La Eucaristía, hogar de vocaciones

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Homilía en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor – sábado 17 de junio de 2017

La Eucaristía es hogar de vocaciones.

Ante todo, la celebración misma de la sagrada liturgia eucarística. La más solemne, tanto como la más humilde y silenciosa.

Pero también es llamada – y con una elocuencia especial –el sagrario, donde Cristo parece estar siempre en actitud de espera: el amigo que espera al amigo que no termina nunca de llegar.

La Eucaristía es llama y llamada.

Fuego ardiente, porque actualiza el misterio de la Pascua del Señor. Nos desafía a dejarnos quemar por el fuego de Cristo que es la caridad ardiente de su Espíritu. Ese es el fuego que arde en cada Eucaristía.

Es el Resucitado el que nos alcanza en ella, nos interpela, nos invita y nos conmina a reunirnos en torno suyo: “Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6,53).

Claro: solo una fe viva, inquieta y peleadora nos hace aptos para escuchar esta llamada que la Cena del Señor contiene y corporiza.

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En estos días, me ha venido varias veces a la memoria aquel relato del siglo IV sobre los cristianos de Abitinia, pequeña comunidad cristiana del norte de África. Hoy Túnez.

Arreciaba la última gran persecución del Imperio romano contra los cristianos. También la más cruenta. El estado había prohibido el culto cristiano. Sin embargo, desafiando el poder abrumador del Imperio, estos discípulos de Cristo se reúnen para celebrar la Eucaristía el día de la resurrección.

Sorprendidos por la autoridad, son llevados ante el juez. Al preguntarles porqué hacen lo prohibido, y no obedecen la ley establecida, uno de ellos responde por todos, con una frase memorable: “Sine dominico non possumus” (“sin el domingo, no podemos vivir”). Murieron mártires.

¿Podríamos nosotros – católicos sanfrancisqueños del siglo XXI – hacer semejante afirmación? ¿Podemos también decir que sin la Eucaristía dominical no podemos vivir? Y no como una frase bonita, de ocasión, sino como expresión de una convicción arraigada en la única tierra en la que puede echar raíces la fe: nuestra conciencia y libertad personales.

¿Qué es lo que hace tan imprescindible a la Eucaristía para un cristiano? ¿Por qué ella debería tener prioridad a la hora de organizar los tiempos del domingo?

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La Eucaristía es hogar de vocaciones. Es llama y llamada.

Ante todo, para la Iglesia misma.

Uno de los nombres más bellos de la Eucaristía es “Synaxis”, que podríamos traducir por unión, reunión.

Venimos a la Eucaristía porque somos llamados y reunidos por una palabra que nos llega desde fuera, cuyo sonido y sentido solo es captado por un oído atento, capaz de traspasar el muro impenetrable de nuestros ruidos y del desborde de las emociones primarias que parece ser el sello distintivo de la cultura ambiente.

Hermanos: ¡es Jesús, el Señor, el que nos arranca de la soledad que aburre y empasta nuestro corazón! ¡Es Él el que nos espera y nos convoca!

Jesús resucitado abre, en cada Eucaristía, la comunión de la Santa Trinidad para que tomemos parte en ella. Esa es la “synaxis” – reunión, comunión y encuentro – que se expresa en la noble sencillez de los signos litúrgicos.

Como Elías que solo termina de percibir el paso de Dios en la tenue brisa que se sucede al huracán, el terremoto y el fuego (cf. 1Re 19, 1-18). El paso del Dios conmueve todo, hasta la raíz. Pero, para oír su voz hay que tener una actitud especial como la mirada admirada de los niños que se abren a la vida.

Los Padres de la Iglesia hablaban de la “sobria embriaguez del Espíritu”. Es “embriaguez” porque convoca nuestra persona a través de nuestro cuerpo con sus sentidos y emociones (ver, tocar, oír, sentir, cantar). Pero es “sobria” porque si los sentidos son exaltados hasta el desborde, más que abrirnos al misterio, nos bloquean para entrar en comunión con él.

Arduo y desafiante camino de madurez espiritual, a que estamos llamados todos los bautizados, no solo una élite de privilegiados. ¡Pero cuánto fruto se podrá cosechar de esta verdadera madurez en Cristo!

Esa es una de las metas más ambiciosas de la pastoral litúrgica de la Iglesia que, como enseñó el Concilio, apunta a aquella participación plena, consciente y activa que nos sumerge en el misterio pascual que celebramos (cf. SC 14.19).

Solo si nos abandonamos así a la acción del Espíritu, podremos celebrar con fruto la Eucaristía. Solo entonces, la reunión eucarística nos confiará su tesoro más precioso: el Resucitado y su Pascua, que se nos ofrece como fuego que quema sin destruir, llama y llamada de amor que toca realmente los corazones.

Saboreemos estas palabras del Señor, que es justo que no captemos de buenas a primeras, sino que necesitemos tiempo, oración y mucho amor para conectar con lo que ellas transmiten: “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí” (Jn 6, 57).

La comunidad eclesial nunca es tan Iglesia como cuando está reunida en torno al altar. Allí, ella comprende que todo lo que tiene es don de Cristo. Es gracia recibida, que solo puede ser acogida en la adoración, la alabanza, la acción de gracias y la misión gozosa que comparte el don recibido.

De manera especial, la Eucaristía llama a la Iglesia a ser servidora de los pobres, los olvidados y excluidos. A ser Iglesia pobre y para los pobres.

El Santo Padre nos ha convocado a la primera Jornada mundial de los pobres (el próximo domingo 19 de noviembre), regalándonos un vigoroso e interpelante mensaje, que espero podamos meditar y llevar a la práctica.

Si Cristo y su Evangelio ya no me dicen nada verdaderamente significativo, o son solo una simpática referencia social o tradicional, es lógico que la Eucaristía me parezca un rito del que puedo prescindir sin mayores consecuencias.

La pregunta incisiva y clave de la pastoral no es, por tanto, porqué la gente ha dejado de ir a Misa, sino esta otra, más provocativa: Cristo ¿es conocido, amado y servido como Señor y Salvador? ¿Qué lugar real tiene Él en mi vida? ¿He hecho la experiencia de su Presencia que todo lo renueva y transforma? ¿Escucho su llamada en los rostros de mis hermanos más vulnerables?

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La Eucaristía es hogar de vocaciones. Es llama y llamada.

Lo es para la Iglesia, y para cada uno de nosotros, bautizados y sellados por el Espíritu.

Ha sido experiencia de muchos de nosotros haber escuchado la llamada del Señor en el marco de la liturgia eucarística, o de haber recibido allí la confirmación de esa llama que crecía en nosotros y que llamamos “vocación”.

O que, al reunirnos con los hermanos para compartir el Pan, el Señor nos haya puesto en crisis, sacudiendo nuestro cómodo aburguesamiento, y llevándonos al borde del abismo, para que nos entreguemos a Él con la audaz confianza de los niños o de los místicos.

El lema de este año pastoral 2017 en nuestra diócesis es: “Soy Vocación. Soy Misión”.

En la Eucaristía de cada fin de semana tenemos la posibilidad de hacer esa experiencia. Solo se requiere la búsqueda ardiente del rostro de Cristo y el deseo de unirme a Él – “comer su carne y beber su sangre”, en el lenguaje provocativo de San Juan evangelista – para tener su vida.

Que podamos ser fieles y corresponder al Espíritu que alienta en nosotros ese deseo.

Que así sea.

Nuestra Señora del Rosario de Fátima, patrona de la Diócesis de San Francisco


Homilía en la Eucaristía de la Fiesta patronal diocesana

Oración y penitencia.

Así podemos resumir el mensaje que viene resonando desde hace cien años en Fátima.

Estas palabras las oyeron los tres niños – Francisco, Jacinta y Lucía – en la Cova de Iría.

Una vez más se cumplió el Evangelio: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18,16-17).

Fueron sorprendidos por María, quien les abrió su inmaculado corazón de madre, haciéndoles experimentar su presencia maternal de una forma extraordinaria.

Lo vivieron intensamente ellos, pero era una gracia destinada a toda la humanidad. También para nosotros.

Como ha dicho el Santo Padre, esta mañana, en la Misa de canonización de Francisco y Jacinta: “Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús»”.

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Oración y penitencia.

Volvamos sobre estas palabras que constituyen el centro del mensaje de Fátima.

¿De dónde las tomó María?

No lo dudemos: del Evangelio.

En Fátima, María no pronunció otro mensaje que el Evangelio de Cristo. María no tiene otra palabra que decir al mundo que el Evangelio.

De los labios de su Hijo, ella, su más fiel y perfecta discípula, tomó estas dos palabras sagradas.

Siempre Jesús. Desde las bodas de Caná y aquel “Hagan todo lo que Él les diga”, María no tiene otra referencia que Jesús, el único Salvador del hombre.

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Oración.

Jacinta, Francisco y Lucía eran tres niños que estaban aprendiendo a orar.

Y lo hacían como niños: entremezclando sus sencillas, pero profundas plegarias con su vida familiar, sus juegos y su trabajo de pastores.

La Providencia encontró así un terreno fértil en ellos.

No podemos dejar de señalar en esto el rol fundamental que tuvieron sus familias, tan pobres como profundamente cristianas.

En la primavera de 1916, preparando el inminente encuentro con María, los tres chicos fueron sorprendidos por el “Ángel de la Paz” que, orando con ellos, les transmitió dos preciosas oraciones:

Dios mío, yo creo, te adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman.

Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo: te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que es ofendido. Y por los méritos infinitos de tu Santísimo Corazón y del inmaculado corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores.

Lucía dirá que, sobre todo la primera oración la repetían una y otra vez, hasta el cansancio.

Lo cierto es que, orando así, el corazón de estos tres niños se fue disponiendo para el encuentro con Nuestra Señora.

Una oración que pone en el centro la adoración del Dios amor, las virtudes teologales que definen la identidad cristiana y la intercesión por los “pobres pecadores”, es decir, una oración profundamente fraterna y solidaria.

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Penitencia. Arrepentimiento. Conversión.

Es una de las claves fundamentales del mensaje de Jesús: “El tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15).

La penitencia a la que invita el Evangelio es, sobre todo, la conversión del corazón, la penitencia interior, más que las obras exteriores.

Como enseña el Catecismo: “La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia” (Catecismo 1431).

María acompañó a los tres pastorcitos de Fátima a abrir sus corazones al inmenso dolor del mundo; a experimentar, de una forma que a nosotros nos deja sin palabras, lo que puede llegar a significar una vida sin Dios, en la ausencia de su luz y de su bondad. Que se sintieran hermanos de todos los pecadores. Que no les resultara indiferente el dolor ni la suerte del mundo.

Les ayudó a convertir sus corazones para que adquirieran las dimensiones de su propio corazón inmaculado de Madre. Es más, haciendo así, les ensanchó el corazón para que cupiera en ellos el mismo amor que Dios siente por el mundo que lo olvida y lo margina. Los abrió a experimentar la misericordia de Dios.

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Permítanme resaltar unas palabras de la homilía del Papa Francisco en la Misa de esta mañana en Fátima. Escúchenlas con atención, por favor:

En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede. Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.

Oración y penitencia son el mensaje de Fátima, porque son el mensaje del Evangelio.

Pero una oración y una penitencia que hacen de los orantes y penitentes, hombres y mujeres que no viven para sí, encerrados en su propia comodidad y bienestar, sino que se convierten en esperanza para otros.

Cualquiera sea nuestra vocación y misión, estamos llamados a ser, para nuestros hermanos, para nuestra patria y para toda la humanidad, testigos de la esperanza que no defrauda.

Oramos porque el Señor mismo oró, nos enseña a orar y nos da su Espíritu para que abra nuestros corazones a la fe, la adoración y la intercesión.

Hacemos penitencia, porque el Espíritu toca nuestros corazones, los quebranta con la conversión y nos dispone para la reconciliación.

Oración y penitencia, antes que obras nuestras son obra suya: gracia de Dios que se adelanta, nos cura y nos eleva con su mano providente.

Podemos orar, porque Dios nos mira con amor.

Podemos arrepentirnos, porque Dios nos alcanza con su amor que nos perdona y nos reconcilia

Por eso, en esta Eucaristía diocesana, para nosotros y para toda nuestra Iglesia de San Francisco, por la intercesión de santa Jacinta y san Francisco Marto, pidamos al Señor el don de la oración y de la penitencia.

Así sea.

Una llamada en un pañuelo

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Homilía en la Eucaristía de la Asamblea de la Pastoral Juvenil de la Diócesis de San Francisco – domingo 23 de abril de 2017

Queridos chicos:

Permítanme comenzar con un recuerdo personal: habré tenido unos catorce años, cuando el sacerdote encargado de mi parroquia nos pidió a un grupo de jóvenes que nos preparáramos para el lavatorio de los pies el Jueves Santo.

El padre se llamaba Tarsicio Rubin. Era un misionero italiano, verdaderamente santo. Tiene iniciada la causa de beatificación. Es el que nos enseñó a rezar con los salmos, como les he contado en los retiros que hemos compartido.

El padre Tarsicio tuvo la idea de hacer preparar doce pañuelos con los nombres de los apóstoles. Los repartió entre los que participamos en el lavatorio de los pies. A mí me tocó el que llevaba el nombre de Tomás, protagonista del evangelio de hoy. Lo guardé mucho tiempo, incluso estando en el seminario. En algún momento se me extravió y no lo volví a encontrar.

Releyendo el evangelio para esta Misa con ustedes, este recuerdo me vino inmediatamente a la memoria.

Siempre he tenido como un vago presentimiento: algo de mi propio camino como discípulo de Jesús tiene que ver con este hecho, al que veo realmente como un signo del paso de Dios por mi vida. Y con Santo Tomás.

Sin embargo, nunca lo he profundizado. Tal vez, por una cierta desilusión que también recuerdo: en definitiva, Tomás era el apóstol que dudó. ¿No hubiera sido mejor que me tocara – no sé – San Juan, por ejemplo?

De todos modos, es un hecho que está ahí, en la memoria de mi biografía espiritual, como una semilla un poco dormida que espera liberar todo su potencial de verdad para dar fruto iluminando la vida.

Desde aquí – y con esta inquietud – me acerco al evangelio de este domingo.

*     *     *

Hemos escuchado juntos esta página evangélica. Nos habla a todos. Le habla a la Iglesia joven de San Francisco que está buscando al Resucitado.

También nosotros, como Tomás, estamos siempre en viaje de la incredulidad a la fe, de la soledad a la comunión, de la búsqueda al encuentro.

Hay algo en la figura de Tomás que lo hace especialmente cercano a nosotros. Al menos, es lo que me atrae a mí. O lo que empiezo a extraer de aquella vivencia de mis catorce años, hoy, que tengo cincuenta y tres, y he caminado un poco en la vida de la fe.

Lo formulo en estos términos: incluso en sus dudas, en sus errores y, en definitiva, en su propia imperfección humana, Tomás tiene intuiciones y anhelos muy genuinos y verdaderos.

Así somos nosotros, normalmente: hombres y mujeres que no tenemos la vida totalmente resuelta, sino que buscamos, ensayamos, arriesgamos y, haciendo así, en ocasiones, nos amargamos por nuestros fracasos.

Pero entremezclándose con todas eso, también experimentamos la presencia en nosotros de un deseo muy intenso de verdad y de justicia, de bondad y belleza genuinas.

El evangelio según San Juan ya nos ha presentado a Tomás haciéndole una pregunta incómoda a Jesús, que ha revelado la inmadurez de su seguimiento: “Señor, si no sabemos adónde vas ¿Cómo vamos a conocer el camino?” (Jn 14,5). A lo que Jesús responde con la célebre afirmación. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

Tomás es discípulo de Jesús. Seguramente lo ama con profundidad. Pero está un poco desorientado. No termina de comprender bien quién es realmente Jesús, qué le está proponiendo y hacia dónde lo está conduciendo.

Lo bueno es que se anima a preguntarle con una franqueza demoledora, manifestándole así todas sus dudas.

Y eso, mis queridos chicos, es precisamente la oración que nace de la fe: un ponernos con esa sinceridad brutal ante Jesús y abrirle la vida, el corazón, los sentimientos, deseos y vivencias más hondas, y también más contradictorias.

Y decirle: “Señor, realmente no sé bien qué quiero; no entiendo qué me pasa y por dónde tengo que ir…Sólo sé – o intuyo – que Vos podés tomarme de la mano y acompañarme en este camino de la vida”.

La oración es escuela de vida. Si aprendemos a hablarle así a Jesús, ensayamos un estilo de comunicación más transparente y humano.

¿No les pasa a ustedes, en muchas ocasiones, que no saben comunicar bien lo que les pasa, las emociones que tienen dentro? ¿O, tal vez, que les da un poquito de miedo hacerlo: miedo al qué dirán, a que nos malinterpreten o a que no terminen de comprendernos bien?

Tenemos que aprender a comunicar lo que nos pasa, mirándonos a los ojos, generando confianza y clima de apertura, encontrando las palabras y los gestos justos para decir lo que tenemos y, así, ir captando la verdad de nuestra vida.

En la escena de hoy pasa algo similar: cuando sus compañeros le cuentan la extraordinaria experiencia que han tenido de ser alcanzados por el Resucitado, Tomás, por un lado, no termina de creerles y, de esta manera, se muestra incrédulo y bastante endurecido interiormente; pero, por otra parte, al decir que él aspira al menos a ver las cicatrices de la cruz, está dejando ver qué esas son las marcas del amor hasta el extremo, incondicional y redentor, que es el anhelo más profundo que lleva dentro.

Intuye que a Jesús solo se lo termina de conocer realmente cuando se contempla el amor que lo ha llevado a entregar la vida. Ese es el único Jesús que vale la pena que nos alcance en el camino de la vida.

Ese será el Señor que, finalmente, lo vencerá arrancando de sus labios la confesión de fe más hermosa de todo el Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28).

Tomás no tiene miedo de equivocarse para aprender. Y va a aprender, de la mano de Jesús resucitado – el mejor maestro – aunque tenga que pasar un momento de apuro por el reproche cariñoso que el Señor le dirige porque lo ama de veras.

Es más, tomando pie de ese camino que ha llevado a Tomás de la incredulidad a la fe, el reproche de Jesús dará paso a su última bienaventuranza: “¡Felices los que creen sin ver!” (Jn 20,29).

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Como Iglesia joven hoy nos hemos reunido para buscar al Resucitado, para expresarle nuestras inquietudes y dudas, para exponerle nuestros sentimientos.

Traemos en el corazón a todos los jóvenes de nuestra diócesis. No solo a los que participan de nuestras actividades. De manera especial, ponemos ante la mirada de Jesús a todos los chicos y chicas que sienten sus vidas jóvenes amenazadas.

Tengamos la certeza de que Él nos mira con cariño. Y no solo eso. Nos invita a buscarlo y reconocerlo – como hizo Tomás – en los signos de su amor.

Nos invita a vivir a fondo la bienaventuranza de los que creen sin ver, y a acompañar a otros a tener la misma aventura de la fe.

Porque la fe hace posible un ver más profundo: nos permite reconocer, en nuestra vida, con toda su fragilidad, los signos ciertos de su amor. Es la confianza que nace de la fe en Él, la que nos abre los ojos para este descubrimiento.

Creo que en ese pañuelo con el nombre de Tomás, Jesús me tenía preparada una palabra que, hoy, tantos años después, sigue iluminando mi vida, porque me sigue hablando de la gracia de la vocación y la misión que me ha confiado.

¡Ojalá, queridos chicos, puedan ustedes tener una experiencia similar!

Vale realmente la pena.

Así sea.

Misa crismal 2017

Jesús inicia su ministerio público en la Sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,1-13). 

Viene de la intensa experiencia del bautismo en el Jordán, cuando había sido colmado por el Espíritu Santo.

El mismo Espíritu lo empujó al desierto, como un día lo había hecho con el pueblo de Israel. Gracias a las pruebas del camino, el pueblo había aprendido a saborear lo que significa vivir en libertad; aquella libertad que es, a la vez, don de Dios y respuesta personalísima del hombre.

Allí, en el Jordán y en el desierto, lo sorprendió una experiencia única: emergió con inusitada fuerza una vivencia que lo había acompañado desde siempre: la comunión inmediata con el Dios vivo de Israel, a quien él se había atrevido a invocar osadamente llamándolo “Abba” (Padre querido), poniendo en palabras el misterio siempre insondable de la conciencia de su identidad personal.

Se siente Hijo y aprenderá a comprenderse a sí mismo como tal. Y lo hará patente con toda su persona. Así lo dicen sus palabras, especialmente las parábolas con las que ganará los corazones. Lo hará presente, sobre todo, con sus gestos de entrañable compasión, que tampoco dejarán indiferente a nadie. Parábolas y gestos obligarán a muchos a revisar a fondo su propia experiencia de Dios.

Ha crecido rezando los Salmos y escuchado las Escrituras de Israel. Al rumiar con su pueblo, cada sábado, los textos sagrados, ha aprendido a escuchar y a responder, con los labios y con el corazón, a esa Voz que lo habita desde siempre, y que no puede dejar de oír. Ha aprendido a orar, arraigando en su corazón una actitud de vida que ya nunca lo dejará.

Amará hacerlo en lo secreto de su casa, en la liturgia de la sinagoga o subiendo al templo de Jerusalén; se hará contemplación de la Providencia, al mirar los lirios del campo o las aves del cielo; o será búsqueda serena e inquieta en la montaña, muy de madrugada o incluso pasando toda la noche en oración con Dios. Este camino de oración alcanzará su punto culminante en Getsemaní y en el Gólgota. Entrará en la pasión orando. Así entregará la vida y esperará la resurrección.

Comprenderá también lo que ha podido ver, creciendo al lado de sus padres: en los verdaderos creyentes (los “pobres de Yahvé”), oración y vida se buscan y entretejen, formando una trama luminosa y humilde, indisoluble y sólida. En el espejo de esas vidas sencillas pero hondas, él mismo podrá hacer crecer su conciencia filial de Hijo único, Verbo e Imagen del Padre.

También como nosotros, Jesús comprenderá que no tiene una vocación, sino que es Vocación. Que no tiene una misión, sino que es Misión. Y lo hará mirando a María y a José.

Viéndolos a ellos, que viven como oran y oran como viven, quizás, comenzó él mismo a soñar el itinerario de su propia vida: “Bienaventurados los pobres, los que escuchan la Palabra y la practican, los mansos y compasivos, los pacíficos y los que luchan por la justicia…”.

*    *     *

Uno con su pueblo que desciende al Jordán convocado por la voz profética de Juan el Precursor, Jesús se descubre especialmente solidario con los pobres, los pecadores, los que buscan el reinado de Dios y su justicia. El Hijo se descubre hermano. Aprende primero el amor fraterno para vivir después la caridad del Buen Pastor.

El mismo Espíritu que lo mantiene en comunión inmediata con el Padre, desde esa fuente de vida, lo empuja a entrar de lleno en la vida de sus hermanos más frágiles, heridos y cansados. No puede dejar de conmoverse ante el sufrimiento de sus hermanos que lloran. No puede pasar al costado de ellos.

Con un detalle que hay que destacar: Jesús no les tiende la mano para ganarse adeptos. No es un puntero que cosifica a las personas o usa su drama para beneficio propio o de otros. Es un hombre libre que quiere hermanos igualmente libres.

Buscará a Zaqueo, a Leví y a sus amigos, tenderá la mano a la adúltera y se dejará tocar por la pecadora pública; sorprenderá a la samaritana, ofreciéndole infinitamente más de lo que ella le puede dar; tocará con su vitalidad a leprosos, paralíticos, ciegos y sordomudos, transformando sus vidas; detendrá su marcha, conmovido por el dolor de una viuda que llora a su hijo único muerto. Llorará ante la tumba de su amigo Lázaro, a quien despertará del sueño de la muerte. Acompañar, curar y cuidar serán verbos que expresan su acción y definen su vocación-misión. Él es esa misión que cumple…

*    *     *

Hoy lo vemos entrar en la Sinagoga de Nazaret y encontrar en una página del gran profeta Isaías, las palabras justas que expresan su vocación y misión:

El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.
Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres,  
a vendar los corazones heridos, 
a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, 
a proclamar un año de gracia del Señor, 
un día de venganza para nuestro Dios; 
a consolar a todos los que están de duelo. 
(Is 61,1-2).

*    *     *

En este “Año Vocacional”, nuestra Iglesia diocesana quiere dejarse guiar más dócilmente por el Espíritu, que trabaja en los corazones para actualizar la misma experiencia de Cristo, Hijo y hermano, en nosotros, que somos sus discípulos.

Hemos sido ungidos por Él en el bautismo y la confirmación. Algunos, en el sacramento del orden sagrado para visibilizar su servicio de amor. Al recibir la Santa Comunión, el Espíritu también nos vivifica, configurándonos con el Señor resucitado. Cada Eucaristía es Pascua. Es Pentecostés. Allí, el Señor nos conoce, pronuncia nuestro nombre y nos envía.

Pero, ¿qué significa ser dóciles al Espíritu? ¿Acaso tenemos que resignar nuestra libertad para que otro decida por nosotros?

Volvamos la mirada a Jesucristo, para contemplar en Él el misterio luminoso de su sorprendente y exquisita libertad humana.

Nadie ha escuchado con tanta atención la Voz del Padre como Él. Nadie le ha obedecido con tanta fidelidad, confianza y entrega como Él. Nadie, por eso mismo, ha alcanzado un grado tan elevado de libertad como Jesús, el Hijo amado.

Para nosotros, esa experiencia tiene un nombre: “discernimiento espiritual”.

Tendremos que volver sobre este tema. A punto de consagrar el crisma y los óleos, digamos solamente esto: si se trata del paso del Espíritu de Dios por lo concreto e irrepetible de una vida, discernir es ponernos deliberadamente en crisis, confrontando nuestra vida con el Evangelio, dejándonos también juzgar por él, a fin de sentir cómo y por dónde está pasando el Espíritu de Cristo en la vida de nuestra diócesis, de sus comunidades, de cada uno de nosotros.

También para nosotros, María y José nos ayudan a entrar en el discernimiento. Y Francisco y Clara. Pero, de manera especial, San José Gabriel Brochero que, de la mano de los Ejercicios, hizo del discernimiento espiritual un camino eficaz para que cada bautizado tuviera un encuentro personal y decisivo con el Señor.

A ellos nos encomendamos a las puertas de la celebración anual de la Pascua.

Amén.

Una fuente viva y eterna a cambio de un sorbo de agua

WEB 20170319 3e Di Careme AHomilía en la ordenación diaconal del acólito José María Linares. Parroquia «San Isidro Labrador» de Porteña – 19 de marzo de 2017, víspera de la Solemnidad de San José.

Algunos monasterios tienen la costumbre de erigir una fuente de agua viva, evocando esta escena evangélica del encuentro de Jesús con la samaritana en el Pozo de Jacob.

Suele estar en el centro del claustro, donde la disposición del lugar, los jardines y los caminos convergentes hacia esa fuente le dan visibilidad a la nueva creación que ha hecho posible la pascua de Jesucristo.

O, también, al ingreso, para que los peregrinos sepan, ya al llegar, que sus pasos han de conducirlos a esa fuente de agua viva, que es el Espíritu que Cristo dona a quien se abre a Él con confianza y entrega.

En la Carta pastoral para este “Año Vocacional Diocesano 2017”, los invitaba a suplicar al Señor para que nuestra diócesis pueda contar con un monasterio de vida contemplativa. Es decir: una comunidad de orantes buscadores de Dios, que a todos nos recuerde quiénes somos, cuál es la meta de nuestro peregrinar y en qué consiste la vida verdadera, por encima de los engaños seductores del mundo.

Necesitamos que el Señor nos mire fijo a los ojos, como a aquella frágil y afortunada mujer, y, una y otra vez, nos diga palabras de salvación: “La hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que el Padre quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4, 21-24).

Necesitamos que estas palabras nos arranquen de tantos miedos, mezquindades y sorderas que nos cierran en nosotros mismos y nos encierran en nuestro pequeño mundo, volviéndonos huraños, medio salvajes y entumecidos en nuestra soledad.

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“Dios es espíritu”, enseña Jesús (Jn 4, 24).

No es una afirmación de alta filosofía. Jesús, el Hijo que ha venido a nosotros desde el seno del Padre para contarnos quién es realmente Dios, empleando esta palabra sagrada– “espíritu” – quiere decirnos que Dios, por encima de todo, es relación, vínculo, apertura y disponibilidad, diálogo, encuentro y comunión. Es rostro amable, mano tendida y corazón abierto de amigo leal.

Y que eso es lo que nos pide y busca de nosotros: esa apertura y disposición para la amistad con Él. Ese tipo de relación genuina y auténtica, que no conoce segundas intenciones, juegos de poder o el infantilismo del que solo tiene reclamos para los demás.

Eso quiere decir Jesús cuando afirma que el Padre quiere “adoradores en espíritu y en verdad”: busca hijos e hijas que lo amen con amor personal, y que se reconozcan como hermanos.

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El relato comienza con un gesto sencillo que vale por todo el evangelio: un Jesús misionero, a la hora de la canícula, se sienta junto al pozo, agotado y sediento. Desde esa cátedra de debilidad, le dirige a la samaritana unas palabras que siguen resonando en nuestros oídos: “Dame de beber”.

¡Qué desproporción! ¡A cambio de un sorbo de agua, una surgente viva y desbordante! “El agua que yo daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna” (Jn 4, 14).

Dios no recrimina, ni exige, ni reclama. Solo sabe dar, ofrecer y entregarse plenamente a quien le abre un pequeño resquicio, mucho más si su vida es frágil como la de esta mujer que no había encontrado plenitud, pasando de marido en marido, hasta encontrarse con Jesús, el verdadero Esposo.

Jesús sabe ver en lo profundo de ese corazón herido, hasta encontrar en él esa sed profunda, a la que ofrecerá su agua viva.

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Querido Pepe:

Estás a punto de recibir la efusión del Espíritu que, en camino hacia el sacerdocio, te unirá a este Cristo Esposo y Servidor.

Para vos es una gracia y una caricia del Señor que, así, te sigue diciendo que te busca, que te ama desde toda la eternidad, que no lo detiene tu fragilidad y pobreza, sino que, por encima de todo, Él quiere colmarte siempre con sus dones.

Jesús, diácono del Padre para salvación de los hombres, te configura como signo sacramental de su servicio de amor hasta el extremo.

Pero la ordenación diaconal es, ante todo, un don del Dios amor para su pueblo: Él te dona su Espíritu para que te dejés transformar por la lógica de ese amor que se hace entrega de la propia vida, servicio humilde de amor, especialmente a los pobres, a los alejados y pecadores.

Como todo don gratuito de Dios, el diaconado te es dado para el bien de todos. En saberlo y, sobre todo, en vivirlo así estará tu plena felicidad y realización.Tendrás que vivir como diácono, no solo hasta la ordenación presbiteral, sino a lo largo de toda tu vida. Hasta la muerte, como lo hizo, por ejemplo, San José Gabriel Brochero.

A la víspera de la fiesta de San José, te invito a mirar a este varón justo que vivió para servir a Jesús y a María.

Solo podrás ser un buen cura si permanecés siempre, imitando a San José, como un diácono humilde del Evangelio.

Pepe: el Pozo de Jacob no está lejos. Lo tenés siempre a mano. ¿Necesitás que te recuerde cómo es?

La Palabra que te espera en la lectura orante de las Escrituras. La Eucaristía que alimenta y sacia más que nada. Tus hermanos, los pobres y descartados. La comunión misionera de la Iglesia y del Presbiterio.

El Señor sigue allí, sediento y buscando tus ojos. Te busca para un encuentro vivo con Él, en la fe esperanzada y confiada.

Te pide solo un sorbo de tu agua, pero te da mucho más: te da su mismo Espíritu.

Buscalo apasionadamente a Él con el corazón  inquieto e indiviso del célibe por el Reino, con ganas o sin ellas. Siempre.

Así sea.

Santo Cura Brochero

Memoria de San José Gabriel Brochero – Patrono del Clero argentino

Como Iglesia diocesana estamos viviendo un “Año Vocacional”.

Queremos celebrar el misterio de la vocación cristiana: en el bautismo y la confirmación, cada uno de nosotros hemos recibido una llamada personal de Dios -su vocación- para ponernos al servicio de todos.

Suplicamos que el Espíritu Santo nos revele esa llamada, que nos dé su consuelo y su fuerza para acogerla y vivirla, entregándonos totalmente a la misión que el Señor nos confía.

No tengo una vocación: Soy Vocación.

No tengo una misión: Soy Misión.

*     *     *

Hoy, por primera vez, celebramos la memoria de San José Gabriel del Rosario Brochero.

Y lo hacemos en este santuario de la Virgencita, la “Purísima”, como él aprendió a llamarla con cariño. Tal vez, por indicación de su madre. Aquí nos reunimos, el pasado 4 de noviembre, para dar gracias por su canonización y entronizar su bendita imagen en un altar lateral. 

Muy cerquita de aquí, en Santa Rosa de Río Primero, el niño José Gabriel dio sus primeros pasos en la vida y en la fe. De allí partió un día para el Seminario Conciliar de Córdoba, atraído por la llamada del Señor que le había tocado el corazón, encendiendo el deseo ardiente de ganar almas para Cristo. 

Un deseo que nunca lo iba a abandonar, sino que, madurando con el tiempo -como los buenos vinos- iba a tomar cada vez más intensamente su corazón sacerdotal hasta transfigurarlo por completo a imagen del corazón del Buen Pastor.

Pivotando sobre el salmo 22, que canta la mano firme y tierna del Dios Pastor que conduce y consuela a sus ovejas, los textos bíblicos de la memoria del Santo Cura Brochero nos ofrecen algunas pistas para leer en el corazón del José Gabriel el mismo evangelio de Jesús.

*     *     *

Les propongo que, dejándonos guiar por la Palabra de Dios reflejada en el “Señor Brochero”, meditemos sobre el misterio de la vocación sacerdotal. 

Lo hacemos con un anhelo que nos quema por dentro, con muchas preguntas dirigidas a Dios y también -no tememos confesarlo- con inquietud y ansiedad: Señor, ¿por qué parece que hoy no hay oídos para tu llamada a buscar la oveja perdida? 

Ya aquí encontramos una primera indicación preciosa: la vocación sacerdotal nace del corazón de un Dios inquieto que busca la oveja perdida. 

En la raíz de toda vocación al sacerdocio ministerial está esta pasión de Dios por su pueblo, por los últimos, por los más alejados, por los que se han perdido.

Dejar la comodidad del rebaño, salir -una y otra vez- a buscar por los caminos, experimentar la alegría de encontrar a los perdidos y, con la fuerza del Espíritu, hacerse cargo de ellos. 

Esa es la experiencia más intensamente sacerdotal que vivió Brochero y que, hasta el último de sus días, alimentó en su corazón apasionado el deseo de que Cristo fuera conocido, experimentado como Salvador y vivido intensamente como esperanza que colma la vida frágil de los pecadores. 

Por eso, un pastor es, ante todo, un hombre del Espíritu. Es decir, un hombre que escucha en lo más sagrado de su conciencia la voz de Dios que lo llama cada día como el primer día. 

Cierto, un día, Dios le hizo sentir su llamada de amor -como a Abrahám, Moisés, David o Jeremías-, a dejarlo todo, por Él, sostenido solo por su promesa, y, así, a ponerse en camino hacia una tierra desconocida y a una misión que solo se puede conocer si se arriesga todo, sin cálculos mezquinos y seguridades predeterminadas. 

Pero esa llamada no se termina con la ordenación. Allí comienza verdaderamente la aventura de escuchar, cada mañana, la llamada del Señor a entregar la vida, por caminos siempre nuevos, las más de las veces, humildes, escondidos y poco espectaculares. 

Un sacerdote es siempre un aventurero del Espíritu, un caminante, un peregrino que aprende a convivir con la inseguridad e insatisfacción de no tener demasiadas cosas aseguradas, y de que la meta siempre está allí, estimulando su caminar, pero como escondida en la bruma de lo que se intuye más que de lo que se posee. 

A Brochero cura, como a cada uno de los que intentamos vivir el sacerdocio, solo nos sostiene una promesa. La que experimentó el salmista: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 22,4). O, en palabras de Pablo al joven Timoteo: “…sé en quien he puesto mi confianza, y estoy convencido de que él es capaz de conservar hasta aquel Día el bien que me ha encomendado” (2 Tim 1,12).

Un sacerdote es, por eso mismo, un hombre atraído por la Palabra de Dios, buscada, sobre todo, en la lectura orante de las Sagradas Escrituras. Brochero sabía de memoria los evangelios y las cartas de Pablo. Se alimentaba de la Escritura, porque había aprendido a escuchar en los textos sagrados la voz de Jesucristo. Y esa voz no podía dejar ser escuchada. En medio de tantas voces, Brochero afinó su oído para escuchar siempre la voz de Jesús, a quien amó apasionadamente. 

Todo cura ha de ser siempre un buscador de Jesucristo. 

No cabe otra expresión para designar esa experiencia: hay que hablar de enamoramiento, de apasionado y loco amor, que, con el tiempo se hace sereno, y hasta sufrido por dentro, pero que se convierte en un amor que está ahí, en lo profundo del alma, que siempre llama, atrae y conquista. 

El camino de todo hombre llamado al sacerdocio ministerial está marcado por el fuego del Espíritu: ha de ser un hombre experimentado en esa actitud de fondo que vemos resplandecer a lo largo de la vida de Brochero, pero que aparecerá en todo su fulgor al final, cuando cieguito, anciano y leproso, solo viva en la alabanza y la intercesión: ha aprendido a dejarse llevar por Cristo, convirtiéndose él mismo en el misterio que celebra en cada Eucaristía: cuerpo entregado y sangre derramada.

Un sacerdote es un hombre del Espíritu llamado a pastorear al rebaño de Cristo, no con estrategias humanas, sino con los medios humildemente divinos del Buen Pastor: la predicación del amor de Dios, la celebración de los sacramentos de la vida y la caridad del que entrega la vida, haciéndose uno con el Crucificado. 

*     *     *

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra Iglesia diocesana suspira por que cada bautizado descubra su propia vocación y misión. 

Clama, de manera especial, por vocaciones sacerdotales.

Una vez más, a los pies de la Virgencita y en las manos del Santo Cura Brochero, pongamos este deseo evangélico. 

Amén. 

Miércoles de Ceniza 2017

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Homilía en la Misa del Miércoles de Ceniza – 1 de marzo de 2017 – Catedral de San Francisco

Estamos iniciando el camino cuaresmal.

Es una peregrinación que hacemos juntos, como familia, como Iglesia.

¿Cuánto dura esta peregrinación?

Los cuarenta días de la Cuaresma que desembocan en los cincuenta del Tiempo Pascual.

En realidad, dura lo que dura nuestra vida que es, en sí misma, un camino hacia la Vida plena en la Casa del Padre.

¿Qué nos pone en camino?

La invitación que nos llega de labios de la Iglesia, nuestra madre, pero que es un eco de una llamada permanente de Dios: ¡Volvamos al Señor! ¡Dejémonos reconciliar por Él! ¡Demos los frutos de una sincera conversión!

Queridos hermanos y hermanas cristianos:

Como su obispo, los invito a experimentar la alegría de estar haciendo juntos el camino de la conversión.

Ninguno de nosotros tiene su vida cristiana hecha: nos necesitamos, unos a otros, especialmente cuando nos cansamos o, incluso, cuando nos desanimamos.

¡Volvámonos, entonces, a Dios con el corazón!

Ese es el lugar decisivo: el corazón.

El Padre -dice Jesús- ve en lo secreto.

Allí, en lo secreto del corazón, actúa: hiere y purifica, cura y consuela, transforma con su amor compasivo y misericordioso.

Les ofrezco también una imagen bíblica, que nos puede estimular en este camino. La tomo del mensaje de San Pablo que hemos escuchado:

A Aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por Él. (2 Co 5,21)

Es una afirmación misteriosa, pero también plena de la luz de Dios.

Miremos a Jesús, manso, paciente, humilde y peregrino.

Él carga con todo el dolor de la humanidad.

Por eso, Jesús conoce a fondo todo lo que te humilla, el barro del que estás hecho, la miseria que anida en el corazón humano.

Este Jesús humillado está siempre junto a todos los humillados, a los que son, una y otra vez, pisoteados por los poderosos de este mundo.

Desde allí nos llama a la conversión, porque nos llama a un amor de compasión semejante al suyo, es decir, a ser capaces de hacernos hermanos y hermanas de todos los que sufren.

Que la compasión de Jesús toque nuestros corazones, los quebrante y los abra al amor de Dios.

Esa es la conversión que pedimos para este tiempo de Cuaresma-Pascua que iniciamos.

Para toda nuestra vida.

Amén.

Peregrinos, pobres y obedientes

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Homilía en la acción de gracias por el año pastoral 2016

Jesús recién nacido, por primera vez, entra en el templo de Jerusalén. Lo hace con sus padres. Y, como ellos, entra peregrino, pobre y obediente.

Retengamos esta imagen evangélica para rumiar y dejar que ilumine nuestra vida como Iglesia diocesana y como Presbiterio.

* * *

Cuando nos reuníamos para la Misa crismal, yo les decía que el Jubileo nos estaba ayudando a tener una experiencia más honda del misterio de la misericordia y la compasión de Dios.

Hoy, al cabo de un intenso año pastoral, contemplemos juntos esa experiencia de Dios y que nuestra mirada de fe esperanzada se convierta en plegaria.

Hemos hecho experiencia de Dios y su misericordia.

La palabra «experiencia» encierra dos imágenes complementarias: la del camino y la de las pruebas (el peligro) que supone transitarlo.

Un hombre o mujer de experiencia es alguien que ha caminado mucho, llegando a saber lo duro y desafiante de caminar y, por eso, ha llegado a saber de la vida.

En este sentido, las figuras de los peregrinos, María, José y Simeón, recogen la experiencia del camino de fe del pueblo de Dios.

Ese camino es la cifra de un aprendizaje nunca acabado del todo: aprender a conocer desde dentro la fidelidad de Dios. Y no, en última instancia, a partir de la experiencia de la propia infidelidad.

Al cabo de ese caminar, el creyente solo puede concluir: «Sí, Dios es fiel y su amor permanece para siempre».

Pero las imágenes del camino y de la prueba que subyacen en la palabra «experiencia», quedan abiertas a otro significado profundamente religioso: el camino de la fe es también el itinerario a través del cual Dios mismo «prueba» y «calibra» la fe de los suyos, su real arraigo, su calidad y en qué medida se va identificando con la propia persona.

Pensemos en Abrahám, en Moisés, en Oseas, en Jeremías, en Elías, en Ester, Rut o en la admirable Judith.

Miremos también a Job, su sufrimiento, su rebeldía y su atreverse a estar cara a cara delante del Dios omnipotente, cuyo misterio lo pondrá de rodillas: «Yo te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5). ¿Quién de nosotros, aquí y ahora, podría rezar así?

Las Escrituras nos ofrecen también el testimonio de cómo Dios logró vencer la estrechez de Jonás. Él había llegado a culpar a Dios del fracaso de su misión profética: finalmente, el Señor se había arrepentido y había perdonado a los ninivitas.

Concluye: No se puede confiar en un Dios así. Tiene incluso el tupé de explicar que, precisamente por eso, había huido. Como todo buen caradura, logra dar vueltas las cosas para exculparse e inculpar al otro y, así, salir bien parado.

Claro, que aquí, ese «otro» es el Dios de Israel, tan sabio como dotado de un exquisito humor, con el que sabe también verter el óleo de su compasión en las heridas y tristezas del mundo.

«Tú te conmueves -le dice a Jonás- por ese ricino que no te ha costado ningún trabajo y que tú no has hecho crecer, que ha brotado en una noche y en una noche se secó, y yo, ¿no me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del mal, y donde hay además una gran cantidad de animales?» (Jonás 4,10-11).

¿No nos ha llevado el Señor de la misericordia por el mismo camino a lo largo de este año? Si hemos tenido que caminar por en medio de las fragilidades humanas -propias y ajenas- ha sido para conocer más desde dentro el misterio de esa compasión que sostiene el mundo.

Por eso, queridos amigos y hermanos, volviendo sobre nuestra experiencia de fe y los aprendizajes que esta nos ha deparado, bien podríamos preguntarnos.

Ante todo, qué de verdadero y hondo ha quedado de todo lo vivido, qué encuentros, qué palabras, qué sentimientos y emociones.

Sin embargo, los animo -y me animo- a dar un paso más: ponernos en la presencia del Señor, invocar el don de su Espíritu para fecundar la aridez de nuestra tierra, y preguntarle a Él qué es lo que ha llegado a saber de nosotros y de nuestra fe; de las razones y motivos que nos mueven desde dentro; de las fuerzas que contienden en nuestro corazón con todos nuestros deseos, aspiraciones e ilusiones, pero también nuestras mezquindades, prejuicios e impurezas; hasta dónde ha podido calibrar nuestra fidelidad a Él, a su Evangelio.

Seguramente que de allí surgirá una oración serena, tal vez regada con abundantes lágrimas, pero auténtica por honda, verdadera y humana. El Señor no tiene miedo de nuestra verdad, de nuestros conflictos e impotencias. Solo quiere que las compartamos, abriéndonos en humildad y obediencia a la potencia de su Espíritu.

* * *

Volvamos a la escena evangélica: Jesús, en los brazos de María y José, entra en el templo peregrino, pobre y obediente.

¿No es precisamente así cómo llegamos también nosotros al final de este año 2016?

Si Él eligió el camino de la desnuda pobreza para traer la misericordia de Dios al mundo, ¿por qué nosotros no terminamos de convencernos que es también el camino de sus discípulos, de su Iglesia? Una Iglesia peregrina, pobre y obediente.

Llegamos como peregrinos de la vida, de la fe y del ministerio pastoral. Nuestra diócesis ha caminado mucho en este año. Nos damos ánimo, porque el camino sigue y no podemos detenernos. Nos espera la bienaventuranza.

Llegamos también pobres: con las manos vacías, pero sabiendo que a Dios le gusta estar entre los pobres, vivir -mucho más que nosotros- la pobreza y servirse de medios pobres para salvar a los hombres. Aquí también tenemos un largo camino para recorrer como hermanos.

Llegamos obedientes: es decir, con el deseo de abrir nuestros oídos para escuchar su Palabra que nos dice la verdad, nos ilumina y nos salva incluso cuando desnuda nuestras mentiras.

* * *

Queridos hermanos: como al anciano Simeón, tomemos en brazos al Niño y dispongámonos para la alabanza y la acción de gracias.

Dios salva, ilumina y no deja solos a los hombres, ni a su Iglesia ni a sus pastores.

Y sigamos caminando.

Amén.

María, mujer plena, libre y bienaventurada


¡Qué bien nos hace reconocernos peregrinos de la «Virgencita»!

Aquí estamos: a sus pies, y siempre dispuestos a mirarla y dejarnos evangelizar por su rostro materno, sus ojos vivaces y sus manos generosas, siempre abiertas para hacer lugar a nuestras manos que se elevan al cielo.

¿Qué vemos cuando contemplamos la venerada imagen de la «Virgencita»?

Custodiada en este precioso Santuario, su imagen luce ahora reluciente, después de los trabajos de restauración llevados a cabo hace unos meses.

De todo lo que podríamos decir, yo me quedo hoy con esta respuesta: vemos a una mujer llena de vida, plena y feliz; con una envidiable libertad.

Una mujer verdaderamente libre.

¿La razón de esta plenitud de vida?

Su prima Isabel lo dirá en una sola frase, que repetimos cada vez que rezamos el Ave María: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!… Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1,42-45).

Bendita, feliz, bienaventurada y llena de gracia.

¡Feliz por haber creído, confiándote a Dios, a su Palabra y a la potencia de su Espíritu!

Llena de Dios y, por eso mismo, plena de humanidad, toda hermosa, bella en su rostro y, sobre todo, en su alma.

* * *

Me quiero detener, en esta meditación, en este aspecto: María, una mujer plena.

En el centro de su designio de amor, Dios ha dispuesto que una mujer tenga una misión central y decisiva.

El designio de Dios tiene siempre rostro de mujer. Es así en María y en cada mujer que viene a este mundo.

El relato del evangelio que acabamos de escuchar nos presenta la figura femenina de María con trazos realmente muy inspiradores.

Lejos de ofrecernos la imagen de una mujer apocada, casi mojigata, bloqueada o emocionalmente infantil, María se muestra como una jovencita inteligente y vivaracha, capaz de sostener un diálogo fuerte con el enviado de Dios, de escuchar, pensar, preguntar y repreguntar.

María no está frente a la realidad con actitud pasiva o resignada. Sabe escuchar, contemplar y observar, pero también toma posición, busca ver cómo son las cosas, cómo será posible que, por ella, pase el plan salvífico de Dios.

María no asume la postura infantil del que ha descubierto que, si se hace la víctima, obtiene siempre un rédito fácil: que todos lo compadezcan y queden como seducidos por su persona.

Para María, el victimismo es indigno de su condición de mujer, de creyente y de israelita. Ella se sabe llamada por Dios, tocada por su gracia y con una misión insoslayable para cumplir en la vida.

Si pregunta, inquiere y busca es para asumir con mayor conciencia, libertad y decisión la vocación y misión que Dios le revela.

Por eso, el Evangelio la muestra también capaz de tomar decisiones, de empeñar su libertad y de entregarse sin reservas, dispuesta siempre a caminar, a aprender, a dejarse moldear por los acontecimientos de la vida.

Ella sabe que el Dios bueno, sabio y providente, el Dios de las promesas a Israel, es el Dios amigo y compañero de camino de los hombres. El Dios siempre más grande que camina con nosotros y nos espera en cada circunstancia de la vida, incluso y especialmente, las más difíciles, oscuras y desafiantes.

Lo experimentará en la noche del parto, en Belén, cuando tenga que dar a luz en una cueva de animales, convertida en santuario de la vida.

Los experimentará en la hora suprema del dolor y el abandono: ante la cruz de su Hijo y en la larga espera del sábado santo, cuando la tumba parecía haber clausurado toda esperanza, pero ella, en su corazón creyente e intrépido, intuía que Dios iba a tener la última palabra sobre su Hijo y sobre toda la humanidad.

Para María, creer y entregarse confiadamente a Dios, es el camino para llegar a ser plenamente mujer.

* * *

Mirando a María, mujer plena, libre y feliz, nosotros volvemos la mirada a cada una de las mujeres de nuestra sociedad.

También por cada una de ellas sigue pasando el designio de Dios, que le ha confiado a la mujer el misterio mismo de la vida.

María es la nueva Eva, madre todos los vivientes, y ella comparte su vocación con cada mujer que viene a este mundo.

A lo largo de este año, con toda la sociedad argentina, hemos gritado: ¡Ni una menos!, horrorizados por la violencia machista que ha cegado irracionalmente tantas vidas de mujeres, de niños y de otras personas vulnerables.

Esta especie particularmente repudiable de violencia es expresión de cuán enfermo puede volverse el corazón humano, cuando busca disimular su vacío con gestos de prepotencia, de autoritarismo, de seducción o de dominio.

Miramos a María y, con ella, también nosotros decimos: ¡ningún ser humano, ninguna mujer, niño o anciano, puede ser objeto de dominio de nadie!

¡Ay del varón que levanta su mano contra los más débiles!

¡Ay de la sociedad que mira para otro lado cuando los más vulnerables son humillados y violentados, caricaturizados y hechos objeto de burla!

¡Ay de nosotros, los discípulos de Cristo, si no sabemos cuidar, proteger y defender a los más débiles! ¡En ellos, el mismo Señor sufre y nos pide ayuda!

Miremos a María, la toda santa y hermosa, y dejémonos ganar por su fuerza, su coraje y su fe en Dios que le ha permitido alcanzar la más plena humanidad.

Con el Santo Cura Brochero, invoquemos con confianza a la Virgencita, llamándola: «¡mi Purísima!». Guiados por su ejemplo, seamos también nosotros promotores de la dignidad de todos.

Así sea.

Clausura del Jubileo extraordinario de la Misericordia – Domingo 13 de noviembre de 2016

«Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas» (Lc 21,17-18), es la exhortación del Señor, que cierra las graves palabras, que acabamos de escuchar.

¿Cierra o abre?

Estas palabras son «evangelio», es decir: buena y alegre noticia.

Las escuchamos con apertura interior, con fe confiada, porque sabemos que, incluso en su implacable dureza, ellas traen a nuestras vidas la potencia del Amor de Dios.

Y el amor siempre ilumina, cura y consuela. Es luz que alumbra el caminar del hombre en medio de la noche oscura.

De eso se trata: la historia humana no es lineal ni totalmente transparente. No está dicho que avance hacia lo mejor. En ocasiones, deja entrever la oscuridad que ensombrece el corazón humano: el miedo que toma la forma del odio, del rechazo, de la clausura sobre sí mismo, del desprecio y la exclusión de los demás.

Pues bien, la fe en Jesucristo nos abre a la esperanza.

Precisamente, en esas situaciones, la promesa de Dios se muestra más firme y certera: no nos va a faltar el auxilio de su gracia.

El Señor nos invita a vivir en una confiada libertad: «yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir» (Lc 21,15).

No nos faltará la luz sabia y mansa del amor de Dios para el caminar vacilante de los hombres, guiados precisamente por la lámpara de la fe.

Eso sí: se nos pide dejarnos llevar e iluminar.

* * *

Con esta celebración concluimos el Jubileo extraordinario de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco.

Nos hemos dejado llevar e iluminar por la luz de la fe. Hemos visto con nuevos ojos el misterio de la misericordia-compasión de Dios.

Nuestra vida ha sido iluminada. Por eso, damos gracias.

Quisiera recoger algunos frutos de lo que hemos vivido.

Lo hago, en torno a estas palabras claves: «jubileo» y «misericordia».

Ante todo, «alegría», porque a eso apunta un Jubileo: a experimentar una honda y duradera alegría.

La oración que ha abierto esta liturgia es, en este sentido de una sobrecogedora belleza: «Señor y Dios nuestro, concédenos vivir siempre con alegría bajo tu mirada, ya que la felicidad plena y duradera consiste en servirte a ti, fuente y origen de todo bien».

¡Ojalá podamos decir que, a lo largo de este año, hemos estado bajo la mirada compasiva del buen Dios, cuya misericordia ha tocado realmente nuestro corazón, colmándonos de su propia alegría!

Jesús nos ha dicho que, precisamente, la alegría de Dios es la misericordia que espera con paciencia, que sale a buscar al perdido y a curar al herido.

La alegría de Dios es hacerse cargo de quien está desahuciado.

Y esto es, precisamente, lo que encierra la palabra «misericordia», que la Iglesia ha puesto en nuestros labios, en nuestro corazón y, a través de las obras corporales y espirituales de misericordia, también en el centro de nuestras vidas.

Estar bajo su mirada. Dejarnos mirar por el que es Manso y Humilde, Misericordioso y Compasivo. Servilo, sirviendo a nuestros hermanos heridos. Ahí está el secreto de la verdadera alegría.

* * *

¿Qué fruto podemos esperar de esta intensa experiencia espiritual?

Cada uno de nosotros tendrá que entrar en la espesura de su propia vida, ponerse bajo la mirada del buen Dios y dejarse iluminar la conciencia para ver su obra, sus frutos, su paso salvador.

Yo me permito formularlo en estos términos: así como un día, el beato Papa Pablo VI desafió a la Iglesia y al mundo, señalando la utopía de la «civilización del amor» como la meta hacia la que caminar, hoy podemos dar un paso más y señalar la urgencia de una verdadera «cultura de la misericordia».

Entiendo por cultura, una forma de vivir, de estar parado frente a Dios, a los demás y a nosotros mismos, en la sociedad, de cara al mundo y a la entera creación (la «casa común» que gime y reclama nuestro amoroso cuidado).

Y, como rasgo central, distintivo y unificante de esa forma de vida: la misericordia, cuya fuente nutricia es el misterio de la compasión de Dios, manifestado en Jesús, el buen samaritano que se hace cargo del dolor de todos los heridos y caídos que van quedando por el camino.

Una cultura que nace del corazón que se descubre amado primero, perdonado y sanado y, por eso, un corazón pacificado y reconciliado que no puede sino responder con mansedumbre a la violencia, sembrar paz cuando sería lógico devolver violencia a la violencia sufrida.

Una cultura que pone todas sus energías no en el bienestar personal, sino en dolor y sufrimiento ajenos, dejándose interpelar por ellos y, desde allí, buscar la fraternidad y la reconciliación.

Una cultura, por tanto, en la que la superación de la desigualdad, también pase por renunciar a una posesión obsesiva de bienes, porque se hace la experiencia de que «menos es más»; la que aprende a compartir, a disfrutar de la sencillez más que del consumo de bienes tan sofisticados como efímeros e incluso ridículos.

La Iglesia está llamada a ser signo visible de la compasión de Dios. La misericordia ha de ser su forma de presencia en el mundo. Una presencia hecha de disponibilidad para la escucha y el servicio.

Una vez más, María es el mejor espejo en que mirarnos, para ver la realización más perfecta de este misterio.

A ella -Madre de Misericordia- le confiamos los frutos de este Jubileo.

Así sea.