Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
«La Voz de San Justo», domingo 24 de octubre de 2021
“Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.” (Mc 10, 51-52).
Marcos ha escrito el evangelio más breve. Sin embargo, a diferencia de los otros evangelistas, relata la curación de dos ciegos, no de uno como sus colegas. Lo hizo en 8, 22-25: el relato del ciego de Betsaida. Y, este domingo, escuchamos el relato de la curación de Bartimeo, a las afueras de Jericó.
¿Por qué esta insistencia en la ceguera y en su curación? Digámoslo sin rodeos: ciegos son sus discípulos que no terminan de comprender (de ver) quién es Jesús, qué pretende y porqué elige el camino de la humildad para introducir el Reino de Dios en el mundo.
Ciegos somos cada uno de nosotros, pues en nuestro camino discipular tenemos que aprender a dejarnos limpiar la vista por el Médico divino: Jesús que pasa. Un médico cuya terapia dura lo que dura nuestra vida.
Por eso, este domingo, como en cada Eucaristía, hagamos nuestra -y con mayor fervor- la letanía de Bartimeo: “Señor, ten compasión de mí. Que yo pueda ver. Que pueda verte, comprender tu persona y tu mensaje. Amén”.
Como cada domingo, te propongo una oración: “Como Bartimeo, también nosotros te suplicamos que tengas compasión de nuestra vida, toques nuestra alma y nuestro corazón, y nos permitas reconocerte y seguirte por el camino de nuestra vida. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 17 de octubre de 2021
“¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré? «Podemos», le respondieron…” (Mc 10, 38-39).
Santiago y Juan eran entonces como nosotros ahora: sinceros pero inmaduros. Jesús les había conquistado el corazón. Con él habían emprendido el camino del anuncio del Reino. Lo acompañan desde la primera hora, cuando el “Sígueme” del Señor a orillas del lago los hizo dejarlo todo.
Pero son inmaduros. Están -como nosotros- desbalanceados: todavía demasiado ensimismados y centrados sobre ellos mismos. Y, ese desbalance, a ellos como a nosotros, los ciega para ver la realidad. Jesús los irá transformando de a poco. Cambiará su deseo inmoderado de poder y prestigio por un amor humilde, entregado, generoso. Libre.
Hoy los provoca: ¿Beberán conmigo el cáliz? No otro, sino el cáliz de Jesús. Y el amor y la generosidad toman la delantera, pasando por arriba del deseo de poder: ¡Podemos!, responden.
Con nosotros, Jesús aplica la misma pedagogía de amor: nos conquista el corazón, comparte con nosotros la vida (eso significa, entre otras cosas: “beber del mismo cáliz”) y, poco a poco, nos va cambiando por dentro.
La meta es ser como él: servidores que entregan la vida. “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).
El Evangelio, escuchado con fe, una vez más, inspira nuestra plegaria. Recemos así: “También nosotros, Señor Jesús, como Santiago y Juan, tenemos una fe débil e inmadura, demasiado centrada en nosotros. Por eso, te suplicamos que, como a ellos, también a nosotros no dejés de purificarnos con tu Palabra. Que podamos beber tu cáliz, compartir tu destino de servicio hasta la entrega de la vida, para ocupar nuestro lugar en el Reino de Dios. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 10 de octubre de 2021
“Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».” (Mc 10, 21).
Aquel buen hombre se sentía realmente impactado por Jesús. Su vida no solo era recta, se nutría de la Palabra de Dios desde su niñez, como él mismo señala. Había comenzado a sentirse atraído por la predicación de Jesús y, en definitiva, por su misma persona. Lo siente así en su corazón. Es más: el Señor ha despertado inquietudes profundas en su alma.
El terreno está preparado y la buena semilla ha sido sembrada. Está todo dispuesto para que el “Maestro bueno” le descubra un horizonte infinito y lo arroje hacia delante. Jesús lo intuye y, por eso, lo mira con intenso amor. Sin embargo, desemboca en la tristeza. La invitación al seguimiento queda flotando en el aire.
El relato nos indica el porqué de esta tristeza: muchos bienes, una riqueza que le ha robado libertad y frescura a su corazón. Es una saludable advertencia para nosotros. Poca o mucha, la riqueza puede hacernos pobres en humanidad. No son los bienes. Es nuestro corazón frágil.
Queda empero la puerta abierta. Fijando su mirada en los desconcertados discípulos, Jesús sentencia: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible” (Mc 10, 27).
Nos conviene quedar en silencio. Nosotros -cada uno- somos ese hombre (para san Mateo: un joven). Hemos sentido el poder de esa mirada y de esa invitación. Tal vez, también la misma tristeza. Tenemos que abrirnos a las posibilidades de Dios que desbordan nuestra mirada, nuestros límites y estrecheces.
Jesús sabe mirar. Y, en esa mirada, tan humana como divina, está la salvación.
Intentemos que la mirada de Jesús nos alcance. Eso es, en definitiva, la oración. Podemos entonces rezar así: “Señor, no dejés de mirarnos a los ojos, como a aquel hombre al que miraste y amaste, al que también invitaste a tu seguimiento. Solo si tu mirada no nos deja podremos realmente ser tus discípulos. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 3 de octubre de 2021
“Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». […]” (Mc 10, 5-9).
¡Qué bien nos hace escuchar a Jesús! Especialmente, cuando habla de las cosas importantes de la vida. En este caso, del amor humano. Va al hueso. No se deja atrapar por triquiñuelas, por preguntas capciosas ni por detalles que distraen.
Los fariseos le han preguntado si es “lícito al hombre divorciarse de su mujer” (Mc 10, 2). Lo están poniendo a prueba. Sin embargo, son ellos los que, con esa pregunta, revelan una mirada distorsionada: la mujer es una cosa, propiedad del varón. Este puede tenerla, usarla y dejarla.
Jesús vuelve al proyecto original del Creador: varón y mujer son imagen de Dios. Iguales en dignidad, distintos en cuerpo y alma, pero llamados a la comunión, a la reciprocidad. Uno y otro, a través de su libre consentimiento, hacen alianza para toda la vida. Uno y otro pueden ser infieles a ese pacto. Y eso es el adulterio.
El amor humano en el matrimonio expresa, en la visibilidad de un varón y una mujer que libremente se reciben y se aceptan como esposos, la belleza y la fuerza de la alianza que Dios hace con su pueblo. Los esposos están llamados a ser, en medio del mundo, rostro visible de ese amor de alianza.
Hoy como entonces, las preguntas sobre el matrimonio son delicadas, comprometidas y urgentes. La comunidad cristiana no tiene otra respuesta distinta a la de Jesús: ante tantas dificultades, fragilidades y dramas hay que volver a esa potencia de vida que es el proyecto original de Dios: “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mc 10, 7-9).
El evangelio de este domingo termina con aquel hecho simpático de los discípulos que enojan a Jesús porque quieren apartar a los niños que se le acercan. “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos” (Mc 2, 14). les responde Jesús.
Es más que un “hecho simpático”. Otra vez, Jesús va al hueso. Delante de Dios y su proyecto hay que ser como los chicos: abandonar la autosuficiencia y abrirse a la gratuidad. Así hay que vivir las exigencias de la vida, tal como la entiende Jesús: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará” (Mc 8, 35), escuchábamos domingos atrás.
Es por ahí. Solo así podemos vencer la “dureza de corazón” que también llevamos dentro.
Oremos entonces como lo hacen los chicos: “Jesús, Maestro, Amigo y Señor: vence la dureza y ceguera de nuestros corazones con la suavidad de tu Espíritu. Que nos dé la docilidad de los niños para apreciar, en toda su belleza, la vocación al amor que has inscrito en el varón y la mujer, llamados a ser imagen de tu fidelidad. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 26 de septiembre de 2021
“Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».” (Mc 9, 38).
Un tal… que no es de los nuestros. ¡Las cosas que tiene que escuchar Jesús! Ahora, para sus discípulos, el criterio fundamental para la legitimidad de la misión no es la persona del Maestro, sino lo que piensa y siente el grupo.
El evangelio de Marcos no disimula la lentitud, torpeza y ceguera de los discípulos que, hasta el final, no terminan de comprender a Jesús. Ahora, son ellos los que se ponen en el centro.
¿No nos pasa a nosotros lo mismo? ¿No solemos ponernos nosotros, nuestras ideas y sueños en el centro de la misión cristiana? Cristo es la luz, no nosotros. Él es el que cuenta. Él es centro y criterio, camino y meta.
Esto vale para cada uno de nosotros, pero especialmente para la comunidad eclesial, para la misma Iglesia. Jesucristo es el centro, no la Iglesia.
Este domingo, escuchando este evangelio, sería oportuno orar así:
“Señor Jesús, nos has llamado a seguirte y a anunciar el Reino en un tiempo de cambios profundos y de desafíos enormes. Que no nos centremos en nosotros y nuestras ideas. Que siempre anunciemos tu Evangelio al mundo. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 19 de septiembre de 2021
“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.” (Mc 9, 37).
El evangelio de este domingo resalta el contraste entre el Maestro y sus discípulos: Jesús ha resuelto decididamente entregar la vida y hacia ese destino camina; los discípulos discuten quien es el más importante, quién es el primero.
Están en otra. Están en frecuencias distintas. Los discípulos no entienden demasiado qué quiere realmente Jesús. Es más: tienen una fuerte resistencia interior al modo cómo encara su misión. Sin embargo, lo siguen, caminan con él. La atracción de su persona es más fuerte.
Es así también con nosotros, que somos (o intentamos ser) sus discípulos. Jesús, a la vez, atrae, convence y desconcierta al mejor plantado. Como se dice hoy: está siempre desafiándonos para que salgamos de nuestra “zona de confort”.
Jesús anuncia la pasión que le aguarda en Jerusalén y termina identificándose con un niño pequeño. Así está en medio de nosotros. Así está en las manos del Padre. Así tenemos que buscarlo, reconocerlo y seguirlo.
En definitiva, que nos cueste comprender a Jesús y su mensaje no es lo más grave. Es casi lo normal. Lo que hay que dar por sentado. Lo verdaderamente trágico sería, a causa de esa torpeza nuestra, dejar de caminar con él, dejándonos vencer por el desánimo. Hay que caminar, siempre caminar con Él. En ese camino compartido se juega todo.
La experiencia cristiana es la de un Dios que ama la pequeñez y se siente más cómodo entre los humildes, los últimos y los más vulnerables, hasta hacerse uno de ellos. Ese es también el camino de su Iglesia y, en ella, de cada uno de los discípulos.
María cantó la grandeza del Señor “porque ha mirado la pequeñez de su servidora”. Ella nos educa en la escuela del Evangelio.
Inspirados en esta Palabra buena que hoy nos alcanza, te invito a rezar así: “Padre que amas a los pobres y pequeños: que el Espíritu de tu Hijo abra nuestros corazones para recibir tu Reino, con la misma disponibilidad y confianza de los niños. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 5 de septiembre de 2021
«Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Effatá»» (Mc 7, 34)
“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Effatá» que significa «Ábrete». Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua, y comenzó a hablar normalmente” (Mc 7, 34-35).
Este gesto de Jesús que hoy nos cuenta San Marcos ha inspirado el último gesto litúrgico del Bautismo. Se llama precisamente: el “Effatá”. Mientras el ministro toca los oídos y los labios del recién bautizado, dice la fórmula ritual: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permita, muy pronto, escuchar su Palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre”.
Cada vez que nos acercamos con fe sincera a las Escrituras, suplicando escuchar en ellas la Voz de Dios, este rito bautismal cobra todo su significado. Lo mismo, toda vez que, de palabra o de obra, testificamos nuestra condición de discípulos. Este domingo, pidamos la gracia de que el Espíritu actualice el don precioso del Bautismo que nos permite orar y confesar nuestra fe.
¡Ya estamos en septiembre! Es el mes de la Biblia, de la primavera y de la juventud. La lectura orante de las Escrituras, en cualquier momento del año o de nuestra vida, trae la frescura de Dios a nuestra vida. Renueva nuestra juventud y hace florecer la esperanza. Animémonos a dedicar, cada día, un buen tiempo a la “lectura de Dios”, como enseñan los maestros espirituales. “Aprende a conocer el corazón de Dios en la lectura de sus palabras”, escribía san Gregorio Magno a un discípulo suyo. Que sea nuestro lema motivador en este septiembre 2021.
Podemos orar así: “Abre, Señor, nuestros oídos a tu Palabra. Haznos escuchar siempre tu Palabra, para que permanezcamos tus discípulos, atentos a tu Voz de Buen Pastor. Y que nuestros labios siempre canten tu misericordia. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 1º de agosto de 2021
“Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 35).
Digámoslo claramente: Jesús, Palabra e Hijo único del Padre, es ese Pan que Dios le ofrece al mundo para saciar su hambre más profunda: hambre de vida plena, de esperanza, de eternidad.
Cada uno de nosotros está habitado por esa hambre. Buscamos ese Pan. Solo que ninguno de nosotros puede conseguirlo. No se puede comprar.
Jesús nos enseñó a suplicarlo (“Padre, danos el pan de cada día”) y, de esa manera, disponernos para el don. Solo podemos esperar recibirlo como don gratuito de Dios.
Y el Padre lo ha dado. Lo ha entregado al mundo sin condiciones.
Con las imágenes del pan y del comer, el evangelio expresa lo que significa Jesús para nosotros y -a eso apunta el verbo “comer”- lo que implica creer en Él: un proceso vital que supone gustar, asimilar y ser transformados.
Creer entonces es recibir a Cristo y reconocerlo como Señor y Salvador. Esta comida dura toda la vida, porque la fe es un camino que dura tanto como dura nuestra vida.
Acompañémonos unos a otros en esta aventura: sentir hambre de Vida, buscar el Pan de Dios que es Cristo y ser dóciles dejándonos llevar hacia Cristo.
En la oración, personal y comunitaria, comenzamos a saborear el Pan de Dios.
Podemos pues rezar así: “Padre bueno: danos el Pan de cada día. Danos a Jesucristo. Tenemos hambre de vida y de felicidad. Tenemos hambre de Ti. Por eso, con todos nuestros hermanos, te suplicamos: Danos siempre el Pan de cada día que es Cristo, tu Hijo y nuestro Salvador. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 25 de julio de 2021
“¿Dónde compraremos pan para darles de comer? Él decía esto para ponerlo a prueba, pues sabía bien lo que iba a hacer.” (Jn 6, 5-6).
A partir de hoy, y durante los próximos cuatro domingos, leeremos el capítulo seis del Evangelio según San Juan. Preparémonos entonces para un viaje que nos llevará, de la mano del discípulo amado, al centro de su mensaje: Jesús, Hijo y Palabra del Padre es el Pan vivo bajado del cielo para darnos vida eterna.
Comencemos a caminar, dejándonos interpelar por la pregunta del Señor a Felipe. Es una prueba. Para él tanto como para nosotros: ¿Podemos saciar toda el hambre (y todas las hambres) que hay en el mundo? ¿Puede hacerlo la Iglesia? Podemos tener esa arrogante pretensión.
Necesitamos experimentar la desproporción de nuestras fuerzas y recursos, de nuestros esfuerzos y de nuestras mejores intenciones. Jesús no necesita más: un niño (hay que volverse como ellos para entrar en el Reino), cinco panes y dos peces… y nuestra fe que se hace súplica.
Obviamente, la multiplicación de los panes y el discurso del Pan de vida que le sigue no se refieren a quedarnos de brazos cruzados ante el imperativo ético que significa luchar por superar la pobreza en todas sus formas. En el capítulo seis de san Juan, hambre y pan son símbolos que hablan a la fe: Jesús es el pan que Dios multiplica para que los hombres saciemos el hambre más profunda que nos habita: hambre de Dios, de vida y salvación, de perdón y reconciliación, de justicia y fraternidad.
Quien coma de este Pan encontrará en él la fuerza espiritual que es necesaria para acometer las empresas más difíciles y, finalmente, alcanzar la bienaventuranza en el cielo.
Es bueno que la comunidad cristiana, como está ocurriendo en este tiempo arduo, experimente su fragilidad, su insignificancia comparada con los “poderes del mundo”, incluso su achicamiento. Solo así se purifica y dispone para comunicar lo que ella no produce ni puede producir: el don de la salvación que Dios nos regala en Cristo.
Una plegaria para este domingo: “Jesucristo, Pan vivo bajado del cielo, escucha nuestras plegarias. Tú comprendes muy bien la inquietud de nuestro corazón, sobre todo, cuando contemplamos la vastedad de la misión que nos has confiado. Tú, Señor, lo sabes todo. A Ti nos confiamos. Amén.”
“Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo … Y Él se asombraba de su falta de fe.” (Mc 6, 3.6).
Es que Jesús siempre será “motivo de escándalo”. Su persona no deja indiferente. Su mensaje es “buena noticia” que salva. Pero, para llegar a serlo, antes ha de ser espada que hiere el alma y la parte por en medio. Lo hizo con María; también con José, con Pablo y con quien se anima a seguirlo.
Por eso, este domingo, no dejés de concentrar tu mirada en Jesús. Y, con esa actitud interior, atrevete a mirar los espacios de tu corazón que se resisten a entregarse a Él, tus miedos y desconfianzas, tus oscuridades y vacilaciones. Nada de eso es enemigo de la fe, sino incluso, el territorio donde crece con más fuerza.
Tampoco dejés de asombrarte de la fragilidad e inconsistencia de tu propia fe. La inmensa mayoría de los creyentes, si no todos, tenemos una zona de nuestro corazón que resiste a Dios. Vos y yo tenemos necesidad de que Él nos enseñe y guíe, nos cure y nos sostenga. Solo cuando hemos hecho esa experiencia, a la vez de fragilidad y de confianza, comenzamos a caminar como verdaderos discípulos.
Siempre es bueno orar. Es entrar en comunión con el Jesús de todas nuestras preguntas. Te invito, por tanto, a orar así: “Señor Jesús, los ojos de nuestra fe te buscan incesantemente. ¡Danos a conocer tu Rostro de Resucitado! ¡Revelanos la belleza del Dios amor, cuyo Evangelio proclamás con tu persona y tu pascua! Cuando nos amenace la duda o sintamos que tu mensaje nos escandaliza, que la belleza de tu Rostro vuelva a convencernos de tu verdad. Amén.”
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