Padrinos de bautismo: ¿sí o no?

Gran difusión en las redes de la noticia de que el obispo italiano Giacomo Cirulli ha decretado que, en las tres diócesis que gobierna, se suspende la figura del padrino o madrina para bautismos y confirmaciones.

Obviamente, ha despertado la polémica, suscitando diversos comentarios: algunos airados, otros graciosos e irónicos. No faltan tampoco los despistados e incluso desubicados. Como suele ocurrir en estos casos: todo el mundo se siente con autoridad para pontificar y corregir.

Me animo entonces a decir algo.

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Dejemos a los italianos en Italia. Vengamos a Argentina. Entre nosotros, la figura del padrino o madrina es muy apreciada por las familias que piden el bautismo para sus hijos. También para la confirmación. En su pastoral, la Iglesia valora muy positivamente este gesto sentido y tan cristiano.

En esta figura convergen dos miradas con sus respectivas expectativas. En primer lugar, la mirada popular que ve en el padrino o madrina un segundo papá o mamá que puede acompañar al ahijado en su camino de vida. De ahí vienen las expresiones populares: compadre o comadre. Es algo muy profundo y hermoso. Le decimos a un pariente o amigo: ¿te animás a compartir conmigo ser, de alguna forma, papá o mamá de mi hijo? Esta es la expectativa que las familias suelen traer a nuestras parroquias cuando piden el bautismo para sus hijos.

En segundo lugar, está la visión pastoral de la Iglesia: el padrino es un cristiano adulto que tiene como misión acompañar a un hermano más chico a caminar la fe y, así, convertirse en discípulo de Jesús. En los primeros siglos, las personas se bautizaban de adultos y recorrían un camino exigente de preparación. Duraba al menos tres años. Un cristiano ya bautizado los acompañaba para ayudarlos y dar testimonio de que estaban listos para recibir los sacramentos de la fe.

Como decíamos, estas dos visiones convergen, no siempre armónicamente en la pastoral de los sacramentos. Estamos además en una sociedad que mantiene algunos valores y prácticas cristianos, pero que vive fuertes procesos de secularización, donde también crece la indiferencia e incluso la hostilidad hacia la fe y la Iglesia. A propósito: secularización indica que las personas organizan su vida sin poner en el centro a Dios o los valores religiosos, especialmente como los propone la Iglesia católica, en nuestro caso.

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Todo esto suele ser fuente de algunos conflictos en las secretarías parroquiales. Las familias eligen a los padrinos y madrinas para sus hijos, poniendo el acento en el rol afectivo de éstos. La parroquia, por su parte, acentúa la misión cristiana del padrino, recordando los requisitos que establece la Iglesia: mayor de 16 años, bautizado y confirmado, con la primera comunión y que vive coherentemente su fe. Si está casado, que lo esté por iglesia. Un bautizado no católico solo puede ser testigo del bautismo.

Lo más destacable aquí es recordar que la figura del padrino no es de necesidad absoluta. En una circunstancia extraordinaria, se puede omitir su presencia. Pienso que aquí se apoya la decisión del obispo italiano al que nos referíamos.

Como hay de todo en la viña del Señor, incluso uva, en las parroquias se dan situaciones distintas. Las hay que se plantan con rigor en estas exigencias con un sentido maximalista; como también las hay que llegan a extremos bastante laxos. Y así tenemos la caricatura: cura malo que aleja a la gente en vez de atraer versus cura gaucho que es compinche de todos.

En general, y dejando la caricatura de lado, siempre se trata de mantener un diálogo pastoral, partiendo de que se valora muy positivamente el pedido de una familia de bautizar a sus hijos. Normalmente se encuentra el camino para sortear las dificultades. Por ejemplo, aquí en Córdoba, los obispos de las seis diócesis de la provincia nos hemos puesto de acuerdo para que, al menos, uno de los pradrinos cumpla con los requisitos… en la medida de lo posible. A nadie se le niega el bautismo, a los sumo se sugiere diferirlo hasta encontrar la solución más adecuada. Al hablar con algunas personas que afirman que se les negó el bautismo (por ejemplo, por ser mamá sola), suelo advertir que, por lo general, ha habido alguna explicación incompleta de las normas de la Iglesia.

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En el Nuevo Testamente encontramos dos modelos de pastoral bautismal. Ambas legítimas y que iluminan nuestra acción evangelizadora. En primer lugar, la que ve al bautismo como punto de partida de la vida cristiana. Es la visión de san Pablo: el bautismo funda la vida cristiana de seguimiento de Cristo. En segundo lugar, el bautismo es visto como el fruto maduro de un proceso de conversión que comenzó con el anuncio de Cristo y que puso en marcha una transformación de la vida según el Evangelio.

A la luz del primero, la Iglesia introdujo la práctica de bautizar niños, acogiendo el pedido de sus padres, acentuando así que el bautismo es don, amor primero y absolutamente gratuito de Dios. El segundo es el que sigue iluminando el camino de los adultos (cada vez más, por cierto) que, al cabo de los años sienten la llamada a convertirse en discípulos de Jesús, se acercan a la comunidad cristiana y se comprometen en el catecumenado que culmina con los sacramentos de la iniciación.

El bautismo es uno de los dos “sacramentos mayores” de la Iglesia. El otro es la Eucaristía. En torno a estos dos giran los demás sacramentos. La confirmación completa con el don del Espíritu al bautismo; la penitencia nos devuelve la amistad con Dios, herida por nuestros pecados; la unción de los enfermos, nos regala la fortaleza en la prueba de la debilidad.

El bautismo es además la fuente de nuestra dignidad como hijos e hijas de Dios. El sacerdocio de los obispos y de los presbíteros está al servicio del sacerdocio bautismal.

Tenemos mucho por reflexionar y ahondar en nuestra vida cristiana y eclesial.

Obispo desde la cárcel

Cuando se conoció que, en un juicio rápido, la dictadura de Ortega había condenado a veintiséis años de cárcel al obispo Rolando Álvarez, inmediatamente escribí un Tuit dando cuenta de este hecho.

Alguien me señaló en los comentarios que, a su criterio, el obispo habría debido aceptar el exilio, a fin de cumplir su misión entre los nicaragüenses también exiliados, evitando así el incordio de la prisión.

Me dejó pensando, no porque dudara de la opción del obispo Álvarez, sino porque el comentario tuitero dejaba picando una punzante inquietud. Yo también soy obispo y advierto que la decisión de mi colega nicaragüense tiene un genuino sabor evangélico. Su persona, su misión y esa condena injusta se corresponden como solo el Evangelio de Cristo puede hacerlo.

Lo digo sin rodeos: desde la cárcel, Rolando va a ser más obispo que si gozara de la más plena libertad de movimiento.

Alguna vez leí que Víctor Frankl señalaba que Cristo en la cruz había sido más libre que nunca, pues vivía, así clavado al madero, la mayor de las libertades que posee el alma humana: la libertad de aceptación.

Algo de eso hay en el gesto heroico del obispo Álvarez. Pero, en clave evangélica, hay mucho más. Un obispo no es un mero funcionario eclesiástico. “Obispo” es nombre de misión: expropiado de sí mismo, de su propio éxito y, finalmente, del propio bienestar personal, ha de vivir para Aquel que lo ha llamado y para el pueblo al que es enviado como pastor.

La mayoría de nosotros lo vive en la cotidianeidad de su ministerio. Pero, para algunos, esa misión los lleva a la prueba suprema de la muerte o del sufrimiento. Y así, unidos a Cristo crucificado, pastorean al pueblo con la fecundidad de la Pascua.

Álvarez está recluido, según parece, en una celda de castigo. No es el primero ni será el último. En el museo del campo de concentración de Dachau se pueden observar algunos testimonios de lo que vivieron en ese lugar obispos y sacerdotes católicos, como también pastores de las Iglesias protestantes. El nazismo, como ahora la dictadura de los Ortega, mandó a ese lugar a los que consideraba “parásitos del pueblo”.

Están ahí por la decisión del tirano de turno, pero también porque su fe en Dios los puso en esa encrucijada donde un hombre, en conciencia, no puede menos que vivir a fondo el primer mandamiento de la ley: solo Dios es Dios, ninguna magnitud humana puede reclamar para sí que ningún ser humano se postre ante ella como su fin supremo.

No es un gesto básicamente político, sino profunda y genuinamente religioso. Pero, paradojalmente, esa libertad ante Dios posee la mayor fuerza política que se pueda concebir. Por eso, los tiranos temen y tiemblan cuando un pueblo reza.

¿Cumplirá el obispo Rolando Álvarez los veintiséis años y cuatro meses que la corrompida justicia del régimen le impuso?

Espero que no. Casi estoy seguro de que no será así. Pero, para mí mi hermano Rolando está cumpliendo cabalmente su misión como pastor del rebaño que Cristo adquirió con su Sangre, como enseñaba san Pablo a los primeros pastores de la Iglesia.

Oro por él, por la diócesis de Matagalpa, por los curas y laicos que comparten su pasión y por el noble y sufrido pueblo nicaragüense. Tarde o temprano se verán libres del tirano.  

¿Te cuento por qué voy a Misa?

Dios está en todas partes. Es el Creador que sostiene con su mano sabia y providente todo lo que existe.

Desde su resurrección, Cristo, el Señor, llena con su presencia todo espacio de nuestro mundo y de nuestra historia.

Por eso, podés encontrarte con Él en todo lugar, en cualquier momento, incluso en los más inesperados o, en apariencia, más alejados o menos sagrados.

Sin embargo, para la experiencia cristiana, lo que acontece cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía es algo único, sorprendente y estupendo.

Allí, sea una humilde capilla o una espléndida catedral, junto a la cama de un enfermo o incluso en una celda oscura, cada vez que los cristianos celebramos la Santa Eucaristía, somos alcanzados por el Señor en su mejor momento: su Pascua.

Cuando cobrás conciencia de lo que acontece cuando el sacerdote toma el pan del altar y dice: «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo»… O, cuando, acercándonos a comulgar, el ministro nos muestra la santa Hostia y nos dice: «Cuerpo de Cristo»… cuando eso pasa y caés en la cuenta de ello, todo cambia. Y todo es TODO: la vida, la muerte, el futuro, también nuestra fragilidad y pequeñez.

¡Cómo vamos a dejar de celebrar la Eucaristía!

Todos rezamos en nuestra casa, en lo secreto donde solo el Padre ve nuestro corazón. Está buenísimo. Es magnífico. No se puede negar.

Pero, para nosotros, los discípulos de Jesús es tan bueno como insuficiente. Por eso, no dejamos de reunirnos para celebrar la divina Liturgia.

Seremos pocos, viejos y medios bobos, pero nunca vamos a dejar de hacerlo, porque lo que nos reúne no son nuestros logros, capacidades y méritos, sino su Palabra y su Espíritu.

Es Él, en persona.

Siempre habrá una comunidad que se reúna en su Nombre para celebrar la Fracción del Pan… hasta que El vuelva.

Te lo quería decir. Lo quería compartir.

Amén.

Crímenes y castigos que nos conmueven e interpelan II

Los juicios por los asesinatos de Lucio Dupuy y Fernando Báez Sosa nos tienen que conmover, hacer pensar y actuar con decisión. Sigo pensando sobre estos desafíos. Aquí, una nueva contribución…

Hay un vieja idea de la escolástica que, según creo, se retrotrae a Aristóteles.

La medida de la justicia se restablece cuando los delincuentes purgan, a través de las penas proporcionales que les impone el juez, sus delitos.

En címenes aberrantes (por ejemplo, los llamados de «lesa humanidad», es decir, que hieren la dignidad humana), la expiación ha de ser realmente onerosa. En otros tiempos era la pena capital. Hoy lo es, por ejemplo, la prisión perpetua o largos años de cárcel.

El asesinato, el genocidio (por ejemplo, el nazi), la tortura u otras vejaciones suponen una herida a la dignidad de las víctimas que clama al cielo. La justicia humana obra hasta donde puede. Por eso, solo la justicia divina puede llegar a la raíz de semejantes delitos.

Hay, sin embargo, un aspecto de la reparación que no podemos perder de vista: no solo la dignidad humana de la víctima ha sido herida, sino que también el victimario, al obrar como obró, ha lesionado su propia dignidad. Por eso, sin mermar en nada las penas que los delincuentes que han cometido estos delitos han de purgar, siempre hay que dejar abierto el espacio al arrepentimiento.

Se suele evocar el caso del joven francés Jacques Fesch, ajusticiado en la guillotina el 1º de octubre de 1957, que, en la cárcel, realizó un camino espiritual de conversión y arrepentimiento por el homicidio que había cometido, al tiempo que aceptó la pena capital a la que había sido conendado.

No basta que los criminales vayan la cárcel a cumplir sus coondenas. La sociedad también necesita que se rehabiliten realmente como seres humanos, en la medida en que esto sea posible y allí donde sea posible.

Las leyes tienen que ser justas y severas. La justicia tiene que esclarecer los delitos y castigarlos según corresponda.

Ninguna ley, sin embargo, puede obligar a nadie a arrepentirse ni a ofrecer su perdón a quien lo ofendió. No se impone la renconciliación por la fuerza de la ley. Tampoco puede obstaculizar o impedir que esto ocurra.

Arrepentimiento y perdón son valores espirituales que siguen sus propios caminos que siempre pasan por la conciencia de las personas, lugar privilegiado donde obra el Espíritu Santo.

Crímenes y castigos que nos conmueven e interpelan

Desde que Caín levantó su mano y acabó con la vida de su hermano Abel, la humanidad sabe que la fraternidad siempre (y «siempre» es «siempre») estará amenazada por esa oscuridad incomprensible que habita los corazones humanos.

En el Evangelio, Jesús contó la parábola del «Buen samaritano» como contrapartida de aquel asesinato primordial.

Ese es el camino, a condición, claro está, de que no reduzcamos el cristianismo a mero humanismo o, peor aún, a una ética, por ejemplo, de la compasión.

El problema fundamental de la ética no es tanto señalar qué está bien o qué está mal, sino con qué fuerzas el ser humano, siempre frágil, ignorante y dado al autoengaño, podrá hacer el bien, especialmente cuando esto signifique ir contra sí mismo, sus propios intereses o los de su grupo. Y cómo se educa en el hábito de ser buenos, justos, generosos y desinteresados en la búsqueda del bien común.

El cristianismo es un acontecimiento de salvación que tiene en su raíz, en su núcleo y en su entraña la encarnación de Dios. Cristo es el Buen Samaritano, el Salvador, el que nos da la gracia de su Espíritu para sanar y elevar el corazón humano.

Crímenes aberrantes como el asesinato del pequeño Lucio Dupuy o el que se llevó la vida de Fernando Baéz nos conmueven e interpelan: ¿cómo prevenirlos? ¿Qué tenemos que hacer, aquí y ahora, para crecer en humanidad como sociedad? ¿Qué le cabe al Estado y a la sociedad, a cada uno de nosotros?

Se necesitan leyes justas. Claro está. También políticas preventivas. Sobre todo, se necesitan personas justas y más que justas: buenas, virtuosas y generosas. Esa meta desborda las posibilidades de cualquier política. Ni el estado ni la ley nos hacen buenos. El secreto de la virtud nace de abajo y de dentro, del corazón.

La justicia secular ha condenado a quienes asesinaron brutalmente a Lucio. Seguramente hará lo mismo a los que mataron a Fernando. Es su tarea: esclarecer los crímenes, establecer las responsabilidades e imponer las penas proporcionales. Para ello se toma su tiempo.

Mientras tanto, los ciudadanos aguardamos expectantes, tratando de conjurar el comprensible deseo de venganza que puede llegar a habitarnos. También tratando de no dejar que las ideologías, siempre sesgadas, parciales y desinteresadas de los hechos reales, obnuvilen nuestra mirada, desviándola hacia otras guerras e intereses.

Repasando la enseñanza de Santo Tomás de Aquino sobre la justicia punitiva, surgen muchas reflexiones interesantes. El santo doctor enseña que, al imponer sanciones al delicuente, no se puede buscar primariamente su daño, sino que, toda sanción debe ordenarse a algún bien: la enmienda del delicuente, algún bien para la sociedad en su conjunto. Incluso las penas más severas no pueden obviar la dimensión medicinal de toda sanción: ayudar al delicuente a hacerse cargo de su delito, a asumir lo oneroso de su sanción y, de esa manera, expiar el delito y recuperarse en su dignidad.

¿En qué medida el sistema penal ayuda en este complejo proceso de hacer verdaderamente justicia de los delitos cometidos? Solo si lo hace, la sociedad podrá sentirse un poco más segura, aunque siempre haya que estar atentos y vigilantes.

La historia de Caín y Abel se sigue desarrollando, pero tambien la del Buen Samaritano.

Cristo nos asegura su gracia para que nos convirtamos en hermanos y hermanas, apostando siempre por la vida.

Cuidar la libertad religiosa

Crece la violencia contra los cristianos en el mundo

En los próximos días, el Papa Francisco emprenderá su primer viaje en este 2023. Será a dos países africanos: República democrática del Congo y Sudán del Sur. Ambos con situaciones de extrema violencia, también de características religiosas.

Otro país africano, sin embargo, exhibe la triste estadística de un aumento exponencial de la persecución a personas por su filiación religiosa: Nigeria. La violencia contra los cristianos ha venido en aumento en estos últimos años.

El pasado domingo 15 de enero, el padre Isaac Achi fue quemado vivo por unos asaltantes que dieron fuego a su viviendo. Ese mismo día, en el Congo, un atentado acabó con la vida de una veintena de cristianos pentecostales que celebraban el culto dominical.

La geografía de la violencia religiosa desborda el continente africano. China comunista y Corea del Norte afinan su legislación restrictiva de la libertad religiosa de sus ciudadanos. Aquí, en América latina, Nicaragua es un caso preocupante. Ya ha sido condenado un sacerdote católico por el delito de “traición al estado”. Un obispo espera la misma condena en el banquillo de los acusados.

La organización “Puertas Abiertas” desde hace treinta años ofrece una información concienzuda sobre el estado de la libertad religiosa en el mundo. En su último informe[1] consigna estos datos preocupantes:

  • En la actualidad, más de 360 millones de cristianos sufren altos niveles de persecución y discriminación por su fe.
  • En 1993, los cristianos afrontaban un nivel de persecución de alto a extremo en 40 países; en 2023, esta cifra casi se ha duplicado a 76 países.
  • Solo en los 50 primeros países, 312 millones de cristianos sufren actualmente niveles de persecución muy altos o extremos.
  • En todo el mundo: uno de cada siete cristianos experimenta, al menos, niveles altos de persecución o discriminación; uno de cada cinco en África, dos de cada cinco en Asia y uno de cada quince en América Latina.

¿Qué podemos hacer frente a este panorama?

Ante todo, hablar del tema, difundir información confiable y, sobre todo, estar atento a las diversas formas de discriminación por motivos religiosos que también se dan entre nosotros.

Aún con algunas situaciones preocupantes (sobre todo, por motivos ideológicos y la irracionalidad de los prejuicios), nuestro país sigue siendo un modelo de convivencia pacífica entre las distintas tradiciones religiosas.

La Iglesia católica sigue siendo la mayoritaria, pero con muy buenos vínculos con las otras confesiones cristianas, con los judíos y también con el mundo musulmán.

La buena salud de esta convivencia y su proyección al escenario público argentino son activos a cuidar. No ha faltado y no faltará el punto de vista de las religiones presentes en nuestro país en los intensos debates públicos que caracterizan nuestra vida ciudadana.

Sobre todo, aquellos en los que se juegan con mayor intensidad la dignidad, derechos y deberes de las personas.

La libertad religiosa, con el derecho a la vida, la libertad de conciencia y de expresión, forma parte del núcleo duro de los derechos humanos. Los cuidamos entre todos y para todos, también para quienes no son personas religiosas o creyentes.


[1] https://www.puertasabiertas.org/es-ES/actualidad/todos/lista-mundial-de-la-persecucion-2023-una-realidad-asfixiante/

Testimonio

A los fieles católicos de la diócesis de San Francisco.

Buenos días, hermanos.

Les comparto brevemente este testimonio. Como saben, el pasado lunes fallecieron Luis Alberto y Silvia Masini. Esa noche fui a Di Monte para el responso de Silvia y, en la sala contigua, estaba el velorio de Luis. En las dos capillas ardientes rezamos con mucha fe.

En una y otra, pero también confundiéndose en la multitud de gente que había, reconocí muchos rostros de hermanos y hermanas de nuestras comunidades.

Ayer, martes 17, la despedida de Luis se hizo en Cristo rey y, nuevamente, una enorme concurrencia de personas. Al finalizar el responso, una de las hijas de Luis me pidió dirigir unas palabras. Sobreponiéndose a la emoción, dio un testimonio realmente muy luminoso de su padre, de su talante humano y, sobre todo, cristiano. ¡Menuda herencia deja Luis a sus hijos y a todos nosotros!

Se los quería contar, porque estas “pascuas” vividas por dos discípulos del Señor nos hablan de lo que realmente es el tesoro más grande de nuestras comunidades cristianas, lo que se juega en la vida y pastoral ordinaria de nuestras comunidades.

Meditando el Evangelio del domingo (Jesús que inicia su misión y llama a sus primeros compañeros de aventura), no he podido dejar de pensar en que este Jesús sigue haciendo lo mismo: pasando, llamando y tocando corazones (“Inmediatamente, dejándolo todo, lo siguieron”, dice el evangelista).

Silvia y Luis, como tantos otros, escucharon esa llamada y nos han precedido en el camino hacia el cielo. Su testimonio nos alienta a seguir caminando.

Saludos.  

+ Sergio

Maestro Fernando Ballesteros… ¡Gracias!

Me tengo que retrotraer a 1981. Había pasado el Congreso Mariano Nacional y, como fruto de esa caricia de la Virgen, la arquidiócesis de Mendoza reabría el Seminario.

Éramos un grupo nutrido de jóvenes (hoy diríamos: de adolescentes) deseosos de ser curas.

Un también jovencísimo profesor de música nos deslumbró con su voz y, sobre todo, por su pasión por la música sagrada.

Era el querido Fernando Ballesteros.

Venía cada semana a darnos clase y a educarnos la voz.

Junto con otros maestros, cuyos nombres atesoro en el corazón, Fernando despertó en mí el gusto por la música y el canto. Me entregué de lleno a repasar mis vagas nociones de música y, de manera especial, a aprender todo lo que más pudiera.

Él me acompañó con paciencia y verdadera pasión de docente.

Con el tiempo, ya ordenado sacerdote nos volvimos a encontrar en el Seminario. Volvimos a trabajar juntos en muchos proyectos. El último: el Coro diocesano «Juan Pablo II», al que acompañó, junto con la también queridísima y recordada Juanita Guevara, en tantas ocasiones (incluida mi ordenación episcopal).

Esta mañana me desperté con la noticia de su fallecimiento. Recé por él el Rosario y, esta tarde, ofreceré la Eucaristía por su descanso eterno. También por el consuelo de su familia.

Pero es un recuerdo agradecido. Sí: doy gracias porque Fernando se cruzó por mi camino de fe y de misión sacerdotal. Es un regalo de Dios, de la mano de María, que forma parte de esa historia de gracia y salvación que nuestro buen Dios hace con cada uno de nosotros.

Voy a volver a escuchar algunas de sus interpretaciones en el canal de Youtube que abrió años atrás. Y, de ser posible, volveré a escuchar «Señora Mendoza» de Julio Azzaroni.

Creo que se lo estará cantando al Creador en el cielo.

Hasta vernos de nuevo, querido Fernando. A Dios.

PS. Acabo de hablar con el padre Marcelo De Benedectis que lo acompañó en estos últimos momentos. Marcelo da cuenta de cómo vivió Fernando su Pascua: su amor a Cristo, a la Virgen, al Cura Brochero. Confirma así, lo que todos pudimos leer en su alma desde que lo conocimos. Descansa en paz, querido Fernando.

Un Papa de la Tradición

Uno de los gestos más arriesgados del pontificado de Benedicto XVI fue la promulgación del Motu prorpio «Summorum pontificum» que restableció la liturgia antigua como «forma extraordinaria» del único rito romano.

Fue un gesto arriesgado, como dije, pero valiente y sabio.

Como en su momento reconociera el mismo san Juan Pablo II, el reclamo por la Misa del «usus antiquior» es legítimo. Benedicto XVI además, por sensibilidad, formación teológica y prudencia, percibía que ese conjunto de reclamos -llamémoslos así «tradicionalistas»-forma parte de la entraña de la Iglesia católica, que se vuelve incomprensible sin ese vigoroso aprecio por la Tradición.

La Iglesia es esa tensión entre «Profecía» y «Tradición».

Esa tensión ha estado, está y estará siempre. Y es saludable. Ser fieles al Evangelio es hacerle lugar concreta y vitalmente en la vida de la comunidad eclesial.

Es cierto también que «conservadores» y «progresistas» (si queremos hablar así) tienden a convertir esa tensión en una polarización de exclusión mutua. Se les nota más a los conservadores, pero es más sutil en los progresistas.

Lamentablemente, el gesto valiente de Benedicto XVI dio pie para que esos reclamos legítimos quedaran rodeados de tal grado de agresión, arrogancia y soberbia que, en la práctica, terminan siendo oscurecidos y comprensiblemente desechados: se tira la niña con el agua sucia, según el dicho italiano.

En este punto, la herencia de Ratzinger/Benedicto XVI queda como una provocación a seguir buscando la Verdad, amando a la Iglesia real y a tender puentes con humildad, sin dejarse ganar por el espíritu de discordia.

LA ALEGRÍA DE LA FE

Joseph Ratzinger/Benedicto XVI in memoriam

Joseph Ratzinger ha contado varias veces una anécdota que lo pinta de cuerpo entero, tanto como su obra teológica. Uno y otra son inseparables. Su inmensa producción teológica refleja, como a través de una filigrana, el alma inquieta de este hombre de fe.

Cuenta que, siendo joven profesor, le tocó asistir a una animada discusión entre profesores de teología. Estamos en los años cincuenta del siglo pasado, época de gran efervescencia teológica, especialmente en la Alemania de la segunda posguerra.

La discusión era sobre la necesidad o no de que las personas conozcan a Cristo y su propuesta de vida. Un viejo y respetable profesor de moral, zanjó la cuestión afirmando que era preferible que la inmensa mayoría de las personas no llegara a conocer el Evangelio, pues al confrontar su fragilidad humana con las altas exigencias de Cristo, seguramente se desmoronarían.

Cristo, su Evangelio y, sobre todo, las exigencias morales que de él se desprenden serían un peso para la conciencia de la mayoría de las personas. Dios hace bien en mantener en una conciencia errónea a la mayoría de las personas.

El que esto escribe, de joven seminarista, escuchó alguna reflexión en la misma dirección.

Ratzinger cuenta que, si bien le pareció lógica esa afirmación, le dejó un fuerte sabor amargo. “Lo que me perturbaba -escribe- era la idea de que la fe fuera una carga insoportable que sólo las naturalezas fuertes pudieran aguantar, casi un castigo, o en todo caso, una exigencia difícil de cumplir. La fe no facilitaría la salvación, sino que la dificultaría”.

Y se pregunta más adelante: “¿Cómo podría, de ser así las cosas, surgir la alegría de la fe? ¿Cómo el coraje de transmitirla a los demás? ¿No sería mejor dejarlos en paz y mantenerlos alejados de ella? […] Quien ve en la fe una pesada carga o una exigencia moral excesiva no puede invitar a los demás a abrazarla. Prefiere dejarlos en la supuesta libertad de su buena conciencia”.

Aquí radica, a mi modo de ver, una inquietud central, a la vez pastoral y teológica, eclesial y evangelizadora, que permite comprender el impulso de fondo de su pensamiento. Por ejemplo, de su lucha denodada contra el moralismo, que reduce la fe a mera tranquilidad burguesa.

Lo ha escrito, lo ha dicho y lo ha enseñado de múltiples formas. Sirvan de testigos los párrafos que abajo transcribo. Corresponden a una preciosa lectio divina de Juan 15 a sus seminaristas romanos.

No somos nosotros quienes debemos producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no somos nosotros quienes debemos hacer todo lo que Dios se espera del mundo, sino que ante todo debemos entrar en este misterio ontológico: Dios se da a sí mismo. Su ser, su amor, precede a nuestro actuar y, en el contexto de su cuerpo, en el contexto del estar en él, identificados con él, ennoblecidos con su sangre, también nosotros podemos actuar con Cristo.

La ética es consecuencia del ser: primero el Señor nos da un nuevo ser, este es el gran don; el ser precede al actuar y a este ser sigue luego el actuar, como una realidad orgánica, para que lo que somos podamos serlo también en nuestra actividad. Por lo tanto, demos gracias al Señor porque nos ha sacado del puro moralismo; no podemos obedecer a una ley que está frente a nosotros, pero debemos sólo actuar según nuestra nueva identidad. Por consiguiente, ya no es una obediencia, algo exterior, sino una realización del don del nuevo ser.

Lo digo una vez más: demos gracias al Señor porque él nos precede, nos da todo lo que debemos darle nosotros, y nosotros podemos ser después, en la verdad y en la fuerza de nuestro nuevo ser, agentes de su realidad. Permanecer y guardar: guardar es el signo del permanecer y el permanecer es el don que él nos da, pero que debe ser renovado cada día en nuestra vida.

La cita ha sido larga. Pero es sabrosa. Como toda la lectio.

Al despedir de esta vida mortal al querido Papa emérito Benedicto XVI, pienso que, por encima de todo, nos sea inmensamente necesario y urgente entrar en el cauce profundo de la corriente espiritual que lo animaba, tanto como fecundaba su prodigiosa inteligencia.

Allí están Dios y su Cristo, la alegría de la fe, la luz que nos alcanza al saborear la Palabra y al celebrar los misterios en la sagrada Liturgia. De allí proviene la que tal vez sea la más feliz formulación de su magisterio:

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Encíclica Dios es amor, 1).

Por todo ello, muchas gracias, padre.