«Juan…yo te llamo: ‘amigo'»

Homilía en la Misa de exequias de Mons. Juan Osvaldo Vidotto, párroco emérito de la Parroquia «Nuestra Señora de la Merced» de Arroyito – miércoles 10 de mayo de 2017

“Ya no los llamo servidores…Yo los llamo amigos…” (Jn 15, 15)

Juan ha escuchado la llamada del Señor: “Sí, Juan, es cierto: has vivido como mi fiel servidor…Pero yo te llamo: ‘amigo’. Así lo he hecho desde el primer momento. Así lo has podido experimentar a lo largo de toda tu larga y fecunda vida sacerdotal, y, ahora, en la hora final no he faltado a mi palabra: ‘Amigo querido, pasa a gozar del gozo de tu Señor’”.

El pasado domingo nos reuníamos precisamente aquí para celebrar, como Iglesia diocesana, el misterio precioso de la vocación y las vocaciones.

Y lo remarcamos varias veces: “todas las vocaciones”.

Celebrábamos la experiencia gozosa que está en la raíz de nuestra vida como personas y como creyentes: Él nos llamó, por amor, y nos sigue llamando a la felicidad por múltiples e irrepetibles caminos de vida.

Y nos animábamos a mirarnos a los ojos para reconocer la vocación del otro como un regalo de Dios para todos: “Soy Vocación. Sos Vocación”. “Soy Misión. Sos Misión”.

No se le pone límites a la creatividad de nuestro Dios.

Él, porque ama, es feliz y llama a todos a compartir su bienaventuranza. Tiene, por eso, una envidiable pasión creativa: inventa, cada día, nuevos caminos para que seamos plenamente bienaventurados.

Concluíamos nuestra jornada de encuentro, celebración y oración con el corazón colmado de genuina alegría. Casi como quienes habían palpado con sus manos la nueva humanidad del Resucitado.

No sabíamos que el Señor de la vida estaba preparando, también así, el corazón de Juan para que escuchara la llamada definitiva, la más decisiva y crucial, aquella para la que se había preparado tantas veces, no sin luchas ni temores, pero con la confianza que solo proviene de la fe en el Dios que resucita, espera y siempre tiene los brazos abiertos: la llamada que concluye, plenificando y dándole sentido total, al camino, tan luminoso como fatigoso, de la larga vida de este querido hermano y padre nuestro, de nombre Juan.

Lo ha llamado por su nombre, como hemos hecho nosotros tantas veces. Le ha dicho: “Juan, amigo, hermano, servidor: has cumplido tu camino, ahora a gozar plenamente del banquete eterno”.

Y, también como nosotros, esa llamada ha estado cargada de infinito amor y ternura.

En las redes, muchos de nosotros, hemos subido imágenes que captaban su paso por nuestras vidas: fotos o videos sencillos que nos permiten espiar en el misterio de su vida y de su vocación sacerdotal.

Reavivan recuerdos y estimulan nuestra imaginación: cómo habrán sido sus primeros años en Balnearia, sus juegos y sus ilusiones de niño; cómo habrá visto a sus padres y hermanos; la llamada del Señor al sacerdocio a una edad temprana pero auténtica como pocas; cómo habrán sido sus años en el seminario de Córdoba, con su ingenio y picardía gringos, trenzando amistades y dejando entrar, de a poco, la discreta acción del Espíritu que prepara el corazón para vivir la caridad del Buen Pastor.

Yo imagino sus ilusiones al ser destinado a servir como cura en la pampa gringa, haciendo uso de sus impulsos sacerdotales entremezclados con un poco de piamontés para hacerse entender, llegando al corazón, como Brochero en la sierra, y cada cura en su lugar de misión.

Y después La Para, con su hermosa iglesia y el colegio Esquiú.

Finalmente, aquí, Arroyito. Pero me detengo. Se lo dejo a ustedes. Solo apunto a la belleza y modernidad de este templo dedicado con amor a María. Un símbolo de su fe, de su hombría de bien y de su impulso apostólico.

Juan, amigo del Señor y amigo de los curas. Vidotto y Arroyito son sinónimos de esa fraternidad sacerdotal que sigue siendo don y tarea, realidad e ilusión.

¡Hemos conocido a un cura de verdad! A esos que nos hacen reavivar el amor por el sacerdocio y, ojalá también, el deseo de entregarlo todo, como hizo él, por hacerse compañero de Cristo, el Buen Pastor.

Es verdad: estamos con un profundo dolor. No lo negamos. Lo miramos a la cara, y le dejamos libre curso en nuestro corazón y en nuestras lágrimas.

Lo hacemos así, porque, de esa manera, el dolor se abre a la esperanza y a la vida verdadera, la eterna que tiene el rostro de Cristo resucitado y el corazón de María de las mercedes.

¡Gracias, Juan querido, por tu persona, por tu vida y por tu ministerio sacerdotal!

¡Gloria sea dada al Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que te llamó, te metió en nuestras vidas y, ahora, cuando su providencia lo ha visto oportuno, te ha arrebatado temporalmente de nuestro lado, para invitarnos a mirar más lejos aún: a la vida eterna!

Te adelantaste, una vez más.

Allá vamos nosotros.

Así sea.

Del Padre nuestro al Credo, pasando por la Pascua

«La Voz de San Justo», domingo 2 de abril de 2017

El pasado domingo concluímos nuestras meditaciones sobre el Padre nuestro. Seguiremos, Dios mediante, con el Credo, tratando de profundizar en los artículos de la fe cristiana. 

Ahora, un necesario paréntesis, pues estamos a las puertas de la celebración anual de la Pascua. Aquí se centrarán nuestras reflexiones de los próximos domingos.

Hay, sin embargo, un punto de conexión. Con el Padre nuestro, Jesús no solo nos ha ofrecido una fórmula de oración. Nos ha abierto el misterio de su persona de Hijo de Dios: Él vive en la inmediata comunión con el Padre; allí está su gozo, el secreto de su alegría y la fuente de su confianza. 

Nos ha enseñado a rezar como hijos y nos ha dado su mismo Espíritu, que viene en ayuda de nuestra fragilidad y abre nuestro corazón para que participemos de su misma vida filial.  

Ese es precisamente el fruto de la Pascua: el don del Espíritu que nos hace hijos del Padre, configurándonos con Cristo.

La Pascua de la pasión, muerte y resurrección del Señor es mucho más que un hecho heroico, protagonizado por Jesús, o un buen ejemplo para imitar. Es infinitamente mucho más: es el acto supremo de amor de Dios que ha arrancado al hombre del poder destructor del pecado y lo ha abierto a la vida verdadera, aquella que comienza en este tiempo pero que cruza el umbral mismo de la muerte. 

Este domingo, la Iglesia lee el relato de la resurrección de Lázaro. Es el último gran signo de Jesús antes de entrar en su pasión. Queda así patente el sentido profundo de la misión de Cristo: él ha venido a dar vida, a levantar al hombre de todas sus muertes; Él es la resurrección y la vida, como se lo manifestará a Marta, invitándola a la fe.

Rezando el Padre nuestro, animados por el Espíritu Santo, los cristianos entramos, una y otra vez, en la experiencia filial de Jesús y nos dejamos alcanzar por la potencia de su resurrección. Pasamos de la muerte a la vida, de la desesperanza a la confianza en el Padre. 

Pero, para rezar el Padre nuestro, hay una condición: ser en verdad discípulos de Jesús, iluminados por la luz de la fe que nos permite reconocer en nuestra vida las obras admirables que Dios ha realizado por nosotros. 

El compendio de esas obras es el Credo que recitamos cada domingo, desde el día de nuestro bautismo y confirmación, y que, cada noche de Pascua, reafirmamos con humilde solemnidad.

Solo quien ha sido iluminado, como el ciego del evangelio, por la luz de Cristo puede reconocer que su vida, ya desde ahora y no obstante toda su fragilidad y limitación, está radicalmente transfigurada por la pascua del Señor. 

El Credo le pone palabras a esa experiencia vital. Es lo que meditaremos durante el tiempo pascual.  

Cuatro años con Francisco

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Una de las primeras imágenes de aquel memorable 13 de marzo de 2013

Algunas palabras clave para sentir el paso del Espíritu

Este lunes 13 de marzo se cumplen cuatro años de la elección del Papa Francisco.

Ya desde días antes de esta fecha se vienen leyendo diversas aproximaciones a su persona y al significado de su ministerio, tanto en la vida de la Iglesia como hacia fuera de ella.

Los comentarios se suceden, como también las perspectivas y acentos que ponen. Es bueno escucharlos, pues ayudan a componer la figura poliédrica y compleja de nuestro Papa. Incluso los más agresivos o limitados.

Lo que sigue es un breve punteo de algunas palabras clave que, a mi criterio, identifican la mística de este pontificado y que me ayudan a mí, como creyente y pastor, a leer lo que el Espíritu tiene para decirle a la Iglesia en los tiempos que vivimos.

La misión primaria de un obispo  es, “con Pedro y bajo Pedro”, confesar a Jesucristo y anunciar su Evangelio. Desde esa posición escribo lo que que escribo.

*    *   *

La primera palabra es el nombre elegido por el obispo Jorge Bergoglio la tarde de su elección: Francisco. Y, como el mismo, lo explicó días después: por Francisco de Asís. Ese nombre indica muchas cosas. Habla, sobre todo, del Evangelio de Jesús vivido radicalmente. Por eso, en el nombre elegido por el nuevo Papa se encerraba también un programa de reforma evangélica de la vida cristiana, cuya honda expansiva alcanza sacude todo el edificio de la Iglesia.

La segunda palabra tiene relación con la primera, y es un plural: los pobres. “No te olvides de los pobres”, de dijo el cardenal brasileño Hummes que se sentaba junto a él en el cónclave. “¡Cómo desearía una Iglesia pobre para los pobres!”, añadió él mismo días más tarde. Por ahí pasa la reforma de Francisco, como antes la del pobre de Asís: abrazar la pobreza para ser libres y poder sentirse hermano de todos, especialmente de los pobres. No podía ser otra la misión de un obispo proveniente del tercer mundo. La de los pobres de la tierra y de este tiempo -los refugiados e inmigrantes, las víctimas de trata y de descarte- es la voz de Cristo que clama justicia, dignidad y libertad. A ellos está dando voz Francisco.

Muy pronto, el mismo Francisco se encargó de ofrecernos otra palabra clave de su ministerio, porque antes lo ha sido de su propia persona. Esa palabra es: misericordia. La misión de la Iglesia no es condenar -confiaba en una entrevista- sino hacer posible el encuentro con las vísceras de misericordia de nuestro Dios. De ahí, otras dos palabras que modulan la anterior: ternura y compasión. La Iglesia ha de vivir su misión, en este mundo lacerado, como el buen samaritano que hace todo y más para sanar a los heridos. Hacerse realmente cargo de la fragilidad humana, en todas sus formas: en los individuos, sin juzgar su conciencia (“¿Quién soy yo para juzgar…?”); a los que están lejos, en las diversas periferias del mundo; a los que intentan vivir el amor, con aciertos y errores, etc.

Por eso, otra palabra clave -para mí, tal vez, la más decisiva- es misión. Con todas sus derivaciones y modulaciones posibles, la más famosa de todas: “Iglesia en salida”. Lo contrario es una comunidad cristiana que se mira a sí misma y se enferma. Mirar desde la periferia es la óptica de Dios, de su Hijo encarnado y de la Iglesia de Jesús. Por eso, una Iglesia que busca por las calles, que llama y que anuncia la esperanza que le ha sido confiada. Es cierto: el Papa no viene a Argentina, pero los argentinos (al menos algunos), sin dejar de sentir un poquito de nostalgia, lo sostenemos en sus peregrinaciones al corazón del dolor humano. Miremos qué países ha elegido para visitar. Eso cuenta.

En todo esto que vengo diciendo, otra palabra clave, asoma su rostro, una y otra vez. Es la palabra: alegría. La alegría del Evangelio y la alegría del amor, como nota distintiva de una genuina experiencia cristiana. Según la tradición teológico espiritual de la Iglesia, apoyada en la Escritura, la alegría es signo de la presencia consoladora del Espíritu en el alma y fruto maduro del amor y de la esperanza de la fe. En otras palabras: del encuentro con Jesucristo vivo. Conocerlo a Él, y darlo a conocer, es el mayor gozo de la Iglesia, parafraseando Aparecida. Una alegría que se transmite con gestos humanos, sencillos y que no necesitan demasiada solemnidad ni explicación. A beber en esa fuente, nos está invitando, una y otra vez, el mensaje de Francisco.

*    *   *

Hasta aquí mi cosecha de palabras clave para sentir el paso del Espíritu en la Iglesia a través de su servidor Francisco.

Las vuelvo a enunciar: Francisco, pobres, misericordia, misión y alegría.

Se podrían añadir más. Por ejemplo, ¿qué palabra recogería la rica enseñanza de Laudato Si? ¿Y qué decir sobre el «discernimiento» que refleja la solidez de la herencia de Ignacio como modo de pensar y de actuar? Él mismo nos ha indicado algunas de innegable peso espiritual y teológico, para comprender el misterio de la Iglesia: comunión, sinodalidad, colegialidad.

Podríamos seguir. Pero aquí me detengo.

Las palabras son siempre necesarias para acercarnos al misterio que es cada persona. Si las usamos como etiquetas, degradan su función, pues terminan ofreciendo una caricatura de la realidad. Han de quedar siempre abiertas, como señales que indican la dirección correcta, estimulan a caminar y, en el caso de los que nos sabemos enriquecidos por la visita de la Palabra de Dios encarnada, a seguir buscándolo a Él en el camino de nuestra vida.

Las palabras con las que intentamos comprender lo que están significando estos cuatro años del ministerio del Papa Francisco, se entrecruzan con aquellas que cada iglesia particular y cada discípulo de Cristo, hemos de buscar para ser fieles al Evangelio, aquí y ahora.

Jesús sigue llamando a Pedro para que confiese la fe y, así, confirme la fe de sus hermanos.

 

Padre nuestro…¡perdónanos como perdonamos!

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12 de marzo de 2000

«La Voz de San Justo», domingo 12 de marzo de 2017

En su núcleo más hondo, la experiencia cristiana fundante podría ser expresada así: “He sido alcanzado por un amor absoluto, incondicional, libre y gratuito. He sido amado, y esa experiencia me ha sorprendido y ha cambiado todo en mi vida, empezando por mí mismo. Ese amor me ha salvado la vida. Me ha reconciliado y me ha dado paz. En ese amor creo. Esa fe me ha dado esperanza. Me siento en deuda de amor, pero una deuda que no es un peso, sino un camino gozoso por recorrer cada día: soy discípulo de ese Amor que he visto resplandecer en el rostro de Cristo crucificado. Delante de su cruz no puedo contener la confesión de fe: ¡Señor, me amaste y te entregaste por mí!”.

Ese es el pan que alimenta mi vida. No necesito otra ración diaria, sino esa experiencia vital de Jesús, Pan vivo bajado del cielo.

Solo puedo decir algunas palabras sobre la petición del perdón del Padre nuestro refiriéndome a esa experiencia fundante. Sin ella no se entiende qué significa esa súplica, a la vez serena y ardiente: “Padre… perdónanos como nosotros perdonamos”.

Adelantémonos a decir del modo más rotundo y claro: no es que Dios condicione su perdón a la capacidad de perdonar que nosotros tengamos. No es que Dios nos perdone si nosotros, primero, perdonamos.

La verdad es completamente al revés: podemos ofrecer el perdón a quien nos ha ofendido, porque hemos sido perdonados. Podemos perdonar de corazón, porque primero hemos hecho aquella experiencia de amor incondicional que, en lo concreto de la vida de cada uno, siempre tiene la forma de una mano tendida que ofrece paz en vez de venganza.

Puedo emprender la aventura de perdonar, porque Dios me ha amado primero y, en Jesús su Hijo encarnado, me ha ofrecido a manos llenas su paz. Si el evangelio no nos gritara esa verdad, apenas podríamos pensar en el perdón, y la única respuesta a la violencia quedaría reducida a un ejercicio frío de justicia que, las más de las veces, solo termina siendo pura y dura venganza.

Porque me reconozco un pecador perdonado, puedo también perdonar, devolver bien por mal, amar al enemigo y romper el círculo mortal del odio, ofreciendo la otra mejilla.

Lo que sí enseña Jesús es que, para suplicar con sinceridad a Dios su perdón, antes yo mismo he de perdonar a quien me ha ofendido. No puedo pedirle a Dios que sea compasivo conmigo, si no estoy dispuesto a perdonar de corazón a quien me ha ofendido. Menos aún si me mantengo inflexible en el rencor, alimento el resentimiento y me dejo enceguecer por el odio.

Y ese es el sentido profundo de la súplica del Padre nuestro: que nos atrevamos a dejarnos llevar por la gracia divina del perdón, haciéndola norma evangélica de nuestra propia vida. Que le abramos generoso espacio, especialmente cuando todo indique que lo más correcto sería responder a la ofensa con dureza.

El perdón de las ofensas -imposible para cierta lógica humana- comienza a hacerse posible, primero como oración y súplica humilde: Padre, mirando a tu Hijo que muere perdonando a sus verdugos, te suplicamos que nos enseñes a perdonar, para que podamos suplicarte con verdad que tengas compasión de nosotros.

La oración es una forma muy sencilla y profunda de abrir espacio al perdón en nuestro corazón.

El ser humano, una familia y una sociedad no pueden vivir sin gestos concretos, gratuitos y muy conscientes de reconciliación. Nadie los puede imponer, pero una vez que se ponen en marcha, tampoco nadie puede detener su potencia de vida. Cada gesto de perdón tiene la fuerza de la resurrección que vence la muerte.

Jesús, con la entrega de su vida, ha abierto ese espacio en la historia humana, marcada a fuego por el odio, la violencia y la venganza. Ese espacio, abierto en su propio cuerpo crucificado, ya no puede ser cerrado.

Desde su costado abierto por la lanza, el perdón divino alcanza los corazones, los purifica y vivifica, los cautiva y los transforma.

PS. Hace 17 años, el domingo 12 de marzo de 2000, San Juan Pablo II presidía en San Pedro la liturgia jubilar con el gran pedido de perdón de la Iglesia por los pecados cometidos por sus hijos a lo largo de la historia. Un gesto profético, sin precedentes, que ha abierto un fecundo camino regenerador para la Iglesia. Lo recordamos y damos gracias.

¿Adversarios o hermanos?

Una vez más, los agravios y la agresión contra templos católicos, que empañaron, en nuestro país, la celebración del Día Internacional de la Mujer, este 8 de marzo.

Lamentablemente, estos hechos de violencia se han vuelto habituales en muchas manifestaciones que tienen como legítima bandera la lucha por la dignidad de la mujer. Los protagonizan grupos reducidos, muy fanatizados e ideologizados.

Lo peor de la violencia es que se contagia y, así, envenena y enceguece los corazones, en la misma medida, o incluso más, que la agresión externa. Por eso, la virtud de la fortaleza está en resistir ese contagio interior, diciéndole “no” al odio, al rencor y al deseo de acallar al adversario.

A eso apunta la enseñanza de Jesús de poner la otra mejilla: tomar la iniciativa de romper, de forma deliberada y proactiva, el círculo vicioso de la violencia.

Es bueno añadir que, esos grupos reducidos no representan al mundo complejo y variopinto del feminismo, incluso al que es más crítico y hostil a la Iglesia. Así como tampoco, el feminismo, en sus distintas variantes, es expresión unívoca de los sentimientos de las mujeres. Muchas no solo no se sienten representadas por aquellos grupos más violentos, sino que, incluso tampoco se identifican sin más con la agenda de los feminismos más difundidos.

Es importante esta mirada diferenciada, porque, al menos desde un punto de vista cristiano y católico, siempre hay que ejercitarse en el discernimiento de los fenómenos sociales y culturales, para comulgar con lo que tienen de verdadero y genuino, siendo críticos con lo que se valora como falsedad o error.

En este caso: la lucha por un reconocimiento más efectivo de la dignidad de la mujer, en la superación de toda forma de violencia contra ella, sea física, emocional o simbólica.

Sin embargo, es necesario dar un paso más. En el evangelio, Jesús insiste en que es necesario ver al adversario como a un hermano, con el que estamos en camino de reconciliación. Es una enseñanza muy honda. Es cierto que la adhesión creyente al evangelio es condición fundamental para acoger esta enseñanza de Jesús y comprender su potencia de verdad que ilumina y orienta la vida. Creo también que es posible encontrar una traducción coherente de este principio evangélico al lenguaje común de la convivencia ciudadana, posible de compartir también por los no creyentes.

Lo formularía así: en una sociedad plural y con espacios cada vez más amplios de libertad, la convivencia entre personas y grupos diversos y hasta opuestos en sus visiones de la vida, es posible, a condición de que nos reconozcamos recíprocamente como “semejantes”. El otro, distinto de mí, es como yo: un ser humano. Esto supone también que no exijamos a los demás cambiar su modo de pensar. Solo el respeto hacia el otro en cuanto tal, y la necesidad de cultivar un diálogo franco y leal, especialmente en aquellos puntos en que mayor es la divergencia.

Es parte de la dinámica interna de las sociedades que existan visiones diversas, conflictos y encendidos debates públicos. Esto no conspira contra la paz social ni hace imposible una convivencia ciudadana de alta calidad. Pienso que, bien vividas, estas tensiones contribuyen notablemente a la buena salud de la sociedad civil, a la vez que ponen límites a la voracidad insaciable del estado por ocupar todos los espacios públicos, hasta el último rincón de humanidad.

Solo que, para vivir saludablemente estas tensiones, toda forma de oposición crítica necesita de una mística previa que es precisamente la que el evangelio enuncia cuando nos invita a reconocer en cada ser humano a un hermano, es decir, a un semejante en humanidad.

Es solo un pensamiento en voz alta, ofrecido al debate, desde una preocupación muy honda por nuestra forma de convivencia, siempre amenazada, pero también abierta a nuevos desarrollos.

Cuando oren, digan: «Padre…»

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«La Voz de San Justo», domingo 22 de enero de 2017

La figura de Jesús que emerge de los relatos evangélicos es la de un hombre auténtico, genuino y transparente. Alguien que ha vivido su humanidad a fondo. Es bueno constatarlo hoy, cuando en muchos de nosotros se deja sentir una sed, precisamente, de autenticidad.

Algunos capítulos de la serie británica “Black Mirror” lo muestran con crudeza: el mundo digital puede transformar las redes en una trampa mortal. Lo más profundo del ser humano -su capacidad de vincularse con otros- puede quedar desfigurado hasta convertirse en una caricatura, cuando la búsqueda desesperada de aprobación (el famoso “Me gusta”) echa mano al fingimiento que mendiga la aprobación del otro.

Tenemos hambre de vínculos reales y significativos para dar con la talla genuina de nuestra condición humana. Para ser realmente humanos. Experimentamos una sensación difusa de hartazgo por formas asfixiantes de relación. Donde debería haber una palabra franca, directa y luminosa, persiste el gesto artificial y la sonrisa forzada. Buena parte de la violencia que hoy enferma nuestra sociedad abreva aquí.

Es anhelo de la autenticidad que percibimos en el Jesús de los evangelios: un hombre de una sola pieza, diáfano como un rayo de luz. Una persona confiable, sin segundas intenciones, estrategias infantiles de seducción o abuso de poder sobre los demás. Y estar con alguien así, sana y reconcilia.

Serán especialmente los más vulnerables los que experimenten esta potencia sanante de Jesús. Brota de lo más íntimo de su persona, sin necesidad de poses teatrales. Basta el simple contacto, una mirada o, sobre todo, una palabra buena, como todas las que salen de sus labios.

¿El secreto de esa fuerza? Lo que se esconde en esa palabra, tan entrañable como sagrada, que él mismo pone en nuestros labios, cuando nos enseña a rezar: “Cuando ustedes oren, digan: ‘Padre’…”.

En esa palabra sagrada está el secreto de la autenticidad de Jesús. Ella es la llave para entrar en el misterio de su persona de Hijo de Dios hecho hombre. Es la fuente de su transparencia, de su franqueza y de su capacidad de dar vida a todo aquel que se acerca a él, buscando precisamente eso: vivir en plenitud. Lo será especialmente en la hora suprema de la pasión.

Para Jesús, el secreto de su autenticidad radica en su inmediato estar en el Padre y, desde Él, ser, vivir y entregarse. Por eso, en medio de la actividad más exigente, busca espacios para ese encuentro vivificante: “Pasó toda la noche en oración con Dios”, nos cuenta Lucas (cf. Lc 6,12).

Y él lo comparte con los suyos. También con nosotros. Así empieza la oración más cristiana: el Padrenuestro. A esta palabra santa (“Abba-Padre”) volveremos el próximo domingo.

¿Quién celebrará la Misa?

Ayer, sábado 10 de diciembre, se cumplieron ciento cincuenta años de la primera Misa de San José Gabriel del Rosario Brochero.

Había sido ordenado el 4 de noviembre de 1866 y, según las costumbres de la época, tuvo que esperar más de un mes para celebrar su primera Misa.

Lo hizo en la capilla del antiguo seminario conciliar de Córdoba, ubicado donde hoy está la Plaza Jerónimo Luis de Cabrera. Hay una placa bajo un árbol que recuerda el lugar, evocando también a Brochero. Todos los días, manos anónimas encienden unas velitas y depositan flores en el lugar.

Al fin de sus días, leproso y ciego, Brochero seguirá celebrando la Misa. Lo hará de memoria (su ceguera le impedía leer el Misal), con gran dificultad, pero con infinita ternura y devoción. Y será precisamente la Misa de la Virgen María.

Entre la primera y la última Misa pasaron 48 años. ¿Qué pasó en el corazón, en las manos y en la vida de ese hombre que, día tras día, repitió las palabras más sagradas del cristianismo: «Tomen y coman; Esto es mi Cuerpo; ¿Esta es mi Sangre derramada por ustedes y el perdón de los pecados?

No son palabras inocentes. No lo fueron para Jesús que, con ellas, anticipaba la hora de su pasión: la hora de su entrega de amor hasta el fin.

No lo son tampoco para los curas. Es cierto: esas palabras pueden llegar a convertirse en la más incisiva pregunta, dirigida al corazón del sacerdote: ¿realmente has entregado tu vida, has derramado tu sangre, te has hecho una sola cosa conmigo y mis hermanos?

Las más de las veces, puestos frente a Dios, los curas nos descubrimos tremendamente inadecuados y distantes de ese misterio de amor que, sin embargo, también nos consuela y fortalece.

Como cura, soy un hombre frágil y pecador que, en el acto de hacer memoria de la entrega de Cristo, yo mismo soy salvado y redimido.

En estos días, mucho se ha hablado sobre los curas. A veces, con palabras sabias; otras, con expresiones menos sensatas. Es inevitable que esto ocurra.

Lo bueno es que se hable. Pero, por encima de todo, que se busque la verdad que edifica, incluso si desnuda incoherencias, pecados y miserias. Porque la verdad, no solo ilumina donde está el error. La verdad verdadera -si cabe la expresión- es la que se abre al amor que consuela, anima y abre hacia delante.

Los cristianos miramos a Jesús, el que siempre está viniendo. Él es verdad que ilumina y juzga. Pero es también, y en la misma medida, el amor que levanta y resucita. La verdad es completa cuando hace lugar a ese poder sanador del amor de Dios.

Miro a Jesús. Miro a Brochero. Miro a los curas. Miro a esta diócesis de San Francisco y termino preguntándome: ¿Qué manos traerán a nuestro atormentado y fascinante tiempo la Pascua de Jesús que hace nuevas todas las cosas?

¿Quién celebrará la Misa?

No matarás

¿Qué nos está pasando?

Un joven de 30 años hace maniobras para estacionar su camión. No lo logra. Interrumpe el garaje de otro joven, que lo mata de dos tiros en el pecho.

Un hombre, también de 30 años, mata a su ex novia, a la tía y a la abuela. Hiere a su hijita de pocos meses y a un niño de 6 años.

Y podríamos seguir.

Tengo en la memoria del corazón demasiados rostros de personas heridas para toda la vida, en el cuerpo y en el alma. En muchos casos, la distinción entre víctima y victimario -justa, correcta y necesaria- termina borrándose o, al menos, difuminando la claridad de sus contornos.

¿Qué nos está pasando?

La vieja definición filosófica de mal señala que este es una «ausencia de bien».

Sé que el tema no se presta para un elegante filosofar, pero esta formulación dice cosas que podrían sernos útiles. Dos, al menos, que rescato.

En primer lugar, que el mal es carencia, vacío, oscuridad. En última instancia, resiste una plena racionalización. Repito: es oscuridad.

Siempre estará ahí, amenazando, acechando. Por algo, Jesús que nos enseñó a invocar a Dios como Padre, termina su oración haciéndonos rezar: Padre… no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Obviamente, esto no nos exime de tratar de entender y de comprender los múltiples factores que empujan a las personas y, en ocasiones, a sociedades enteras a ese descenso a los infiernos que es la violencia tercamente instalada en los corazones y acechando, como bestia de presa, en cada esquina.

No. Una y otra vez tenemos que preguntarnos, unos a otros, por qué, de dónde, cómo es posible. Es un trabajo colectivo, del que no podemos darnos el lujo -como hacen las ideologías o los oportunistas- de excluir ninguna voz que tenga algo para decir.

Aquí, aparece el segundo aspecto que aquella vieja fórmula filosófica apunta: se trata de buscar, ante todo, lo que es bueno, justo, verdadero y, también – ¿por qué no? – bello y luminoso.

Se trata de crear las condiciones para que seamos gente realmente buena.

Y eso significa: un trabajo sostenido de todos para dignificar la vida de todos.

Significa que nadie puede ser objeto de posesión o de dominio de otro.

No es verdad que el hombre es un lobo para el hombre.

Cada ser humano es un don, único e irrepetible. Y estamos llamados a ser un don, los unos para los otros.

Nadie se puede erigir en un absoluto para nadie.

Todas las relaciones humanas son imperfectas y, por lo mismo, una invitación a caminar, a situar en su justo término las expectativas que depositamos sobre los demás y sobre nosotros mismos; a reconciliarnos con la fragilidad que cada uno de nosotros lleva dentro de sí, para aceptar con buen ánimo la imperfección de los demás.

Y a no renunciar a hacer el bien posible, aquí y ahora, de forma concreta y efectiva, sin esperar que se den la condiciones para vaya saber qué.

Significa, por encima de todo, meter en las conciencias y en los corazones la convicción de que cada ser humano es otro yo; otro como yo. Un semejante. Un ser humano.

Y eso, de manera especialmente importante, si el otro es muy distinto a mí, en piel, ideas, convicciones y opciones de vida.

Si sos distinto, más que a otro, me interesa que seas realmente vos mismo. Y te voy a respetar, no solo tolerar.

Y te voy a escuchar, sacudiéndome de encima prejuicios, medias verdades, estereotipos y caricaturas.

Y, sobre todo, voy a romperme entero para que situaciones complejas no encuentren soluciones simplistas, que normalmente consisten en encontrar a alguien (o a algunos) a quien echarle encima la culpa de todo.

*    *    *

Como creyente, vuelvo a Jesús, a su palabra que es luz y buena noticia.

Él me invita a amar, haciéndome cargo de la fragilidad del otro. A hacerme prójimo, hermano y defensor del otro, especialmente si es más débil.

Me invita también a perdonar. Setenta veces siete.

A imitar al Dios compasivo, que hace salir el solo sobre buenos y malos, sobre justos e injustos.

Lo peor que tiene la violencia es que se contagia, envenenando el corazón.

Lo mejor que tiene la bondad es que convence por sí misma, llenando el corazón de alegría y de paz.

Solo hombres y mujeres pacificados pueden llevar paz.

Como Jesús.

El canto sagrado en la liturgia católica

images-2Este lunes 24 de octubre, el obispo Sergio Buenanueva tuvo un encuentro con los encargados de canto de la catedral de San Francisco. Les ofreció algunos puntos de reflexión sobre el sentido del canto y la música sagrados, cuya síntesis ofrecemos a continuación.

Algunos puntos sobre el canto sagrado en la liturgia católica

Encuentro con los encargados del canto de la catedral de San Francisco

Lunes 24 de octubre de 2016

«No quiero que se cante en la Misa. Quiero que se cante la Misa» (San Pío X).

El canto (y la música) forma parte de la acción litúrgica. No es un adorno. Realza el misterio de la Iglesia en oración que adora, bendice, agradece y glorifica al Dios uno y trino y, al hacer esto, santifica al hombre.

Su función es ministerial: realzar el diálogo entre Dios y su pueblo reunido. El canto está al servicio de la fe de la Iglesia que cree lo que ora. Ha de servir, no dominar.

La primacía la tienen la voz humana y el canto, por sobre los instrumentos y el ritmo, pues el culto cristiano tiene su centro en la Palabra y el diálogo salvífico entre Dios y su pueblo.

En la tradición católica no se acompañan los cantos con palmas (aquí hemos de rectificar el rumbo, corrigiendo ese abuso que desnaturaliza la oración litúrgica).

Respecto a los instrumentos, el órgano sigue siendo el más apto para la celebración litúrgica. Es posible incorporar otros instrumentos, tantos de cuerda como de vientos. La guitarra es de uso común. No así la percusión, especialmente el uso de la batería que responde a géneros musicales que no son congruentes con la liturgia.

La tradición católica conoce tres formas de canto sagrado: 1) el gregoriano; 2) la polifonía; 3) el canto popular (que es el que, desde el Concilio Vaticano II, ha dominado en nuestras liturgias).

¿Qué distingue al canto «sagrado» de otras formas profanas de expresión musical? La Iglesia nos da tres criterios, a saber:

  1. La santidad: es la armonía que tiene el canto con la acción sagrada que se realiza en la liturgia. El canto sagrado se distingue por su capacidad de oración, de dignidad y solemnidad. Promueve la «sobria embriaguez del Espíritu», no la euforia y la exaltación de las emociones primarias que cierran en vez de abrir el corazón para entrar en el misterio. Han de brotar desde dentro de la liturgia y de la experiencia orante. De ahí la exigencia de que las piezas musicales sagradas estén compuestas para el uso exclusivo del culto.
  2. La belleza (perfección de formas): debe ser arte genuino, incluso en sus formas más populares y sencillas, es decir: conjugar nobleza, belleza y sobriedad. Obviamente lo banal, superficial y de mal gusto ha de quedar excluido. El canto y la música sagrados participan de la dinámica del signo litúrgico: de la visibilidad del signo sensible al misterio invisible. La belleza como camino de encuentro con el Misterio de Cristo.
  3. La universalidad, en el sentido de que, habida cuenta de una sana inculturación y adaptación a los diversos estilos musicales, las piezas musicales de la liturgia deben tener esa apertura que hace que un católico de cualquier cultura se sienta como en casa, al celebrar la liturgia.

Los obispos de EEUU señalan que, a la hora de preparar el repertorio musical de la liturgia, hay que atender a un triple juicio: musical, litúrgico y pastoral.

  1. Juicio musical: la música que cantemos en la liturgia debe ser «buena música», tanto antigua como nueva, y en la diversidad de estilos, también populares. Con sensatez y paciencia: «No se dejen ofender por lo imperfecto mientras se esfuerzan por lo perfecto» (San Agustín). La música para el culto debe ser buena, pero no toda música es buena para el culto.
  2. Juicio litúrgico: aquí lo decisivo es que sea la misma acción litúrgica la que nos guíe en la selección y ejecución de los cantos. De inspiración bíblica. Los encargados del canto sagrado deben conocer lo más profundamente posible la liturgia, en su letra y en su espíritu. Es fundamental respetar los textos aprobados que se contienen en los libros litúrgicos (p.e. en el Misal). Supone una cuidadosa interacción entre los diversos sujetos que intervienen en la celebración: la asamblea y su presidente, el coro y el/los canto/res, el organista y los demás instrumentos aprobados.
  3. Juicio pastoral: lo deben hacer los responsables concretos de cada celebración (sacerdote, equipo de liturgia y coro). ¿Cuáles son los mejores cantos para que esta asamblea concreta exprese su fe y celebre el culto divino? Una pieza musical puede ser muy buena pero inalcanzable para esta asamblea, por su complejidad o por la sensibilidad espiritual de la asamblea.

¿Qué cantar en la celebración de la Eucaristía? ¿Cómo mejorar nuestras celebraciones? Si el criterio de fondo es «cantar la Misa», es útil tener presentes estos tres grados para discernir cómo elegir las partes para cantar la Misa, a saber:

  1. Primer grado: los saludos, las 3 oraciones, las aclamaciones; el diálogo del Prefacio y el Sanctus; la doxología de la Plegaria eucarística y su gran Amén; el Padre nuestro con su introducción y conclusión (embolismo).
  2. Segundo grado: Kyrie, Gloria y Cordero de Dios; el Credo; la oración de los fieles.
  3. Tercer grado: los cantos procesionales (entrada y comunión); el salmo responsorial; el Aleluya y su versículo; las ofrendas.

Quisiera ofrecerles ahora algunas indicaciones concretas para mejorar nuestras celebraciones que, por lo general, son dignas y profundas, a saber:

  1. El acto penitencial: el Misal tiene tres formas. Siempre debe estar el «Señor ten piedad». No se puede suplantar por los llamados «cantos penitenciales» (un abuso a corregir).
  2. Tres cantos del ordinario merecen un especial cuidado: ante todo, el Trisagio (el Santo), cuya letra debe ser la que está en el Misal. También el Gloria y el Cordero de Dios.
  3. En el rito de la paz no se debe ejecutar ningún canto. El rito es breve y da paso a uno de los gestos eucarísticos más fuertes: la fracción del Pan mientras la asamblea canta el Cordero de Dios.

Breve indicación sobre la liturgia episcopal: las celebraciones que preside el obispo en su catedral tienen un significado especial. De la Exhortación Pastores gregis 34:

Aunque el Obispo ejerce su ministerio de santificación en toda la diócesis, éste tiene su centro en la iglesia catedral, que es como la iglesia madre y el punto de convergencia de la Iglesia particular.

En efecto, la catedral es el lugar donde el Obispo tiene su Cátedra, desde la cual educa y hace crecer a su pueblo por la predicación, y donde preside las principales celebraciones del año litúrgico y de los sacramentos. Precisamente cuando está sentado en su Cátedra, el Obispo se muestra ante la asamblea de los fieles como quien preside in loco Dei Patris; por eso, como ya he recordado, según una antiquísima tradición, tanto de oriente como de occidente, solamente el Obispo puede sentarse en la Cátedra episcopal. Precisamente la presencia de ésta hace de la iglesia catedral el centro material y espiritual de unidad y comunión para el presbiterio diocesano y para todo el Pueblo santo de Dios.

No se ha de olvidar a este propósito la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la gran importancia que todos deben dar «a la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia tiene lugar en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto a un único altar, que el obispo preside rodeado por su presbiterio y sus ministros». En la catedral, pues, donde se realiza lo más alto de la vida de la Iglesia, se ejerce también el acto más excelso y sagrado del munus sanctificandi del Obispo, que comporta a la vez, como la liturgia misma que él preside, la santificación de las personas y el culto y la gloria de Dios.