El Espíritu, artífice de una nueva humanidad

El segundo relato de la creación del Génesis nos presenta la bella imagen de un Dios alfarero que, con manos de artista, modela al hombre de la arcilla de la tierra.

Ya hemos dicho que estas páginas de la Biblia no ofrecen información científica. Con lenguaje simbólico expresan algunas grandes verdades religiosas profundamente humanas. En este caso, que el hombre es obra de la sabiduría de Dios. No solo de su inteligencia sino también de su amor creador. Cada ser humano existe como fruto de esa inteligencia amorosa, sabia y providente de Dios.

El relato añade un dato crucial: solo cuando Dios sopla “en su nariz el aliento de vida”, el hombre llega a ser un “ser viviente” (cf. Gn 2,7). Sin el aliento de Dios el hombre está incompleto. Es significativo que, a renglón seguido y alcanzando su culminación, el mismo relato nos muestre la creación de la mujer, el único complemento adecuado para el varón. Sin espíritu y sin mujer, el hombre no puede vivir adecuadamente su condición humana.

Aquí, la palabra “aliento («espíritu”) indica la apertura del hombre a Dios. Por su espíritu, el ser humano está abierto a su Creador, lo adora, alaba y escucha. Pero, por lo mismo, se dona a sí mismo a sus semejantes. Por el contrario, cuando se cierra sobre sí mismo, se condena a su frustración.

Cuando los evangelios nos presentan a Jesús como el que, colmado del Espíritu, lo comunica al mundo, nos están diciendo que, en Él, la creación ha llegado a su plenitud. Él es hombre nuevo, el que Dios soñó desde el principio, y a cuya imagen crea a cada ser humano. Los evangelios lo muestran con una cercanía única con su Padre, pero también con una exquisita capacidad de sintonía con las personas, especialmente con los más frágiles, los niños, los enfermos y pecadores. No vive para sí mismo, sino para los demás.

Algunos autores cristiaños enseñan que las dos manos con las que el Padre crea y redime al hombre son precisamente su Verbo y su Espíritu. Concebido por obra del Espíritu y nacido de María, Jesús es el Verbo de Dios que se ha hecho igual a nosotros para mostrarnos qué significa ser realmente hombre. Él es el modelo supremo al que todo hombre ha de aspirar y hacia el cual lo conduce el Espíritu.

Jesús nos ha mostrado que solo en el amor, como don sincero y total de sí mismo, el hombre alcanza su plena estatura. El Espíritu Santo al unirnos en comunión con Jesús nos configura con Él y nos comunica sus sentimientos y actitudes, que se compendian en el amor. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”, enseña San Pablo en su carta a los romanos (Rom5,5).

Cuando los cristianos confesamos: “creo en el Espíritu Santo”, no solo afirmamos que Él es la tercera Persona de la Trinidad, uno con el Padre y el Hijo, sino que también confesamos su obra en nosotros: el Espíritu es el que está creando y animando, en cada uno, el proyecto de hombre que se ha manifestado en Jesucristo. El Espíritu es el artífice de una nueva humanidad, que arranca al hombre de su soledad, abriéndolo a Dios y a sus semejantes.

La experiencia del Espíritu

postracion-monje«La Voz de San Justo», domingo 7 de enero de 2018

Retomamos nuestras reflexiones sobre el Credo. Seguimos en la tercera y última parte, centrada en el Espíritu Santo.

Habíamos hablado del Espíritu como el “gran desconocido”. Tenemos que matizar ahora esa afirmación. En realidad, esa suerte de desconocimiento ha sido más acentuado en el Occidente cristiano, no así en las Iglesias del Oriente. Ellas han cultivado un sentido muy vivo de la presencia y acción del Santo Espíritu en el mundo, en la vida del cristiano y en la Iglesia. Bastaría examinar, por ejemplo, la frecuencia, belleza y hondura teológica de las invocaciones al Espíritu que contienen las liturgias orientales.

En estos últimos decenios, los cristianos de Occidente estamos recuperando ese capítulo un poco olvidado de nuestra fe. En este proceso han sido muy importantes el diálogo ecuménico, un mayor intercambio espiritual con el oriente cristiano y la renovación carismática. En la experiencia orante de muchos católicos o de nuevas familias religiosas, por ejemplo, hoy tienen un lugar de relieve los iconos con su modo tan vivo de expresar el misterio del Espíritu.

Este domingo les propongo unas palabras de Ignacio IV Akim, patriarca ortodoxo de Antioquía, sede del apóstol Pedro antes de llegar a Roma. Son palabras muy bellas y profundas. Valen para todos los cristianos, a la vez que nos invitan a meditar más a fondo sobre el lugar del Espíritu en nuestra vida cristiana:

“Sin el Espíritu Santo: Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización, la autori­dad un dominio, la misión propaganda, el culto una simple evocación y la con­ducta cristiana una moral de esclavos.

Pero con el Espíritu Santo, es una unión de fuerzas indiso­luble, el cosmos está agitado y gime en el alumbramiento del Reino, el hombre lucha contra la carne, Cristo resucitado está junto a nosotros, el Evangelio aparece como poder de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad se trasforma en servicio liberador, la misión es nuevo Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el actuar humano queda divinizado.”

La misión del Espíritu Santo es, en definitiva, hacer actual la experiencia de Cristo. Así lo formula el Catecismo de la Iglesia: “El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den «mucho fruto» (Jn 15, 5. 8. 16).” (Catecismo 737).

El tiempo de vacaciones que hemos iniciado es un momento privilegiado para volver a las fuentes del Espíritu. Contar con un tiempo relativamente prolongado de descanso es un gran avance de la civilización, del que no es ajeno el humanismo cristiano. El ser humano es más que su trabajo y sus logros. La persona es “espíritu” abierto a la acción del Espíritu de Dios.

El descanso, una buena lectura, el compartir con amigos y la familia, la belleza de un paisaje, visitar un monasterio (¿por qué no?), un tiempo más tranquilo para orar y participar de la liturgia, un buen retiro, etc. pueden ser ocasión propicia para volver a sentir la presencia del Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Y, así, recuperar humanidad.

El sueño de José

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Evangelio del 18 de diciembre: Mt 1,18-24

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

El evangelio nos dice a nosotros hoy lo que el ángel le dijo a José en sueños.

Tanto para él como para mí y para vos, el resultado es el mismo: tener que hacernos cargo de que Dios realmente interviene. Es más: que lo decisivo es lo que Él hace, rompiendo todos los esquemas.

A María le había pasado algo parecido. El ángel la saludo: “Alégrate, llena de gracia”.

Paréntesis: no digás “llena de gracias” (en plural), sino “llena de gracia” (en singular).

Claro que María está adornada con muchas gracias. Pero lo más importante para ella no son las “gracias” que Dios le regaló, sino que Dios se regaló a sí mismo y la colmó con su Presencia. Y eso se dice con esa maravillosa palabra: GRACIA.

Gracia es la Trinidad que se da, que hace morada en el hombre y que se convierte en la fuente de la que manan todas las gracias.

El Donante es más grande que los dones que da.

Cierro paréntesis.

A María le pasó lo mismo que a José: aceptar y acoger en la propia vida que Dios nos ama primero, que ese amor es la raíz de todo lo que existe y, de manera particular, de la propia vida y de la misión que está recibiendo de sus manos.

Es hermoso y, a la vez, complicado aceptar que nuestra vida se basa en un amor incondicional, gratuito y siempre sorprendente. Que podemos (y tenemos) que contar con ese amor para vivir. Eso es “vivir en gracia”.

Esa es nuestra lucha.

Por eso, la figura de José que, en sueños primero pero después bien despierto, tiene que tomar en serio la Palabra, es una de las más hermosas para que nosotros sigamos en esa lucha de tomarnos en serio el Evangelio.

Creo en el Espíritu Santo

«La Voz de San Justo», domingo 17 de diciembre de 2017

El Credo nació en la liturgia bautismal. «¿Crees en Dios Padre todopoderoso? ¿Y en Jesucristo, su Hijo? ¿Crees en el Espíritu Santo?», preguntaba el obispo al que, por el bautismo, se estaba convirtiendo en discípulo de Cristo y parte de su Iglesia.

Estos tres Nombres divinos articulan el contenido doctrinal de la fe cristiana. Así, el Credo, con palabras tomadas de las Escrituras, expresa la novedad de vida que da el bautismo: soy hijo de Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo.

Hoy comenzamos a abordar la tercera parte del Credo, centrada en la persona del Espíritu Santo.

¿Qué decir de Aquel que ha sido llamado “el Dios desconocido”? Hablar del Padre y del Hijo es relativamente sencillo. En definitiva, esas palabras remiten a experiencias humanas muy conocidas: somos hijos, sabemos lo que es un padre o una madre. Pero ¿y del Espíritu? ¿Qué palabras e imágenes nos resultan aptas para hablar de Él? ¿No terminan siendo difíciles de retener, como agua que se escurre entre las manos?

Precisamente esa es la mejor experiencia para acercarnos al misterio del Espíritu. Jesús se lo explicó a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere, tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 8).

Es la experiencia de un Dios que el hombre no puede manipular. El creyente es invitado a adorarlo y a confiarse a Él y, como el mismo Jesús, dejándose colmar y conducir por su Espíritu. Así llega a ser hijo de Dios y a gozar de una libertad extraordinaria: “Porque … donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Co 3, 17).

En la raíz de la palabra “espíritu” está también la imagen del aliento vital que expresa la vida. Si el hombre respira, es que vive. El aliento acompaña cálidamente las palabras que surgen de su boca. No ves el viento. Tampoco tu aliento. Sin embargo, puedes percibir sus efectos, entre ellos, la propia respiración, tu propia vida. Invisible pero real. Así es el Espíritu.

La Biblia nos dice, ya desde su primera página, que el aliento divino ha sido derramado sobre la creación. El Salmo 103 afirma poéticamente: “Si escondes tu rostro, Señor, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento son creados, y renuevas la superficie de la tierra” (Sal 103, 29-30). En el Nuevo Testamento, Cristo resucitado sopla su Espíritu sobre sus discípulos para que continúen su misión.

Basándose en los textos del Nuevo Testamento, la Iglesia confiesa que el Espíritu Santo es una Persona distinta del Padre y del Hijo, pero inseparable de ellos. Y, con ellos, cumple su misión en la salvación. Así lo expresa San Pablo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes” (2 Co 16, 13).

Invocamos al Padre y a Jesús como Hijo y Salvador. ¿Y al Espíritu? La gran súplica al Espíritu es una invocación para que se haga presente y realice su obra: ¡Ven a nosotros, oh Espíritu Santo, y abre nuestro mundo y nuestro corazón a la comunión con el Dios vivo y verdadero!

La liturgia lo invoca como el “dulce Huésped del alma”. Allí, en el secreto invisible del corazón humano, el Espíritu realiza su obra: humanizarnos, formando a Cristo en nosotros, dándonos sus mismos sentimientos y, de esa manera, convertirnos en hijos e hijas de Dios.

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos

 

El Juicio final: “Día de la ira… ¡Cuánto terror habrá en el futuro cuando el juez haya de venir a juzgar todo estrictamente!”. Así rezaba el famoso himno “Dies irae” de la Misa de difuntos. Fue suprimido por el Papa Pablo VI en la gran reforma de la liturgia católica que impulsó el Concilio Vaticano II.

El tiempo de Adviento tiene en su centro este advenimiento de Cristo como juez de vivos y muertos. Ya no el terror ante su venida, sino la serena alegría del esperado encuentro con Él.

Es el contenido del artículo del Credo que hoy comentamos. Lo primero que hay que decir sobre él es algo obvio: el Juicio final es Evangelio: buena y alegre noticia. El creyente lo espera como manifestación definitiva de la salvación. Y allí donde hay espera, incluso ansiosa, hay alegría por lo bueno que está a punto de acontecer.

La liturgia del Adviento lo expresa así: el que vino por primera vez en la pobreza es el que está ahora viniendo a nosotros y, al final de los tiempos, irrumpirá glorioso para llevar a plenitud su obra.

Esperamos así un encuentro gozoso que desvelará la verdad de nuestra vida y de toda la humanidad. Así saldrán a la luz los actos de bien que los hombres hayamos hecho en el transcurso de nuestra vida. Sobre todo, quedarán visibles los gestos de amor compasivo a los más vulnerables, débiles y olvidados: “tuve hambre y me dieron de comer…”

Seremos juzgados así, no por una ley exterior a nosotros. Será la calidad humana que haya alcanzado nuestra vida la que decidirá todo. ¿Qué clase de persona has sido? ¿Cómo has vivido tus vínculos? ¿Cómo han sido tus amores? ¿Qué ha prevalecido en tu camino? ¿El amor propio? ¿O el amor a los otros, especialmente a los heridos que, a la vera del camino, solo pueden suplicar ayuda? ¿Qué calidad ha alcanzado tu libertad?

El cristiano tiene la convicción de la plena humanización de toda la creación. Incluso si fracasan muchos proyectos buenos y justos, Dios no dejará caer al vacío ningún esfuerzo humano. Es más: no dejará de darle todo su peso al más pequeño gesto de amor y generosidad que hayamos podido realizar.

Los evangelios nos dicen que Jesús fue siempre muy reticente a dar juicios tajantes y definitivos sobre las personas. Sus ojos veían siempre lo oculto, incluso en los corazones más duros y cerrados. Trigo y cizaña crecen juntos, enseñaba a sus discípulos, impacientes por condenar y separar a buenos de réprobos. Dios tiene paciencia, porque ama, conoce la fragilidad de su criatura, no se escandaliza de ella, porque sabe también qué potencia tiene su Espíritu creador.

No. No esperamos el Juicio como un día de ira sino como la expresión más alta de la misericordia, la compasión y el perdón de Dios que limpiara todas las impurezas de la libertad humana. Quien vive de esa espera sabe que el tiempo que se le ha dado es precioso, que no lo puede dejar pasar viviendo con despreocupación.

De un corazón que así vive y espera nace el santo temor de Dios. Es el temor a la más terrible posibilidad de la libertad humana: traicionar la majestuosa belleza del amor y la ternura de Dios que Cristo ha traído al mundo. Parafraseando a San Agustín: “temo al Dios que pasa y que yo, tal vez, deje pasar”.

Subió a los cielos

«La Voz de San Justo», domingo 3 de diciembre de 2017, primero de Adviento

Después de confesar la fe en la resurrección, el Credo afirma: “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. Es casi una cita literal de la conclusión del evangelio de Marcos: “Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios” (Mc 16,19).

“Resucitó”, “subió a los cielos” y “está sentado a la derecha de Dios”. Tres metáforas para expresar la riqueza de una misma realidad: el Hijo de Dios ha superado la muerte, consiguiendo para todos la plenitud de la vida como sólo la hace posible la comunión con Dios.

Al nacer de una mujer, se ha adentrado en la experiencia humana. Al morir crucificado no sólo ha conocido ese límite supremo que es la muerte, sino que ha hecho suya la suerte de todos los crucificados de la historia. Ha descendido al reino de la muerte. La metáfora del descenso se complementa ahora con las de la ascensión y la exaltación.

Así, en Jesús, Dios se ha manifestado definitivamente a favor de los hombres. El Creador no ha dejado a su creación librada a su suerte. Se ha definido activamente a su favor. El hombre, especialmente en sus horas más oscuras, cuando todo parecería absurdo y sinsentido, cuenta con Dios para reafirmar el valor de la vida.

La fe cristiana en la victoria de Cristo expresada con estas imágenes se pone del lado de las expectativas más hondas del corazón. Nada genuinamente humano ha de perderse. Todo gesto de humanidad tiene sentido porque tiene futuro.

Jesús mostró con claridad que a Dios Padre no le es indiferente la suerte del hombre; que lo conmueve el sufrimiento de cada uno de sus hijos y que, esa conmoción da lugar a una solidaridad activa y concreta. Todo aquel que se ponga del lado de los pobres estará con Jesús en el lado correcto de la historia. Estará donde está el corazón de Dios.

Cuando comentábamos el Padrenuestro decíamos que “el ‘cielo’ no es un lugar, ni tenemos que pensar en el espacio ni en ninguna galaxia. Se trata de una metáfora. Y muy bella, por cierto”. Expresa la inmensidad de Dios, siempre más grande que todo lo que podamos imaginar. Hacia allí ha sido llevado el ser humano. Primero Jesús, abriendo el camino. Después, cada hombre.

La imagen del Hijo vencedor de la muerte que, después de esa lucha, se sienta a la derecha de Dios expresa algo más. Indica que la exaltación de Jesús no implica lejanía. Menos aún indiferencia ante los que seguimos batallando la vida. Todo lo contrario. Ahora, el Dios hecho hombre que, a través de su humanidad, conoce desde dentro nuestras fatigas (también nuestras derrotas), está con nosotros de una forma nueva. Es el Señor, cuyo poder actúa en el mundo, sobre todo, a favor de los pobres. Con ellos se identifica, haciendo suya su causa y promoviendo su dignidad.

El brazo derecho es, para la Biblia, expresión del poder divino. A condición de que no olvidemos que el verdadero poder de Dios es su amor de Padre, manifestado como misericordia, compasión y perdón. Así lo manifestó Jesús durante su vida terrenal. Así lo ejerce ahora sentado a la diestra del Padre todopoderoso.

El Adviento que hoy iniciamos nos invita a mirar hacia ese futuro que nos espera. «Desde allí ha de venir A juzgar a vivos y muertos».

Vivir como resucitados

«La Voz de San Justo», domingo 19 de noviembre de 2017 – I Jornada Mundial de los Pobres

“¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva…” (Rom 6,3-4).

Cada año, en el momento culminante de la Vigilia Pascual, los cristianos escuchamos este solemne párrafo de San Pablo a los romanos.

El mensaje es claro: para el bautizado, el bautismo es el inicio de una vida nueva. Su existencia quedará para siempre marcada por la pascua de Jesús. Hemos muerto con Él y con Él tenemos una vida nueva.

Si Cristo resucitó, lo hizo por nosotros. La resurrección no es un milagro que le aprovecha solo a él. Como decíamos el domingo pasado, también con Pablo: si Cristo resucitó es porque la victoria sobre la muerte es la esperanza más honda de toda la humanidad. Dios quiere la vida, no la muerte. Al resucitar a Jesús, Dios nos ha dicho que esa esperanza no quedará defrauda.

Para un cristiano, creer en Dios es creer en el Padre que resucitó a Jesús y que nos resucitará a nosotros con él. Sobre esa confianza se asienta toda nuestra vida.

En la raíz de la vida cristiana no está el esfuerzo del hombre por alcanzar a Dios o alguna forma de perfección ética. El origen de todo es un don absolutamente gratuito. Ya lo decíamos comentando el artículo de la creación: en su cuerpo, el hombre comienza a percibir que ha recibido la vida como regalo. Él mismo se percibe como don. Y así, en el don sincero de sí mismo, ha de vivir. Ahora añadimos: Cristo resucitado es el verdadero hombre nuevo. Con su resurrección comienza una nueva posibilidad para la humanidad.

Es también Pablo el que habla de una nueva creación: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Co 5,17).

Vida nueva. Hombre nuevo. Nueva creación. Todo muy bonito. Pero, en concreto ¿de qué se trata? De todas las páginas del evangelio que podríamos evocar para responder, este domingo, “Jornada Mundial de los Pobres”, elijo la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,29-37). De eso se trata: de hacerse prójimo, cercano y hermano de aquel que está caído. De interrumpir el propio camino para acercarse y animarse curar las heridas del otro.

Vuelvo a decirlo: antes que obra nuestra, esta existencia nueva definida por el amor desinteresado es la obra de Dios en nosotros. Más precisamente, del Espíritu Santo. Es el Espíritu de Cristo el que, ya ahora, en esta existencia frágil y mortal, comienza a sembrar la vida nueva de la resurrección. Él nos transfigura a imagen de Jesús para que tengamos sus mismos sentimientos, actitudes y gestos. Él nos enseña, en cada momento de nuestra vida, a vivir como resucitados.

Es el Espíritu el que hace posible en nosotros lo verdaderamente nuevo y definitivo: un corazón que ama, un rostro que mira y una mano que se tiende para aferrar la mano del que está en apuros.

El Credo nos lleva de la mano al encuentro con el Espíritu Santo. En breve tendremos que hablar del Soplo de Dios que infunde el amor de Cristo en nuestros corazones.

Resucitó

«La Voz de San Justo», domingo 12 de noviembre de 2917

“Lloraremos siempre a nuestros amigos. Fue el amor lo que nos trajo aquí y fue el amor lo que nos seguirá uniendo. Ese fue y será nuestro camino. Ese maravilloso círculo de amor y amistad que cultivamos durante décadas fue lacerado. Tendremos que vivir con ese dolor a cuestas”.

Conocemos lo que está detrás de estas palabras: cinco amigos muertos en un atentado terrorista en Nueva York que se cobró la vida de tres víctimas más. Son las sentidas palabras de los que sobrevivieron.

En medio del absurdo y de la irracionalidad del odio, el corazón herido busca palabras porque busca algo de luz. ¡Sólo el hombre reacciona así! Son palabras que buscan la Palabra.

Al meditar sobre la fe cristiana en la resurrección de Cristo, no he podido dejar de pensar en estas palabras. Como a muchos, al escucharlas me han emocionado. La emoción pasa, pero queda la inquietud: “Ese maravilloso círculo de amor y amistad que cultivamos durante décadas fue lacerado. Tendremos que vivir con ese dolor a cuestas”. Solo podemos imaginar, desde fuera y con infinito respeto, lo que eso significa para estas personas, cuyas vidas han cambiado para siempre.

El pasado 2 de noviembre, memoria de los fieles difuntos, sugerí en Twitter leer completo el capítulo quince de la primera carta de San Pablo a los corintios. Lo había hecho yo mismo esa mañana. Necesitaba volver a escuchar el anuncio cristiano: si los muertos no van a resucitar, Cristo mismo no ha resucitado. Y si Él no ha resurgido de entre los muertos, nuestra fe es vana y somos los más infelices de los hombres.

Ese es el corazón del anuncio cristiano: Dios se ha hecho cargo de todos los amores rotos, de todas las amistades laceradas, de las innumerables lágrimas vertidas por los hombres. Ha cargado con el dolor de todos los amigos que lloran a sus amigos. Y, resucitando a Jesús de entre los muertos, ha abierto un horizonte de esperanza para quienes aceptan este anuncio.

De ahí que podríamos definir a un cristiano como uno que vive de esa esperanza que lo centra en Dios y lo instala en la vida con una pasión renovada, especialmente para vivir las horas oscuras y las más grises del caminar de cada día.

El cristiano es alguien que ha escuchado el anuncio de la resurrección, lo ha acogido en su propia vida y, haciendo así, toda su existencia ha quedado iluminada.

Ha llegado a esa certeza, no porque haya visto la tumba vacía. Esta es apenas un signo que lo interpela: ¿crees que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos? Sí, lo creo y a esa palabra me confío. Entonces, su vida y todas sus experiencias más profundas quedan abiertas a la luz de la Palabra.

En primer lugar, sus amores y sus luchas. Nada de eso cae en el vacío ni desemboca en la nada. Pero también sus heridas y sus amores lacerados.

“Fue el amor lo que nos trajo aquí y fue el amor lo que nos seguirá uniendo”, decían con dolor y con verdad los amigos que lloraban a sus amigos muertos. Ahí, en esa experiencia en la que se mezclan amistad y sufrimiento, herida y consuelo, está el territorio en el que trabaja el Espíritu de Dios para que el hombre escuche el anuncio de la resurrección, crea en él y, sobre él, funde toda su vida.

Un discípulo de Jesús debería comprender de corazón a quien, escuchando el anuncio cristiano de la resurrección sacude su cabeza pensando que se trata de una ilusión. Y debería comprenderlo porque él mismo ha sentido esa duda. Y si, amenazado por ella, hoy puede pronunciar el amén de la fe, es por gracia.

Es la gracia de un encuentro que le ha cambiado la vida, en la que él no ha tenido la iniciativa, sino que ha sido encontrado y transformado por el amor siempre más fuerte de Dios.

Aquí, la reflexión se vuelve oración. La que sólo pronuncia un Nombre: Jesús…

Resucitó de entre los muertos

«La Voz de San Justo», domingo 5 de noviembre de 2017

El peregrino que llega a Jerusalén tiene una meta ineludible: la basílica del Santo Sepulcro. Construida por los cruzados, alberga aquella sepultura de la que se dice: “En el lugar donde lo crucificaron había una huerta, y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado… pusieron allí a Jesús” (Jn 19,41-42).

La tumba está vacía. ¿Qué significa esa ausencia? Si pudiéramos darle un consejo a nuestro peregrino, sería este: ir de madrugada, Biblia en mano, sentarse sin ansiedad en algún rincón y dejarse llevar por los relatos evangélicos. Leer el texto y escuchar la Voz que habla. Ver a los otros peregrinos y unirse a sus rezos en lenguas misteriosas. Dejarse envolver por los ritos litúrgicos que, de la visibilidad de los signos nos conducen al misterio inefable del Dios hecho hombre. Escuchar, ver y tocar. No se puede estar en Jerusalén sin que los sentidos del cuerpo sean convocados para esa aventura de la fe.

¿Qué puede escuchar el peregrino que, casi sin darse cuenta, se ha convertido en un contemplativo? Tal vez, lo que nos cuenta San Marcos que escucharon las mujeres que fueron de madrugada a honrar a un muerto: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho” (Mc 16,6-7). Y concluye: “Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo” (Mc 16,8).

El domingo pasado explicaba el significado del verbo “resucitar”: despertarse del sueño y, de un salto, ponerse de pie. Se trata de una metáfora que explora una situación límite: Dios hace surgir la vida cuando la muerte había cerrado toda posibilidad.

El viernes santo parecía que todo había terminado. Jesús había sido eliminado como un maldito. Dios lo había abandonado. Sus desilusionados discípulos retomaban su vida de antes. Sin embargo, esa mañana, ante el sepulcro vacío, las mujeres comienzan a descubrir una realidad inaudita: allí ha comenzado a crecer, para Jesús y para todo el mundo, una vida nueva, la verdadera y definitiva vida que el Creador había soñado para su criatura. Dios, su Padre, lo resucitó con el soplo vital de su Espíritu y, ahora, se los revela para que lo anuncien a todos.

Jesús, entonces, tenía razón cuando habló de Dios, llamándolo “Padre. Recordemos que el motivo de su muerte fue religioso no político. Fue condenado por hablar de Dios como lo hizo. Dios no es como predican los escribas y fariseos: severo, que distribuye castigos y premios, lejano y que parece odiar a los pecadores. No. Es cercano a los pobres, acaricia a los niños y da su lugar a las mujeres, se conmueve ante el dolor y el sufrimiento del hombre y, por encima de todo, perdona al pecador. Es como un pastor que sale a buscar a la oveja perdida y hacer fiesta al encontrarla.

Es comprensible, entonces, el miedo de las mujeres y que corran espantadas. Más que un milagro, la tumba vacía interpela a tomarse en serio a Jesús y su mensaje.

Si todo eso es cierto, aceptar el testimonio de quienes lo anuncian resucitado, implica que no se puede seguir viviendo de la misma manera. El peregrino (y cada hombre lo es, aunque jamás pise Jerusalén) es un buscador. Como aquellas mujeres. Tiene el corazón colmado de preguntas. Pero las respuestas que el Evangelio le ofrece lo descolocan aún más. Esa tumba vacía atrae y atemoriza. Si lo que insinúa es verdad, cambia todo y obliga a decisiones que nos llevan lejos. De ahí esa ansia por correr. Solo que el Resucitado corre más rápido y, como a Pablo, nos alcanza y nos deslumbra con su luz. Y así, todo cambia. Hay que empezar a vivir como Jesús vivió.

Todos los Santos: los Jardineros de Dios

Todos los santos

21 Jornada de oración por la santificación del pueblo argentino y la glorificación de los siervos de Dios.

“El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado…” (Gn 2,6).

Pastor, viñatero, novio-esposo, alfarero… y también jardinero.

Esta imagen de Dios tiene su fascinación.

Hacer un jardín es toda una declaración. Casi una confesión de fe. O una declaración de amor a la vida.

Un acto de intrépida confianza: creo y espero que la vida pueda mostrar lo mejor que tiene, sus colores y sus aromas más encantadores.

Solo hay que tener paciencia, meter las manos en la tierra, sembrar, regar y esperar.

Cuando imagino la santidad de Dios pienso en este Dios jardinero.

Todopoderoso para sacar todo de la nada, pero con manos diestras para los detalles más ínfimos y delicados.

Es verdad que, sobre todo para el Antiguo Testamento, el Dios tres veces santo que reveló a Isaías toda su gloria, es el Dios que está más allá de todo lo que de Él podemos pensar o imaginar. El “totalmente Otro”, el inasible, misterioso y soberano. El que libremente se ha resuelto a amar a su criatura.

Para ella “el Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente…”

La santidad de Dios se revela, de esta manera, como amor que, con infinita paciencia, dispone la belleza de un jardín como ambiente para que viva su criatura más amada, el hombre.

Cuando el joven Isaías, en medio de la liturgia del templo de Jerusalén, es alcanzado por una visión del Altísimo que lo marcará a fuego para toda la vida, precisamente percibirá la santidad fascinante del Dios tres veces santo que llena la tierra de su gloria.

Santidad y gloria: el misterio que se hace visible como creación, cuidado y salvación.

La santidad de Dios se ha concentrado y humanizado en el hijo bendito de María Virgen.

Ella oyó, de labios del ángel, aquella declaración: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios…” (Lc 1,35).

Y esa santidad divina se abrirá paso por sus manos, su corazón y sus labios. Y, cuando tenga que contarnos del reino que sueña su Padre para la humanidad, lo hará con imágenes aprendidas del Padre jardinero y labrador: “Miren los lirios del campo… ni Salomón se vistió como ellos” (Mt 6,28).

Ya vencedor de la muerte y con su humanidad transfigurada por el Espíritu se revelará a los ojos de María Magdalena, en la mañana de la Pascua. Es cierto: ella no lo reconocerá, de buenas a primeras. Pero algo de verdad hay en esa intuición de mujer enamorada que comienza a percibirlo como el jardinero, el que cuida de ese jardín.

Sí. El Resucitado sigue trabajando en este mundo nuestro, amenazado constantemente por la aridez del desierto, para derramar el agua viva del Espíritu que transforme el desierto en un vergel.

Y eso son sus santos y santas: jardineros como él que se empeñan en hacer un jardín de este mundo nuestro, sembrándolo con sus semillas, cuidando la tierra y haciendo que se transforme por los colores y aromas que el Resucitado sabe esparcir a través de sus discípulos.

¡Qué sería de nuestro mundo sin los santos jardineros de Cristo! ¡En qué lo habríamos convertido ya!

Hoy damos gracias porque Dios sigue empeñado en plantar un jardín.

Y le damos gracias porque ya no lo hace solo.

Ha entrenado en ese divino oficio a miles de hombres y mujeres (los famosos “144.000” del Apocalipsis) para transformar esta tierra en un jardín de Dios.

Y lo están haciendo.

Por eso, hoy hacemos fiesta… y hasta nos sentimos más libres y entusiasmados para sumarnos a esa obra que es trabajo, misión y servicio a la belleza de Dios que crece en este mundo nuestro.

El jardín más humilde es como la Eucaristía: anuncio y profecía de la nueva creación que Dios está haciendo crecer en esta historia.

Eso, amigos míos, quiere decir: ¡tenemos esperanza!

¡Podemos desear para todos la santidad de Dios que se ha manifestado en Cristo!

El amor de Dios nos hace santos, alegres y servidores en la sociedad. Oremos juntos para que todos los argentinos busquemos la santidad.