Ignacio de Loyola, discípulo de Jesús

073116_1338_IgnaciodeLo1.jpg

Comparto estos apuntes breves que he tomado para la homilía de esta tarde en la parroquia de Luque que tiene como insigne patrono a San Ignacio de Loyola. 

La figura de Ignacio es inmensa.

Nos sigue iluminando. Nos atrae y conmueve.

Como les decía hace dos años: nuestra comunidad cristiana de Luque tiene que seguir preguntándose qué ha querido decirles el Señor con este patronazgo.

Quisiera destacar cuatro aspectos de su mensaje espiritual que nos pueden ayudar hoy.

En primer lugar, la centralidad de la experiencia vital de Cristo.

  • Un cristiano es alguien que ha tenido un encuentro personal con un Cristo vivo, que habla, que toca los sentimientos del corazón, que compromete y entusiasma.
  • La palabra «experiencia» es enorme: indica que todo el ser de la persona es tocado y trastocado por ese encuentro. 
  • Los Ejercicios Espirituales apuntan en esa dirección: encuentro con Jesús que transforma la vida.
  • Una apelación a la conciencia y a la libertad del ser humano. Jesús quiere discípulos líbres…

En segundo lugar, la oración como un dejarnos mirar por Jesús crucificado y que, de esa mirada, broten preguntas sobre la vida.

  • Esa experiencia pasa por la oración en la que se va a fondo.
  • El protagonismo es del Señor. Nosotros tenemos que disponernos activamente: buscarlo a Él, buscar espacios concretos de tiempo y de lugar para escuchar su Palabra; buscar el silencio que nos desarma.
  • De lo que se trata -esa es la experiencia- es dejarnos mirar por sus ojos mansos, despojados de toda segunda intención, que solo nos dicen que Él nos ama…
  • Si me dejo mirar así por Jesús, solas surgen las preguntas más inquietantes y profundas. Las que valen la pena…

En tercer lugar, la pasión y la cruz del Señor como el lugar evangélico en el que encontrar la confirmación de nuestras opciones de vida.

  • En el corazón de los Ejercicios Espirituales está la meditación sobre la Pasión de Jesús.
  • La Pasión y, sobre todo, la cruz de Cristo es un libro abierto que nos habla y nos lee a nosotros mismos.
  • Un buen ejercicio: tomarnos un tiempo suficiente para leer y meditar alguno de los relatos de la Pasión.
  • Ante la cruz de Cristo caen todas nuestras máscaras, salen a la luz nuestras miserias, pero también allí se confirman todas nuestras opciones según el Evangelio.
  • La cruz de Cristo es el lugar de la libertad: la de Dios Padre, la del Hijo que se entrega, la del Espíritu que abre los corazones; y es el lugar de nuestra propia libertad que elige el camino del Evangelio.

En cuarto lugar, lo que surge del encuentro con Cristo: una vida transformada que nos lleva a la realidad de los hermanos.

  • Esta experiencia de Cristo nos lleva por los mismos caminos que Él anduvo.
  • Cualesquiera que sean las opciones de vida que hagamos, el camino de Jesús nos saca de la comodidad que nos embrutece y nos lleva al encuentro de los hermanos que sufren, de los débiles, de los que esperan la real compasión de Dios.
  • Me detento en esta palabra que es clave: compasión quiere decir mucho más que un vago sentimiento de dolor por el dolor ajeno, sino el desestabilizante dejarse herir por las heridas, los dolores y las rebeldías de los que sufren. Padecer con los hermanos.
  • Entremos, por tanto, en la escuela de la pasión de Jesús que es la escuela del buen Samaritano que se hace suyo (se hace cargo) el dolor del que está herido en el camino.

¡Libertad!, el grito sagrado de un pueblo

Casa histórica

Homilía del obispo Sergio O. Buenanueva, en la catedral de San Francisco, con ocasión de la celebración de Acción de Gracias por el Bicentenario de la Independencia nacional. 

¡Libertad!, es el grito sagrado.

La libertad es un camino siempre abierto y, en buena medida, imposible de mapear previamente. Lo es para cada persona, pero también para los pueblos.

No hay GPS automático para la libertad, solo una brújula hecha de conciencia, sentido de justicia y solidaridad. Señala un norte jamás alcanzado del todo, en una búsqueda que nunca termina.

¿Cuál es ese norte que atrae con fuerza irresistible a nuestra conciencia?

Para algunos es el deseo irrefrenable de libertad, de progreso y de plenitud personales. Para otros, el sentido de la justicia que nos lleva a salir de nosotros mismos y a buscar, por encima de todo, el bien de los demás, especialmente de los menos favorecidos.

Libertad, justicia e igualdad: ¡poderosas fuerzas que habitan, pujantes e indomables, en el corazón de los hombres y que, una y otra vez, emergen en la imprevisible historia de los pueblos!

Para la tradición cristiana, conciencia y libertad están siempre atraídas por la verdad. Ese es su norte: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”, sentencia Jesús (Jn 8,32).

Verdad que, más que un sistema cerrado de ideas, es un Rostro luminoso que ha querido romper el silencio y, vuelto a nosotros, se ha dado a conocer en Cristo, Verbo encarnado. La libertad es fruto de la acción de su Espíritu en el corazón del hombre.

Dios no solo no tiene miedo a la libertad del hombre: Él la ha creado, la ha redimido, la sostiene y la promueve. Es su más fiel garante. No busca esclavos, sino personas conscientes y libres.

La conciencia es ese santuario en el que Dios se transparenta al ser humano para darle libertad. Esta es su dignidad: libre para tomar la vida en sus propias manos y llegar a ser lo que está llamado a ser.

*          *          *

Nos hemos reunido aquí, en esta mañana de invierno, para hacer memoria agradecida, delante de Dios, de la declaración de la independencia nacional, ocurrida hace exactamente doscientos años en una casa de familia de San Miguel de Tucumán.

Con enorme valentía, recogiendo el anhelo de libertad que recorría todo el continente y, sobre todo, mirando el futuro, los padres de la patria firmaron el Acta de la Independencia, como un grito poderoso destinado a ser oído hasta en el último rincón del mundo.

Es cierto: no todas las provincias se hicieron entonces presentes. Tampoco se logró consenso para la forma de gobierno.  Se comenzaba a insinuar entonces una de las tensiones que ha atravesado la historia argentina hasta nuestros días.

Distintas miradas e intereses; diversidad también de sensibilidades, de ideas y de visiones del hombre y la vida en sociedad. También de proyectos de país, no fácilmente armonizables entre sí.

Sin embargo, fue posible la convergencia en lo que, en ese momento, resultó decisivo para el futuro: poner en marcha el camino de una nación libre y soberana.

Fue posible entonces; lo ha de ser también ahora en una Argentina mucho más diversa, plural y polifacética que en aquel momento fundacional. Hoy, más que ayer, conviven en Argentina distintas visiones de nuestra historia, de nuestros conflictos y del modo adecuado para proyectar un futuro común.

Como sociedad viva, también la argentina tiene formidables desafíos. Pensemos en la deuda social de la pobreza y el desequilibrio en el desarrollo de las regiones de nuestra extensa geografía; la superación real y duradera de la impunidad de la corrupción; el logro de una educación pública de calidad para todos o el cuidado del ambiente.

Sin embargo, pienso que, uno de los desafíos de más largo aliento es el de afianzar una convivencia madura entre personas y grupos realmente diversos.

¿Es posible lograr espacios de convivencia sin mortificar la riqueza de la pluralidad, incluso en la tensión constructiva de los debates ciudadanos, sin acallar o eliminar al que piensa distinto?

Digámoslo en positivo: estamos ante la tarea de seguir componiendo un mosaico colorido: el del rostro multifacético de nuestra Argentina, sin dejar de lado ningún matiz. Incluso las sombras tienen su lugar en un buen mosaico.

Démonos ánimo entonces. Puede parecernos una utopía imposible, pero lo hemos hecho, incluso saliendo de noches muy oscuras.

Lo hicimos 37 años después, al promulgar la Constitución Nacional, abriendo un período de progreso, del que, por ejemplo, es testigo nuestra propia ciudad de San Francisco, a punto de celebrar los 130 años de su fundación.

La “pampa gringa” ha sido fruto de esa conjugación maravillosa entre la tierra, el ingenio y la tenacidad humanos, la iniciativa ciudadana y la prudencia política de los gobernantes.

El humanismo cristiano de la tradición católica, como otras corrientes filosóficas, religiosas y culturales, incluso por momentos antagónicas, ha dado también una sustanciosa contribución para ello.

Argentina se abrió al mundo, haciendo fructificar la buena semilla sembrada en Tucumán: “asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”, como reza el Preámbulo de nuestra Constitución.

La joven nación tendió así su mano al otro, al extranjero, sin complejos ni miedos. Se abrió al mundo, y el mundo se abrió a ella. Es bueno recordarlo hoy, que, en otras latitudes, vemos renacer los fantasmas del nacionalismo, un refinado racismo y la xenofobia.

En este contexto, se puso en marcha una verdadera revolución educativa que colocó a la Argentina a la cabeza de América y de todo el mundo. Aún hoy nos beneficiamos de ella, a la vez que nos duele amargamente no atinar a darle nuevo impulso, ante los nuevos desafíos del conocimiento y el desarrollo.

Lo hicimos también hace pocas décadas, saliendo de la noche más oscura de nuestra historia, abrazando con una convicción hasta entonces ausente en la mayoría de los argentinos, los valores del estado de derecho y la democracia republicana, la dignidad de la persona humana, su libertad y sus derechos universales, inviolables e inalienables.

Como sociedad hemos tenido que convertirnos a los valores de la democracia, sacudiendo de nuestro ánimo la pasión auto destructiva del autoritarismo, el desprecio de la ley y la violencia política.

Es cierto que hemos tenido momentos de zozobra, dejándonos llevar por el victimismo y el facilismo. Pero no seamos ingratos con quienes nos han precedido, con sus luchas, ilusiones y esperanzas. Tampoco con nosotros mismos: no carecemos de razones sólidas para trabajar, luchar y amar, dialogar y respetarnos en el disenso.

*          *          *

Como cristiano, quisiera apuntar una de esas razones inspiradoras, todavía vital y potente en el alma de muchos argentinos.

Es el humanismo cristiano, para el cual, la genuina medida de la libertad es la libertad de Cristo.

Quisiera destacar dos aspectos de la libertad de Jesús. En primer lugar, él no entiende su libertad de forma individualista. Sí, de manera exquisitamente personal. Se sabe libre junto a otros, especialmente involucrado con quienes son más débiles, experimentan alguna forma de fragilidad o de limitación. Es libre haciéndose una sola cosa con ellos. En la parábola del Juicio final, lo afirmará solemnemente: “Les aseguro que cada vez que (fueron solidarios) con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

En segundo lugar, su libertad alcanza su más plena realización en el don total y desinteresado de su persona, para que los demás tengan libertad y vida plena.

Estamos en el corazón del Evangelio que habla a quien los escucha a corazón abierto. Aquí hay luz, gracia y fuerza para vivir y luchar por la vida, la justicia y la libertad. Lo aprecia incluso quien no comparte la fe cristiana.

*          *          *

“Al gran pueblo argentino: ¡Salud!”.

Conmueve pensar que hoy, en cada rincón de Argentina, millones de voces se unirán para entonar este himno a nuestra libertad. Pienso, sobre todo, en las voces argentinas de nuestros chicos y jóvenes, especialmente en los más pobres y postergados.

Pienso en aquel abanderadito de los pies descalzos, hijo de los pueblos originarios. Ha suscitado en nosotros sentimientos encontrados: orgullo y vergüenza, coraje y estupor. ¡Ojalá nos ayude a recomponer un profundo sentido de justicia hacia todos los postergados de nuestra Patria!

Soñemos para ellos una libertad tan llena de salud como la de Cristo y la de nuestros mejores hombres y mujeres: joven, vigorosa, pujante, abierta al futuro, escrupulosamente respetuosa de la dignidad de cada ser humano, especialmente si menos favorecido, o mira la vida con mirada distinta de la mía.

Pero también, una libertad generosa, capaz del heroísmo más grande: el de empeñar definitivamente la propia existencia en un proyecto de vida que busque siempre el bien mayor para todos. Una libertad que, en sus expresiones más logradas, se hace servicio y compromiso con la vida más frágil, débil o amenazada.

¡Dios ha bendecido a la Argentina!

¡Dios bendiga con sabiduría y nobles sentimientos de amistad, de justicia y compasión a cada uno de los que formamos el pueblo argentino!

La gloria de Dios es la libertad de sus hijos.

Dios nos quiere libres para amar, servir y vivir.

Al gran pueblo argentino: ¡Salud!

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor 2016

¿Por qué celebramos la Eucaristía?

Seguramente, cada uno de nosotros, escrutando su propia experiencia de discípulo, podrá encontrar varias respuestas.

Podríamos componer con ellas un colorido mosaico que, para nosotros, peregrinos de la vida y de la fe, sería un precioso estímulo para seguir caminando.

Nos hace bien compartir lo que nos «mueve» por dentro, las razones que tenemos para vivir, luchar y esperar.

Y eso es, precisamente, la fe: un motor para la vida, un salto de la soledad a la comunión, una invitación a buscar.

Experiencia personal, pero también comunitaria.

En una cultura con fuertes dosis de superficialidad, evasión y despersonalización, procurar espacios para esta comunión de corazones y libertades es, tal vez, uno de los desafíos de más largo alcance de la Iglesia.

El mismo Jesús «inventó» la Eucaristía como un modo de abrir el futuro, romper la soledad y ampliar las dimensiones de su Cuerpo como lugar de encuentro, de amistad y de vida.

* * *

Vuelvo a la pregunta: ¿por qué los cristianos, incluso en medio de las dificultades y cansancios más grandes, nos reunimos en torno a la mesa del altar?

Caminando la historia, la Iglesia ha podido ir comprendiendo mejor lo que su Señor le mandó hacer aquella noche inquietante de despedida, traición y pasión.

El Concilio Vaticano II nos enseñó que la Iglesia crece en la comprensión de la Palabra no solo por el estudio y la predicación, sino también «por la percepción íntima que (los creyentes) experimentan de las cosas espirituales» (DV 8b).

Démosle voz, entonces, al pueblo cristiano que, por esa percepción interior del amor, conoce el sabor del pan eucarístico.

* * *

Con la luz de la Palabra que acabamos de escuchar, podemos iluminar nuestra propia experiencia eucarística.

«Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido…». Así comienza Pablo su relato.

Evoca la experiencia que ha tenido en una comunidad concreta, que le ha enseñado a celebrar la Eucaristía y a moldear sus sentimientos, sus opciones y su vida desde ella.

Podríamos sintetizarlos: «Así en la vida como en la Eucaristía». Es lo que intenta transmitir a los corintios.

Hacer la memoria del Señor es mucho más que un rito. El rito trata de resguardar el misterio del amor que la Eucaristía hace presente: «Y, así siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva» (1 Co 11,26).

La Eucaristía es la memoria del despojo de Cristo, de su voluntaria impotencia y debilidad que abren el mundo a la potencia del Dios compasivo y misericordioso.

Nos recuerda que estamos desafiados a ir hasta el final en la experiencia de la fe por la que nos ponemos totalmente en las manos de Dios, como Jesús ante su pasión.

Por eso, la Eucaristía le recuerda a la Iglesia que su lugar en la compleja vida de los hombres no es el poder, la estrategia política, el cálculo o la viveza criolla.

Si intenta promover así el Evangelio, traiciona tanto al Evangelio como a la misma política, cuya noble naturaleza pervierte, escandalizando a propios y extraños.

La Eucaristía, memoria de la Pascua del Señor, le recuerda a la comunidad cristiana que su lugar en la historia humana es el del pan y el vino, allí donde obra el Espíritu que sondea los corazones, atrae la libertad e ilumina la conciencia con el único poder que es realmente congruente con la naturaleza de Dios: el amor humilde del Cordero que, inocente, inerme y entregado, dona la Paz al mundo.

* * *

Tenemos que tener muy presente todo esto, ahora que emprendemos el último trecho hacia el XI Congreso Eucarístico de Tucumán, para celebrar el don de la Eucaristía y renovar nuestro compromiso ciudadano con la libertad y el progreso de nuestra Nación.

Reconocemos con humildad que, hoy como hace doscientos años, seguimos aprendiendo a ser creyentes e Iglesia en una Argentina más mestiza, compleja y variopinta que entonces.

Una Argentina que amamos, que nos fascina y nos desafía, tanto como nos pone en crisis y nos anima a despojarnos de formas mundanas de vivir nuestra condición eclesial.

Vamos a Tucumán, no con ánimo triunfalista, sino como peregrinos que quieren adorar, servir y purificarse en la Sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

* * *

El relato de la multiplicación de los panes nos ayuda a comprender otras dos experiencias que la Eucaristía moviliza en el corazón de los creyentes.

Simplemente las enuncio.

Jesús obliga a sus discípulos a involucrarse con el hambre de las multitudes que lo siguen, a hacerse cargo del desierto en que caminan, para transformarlo en lugar de encuentro.

Cualquiera que haya experimentado la llamada a la misión sabe bien que esta exigencia maravillosa se acrecienta con el tiempo, a la vez que aumenta el vértigo del que descubre que tiene que dejarse llevar por Él, especialmente cuando más tentación tiene de encontrar un lugar cómodo y tranquilo.

La Eucaristía nos hace repetir, como los mendigos que viven al día: «Padre, danos hoy nuestro pan cotidiano, estamos aprendiendo a vivir solo de tu Providencia».

Lo segundo que quiero destacar es el contexto de la multiplicación.

Jesús quiere llevarse a los suyos a un lugar tranquilo. «Pero la multitud se dio cuenta y lo siguió. Él los recibió, les habló del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados» (Lc 9, 11).

Sigue, a continuación, el relato de los «cinco panes y los dos pescados» que se multiplican, pasando de las manos de Jesús a las de los discípulos y, por ellas, a la multitud hambrienta.

Queridos hermanos y amigos: la Eucaristía siempre tendrá que ver con el hambre, la fragilidad y la debilidad de las personas, de las familias y de los pueblos.

Dejo la palabra final a un gran doctor de la Iglesia, San Francisco de Sales. Este santo de la misericordia enseña:

…son dos las clases de personas que han de comulgar con frecuencia: las perfectas, porque, estando bien dispuestas, faltarían si no se acercasen al manantial y a la fuente de perfección, y las imperfectas, precisamente para que puedan aspirar a ella; las fuertes, para no enflaquecer, y las débiles, para robustecerse; las enfermas, para sanar, y las que gozan de salud, para no caer enfermas. . . (Introducción a la vida devota XXI)

¿Por qué celebramos la Eucaristía?

Porque somos imperfectos, débiles y necesitamos de Aquel que es médico y medicina.

El mismo que se nos ofrece en el Pan que compartimos y adoramos.

Somos realmente débiles. Necesitamos de su fortaleza.

Así sea.

“Nuestra Señora del Rosario de Fátima” Fiesta patronal diocesana de San Francisco

11063757_884125488318491_5935624941376779460_nCasi a las vísperas de Pentecostés, estamos celebrando nuestra fiesta patronal diocesana en honor a la Virgen del Rosario de Fátima.

Con María nos ponemos a la espera del Espíritu. Con ella suplicamos, como en el Cenáculo, que el Paráclito descienda sobre nosotros, venza nuestros miedos y apocamientos, y nos haga discípulos adultos de Jesús, marcados con el sello de su maravillosa libertad.

Como en las bodas de Caná, María sabe qué necesidad tenemos del buen vino de Jesús que es el Espíritu Santo.

Sin el Espíritu, la comunidad cristiana queda reducida, a lo sumo, a gente simpática con buenas intenciones, a un club de entretenimientos de bajo presupuesto o a una gerencia de servicios más o menos interesantes. O -peor aún- a un grupo de poder. Y, cuando la Iglesia es percibida como un poder que opera con estrategias poco claras, ella misma se vuelve un signo opaco, dejando poco espacio para la alegría del Evangelio.

María sabe de la acción del Espíritu. Ha experimentado lo que es capaz de hacer con nuestra humanidad, cuando logra aquella apertura que Él mismo labra en el corazón del hombre, como la experta mano del orfebre arranca la forma de la belleza a la bruta realidad del metal.

Ella fue cubierta por la sombra del Espíritu Santo que formó, de su carne y de su sangre, la estupenda humanidad de Jesucristo. Resucitado de entre los muertos, Él es la fuente permanente del Espíritu para toda la humanidad.

María es maestra espiritual, porque ha transitado los caminos del Espíritu antes que nadie y cómo nadie, comprometiendo en ello toda su persona: su conciencia, su corazón, sus sentimientos, su cuerpo y su libertad.

Las páginas de la Escritura en que aparece, de la Anunciación a Pentecostés, nos muestran a una verdadera experta en la vida según el Espíritu, en el modo como Éste se va abriendo paso en el corazón complejo del hombre, transformándolo desde dentro, posibilitando una libertad cada vez más plena, haciendo que el corazón de piedra llegue a ser un corazón de carne, como anunció, quizás con una pizca de nostalgia, el profeta.

¡Y cómo anhelamos esa experiencia! ¡Hay tantos corazones endurecidos y enceguecidos, tanto miedo a la libertad! ¡Hay sed de maestros espirituales que nos introduzcan en la ciencia del Espíritu!

En estos tiempos complejos, difíciles y desafiantes, la Iglesia se vuelve a María para aprender de ella la sabiduría espiritual que permite discernir la presencia silenciosa de Dios en los repliegues de la vida humana.

Este es uno de los desafíos pastorales de fondo que, como Iglesia diocesana, nos está interpelando desde la realidad que vivimos. Así lo hemos expresado en nuestro Plan de Pastoral. Hemos identificado también, algunos «pasos de conversión» que sentimos que el mismo Espíritu nos impulsa a dar para responder a este desafío.

Somos parte de una sociedad que vive profundas transformaciones culturales. La fe y la adhesión a la Iglesia no se viven hoy como antaño. Somos más celosos, y con razón, de nuestros espacios de libertad y de la autonomía de los individuos, los grupos y el mismo estado respecto de la Iglesia, sus ritos, normas y orientaciones. Los vínculos entre la fe y las personas, la religión y la sociedad, la Iglesia y el Estado se están redefiniendo profundamente, al punto que muchos moldes conocidos resultan caducos y hasta inoportunos.

Estas transformaciones no son, necesariamente, un problema sino una magnífica oportunidad que nos ofrece la Providencia.

¿Cómo vivir entonces nuestra fe y nuestra condición de discípulos de Jesús y miembros de su Iglesia en semejante contexto? ¿Cómo hacerlo sin complejos ni falsos pudores, sin seguridades artificiales o esquemas defensivos?

Esta inquietud me da vueltas por el corazón. La he sentido particularmente incisiva el pasado fin de semana, acompañando a sesenta y cinco adolescentes y jóvenes de nuestra diócesis, que se reunieron en Las Varillas, convocados por el Equipo de Pastoral Juvenil, para unos días de oración junto al obispo.

Ver sus rostros y sus ojos inquietos, verlos abrir la Biblia, meditar, rezar y también compartir con alegría sus vidas, despierta en el corazón la ansiosa inquietud de ayudarlos a hacerse discípulos de Jesús, secundando al Espíritu que trabaja los corazones para hacer emerger, sin prisa, pero sin pausa, una adhesión consciente y libre a Jesús y a su Evangelio.

Es el desafío de la iniciación cristiana que tiene como meta algo mucho más decisivo que la celebración de un sacramento, sino la transformación de un hombre o una mujer en un discípulo misionero de Cristo.

Por eso, a las vísperas de este Pentecostés del Jubileo de la misericordia, nos volvemos a la más perfecta discípula del Señor, a María, maestra espiritual que, como nadie, sabe que su Hijo puede transformar el agua en el mejor vino y, así, llenar de alegría verdadera el corazón humano.

Para nuestra Iglesia diocesana -sus parroquias, colegios, asociaciones y movimientos- no pedimos ni prestigio social, ni poder político, cultural o económico.

Suplicamos la libertad, la valentía y la sabiduría del Espíritu para llegar a ser espacio de encuentro con el Señor, «casa y escuela» de esperanza para todos, especialmente para los más pobres, frágiles y vulnerables.

Así sea.

¡Cristo vive! – Homilía en la Vigilia Pascual 2016

mujeres-resurreccion

Lo seguían desde Galilea. Esas mujeres sabían, por experiencia directa y personal, el poder de vida y de humanidad que Jesús llevaba consigo y comunicaba con cada gesto y cada palabra.

Ellas, que sabían cuánta deshumanización puede deformar la vida de un ser humano, habían conocido a un hombre realmente bueno, con la bondad que solo puede tener como fuente al Dios de la vida.

El encuentro con él las había sanado. De una de ellas -María Magdalena- había expulsado siete demonios, nos cuenta Lucas casi desde el inicio mismo de su relato (cf. Lc 1-3).

Habían sufrido con él el rechazo, la traición y la injusta condena, llorando su muerte violenta, hasta contemplar cómo lo habían sepultado.

¿Cómo podía ser posible que un hombre así hubiera sido alcanzado por esa vorágine de mentira y violencia? ¿Por qué Dios, a quien Él invocaba como su Padre, no lo había salvado? ¿Dónde está realmente su poder?

Podemos imaginar los sentimientos y las preguntas que se entremezclan en sus corazones.

Los discípulos varones habían huido hacia Galilea. Miedo, confusión y una profunda sensación de fracaso los había invadido. No los juzguemos con severidad. Nosotros también somos así.

Pero están las mujeres. La mujer, normalmente, no huye frente al dolor y la muerte. Sabe tanto de la vida, que es capaz de ir hasta el fondo, dejándose herir en los ojos por la oscuridad de la muerte.

San Juan nos cuenta que precisamente la Magdalena, después que Pedro y el discípulo amado se van del sepulcro, se queda allí, llorando y, con los ojos bañados por sus lágrimas, ella, la enamorada, se asoma al sepulcro (Jn 20, 11).

Es un gesto impresionante. Muy propio del “sexo débil”: mirar la muerte a la cara, esperando lo imposible.

Volvamos ahora al relato de Lucas que comentamos. Antes de esto, cuando apenas despunta el alba, las mujeres van de mañana a honrar, con bálsamos y perfumes, el cuerpo exánime del amado Jesús.

Van a honrar a un muerto, y se encuentran su sepulcro abierto y vacío.

Y allí, en medio del desconcierto y el temor, resuena el anuncio que, en esta noche, también nosotros recibimos: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado…” (Lc 5-6).

*     *     *

Queridos hermanos cristianos:

Nos hemos reunido en vigilia de oración, entrada ya la noche de este sábado de gloria, para escuchar la Palabra de Dios.

Los textos sagrados nos han permitido recorrer la historia de salvación, desde la creación del mundo hasta el éxodo, llegando al anuncio gozoso de la resurrección, que se hace vida para nosotros en el bautismo.

La muerte sigue presente en el mundo, en nuestra propia vida. La muerte de los que amamos, y las muertes de los que aun viviendo gimen bajo el peso de la injusticia, del odio irracional, de la desesperación o de la rabia. También la muerte del que se deja vencer por el demonio de la corrupción o de la violencia.

El sepulcro vacío de Jesús, iluminado por la Palabra de Dios, nos desafía una vez más; nos invita a una fe más honda, consciente, libre y, por eso, más personal.

Nos invita a tener la experiencia del encuentro con Jesús resucitado que se da cuando, soltando todas las riendas con las que pretendemos sujetar y dominar nuestra vida, nos dejamos llevar por la misma confianza con la que Jesús se entregó al Padre, llegando hasta el final de la pasión y la muerte en cruz.

¿Qué clase de cristiano soy? ¿He tenido la experiencia de ser alcanzado por el Resucitado -como San Pablo- en el camino de la vida? ¿Me he animado a confiarme a su Palabra y a la acción interior del Espíritu Santo que me invita a vivir en obediencia y fidelidad al Padre?

*     *     *

Queridos hermanos cristianos: como su obispo, en esta noche santa, permítanme que cumpla la misión para la que he sido consagrado. Déjenme que les anuncie al Viviente, a Jesús resucitado por el poder del Padre.

Permítanme que le diga a cada uno de ustedes:

“Amigo: el amor es más fuerte. Cristo vive y reina. Es Pascua. Ponete de pie, porque así te quiere Dios.

Abrí tu corazón a todo lo que es justo, noble, bueno y bello.

Tendé tu mano a quienes esperan un rostro amigo que les ayude para seguir caminando.

Sí, hermano, el amor es más fuerte.

Hoy volvemos a cantar Aleluya”.

A todos ustedes, queridos amigos y hermanos, mis deseos de una muy feliz Pascua de Resurrección.

Amén.

Viernes Santo 2016

Cristo de la pacienciaEscuchemos nuevamente la profecía: Sí, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande. Así como muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano, así también él asombrará a muchas naciones, y ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán algo que nunca habían oído. (Is 52,13-15)

Sabemos bien a quien se refiere el profeta. A Jesús el Cristo, Mesías paciente y humillado, Cordero inocente llevado al matadero, que carga sobre sí el pecado del mundo.

Él es el “más hermoso de los hombres” como lo proclama el salmista (cf. Sal 44,3), aunque -como afirma el profeta- “estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano” (Is 52,14).

Es la belleza del amor hasta la entrega de la propia vida, porque se tiene la mirada fija, no en sí mismo, en el propio bienestar y realización personal, en las propias emociones vitales, sino en el rostro del hermano, del que está en la estacada, el que tiene la vida amenazada y en riesgo, el que sufre y, tal vez, no encuentra palabras para decirlo.

Ese es la belleza que salva al mundo. La belleza luminosa, sin estridencias ni fulgores superficiales, del amor que cuida y se hace cargo, de la misericordia y de la ternura que nunca es mínima ni insignificante.

En el rostro del Crucificado, nosotros contemplamos la luminosa belleza de Dios que es amor, compasión, fidelidad y misericordia, que se ha dejado herir por las heridas de sus hijos, tanto como las de su creación.

*     *     *

La belleza atrae al ser humano, que no puede vivir sin ella. La belleza hace humana y vivible la vida. Mientras más genuina y diáfana, la belleza saca al hombre de sí, del encierro asfixiante de su egoísmo y le muestra toda la amplitud del mundo. Lo lleva a Dios y a los demás.

Por eso, la belleza del Crucificado sigue atrayendo a las almas, despierta sus anhelos y energías más profundos y, dejándose guiar por su luz, transforma la vida haciéndola manifestación de ese amor crucificado, que es el único ante el que se puede pronunciar el Amén de la fe.

*     *     *

La belleza de Jesús crucificado tiene además otra fuerza misteriosa: despierta en quien la contempla esa fina sensibilidad espiritual que lleva al discípulo de Cristo a buscar a todos los crucificados de la vida.

Este es uno de los frutos que nos permite conocer la verdadera madera del árbol: si la belleza del Dios amor ha tocado tu corazón realmente, tu vida misma queda transfigurada por la misericordia. Como el Buen Samaritano, te hace prójimo de todo el que está en situación de necesidad: el hambriento y sediento, el que está desnudo, preso o enfermo, extraviado o desesperado (cf. Mt 25,31-46).

¿Qué sería de nuestro mundo, de nuestra ciudad, si menguara o se extinguiera esa llama del amor de Cristo que se manifiesta en las obras de misericordia y solo quedara la búsqueda del bienestar personal, la satisfacción del propio interés o el ensimismamiento del que desconfía de todo y de todos?

Eso es precisamente el infierno: la más espantosa soledad, aunque en la vida -como el rico Epulón- se haya poseído de todo.

*     *     *

Del costado abierto del Crucificado abierto por la lanza “brotó sangre y agua” (Jn 19,34).

Es la muerte que derrota la muerte, porque es el amor del Dios hecho hombre que se entrega para expiar el pecado del mundo y, en el instante mismo de expirar, abre las fuentes de la vida para toda la humanidad.

Dejémonos mirar por los ojos del Crucificado, el más hermoso de los hombres.

Que su belleza nos conquiste de nuevo, venciendo la frialdad que entumece nuestro corazón. Y que su amor crucificado abra nuestras manos para llevar su consuelo y su paz a nuestros hermanos.

*     *     *

Hoy rezamos especialmente por las vocaciones sacerdotales para nuestra diócesis.

¿Qué es un sacerdote? Un hombre frágil, pobre y pecador que se ha sentido alcanzado por la mirada de Cristo crucificado, e invitado por él a dejarlo todo, ha abrazado la misión de hacer que en sus pobres palabras resuene el Evangelio de su Señor, y que por sus manos pasen el perdón y el poder del Espíritu que hace que el pan se convierta en el Cuerpo de Cristo.

Cristo crucificado, el Pastor herido, es la única riqueza y recompensa del sacerdote que, a lo largo de su vida, tiene que aprender a confiarse a Cristo en un grado de entrega que solo es posible porque la gracia precede y preside todo, transformando incluso su fragilidad en el instrumento más poderoso del Resucitado.

¿Por qué los jóvenes no están escuchando este llamado? ¿Es miedo, indiferencia, despreocupación? Podría anotar aquí muchas razones valederas. De todos modos, hay algo de misterio indescifrable en todo esto que nos lleva a ponernos de rodillas ante el Señor.

Por eso, hermanos y hermanas, confiémonos a la palabra del Señor que nos ha mandado orar para que el dueño del campo mande trabajadores para la cosecha.

No le faltará a nuestro mundo testigos humildes y valientes de la belleza del amor crucificado de Dios para que, en esta humanidad nuestra sufrida y contradictoria, siga produciéndose el milagro de la fe.

Así sea.

Semana Santa 2016: Misa de la Cena del Señor

última cena

Pocos lugares son tan significativos para los cristianos como el Cenáculo, testigo privilegiado de Jesús: la última cena, sus palabras de despedida, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio; el lavatorio de los pies y el mandato del amor.

Después de la sepultura: la comunidad encerrada por miedo y, allí, sorprendida por el Resucitado que tiene que vencer la incredulidad de los discípulos con el don de su Paz.

El Cenáculo es también el lugar donde comienza a crecer la Iglesia misionera, en torno a María, orante y esperanzada. Allí acontece el don definitivo: el Espíritu que hace nuevas todas las cosas.

Entrar en el Cenáculo es, para el peregrino que sigue yendo a Jerusalén, un sumergirse en los orígenes de su fe.

*     *     *

Como cada jueves santo, subamos también nosotros a la sala superior. Todo está preparado como el Señor lo indicó.

Veamos a Jesús y a los suyos dispuestos para el banquete pascual. Escuchemos sus palabras y sigamos sus gestos sobre el pan y el vino, tan sencillos y solemnes como provocadores y abiertos al futuro.

Veámoslo sujetarse la toalla a la cintura y lavar los pies de los discípulos, ante sus ojos sorprendidos y emocionados. No llegan a comprender el verdadero alcance del gesto. Más tarde lo harán.

Animémonos entonces a preguntarle: “Señor: ¿qué significa todo esto? Nos mandás imitarte y hacer esto en tu memoria. Intuimos que es algo grande y muy bello. Ilustranos vos, Jesús. Danos tu Espíritu que nos comunica tus mismos sentimientos”.

*     *     *

Jesús llega a esa noche con una conciencia muy clara de quién es Él, cuál es la misión que ha recibido y lo que está a punto de ocurrirle en Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas.

Jesús lo sabe y lo asume libremente. Sus largas noches de oración con el Padre le han permitido madurar su decisión de ir hasta el final, ofreciendo el Reino a todos, también a quienes lo rechazan.

Por eso, esa noche, Jesús toma el pan entre las manos, lo parte y lo da, identificándose con él: “Esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes”. Después de cenar hace que la copa pase de mano en mano: “Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía”.

Los gestos de Jesús son proféticos: desbordan esperanza, deseo de vivir y comunicar vida. Son una protesta contra toda resignación frente al poder corrosivo del pecado y del mal.

Saber que la muerte violenta lo está esperando, lejos de retraerlo, radicaliza su entrega. Lo dará todo: se dará a Sí mismo. Será sumo Sacerdote que transfigurará la muerte, haciéndola signo del amor más grande, el que da la vida por los amigos.

Jesús sabe bien a quién se confía: al Padre, amor incondicional que se conmueve por el hijo que se extravía, paciencia que espera el retorno y magnanimidad que hace fiesta al recobrarlo.

 *     *     *

“Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva”, anota San Pablo. Y añade: “Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor” (1Co 11,26-27).

Queridos hermanos cristianos:

La Eucaristía es el memorial del Señor. Actualiza su sacrificio pascual, su entrega de amor, su fidelidad al Padre y su solidaridad con sus hermanos.

Celebrarla será siempre una gracia y un desafío: compartir los sentimientos del Señor hasta hacernos una sola cosa con Él.

En este año jubilar de la misericordia, la Eucaristía ha de ser para nosotros fuente de aquella compasión que se hace cargo de la vida vulnerable y amenazada. Nos pone del lado de los más pobres.

Por eso, participamos indignamente de ella si nuestra vida no es eucarística, si no se expone y se dona para cuidar y defender la vida, para que haya justicia, fraternidad y reconciliación en un mundo demasiado herido por el egoísmo y el odio.

Celebraremos también el XI Congreso Eucarístico Nacional en Tucumán, en el bicentenario de nuestra independencia.

Daremos gracias porque la fe cristiana iluminó a los padres de la Patria para reconocer el derecho de un pueblo joven a ser libre, soberano y dueño de su propio destino.

Tendremos también que purificar la memoria por las veces que no supimos decir no a las diversas formas de violación de la dignidad humana. ¡Cuántas veces han podido con nosotros los demonios del odio, el autoritarismo, la corrupción y el desprecio de la ley!

Pediremos al Señor de la historia que nos ilumine para que la Argentina del siglo XXI sea hogar de paz, en el que se afiance la convivencia ciudadana.

Hoy, la Argentina es mucho más diversa y dinámica que hace doscientos años. Es una riqueza que agradecemos, aunque en ocasiones esa pluralidad nos incomode y nos haga anhelar una imposible uniformidad.

No tengamos miedo al conflicto de ideas o intereses. Temamos más bien la pretensión infantil de querer acallar, humillar y hasta eliminar al que piensa distinto.

Por eso, que seamos un pueblo que cultive, con convicción y determinación, el diálogo, el encuentro y la amistad social.

Que nos abramos al otro, también si tenemos que pedir perdón, arrepentidos por el mal cometido, tanto como si tenemos que ofrecerlo, incluso sin que nos lo pidan.

Que tengamos conciencia viva de que nuestra mayor deuda es con esa inmensa cantidad de argentinos todavía en situación de pobreza.

En medio de esta Argentina fascinante y contradictoria, los cristianos estamos llamados a ser memoria de Jesús y de la fuerza transformadora de su Pascua.

Sabemos que el Reino está creciendo entre nosotros, como levadura en la masa, aunque no tengamos todo claro y, en ocasiones, no terminemos de comprender hacia dónde marchan los caminos de la historia. Sabemos, sí, que la historia está en las manos de Dios, y que Él la está llevando a su plenitud.

El Espíritu nos abre los ojos para que no desdeñemos toda parcela de bondad, de belleza y de verdad por pequeña que sea, esté desteñida o incluso contaminada.

¡Cómo tenemos que cuidarnos de los que se sienten puros y desprecian a los demás! El Padre de Jesús no es así. Para Él nadie es insignificante ni está irremediablemente perdido.

La Eucaristía nació en el Cenáculo y de la pasión de Jesús por la vida plena que el Padre sueña para el mundo.

Que su celebración nos siga animando a vivir y a luchar por la vida en la espera gozosa de la vida eterna.

Amén.

Misa crismal 2016

“La esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia en lugar de empuñar las armas del rigor”.

Son palabras de San Juan XXIII al inaugurar el Concilio Vaticano II. El Jubileo nos está ayudando a comprender el alcance de ese programa trazado por el Papa bueno al Concilio y a la Iglesia.

Estamos volviendo a las Sagradas Escrituras y a la tradición viva de la Iglesia para desentrañar el significado de la palabra “misericordia”, que acerca a la vida la santidad misma de Dios.

Está creciendo así en nosotros una comprensión más honda del Evangelio, de la persona de Cristo y de cómo actúa Dios en la vida.

Una comprensión que, seguramente, desborda lo conceptual. Nuestra vida entera -mente, sentimientos, libertad, amores- está siendo tocada por esta palabra.

*     *     *

En el contexto de esta Misa crismal, permítanme esbozar un solo pensamiento que pueda ayudarnos en este camino.

Es este: nuestra vida ya ha sido alcanzada y marcada por la misericordia y fidelidad del Padre. Ya están ahí, esperando para sorprendernos y colmarnos con la alegría de Jesús.

La pascua del Señor es la puerta santa por la que ha entrado al mundo, definitivamente, la misericordia divina. La celebración del triduo sagrado nos sumerge, cada año, en su luz.

Como cada domingo. Como cada Eucaristía y cada sacramento celebrado con fe viva.

Así, cada uno de nosotros puede repetir con San Pablo: “Fui tratado con misericordia… Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús” (1 Tim 1,13-14).

Déjenme repetirlo una vez más: la misericordia de Dios está ahí, firme y tenaz, suave y silenciosa.

Buscá entonces en los repliegues de tu vida, en las heridas que no cierran; en tus dolores y en tus alegrías más humanas; en lo sorprendente de la vida, no menos que en el fatigoso caminar de cada día.

Sí. También y especialmente en el pecado que es, como ama decir Francisco, lugar privilegiado de encuentro del hombre con Dios.

Solo un consejo para decir tu “Amén” libre a la fidelidad de Dios: buscá con el Evangelio en las manos, rumiando cada palabra e iluminando con ella la carne de tu humanidad.

Y, como María, abierto a la acción del Espíritu.

*     *     *

En breve vamos a bendecir los Óleos y el Santo Crisma. La suavidad y el perfume del aceite expresan, en la noble sencillez del rito sacramental, la acción delicada y permanente de Dios en nuestras vidas, del inicio al final; del nacimiento a la vejez, la enfermedad y la muerte.

La unción del Espíritu nos protege y nos fortalece, nos cura y nos alienta para vivir de su Espíritu.

Es la unción mesiánica de Cristo y nos transfigura para que nuestra libertad viva la pasión por el Reino, por los pobres y por la vida que infundió en la Santa humanidad de Jesús.

¡El Crisma nos hace misioneros! Nos saca fuera y nos expone a la intemperie de los peregrinos de la Verdad y de la Esperanza.

Consagra nuestras pobres manos para que, no obstante, su torpeza, bendigan, perdonen y consagren.

Es también bálsamo que alivia el dolor y atempera el sufrimiento. Es perdón y reconciliación.

¡Ungidos por el Óleo que impregna nuestras vidas con el perfume de la fidelidad de Dios!

La misericordia está ahí, sellando almas y cuerpos.

¿No ha sido esa la experiencia del beato Cura Brochero, cuya canonización en octubre próximo es una caricia de la ternura de Dios a su pueblo? Una alegría que ya desborda el corazón.

*     *     *

Vuelvo a las palabras del Papa Juan: misericordia, no rigor. El Papa bueno ha trazado un programa para la Iglesia.

La misericordia de Dios nos ha mostrado su rostro en Jesucristo. ¿No ha de ser también así el rostro de la Iglesia de Jesús? Y si es así, ¿qué rasgos deberían identificar a la Iglesia que prefiere, ante todo, la medicina de la misericordia al rigor de la condena?

Es la Iglesia la que se siente interpelada a dejarse formatear por la entrañable compasión de Dios.

Aquí, queridos hermanos, se multiplican las preguntas. Es bueno que así sea, y que queden dando vueltas en el corazón, a fin de madurar las respuestas, inspirados y conducidos por el mismo Espíritu.

¿Cómo ha de ser nuestra presencia visible de discípulos en la sociedad si tenemos que dejarnos configurar por la misericordia y mansedumbre de Cristo? ¿Con qué ojos mirar a las personas, situaciones y conflictos en que nos vemos involucrados? ¿Cómo tratar a quienes no comparten con nosotros nuestra mirada? ¿Con qué actitud llevar la Buena Noticia de Jesús al mundo? Si el horizonte y el criterio es la misericordia que se estremece ante el sufrimiento, se hace cargo de la fragilidad y busca rescatar al caído ¿hacia dónde dirigir nuestra mirada, nuestras opciones y nuestras acciones?

Nuestro Plan de Pastoral 2016-2020 expresa el deseo de esta Iglesia diocesana de San Francisco de dejarse guiar en esta dirección por Jesús, el verdadero Pastor y Obispo de nuestras vidas.

Escuchar a todos, también a los más lejanos u hostiles. Tratar de comprender. Dejarse herir por las heridas de los hermanos. Sentir la incomodidad de no tener todas las respuestas y, por eso, dispuestos a caminar y, como en Emaús, a dejarnos iluminar por el Peregrino que sabe desentrañar los secretos de Dios.

Así me atrevo a describir el camino que tenemos como Iglesia diocesana, que siente el llamado a la misión y a la conversión pastoral.

“La Iglesia –ha declarado el Papa Francisco- no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios”.

Nos lo van a recordar los santos Óleos y el Crisma, cuyo perfume y suavidad impregnarán nuestras manos en el mismo instante en que comuniquemos la compasión del Señor a nuestros hermanos.

Amén.

Homilía del Miércoles de Ceniza 2016

PADRE MISERICORDIOSO«Ahora –dice el Señor– vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad, y se arrepiente de tus amenazas.» (Joel 2,12-13).

Cuaresma es tiempo de arrepentimiento, de penitencia y de conversión.

No somos los protagonistas. Es el Señor que, con la acción interior de su Espíritu, está obrando nuestra transformación.

Cuaresma es sinónimo de gracia, de don, de salvación.

El Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo es el origen, el camino y el término del camino cuaresmal.

¿Qué nos toca a nosotros?

En el evangelio, el Señor nos invita a la oración, el ayuno y la limosna. Pero, insiste: «en lo secreto» (cf. Mt 6, 4.6.18), pues el Padre «ve en lo secreto» (ídem).

En Cuaresma hemos de buscar, ante todo, la autenticidad del encuentro personal con el «amor visceral de Dios» que, no obstante, y a pesar de nuestras infidelidades, nos busca, se hace cargo de nosotros y nos colma de amor y de ternura.

Hemos de orar y ayunar más asiduamente para «desgarrar nuestro corazón», al decir del profeta.

El salmista -y nosotros con él- suplicamos a Dios un «corazón puro», un «corazón quebrantado y humillado».

Es decir: un corazón abierto a Dios y a los hermanos, por la renovada experiencia del amor de Cristo.

Es el corazón roto que se duele del propio pecado porque lo percibe con hondura espiritual como una traición al amor infinito y desconcertante de Dios, que se le sigue ofreciendo, y cada vez con mayor fuerza y delicadeza.

Por eso, el arrepentimiento sincero por los pecados, la penitencia interior y la conversión de mente y corazón vienen siempre acompañadas de la alegría del perdón.

El corazón así quebrantado y, a la vez, alegre por el perdón recibido, se abre a los hermanos.

Soy un mendigo que ha sido perdonado y colmado de ternura, ¿cómo voy a permanecer indiferente a los que cargan con el peso de sus vidas?

En este Jubileo, el Santo Padre nos ha invitado a redescubrir las obras de misericordia, como expresión de la compasión de Dios que transforma la orientación fundamental de nuestra vida: nos arranca del egoísmo y nos abre a los demás.

Es el «milagro» de la misericordia divina que nos hace capaces de ser misericordiosos como el Padre.

No enseña Francisco: «Mediante las (obras de misericordia) corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar» (Mensaje de Cuaresma 2016, n 3).

Por eso, a la oración y al ayuno que abren nuestro corazón a la ternura de Dios se le corresponde la limosna como resumen de esa disposición tan cristiana de amar a los más pobres con el mismo amor de Cristo.

Dispongámonos a recibir sobre nuestras cabezas la ceniza. Es el signo, por una parte, de nuestra pequeñez y fragilidad siempre inclinadas al pecado. Pero es el signo también de nuestra apertura a la conversión que el anuncio del Evangelio de la misericordia produce en quien lo escucha con humildad de corazón.

¡No lo olvidemos! El Señor, a través de su Iglesia, nos ofrece el precioso don del sacramento de la Penitencia, para que, en el encuentro humano con el sacerdote, experimentemos el poder de la ternura de Dios que cubre todos nuestros pecados.

¡Abrámonos a la misericordia de Dios, al arrepentimiento y a la conversión, pero también a la mansedumbre y la paciencia!

Acción de gracias por el año pastoral 2015

12166840_959169090814130_989601081_nLa Navidad, año tras año, nos invita a mirar a Jesús y preguntarnos, también una y otra vez, quién es realmente y qué significa para nuestra vida.

El relato evangélico y la fiesta de hoy -los Santos Inocentes- nos ofrecen una perspectiva muy concreta para buscar esas respuestas: a Jesús, prófugo con María y José, no se lo puede comprender sin llorar la suerte de los inocentes de todos los tiempos que han sido y son víctimas de las infinitas formas de injusticia de que somos capaces los seres humanos.

Pienso en la figura de Aylan Kurdi, el nene sirio de tres años que parecía dormir en las playas griegas. Un icono que recoge y visibiliza todos los dramas que avergüenzan a nuestro tiempo: de la pobreza, el narco y la trata hasta el aborto, la indiferencia del consumo o la violencia intrafamiliar.

La persona de Jesús, el cordero inocente entregado en manos de los pecadores, resulta incomprensible si no lo vemos en ese horizonte que es el sufrimiento de la humanidad.

Él mismo ha sido víctima inocente del pecado. Pero, por encima de todo, Él es el Resucitado que ha vencido la muerte, el odio y la injusticia.

Es el Salvador.

“Dios es luz, y en Él no hay tinieblas” (1 Jn 1,5), nos dice San Juan, casi como en un contrapunto a tanta oscuridad que parece acompañar el camino de los hombres a lo largo de la historia.

A esa luz nos volvemos, nosotros que, esta tarde, nos hemos reunido para agradecer el intenso año pastoral 2015 que hemos vivido como Iglesia diocesana de San Francisco.

Esa luz ha iluminado nuestra vida. Por ella damos gracias.

A lo largo de este año hemos tratado de comprender un poco más la obra de Dios en nuestra tierra.

“Gracias por tu siembra” ha sido nuestro lema.

El Plan de Pastoral que está ahora madurando busca recoger esa experiencia de luz y de gracia, transformándola en proyecto evangelizador y misionero.

La experiencia cristiana es genuina porque es un encuentro con Jesús que, lejos de instalarnos en un consuelo fácil y adormecedor, nos inquieta, nos desinstala; nos acostumbra a no conformarnos con respuestas fáciles; nos invita a buscar, a preguntar y repreguntar.

¿Qué quieres de nosotros, Señor? ¿Quién eres Tú que así cruzas el camino de nuestra vida poniendo en riesgo todas nuestras seguridades, las que, por eso, se revelan falsas, inauténticas o engañosas, pero también las más sólidas y legítimas?

El Plan de Pastoral recoge y expresa algo muy profundo de nuestra experiencia cristiana: el encuentro con Jesús que ha sido para cada uno de nosotros, como para toda nuestra diócesis, una llamada y una misión.

Me has mirado y me has amado. Desde entonces, Señor, no he podido sino vivir desde esa mirada y desde esa llamada.

No podemos olvidarnos de Jesús, porque lo traicionaríamos a Él y seríamos terriblemente infieles con nosotros mismos.

Pero tampoco podemos olvidarnos de los “santos inocentes” con los que Él se identifica y a los que nos sigue enviando para llevar su paz, su libertad y su vida.

Sabemos que -como Moisés, Pablo y tantos otros- para ellos ha sido pronunciado nuestro nombre y a ellos somos enviados, con el sacramento de nuestra pobre humanidad.

Permítanme, como obispo diocesano, que pueda darle gracias a Dios por su obra de misericordia, de llamada y misión cumplida entre nosotros.

Gracias, Señor, por la vida entregada de tantos evangelizadores enamorados de tu Persona y entregados sin reservas al servicio de sus hermanos.

Gracias porque las inspiraciones de tu Espíritu han encontrado cauce en tantos corazones generosos, que también saben de resistencias y opacidades, pero que, como aquel hijo de la parábola, finalmente llegan al sí de la entrega total.

Gracias, Señor, por la vida de fe, de servicio y de mansedumbre de tantas personas, comunidades y familias que, a veces de modo ostensible, pero las más de las veces en el silencio que solo Tú ves, abren este mundo nuestro a la luz de tu misericordia.

Gracias, Señor, por los que nos han dejado -pienso en Padre Ronald Ferrero-, los que se van sumando y los que vendrán.

Gracias por los que, inspirados por tu Espíritu, se consagran cada día al servicio de sus hermanos en los diversos campos de la vida de nuestra sociedad civil y la función pública.

No nos es indiferente la suerte de la patria que amamos y a la que, movidos por la fe, intentamos servir para que se patria de justicia y fraternidad.

Gracias, Padre bueno, por el misterio de la Iglesia madre que es el hogar de nuestra fe, en la que encontramos, domingo tras domingo, el pan sabroso de tu Palabra, la Eucaristía y la comunión fraterna, el perdón y la reconciliación.

Junto con la acción de gracias, cada uno de nosotros seguramente también tiene en el corazón el peso de sus pecados, yerros y debilidades.

Es bueno que aprendamos a saborear el pan hecho con el llanto por nuestros pecados.

Sin embargo, no nos dejemos ahogar por ellos.

El Jubileo de la misericordia vuelve a recordarnos cómo trata Dios la fragilidad humana, con qué ojos la mira y nos mira.

Dejémonos alcanzar por esa mirada que conocieron, entre otros, la prostituta, Zaqueo y el buen ladrón.

Queridos hermanos y amigos:

Llega el merecido descanso. Nos espera un año 2016 también intenso.

Como María, también nosotrosDSC02004.JPG dispongámonos a repasar en nuestro corazón lo que Dios va haciendo crecer en nuestras vidas.

Pero también como ella, preparémonos a partir sin demora para salir al encuentro de quienes esperan a Jesús y su esperanza.

Nos bendiga la cruz de San Damián, cuyo paso hizo tanto bien por nuestra Iglesia, especialmente entre los jóvenes.

Así sea.