Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
Homilía en la Misa de la Cena del Señor – Catedral de San Francisco – 29 de marzo de 2018
“Jesús se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía a la cintura” (Jn 13,4-5).
Al inicio de la Semana Santa los invitaba a contemplar a un Dios desarmado que, sin segundas intenciones, con la inocencia y vulnerabilidad de un niño por nacer, se pone en nuestras manos.
A un Dios desarmado, humilde y vulnerable… por amor.
Los invitaba a contemplarlo así en Jesús, su Hijo y nuestro hermano, en su Pasión, en la Cruz.
Contemplémoslo ahora en la Cena de despedida y en esta imagen tan fuerte de Jesús, arrodillado, lavando los pies de sus discípulos.
¿Qué nos dice el Dios hecho hombre, de rodillas, como un humilde siervo?
Ante todo, concretemos la escena: está así, de rodillas y como servidor, ante cada uno de nosotros.
Como lo hizo con Simón Pedro y con cada uno de los discípulos, así también lo hace con vos, conmigo, con cada ser humano.
Dios se ha arrodillado delante de la humanidad, de cada hombre y mujer que viene a este mundo.
Sí. Lo tenés de rodilla, delante de ti. Y no es una pose para la selfie. Es su actitud divina más profunda. Esa es su naturaleza: salir de sí para amar.
Nosotros nos arrodillamos ante Él en adoración, alabanza y súplica.
Ese es un deber de todo ser humano que intuye que Dios es el misterio santo del que proviene, en el camina y hacia el que se dirigen los pasos de su vida.
Pero, en nuestro ponernos de rodillas ante el Dios revelado por Jesús – como haremos en breve en la consagración y ante las especies eucarísticas – hay algo más.
El Dios santo nos ha salido al encuentro. Él se ha hecho servidor de nosotros y, poniéndose de rodillas, nos ha lavado, ha aliviado nuestro cansancio, nos ha curado.
Lo celebramos hoy, y cada vez que nos reunimos para el banquete eucarístico. Entonces, el viene a nosotros como Palabra que se hace audible por nuestros oídos, y se hace Palabra-Pan para alimentarnos en cuerpo y alma.
Así, hincándose y poniéndose de rodillas – con esa humildad que lo desarma a Él y desarma nuestro orgullo – el Dios amor nos une a sí mismo y se une con nosotros en comunión de amor.
No necesitamos que ninguna ley externa nos mande rendirle culto de adoración. Al verlo así, desarmado, humilde y de rodillas, nosotros mismos caemos rendidos ante su amor, y lo adoramos con admiración y estupor.
Ese es el Dios que han barruntado los filósofos y cantado los poetas. El que constituye la nostalgia de ateos y agnósticos, muchas veces velada detrás de la crítica ácida o de una sobreactuada jactancia.
Ese es el Dios que, una vez más en esta Pascua, nos muestra su Rostro en el humilde servicio de Jesús que cada Eucaristía actualiza y que es la esencia del sacerdocio ministerial.
A ese Dios humilde adoramos, veneramos y alabamos.
Como María y José en el pesebre de Belén. Como los pastores. Como los reyes. Como Francisco de Asís.
* * *
“Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”, concluye el Señor (Jn 13,13-15).
Hacer lo mismo que Jesús hizo con los discípulos, aquella noche.
Y lo que ha hecho y hace con cada uno de nosotros.
Ese es el programa de vida de un cristiano, discípulo de Jesús Servidor.
En nuestro mundo, que parece vivir cómodo sin Dios, sin Jesús y sin su Evangelio, siempre tendrá espacio para que nos arrodillemos a lavar los pies de los cansados.
Siempre habrá lugar para un Dios desarmado que se arrodilla.
Santuario Diocesano de la «Virgencita» en Villa Concepción del Tío – Viernes 16 de marzo de 2018 (memoria del Santo Cura Brochero)
Sin María no podemos ser discípulos de Jesús.
Sin su corazón contemplativo, las Escrituras que nutrieron su vida, dejan de ser revelación del Dios vivo y se convierten en código de ingeniosos enigmas.
Sin María, sin su modo femenino y evangélico de ver las cosas, el Evangelio nos resulta extraño o, en todo caso, terreno de exóticas elucubraciones, tan sofisticadas como estériles.
Sin María no logramos entrar en él, comprenderlo, menos aún vivirlo y anunciarlo.
Sin María, la Iglesia queda reducida a una fría organización social, un poder que se mueve entre otros poderes con estrategias mundanas, tal vez muy pícaras, pero alejadas de aquella sabiduría que expresan las bienaventuranzas.
Sin María no podemos ser discípulos de Jesús.
* * *
Y no me refiero a cultivar devociones marianas, santas y legítimas, por cierto. Hablo de otra cosa más honda y que le da sentido a las formas concretas en que expresamos nuestra piedad filial a la Santa Madre de Dios.
María nos lleva al corazón del misterio de la Iglesia, cuya alma es femenina: amor que se abre al amor por la fe y la esperanza.
El corazón de la Iglesia virginal y materno.
Es la fe pura, íntegra y siempre joven de la mujer-Iglesia que, como la mujer-María, se abre, ansiosa y confiada, a la Palabra que llega, ilumina y busca entrar en la propia tierra para dar fruto a su debido tiempo.
Es vida que se concibe y se custodia mientras crece en el silencio del vientre materno, y que puja por salir a la luz y triunfar sobre toda forma de muerte. Así en la Iglesia como en María.
* * *
Acontece la Iglesia allí donde es predicada la Palabra, nace la fe que madura en esperanza y, sobre todo, amor que se entrega. Hay Iglesia allí donde, en torno a un mismo altar, los discípulos se reconocen hermanos y comparten el mismo pan. Hay Iglesia allí donde se desarman las barreras, se vencen los miedos y se sale a dar desde la propia pobreza.
Hay Iglesia allí donde una mamá le enseña el Padre nuestro a su hijita (lo pude presenciar en Brochero hace unas semanas). Esa es la Iglesia mariana que nos ha engendrado en la fe y a la que servimos los pastores.
Decimos estas cosas precisamente en este lugar – su santuario y nuestro hogar – porque precisamente aquí, es dónde mejor comprendemos a María, porque aquí hacemos experiencia de su presencia viva, real, incisiva y estimulante para nuestra vida de fe.
Aquí nos experimentamos pueblo, familia, caminantes, amigos y hermanos. Es la experiencia de cada devoto y de todos los peregrinos, particularmente ruidosa, alegre y transformadora en la Peregrinación Juvenil de cada septiembre.
Este Santuario, queridos hermanos y hermanas, es la escuela de María, la escuela del Evangelio vivido, hecho oración, camino compartido, canto y servicio.
Aquí estamos bajo la mirada de la “Virgencita”. Su hermosa imagen testimonia la tradición española que representa a la Inmaculada con el manto azul cielo. En Oriente, en cambio, la tradición icónica representa a la Toda Santa (la Panaghia), cubierta por un manto púrpura que, a la vez, simboliza la caridad, la virginidad y, sobre todo, al Espíritu Santo.
Las manos de nuestra “Virgencita” parecen estar uniéndose en oración, pero permanecen entreabiertas para acoger las nuestras (¡genialidad del anónimo artista al que nunca agradeceremos del todo lo que nos legó!). El icono oriental, en cambio, está de perfil con sus dos manos hacia el centro del altar, hacia Cristo, por eso se la llama: la Virgen “Odigitria”, la que muestra el camino.
* * *
María ha sido cubierta por el Espíritu. Ha sido colmada por la unción perfumada del Santo Espíritu que, de su carne y de su sangre, tomó la humanidad el Verbo encarnado, Jesús llamado Cristo, Mesías, el Ungido del Señor. Engendra a Cristo por el Espíritu y lleva hacia Cristo, dejándose llevar por impulso del Espíritu.
Así, María es imagen lograda del dinamismo interior del Espíritu que anima la Iglesia y a cada bautizado-confirmado y que está simbolizado en los Óleos y el Crisma que estamos a punto de consagrar.
Estos aceites benditos, por tanto, tienen también una dimensión mariana que nos habla de nuestra propia vocación cristiana y eclesial, discipular y misionera. No es extraño: el Espíritu aparece con especial belleza en el rostro de la más perfecta discípula de Jesús, María santísima.
María fue preservada de la mancha original por el don particular del Espíritu que la preparó para ser el templo santo que acogiera en su amplio espacio virginal al Hijo de Dios.
Ella es la mujer “libre y fuerte” que ha hecho suyo el Evangelio con una decisión consciente y libre de seguir a Cristo el Señor (cf. Aparecida 266). La fortaleza espiritual que el bautizado recibe al ser ungido con el Óleo santo encuentra en María su realización más lograda y perfecta. A ella miramos para luchar también nosotros el buen combate de la fe, de la oración y del testimonio.
María es la “Consolata” como también la veneramos en la diócesis. Ella ha recibido, como nadie, el consuelo del Espíritu, sobre todo en las horas más oscuras de su peregrinar en la fe: verse encinta sin concurso de varón, emprender el camino a Belén y, después, a Egipto. Repasando en su corazón las “maravillas” del Señor ha tenido que crecer en libertad para comprender al Hijo que, más que con ella, tenía que estar en las cosas de su Padre. El mismo Hijo que parecía ser el que blandía la espada anunciada por Simeón: en Caná, en Cafarnaún, en la hora suprema de la Pasión, cuando tuvo que estar al pie de la cruz. Cuando, por el peso de los años o de la enfermedad, recibimos en el cuerpo cansado la unción con el Óleo de los enfermos, María está presente compartiendo con nosotros ese consuelo del Espíritu para la hora del dolor, la pasión y la configuración con el Cristo paciente.
María colmada del Espíritu da a luz al Ungido del Señor, al Cristo. Ella no puede ocultar el gozo que la desborda. Esa alegría se transforma en misión, en canto, en servicio humilde y alegre. Los que, en el bautismo, la confirmación y el orden sagrado, hemos sido ungidos por el Santo Crisma, encontramos en María, misionera del Evangelio, un icono luminoso de la misión que el Espíritu impulsa desde dentro de nuestra alma ungida. María es imagen de la Iglesia pobre y solidaria, peregrina y misionera.
* * *
A ella también miramos cuando, como hacemos en este año pastoral 2018, nos sentimos llamados a compartir nuestro tiempo como forma de participar y hacer nuestra la obra evangelizadora de nuestra Iglesia diocesana.
¡Qué ninguno de nosotros se sienta excluido! No tengamos miedo a descubrirnos pobres. Esa es la mejor condición para compartir el don precioso de nuestro tiempo transformándolo así en servicio evangelizador, en consuelo al que sufre, en sonrisa y mano que se tiende al hermano.
¡Qué todas nuestras comunidades experimenten la juventud de la unción que no deja de derramarse sobre nosotros y que nos impulsa a ser misioneros del amor del Padre!
¡Qué podamos hacer la experiencia de consagrar nuestro tiempo al Evangelio de Jesús que María vivió y que desbordó su corazón de mujer creyente!
Teníamos programado reunirnos en el Santuario Diocesano de Villa Concepción para dar inicio, bajo la mirada de la Virgencita, al año pastoral 2018.
La Providencia dispuso otra cosa.
La Virgen vino a buscar al querido Padre Salvador este primer viernes de mes.
Nos reunimos. Sí. Pero de un modo, tal vez, más intenso y fraterno. Más eclesial: a corazón abierto.
Salvador ha muerto “en Cristo”, como era el sueño de San Pablo, y también el suyo.
Muchos signos de estos últimos tiempos nos hablan de ello. Quienes le han sido más cercanos guárdenlos en su memoria como un precioso tesoro.
Salvador ha muerto “en el Señor”.
Y eso no es poca cosa.
No lo es para un discípulo del Evangelio que es, además, pastor y sacerdote.
No lo es, ciertamente, porque es un morir en el Señor, en Jesucristo, el que vivió y murió por nosotros. El que entregó la vida y nos alimenta, cada día, con ese Pan vivo. El que resucitó dándonos un horizonte de esperanza para nuestro vivir y nuestro morir.
En cierto modo, celebramos la santa Eucaristía y nos alimentamos de ella – “remedio de inmortalidad” la llamaban los Padres Apostólicos – para estar preparados para esta hora, de la que le pedimos también a Nuestra Señora que ruegue siempre por nosotros, “ahora y en la hora de nuestra muerte”.
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Queridos hermanos y hermanas: no ocultemos el dolor por la separación. Nos hace bien mirarnos a los ojos y ayudarnos a enjugar nuestras lágrimas por la partida de Salvador.
Ellas nos recuerdan la vida compartida con este buen sacerdote, íntegro, sabio y que poseía también un modo muy suyo de decir las cosas y llegar al corazón.
El Señor entremezcló los hilos de su vida con los de las nuestras, con los de esta Iglesia diocesana.
Que nuestras lágrimas rieguen tantos recuerdos para que tengan la fecundidad del Evangelio.
¡Cuánto bien nos ha hecho el Señor a través de su humilde y fiel siervo Salvador! ¡Cuánta gratitud tiene en este momento nuestra Iglesia diocesana como la familia orionita a la que perteneció hasta el final!
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Ayer, mientras disponíamos el cuerpo de Salvador para el velatorio, el padre Daniel Maini buscó el Evangelio que hemos escuchado, porque de él tomó Salvador el lema de su sacerdocio: “¡Qué todos sean uno!”.
Lo hemos recordado hace poco, celebrando los cincuenta años de su ordenación.
Querido Salvador:
Vos has llegado – así lo deseamos – a esa comunión de amor que es la vida eterna: con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.
Nosotros seguimos caminando.
¡No te olvidés de nosotros!
Pero, como te pedimos eso si ya estás con Jesús y, para quien vive y muere en él, ningún vínculo de amistad, de comunión eclesial, de familia, de ciudadanía, ninguno de esos vínculos se pierde.
Tu oración por nosotros se une a la oración de María y de todos los santos, por los vivos y por los difuntos.
Seguimos caminando, agradecidos de haberte conocido y habernos beneficiado de tu ministerio sacerdotal.
Como Iglesia diocesana iniciamos nuestro año de pastoral bajo la mirada de la Consolata, la Madre de todo consuelo.
Y reunidos por tu pascua, iluminados por tu testimonio cristiano y sacerdotal y estimulados por el Evangelio que movió tu vida.
Homilía en la Eucaristía del 28 de diciembre de 2017
Dar gracias: contar y cantar
Nos hemos reunido, como cada fin de año, para dar gracias por el camino pastoral de nuestra Iglesia diocesana a lo largo de este 2017.
Las Escrituras nos enseñan cómo hacerlo: contar lo que Dios ha obrado a favor nuestro; relatar su paso por nuestras vidas, cómo Él ha sabido salir al encuentro de nuestra concreta humanidad, entremezclándose con ella y tocándola en sus fibras más hondas.
Contar, sí; pero no en un monólogo autorreferencial, siempre agotador, sobre todo para el que está obligado a escuchar las “hazañas” de otro.
Se trata de “confesar” la misericordia de Dios exponiendo realmente, a corazón abierto, la propia vida con sus luchas y victorias; también con sus zonas grisáceas.
El ejemplo insuperable de esto es San Agustín.
Exponerse de esa manera supone un riesgo, pero también dar un paso decidido para construir confianza, fraternidad, encuentro.
La fe compartida es el clima en el que resulta posible esta confessio laudis que canta la misericordia de Dios experimentada en la biografía espiritual de cada uno, inseparable del camino común que hacemos como Iglesia.
El evangelio que acabamos de escuchar – la huida a Egipto de la familia de Jesús, María y José – nos puede ayudar en esta lectura creyente de nuestro camino eclesial.
Cuatro puntos.
José, Herodes y Arquelao
El contrapunto entre el “varón justo” y esta familia de poderosos es muy claro.
José busca la voluntad de Dios. Está adiestrado en la escucha que se resuelve en obediencia al plan de Dios.
Vacila, no ve con claridad, seguramente experimenta angustia y ansiedad.
Sin embargo, hay en el fondo de su corazón una disposición interior, estable y firme, para abrirse a lo que Dios quiera y, así, dejarse llevar.
Su vida será fecunda, con una fecundidad que nos alcanza a nosotros. A José lo invocamos como “patriarca de la Iglesia”.
Por el contrario, Herodes y su hijo, Arquelao, expresan la soberbia que solo se busca a sí misma y, por eso, solo esparcirá tristeza y muerte.
Egipto y Nazaret
En estos dos lugares hay una mezcla de extrañeza y familiaridad.
Son lugares extraños para José y María y, por ende, para su hijo, Jesús.
Su “lugar” es Judea, pero las circunstancias los llevan lejos.
Sin embargo, en esos lugares los espera precisamente el designio salvador de Dios.
Son lugares cargados de historia sagrada, de experiencia de fe y de libertad. Por eso, terminan siendo tan familiares. A ellos y para nosotros.
Egipto: allí nació el camino de libertad del pueblo de Israel que, ahora, misteriosamente el mismo Jesús parece recorrer.
Nazaret: allí será el punto de partida de la misión salvadora de Jesús.
La historia y Dios
Los relatos de la infancia de Jesús están cargados de fe y de teología. Nos ofrecen los acontecimientos leídos por la fe de una Iglesia que busca ser fiel al proyecto de Dios.
Mateo, más que Lucas, destaca en la trama de sus relatos los hilos de las viejas profecías mesiánicas para mostrar que, incluso en todo su dramatismo, la historia jamás se escabulle del poder y la sabiduría de Dios.
Él es el Señor de la historia y la conduce, especialmente en sus horas más oscuras, hacia la luz de la salvación.
Entramos así en una de las dimensiones más misteriosas de la lectura creyente de la vida.
No nos es dado saber de antemano, pero tampoco mientras vivimos, si y en qué medida los acontecimientos de nuestra vida forman parte de la historia de la salvación que Dios va entretejiendo con la libertad de los hombres.
¿Qué nos toca a nosotros? ¿Cómo vivir esta relativa pero real incertidumbre de estar en el tiempo?
Tenemos que volver a la recia figura evangélica de San José, despojándola de todo sentimentalismo.
José es un hombre del Espíritu: vive el hoy que le toca poniéndose realmente a la intemperie – como Elías que sale de la cueva – y queda así, abierto al soplo del Espíritu.
José no se fuga hacia delante, esperando tiempos mejores, ni deja lugar a la nostalgia por el pasado.
Su libertad ha ido madurando una opción muy personal, gratuita y precisa: vive a pleno el presente. Él mismo, incluso haciéndose violencia y navegando contracorriente de sus sentimientos espontáneos, busca estar presente en el hoy de su vida.
Y, allí, encuentra que el Espíritu de Dios se le ofrece como luz, consuelo y fuerza para luchar.
Y José aprende a orar. ¿Qué significa si no que en sueños oye la voz de Dios? Como dice el Catecismo de la Iglesia: “Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino” (Catecismo 2660).
Ninguno de nosotros sabe bien qué le espera en el camino. Lo que sí podemos saber, con una certeza inconmovible, es que no nos faltará esa levadura. Que Dios no nos dejará huérfanos y que su Espíritu nos asistirá para vivir evangélicamente todo lo que la vida nos depare.
Claro: eso supone decidirse a vivir en libertad. Solo a quien vive así se le ofrece el incomparable consuelo del Espíritu.
Jesús, Moisés y el Pueblo
No quisiera dejar de mencionar un último aspecto, aunque más no sea una insinuación.
Al leer los relatos de la infancia que nos transmite Mateo no podemos dejar de percibir que la figura de Jesús – ya lo dijimos – es presentada con el trasfondo del camino del pueblo de Israel y de su conductor por el desierto, Moisés. Es una sola cosa con ellos.
En Jesús reviven la historia sagrada del pueblo y la experiencia espiritual de Moisés. En él alcanzan su pleno sentido y se abren a la novedad del Evangelio.
Simplemente concluyo lo siguiente: para cada uno de nosotros, pastores, consagrados y laicos, nuestra experiencia de fe es inseparable del camino de nuestra Iglesia diocesana.
Hermanos y hermanas: ¡formamos una trama, un tejido que Dios está elaborando con maestría en el telar del Espíritu!
El Año Vocacional ha desembocado en este Año Mariano Diocesano: la experiencia de descubrirnos llamados a ser “cómplices” de Dios en su designio salvador nos lleva de la mano hacia María.
La querida imagen de la “Virgencita” lleva plasmada en su figura el paso de estos trescientos años de vida, de súplica, de oración, de peregrinos y devotos.
Así, María camina delante de nosotros, nos atrae y nos arrastra tras las huellas de Jesús.
“El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz…” (Is 9, 1ss)
Cada año, en la noche de Navidad, volvemos a escuchar esta profecía de Isaías.
Son palabras poderosas, fuertes, implacables.
Mucho más las imágenes que usa: la luz que vence la oscuridad que atemoriza; el gozo al finalizar la cosecha; el yugo, la barra y el palo que visibilizan la opresión injusta; botas de guerra y túnicas ensangrentadas presa de las llamas, porque la guerra ha sido vencida por la paz.
Y, en el centro de todo, como razón última de la alegría que no se puede contener: un niño que, como todo niño que viene a este mundo, es un don, un regalo, una bendición.
Y, así, nuevamente, se dispara la esperanza de alcanzar – ¡por fin! – la anhelada paz y la siempre demorada justicia.
Cada año la volvemos a escuchar, y cada año captura nuestro corazón.
Aunque, hay momentos, en que esas palabras y esas imágenes se vuelven de una actualidad hiriente.
Les confieso que, en estos días, no he podido dejar de pensar, de rezar y de tratar de comprender a nuestra patria Argentina, a quienes somos sus habitantes, su pueblo, a lo que intentan sus dirigentes, a lo que busca la misma Iglesia…
Les confieso también que, en los días pasados, he sentido miedo. No tanto por mí. Sino por el futuro, por lo que le estamos dejando a las nuevas generaciones de argentinos. Los que ya están creciendo y los que están por venir.
¿Por qué no aprendemos de nuestros yerros? ¿No hemos tenido ya demasiadas lágrimas? ¿Por qué esa pasión autodestructiva que nos hace patinar, una y otra vez, en el mismo sitio?
¡Cuántos odios nos habitan! ¡Cuánta irracionalidad que enceguece y embrutece! ¡Cuánto orgullo y soberbia!
¿Qué nos pasa? ¿Por qué no podemos desatar los nudos de nuestros fracasos?
Es en este contexto que la profecía de Isaías, escuchada mientras contemplamos al Niño en el pesebre, despierta en el corazón inquietudes, esperanzas y deseos. ¡Ojalá que también reavive en nosotros la energía espiritual y ética que necesitamos para construir una convivencia más humana entre nosotros!
Hermanos y hermanas:
Lo sabemos bien. Esa profecía se ha cumplido. No tenemos motivos para dejarnos ganar por la tristeza.
Nos ha sido dado un niño. Ha nacido, pobre entre los pobres, como luz que ilumina, paz que apacigua los corazones y doblega las armas, tanto como el orgullo y la soberbia.
Ese niño es Jesús, nuestro Salvador.
Es Dios con nosotros.
¿Qué nos trae ese Niño? ¿Qué nos da?
A Dios. Al Dios amor, ternura y misericordia. Al Dios compasión. Al Dios, uno y trino.
Nada más y nada menos.
Sí, hermanos: a DIOS.
Papa Noel no existe. En todo caso es una figura decorativa e inocua.
Pero Jesús, el hijo de María, está clavado en la historia, partiéndola en dos.
Es real. Está vivo y actúa profundamente en la historia.
Trae a Dios al mundo y, con eso, cambia todo.
¿Y cómo trae a Dios a la tierra?
Repasemos con el corazón el relato evangélico apenas escuchado.
En medio de la noche, en la pobreza más extrema: aquella que no es solo la carencia, sino exclusión deliberada. Allí y así Dios entra al mundo, abriendo una posibilidad inesperada a la paz.
Siempre el corazón humano va a mostrarse obstinado y terco.
Nadie escapa al peso del egoísmo como consecuencia del pecado.
Siempre estaremos enfrentando los temores que despiertan nuestras noches.
Solo que – y ¡vaya con la diferencia! – Dios ha hecho brillar su luz en medio de las tinieblas.
Abrámonos a esa luz. Recibámosla con corazón de niño. Como los humildes pastores.
Que esa luz nos ilumine, desarmándonos de toda soberbia.
No tengamos miedo a reconocernos vulnerables, porque así le hacemos cabida al Dios Niño.
Carlos Franzini fue por casi trece años obispo de Rafaela, antes de ser trasladado a Mendoza. El actual obispo, Luis Fernández, me pidió que hiciera la homilía en la Misa de este lunes, vísperas de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de la diócesis. En esta Eucaristía se hizo especial memoria del obispo Franzini.
Comparto con ustedes estas reflexiones que recogen, en buena medida, lo que he vivido en estos días.
Homilía en la Catedral de Rafaela – 11 de diciembre de 2017
Este sábado participé de la Misa de exequias de Carlos Franzini en la catedral de Mendoza.
Me había tocado recibirlo cuando asumió como arzobispo. No podía faltar ahora.
Como se podrán imaginar, la celebración fue muy intensa. Realmente signo y expresión de la fe que celebra la Pascua de Cristo en la muerte de un hermano que es además pastor.
Lo podría resumir así: amor dolido, cariño herido, fe y esperanza probadas.
Somos discípulos de Jesús. Somos hombres y mujeres de fe.
Sabemos bien que esas vivencias tienen que ser vividas a fondo para poder saborear, en ellas y a través de ellas, la Presencia del Señor.
Esta tarde y aquí, nosotros también expresamos en esta santa Eucaristía estos sentimientos y vivencias.
* * *
El evangelio que acabamos de escuchar nos puede ayudar a leer en la fe lo que estamos viviendo.
Pienso que, desde que supimos de su dolencia, nosotros hemos sido como estos hombres que han llevado delante del Señor al amigo enfermo.
Hemos tenido esa audacia que brota del amor y de la confianza en el poder que actúa en el Señor.
Cuando terminó el Encuentro Nacional de Sacerdotes de Brochero, yo mismo pasé una tarde en la casa donde murió el Cura rezando por Carlos.
Queridos amigos: el Señor nos ha escuchado. Brochero ha rezado también por nuestro amigo Carlos. La Purísima lo vino a buscar el 8 de diciembre – su fiesta – y lo encontró con el Rosario en las manos.
¿Quiso ahorrarle el Señor el sufrimiento que se preveía? Es posible. La delicadeza de Dios tiene mil caminos, siempre muy creativos, para acariciar nuestras luchas.
Y no es extraño que estas intervenciones tengan el sello de la mujer que intercedió en Caná y que estuvo al pie de la cruz.
Sin embargo, no podemos quedarnos solo aquí. Muchos hemos hecho esa lectura, que no deja de ser atinada. Pero necesitamos ir más adentro. La fe en Cristo nos hace intuir que hay más.
* * *
Comparto con ustedes algunas vivencias de estos días que tal vez nos ayuden a mirar más a fondo.
Dos palabras de Jesús me dan vueltas por el corazón, desde el momento que supe su muerte y, especialmente, cuando llegué a la catedral, primero a rezar en silencio y después a participar de la Eucaristía.
Las dos están tomadas del evangelio según San Juan.
La primera: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 24).
En su sentida homilía, Dante Braida, el obispo auxiliar, dijo lo mismo con otras palabras: Carlos ha vivido, sobre todo en estos últimos meses, un genuino proceso de “despojo”.
Con esta palabra entramos en una “zona de riesgo” de la experiencia cristiana. Riesgo porque se puede deformar la vivencia del seguimiento de Cristo, transformándolo en un voluntarismo que, poco a poco, quita vitalidad y ensombrece todo.
Pero “riesgo” puede significar aquí un alto grado de conciencia y de libertad. La persona – como el mismo Jesús ante su pasión – comienza a comprender hacia donde lo lleva la dinámica de los acontecimientos y, con una decisión exquisitamente libre y personal, decide entrar en la prueba, asumir el riesgo, entregarse activamente y dejarse llevar.
Es lo que vivió Carlos, según todos los testimonios que hemos podido escuchar: se arriesgó al despojo que lo llevo desnudo delante del Señor.
Después de la Misa, el párroco de la catedral nos ofreció un refrigerio a la docena de obispos que participamos de la celebración. Fue también un momento intenso de fe. El silencio inicial fue roto porque empezamos a relatar – y a escucharnos – algunas vivencias compartidas en estos últimos meses con Carlos. Dante Braida nos contó lo que había podido observar del camino interior de Carlos en la prueba.
Oscar Ojea nos relató que, cuando fue a visitarlo durante su convalecencia, Carlos le habló con entusiasmo y convicción de la luz que recibía de aquella carta de Brochero viejo y ciego a su condiscípulo el obispo Yañiz (la del caballo “chesche” que se murió galopando).
Oscar concluyó diciendo que, de vuelta a casa, había buscado y releído esas líneas de alta espiritualidad cristiana y sacerdotal de un cura preparándose para el encuentro definitivo con el Señor, pero viviendo con plena lucidez la purificación de su vida en acto.
La segunda palabra necesita de una historia personal.
Cuando estaba rezando en la catedral, me vino a la memoria que treinta y seis años atrás, otro obispo de Mendoza – el santafesino Olimpo Santiago Maresma – era despedido de la misma manera. Su también muerte imprevista, mientras se organizaba el Congreso Mariano, acontecía en medio de la profunda crisis eclesial que siguió al Concilio y que ha marcado hasta ahora a la Iglesia diocesana de Mendoza. Al arzobispo Maresma le cupo en suerte sufrirla en su propia carne. ¿Podía ser de otra manera? ¿Puede salir indemne un pastor de lo que vive y padece el rebaño?
Yo tenía entonces quince años y asistí a esa Misa. Recuerdo muy bien – y solo recuerdo eso – las palabras del cardenal Primatesta: “Ustedes son mendocinos. Van a entender bien lo que les diga: la vid ha sido podada. Dará fruto”.
Esa es la palabra de Jesús que me ha traído luz: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía” (Jn 15, 1-2).
Mirando las cosas en perspectiva, tanto de la vida de Carlos como de la Iglesia diocesana de Mendoza que, hoy por hoy, vive también pruebas muy fuertes que impactaron en su sensible corazón de pastor, pienso que esta palabra es particularmente luminosa.
Jesús lo dice para hablar de sí mismo y la pasión que está a punto de cumplir. Nosotros podemos aplicársela a nuestro amigo Carlos, sabiendo que la dinámica propia del bautismo y la ordenación es una creciente identificación del discípulo con el Maestro y, sobre todo, con su Pascua.
También en nosotros se está cumpliendo esta obra transformadora. Eso sí: cada uno tiene la tarea de discernir qué está haciendo el Espíritu en la propia biografía espiritual, porque el territorio en el que trabaja es nuestra libertad, siempre provocada a secundar su labor.
Muerte, purificación, despojo.
Esas palabras expresan un aspecto del proceso. Pero sabemos bien hacia dónde conducen: al cumplimiento definitivo de la mejor promesa que el Señor nos ha hecho. De nuevo es Juan el que nos da palabras para decirlo: “El que quiera servirme que me siga, y dónde yo esté, estará ahora mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre” (Jn 12, 26).
* * *
Permítanme una última reflexión. Es una palabra que me digo a mí mismo, como pastor, y que quisiera compartir con el hermano Luis y los curas aquí presentes. Queridos laicos y consagrados: ustedes comprenderán.
Carlos – lo sabemos bien – dedicó su ministerio, de manera particular, al servicio de la pastoral sacerdotal. Fue pastor de pastores.
¿Cómo pastoreamos realmente la Iglesia de Dios?
No es una pregunta sobre la calidad moral de nuestro pastoreo, sino sobre su dimensión profundamente mística.
El ministerio pastoral de los obispos, presbíteros y diáconos es, por encima de todo, un ministerio del Espíritu. Y esto en el doble sentido, de ser hombres que nos dejamos conducir por el Espíritu, para comunicar el Espíritu y para secundar su obra en personas, comunidades y situaciones de vida.
Jean Guitton cuenta una experiencia muy fuerte con Pablo VI. En uno de sus encuentros, y cuando arreciaba la crisis del posconcilio, el Papa Montini interrumpe abruptamente el diálogo con su interlocutor con una inquietud: Me estoy preguntando porqué Cristo ha querido que sea su Vicario. Qué quiere de mí. Por qué me ha puesto al frente de su Iglesia. Guitton quedó mudo. Y este grande y santo Papa se responde a sí mismo: Cristo quiere que esté, crucificado con Él, en la cruz.
Otra vez, la zona de riesgo. Pero es ineludible. En algún momento de nuestro itinerario espiritual como pastores vamos a ser convocados a ese despojo. ¿Es Dios real para mí? ¿Realmente me he entregado a Jesús, a su Evangelio y a la gracia de la misión de apacentar su rebaño?
La única condición que Jesús le puso a Pedro para confiarle su rebaño fue el amor, consciente de la propia fragilidad y, por eso, abierto y disponible.
Carlos ya lo ha vivido. Nos duele su partida, pero también nos edifica el modo como ha coronado su vida.
Querido Carlos: terminó el Adviento para vos. A nosotros nos queda seguir caminando.
Santuario de la “Virgencita” – Villa Concepción del Tío
8 de diciembre de 2017
Nuestros ojos no solo ven. También hablan. Hablan de nosotros, de lo que somos y sentimos. Por eso, los ojos revelan a las personas. Nos hacen transparentes a los demás.
Están los ojos tristes, desanimados o enojados. Conocemos la mirada ansiosa del que busca, los ojos que no pueden ocultar el miedo, o los que se esconden por vergüenza. Somos capaces de reconocer la mirada oscura del malvado; y, en ocasiones, nos hiela el que mira con fría severidad.
Nos alegra la mirada de los que no tienen segundas intenciones. Nos emocionan los ojos que no pueden contener el llanto, sea por dolor o por alegría. Nos reviven y reaniman los ojos del chico o la chica enamorados, porque en ese amor juvenil toda la creación vuelve a su primera hora.
¿Se han dado cuenta de que los ojos marrones de la Virgencita son inmensos y están muy abiertos?
Cuando los miro, pienso en los ojos de los niños, especialmente de los más chiquitos. Para un niño que se está abriendo a la vida todo lo que ve es nuevo, por eso abre sus ojos con una mirada que parece querer escrutar hasta el fondo lo que tiene delante. Son ojos que no tienen miedo, quieren mirarlo todo, saberlo todo y, así, sacarle el jugo a la vida.
Son los ojos de la admiración.
Así nos mira María.
El artista que la talló y pintó hace ya trescientos años – tal vez un aborigen de los pueblos originarios oportunamente adiestrado por un jesuita – ha logrado plasmar algo de esa mirada de Nuestra Señora.
Por eso, queridos peregrinos, déjenme que los invite, una vez más, a dejarnos mirar por esos ojos que transparentan la mirada misma de Dios.
¡No tengamos miedo ni vergüenza a dejarnos alcanzar por esa mirada!
¡No hay en ella segundas intenciones, ni desconfianza ni frialdad que calcula!
¡Esos ojos brillan con la luz de la Pascua de Jesús!
¡Iglesia diocesana de San Francisco, en este Año Mariano, dejáte mirar por la Virgencita!
* * *
La Biblia nos habla varias veces de la mirada de Dios. El libro del Génesis, después de narrar poéticamente que Dios hizo surgir de la nada todo lo que existe, alcanzando con la creación del varón y la mujer el momento culminante de su obra, nos dice solemnemente: “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno” (Gn 1, 31).
Incluso después de que los hombres traicionaran la mirada de Dios, las santas Escrituras nos dicen que Dios no se ha desentendido del del sufrimiento de sus hijos. Él los ha seguido buscando con los ojos, como una madre o un padre buscan a su pequeño hijo entre la multitud. El libro del Éxodo así introduce la historia de libertad que Dios está a punto de poner en marcha: “Los israelitas que gemían en la esclavitud, hicieron oír su clamor, y ese clamor llegó hasta Dios, desde el fondo de su esclavitud. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob; dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta” (Ex 2,23-25).
Dios busca, con su mirada, al hombre. Y éste no puede resistir la atracción de esos ojos que lo buscan. Por eso, también la Biblia, en el libro de los Salmos, expresa, con imágenes muy bellas y el lirismo de la poesía, ese deseo de ser alcanzados por la mirada de Dios y de poder contemplar su Rostro: “El Señor tenga piedad y nos bendiga; haga brillar su rostro sobre nosotros…” (Salmo 66,2). O, también, en el Salmo 27: “Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro» Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí” (Salmo 27, 9).
El deseo del hombre de ser mirado por Dios y de ver su Rostro, como también la misma mirada de Dios que busca al hombre para iluminarlo con sus ojos divinos se concentran definitivamente en los ojos y la mirada de Jesús, el hijo de María.
El joven rico que ansía la vida eterna se encuentra con la mirada del Señor. Nos cuenta San Marcos: “Jesús lo miró con amor y le dijo: «Solo te falta una cosa: ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme»” (Mc 10, 21). Sabemos cómo concluye todo: el joven se marcha entristecido ante esta propuesta, “porque poseía muchos bienes” (Mc 10, 22).
Algunos – dejándose llevar tal vez por su propia experiencia – han fantaseado que aquel joven, alcanzado por la mirada luminosa y tierna de Jesús, finalmente, apoyándose en ella pudo dar el paso.
En realidad, no lo sabemos. El evangelista sí nos dice qué reflexión hace Jesús ante los discípulos asombrados – y asustados – por lo que implica el seguimiento. Les dice el Señor: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible” (Mc 10, 27).
* * *
Hace trescientos años que la mirada de María se posó en estas tierras de una manera bien visible. Lo hizo a través de esta imagen tan bella y venerada, mirada una y otra vez por los peregrinos y amada tan profundamente.
Sí, queridos hermanos y hermanas, en este lugar, antes incluso de la existencia de este bello santuario, la mirada de Dios y los ojos de Cristo resucitado nos han alcanzado en la mirada tierna de la “Virgencita”.
La reciente – y estupenda – restauración de la imagen nos ha mostrado que la imagen, tal como la vemos hoy, no es como la que vieron quienes la recibieron hace tres siglos. Como suele ocurrir con las imágenes históricas: sucesivas intervenciones la han ido modificando con añadidos, retoques y mejoramientos.
Así, ella ha llegado a ser «nuestra Virgencita».
La “Virgencita” ha caminado la vida de este pueblo y de los miles de peregrinos que la han visitado. Ha caminado la historia y eso, queridos amigos, deja huellas en todos.
Pero también los peregrinos no salimos iguales después de verla y de dejarnos mirar por sus ojos. Si la mirada es honesta y sincera, esos inmensos ojos nos transforman también a nosotros. Nos hacen más y mejores discípulos de Jesús y su Evangelio.
Su mirada es invitación – como al joven rico – a seguir a Jesús.
Es también una invitación a mirar a los demás como ella los ve: sin intereses mezquinos, con generosidad y compasión. Nos invita a mirar a los demás con los ojos de Jesús, el buen samaritano que siempre se detiene ante las llagas de sus hermanos caídos en el camino.
Sus ojos nos invitan a mirar a nuestros hermanos y hermanas más castigados y olvidados: los heridos por las adicciones; los ancianos jubilados que nunca ven llegar una justa retribución por sus vidas entregadas; los que sufren discriminación o violencia por su condición personal o social; los que se van quedando al margen de una sociedad que ha hecho del descarte – nos lo advierte el Papa – casi una norma de vida.
María siempre busca con su mirada el corazón de los que sufren. Ella trae el mejor alivio y consuelo: a su Hijo Jesucristo.
¡Dejémonos mirar por ella en este Año Mariano Diocesano que estamos comenzando!
¡Como ella abramos bien nuestros ojos para mirar a nuestros hermanos, reconocer su sufrimiento y dejarnos movilizar para salir a su encuentro con el alivio de Cristo!
¡Qué toda la diócesis de San Francisco se reconozca en la mirada de María misionera, samaritana y peregrina y, como ella, aprenda a mirar la vida con sus mismos ojos!
Homilía en la ordenación sacerdotal de José María Linares – Catedral de San Francisco – Domingo 17 de setiembre de 2017
Concluyendo la parábola del pastor que sale a buscar la oveja perdida, Jesús sentencia: “De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (Mt 18, 15).
A continuación, siguen los pasajes que hemos estado escuchando estos domingos sobre la corrección fraterna y, hoy, sobre el perdón.
“El Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (Mt 18, 15).
Que esta Palabra ilumine lo que estamos viviendo.
Querido José:
Estás a punto de recibir la efusión del Espíritu que radicará tu vida en el corazón de este Pastor que, de manera insuperable y definitiva, ha hecho presentes en nuestro mundo los mismos sentimientos del Padre de la misericordia, que no quiere que se pierda ni uno solo de sus hijos.
Tu misma vida ha sido – y es – una experiencia sostenida, honda y gozosa de esa sensibilidad exquisita del Buen Pastor que “te corona de amor y de ternura” (Sal 102).
Te sugiero que, como síntesis de tu biografía vocacional, te aprendás de memoria estas estrofas del Salmo 102. O que compongás con sus palabras tu propio Magníficat. Y que lo guardés en tu Biblia o en tu Breviario, como testimonio visible de lo que solo ven Dios y vos, aunque nosotros podamos percibir algo de ese misterio de amor, Y que este sea el auspicioso inicio y el talante fundamental de tu camino como presbítero.
Que toda tu vida sacerdotal sea una bendición, un himno eucarístico de alabanza al Señor que te ha llamado por tu nombre, te sella con su Espíritu y te envía a su pueblo como testigo de su misericordia.
Nunca olvidés los beneficios con que el Señor compasivo, fiel y misericordioso te ha tratado.
Es más. Me animo a proponerte que, escuchando esta palabra vigorosa del Señor que nos invita a perdonar setenta veces siete, vos mismo comprendás tu sacerdocio como ministerio de perdón y sanación, de reconciliación y de paz.
¿No lo hicieron así San Juan María Vianney y nuestro San José Gabriel Brochero, entre los más conocidos? Vidas sacerdotales que transparentan la santidad de Jesús, el buen samaritano que se inclina ante las heridas de la vulnerabilidad humana para verter en ellas el bálsamo curativo del Evangelio.
En breve, voy a ungir tus manos con el Santo Crisma. Gesto fuerte y decidor. Las manos son el símbolo del hombre que actúa, trabaja y transforma la realidad. Pero también, del hombre que ama y acaricia, reza y sirve.
Las manos del cura son manos que bendicen y transmiten el Espíritu, consagran y perdonan. Pueden hacer eso porque han sido ellas mismas alcanzadas por la unción del Espíritu de Cristo. Son su instrumento en esta Iglesia y en este mundo nuestro, lacerado por tantas divisiones, grietas y odios.
Esas manos ya han recibido los Santos Evangelios. Te recuerdo la bella fórmula litúrgica que yo mismo pronuncié en ese rito, durante tu ordenación diaconal: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas”.
Manos evangelizadas, ahora ungidas por el Crisma de la misión.
Así, el presbítero edifica la Iglesia: predicando, celebrando y perdonando. Nuestra Iglesia diocesana – cada una de las comunidades que la conforman – esperan de vos ese ministerio de reconciliación. Lo espera con ilusión también nuestro Presbiterio, al que te incorporás por la imposición de manos y el don del Espíritu Santo.
Ni el obispo ni tus hermanos copresbíteros somos hombres perfectos. Como vos, somos aprendices del Evangelio; discípulos que, cada día, tenemos que ponernos delante del Señor de la Iglesia, adorarlo, suplicarle y aprender de Él la humildad de los simples servidores.
Esta mañana, hemos comenzado a leer el Discurso de los Pastores de San Agustín. Vale la pena recordar estas frases que tanto bien nos hacen, aunque también nos ponen en vilo: “El Señor, no según mis merecimientos, sino según su infinita misericordia, ha querido que yo ocupara este lugar y me dedicara al ministerio pastoral; por ello debo tener presente dos cosas, distinguiéndolas bien, a saber: que por una parte soy cristiano y por otra soy obispo. El ser cristiano se me ha dado como don propio; el ser obispo, en cambio, lo he recibido para vuestro bien. Consiguientemente, por mi condición de cristiano debo pensar en mi salvación, en cambio, por mi condición de obispo debo ocuparme de la vuestra”.
Somos y permanecemos pecadores perdonados que, una y otra vez, tenemos que emprender el éxodo de nuestras esclavitudes, internarnos en el desierto confiando solo en la promesa del Señor y hacer el aprendizaje más valioso que puede hacer un discípulo convertido en servidor: que, en definitiva, lo que el Señor nos pide es amor y fidelidad a Él y a su pueblo, porque así lo ama Él mismo, y no quiere que nadie se pierda. Y a ese aprendizaje consagrar nuestra libertad, redimida por la Sangre del Señor.
A partir de esa arcilla que somos, el Señor de la Paz nos consuela, pacifica y nos transforma en servidores de la reconciliación.
Los padres de la Iglesia veían el misterio de la unidad de la Iglesia en la túnica de Cristo, sin divisiones ni roturas. Porque la unidad es un bien precioso para la Iglesia: es don del Dios uno y trino y tiene que vivirse tan concreta y humanamente como mejor podamos expresarla.
Que tus manos entonces trabajen por la unidad y la comunión en la Iglesia, en el Presbiterio y en la sociedad.
No perdamos la ilusión de hacer de nuestras comunidades eclesiales espacios reales de acogida, perdón y reconciliación. Seguramente, vos y yo podemos componer una letanía de fallas, anti testimonios, pecados y miserias, propios y ajenos. ¿Qué logramos con eso? Nada, mucho menos si lo hacemos solo movidos por nuestra acritud interior, sin tener la mirada purificada por el amor compasivo del Buen Samaritano. No perdás la ilusión de ser bienaventurado trabajando por la paz y el perdón.
Y no es una vana ilusión. Cada día – así lo esperamos – vas a tomar entre tus manos el cáliz de bendición que es portador de la Nueva Alianza en la Sangre del Señor, derramada para el perdón de los pecados. Esa Sangre del perdón ha llegado al corazón del mundo. Está obrando la reconciliación.
Como reza la liturgia al Dios de las misericordias: “… en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, sabemos que tú diriges los ánimos para que se dispongan a la reconciliación. Por tu Espíritu mueves los corazones de los hombres para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, y los pueblos busquen la concordia… que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo” (Prefacio de la Plegaria eucarística de la reconciliación II).
Somos compañeros de camino y colaboradores de Jesús, el principal Obrero de la paz y la reconciliación. Él es el que obra. Nosotros somos sus instrumentos, sus ministros y servidores.
Te estás convirtiendo en presbítero en una Iglesia que no está quieta, sino que vive – a veces, muy a pesar suyo – fuertes transformaciones. Una Iglesia en estado de pascua. Así también será tu mismo sacerdocio: un sacerdocio en estado permanente de éxodo y de pascua.
Tensiones, conflictos, posturas diversas, sensibilidades dispares frente a los mismos problemas. De entre todas las soluciones simplistas a este complejo nudo de cuestiones está aquella que separa las aguas, distingue claramente entre buenos y malos, entre los puros que sí han entendido el Evangelio y… los otros, los que no entienden nada porque son cerrados, ciegos y duros de corazón. Claro, entre los primeros estamos nosotros y los de nuestro paño.
Esa es una lógica mundana. No te dejés ganar por ella, sino hacé crecer en vos la lógica de la caridad y de la misericordia, de la que tan bien nos habla Francisco cuando dice, por ejemplo: “creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad” (Amoris laetitia 308).
Sí José, queridos hermanos y hermanas: hay bien en medio de la fragilidad.
Es signo de la acción del Espíritu Santo que no nos deja solos, librados a nuestra suerte.
Este es el Espíritu que invocaremos ahora sobre el diácono José para que su persona entera quede transfigurada a imagen del Buen Pastor y, así, inicie su camino como sacerdote de la compasión, de la misericordia y de la paz.
Sacerdote misionero para nuestra Iglesia diocesana y para la Iglesia universal. Para nuestra sociedad y nuestro país, tan necesitado de gestos libres de arrepentimiento, perdón y reconciliación.
Homilía en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor – sábado 17 de junio de 2017
La Eucaristía es hogar de vocaciones.
Ante todo, la celebración misma de la sagrada liturgia eucarística. La más solemne, tanto como la más humilde y silenciosa.
Pero también es llamada – y con una elocuencia especial –el sagrario, donde Cristo parece estar siempre en actitud de espera: el amigo que espera al amigo que no termina nunca de llegar.
La Eucaristía es llama y llamada.
Fuego ardiente, porque actualiza el misterio de la Pascua del Señor. Nos desafía a dejarnos quemar por el fuego de Cristo que es la caridad ardiente de su Espíritu. Ese es el fuego que arde en cada Eucaristía.
Es el Resucitado el que nos alcanza en ella, nos interpela, nos invita y nos conmina a reunirnos en torno suyo: “Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6,53).
Claro: solo una fe viva, inquieta y peleadora nos hace aptos para escuchar esta llamada que la Cena del Señor contiene y corporiza.
* * *
En estos días, me ha venido varias veces a la memoria aquel relato del siglo IV sobre los cristianos de Abitinia, pequeña comunidad cristiana del norte de África. Hoy Túnez.
Arreciaba la última gran persecución del Imperio romano contra los cristianos. También la más cruenta. El estado había prohibido el culto cristiano. Sin embargo, desafiando el poder abrumador del Imperio, estos discípulos de Cristo se reúnen para celebrar la Eucaristía el día de la resurrección.
Sorprendidos por la autoridad, son llevados ante el juez. Al preguntarles porqué hacen lo prohibido, y no obedecen la ley establecida, uno de ellos responde por todos, con una frase memorable: “Sine dominico non possumus” (“sin el domingo, no podemos vivir”). Murieron mártires.
¿Podríamos nosotros – católicos sanfrancisqueños del siglo XXI – hacer semejante afirmación? ¿Podemos también decir que sin la Eucaristía dominical no podemos vivir? Y no como una frase bonita, de ocasión, sino como expresión de una convicción arraigada en la única tierra en la que puede echar raíces la fe: nuestra conciencia y libertad personales.
¿Qué es lo que hace tan imprescindible a la Eucaristía para un cristiano? ¿Por qué ella debería tener prioridad a la hora de organizar los tiempos del domingo?
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La Eucaristía es hogar de vocaciones. Es llama y llamada.
Ante todo, para la Iglesia misma.
Uno de los nombres más bellos de la Eucaristía es “Synaxis”, que podríamos traducir por unión, reunión.
Venimos a la Eucaristía porque somos llamados y reunidos por una palabra que nos llega desde fuera, cuyo sonido y sentido solo es captado por un oído atento, capaz de traspasar el muro impenetrable de nuestros ruidos y del desborde de las emociones primarias que parece ser el sello distintivo de la cultura ambiente.
Hermanos: ¡es Jesús, el Señor, el que nos arranca de la soledad que aburre y empasta nuestro corazón! ¡Es Él el que nos espera y nos convoca!
Jesús resucitado abre, en cada Eucaristía, la comunión de la Santa Trinidad para que tomemos parte en ella. Esa es la “synaxis” – reunión, comunión y encuentro – que se expresa en la noble sencillez de los signos litúrgicos.
Como Elías que solo termina de percibir el paso de Dios en la tenue brisa que se sucede al huracán, el terremoto y el fuego (cf. 1Re 19, 1-18). El paso del Dios conmueve todo, hasta la raíz. Pero, para oír su voz hay que tener una actitud especial como la mirada admirada de los niños que se abren a la vida.
Los Padres de la Iglesia hablaban de la “sobria embriaguez del Espíritu”. Es “embriaguez” porque convoca nuestra persona a través de nuestro cuerpo con sus sentidos y emociones (ver, tocar, oír, sentir, cantar). Pero es “sobria” porque si los sentidos son exaltados hasta el desborde, más que abrirnos al misterio, nos bloquean para entrar en comunión con él.
Arduo y desafiante camino de madurez espiritual, a que estamos llamados todos los bautizados, no solo una élite de privilegiados. ¡Pero cuánto fruto se podrá cosechar de esta verdadera madurez en Cristo!
Esa es una de las metas más ambiciosas de la pastoral litúrgica de la Iglesia que, como enseñó el Concilio, apunta a aquella participación plena, consciente y activa que nos sumerge en el misterio pascual que celebramos (cf. SC 14.19).
Solo si nos abandonamos así a la acción del Espíritu, podremos celebrar con fruto la Eucaristía. Solo entonces, la reunión eucarística nos confiará su tesoro más precioso: el Resucitado y su Pascua, que se nos ofrece como fuego que quema sin destruir, llama y llamada de amor que toca realmente los corazones.
Saboreemos estas palabras del Señor, que es justo que no captemos de buenas a primeras, sino que necesitemos tiempo, oración y mucho amor para conectar con lo que ellas transmiten: “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí” (Jn 6, 57).
La comunidad eclesial nunca es tan Iglesia como cuando está reunida en torno al altar. Allí, ella comprende que todo lo que tiene es don de Cristo. Es gracia recibida, que solo puede ser acogida en la adoración, la alabanza, la acción de gracias y la misión gozosa que comparte el don recibido.
De manera especial, la Eucaristía llama a la Iglesia a ser servidora de los pobres, los olvidados y excluidos. A ser Iglesia pobre y para los pobres.
El Santo Padre nos ha convocado a la primera Jornada mundial de los pobres (el próximo domingo 19 de noviembre), regalándonos un vigoroso e interpelante mensaje, que espero podamos meditar y llevar a la práctica.
Si Cristo y su Evangelio ya no me dicen nada verdaderamente significativo, o son solo una simpática referencia social o tradicional, es lógico que la Eucaristía me parezca un rito del que puedo prescindir sin mayores consecuencias.
La pregunta incisiva y clave de la pastoral no es, por tanto, porqué la gente ha dejado de ir a Misa, sino esta otra, más provocativa: Cristo ¿es conocido, amado y servido como Señor y Salvador? ¿Qué lugar real tiene Él en mi vida? ¿He hecho la experiencia de su Presencia que todo lo renueva y transforma? ¿Escucho su llamada en los rostros de mis hermanos más vulnerables?
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La Eucaristía es hogar de vocaciones. Es llama y llamada.
Lo es para la Iglesia, y para cada uno de nosotros, bautizados y sellados por el Espíritu.
Ha sido experiencia de muchos de nosotros haber escuchado la llamada del Señor en el marco de la liturgia eucarística, o de haber recibido allí la confirmación de esa llama que crecía en nosotros y que llamamos “vocación”.
O que, al reunirnos con los hermanos para compartir el Pan, el Señor nos haya puesto en crisis, sacudiendo nuestro cómodo aburguesamiento, y llevándonos al borde del abismo, para que nos entreguemos a Él con la audaz confianza de los niños o de los místicos.
El lema de este año pastoral 2017 en nuestra diócesis es: “Soy Vocación. Soy Misión”.
En la Eucaristía de cada fin de semana tenemos la posibilidad de hacer esa experiencia. Solo se requiere la búsqueda ardiente del rostro de Cristo y el deseo de unirme a Él – “comer su carne y beber su sangre”, en el lenguaje provocativo de San Juan evangelista – para tener su vida.
Que podamos ser fieles y corresponder al Espíritu que alienta en nosotros ese deseo.
Homilía en la Eucaristía de la Fiesta patronal diocesana
Oración y penitencia.
Así podemos resumir el mensaje que viene resonando desde hace cien años en Fátima.
Estas palabras las oyeron los tres niños – Francisco, Jacinta y Lucía – en la Cova de Iría.
Una vez más se cumplió el Evangelio: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18,16-17).
Fueron sorprendidos por María, quien les abrió su inmaculado corazón de madre, haciéndoles experimentar su presencia maternal de una forma extraordinaria.
Lo vivieron intensamente ellos, pero era una gracia destinada a toda la humanidad. También para nosotros.
Como ha dicho el Santo Padre, esta mañana, en la Misa de canonización de Francisco y Jacinta: “Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús»”.
* * *
Oración y penitencia.
Volvamos sobre estas palabras que constituyen el centro del mensaje de Fátima.
¿De dónde las tomó María?
No lo dudemos: del Evangelio.
En Fátima, María no pronunció otro mensaje que el Evangelio de Cristo. María no tiene otra palabra que decir al mundo que el Evangelio.
De los labios de su Hijo, ella, su más fiel y perfecta discípula, tomó estas dos palabras sagradas.
Siempre Jesús. Desde las bodas de Caná y aquel “Hagan todo lo que Él les diga”, María no tiene otra referencia que Jesús, el único Salvador del hombre.
* * *
Oración.
Jacinta, Francisco y Lucía eran tres niños que estaban aprendiendo a orar.
Y lo hacían como niños: entremezclando sus sencillas, pero profundas plegarias con su vida familiar, sus juegos y su trabajo de pastores.
La Providencia encontró así un terreno fértil en ellos.
No podemos dejar de señalar en esto el rol fundamental que tuvieron sus familias, tan pobres como profundamente cristianas.
En la primavera de 1916, preparando el inminente encuentro con María, los tres chicos fueron sorprendidos por el “Ángel de la Paz” que, orando con ellos, les transmitió dos preciosas oraciones:
Dios mío, yo creo, te adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman.
Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo: te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que es ofendido. Y por los méritos infinitos de tu Santísimo Corazón y del inmaculado corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores.
Lucía dirá que, sobre todo la primera oración la repetían una y otra vez, hasta el cansancio.
Lo cierto es que, orando así, el corazón de estos tres niños se fue disponiendo para el encuentro con Nuestra Señora.
Una oración que pone en el centro la adoración del Dios amor, las virtudes teologales que definen la identidad cristiana y la intercesión por los “pobres pecadores”, es decir, una oración profundamente fraterna y solidaria.
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Penitencia. Arrepentimiento. Conversión.
Es una de las claves fundamentales del mensaje de Jesús: “El tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15).
La penitencia a la que invita el Evangelio es, sobre todo, la conversión del corazón, la penitencia interior, más que las obras exteriores.
Como enseña el Catecismo: “La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia” (Catecismo 1431).
María acompañó a los tres pastorcitos de Fátima a abrir sus corazones al inmenso dolor del mundo; a experimentar, de una forma que a nosotros nos deja sin palabras, lo que puede llegar a significar una vida sin Dios, en la ausencia de su luz y de su bondad. Que se sintieran hermanos de todos los pecadores. Que no les resultara indiferente el dolor ni la suerte del mundo.
Les ayudó a convertir sus corazones para que adquirieran las dimensiones de su propio corazón inmaculado de Madre. Es más, haciendo así, les ensanchó el corazón para que cupiera en ellos el mismo amor que Dios siente por el mundo que lo olvida y lo margina. Los abrió a experimentar la misericordia de Dios.
* * *
Permítanme resaltar unas palabras de la homilía del Papa Francisco en la Misa de esta mañana en Fátima. Escúchenlas con atención, por favor:
En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede. Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.
Oración y penitencia son el mensaje de Fátima, porque son el mensaje del Evangelio.
Pero una oración y una penitencia que hacen de los orantes y penitentes, hombres y mujeres que no viven para sí, encerrados en su propia comodidad y bienestar, sino que se convierten en esperanza para otros.
Cualquiera sea nuestra vocación y misión, estamos llamados a ser, para nuestros hermanos, para nuestra patria y para toda la humanidad, testigos de la esperanza que no defrauda.
Oramos porque el Señor mismo oró, nos enseña a orar y nos da su Espíritu para que abra nuestros corazones a la fe, la adoración y la intercesión.
Hacemos penitencia, porque el Espíritu toca nuestros corazones, los quebranta con la conversión y nos dispone para la reconciliación.
Oración y penitencia, antes que obras nuestras son obra suya: gracia de Dios que se adelanta, nos cura y nos eleva con su mano providente.
Podemos orar, porque Dios nos mira con amor.
Podemos arrepentirnos, porque Dios nos alcanza con su amor que nos perdona y nos reconcilia
Por eso, en esta Eucaristía diocesana, para nosotros y para toda nuestra Iglesia de San Francisco, por la intercesión de santa Jacinta y san Francisco Marto, pidamos al Señor el don de la oración y de la penitencia.
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