Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
«La Voz de San Justo», domingo 8 de septiembre de 2024
“Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.” (Mc 7, 32-35).
Prestemos atención al gesto de Jesús de tocar con su saliva la lengua de aquel sordomudo. La saliva -para los antiguos- es un fluido humano por el que circula y fluye la vida.
Jesús le da su propia vitalidad a aquel hombre, que comienza a escuchar y hablar. Es ese contacto con Jesús lo que le permite experimentar lo más humano, lo que asemeja al hombre con su Creador.
Dios sabe escuchar y posee una Palabra poderosa. Al crearnos a su imagen y semejanza ha puesto en nosotros esa misma capacidad.
Por el contrario, el enemigo del hombre nos ensordece con gritos, retuerce las palabras, siembra mentira y desconfianza. Nos aisla en un silencio vacío.
Somos ese sordomudo que llevaron a Jesús. Necesitamos que haga con nosotros, lo que hizo con él. Él está dispuesto, y hasta ansioso por hacerlo.
Ojalá que nos dejemos llevar hacia Jesús. Ojalá que recuperemos la capacidad de escuchar a Dios, a los demás, a los que están heridos.
Ojalá que, entre tantas cosas buenas que pudiéramos haber perdido, recuperemos el gusto por la palabra amiga, el trato amable y los gestos de gratitud.
“Señor Jesús: alcanzanos con la vitalidad de tu Espíritu, ordená que se abran nuestros oídos y se nos suelte la lengua para decir palabras buenas. Amén.”
35 Peregrinación juvenil al Santuario de la Virgencita (Domingo 1° de septiembre de 2024 – Villa Concepción del Tío)
Con el lema: “Jóvenes, peregrinos de Esperanza”, la diócesis de San Francisco vivió la 35 Peregrinación juvenil al Santuario de la Inmaculada en Villa Concepción del Tío.
Desde hace 35 años, la “Iglesia joven” de San Francisco camina los siete kilómetros que unen la localidad de “El Tío” con el Santuario diocesano de la Virgencita.
“Pocos kilómetros que despiertan grandes preguntas en el corazón de los jóvenes peregrinos”, como dijo el obispo.
Unos doscientos chicos y chicas llegados de parroquias, colegios, movimientos y otros espacios pastorales se dieron cita, acompañados por sus familias y otros peregrinos. Varios sacerdotes de la diócesis junto con el obispo Sergio Buenanueva también acompañaron a los jóvenes que acudieron al sacramento de la Reconciliación mientras peregrinaban.
Este año, el beato Carlos Acutis inspiró con su testimonio de santidad el caminar de los jóvenes. En el trayecto fueron presentados para la reflexión y oración algunos de los milagros eucarísticos que tocaron el corazón de Carlos.
De la mano del beato Carlos, la Pere 2024 tuvo un marcado espíritu eucarístico que se sumó a la devoción y amor a María.
Momento culminante de la caminata fue, como cada año, el ingreso al Santuario. Esta vez con una innovación: cada uno de los chicos y chicas presentes subió al camarín de la Virgen para un encuentro intenso de oración con María.
También lo hicieron los adultos presentes, con el obispo y los sacerdotes.
Después del almuerzo fraterno se celebró la Eucaristía, que culminó con una procesión eucarística entorno a la Plaza del pueblo, animada por los mismos jóvenes. El obispo impartió la bendición con el Santísimo Sacramento.
Como en años anteriores, en toda la jornada estuvo presente uno grupo de seminaristas con el rector del Seminario Mayor de Córdoba, padre Román Balosino.
La Pere 2024 estuvo organizada y llevaba adelante por el Equipo diocesano de Pastoral Juvenil en coordinación con la comunidad parroquial del Santuario y su rector, padre Héctor Calderón.
Homilía en la 35ª Peregrinación juvenil al Santuario de la Virgencita
Villa Concepción del Tío – domingo 1º de septiembre de 2024
“Señor, ¿quién habitará en tu Casa?”
Con esta pregunta hemos acompañado las estrofas del salmo responsorial (el salmo 14).
¿La respuesta?: “El que procede rectamente y practica la justicia; el que dice la verdad de corazón y no calumnia con su lengua. […]”
Esta inquietud de cómo ser digno de Dios atraviesa toda la Biblia. Así, por ejemplo, el salmo 24 se hace una pregunta similar: “¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor y permanecer en su recinto sagrado?”.
Y responde: “El que tiene las manos limpias y puro el corazón; el que no rinde culto a los ídolos ni jura falsamente: él recibirá la bendición del Señor, la recompensa de Dios, su Salvador”; y concluye: “Así son los que buscan al Señor, los que buscan tu rostro, Dios de Jacob.”
La respuesta del salmo 24 es más completa: abraza el culto a Dios y el trato recto a los demás. Amor a Dios y al prójimo, nos dirá Jesús.
Sin embargo, a mi criterio, lo más interesante es la pregunta: ¿Quién podrá habitar en la casa de Dios?
En el fondo, lo que más nos quema por dentro es este buscar al Señor, buscar su rostro luminoso y bendito. Eso es lo que nos mueve para caminar la vida y peregrinar la fe.
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A eso apunta también el Señor en el evangelio.
Jesús está discutiendo con los fariseos: ellos tienen una práctica religiosa más atenta a la apariencia externa. Corren el riesgo de la hipocresía: bonitos por fuera, oscuros y muy retorcidos por dentro.
A no escandalizarse: así somos los miembros de la especie humana, de esa madera y de ese barro.
El que quiera vivir según Dios -enseña Jesús- debe atender a su corazón: “Felices los puros de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5, 8). Toda purificación verdadera nace ahí adentro, en el corazón que se deja transformar por Dios.
Era ya la súplica del rey David, dolido por haber traicionado la misión confiada: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu” (Salmo 50, 12-13).
Es del corazón de donde brota lo mejor que podemos ofrecer a Dios y a los demás.
El corazón es el terreno privilegiado donde actúa el Espíritu de Cristo.
Allí trabaja con finura de artista y paciencia de maestro.
Con su Espíritu, Jesús sabe tocar nuestro corazón y despertar en él las mejores preguntas, las que nos arrancan de la superficialidad y nos limpian la mirada para ver más hondo y más lejos.
Así, con su Espíritu, Jesús sabe sacar la mejor versión de nosotros.
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Volvamos a la pregunta del salmo: “Señor, ¿quién habitará en tu Casa?”
Queridos jóvenes: es el mismo Dios el que ha puesto esa inquietud en nuestro corazón. Escuchemos estas preciosas palabras de Jesús.
Expresan su mejor promesa: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 1-3).
En eso anda Jesús: preparándonos un lugar y buscándonos para que estemos siempre con Él en la casa de su Padre.
Un Dios que pone en nuestro corazón la inquietud de habitar en su casa, pero que, en realidad, Él es el ansioso por sentarnos a su mesa.
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Desde hace treinta y cinco años que la Iglesia joven de San Francisco camina estos siete kilómetros entre El Tío y Villa Concepción.
Pocos kilómetros que pueden despertar grandes preguntas en el corazón.
Jóvenes y no tan jóvenes seguimos siendo peregrinos, buscadores del rostro de Dios, ansiosos de que María nos mire, nos tome de la mano y nos lleve por ese camino que ella misma ha transitado antes de nosotros.
Este año, “peregrinos de la Esperanza”, tenemos como compañero de viaje al querido Carlos Acutis.
“Beato” quiere decir: bienaventurado, feliz, bendecido. Carlos ha caminado con alegría la fe -enamorado de Jesús, de su madre, de su Eucaristía, de los pobres- y, después de su breve paso por esta vida, ha alcanzado la eternidad del cielo.
Padre bueno:
Carlos ha vivido como nos dicen los salmos y nos cuenta el evangelio; y ha podido entrar en tu casa, donde nos espera con su sonrisa de adolescente y la bondad de su corazón cristiano.
Querido Carlos:
Nosotros seguimos caminando. En ocasiones el camino se vuelve un poco pesado, tal vez, aburrido. Nos amenaza la superficialidad que no deja que salgan a la luz las preguntas más hondas de la vida.
Por eso, caminamos con vos y pedimos tu ayuda:
Enseñanos a escuchar nuestro propio corazón, a escuchar en él la voz de Jesús, el Resucitado; a percibir en nuestro corazón inquieto los movimientos del Espíritu, brisa, viento y huracán, fuego y calor.
Carlos, beato amigo de los jóvenes:
Enseñanos a tomar la misma autopista que a vos te llevó al cielo:
la sagrada Eucaristía; y a tomarla con María, de la mano de los pobres. Y caminando juntos, como familia, como Iglesia.
«La Voz de San Justo», domingo 1º de septiembre de 2024
“Jesús dijo a sus discípulos: «Lo que hace impuro al hombre es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».” (Mc 7, 20-23).
Jesús está criticando fuerte a los fariseos y su gusto por la apariencia: una cosa por fuera, otra por dentro. Para él, en cambio, es el interior del hombre la fuente desde la que crece la vida.
Jesús supera así la separación entre lo puro y lo impuro. El que quiera vivir según Dios, debe atender a su corazón: “Felices los puros de corazón, porque verán a Dios (Mt 5, 8). Toda purificación verdadera nace desde dentro, en una conciencia que se hace transparente a la verdad.
Es lo que suplicaba con humildad el orante de la Biblia: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu” (Salmo 50, 12-13).
El corazón es el terreno donde actúa el Espíritu de Cristo. Allí trabaja con finura de artista y sabiduría de maestro. Jesús sabe tocar el corazón y despertar las mejores preguntas, las que nos arrancan de la superficialidad y nos limpian la mirada para ver más hondo y más lejos.
Hoy es la Peregrinación juvenil al Santuario de la “Virgencita”. Treinta y cinco años caminando pocos kilómetros para despertar grandes preguntas en el corazón de los jóvenes.
“Ojalá que sepamos escucharte, Señor, y dejarnos sacudir por tu voz, para ser libres de verdad. Amén.”
Si en los debates públicos (también dentro de la Iglesia), una cierta percepción de la verdad de la condición humana, de alguna manera, no orienta las discusiones y las decisiones, eso termina haciéndolo el poder, también en alguna de sus formas, con sus picardías, estrategias y tácticas de viraje corto: ideologías dominantes, intereses de parte políticos, económicos, liderazgos fuertes (y siempre sesgados), etc.
De ahí que, en temas delicados y controversiales (p. e. las cuestiones de género o la violencia política de décadas pasadas), la ley del péndulo nos lleva de un lado a otro.
Pan para hoy, hambre para mañana… y vuelta a empezar.
Además, con una pizca del apasionamiento y el gusto por el conflicto que los argentinos llevamos en nuestro ADN, las cosas se complican y hacen todo más difícil, sobre todo, edificar hacia delante, pensando en el bien mayor de las nuevas generaciones.
Una posible salida de mayor sensatez y cordura, inspirada en la espiritualidad cristiana la ofrezco a continuación.
Me inspiro en unas palabras del obispo noruego Erik Varden. Escribiendo sobre «la perfecta libertad», Varden señala tres pasos:
1. Elegir y aceptar las cosas como son. Esta «opción por lo real» es clave. Estamos diseñados interiormente para ello en el cuerpo, en el alma y en la conciencia: somos apertura a la realidad que es la que nos muestra la verdad. Eso sí: además de una cierta fortaleza interior para hacernos cargo de los aspectos más arduos de la vida, siempre es útil una buena dosis de buen humor, sobre todo, saber reírnos de nosotros mismos (los argentinos sabemos hacerlo).
2. Confiar en la paciencia activa de Dios que sabe trabajar mejor que nadie el corazón humano. Por eso, el cristianismo, sobre todo su versión católica, es tozudamente optimista. Creemos en Dios y, por eso, confiamos en su más perfecta imagen y semejanza, jamás destruída por el pecado: el ser humano y lo que Dios, por creación y por gracia, ha puesto en él. Y del ser humano concreto, alma y cuerpo, historia y eternidad, carne y sangre. Eso también se llama: encarnación.
3. Y, por eso, saber esperar activamente, es decir, con mirada atenta y disposición para la acción. Los tiempos oportunos llegan y nos ofrecen, tímidamente primero, claramente después, los frutos de la siembra (la de Dios y la nuestra) para que los cosechemos.
Suena ingenuo, ¿no?
Pero podemos darle una oportunidad. Yo lo hago.
28 de agosto de 2024
Memoria de san Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
La política es lucha… por la justicia (sí, también la justicia social), el bien común, el mejor orden justo posible aquí y ahora.
La política es tarea de todos los ciudadanos, porque crear las condiciones para que cada persona -especialmente los que están creciendo y los más vulnerables- alcance su desarrollo más pleno, en esta vida y como promesa de la eterna, es responsabilidad de todos.
Es una lucha de todos.
La política es también la vocación específica de algunos hombres y mujeres que sienten ese fuego interior a mejorarle la vida a los demás; a trabajar -incluso poniendo entre paréntesis los propios intereses- por el desarrollo integral, el bien común y el bienestar de todos.
Para un bautizado que siente la vocación de la política esta es un genuino llamado a la santidad como unión con Cristo en el servicio a los hermanos.
Sí, la política exige lucha, sacrificio arduo, entrega generosa.
Pero no somos ángeles: tanto los ciudadanos de a pie como los hombres y mujeres de la política somos de carne y hueso, frágiles, débiles y -desde una mirada cristiana- también pecadores. El egoísmo, la mezquindad, la violencia interior y exterior caminan siempre con nosotros -en nosotros- como molestos compañeros de viaje.
Por eso, en algún punto, la estrategia de la polarización, del echar sal en la herida, del “cuanto peor, mejor”, por comprensible que sea en algunas situaciones y nos reporte algún beneficio coyuntural, a la larga, carcome desde dentro el alma de todos. Mucho más, cuando la gente, el pueblo o los ciudadanos -hablemos como queramos en este punto- vive o sobrevive en la incertidumbre del futuro, se arremanga cada día para salir adelante y puja por dejarse vencer por la bronca o, lo que es peor, la desesperación o el miedo.
Aquí, la responsabilidad de los que detentan el poder, en alguna de sus formas, es mayor, más exquisita y delicada.
En algún momento, el gusto por la agresión y el rugido feroz tiene que parar.
«La Voz de San Justo», domingo 25 de agosto de 2024
“Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?». Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».” (Jn 6, 66-69).
Nuestro viaje por el capítulo sexto del evangelio de Juan ha durado cinco domingos.
Ojalá que Jesús nos haya arrancado la misma confesión que a Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?”.
Es el viaje de la fe. Y no termina. No fue así para Simón, tampoco para nosotros. San Juan nos cuenta que este “¿A quién iremos?” tendrá que madurar en aquel: “Señor, tú lo sabes todo. Sabes que te amo” (Jn 21, 17).
Seguirá la misión –“Apacienta mis ovejas”- y, nuevamente, el camino hacia delante: “Sígueme” (Jn 21, 19).
Así para Simón y también para nosotros.
No pasemos por alto este “pequeño” detalle: el viaje de la fe es siempre una respuesta libre que suele germinar en la tierra árida del rechazo, la incredulidad o incluso la indiferencia como clima del tiempo.
El camino de la fe sigue y sigue, pero no en la incertidumbre, sino en la plenitud de ese encuentro que lo cambia todo.
Dejo la palabra a uno de los más grandes teólogos de siglo XX, Karl Rahner:
“Cabría decir que el cristiano del futuro o será un ‘místico’, es decir, una persona que ha ‘experimentado’ algo o no será cristiano. Porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, previos a la experiencia y a la decisión personales”.
“Señor, ¿a quién iremos? … Vos lo sabés todo. Sabés que yo te amo. Amén”.
“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.” (EG 1).
Queridos catequistas:
¡Muy feliz día!
Estas palabras del papa Francisco inspiran la celebración del Día del Catequista de este año 2024.
Si ustedes me preguntan cuál considero que sea el desafío más de fondo de nuestra vida cristiana y eclesial, no lo dudo un instante: el encuentro con Cristo vivo de cada uno de nosotros, para que, de esa fuente, brote el anuncio del Evangelio a todos.
Las palabras del Santo Padre son un eco de aquellas otras del documento de Aparecida:
“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (DA 29).
Recorriendo la diócesis, veo con alegría cómo nuestras comunidades, los sacerdotes, catequistas, otros agentes de pastoral o simplemente hombres y mujeres de fe sencilla siguen buscando a Jesús, dejándose atraer por Él y entrando en el misterio fascinante de la oración, de la escucha de su Palabra y del silencio que nos transforma por dentro.
Es por aquí el camino.
Es verdad que a Jesús lo encontramos en los pobres, en los que sufren, en los que gritan suplicando una mano amiga que los ayude a caminar.
Jesús mismo nos lleva a ellos; pero nada ni nadie sustituye el encuentro vivo con Él, la experiencia fundante de experimentar la potencia de su amor y su gracia.
Por eso, catequistas: vayamos juntos al Señor. Él nos espera y nos está continuamente regalando su Espíritu.
Nos espera en la oración matutina, hecha de escucha, silencio y alabanza… como María. Nos espera en la eucaristía del domingo y en la celebración gozosa del sacramento de la penitencia. Nos espera en cada recodo del camino, incluso y especialmente en los que menos esperamos.
Los métodos son importantes, pero secundarios. Siempre estaremos aprendiendo y actualizándonos.
Sin embargo, en la catequesis como en toda forma genuina de transmisión de la fe, nada sustituye al TESTIGO que ha sido alcanzado y transformado por Jesús.
Eso marca la diferencia, aunque las metodologías no sean tan modernas ni ingeniosas.
No transmitimos solo saberes abstractos, sino un encuentro que nos ha enamorado y ha dado a nuestra vida orientación, libertad y esperanza: el encuentro con la Persona y la pascua del Señor Jesús.
Vayamos al encuentro del Señor.
Feliz Día del Catequista 2024
+ Sergio O. Buenanueva Obispo de San Francisco 21 de agosto de 2024 Memoria de san Pío X
“Jesús agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».” (Mt 13, 52).
La puja entre conservadores y progresistas que hoy tensiona al mundo católico no es algo nuevo.
Es una de las tensiones que reflejan la dimensión histórica de la Iglesia de Cristo, llamada a custodiar la fe recibida, pero también a caminar con ella hacia el futuro.
Del Concilio Vaticano II a nuestros días, y con momentos de fuerte conflictividad, esta tensión atraviesa la vida del catolicismo argentino.
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La decisión del obispo de Zárate Campana de revocar el permiso de residencia al Padre Javier Olivera Ravasi ha suscitado fuertes reacciones.
Conozco a algunos buenos católicos, vinculados a él, que se sienten conmovidos por esta situación.
Lo que para unos es una decisión correcta, para otros es una persecución.
Lo poco que he leído de él no me convence. No porque exprese el punto de vista del pensamiento tradicional, tan legítimo como necesario, sino porque algunos acentos no permiten reconocer la figura completa del pensamiento católico.
No pongo en duda la fe personal. Advierto solo que, cuando se piensa, se escribe y se actúa desde el conflicto, algunos riesgos se agudizan. Se requiere entonces un temple especial. Mucho más si se trata de la fe “que nos gloriamos de profesar”, como decimos en el bautismo.
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En el catolicismo argentino, la puja entre conservadores y progresistas de estas últimas décadas no ha sido sólo sobre ideas teológicas, formas litúrgicas, acciones pastorales o modelos de formación. A todo esto, ya de por sí delicado, complejo y sustancioso, se han sumado las fuertes tensiones ideológicas y políticas que, en tiempos recientes, alcanzaron altos niveles de violencia. Y siguen ahí, determinando nuestra vida y convivencia ciudadanas.
No solo los posicionamientos del padre Ravasi, sino también los de quienes poseen visiones contrapuestas a las suyas, e incluso algunas opciones pastorales de la mayoría de los católicos ajenos a estas polémicas, no terminan de entenderse sino desde las dolorosas heridas, aún abiertas, que dejaron aquellos años de duros enfrentamientos.
Esa es la realidad en la que estamos y a donde nos ha puesto la Providencia para que vivamos y comuniquemos la fe.
A mi criterio, esta es la difícil disyuntiva: ¿Será la fe viva de la Iglesia, centrada en el anuncio del Dios amor revelado en Cristo, el factor fundante y determinante de la misión eclesial en nuestro país, también en su proyección sobre lo socio, político, cultural; o, dándola por supuesta o sabida, la fe terminará diluida, secularizada y subordinada a un proyecto político-ideológico?
Este riesgo puede parecer más visible para el catolicismo de izquierda, como vimos en los vídeos de algunas celebraciones recientes, felizmente extraños para la mayoría de los católicos. Sin embargo, tampoco deja de serlo -a pesar de sus formas externas- para el catolicismo conservador, siempre tentado de volverse integrista.
La preocupación de que lo político prevalezca sobre la fe, reduciéndola a militancia política o a batalla cultural, no es ilusoria ni imaginaria en los tiempos que corren. Nos debería hacer a todos más humildes y atentos con la fe que se nos ha confiado.
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Cuando en 2007, el papa Benedicto XVI liberó el uso de los libros litúrgicos vigentes hasta la reforma del Concilio Vaticano II, propuso un modelo de interacción entre lo que él llamó las dos formas del único rito romano, llamadas no solo a coexistir, sino a ayudarse recíprocamente para expresar toda la riqueza católica de la fe.
La propuesta, por diversos factores, no prosperó. Sin embargo, muchos la consideramos válida, pues posee un enorme potencial para fecundar toda la vida eclesial, porque brota precisamente de ese manantial inagotable que es la Iglesia en oración.
Su valor no estriba en ser una estrategia de ocasión, sino en su genuina consistencia teológica que refleja la naturaleza de la misma comunión eclesial. En definitiva, lex orandi, lex credendi; pero también, lex intelligendi et lex vivendi.
La madre Iglesia es el hogar de todo lo que es verdadero, bello y bueno que hay, tanto en “progresistas” como en “conservadores”.
La lógica política del conflicto y la polarización, la agresión y la arrogancia del que se siente superior no puede tener cabida en la vida del Pueblo de Dios, regida por la ley superior de la pascua.
Que la caridad de Cristo, hecha también de cordial obediencia a la voluntad del Padre, prevalezca sobre nuestras pasiones.
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