Que descansen en Paz

Meditación para este 2 de noviembre de 2023: conmemoración de los fieles difuntos

Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó:

de la misma manera,

Dios llevará con Jesús a los que murieron con él.

1 Tes 4, 14

En Jesucristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección;
y así, a quienes la certeza de morir nos entristece,
nos consuela la promesa de la futura inmortalidad.
Porque para los que creemos en ti,
la vida no termina, sino que se transforma,
y al deshacerse esta morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo.

Prefacio I de Difuntos

No sé si podás ir al cementerio o a la Misa de tu parroquia este 2 de noviembre. Tal vez siga el mal tiempo. Sin embargo, en tu casa o en el trabajo sí que vas a poder tener un recuerdo de tus seres queridos difuntos. El “lugar” de ese recuerdo es el corazón. Y el “clima” es el de la fe en Cristo que alumbra la esperanza y transfigura por la caridad.

Tal vez, ese recuerdo vuelva a reavivar el dolor de la ausencia. Pienso que es bueno dejar que la evocación de aquellos rostros, sus voces, sus risas y sus lágrimas, sus gestos y tantas cosas que se compartieron vuelva a hacernos un nudo en la garganta.

Los hemos amado y nos han amado a nosotros, con nombre y apellido. Los hilos de sus vidas se entrecruzaron con los de las nuestras; y esa urdimbre se rompió y no podemos dejar de percibirlo.

Pero volvamos al clima teologal de la fe esperanzada: somos hombres y mujeres de fe. Ella nos abre los ojos del corazón y nos permite reconocer al Señor. Él es el que viene de vencer la muerte, está en medio de esa urdimbre de vínculos, historias y rostros que es nuestra vida. Es el Resucitado que, desde su encarnación y su pascua, es inseparable de la vida de sus discípulos y de todo hombre y mujer que viene a este mundo.

Y Él nos sigue diciendo a nosotros, como un día a Marta de Betania: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn 11, 25-26).

Recordando a los que ya no están con nosotros, pero -así lo esperamos- están con Él, nosotros le decimos al Señor: “Sí, Señor. Creo que Vos sos la resurrección y la vida. Amén”.

“Dales, Señor, el descanso eterno.

Y brille para ellos la luz que no tiene fin.

Que todos nuestros fieles difuntos,

por la misericordia de Dios,

descansen en paz.

Amén”

Todos los santos y santas de Dios: rueguen por nosotros

Meditación para este 1º de noviembre de 2023, solemnidad de Todos los santos

Rezamos poco con las “letanías de los santos”. Es, sin embargo, una plegaria muy bella, además de sencilla y, sobre todo, muy honda. Nos muestra la real hondura de la Iglesia, lo real que no vemos pero que está y se hace sentir: María, los apóstoles, los mártires, los confesores, las vírgenes, consagrados y seglares, etc.

Vamos evocando sus nombres y pidiéndoles que rueguen por nosotros, que nos acompañen y nos inspiren, que nos hagan sentir su presencia especialmente en las horas oscuras de la vida.

Es que somos una familia… y, para eso, están los hermanos que, además, son nuestros amigos. En la familia de sangre no siempre se da esta conjunción de fraternidad y amistad. En la familia de Jesús es lo normal.

Además de las letanías oficiales -las que rezamos en la Vigilia Pascual, por ejemplo- pienso que cada uno de nosotros tiene o podría componer su propia letanía personal con esos amigos cercanos a los que solemos invocar cada día.

***

Este 1º de noviembre, aquí en San Francisco, tenemos además la alegría de reabrir la Capilla de Adoración permanente de nuestra catedral. Tuvimos que cerrarla durante la pandemia. Su ausencia se hacía sentir.

Muchas voluntades buenas se conjugaron para dar este paso. Destaco algunas: ante todo, la del beato Carlos Acutis. Sí, este jovencito inquieto y comprador nos reconquistó para la Eucaristía, como él mismo, un día, quedó enamorado de la Misa y del Sagrario. Y, con él, trajo a los jóvenes que, en esta nueva etapa, son protagonistas de este milagro eucarístico: atraídos por Jesús, son capaces de quedarse en silencio, mirándolo y dejándose mirar por Él.

Hay aquí mucha esperanza… Damos gracias a Dios.

***

Concluyendo el Sínodo, el papa Francisco nos invitaba a adorar a Dios y a servir a nuestros hermanos. Es lo que esperamos de este espacio de gracia que es la Capilla de Adoración. Para nuestra ciudad, por momentos tan fría y metalizada; pero también para toda nuestra diócesis.

Cuando entrés a la Capilla te encontrarás con Jesús en la Santa Eucaristía. Tal vez haya una o dos personas orando. No te engañés: hay muchos más. Ahí estará, invisible pero real, aquella multitud que vio el vidente del Apocalipsis:

“Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente: «¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero!». Y todos los Angeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: «¡Amén! ¡Alabanza, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!»” (Ap 7, 9-12).

Vas a estar en buena compañía…

Francisco y Carlos de Asís

Meditación para este 4 de octubre, fiesta de nuestro santo patrono: san Francisco de Asís

Francisco de Asís no se va a molestar si este cuatro de octubre, celebrando su fiesta, y como durante la novena, centramos nuestra atención en el beato Carlos Acutis.

En definitiva, Carlos es un fruto maduro de la siembra de Francisco. Como a nosotros, a Carlos lo separan ocho siglos del santo de Asís. Esa distancia desaparece -también para nosotros- cuando nos asomamos al alma de uno y de otro.

Carlos, a pesar de su corta edad, maduró un alma genuinamente franciscana: con alegría y mucha humanidad vivió la simplicidad del Evangelio que enamoró el alma de Francisco.

Asís era su “lugar favorito en el mundo”. Ahora allí reposan sus restos a la espera de la resurrección; precisamente en el Santuario del Despojo, donde Francisco se despojó de sus vestidos para emprender la aventura del Evangelio.

Nada hay en Carlos que sea extravagante o extraño. Hasta lo normal en un chico está teñido de ese espíritu franciscano.

Amó a Jesús. Amó a María. Se enamoró de la Eucaristía, su “autopista al cielo”. Amó a los pobres. No podía ocultar ese amor que le colmaba el corazón. Quería que todos, especialmente sus coetáneos, lo supieran y también lo vivieran.

“Me decía que sería más feliz si me acercaba a Jesús. Pedí el Bautismo cristiano porque él me contagió y cautivó con su profunda fe, su caridad y su pureza.”, confiesa un amigo suyo de la India -Rajesh- que se hizo bautizar por ese contagio de Evangelio que le causó el tratar a Carlos.

Y ese contagio sigue activo. Y no hay vacuna que pueda impedirlo. Nos ha contagiado a nosotros y, por eso, estamos agradecidos.

“Evidentemente -le escribe san Pablo a los corintios- ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones.” (2 Co 3, 3).

¡Qué bien escribe Cristo! Notamos su preciosa caligrafía en el corazón de Francisco de Asís y también en Carlos Acutis. La misma letra, la misma tinta, el mismo Espíritu.

Y así está escribiendo en nuestras almas. Y lo hace ahora mismo, en este tiempo nuestro.

No. Dios no está ausente del mundo. Sabe hacerse presente e involucrarse con nosotros. Lo hizo en el corazón de la Edad Media con Francisco de Asís. Y lo ha hecho de nuevo, en la era de Internet con el mensaje simple y potente de la vida franciscana del beato Carlos Acutis.

Carlos ya subió al cielo por la autopista de la Eucaristía. Nosotros estamos «en camino sinodal». Es el mismo camino: la misma meta, la misma traza y similares leyes de tránsito.

A nosotros, como a Elías en la hendidura del monte, nos toca oír ese paso de Dios que es como una brisa suave.

¡Ánimo! El Espíritu sabe vencer todo rigorismo espiritual y moral

La «conversión» de san Pablo…

El rigorismo moral es una verdadera patología del espíritu. Una dureza de corazón y ceguera espiritual que, normalmente, hace sufrir mucho. En primer lugar, a la propia persona que lo padece… y también a quienes lo tratan.

Cuando se apodera de un grupo de personas genera un clima irrespirable, lleno de tensiones, agresiones y altanería. Puede tener la apariencia de fina religiosidad; es, sin embargo, mundano hasta la raíz. Ahí no está Dios.

Y puede ser -si hablamos en esos términos- tanto de fisonomía conservadora como progresista, cada uno con sus matices y peculiaridades, pero moralistas al fin.

Para algunos autores, esta ceguera espiritual es más grave que muchos pecados que, precisamente, tienen su matriz en ella. Difícil de reconocer y, por eso, de vencer, sobre todo por las propias fuerzas.

Suele ir de la mano de un fuerte perfeccionismo narcisista, de la enfermedad dolorosa de los escrúpulos, del juicio implacable hacia los demás que expresa la falta de misericordia consigo mismo.

Nunca ve matices. Todo se ve y se juzga en blanco y negro.

Es una cárcel triste de la que es difícil salir. Un verdadero infierno. Asomarse al alma de quien lo padece, superado el rechazo inicial, despierta una inmensa compasión. Y la súplica a Dios para que libre a esas almas atormentadas.

Lo que es imposible para el hombre, no lo es para Dios, sobre todo, para ese exquisito orfebre de manos diestras, el artesano de la vida espiritual: el Espíritu Santo.

Su campo de acción es precisamente nuestro corazón humano, duro, ciego, empedernido, desconfiado. A Él le suplicamos en la Secuencia de Pentecostés: “Suaviza nuestra dureza,
elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos.”

¿Cómo nos trabaja el Espíritu para liberarnos de esa prisión?

Sus caminos son variados, creativos y muy concretos. Siempre actúa respetando delicadamente la propia biografía humana y espiritual, la propia libertad y conciencia personales. Sabe esperar. Camina la paciencia, como enseña san Pablo.

Y, como Persona divina, tiene la capacidad de entrar en el corazón humano, sin violentarlo ni apresurarlo, para conducirlo a la Verdad, al Bien y a la Belleza que es el Rostro de Cristo. En su acción, la gracia divina y la libertad humana convergen de manera admirable, sin confusión ni división, sin separación ni yuxtaposición. Como en la encarnación…

Sin embargo, la experiencia nos enseña dos cosas que, a mi criterio, son fundamentales.

En primer lugar, en algún punto del propio camino, el que sufre de este rigorismo moral, toca fondo: su empeño por ser perfecto choca invariablemente con su propia finitud y fragilidad. Es una experiencia dura, pero también de gracia. Allí, en el momento duro del descenso a los propios infiernos del alma, el Espíritu actúa de manera extraordinaria.

Es un punto de quiebre. Todo se puede ganar o desmoronar. Pero, si la humillación de verse pobre, pecador y miserable abre paso a la humildad, el Espíritu Santo obre el milagro: el hombre o mujer aquejados de esta enfermedad del espíritu se ve liberado, consolado por dentro, pacificado y, bajando por el camino de la humildad, es llevado hasta el encuentro salvador con Cristo.

Comprende, como el personaje de Bernanos, que “todo es gracia” y que hay que serenar el corazón y dejarse llevar.

Aquí se abre el segundo aspecto, complementario al anterior: el Espíritu Santo vence nuestra dureza interior mostrándonos el Rostro del Crucificado, su deslumbrante y desconcertante belleza, su mansedumbre, su paciencia, su omnipotencia divina perfectamente manifestada en su fragilidad de Cordero inmolado.

Es una verdadera revolución espiritual: el Espíritu Santo nos lleva ante el Crucificado -como ocurre en la liturgia del Viernes Santo- para que besemos su Rostro y sus llagas; nos convence de su Belleza salvadora; nos desarma ante el Amor más grande.

Es la experiencia de tantos hermanos y hermanas que, desde la dureza del rigorismo, se han convertido en testigos de la Mansedumbre de Cristo: de san Pablo a san Ignacio, pasando por Teresita del Niño Jesús y san Francisco de Sales.

Así que: ¡ánimo, el Señor te llama, como a aquel ciego del camino que, en un momento brillante de docilidad a la gracia se puso a gritar, suplicando la misericordia del Señor que pasa!

Desierto

«La Voz de San Justo», domingo 26 de febrero de 2023

“Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. […]” (Mt 4, 1-2).

Así comienza el relato evangélico de las tentaciones de Jesús que escuchamos este primer domingo de Cuaresma. A su luz, el camino cuaresmal se presenta como un ir al desierto. Allí nos espera Jesús. Pongámonos entonces en camino.

No se trata de un sitio ni de ninguna caminata. Es un símbolo de ese “lugar” donde experimentamos que nuestra vida está bajo amenaza. Y no cualquier peligro, sino del más insidioso: naufragar como seres humanos por el afán desmedido de poseer, de gloria y de poder. Y esto ocurre cuando olvidamos a Dios. A ese desacierto vital la Biblia lo llama: pecado.

Jesús está en el desierto por nosotros. Hacia allí lo empujó el Espíritu para que, entrando en esa prueba y superándola, nos abra el camino a la vida verdadera. No hay prueba de la vida en que no podamos encontrar a Jesús a nuestro lado y, de su mano, salir también victoriosos.

San Mateo culmina la escena con Jesús invitado por el tentador a rendirle culto. “Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: «Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto»».” (Mt 4, 10). Es la prueba suprema: que Jesús reniegue de sí mismo y su misión, adoptando los criterios del mundo. Su respuesta pone las cosas en su lugar: solo quien adora a Dios vive y es libre de verdad.

“Señor Jesús: en esta Cuaresma 2023, entramos al desierto empujados por tu Espíritu. Abrí nuestros ojos para que te reconozcamos en medio de todas nuestras pruebas. Y así, adorando con Vos al Padre, seamos hombres y mujeres en verdad libres. Amén”.

La oración del corazón o del Nombre de Jesús

En esta fiesta del Sagrado Corazón, y como complemento de las «Cartas Pascuales 2022» comparto esta nueva Carta sobre la «Oración del corazón» o «del Nombre de Jesús».

San Francisco, viernes 24 de junio de 2022

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

“Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1). 

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. En mi tercera Carta Pascual les propuse algunos senderos para nuestra experiencia orante. Les prometí hablarles de la Oración del Nombre de Jesús. La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús me brinda la ocasión propicia y sugestiva para cumplir lo prometido. 

2. “Esta plegaria se llama ‘de Jesús’ o ‘a Jesús’, según se entienda la invocación del nombre de Jesús o la invocación dirigida a Jesús. Se llama también ‘plegaria del corazón’ porque nace del corazón y al mismo tiene que volver, unida con el latido cardíaco. Se identifica con aquel ideal de la oración continua que se remonta a la expresión del Señor: «Hay que orar siempre sin desanimarse» (Lc 18, 1), y de Pablo: «Sean constantes en la oración» (1 Tes 5, 17).” (Jesús Castellano, Pedagogía de la oración cristiana, 158).

3. Es una forma de oración muy querida por el Oriente cristiano. La ha popularizado el famoso Relato de un peregrino ruso (s. XIX): un laico que descubre esta forma de orar, inquieto por cumplir el mandato apostólico de orar siempre.

4. Las fuentes evangélicas de esta plegaria son: la oración del ciego de Jericó (“Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” en Lc 18, 38), la oración del publicano en el templo (“Oh Dios, ten piedad de mí” en Lc 18, 13), y la del buen ladrón (“Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” en Lc 23, 42). Es como una prolongación de la invocación litúrgica: “Señor ten piedad”.

5. En la oración personal, cada uno usa la fórmula que más se acomoda a la propia experiencia. La forma más sencilla es la sola repetición del Nombre de Jesús, acompañando el ritmo de la respiración. Es como “respirar” su santo Nombre. Así confesamos nuestra fe en Él como Cristo, Hijo de Dios, Mediador y Salvador. Es la oración del hombre pecador que, vivificado por el Espíritu, ejerce su sacerdocio bautismal. La oración cotidiana se vuelve así una liturgia personal: intensa, rica, integradora de la vida. Y, el orante, se convierte en “liturgo”.

6. La fórmula tradicional reza así: Señor Jesús, Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que soy un pecador. Sus elementos son de una gran densidad cristiana y espiritual:

a. Señor: Como enseña san Pablo: Nadie puede decir “Señor Jesús” si no está inspirado por el Espíritu Santo. Él nos hace reconocer a Jesús como Dios y Señor de nuestra vida.

b. Jesús Cristo (Jesucristo): Jesús es el Ungido (eso significa: Cristo), lleno del Espíritu. El que cumple las promesas de Dios. Jesús significa: Dios salva. El Santo Nombre de Dios es el Nombre de Jesús, su Hijo. A María le decimos: “bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.

c. Hijo de Dios: este es el misterio más hondo del Señor. Él es el Hijo único que, dándonos su Espíritu, nos hace hijos e hijas del Padre. La oración es tomar parte en su oración, en sus sentimientos, en su condición de Hijo amado del Padre.

d. Ten piedad (o misericordia, o compasión) de mí: Reconocemos nuestra fragilidad inclinada al pecado. No la escondemos a Dios, ni a éste lo escandaliza. Suplicamos su misericordia. El Padre se estremece ante el pecador, como una madre ante su hijo que sufre; como un médico que se inclina sobre el enfermo para curarlo.  

e. Pecador o pobre pecador: Expresa la conciencia de nuestra condición delante de Dios. Es un reconocimiento de profunda humildad. Sin ella no se puede orar ni crecer en la oración. El pecado nos aleja de Dios, pero se vuelve mucho más grave si nos dejamos ganar por la soberbia o desconfiamos de la misericordia de Dios.

7. ¿Cómo hacer la oración del Nombre de Jesús? Existen muchas formas, adaptadas a cada uno. Tenemos que encontrar la nuestra. Lo fundamental es elegir un lugar solitario, recogerse en silencio, con el cuerpo en una postura apta para orar. Se puede usar el Rosario como ayuda: ir repitiendo lentamente la plegaria o sencillamente el nombre de Jesús a medida que se pasan los dedos por las cuentas del Rosario. Acompasando la oración con el ritmo de la respiración. Se puede empezar haciéndolo a media voz para pasar lentamente a repetir en silencio el santo Nombre del Señor. No hay que ser rígidos. Se puede hacer variando las posturas, la oración misma, prestando atención a unas palabras hoy, mañana a otras.

8. Por último, una observación importante: con el bautismo y la confirmación se nos ha dado la gracia de la oración. El Espíritu nos ha sido dado para impulsar nuestra oración. Él ora en nosotros. La vida de la Iglesia y de la fe comienza siempre en el corazón de los fieles. El corazón del bautizado es el hogar de la Iglesia. Es el altar desde el que se eleva el incienso de nuestra plegaria.

Tengo la intención de seguir conversando con ustedes sobre la oración. Si Dios quiere, el próximo 6 de agosto, Fiesta de la Transfiguración del Señor, quisiera dedicar una Carta a la experiencia orante de la Liturgia. Es decir, a la Iglesia en oración. Con la ayuda del Espíritu, espero poder hacerlo. Y, más adelante, otra carta sobre el Rosario de la María.

Jesús, manso y humilde de corazón: danos un corazón orante como el tuyo. Amén. Siempre en mi oración.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

“EL ESPÍRITU DEL HIJO CLAMA EN NOSOTROS: ¡ABBA! ¡PADRE!”

3ª Carta Pascual 2022

San Francisco, domingo 12 de junio de 2022

Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.” (Sal 26, 8-9). 

“Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo» ¡Abba!, es decir, ¡Padre!” (Gal 4, 6).

“Igualmente, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero es Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.” (Rom 8, 26).

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Había prometido esta tercera Carta Pascual sobre la oración cristiana para Pentecostés. No ha podido ser. Lo hago ahora, cuando todavía sentimos el impulso del Espíritu en la vida de nuestra Iglesia y en el marco tan sugestivo de la solemnidad de la Santísima Trinidad. 

2. Les propongo algunos senderos de oración para transitar cada día. Se inspiran en la enseñanza sólida de la Iglesia, también en mi experiencia personal. Yo, como ustedes, soy un peregrino de la fe. Busco el Rostro de Dios, iluminada mi noche por la sed de la fe. Y eso es caminar la oración.

I. Silencio y soledad, tiempo y recogimiento

3. Orar es tratar a Dios como Amigo. La oración es amor hecho tiempo, trato frecuente, silencio que ama y se deja amar. Requiere silencio, soledad, tiempo prolongado y recogimiento

4. El silencio exterior es expresión del silencio interior, el más importante y difícil. Y lo es para todos. La soledad no es encierro sobre sí mismo. Expresa que la oración (como la fe) es un encuentro de personas que se buscan, se aman y se comprometen. Orar es tratar de “vos” a Jesús. Y dejarse tratar así por Él. La figura del amigo le da la mano ahora a la del enamorado. 

5. La oración de amistad requiere tiempo. No bastan unos pocos minutos. Este es un desafío que debe asumirse con paz y con decisión: tengo que aprender a incorporar al ritmo cotidiano de mi vida tiempos generosos, determinados y fijos de oración. No ceder a la improvisación, las ganas o a los estados de ánimo. ¿A qué hora puedo rezar mejor? ¿Qué tiempo establezco para ello? 

6. La oración requiere recogimiento. Aquí recurrimos a la gran maestra de la oración cristiana que es Santa Teresa de Jesús (1515-1582). 

a. El recogimiento es centrarnos en la persona del Señor Jesús. La oración tiene a Cristo en el centro. Nos ayudan los evangelios, las imágenes o los íconos. Mirar a Jesús y dejarnos mirar por Él. Volver a Él cuando nos pueden las distracciones, el sueño o las preocupaciones. 

b. El recogimiento requiere que estemos en paz. Si esto no se da (me duele la panza o estoy inquieto), mejor dejar la oración para cuando recuperemos estabilidad. No atormentarse, ni forzar las cosas; orar como se pueda, dedicarse a obras buenas, tener paciencia. 

c. Por eso, es necesario cuidar la posición corporal. Oramos como somos: alma y cuerpo. Las posturas corporales expresan nuestro interior. Se puede orar sentado, de rodillas, postrado, con las palmas de las manos hacia arriba, con las manos juntas (entrelazando los dedos o con los dedos hacia arriba), con los ojos cerrados, en cuclillas, de pie, con las manos en alto. O alternando esos gestos según sea el momento de la oración. Consejo: ser muy naturales; huir de posturas artificiosas.

d. La palabra recogimiento indica que, al entrar en la oración, vamos paulatinamente recogiendo todas nuestras potencias (sentidos, cuerpo, facultades, etc.) centrándolas en Cristo. Por ejemplo, invocamos al Espíritu Santo al ritmo de nuestra respiración, para calmar lentamente el corazón, la mente y nuestra persona. 

e. En ocasiones, nos ayuda la oración vocal, la lectura de un pasaje de la Biblia (un salmo, por ejemplo), la recitación de alguna oración que nos es más querida, la lectura de un libro espiritual, mirar un icono que nos inspira. A muchos nos ayuda el Rosario

f. Es muy importante el ambiente que nos rodea. Se puede orar en cualquier lugar, tanto en casa, en un templo, como al aire libre o yendo en un colectivo. Pero, para la oración cotidiana, es importante el lugar que nos ayuda más. Normalmente, en la propia habitación (como dice Jesús). Es costumbre tener un “altarcito” con la Biblia, una imagen sagrada, un cirio, el Rosario. La belleza y armonía son importantes para el recogimiento. Dios es Belleza. 

g. Un consejo clave: ponerse en la Presencia del Señor y dejarse mirar por Él. A diferencia de los métodos orientales que son impersonales, la experiencia cristiana no consiste en quedarnos vacíos ante la nada. Es serenar el corazón para entrar en comunión con el Señor. Así crecemos en nuestra identidad personal. La oración es encuentro de personas libres.

II. El sendero de la Lectio divina

7. Un sendero precioso e imprescindible de oración es la lectio divina o “lectura orante” de las Escrituras o, la “lectura de Dios”. Es la oración del pueblo de Israel que ha pasado a la tradición cristiana. La oración es nuestra respuesta a Dios que nos habla. Como enseñaba san Agustín: escuchamos a Dios cuando leemos las Escrituras; le respondemos cuando oramos. 

8. Se trata de algo más que leer un texto y entenderlo. La lectura cotidiana de las Escrituras -enseñaba san Gregorio Magno- persigue una finalidad exquisita: aprender a sentir el corazón de Dios en la lectura asidua de su Palabra (Disce cor Dei in verbis Dei). Por eso hablamos de “lectura de Dios”. La lectio nos hace leer el corazón de Dios. Nuestro Maestro es el Espíritu que nos incorpora a la vida trinitaria, a su gozo, consuelo y paz. Cuando nos entregamos a la lectio con sencillez de corazón y perseverancia, las Escrituras exhalan al Espíritu que da vida. 

9. “Busquen en la lectura, encontrarán en la meditación; llamen en la oración, se les abrirá en la contemplación”. Un monje del siglo XII, Guigo el Cartujano, acuñó esta frase que nos indica el camino de la lectio divina. Se inspiró en estas palabras del Señor: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.” (Mt 7, 7). Podemos añadir: al entrar en la lectio pedimos el Don del Espíritu Santo. Solo si estamos llenos del Espíritu -como María- podremos beber de Cristo, como dice San Efrén. 

10. Después de la invocación al Espíritu, la lectio divina tiene estos tres momentos fundamentales: lectio, meditatio y contemplatio (lectura, meditación y contemplación).

Lectio (busco leyendo)

11. Sea que sigamos el Leccionario (ferial o dominical) o un libro completo de la Biblia, tenemos que aplicarnos a esa lectura. La lectio debe tener un tiempo fijo para leer un texto fijo, no al azar, improvisando o por casualidad. También aquí el recogimiento es importante. Orar supone este acto de confianza: “Estoy en tu Presencia, Vos me mirás con amor y me querés dirigir una palabra a mí, aquí y ahora.” 

12. Cuando vamos a la lectio también tenemos que estar dispuestos a leer un texto oscuro, exigente, extraño. Hay que leer el texto tal como está escrito. Puede ser que la respuesta más adecuada sea un silencio aparentemente sin sentido. Nuevamente resuena el consejo más importante a todo aprendiz de orante: perseverar… En la oración, no hay otro secreto.

13. Cuando hago la lectio tengo que llegar al texto, despreocupado de la eficacia espiritual o pastoral de esa lectura: preparar una charla, por ejemplo. La lectio divina es un encuentro gratuito con Dios en su Palabra. Esta “gratuidad” en la lectura es una actitud clave, pero también ardua y difícil.

14. Si la meta es comprender las Escrituras para escuchar la Voz de Dios, no podemos dejar de lado una adecuada formación bíblica. No es que tengamos que llevar a la lectio algún comentario. Eso lo hacemos o antes o después. También es importante la paciencia de ir, poco a poco, haciéndose de una suficiente cultura bíblica: con lecturas, cursos u otros medios adecuados. 

Meditatio (encuentro meditando)

15. Si con este espíritu caminamos la lectio, casi sin darnos cuenta, entraremos en la meditatio. Aquí la imagen es la rumia. Meditar significa “rumiar” una palabra, un versículo, un pasaje de la Escritura. ¿Qué es “rumiar” un texto bíblico? No es hacer reflexiones, hilando ideas, imágenes, pensamientos. Eso se puede hacer en otro momento, como fruto de la lectio divina. Rumiar es detenerse en la palabra o versículo que ha tocado nuestro corazón cuando hemos leído y releído el texto. Quedarnos ahí, repetirlo y memorizarlo. Es como sacarle el jugo a la Palabra de Dios, que es inagotable, siempre sabrosa y sorprendente.

16. A la imagen de la “rumia” ahora añadimos dos verbos: repetir y memorizar. Repetimos para memorizar, memorizamos para asimilar y, de esa manera, hacer pasar por el corazón la Palabra que hemos escuchado. Es el modo mariano de leer las Sagradas Escrituras. 

Contemplatio (llamo orando y contemplando recibo)

17. Si la lectio nos lleva a la meditatio, esta, normalmente desemboca en la contemplatio. Es la etapa más difícil de definir, aunque se puede describir un poco. La contemplación es el fruto maduro de la lectio. Oramos desde que tomamos la Biblia en las manos. En la contemplatio, sin embargo, la oración llega a su momento pleno.

18. La contemplatio es para todos los bautizados, no para algunos elegidos. En el bautismo, el Espíritu nos da a todos la gracia de la oración contemplativa. Algunos alcanzan alturas especialmente extraordinarias. No las han buscado ni es lo más importante en su vida de fe. A la mayoría de nosotros, la contemplación se nos da de forma ordinaria, fatigosa y fugaz. Unos y otros, sin embargo, contemplamos al mismo Dios, en la oscuridad de la fe y no en la plena visión del cielo. Pero esa contemplación bienaventurada comienza ya en la tierra, por la gracia y la fe. 

19. En la lectio recibimos de Dios su Palabra; en la contemplatio, la Palabra nos hace ir hacia Dios. La contemplación es fruto de la lectio. Suscita en nosotros el quedarnos mirando a Dios (a Cristo y sus misterios, a María, a la Trinidad…) con una fe viva y esperanzada, iluminada por el fuego ardiente de la caridad derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo. 

20. La liturgia de la Iglesia es, en este punto, una gran maestra de contemplación. La Misa del domingo, por ejemplo, es el modelo de lo que tenemos que vivir en la oración personal: reunirnos, invocar al Espíritu, elevar el corazón, cantar, dirigir la mirada al Señor, unirnos a Él. Los salmos son escuela de contemplación, porque ponen en nuestros labios y en nuestro corazón, las palabras que Dios mismo ha inspirado para que hablemos con Él. ¿Rezás con los salmos? Jesús, María y José, como todos los grandes orantes, han aprendido a orar con ellos.

21. En realidad, en la contemplación, más que hacer nosotros algo, es la Trinidad la que ilumina su Rostro sobre nosotros. Contemplar es dejarnos mirar por el Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y entrar en su dinamismo de amor. Hacia esa experiencia bienaventurada nos lleva el Espíritu cuando viene en ayuda de nuestra oración pobre, frágil y sedienta.

22. Más adelante les hablaré de otro modo muy evangélico de orar: la oración del Nombre de Jesús u oración del corazón. Ella nos ayuda a cumplir el mandato del Señor: “Hay que orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1). Espero hacerlo pronto.

23. Querido amigo, querida amiga: esta Carta resultó larga. Solo me queda hacerte una invitación: entregate a la aventura de la oración con toda tu alma y corazón, con paciencia y perseverancia. Con mucho amor. Dios te está buscando y te espera en el silencio. Quiere darte todo. Quiere darse a Sí mismo a vos, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el Espíritu el que, en nosotros, ora, suplica y alaba. El Padre escucha el grito del Espíritu de su Hijo en nosotros. Dejate entonces llevar. 

Somos peregrinos de la oración, llenos de santa nostalgia del Divino Rostro. Están siempre en mi plegaria de cada día. Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Vocación

«La Voz de San Justo», domingo 8 de mayo de 2022

«Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.» (Jn 10, 27).

Los católicos celebramos este domingo la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Como cada año, el papa Francisco ha escrito un mensaje: “Llamados a edificar la familia humana”.

“Vocación” es una hermosa palabra. Evoca una experiencia fundamental: alguien sabe nuestro nombre y lo pronuncia, no con fría indiferencia sino con genuino interés por nuestra persona.

Para la fe cristiana es, además, una palabra fuerte. Dejo hablar aquí al papa Francisco: “A Miguel Ángel Buonarroti se le atribuyen estas palabras: «Todo bloque de piedra tiene en su interior una estatua y la tarea del escultor es descubrirla». Si la mirada del artista puede ser así, cuánto más lo será la mirada de Dios […] Su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas.”

La vida no es una casualidad. Ningún ser humano es un capricho del azar. Somos fruto de un amor eterno que nos abre a la vida. Hoy rezamos para que cada ser humano pueda vivir esa experiencia.

Siempre que escucho “Gracias a la vida” de Violeta Parra, me tomo la licencia de imaginar la palabra “vida” con mayúsculas. “Vida” es nombre divino. El del Dios que ama la vida, que solo sabe crear, perdonar y resucitar.

Por eso, dejándome una vez más mirar por Dios (eso es, en definitiva, orar), solo puedo decir:

“Gracias, Señor, porque me has dado tanto. Gracias por mirarme, llamarme y compartir conmigo la hermosa aventura de edificar fraternidad. Gracias por la misión que me regalaste y me ha puesto a caminar. Gracias por el camino que comparto con mis hermanos, por sus senderos de luz y también por sus quebradas oscuras. Vos caminás con nosotros. Amén.”

Jesús es perdón

«La Voz de San Justo», domingo 3 de abril de 2022

“Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».” (Jn 8, 9-11).

La mujer no les interesaba. Tampoco que hubiera cometido adulterio. Seguramente a algunos de ellos, ese “desliz” no les era extraño. La mujer era -¡cuando no!- un objeto de uso, esta vez, para atrapar a Jesús, tan odiado y tan temido. 

Jesús, sin embargo, pasa por encima de todo eso. Ni siquiera le interesa lo que traman contra él. A él no le resulta indiferente esa vida amenazada de desprecio y de muerte. Su aparente frialdad solo busca ese momento final de soledad en el que -como sentenciara magistralmente san Agustín- la misericordia divina mira a los ojos a la miseria humana.

No hay condena. Solo perdón y una vida que puede renacer y relanzarse. Y ese es el motivo por el que Jesús, ayer como hoy, es repudiado con ferocía o sencillamente ninguneado con desdén. Él ha traído al mundo la fuerza más desconcertante y desequilibrante: el perdón de Dios que hace nuevas todas las cosas. Dios perdona al culpable, incluso antes de que se arrepienta- O, mejor: provocando así su arrepentimiento.

La experiencia cristiana siempre es así: encuentro personal con Jesús que, al mismotiempo, es perdón, reconciliación, pacificación. Perdón gratuitamente ofrecido e inmerecidamente recibido. Y, así, nacer de nuevo. 

“Aunque quedemos solos, vos y yo, mirame, Jesús, como miraste a aquella mujer. No te importe nada más. Solo mi persona herida, humillada y amenazada. Y si añadís una palabra de perdón, mejor aún. Un gesto tuyo, una sonrisa y una palabra así nos reconcilian con la vida. Amén.”

Mientras oraba…

«La Voz de San Justo», domingo 13 de marzo de 2022

“Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.” (Lc 9, 28-29).

Con Jesús, del desierto a la montaña. Así podemos describir el camino de Cuaresma en estas primeras semanas. Ambos lugares tienen un fuerte simbolismo. Indican un itinerario espiritual más que geográfico: lo que implica el encuentro y la comunión con el Dios vivo. 

La montaña es el lugar donde Dios se revela. Allí se muestra, da a conocer su Rostro y hace oír su voz. San Juan de la Cruz -el gran místico cristiano – hizo de la “subida al monte Carmelo” el símbolo fundamental para describir el camino del cristiano que se atreve a internarse en el territorio de la oración. Una aventura que intimida, fatiga y fascina. Todo a la vez. Atrae y repele. Como un abismo. 

Y de eso nos habla el evangelio de este domingo. En la montaña, Jesús se muestra en toda la hondura de su misterio. Se transfigura mientras ora. Para eso ha subido a la montaña. El imperativo que los tres discípulos que lo acompañan en la subida del monte Tabor es precisamente el que pone en marcha la aventura de la oración cristiana: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.” (Lc 9, 35).

“Oh Señor, mi Dios: con el orante de la Biblia, yo también te digo: «Mi corazón sabe que dijiste: ‘Busquen mi rostro’. Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.” Esa búsqueda me habita e inquieta. Yo mismo soy esa búsqueda. Abro el Evangelio, escucho la voz de tu Hijo, Jesús, y quedo iluminado por su Luz. Subo a la montaña, busco entrar en tu Silencio… Transfigúrame con Jesús y como Él. Amén”.