A cinco años de aquella oración por el Papa nuevo

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Dos reflexiones al ir culminando este martes 13 de marzo, a cinco años de la elección del Papa Francisco.

1. Lo he expresado en un par de Tuits: muchas interpretaciones. Algunas sensatas, otras para el olvido. Todas, legítimos intentos de comprender una figura poliédrica como la de Francisco. Para mí, la perspectiva adecuada la da la oración, pues es la de la fe: “Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él” (Hch 12,5). Lo desarrollo más en el artículo del próximo domingo.

2. La segunda reflexión es esta: hablé con varios medios sobre el aniversario del Papa. Al concluir una entrevista con Radio Mitre Córdoba, Pablo Rossi me preguntó qué reforma, de todas las iniciadas por Francisco, yo, como obispo, deseaba que pudiera completar durante su Pontificado. Me tomó por sorpresa, pero no tuve que pensar mucho. Esta fue mi respuesta: que concrete el anhelo de mayor relevancia a las Iglesias locales (diócesis, conferencias episcopales). El centralismo nos ha hecho mucho daño. Hay mucha vitalidad en las Iglesias locales que puja por salir y expresarse. Yo mismo me he sorprendido de mi respuesta. Aquí la comparto.

Francisco: que el Señor te proteja y la Virgen te guarde. Amén.

Mujer libre y fuerte…

LA PASIÓN DE CRISTO- ESCENA VIRGEN MARÍA Y CRISTO

Mensaje por el Día Internacional de la Mujer

Como dice el Documento de Aparecida, del Evangelio emerge la figura de María como “mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo.” (DA 266).

María es discípula de Jesús, no por casualidad, sino por una decisión que ha ido madurando y creciendo en ella, en su conciencia, en su libertad, en su alma. Su fuerza no es la arrogancia del prepotente, sino la fortaleza del Espíritu que vierte el amor de Dios en los corazones.

Ese encuentro entre ella y el Espíritu de Dios la ha hecho más mujer, más genuinamente humana, libre y vital. La ha potenciado en su humanidad. Así ha podido dar a luz – nadie se le puede comparar – al que es la Luz del mundo.

La fuerza de María es la fortaleza que se foguea en la lucha cotidiana por el pan “de cada día”. Y esa lucha es oración, servicio, fe peleada y sufrida. Es búsqueda de Jesús, aún cuando no se comprende bien lo que dice y hace. Es espada que parte por el medio, porque la Palabra hace eso en la vida de quien la acoge sin reservas: hiere, cura y purifica, tanto como que da vida y resucita.

Con esa fuerza da vida.

Así es María. Y así son tantas y tantas mujeres que he podido conocer en cada rincón de nuestra diócesis, y también más allá. Celebrando hoy el Día Internacional de la Mujer me hace bien recordarlo.

De esta conmemoración podemos decir lo que Jesús sobre el Reino: trigo y cizaña crecen juntos. Es verdad que hay reclamos difíciles de aceptar (el aborto, por ejemplo, o algunas impostaciones ideológicas), pero también hay mucho más de trigo genuino que resulta necesario dejar crecer: justicia e igualdad, dignidad concretamente reconocida, no a la violencia contra las mujeres, anhelo por otra forma de vida y de organización de la sociedad…

Se ha planteado la oportunidad de celebrarlo con una huelga de mujeres. Es opinable. Creo, sin embargo, que esa “ausencia” puede ser elocuente expresión de lo que las mujeres significan en la vida de nuestra sociedad y de la Iglesia, pero también de todo lo que nos falta conseguir todavía para hacer justicia a la dignidad de quien, con el varón, ha sido creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27).

El Reino y la Iglesia que está a su servicio tienen alma y rostro de mujer. El de María y de las otras mujeres, al pie de la cruz, en el camino de la vida, en el peregrinaje de la fe, en la pelea cotidiana por los que amamos y por nuestro mundo.

A todas las mujeres, creyentes o no, que habitan en este espacio generoso que es el territorio de la Diócesis de San Francisco, mi saludo y mi mano tendida, de hombre y de hermano.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

¿Puedo intervenir como católico en un debate como el del aborto?

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Empiezo con una anécdota: siendo obispo auxiliar de Mendoza participé en un acto en el centro de la ciudad organizado por jóvenes pro-vida. Había que hablar sobre el aborto. Intervine aclarando que lo hacía como católico y como obispo. A renglón seguido, una de las locutoras sintió la necesidad de aclarar que ese acto no era para nada religioso, que hablábamos sobre un tema de interés para todos. 

Cuando los católicos intervenimos en los debates públicos ¿tenemos que tachar, disimular o poner entre paréntesis nuestra condición de creyentes? ¿Tiene espacio el punto de vista religioso en los debates de la sociedad secular? 

El último artículo de mi autoría que publicó el diario Los Andes de Mendoza antes de venir a San Francisco, aborda, en parte, estas cuestiones. Lo ofrezco a continuación sin hacerle ninguna modificación. Creo que puede ser útil ahora que parece iniciarse un tiempo de intensos y acalorados debates sobre legislación de aborto en Argentina. Espero que sea útil. 

*   *   *

El discurso religioso en el debate público

Las sociedades plurales enfrentan hoy desafíos éticos de magnitud. La pregunta por lo que es realmente bueno y justo se hace cada vez más acuciante, habida cuenta de la pluralidad de perspectivas y puntos de vista. Los interrogantes sobre aborto, eutanasia, matrimonio, derechos civiles, por mencionar solo algunos, están instalados en la agenda pública, volviéndose cada vez más agudos.

Es bueno que así ocurra. Es una señal de aquel saludable inconformismo que caracteriza a la razón humana, siempre inquieta por la realidad y la verdad de las cosas.

Por otra parte, nunca poseemos del todo y para siempre los grandes valores, verdades y principio éticos. Situaciones nuevas suscitan nuevas preguntas y nuevos desafíos. Un ejemplo reciente: los avances tecnológicos en la transmisión de la vida. No es lo mismo mejorar la producción de alimentos que donar la vida a un ser humano.

¿Qué pueden aportar las religiones a estos debates? ¿Sigue siendo satisfactorio el postulado del laicismo: la religión es algo privado, sin cabida en el debate público?

Si observamos algunas polémicas recientes (matrimonio y aborto no punible) vemos que ciudadanos con inspiración religiosa descienden a la discusión pública con profusión de argumentaciones y con diversas iniciativas, tanto para ganar la calle y la opinión pública, como para hacerse oír por los legisladores.

Los obispos católicos, por ejemplo, hemos hecho oír nuestra voz en estos temas a través de declaraciones, entrevistas, y otros medios. Los laicos, por su parte, toman iniciativas en distintos ámbitos para que el punto de vista católico sea tenido en cuenta. Y no solo los católicos: en los debates señalados, la presencia activa de grupos evangélicos ha sido también notable.

En los hechos, las religiones están firmemente presentes en el debate ciudadano. De todos modos, cabe preguntarse: ¿Lo hacen de un modo ajustado a las reglas de la democracia y al estilo de convivencia que es propio de las sociedades complejas y plurales?

En un reciente artículo publicado en un diario suizo y replicado por “L’Avvenire”, cotidiano de los obispos italianos, Jürgen Habermas ha abordado la cuestión. El título es sugestivo: “¿Cuánta religión puede soportar el estado liberal?”.

Este pensador no creyente señala con perspicacia que la secularización del estado es un proceso irreversible y una adquisición de la humanidad. Sin embargo, las religiones forman parte del entramado vital de las sociedades modernas. Para Habermas, bajo determinados presupuestos, los distintos grupos religiosos pueden ofrecer sus particulares puntos de vista sin renunciar a su carácter propio.

¿Cuáles son esos presupuestos? Habermas señala algunos, de los que destaco dos: en primer lugar, el discurso religioso debe poder ser traducido a un lenguaje racional que lo haga comprensible por el resto de los ciudadanos. En segundo lugar, las religiones deben demostrar que son capaces de conjurar el peligro de las distintas formas de integrismo o fundamentalismo que suelen albergar en su seno.

La propuesta es interesante y merece ser considerada, al menos desde el campo católico, pues tiene varios puntos de contacto tanto con la enseñanza oficial de la Iglesia como con la de algunos teólogos.

Podríamos repasar, por ejemplo, el pensamiento de Benedicto XVI. Una de sus mayores insistencias ha sido la necesidad que la fe tiene de la razón. El integrismo es precisamente una patología de la fe que no respeta la autonomía de la razón. Por el contrario, Ratzinger ha insistido en que el ordenamiento jurídico de la sociedad se ha de basar en una lectura racional de la naturaleza humana. De la misma manera, no ha dejado de señalar que la fe ofrece estímulos positivos a una razón abierta a toda la amplitud de la realidad.

Como las otras grandes tradiciones religiosas, el cristianismo ha logrado madurar una visión sapiencial del ser humano, su lugar en el cosmos y la vida virtuosa que constituye un patrimonio de humanismo, que no puede dejar de ofrecerse como aportación a la “razón ética” de los pueblos.

Aquí aparece también una de los presupuestos que Habermas señalaba: para lograr que esta visión del ser humano siga enriqueciendo el entramado de la vida social, las religiones tienen que hacer el esfuerzo de traducir sus grandes símbolos y conceptos en un lenguaje comprensible y apto para la comunicación. En la tradición cristiana este es un aspecto muy cultivado: una de las funciones de la teología cristiana es precisamente acercar el mensaje del Evangelio atendiendo a las circunstancias de cada tiempo y lugar.

Esto supone también, como ha señalado el teólogo católico Martin Rohnheimer, la exigencia de presentar la propia posición a través de argumentos coherentes, fundados y comunicables, ofrecidos lealmente a la discusión ciudadana. La religión no pretende imponer su visión de las cosas. Acepta ser una voz más en el concierto de voces, a veces un poco caótico, de la sociedad moderna. El esfuerzo principal es así argumentar y convencer. Lo cual es siempre más exigente que la mera imposición. Es, sobre todo, más conforme con la dignidad del hombre, imagen de Dios, racional y libre.

En este sentido, fue significativa la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en la audiencia pública del Congreso con ocasión de la reforma del Código Civil. Arancedo expuso el aporte de los obispos argentinos, elaborado deliberadamente con este criterio: presentar nuestra posición de una manera racional y argumentada. Lo hizo además en pie de igualdad con otros actores sociales.

En los hechos, el discurso religioso, incluso cuando cumple con los requisitos arriba señalados, suele entrar en colisión con otros discursos presentes en la sociedad. Esto angustia a muchos creyentes, incluso a personas que no militan dentro de la Iglesia. Surge así la invitación a modernizarse, a adaptarse a las exigencias de la evolución de la sociedad, a no perder el tren de la historia.

Obviamente, aquí hay mucho de verdad. El cristianismo es una religión de encarnación: Dios se hizo hombre, su Verbo entró en la historia. Este movimiento de identificación con lo humano es irrenunciable para la experiencia cristiana. Pero no es el único.

Uno de los desafíos más fuertes que hoy tenemos los creyentes es mantener sólidamente unidas dos actitudes fundamentales. Por un lado, la disposición permanente a construir puentes, a dialogar con todos, a estar presente con el buen vino del Evangelio en todos los lugares donde se juega el destino del ser humano. Es una exigencia que brota del corazón mismo de nuestra fe. Somos hijos de la Iglesia y de una sociedad cada vez más polifacética.

El cristianismo es también la religión de la pascua: la humanidad purificada, elevada y transformada. Este elemento también tiene que estar activamente presente en la experiencia cristiana. Una de sus formas es precisamente el inconformismo, la crítica, su no adaptación a lo políticamente correcto, al dictado de la opinión pública y de lo que se califica rápidamente de progreso.

Cuando formula verdades incómodas, llevándolas adecuadamente al debate público, está también cumpliendo un servicio al bien común de la sociedad. Está siendo memoria profética de algunas exigencias espirituales y morales que brotan de la misma condición humana. Si dejara de hacerlo, recibiría tal vez un aplauso tan efímero como engañoso. En todo caso, no sería fiel a sí mismo.

Y de eso tiene necesidad nuestra sociedad: de personas fieles a su conciencia, capaces de mirarse de frente, de superar la barrera de los prejuicios, caricaturas y estereotipos y así confrontarse lealmente en la búsqueda nunca acabada del bien común.

Cuaresma 2018

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Este miércoles iniciamos la Cuaresma.

Y lo hacemos con el signo de las cenizas sobre nuestras cabezas. Lo normal: una pequeña cruz dibujada sobre la frente.

Dos frases pueden acompañar el rito de la imposición de las cenizas: “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”; y: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Sí: somos polvo. La fragilidad es nuestra condición, como la de todo lo humano.

Pero es una fragilidad abrazada por Dios en la cruz de Jesucristo.

Ese abrazo de amor es el Evangelio al que hay convertirse y en el que hay que creer, hasta entregarle confiadamente toda nuestra vida.

¡Estamos caminando hacia la vida!

¡Caminamos desde la fragilidad hacia el abrazo de amor del Padre!

¡Démonos la mano para caminar como pueblo!

¡Estemos dispuestos también nosotros a abrazar la fragilidad de nuestros hermanos cansados, desilusionados, tristes!

¡Caminamos hacia la Pascua!

¡Año nuevo, vida nueva!

Distintas tradiciones espirituales cristianas transmiten el siguiente dicho: “Non coerceri máximo contineri tamen a minimo divinum est”. Podría traducirse así: “Cosa divina es no estar ceñido por lo más grande y, sin embargo, estar contenido entero en lo más pequeño”. Dejando la traducción y avanzando en el sentido de la frase, podríamos expresarlo así: Dios se siente más a gusto en lo pequeño que en lo más grande. Eso es, precisamente, lo propio del Dios cristiano.

Pensando en el año que terminamos y en el que se abre, creo que volver sobre este sabio principio puede ser de gran ayuda. Va de la mano con otro principio espiritual cristiano: la amistad con Dios humaniza al hombre, su cercanía potencia la condición humana.

Esa es la experiencia cristiana, lo que celebra la Navidad: Dios se ha hecho hombre, ha nacido de una mujer y se ha mostrado en la vulnerabilidad de un niño, de una familia pobre, excluida y perseguida. El Papa Francisco, en esta Jornada por la Paz de este 1º de enero, ha llamado la atención sobre la suerte de inmigrantes y refugiados. En Jesús, María y José que huyen a Egipto, el Santo Padre ve reflejado el camino de exilio forzado que hoy eligen, a pesar suyo, tantas familias del mundo empujadas por distintas formas de violencia.

A Dios le atrae la pequeñez. No le asusta la vulnerabilidad humana. Eso significa, al menos para la experiencia espiritual del cristiano, que es bueno reconciliarse con todo lo que de límite y vulnerabilidad hay en nosotros. Más que alejarnos de Dios, el límite nos acerca a Él. Pero también a mirar con otros ojos – los ojos de Dios – la fragilidad que nos rodea. Y que esa mirada se traduzca en cercanía, en amistad que tiende la mano.

Para el año que termina, tal vez sea bueno repasar qué situaciones límites nos han puesto a prueba y cómo hemos reaccionado ante ellas. Puede ser hora de intentar una mirada espiritual distinta, más cercana al modo como Dios mira la fragilidad humana, la acoge y la sana. Para el año que empieza, tal vez podamos reavivar nuestra capacidad de amistad, tanto a nivel personal como social, para aprender a mirarnos y a tratarnos de otra manera.

No solo nuestros vínculos necesitan mejorar su calidad humana. También el ambiente, la creación, nuestro mismo hábitat está reclamando un cambio espiritual, una nueva cultura, una nueva forma de convivencia. La lógica del consumo nos está dejando vacíos, aunque con montañas de basura y desperdicios. Tal vez aquí también nosotros podamos ensayar otro principio de sabiduría espiritual: menos, es más. Menos posesivos, más y mejores personas.

Los que creemos en Jesús, contemplamos en Él al Dios que se ha hecho vulnerable y cercano para humanizarnos. Así nos salva y nos redime. Ese puede ser el sentido genuino del deseo: ¡año nuevo, vida nueva! Es Jesús el que nos ofrece la verdadera novedad de vida.

¡Muy feliz año para todos!

Sembrar piedras en el asfalto

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Sensación extraña. Anoche, a las 12:04 (o, a esa hora miré el reloj) recibí el primer saludo por mi cumpleaños. Pensé: ¡Claro. Es cierto: 54 años! Recé un Ave María de acción de gracias.

Pero tenía la mente en otra cosa. Estaba siguiendo el debate en el Congreso. Ahí mismo me di cuenta de que tenía que apagar todo y dormir.

Sí. Tengo una sensación extraña, tanto como lo es la vida misma. Gratitud inmensa porque me reconozco un hombre bendecido por Dios. Pero también tengo el corazón arrugado.  A los 54 años un hombre debe aceptar, con libertad creciente y una dosis de buen humor, que ese continuum nunca acabado de vivencias es justamente la vida.

La ley aprobada por Diputados me deja una gran incomodidad interior. Sumado a la mezcla de dolor y rabia por lo vivido en horas pasadas. La imagen de la siembra de piedras en las veredas adyacentes del Congreso es un icono muy revelador.

¿Sembramos piedras en Argentina?

Aquí, en la Pampa gringa, los campos dorados de trigo te dejan sin aliento. Nunca los había visto así desde mi llegada, hace cuatro años. Vengo de un desierto… Imposible no pensar en la parábola del Sembrador… o en la Eucaristía… o que la vida es un don para celebrar…

¿Por qué sembramos piedras en el asfalto?

Las sociedades modernas tienen en sus agendas – como urgencia ineludible – la cuestión del trabajo y, por ende, la situación de los que ya no trabajan. El imparable desarrollo tecnológico está desafiando las mejores energía de todos los humanismos. En todos lados, cualquier modificación de leyes, derechos o prácticas suscita innumerables reacciones. ¿Podría ser de otro modo? Hay que discutir a fondo pero sin dogmatismos estas cuestiones en las que se juega la humanidad de nuestras sociedades, mucho más que la viabilidad del mercado. El trabajo es el eje y núcleo de la cuestión social.

La incomodidad que me deja la ley es doble: por las consecuencias que tendrá para la vida de los jubilados argentinos, especialmente para los que sobreviven con la mínima; pero también por las consecuencias que tendrá para nuestra vida democrática.

Se propuso el camino de consensos básicos. Se buscaron acuerdos. Sin embargo, creo que, dada la magnitud de las reformas emprendidas (quedan en danza reformas laborales, tributarias y fiscales), el espectro de “acordantes” debería haber sido más amplio. Tampoco entendí demasiado la prisa por sacar todo ahora. Claro que hay cosas que no pueden esperar.

Días pasados escribí acerca de la política como arte de lo posible. Un país que arrastra tantas distorsiones en todas las facetas de su vida (de la economía a la educación) no puede recuperarse sin un conjunto de acuerdos que diseñen hacia dónde queremos ir, qué y quiénes tenemos que hacer los mayores sacrificios y con qué actitudes vamos a darle mística a nuestro camino común como sociedad.

Argentina necesita la política y a los políticos, porque a ella y a ellos les cabe la conducción de todo proceso de diálogo, consenso y acuerdos.

Alguien me decía el otro día en Twitter: hablan del bien común, hablen del bien común.

Sí, es verdad: la acción política no agota la gestión del bien común. Eso lo tenemos que hacer todos: ciudadanos, sociedad, organizaciones, dirigentes. Pero a la política le toca gestionar los marcos que hacen posible que todos confluyamos, incluso en nuestras divergencias, en esa meta nunca lograda del todo que es el bien común o el interés de todos.

Sin política terminamos a las piedras.

Esta es la hora de la política como arte de lo posible

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LA POLÍTICA COMO ARTE DE LO POSIBLE

Sé que es criticable la definición de la política como el «arte de lo posible».

Claro, si quiere decir: atajos y componendas para que saquen tajada los que ya tienen una buena porción de la torta, lo que esa definición define es la corrupción de la política tan admirablemente ejercida por tantos pícaros que oscurecen nuestra historia ciudadana.

Lo que sí quiere afirmar es una apuesta al realismo de la política que, en las circunstancias concretas de espacio y tiempo, contando con estos sujetos de carne y hueso, busca el mejor orden justo posible, aquí y ahora, atendiendo de manera prioritaria a quienes son más vulnerables.

Eso sí es arte, y del más exquisito, porque no solo supone habilidad (esa que les sobra a los pícaros y corrompidos), sino la virtud del que se ha empeñado, no obstante límites y debilidades, es ser justo, siempre y con cada uno.

Por eso, digo y repito: esa es la hora de la política como arte de lo posible. Y la de la más alta escuela. Argentina tiene dirigentes así. Y en todos sus espacios. Y no solo en la política.

Por eso, hoy, cuando en el horizonte asoman los violentos que no creen en la democracia – lo sabemos y los conocemos – asoma también la hora de la serenidad, de no dejarse ganar por la furia, de la escucha, el diálogo y los consensos posibles.

No me ha gustado, desde el vamos, la reforma previsional. Mucho menos, sabiendo que, entre sus fines plantea un ahorro (por decir un eufemismo) para bajar el insoportable déficit.

Creo que aquí es necesaria otra cualidad de la política como «arte»: la creatividad.

Y si me critican – como me ha pasado recientemente – por estar metiéndome en política siendo obispo, les digo: ¡tienen razón!

Pero añado: no me meto a tomar decisiones, sino a tratar de iluminar desde los valores del Evangelio la dimensión humano y ética que tiene la política como acción humana que involucra la conciencia, la libertad y la capacidad de bien y de virtud que tenemos los seres humanos.

Como obispo no tengo competencia para ofrecer soluciones técnicas. Sí tengo el deber de que la luz del Evangelio y del humanismo cristiano no falta en esta hora difícil de la sociedad de mi país, de la que formo parte como ciudadano y como pastor.

Jesucristo, Señor de la historia: ¡te necesitamos!

¿Qué le pasa al Papa?

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Francisco ha iniciado una nueva serie de catequesis. El tema elegido: la Eucaristía. Breves, sabrosas y provocativas. Como solo él sabe hacerlo.

Lo hacía con estas palabras: “Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada hacia el «corazón» de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios” (Catequesis del 8 de noviembre de 2017).

¿La finalidad? La que ya se había propuesto el Concilio que inició su gran obra de reforma de la Iglesia precisamente con la liturgia: formar a los fieles para que participen activamente en la sagrada liturgia. En palabras de Francisco: “crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha donado en la eucaristía” (ídem).

Hay que leerlas.

No voy a repetir aquí los conceptos fundamentales que el Santo Padre ha desarrollado ya. Hay que leer directamente las catequesis.

Me ha llamado la atención que, dos veces, ha insistido en que la Misa no es un espectáculo o no hay que asistir a ella con la lógica del espectáculo.

Por eso, en las redes, he hecho la preguntar (retórica): ¿Qué le pasa al Papa?

En realidad, creo que es una pregunta que nos tenemos que hacer todos.

El periodista Andrea Tornielli de Vatican Insider ha resaltado que, haciendo así, el Papa ha tomado distancia de dos variaciones que puede tomar una liturgia que busca la forma del espectáculo: la de quienes despojan de sacralidad al rito transformándolo en algo banal y superficial; pero también la de quienes acentúan una sacralidad “arqueologizante”, al decir del Papa Ratzinger, casi de museo y con un esteticismo desenfocado.Aquí el link

Estoy de acuerdo. Cada uno tendrá que ver qué sayo le cabe.

En la catequesis de ayer, el Papa ha ofrecido un muy sugestivo punto de aproximación al señalar que la esencia del sacramento eucarístico es ser “memorial del Misterio Pascual de Cristo, que él llevó a cumplimiento con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, y que nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte”.

Ha remarcado también que “memorial” es mucho más que un recuerdo del pasado que se evoca con la memoria. Es un real hacer presente el acontecimiento de la entrega pascual del Señor.

Y ha concluido con estas palabras:

“Esto es la Misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección, ascensión de Jesús. Cuando vamos a Misa es como si fuésemos al calvario. Lo mismo. Piensen: si nosotros, en el momento de la Misa vamos al calvario -pensemos con imaginación- y sabemos que aquel hombre es Jesús, ¿nos permitiríamos de parlotear, de sacar fotos, de hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porqué es Jesús! Nosotros seguramente estaríamos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. Cuando entramos en la Iglesia para celebrar la Misa pensemos en esto: estoy entrando al calvario, donde Jesús ha dado su vida por mí. Y así desparecen el espectáculo, el charloteo, los comentarios y todas estas cosas que nos alejan tanto de esta realidad tan bella que es la Misa, el triunfo de Jesús” (Catequesis del 22 de noviembre de 2017 – la traducción es mía).

Personalmente pienso que la pastoral litúrgica tiene todavía mucho por hacer. Su meta es ambiciosa: que los fieles tomen parte en el misterio, con una participación activa y fructuosa.

Lo cual supone una iniciación en el arte de escuchar al Verbo y de abrirse al Santo Espíritu que no se improvisa ni se puede dar por supuesta.

La pastoral litúrgica supone así una espiritualidad litúrgica que todavía se extraña en nuestra vida pastoral.

¿No tendríamos que volver a la rica experiencia espiritual que los Padres de la Iglesia volcaron en aquel concepto de la “sobria embriaguez del Espíritu” como meta de toda acción litúrgica?

Yo lo sigo pensando.

 

 

Todos los Santos: los Jardineros de Dios

Todos los santos

21 Jornada de oración por la santificación del pueblo argentino y la glorificación de los siervos de Dios.

“El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado…” (Gn 2,6).

Pastor, viñatero, novio-esposo, alfarero… y también jardinero.

Esta imagen de Dios tiene su fascinación.

Hacer un jardín es toda una declaración. Casi una confesión de fe. O una declaración de amor a la vida.

Un acto de intrépida confianza: creo y espero que la vida pueda mostrar lo mejor que tiene, sus colores y sus aromas más encantadores.

Solo hay que tener paciencia, meter las manos en la tierra, sembrar, regar y esperar.

Cuando imagino la santidad de Dios pienso en este Dios jardinero.

Todopoderoso para sacar todo de la nada, pero con manos diestras para los detalles más ínfimos y delicados.

Es verdad que, sobre todo para el Antiguo Testamento, el Dios tres veces santo que reveló a Isaías toda su gloria, es el Dios que está más allá de todo lo que de Él podemos pensar o imaginar. El “totalmente Otro”, el inasible, misterioso y soberano. El que libremente se ha resuelto a amar a su criatura.

Para ella “el Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente…”

La santidad de Dios se revela, de esta manera, como amor que, con infinita paciencia, dispone la belleza de un jardín como ambiente para que viva su criatura más amada, el hombre.

Cuando el joven Isaías, en medio de la liturgia del templo de Jerusalén, es alcanzado por una visión del Altísimo que lo marcará a fuego para toda la vida, precisamente percibirá la santidad fascinante del Dios tres veces santo que llena la tierra de su gloria.

Santidad y gloria: el misterio que se hace visible como creación, cuidado y salvación.

La santidad de Dios se ha concentrado y humanizado en el hijo bendito de María Virgen.

Ella oyó, de labios del ángel, aquella declaración: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios…” (Lc 1,35).

Y esa santidad divina se abrirá paso por sus manos, su corazón y sus labios. Y, cuando tenga que contarnos del reino que sueña su Padre para la humanidad, lo hará con imágenes aprendidas del Padre jardinero y labrador: “Miren los lirios del campo… ni Salomón se vistió como ellos” (Mt 6,28).

Ya vencedor de la muerte y con su humanidad transfigurada por el Espíritu se revelará a los ojos de María Magdalena, en la mañana de la Pascua. Es cierto: ella no lo reconocerá, de buenas a primeras. Pero algo de verdad hay en esa intuición de mujer enamorada que comienza a percibirlo como el jardinero, el que cuida de ese jardín.

Sí. El Resucitado sigue trabajando en este mundo nuestro, amenazado constantemente por la aridez del desierto, para derramar el agua viva del Espíritu que transforme el desierto en un vergel.

Y eso son sus santos y santas: jardineros como él que se empeñan en hacer un jardín de este mundo nuestro, sembrándolo con sus semillas, cuidando la tierra y haciendo que se transforme por los colores y aromas que el Resucitado sabe esparcir a través de sus discípulos.

¡Qué sería de nuestro mundo sin los santos jardineros de Cristo! ¡En qué lo habríamos convertido ya!

Hoy damos gracias porque Dios sigue empeñado en plantar un jardín.

Y le damos gracias porque ya no lo hace solo.

Ha entrenado en ese divino oficio a miles de hombres y mujeres (los famosos “144.000” del Apocalipsis) para transformar esta tierra en un jardín de Dios.

Y lo están haciendo.

Por eso, hoy hacemos fiesta… y hasta nos sentimos más libres y entusiasmados para sumarnos a esa obra que es trabajo, misión y servicio a la belleza de Dios que crece en este mundo nuestro.

El jardín más humilde es como la Eucaristía: anuncio y profecía de la nueva creación que Dios está haciendo crecer en esta historia.

Eso, amigos míos, quiere decir: ¡tenemos esperanza!

¡Podemos desear para todos la santidad de Dios que se ha manifestado en Cristo!

El amor de Dios nos hace santos, alegres y servidores en la sociedad. Oremos juntos para que todos los argentinos busquemos la santidad.

 

«Si gana Cambiemos, me voy del país» (¡Paremos la mano!)

Todos lo hemos escuchado. Para las elecciones recientes, como para las de 2015. Figuras conocidas, afines a la administración anterior, lo dijeron públicamente.

Pues bien, ganó Cambiemos. ¿Qué pasa ahora?

Que hay varios, en las redes, que les están cobrando la prenda: Muchachos, ¡a cumplir la palabra! ¡Váyanse del país!

Está bien, suena a broma, o, al menos, a desborde emocional. Tanto la amenaza de autoexiliarse, como el reclamo de que lo hagan efectivo.

Pero es, en todo caso, una broma de muy mal gusto. Subrayo: de pésimo gusto.

Demasiados argentinos, a lo largo de nuestra bicentenaria historia, tuvieron que tomar el camino del exilio, pues era la única alternativa posible para sobrevivir.

Cuarenta años atrás – nada menos – era el camino triste y gris de muchos compatriotas.

“Exilio o muerte”, era la consigna del temperamental Sarmiento a sus enemigos políticos.

Es terrible. No nos lo podemos permitir. Ni en broma.

Por Dios, ¡bajemos un cambio! ¡Paremos la mano!

No juguemos con esas cosas. Como tampoco es bueno jugar con la dictadura o el drama de los desaparecidos. No podemos usar esas palabras escritas con lágrimas y sangre como si fueran piedras que, desde la vereda de enfrente, les arrojamos a la cara a nuestros ocasionales adversarios devenidos en enemigos irreconciliables.

Argentina tiene muchas grietas. El cuerpo social está agrietado. La pobreza-indigencia es una de las más terribles, sino la más honda. Pero ahí nomás está la discordia, salpimentada con revanchismo, escarnio y voluntad de zaherir. Y mucha ceguera espiritual.

Sí. Tiene explicación. Se ha alimentado la grieta, como estrategia electoral o como principio ideológico (“ellos” contra “nosotros”).

Que tenga explicación no quiere decir que tenga justificación. No la tiene.

El resultado es un agujero negro que puede devorarnos a todos.

Tenemos que parar.

Yo busco una palabra en el Evangelio que me ilumine y reavive las energías espirituales que Dios pone en mi corazón.

Comparto una que, para estas circunstancias, me es particularmente elocuente. Es del segundo final del Evangelio según San Marcos:

Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán». Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban. (Mc 16,15-20)

Me detengo en dos frases del Señor, a saber:

Si beben un veneno mortal no les hará ningún daño.

El que crea y se bautice, se salvará.

Es inevitable que, si nos metemos con pasión en la vida, en muchas ocasiones nos encontremos en situaciones tóxicas, con gente tóxica y, así, no seamos inmunes a que nuestro corazón quede envenenado de rencor, odio, envidia, etc. Y que nosotros mismos nos convirtamos en personas tóxicas para los demás.

El Señor nos promete que ese veneno no nos matará, a condición de que nos dejemos bautizar por su Espíritu que nos abre a la fe en Él: “El que crea y se bautice se salvará…”

Dejarnos conducir por el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo: que Él nos dé la mansedumbre de Jesús, su amor por todos, especialmente por los que no nos quieren o los que nos han herido (los “enemigos”), por su capacidad de perdón y de devolver bien por mal, de bendecir cuando nos maldicen, de ser compasivos cuando todos nos predispondría para la revancha revestida de justicia…

Para que nadie tenga que exiliarse o autoexiliarse, Dios nos ha enviado a su Hijo que se auto vació a sí mismo – se exilió del seno de la Trinidad – para que podamos encontrar vida plena, para rescatarnos de los caminos por dónde andábamos, bastante perdidos y desnortados.

El único autoexilio que nos podemos permitir los cristianos es el que nos lleva más allá de nosotros mismos – como Cristo – para entregar la vida por todos…

El Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, con la caridad, sus dones y frutos, es el mejor antídoto contra el veneno del pecado, en todas sus formas…

¡Qué nadie se vaya de Argentina!