Enamorados de Jesucristo

DÍA DEL CATEQUISTA 2024 – Mensaje del obispo

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.” (EG 1).

Queridos catequistas:

¡Muy feliz día!

Estas palabras del papa Francisco inspiran la celebración del Día del Catequista de este año 2024.

Si ustedes me preguntan cuál considero que sea el desafío más de fondo de nuestra vida cristiana y eclesial, no lo dudo un instante: el encuentro con Cristo vivo de cada uno de nosotros, para que, de esa fuente, brote el anuncio del Evangelio a todos.

Las palabras del Santo Padre son un eco de aquellas otras del documento de Aparecida: 

“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (DA 29). 

Recorriendo la diócesis, veo con alegría cómo nuestras comunidades, los sacerdotes, catequistas, otros agentes de pastoral o simplemente hombres y mujeres de fe sencilla siguen buscando a Jesús, dejándose atraer por Él y entrando en el misterio fascinante de la oración, de la escucha de su Palabra y del silencio que nos transforma por dentro. 

Es por aquí el camino. 

Es verdad que a Jesús lo encontramos en los pobres, en los que sufren, en los que gritan suplicando una mano amiga que los ayude a caminar. 

Jesús mismo nos lleva a ellos; pero nada ni nadie sustituye el encuentro vivo con Él, la experiencia fundante de experimentar la potencia de su amor y su gracia.

Por eso, catequistas: vayamos juntos al Señor. Él nos espera y nos está continuamente regalando su Espíritu. 

Nos espera en la oración matutina, hecha de escucha, silencio y alabanza… como María. Nos espera en la eucaristía del domingo y en la celebración gozosa del sacramento de la penitencia. Nos espera en cada recodo del camino, incluso y especialmente en los que menos esperamos. 

Los métodos son importantes, pero secundarios. Siempre estaremos aprendiendo y actualizándonos. 

Sin embargo, en la catequesis como en toda forma genuina de transmisión de la fe, nada sustituye al TESTIGO que ha sido alcanzado y transformado por Jesús. 

Eso marca la diferencia, aunque las metodologías no sean tan modernas ni ingeniosas.

No transmitimos solo saberes abstractos, sino un encuentro que nos ha enamorado y ha dado a nuestra vida orientación, libertad y esperanza: el encuentro con la Persona y la pascua del Señor Jesús. 

Vayamos al encuentro del Señor.

Feliz Día del Catequista 2024

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
21 de agosto de 2024
Memoria de san Pío X

Católicos

Jesús agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».” (Mt 13, 52).

La puja entre conservadores y progresistas que hoy tensiona al mundo católico no es algo nuevo.

Es una de las tensiones que reflejan la dimensión histórica de la Iglesia de Cristo, llamada a custodiar la fe recibida, pero también a caminar con ella hacia el futuro.

Del Concilio Vaticano II a nuestros días, y con momentos de fuerte conflictividad, esta tensión atraviesa la vida del catolicismo argentino.

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La decisión del obispo de Zárate Campana de revocar el permiso de residencia al Padre Javier Olivera Ravasi ha suscitado fuertes reacciones.

Conozco a algunos buenos católicos, vinculados a él, que se sienten conmovidos por esta situación.

Lo que para unos es una decisión correcta, para otros es una persecución.

Lo poco que he leído de él no me convence. No porque exprese el punto de vista del pensamiento tradicional, tan legítimo como necesario, sino porque algunos acentos no permiten reconocer la figura completa del pensamiento católico.

No pongo en duda la fe personal. Advierto solo que, cuando se piensa, se escribe y se actúa desde el conflicto, algunos riesgos se agudizan. Se requiere entonces un temple especial. Mucho más si se trata de la fe “que nos gloriamos de profesar”, como decimos en el bautismo.

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En el catolicismo argentino, la puja entre conservadores y progresistas de estas últimas décadas no ha sido sólo sobre ideas teológicas, formas litúrgicas, acciones pastorales o modelos de formación. A todo esto, ya de por sí delicado, complejo y sustancioso, se han sumado las fuertes tensiones ideológicas y políticas que, en tiempos recientes, alcanzaron altos niveles de violencia. Y siguen ahí, determinando nuestra vida y convivencia ciudadanas.

No solo los posicionamientos del padre Ravasi, sino también los de quienes poseen visiones contrapuestas a las suyas, e incluso algunas opciones pastorales de la mayoría de los católicos ajenos a estas polémicas, no terminan de entenderse sino desde las dolorosas heridas, aún abiertas, que dejaron aquellos años de duros enfrentamientos.

Esa es la realidad en la que estamos y a donde nos ha puesto la Providencia para que vivamos y comuniquemos la fe.

A mi criterio, esta es la difícil disyuntiva: ¿Será la fe viva de la Iglesia, centrada en el anuncio del Dios amor revelado en Cristo, el factor fundante y determinante de la misión eclesial en nuestro país, también en su proyección sobre lo socio, político, cultural; o, dándola por supuesta o sabida, la fe terminará diluida, secularizada y subordinada a un proyecto político-ideológico?

Este riesgo puede parecer más visible para el catolicismo de izquierda, como vimos en los vídeos de algunas celebraciones recientes, felizmente extraños para la mayoría de los católicos. Sin embargo, tampoco deja de serlo -a pesar de sus formas externas- para el catolicismo conservador, siempre tentado de volverse integrista.

La preocupación de que lo político prevalezca sobre la fe, reduciéndola a militancia política o a batalla cultural, no es ilusoria ni imaginaria en los tiempos que corren. Nos debería hacer a todos más humildes y atentos con la fe que se nos ha confiado.

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Cuando en 2007, el papa Benedicto XVI liberó el uso de los libros litúrgicos vigentes hasta la reforma del Concilio Vaticano II, propuso un modelo de interacción entre lo que él llamó las dos formas del único rito romano, llamadas no solo a coexistir, sino a ayudarse recíprocamente para expresar toda la riqueza católica de la fe.

La propuesta, por diversos factores, no prosperó. Sin embargo, muchos la consideramos válida, pues posee un enorme potencial para fecundar toda la vida eclesial, porque brota precisamente de ese manantial inagotable que es la Iglesia en oración.

Su valor no estriba en ser una estrategia de ocasión, sino en su genuina consistencia teológica que refleja la naturaleza de la misma comunión eclesial. En definitiva, lex orandi, lex credendi; pero también, lex intelligendi et lex vivendi.

La madre Iglesia es el hogar de todo lo que es verdadero, bello y bueno que hay, tanto en “progresistas” como en “conservadores”.

La lógica política del conflicto y la polarización, la agresión y la arrogancia del que se siente superior no puede tener cabida en la vida del Pueblo de Dios, regida por la ley superior de la pascua.

Que la caridad de Cristo, hecha también de cordial obediencia a la voluntad del Padre, prevalezca sobre nuestras pasiones.

Carne y sangre

«La Voz de San Justo», domingo 18 de agosto de 2024

“Jesús les respondió: «Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».” (Jn 6, 53-54).

Cuando sus oyentes lo escuchan hablar así, inevitablemente se preguntan cómo Jesús puede dar de comer su carne (cf. Jn 6, 52).

El “discurso del Pan de Vida” es, en realidad, un diálogo provocador, con un incesante ir y venir de preguntas y respuestas. Se da una tensión creciente que desembocará en el abandono de muchos y, como contrapunto, en la confesión de fe de Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? …”

Al escuchar el relato, es bueno dejarse llevar por esa ida y vuelta entre Jesús y la gente.

Dos pistas para comprender el mensaje. Cuando Jesús habla de “comer su carne” y “beber su sangre”, el verbo “comer” indica lo que significa creer en él: asimilarlo como se asimila vitalmente el alimento. Por otra parte, “carne y sangre” indican su persona e historia concretas, con un matiz: “carne” significa la debilidad humana; y “sangre”, una vida entregada hasta la muerte.

Esa fragilidad entregada se mostrará en la pasión: en la mayor fragilidad, Dios revelará su más grande potencia divina: el amor que salva al mundo. El domingo próximo, Jesús redoblará la apuesta: el Pan bajado del cielo y su carne como alimento confluyen en la Eucaristía.

“Señor Jesús: tus palabras nos provocan, despertando el desafío de ir siempre más allá de la superficialidad en la que navegamos hoy como aturdidos. Ir al fondo, donde nos esperan las preguntas fundamentales de la vida. Allí estás vos y tu Padre. No dejés de provocarnos. Lo necesitamos. Amén”

El cielo es nuestra vocación. Transformar esta tierra en adelanto del cielo, nuestra misión.

Homilía en la solemnidad de la Asunción de María – Villa del Tránsito – 15 de agosto de 2024

¡Qué hermoso que es caminar juntos la Esperanza que nos anima y sostiene!

Así hemos llegado hasta este “santuario popular” de Villa del Tránsito. Un año más y como peregrinos de la fe, de la vida y de la esperanza.

En las fiestas patronales siempre pregunto al cura: ¿primero la Misa y después la procesión o al revés?

En Villa Concepción, tanto en la Peregrinación de los jóvenes como en la Peregrinación diocesana del 8 de diciembre, la caminata precede a la Eucaristía.

Aquí, como en otros lugares, la procesión prolonga la liturgia de la Santa Misa.

El encuentro con Jesús, de la mano de María, se prolonga en esa caminata orante y festiva por las calles de nuestro pueblo, en ocasiones bien acompañados por el sol, la brisa suave y el paisaje de nuestro campo.

La fe nos hace caminar. Ella misma es una gran peregrinación que comienza aquí en nuestra vida terrena, pero alcanzará su meta en el cielo, en la bienaventuranza, en la casa del Padre.

Allí, sentados a la mesa, con María Santísima y los santos (también con los de “la puerta de al lado”, nuestros queridos difuntos), compartiremos la alegría de la esperanza que ha arribado al puerto.

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“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.” (Lc 1, 39).

Así comienza el evangelio de hoy que acabamos de escuchar.

Contemplamos a María asunta en cuerpo y alma al cielo, pero el evangelio nos la presenta con los pies bien sobre la tierra.

No hay contradicción entre esta vocación celestial de Nuestra Señora y esta ocupación bien terrenal de asistir a una mujer anciana que está en trance de dar a luz.

Un día, el hijo de María, nos enseñará a rezar así: “Padre nuestro que estás en el cielo … hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Podemos dejar volar nuestra imaginación y no nos equivocaremos si pensamos que es lo que el jovencito Jesús vio en su casa de Nazaret, contemplando a su mamá María y a su “abba” José.

En ese hogar de la tierra, el cielo se hacía presente como fuerza de Dios que transforma desde dentro -en cuerpo y alma- a las personas, al trabajo, a los vínculos entre vecinos, a la vida misma.

Volvamos a la escena evangélica: María “entró   en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».” (Lc 1, 40-45).

María va a dar una mano con las cosas de la casa. Pero lleva mucho más. Muchísimo más: lleva la alegría prometida, lleva a Jesús, el fruto bendito de su vientre.

Va con su fe sólida, corajuda, esperanzada y misionera.

Va colmada del Espíritu Santo, que la ha cubierto con su sombra y la ha hecho fecunda como se lo anunció el Ángel Gabriel.

Y, llevando en el corazón, en el vientre y en sus labios a Cristo, lleva así al Espíritu que, a través de ella, se derrama sobre Isabel, Zacarías y Juan.

Y todos experimentan la alegría del Evangelio.

***

¿A qué hemos venido a este santuario tan querido?

Venimos caminando, porque somos peregrinos, hombres y mujeres de fe y aquí nos encontramos con María que, como en la casa de Isabel, nos tiende la mano y nos da la alegría que colma su corazón.

Aquí, celebrando, orando y caminando juntos, experimentamos la presencia de Jesús resucitado, el hijo de María, el que, resucitado de entre los muertos, ha glorificado a su madre en cuerpo y alma.

Queridos peregrinos:

El camino de nuestra vida por esta historia es arduo. Sentimos su peso en nuestras piernas, pero, sobre todo, en nuestro ánimo. En ocasiones, ese peso nos hace caer.

Incluso experimentamos que muchas obras buenas, legítimas y justas no llegan a término. El fracaso es un compañero de camino de todo ser humano, de toda familia, de todo pueblo, y también de la comunidad cristiana.

¿Qué pasa entonces? ¿No tenemos ya nada más qué hacer o esperar?

No. Lo sabemos muy bien.

Aún después de todos nuestros fracasos y caídas, siempre la fe nos aporta lo más valioso de la vida: la esperanza, la fuerza para seguir caminando, la voluntad de hacer el bien a todos, de devolver bien por mal, de perdonar, de sanar y de retomar, día a día, el camino de la paz.

¿Cuántos hombres y mujeres buenos y sencillos, aunque también frágiles y pecadores, viven así y también así pelean la vida cada día?

Están sostenidos por la fuerza de la Pascua de Jesús que transfiguró a María y que esta tarde -como cada 15 de agosto- nos convoca a celebrar y caminar.

No. A pesar de todo, de la bajeza y corrupción moral de tantos; de la mezquina mediocridad de quienes deberían ser grandes en ideas, compromiso y acciones; a pesar de las frustraciones que nos dan tristeza y bronca, que pesan sobre nuestra Patria y que hipotecan la vida de las nuevas generaciones; a pesar de nuestras propias inconsistencias personales y sociales; a pesar de todo, mirando a María y a la potencia de Dios en ella, tenemos esperanza y esa esperanza levanta nuestro caminar.

El cielo es nuestra vocación, transformar esta tierra en adelanto del cielo es nuestra misión.

¡Qué hermoso es caminar juntos la esperanza que nos da Jesús, el hijo de María santísima!

Amén.

María, signo de esperanza para una nueva humanidad

Reflexión para el Día del Docente Católico 2024

Al final está el archivo en PDF para descargar la reflexión.

Estamos celebrando el Día del docente católico en la provincia de Córdoba. Coincide con la gran fiesta mariana de la Asunción de Nuestra Señora. Es la pascua de María, la madre del Señor.

En la reflexión que les ofrezco, los invito a contemplar a María como signo de la humanidad nueva a la que estamos llamados como creaturas y desde el bautismo, pero también a la que servimos como docentes: la rica humanidad que crece en los niños, adolescentes, jóvenes y adultos a los que acompañamos como educadores.

Y pongo este acento: mirando a María, signo de esperanza para una nueva humanidad, nosotros seamos hombres y mujeres transformados como ella por la Pascua de Jesús, para ser testigos y educadores de la esperanza grande que el Espíritu derrama en los corazones.

En esta perspectiva, nuestras comunidades educativas surgen como hogar y escuelas de la esperanza cristiana.

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Les propongo escuchar los versículos iniciales de la primera lectura de la solemnidad de hoy, tomada del libro del Apocalipsis. Nos servirá de guía para nuestra reflexión.

Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz.

Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera.

La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono, y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio para que allí fuera alimentada durante mil doscientos sesenta días. (Ap 12, 1-6).

El signo de la mujer en trance de parto apunta al otro signo: el hijo varón que da a luz y es elevado al cielo, al trono de Dios. El mensaje es claro: se trata de Jesús y de su resurrección que transforma todo.

La mujer es la comunidad cristiana y, por eso, también María que es como el espejo en el que la Iglesia se mira para comprender su misterio, su vocación y misión.

En el trasfondo: la lucha que aún continúa entre el bien y el mal, pero desde la perspectiva del Resucitado y de la mujer que lo ha dado a luz, es una lucha que ya tiene su final asegurado: la vida triunfará sobre la muerte, la mujer sobre el dragón infernal.

Es el signo de la esperanza que anima el alma y el camino de los cristianos. Esa esperanza está también en el alma y en la mística de la escuela católica y en el modo como ella vive la fe y educa a todos los que integran la comunidad educativa.

La escuela católica es comunidad y hogar de esperanza. Desde esta perspectiva, cada día, ustedes se acercan a esa realidad, en ocasiones dura y desafiante, que son los niños, niñas y adolescentes que las familias les confían para ser educados. Pero no menos que los docentes y demás personal que se mueve en la escuela o, incluso, que traspone ocasionalmente sus puertas.

A la escuela, todos llegamos con nuestra vida a cuestas, nuestras heridas y cicatrices, nuestras expectativas e ilusiones. En la escuela, a todos, nos espera Cristo, nuestra esperanza.

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La asunción en cuerpo y alma al cielo de Nuestra Señora es uno de los dos dogmas modernos definidos por la Iglesia, junto con el de la inmaculada concepción. Este lo fue en 1854, aquel que celebramos hoy en 1950. Sin embargo, son misterios celebrados por la fe de la Iglesia desde el principio.

Tenemos que mirarlos juntos para descubrir su potencial evangelizador y educador. Proyectan una poderosa luz sobre nuestra misión como Iglesia y como educadores en la Iglesia.

No es casualidad que hayan sido definidos cuando comenzaba a abrirse paso y consolidarse la cultura moderna, con su ansia e ímpetu de progreso, pero también con sus contradicciones, caídas y deformaciones.

María, la pura y limpia concepción, obra maestra de la gracia, transfigurada en toda su humanidad (en cuerpo y alma) es signo de la nueva humanidad que solo Dios puede crear y sostener con su acción poderosa.

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La cultura contemporánea oscila entre el optimismo ingenuo y prometeico del hombre que rompe sus vínculos con Dios para ser libre; pero también que, por otros caminos, cae en el pesimismo del nihilismo o del relativismo: nada es permanente, ni seguro, ni cierto, ni sólido.

La educación -ustedes lo saben tanto o mejor que yo- también navega por esas aguas tormentosas.

Al invitarnos a contemplar a María, inmaculada y resucitada, la fe católica nos desafía a mantener unidos, en la pastoral y en la educación, dos aspectos que parecen opuestos, pero que, sin embargo, están llamados a potenciarse recíprocamente.

Por un lado, a reconocer que en la raíz de la condición humana está la acción creadora y salvadora de Dios. En el lenguaje cristiano eso se dice con una de las palabras más hermosas del “diccionario cristiano”: GRACIA.

María es, precisamente, la “llena de gracia”, la completamente transfigurada y transformada por la gracia de Dios. Y esto a tal punto, que “llena de gracia” es casi el segundo nombre de María.

Esa es la primera palabra que tenemos para decir de María, pero también de nosotros mismos. Porque todo lo que Dios ha hecho en María -de modo eminente, original y único- es signo de lo que está haciendo también en nosotros.

Ante cada persona, el discípulo de Jesús ha de pensar así: estoy ante un misterio de amor, ante un regalo, un don y una bendición. El ser humano es “la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo” (GS 24).

Al reflexionar hoy sobre nuestra identidad como educadores católicos quisiera invitarlos a que esta mirada luminosa de fe y esperanza la tenga cada uno de ustedes sobre sí mismo: soy gracia, soy don, soy bendición, Cristo me ha amado a mí por mí mismo.

El encuentro con Jesucristo vivo -eso es la fe- repercute en toda nuestra persona. Y uno de esos efectos tiene que ver con transformar nuestra conciencia personal, haciéndonos muy conscientes del don que somos nosotros mismos. Y el don recibido y acogido con alegría tiende por sí mismo a transformarse en don ofrecido y donado a los demás.

La conciencia del don y la gratuidad que presiden y sostienen nuestras vidas nos abre a Dios y a los demás, conjurando así el peligro fatal de una autonomía que termina ahogándonos en nuestra propia autopercepción: somos mucho más de lo que somos capaces de percibir de nosotros mismos.

No estamos solos en la empresa más importante de nuestra vida: crecer, madurar, desarrollarnos como personas y alcanzar la plena estatura de nuestra condición humana.

Como enseña el profeta: somos arcilla en manos del alfarero que es Dios, un artesano que sabe modelarnos. Nos hacemos a nosotros mismos en la medida en que nos dejamos educar y formar por el Creador… y también por esa mediación tan efectiva que son los demás.

Educar, en este sentido profundo, es “sacar a la luz” la verdad de nosotros mismos, puesta dinámicamente en nosotros por el Creador. Formar es configurarnos con la forma de Cristo, el verdadero hombre. Y, junto a Cristo, está María como signo de humanidad lograda.

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Al mirar a María asunta al cielo, glorificada en cuerpo y alma, podemos también conjurar la otra gran amenaza que angustia hoy a las personas, especialmente a los jóvenes: el pesimismo que parece dominar la cultura contemporánea y que se manifiesta con rostros, en un primer momento, muy atractivos, pero que prometen lo que no pueden dar, sumergiendo a la persona en la angustia, la tristeza, un tono vital menor y desesperanzado.

María transfigurada por la Pascua de Jesús nos dice que el Padre que, por la fuerza de su Espíritu, resucitó a Jesús rescatándolo de los brazos de la muerte, está obrando en nosotros en la misma dirección.

Si “gracia” es una palabra clave del diccionario cristiano -tan bella como indispensable-, la otra palabra esencial del lenguaje cristiano y católico es un verbo que siempre tiene a Dios como sujeto exclusivo y excluyente: resucitar.

Dios trabaja siempre en nosotros, como lo hizo en la fría tumba en la que depositado Jesús y como hizo en la humanidad femenina de María, para resucitarnos, levantarnos y llevarnos a la plenitud que es la comunión con Él, ya aquí en la tierra, pero cuyo destino último es el cielo.

En este sentido, como docentes católicos les propongo un desafío, que lo es también para la misma Iglesia misionera: tenemos que redescubrir, con ingenio y creatividad, la forma de hablar nuevamente del “cielo” como de la meta y el premio que Dios ha prometido a quienes se animan a hacer suya la propuesta de vida del Evangelio de Jesús.

El cielo, la bienaventuranza eterna, la casa del Padre con sus muchas habitaciones, el banquete de bodas y la fiesta son metáforas bellísimas de la Biblia que necesitamos recrear para entusiasmar a nuestros jóvenes, y a nosotros mismos, para abrazar la aventura de vivir, de asumir con paciencia lo que de arduo siempre tiene la vida, especialmente las pruebas más duras a las que somos sometidos.

El cielo es un regalo de Dios, es una promesa que Él nos ha hecho explícitamente por Jesucristo, pero también es fruto de nuestro empeño humilde, perseverante y decidido.

Nos lo dice claramente el Señor: “Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 24-26).

Solo en esta perspectiva del don y la gracia, que nos preceden, acompañan y esperan, es posible educar en la libertad que se abre paso en la vida para formar en cada uno la imagen de Jesús.

Es la perspectiva de la esperanza cristiana, cuya naturaleza profunda es ser un don de Dios. No se confunde con el optimismo, no nos asegura que todo lo que hagamos nos saldrá bien ni que no tendremos dificultades o frustraciones en el camino de la vida. Lo que sí nos asegura es que no nos faltará la presencia y asistencia, el consuelo y la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado para afrontar todos los desafíos humanos que la vida nos presenta.

La fe en Jesús, tras las huellas de María, siembra esperanza y alegría en nuestros corazones.

Ruego a Dios, para mí y para cada uno de ustedes, crecer en esta experiencia para ofrecerla con simplicidad a todos aquellos que el Señor mismo nos confía en nuestra misión como docentes que se dejan inspirar por el Evangelio.

¡Muy feliz día del docente católico para todos!

¡Qué María los cuide, inspire y acompañe!

Les doy mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
15 de agosto de 2024

Jóvenes, peregrinos de Esperanza

Preparando la Pere 2024 al Santuario de la Virgencia (domingo1º de septiembre de 2024)

Acá te dejamos el material de preparación para la Pere2024

El fundamento de todo

La fe en Cristo es inseparable del compromiso social y político.

Cristo nos lleva a los pobres, en ellos nos espera y en ellos se nos revela.

La doctrina social es parte esencial del mensaje del Evangelio que predica la Iglesia. Es un capítulo fundamental de la moral católica.

Pero, algo tiene que quedar muy claro en la mente, en el corazón y en la vida pastoral de cada bautizado y de cada comunidad cristiana:

Cristo es siempre fundamento permanente de todo compromiso moral, el cual es siempre fundado y no fundamento.

Si la misión de la Iglesia se reduce, se disuelve o es sustituida de hecho por el compromiso social o la militancia política, dando por supuesta la fe viva en Cristo («¡de eso ya hemos hablado tanto!»), no solo se traiciona a sí misma, sino que -como ya lo hemos experimentado dolorosamente en América latina- se vuelve estéril, infecunda e intrascendente.

Cristo es fundamento.
Él es fuente, curso y meta de todo.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
12 de agosto de 2024

#Cristo
#Iglesia
#Política

Reconstruir desde abajo

La semana que acaba de terminar nos deja a los argentinos un sabor amargo, mezcla de enojo, indignación y tristeza. Una investigación de corrupción, como de pasada, expuso una situación de violencia que involucra al anterior presidente y su pareja.

La política, los políticos y el ejercicio del poder son insustituibles para procurar el bien común. Se trata de una tarea que nunca termina. Implica decisiones técnicas tan difíciles como acertadas, pero también -tal vez con mayor necesidad-, es un cometido que supone hombres y mujeres virtuosos, es decir: ejercitados en la tarea paciente de realizar el bien posible, aquí y ahora. El bien, en cualquiera de sus formas, no se puede procurar si, de alguna manera, no forma parte de nosotros mismos.

El dilema moral que cada uno de nosotros enfrenta en la vida adulta -mucho más si tenemos graves responsabilidades públicas- es doble. Por un lado, reconocer lo que es bueno, justo y verdadero, bello y valioso, para decidirse a realizarlo. Pero, por otra parte, con qué fuerza espiritual y ética se cuenta para emprender esa ardua tarea.

A la corrupción se llega después de precipitarse por una pendiente de mediocridad humana que nunca es de individuos solitarios. Supone un sistema que se ha dejado ganar por la mediocridad de ideas, valores y verdades.

La política es una de las formas más altas de caridad, recuerda siempre el papa Francisco. Donde “caridad” es mucho más que emoción. Es la decisión sostenida de buscar el bien de los demás por encima del propio interés, individual o de parte. La política, por tanto, no es causa de la corrupción, pero sí situación de riesgo para quienes no tienen idoneidad personal suficiente.

La crisis de los partidos políticos ha favorecido esa mediocridad de liderazgos tóxicos que terminan eligiendo candidatos visiblemente inadecuados, ética y técnicamente, con la aprobación irresponsable de dirigentes y militantes. Las consecuencias están a la vista de todos y constituyen la pesada deuda social argentina.

Los ciudadanos de a pie, las organizaciones e instituciones de la sociedad -de los comunicadores a los empresarios y sindicalistas, sin excluirnos a los líderes religiosos- nos tenemos que sincerar sobre la parte de responsabilidad que nos cabe en esta debacle. Por muchas razones, no somos ajenos a ella.

La reconstrucción es urgente y necesaria, pero también posible. No lo pongamos en duda. Eso sí: es siempre una reconstrucción desde abajo, con muchas manos y corazones que se suman y con un esfuerzo que se presenta arduo y que requerirá mucho tiempo, presumiblemente superior del que dispone nuestra generación. Lo cual requiere una notable decisión moral de poner manos a la obra.

Las grandes debacles morales que, de tanto en tanto, asolan a las sociedades siembran desasosiego y son también de alto riesgo para todos. Pero tienen también un costado sanante: suelen ser, y por las mismas razones, la ocasión para dar un salto de calidad espiritual, moral y cultural.

En la sociedad argentina, en su pueblo y en sus dirigentes, no faltan condiciones para dar estos pasos de genuina conversión al bien.

No es un esfuerzo solamente nuestro, hombres y mujeres falibles y perfectibles. El auxilio de Dios nos ha sido prometido y también dado. Esa es parte esencial de la esperanza cristiana, cuyo rostro vivo es Cristo, muerto y resucitado. Es hora de dejarle espacio en nuestra vida personal y ciudadana.

Humilde como el pan

«La Voz de San Justo», domingo 11 de agosto de 2024

“Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. […] Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».” (Jn 6, 43-44. 51).

La gente primero busca a Jesús y ahora murmura contra él. Es comprensible: Jesús no disimula su pretensión: “Yo soy el pan bajado del cielo” (Jn 6, 41). Redobla la apuesta y, por esa razón, muchos lo abandonarán.

No es cosa del pasado. Jesús sigue mirándonos a los ojos y no oculta lo que busca de nosotros. Nos lo dice claramente… y suscita las mismas reacciones.

La parodia blasfema de la última Cena de los Juegos Olímpicos tiene su lógica: la cultura postcristiana parece percibir que ese sujeto -Jesús- y ese acto -dar de comer su carne- poseen una potencia que descoloca nuestra libertad.

Tengamos en claro, por cierto, que el ofendido no es algún violento dios pagano, que paga con venganza la ofensa recibida, sino el Dios humilde del pesebre y de la cruz, el que se hace Pan para estar en la mesa de todos.

A nuestras infinitas ofensas, el Padre de Jesús ha respondido bajando del cielo como Pan para ser comido, atrayéndonos hacia Jesús, transfigurándonos por la resurrección que nos da la Vida eterna.

Nos invita a decirle Amén a su Amor absoluto e incondicional por nosotros. Nos atrae a adorarlo, porque lo que verdaderamente expía todo pecado y repara realmente al mundo es también el amor humilde hecho adoración y alabanza, compasión e intercesión.

Ese es el Dios en el que creo. Amén.

De la mano de san Cayetano vamos a Jesús

Fiesta de san Cayetano – Miércoles 7 de agosto de 2024

Retablo de la Santa Casa de Ejercicios fundada por «santa Mama Antula» con la imagen de san Cayetano que ella veneraba.

La devoción y el culto a san Cayetano en Argentina vino de la mano de santa María Antonia de Paz y Figueroa -santa Mama Antula-, verdadera madre de la patria y la primera mujer de nuestras tierras canonizada por la Iglesia.

En la Santa Casa de Buenos Aires que ella erigió se conserva la imagen del santo al que Mama Antula se confiaba cuando había que recurrir a la Providencia para atender a los que hacían Ejercicios Espirituales.

Más cerquita en el tiempo, cuando arreciaba la gran crisis mundial de 1929-1930, algunos comenzaron a poner en las manos del santo unas espigas, como súplica por el pan que se hacía sentir en aquella carestía.

Lo demás es historia que conocemos y que, hoy, aquí y en cada rincón de la Patria, nos tiene a nosotros como protagonistas y continuadores. Una historia de fe y oración, una historia de hombres y mujeres peregrinos de la vida y de la fe.

Preguntémonos: ¿Qué venimos a buscar cuando acudimos a san Cayetano? ¿Qué le pedimos? ¿Qué nos ofrece él?

Volvamos a escuchar las palabras de Jesús en el evangelio de hoy, pues ellas nos ponen en la dirección justa: “Allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.” (Lc 12, 34).

Me imagino a san Cayetano mirándonos y preguntándonos: Ustedes, ¿dónde tienen puesto el corazón? ¿Cuál es su tesoro?

El corazón de san Cayetano estuvo y está en Cristo. Así le escribe a una persona a la que acompaña en la fe: «Cristo se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido el poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa por recibirlo! […] Hija mía, no recibas a Jesucristo con el fin de utilizarlo según tus criterios, sino que quiero que tú te entregues a él, y que él te reciba, y así él, tu Dios salvador, haga de ti y en ti lo que a él le plazca. Este es mi deseo, y a esto te exhorto y, en cuanto me es dado, a ello te presiono.» (del Oficio de Lecturas de la memoria de san Cayetano).

Queridos hermanos y hermanas:

Busquemos a Cristo. Siempre. Ese es el pan que san Cayetano nos da.

Busquemos la fe en Cristo. Siempre. Ese es el trabajo que él nos procura.

Y, por añadidura, recibiremos lo demás… como Jesús nos prometió.

Y que nuestra Iglesia -sus obispos, sacerdotes y demás evangelizadores- nos dé a Jesucristo. Que no rebajemos la misión recibida a mera militancia social o, peor aún, ideológica o política.

Si no damos el Pan que es Jesús, ¿qué esperar de nosotros sino esterilidad y frialdad? No es un peligro imaginario, sino una dolorosa constatación de los tiempos que nos tocan vivir.

Si nosotros no frecemos ese Pan -el único que dura hasta la Vida eterna- o no lo hacemos con pasión y a manos llenas, los pobres lo buscarán en otro lado, con el riesgo de alimentarse mal y morir; y nosotros, ser rechazados y avergonzados.

Es Jesús el que nos envía, a quien contemplamos en los pobres, hambrientos y heridos; es Jesús y la fe en él lo que cambia todo.

San Cayetano, contagianos tu amor loco por Jesús y su Evangelio.

Amén.

Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
7 de agosto de 2024