Eucaristía por el Papa emérito Benedicto XVI

Catedral de San Francisco – Miércoles 4 de enero de 2023

“¡Felices los que mueren en el Señor! Sí –dice el Espíritu– de ahora en adelante, ellos pueden descansar de sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap 14, 13).

Hacemos nuestra esta hermosa bienaventuranza del vidente del Apocalipsis para despedir al obispo emérito de Roma, quien fuera Papa con el nombre de Benedicto XVI.

Es uno de los que ha muerto en el Señor, como señala con solemnidad el Apocalipsis.

Según los testigos, antes de entrar en la agonía, pronunció su última confesión de fe. Como no podía ser de otra manera, en su lengua materna alcanzó a decir con un hilo de voz: “Jesús, te amo”.

Confesó así, con la simplicidad de un niño, el señorío de Cristo sobre su vida, de la única manera que es posible hacerlo: como una experiencia honda de amor que toca y determina la propia vida.

Amor recibido que se vuelve amor devuelto en la hora postrera.

Joseph Ratzinger/Benedicto XVI vivió en primera persona aquel diálogo de amor entre Simón Pedro y Jesús resucitado a orillas del mar y después de la pesca milagrosa.

También allí se escucharon palabras de amor: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?… Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero” (Jn 21, 15.17).

Y el amor dio paso a la misión, alcanzando la dimensión honda del seguimiento que configura por dentro la vida: Simón Pedro, el pescador quedó atado a su Señor en la vida y en la muerte: “Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras… Tú sígueme.” (Jn 21, 17-18.22).

Por eso, la promesa que Jesús hoy nos hace escuchar de nuevo para alentar nuestra esperanza, se ha cumplido en la vida de su humilde servidor José/Benedicto: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 26).

Joseph Alois Ratzinger nació un sábado santo, el 16 de abril de 1927. Y, como a él mismo le gustaba recordar, recibió el bautismo con las aguas recién bendecidas en la Vigilia Pascual. Y emprendió la etapa final de su viaje como peregrino durante la octava de Navidad.

La encarnación y la pascua de Cristo envuelven su vida, su peregrinaje y su misión. Él lo enseñó con erudición académica, pero, sobre todo, lo propuso como un testigo alcanzado por dentro por la luz del amor: solo la amistad con Cristo nos abre las puertas de la vida.

De todas las formas que lo dijo o escribió, elijo aquí unas frases de la homilía del inicio de su ministerio petrino que he vuelto a releer en estas horas y que los invito a saborear. Están dirigidas a los obispos, pero valen para todos nosotros, discípulos misioneros del Evangelio:

Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida.

No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. (24 de abril de 2005).

La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.

Hoy damos gracias al Señor por su servidor Benedicto, porque a través de él, Jesús ha seguido colmando de alegría el corazón de los hombres y mujeres el mundo, entre los que nos contamos.

El pueblo sencillo, al que sirvió por encima de todo, lo ha comprendido. Por eso, por estas horas, un interminable torrente de personas ha pasado delante de sus despojos mortales en San Pedro para despedirlo y pronunciar un “gracias” coral por el celo de este pastor “en el anuncio del Evangelio, en el sostenimiento de la racionalidad del creer, en el ofrecer a todos la certeza de que podemos encontrar a Cristo también hoy por los caminos del mundo y de que el cristianismo no es una doctrina abstracta, sino un encuentro con el Resucitado”, como  ha escrito un periodista italiano.

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“¡Felices los que mueren en el Señor! Sí –dice el Espíritu– de ahora en adelante, ellos pueden descansar de sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap 14, 13).

¿Qué obras acompañan a este humilde trabajador en la viña del Señor ahora que ha cruzado el umbral de la muerte?

Solo Dios lo sabe, aunque nosotros somos testigos de muchas de ellas.

En estas horas se destaca, sobre todo, el espesor de su condición de teólogo: el último gran teólogo vivo del Concilio Vaticano II. Uno de los diez teólogos católicos más importantes de este tiempo.

Y no nos equivocamos. Ahí están los tomos de su Opera Omnia, todavía incompleta en su publicación. Ahí está su pasión por los Padres de la Iglesia, especialmente por san Agustín. Ahí está también su diálogo con la modernidad que se resolvió siempre por esa fecunda circularidad entre la fe y la razón abierta a toda la amplitud de la realidad y, por eso, sedienta de Dios y de su Palabra.  

Algunos han destacado también su renuncia al oficio petrino, cumplida hace casi diez años. Es verdad también, a condición de que la interpretemos como corolario de una vida fecunda, porque la resume y muestra toda su grandeza.

Bordearíamos el cinismo si nuestra valoración de ese gesto lo redujera a una mera salida de escena ante las dificultades: lo mejor que pudo haber hecho es renunciar.

Como él mismo indicó: no renunció para huir de una crisis o un problema, sino cuando la serenidad del corazón y de la vida eclesial le dejó libre el espacio para cumplir ese humilde y gigantesco paso.

No me siento, sin embargo, de explorar ninguno de esos dos caminos.

Me permito solo enunciarlo así: las obras que acompañan a Joseph Ratzinger/Benedicto XVI son las que lo cualifican como un verdadero “Maestro de la fe” y, por eso, un “Maestro de la vida”.

Todos nos entendemos: cuando hablamos de la fe, hablamos de la vida. Porque la fe cristiana es ese modo tan característico de estar radicados en la vida concreta desde Cristo y hacia Cristo.

Que nos lo diga él mismo con las que tal vez sean las frases más célebres y certeras de su pontificado:

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Encíclica Dios es amor, 1).

Creo que no nos equivocamos si vislumbramos en este párrafo el secreto más precioso que fue creciendo en el corazón de aquel niño nacido en la católica Baviera y que, paso a paso, fue descubriendo el Rostro de Cristo y éste le fue conquistando el corazón, la mente y la libertad.

Casi a las vísperas de la solemnidad de santa María, madre de Dios, este buen servidor pronunció su definitiva confesión de fe y amor a Jesús, el hijo de María.

Él, que amó tanto la “sobria embriaguez del Espíritu” en la Liturgia, nació a la vida de la gracia y a la eternidad arropado por los tiempos litúrgicos más significativos de la madre Iglesia.

A la santa Madre de Dios le encomendamos su alma, confiando en su misericordia y bondad.

Nosotros, un poco tristes y nostálgicos, pero reconfortados por su testimonio, solo nos resta decir: ¡Gracias, Señor, por regalarnos este Maestro de la fe y de la vida!

Y que nuestra gratitud se convierta en compromiso: Sí, querido Benedicto, con tu testimonio nos mantendremos firmes en la fe, sin dejarnos confundir en esta hora de la historia, tan fascinante como incierta.

Amén. Así sea.

Los pastores

Homilía en la Misa de Navidad en la catedral de San Francisco – 25 de diciembre de 2022

Acabamos de escuchar las lecturas de la Misa de la aurora de este día de Navidad. Es también llamada: la “Misa de los pastores”, por el protagonismo que tienen en el evangelio.

Les propongo que nos identifiquemos con ellos, que nos veamos reflejados en su apertura al anuncio que han recibido y en el doble movimiento que nace de ahí: ir hacia Belén y retornar alabando y glorificando a Dios.

En definitiva, ese es el movimiento interior de la fe: nace de la escucha, nos pone en movimiento hacia Cristo y nos colma tanto el corazón que se transforma en canto de alabanza, de adoración y acción de gracias. 

En la Navidad, tal como nos la relata el evangelio, queda de manifiesto el “estilo de Dios”. 

Él convierte a unos humildes pastores en los primeros evangelizadores, en misioneros, en acreditados intérpretes del designio de Dios. 

Tan es así, que la misma madre del Señor ha de escuchar dócilmente el anuncio que le hacen los pastores y quedar rumiándolo en su corazón de discípula. 

María no solo tuvo que obedecer la voz de Dios que le llegó por Gabriel, el mensajero divino. Tuvo también que hacerse discípula obediente de esos pobres campesinos que, contra todas las apariencias, resultaron ser también mensajeros autorizados de Dios. 

Contemplando a Nuestra Señora que se hace humilde catecúmena de los pastores, nos podemos preguntar quiénes hoy, en la comunidad cristiana, son los “humildes pastores” que nos enseñan por dónde pasa el designio de Dios en nuestra vida. 

Escuchar lo que Dios hace en el corazón de las personas, de las familias, de los pobres. Cómo hace crecer a Cristo en sus corazones. 

Entonces, antes de imitarlos, pongamos a escuchar lo que ellos nos enseñan.   

Podés preguntarte quién de tu entorno sea el más parecido a estos pastores, el menos pensado como «vocero» del Evangelio. A ese, prestale atención, dale tu tiempo y tu oído.

Entonces sí, imitémoslos en la actitud profunda de escucha cotidiana de la Palabra de Dios, en el deseo de reconocer a Cristo en los signos más humildes que nos ofrece y en compartir con los demás lo que nosotros hemos oído y visto. 

Si lo hacemos, a nosotros como a ellos, el Espíritu nos colmará el corazón de alegría y seremos los mejores misioneros. No tanto por hacer el propósito de ser misioneros, sino por el desborde del corazón: no podremos ocultar lo que hemos visto y oído, lo que ha llenado de esperanza y alegría nuestros corazones. 

Los pastores del evangelio, como María y José, ante todo, basan su fe en el silencio que escucha, medita y rumia la vida hecha Palabra. 

Esa es la actitud de fondo para vivir esta Navidad…

Ser presbítero, pastor del pueblo de Dios

25 años de ordenación presbiteral del Padre Gustavo Zaninetti, Vicario general y párroco de la catedral de San Francisco – Jueves 7 de diciembre de 2022

También nosotros, como Gabriel, saludamos a María: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!”. Y, de esa forma, entramos ya a celebrar a la Purísima en estas vísperas del 8 de diciembre.

El pasado 29 de noviembre, al inicio de la novena en el Santuario de Villa Concepción, como cada año, me tocó bajar la imagen de la Virgencita. 

Es siempre un momento conmovedor, que toca el alma. Mientras bajaba del camarín y recorría con la sagrada imagen la nave del templo, sentí la moción interior de pedirle a María que, así como bajaba para estar en medio de su pueblo, no se detuviera ahí, sino que bajara a tomar posesión del corazón de esta Iglesia diocesana, de su obispo y de cada uno de sus hijos e hijas.

Esta tarde, permítanme que se lo vuelva a pedir como gracia para el padre Gustavo que celebra sus veinticinco años de ordenación presbiteral. 

Querido Gustavo: que María, que ya está en tu alma y corazón sacerdotales, arraigue más profundamente el Evangelio en vos, en tu persona y en tu ministerio pastoral. 

Que su alegría sea siempre también la tuya. 

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Con Gustavo, nosotros bendecimos a Dios “que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor.” (Ef 1, 3-4).

¿Cómo desgranar el contenido y el significado de esa bendición de Dios en la vida de un sacerdote?

Se me ocurre repasar algunas palabras que nos ayuden a gustar y ver qué bueno ha sido el Señor con Gustavo y con nosotros.

La primera palabra es su nombre: “Gustavo”. No me entretengo en hacer etimología, ni en una estéril alabanza personal. Solo indico esto: el nombre propio indica la originalidad intransferible de una persona, de su vida, de su biografía y de su historia de salvación. 

Una historia cuya trama entremezcla -a veces sin poder distinguir del todo- los hilos de la propia condición humana con los hilos del Espíritu Santo. Unos y otros, en distinta forma y nivel, son imprescindibles. 

Solo al final de nuestro camino podremos contemplar cuánto de gracia y cuánto de libertad ha habido en nuestro camino personal. Nos ganará el estupor al contemplar que todo ha sido gracia  incluso nuestra respuesta libre al llamado de Dios. 

Ahora se nos pide caminar, vivir y confiar; estar siempre abiertos al soplo del Espíritu y dispuestos a la conversión del corazón. Siempre en Adviento. 

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La segunda palabra es “orden/ordenación”. Despejemos un malentendido: no es que Gustavo haya necesitado que el obispo lo ponga en orden debido a su desorden. 

La palabra castellana “ordenación” viene del latín “ordo”. Indica un cuerpo de personas que se dedican a una misma actividad. En el caso de la ordenación presbiteral, el neo presbítero es incorporado a la fraternidad de todos los presbíteros de la diócesis. 

Por eso, el rito de la ordenación culmina cuando el ordenado recibe el saludo de paz del obispo y, a continuación, de todos sus hermanos curas presentes. 

El virus del individualismo, el personalismo y del caciquismo nos amenaza siempre. La fraternidad presbiteral, hecha opción de vida, es el mejor antídoto. Es una fraternidad -en algunos casos, llega incluso a ser amistad vivida- abierta a la misión que se comparte: con el obispo y los hermanos experimentar el dulce peso de la evangelización, de llevar el Nombre de Jesús a los corazones de todos. 

Ser ordenado es recibir una misión con la efusión del Espíritu que supone la imposición de manos y la oración de la Iglesia. 

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La tercera palabra es precisamente: “presbítero”. Literalmente, quiere decir: anciano. “Presbítero” indica al anciano en cuanto el sabio experimentado en los caminos del Espíritu y que, por eso, está al frente de la comunidad cristiana. 

Normalmente, cuando uno es ordenado presbítero no es anciano desde un punto de vista biológico. Tampoco desde el punto de vista espiritual que indicamos y que es el que nos interesa. 

A menos que el neo presbítero tenga una arrogancia monumental, rápidamente cae en la cuenta cuánto tiene de aprendiz, de discípulo, de peregrino y de mendigo de los caminos del Espíritu. Solo el paso del tiempo abre los ojos para comprender que uno está llamado saborear al Espíritu que va moldeando la propia vida y el propio corazón, para que, así adiestrado, animarse a orientar a los demás -las personas y las comunidades- por los fascinantes caminos del Espíritu. 

En esto, la experiencia de la oración es clave. El presbítero está llamado a ser un hombre de Dios, un hombre del Espíritu y, por eso, un hombre de oración contemplativa, reposada, probada, zarandeada incluso. Un hombre fogueado en el Silencio que es otro Nombre de Dios, tan bello como sufrido en la cotidianeidad de la vida. 

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La cuarta palabra es “sacerdote”. La condición sacerdotal la comparte el presbítero con el obispo. A ambos se les confía el don más precioso de Cristo a su esposa la Iglesia: la sagrada Eucaristía. 

El joven seminarista sueña con el momento de presidir por primera vez la Eucaristía. Intuye primero y aprende después que ahí está la razón de ser más honda de su ministerio. Es mucho más que aprender a realizar bien un rito, algo, por otra parte, indispensable.

La Eucaristía es la vida de Jesús en su momento culminante, mejor y más sustancioso: su sacrificio pascual. Es, como enseña el Concilio, “fuente y culmen de toda evangelización” (PO 5).  

Ella marca el ritmo de su vida y misión, porque indica la meta sobrenatural hacia la que apunta su vocación: llevar a las personas al encuentro personal, inmediato y transformante con el Señor. 

Cuando el obispo, al ir concluyendo la ordenación, le entrega el pan y el vino al neo presbítero, le dice: «Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo».

A medida que el tiempo va pasando, uno de los aprendizajes más decisivos en la vida de un pastor es el que tiene que ver con el significado de la Eucaristía dominical para la vida de la comunidad cristiana que le ha sido confiada. En ese servicio al misterio de la fe se juega su vida: en su preparación espiritual, en la rumia de la Palabra que se traduce después en la homilía, en la humilde dedicación al arte de celebrarla, para que sea Cristo el que resplandezca ante los fieles. Cristo y solo Él. 

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La quinta palabra es “pastor”. A partir del Concilio Vaticano II y, sobre todo, del magisterio de san Juan Pablo II, esta palabra ha sido clave para decir, de una sola vez y certeramente, el misterio que acontece en la ordenación sagrada: un hombre, tomado de entre los fieles discípulos, es transfigurado por el Espíritu en signo y transparencia del Buen Pastor, de sus sentimientos de amor, compasión y misericordia.

Es verdad que la ordenación significa para el joven presbítero un cambio muy fuerte de vida: los fieles comenzarán a llamarlo: “Padre… Padre Gustavo”. Se expresa así, más que una superioridad o distancia, la conciencia de un don grande de Dios: aquí, en este hombre concreto, el único Pastor de nuestras vidas, Jesucristo, nos apacienta a nosotros, nos hace experimentar sus entrañas de misericordia. 

El sacerdote tendrá que dejarse llevar por esa corriente del Espíritu que, ante todo, lo involucra a él, a su mundo interior, a sus afectos y a su propio cuerpo. Y esto a tal punto, que solo con un corazón indiviso por el celibato podrá vivir a fondo su configuración con Jesús, el que amó hasta el fin.

¡Extraña vocación y misión! Un padre que aprende a amar como un hermano mayor, que no busca ser el centro, ni hacerse ver, ni ocupar un lugar que solo a Dios le pertenece, sino que juega toda su existencia en disponer el corazón para que Otro ocupe el lugar decisivo. 

Son certeros los versos del obispo poeta: “No es que dejes el corazón sin bodas. Habrás de amarlo todo, todos, todas. Discípulos de aquel que amo primero. Perdida por el Reino y conquistada. Será una paz tan libre como armada. Será el amor, amado a cuerpo entero.”

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Aquí me detengo. Cada uno de ustedes podrá seguir añadiendo sus propias palabras. Vos mismo, Gustavo, podrás hacerlo. Seguramente reflejarán ese entramado de relaciones, vínculos y vivencias que es la vida de un discípulo misionero llamado a ser pastor de sus hermanos. 

Serán palabras de gozo, de esperanza y de vida, tanto como de dolor y de pascua. Serán seguramente nombres y rostros, lugares y fechas, para poner en las manos del Señor de la Vida, sosteniendo nuestra ofrenda en las manos y el regazo de la Purísima. 

Que Ella siga cuidando nuestro corazón -especialmente el de Gustavo- en su verdadero hogar que es el Evangelio de Jesucristo.

Y que nos conceda la gracia de suficientes vocaciones al ministerio pastoral de los presbíteros. Así podremos sumar nombres a los nombres que hoy nos hacen dar gracias por la vida y la fe compartidas.

YuAmén. 

Solemnidad de San Francisco de Asís

Homilía en la catedral de San Francisco, martes 4 de octubre de 2022

Queridos hermanos, querida ciudad de San Francisco:

¡Muy feliz fiesta patronal!

Damos gracias a Dios, por estos 130 años de camino de fe y misión de esta comunidad parroquial que lleva el nombre de nuestro santo patrono.

Podemos aplicarle a Francisco de Asís, lo que decía recientemente el cardenal Sean O’Malley de san Pío de Pietrelcina: no es un “santo de la puerta de al lado”.

Un “santo de la puerta de al lado” es alguien que vive, cada día, la entrega del amor, escondido de las miradas del mundo; incluso sin llegar a los altares. Francisco, por el contrario, es realmente un fuera de serie. Lo ha sido y lo es a la vista de todos.

De tanto en tanto, Dios nos regala hombres y mujeres así: verdaderamente extraordinarios, casi inalcanzables por su modo de vivir el Evangelio; y, por lo mismo, de expresar lo mejor de la humanidad.

Sin embargo, no lo hace para mortificarnos, sino para encender el ardor de nuestros corazones y estimular nuestro peregrinaje terrenal hacia la vida eterna. Francisco de Asís, como Teresita del Niño Jesús, el padre Pío y nuestro Cura Brochero son así: tocan nuestros corazones con su humanidad transfigurada por la gracia.

Es más: a través de sus extraordinarias experiencias de vida, ellos iluminan poderosamente al mundo, con un esplendor mucho más diáfano que cualquier celebridad.

Y así proseguimos el camino de la fe y de nuestra condición humana.

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La plegaria “Señor, haz de mí, un instrumento de tu paz” ha ido marcando el ritmo de nuestra novena patronal.

Inspirada en la enseñanza del “Poverello” de Asís, es una invitación a dejarnos ganar por el espíritu franciscano, haciéndonos artesanos de la paz, de la buena convivencia, del cuidado amoroso de los hermanos y de la creación, del acercamiento de los corazones en medio de los conflictos. Es un eco del Evangelio: llegar a ser mansos y humildes como lo fue él, tras las huellas de Jesús.

Y ¡cuánto lo necesitamos como comunidad cristiana, como ciudad y como país!

También el mundo, en esta hora difícil, con la amenaza de una escalada de violencia de incalculables consecuencias para todos los pueblos.

La mansedumbre de Francisco, sin embargo, no es blandura, apocamiento o resignación. Por el contrario, supone grandeza de alma, fortaleza interior y aguerrida paciencia para soportar tiempos recios, como los que se anuncian.

Sí, queridos hermanos y hermanas: nos tenemos que preparar para la prueba, como enseña el sabio de Israel.

La paz, que comienza en los corazones, es fruto del trabajo paciente de hombres y mujeres que salen de sí mismos, dejan el bienestar del propio rinconcito, se dejan herir por el sufrimiento de sus hermanos y se animan a involucrarse con el destino de todos.

¿Lograremos superar realmente la somnolencia complaciente que parece habernos ganado el alma? ¿Quién dará un paso adelante? ¿Por dónde está la salida?

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Las palabras de san Pablo que hemos escuchado -y que la liturgia nos sugiere referidas a Francisco- nos indican el camino.

Pablo ha hecho la experiencia de que, con la cruz, algo muy profundo ha cambiado en la historia. Lo afecta a él en todos los niveles de su vida: “Yo solo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6, 14).

No es la cruz, en sí misma, sino el Crucificado que en ella yace y entrega la vida.

El Crucificado ha puesto en marcha una novedad irrevocable: de ahora en más, el amor de Cristo es la potencia que realmente lleva adelante la historia. Quienes se dejen ganar por él, en medio incluso de la fragilidad de todo proyecto humano, serán los que realmente abran el mundo a la esperanza.

Y, en ese punto coinciden, santos extraordinarios como Francisco de Así y aquellos más ignotos, a los que llamamos “de la puerta de al lado”.

Como Pablo: crucificados con Cristo y por Cristo.

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El Evangelio nos ofrece otra preciosa indicación. Contemplamos a Jesús cantar, bendecir y alabar al Padre por su providencia que se muestra especialmente sabia porque elige a los pobres para hacerlos destinatarios del Evangelio.

Francisco fue un eco de este canto gozoso que sigue elevándose desde el corazón resucitado de Jesús. Francisco cantó con una increíble sensibilidad las maravillas del amor de Dios. Su cántico de las creaturas Laudato Si’ o, mio Signore es testimonio elocuente de ello.

Cantó con su corazón y su cuerpo, con sus labios y con su mirada; pero, sobre todo, con su vida.

Queridas comunidades. Querida Iglesia diocesana que llevas el nombre del santo de Asís: encontremos aquí -en el canto de Francisco que es un eco del de Jesús y del de María- un verdadero proyecto pastoral.

Estamos caminando juntos, aprendiendo a afinar el oído para escuchar mejor la voz del Espíritu en las múltiples y variadas voces con que nos hace llegar su melodía.

Afinemos el oído para escuchar y nuestra voz para cantar la Esperanza del Evangelio que, siempre, con discreción y firmeza, se abre paso en medio de las circunstancias más difíciles de la vida.

Estemos preparados para toda prueba. Pero hagámoslo con la disposición interior de no dejarnos ganar por el desaliento o el desencanto, sino por el encanto del Espíritu que nos haga levantar el corazón para cantar al Dios de los mansos, humildes y sencillos.

Francisco nos señala a Jesucristo crucificado, meta de nuestro camino, la única y verdadera riqueza.

No perdamos el rumbo. Ni el más mínimo gesto de amor y de paz que hayamos podido dar a luz quedará sin recompensa ni fecundidad. Nos espera el canto nuevo en la bienaventuranza eterna.

¡Muy feliz fiesta patronal para todos!

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor

Sábado 18 de junio de 2022 – Catedral de San Francisco

Imágenes de la celebración del Corpus Christi de 2018

“Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud.” (Lc 9, 16).

Les propongo que, llegados a casa, busquemos este versículo del evangelio de Lucas. Releámoslo lentamente, como quien rumia cada palabra de la Escritura. Fijémoslo en nuestra memoria y que, de esa forma, pase por nuestro corazón.

Rumiar, repetir, memorizar, pasar por el corazón. Es el modo mariano de dejar entrar la Palabra en nuestra vida. La Palabra, llena del Espíritu, lo libera en nosotros y nos hace dóciles a sus inspiraciones.

Nunca olvidemos este precioso dato: la Palabra de Dios nos engendra como hijos e hijas de Dios. Tiene el poder de concebirnos y darnos a luz como criaturas del Espíritu y para la obra del Espíritu (cf. Jn 1, 12-13; 1 Pe 1, 22-23).

Eso ocurre cuando, cada mañana, por ejemplo, abrimos con fe las Escrituras y buscamos en ellas el corazón de Dios que late de amor por nosotros.

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Volvamos al texto de san Lucas. Centremos nuestra atención en lo que Jesús hace con los cinco panes y los dos pescados que le presentan los discípulos.

El evangelio nos describe cuatro acciones de Jesús. Ellas son el origen y la norma permanente de la liturgia de la Iglesia, especialmente, de la Eucaristía, cumbre y fuente de la que mana y hacia la que tiende toda la vida de la Iglesia peregrina, orante y misionera; la cumbre de la predicación misma del Evangelio.

Cuatro acciones simples, cotidianas, esenciales. Cuatro acciones que, domingo tras domingo, los cristianos venimos repitiendo desde los orígenes. Con ellas hacemos la Eucaristía. Ellas definen también nuestra vida.

En la segunda lectura hemos escuchado el relato de la Eucaristía celebrada por la comunidad de Antioquía, donde Pablo fue iniciado en la vida cristiana. Allí aprendió a celebrar la Cena del Señor y a nutrirse de su Pascua.

¡Cómo quisiéramos reconectar con el clima espiritual, hondamente evangélico y lleno del Espíritu, de esa celebración originaria, impregnada de lo que dijo e hizo el Señor en la última cena!

No es solo un anhelo lleno de una inútil nostalgia. Es una realidad posible por actual. Es lo que precisamente nos ofrece la liturgia de la Madre Iglesia. Eso sí: cuando la dejamos ser ella misma, recibiéndola con fe y no imponiéndole nuestros esquemas o ideas.

Pablo y la comunidad de Antioquía vivían del mismo Espíritu que nosotros hemos recibido en el bautismo y la confirmación. Celebraban la misma Eucaristía que ahora estamos celebrando: la que viene del Señor y pasa de generación en generación, alimentando nuestra vida de fe y de servicio.

Es el Espíritu joven del Dios uno y trino que, una y otra vez, se derrama en nuestros corazones y viene en ayuda de nuestra debilidad. Él ora en nosotros: gime, suplica, alaba y bendice. Él inspira, sostiene y lleva a plenitud la plegaria de la Iglesia orante.

Desde entonces hasta hoy, y hasta la consumación de la historia, el Espíritu inspirará la acción litúrgica de la Iglesia que ejerce el sacerdocio de Cristo, llenando de vida esas cuatro acciones que llevan el ritmo de nuestra oración litúrgica.

Solo tenemos que dejarnos llevar y acertar con el “arte de celebrar” que la Iglesia cultiva y en el que nos inicia con sabiduría, llevándonos de los signos externos al misterio invisible de la Gracia.

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Cuatro gestos que se suceden uno detrás de otro. Cada uno da paso orgánicamente al siguiente hasta constituir la gran oración del Pueblo de Dios peregrino, unido a María, a los ángeles y los santos para gloria de la Santa Trinidad.

Repasémoslos.

Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados. Los discípulos se han dado cuenta. Son sinceros. Es poco -nada, en realidad- para tantos. No alcanza. Y ellos no son capaces de nada más. Pero está Jesús. Están sus manos. Está su Espíritu. Y, eso, hace la diferencia. Nosotros como ellos lo sabemos muy bien.

En cada Eucaristía llevamos pan y vino; con ellos va también nuestra vida. Los tomamos, los llevamos al altar y se los presentamos a Él. Y lo que pasa con el pan y el vino es lo que también ocurre con nosotros: llega Jesús resucitado y, con la potencia de su Aliento, todo se transforma.

Y, con las ofrendas de pan y vino, nos presentamos a nosotros mismos, lo que somos y lo que tenemos. Incluso la ofrenda material de la colecta de dinero, poca o mucha, se la entregamos a Dios para la Iglesia, para los pobres, para sostener la misión evangelizadora. Es nuestra ofrenda.

Levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición. Ese gesto define a Jesús (y debería hacerlo también con nosotros). Él está así en la vida: siempre de cara al Padre, vuelto hacia Él y siendo Él mismo una bendición de alabanza.

Y la bendición que invoca sobre los dones de pan y vino es el Espíritu que lo une al Padre y que se derrama sobre las ofrendas para entrar también en nuestra vida y transformarla.

Los partió. El pan bendito no puede quedar así: tiene que ser repartido, porque la bendición que ha sido invocada es para todos. En la última cena, Jesús dirá, acompañando ese mismo gesto: esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes.

Por eso, la liturgia ha destacado con solemnidad el gesto del Señor, haciéndolo un rito propio que antecede a la santa comunión: comulgaremos del Pan Santo que se ha partido para unirnos a todos en un solo Cuerpo.

Eso es Cristo. Eso es su Iglesia. Eso estamos llamados a ser, cada uno de nosotros: pan que se parte para ser repartido, una bendición que nos ha alcanzado y que debemos multiplicar…

Los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. De sus manos a las nuestras y, a través de ellas, a la multitud. Así es la Eucaristía. Y así es la vida cristiana cuando es vivida a pleno, como lo hizo Jesús y, tras Él, tantos y tantas. Brochero, por ejemplo. Y hasta el final.

La Eucaristía llega a su punto culminante cuando, caminando y cantando, como Pueblo peregrino y hambriento, nos acercamos a recibir el Cuerpo glorioso del Señor, comulgando con piedad, con fe, con adoración.

Esa comunión tiene tal dinamismo que, si la hacemos con fe viva, se prolongará en nuestra vida, en nuestros gestos, sentimientos, actitudes e incluso en nuestra mentalidad que, paulatinamente, irá adquiriendo aquella coherencia eucarística que distingue la vida de los santos, los mejores discípulos del Señor.

***

Oramos como vivimos. Vivimos como oramos. Y también así caminamos como Iglesia diocesana. Lo expresaremos visiblemente en la procesión que prolongará esta celebración del Corpus.

El camino sinodal que estamos empezando a transitar (como un chico que pone a prueba la firmeza de sus piernitas y se anima, al menos, a “gatear”), es un camino eucarístico: supone una profunda, progresiva y perseverante conversión.

Al irnos sumando al camino, estamos experimentando la llamada a una conversión personal muy honda, decisiva y determinante: ¿vivo de verdad, y con coherencia, mi vocación bautismal? ¿Sentimos los pastores el llamado a vivir nuestro ministerio de una manera nueva, más comunitaria y compartida? ¿Qué nos anima del camino compartido? ¿Qué nos atemoriza e intimida? ¿Realmente estoy conforme con el modo cómo vivo mi ser Iglesia, miembro del Cuerpo de Cristo y del santo Pueblo de Dios?

Pero también es, a la vez e indisociablemente, una conversión de nuestro modo visible de ser Iglesia: de procedimientos, de estructuras pastorales, de formas de participación y de corresponsabilidad.

No puede darse lo uno sin lo otro. Ambos aspectos de la conversión -personal e institucional- se implican, refuerzan y sostienen recíprocamente.

Caminemos. Y hagámoslo con el ritmo que nos da la Eucaristía. Acompañémonos en este camino común, con paciencia, con cariño entrañable. También con el necesario humor de los que avanzan, se cansan y se levantan.

Caminemos juntos y, así, oremos:

“Señor Jesús, volvemos a llevarte nuestro pan. Es poco, pero Vos sabés multiplicar. «Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas». Sabemos que, una vez más, lo harás con nosotros, en nosotros y para nosotros. Gracias. Amén.”

Nuestra Señora de Fátima

Fiesta Patronal Diocesana

Homilía en la catedral de San Francisco – Viernes 13 de mayo de 2022

Contemplamos a María y, como aquellos que elogiaron a Judit, también nosotros digámosle: “¡Tú eres la gloria de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú el insigne honor de nuestra raza!” (Jdt 15, 9).

María no está sola, ni se corta sola. No se deja seducir por la autosuficiencia.

Ella se sabe hija de un pueblo, sujeto libre y responsable de la fe. Comprende que Dios la quiere protagonista, como un día lo entendió Judit.

Se sabe libre, con una libertad que crece en la misma medida que estrecha las manos de aquellos que caminan con ella.

Así la contemplamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: en oración con la comunidad apostólica, a la espera del Espíritu.

Mujer fuerte que ora y sostiene con su oración a los vacilantes. María ora, porque espera. Sabe de oración porque sabe de esperanza.

Ni la oración ni la esperanza son cosas de solitarios, de francotiradores, de autosuficientes que se suben a un pedestal para estar encima de los demás.

La oración, la esperanza y el compromiso misionero nacen, echan raíces y maduran en corazones humildes y fraternos, solidarios y pacientes.

Así es María.

La contemplamos también al pie de la cruz, tomando parte en la pasión del Señor, recibiendo el Espíritu de Jesús con las otras mujeres y el discípulo amado; confiada a este como Madre y ella misma recibiéndolo como hijo suyo.

Así nace la Iglesia.

Una vez más: María aparece en medio de un tejido colorido, rico y luminoso de relaciones, entretejiendo los hilos de su vida con la trama de las vidas de los discípulos de su Hijo Jesús. Y, sin salirse de esa rica urdimbre, ella teje con paciencia y originalidad su parte de la trama.

Así la contemplamos. Así nos gusta verla y sentirla como madre, patrona, hermana y una de nosotros, el “insigne honor de nuestra raza”, la más perfecta discípula misionera de Jesús.

María, hoy venerada en su advocación de Fátima, es parte de esta Iglesia diocesana de San Francisco.

Es parte insigne, noble e inspiradora de esa red invisible de comunidades y personas, servicios y ministerios, iniciativas apostólicas y solidarias que es nuestra diócesis.

María es el icono luminoso de lo que nuestra Iglesia, en comunión con todas las Iglesias, está llamada a ser; el espejo más límpido en el que hemos de ver reflejada la verdad que nos empuja hacia delante, hacia la plenitud del tiempo, hacia Cristo resucitado, alfa y omega, como hemos cantado la noche de Pascua.

En este sentido, María nos precede en el camino de la fe, y nos enseña que ninguna realización epocal de la Iglesia o ninguna iniciativa pastoral agota el Evangelio.

Ella nos enseña a caminar, a no dejarnos entretener por el camino, a levantarnos de nuestras caídas y a recuperar fuerzas para seguir caminando como familia, como comunidad, como Iglesia.

¡Qué hermoso aprendizaje el que venimos haciendo desde el primer día que nacimos como Iglesia diocesana!

¡Seguimos aprendiendo a caminar juntos!

Ahora, el camino sinodal que apenas hemos emprendido pone delante de nuestros ojos nuevos desafíos.

María nos enseña a afrontarlos, como ella misma vive la fe y la misión: en comunión, esperándonos unos a otros, tendiéndonos la mano, ayudándonos a superar tensiones y conflictos; saliendo, una y otra vez, al encuentro de nuestros hermanos, de los pobres, de los alejados, de los que se sienten abrumados por el peso de la vida.

María nos enseña a caminar sostenidos por la experiencia de la misericordia y compasión de Dios que se extiende “de generación en generación”, como hemos cantado con su Magnificat.

Volvamos al Cenáculo. Contemplemos nuevamente a la Iglesia en oración, sostenida por Maria, y a la espera del Espíritu.

Esa comunidad temerosa y encerrada será arrojada por el Espíritu Santo a los caminos del mundo. Será Iglesia en camino y en tensión misionera.

Por esos caminos misioneros estará también Maria: irá delante, en medio de su pueblo, alentando a todos.

Así la sentimos ahora.

Al concluir esta celebración vamos a renovar la entrega confiada de nuestra diócesis a María de Fátima.

Volvemos a confiarnos a ella y a recibirla como Madre.

¿Qué le pedimos? Que siga alentando en nosotros la gracia del bautismo y la confirmación. Que cada uno de los que formamos parte de esta Iglesia diocesana vivamos a fondo la fe, la esperanza y la caridad que nos han sido regaladas en la fuente bautismal y con la unción del Espíritu.

Que seamos discípulos misioneros alegres de Jesús, dispuestos a llevar el Evangelio a cada rincón de nuestra diócesis.

Amén.

Viernes Santo 2022

Homilía en la Celebración de la Pasión del Señor – catedral de San Francisco – 15 de abril de 2022

El Señor inclina la cabeza y entrega el espíritu.

Dejémonos alcanzar por su Aliento divino.

Recibamos el Espíritu de Jesús crucificado, como María, las santas mujeres y el discípulo amado al pie de la cruz.

El Espíritu que exhala Jesús nos trae el perdón, la reconciliación y la paz desde el corazón de la santa Trinidad.

Es para nosotros, para nuestro corazón y para nuestro mundo.

María está ahí, al pie de la cruz, para sostener con su Amén virginal nuestro frágil Amén de hombres y mujeres heridos, pecadores y siempre inclinados al pecado.

Dejemos que el Espíritu se derrame sobre nosotros.

Dejemos que María sostenga con su presencia materna nuestra apertura a la gracia del Espíritu Santo.

***

Siempre ha habido guerras en el mundo. Y las habrá hasta el final de la historia.

Lo que pasa hoy es que los poderes del mundo nos dicen qué guerras importan y cuáles deben ser relegadas al olvido. Cuáles son noticias, y cuáles no.

Esto es así, según sean los intereses ideológicos, políticos y, en buena medida, económicos de los que se sienten señores del mundo.

Según esta lógica mundana (y perversa) hay víctimas que merecen reconocimiento y otras que no vale la pena tener en cuenta.

Es lo que pasa hoy, como antaño y -lo decimos con realismo, no con resignación- lo que seguirá ocurriendo.

***

Pero ahora, nosotros, aquí en este templo, como los cristianos de todo el mundo, por el Espíritu del Padre y del Hijo, la Palabra proclamada y la fe que caldea nuestros corazones, estamos en ese espacio de gracia y libertad que el mismo Dios amor ha abierto en el mundo y que tuvo su epicentro en el Calvario.

Con María, las santas mujeres y el discípulo amado estamos al pie de la cruz.

Aquí no hay víctimas de primera y de segunda, sufrimiento que se exhibe y otro que se olvida.

Aquí, el Crucificado está haciendo suyo todo el dolor del mundo, los pecados de cada corazón, la injusticia que atraviesa la historia.

Y está quebrando desde dentro el peso abrumador del mal. Y lo está haciendo con la única potencia capaz de expiar los pecados, de redimir al mundo y de abrir las puertas de la vida: el amor hecho entrega y donación, solidaridad profunda con todos los heridos de la historia, misericordia y compasión con la fragilidad de cada ser humano, especialmente de los más pobres y descartados.

***

Por eso, en breve, nos postraremos ante la cruz.

Es un gesto de adoración.

Un gesto de amor: amor con amor se paga…

Es también un gesto penitencial que se ha de transformar en compromiso solidario por la fraternidad, allí donde el Señor nos ha puesto, en el tiempo que nos ha regalado, de cara a las personas con las que ha entrelazado nuestra vida.

Incluso más: es un gesto audaz que nace de esa frágil humanidad que, transformada por la humildad y mansedumbre de Cristo, es lo que Dios más busca para hacerse presente “como Dios” en medio del mundo.

Porque solo el amor humilde hace justicia al Dios revelado en el rostro bello de Cristo crucificado.

Que María nos lleve al pie de la cruz y nos enseñe a pronunciar nuestro “Amén”, con los labios y con nuestra vida.

Así sea.

Jueves Santo 2022

Homilía en la Misa de la Cena del Señor – catedral de San Francisco – 14 de abril de 2022

También nosotros -como los hebreos al salir de Egipto- nos reunimos como familia para compartir el banquete pascual.

Y vale también para nosotros esta indicación: “Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. Y lo comerán rápidamente: es la Pascua del Señor” (Ex 12, 11).

Es la Eucaristía, memorial de la Pascua de Jesús. El banquete al que sigue un éxodo, un camino hacia la vida.

¿Qué nos da la Eucaristía?

El evangelio de san Juan nos responde con el lavatorio de los pies: en cada Misa, Jesús, nuestro Maestro y Señor, se hace nuestro servidor. Se hace esclavo para cumplir el servicio humilde de lavar nuestros pies a punto de ponerse en camino.

Nos dice, como a un sorprendido Simón Pedro: “Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte” (Jn 13, 8b).

Nos vuelve a decir, sorprendiéndonos aún más: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes… Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre”, como recuerda emocionado san Pablo, evocando sus primeras Eucaristías en la comunidad de Antioquía, donde aprendió a ser cristiano (1 Co 11, 24.25).

El Espíritu Santo cumple esa maravilla: transforma nuestro pan y nuestro vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor y, comiendo y bebiendo esos manjares, nos transforma a nosotros mismos en el Cuerpo del Señor.

Por eso, celebramos con fe, hasta con ternura, la santa Eucaristía. Y la celebramos para vivirla, imitando el ejemplo del Señor.

Una de las ilusiones más grandes que tenemos como Iglesia diocesana es ver, dentro de pocos años, en medio de nuestras comunidades a los diáconos permanentes.

No es oficio del diácono presidir la Eucaristía. Eso nos toca a los sacerdotes: al obispo y a los presbíteros.

Su misión es otra: en medio del pueblo ser signos visibles de este Jesús Servidor que lava los pies. En medio de nosotros, ser signos del “estilo de vida de Jesús” que es el servicio humilde, abnegado, gratuito y silencioso.

Ser «Eucaristía» en medio de un pueblo llamado a vivir eucarísticamente en el servicio de Cristo. Esa es su vocación.

Ser así, y por la misma razón, signo inspirador del estilo con que la comunidad cristiana debe hacerse presente y visible en medio de la sociedad: como el buen samaritano que se conmueve ante las heridas de los caídos al borde del camino.

Uno de los dolores más grandes de la Iglesia madre es ver cómo muere en el corazón de sus hijos e hijas el amor por la Eucaristía; como se anteponen otras cosas -en sí mismas legítimas- a la participación en la Eucaristía: un viaje, otros banquetes, el esparcimiento, y un largo etcétera.

Y si en una comunidad cristiana mengua el amor tierno por la Eucaristía, seguramente también empezará a morir el ardor misionero y el servicio a los pobres, a los enfermos, a los heridos del camino.

No es cuestión de cumplir con un precepto. Es cuestión de amor. Si hay amor hay tiempo, motivación y decisión.

El lenguaje de la Eucaristía es el de los enamorados: personal, gratuito, sin tiempo, evocador, sugerente; hecho de miradas y silencios, exclamaciones y cantos, poesía y gestos.

Así nació del corazón de Jesús, a punto de entrar en su pasión: como gesto de esperanza, como declaración de amor (el amor hasta el fin), como profecía de su pascua de retorno al Padre y de vida entregada por los amigos, como éxodo y misión.

La Eucaristía es la escuela de Jesús Servidor y Buen Samaritano. Es, por eso, escuela de humanidad.

Lo ha sido siempre: en la Eucaristía, la comunidad cristiana ha aprendido a vivir su fe con un hondo sentido de la humanidad, de construcción del bien común, de interés sostenido por la justicia y la solidaridad.

La Eucaristía nos enseña a ser hermanos y hermanas. Tiene potencial de fraternidad para un mundo herido por el odio que envenena los corazones.

La Eucaristía ha edificado nuestra patria Argentina. ¿De dónde, si no, sacaron iniciativas y vigor ciudadano el beato Esquiú, el Santo Cura Brochero o nuestro Don Orione? ¿No lo ha sido también para nuestros abuelos, nuestros padres y para tantos evangelizadores -pastores, consagrados y laicos- que han dejado huella en nuestras comunidades?

La Eucaristía fue su hogar, su escuela y su forma de vida.

Dispongámonos a vivir esta Pascua 2022, suplicando la gracia de vivir eucarísticamente al estilo de Jesús, como servidores y buenos samaritanos, en este tiempo que la Providencia nos regala.

Misa crismal 2022

Catedral de San Francisco, jueves 7 de abril de 2022

“Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.” (Lc 4, 20). 

También nosotros fijemos la mirada en el Señor Jesús. 

Contemplémoslo como nos lo presentan las Escrituras que acabamos de escuchar: ungido por el Espíritu Santo, misionero del Padre enviado a los pobres; Salvador y Cabeza de un pueblo sacerdotal; Señor resucitado que está viniendo a nosotros.

***

Como Iglesia diocesana de San Francisco estamos acompasando nuestra marcha al camino sinodal que transita hoy toda la Iglesia bajo la guía del obispo de Roma, el papa Francisco. 

Nos ha alegrado comprobar que, desde hace ya varios años, nuestra joven diócesis viene caminando en esa dirección. 

Tal vez, con paso tímido y vacilante, como un niño que aprende a caminar, alternando osadía con temor; pasos torpes, caídas y nuevos comienzos. Pero, seguramente ese aprendizaje de la infancia ha tenido que hacerse de a poco, hasta alcanzar seguridad y firmeza.

El aprendizaje al que nos referimos al hablar de camino sinodal es aquel que tiene como Maestro al Espíritu Santo y como meta el Evangelio vivido, no aislados o ensimismados, sino como como comunidad. Se vuelve más lento. Reclama paciencia. Es, por cierto, más decisivo. 

Es aprender a caminar la fe, la comunión y la misión que la unción del mismo Espíritu ha sembrado en el bautismo y la confirmación. 

Es el mismo Espíritu en el que Jesús fue concebido, el que lo fue conduciendo en su misión evangelizadora, el Espíritu en cuyo fuego se ofreció al Padre en su sacrificio pascual, como estamos a punto de celebrar en estos días santos. 

A ese Espíritu nos volvemos como Iglesia diocesana en esta Misa Crismal a las puertas de Pascua. Que Él nos conduzca también a nosotros, nos haga dóciles discípulos y aprendices del Evangelio, misioneros como el beato Esquiú, el santo Cura Brochero o la beata Mamá Antula, portadores de la Alegría del Evangelio para nuestros hermanos. 

¿Qué nos está enseñando ahora el Espíritu? ¿Hacia dónde nos está conduciendo? ¿Qué actitudes y sentimientos está despertando en nosotros? ¿Qué decisiones, qué pasos de conversión, qué dinamismos evangelizadores está inspirando en nuestras comunidades?

Al evaluar nuestro Plan de Pastoral 2016-2020 hemos podido recoger muchas y preciosas indicaciones para madurar nuestra respuesta eclesial a esos interrogantes. 

En los próximos pasos que hemos de dar nos volveremos a poner a la escucha del Espíritu en las múltiples voces con las que busca interpelarnos.

Será, sin dudas, una experiencia tan rica como exigente. No nos extrañemos que esa escucha nos incomode generando tensiones que no se resuelvan fácilmente. 

En todo caso, el Espíritu Santo, al que invocamos con fe, realizará su obra. Como siempre. 

Es decir, nos llevará a Jesús. Trabajará en nosotros para abrir nuestra mente, disponer nuestro corazón y hacernos dóciles a sus inspiraciones.

La motivación a la que apelamos en este tiempo busca esa profundidad de la obra del Espíritu en nosotros. 

***

Quisiera solo señalar aquí una dirección en la que siempre nos trabaja el Espíritu. Me refiero a la confesión de fe del fragmento del Apocalipsis que escuchamos en la segunda lectura:

“El -Cristo- vendrá entre las nubes y todos lo verán, aún aquellos que lo habían traspasado. Por él se golpearán el pecho todas las razas de la tierra. Sí, así será. Amén. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que vendrá, el Todopoderoso.” (Ap 1, 7-8). 

No sabemos con certeza cómo se desarrollarán los acontecimientos de nuestra vida, tanto personal como eclesial. Los iremos viviendo paso a paso. Es el modo como aprendemos a caminar la vida y la fe. 

Esa vivencia despierta en nosotros comprensible incertidumbre, ansiedad y temor.

Lo cierto -con la inconmovible certeza de la fe- es que el futuro está en las manos del Señor. 

Es más: Él, Cristo resucitado, es nuestro Futuro. En esa tierra está echada el ancla de nuestra esperanza. Hacia allí nos dirigimos… o, mejor, somos llevados por el mismo Espíritu. 

La docilidad que pedimos es para que seamos ligeros de equipaje. Y que ese caminar sea una vivencia profunda de discípulos y de testigos. Hermanos y amigos que se acompañan, se esperan, se perdonan, se disculpan y se animan a caminar. 

El Señor nos unge con su mismo Espíritu. Somos así un pueblo sacerdotal y profético. El Espíritu nos empuja desde dentro para que hagamos la experiencia más honda de la fe: el temor, la incertidumbre y la ansiedad por el futuro son vencidos por la consoladora presencia del Señor resucitado que alienta sobre nosotros su mismo Espíritu.

Aquí, una vez más, tenemos que evocar y hasta convocar a nuestra Madre del cielo: a María, cubierta por la sombra del Espíritu, que pronuncia su Amén al designio del Padre, dejándose enseñar y conducir por el mismo Espíritu. 

Cuando somos ungidos con el Santo Crisma y el óleo de los catecúmenos en el bautismo, María es la encargada de cuidar ese precioso don de la gracia. Ella nos enseña a ser fieles a la unción que hemos recibido del Santo. Por eso, la invocamos como madre y maestra espiritual del santo pueblo fiel de Dios. 

En el camino sinodal que hemos empezado a transitar con paso firme, pidámosle a María que nos ayude a no desandar el camino, a perseverar en él y a caminar como familia. 

***

Permítanme una indicación más. Mañana haré pública la segunda Carta Pascual para acompañar nuestra vivencia de esta Pascua 2022. El tema de fondo es la aventura de la oración cristiana. 

Jesús vivió la Pascua de su pasión, muerte y resurrección como el momento culminante de su oración al Padre en el fuego del Espíritu.

Vivamos esta Pascua de la misma manera: que la liturgia de estos días, solemne y noble en su sencillez evangélica, sea para todos un entrar en esa zarza ardiente que es el Cristo Pascual que, orando, vuelve al Padre y nos unge con su Espíritu.

Amén.  

Solemnidad de la Anunciación del Señor

Homilía en la catedral de San Francisco – Viernes 25 de marzo de 2022 – Consagración de la humanidad, especialmente de Rusia y Ucrania, al Inmaculado Corazón de María.

Como rezamos en el Ángelus, nosotros, los cristianos, somos aquellos “que hemos conocido, por el anuncio del ángel, el misterio de la encarnación del Hijo de Dios”.

Cómo la humano y lo divino se unen en la única persona del Verbo de Dios, sin mezclarse ni disolverse, sin separarse ni dividirse, es un misterio que nunca lograremos comprender. Es un misterio en sentido estricto.

Lo que sí comprendemos -y con la mejor comprensión: la que tiene como origen el “corazón”- es el motivo último de este “Dios con nosotros”: el increíble amor de Dios por su pueblo, por cada ser humano, por los pobres y los pecadores; el amor de un Dios que es amigo, compañero de camino, cercano e íntimo; pero es también el amor loco que busca sanar lo enfermo, restaurar lo deformado y destruido…

Y es “loco” porque ese deseo de redención lo ha llevado a un extremo del despojo, de la humillación; del hacerse uno de nosotros, pero como esclavo, siervo y, en el colmo del estupor, como un condenado a la muerte ignominiosa de la cruz.

Ese “amor loco” es que tiene la potencialidad divina de arrancar al hombre del poder del pecado, cuyo rostro más horroroso es la violencia irracional del odio que lleva a negarle humanidad al otro, a buscarlo, a humillarlo, a torturarlo y matarlo.

La violencia política que acompaña toda la historia de nuestro país -como, por otra parte, de toda la humanidad- alcanzó su momento más intenso y oscuro en el terrorismo de estado de la pasada dictadura. Ayer lo hemos recordado, una vez más.

Los discípulos de Jesús, el Verbo encarnado, nos mantenemos firmes y tozudos en afirmar, contra toda forma de pesimismo y derrotismo, que, en la encarnación del Hijo de Dios en el seno de María se encuentra toda la potencia de Dios hecha gracia ofrecida a la fragilidad humana para sembrar la paz, restaurar la dignidad humana, apostar por el diálogo y la fraternidad de todos los hombres y mujeres.

Miremos, una vez más, la respuesta de María de Nazaret al misterio que le ha sido apenas por el ángel: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38).

María se ha abierto a la acción suave, discreta pero firme del Espíritu Santo. Para ello, se ha dejado interpelar por la Palabra que llegaba de Dios. Se ha involucrado así en la historia de la salvación con inteligencia y perspicacia, a conciencia y poniendo en juego toda su libertad personal.

Obrando así ha abierto la puerta a la gracia de Dios que viene a redimir al mundo. Su “Hágase en mí” es un eco del “Aquí estoy para hacer tu voluntad”, que el Verbo pronuncia a la misión del Padre.

De esa forma, la misericordia y el perdón de Dios han entrado en la historia humana, llegando a la raíz de toda forma de pecado, de violencia y de odio. Solo el perdón divino tiene potencia para secar definitivamente las fuentes del odio. Es el perdón que, como gracia salvadora, se adelanta y crea en el corazón del pecador ese mundo nuevo que es el arrepentimiento y dolor por el pecado cometido.

Nosotros, esta tarde y aquí, en esta iglesia catedral de San Francisco, en comunión con todos los obispos e iglesias del mundo, hacemos nuestra la oración que el Santo Padre Francisco ha pronunciado hoy consagrando la humanidad, especialmente a los pueblos hermanos de Rusia y Ucrania, al inmaculado corazón de María.

Con humildad -con profunda humildad- queremos también nosotros abrir nuestros corazones a la acción salvadora de la gracia del Espíritu Santo, sentirnos perdonados y redimidos y, de esa manera, dejar libre curso al perdón de Dios que cura toda violencia y pacifica los corazones.

Sí. Como María, también nosotros, pobres pecadores, hombres y mujeres frágiles y hasta insignificantes, podemos abrir el mundo a la Paz de Cristo, al Perdón de Dios, al Consuelo del Espíritu Santo.

¡Cuánto lo necesita el mundo, nuestra Argentina, las familias y pueblos en conflicto! ¡Cuánto lo anhelan los hombres y mujeres que sufren bajo el fuego irracional e insensato de la guerra!

“Dios ha cambiado la historia tocando a la puerta del Corazón de María”, ha dicho hoy el Santo Padre renovando la consagración del mundo a María. “Y también nosotros, renovados por el perdón, tocamos a la puerta de este Corazón […] No se trata de una fórmula mágica -ha añadido-. No, no es esto. Se trata más bien de un acto espiritual. Es el gesto de plena entrega confiada de los hijos que, en la tribulación de esta guerra cruel e insensata que amenaza al mundo, recurren a la Madre. Como los niños, cuando tienen miedo, van a la madre a llorar, a buscar protección. Recurrimos a la Madre, depositando en su Corazón miedo y dolores, entregándonos nosotros mismos a ella. Es volver a poner en este Corazón limpio, incontaminado, donde Dios se refleja, los bienes preciosos de la fraternidad y de la paz, todo cuanto tenemos y somos, para que sea ella, la Madre que el Señor nos ha regalado, la que nos proteja y custodie”.  

A María le confiamos, una vez más, la causa sagrada de la Vida, siempre actual y siempre bajo amenaza.

Pero ella nos infunde coraje y confianza. Nos contagia su Esperanza. Nos vuelve a entregar a Cristo, el Hijo de sus entrañas.

Amén.