Dios sigue creando

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de julio de 2017

“Creador del cielo y de la tierra”. No dejemos todavía este artículo del Credo. Hablar de creación es hablar de don y de gratuidad, decía el domingo pasado. Es lo primero que la fe nos dice de Dios: creó todo de la nada, no por necesidad, sino por pura gratuidad. Eso es lo suyo: dar y darse. Son las primeras palabras que tiene que deletrear un cristiano si quiere aprender el idioma de Dios que hablan las creaturas.

Hoy quisiera seguir tirando de esa cuerda. ¿Qué sale? Algo que la fe subraya con fuerza: cuando hablamos de creación, no estamos pensando en algo que pasó hace millones de años, allá lejos y hace tiempo. Dios no es un relojero que armó el mundo, le dio cuerda y se fue a descansar. La fe dice otra cosa: Dios es creador del cielo y de la tierra, ahora mismo. Sigue creando. Y eso quiere decir que la creación está en marcha hacia su plenitud. Él está creando y sosteniendo ahora mismo mi libertad. Y lo hace, porque ha querido contar con ella para llevar adelante la historia y perfeccionar su creación.

El salmo 104 es un bellísimo poema que canta la obra creadora de Dios. En una de sus estrofas dice así: “Todos esperan de ti que les des su comida a su tiempo: se la das, y ellos la recogen; abres tu mano, y quedan saciados. Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra” (Salmo 104,27-30).

En las confirmaciones, me gusta explicar con este Salmo que la palabra “espíritu” significa, entre otras cosas: “aliento”. Unos chicos muy jovencitos, que son toda una promesa, reciben el Espíritu Santo, el aliento de Dios para que vivan a pleno, bajo el impulso del Espíritu de Cristo resucitado.

Ya el Génesis, en el segundo relato de la creación del hombre, señala que el Dios alfarero modela al hombre con la arcilla de la tierra. Cuando insufla su aliento, el hombre llega a ser un ser viviente. Es un relato lleno de poesía y con una mirada muy sabia: el hombre vive por el espíritu, es decir, en la apertura a Dios y a los demás. Porque eso también quiere decir la palabra “espíritu”: lo que pone de pie al hombre y lo abre a la relación y a la comunión con Dios, con toda la creación y con los demás.

El Salmo 104 invita a experimentar en la oración personal, lo que poéticamente nos evoca con sus imágenes: el rostro del Creador está siempre vuelto sobre el rostro de la tierra. Su aliento nos vivifica. Las manos de este Dios alfarero y jardinero siguen activas, modelando la tierra, haciendo surgir la vida y, con su aliento, vivificando la libertad del hombre. Ni siquiera el rechazo del hombre a ser colaborador en esta obra ha frenado el impulso creador Dios.

Hablar de un Dios creador que sigue dando vida a todo lo que existe es hablar también de su providencia: Dios actúa de manera concreta e inmediata en el mundo, conduciendo la creación a su perfección definitiva. El gran teólogo medieval Santo Tomás de Aquino señala que la sabiduría del Creador es como la fantasía del artista que crea belleza, es decir: armonía, orden, luz. Su obrar providente es como el arte de un músico o de un poeta, por ejemplo, a través del cual se dispone el sonido, el ritmo y las palabras en orden a un fin.

Estamos en las manos de un Dios alfarero y jardinero, músico y poeta. Nadie mejor que Aquel que es su Hijo, Verbo e Imagen – Jesús de Nazaret – para contarnos de Él. ¿Qué nos dice? Que es Padre y que hemos de buscar su Reino por encima de todo. Lo demás, es añadidura.

 

Creador del cielo y de la tierra

«La Voz de San Justo», domingo 2 de julio de 2017

La Biblia se abre con los relatos de la creación, la caída y la promesa (Gn 1-3). Si una mente abierta los escudriña con curiosidad, respetando su carácter poético y religioso, no dejará de percibir su lirismo y la honda sabiduría de su mensaje.

Hablan con los recursos del lenguaje religioso: el símbolo, la metáfora, la reflexión sapiencial, la interpelación personal. Buscan que el lector se comprenda a sí mismo y el sentido de su vida. Miran además con realismo la condición humana, tal como también hoy la experimentamos. No ocultan, por eso, la oscuridad del mal, ni las huellas de Dios.

Es claro que el Génesis no pretende ofrecer información científica. “La Biblia no nos dice cómo es el cielo, sino cómo ir al cielo”, decía Galileo. La creación habla. Su mensaje lo escucha el científico que estudia su estructura interna, pero también el hombre religioso que se eleva desde ella al Creador. Es la experiencia del orante de la Biblia: “Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?” (Salmo 8,4-5).

En la cumbre de la obra de Dios está el hombre libre. Al modelar al hombre del barro de la tierra, Dios pensaba en su Hijo Jesucristo, decía un autor cristiano del siglo III. La libertad humana está modelada a imagen de la libertad de Cristo. Es a Él a quien tenemos que mirar para comprender el designio creador de Dios.

Cuando, por ejemplo, leemos las parábolas de Jesús, su mirada parece desvelar el secreto de todo lo creado. Para Jesús, los lirios del campo, las aves del cielo y una semilla de mostaza hablan de Dios y su reino, no menos que las manos de una mujer que pone levadura en la masa, o un niño que pide pan a su padre.

En las manos de Jesús se nos muestra una creación reconciliada, amiga del hombre y abierta a la fraternidad. A Él acudimos, sobre todo en estos tiempos en que nos apremian preguntas como las que formulaba el Papa Francisco: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?… ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra?” (Laudato Si 160).

La libertad es la obra maestra de la fantasía creadora de Dios. Ha sido también su apuesta más arriesgada. El Creador ha querido al hombre como hijo, amigo y compañero en el cuidado de este mundo. Por eso, cuando su libertad ha quedado herida por el pecado, ha salido a rescatarla con la cruz de Cristo.

Estamos fatigosamente aprendiendo a respetar nuestra “casa común”. La tierra tiene leyes que orientan la acción. Pero también ese microcosmos que es el hombre. Ni con él ni con la tierra podemos hacer lo que se nos antoja: usar, consumir y descartar. Somos libres, pero con una libertad responsable, que es siempre don y tarea: el hombre es libre si aprende a amar hasta el don sincero de sí. La libertad nos pone junto a los otros: a Dios, a los demás y a la “hermana madre tierra” como decía Francisco de Asís.

Ese es el sentido último de la creación: la vida es don del Creador, que ha de ser vivido también en la gratuidad del don. La fe en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra lo confiesa con admiración y alegría.

Un Padre todopoderoso

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de junio de 2017

¿Un Dios Padre todopoderoso? ¿En serio? Un Dios así ¿no es una proyección de nuestros deseos infantiles? ¿No tendríamos que matar a ese Dios “omnipotente” y vivir sin ilusiones y falsos consuelos? ¿No es precisamente un signo de la madurez del hombre moderno haberse liberado de semejante yugo?

Tenemos que ser honestos. Muchas veces, el modo de vivir o expresar nuestra fe ha podido reflejar algo de esa dura crítica a la religión. Hay formas de religiosidad que anulan la personalidad, favorecen el infantilismo y nos impiden vivir a fondo la vida.

Pero ¿es esa la genuina experiencia cristiana que transmite el primer artículo del Credo?

Aquí también hay que ser honestos. Ante todo, reconociendo que la más dura crítica a toda falsa religiosidad la encontramos en las páginas de la Biblia. La prohibición de hacerse imágenes de Dios y no tomar su santo Nombre en vano ¿no busca conjurar el riesgo siempre acechante de manipular a Dios, subordinándolo a nuestros intereses?

Los profetas del antiguo testamento sabían bien qué fácil resulta transformar la religión en un culto idolátrico: en vez de dejarse sorprender por el Dios vivo, adorar un ídolo hecho a imagen y semejanza de nuestros pequeños intereses. O de hacer de Dios, su ley y su palabra la justificación del dominio despótico de unos sobre otros. Los profetas no se cansarán de denunciar semejantes abusos religiosos: Dios no es así; Él está siempre del lado del pobre, del que es explotado y vilipendiado; Dios no es como lo imaginamos.

Sin embargo, el mayor crítico de toda forma de religiosidad deshumanizante es el propio Jesús de Nazaret. Antes que, con palabras, es su vida misma la que habla. Los evangelios nos lo presentan como un hombre pleno. Para nada, su comunión con el Padre ha hecho de él una persona apocada, refugiada en sus deseos infantiles o alguien que va detrás de falsas ilusiones. Por el contrario, la cercanía inaudita que tiene con Dios, su Padre, ha activado en él todas las potencialidades de su humanidad.

Deslumbra por su exquisita libertad, la riqueza de su mundo interior, su capacidad de ver la realidad, su sensatez y su mansedumbre. Pero, sobre todo, su inigualable capacidad de amistad, cercanía y comprensión de los demás, especialmente de los más heridos y vulnerables. Entregará la vida en plena posesión de sí mismo, en un acto libre, lúcido y sin victimizarse a sí mismo, sino disculpando y perdonando a quienes lo matan. Así, el perdón, con toda su fuerza transformadora, ha entrado en la historia. ¿Quién lo hubiera imaginado?

Muchos de sus discípulos, hombres y mujeres de todos los tiempos y pelajes, conjugarán en sus vidas esa misma riqueza vital. Jesús ha dejado huella. Ha logrado comunicar su Espíritu.

“El que me ha visto, ha visto al Padre”, declara Jesús (Jn 14,9). Él es el Hijo único hecho hombre. Es el Verbo encarnado. Es a esa experiencia fundante a la que tenemos que mirar para comprender qué es lo que confesamos cuando profesamos nuestra fe en un Dios Padre todopoderoso. Jesús es el evangelio que nos muestra quién y cómo es Dios, qué significa que lo reconozcamos cómo Padre, y cuál es la verdadera naturaleza de ese poder divino.

Jesús nos ha mostrado que Dios se conmueve por todo hombre que sufre. Ese es su poder: lo ha llevado a hacerse compañero de camino y a dejarse crucificar con todos los crucificados de la historia. Así, con su amor, le ha puesto definitivamente un límite al mal.

Claro que Dios es todopoderoso. ¿Podríamos entregarle la vida a un Dios que no lo fuera? Pero no es un poder que abruma. No anula la libertad. La hace posible y la estimula. Pone en crisis toda deformación de la paternidad. Es su verdadera medida. Jesús, con su cercanía a los pobres y heridos de la vida, nos mostró que Dios tiene con ellos su corazón.

¿Queremos conocer en qué consiste la omnipotencia divina? La filosofía es un buen camino. Pero hay uno mejor: las bienaventuranzas. Ese es el camino de Jesús.

Nosotros, sin el domingo, no podemos vivir

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de junio de 2017

Interrumpo las meditaciones sobre el Credo, porque este domingo es Corpus Christi. Quisiera meditar sobre la Eucaristía. Más precisamente, sobre la Eucaristía dominical.

Por eso, he titulado esta columna: “Nosotros, sin el domingo, no podemos vivir”.

Alguno habrá reconocido esta famosa frase. Pertenece a unos cristianos africanos del siglo IV. Arreciaba la última gran persecución, y el estado había prohibido el culto cristiano. A pesar de esto, la comunidad de Abitinia (actual Túnez) lo hizo igual. Sorprendidos por la autoridad, esta fue su respuesta: “Nosotros no podemos vivir sin el domingo”. Fueron martirizados.

Nosotros, católicos del siglo XXI, ¿podríamos hacer la misma afirmación? No solo como una frase bonita, sino como expresión de una convicción. Es decir, de una decisión a conciencia, libre y arraigada: allí donde decidimos qué queremos ser realmente. Porque allí radica la fe cristiana. No en el mero sentimentalismo o en la fugacidad de las emociones.

Algunos sacerdotes me han comentado con cierta desazón, que algunos católicos prefieren ir a Misa el sábado por la tarde, para tener el domingo “más libre”. Seamos claros: es lícito ir a Misa el sábado por la tarde y disfrutar del descanso dominical. Pero… esto ¿no nos hace ruido? ¿No forma parte de la esencia misma del domingo la celebración de la Eucaristía? ¿No debería tener prioridad en nuestra organización de las actividades del domingo?

¿Por qué vamos a la Eucaristía dominical? ¿Qué razones y motivos tenemos para celebrarla?

La Pascua es el centro del año cristiano, porque es el centro de nuestra fe. La Misa del domingo es la Pascua semanal. Se es cristiano – decía con acierto Benedicto XVI – por un encuentro con un acontecimiento y con una persona. La persona es la de Cristo. El acontecimiento es su pascua. Ese encuentro cambia la vida, y le da a la existencia su orientación decisiva.

Celebramos la Misa porque el Señor nos lo mandó: “Hagan esto en memoria mía”. Y lo hacemos, esperando su venida gloriosa, al fin de los tiempos. La Eucaristía es signo de esa esperanza que nos mantiene en camino.

El gesto culminante de la Cena del Señor es la comunión con su Cuerpo y con su Sangre. Nos hacemos una sola cosa con Él. Nos dejamos asimilar por Él. Comulgamos con Él, con sus sentimientos y con su opción más honda: entregar la vida para que llegue el Reino de Dios. ¡Cómo sentimos que algo nos falta cuando, por alguna razón de peso, no podemos acercarnos a comulgar!

El motivo y la razón últimos para celebrar la Eucaristía no es otro que el mismo Cristo. Escuchar su palabra. Ser alcanzados por su Espíritu. Reconocerlo a Él como Señor y Salvador. Tener en el corazón su mismo deseo: que el Reino de Dios venga a nuestro mundo y lo transforme.

Claro: lo que celebramos en la Misa – la entrega de Cristo por amor – ha de incidir en lo cotidiano de nuestra existencia. Así en la vida como en la Eucaristía. Tenemos que tener “coherencia eucarística”: seguir e imitar a Cristo en el servicio, el amor desinteresado y la entrega de nuestra propia vida.

No vamos a la Misa porque resulta divertida. Diversión o aburrimiento no son categorías para hablar de la Eucaristía de Jesús. Resultan demasiado superficiales ante un misterio tan hondo: el sacrificio pascual de Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y nos da la paz.

No podemos vivir sin la Eucaristía porque no podemos vivir sencillamente sin Jesús y su Evangelio. La pregunta fundamental entonces no es si vamos o no a Misa el domingo. La pregunta fundamental es por Cristo. Si he tenido una experiencia con Cristo vivo, un encuentro con Él. Esta es la pregunta de fondo.

Realmente, no podemos vivir sin el domingo, sin la Eucaristía. Sin participar con fe viva en ella, no podremos sobrevivir como discípulos de Jesús.

La Eucaristía nos abre a la comunión con Dios y con los demás, nos ensancha el horizonte y nos salva de la soledad. Es, por eso, un anticipo del cielo.

Ver «Creo en un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo» en YouTube

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de mayo de 2017, Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Sabe de alegrías profundas, pero también de dolor. Goza con los pobres que se descubren amados por Dios. Se conmueve con la mujer viuda que lleva a enterrar a su hijo único. Y llora ante la tumba del amigo muerto, al que llamará nuevamente a la vida.

Así es Jesús. Esa es su hondura, que tanto atrae y fascina. Así es el Dios real al que Él llama: “Abba” (mi Papá) y que Él ha traído al mundo, especialmente como esperanza para los pobres y pecadores. Y enseña a invocarlo así, como queriendo – diríamos hoy – socializar esa experiencia suya, única e intransferible, que no puede dejar de compartir. ¿No es precisamente “Emanuel”, Dios con nosotros? Ese es su Evangelio: la buena noticia que no puede callar, y que llegará a ser especialmente elocuente cuando entregue su vida en la cruz.

En realidad, Jesús abreva en la experiencia de fe de su pueblo, tal como la relatan las Escrituras de Israel. Cuando la Biblia tiene que nombrar a Dios, muchas veces lo hace, recurriendo a sus amigos: el Dios de Israel es también el Dios de Abrahám, de Moisés, de David y de tantos otros, hombres y mujeres de los que se ha hecho compañero de camino.

Dios manifiesta una infinita capacidad de amistad. Los salmos cantan su inquebrantable fidelidad y su voluntad de alianza con los hombres. Ya lo decíamos el domingo pasado, recordando la pregunta reveladora con que Dios busca a su amigo, a la hora de la brisa de la tarde, en el Paraíso: “Adán, ¿dónde estás?”. Esa pregunta late en el corazón de Dios, y se deja sentir ante cada hombre y mujer que pisa esta historia. Mucho más, si ese hombre y esa mujer experimentan en su vida la acometida del sufrimiento, la desilusión o la desesperanza.

Cada uno de los protagonistas de las historias bíblicas ha experimentado esa búsqueda del Dios vivo. Han sentido también otras dos frases que resumen toda la experiencia de fe del antiguo y del nuevo testamento: “No tengas miedo…Yo estoy contigo”.

Esta última frase es el centro mismo del salmo 23, tal vez el más rezado de todo el Salterio: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo, tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 23, 4).

Cuando la fe cristiana confiesa que Dios es uno solo en tres Personas – Padre, Hijo y Espíritu Santo – está traduciendo en esa fórmula, tan breve como sustanciosa y sagrada, esa experiencia incomparable, tal como ha llegado a su punto culminante en la persona de Jesús, el Hijo amado.

Es lo que relatan los evangelios y todos los escritos del Nuevo Testamento. Pablo, por ejemplo, lo dirá de manera insuperable: “Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley, para redimir a los que estaban sometidos a la ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abba!, es decir, ¡Padre!” (Gal 4,4-6).

Cuando un discípulo de Jesús tiene que ponerle nombre a su fe no puede sino contar una experiencia – la suya y la de sus hermanos –: la de haber sido alcanzado en la vida por el Dios vivo que, en Jesús se ha mostrado como Padre y que lo colma con la fuerza de su Espíritu.

“Ves la Trinidad si ves el amor”, escribía San Agustín. Un Dios que es uno, aunque no con la unidad que mortifica la vida, sino con la comunión de tres personas que son en la misma medida en que se entregan las unas a las otras. Dios es amor, había escrito San Juan.

Hemos llegado a saber de dónde saca Dios esa increíble capacidad de relación. No de la carencia o la necesidad autorreferencial, sino de la plenitud de vida – su vida trinitaria –  que se desea compartir.

Creo

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“La Voz de San Justo”, domingo 21 de mayo de 2017

Entramos ahora al contenido del Credo. Y lo hacemos enfocando la palabra clave: “creo” (en latín: “credo”).

Se repite tres veces, marcando así el ritmo trinitario de la profesión de fe cristiana: “Creo en Dios, Padre todopoderoso…Creo en Jesucristo, su único Hijo…Creo en el Espíritu Santo”.

Podríamos añadir que, al concluir, aparece una cuarta vez, aunque ahora con otra forma: “Amén”. Volveremos en su momento sobre esta palabra inmensa.

¿Qué queremos decir con la palabra “creo”? Preguntémonos no solo por el significado, sino por la experiencia humana que expresan y comunican estas pocas letras que, no lo olvidemos, conjugan un verbo en primero persona: “soy yo, alguien único e irreemplazable, el que está diciendo ‘creo’, poniendo en esa palabra toda mi vida”. De eso trata la fe: al decir “creo” me estoy definiendo a mí mismo. Estoy expresando cómo estoy parado en la vida.

Inspirándose en la enseñanza del gran San Agustín, la tradición teológica cristiana ha expresado en una fórmula breve este contenido vital de la fe. Lo decimos en latín y después lo explicamos: “Credere Deum. Credere Deo. Credere in Deum”.

“Credere Deum”: creer que Dios existe, que es real y que realmente está presente en mi vida.

“Credere Deo”: creerle a Dios que me habla y no me puede engañar; un Dios en cuya palabra podemos confiar, porque Él es fiable.

Finalmente, “credere in Deum”: creer en Él poniéndome en camino, con todo lo que soy y tengo, precisamente en dirección hacia Él; es decir, entregándome a Él por entero.

Hay muchas situaciones de la vida en las que vivimos esta forma de confianza. Son, tal vez, las más hondas experiencias humanas: “creo en lo que me decís, porque te creo a vos, me fío de vos”. Solo que ninguna realidad humana (persona, idea o situación) puede reclamar esa entrega total de la vida como solo lo puede hacer Dios.

En realidad, cuando digo “creo en Dios”, estoy expresando una respuesta. Lo primero en la experiencia cristiana es que Dios me ha hablado. También para esto tenemos una hermosa palabra: “revelación”. Dios corre el velo que cubre su misterio y se da a conocer al hombre. Dios se expone a mi libertad y, por eso, corre el riesgo de no ser oído o, incluso, rechazado. Como en la amistad, u otras experiencias similares.

Para la tradición cristiana, las Sagradas Escrituras narran la historia de un pueblo cuya experiencia determinante ha sido precisamente esa: hemos escuchado la voz de Dios, porque Él ha entrado en nuestra vida. Para los cristianos, esta intervención definitiva de Dios es Jesús de Nazaret, su persona, su palabra y gestos, su pasión, muerte y resurrección.

Reconocerlo como Hijo de Dios, Mesías y Salvador – creer en Él – es don de Dios que se adelanta, toca nuestro corazón y, con la iluminación interior del Espíritu Santo, nos permite decir: “Sí, creo en Jesús”.

La fe es don gratuito de Dios, pero también respuesta consciente y libre del ser humano. Es más: al decir “creo en Dios” alcanzo mi más plena realización como persona.

La fe pone al hombre en camino. Es un continuo desafío de buscar, de interrogarse por Dios y su presencia en la vida. La fe genuina no produce hombres y mujeres pasivos, conformistas ni temerosos.

Por el contrario, nos hace inquietos para vivir a fondo la vida y, así, dejarnos alcanzar por todas las voces de Dios que siguen llegando, por ejemplo, desde el sufrimiento humano.

Creer en Dios es caminar.

El Credo apostólico

«La Voz de San Justo», domingo 14 de marzo de 2017

En la Misa dominical, después de la proclamación del evangelio y la homilía, la comunidad reunida recita el Credo. En Argentina usamos el llamado “Credo de los Apóstoles”.

Existe también otra versión prevista por la liturgia: es el Credo niceno constantinopolitano, por los dos concilios del siglo IV que le dieron origen. Mis comentarios, sin embargo, se centrarán en el “Credo apostólico”. Antes de entrar en su contenido, algunos datos de interés que pueden ayudarnos a comprender su significado.

Según una antigua tradición, los doce apóstoles, antes de partir para anunciar el Evangelio, fueron diciendo en voz alta los doce artículos que componen este Credo. Se trata de una leyenda. Sin embargo, los relatos legendarios también dicen algunas verdades. Y aquí hay una que merece ser destacada: la fe de los cristianos es la fe de los apóstoles contenida en las Sagradas Escrituras.

Más allá de la leyenda: si miramos bien el Credo, cada una de sus frases está tomada del Nuevo Testamento. Está tejido de citas bíblicas. Y, de esta manera, recoge la predicación apostólica. Y son citas bíblicas que vuelven a narrar, de forma breve y concisa, la historia de la salvación centrada en la persona de Jesucristo y la salvación que él ha conseguido a los hombres.

En realidad, los historiadores nos dicen que el texto del Credo ha nacido en el marco tan sugestivo de la liturgia bautismal de la primitiva Iglesia.

En la noche de Pascua, los catecúmenos se acercaban al obispo para ser bautizados. El obispo los interrogaba tres veces: “Crees en Dios Padre…Sí, creo” “Crees en Jesucristo, su Hijo que murió y resucitó por nosotros…Sí, creo” “Crees en el Espíritu Santo…Sí, creo”. Y, por tres veces, el catecúmeno era sumergido en la fuente bautismal. Una sola fe confesada con una fórmula trinitaria, según el mandato mismo de Cristo.

Así, cada domingo, reunidos para celebrar la Eucaristía que nos dejó Jesús, sus discípulos confesamos la fe relatando la historia de la salvación como obra del Padre que nos ha enviado a su Hijo como Salvador y que nos comunica el Espíritu Santo que lo hace presente en el hoy de nuestra vida.

La fe cristiana es así la respuesta que damos a lo que Dios ha obrado por nosotros. Una respuesta que, como veremos, nos involucra personalmente en todas las dimensiones de nuestra humanidad: mente, corazón, libertad y actitudes.

Al Credo se lo llama también “Símbolo”. La palabra proviene del griego, y significa: reunir las partes de un todo. Remite a una costumbre antigua: cuando dos personas sellaban un trato solían partir en dos partes una pieza de cerámica, quedándose cada uno con un pedazo. Al juntarlos ambos se reconocían como partes de una alianza.

De ahí que los primeros cristianos le dieran ese nombre a la profesión de fe bautismal: al pronunciarla reconocían ser parte de una alianza que Dios mismo había hecho con ellos, pero también era la expresión de visible de la unidad entre todos los bautizados.

Los apóstoles anunciaron a Jesucristo, poniendo en marcha ese proceso que prosigue todavía, de transmisión del Evangelio. Es en esa predicación viva que nosotros somos alcanzados por Cristo y nos hacemos sus discípulos. Así se forma la Iglesia: por la predicación que engendra la fe. Es más, eso es precisamente la Iglesia de Jesucristo: la comunidad que recibe, celebra y transmite la fe.

Al ir profundizando cada uno de sus artículos espero que, los que profesamos la misma fe católica, podamos reconocernos mejor como discípulos de Jesucristo. Espero también que, quienes no comparten nuestra forma de vida, puedan apreciar mejor en qué creemos los cristianos.

Un test de humanidad

«La Voz de San Justo», domingo 7 de mayo de 2017

Alguna vez leí que el gran director de cine Cecil B. de Mille, para conocer la calidad de un artista, solo pedía que le dijera en voz alta estas dos frases: “te amo” y “creo en Dios”.

Se trata de dos frases que reflejan dos experiencias humanas fundamentales. Distintas. Sí. Pero que también tienen una profunda semejanza.

En definitiva, cuando alguien expresa su amor está entregándose a otro, no a ciegas, pero sí con una confianza que no se basa primariamente en un razonamiento, sino en la iluminación que surge del amor.

La fe en Dios tiene una dinámica similar, al menos en la tradición judeo cristiana. Es mucho más que aceptar como verdaderas algunas afirmaciones. Es confiarse por entero a un Dios que se ha mostrado a sí mismo, invitando al hombre a un diálogo y a un encuentro.

Amor y fe, además, suponen que esa entrega de sí sea expresión – la más alta posible – de la libertad. Solo se puede amar a otro como empeño de la propia libertad. Solo se puede decir “amén” a Dios como decisión libre. Nadie puede coaccionar a otro a creer, como tampoco a amar.

En definitiva: nadie puede decir lealmente “te amo” o “creo en Dios” quedándose como fuera de lo que dice. Si lo hace así miente con frialdad. Estas frases, solo resultan convincentes cuando implicamos en ellas toda nuestra persona – todo lo que somos, sentimos y soñamos – al pronunciarlas. Al decirlas nos decimos a nosotros mismos.

A partir de este domingo, quisiera aprovechar este espacio para hacer algunas reflexiones sobre el Credo que los cristianos rezamos cada domingo en la Misa. Como hice ya con el Padre nuestro, trataré de repasar los artículos del Credo, para tratar de explicar en qué creemos los cristianos, mostrando cómo la fe ilumina aspectos fundamentales de nuestra propia condición humana.

Entre tanto, también cada uno de nosotros podría ensayar esas dos frases, sencillas pero fundamentales, con que iniciaba estas líneas: “creo en Dios” y “te amo”.

Seguramente no nos abrirán las puertas de la fama. Lo que sí harán es ayudarnos a testear y comprender un poco más la hondura humana que le estamos dando a nuestra vida.

Son un verdadero test de humanidad.

Vivir la resurrección

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«La Voz de San Justo», domingo 23 de abril de 2017

Las imágenes de la muerte de Emanuel Balbo en el Kempes son de terror. Lo que más me impactó fue ver gente riéndose. Sí: mientras transcurría la tragedia, algunos reían.

Emanuel murió salvajemente, mientras los cristianos celebrábamos la Pascua. Y su muerte se suma a una lista de horror que parece no terminar.

Me ha venido a la memoria, un relato de los sobrevivientes de los campos de concentración que describe crudamente el ahorcamiento de un niño de 14 años ante la mirada de sus compañeros de barraca. El anónimo comentarista anota sin miramientos: mientras Dios callaba, los verdugos reían.

¿Es así? ¿Dios calla mientras los verdugos ríen?

Quedan muchas preguntas así en el corazón, sobre todo de los que intentamos vivir como discípulos de Jesús, en esta Argentina enferma de violencia.

Desde aquí les propongo mirar la resurrección.

La resurrección de Cristo no puede ser reducida a un milagro: algo extraordinario que deja pasmados a quienes creen en ella. Es mucho más.

¿Qué significa?

Para los cristianos, la resurrección es la intervención más fuerte de Dios en la historia humana. Resucitó a Jesús, su Hijo, «por nosotros», para que seamos libres y vivamos con la misma plenitud de vida de Jesús.

Por eso, al resucitar a Jesús, Dios ha confirmado el modo como Jesús encaró la vida. Que su persona, sus gestos, actitudes y palabras han revelado cómo Dios ve las cosas y, sobre todo, lo que sueña para la humanidad.

Jesús hizo de la cercanía y el cuidado del más débil y vulnerable la expresión más alta de los mismos sentimientos de Dios.

Al resucitar a Jesús, el Padre ha pronunciado su sí más claro y fuerte a cada hombre y mujer de este mundo, superando incluso su mismo acto creador. Es una ratificación que cada vida es digna, valiosa y merecedora de un respeto infinito.

Para la fe cristiana, antes que el Papa o los obispos, el más genuino representante de Dios en la tierra es cada ser humano, creado a imagen y semejanza de su Hijo Jesucristo.

Resucitando a Jesús, Dios se ha definido definitivamente para el hombre. Y ha dejado bien clara su intención de fondo para con nosotros: acoger, cuidar, sanar y salvar la vida. Toda vida, especialmente la más vulnerable y herida. Eso se compendia en la palabra más hermosa del diccionario cristiano: resurrección.

Haciendo así, nos obliga también a nosotros, que creemos en Cristo resucitado, a definirnos de la misma manera.

La violencia que terminó con la vida de Emanuel – como arruina la vida de tantos – solo es posible porque otros ven, aprueban y ríen. Como esos chicos – y a veces no tan chicos – que suben a las redes las peleas entre compañeros.

Es ahí donde tenemos que salvar la vida: abriendo los ojos para que vean, los oídos para que escuchen y los labios para que hablen. Que veamos la humanidad herida. Que escuchemos los gritos de auxilio de un hermano. Y que digamos en voz alta que somos seres humanos, no cosas.

No. La risa de los verdugos no tiene la última palabra.

Mientras los inocentes mueren, Dios no calla. Llora, sufre y muere con ellos. Y resucita desde la muerte. Y, haciendo esto, abre los ojos para que veamos las cosas como Él las ve, y obremos como Él obra.

Eso es vivir la resurrección.

El amor es la ley suprema

8db6b4a0-1aa6-46e5-9807-31ecdd46067fEl horroroso asesinato de Micaela García ha conmovido a toda Argentina.

Una muerte que, lamentablemente, no es la primera ni parece ser la última.

La sociedad argentina presenta síntomas de una profunda enfermedad humana. Estos femicidios forman parte de una red de violencia que tiene muchos rostros: diversas formas de bulling, violencia doméstica, abusos sexuales a menores y otras personas vulnerables, intolerancia a los que no piensan igual, legitimación de la violencia con fines políticos, etc.

La discusión parece centrarse en los aspectos penales: endurecer las penas, repensar el régimen de excarcelación, subir o bajar la edad para la imputabilidad, etc.

El aspecto jurídico-penal es insoslayable. Sin embargo, quedarse solamente en él es igualmente peligroso, pues no lleva al fondo del desafío humano y ético que estos síntomas nos presentan.

Apunto solamente un aspecto, a mi criterio, fundamental: estos hechos son sìntomas de que lo que está en crisis es el modo como las personas nos vinculamos unas a otras, especialmente cómo gestionamos los vínculos con los más vulnerables.

O, desde otra perspectiva: cómo estamos transmitiendo a las nuevas generaciones formas genuinas de vivir las relaciones humanas; qué pasa si soy más fuerte física o emocionalmente que otro; o, simplemente he tenido posibilidades que otro no ha tenido. ¿Cómo vivo y gestiono todo eso? ¿Como dominio, ventaja, poder? ¿Queda lugar para la generosidad o la gratuidad en las relaciones humanas, incluso en las económico-laborales? ¿O todo es sobrevivencia del más fuerte y dotado?

Una sociedad desarticulada en sus vínculos humanos fundantes, que imagina que la última realidad es el individuo en solitario y sus derechos, confundidos muchas veces con el imperativo de los deseos, se vuelve a sí misma fuertemente incapaz de ofrecer cuidado a sus miembros más frágiles.

En este contexto, cada uno está librado a su suerte. La soledad aparece como la realidad última y definitiva de la vida: antes de mí, nada; aquí y ahora, nada ni nadie realmente conmigo; después de mí, la nada y el silencio.

Para el humanismo cristiano, confirmado en este punto por una sensata interpretación racional de la condición humana, la relación y el vínculo son constitutivos de la persona. Allí crece y se afianza la libertad que es precisamente, la capacidad de tomar la vida en las propias manos para abrirse a la realidad del otro y donarse en el amor.

La persona es realmente capaz de amar. La ley suprema de todo lo genuinamente humano es el amor.

Ninguna ley, por clara, rígida o exigente que sea, puede suplir o generar por sí misma la experiencia fundante de que la vida nos ha sido regalada para entregarla con la misma lógica del encuentro y del don de sí.

Las sociedades, sus leyes e instituciones, viven de esos valores espirituales que sostienen a las personas.

Se trata de valores humanos pre-políticos. El estado, por ejemplo, no los puede producir. Ningún Parlamento los puede imponer. Esa es, por otra parte, la pretensión de todos los totalitarismos (también los populistas), que tienden a politizar la totalidad de la vida, sofocando con un fanatismo irracional e inhumano a las personas, familias y organizaciones de la sociedad civil.

El moderno estado secular no puede crear verdad ni valores, pero sí debe custodiar la riqueza espiritual y humana de sus ciudadanos en todas sus formas culturales, especialmente aquellas que favorecen la vivencia del otro como un semejante que merece reconocimiento, respeto, escucha atenta y promoción.

Este es un desafío para la entera sociedad argentina.

En esta Semana Santa, contemplando a Cristo que carga con la cruz – la suya y la de todos los crucificados – los cristianos encontramos la razón más honda para vivir la comunión y el servicio como el mejor modo de celebrar la Pascua de Jesús en el hoy que nos ha sido regalado por la Providencia de Dios.