Corpus Christi 2021

Homilía en la catedral de San Francisco, domingo 6 de junio de 2021

La santa Eucaristía nos devuelve al “amor primero”. Aquel amor del comienzo que el Apocalipsis le reprocha a la Iglesia de Éfeso haber dejado enfriar (cf. Ap 2, 4).

Es el amor de Cristo: libre y total, absoluto y gratuito, sin reservas ni condiciones. El único amor que puede despertar en nuestro corazón una respuesta semejante.

Venimos a la Eucaristía a dejarnos alcanzar por ese amor primero. Por eso estamos aquí. Por eso, aunque no podemos asistir al templo por la pandemia, seguimos esta celebración por las redes.

Este año, la liturgia nos invita a contemplar la Sangre redentora del Señor “que por otra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios” (Heb 9, 14). Es la Sangre bendita que nos vivifica y purifica. La que nos abre las puertas de la vida, ya desde ahora en nuestro peregrinar hacia la patria del cielo.

Contemplemos pues la Sangre del Señor.

En la sangre está la vida, nos enseña la Escritura. Es lenguaje simbólico, no biología. Y la sangre “derramada” es expresión de una vida entregada, que no se guarda nada; que no se engaña a sí misma, creyendo que ser libre es igual a librarse de toda forma de vínculo, dependencia o condicionamiento. Esto último suele ser más bien desinhibición, capricho o triste apatía de adolescentes eternos.

Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, de rodillas ante el altar, volvemos a escuchar al Señor que, por medio del sacerdote, nos dice: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 24-25).

Creemos en tu Palabra, Señor, y nos dejamos llevar por ella. “Sangre de Cristo, embriáganos”, rezamos con la antigua plegaria.

Sí, estamos embriagados por ese Amor grande que no ha dejado solo al mundo. Esa vida traspasada de amor que palpita en la entrega silenciosa, humilde y perseverante de tantos hombres y mujeres que, cada día, vuelven a ponerse al hombro a su familia, a sus seres queridos, a todos los que les han sido confiados.

Es verdad que, en medio de esta dolorosa pandemia, nos desconcierta y subleva la irresponsabilidad de algunos -dirigentes o simples ciudadanos- que parecen no ver más allá de sus intereses de corto alcance. Pero, como contraparte a la vileza y mezquindad de esas élites encerradas en sí mismas resalta la esperanzadora vida que circula por las venas de nuestro pueblo. Somos testigos, cuando no protagonistas, de ese amor increíblemente tozudo que, en medio de la dura prueba, se hace cargo de la vida de los otros con alegría, incluso con sano humor, sin estridencias ni reclamos infantiles. Amor que se levanta cada mañana, que vuelve a empezar; que se afana en llevar bondad, belleza y justicia, sin dejarse ganar por el desaliento; o, si ese veneno se inocula en el alma, sabe encontrar el mejor antídoto que es mirar a los ojos a los que amamos, los más pequeños o desvalidos; y, con esa mirada que traspasa el alma, seguir caminando, peleando la vida y dando lugar a la esperanza.

Permítanme decirlo sin rodeos: detrás de todo ese humanísimo amor está la Sangre bendita de Cristo; está ese amor primero que sostiene, por la fuerza del Espíritu, todo esfuerzo para hacer la vida más humana. Es Sangre redentora. Y eso no es eufemismo ni veleidad, es confesión de fe y, por eso, realismo puro. Dios no se queda en buenas intenciones: dice, obra y transforma desde dentro la vida.

La Sangre de la nueva y eterna Alianza en la Eucaristía es la fuerza secreta que anima, incluso sin saberlo, a todo hombre y mujer de nuestro mundo (de nuestra Argentina) que empeña su libertad en el cuidado de los otros, especialmente de los más vulnerables; que apuesta al diálogo, al encuentro y a la pasión por la verdad y el bien común.

Cuando el Señor, en la última cena, toma en sus manos el cáliz lleno del fruto de la vid, no solo nos invita a reconocer en ese vino generoso el misterio de su Sangre, a punto de ser derramada “para el perdón de los pecados”; sino que, al hacer eso mismo, mete en el corazón del mundo la potencia más fuerte que podamos pensar: la esperanza de que nos espera, porque es decisión irrevocable del Dios que ama la vida, el “vino nuevo en el Reino de Dios”.

La Eucaristía, que es sacramento del amor más grande, es también el sacramento de la esperanza más firme.

Por eso nos reunimos para celebrarla. Por eso, no podemos vivir sin ella. Por eso, cuando no podemos estar presentes en nuestros templos, alimentamos el deseo de la comunión con Cristo en nuestra imaginación y nuestras palabras, en nuestra mente y nuestro corazón. Por eso nos duele en el alma que se enfríe en los corazones -por ejemplo, de los jóvenes- el deseo de la Eucaristía. Por eso vamos a insistir, a tiempo y a destiempo, que no podemos vivir sin la Eucaristía.

Por eso estamos aquí, reunidos para cantar el misterio del amor grande que nos alcanza bajo las apariencias del pan y del vino.

Queridos hermanos y hermanas: es Jesús, el Señor, el que quiere reavivar en nuestros corazones el amor primero. Dejémoslo obrar. Dejemos que nos colme de su gozo. Dejemos que su Espíritu alimente en cada uno el deseo de la Eucaristía, que es el deseo de Dios, de su Reino y de su justicia para todos. Dejémonos embriagar por su Sangre vivificante y redentora.

Los invito a orar: “Te saludamos y bendecimos, Sangre bendita y gloriosa. Del costado abierto de Cristo en la cruz sigues manando para salvación del mundo. Que nunca desertemos de la Eucaristía. Que siempre lavemos nuestras vidas en tu poder salvador y purificador. Amén.”

Misa por la Patria

Homilía en la catedral de San Francisco – 25 de mayo de 2021

“Observar la Ley es como presentar muchas ofrendas y ser fiel a los mandamientos es ofrecer un sacrificio de comunión […]” (Ecco 35, 1). 

Así comenzaba la primera lectura de hoy. Cuando el libro del Eclesiástico habla de “Ley”, por supuesto, se refiere a las “palabras” que Dios regaló a su pueblo en el Sinaí a través de Moisés, sintetizadas en aquellas “Diez palabras” que tan bien conocemos. 

Pero, orando por la Patria Argentina este 25 de mayo, podemos dejarnos iluminar por esta invitación del sabio de Israel. Iluminar nuestra conciencia, nuestra conducta y también nuestra vida ciudadana como pueblo. 

Mucho se ha dicho y escrito sobre el poco apego que los argentinos tenemos a la ley. A este defecto -grave, por cierto- se lo denomina: “anomia”; es decir, negación de la ley. 

Lo ilustra muy bien el dicho popular: “Hecha la ley, hecha la trampa”. Solemos evocarlo para señalar cómo los pícaros saben sortear el límite de la ley, ufanándose de ese logro. Es la famosa “viveza criolla”. 

Este modo de hablar es muy injusto y cargado de prejuicios: en realidad, el desapego a leyes, normas y regulaciones desborda ampliamente cualquier caracterización de raza, condición social o incluso educación superior. Otro dicho popular puede venir en nuestra ayuda: “ladrones de guante blanco”: gente educada, incluso con acceso a muchos bienes, sin embargo, elige la corrupción. 

Por eso, observando el enorme esfuerzo que nuestro pueblo viene haciendo desde que comenzó la pandemia, este juicio negativo, al menos en mi caso, tiene que ser matizado; tal vez, hasta rebatido. 

Permítanme afirmar, con emoción ciudadana, que en la mayoría de los argentinos habita una real pasión por el bien común; es decir, por ese trabajo silencioso, cotidiano y tremendamente paciente de generar las condiciones para que cada persona, cada familia y pueblo alcancen su desarrollo y perfección. 

En su encíclica Laudato Si’, el papa Francisco ha hecho dos aportes fundamentales a la noción de bien común. Este implica, por un lado, el cuidado de la casa común: nuestra tierra, el ambiente, el clima, la ecología humana. Por otro, el trabajo por el bien común incluye a las futuras generaciones: implica soñar el futuro, incluso si eso significa sacrificios en el presente cuyos frutos serán recogidos por quienes vengan detrás.

En este día de la Patria, no nos dejemos ganar por la amargura que nubla la mirada, por la desesperanza o la presunción que hieren desde dentro a la esperanza. 

No es realismo ser pesimista, amargado o confundir espíritu crítico con el conformismo de quien critica todo sin dejar abierta ninguna puerta a la esperanza. 

Volvamos al fragmento del libro del Eclesiástico que acabamos de escuchar. Prestemos atención a este acento, típicamente bíblico y cristiano: escuchar y poner en práctica la Ley que Dios nos ha regalado es, en definitiva, el culto que Él espera de nosotros; el culto de la vida que le da sentido al culto litúrgico que realizamos. 

“La manera de agradar al Señor es apartarse del mal, y apartarse de la injusticia es un sacrificio de expiación. […] Da siempre con el rostro radiante y consagra el diezmo con alegría.” (Ecco 35, 3.8).

Dios quiere nuestro corazón más que nuestras ofrendas externas. Quiere que nuestra vida se transfigure con el fuego de su Espíritu para que podamos experimentar su misma alegría de vivir en la verdad. 

Esa es la belleza de la vida que Jesús nos ha traído y que su Espíritu incesantemente anima, inspira y mueve desde dentro de los corazones. 

Ese “fuego sagrado” esta ardiendo en nuestra Patria Argentina desde que el Evangelio de Cristo resonó en nuestra tierra. Y no deja de dar frutos. 

Miremos, si no, lo que de más hondo está ocurriendo en nuestras comunidades cristianas, especialmente en este tiempo de pandemia, de confinamiento y de restricciones. 

Es cierto que, en tiempos más o menos prolongados, los templos argentinos han estado cerrados. Pero la Iglesia, la verdadera Iglesia del Señor, la que crece en los corazones, la que el Espíritu edifica con las piedras vivas que somos nosotros; esa Iglesia está viva, despierta, activa y, como siempre, es misionera…

¿Cuál es el aporte de los cristianos a la construcción, nunca acabada, por cierto, de una Patria de hermanos?

Ante todo, la radicalidad de nuestra vivencia del Evangelio. No hay mejor servicio a la Patria para un cristiano que vivir su fe con alegría, convicción y coherencia. 

A eso, yo añadiría dos objetivos más: en primer lugar, trabajar más intensamente por la convivencia fraterna entre todos los argentinos. Esa herida abierta que solemos llamar “grieta” también está presente dentro de nuestras comunidades cristianas. Pues bien, el Evangelio tiene todo para que demos testimonio elocuente de que las desavenencias pueden ser vividas de un modo distintos. Se trata de tratarnos como hermanos y hermanas, aunque, lógicamente, no tengamos la misma mirada sobre aspectos que son contingentes y opinables. 

En segundo lugar, los católicos estamos desafiados a profundizar nuestro compromiso con la democracia; o, mejor, con un modelo de democracia que exprese nuestra cultura, nuestra riqueza y pluralidad. Nos orienta el rico magisterio de nuestra Iglesia: desde “Iglesia y comunidad nacional” del Episcopado Argentino, con los dos documentos del bicentenario; hasta los grandes pronunciamientos de los Papas, especialmente la gran encíclica Centessimus annus de san Juan Pablo II y, más recientemente, Laudato Si’ y  Fratelli tutti de nuestro querido Papa Francisco. 

¡Soñemos juntos entonces una Argentina luminosa! ¡Soñemos pensando en las nuevas generaciones que están creciendo o que vendrán! 

Patria es la tierra de los padres, de nuestros hijos y nietos. 

Que la Virgencita de Luján nos siga inspirando y bendiciendo. 

Amén. 

Fiesta Patronal Diocesana – 13 de mayo de 2021

Homilía en la catedral de San Francisco

“Sesenta años con María contemplativa, servidora y misionera”

Con este lema estamos celebrando nuestra Fiesta Patronal Diocesana en honor a Nuestra Señora del Rosario de Fátima. 

¿Qué significa que María es “contemplativa”? ¿Qué es “contemplar”? ¿Sirve para algo realmente significativo la oración contemplativa?

Podríamos multiplicar las preguntas. Pienso que, más que sospechas y objeciones, sobre esta palabra pesa un sentido de resignación: “sí, muy bonito; pero, en realidad, no es para mí; me supera, mejor contentarse con menos”. 

Y, sin embargo…

La contemplación es la madurez de la oración cristiana. Cada vez que siento el llamado de la oración y me adentro en ese territorio fascinante, el impulso del Espíritu es que alcance la meta de la contemplación. Dios me busca y quiere ese encuentro, cara a cara. 

La escena evangélica que acabamos de escuchar es el icono de la Iglesia orante y contemplativa: María, las santas mujeres y el discípulo amado al pie de la cruz, contemplando a Jesús en su Hora. Están en el radio de su influencia, al alcance de su Espíritu. Todo en ellos -mente, sentimientos y sentidos- se concentra en el Señor que vive su Hora. 

Tal vez, todavía no tengan las palabras para expresarlo con suficiente fluidez. Sin embargo, en esa Hora suprema -la del mayor amor: el amor hasta el fin- están ante el Rostro trinitario de Dios que irrumpe en nuestra historia: el Padre entrega al Hijo, el Hijo se ofrece al Padre, Padre e Hijo dan al mundo el Espíritu que renueva la faz de la tierra. 

En la oración, como en la fe, nunca dominamos el Misterio, sino que Él nos toma, nos desborda y nos envuelve. 

La contemplación es la madurez de la oración porque la visión beatífica será la plenitud de la condición humana, nuestra verdadera madurez. Ese es el verdadero motivo de nuestra esperanza: la bienaventuranza eterna, en el cielo, cuando veamos cara a cara y conozcamos como somos conocidos; el encuentro con el Señor y el reencuentro con todos los que amamos y nos amaron; la patria trinitaria que es también nuestro verdadero hogar. 

En una fe humilde, orante y viva como la de María, ya en esta historia frágil e imperfecta, comienza a madurar esa gracia definitiva. El cielo germina en la tierra. 

El Rosario que María encomendó a Jacinta, Francisco y Lucía, por ejemplo, es oración vocal y corporal, pero, en su dinámica interior nos lleva a contemplar: con los ojos y el corazón de nuestra Señora, el misterio de Cristo. 

***

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La contemplación busca […] a Jesús y en Él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Él y vivir en Él. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.”

Quedémonos con esta sola frase: contemplación es tener la mirada centrada en el Señor. Podríamos añadir: simplificar la mirada interior, teniendo los ojos de la fe puestos en su Persona. 

En realidad, tenemos que decir que no resulta sencillo definir con palabras lo que constituye la oración contemplativa. Son más útiles las imágenes, las metáforas, las comparaciones que dejan abierta la puerta y libre el espíritu para aventurarse en este terreno. 

Personalmente, me gusta mucho cómo define la oración contemplativa, pero, sobre todo, cómo la describe, Don Bernardo Olivera, trapense argentino que fuera Maestro General de la Orden. Aquí la definición: “[…] la contemplación cristiana es: fe iluminada por el fuego del amor que anticipa lo esperado. O, más propiamente, fe enamorada en anticipo de esperanza.”.

Como toda oración, la contemplación es don de Dios. Si la fe es un modo de ver la realidad con los mismos ojos de Dios, la oración contemplativa es un momento especialmente intenso en que los ojos de la fe se concentran en el Misterio de Cristo. 

Es un ver que, transfigurado por la esperanza, sabe ir a fondo, más allá de las apariencias, para comprender que la salvación de Dios está actuando en el mundo y es el verdadero futuro que nos espera. 

El amor que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones es un fuego que, a la vez, nos enciende, nos da calor y también nos ilumina para que podamos ver. 

Esa es la metáfora que usa Don Bernardo Olivera para hacernos comprender lo que es la oración contemplativa: fuego de amor que caldea el corazón e ilumina todo alrededor. 

En otros escritos añade otras imágenes: es amor de mamá o de papá que, precisamente por que aman intensamente a sus hijos, son capaces de adivinar sus estados de ánimo, sus penas y expectativas. El amor ve, y ve más lejos. Preguntémosle, si no, al discípulo amado, o a María Magdalena. 

Todo enamorado es, de una forma u otra, un contemplativo. Busca el silencio para estar, para mirar, para reposar. 

El orante de Israel viene en nuestra ayuda. Él ha llegado a comprender que la contemplación puede crecer en el corazón creyente solo porque es Dios el que, con su amor primero, nos mira y nos contempla y, de esa forma, nos crea constantemente con su aliento de vida. Reza así el Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (Sal 104, 29-30). De ahí que la Escritura, una y otra vez, repita la súplica: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros […]” (Sal  67, 2). 

Esto supone un giro fundamental en la propia experiencia cristiana: es Dios el que nos contempla y hace posible nuestra propia mirada centrada en Él. ¿Se dan cuenta de que siempre, invariablemente, tenemos que terminar hablando de la gracia? Es así: la vida cristiana es don, regalo, gracia, iniciativa de Dios. Él primero. Siempre. 

***

Nuestra Iglesia diocesana nació a las vísperas del Concilio Vaticano II. Su nacimiento entonces estuvo dinamizado por la gracia de ese nuevo Pentecostés. 

Contemplado con los ojos de María, madre de la Iglesia, el Concilio es un tiempo fuerte, profético y todo él concentrado en la Persona de Cristo, luz del mundo, de los pueblos y clave de ese misterio que somos los seres humanos. 

La profecía conciliar se puso en marcha precisamente con la reforma de la liturgia de la Iglesia. Este es el hogar, a cuyo calor maduró el camino de la Iglesia en nuestro tiempo, también el de nuestra Iglesia diocesana. Y la liturgia es tiempo, espacio y experiencia de contemplación. Es oración que se acelera y alcanza su punto máximo, de manera particular en la celebración eucarística, especialmente el domingo, la Pascua semanal. “Por lo cual, la Eucaristía aparece como la fuente y cima de toda la evangelización”, como afirma con certera lucidez el Decreto sobre la vida y misión de los presbíteros.

La contemplación no es un lujo de algunas almas exquisitas. Menos aún una pérdida de tiempo porque otras urgencias son prioritarias. Por el contrario, la contemplación de Cristo, en la oración personal y en la oración eclesial, es el clima del Espíritu en que transcurre y acontece nuestra vida personal, social y eclesial. 

El silencio en el que madura la contemplación -enseña también Don Bernardo Olivera- es la dimensión interior de la solidaridad. O, como hemos enunciado en nuestro lema: del servicio y la misión. La contemplación les da hondura a nuestros compromisos, especialmente a aquellos que nos sumergen más intensamente en la pobreza y fragilidad de la siempre cambiante condición humana. 

Contemplamos escuchando la Palabra y celebrando los misterios, no menos que en los encuentros con nuestros hermanos, sus temores y heridas, sus alegrías y esperanzas. 

Entre tantas experiencias fuertes que estamos viviendo en esta pandemia, una verdaderamente significativa podría ser esta: la gracia de, por una parte, caer en la cuenta de hasta qué punto habíamos perdido el norte en nuestra vida. Pero, por lo mismo, de qué manera el Espíritu nos reorienta, nos enseña por dentro, nos mueve a recuperar aliento, centrándonos nuevamente en Jesús, su Evangelio y su Pascua. Sí, en este tiempo, muchos han redescubierto ese anhelo de encuentro que nos habita y que el Espíritu Santo potencia, alimenta y anima. 

¿Podemos llamar “gracia de contemplación” a esta experiencia? Tal vez, podamos y nos convenga hacerlo. 

Lo cierto es que, puestos a mirar lo que está viviendo nuestra Iglesia diocesana, podemos soñar para ella (para nosotros) esta gracia de profunda conversión: una Iglesia que, como María, se vuelve más contemplativa, más servidora y misionera, según el Evangelio, porque más realmente radicada en Cristo, en su pobreza, en su humildad y, sobre todo, en su compasión y misericordia. 

Hace pocos días, en sus estupendas catequesis sobre la oración, el Papa Francisco decía con perspicacia: “Todo en la Iglesia nace en la oración, y todo crece gracias a la oración. Cuando el Enemigo, el Maligno, quiere combatir la Iglesia, lo hace primero tratando de secar sus fuentes, impidiéndole rezar. Por ejemplo, lo vemos en ciertos grupos que se ponen de acuerdo para llevar adelante reformas eclesiales, cambios en la vida de la Iglesia… Están todas las organizaciones, están los medios de comunicación que informan a todos… Pero la oración no se ve, no se reza.”

Para pensar, ¿no?

La Providencia ha dispuesto que este aniversario diocesano tuviera lugar en medio de una pandemia, por tanto, sin el fasto que suele ser usual en estas celebraciones. Es un despojo para que vivamos más intensamente lo esencial, lo “único necesario”, aquella parte que, como a María de Betania, no nos será quitada.

María de Fátima que sostuvo la oración de los pastorcitos sostenga también la conversión al Evangelio de nuestra Iglesia diocesana. 

Amén. 

60 años de la creación de la diócesis de San Francisco

Homilía en la catedral de San Francisco, sábado 10 de abril de 2021

¡Cómo le costó a Tomás reconocer a Jesús resucitado! Fuera de la comunidad, haciendo la suya, desconfiando de la palabra y testimonio de los otros, ensimismado en su propio mundo. 

Por otra parte, ¡qué potente es este icono del camino de la fe de Tomás como experiencia de Cristo en la fraternidad eclesial! ¡Qué fuerza la imagen del Resucitado comunicando su Aliento y la misión que le ha confiado el Padre! 

No hay encuentro con el Resucitado fuera de la comunión fraterna y la misión compartida por Jesús a sus hermanos y discípulos. 

¿Tomamos realmente conciencia del alcance de sus palabras: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”? (Jn 20, 21).

***

Celebrando los sesenta años de la creación de nuestra diócesis, dejémonos iluminar por este icono evangélico que la liturgia nos propone este segundo domingo de Pascua, el “domingo de la misericordia”. 

Nos ilumina en lo que somos, en lo que estamos llamados a ser y en lo que el Espíritu del Señor resucitado está obrando en nosotros, que es, sin dudas, lo decisivo. 

Nos reconocemos en Tomás, pero también en la comunidad reunida. Así es nuestra realidad concreta: la de nuestras comunidades, nuestros espacios pastorales, nuestro Presbiterio. 

Esa tensión es parte insoslayable de la vida de una Iglesia que camina realmente en la historia. Podemos fugarnos hacia el idealismo romántico de una Iglesia de puros, inmaculados y perfectos. Esa Iglesia existe… en el cielo y es la promesa del futuro eterno. Hacia allí caminamos, y eso significa que la fe nos hace siempre insatisfechos pero también serenos con la fragilidad humana propia y ajena. 

Podemos huir espantados de la miseria y pobreza de esta fraternidad demasiado humana. En la comunidad eclesial, concreta y visible, crecen juntos el trigo y la cizaña, la santidad y la fragilidad de los pecadores. Esa es la comunidad que Jesús ama, sostiene y anima. Eso somos. 

Estamos llamados a ser la fraternidad animada por el Espíritu de Jesús resucitado, la comunidad que vive de su experiencia del encuentro con Él, con su amor salvador y su fuerza humanizante. El dinamismo interior que el Espíritu genera es profundamente misionero: nos desinstala, nos lleva hacia fuera, nos pone a la intemperie de la vida, expectativas y también heridas de nuestros hermanos. 

Cada uno de nosotros vive esa tensión en grado y modalidades diversos. Eso es también la Iglesia católica: unos se sumergen en la oración, heridos en su corazón por la Presencia invisible del Señor que ama y a quien aman. Otros no pueden sino dejarse devorar por las necesidades, gritos y urgencias de sus hermanos más heridos y vulnerables. 

La Iglesia católica es, una e inseparablemente, tradición y profecía, fidelidad y adaptación, conservación y progreso… 

El tentador nos hace ver oposiciones irreconciliables donde el Espíritu crea diversidad, riqueza y complementariedad. Eso somos. De ese recio y, a la vez, maleable material está hecha la red de comunidades, carismas y ministerios que es nuestra Iglesia diocesana de San Francisco. 

Pero somos una familia en la que ya está actuando la Pascua de Jesucristo. Tal vez nuestro mayor pecado sea no creer en la presencia y acción del Espíritu en nosotros; dejándonos ganar por el pesimismo que, porque no se abre y confía al Espíritu, solo ve grises cada vez más oscuros. 

Queridos hermanos y hermanas: permítanme decirles -y, si es necesario, gritarles- que la Iglesia diocesana de San Francisco, en sus comunidades, en sus fieles e iniciativas, está viva con una vitalidad hermosa. Eso sí, la vitalidad del Resucitado: no hace ruido, no genera espectáculo ni apunta al éxito, sino la vitalidad del grano de trigo que, pujante de futuro, cae en tierra y, en silencio, genera vida. 

***

Después que Tomás cae de rodillas, habiendo metido sus manos en las heridas de Cristo, pronuncia una de las confesiones de fe más hermosas y hondas del Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!”. No en vano la repetimos en silencio cuando adoramos el santísimo Cuerpo y la gloriosa Sangre eucarísticos del Señor. 

Entonces, Jesús pronuncia la última de sus bienaventuranzas: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29). 

En cierto modo, los evangelios se abren y se cierran con la misma bienaventuranza. San Lucas nos dice que Isabel así saluda también a la madre de todos creyentes, la más perfecta discípula del Señor, María: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 45). 

En esa bienaventuranza se resume nuestra vida y nuestra misión. Ella le pone palabras a nuestra experiencia más honda: Sí, somos hondamente bienaventurados porque hemos sido enriquecidos con el precioso don de la fe en Jesucristo. Ese es nuestro gozo más hondo, pero también nuestra misión. No podemos callar ni dejar de compartir lo que a nosotros nos colma. 

En palabras del documento de Aparecida que no nos cansamos de repetir: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (Aparecida 29). 

***

Los tiempos que corren, acelerados por la pandemia, nos desafían en muchos sentidos. No perdamos el norte, dejándonos ganar por la ansiedad. Sigue siendo verdad lo que Jesús dijo en Betania, en casa de sus amigos María, Marta y Lázaro: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada.” (Lc 10, 48-49). 

Estamos celebrando estos sesenta años “en pandemia”, obligados a la sobriedad, la sencillez y concentrados en lo esencial. 

Y lo esencial, para nosotros, tiene un Nombre: Cristo, el Señor; el que nos lleva al Padre en la potencia del Espíritu. Cristo, cuyo encuentro cambia todo en la vida. Cristo, la Alegría y la Esperanza que compartimos con todos los seres humanos que, en el fondo de sus corazones, lo anhelan, lo desean y no se cansan de buscarlo. 

Seamos como la comunidad apostólica: reunámonos a orar y a invocar el Espíritu. Seamos como Tomás, que sale de la duda y de su ensimismamiento y se entrega confiadamente al Señor. 

Amén. 

Misa crismal 2021

Homilía en la catedral de San Francisco, miércoles 24 de marzo de 2021

“¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” (Salmo 133, 1). Así comienza el Salmo 133. Aunque no pertenece a la liturgia de la Misa crismal, me ha parecido oportuno invitarlos a rezar con él. 

Sí. Es muy bueno, además de reconfortante y consolador, saborear la comunión fraterna. Es bueno, además, subrayarlo hoy, que podemos reunirnos para esta liturgia tan significativa para la vida diocesana. Todos tenemos presente la situación del pasado año con sus restricciones. ¡Cómo sentimos no poder reunirnos para celebrar juntos, en la cercanía de la Pascua, la Misa crismal!

La comunión fraterna que celebra, expresa y comunica la liturgia de la Misa crismal es la de toda la Iglesia diocesana. Por supuesto, también de su Presbiterio. Pero la fraternidad apostólica del obispo y los presbíteros, como todo lo que significa el sacramento del orden, no se entiende sino como servicio a la fraternidad que brota del bautismo: la comunión de los hermanos y hermanas que se reúnen, convocados por el Espíritu, a escuchar la Palabra y a alimentarse del Pan del Resucitado, la Eucaristía. Y, así confortados, comunicar a los hermanos la esperanza y la alegría del Evangelio. 

Con pocas palabras, este salmo forma parte de aquel grupo de quince oraciones que llamamos: los “salmos de la subida” (120-134), que acompañaban a los judíos piadosos en su peregrinación hacia la ciudad santa de Jerusalén. Están incorporados a la liturgia cristiana porque también los discípulos de Cristo somos peregrinos.

Peregrinar es caminar juntos, pero también cantar la esperanza que nos anima. Tenemos una meta que da sentido y orienta nuestra marcha. Por eso, caminamos y cantamos al Dios que también camina con nosotros. Cantamos a coro, como los israelitas al pasar el Mar Rojo y celebrar el regalo de su libertad (cf. Ex 15, 1ss).

Con dos imágenes muy vivas, el salmista ilustra esta suave alegría de los caminantes que se descubren hermanos. 

La primera dice así: “Es como el óleo perfumado sobre la cabeza, que desciende por la barba –la barba de Aarón– hasta el borde de sus vestiduras.” Al respecto, comenta el cardenal Ravasi: “La fraternidad es una realidad sagrada que tiene en sí la misma fuerza de una consagración que invade todo el ser, que involucra el mismo físico de la persona (la barba es símbolo en Oriente de virilidad y vitalidad) y su dignidad encarnada por el vestido.”

El crisma y los óleos que estamos a punto de consagrar y bendecir nos comunican, cada uno a su modo, ese don suave y perfumado de la comunión fraterna que viene a nosotros del corazón de la Trinidad. Pasa por la humanidad del Señor, santificada por el Espíritu, y nos va configurando con Él, “Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29). 

La unción del Espíritu del Hijo nos trabaja silenciosa y discretamente para que lleguemos a ser hijos e hijas del Padre, miembros vivos de una familia de hermanos. El Espíritu Santo teje pacientemente,  en nosotros y con nosotros, la trama delicada de la fraternidad. 

Ese es el misterio de la “Iglesia-familia” que hemos destacado tantas veces en nuestro camino pastoral diocesano. Nos hemos sentido iluminados por este ícono y animados a dejarnos transformar por él en nuestros sentimientos, actitudes y opciones. 

Viene, a continuación, la segunda imagen: “Es como el rocío del Hermón que cae sobre las montañas de Sión.”. Nosotros vivimos y trabajamos en una tierra que recibe lluvias generosas. El orante, en cambio, sabe de aridez, de prolongadas sequías y de esa sed que abrasa la garganta de los hombres y que reseca la misma tierra. Por eso, saluda la vida que llega con el rocío que desciende desde el Norte -del monte Hermón- hacia el desierto de Judá. 

Una de las peores sequías que podemos experimentar es la del corazón que se cierra y endurece, volviéndose hosco y amargo, murmurador y quejoso. Parece no dejar espacio en él para el Dios de la vida, que nos unge con el óleo de su alegría y de su paz. Por supuesto, tampoco deja espacio para la fraternidad. Todo en él es discordia, exasperación y polarización. 

El pecado encierra, entristece y divide. La gracia del Espíritu Santo abre, consuela y compone.

El salmo termina retomando y completando su exclamación inicial: sí, es hermoso que los hermanos se reúnan y se reconozcan como tales, que, con su canto al unísono, superen divisiones, rencores y mezquindades. “Allí -concluye el orante- el Señor da su bendición, la vida para siempre.” 

“La fraternidad -anota Ravasi- es como el rocío de la vida personal y nacional… Cuando estamos unidos en la caridad, en la fe común y en la liturgia parece casi que la Sion terrena ceda el paso a la Jerusalén celestial, en donde no habrá ya ni lágrimas, ni guerras, ni odios, ni lutos, ni muerte (Ap 21, 4) y en donde «una multitud inmensa de toda nación, raza, pueblo y lengua (Ap 7, 9) cantará en perfecta sintonía un único himno de alabanza y alegría”.

***

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que desde hace sesenta años caminamos juntos la fraternidad del Evangelio como Iglesia diocesana. 

María, Francisco de Asís y Brochero son también, para nosotros, iconos luminosos de esta fraternidad que viene del corazón de Dios. A esa escuela de comunión fraterna nos confiamos una vez más para que ellos nos eduquen en esta hora que estamos viviendo. 

María es madre, por supuesto, pero también podemos llamarla “hermana” que nos precede en el camino de la fe discipular. Francisco de Asís quiso ser llamado expresamente hermano, es más: “hermano menor”, según la medida de Cristo pobre y humilde. Brochero supo crear clima de familia por donde pasaba con la música del Evangelio. 

Que cada comunidad cristiana de esta preciosa red que es nuestra Iglesia diocesana sea, de veras, y sobrellevando todos nuestros innegables límites humanos, una verdadera fraternidad: hermanos y hermanas que se reúnen, se buscan, oran juntos y celebran; se escuchan y se animan, se esperan y se perdonan. 

Que lo sea también nuestro Presbiterio. Lo esperamos también para los futuros diáconos permanentes, demás ministros y servidores del Evangelio. 

Sigamos, entonces, caminando juntos la fe, la fraternidad y la misión. Nuestra mirada esté fija -como en la sinagoga de Nazaret- en Jesús, en el Cristo pascual. “En sustancia -explica el papa Francisco- se trata de un synodos bajo la guía del Espíritu Santo, es decir, caminar juntos y con toda la Iglesia bajo su luz, guía e irrupción para aprender a escuchar y discernir el horizonte siempre nuevo que nos quiere regalar. Porque la sinodalidad supone y requiere la irrupción del Espíritu Santo.”

Permítanme subrayar la presencia y acción del Espíritu, pues ella hace la diferencia entre la Iglesia familia y pueblo de Dios y cualquier otra organización. El Espíritu Santo anima la vida de cada una de nuestras comunidades; también la de cada uno de nosotros, llamados a ser hombres y mujeres del Espíritu.

El camino sinodal que nuestra Iglesia diocesana viene recorriendo desde su nacimiento pasa ineludiblemente por cada una de nuestras comunidades cristianas y por la vida de cada bautizado-confirmado. Nos hace sujetos conscientes y corresponsables de la misión. 

Especialmente en este fuerte cambio de época, con el emerger de tantos desafíos y urgencias, la acción del Espíritu no solo no está ausente, sino que se hace creativamente más intensa y renovadora. Tenemos que contemplarlo juntos, a riesgo de dejarnos ganar por el derrotismo y la desesperanza. Porque tenemos que secundar su obra, pues está sembrando la semillas del Reino de Dios. 

En la 2ª Carta Pascual que acabo de hacer pública, contemplando el paso del Mar Rojo, he dejado picando una pregunta que, en primer lugar, llevo en mi corazón: ¿Qué paso el Señor nos ordena dar en este tiempo? ¿Qué Mar Rojo tenemos que cruzar como Iglesia diocesana? ¿Qué miedos, lamentos y quejas tienen que acallarse para que, obedientes solo a la Palabra, la confianza abra espacio a la libertad, la esperanza y la alegría de la salvación?

En los meses que tenemos por delante, pastores y comunidades tendremos que discernir juntos algunos pasos importantes a dar. No es mera reorganización de fuerzas, sino apertura al viento del Espíritu que quiere que seamos testigos del Evangelio de la Gracia de Dios para nuestros hermanos.

Que María, Francisco de Asís y Brochero nos sigan inspirando. Invocamos también la intercesión de san José, cuyo silencio nos educa para vivir a fondo este tiempo que se abre por delante. 

Amén. 

El alma misionera de Brochero

Homilía en la catedral de san Francisco, fiesta litúrgica de san José Gabriel Brochero – 16 de marzo de 2021

Contemplemos el alma misionera del Santo Cura Brochero, su pasión por el Evangelio, su deseo ardiente de que Cristo sea conocido, amado y servido.

Anoche, celebrando las vísperas de su fiesta en Arroyito, meditaba sobre la garra que puso Brochero en ganar para Cristo a Santos Guayama y compañeros. No logró traerlo a Ejercicios. Lloró su muerte violenta, pero creo que, en el fondo, supo que el deseo de Guayama de empezar a caminar la conversión lo llevó hasta Cristo.

Me pregunto ahora: ¿cómo nace el fervor misionero en el corazón de un discípulo? ¿Qué hay que hacer para ello?

Tenemos a mano el testimonio de san Pablo. Releámoslo con esa inquietud en el corazón.

Comencemos por esta afirmación fuerte del Apóstol: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión.” (1 Co 9, 16-17).

Podemos decir muchas cosas del “Señor Brochero”, menos que es alguien carente de iniciativa. ¿Por qué dice entonces que no predica el Evangelio “por iniciativa propia”? Es algo muy hondo: en él se ha verificado ese paso de expropiación por el que un discípulo ya no vive de su propia voluntad sino desde la voluntad de otro: desde Cristo.

Brochero: expropiado de sí mismo por Cristo. Seguramente es un camino que comienza muy pronto en él, seguramente de niño. Tiene un momento fuerte e intenso en los años del seminario. Pero, decididamente, se acelera cuando el joven cura comienza a caminar el ministerio sacerdotal, que es lo que realmente forma el alma de un pastor.

La segunda afirmación de Pablo que ilumina la vida de Brochero es esta: “Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes.” (1Co 9, 22-23).

Así expropiado por Cristo, el padre José Gabriel no puede sino poner en el centro de su vida a los demás, especialmente a los más alejados, a los más débiles.

De ahí su táctica pastoral de ir siempre hasta los más alejados. Es más que táctica. Es la caridad del buen Pastor que toma desde dentro toda la vida del santo cura.

***

Dejándonos inspirar por la santidad de Brochero, hoy relanzamos en la diócesis la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas.

Gracias a todos los que ya han respondido a esta invitación y se han venido sumando. Oremos también por los que vendrán y se sumarán.

Nuestro cometido es rezar por la santificación del obispo, de los presbíteros, de los futuros diáconos (ya estamos orando por ellos) y de nuestros seminaristas.

¿Qué significa rezar por la santificación de nuestros pastores y ministros? Que, como Brochero, nos configuremos con Jesús Servidor y Buen Pastor hasta el punto de vivir esa doble expropiación de la que hemos hablado: hacia Cristo y hacia los pobres.

Vivimos tiempos desafiantes. No sabemos bien cómo quedarán nuestras comunidades cristianas al salir de esta pandemia. Vamos notando ya muchos signos de vitalidad evangélica. Por eso, tenemos que disponer el corazón por la oración intensa, la escucha de la Palabra y una renovada fraternidad eclesial, que nos permita redescubrirnos como Iglesia familia.

Dando gracias por estos sesenta años de vida diocesana, queremos ser una Iglesia más brocheriana, es decir, más -si me permiten la expresión- secuestrada por Cristo, su Evangelio y su pasión de amor.

Que la Purísima nos lleve de la mano como hizo con su hijo, José Gabriel.

Amén .

En camino de conversión

Homilía en la catedral de San Francisco – Miércoles de ceniza 17 de febrero de 2021

Invitándonos a la limosna, la oración y el ayuno, Jesús nos insiste en que realicemos estas prácticas “en lo secreto”. Y tres veces señala: “y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (cf. Mt 6, 4.6.18).

El camino cuaresmal es un camino de conversión bajo la mirada bondadosa de Dios. Su amor guarda nuestra existencia.

Solo sus ojos de Padre crean el espacio para una verdadera conversión.

En breve, recibiremos sobre nuestras cabezas la ceniza, con la invitación a convertirnos y creer en el Evangelio de Jesús.

Nos alienta la voz del profeta: “Ahora dice el Señor: Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos […]” (Joel 2, 2). Y es la gracia que suplica la Iglesia al Señor: “concédenos iniciar con el santo ayuno cuaresmal un camino de verdadera conversión […]” (Colecta del Miércoles de ceniza).

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Miércoles de ceniza 2020

¿Qué significa “conversión”?

Es un cambio de vida, de mentalidad.

Más precisamente, es la transformación del modo como miramos nuestra vida, cómo encaramos las cosas, cómo nos paramos frente a nosotros mismos, nuestra historia (pasado, presente y futuro), la fragilidad y, llegada la hora, nuestra propia muerte.

Un cambio desde la experiencia de Dios, de su Palabra y su llamada que nos llega desde fuera, pero también de su Espíritu que nos mueve desde dentro.

Los autores espirituales suelen distinguir la primera de la segunda conversión.

En la primera conversión, la persona, movida por la gracia, se siente impulsada a abandonar una forma de vida inmoral e incongruente con el Evangelio y los diez mandamientos. Es un primer paso.

La verdaderamente decisiva es la segunda conversión. En ella, la centralidad la tiene el encuentro con Cristo que resulta tan intenso que termina determinando la orientación de la propia vida. Toca la propia conciencia, la libertad, los sentimientos y las actitudes.

El punto central es este: el bautizado comienza a sentirse interpelado por Jesús, el Señor.

Lo experimenta como un “Tú viviente” que lo interpela, lo llama y, de una forma sorprendente, le manifiesta su amor de predilección, absoluto e incondicional, firme y gratuito.

Es vida transformada por un encuentro.

Ni una ni otra ocurren, de ordinario, de una vez para siempre. La conversión es un camino que siempre estamos transitando, con altibajos, subidas y bajadas; avances y retrocesos. Algo es claro: no nos es dado controlar ese camino, pues es obra maestra del Espíritu que actúa discreta y silenciosamente en nosotros. Hay que dejarlo obrar…

***

Hay así una conversión moral, por la que comprendemos que hay opciones, actitudes y criterios de vida que no son los de Jesús y su Evangelio, aunque puedan ser valorados como lo normal, lo que todos hacen, lo sensato según el espíritu del tiempo. El Espíritu nos escuece por dentro, nos intranquiliza e incomoda en la conciencia: “No está bien lo que estás haciendo… Tenés que darle otro rumbo a tu vida”.

Junto a esta existe también la conversión intelectual. A todos nos suele pasar: el paso del tiempo, la experiencia de la vida, una luz más penetrante recibida del Evangelio nos hace cambiar de ideas, de criterios de vida y de valoración.

En la experiencia cristiana, empezamos a ver el mundo con los ojos de Dios. Por eso, junto con la gracia santificante, el Espíritu enriquece nuestra vida con los dones de sabiduría, de ciencia y de inteligencia. San Pablo dirá: vamos adquiriendo la mente de Cristo.

Muy unida a estas dos anteriores, especialmente a la conversión intelectual, está la conversión religiosa o teologal. Es una gracia enorme del Espíritu Santo, que Dios regala a manos llenas. Es decisiva.

Normalmente está asociada a una profunda crisis humana y espiritual: he agotado todos los medios; yo mismo me siento derrotado, en ascuas y al límite de mis fuerzas. Es más: no es extraño que esta conversión sea el reverso de una caída muy honda, de experimentar la miseria humana, esa matriz de pecado que nos habita (el egoísmo, el narcisismo, la imposibilidad de liberarnos de la opresión del propio yo).

Es entonces que ocurre lo fundamental: allí, en el fondo de mi pobreza y miseria, habiendo descendido a mis propios infiernos interiores, Dios me está esperando con el rostro luminoso de Cristo resucitado que ha asumido toda nuestra debilidad.

Lo que cambia es la imagen de Dios en mi corazón: de una divinidad fría y a la que tengo que conquistar con mis méritos y esfuerzos, me dejo ganar el corazón por el Dios amor, ternura, compasión, gratuidad y perdón.

Comienzo entonces a vivir desde las virtudes teologales: desde la fe que abre a Dios, me da una esperanza viva, sólida y sustanciosa; y que fructifica en el amor, que trae consigo la paz y la alegría, la mansedumbre y la amabilidad.

Puedo sentir muchas cosas: inquietud, turbación interior, sequedad o desgano. Pero, en lo hondo del alma, experimento la certeza de la fe que nos da esperanza y que nos mueve al amor: soy amado, tengo esperanza; a pesar de todo, confío y me entrego…

Todo se condensa en ese nombre entrañable que, del corazón y los labios de Jesús pasa a nuestro corazón y a nuestros labios: en el Espíritu del Hijo podemos llamar a Dios, “Abba”, Padre querido.

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No terminaríamos de caracterizar a la conversión cristiana si no dijéramos ahora algo fundamental y primario: la conversión, con el arrepentimiento y el deseo de volver a Dios, es, por encima de todo, gracia soberana del Espíritu Santo.

Es don gratuito, inmerecido y desbordante.

Por eso, el pecador, no bien se hace consciente de su miseria, tiene que dejarse ganar por la humildad que se vuelve oración confiada: “Padre, ten misericordia de mí que soy un pecador. ¿A quién vamos a ir? Solo Vos tenés palabras de vida eterna. Señor Jesús: vos lo sabés todo, vos sabés que yo te amo. Oh, Espíritu Santo, dame un corazón nuevo. Amén”.

El “ayuno” es la expresión fuerte de este deseo de abrirnos a la gracia de la conversión. Ayunamos para que nuestro cuerpo también sienta el hambre y la sed que nos habitan más hondamente: hambre y sed de Dios, de su amor gratuito y de su salvación; hambre y sed de fraternidad, de justicia y de bien en un mundo injusto, violento y deshumanizado.

Por eso, también tenemos que hablar de una conversión social y comunitaria que nos abra de verdad, desde dentro y con la fuerza de la conciencia, a nuestros hermanos para ser testigos y constructores de fraternidad.

Queridos hermanos y hermanas: supliquemos juntos para esta cuaresma que estamos iniciando el don de una genuina conversión del corazón.

Así sea.

Conclusión del año pastoral 2020

Homilía en la Eucaristía celebrada con el Presbiterio de la diócesis en la parroquia “Cristo Rey” el 28 de diciembre de 2020.

“José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.” (Mt 2, 14).

Los invito a contemplar la figura evangélica de san José, tal como nos la presenta este versículo del evangelio de hoy.

Con la mirada fija en este precioso icono demos gracias al Señor por el año pastoral que estamos concluyendo.

Repito el lugar común: nada ha sido como lo habíamos programado. La pandemia alteró todo, por fuera y por dentro, el tiempo y las almas. Aceleró procesos, sustrajo de nuestras manos cosas que creíamos poseer, puso en el corazón incertidumbres, miedos y nuevas esperanzas.

Tres veces, san Mateo nos dice que el Señor le reveló su designio a José, por medio de un ángel y en sueños (cf. Mt 1, 20; 2, 13.19). Añadamos que el mismo medio ¿virtual? usó para advertirle a los magos sobre las intenciones de Herodes (cf. Mt 2, 12).

José vive la incertidumbre de todas estas situaciones en que se ve envuelto. Sus planes iban en otra dirección. Sin embargo, cuando llega el momento, de la forma más inesperada, escucha, obedece y se pone a caminar en la dirección que Dios mismo le va señalando.

Creo que, desde aquí, podemos repasar el año que estamos terminando. Como les decía, demos gracias porque la historia de José se ha repetido entre nosotros. Nosotros mismos hemos sido sus protagonistas y, en medio de nuestras comunidades, tantos y tantas que, como José, han obedecido cuando sintieron que la Palabra los alcanzaba e iluminaba su camino.

Permítanme remarcar algo más: esta obediencia a la voz del Señor la hemos vivido juntos, como Iglesia diocesana: pastores, laicos y consagrados.

No hemos afrontado solos los desafíos que nos ha ido presentando el desarrollo de la pandemia. Hemos caminado juntos, con paso vacilante a veces, con mayor seguridad en otras; pero siempre, ha prevalecido la voluntad de escuchar la voluntad de Dios sobre nuestras vidas.

Gracias, entonces, a cada uno de ustedes, queridos hermanos curas. Gracias a cada comunidad cristiana, a cada agente de pastoral, a cada responsable de la vida y misión de nuestra Iglesia.

No puede dejar de mencionar aquí a catequistas, a las Caritas y a todos los que se han puesto al hombro la esperanza de sus hermanos más vulnerables en medio de las restricciones de la pandemia.

“Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías: «En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen»”. (Mt 2, 17-18).

Con estas palabras, san Mateo comenta la decisión criminal de Herodes de llevar adelante el infanticidio de los santos Inocentes. Es la reacción del poder cuando se ve amenazado. El temor se convierte en voluntad deliberada de matar.

Como anotan los comentaristas, en el llanto de Raquel por sus hijos muertes, el evangelista lee el llanto de Jesús por la destrucción de Jerusalén, pero también el dolor por la muerte del Mesías que, precisamente en la ciudad santa, será finalmente alcanzado por el poder.

Nosotros no podemos dejar de mirar el hoy de tantos inocentes que mueren y de las madres que los lloran.

No pienso solo en la más que probable aprobación de la inicua ley del aborto por el Senado. El aborto es un crimen abominable. Si su penalización ha fracasado, también lo ha hecho su legalización. Basta ver las cifras de los países en los que es una práctica arraigada y legal.

Dolorosamente, la geografía del sufrimiento inocente y del llanto es -y será- siempre más grande y abrumadora de lo que podemos asumir y soportar. Solo Dios puede enjugar las lágrimas de todos los ojos que lloran. Y no cualquier Dios, sino el del pesebre, la huida a Egipto y la cruz. El Dios que hace suyo, desde dentro el sufrimiento humano.

Solo Dios puede hacerlo. Nosotros, no, por más ingeniosos y obsesivos que seamos. Ha bastado esta interminable alteración de nuestras agendas para que, cayéndose las riendas de nuestras manos, nos descubramos pobres, desnudos, necesitados de ayuda, impotentes de suceso o éxito.

Pero, en esa experiencia compartida con tantos, puede que esté también nuestra salvación. Estoy convencido de que es así.

Solo cuando bajamos a la pobreza de nuestra fragilidad podemos dejarnos salvar por Dios. Solo cuando capitulamos ante su mirada de misericordia, Él puede realmente obrar en nosotros la salvación que nos ofrece en su Hijo Jesucristo.

¡Ojalá que no perdamos este gran aprendizaje que estamos haciendo! ¡Ojalá que la nueva normalidad no sea la de nuestras viejas mañas! ¡Ojalá que nos abramos a todo lo nuevo que el Espíritu está obrando en el mundo, en la Iglesia y en nosotros!

Con este espíritu, los invito a prepararnos para vivir el 2021 que tendrá, como nota característica, la celebración de los sesenta años de nuestra Iglesia diocesana.

Hoy les he entregado la Carta Pastoral. Espero que sea de utilidad para ustedes y cada comunidad cristiana.

Solo destaco este aspecto: la celebración será austera y ha de verificarse en cada comunidad cristiana. Y, si le permiten al obispo expresar un deseo: que celebrar sea vivir con renovada creatividad nuestra esencial vocación misionera. Como Brochero. Todo un desafío.

“Sesenta años -entonces- caminando juntos con espíritu mariano, franciscano y brocheriano”.

Gracias y buen descanso para todos.

Fiesta de la Sagrada Familia 2020

Homilía en la catedral de San Francisco – Domingo 27 de diciembre de 2020

Es muy probable que el próximo martes 29 de diciembre, el Senado de la Nación termine aprobando la legalización del aborto en Argentina. Es decir, que se consagre como derecho lo que hasta ahora se considera un crimen: la eliminación deliberada del niño por nacer en el vientre de su madre.

Tanto si esto ocurre como si acontece lo de 2018 será por un estrecho margen. Sin embargo, los datos que nos vienen de la realidad no dejan lugar a dudas: la inmensa mayoría de los argentinos no aprueba el aborto. Esa proporción se eleva si se consideran las actuales circunstancias de pandemia y cuarentena.

Una minoría intensa, altamente ideologizada y muy activa, con llegada capilar a los factores de poder cultural, económico y político está detrás de esta fuerte campaña a favor del aborto.

El aborto es una bandera: el santo y seña de la libertad de decidir sobre sí mismas que el feminismo más radicalizado reclama para las mujeres.

No es solo la legítima lucha por la igualdad en dignidad y derechos civiles. Tampoco la más que legítima causa contra la violencia que sufren las mujeres. Menos aún la preocupación por la pobreza creciente en Argentina y las consecuencias que esto tiene para la salud, especialmente para los más vulnerables, particularmente para los embarazos de riesgo.

En todo esto, ya en el debate de 2018, la difícil pero también lograda escucha recíproca logró amplios consensos.

El tema sigue en la agenda porque, nos guste o no, lo reconozcamos o no, dos visiones sobre el sentido de la vida se enfrentan en una contienda de ideas, convicciones y valores que no se puede resolver con artefactos políticos de corto alcance.

Allí donde el aborto ya es ley, la causa provida no solo no se ha desvanecido, sino que, con el correr de los años, ha ido creciendo en consistencia y en número de adherentes. Todas las legislaciones proaborto están hoy siendo cuestionadas con insistencia y perseverancia. Y, en no pocos lugares, con eficacia concreta.

En lugares como Argentina en los que todavía la legislación protege al niño por nacer, la acometida de las corrientes proaborto es también perseverante e incisiva.

En síntesis, ni su aprobación ni su rechazo serán la última palabra sobre este tema que, a nadie se le oculta, es de los más importantes que pueden convocar a una sociedad: es la respuesta de fondo a la pregunta por qué tipo de sociedad estamos edificando, en torno a qué verdades y valores dirigen la arquitectura de esa construcción y qué futuro queremos para las nuevas generaciones.

Que la prioridad sea siempre salvar las “dos vidas”, porque jamás, en ninguna circunstancia, se puede eliminar deliberadamente a un niño por nacer para conseguir algún fin, por legítimo que este sea, es un principio de civilización. Sin más.

Es el límite infranqueable para toda decisión libre de las personas. Más aún: la libertad humana solo es genuina si se apega a la verdad, tal como la realidad de las cosas la expresa, no como la perciben los deseos subjetivos.

Es verdad, como nos recordaba hace poco el Papa Francisco, que el aborto es una cuestión de ética humana. Pero no es menos cierto que, en este como en otros temas humanos decisivos, la pregunta por Dios resulta inevitable y también decisiva.

Esto es así, porque la afirmación o negación de Dios condiciona desde dentro el modo cómo nos comprendemos a nosotros mismos, cómo nos paramos en la vida y cómo afrontamos nuestras decisiones libres.

Por eso, no es un dato menor que sean las religiones, especialmente las que abrevan en el Evangelio, las que, hoy por hoy, encolumnen a los vigorosos grupos provida que crecen en cada rincón de Argentina.

No lo ocultemos, pero tampoco nos lo ocultemos a nosotros mismos.

Solo el humanismo cristiano es capaz de fundar sólidamente el sentido último de la dignidad de la vida de cada ser humano que viene a este mundo.

***

Miremos el evangelio de hoy. Concentremos la mirada en ese dato sustancioso que nos da Lucas cuando culmina el entrañable relato de la presentación de Jesús en el templo y que, en su obra, es como el pivote para el relato siguiente: nuevamente en el Templo, el ahora adolescente Jesús, en diálogo sostenido con los doctores de la Ley.

Volvamos a escucharlo: “Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.” (Lc 2, 39-40).

Dos breves anotaciones. La primera: ningún cronista serio de la época hubiera prestado atención a lo que pasaba con esta familia atípica de la Palestina del siglo I. Los ojos del poder estaban posados en otros personajes, realmente más importantes y deslumbrantes.

Solo el paso del tiempo ha ayudado a calibrar lo que significa el crecimiento de este chico judío, las dimensiones de esa sabiduría que lo colma y el alcance real de ese favor (“gracia”) de Dios que estaba con él. Vale para esta ocasión lo que decimos de tanto en tanto: “las apariencias engañan”.

Por eso, no dejemos de preguntarnos: ¿cuánto de apariencia hay en todo este debate sobre el aborto? ¿Por dónde camina la Argentina real y por dónde la que se deja seducir por la apariencia? ¿Por dónde crece lo realmente decisivo del futuro de Argentina? No nos extrañe que nuestros dirigentes políticos no acierten en responder. El problema es que el pueblo, que los ciudadanos, no lo hagamos.

La segunda: contemplemos a Jesús que crece. Lo que realmente lo fortalece, es la sabiduría, es decir, esa apertura del corazón que permite saborear lo que Dios sueña, piensa y hace en el mundo.

Jesús, como hombre, irá, poco a poco, aprendiendo a reconocer el designio de Dios. Un día, con el ímpetu del Espíritu, lo proclamará a todos, especialmente a los pobres, los pecadores. Y crece, porque “la gracia de Dios estaba con él”.

Queridos hermanos y hermanas: por aquí pasa lo fundamental para nosotros. Aquí, la apariencia desaparece para dar lugar a lo real, a lo más consistente y a lo que más garantía de futuro tiene: nuestras energías espirituales, morales y creativas tienen que estar concentradas en procurar crecimiento, vida y libertad para todos, especialmente para las nuevas generaciones.

Este es el núcleo que, desde dentro, sostiene a todas las personas y grupos verdaderamente provida.

A Jesús, María y José confiémosles, una y otra vez, la causa de la vida en Argentina. Para que el aborto no sea ley, y para que, en lo más profundo de los corazones, se afiance el valor de la vida que Jesucristo ha traído al mundo con su encarnación, nacimiento y, de forma particular, con su pascua.

Amén.

Noche buena 2020

Homilía en la catedral de San Francisco, jueves 24 de diciembre de 2020

“Cuando un silencio apacible envolvía todas las cosas, y la noche había llegado a la mitad de su rápida carrera, tu Palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, como un guerrero implacable, en medio del país condenado al exterminio. Empuñando como una espada afilada tu decreto irrevocable, se detuvo y sembró la muerte por todas partes: a la vez que tocaba el cielo, avanzaba sobre la tierra.” (Sab 18, 14-16).

Con estas palabras, el sabio de Israel evoca la noche más santa del pueblo: la noche en que, de esclavos se convirtieron en un pueblo de hombres y mujeres libres. 

Libres, sí, pero con una libertad orientada hacia lo que realmente humaniza al hombre: el encuentro con Dios, en la confianza y la adoración; el amor fraterno que rehace los vínculos y sana las heridas que, desde dentro, nos vuelven quejosos y oscuros. 

Es la noche del Éxodo, en la que el ángel exterminador sembró muerte en Egipto. 

Es el evento fundante del camino de fe del pueblo que, de la mano de Moisés, emprenderá en breve su marcha por el desierto, en dirección al monte donde Dios dará su Ley bajo la forma de las diez palabras que dan vida.

A lo largo de su historia, el pueblo elegido vivió muchas noches oscuras, inciertas e intimidantes. La voz del profeta evoca, en la primera lectura, una de ellas: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.” (Is 9, 1). 

Siempre, en medio de la noche, la Palabra poderosa de Dios ha roto el pesado ensueño del desaliento, y ha abierto el espacio a la esperanza. 

Lo único que muere cuando Dios irrumpe con su Palabra es el miedo, la desesperanza y el desaliento. 

La Palabra mata el pecado, la muerte y el mal que deshumanizan la vida. 

La Palabra vivifica, porque está llena del Espíritu. 

La Palabra consuela y sana, vivifica y resucita. 

La Palabra de Dios, cuando se hace oír en medio de la noche y del silencio, trae consigo libertad, vida y salvación. 

***

Así contemplemos ahora el misterio del pesebre.

No terminamos de creerlo ni de aceptarlo: ese Niño recién nacido, que llora y se hace encima, es el Verbo eterno del Padre que, por la potencia del Espíritu, en medio de la noche, descendió hasta iniciar su carrera humana en el vientre de María. 

Y, ahora, también en medio de la noche, es dado a luz por esa mujer, ante la mirada atónita y firme de José, el varón justo.

Tan humano. Tan frágil. Tan pobre.

Sí. Es Dios con nosotros. 

El Dios humilde y amante (porque el amor solo puede ser humilde, manso y vulnerable). 

El Dios fuerte que no teme hacerse frágil y vulnerable. 

El Dios santo que no teme todo lo que de profano hay en la existencia humana, sino que la busca con obstinación: quiere salvarla, porque la ama. En definitiva, es su creación, su obra de amor. 

El Dios sin mancha que no tiene miedo de tocar la miseria humana, e incluso ensuciarse con ella. Así la salva y la redime.

No creemos sinceramente que Dios esté ahí.

Preferimos nuestros dioses pequeñitos y patéticos, imagen y semejanza de nuestros sueños, de nuestras vanas ilusiones, de nuestros deseos de omnipotencia. 

Nosotros los creamos, les damos poder y nos dejamos intimidar por su fatuo fulgor y, así, anulados y alienados, nos doblegamos ante ellos, les damos nuestra libertad y ellos nos esclavizan y atontan. Miremos, si no, a los diosecillos de las religiones seculares: líderes populistas, fugaces mitos del deporte o del espectáculo…

Pero Dios, el verdadero y más real, está ahí, durmiendo en el pesebre, como un día estará agonizando en la cruz o yaciendo en la fría tumba que hoy está vacía. Ahí está Dios. No el que nosotros imaginamos, sino El que es, el único, el Dios amor, misericordia y compasión. 

Hermanos y hermanas: en medio de esta noche oscura que hoy envuelve a toda la humanidad, en la que las tantas miserias de los hombres han salido a la luz, volvamos la mirada hacia el pesebre. 

Seamos como los chicos que no pueden dejar de mirar, asombrados y sedientos de saber, esa Realidad maravillosa que llamamos Navidad, la Encarnación, el Niño Dios, Jesús, el Salvador.

Dejemos que nos abrace con sus manitas. Que acaricie nuestros corazones heridos. Que, con su llanto, nos hable del amor apasionado de Dios por nosotros. Que su apacible sueño nos restituya la confianza… en nosotros mismos, en los hermanos, en la vida, en Dios. 

Que su cercanía nos anime a restablecer la fraternidad, especialmente si alguna disputa la haya herido o incluso si está rota por nuestra insensatez. Ese Niño es el Primogénito entre muchos hermanos…

No sabemos cuánto más se extenderá esta noche sobre el mundo. Sabemos sí, con la certeza serena de la fe, que ese Niño que María recuesta sobre le pesebre, anunciado por el profeta en medio de la noche, es nuestra paz y nuestra luz. Es Dios con nosotros. Saber eso nos basta. 

Que María, José y el Niño Jesús hagan Navidad en nuestra diócesis, en nuestra Argentina… en tu corazón y en el de tu familia.

Amén.