La Copa, la pasión y los nuevos liderazgos

En Argentina, el fútbol es más que fútbol. Lo comprendemos incluso los que, como quien esto escribe, no somos futboleros.

El triunfo de la Selección nos ha llenado de emociones. Algunos reels me han puesto la piel de gallina. De lejos, el que me hizo moquear más ha sido la foto o el videíto de “los Messi” (Lio, Antonella, Thiago, Mateo y Ciro) festejando el triunfo. Fue lo único que me animé a postear.

Los cuatro o seis millones festejando en Buenos Aires ofrecen una imagen impresionante. Aunque, por aquí, los quince mil que desbordaron Calchín para recibir a Julián Álvarez no se quedan atrás. En el interior del interior (¿todavía nos empeñamos en hablar así?) se logró lo que no se pudo en CABA.

Los análisis concienzudos se multiplican en las páginas de los medios. Eso es también muy argentino, tanto como la pasión que asombra al mundo. Y lo contagia. De paso: ¿irá Messi a Bangladesh con la copa?

El costado político tampoco se puede dejar de lado. La negativa de la Selección a ir a la Casa Rosada es comprensible. Se puede discutir, aunque también tenemos que tratar de entender el mensaje del gesto. Y, lo que es para mí más importante, intentar sacar algún aprendizaje.

Porque necesitamos eso. La alegría en las calles, como muchos han notado, expresa un desahogo, un alivio, un momento de fiesta en medio de una realidad tan dura. En esto, no advierto ingenuidad o mera evasión en el “pueblo” o la “gente” (como se prefiera hablar).

 A una semana de la Copa, y saliendo de la resaca de las fiestas de Navidad, a ninguno se nos escapa que la realidad difícil de vivir en Argentina está ahí, indomable y testaruda. Tanto como el pesado interrogante acerca de nuestras reales posibilidades de salir del atolladero.

Por eso, quisiera hacer en voz alta una pregunta, habida cuenta de lo que muchos han señalado de esta Selección (la “Scalonetta”) y sus virtudes: espíritu de equipo, liderazgos compartidos, tesón, resiliencia, disciplina, laboriosidad y un largo etcétera.

¿Será posible que toda esta pasión y este enorme logro de lugar al surgimiento de nuevas formas de liderazgo y de dirigencia? Y no pienso solo en la política, sino también en todos los niveles y espacios desde donde las personas edificamos la vida. También, la comunidad cristiana.

Nuevos liderazgos -a mi entender- implica conjugar dos cosas: renovación de personas y un nuevo estilo. En ninguno de estos dos aspectos se trata de hacer borrón y cuenta nueva. Una verdadera transformación es un trabajo complejo en varios niveles: conciencia, opciones libres, sentimientos, actitudes, personas y programas, “seniores” y “juniores”. Los espacios de educación y decisión política (los partidos o sindicatos, por ejemplo) tienen aquí un fuerte desafío.

Cuando, en noviembre de 2008, el Episcopado Argentino publicó el documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”, dedicó un apartado específico a este delicado aspecto. Teniendo como trasfondo el desafío colectivo de madurar un “proyecto de país”, abordó esta cuestión con esta pregunta: “¿Qué estilo de liderazgo necesitamos hoy?”.

La respuesta cristiana no deja lugar a dudas: según el Evangelio, el poder siempre es y se vive como servicio. Ese es su espíritu, su forma y también la mejor recompensa a la que puede aspirar un dirigente.  

De todo lo que allí se dice, solo apunto el párrafo 22 del documento: “Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común.  Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente ha de ser ante todo un testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias. Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida. “

Algo de esto vimos en la “Scalonetta”. Verlo también crecer en nuestra vida social, comunitaria y política es, sin dudas, mucho más difícil. Pero, no imposible. Ese gol tampoco se improvisa.

Elijo creer

No hace falta explicar lo que significan estas palabras. Las hemos sentido saliendo del fondo del alma, despertando ilusiones y esperanzas. 

Las hemos leído una y otra vez a lo largo de los días pasados. Las hemos visto estampadas en memes, reels, historias y en otras muchas formas. 

Es así: libertad y confianza. Solo el ser humano puede darse ese lujo: elegir y confiar. 

Y, en esta ocasión, es elección de confianza culminó en una fiesta increíble. En la alegría de un pueblo. 

Como cristiano, y a las puertas de esta Navidad, pienso que lo que esas palabras significan y despiertan en el corazón son un estupendo prólogo para preparar y vivir el nacimiento de Cristo. 

Los cristianos elegimos creer que, en esta historia nuestra, a menudo cargada de incertidumbre y dramatismo, de ilusiones y sufrimientos, no solo cuentan nuestras posibilidades y límites, nuestros logros y desaciertos. 

Navidad nos dice que, con nosotros también hay una Presencia que, con discreción y humildad, se hace sentir. Es la del “Emanuel”, el Dios con nosotros. 

Es el que -según el relato entrañable del evangelio-, María envuelve en pañales y recuesta en el pesebre. 

Elijo creer en Él y en lo que nos dice ese gesto tremendo de nacer como cualquier hijo de vecino. En medio de la noche y en un lugar perdido del inmenso mundo. 

Como en su momento lo descubriera el gran san Agustín: es el Dios humilde, el único que es digno de fe. Es dado a luz, comienza a caminar la vida y, con su llanto, nos provoca a la fe. 

Elijo creer. 

10 de diciembre de 2023

El próximo 10 de diciembre de 2023 se cumplirán cuarenta años de la recuperación de la democracia. Para entonces, nuevas autoridades estarán asumiendo el gobierno, elegidas por el voto popular. ¿Qué aprendizajes hemos hecho? ¿Qué desafíos tenemos por delante?

La pobreza es nuestra deuda pendiente más aguda. De los factores que impiden revertir este deterioro, la obstinada resistencia a los consensos de algunos sectores es un dato político clave. Parece que muchos ciudadanos muestran hoy un alentador hartazgo frente a este clima enrarecido.

En sociedades como la argentina, más que hace cuarenta años, la cultura democrática supone hoy cuidar los engranajes de su delicado mecanismo: el voto popular y la mediación de partidos y coaliciones políticas; una vigorosa opinión pública, expresiva de la sociedad civil, sus organizaciones e instituciones; una fuerte mística ciudadana del bien común, que articula derechos y deberes. Y también la tensión entre una economía de libre mercado y el imprescindible rol del Estado.

Reducir esa complejidad a propuestas simples es el atractivo de los populismos. Uno de los aprendizajes más importantes de estas cuatro décadas puede que sea la esterilidad de este camino.

Por eso, haber sostenido en el tiempo, en medio de fuertes crisis y tensiones, la opción por la democracia y el imperio del orden constitucional no es un dato menor. Esa «normalidad» institucional puede parecer hoy poca cosa. Es, por el contrario, un gran logro de todos los argentinos. Por eso, es importante celebrar esta fecha.  

***

El papa Francisco nos ofrece en sus encíclicas Laudato Si’ y Fratelli tutti valiosas orientaciones que pueden ayudarnos a darle un impulso virtuoso al camino que transitamos como pueblo.

Laudato Si’ nos propone el desafío de un cuidado de la “casa común” que supone atención a los múltiples aspectos en el equilibrio de la vida desde el hogar hasta la convivencia de pueblos y naciones. No se pueden separar, insiste el Papa, la cuestión ambiental de la cuestión social, el grito de los pobres del grito de la tierra. Es, ante todo, un fuerte desafío educativo: aprender a cuidar y a cuidarnos, más que a usar y descartar. Francisco anima a un ejercicio paciente del diálogo entre personas, grupos y naciones.

Fratelli tutti, propone la fraternidad como principio ordenador del orden social: reconocernos iguales en dignidad, merecedores de reconocimiento y respeto recíprocos. Si en Laudato Si’ advertía a quienes minimizan los valores espirituales, calificándolos de ineficaces para el desarrollo, en Fratelli tutti desafía a los hombres y mujeres de la política a asumir su vocación con un fuerte talante espiritual. No hay buena política sin políticos ricos en valores espirituales. Y no hay políticos así, sin un pueblo con ciudadanos virtuosos.

Cuando la Argentina se aprestaba a salir de la dictadura, el Episcopado publicó “Iglesia y comunidad nacional” (1981), apostando por un restablecimiento del orden constitucional que integrara “la aceptación de la democracia política, históricamente canalizada por el liberalismo; la aspiración hacia la democracia social, vertida por las corrientes de tipo socialista; y el esfuerzo por defender una justa soberanía nacional, implicado en las corrientes nacionalistas.” (ICN 109).

El 10 de diciembre de cada año nos recuerda este camino recorrido. Nos habla de nuestros logros y deudas pendientes. Nos desafía a seguir buscando juntos.

Argentina 1985

Anoche, finalmente, pude ver “Argentina 1985”.

Me pareció una muy buena película, aún si hacemos lugar a las críticas de ausencias, sesgos y otras falencias. Recomiendo verla.

Es dinámica, con muy buenas actuaciones y con un clímax logrado en el alegato final de Darín/Strassera. Difícil no dejarse ganar por la emoción por la frase final: “Nunca más”.

Dos cosas.

Ante todo, me dejó varias preguntas que iban emergiendo a medida que avanzaba la trama. Preguntas personales. Las puse en un Tuit: ¿Dónde estaba yo en aquel momento? Tenía 21 años y, como seminarista, empezaba la teología. ¿Cómo percibí lo que pasaba? ¿Qué pensaba? ¿Qué sentimientos despertaba el momento que vivía el país?

Lo segundo. Creo que plantea bien un punto de inflexión de nuestra historia como país: el “nunca más” a la violencia política, especialmente ejercida desde el estado.

La malicia moral del terrorismo de estado estriba precisamente aquí, como se ha señalado tantas veces: el estado que debe cuidar se vuelve contra los ciudadanos. Al margen de la ley, ejerce una violencia que, por su propia dinámica, se torna irracional e inhumana.

¿Este juicio es el hecho fundante de nuestra joven democracia? Si no lo es, forma parte de la experiencia histórica que fragua el núcleo ético del proceso social, cultural y político en el que aún vivimos.

Pero, como ocurre con todas las grandes opciones éticas de los pueblos, nunca están decididas del todo, asimiladas totalmente, enraizadas en la conciencia y en la libertad de los ciudadanos.

Esta película puede ayudar, con las posibilidades y límites de todo producto cultural, a reavivar nuestra opción por una cultura democrática basada en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, y, por, ende, en el respecto del otro como sujeto y semejante; también en el imperio de la ley para dirimir conflictos y -no hay que cansarse de afirmarlo- la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas como humus vital del sistema democrático.

Que ”Argentina 1985” nos ayude a mirar con esperanza y compromiso ciudadano a la Argentina de los próximos decenios.

Elogio de la moderación política

El Parlamento: la casa de la palabra, el consenso y la moderación

¿Me permitís una palabra?

Los populismos -de izquierda o de derecha- deforman la democracia en varios sentidos. Uno de ellos es transformar la confrontación entre posturas distintas (normalmente bipolares: izquierda-derecha, conservadores-progresistas, etc.) en una exacerbación de los extremos.

La confrontación propia de las democracias liberales hace a la dinámica de la vida política de las sociedades que adoptan ese sistema de gobierno y de convivencia ciudadana. Se sustentan sobre un fundamento sólido: la aceptación sin reservas de la pluralidad, cuyo núcleo ético es el reconocimiento de la dignidad personal de cada ciudadano o miembro del pueblo.

Es el reconocimiento del otro como sujeto igual a mí.

Por eso, las confrontaciones democráticas, incluso las más encendidas, no tienen que poner en riesgo la unidad siempre en tensión dentro de la comunidad ciudadana. Al contrario, bien vividas, la expresan y la refuerzan.

Obviamente, siempre y cuando, ese núcleo ético que es el reconocimiento del otro no desaparezca ni se debilite. Se trata de un valor fundamental, pero también sumamente frágil, confiado al cuidado de la conciencia y libertad de cada ciudadano y de toda la sociedad.

Una convivencia así requiere de una mística anclada en sólidos valores espirituales y éticos. Para algunos de nosotros es el Evangelio; para otros, otras fuentes espirituales.

La Iglesia católica, por ejemplo, en cuanto sujeto social (y también político) mantiene una oposición crítica hacia muchas leyes (el aborto, por ejemplo). Acepta la legitimidad de las reglas de la democracia, pero mantiene su postura sin romper ni amenazar la cohesión de la sociedad. Y, como ella, tantas otras organizaciones o espacios espirituales, culturales y políticos.

El populismo procede deliberadamente de otra manera. Exacerba las diferencias que se dan dentro de la sociedad; niega subjetividad al otro, al que arroja fuera del espacio, considerándolo “no pueblo” y, por eso, siempre rompe la unidad y cohesión del pueblo al que dice servir. Incluso se echa mano de símbolos, expresiones o conceptos religiosos para darle una pátina mística a sus pretensiones de hegemonía.

No solo en Argentina, sino en varios rincones del globo, la democracia aparece amenazada por estas formas de entender la convivencia social.

La enseñanza social de la Iglesia católica, a la vez que busca respetar la dinámica y consistencia secular de la política, ofrece el horizonte inspirador del humanismo que se desprende del Evangelio y de su también secular forma de interpretar racionalmente la condición humana.

En su reciente encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco ha hecho foco en dos conceptos que abrevan en esa fuente: el de “fraternidad” y el de “amistad social”. Desde allí invita a transitar los caminos de -como él lo llama, con acierto- la “mejor política”.

Se trata de un verdadero “elogio de la moderación” en la política. Supone afirmarse con notable fortaleza interior en los instrumentos más políticos que conocemos: el diálogo, la búsqueda de consensos y acuerdos; la superación paciente e inteligente de los conflictos con una mirada de largo alcance; la sensibilidad hacia los más vulnerables, como motivación para atenuar el impulso del egoísmo en aras del interés común.

Tradicionalmente todos estos valores se asocian al “centro” de las distintas expresiones políticas: centro izquierda o centro derecha. Entre nosotros se ha puesto de moda bajarle el precio a esta búsqueda de un territorio común para construir el bien común, hablando de “Corea del centro”. Ni fu ni fa. Es una chicana casi infantil.

Nuestro país arrastra una profunda crisis social, económica y política que tiene raíces humanas y éticas. Sin un deliberado consenso, buscado con fortaleza y magnanimidad, será imposible diseñar el futuro.

Como he dicho otras veces: en esto, todos los ciudadanos tenemos que sentirnos responsables, pero, una responsabilidad histórica la tienen los hombres y las mujeres de la política. Esa es su vocación. Yo añadiría ahora: y de aquellos hombres y mujeres que hacen de la “moderación” su mística al servicio de todos.

Y es ahora, no mañana, pues entonces puede ser demasiado tarde.

La hora es grave y supone riesgos reales, que hemos visto realizarse en otros países y sociedades. No sería extraño que, en las próximas elecciones, buena parte de los ciudadanos, acosados por lo que implica sobrevivir al día a día y desinteresados de la política (a la que juzgan -y con razón- alejada de su vida e intereses reales), a la hora de entrar en el cuarto oscuro, se decanten por opciones radicalizadas, que ofrecen la ilusión de patear el tablero. Sabemos su destino: nuevas frustraciones, más rabia y menos discernimiento.

¿Será posible romper ese círculo vicioso? Creo que sí. A la moderación política le cabe la responsabilidad. Y que tenga también imaginación para hacérnoslo comprender.

A propósito de la Misa en Luján

¿Podemos los católicos reflexionar serenamente sobre nuestras preocupaciones y también sobre nuestras irritaciones?

Me hago esta pregunta, porque quiero compartir algunas ideas sobre lo que pasó en el Santuario nacional de Luján el pasado sábado. En realidad, desearía pensar mejor cómo estamos viviendo nuestra fe; y cómo darle visibilidad pública de forma responsable en una sociedad compleja, variada y vivaz como la argentina.

Comienzo diciendo que acepto y valoro las disculpas que ofreció el obispo Jorge Eduardo Scheinig en la misma celebración. Creo que fue honesto y sincero. Punto. No vuelvo sobre esto. Tampoco quiero desmerecer la molestia e irritación que el hecho despertó en numerosos católicos, pastores y laicos, al ver las imágenes o al saber de los hechos.

Para colmo de males, en esas horas circularon algunos videos y fotos que no eran de esa celebración, sino de tiempo atrás. Vivimos nuestra ciudadanía creyente y secular en un mundo enrarecido, especialmente en la comunicación pública, tanto en las redes como en los medios.

La pregunta que me hago es esta: más allá de esta Misa, ¿no deberíamos dejar ya de hacer este tipo de celebraciones? O, al menos, de verificar con mayor cuidado algunas condiciones para que resulten expresivas de nuestra fe y de lo que entendemos hacer los cristianos cuando nos reunimos para “hacer Eucaristía”.

Nadie duda de la legitimidad de la finalidad: pedir la paz social, la concordia, la fraternidad. En el Misal romano existen varios formularios de oraciones que suplican a Dios esos bienes. Los usamos y tenemos que seguir haciéndolo. Con mi pregunta me muevo en otra dirección.

Siendo franco, tiendo a pensar que este tipo de convocatorias van quedando anacrónicas. Estimo que deberíamos buscar formas más adecuadas de expresar la fe, la oración, la intercesión religiosa. Es algo a discernir. El concepto de “laicidad positiva” abre aquí una puerta muy amplia. El estado es y tiene que ser neutral en materia religiosa; la sociedad, en cambio, no lo es ni tiene que serlo. Y, de hecho, no lo es. En el espacio público -que es de los ciudadanos no del estado- ha de tener cabida la fe en sus múltiples manifestaciones.

Para los cristianos, la Eucaristía es el “sacramento de nuestra fe”. Su celebración supone, expresa y alimenta la fe que hemos recibido en el bautismo. Su marco adecuado es una comunidad de hombres y mujeres que se reúnen por la fe y en orden a la fe. Su finalidad fundamental es levantar el corazón para alabar, bendecir y adorar al Padre, por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo.

Cuando suplicamos por la paz social, por el cese de la violencia u otros valores humanos lo hacemos “coram Deo”: vueltos hacia el Señor, confiando e invocando su misericordia, abiertos al influjo de su Espíritu. Esto nunca se puede ni suponer ni minusvalorar, menos aún supeditar a otros fines, incluso legítimos.

Pero hay otro aspecto que me hace pensar. Creo que, los pastores y la comunidad eclesial tenemos que cuidar con mayor delicadeza la libertad religiosa de todos. En primer lugar, la de los creyentes. También la de la Iglesia misma que, como nos enseñó el Concilio, es lo fundamental que le pide a la comunidad política: libertad para vivir la fe y compartirla con todos. Pero también la libertad de quienes no profesan la fe, la tienen un poco adormecida o incluso están en las antípodas de lo que creemos los católicos.

Me detengo aquí. En muchas de estas celebraciones vemos a hombres y mujeres, funcionarios o miembros de distintas instituciones, que no saben cómo estar en una celebración. Se los ve, en ocasiones, incómodos o perdidos. Y no hablemos de gestos o actitudes displicentes que, celulares mediante, hoy son captados y viralizados con incontrolable rapidez.

Añado un punto más, para mí muy importante y hasta decisivo. ¿No tenemos que dejar que la política, que tiene sus leyes y consistencia secular propias, viva esa autonomía en la gestión de la cosa pública con mayor soltura?

La fe en Dios, el Evangelio e incluso el culto tienen una dimensión y proyección políticas innegables… en la medida en que se los deja ser ellos mismos. No hay nada más político que el primer mandamiento del Decálogo: solo Dios es Dios, a Él solo adorarás; ninguna magnitud humana puede reclamar para sí lo que le debemos a Él y solo a Él. Es exquisitamente político porque, de la adoración a Dios hace surgir el más preciado bien político: la libertad por la que el hombre construye su vida y el bien común.

De lo que se trata es de buscar formas más genuinas de expresar la fe (en todas sus dimensiones: oración, iluminación doctrinal, actitudes y servicio) en un contexto social y cultural de pluralidad. En el núcleo ético de la democracia está la aceptación sin reservas de la legitimidad de la pluralidad. La fe y la libertad religiosa tienen que hacerse cargo de lo que esto significa.

Lo que valía para otros tiempos y otro tipo de configuración de la sociedad, hoy puede no ser ya adecuado.

Esa diversidad, situación epocal y pluralidad añaden también otro aspecto: cada región de la Argentina tiene su genio propio; su modo, por tanto, de vivir los vínculos entre la condición cristiana y la ciudadanía, los vínculos siempre dinámicos entre sociedad, ciudadanos y valores religiosos, por un lado; y, por otro, los vínculos entre el estado y la/s iglesia/s.

No está mal que, si las cosas nos parecen equivocadas, nos irritemos un poco y hagamos oír nuestra voz. Pero, lo más sensato (y cristiano) es que reflexionemos, conversemos y busquemos juntos los caminos más adecuados.

Hasta aquí mi aporte. Tenemos que seguir reflexionando sobre estas cosas.

El Papa Francisco y Cuba

“Quiero mucho al pueblo cubano. Lo quiero mucho. Y… tuve buenas relaciones humanas con gente cubana. Y también lo confieso: con Raúl Castro tengo una relación humana… Cuba es un símbolo. Cuba tiene una historia grande. Yo me siento muy cercano, muy cercano. Incluso a los obispos cubanos”.

Estas palabras del Papa Francisco a unas periodistas mexicanas han vuelto a causar revuelo. Obviamente, la referencia a su vínculo con Raúl Castro ha sido destacado. Un titular soñado.

La diplomacia de la Santa Sede tiene un perfil muy particular, que reflejan bien estas afirmaciones del Papa. Corre por carriles diversos a la diplomacia de los estados. Ni mejores ni peores. Distintos, como suelen ser los acercamientos a las situaciones complejas internacionales. 

Es la diplomacia de la paz, que privilegia los contactos espirituales y humanos, los pequeños pasos y los gestos de cercanía, pensando en el bien posible aquí y ahora, atenta a la situación de las personas, especialmente en crisis humanitarias. Tiene recursos que los estados no tienen, pero también sus límites y sus riesgos. 

Se mueve en un terreno escarpado, con situaciones complejas abiertas a distintas opciones prudenciales. Es, por eso, opinable y discutible. A condición -claro está- de poseer información de calidad y no solo lo que circula por las redes. 

Francisco lo sabe y no le molesta. Uno de los «activos» de este pontificado es precisamente haber dejado un amplio espacio para las discusiones francas. «Escuchemos con humildad y hablemos con valentía», aconsejó a los obispos en el Sínodo sobre la familia. Toda una regla de vida eclesial.

En este sentido, las palabras del Papa Francisco se ponen en línea de continuidad con los pasos que viene dando la Santa Sede desde el comienzo de la revolución cubana. Pero también expresan su aporte original: él es latinoamericano, con una formación teológico pastoral que lo hace cercano a los conflictos y tensiones propios de nuestros pueblos. Seguramente también esto juega un papel a la hora de orientar a la diplomacia de la Santa Sede en su accionar en América latina. 

También recibió severas críticas (por ejemplo, de los cubanos en el exilio) el mismo Juan Pablo II por su acercamiento a Fidel Castro y su viaje a la isla. Algo similar ocurrió con Benedicto XVI que tuvo con Fidel un diálogo personal muy significativo. Se los acusó de no ser suficientemente claros y severos en sus condenas al régimen. Sin embargo, uno tras otro, esos gestos fueron abriendo puertas y aflojando tensiones. 

Es comprensible que, quienes sufren estos regímenes, no comprendan, critiquen, sientan dolor y extrañeza porque sus justos reclamos no son atendidos como quisieran. Y no se pueden minimizar ese dolor y esos reclamos. 

¿Acciones clamorosas o pasos silenciosos? ¿Un aplauso que suele ser efímero o resultados a largo plazo? 

Más que en los titulares de la prensa y en elogios de la opinión pública, el Papa y la Santa Sede tienen que pensar en el bien real que puede conseguirse en situaciones concretas, en ocasiones muy estrechas y con poco margen de acción. Sabiendo incluso que sus decisiones podrán tener efectos no tan fáciles de predecir o controlar. 

Es el peso de su responsabilidad pastoral.  

Bien común, presente y futuro

El bien común consiste en “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (GS 26). Esta descripción del bien común deriva del personalismo que es el nervio de toda la enseñanza social de la Iglesia: “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana.” (GS 25).

En la sociedad, los sujetos responsables del bien común somos todos los ciudadanos. Mientras más inquieta es una sociedad, mientras más dinamismo interior tienen los ciudadanos que la componen, mientras más espíritu de lucha, laboriosidad y tesón manifiestan, más posible se hace generar esas condiciones que son el clima en el que crecemos integralmente las personas. Mucho más en sociedades como la argentina: cada vez más plurales, abiertas y dinámicas… como lo son también sus crisis.

El servicio al bien común es también lo que legitima al estado y a la política. Le compete a quien detenta el poder político velar por el orden público (la paz social, el bienestar económico, las libertades, etc.) para que los ciudadanos podamos ser artífices de nuestro propio proyecto de vida, colaborando unos con otros en el desarrollo de la sociedad de la que somos parte.

Mujeres reconstruyendo una ciudad devasta por las bombas en la II Guerra Mundial

En su encíclica Laudato Si’, el papa Francisco hace un aporte interesante a la noción de bien común: la amplía, incluyendo dentro de las condiciones de la vida social el cuidado de la casa común (la atención al clima, por ejemplo) y la justicia que le debemos a las generaciones por venir.

El futuro, de alguna forma, entra a formar parte del bien común, en cuanto responsabilidad de quienes, aquí y ahora, vivimos y actuamos en sociedad: tanto de los ciudadanos de a pie como de quienes detentan ocasionalmente el gobierno de la cosa pública.

Si miramos la realidad de nuestro país, desde esta consideración del futuro como parte del bien común, tal vez, podamos atisbar una orientación para salir del laberinto por el que deambulamos.

La política fracasa rotundamente cuando se entretiene en una suerte de irresponsables juegos de guerra, pujas internas e insensatas por el poder. Se pierde tiempo y, lo que es más grave, hace que los ciudadanos perdamos nuestro tiempo, un bien más valioso que las reservas en dólares del Banco Central. Sobre todo, cuando el tiempo que se escabulle es el de las nuevas generaciones que dejan de soñar con su futuro. Pero también de los que van llegando al final de la vida.

Este es un costado ético -en realidad, un grave pecado social de difícil redención- que tiene la persistente crisis política de Argentina, al menos de 1983 a la fecha, y que, por estas horas, adquiere contornos dramáticos… una vez más.

Los ciudadanos de a pie tenemos que obligar a nuestros representantes, tanto a los que gobiernan como a los que hacen política desde la oposición, a pensar con mayor seriedad en el futuro. Y tenemos que hacerlo con firmeza y serenidad, sin dejarnos llevar por pasiones irracionales y echando mano de los medios que nuestra democracia nos ofrece: manifestarnos, peticionar, expresarnos…

La mecha está encendida y cada vez es más corta.

La política encuentra legitimidad cuando es ciencia, sabiduría y arte para construir la delicada arquitectura del orden público que requiere el trabajo nunca acabado de edificar el bien común. Y lo digo una vez más: pensando en las generaciones que están creciendo y en las que vendrán. El corto plazo es fatal. Y esta inmensa tarea supone hombres y mujeres virtuosos, con autodominio, racionalidad y magnanimidad. Los líderes mesiánicos -ya lo sabemos por experiencia- no existen y, por eso, no sirven.

Ciudadanos de a pie, dirigentes sociales (también los religiosos), hombres y mujeres de la política (gobierno y oposición), necesitamos abrevar en una fuente común para encontrar la fuerza ética para construir el bien común.

¿Y si pensamos en las nuevas generaciones? ¿Por qué no nos tomamos unos minutos para mirar a los ojos a los niños, a los adolescentes y jóvenes que nos han sido confiados? Tal vez, en ese movimiento simple de miradas encontremos el impulso humano que necesitamos para esa empresa común que hoy nos desafía.

¿No será esa nuestra misión, pero también nuestra mayor recompensa: el bien para ellos que nosotros preparamos y hacemos posible?

Este sábado 9 de julio, Día de la Independencia Nacional, tomémonos un tiempo para ese ejercicio. Pero, conscientes de que el tiempo se acaba.