Beato Carlos de Foucauld, un maestro

foucauldEl próximo 1° de diciembre se cumplen 100 años de la muerte del Beato Carlos de Foucauld.

Acabo de postear un artículo que aparece en AICA y, en los pocos minutos que dispongo, quisiera escribir algo personal sobre él.

Lo hago, porque el Hermano Carlos de Jesús es, para mí y mi biografía espiritual, una persona clave.

A los 16 años entré al Seminario. Todavía me admiro del paso dado a esa edad. Éramos cinco seminaristas menores viviendo en una parroquia de Godoy Cruz (Mendoza) bajo la guía de un severo sacerdote esloveno, el P. Juan Tomazic. Lo de «severo» es tanto como para decir algo. el «Padre Juan» merecería otro artículo. Su rostro endurecido resguardaba un corazón de padre que, a poco andar, conquistaba el propio corazón.

Lo cierto es que, en un clima muy fraterno, sencillo e inquieto, el Padre Juan nos hizo leer durante los almuerzos la biografía de Carlos de Foucauld de René Bazin. Confieso que, a mis oídos adolescentes, varios capítulos resultaban infumables y hasta aburridos. Pero, los buenos libros siempre dejan picando la pelota. Y algo quedó allí.

Después vino el contacto con Voillaume y sus obras memorables: «Orar para vivir» y «En el corazón de las masas», que abrevaban en la figura espiritual de Foucauld. Todavía están en mi biblioteca, y a ellos vuelvo cada tanto.

Me estoy extendiendo demasiado. Voy al hueso de lo que quiero decir.

Es esto: vinculadas a Foucauld retengo para mí dos gracias fundacionales de mi camino como creyente y como sacerdote: el aprender a tratar a Jesús como a un Amigo que está ahí, escucha y habla. Y, de la mano de esa experiencia, el progresivo descubrimiento de la oración como encuentro con el Abba de Jesús.

Puede parecer una perogrullada. Para mí no lo es. A lo mejor se podría decir esto con otras palabras, pero a mí me sale así.

Por estas dos cosas (y otras más también) le estoy agradecido al Hermano Carlos. Todavía vivo de esas gracias, a pesar que ya no soy ni adolescente ni tan inocente. Pero volver a esas verdades evangélicas me devuelve al amor primero que sostiene mi camino espiritual.

Beato Carlos de Jesús: ruega por nosotros, seguí compartiendo con nosotros tu amor sencillo por Jesús, su evangelio y los hermanos más abandonados.

Yo también, a pesar de todo, sigo sintiendo la atracción por el último lugar.

Tal vez, algún día…

«Vayan y anuncien el Evangelio» – Plan Pastoral Diocesano 2016-2020

10929199_884125508318489_8605516361864952492_nCarta pastoral del Obispo Sergio O. Buenanueva

Presentación del Plan de Pastoral de la Diócesis de San Francisco

 

“Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,16).

 

A todos los fieles católicos de la Iglesia diocesana de San Francisco.

Queridos hermanos y amigos en el Señor:

Tengo la alegría de presentarles nuestro Plan de Pastoral Diocesano actualizado. Tendrá vigencia por cinco años: de 2016 a 2020.

No es un Plan nuevo, sino una actualización del proyecto evangelizador que ha ido madurando en nuestra diócesis a lo largo de estos años, bajo la guía del Espíritu y con el aporte de pastores, laicos y consagrados. Es fruto inmediato de la Asamblea diocesana del pasado 12 de octubre de 2015, en la que pudimos reconocer la siembra de Dios en el campo de nuestra diócesis. Tiene como lema inspirador las mismas palabras del Señor resucitado: “Vayan por todo el mundo, y anuncien el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,16).

¿Qué es un Plan de Pastoral? ¿Cuál es su finalidad? ¿Para qué sirve?

Un Plan de Pastoral contiene los puntos esenciales de la respuesta orgánica y programada que una diócesis quiere dar a los desafíos pastorales que la realidad le presenta a su misión de anunciar el Evangelio y servir a la fe en Jesucristo.

El Plan de Pastoral no agota la misión de la Iglesia. Se concentra en lo esencial y lo que es común a todos. Se trata de un conjunto de orientaciones que tiene como finalidad servir, animar y renovar la pastoral ordinaria de nuestras comunidades.

El Plan ofrece orientaciones en tres niveles: personal, comunitario y diocesano. Para cada uno de ellos, propone el camino de una exigente conversión pastoral y misionera: cómo anunciar a todos el Evangelio de Jesús. Y hacerlo con pasión y entusiasmo, respetuosos de la libertad, la conciencia y el camino de cada persona, sin complejos ni falsos pudores, alegres de vivir el tiempo que Dios nos da como ocasión para comunicar la fe.

En las líneas que siguen ofrezco algunas reflexiones para aprovechar con fruto las orientaciones del Plan, animando una genuina conversión pastoral.

*     *     *

  1. El Señor está con nosotros y nos está llamando

Somos discípulos de Jesús resucitado. Vencedor de la muerte, Él está vivo y dando vida. Su bendita Presencia nos espera en cada persona, en cada acontecimiento, en el mundo. La Iglesia es el hogar de esa Presencia, que actúa también en la historia y en toda la creación.

Un discípulo es alguien que ha sido alcanzado por Jesús, por su Pascua y que, a partir de ese encuentro, ha empezado a comprender su vida con ojos nuevos, iluminados por el amor de Dios y conducidos por su Espíritu.

Nuestra Iglesia diocesana viene experimentando con fuerza la llamada del Señor a una evangelización renovada. El Plan de Pastoral es expresión de ello.

Como obispo, los invito entonces a repasar las páginas de nuestro Plan tratando de interpretar con ellas la llamada que Jesús nos está haciendo.

El Plan mismo ha surgido de una actitud de escucha y apertura contemplativa a la acción del Espíritu. Así lo hemos de vivir y aplicar. Supone un dinamismo de escucha constante. No es palabra acabada o última. Partiendo de él y “entrenados” por su espíritu, nuestras comunidades tendrán que agudizar el oído para descubrir esa voz que nos llama, habla y orienta en el camino pastoral. La Iglesia, como María, repasa en sus entrañas las palabras y los dones del Señor.

  1. Su llamada es personal y comunitaria

Ser discípulo de Jesús es una experiencia personal y comunitaria. Es personal, porque la fe nace de una llamada que Jesús hace a cada uno, interpelando nuestra libertad e invitándonos a su seguimiento. Es también personal, porque supone una vocación y una misión que cada uno debe discernir, reconocer, aceptar y abrazar con alegría y fidelidad crecientes.

Como discípulos y creyentes, no existimos aislados. Somos Iglesia familia: comunidad de discípulos misioneros que creen, esperan y aman. Es en la comunidad eclesial donde, de ordinario, escuchamos la llamada del Señor.

El camino de nuestra diócesis ha afianzado esta experiencia de sentirnos familia: una vasta red de personas y comunidades; vocaciones, carismas y ministerios.

Sintámonos, pues, llamados por Jesús a ser su cuerpo místico y templo de su Espíritu. La Iglesia es misión, anuncio, celebración y testimonio gozoso del Reino de Dios. Y, en el seno de esta Iglesia misionera, cada bautizado debe encontrar su lugar y sentirse sujeto plenamente responsable del Evangelio.

Los distintos espacios de comunión que tenemos (los consejos diocesanos y parroquiales, por ejemplo) expresan esta corresponsabilidad en la misión común. Estos son ámbitos privilegiados para recibir, aplicar, seguir y evaluar el Plan.

Por lo mismo, el Plan de Pastoral nos compromete a superar individualismos o personalismos, los “sectarismos” que nunca faltan, mezquindades y competencias, etc. También el “clericalismo”, un defecto a dos puntas: los clérigos quieren manejar todo y los laicos renuncian a su responsabilidad.

En este sentido, tenemos pendiente una revisión a fondo de la iniciación cristiana en nuestra diócesis como el proceso integral, nunca acabado del todo, por el que un bautizado se convierte en discípulo de Jesús y miembro vivo de su Iglesia. La Junta de Catequesis ha dado algunos pasos en firme que hemos de continuar y profundizar entre todos.

  1. Llamados para un testimonio gozoso

El único Señor de la Iglesia es Cristo. Él nos llama y nos envía. Todos somos sus testigos en medio del mundo y para la vida del mundo. Él camina con nosotros. Su promesa es estar siempre con nosotros y darnos su Espíritu.

En nuestro camino pastoral hemos tratado de mirar de frente los graves desafíos que hoy tiene el Evangelio. Están enumerados en nuestro Plan. El Espíritu nos descubrirá otros, ampliando nuestra mirada y nuestro diagnóstico.

Quisiera alentarlos, a no dejarnos invadir por el temor o el pesimismo. Miremos en profundidad lo que somos y vivimos, lo que Dios está obrando en nosotros y en el mundo. Es cierto que está pasando una determinada figura histórica de la Iglesia. Muchas cosas están cambiando. Jesús está formando con nosotros una Iglesia más despojada de poder mundano y, por eso, más libre, más alegre y misionera. El Espíritu está abriendo puertas y oportunidades nuevas que tenemos que reconocer con mirada amplia y generosa.

Vivamos la alegría del Evangelio: ¡somos testigos del amor más grande!

  1. Celebrar. Testimoniar

La única misión de la Iglesia tiene tres dimensiones esenciales: anuncio, celebración y testimonio. Cada bautizado ha de vivir estas tres dimensiones según su propia vocación y misión en la comunidad.

Anunciamos que el amor de Dios manifestado en Jesucristo es digno de fe. Es motor de una esperanza que nos levanta de todas las caídas. Es un anuncio que espera cada ser humano, especialmente los que están solos, tristes, sin esperanza. Necesitamos siempre mirar la calidad y el estilo de nuestro anuncio. ¡Es buena y alegre noticia de salvación!

Celebramos el misterio pascual de Cristo: su victoria sobre todo lo que deshumaniza. Celebramos la vida del Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada domingo, nos reunimos para escuchar su Palabra y levantar nuestros corazones agradecidos en la Eucaristía. Tenemos por delante el desafío de profundizar la renovación litúrgica que inició el Concilio Vaticano II y que ha dado tantos frutos entre nosotros. Sobre todo, en la liturgia resplandece el misterio de Jesús que atrae por su luminosa belleza, capaz de dar sentido a toda la existencia.

Somos testigos, con nuestra vida y nuestras palabras, de esta fuerza transformadora de la Pascua de Jesús. Cada una de nuestras comunidades ha de sentirse llamada a irradiar el testimonio del amor de Cristo, especialmente cercanos a los más pobres, a los alejados y excluidos. La reforma económica que estamos llevando a cabo en la diócesis es una dimensión de la conversión pastoral que nos permite, con claridad, transparencia y solidaridad, compartir tiempo, talentos y bienes materiales.

Hoy la Iglesia nos alienta a salir al encuentro de todos, haciendo como Jesús el buen samaritano, que se detiene, se hace cargo de los heridos y los acompaña con paciencia y misericordia en su camino de curación. Alejemos de nosotros todo signo de soberbia, de suficiencia y de altivez. Seamos, como el mismo Jesús y su madre, mansos y humildes, atentos a no dejar que se apague ningún fuego, por pequeño e insignificante que sea.

  1. Creyentes bautizados por el Espíritu

Los tiempos que nos tocan vivir son complejos, pero también fascinantes. Nos desafían a vivir nuestra fe de una manera que abrace toda nuestra existencia. Estamos llamados a una intensa experiencia espiritual. El cristiano de hoy está llamado a ser un místico: alguien que “no toca de oídas”, sino que, en la fe, gusta permanentemente de Jesús y de su Espíritu. Solo quien vive en el Espíritu de Jesús podrá ser su testigo en el mundo.

El Espíritu de Cristo derrama carismas y suscita vocaciones. ¡Ojalá que cada uno pueda reconocer lo que el Espíritu le ha dado para el bien de todos! Como diócesis vamos a iniciar el proceso de discernimiento del diaconado permanente y de los ministerios laicales. Junto con las vocaciones al sacerdocio, apostólicas y de especial consagración, expresan el dinamismo de una Iglesia misionera que anuncia con gozo el Evangelio.

Todos estamos llamados a esta plenitud de la vida cristiana que es la santidad como configuración con Jesucristo. Como su obispo, los invito entonces a renovar este camino espiritual. Que nuestras comunidades se distingan como escuelas de oración y de servicio generoso. Sin ello, el Plan sería letra muerta.

  1. A toda la creación

¿Quiénes son los destinatarios de la misión que Jesús resucitado encomienda a su Iglesia?

El Evangelio es anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo como renovación de todas las cosas: en primer lugar, de cada ser humano, pero también se proyecta hacia toda la creación.

En nuestra mirada sobre la realidad, hemos identificado muchas situaciones que hoy claman por la vida nueva de Jesucristo. El Plan de Pastoral nos interpela a ponernos en movimiento, a salir de nuestras comodidades y costumbres, confiando en el poder del Espíritu, llevar la paz y el consuelo de Cristo a nuestros hermanos y hermanas más necesitados.

Cada comunidad cristiana tendrá que preguntarse entonces qué situaciones, qué personas, qué espacios están más alejados y deseosos de recibir la esperanza de Cristo. Nos interpelan, de manera particular, las familias heridas, las personas que sufren soledad, pobreza o abandono, los que viven alguna forma de adicción. Nos interpelan también las situaciones de violencia dentro de las familias que sufren, sobre todo, las mujeres, los ancianos y los niños. Son situaciones que llegan a nosotros, por ejemplo, en la catequesis, nuestros colegios u otras formas de contacto con las personas de nuestras comunidades.

Los discípulos de Jesús somos también parte de una sociedad (pueblo, provincia, nación) que tiene una cultura con ricos valores, un dinamismo propio, proyectos e ilusiones compartidas, pero también conflictos, discordias y debilidades que todos sufrimos. El Plan de Pastoral nos invita a descubrirnos también responsables de nuestra vida ciudadana, de luchar por el bien común, de sumarnos a la tarea nunca acabada de edificar el mejor orden justo posible, de crecer en amistad social, reconciliación y convivencia.

Jesús que nos llama y nos envía, nos asegura también que quien se deja guiar por su Espíritu tendrá la fuerza necesaria para llevar su paz a las situaciones más difíciles: “Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán” (Mc 16,17-18).

  1. Una Iglesia diocesana en camino

Así concluye San Marcos su evangelio: “Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban” (Mc 16,19-20).

Estas palabras describen el hoy de nuestra misión evangelizadora. Es lo que ahora mismo está aconteciendo en nuestra Iglesia diocesana y en todas partes.

El Plan de Pastoral Diocesano que pongo en sus manos con gran esperanza es expresión de nuestra confianza en esa Presencia del Señor resucitado que nos asiste y nos confirma con el sello de su Espíritu.

Gracias a todos por haber sumado su granito de arena en la preparación de este proyecto evangelizador que abre para nuestra querida diócesis una etapa nueva en su camino pastoral. Seamos, pues, una Iglesia que camina, que canta y anuncia el Evangelio del Señor.

Se lo confío de manera especial a María de Fátima, misionera y peregrina. También a Francisco de Asís, pobre, humilde y poeta del Evangelio de Jesús.

Me confío yo mismo a la oración de todos ustedes.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

 

Pastoral familiar, cultura y profecía

Me han pedido una aclaración del sentido del Tweet que escribí ayer sobre la pastoral familiar. Decía así: «La pastoral familiar es, cada vez más, una contracultural pastoral de profecía: anuncia algo nuevo y diferente».

Puedo decir lo que sigue.

De cara a la mentalidad y cultura dominantes, pero también de todo un cuerpo de leyes que se va difundiendo, tanto en nuestro país (por ejemplo, el nuevo Código Civil y su derecho de familia) como en otras latitudes, el mensaje cristiano se hace cada vez más profético, en el doble sentido de anuncio y denuncia.

Anuncia la buena noticia del amor humano y la familia, fundada sobre la unión y donación recíproca del el varón y la mujer en el matrimonio. La vocación al amor está inscrita en el ser mismo del varón y la mujer (alma, cuerpo y espíritu). Es su verdad.

En Cristo esta verdad ha sido llevada a su pleno cumplimiento y plenitud. Es la verdad que custodia y expresa el sacramento del matrimonio, por el que los esposos llegan a ser signos visibles del amor y la pascua de Jesucristo.

De cara a la mentalidad dominante, esta verdad se ha vuelto verdaderamente novedosa, tanto porque cultura y leyes consagran modelos de relación líquidos y frágiles, individualistas y muy lejanos del humanismo cristiano, pero mucho más porque, en sí mismo, el amor humano santificado por Cristo participa de la novedad misma del Evangelio.

Es Evangelio. Es, y siempre será, luz que ilumina, atrae y conquista los corazones.

No puede ser anunciado sino con la propia vida transfigurada, sin prejuicios y con una alegría desbordante. ¿Podría anunciarse el amor absoluto de Dios en Cristo de otro modo? Ese es el amor al que están llamados los esposos, con toda la fragilidad y límites de la condición humana.

Por lo mismo, es también denuncia, pues el cristianismo nunca podrá ser asimilado del todo a la cultura. Siempre habrá tensión entre el evangelio y la cultura, la fe y las formas de vida asumidas por las sociedades. Unas mismas palabras («matrimonio» y «familia») no dicen lo mismo en el Catecismo que en el Código Civil.

Intentamos que esa tensión sea lo más constructiva posible, evitando la contradicción por la contradicción misma, pero también sabiendo que somos portadores de un mensaje de salvación a un mundo pecador (que pasa por nuestro corazón) y que, por lo mismo, siempre será signo de contradicción.

Esto nos obliga a un fino discernimiento de los valores presentes en la cultura, también bajo la forma de estilos de vida o de ideas que no terminamos de compartir, tanto como de una presentación serena y franca de la verdad del evangelio.

La Iglesia ha de apelar siempre a la conciencia y a la libertad de las personas. Esta es la gran fortaleza de su acción pastoral, especialmente en medio de las circunstancias más adversas e incluso hostiles. Es testimonio («martiría»).

Es también su gran «debilidad», porque la Iglesia no puede darse el lujo de imponer por medio de la coacción (política, por ejemplo) la verdad que ha recibido para testimoniar. Esa debilidad es expresión del estilo mismo de Jesús que, de esa forma (con su amor humilde y manso), quiso levantar a la humanidad.

En las actuales circunstancias de caída de los valores del matrimonio y la familia, esta actitud de fondo es, para mí, una clave fundamental de la pastoral familiar.

Fe y política: meditación en tres tiempos

«Entonces ahora para ser cristianos hay que hacerse peronistas».

La frase es de ficción. O casi.

La pronuncia uno de los personajes de la obra de María Rosa Lojo, «Todos éramos hijos».

No pretendo hacer una recensión de la obra. Solo decir que su apasionada lectura me ha dejado con cicatrices. Los libros no muerden, pero algunos pueden (y deben) herir.

La frase en cuestión llega casi al final de una discusión de algunos protagonistas: adolescentes de los años setenta, alumnos de colegios católicos que viven inmersos en el efervescente clima político de la época. La fe, al menos como algunos de ellos la interpretan, los empuja a la acción.

Y sobre eso discuten. Se suceden en el diálogo hechos dramáticos de nuestra historia reciente: el secuestro y muerte de Aramburu, su legitimidad o no; el sentido de la política y de la violencia; el alcance de la democracia y de la misma libertad. Con el correr de los capítulos, aparecerán otros nombres y situaciones de aquella época.

Y, como quien teje una invisible filigrana, lo que más me ha dejado inquieto: la cuestión de Dios en la historia de los hombres. Casi la misma cuestión trinitaria: qué pasa entre el Padre y el Hijo, entre el Dios que entrega a su Hijo al sacrificio, y el vínculo que este misterio, tremendo y fascinante, tiene con las historias de tantos hijos e hijas devorados por el Moloch de la violencia. Como algunos de los protagonistas de la novela, alcanzados por la vorágine que ya se presagia en el horizonte. Otros, como la protagonista del relato, sobrevivirán, pero con las marcas en sus almas de lo que su libertad les hizo vivir. «Todos éramos hijos».

«Lo que cuenta es pertenecer, integrarse a la voluntad de un pueblo», acota uno de los adolescentes que se siente invadido por el fuego de la Palabra de Dios que ha recibido con esa lozanía que solo los jóvenes pueden todavía tener.

Escucho los ecos de voces oídas a finales en el umbral de los ochenta, cuando entré al seminario y yo mismo era un adolescente.

Evangelio traducido a la vida. Coherencia fe y vida. Compromiso.

De hecho, el libro utiliza en varios momentos un fragmento de un canto muy conocido en ambientes católicos («La canción del testigo»), que yo mismo canté varias veces, pero que ahora, visto con otros ojos, revela un significado que -lo repito otra vez- me ha dejado herido…

Sin embargo…

* * *

En contraposición a lo que piensan todas las formas de integrismo (de derecha y también de izquierda), no hay una línea directa entre el evangelio y la construcción política del mundo.

A nadie -tampoco al discípulo de Jesús- se le ahorra la fatiga de buscar, de razonar y de decidir empeñando la propia libertad.

Prudencia y justicia son virtudes cardinales, distintas de las teologales, aunque vinculadas a ellas. Suponen una condición humana abierta a la fe. O, como diría Benedicto XVI: la fe purifica a la razón y ésta ayuda a que la fe no degenere en fanatismo.

No hay una política católica, aunque sí tal vez, un modo cristiano y católico de vivir la política.

La confusión entre ambos planos ha sido siempre fatal. Buena parte del rechazo que hoy vive la fe en muchos países de tradición católica se debe a esa mixtura indebida entre religión y política, clérigos y funcionarios.

De ahí que la cuidadosa separación de planos entre la política y la religión, la iglesia, el estado y la sociedad, sea un logro de la civilización en la que también ha influido el cristianismo (Dios no es el César). Un proceso tan doloroso como necesario. El precio que pagamos para ser realmente libres.

Es cierto que, a los católicos, clérigos incluidos, nos cuesta mucho comprender y asimilar la cultura de la libertad propia de la modernidad. Existe una secreta fascinación por el uniformismo de pensamiento y acción. Duele aceptar realmente la pluralidad, no solo al interior de la misma Iglesia, sino también de las sociedades de las que somos parte. Como si no tuviéramos razones de fondo para sentirnos cómodos en la ciudad moderna, donde Dios habita, actúa y mueve a las personas.

Sin embargo, este paso iniciado por el Vaticano II y todavía no cumplido del todo, ha de empeñar nuestras mejores energías. Es condición para que el Evangelio siga siendo una voz creíble en nuestra sociedad.

Entre otras cosas, supone que los que somos pastores afinemos mucho más nuestro modo de estar presentes, de palabra y con gestos, en la vida ciudadana de nuestros pueblos.

No que tengamos que quedarnos callados o inmóviles, sino saber hablar con palabras justas y con gestos lo más transparentes posibles, respetando siempre la autonomía de la sociedad y de los diversos niveles del estado.

* * *

No. Para ser cristiano no hay que hacerse peronista. (Mis amigos peronistas entienden lo que quiero decir, como -así lo espero- los eventuales lectores de esta perorata).

Los protagonistas de la novela lo comprenderán, al menos los que sobrevivieron a la tormenta.

También que no hay ni puede haber proyectos políticos mesiánicos que reclamen para sí la exclusividad de la verdad o que sean los únicos caminos para supuestos destinos manifiestos.

Que la justicia siempre será un desafío, nunca logrado del todo.

Que no hay una única traducción posible y unidireccional del Evangelio a la mayoría de las cuestiones que se debaten en el complejo mundo de la política, la economía o la vida social.

Que pastores y laicos tenemos que comprenderlo juntos, si no queremos perdernos, también juntos.

Que cada generación ha de decidirse por la libertad. Porque no puede haber convivencia entre personas contra la libertad y autonomía de las mismas.

Que no hay ni habrá nunca cielo en la tierra y que, ese precisamente, es el territorio de nuestro mayor desafío humano: convivir en libertad, hombres y mujeres mucho más distintos de lo que soñamos o esperamos.

Un aprendizaje que no podemos darnos el lujo de no hacer, si no queremos repetir errores y alentar nuevas tempestades.

Homilía del Miércoles de Ceniza 2016

PADRE MISERICORDIOSO«Ahora –dice el Señor– vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad, y se arrepiente de tus amenazas.» (Joel 2,12-13).

Cuaresma es tiempo de arrepentimiento, de penitencia y de conversión.

No somos los protagonistas. Es el Señor que, con la acción interior de su Espíritu, está obrando nuestra transformación.

Cuaresma es sinónimo de gracia, de don, de salvación.

El Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo es el origen, el camino y el término del camino cuaresmal.

¿Qué nos toca a nosotros?

En el evangelio, el Señor nos invita a la oración, el ayuno y la limosna. Pero, insiste: «en lo secreto» (cf. Mt 6, 4.6.18), pues el Padre «ve en lo secreto» (ídem).

En Cuaresma hemos de buscar, ante todo, la autenticidad del encuentro personal con el «amor visceral de Dios» que, no obstante, y a pesar de nuestras infidelidades, nos busca, se hace cargo de nosotros y nos colma de amor y de ternura.

Hemos de orar y ayunar más asiduamente para «desgarrar nuestro corazón», al decir del profeta.

El salmista -y nosotros con él- suplicamos a Dios un «corazón puro», un «corazón quebrantado y humillado».

Es decir: un corazón abierto a Dios y a los hermanos, por la renovada experiencia del amor de Cristo.

Es el corazón roto que se duele del propio pecado porque lo percibe con hondura espiritual como una traición al amor infinito y desconcertante de Dios, que se le sigue ofreciendo, y cada vez con mayor fuerza y delicadeza.

Por eso, el arrepentimiento sincero por los pecados, la penitencia interior y la conversión de mente y corazón vienen siempre acompañadas de la alegría del perdón.

El corazón así quebrantado y, a la vez, alegre por el perdón recibido, se abre a los hermanos.

Soy un mendigo que ha sido perdonado y colmado de ternura, ¿cómo voy a permanecer indiferente a los que cargan con el peso de sus vidas?

En este Jubileo, el Santo Padre nos ha invitado a redescubrir las obras de misericordia, como expresión de la compasión de Dios que transforma la orientación fundamental de nuestra vida: nos arranca del egoísmo y nos abre a los demás.

Es el «milagro» de la misericordia divina que nos hace capaces de ser misericordiosos como el Padre.

No enseña Francisco: «Mediante las (obras de misericordia) corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar» (Mensaje de Cuaresma 2016, n 3).

Por eso, a la oración y al ayuno que abren nuestro corazón a la ternura de Dios se le corresponde la limosna como resumen de esa disposición tan cristiana de amar a los más pobres con el mismo amor de Cristo.

Dispongámonos a recibir sobre nuestras cabezas la ceniza. Es el signo, por una parte, de nuestra pequeñez y fragilidad siempre inclinadas al pecado. Pero es el signo también de nuestra apertura a la conversión que el anuncio del Evangelio de la misericordia produce en quien lo escucha con humildad de corazón.

¡No lo olvidemos! El Señor, a través de su Iglesia, nos ofrece el precioso don del sacramento de la Penitencia, para que, en el encuentro humano con el sacerdote, experimentemos el poder de la ternura de Dios que cubre todos nuestros pecados.

¡Abrámonos a la misericordia de Dios, al arrepentimiento y a la conversión, pero también a la mansedumbre y la paciencia!

Mensaje de Cuaresma del Papa Francisco

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2016

 

“Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13).
Las obras de misericordia en el camino jubilar

 

1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada

En la Bula de convocación del Jubileo invité a que «la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 17). Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa «24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.

María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.

2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia

El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempeña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas (cf. Os 1-2)— las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.

Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8). En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.

Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 36), el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» (ibíd., 164). La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

3. Las obras de misericordia

La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (ibíd., 15). En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado» (ibíd.). Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

Ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16,20-21), y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: «Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.

No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf.Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).

Vaticano, 4 de octubre de 2015
Fiesta de San Francisco de Assis

Francisco

Visita pastoral al Colegio Sacerdotal Argentino en Roma: encuentro con el Santo Padre – Saludo al Papa

Santo Padre:

Ante todo, quisiera expresar la alegría por este encuentro con Usted.

Aquí está la comunidad del Colegio Sacerdotal Argentino que, a la sombra de la Iglesia Nacional, dedicada a “Nuestra Señora de los dolores”, constituye una pequeña comunidad eclesial de jóvenes presbíteros, llegados a Roma de distintas iglesias particulares de nuestra Nación. 

Ellos han sido enviados por sus obispos con la específica misión de profundizar su formación sacerdotal, principalmente en los estudios superiores de la ciencia teológica, como servicio al anuncio del Evangelio y a la vida de fe del pueblo de Dios.

Este encuentro con el obispo de Roma es, para nosotros, un momento muy esperado e importante para el camino eclesial del Colegio Argentino.

Como Usted bien sabe, cuando la Conferencia Episcopal Argentina solicitó a la Santa Sede la creación del Colegio, lo hizo con la precisa finalidad de contar con un espacio de formación sacerdotal permanente integral aquí en Roma. 

Esto significa venir a Roma dispuestos a una exigente vida académica, pero como parte de un camino de fe, centrado en la Persona de Cristo, y al servicio de su Pueblo, al que deseamos servir con pasión y una entrega radical de nuestras vidas. 

En estos días, los tres obispos aquí presentes estamos realizando la prescrita Visita Pastoral al Colegio, expresión del aprecio y cuidado de todos obispos argentinos por esta comunidad sacerdotal. 

Santo Padre: 

Le agradecemos de corazón este encuentro en su casa, en el contexto de este Jubileo extraordinario de la misericordia. 

Sepa que rezamos por Usted y su ministerio pastoral, tanto los miembros del Colegio como la comunidad que se reúne en torno a la Iglesia Nacional Argentina.

Esperamos su palabra que nos confirma en la fe en Jesucristo y en la dulce y confortante misión de conocerlo y darlo a conocer a nuestros hermanos, especialmente a los que, como Usted señala con insistencia, están más alejados, heridos y ansiosos de escuchar el anuncio de la misericordia que consuela y renueva en la esperanza. 

Que la Virgen de Luján lo guarde y a todos nos proteja con su manto. 
+Sergio O. Buenanueva 

Obispo de San Francisco 

Presidente de la Comisión Episcopal de Ministerios de la Conferencia Episcopal Argentina 

Acción de gracias por el año pastoral 2015

12166840_959169090814130_989601081_nLa Navidad, año tras año, nos invita a mirar a Jesús y preguntarnos, también una y otra vez, quién es realmente y qué significa para nuestra vida.

El relato evangélico y la fiesta de hoy -los Santos Inocentes- nos ofrecen una perspectiva muy concreta para buscar esas respuestas: a Jesús, prófugo con María y José, no se lo puede comprender sin llorar la suerte de los inocentes de todos los tiempos que han sido y son víctimas de las infinitas formas de injusticia de que somos capaces los seres humanos.

Pienso en la figura de Aylan Kurdi, el nene sirio de tres años que parecía dormir en las playas griegas. Un icono que recoge y visibiliza todos los dramas que avergüenzan a nuestro tiempo: de la pobreza, el narco y la trata hasta el aborto, la indiferencia del consumo o la violencia intrafamiliar.

La persona de Jesús, el cordero inocente entregado en manos de los pecadores, resulta incomprensible si no lo vemos en ese horizonte que es el sufrimiento de la humanidad.

Él mismo ha sido víctima inocente del pecado. Pero, por encima de todo, Él es el Resucitado que ha vencido la muerte, el odio y la injusticia.

Es el Salvador.

“Dios es luz, y en Él no hay tinieblas” (1 Jn 1,5), nos dice San Juan, casi como en un contrapunto a tanta oscuridad que parece acompañar el camino de los hombres a lo largo de la historia.

A esa luz nos volvemos, nosotros que, esta tarde, nos hemos reunido para agradecer el intenso año pastoral 2015 que hemos vivido como Iglesia diocesana de San Francisco.

Esa luz ha iluminado nuestra vida. Por ella damos gracias.

A lo largo de este año hemos tratado de comprender un poco más la obra de Dios en nuestra tierra.

“Gracias por tu siembra” ha sido nuestro lema.

El Plan de Pastoral que está ahora madurando busca recoger esa experiencia de luz y de gracia, transformándola en proyecto evangelizador y misionero.

La experiencia cristiana es genuina porque es un encuentro con Jesús que, lejos de instalarnos en un consuelo fácil y adormecedor, nos inquieta, nos desinstala; nos acostumbra a no conformarnos con respuestas fáciles; nos invita a buscar, a preguntar y repreguntar.

¿Qué quieres de nosotros, Señor? ¿Quién eres Tú que así cruzas el camino de nuestra vida poniendo en riesgo todas nuestras seguridades, las que, por eso, se revelan falsas, inauténticas o engañosas, pero también las más sólidas y legítimas?

El Plan de Pastoral recoge y expresa algo muy profundo de nuestra experiencia cristiana: el encuentro con Jesús que ha sido para cada uno de nosotros, como para toda nuestra diócesis, una llamada y una misión.

Me has mirado y me has amado. Desde entonces, Señor, no he podido sino vivir desde esa mirada y desde esa llamada.

No podemos olvidarnos de Jesús, porque lo traicionaríamos a Él y seríamos terriblemente infieles con nosotros mismos.

Pero tampoco podemos olvidarnos de los “santos inocentes” con los que Él se identifica y a los que nos sigue enviando para llevar su paz, su libertad y su vida.

Sabemos que -como Moisés, Pablo y tantos otros- para ellos ha sido pronunciado nuestro nombre y a ellos somos enviados, con el sacramento de nuestra pobre humanidad.

Permítanme, como obispo diocesano, que pueda darle gracias a Dios por su obra de misericordia, de llamada y misión cumplida entre nosotros.

Gracias, Señor, por la vida entregada de tantos evangelizadores enamorados de tu Persona y entregados sin reservas al servicio de sus hermanos.

Gracias porque las inspiraciones de tu Espíritu han encontrado cauce en tantos corazones generosos, que también saben de resistencias y opacidades, pero que, como aquel hijo de la parábola, finalmente llegan al sí de la entrega total.

Gracias, Señor, por la vida de fe, de servicio y de mansedumbre de tantas personas, comunidades y familias que, a veces de modo ostensible, pero las más de las veces en el silencio que solo Tú ves, abren este mundo nuestro a la luz de tu misericordia.

Gracias, Señor, por los que nos han dejado -pienso en Padre Ronald Ferrero-, los que se van sumando y los que vendrán.

Gracias por los que, inspirados por tu Espíritu, se consagran cada día al servicio de sus hermanos en los diversos campos de la vida de nuestra sociedad civil y la función pública.

No nos es indiferente la suerte de la patria que amamos y a la que, movidos por la fe, intentamos servir para que se patria de justicia y fraternidad.

Gracias, Padre bueno, por el misterio de la Iglesia madre que es el hogar de nuestra fe, en la que encontramos, domingo tras domingo, el pan sabroso de tu Palabra, la Eucaristía y la comunión fraterna, el perdón y la reconciliación.

Junto con la acción de gracias, cada uno de nosotros seguramente también tiene en el corazón el peso de sus pecados, yerros y debilidades.

Es bueno que aprendamos a saborear el pan hecho con el llanto por nuestros pecados.

Sin embargo, no nos dejemos ahogar por ellos.

El Jubileo de la misericordia vuelve a recordarnos cómo trata Dios la fragilidad humana, con qué ojos la mira y nos mira.

Dejémonos alcanzar por esa mirada que conocieron, entre otros, la prostituta, Zaqueo y el buen ladrón.

Queridos hermanos y amigos:

Llega el merecido descanso. Nos espera un año 2016 también intenso.

Como María, también nosotrosDSC02004.JPG dispongámonos a repasar en nuestro corazón lo que Dios va haciendo crecer en nuestras vidas.

Pero también como ella, preparémonos a partir sin demora para salir al encuentro de quienes esperan a Jesús y su esperanza.

Nos bendiga la cruz de San Damián, cuyo paso hizo tanto bien por nuestra Iglesia, especialmente entre los jóvenes.

Así sea.

Jesús, María y José

Jesus temploEste domingo celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Comparto algunas de las ideas que desarrollé un poco más en la homilía de la Misa de esta mañana, en la catedral.

Ante todo, la figura de Ana, mujer fuerte que, superando el estigma de no poder ser madre, concibe al futuro profeta Samuel y, cuando el niño está ya crecido, lo lleva al templo para ofrendarlo al Señor.

Mujer fuerte: regó con lágrimas su oración, suplicando a Dios la bendición de la maternidad. La oración siempre es una lucha. Esta de Ana lo es de manera especial. Se lucha y se ora por la vida.

Mujer fuerte además, por otro gesto sorprendente. Mucho más para quienes vivimos la cultura de la apropiación de los hijos: el hijo como derecho de los padres; el hijo como propiedad de libre disposición. Ana lleva al templo al joven Samuel y se lo entrega a Dios para que se cumpla en él la voluntad divina.

Llegamos así a la escena evangélica: José y María buscan a Jesús que se ha quedado en el templo.

Hoy, la cultura dominante parece tener como norte desmontar lo que, con desdén, se llama: la familia «tradicional». Todo se sacrifica en el altar del sujeto individual, solitario y que homologa deseos con derechos. Nadie puede ponerme límites.

Pero José y María buscan a Jesús, se dejan interpelar por el Niño y se dejan poner en crisis por la Palabra de Dios.

Jesús retorna con ellos a la vida cotidiana y, en medio de esa familia, va creciendo. Su libertad humana se va abriendo, cada vez más, al misterio divino de su Persona de Hijo encarnado. Aprenderá a ser Hijo.

Las figuras bíblicas de Ana, por una parte, y de José y María, por otro, poseen una luz poderosísima para iluminar el camino de nuestras familias.

La misión de la familia, particularmente de los padres, es ayudar a que madure la libertad. Parece paradójico, pero los padres alcanzan su plena madurez cuando tienen que dejar ir a sus hijos. Dejarlos ser lo que están llamados a ser.

Claro, a condición de que esa educación en la libertad sea también el camino compartido por padres, hijos y hermanos de buscar juntos a Jesús y la luz de su Palabra como orientación para la vida.

La familia como escuela de esa particular lucha por la vida que es la oración. Enseñarle a un hijo a orar es enseñarle a vivir y a pelear la vida.

Familias abiertas a Jesús y al designio de Dios.

Se las podrá llamar con una mueca de burla: «familias tradicionales», pero serán las familias que ofrezcan a sus miembros razones para vivir y esperar.

 

«Una buena historia para esta Navidad» Nota en «La Voz de San Justo» (27 de diciembre de 2015)

IMMACULEE_4“El perdón es un regalo, una gracia de Dios, que está disponible para todos y es gratis. Nos hace bien perdonar. Nos llena de alegría. Es un favor que nos hacemos a nosotros mismos. Porque si estamos prisioneros de nuestra ira y rencor, no podemos ser felices, sino que sufrimos. El perdón nos trae la paz y nos hace libres para amar a todos, para pensar más en el presente y el mañana, en vez de quedar encerrados en el pasado”.

Navidad es un tiempo propicio para las buenas historias. Tolkien decía que las narraciones que son realmente buenas lo demuestran porque “encantan” a sus oyentes. Es decir: tienen esa virtud de fascinarnos, aunque más no sea por unos segundos, haciéndonos tomar por absolutamente reales, coherentes y verdaderas lo que, de otra manera, nos parecería lejano y extraño.

Las palabras que abren esta entrega navideña de “Más nuestro que el pan casero” son parte de una historia. Buena o no, lo juzgará el lector. Lo que sí se puede decir es que se trata de la historia dramática de una joven, su familia y su pueblo.

Se trata de Immaculée Ilibagiza. Hoy tiene 44 años y vive en Estados Unidos. Pero su país de origen es Ruanda. De familia católica, allí dejó a sus padres, hermanos y amigos, cuyas vidas fueron violentamente truncadas por la violencia étnica que asoló a ese país a principios de los noventa.

Se salvó porque su padre, advertido de la amenaza, la envió a la casa de un pastor protestante que la ocultó en un pequeño baño de su casa junto a otras siete mujeres. Permanecieron allí durante 91 días. Mientras tanto, un millón de ruandeses perecieron víctimas del odio que enfrentó a hutus y tutsis. Como en otras ocasiones, el mundo “civilizado” miró para otro lado.

En una ocasión, los violentos estuvieron a punto de entrar al baño en que se ocultaban. Pero no lo hicieron. Cuando se restableció la paz, Inmaculée no solo recuperó la libertad, sino que fue a la cárcel, buscó al asesino de su madre y le ofreció su perdón.

La experiencia de Inmaculée ha sido recogida en un libro de su autoría: “Sobrevivir para contarlo”. En una entrevista en su reciente visita a nuestro país, a la pregunta del periodista si era necesario un Jubileo de la Misericordia, Inmaculée responde:

“Muy necesario. Hay gente que no conoce la misericordia de Dios, que no conoce realmente a Jesús y que seguirlo nos hace mucho bien. El perdonó a todos … Cuando yo comencé a rezar el rosario en el baño, me salteaba una parte del «Padre nuestro», en la que habla de «perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a nuestros deudores». No podía rezarlo. El odio era más fuerte. Estaban matando a mi pueblo. Luego me di cuenta que no podía cambiar una oración que nos había dado el mismo Dios y, finalmente, logré perdonar meditando sobre Jesús en el Calvario, cuando dijo: «perdónalos, porque no saben lo que hacen». Allí está su infinita Misericordia”.

El perdón de Inmaculée a los asesinos de su familia está ahí. Es un hecho concreto, bien visible y palpable. Nos desafía. Cuestiona a fondo nuestras convicciones y actitudes más profundas.

Las buenas historias encantan porque dicen verdades que nos hacen mucho bien.