Fernando, Auschwitz y Brochero

Columna semanal para el programa «Palabras del Reino» en Radio Estación 102.5 de la ciudad de San Francisco.

En realidad, no sabemos muy bien porqué Caín mató a Abel. El texto del Génesis solo nos dice que la ofrenda de este último fue más grata a Dios que la de su hermano mayor.

A partir de ahí, todo parece precipitarse: un potente veneno ha comenzado a realizar su obra deletérea en el corazón de Caín.

“Caín se mostró muy resentido y agachó la cabeza” (Gn 4, 5b), apunta con fineza psicológica el relato bíblico. ¿Es envidia? ¿Miedo? ¿Inseguridad? Posiblemente, un poco de todo esto.

Lo cierto es que, su modo de ver y de percibir a Abel, ha cambiado para siempre.

Ha dejado de verlo como un hermano. Lo percibe como un rival que se interpone entre él y… vaya uno a saber qué deseo o pretensión.

Desdibujada así la condición fraterna de Abel , en algún momento, comienza a crecer en el corazón de Caín la decisión de eliminarlo…

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En estos días, he vuelto a leer este relato bíblico del asesinato de Abel por su hermano Caín (cf. Gn 4, 1-16).

El cruel asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, me ha movido a buscar en la Palabra de Dios alguna forma de luz para tanta irracionalidad, tanta rabia y dolor.

También la conmemoración de la liberación de Auschwitz ha dejado abiertas preguntas angustiosas. La Shoah ha sido llamada: el segundo pecado original de la humanidad. Los nazis calificaban a los judíos y a otras razas que despreciaban como: Untenmenschen (subhumanos, menos que seres humanos). Les quitaban humanidad.

Las preguntas más incisivas que se despiertan, tienen que ver directamente con Dios: ¿Por qué? ¿Cómo ha sido posible? ¿Por qué tanta crueldad? ¿Por qué callaste, Señor? ¿Por qué tu silencio? ¿Dónde estabas cuando los inocentes morían y los verdugos reían?

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Estas preguntas me siguen quemando por dentro. Por eso, con mis ojos busco al Crucificado. Solo me resta quedar en silencio, ante Él, ante su abandono y su grito final.

Buscando así sus manos, sus pies y su costado traspasado, me he topado con otro rostro desfigurado, aunque de una belleza extrañamente atractiva: el de Brochero ancianito, leproso y ciego.

He pasado buen tiempo en su Santuario en Traslasierra, escuchando confesiones de muchos peregrinos. También bendiciendo personas y familias, recibiendo sus confidencias e intuyendo sus ilusiones.

Entremezclado con todo esto: el Rosario de María, la escucha de la Palabra (más incisiva si se hace desde la vida) y el silencio de la oración que culmina en la Eucaristía.

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No me siento de hacer sesudas reflexiones sobre el porqué del mal o sobre cómo podemos prevenir estos horrores. No porque no crea que son importantes, incluso imprescindibles. No es eso.

Hoy siento que debo dirigir mi corazón hacia otro lugar, tan insoslayable como estos: mirando a Jesús y a su servidor llagado Brochero, hoy solo quiero confesar que Dios es amor, es compasión, es humanidad. Es fraternidad.

Y confesarlo con mis labios, pero, sobre todo, con mi vida.

Me siento interpelado a ser, por encima de todo, hermano de todos.

Como Virginia, una jovencita de apenas diecisiete años que se animó a increpar a los asesinos de Fernando e intentó reanimarlo, junto a otros ocasionales cireneos.

No pudo arrancar a Sebastián de la muerte, pero acaso nos arrancó a nosotros de la desesperación.

Virginia y sus compañeros honraron la vida.

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Dios es amor. Ese es su poder. Esa, su verdadera omnipotencia: compasión que se hace cargo del dolor y el sufrimiento del otro.

Dios es amor. Por eso, confesamos nuestra fe en un Dios que es capaz de sufrir y que, de hecho, sufre por las heridas de sus hijos e hijas.

Y, desde ese amor sufrido que le hiere el corazón, ha abierto espacio para un modo distinto de encarar la vida: en el amor que mata toda violencia del corazón sustituyéndola por fraternidad, compasión y cuidado de unos por otros.

Los hermanos Caín y Abel

«La Voz de San Justo», domingo 26 de enero de 2020

“Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos afuera». Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre su hermano y lo mató. Entonces el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?»…” (Gn 4, 8-9). 

El crimen es abominable: el hermano mayor mata al menor. El castigo es también severo: ya no habrá paz ni tranquilidad en la vida de Caín, sino un caminar errático y siempre bajo amenaza. 

Algo inesperado, sin embargo, sorprende al lector: “Caín respondió al Señor: «Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo. Hoy me arrojas lejos del suelo fértil; yo tendré que ocultarme de tu presencia y andar por la tierra errante y vagabundo, y el primero que me salga al paso me matará». «Si es así, le dijo el Señor, el que mate a Caín deberá pagarlo siete veces». Y el Señor puso una marca a Caín, para que, al encontrarse con él, nadie se atreviera a matarlo.” (Gn 4, 13-15).

¿Dios termina protegiendo al asesino? ¿De qué lado está finalmente? ¿Cuál es su juego? El relato nos desafía. No se presta a lecturas simplistas ni unidireccionales. En realidad, tendremos que ponernos a la escucha de toda la revelación bíblica para comprender el por qué último de esta actitud del Creador. 

Las fuentes de la violencia -esa que asoma una y otra vez dejándonos sin aliento- solo se pueden secar si, al miedo, al resentimiento y a la agresividad que mata se los conjura con la fraternidad. Sí: cada uno de nosotros debemos hacernos cargo del otro, porque somos hermanos.  

Eso es el Evangelio de Cristo. Esa es su propuesta: reconocernos hermanos, vivir la cultura del Buen Samaritano…

Llamados a la amistad con Dios

«La Voz de San Justo», domingo 19 de enero de 2020

Un antiguo escritor cristiano escribía que, mientras Dios modelaba del barro de la tierra al primer hombre, tenía la mirada fija en el modelo de su Hijo, Jesucristo. El hombre ha sido creado por Dios a imagen de Cristo.

Retomando el hilo del domingo pasado: miramos a Jesús para comprender quiénes somos y lo que significa vivir la fe.

Si releemos desde esa perspectiva los primeros tres capítulos del Génesis, comprendemos que la fe es, ante todo, una invitación de Dios a la libertad humana. Nuestra vocación más honda es la comunión y la amistad con Dios, siguiendo a Jesús.

La fe es la respuesta de la persona libre que acepta la amistad de Dios. Esa fue la vocación originaria de los primeros padres. Sigue siendo la nuestra. Las de Adán y Eva, más que figuras históricas que nos hablan de un pasado remoto, son un espejo en el que contemplar lo que cada uno de nosotros está llamado a ser. No surgimos por azar. Somos fruto de la sabiduría amorosa de Dios

Los relatos bíblicos nos hablan también de que esa vocación originaria se ha visto oscurecida por una decisión del hombre que ha rechazado la comunión con Dios. De alguna forma, cada uno de nosotros hace suyo, con decisiones libres, ese rechazo. Sin embargo, la llamada de Dios es más fuerte. Sigue presente.

Mirar las figuras emblemáticas de Adán y Eva nos ayuda a comprender que, por la fe que Dios nos regala, podemos hacer nuestra, de una manera nueva y creativa, esa llamada originaria del Creador y reencontrar el camino de nuestra verdadera humanización. La fe nos hace mejores.

Vivir como hijos

«La Voz de San Justo», domingo 12 de enero e 2020

Vamos a hablar de la fe. Hagámoslo entonces desde el principio. Y el principio de todo lo cristiano es una Persona: Jesús, el Cristo. Si queremos comprender a fondo qué significa y qué implica la fe como respuesta del hombre a Dios que le sale al encuentro, tenemos que mirar a Jesús. La Carta a los Hebreos lo llama: “el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb 12, 2).

Este domingo, concluyendo el tiempo de Navidad, los cristianos celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Este año leemos el relato de San Mateo que, en la escena culminante, dice: “Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».” (Mt 3, 16-17).

Si querés saber lo que significa ser un hombre o una mujer de fe tenés que mirar a Jesús, tal como lo presentan los evangelios. En realidad, tal y como nos lo presenta su Padre: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17).

La Iglesia no hace otra cosa que ponerte a la mano la belleza de su Persona. Te expone al influjo luminoso de su verdad. Y esa verdad hace su obra: conquista el corazón y convence, no por coacción, sino por la luz y belleza que dimanan de su persona de Hijo amado del Padre.

La vida de la fe no es otra cosa que el camino de aprender a vivir como hijos e hijas de Dios, tras las huellas de Jesús. Un camino, en ocasiones sinuoso, en otras, bastante sereno; pero siempre fascinante y humanizador. Vivir como Jesús: como hijos y hermanos. Todo está aquí.

Las aguas del Jordán

«La Voz de San Justo», domingo 5 de enero de 2020

La distancia entre las fuentes del Jordán y su desembocadura es de aproximadamente cien kilómetros. Sin embargo, el curso del río triplica esa cifra, alcanzando los trescientos kilómetros. La razón es comprensible: el agua tiene que abrirse paso por un terreno escabroso, dibujando meandros que le permiten sortear las dificultades.

Es una buena imagen para comprender lo que significa la experiencia humana de la fe. Algunos amigos ateos, tal vez influenciados por Freud u otros maestros de la sospecha, tienden a pensar que la fe es una búsqueda de consuelo ante la dureza de la vida, una proyección ilusoria de la propia inseguridad. 

Que la fe en Dios es suelo firme para la vida, es innegable. Pero que sea un ilusorio  consuelo infantil, que nos ahorra enfrentar la vida, contradice la experiencia de cualquier creyente que vive honestamente su fe. 

La fe en Dios, tal como la postula la tradición judeocristiana, es una forma de estar parado en la vida, de encarar la entera existencia humana. Es mucho más que un posicionamiento intelectual o un mero aceptar la existencia de un ser superior. Es una opción de vida. 

Aceptar a Dios como compañero de la vida es una empresa de riesgo. El consuelo y la paz que ofrece supone la decisión de meterse de cabeza en un buen lío. No es casual que, “bautizarse”, signifique, literalmente: irse a pique, lanzándose de cabeza al agua.

Por eso, me ha parecido interesante que, en las sucesivas entregas de este espacio que me ofrece, domingo a domingo, La Voz de San Justo, repasar algunas figuras bíblicas que nos hablen de lo que significa la fe en Dios, desde la elocuencia de las vidas de hombres y mujeres que han aceptado el desafío de decir “amén”, antes que, con los labios, con la propia vida. 

Eso que llamamos «fe» es inseparable de la vida cotidiana y concreta de los hombres y mujeres que se reconocen creyentes. 

Por eso, vamos a navegar por el Jordán repasando, aunque más no sea suscintamente, la aventura de algunos grandes creyentes de la Biblia que aceptaron lanzarse de cabeza al río impetuoso de la fe en Dios. 

La esperanza de la paz

«La Voz de San Justo», domingo 29 de diciembre de 2019

Como cada año, este 1º de enero celebramos la Jornada Mundial de oración por la Paz. El Mensaje del Papa Francisco para este año tiene como lema: “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”.

Me detengo solo en un punto: si muere la esperanza en el corazón y nos ganan nuestros miedos, en esa misma medida queda bloqueada la capacidad humana de luchar por la justicia y, así, edificar la paz.

Con finura espiritual y psicológica, Francisco hace notar que la guerra (y esto vale para toda forma de violencia), “a menudo comienza por la intolerancia a la divesidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace… por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo”.

El miedo, alimentado por la decepción, se vuelve escepticismo frente al futuro y, de ahí, a toda forma de violencia, solo queda un paso. El camino de la paz pasa por reavivar la capacidad de esperanza que hay en el corazón humano. Porque la paz se logra tanto cuanto la deseamos y esperamos realmente en ella. Eso supone enfrentar nuestros miedos.

Al respecto, escribe Francisco: “El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial.”

Que no nos puedan nuestros miedos. Abramos espacios para poder encontrarnos y alimentar nuestras esperanzas. Deseo para todo un 2020 en paz y en fraternidad.

Sueña, José, sueña

«La Voz de San Justo», domingo 22 de diciembre de 2019

“Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».” (Mt 1, 20-21).

Sueña, José, sueña. No dejes de soñar.

El mensajero de Dios está llegando. No solo no interrumpirá tu sueño, sino que te hará soñar como hasta ahora no lo has hecho.

Viene para habitar tu sueño y comunicarte una palabra del más grande Soñador, el Dios de la creación y de la resurrección.

Sueña, hermano nuestro, José, sueña. No dejes de soñar.

A veces, los sueños se vuelven pesadillas. En ocasiones, esas pesadillas ocupan nuestras horas cotidianas, se vuelven dolorosa realidad en el alma y en el cuerpo de los pobres, de los descartados…

Pero tu sueño, José justo, sí que vale la pena.

Se parece tanto a los nuestros: a lo que sueñan los papás y mamás para sus hijos; en lo que sueñan los niños, los enamorados…

Soñamos con vivir, con reír y con abrazarnos.

El mensajero te trae el sueño de Dios, que ya ha comenzado a tomar carne y sangre en el cuerpo de María, tu amada.

Tendrás que ponerle un nombre. Un nombre soñado, por vos y por todos: Jesús, el que salvará al pueblo de sus pecados.

¿Te has despertado?

Ahora, a cumplir tu parte en el sueño de Dios. Si lo hacés vos, a nosotros nos será más sencillo cumplir la nuestra. Te sentiremos compañero de aventura…

“Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.” (Mt 1, 24-25).

Una sabia y oportuna decisión del Papa II

Para calibrar el significado de la decisión papal de levantar el secreto pontificio en las causas de abusos sexuales clericales, a mi modo de ver, hay que tener en cuenta dos factores.

En primer lugar, caer en la cuenta de que los delitos contra la integridad sexual de las personas están poniendo de cabeza todos los sistemas penales, obligando a repensar y reelaborar principios, criterios, normas y procedimientos.

En segundo lugar -y es algo que atañe directamente a la Iglesia-, que la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia (el abuso y su encubrimiento) no constituye la suma de hechos aislados (este sacerdote, aquel obispo), sino que revela un sistema eclesial enfermo al que urge sanar desde la raíz. La referencia al “clericalismo” va en esa dirección, aunque corremos el riesgo de enamorarnos de una palabra. Hay que avanzar en una reforma eclesial con sólido sustento teológico, espiritual y pastoral.

Esta decisión del Papa está en la línea de la dirección correcta, pero tendrá que ser acompañada por otras decisiones que la complementen y hagan realmente eficaz.

Una sabia y oportuna decisión del Papa

Los delitos contra la integridad sexual están suscitando intensos debates y reformas en los sistemas penales de todo el mundo. También los criterios, normas y procedimientos de la Iglesia.

Está muy bien que esto ocurra. Por una parte, expresa que la sociedad cae en la cuenta de la gravedad y naturaleza de este drama humano, sobre todo, del modo como hiere a quienes los sufren, tanto las víctimas primarias como secundarias, pero también los complejos mecanismos humanos que llevan a un adulto a cometer estos delitos.

Un ejemplo: las víctimas suelen tardar años en poner en palabras lo que han sufrido; en consecuencia, lo que logran decir de sus vivencias siempre debe ser escuchado con respeto. A las víctimas, por tanto, hay que creerles. Inevitablemente surge la pregunta: ¿cómo se conjuga esto con el irrenunciable principio de “presunción de inocencia”? Cuestiones como esta son materia de discusión en todas partes.

La respuesta del derecho a estos desafíos es fundamental, aunque no exclusiva. El paradigma para abordar, tanto la prevención con una respuesta adecuada a estos delitos es el del trabajo en red, por tanto, de la colaboración de todos los involucrados. Y, aunque parezca una tautología: todos los involucrados somos realmente todos. Es decir, ante todo, la sociedad, sus organizaciones (las Iglesias, por ejemplo) y, con un rol insustituible, el estado, sus órganos de justicia y educación.

En última instancia, el abuso sexual es un problema que tiene que ver con el modo como las personas nos tratamos y cómo cuidamos a los más vulnerables. Un problema humano de naturaleza espiritual, ética y vincular. 

En este marco más amplio hay que ubicar la decisión del Santo Padre que hoy se ha hecho pública bajo la forma de dos rescritpos pontificios. El más importante es, sin duda, el que levanta el “secreto pontificio” para los distintos delitos canónicos de naturaleza sexual cometidos por clérigos.

Era este un reclamo que iba creciendo desde distintos sectores, principalmente desde las víctimas y quienes las acompañan en sus reclamos de verdad y justicia. Pero también de quienes, en la Iglesia, están involucrados más directamente en dar una respuesta seria a esta honda crisis. Todos estos reclamos se hicieron sentir con fuerza en la cumbre de febrero pasado, convocada por el Papa y que reunió a los presidentes de las conferencias episcopales del mundo junto con otros líderes eclesiales.

El levantamiento del “secreto pontificio” no significa, como bien lo señalan los expertos, que se lesione el derecho a proteger la intimidad, buena fama y confidencialidad de las personas involucradas en estos procesos. Menos aún que afecte al sigilo sacramental de la confesión. Con esta histórica decisión, el Papa Francisco determina que, desde la investigación preliminar hasta las decisiones finales, estén aseguradas la adecuada información a todos los involucrados (víctimas, denunciantes y también acusados), como también se pueda responder los requerimientos de la justicia secular, tanto por parte de las diócesis o, por los medios adecuados, por parte de la Santa Sede.

La Iglesia, de esta manera, con paso firme, va cobrando impulso en la dirección correcta para apuntalar una cultura del cuidado y la protección de los más vulnerables, como también en la prevención de estos delitos.

Estas disposiciones canónicas tienen múltiples consecuencias. Las iremos conociendo a medida que vayamos asimilando y actuando estas disposiciones.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Consejo pastoral de protección de menores

y adultos vulnerables de la CEA.

El Evangelio anunciado a los pobres

Francisco con un grupo de refugiados

«La Voz de San Justo», domingo 15 de diciembre de 2019

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!» (Mt 11, 4-6).

Las prioridades de Jesús son siempre las personas. Todas, sin exclusión. Algunas, sin embargo, tocan más hondamente su corazón y le arrancan sus acciones más audaces. Son las que enumera cuando Juan Bautista lo interpela desde la cárcel: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 3). Son hombres y mujeres que, por distintas circunstancias, transitan la vida como un peso.

Jesús no es un teórico de Dios. No pretende demostrar su existencia. Él lo muestra con su vida, con sus sentimientos y con sus acciones. Y muestra a un Dios que se hace cargo del sufrimiento humano. En el corazón de la misión de Jesús está anunciar esta Buena Noticia a los pobres. Lo de los pobres no es “pobrismo” ni un “verso” que esconde otros fines. Los pobres están en el centro de la misión de Jesús, porque están en el corazón de Dios Padre.

Los discípulos de Jesús no tenemos otro camino. También para nosotros, los pobres, los heridos, los descartados han de estar en el centro de nuestra vida y misión.

La prioridad de Jesús ha de ser también la de la Iglesia. Es, sin duda, la del Papa Francisco. Sus cincuenta años de sacerdote, cumplidos esta semana, se pueden resumir en esta frase de Jesús: su vida sacerdotal es Evangelio anunciado a los pobres.

Adviento es también aprender a reconocer (o a recordar, por si lo hemos olvidado), que Cristo viene a nosotros en cada hermano que sufre.