Crímenes y castigos que nos conmueven e interpelan II

Los juicios por los asesinatos de Lucio Dupuy y Fernando Báez Sosa nos tienen que conmover, hacer pensar y actuar con decisión. Sigo pensando sobre estos desafíos. Aquí, una nueva contribución…

Hay un vieja idea de la escolástica que, según creo, se retrotrae a Aristóteles.

La medida de la justicia se restablece cuando los delincuentes purgan, a través de las penas proporcionales que les impone el juez, sus delitos.

En címenes aberrantes (por ejemplo, los llamados de «lesa humanidad», es decir, que hieren la dignidad humana), la expiación ha de ser realmente onerosa. En otros tiempos era la pena capital. Hoy lo es, por ejemplo, la prisión perpetua o largos años de cárcel.

El asesinato, el genocidio (por ejemplo, el nazi), la tortura u otras vejaciones suponen una herida a la dignidad de las víctimas que clama al cielo. La justicia humana obra hasta donde puede. Por eso, solo la justicia divina puede llegar a la raíz de semejantes delitos.

Hay, sin embargo, un aspecto de la reparación que no podemos perder de vista: no solo la dignidad humana de la víctima ha sido herida, sino que también el victimario, al obrar como obró, ha lesionado su propia dignidad. Por eso, sin mermar en nada las penas que los delincuentes que han cometido estos delitos han de purgar, siempre hay que dejar abierto el espacio al arrepentimiento.

Se suele evocar el caso del joven francés Jacques Fesch, ajusticiado en la guillotina el 1º de octubre de 1957, que, en la cárcel, realizó un camino espiritual de conversión y arrepentimiento por el homicidio que había cometido, al tiempo que aceptó la pena capital a la que había sido conendado.

No basta que los criminales vayan la cárcel a cumplir sus coondenas. La sociedad también necesita que se rehabiliten realmente como seres humanos, en la medida en que esto sea posible y allí donde sea posible.

Las leyes tienen que ser justas y severas. La justicia tiene que esclarecer los delitos y castigarlos según corresponda.

Ninguna ley, sin embargo, puede obligar a nadie a arrepentirse ni a ofrecer su perdón a quien lo ofendió. No se impone la renconciliación por la fuerza de la ley. Tampoco puede obstaculizar o impedir que esto ocurra.

Arrepentimiento y perdón son valores espirituales que siguen sus propios caminos que siempre pasan por la conciencia de las personas, lugar privilegiado donde obra el Espíritu Santo.

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