parte que, como a María de Betania, no nos será quitada.

María de Fátima que sostuvo la oración de los pastorcitos sostenga también la conversión al Evangelio de nuestra Iglesia diocesana. 

Amén. 

60 años de la creación de la diócesis de San Francisco

Homilía en la catedral de San Francisco, sábado 10 de abril de 2021

¡Cómo le costó a Tomás reconocer a Jesús resucitado! Fuera de la comunidad, haciendo la suya, desconfiando de la palabra y testimonio de los otros, ensimismado en su propio mundo. 

Por otra parte, ¡qué potente es este icono del camino de la fe de Tomás como experiencia de Cristo en la fraternidad eclesial! ¡Qué fuerza la imagen del Resucitado comunicando su Aliento y la misión que le ha confiado el Padre! 

No hay encuentro con el Resucitado fuera de la comunión fraterna y la misión compartida por Jesús a sus hermanos y discípulos. 

¿Tomamos realmente conciencia del alcance de sus palabras: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”? (Jn 20, 21).

***

Celebrando los sesenta años de la creación de nuestra diócesis, dejémonos iluminar por este icono evangélico que la liturgia nos propone este segundo domingo de Pascua, el “domingo de la misericordia”. 

Nos ilumina en lo que somos, en lo que estamos llamados a ser y en lo que el Espíritu del Señor resucitado está obrando en nosotros, que es, sin dudas, lo decisivo. 

Nos reconocemos en Tomás, pero también en la comunidad reunida. Así es nuestra realidad concreta: la de nuestras comunidades, nuestros espacios pastorales, nuestro Presbiterio. 

Esa tensión es parte insoslayable de la vida de una Iglesia que camina realmente en la historia. Podemos fugarnos hacia el idealismo romántico de una Iglesia de puros, inmaculados y perfectos. Esa Iglesia existe… en el cielo y es la promesa del futuro eterno. Hacia allí caminamos, y eso significa que la fe nos hace siempre insatisfechos pero también serenos con la fragilidad humana propia y ajena. 

Podemos huir espantados de la miseria y pobreza de esta fraternidad demasiado humana. En la comunidad eclesial, concreta y visible, crecen juntos el trigo y la cizaña, la santidad y la fragilidad de los pecadores. Esa es la comunidad que Jesús ama, sostiene y anima. Eso somos. 

Estamos llamados a ser la fraternidad animada por el Espíritu de Jesús resucitado, la comunidad que vive de su experiencia del encuentro con Él, con su amor salvador y su fuerza humanizante. El dinamismo interior que el Espíritu genera es profundamente misionero: nos desinstala, nos lleva hacia fuera, nos pone a la intemperie de la vida, expectativas y también heridas de nuestros hermanos. 

Cada uno de nosotros vive esa tensión en grado y modalidades diversos. Eso es también la Iglesia católica: unos se sumergen en la oración, heridos en su corazón por la Presencia invisible del Señor que ama y a quien aman. Otros no pueden sino dejarse devorar por las necesidades, gritos y urgencias de sus hermanos más heridos y vulnerables. 

La Iglesia católica es, una e inseparablemente, tradición y profecía, fidelidad y adaptación, conservación y progreso… 

El tentador nos hace ver oposiciones irreconciliables donde el Espíritu crea diversidad, riqueza y complementariedad. Eso somos. De ese recio y, a la vez, maleable material está hecha la red de comunidades, carismas y ministerios que es nuestra Iglesia diocesana de San Francisco. 

Pero somos una familia en la que ya está actuando la Pascua de Jesucristo. Tal vez nuestro mayor pecado sea no creer en la presencia y acción del Espíritu en nosotros; dejándonos ganar por el pesimismo que, porque no se abre y confía al Espíritu, solo ve grises cada vez más oscuros. 

Queridos hermanos y hermanas: permítanme decirles -y, si es necesario, gritarles- que la Iglesia diocesana de San Francisco, en sus comunidades, en sus fieles e iniciativas, está viva con una vitalidad hermosa. Eso sí, la vitalidad del Resucitado: no hace ruido, no genera espectáculo ni apunta al éxito, sino la vitalidad del grano de trigo que, pujante de futuro, cae en tierra y, en silencio, genera vida. 

***

Después que Tomás cae de rodillas, habiendo metido sus manos en las heridas de Cristo, pronuncia una de las confesiones de fe más hermosas y hondas del Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!”. No en vano la repetimos en silencio cuando adoramos el santísimo Cuerpo y la gloriosa Sangre eucarísticos del Señor. 

Entonces, Jesús pronuncia la última de sus bienaventuranzas: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29). 

En cierto modo, los evangelios se abren y se cierran con la misma bienaventuranza. San Lucas nos dice que Isabel así saluda también a la madre de todos creyentes, la más perfecta discípula del Señor, María: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 45). 

En esa bienaventuranza se resume nuestra vida y nuestra misión. Ella le pone palabras a nuestra experiencia más honda: Sí, somos hondamente bienaventurados porque hemos sido enriquecidos con el precioso don de la fe en Jesucristo. Ese es nuestro gozo más hondo, pero también nuestra misión. No podemos callar ni dejar de compartir lo que a nosotros nos colma. 

En palabras del documento de Aparecida que no nos cansamos de repetir: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (Aparecida 29). 

***

Los tiempos que corren, acelerados por la pandemia, nos desafían en muchos sentidos. No perdamos el norte, dejándonos ganar por la ansiedad. Sigue siendo verdad lo que Jesús dijo en Betania, en casa de sus amigos María, Marta y Lázaro: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada.” (Lc 10, 48-49). 

Estamos celebrando estos sesenta años “en pandemia”, obligados a la sobriedad, la sencillez y concentrados en lo esencial. 

Y lo esencial, para nosotros, tiene un Nombre: Cristo, el Señor; el que nos lleva al Padre en la potencia del Espíritu. Cristo, cuyo encuentro cambia todo en la vida. Cristo, la Alegría y la Esperanza que compartimos con todos los seres humanos que, en el fondo de sus corazones, lo anhelan, lo desean y no se cansan de buscarlo. 

Seamos como la comunidad apostólica: reunámonos a orar y a invocar el Espíritu. Seamos como Tomás, que sale de la duda y de su ensimismamiento y se entrega confiadamente al Señor. 

Amén. 

Misa crismal 2021

Homilía en la catedral de San Francisco, miércoles 24 de marzo de 2021

“¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” (Salmo 133, 1). Así comienza el Salmo 133. Aunque no pertenece a la liturgia de la Misa crismal, me ha parecido oportuno invitarlos a rezar con él. 

Sí. Es muy bueno, además de reconfortante y consolador, saborear la comunión fraterna. Es bueno, además, subrayarlo hoy, que podemos reunirnos para esta liturgia tan significativa para la vida diocesana. Todos tenemos presente la situación del pasado año con sus restricciones. ¡Cómo sentimos no poder reunirnos para celebrar juntos, en la cercanía de la Pascua, la Misa crismal!

La comunión fraterna que celebra, expresa y comunica la liturgia de la Misa crismal es la de toda la Iglesia diocesana. Por supuesto, también de su Presbiterio. Pero la fraternidad apostólica del obispo y los presbíteros, como todo lo que significa el sacramento del orden, no se entiende sino como servicio a la fraternidad que brota del bautismo: la comunión de los hermanos y hermanas que se reúnen, convocados por el Espíritu, a escuchar la Palabra y a alimentarse del Pan del Resucitado, la Eucaristía. Y, así confortados, comunicar a los hermanos la esperanza y la alegría del Evangelio. 

Con pocas palabras, este salmo forma parte de aquel grupo de quince oraciones que llamamos: los “salmos de la subida” (120-134), que acompañaban a los judíos piadosos en su peregrinación hacia la ciudad santa de Jerusalén. Están incorporados a la liturgia cristiana porque también los discípulos de Cristo somos peregrinos.

Peregrinar es caminar juntos, pero también cantar la esperanza que nos anima. Tenemos una meta que da sentido y orienta nuestra marcha. Por eso, caminamos y cantamos al Dios que también camina con nosotros. Cantamos a coro, como los israelitas al pasar el Mar Rojo y celebrar el regalo de su libertad (cf. Ex 15, 1ss).

Con dos imágenes muy vivas, el salmista ilustra esta suave alegría de los caminantes que se descubren hermanos. 

La primera dice así: “Es como el óleo perfumado sobre la cabeza, que desciende por la barba –la barba de Aarón– hasta el borde de sus vestiduras.” Al respecto, comenta el cardenal Ravasi: “La fraternidad es una realidad sagrada que tiene en sí la misma fuerza de una consagración que invade todo el ser, que involucra el mismo físico de la persona (la barba es símbolo en Oriente de virilidad y vitalidad) y su dignidad encarnada por el vestido.”

El crisma y los óleos que estamos a punto de consagrar y bendecir nos comunican, cada uno a su modo, ese don suave y perfumado de la comunión fraterna que viene a nosotros del corazón de la Trinidad. Pasa por la humanidad del Señor, santificada por el Espíritu, y nos va configurando con Él, “Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29). 

La unción del Espíritu del Hijo nos trabaja silenciosa y discretamente para que lleguemos a ser hijos e hijas del Padre, miembros vivos de una familia de hermanos. El Espíritu Santo teje pacientemente,  en nosotros y con nosotros, la trama delicada de la fraternidad. 

Ese es el misterio de la “Iglesia-familia” que hemos destacado tantas veces en nuestro camino pastoral diocesano. Nos hemos sentido iluminados por este ícono y animados a dejarnos transformar por él en nuestros sentimientos, actitudes y opciones. 

Viene, a continuación, la segunda imagen: “Es como el rocío del Hermón que cae sobre las montañas de Sión.”. Nosotros vivimos y trabajamos en una tierra que recibe lluvias generosas. El orante, en cambio, sabe de aridez, de prolongadas sequías y de esa sed que abrasa la garganta de los hombres y que reseca la misma tierra. Por eso, saluda la vida que llega con el rocío que desciende desde el Norte -del monte Hermón- hacia el desierto de Judá. 

Una de las peores sequías que podemos experimentar es la del corazón que se cierra y endurece, volviéndose hosco y amargo, murmurador y quejoso. Parece no dejar espacio en él para el Dios de la vida, que nos unge con el óleo de su alegría y de su paz. Por supuesto, tampoco deja espacio para la fraternidad. Todo en él es discordia, exasperación y polarización. 

El pecado encierra, entristece y divide. La gracia del Espíritu Santo abre, consuela y compone.

El salmo termina retomando y completando su exclamación inicial: sí, es hermoso que los hermanos se reúnan y se reconozcan como tales, que, con su canto al unísono, superen divisiones, rencores y mezquindades. “Allí -concluye el orante- el Señor da su bendición, la vida para siempre.” 

“La fraternidad -anota Ravasi- es como el rocío de la vida personal y nacional… Cuando estamos unidos en la caridad, en la fe común y en la liturgia parece casi que la Sion terrena ceda el paso a la Jerusalén celestial, en donde no habrá ya ni lágrimas, ni guerras, ni odios, ni lutos, ni muerte (Ap 21, 4) y en donde «una multitud inmensa de toda nación, raza, pueblo y lengua (Ap 7, 9) cantará en perfecta sintonía un único himno de alabanza y alegría”.

***

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que desde hace sesenta años caminamos juntos la fraternidad del Evangelio como Iglesia diocesana. 

María, Francisco de Asís y Brochero son también, para nosotros, iconos luminosos de esta fraternidad que viene del corazón de Dios. A esa escuela de comunión fraterna nos confiamos una vez más para que ellos nos eduquen en esta hora que estamos viviendo. 

María es madre, por supuesto, pero también podemos llamarla “hermana” que nos precede en el camino de la fe discipular. Francisco de Asís quiso ser llamado expresamente hermano, es más: “hermano menor”, según la medida de Cristo pobre y humilde. Brochero supo crear clima de familia por donde pasaba con la música del Evangelio. 

Que cada comunidad cristiana de esta preciosa red que es nuestra Iglesia diocesana sea, de veras, y sobrellevando todos nuestros innegables límites humanos, una verdadera fraternidad: hermanos y hermanas que se reúnen, se buscan, oran juntos y celebran; se escuchan y se animan, se esperan y se perdonan. 

Que lo sea también nuestro Presbiterio. Lo esperamos también para los futuros diáconos permanentes, demás ministros y servidores del Evangelio. 

Sigamos, entonces, caminando juntos la fe, la fraternidad y la misión. Nuestra mirada esté fija -como en la sinagoga de Nazaret- en Jesús, en el Cristo pascual. “En sustancia -explica el papa Francisco- se trata de un synodos bajo la guía del Espíritu Santo, es decir, caminar juntos y con toda la Iglesia bajo su luz, guía e irrupción para aprender a escuchar y discernir el horizonte siempre nuevo que nos quiere regalar. Porque la sinodalidad supone y requiere la irrupción del Espíritu Santo.”

Permítanme subrayar la presencia y acción del Espíritu, pues ella hace la diferencia entre la Iglesia familia y pueblo de Dios y cualquier otra organización. El Espíritu Santo anima la vida de cada una de nuestras comunidades; también la de cada uno de nosotros, llamados a ser hombres y mujeres del Espíritu.

El camino sinodal que nuestra Iglesia diocesana viene recorriendo desde su nacimiento pasa ineludiblemente por cada una de nuestras comunidades cristianas y por la vida de cada bautizado-confirmado. Nos hace sujetos conscientes y corresponsables de la misión. 

Especialmente en este fuerte cambio de época, con el emerger de tantos desafíos y urgencias, la acción del Espíritu no solo no está ausente, sino que se hace creativamente más intensa y renovadora. Tenemos que contemplarlo juntos, a riesgo de dejarnos ganar por el derrotismo y la desesperanza. Porque tenemos que secundar su obra, pues está sembrando la semillas del Reino de Dios. 

En la 2ª Carta Pascual que acabo de hacer pública, contemplando el paso del Mar Rojo, he dejado picando una pregunta que, en primer lugar, llevo en mi corazón: ¿Qué paso el Señor nos ordena dar en este tiempo? ¿Qué Mar Rojo tenemos que cruzar como Iglesia diocesana? ¿Qué miedos, lamentos y quejas tienen que acallarse para que, obedientes solo a la Palabra, la confianza abra espacio a la libertad, la esperanza y la alegría de la salvación?

En los meses que tenemos por delante, pastores y comunidades tendremos que discernir juntos algunos pasos importantes a dar. No es mera reorganización de fuerzas, sino apertura al viento del Espíritu que quiere que seamos testigos del Evangelio de la Gracia de Dios para nuestros hermanos.

Que María, Francisco de Asís y Brochero nos sigan inspirando. Invocamos también la intercesión de san José, cuyo silencio nos educa para vivir a fondo este tiempo que se abre por delante. 

Amén. 

El alma misionera de Brochero

Homilía en la catedral de san Francisco, fiesta litúrgica de san José Gabriel Brochero – 16 de marzo de 2021

Contemplemos el alma misionera del Santo Cura Brochero, su pasión por el Evangelio, su deseo ardiente de que Cristo sea conocido, amado y servido.

Anoche, celebrando las vísperas de su fiesta en Arroyito, meditaba sobre la garra que puso Brochero en ganar para Cristo a Santos Guayama y compañeros. No logró traerlo a Ejercicios. Lloró su muerte violenta, pero creo que, en el fondo, supo que el deseo de Guayama de empezar a caminar la conversión lo llevó hasta Cristo.

Me pregunto ahora: ¿cómo nace el fervor misionero en el corazón de un discípulo? ¿Qué hay que hacer para ello?

Tenemos a mano el testimonio de san Pablo. Releámoslo con esa inquietud en el corazón.

Comencemos por esta afirmación fuerte del Apóstol: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión.” (1 Co 9, 16-17).

Podemos decir muchas cosas del “Señor Brochero”, menos que es alguien carente de iniciativa. ¿Por qué dice entonces que no predica el Evangelio “por iniciativa propia”? Es algo muy hondo: en él se ha verificado ese paso de expropiación por el que un discípulo ya no vive de su propia voluntad sino desde la voluntad de otro: desde Cristo.

Brochero: expropiado de sí mismo por Cristo. Seguramente es un camino que comienza muy pronto en él, seguramente de niño. Tiene un momento fuerte e intenso en los años del seminario. Pero, decididamente, se acelera cuando el joven cura comienza a caminar el ministerio sacerdotal, que es lo que realmente forma el alma de un pastor.

La segunda afirmación de Pablo que ilumina la vida de Brochero es esta: “Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes.” (1Co 9, 22-23).

Así expropiado por Cristo, el padre José Gabriel no puede sino poner en el centro de su vida a los demás, especialmente a los más alejados, a los más débiles.

De ahí su táctica pastoral de ir siempre hasta los más alejados. Es más que táctica. Es la caridad del buen Pastor que toma desde dentro toda la vida del santo cura.

***

Dejándonos inspirar por la santidad de Brochero, hoy relanzamos en la diócesis la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas.

Gracias a todos los que ya han respondido a esta invitación y se han venido sumando. Oremos también por los que vendrán y se sumarán.

Nuestro cometido es rezar por la santificación del obispo, de los presbíteros, de los futuros diáconos (ya estamos orando por ellos) y de nuestros seminaristas.

¿Qué significa rezar por la santificación de nuestros pastores y ministros? Que, como Brochero, nos configuremos con Jesús Servidor y Buen Pastor hasta el punto de vivir esa doble expropiación de la que hemos hablado: hacia Cristo y hacia los pobres.

Vivimos tiempos desafiantes. No sabemos bien cómo quedarán nuestras comunidades cristianas al salir de esta pandemia. Vamos notando ya muchos signos de vitalidad evangélica. Por eso, tenemos que disponer el corazón por la oración intensa, la escucha de la Palabra y una renovada fraternidad eclesial, que nos permita redescubrirnos como Iglesia familia.

Dando gracias por estos sesenta años de vida diocesana, queremos ser una Iglesia más brocheriana, es decir, más -si me permiten la expresión- secuestrada por Cristo, su Evangelio y su pasión de amor.

Que la Purísima nos lleve de la mano como hizo con su hijo, José Gabriel.

Amén .

En camino de conversión

Homilía en la catedral de San Francisco – Miércoles de ceniza 17 de febrero de 2021

Invitándonos a la limosna, la oración y el ayuno, Jesús nos insiste en que realicemos estas prácticas “en lo secreto”. Y tres veces señala: “y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (cf. Mt 6, 4.6.18).

El camino cuaresmal es un camino de conversión bajo la mirada bondadosa de Dios. Su amor guarda nuestra existencia.

Solo sus ojos de Padre crean el espacio para una verdadera conversión.

En breve, recibiremos sobre nuestras cabezas la ceniza, con la invitación a convertirnos y creer en el Evangelio de Jesús.

Nos alienta la voz del profeta: “Ahora dice el Señor: Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos […]” (Joel 2, 2). Y es la gracia que suplica la Iglesia al Señor: “concédenos iniciar con el santo ayuno cuaresmal un camino de verdadera conversión […]” (Colecta del Miércoles de ceniza).

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Miércoles de ceniza 2020

¿Qué significa “conversión”?

Es un cambio de vida, de mentalidad.

Más precisamente, es la transformación del modo como miramos nuestra vida, cómo encaramos las cosas, cómo nos paramos frente a nosotros mismos, nuestra historia (pasado, presente y futuro), la fragilidad y, llegada la hora, nuestra propia muerte.

Un cambio desde la experiencia de Dios, de su Palabra y su llamada que nos llega desde fuera, pero también de su Espíritu que nos mueve desde dentro.

Los autores espirituales suelen distinguir la primera de la segunda conversión.

En la primera conversión, la persona, movida por la gracia, se siente impulsada a abandonar una forma de vida inmoral e incongruente con el Evangelio y los diez mandamientos. Es un primer paso.

La verdaderamente decisiva es la segunda conversión. En ella, la centralidad la tiene el encuentro con Cristo que resulta tan intenso que termina determinando la orientación de la propia vida. Toca la propia conciencia, la libertad, los sentimientos y las actitudes.

El punto central es este: el bautizado comienza a sentirse interpelado por Jesús, el Señor.

Lo experimenta como un “Tú viviente” que lo interpela, lo llama y, de una forma sorprendente, le manifiesta su amor de predilección, absoluto e incondicional, firme y gratuito.

Es vida transformada por un encuentro.

Ni una ni otra ocurren, de ordinario, de una vez para siempre. La conversión es un camino que siempre estamos transitando, con altibajos, subidas y bajadas; avances y retrocesos. Algo es claro: no nos es dado controlar ese camino, pues es obra maestra del Espíritu que actúa discreta y silenciosamente en nosotros. Hay que dejarlo obrar…

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Hay así una conversión moral, por la que comprendemos que hay opciones, actitudes y criterios de vida que no son los de Jesús y su Evangelio, aunque puedan ser valorados como lo normal, lo que todos hacen, lo sensato según el espíritu del tiempo. El Espíritu nos escuece por dentro, nos intranquiliza e incomoda en la conciencia: “No está bien lo que estás haciendo… Tenés que darle otro rumbo a tu vida”.

Junto a esta existe también la conversión intelectual. A todos nos suele pasar: el paso del tiempo, la experiencia de la vida, una luz más penetrante recibida del Evangelio nos hace cambiar de ideas, de criterios de vida y de valoración.

En la experiencia cristiana, empezamos a ver el mundo con los ojos de Dios. Por eso, junto con la gracia santificante, el Espíritu enriquece nuestra vida con los dones de sabiduría, de ciencia y de inteligencia. San Pablo dirá: vamos adquiriendo la mente de Cristo.

Muy unida a estas dos anteriores, especialmente a la conversión intelectual, está la conversión religiosa o teologal. Es una gracia enorme del Espíritu Santo, que Dios regala a manos llenas. Es decisiva.

Normalmente está asociada a una profunda crisis humana y espiritual: he agotado todos los medios; yo mismo me siento derrotado, en ascuas y al límite de mis fuerzas. Es más: no es extraño que esta conversión sea el reverso de una caída muy honda, de experimentar la miseria humana, esa matriz de pecado que nos habita (el egoísmo, el narcisismo, la imposibilidad de liberarnos de la opresión del propio yo).

Es entonces que ocurre lo fundamental: allí, en el fondo de mi pobreza y miseria, habiendo descendido a mis propios infiernos interiores, Dios me está esperando con el rostro luminoso de Cristo resucitado que ha asumido toda nuestra debilidad.

Lo que cambia es la imagen de Dios en mi corazón: de una divinidad fría y a la que tengo que conquistar con mis méritos y esfuerzos, me dejo ganar el corazón por el Dios amor, ternura, compasión, gratuidad y perdón.

Comienzo entonces a vivir desde las virtudes teologales: desde la fe que abre a Dios, me da una esperanza viva, sólida y sustanciosa; y que fructifica en el amor, que trae consigo la paz y la alegría, la mansedumbre y la amabilidad.

Puedo sentir muchas cosas: inquietud, turbación interior, sequedad o desgano. Pero, en lo hondo del alma, experimento la certeza de la fe que nos da esperanza y que nos mueve al amor: soy amado, tengo esperanza; a pesar de todo, confío y me entrego…

Todo se condensa en ese nombre entrañable que, del corazón y los labios de Jesús pasa a nuestro corazón y a nuestros labios: en el Espíritu del Hijo podemos llamar a Dios, “Abba”, Padre querido.

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No terminaríamos de caracterizar a la conversión cristiana si no dijéramos ahora algo fundamental y primario: la conversión, con el arrepentimiento y el deseo de volver a Dios, es, por encima de todo, gracia soberana del Espíritu Santo.

Es don gratuito, inmerecido y desbordante.

Por eso, el pecador, no bien se hace consciente de su miseria, tiene que dejarse ganar por la humildad que se vuelve oración confiada: “Padre, ten misericordia de mí que soy un pecador. ¿A quién vamos a ir? Solo Vos tenés palabras de vida eterna. Señor Jesús: vos lo sabés todo, vos sabés que yo te amo. Oh, Espíritu Santo, dame un corazón nuevo. Amén”.

El “ayuno” es la expresión fuerte de este deseo de abrirnos a la gracia de la conversión. Ayunamos para que nuestro cuerpo también sienta el hambre y la sed que nos habitan más hondamente: hambre y sed de Dios, de su amor gratuito y de su salvación; hambre y sed de fraternidad, de justicia y de bien en un mundo injusto, violento y deshumanizado.

Por eso, también tenemos que hablar de una conversión social y comunitaria que nos abra de verdad, desde dentro y con la fuerza de la conciencia, a nuestros hermanos para ser testigos y constructores de fraternidad.

Queridos hermanos y hermanas: supliquemos juntos para esta cuaresma que estamos iniciando el don de una genuina conversión del corazón.

Así sea.