A las puertas de la Pascua

risorto2«La Voz de San Justo», domingo 9 de abril de 2017

Los católicos, y otros cristianos, nos disponemos para la celebración anual de la Pascua.

Para la piedad popular, el Viernes Santo sigue representando el momento más fuerte de la Semana Santa. Con un dato curioso: la liturgia de ese día no toca tanto los corazones como los Via Crucis, sobre todo, los que son representados dramáticamente, y que reúnen a cientos de personas.

Es comprensible: el misterio del Dios encarnado que, en la pasión y en la cruz, comparte el dolor humano como Dios sufriente, es realmente conmovedor e impactante.

Sin embargo, la pasión y muerte de Jesús tienen un antes y un después que hay que evocar para comprender a fondo el sentido redentor que le reconoce la fe cristiana.

En Jesús siempre se entrecruzan dos coordenadas: la de una historia humana real y concreta, pero que es, inseparablemente, historia del Dios hecho hombre. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como confiesa la fe católica.

Ambas coordenadas han de ser tenidas en cuenta para intentar contemplar y celebrar el misterio de la Pascua.

La muerte en cruz es fruto del camino concreto de Jesús, de su pasión por el reino de Dios, de su amor compasivo por los pobres, los débiles y pecadores. Desde el primer momento, comenzó a experimentar una creciente hostilidad que desembocará en su muerte violenta. Acusado falsamente por sus enemigos ante el gobernador romano por una aparente razón política, es condenado, sin embargo, por una causa eminentemente religiosa: Jesús ha pretendido hacer presente, con sus gestos, palabras y opciones, al mismo Dios vivo, a quien invoca osadamente como “Abba” (Padre querido). Ha pretendido lo que ningún profeta: ser el intérprete definitivo de lo que Dios quiere para el hombre. Esto es inaudito y pone en tela de juicio a la misma autoridad religiosa. Será rechazado por estos, con la incomprensión de sus discípulos y de buena parte de su propio pueblo. 

Los evangelios, abrevando en las Escrituras de Israel, nos abren otra perspectiva: este judío de Nazaret invoca a Dios como su Padre porque Él mismo, en su misterio personal más hondo, es el Hijo.

Su pasión y muerte en cruz forman parte del designio amoroso de Dios que busca a los perdidos, sana a los enfermos y perdona a los pecadores. Misteriosamente, su entrega en la pasión expresa visiblemente ese amor de Dios que redime al hombre.

Ese es el “antes” de la cruz. Pero, para la fe, hay también un “después” insoslayable: la resurrección.

Dios Padre no ha dejado que su Hijo sea devorado definitivamente por la muerte. Si Jesús se ha mostrado en la pasión solidario con todos los crucificados, este amor no ha quedado como un manotazo en el vacío. El Padre ha respondido con el don de su Espíritu que ha arrancado a Jesús de la tumba y le ha dado la plenitud de la vida en la resurrección.

Esta es la confesión de fe de la Iglesia, desde el primer instante: no buscar entre los muertos al Viviente; Jesús, el Crucificado es el Resucitado, a quien Dios ha glorificado. Ha entrado así en la vida plena y verdadera.

Si su muerte fue redentora, por su amor solidario y compasivo con todos los hombres, su resurrección es también una puerta abierta que ofrece una esperanza cierta para quienes todavía caminamos en la fragilidad de la historia humana. La resurrección de Jesús es la obra más grande de Dios a favor de la vida de los hombres. Allí se ha mostrado para siempre como el Dios amigo de la vida.

Esto es lo que los cristianos conmemoramos, año tras año, en la celebración anual de la Pascua.

No es simple recuerdo del pasado, sino un hacer presente el acto liberador del Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el hoy de nuestra historia, para que nos ayude a abrir nuestro mundo al reino de Dios.

Se inicia en la tarde del Jueves Santo con la Misa de la Cena del Señor: acompaña a Jesús hasta el Calvario; con María se recoge en silencio oración durante el Sábado Santo y, con ella, canta con gozo la victoria del amor sobre la muerte el Domingo de Pascua.

Jesús resucitado te está esperando en esta Semana Santa. Te invito a responder a su llamada, participando con fe de las celebraciones de tu comunidad cristiana.

Padre…líbranos del mal

el grito«La Voz de San Justo», domingo 26 de marzo de 2017

Es poco decir que se trata de una petición. Es, en verdad, un grito de auxilio, nacido de las entrañas y dirigido al único que puede realmente salvar. Concluye el Padre nuestro, pero, de alguna forma, nos devuelve al inicio: nos pone, con Jesús y como él, una y otra vez, en las manos del Padre.

En cierta manera, se trata de un desarrollo de la petición anterior: Padre, cuando llegue la hora, no nos dejes caer en la tentación. ¿Qué pedimos ahora? No sucumbir al mal más grande: rechazar el reinado de Dios, abandonar en el seguimiento de Jesús y cerrarnos a su Espíritu.

Esa es, precisamente, la obra del Maligno. En palabras de Jesús: “Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino” (Mt 13,19). Es así: el mayor triunfo del Tentador es arruinar la siembra de Dios en nosotros; engañarnos con falsas promesas para que cortemos el vínculo que nos da vida; es decir: cerrar nuestro espíritu a la acción vivificante del Espíritu del Hijo que nos hace hijos e hijas del Padre. Nos hace desconfiar de Dios, de sus promesas, de sus intenciones y de sus entrañas de Padre compasivo. Mata la confianza en Dios.

El mal está presente, en sus diversas manifestaciones, en la vida de las personas, de los pueblos. Amenaza desde dentro, tanto los corazones como las estructuras sociales, culturas, políticas y económicas. Tampoco la Iglesia escapa de su influencia : ¡Qué poder corrosivo tiene la degradación espiritual y moral de los hombres de Iglesia, especialmente de sus ministros!

Dios no nos ha prometido que seremos inmunes al sufrimiento, al fracaso, a la frustración, que no experimentaremos la atracción del mal o que sus reflujos no nos alcanzarán. No nos ha prometido una vida fácil ni alienta una filosofía burguesa despreocupada y minimalista. No sabemos, por ejemplo, de cuánta salud o enfermedad gozaremos en esta vida. Y, como esto, muchas otras cosas.

Lo que sí nos ha prometido es que no nos faltará el auxilio de su Espíritu para vivir como discípulos de Jesús todo lo que nos toque vivir. Y forma parte de sus promesas – y es lo que pedimos en esta última súplica – que su Espíritu vendrá en ayuda de nuestra fragilidad cuando experimentemos la acometida del Maligno que siempre busca arrebatarnos de las manos providentes del Padre.

Enviado por Cristo resucitado desde el Padre, el Espíritu será el Abogado que nos defenderá toda vez que seamos acusados por el Tentador y toda forma de tentación maliciosa aceche con sus trampas nuestro camino de discípulos.

Esta última petición es, por el contrario, un grito de confianza en el verdadero poder que realmente merece ese nombre: el amor compasivo de Dios. A él nos entregamos, como Jesús en Getsemaní y en la cruz. En él esperamos, como María el sábado santo, pues sabemos – o, al menos, lo intuimos en nuestro corazón – que el mal no puede tener la última palabra sobre nuestra vida y sobre la entera historia humana.

¿Qué le gritamos en esta súplica? El imperativo “¡líbranos!” se queda un poco corto para expresarlo. Necesitamos un verbo más fuerte y casi violento: Padre: ¡arráncanos y arrebátanos de los brazos poderosos del mal! ¡Sólo Tú tienes esa fuerza arrebatadora!

Y Dios ha escuchado esa súplica: nos ha enviado a su Hijo. A Él miramos, su Evangelio escuchamos y su Pascua contemplamos. Jesús es el punto de apoyo de nuestra oración, especialmente en el momento de la prueba.

Por eso, los cristianos pronunciamos esta súplica mirando la cruz de Cristo. Es cierto: no somos inmunes al dolor ni a la incertidumbre. Pero la confianza que la cruz siembra en nuestros corazones transforma desde dentro ese grito de auxilio en una súplica ardiente, por nosotros y por todos los hombres y mujeres del mundo.

Con Jesús, y como Él, miramos al Padre, levantamos nuestros brazos al cielo y le dirigimos nuestra plegaria confiada, desde lo hondo de nuestra humanidad.

 

¡Nunca más!

Mi reflexión para este 24 de marzo es, más bien, una pregunta, que va y vuelve, con diversas variaciones: ¿Cómo pudimos llegar a ese extremo de violencia? ¿Qué condiciones la hicieron posible? ¿Qué grado de legitimación ha tenido la violencia política en la sociedad argentina? ¿Hemos purificado nuestra memoria de tal forma que hayamos removido las oscuras razones del odio que justifican la eliminación violenta del otro? ¿Podemos garantizarles a las próximas generaciones de argentinos que hemos hecho todo lo posible para asegurarles una forma distinta de resolver los inevitables conflictos sociales que enfrentarán como ciudadanos?

Esta mañana silenciosa de feriado, me han venido a la memoria tres recuerdos personales que surgen de mi propia biografía como argentino. El primero: tenía doce años cuando fue el golpe; creo recordar ese día, pues estaba iniciando el último año de la primaria. Después, aquel domingo 30 de octubre cuando voté, por primera vez a mis diecinueve años. Ese recuerdo es más nítido: está unido a hondas emociones que no he vuelto a experimentar hasta ahora.

El último recuerdo es claro en el contenido, pero borroso en la datación: algún momento entre mis 21 y 23 años. Era seminarista y tomé de la biblioteca de mi párroco el “Nunca más” de la CONADEP. Lo leí en un día, de un solo tirón, sentado en el suelo. Imborrable la sensación de horror y – no tengo miedo de confesarlo – de una cierta incredulidad que solo ha sido dolorosamente vencida con el paso del tiempo. Eso no podía ser cierto. Sin embargo…

No intento responder ahora a las preguntas arriba formuladas. Al menos, no en este escrito. Me las formulo a mí mismo,tratando que las respuestas maduren y crezcan con raíces sólidas. Pues se trata de interrogantes humanos y éticos de los más graves que tenemos como sociedad. También como miembros de una Iglesia que ha sido, en toda su compleja diversidad, sujeto activo de esta historia dramática. Son cuestiones que tienen que ver con el pasado, pero, sobre todo, con el modo como hoy vivimos y el mañana de nuestra convivencia.

Solo apunto dos cosas. Cuando arriba me pregunto por el “extremo” de la violencia, me refiero a la malicia objetiva del terrorismo de estado que, contrariando su esencia y misión, se volvió contra los ciudadanos a los que tenía que proteger, haciendo lugar a las formas más infames de agresión contra la dignidad de la persona. Sin desconocer la valoración negativa de las otras formas de violencia que se entrelazaron en aquellos años oscuros (y de la que se extrañan sinceras autocríticas), este juicio sobre el terrorismo de estado no admite ya ninguna forma de minusvaloración.

Eso sí, creo que, cada vez más, este juicio ético se nutre de una comprensión más acabada de las circunstancias, los hechos, las ideas y las pasiones que hicieron posible la emergencia de esa forma de mal. Tendremos que seguir escuchando, investigando y pensando para comprender lo que nos pasó y conjurar peligros latentes de desbarrancar de esa forma.

Pero hay un límite para ello que es, más bien, una posibilidad abierta: escuchar el dolor de las víctimas y sus deudos. La sangre y las lágrimas trascienden las posiciones políticas. Pueden ser incluso un punto de encuentro genuinamente humano. Nos recuerdan que – ¡gracias a Dios! – no todo es política en la vida de las personas. (Pertenezco a una generación que creció con esa idea sofocante, también alimentada desde algunas formas de teología).

La política tiene razón de medio, no de fin. Es “servicio” insiste Francisco con el evangelio en la mano. El fin siempre son las personas. Por eso, un punto decisivo, de orden claramente espiritual, es que logremos ser capaces de reconocernos como semejantes. Solo así será realista seguir diciendo: “¡Nunca más!”.

Padre nuestro… no nos dejes caer en la tentación

hombre-solo-con-neblina-por-la-alameda«La Voz de San Justo», domingo 19 de marzo de 2017

“En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía…”, comenta el Catecismo de la Iglesia Católica (n° 2848).

Jesús reza y nos enseña a rezar. Eso es el Padre nuestro: la oración del Señor que, a medida que la hacemos nuestra, va educando interiormente nuestra sensibilidad espiritual para que refleje los mismos sentimientos filiales de Jesús.

Esto son ya los salmos: Dios mismo pone en nuestros labios las palabras, los sentimientos y las actitudes que nos abren a la acción de su Espíritu. Y Jesús, de la mano de María y de José, aprendió a orar en la tradición orante de su pueblo.

Para quien conoce la Biblia y reza los salmos, el Padre nuestro resulta un eco poderoso de esa rica experiencia de oración, transformada ahora por el alma orante del Hijo de Dios hecho hombre. El Padre nuestro es el punto culminante de esa tradición de adoración, alabanza y súplica.

Ante todo, el Padre nuestro educa nuestros deseos para que se dejen alcanzar por los grandes deseos de Jesús, que son también los del Padre: santifica tu Nombre, venga tu Reino y se haga siempre tu Voluntad. Desde aquí podemos pedir lo que más necesitamos para la vida: el pan y el perdón.

Solo entonces, la pedagogía de la oración de Jesús nos hace enfrentar la oscuridad que rodea la condición humana. Es el contenido de las dos últimas peticiones del Padre nuestro.

¿Qué nos enseña a pedir Jesús cuando nos hace orar así: ‘Padre, no nos dejes caer en la tentación’?

La palabra que usa Jesús, y que se traduce como “tentación”, tiene un innegable sabor bíblico. Puede ser traducida de dos maneras: ante todo, puede indicar las pruebas que Dios permite en la vida de los creyentes, y que le ayudan al hombre a conocerse a sí mismo y a abrirse a la acción de Dios. La Biblia contiene preciosos relatos de hombres y mujeres que, entrando en la espesura de esas pruebas, han salido airosos, comprobando, sobre todo, que la fidelidad de Dios es inquebrantable.

Sin embargo, en la oración de Jesús el sentido de la palabra se traduce mejor como “tentación”, es decir: como la capacidad que tiene el mal de atraer, engañar, seducir y, finalmente, aprisionando al hombre en su mentira, hacerlo sucumbir.

La vida de todo ser humano está siempre amenazada por esa oscuridad inexplicable que es el mal, sobre todo, por el peso del egoísmo que ha herido al mismo corazón humano. El hombre siempre está amenazado por la fuerza deshumanizante del pecado que, como su fruto más perverso, logra que el ser humano desconfíe de Dios y, así, se frustre a sí mismo, perdiendo su libertad, su alegría y su vida. El pecado aísla al hombre y lo encierra en su soledad. Lo ahoga.

Todos conocemos diversas formas de tentación que siempre acometen nuestra vida. Las hay más groseras, pero también más sutiles y engañosas. Jesús nos enseña que, cuando llega la hora de la tentación, hemos de ponernos más radicalmente en las manos del Padre. Un Padre que tiene entrañas de madre.

Pero esta penúltima petición del Padre nuestro apunta en una dirección más precisa. Jesús sabe que, tarde o temprano, sus discípulos van a experimentar la tentación más fuerte de todas: la de rechazar el Reino de Dios, la de dejar morir en el propio corazón la confianza en el Padre y, así, entrar en un deterioro espiritual y moral que, finalmente, precipita en la perdición final.

No es cualquier tentación. Es “la” tentación. Por eso, Jesús nos enseña a suplicar que, cuando llegue esa hora, incluso haciéndonos violencia a nosotros mismos y a nuestro instinto que nos lleva a huir de Dios, nos entreguemos más radicalmente a la potencia de su Espíritu: Padre, en esa hora, no nos dejes; somos frágiles y muy torpes; el mal puede con nosotros; cuando llegue esa hora de la prueba, sujetanos con más fuerza y no permitas que nos dejemos envolver por las redes del mal. No permitas, sobre todo, que dejemos morir en nosotros la fe en Vos y la confianza en tus promesas, que sostienen nuestra vida.

¿Qué forma tiene esta tentación en los tiempos que vivimos? Cada uno tendrá que responder a esa pregunta, interrogando a la propia vida y biografía espiritual.

Sin embargo, me permito señalar un solo aspecto con dos consecuencias entrelazadas: el hombre moderno tiende a verse a sí mismo con autosuficiencia, como un ser solitario que se basta a sí mismo. Solo y aislado, el hombre parece cerrado a Dios y a sus semejantes, especialmente a los más pobres y descartados. La “cultura del descarte” de la que habla Francisco tiene ese doble rostro: descartando a Dios como Padre, nos descartamos a nosotros mismos como hermanos.

Jesús entró a la prueba suprema de la Pasión para arrancar al hombre del poder seductor y destructor del pecado que nos lleva a la soledad extrema y definitiva. Jesús luchó por nosotros el combate supremo, entregándose por completo en las manos del Padre que lo resucitó de entre los muertos.

Cuando nosotros oramos al Padre en medio de las pruebas y, sobre todo, de la tentación suprema de perder la fe, nos dejamos alcanzar por el Espíritu de Jesús, el Señor. Él entra en nuestro combate y, con nosotros y en nosotros, vence la tentación. Ese es el poder de la oración.

Padre nuestro…¡perdónanos como perdonamos!

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12 de marzo de 2000

«La Voz de San Justo», domingo 12 de marzo de 2017

En su núcleo más hondo, la experiencia cristiana fundante podría ser expresada así: “He sido alcanzado por un amor absoluto, incondicional, libre y gratuito. He sido amado, y esa experiencia me ha sorprendido y ha cambiado todo en mi vida, empezando por mí mismo. Ese amor me ha salvado la vida. Me ha reconciliado y me ha dado paz. En ese amor creo. Esa fe me ha dado esperanza. Me siento en deuda de amor, pero una deuda que no es un peso, sino un camino gozoso por recorrer cada día: soy discípulo de ese Amor que he visto resplandecer en el rostro de Cristo crucificado. Delante de su cruz no puedo contener la confesión de fe: ¡Señor, me amaste y te entregaste por mí!”.

Ese es el pan que alimenta mi vida. No necesito otra ración diaria, sino esa experiencia vital de Jesús, Pan vivo bajado del cielo.

Solo puedo decir algunas palabras sobre la petición del perdón del Padre nuestro refiriéndome a esa experiencia fundante. Sin ella no se entiende qué significa esa súplica, a la vez serena y ardiente: “Padre… perdónanos como nosotros perdonamos”.

Adelantémonos a decir del modo más rotundo y claro: no es que Dios condicione su perdón a la capacidad de perdonar que nosotros tengamos. No es que Dios nos perdone si nosotros, primero, perdonamos.

La verdad es completamente al revés: podemos ofrecer el perdón a quien nos ha ofendido, porque hemos sido perdonados. Podemos perdonar de corazón, porque primero hemos hecho aquella experiencia de amor incondicional que, en lo concreto de la vida de cada uno, siempre tiene la forma de una mano tendida que ofrece paz en vez de venganza.

Puedo emprender la aventura de perdonar, porque Dios me ha amado primero y, en Jesús su Hijo encarnado, me ha ofrecido a manos llenas su paz. Si el evangelio no nos gritara esa verdad, apenas podríamos pensar en el perdón, y la única respuesta a la violencia quedaría reducida a un ejercicio frío de justicia que, las más de las veces, solo termina siendo pura y dura venganza.

Porque me reconozco un pecador perdonado, puedo también perdonar, devolver bien por mal, amar al enemigo y romper el círculo mortal del odio, ofreciendo la otra mejilla.

Lo que sí enseña Jesús es que, para suplicar con sinceridad a Dios su perdón, antes yo mismo he de perdonar a quien me ha ofendido. No puedo pedirle a Dios que sea compasivo conmigo, si no estoy dispuesto a perdonar de corazón a quien me ha ofendido. Menos aún si me mantengo inflexible en el rencor, alimento el resentimiento y me dejo enceguecer por el odio.

Y ese es el sentido profundo de la súplica del Padre nuestro: que nos atrevamos a dejarnos llevar por la gracia divina del perdón, haciéndola norma evangélica de nuestra propia vida. Que le abramos generoso espacio, especialmente cuando todo indique que lo más correcto sería responder a la ofensa con dureza.

El perdón de las ofensas -imposible para cierta lógica humana- comienza a hacerse posible, primero como oración y súplica humilde: Padre, mirando a tu Hijo que muere perdonando a sus verdugos, te suplicamos que nos enseñes a perdonar, para que podamos suplicarte con verdad que tengas compasión de nosotros.

La oración es una forma muy sencilla y profunda de abrir espacio al perdón en nuestro corazón.

El ser humano, una familia y una sociedad no pueden vivir sin gestos concretos, gratuitos y muy conscientes de reconciliación. Nadie los puede imponer, pero una vez que se ponen en marcha, tampoco nadie puede detener su potencia de vida. Cada gesto de perdón tiene la fuerza de la resurrección que vence la muerte.

Jesús, con la entrega de su vida, ha abierto ese espacio en la historia humana, marcada a fuego por el odio, la violencia y la venganza. Ese espacio, abierto en su propio cuerpo crucificado, ya no puede ser cerrado.

Desde su costado abierto por la lanza, el perdón divino alcanza los corazones, los purifica y vivifica, los cautiva y los transforma.

PS. Hace 17 años, el domingo 12 de marzo de 2000, San Juan Pablo II presidía en San Pedro la liturgia jubilar con el gran pedido de perdón de la Iglesia por los pecados cometidos por sus hijos a lo largo de la historia. Un gesto profético, sin precedentes, que ha abierto un fecundo camino regenerador para la Iglesia. Lo recordamos y damos gracias.

Padre…que se haga tu Voluntad

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«La Voz de San Justo», domingo 26 de febrero de 2017

Confieso que, hablar de la “voluntad de Dios”, me produce una sensación de difusa incomodidad. Hay algo, en alguna parte, que no encaja del todo. Al menos, es lo que me pasa a mí.

¿Por qué “su” voluntad, en vez de “mi” voluntad? ¡Soy un hombre libre! ¿Por qué subordinarme a un poder que viene de fuera, a normas y leyes que, serán muy sabias, pero que no termino bien de entender qué tienen que ver conmigo?

Y, sin embargo, Jesús me invita a desear, como él y con él, que se haga la voluntad de su Padre, aquí en la tierra como en el cielo. Será su dramática oración en el huerto de Getsemaní: “Abba, Padre, todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mc 14,36). Y el evangelista anota algo sorprendente: Jesús, el Hijo, al sumergirse así en la oración, siente angustia, “una tristeza de muerte” …

Por aquí comienzo a serenar mi ánimo: ponerme en sintonía con Jesús; verlo a él buscar, en todo, la voluntad de su Padre; que ella sea el pan cotidiano de su vida de peregrino y misionero. Verlo hacer la voluntad de Dios estando con los pobres, los pecadores, resucitando a los muertos, entregando la vida. Por ahí va la cosa.

En Jesús hemos conocido la libertad de Dios que no es autoritarismo de líder tóxico, capricho de celebridad de moda, ni desinhibición del que no se ha dado cuenta de que otros están con él en la aventura de la vida.

San Pablo se lo dirá, de modo solemne, a su joven discípulo Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).

En realidad, este tercer deseo es una variación de los deseos que venimos orando ya: Padre…santifica tu Nombre, dándote a conocer como Padre, sobre todo, reinando en este mundo injusto y oscuro, con la luz de tu ternura, de tu justicia y de tu misericordia. Esa es, precisamente, tu voluntad; lo que Vos has querido con tu libertad soberana, tan sabia como llena de amor verdadero. Has querido la vida de todos los que están amenazados por la muerte. Toda tu libertad y tu misma voluntad divina se concentran en una palabra sagrada que también hemos conocido gracias a tu Hijo, Jesús: resurrección.

Eso es lo que has querido siempre, desde el primer instante de la creación. Es lo que Vos querés, y lo que yo busco, aunque, en ocasiones, me pierdo un poco…

“En la tierra como en el cielo”. Ya lo dijimos, la bella imagen del cielo nos habla de la trascendencia de Dios, que es misterio de amor y de libertad, que no podemos jamás usar para nuestros propios fines. Añadamos ahora una consideración más: el cielo ha sido abierto para nosotros por Jesús, por su pascua de pasión, muerte y resurrección. Nuestro cielo es la humanidad gloriosa del Señor, cuerpo entregado y transfigurado en el que hay lugar para todos. En ese cuerpo transfigurado por el Espíritu, el querer de Dios se cumple plenamente: vida para todos.

Suplicamos en el Padrenuestro que, aquí en nuestra vida frágil y siempre amenazada, se cumpla el designio de Dios. Por eso, que nuestra libertad aprenda a buscar y hacer propia la salvación que Dios quiere dar a todos sus hijos y también a todas las demás criaturas del mundo.

La historia humana es ese campo de batalla donde, día tras día, el ser humano tiene que comprometerse con el bien, la justicia, la verdad y la belleza, a sabiendas que en su propio corazón contienden otras fuerzas oscuras.

Suplicamos que se haga la voluntad del Padre en esta historia, porque aprendemos por una dolorosa experiencia, que nuestra libertad no consigue todo, de una vez y para siempre. Suplicamos hacer la voluntad de Dios, alimentándonos de ella cada día, con la fatiga de tener, muchas veces, que empezar de nuevo, haciéndonos cargo de las limitaciones propias y ajenas. Eso sí: seducidos por el Reino de Dios que viene y que se ha manifiesta en la gloriosa humanidad nueva de Jesús…y de su madre, María, asunta al cielo.

María también sabe qué significa hacer la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1,38).

A esta mujer fuerte, corajuda y libre nos confiamos, como a experimentada maestra espiritual en la búsqueda de Cristo. La mejor que tiene la Iglesia.