MISERICORDIA. PERDÓN. RECONCILIACIÓN – «Artículo en La Voz de San Justo» (20 de diciembre de 2015)

cristo crucificado

«Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos» (Lc 23,33-34).

Las imágenes de Dios no son inocentes, decíamos el pasado domingo. Esta de Jesús que, en medio del suplicio, disculpa a sus verdugos y pide el perdón para ellos, menos que menos.

Jesús es el Dios crucificado: el Dios inmutable que se ha dejado crucificar. Ha llegado hasta el extremo del amor: conoce desde dentro toda la oscuridad que habita en el mundo. Desde allí ha resucitado y, con él, a toda la humanidad.

El pasado 8 de diciembre, el Papa Francisco ha inaugurado el Jubileo de la Misericordia. El domingo 13 lo hemos hecho también aquí en San Francisco, como cada obispo en cada diócesis del mundo.

Tres palabras claves para desentrañar el sentido espiritual de este tiempo de gracia: misericordia, perdón y reconciliación.

Misericordia. Imposible recoger en esa sola palabra castellana todo lo que la Biblia quiere decir de múltiples formas sobre Dios. Fidelidad, ternura, conmoción de las entrañas y de las vísceras ante el sufrimiento, impulso del amor que busca hacerse cargo, y un largo etcétera. Esa es la actitud que la tradición judeocristiana identifica como la más honda de Dios. Intento una síntesis: misericordia quiere decir «hacerse cargo del otro». El Dios clemente se hace cargo de su creatura, conmovido en sus entrañas por el sufrimiento humano y de la entera creación.

Perdón. También aquí la riqueza de sentido no se puede verter en una sola palabra. Uno de los significados detrás de la palabra «perdón» es la idea de dejar ir, soltar. Eso es perdonar: dejar ir la ofensa recibida y, por eso mismo, dar una nueva oportunidad. Dios es capaz de hacer eso. Es el que perdona. ¿Y nosotros? ¿Podemos perdonar las ofensas? Hasta setenta veces siete, le dice Jesús a Pedro. Y nos enseñó a rezar: «Padre… danos hoy nuestro pan cotidiano y perdónanos como nosotros perdonamos…»

Reconciliación. Quiere decir: volver a restablecer el vínculo de la amistad, roto por algún enfrentamiento. Ese significado sencillamente humano es asumido por el mensaje cristiano. Es Dios el que recupera como amigo al hombre que se había alejado de Él por el pecado. Dios es el sujeto activo de la reconciliación. Y lo ha hecho por medio de su Hijo que, para reconciliarnos, llegó al extremo del amor en la cruz. «Déjense reconciliar con Dios», suplica Pablo a los primeros cristianos.

La imagen de Jesús que muere perdonando es muy fuerte. No lo hubiéramos imaginado así, pero precisamente ese es el Rostro genuino de Dios. En la entrega de Jesús en la cruz se muestra de manera insuperable lo más profundo de Dios: su misericordia que perdona y reconcilia. Dios se hace cargo.

Misericordia, perdón y reconciliación son, por eso, palabras sagradas para un cristiano. Expresan lo más hondo de la experiencia religiosa de la fe. Hablan de cómo es Dios con nosotros. Pero también indican un camino a seguir en la propia vida.

De ahí que el lema de este Jubileo sea: «Misericordiosos como el Padre».

En el corazón de África, lacerado por una violencia que parece no tener fin, el Papa Francisco ha hecho resonar estas palabras sagradas. En Bangui, la martirizada capital de la República centroafricana, abrió la «Puerta de la misericordia», inaugurando por anticipado el Jubileo.

De eso se trata: si negar el rol insustituible de la justicia, es posible dejar una puerta abierta para que, quien lo sienta en su interior, se anime a dejarse reconciliar con Dios y, ¿por qué no?, también a tender gratuita y libremente su mano como oferta de perdón y reconciliación a quien lo haya ofendido.

Los culpables han de purgar sus delitos. Incluso en su celda, el hombre arrepentido puede encontrar el camino del perdón que regenera su dignidad como ser humano.

Es un camino posible, a la vez divino y humano, para secar definitivamente las fuentes del odio y la venganza, que parecen inagotables. Lo que realmente es inagotable es el misterio de la misericordia de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Solo así llega la paz al atribulado corazón de la humanidad.

MENSAJE DE NAVIDAD Comisión permanente del Episcopado Argentino

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Mensaje de Navidad
Paz a los hombres amados por Dios (Lc 2,14)
Compartimos la alegría del nacimiento de Jesús con nuestros hermanos y hermanas cristianos, y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Nos llena de gozo saber que la misericordia de Dios se manifestó tan cercana y tierna con la condición humana, que eligió una familia para comprometerse definitivamente con nuestra historia.
La Navidad es Jesús. Si Él está ausente, la fiesta se vacía de sentido. El regalo que debemos intercambiar es, ante todo, Él mismo. Él cabe en nuestros brazos para que lo llevemos a los demás. Él es la misericordia de Dios hecha carne. En el Hijo de María podemos contemplar la reconciliación definitiva entre Dios y el hombre, que ya no se separan ni se confunden. Navidad nos habla de nuestra dignidad. Se hizo hombre para que los hombres llegáramos a ser hijos de Dios y viviéramos como hermanos.
Celebrar la Navidad nos compromete a la fraternidad y a practicar las obras de misericordia. En este Año Santo de la Misericordia debemos entender que el hombre sólo posee aquello que entrega a Dios y a los demás. Ésta es su principal riqueza, y esto es lo que nuestra sociedad más necesita: que aprendamos a ser islas de misericordia en el mar de la indiferencia (Papa Francisco).
Pedimos que la gracia del pesebre se derrame abundante en nuestras familias, sane los vínculos lastimados, traiga amor y alegría en todos los hogares, y brinde consuelo a los enfermos, a los presos y a los que están solos. ¡Que a todos alcance la paz de la Navidad!
Comisión Permanente de la CEA
15 de diciembre de 2015

DIOS QUE LLEGA – «Artículo en La Voz de San Justo» (13 de diciembre de 2015)

PADRE MISERICORDIOSOLas imágenes de Dios no son inocentes.

Muchas tradiciones religiosas -también la cristiana- suelen representar a Dios como un ojo que observa.

En su famosa Regla, San Benito le insiste al monje que, desde las primeras horas del alba hasta que se cierren sus ojos en el sueño, ha de sentirse bajo la mirada de Dios. Con esa conciencia debe encarar su vida.

Claro, si uno percibe esa mirada como la del juez implacable, la de un ma-níaco obsesivo o -peor aún- la del que oculta segundas intenciones, la vida puede llegar a convertirse en una verdadera tortura.

De ese Dios: ¡líbranos, Señor! Muchos ateísmos son negación de ese dios chiquito que es, en sí mismo, una negación de todo lo humano.

En cambio, si esa mirada es percibida como la de unos ojos sinceros y diá-fanos; los ojos del amor que ama, se ofrece y, de algún modo, queda como inerme ante la mirada del otro, la vida que surge de esta mirada luminosa será también radiante.

Esa mirada límpida es la que los creyentes reconocemos en los ojos de Je-sucristo, muerto y resucitado.

Los católicos hemos iniciado el domingo pasado la celebración anual del Adviento: cuatro semanas que anteceden y preparan la Navidad.

Adviento quiere decir: estamos a la espera del Dios que está viniendo, que es libertad que se ha puesto en camino para visitar a los hombres. Nuestro «Adviento» es Cristo que viene.

Por eso mismo, es un Dios que nos sorprende y a quien no podemos ma-nipular a nuestro antojo. Es tan libre como generoso en amar y, de esa manera, ser el garante de nuestra propia libertad.

La Biblia cristiana se cierra precisamente con esa imagen de Dios: «El que garantiza estas cosas afirma: «¡Sí, volveré pronto!». ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20).

Las imágenes de Dios no son inocentes. Este Dios que está llegando es la que hace lugar a esa actitud tan típicamente cristiana que llamamos espe-ranza.

¡Ojo! Tampoco llamemos así a cualquier expectativa o deseo humano. Se trata de la «gran esperanza» capaz de mantenernos de pie incluso cuando todas las expectativas se caen.

Nuestra esperanza es Dios, el sumo Bien que contiene en sí todo lo que genuinamente puede ser llamado bueno y bello: la Vida.

Solemnidad de la Inmaculada Concepción – Santuario de la Villa Concepción del Tío (8 de diciembre de 2015) – Homilía del obispo Sergio Buenanueva

Estamos en Argentina, en la Villa Concepción del Tío, en el santuario de la «Virgencita». Estamos en casa.

Les pido, sin embargo, que, al menos por un instante, nuestro corazón se vuelva a Roma, a la sede de Pedro.

Hagámosle una visita al Papa Francisco en su casa, y con él saludemos a María.

Esta mañana, el Santo Padre ha abierto la Puerta santa de la basílica de San Pedro, inaugurando así el Jubileo extraordinario de la misericordia.

En realidad, el Jubileo se abrió por anticipado, no en Roma sino en Banghi, la martirizada capital de uno de los países más pobres de África y del mundo: la República centro africana.

No podía ser de otra manera.

La puerta de la misericordia de Dios está siempre abierta. Esa puerta es Jesús, el Señor.

A Jesús lo hemos visto predicar el Reino, curar a los enfermos y expulsar a los demonios. Hemos contemplado asombrados sus gestos hacia los más pobres, su cercanía a los pecadores y alejados. Lo hemos visto abrazar la cruz y resucitar de entre los muertos.

Los evangelistas se esmeran en mostrarlo siempre rodeado de gente que no está bien debajo de su piel: ciegos, tullidos, epilépticos y endemoniados, leprosos, sordomudos, personas rechazas por su entorno, incluso pecadores notorios por sus pecados; en fin, el inmenso mundo de la fragilidad y el dolor humanos. Los desechados, los descartados.

En medio de todos ellos: Jesús, el médico, el buen samaritano, el pastor, el que vino a buscar lo que estaba perdido.

No podemos poner en dudas: leyendo y releyendo el Evangelio, nosotros hemos conocido la misericordia y la ternura de Dios, manifestadas para siempre en su Hijo muerto y resucitado por nosotros.

La misericordia de Dios se manifiesta en toda su belleza especialmente cuando irrumpe en medio del dolor, el límite y la fragilidad humanos, el sufrimiento y la pobreza.

Desde los pobres, el Padre Dios nos sigue mostrando que tiene entrañas maternas de misericordia. Quiere así abrazar y curar a todos los heridos, calmar la sed de los sedientos y resucitar a los que están muertos.

Eso es precisamente la misericordia, el atributo más hondo y santo de Dios: su divina capacidad de hacerse cargo, de salir a buscar la oveja perdida, encontrarla y cargarla sobre los hombros. Y hacer fiesta por ese reencuentro que es resurrección: el amor manso de Cristo gana la pulseada y arranca de los poderosos brazos de la muerte.

Se ha cumplido la promesa a los primeros padres después del pecado: el linaje de la mujer ha aplastado la cabeza de la serpiente, venciéndola definitivamente (cf. Gn 3,15).

Que este Año santo de la misericordia encuentre eco en nosotros. Que nos abramos a la gracia que Dios nos ofrece.

Que nos dejemos curar por la misericordia del Padre y que lo imitemos teniendo también nosotros entrañas de misericordia con todos los que sufren.

Compartamos la fragilidad para conocer desde dentro la ternura de Dios y poder así trasponer juntos la puerta de la misericordia, dándonos la mano unos a otros.

* * *

Ahora sí, dejemos Roma y Banghi y volvamos a este lugar.

Miremos a María, la «Virgencita», la Toda santa, la Inmaculada.

A ella también le gusta verse rodeada de sus hijos más pobres. Ella los reúne, les habla de la ternura de Dios, los consuela y les devuelve la alegría para vivir y servir.

A lo largo de este año, las comunidades de nuestra diócesis han celebrado sus fiestas patronales con el lema: «Iglesia que anuncia y camina».

De alguna manera, este camino celebrativo culmina esta tarde en este santuario que es el corazón espiritual de nuestra Iglesia diocesana.

Mirando a la «Virgencita», tomados de su mano y tras sus huellas, más que nunca, nos descubrimos y nos sentimos «Iglesia que anuncia y camina».

Anunciamos, como María, que la misericordia del Señor se extiende de generación en generación.

Cada vez que una mujer queda embarazada, esa vida que crece en su cuerpo produce toda una revolución, no solo en el físico sino en toda la persona: en el alma, en los sentimientos, en las emociones y en las conductas.

María sintió la misericordia en su cuerpo y en su alma mientras experimentaba la revolución del Verbo de Dios que se hacía carne en su propia carne.

Por eso, ella conoce más que nadie el misterio de la misericordia y ternura de Dios.

La llamamos: «Madre de misericordia y esperanza nuestra».

La Iglesia, como María, experimenta y siente cada día la misericordia de Dios.

Es la Iglesia salvada, purificada y lavada de la suciedad del pecado de sus hijos e hijas.

Es la Iglesia que conoce cómo la misericordia de Dios alcanza a los pecadores, los arranca del poder deshumanizante del pecado y los conduce suavemente a la tierra de la libertad y de la humanidad que es el cuerpo de Cristo.

La Iglesia sabe de la misericordia de Dios porque sabe cómo el bálsamo del Espíritu del Señor va curando y sanando los corazones heridos.

Por eso, la Iglesia de Cristo nunca dejará de anunciar, testimoniar, vivir y hacerse canal de la misericordia del Padre.

Nunca dejará de redoblar su compromiso con la pacificación de los corazones para que el perdón se convierta en cultura entre nosotros: en nuestras familias, en nuestras comunidades cristianas, incluso en nuestros vínculos sociales.

Con María Inmaculada, volvamos a suplicarle al Señor lo que sabiamente implora la liturgia: «que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo» (Plegaria de la reconciliación II).

Así sea.

¿Jurar por Dios y los Evangelios?

En los próximos días asistiremos a la asunción de las nuevas autoridades de los tres poderes de la república, a nivel municipal, provincial y nacional.

Está prescrito que, al momento de asumir el oficio encomendado, los elegidos hagan un solemne juramento público de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes de la república en lo que a cada uno concierne.

Conocemos la fórmula tradicional. Al elegido por voto popular o por designación de la autoridad legítima se le pregunta si jura «por Dios nuestro Señor y los santos Evangelios…», a lo que se responde: «Sí. Juro». Conocemos también el solemne corolario: «Si así no lo hiciereis, que Dios y la patria os lo demanden».

El diccionario de la RAE define al juramento como una «afirmación o negación de algo, poniendo por testigo a Dios, o en sí mismo o en sus criaturas».

Para un cristiano, jurar por Dios es una genuina confesión de fe en el Dios que es la Verdad. Es el Dios veraz que no puede mentir ni engañar, y ama que vivamos en la verdad. Es una sublime manifestación de la virtud de la religión, por la que un ser humano reconoce su radical dependencia de Dios.

Jurar por Dios es también, y desde un punto de vista secular y ciudadano, manifestación de la libertad religiosa que, junto con el derecho a la vida y a la libertad de conciencia, forma parte del núcleo de los derechos y deberes fundamentales de la persona humana.

Esta costumbre de jurar por Dios a la hora de asumir un cargo público ha llegado a nosotros desde la tradición cristiana. Se configura desde su raíz como un acto religioso: poner a Dios, Verdad que no miente, por testigo de que se va a decir la verdad o, en el caso que comentamos, como garante del cumplimiento de las obligaciones y cargas que supone el oficio a asumir.

Quien asume un cargo público tiene derecho a jurar según su fe religiosa, tal como cada uno la profesa, apelando así a sus valores más altos para fundar sobre ellos el compromiso de cumplir su oficio.

Los católicos juramos por Dios y los Santos Evangelios. No todas las religiones valoran de igual manera el juramento como la tradición judeocristiana, por ejemplo. Esto es legítimo, y la forma pública de jurar debe darle también cabida. Es -como dijimos- un derecho humano.

También el que no profesa una religión, porque no cree en Dios o es agnóstico, jura apelando a su conciencia o a los valores morales que considera más altos. Así, está previsto, por ejemplo, que los funcionarios que así lo deseen juren por la patria. Lo mismo a la hora de asumir una determinada profesión.

Jurar por la patria o por el honor es un modo de expresar esa capacidad específicamente humana de comprometerse con una causa, apelando a lo que se considera más importante y poniendo la propia palabra como garantía y promesa de cumplimiento del compromiso asumido.

Las transformaciones culturales en curso, los procesos de secularización y una creciente pluralidad religiosa han ido modificando en buena medida estas prácticas.

No resulta extraño el uso cotidiano de expresiones como «Te lo juro por lo que más quieras… que me caiga muerto ahora mismo si no fuere cierto que…». A veces se agrega el gesto de hacer la cruz con el dedo índice sobre los labios. Palabras y gesto que expresan la necesidad de hacerse creíble ante una determinada situación. Suenan atrevidas, una especie de conjuro, más que un juramento solemne en el sentido arriba indicado.

Estos usos muestran que, si bien en su origen ha sido un acto profundamente religioso, hoy por hoy, el juramento ha ido perdiendo, al menos en parte, ese carácter, no solo en el uso popular sino también en otras manifestaciones más solemnes.

Desde hace un tiempo hemos visto en nuestro país que algunos funcionarios, entre los que se ha destacado la presidente saliente, han añadido a la fórmula religiosa la mención del difunto presidente Néstor Kirchner. Otros, excluyendo la mención a Dios o a la religión, han apelado a la memoria del mencionado presidente u otros nombres que consideran significativos.

¿Es legítimo este último uso?

No se puede obligar a nadie a jurar por Dios, sea porque no cree en Él o porque su religión le prohíbe jurar. Esto está claro.

Ahora bien, considero no solo inapropiado sino incorrecto un juramento en el que se ponga a una figura humana, por meritoria e importante que sea, al mismo nivel de Dios, la conciencia o los grandes valores morales que pueden animar la vida de una persona (la patria, por ejemplo).

Se trata de una peligrosa absolutización de algo que es esencialmente relativo y contingente: una singular historia humana elevada al nivel de una verdad trascendente, capaz de obligar en conciencia.

No ha sido esa la función de los héroes, los padres de la patria u otros personajes que habitan los panteones de los pueblos. Se trata de figuras ejemplares e inspiradoras que remiten a los grandes valores religiosos, espirituales y éticos a los que aspiran las personas y los pueblos.

Esta valoración es así, tanto desde un punto de vista teológico o religioso, como también desde un punto de vista secular. Mucho más en una democracia republicana que consagra, como lo hace nuestra Constitución, el principio de la primacía de la Ley, de la austeridad en el ejercicio de la función, la división de poderes, los pesos y contrapesos que se requieren para que la república no degenere en tiranía o totalitarismo.

Precisamente la secularización tiene de legítimo que ha ayudado a no darle magnitud religiosa a lo que no lo tiene ni puede tenerlo. No hay una línea directa entre la religión y la política. Entre ambas está la razón y las virtudes humanas básicas (prudencia y justicia, fortaleza y templanza) que exigen al hombre político un esfuerzo y una fatiga nunca acabados del todo para plasmar el mejor orden justo posible.

El estado no puede imponer una religión a sus ciudadanos, ni una religión determinada puede pretender modelar políticamente una sociedad. Eso es lo que buscan los integrismos religiosos, pero también lo que algunos llaman: las «religiones seculares» que, sin presentarse formalmente como instancias religiosas, sí aparecen como utopías totalizantes que reclaman para sí mismas la libertad, la conciencia y la vida de sus militantes. Es el caso, por ejemplo, de algunas ideologías o determinados proyectos políticos de tintes mesiánicos. Y esa tendencia de teologizar la política se puede dar de ambos lados: absolutizar la política, politizar la religión. Si a eso se le une la estrategia de mitificar algunas figuras históricas, el caldo de cultivo está más que preparado. Es una patología deformante de la política y de la religión.

Solo Dios es Dios. Los tres primeros mandamientos de la Ley siguen teniendo una fuerza explosiva: son fundamento de libertad para todo ser humano.

Tenemos en esta materia mucha tela para cortar.

No al narcotráfico, Sí a la vida plena – 110 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina

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1. Los Obispos argentinos volvemos una vez más sobre este tema por la gravedad creciente que significa. “La plaga del narcotráfico, que favorece y siembra dolor y muerte, requiere un acto de valor de toda la sociedad.” 1 Con estas enérgicas palabras el Papa Francisco llamaba al compromiso social.

2. Nosotros, como pastores del Pueblo de Dios que peregrina en la Argentina, adherimos con firmeza al contundente mensaje del Santo Padre, y nos sentimos cercanos a quienes más sufren a causa del crimen organizado. En efecto, convencidos de la gravedad del momento que enfrenta nuestra Patria en este tema, queremos alertar a toda la sociedad acerca de la necesidad de una conversión urgente. La problemática es muy amplia. Hoy queremos centrar nuestra reflexión en lo referente al narcotráfico.

3. La complejidad del problema nos lleva a entender que dicha transformación no puede ser comprendida de modo unilateral. Cualquier respuesta lineal resulta tan ineficiente como inútil. San Juan Pablo II sostenía que “La toxicomanía tiene que considerarse como el síntoma de un malestar existencial, de una dificultad para encontrar su lugar en la sociedad, de un miedo al futuro y de una fuga hacia una vida ilusoria y ficticia. (…) El incremento del mercado y del consumo de drogas demuestra que vivimos en un mundo sin esperanza, carente de propuestas humanas y espirituales vigorosas.” 2

4. Cuando hablamos de narcotráfico nos referimos a un negocio de dimensiones mundiales, que extiende sus redes en los Estados, las empresas y en múltiples sectores de la sociedad. La globalización ha favorecido la acción de grupos supranacionales más allá de los intereses de las naciones. El Estado debe oponer una fuerza organizada para neutralizar los enormes daños que causa el flagelo que nos ocupa. En este contexto el narcotráfico y otras mafias han crecido enormemente en los últimos años. Lamentablemente ya se encuentra arraigado en nuestro país; su presencia y difusión es incomprensible sin la complicidad del poder en sus diversas formas. Es doloroso constatar que, además, las drogas, signos de muerte, se producen en la Argentina. El crimen organizado se enriquece también de otras formas de esclavitud, tales como la trata de personas, el tráfico de armas, el tráfico y venta de órganos, el trabajo infantil, entre otros. No se nos escapa el vínculo de esta situación con la violencia o inseguridad social y la agresividad irracional en los asaltos y otros tipos de delitos. Francisco hace un firme pedido de conversión y desea que “La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social” (…) “Si no se la combate abiertamente tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia”.3

5. La cultura global del consumismo genera deseos insatisfechos e impone en nuestros países un mercado con una escala inadecuada de valores. Transmite constantemente la idea falsa de que sin determinados bienes no se puede ser feliz. La plenitud del ser aparece identificada con el tener. Esta propuesta es la lógica avasalladora del consumismo que, como el agua, penetra todos los rincones de la sociedad. ¡Cuántos chicos perdieron la vida por seguir la seductora voz del consumo como a su propia ley! ¡Cómo se globaliza la indiferencia cuando nos acomodamos en la búsqueda del confort personal! Por todo el país a nivel capilar las comunidades dan cuenta de que el tendal de enfermos que produce la droga es cada vez mayor.

6. Esta globalización de la indiferencia, que genera una cultura individualista centrada en el consumo es la que da el marco propicio para la expansión de las redes del narcotráfico. No se puede comprender este fenómeno al margen de la actual cultura global. El narcotráfico está en el espíritu del capitalismo más salvaje y de la idolatría del dinero: es inseparable de ellos. Y sabemos que “el amor al dinero está en la raíz de todos los males”. (I Tim 6,10). Como nos enseña Francisco “No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos tarde o temprano llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar”4

En esta cadena delictiva se encuentra el “narcomenudeo”. Es creciente la cantidad de gente que produce en su casa el “paco” u otros preparados perniciosos y luego lo comercializan sin escrúpulo, llegando al atropello de mandar a los propios hijos o nietos a vender drogas. Esta realidad atenta contra el quinto mandamiento “¡No matarás!”. No obstante hay una gran distancia entre el grado de responsabilidad del narcotraficante y el del chico pobre que es utilizado finalmente para hacer llegar la droga. Debemos cuidar que sobre estos últimos no se descargue la fuerza del castigo.

7. La guerra contra las drogas -insistimos- está perdida para quien no se opone a la instalación de este sistema. Hoy nadie puede dudar que es necesario poner radares y disponer de las mejores fuerzas de seguridad posibles. Pero la respuesta verdaderamente adecuada consiste en una profunda transformación cultural. Con dolor vemos que las reservas morales de nuestro pueblo se ven gravemente amenazadas por el narcotráfico, que desintegra el tejido social. En las zonas periféricas, en algunos barrios y villas, el vendedor de droga se ha convertido en un referente social; se crea allí un espacio independiente ajeno a la auténtica cultura. Se banaliza la deshumanización. Cuando una persona, vencida ya sea por necesidad, o algo aun peor, por ambición, se involucra en el narcomenudeo incrementa sus ganancias y comienza a poseer determinados bienes a los que antes no accedía. ¿Cómo educar a los chicos y a las chicas en la cultura del esfuerzo, del trabajo, en la importancia del estado de derecho? El narcotráfico consagra el triunfo de quien con poco esfuerzo consigue mucho y está al margen de la ley, generando un nuevo escenario de supuesto progreso social. Esto desalienta las esperanzas de aquellos que se esfuerzan y anhelan logros, fruto de su trabajo digno. La falta de ejemplaridad es una debilidad moral y cultural en la vida de la sociedad.

8. El narcotráfico está en contradicción con la naturaleza del Estado. Si el primero busca el beneficio de algunos pocos, el segundo debe velar por la justicia para todos. Instalando su propia ley, el narcotráfico va carcomiendo el estado de derecho. Progresivamente los conflictos van abandonando la legislación y los tribunales, para resolverse con la ley de la fuerza y la violencia.

9. Reconociendo el problema del narcotráfico como un drama nacional, como pastores de la Iglesia en la Argentina asumimos nuestra responsabilidad y queremos profundizar nuestro compromiso. En diversos lugares del país se vive en una gran indefensión institucional, que reclama la responsabilidad de quienes gobiernan y de todos los legisladores y miembros del poder judicial: se necesitan Políticas de Estado que sean adecuadas y explícitas, concretas y firmes, para eliminar el narcotráfico y el narcomenudeo. Queremos hacer llegar una palabra de aliento a aquellos jueces que incluso arriesgando sus vidas y las de sus familias encaran seriamente su misión respecto de este tema. Necesitamos reforzar el papel de una justicia independiente y su coordinación con las fuerzas públicas profesionalizadas en esta lucha.

10. En esta tarea convocamos a todo el Pueblo de Dios y tanta gente de buena voluntad: comprometámonos con pasión en el cuidado y acompañamiento de aquellas personas que sufren directa o indirectamente a causa del consumo de drogas. La Iglesia quiere estar cerca de las familias heridas por la adicción de algunos de sus miembros; cuenten con nuestra oración y cercanía. Tenemos la certeza que la amistad social, la confianza y el perdón son actitudes que restauran el tejido social y nos acercan al corazón de Jesús.

11. A pocos días de comenzar el Año Jubilar de la Misericordia, unidos al Papa queremos hacer un firme llamado a la conversión. Nos dirigimos especialmente a quienes son parte de grupos criminales, a quienes miran con indiferencia el drama de los hermanos, y a quienes colaboran por omisión o comisión en la expansión de este flagelo. “Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma”.5

En nuestra Madre, La Virgen de Luján, Patrona de los argentinos, los bendecimos.

110º Asamblea Plenaria

Conferencia Episcopal Argentina

del 8 al 13 de noviembre de 2015

1 Discurso del Papa Francisco en el Hospital San Francisco de la Providencia. Río de Janeiro, 24/07/2013

2 Discurso de San Juan Pablo II a un congreso sobre el fenómeno de la droga organizado por el consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios. 11/10/1997.

3 Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia “Misericordiae Vultus” del Papa Francisco, 11/04/15, 19

4 Idem.

5 Idem

“Misericordiosos como el Padre” – El Jubileo de la Misericordia – Datos de interés

El 13 de marzo de 2015, el Papa Francisco anunció el Año Santo de la Misericordia: «Queridos hermanos y hermanas he pensado a menudo en cómo la Iglesia puede poner más en evidencia su misión de ser testimonio de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual. Por esto he decidido convocar un Jubileo extraordinario que coloque en el centro la misericordia de Dios. Será un año santo de la Misericordia, lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: ‘Seamos misericordiosos como el Padre'».

La palabra «misericordia» designa el misterio más hondo de Dios revelado en Jesucristo: Dios ama y se hace cargo del sufrimiento del hombre y de toda la creación. Por eso, perdona y reconcilia al hombre consigo. Para Francisco, nuestro mundo hoy tiene una especial necesidad de redescubrir el misterio de la misericordia de Dios.

El lema de este Año santo extraordinario es: Misericordiosos como el Padre.

El logo es obra del jesuita Marko Rupnik, muestra a Jesús que carga sobre sus hombros al hombre extraviado. El  dibujo se destaca el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre, y lo hace con un amor capaz de cambiarle la vida. El Buen Pastor con extrema misericordia carga sobre sí la humanidad, pero sus  ojos se confunden con los del hombre. La escena se coloca dentro la mandorla que es también una figura  importante en la iconografía  antigua y medieval por cuanto evoca la presencia de las dos naturaleza, divina y humana, en  Cristo. Los tres óvalos concéntricos, de color progresivamente más claro hacia el externo, sugieren  el movimiento de Cristo que saca al hombre fuera de la noche del pecado y de la muerte. Por otra  parte, la profundidad del color más oscuro sugiere también el carácter inescrutable del amor del  Padre que todo lo perdona.

Comenzará el martes 8 de diciembre, cuando el Papa abra la «Puerta Santa» de la Basílica de San Pedro en Roma. Concluirá el domingo 20 de noviembre de 2016, Solemnidad de Cristo Rey.

El domingo 13 de diciembre los obispos de todo el mundo harán lo propio en cada diócesis. Aquí en San Francisco, a las 09:30 hs nos reuniremos como Iglesia diocesana en la Iglesia de la Inmaculada para ir en procesión hasta la catedral, abrir la «Puerta de la Misericordia» y celebrar la Eucaristía.

Se trata de un Jubileo extraordinario. El origen de esta práctica está en la Biblia. La venida de Cristo anuncia un «año de gracia del Señor» (Lc 4,17-21). De ahí que, la actual disciplina de la Iglesia católica celebre un Jubileo ordinario cada 25 años y, para estas ocasiones, disponga gracias e iniciativas especiales en beneficio de los fieles. Es «extraordinario» porque se realiza por un motivo especialmente importante, fuera del tiempo previsto. El próximo Jubileo ordinario será, Dios mediante, en 2015.

La peregrinación es un signo característico de todo Jubileo. A Roma, a la Tierra Santa o a la catedral de la propia diócesis. Como en el Jubileo de 2000, también ahora en nuestra diócesis habrá tres templos designados por el obispo como meta de las peregrinaciones, además de la catedral: el santuario de la «Virgencita» de Villa Concepción del Tío, el santuario de «María auxiliadora» en Colonia Vignaud y la iglesia parroquial de Las Varillas.

«Es mi vivo deseo -dice el Papa- que el pueblo de Dios reflexione durante el Jubileo sobre obras de misericordia corporales y espirituales». Redescubrir las obras de misericordia corporales: dar de comer al que pasa hambre, acoger al forastero, asistir a los enfermos y visitar a los presos, etc. Y obras de misericordia espirituales: dar consejo a quien lo necesite, consolar al afligido, corregir al que se equivoca, perdonar ofensas, rezar por los vivos y los difuntos.

Un signo característico de todo Jubileo es también la gracia de la «indulgencia» que es la remisión de las penas que merecen nuestros pecados. Se trata de un ahondar el perdón que Dios nos ofrece a través de Jesús y cuyo signo visible es el sacramento de la reconciliación.

Peregrinando a los templos señalados, rezando las oraciones prescritas, celebrando la confesión y comulgado, para sí mismo o -mejor aún- para los difuntos, los fieles pueden recibir con fruto el don de las indulgencias. Los enfermos y otras personas impedidas lo pueden hacer desde su lugar una peregrinación espiritual a los lugares santos. También las personas que están en la cárcel pueden recibir la indulgencia, yendo a la capilla del penal o simplemente en su celda.

La misericordia, por tanto, estará de manera más intensamente presente en la misión de la Iglesia diocesana de San Francisco, tanto en la predicación, en la celebración litúrgica y en la vivencia cotidiana. De manera especial, la escucha de la Palabra de Dios y la oración, la celebración del sacramento de la reconciliación y el trabajar por la reconciliación allí donde haya divisiones, grietas o enemistades, son medios privilegiados que tendremos que destacar en este Jubileo.

En el contexto de este Jubileo de la Misericordia, nuestra diócesis dará a conocer, en los primeros días de marzo, la actualización de su Plan de Pastoral. Bajo el signo e impulso del Jubileo, la misericordia será un concepto clave del mismo.

Quinto aniversario de la Capilla para Adoración Eucarística Perpetua de la Catedral de San Francisco

San Francisco, 24 de Noviembre de 2015

Queridos Susana y Jorge Conti

y demás fieles vinculados a la

Capilla para Adoración Eucarística Perpetua

de la Catedral de San Francisco.

Estimados:

Se cumple el quinto aniversario de la Capilla de Adoración Perpetua de nuestra Iglesia catedral.

No podré estar con ustedes este sábado, pues tengo que presidir la celebración del Sacramento de la Confirmación en varias comunidades de la parroquia de La Para. Sin embargo, los tendré muy presentes en mi oración y en la Eucaristía que celebraré ese día.

Como les decía el año pasado en la Fiesta del Corpus: «Esta humilde capilla, escondida a la mirada de los curiosos, es lugar de incontenible felicidad: la alegría del creer en el Dios con nosotros y, por eso, de adorarlo humilde y amorosamente».

Verdaderamente este es un lugar de gracia, centro espiritual de la vida de nuestra ciudad. Aquí se adora, se alaba, se pide perdón y se abre el corazón a las necesidades de tantos hermanos que no saben o no quieren orar.

Aquí, sobre todo, nos dejamos mirar por Jesús Eucaristía. Y su mirada nos lleva paz al corazón, nos serena pero también nos inquieta y nos anima a ser sus misioneros. Quien pasa, aunque más no sea, unos pocos momentos en adoración silenciosa ante el Santísimo Sacramento no vuelve igual a su vida cotidiana. He recibido muchos testimonios de esto, a veces, en la confidencia de una persona que abre su alma a un sacerdote.

La adoración nos transforma. Claro. Es que en la oración, el protagonista fundamental es Cristo y su Espíritu que actúa en lo secreto de cada corazón orante. María es el mejor testimonio de este misterio transformante de la oración bajo la acción del Espíritu Santo.

Los animo a perseverar en esa oración confiada y humilde al Señor que mira, desde allí, a todo el mundo.

Orar por las necesidades de todos es también una forma de ser misioneros.

Les he confiado de manera especial la oración por las vocaciones sacerdotales. ¡Cuánta necesidad tiene nuestra Iglesia diocesana de sacerdotes santos y entregados, y de que muchos jóvenes escuchen la llamada del Señor y se animen a seguirlo por el camino del ministerio sacerdotal!

Renovemos nuestro compromiso de rezar para que haya muchas manos que partan el Pan eucarístico para este mundo nuestro hambriento y necesitado del amor de Cristo.

Recen por mí. Yo lo hago por ustedes.

Tienen mi bendición. Su obispo,

+ Sergio O. Buenanueva

El Jubileo de la Misericordia en la Diócesis de San Francisco – Carta del Obispo Sergio O. Buenanueva

112615_1237_Misericordi1.jpgSan Francisco, 29 de noviembre de 2015

Primer Domingo de Adviento

A todos los fieles católicos

de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos y hermanas:

El próximo 8 de diciembre, el Santo Padre Francisco abre la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro en Roma. Da inicio así al Año Santo de la Misericordia.

El domingo 13 del mismo mes, a las 09:30 hs, tendrá lugar la celebración diocesana de apertura de la «Puerta de la Misericordia» en la Iglesia catedral de San Francisco.

La puerta de la misericordia de Dios está siempre abierta de par en par.

Esa puerta es Jesucristo. Él es el Buen Samaritano que se ha detenido ante la humanidad herida y se ha hecho cargo de ella. Él es el Pastor que ha salido a buscar la oveja perdida. La mayor alegría de Dios es coronar de amor y de ternura la fragilidad del ser humano. Dios es grande y fuerte, sobre todo, cuando perdona, cura, dignifica y resucita.

Nosotros que experimentamos cada día su amor entrañable y fiel somos invitados a tener sus mismos sentimientos. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de perdón, de gestos de reconciliación, de vencer la violencia con mansedumbre!

La Iglesia comparte los sentimientos de Jesús Buen Pastor. Por eso, el lema de este Año Jubilar es: «Misericordiosos como el Padre».

Cada comunidad cristiana (parroquia, colegio, grupo, asociación o movimiento) ha de ser, por tanto, un espacio generoso de misericordia.

Pidámosle al Señor ser una Iglesia diocesana reconciliada para poder ofrecer con el rostro límpido un testimonio alegre de la fuerza renovadora del perdón y de la misericordia. ¿Cómo podríamos ser testigos de la misericordia si en nuestra vida eclesial subsisten rivalidades, prejuicios, mezquindades, palabras y gestos duros y amenazantes? Toda la vida de nuestra diócesis ha de quedar involucrada en la celebración de la misericordia en este Año Jubilar.

En este sentido, quisiera destacar un aspecto importante: para marzo próximo esperamos tener lista la actualización de nuestro Plan de Pastoral. Puedo afirmar ya desde ahora, que su impulso fundamental coincide con el espíritu del Jubileo de la Misericordia: una Iglesia en salida, que confiesa alegremente su fe en Jesús el Buen Samaritano y que, por eso, se descubre llamada a estar cerca de la vida de todos, especialmente de los que sufren, para que puedan experimentar la entrañable misericordia que Dios en Jesucristo.

En el contexto de esta renovación de nuestro camino pastoral, querría invitarlos a vivir este Año Jubilar con especial creatividad. Para ello, acerco algunas orientaciones generales en torno a las tres dimensiones de la única misión pastoral de la Iglesia: anuncio, celebración y servicio.

Anunciar la Misericordia

  1. El anuncio de la Misericordia ha de estar especialmente en el centro de las tres formas básicas de ministerio profético: el primer anuncio (kerigma), la catequesis y la homilía. Seamos creativos para ofrecer, de acuerdo a nuestras posibilidades, momentos intensos y variados de reflexión (retiros, encuentros, jornadas), favoreciendo en estos espacios el encuentro personal con Jesús, pues nada sustituye esta experiencia fundante. El nuevo Servicio diocesano de espiritualidad apunta en esta dirección. Ya se están conociendo subsidios interesantes al respecto, entre los que destaco los del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización (PCNE). También la publicación de la Conferencia Episcopal Argentina.
  2. Tanto en homilías como en otras formas de anuncio de la Palabra será oportuno presentar con mayor profundidad el tema bíblico teológico de la Reconciliación y su proyección social y cultural.
  3. Recomiendo una renovada catequesis sobre el Sacramento de la Penitencia, siguiendo las sabias indicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica (cf. CatIC 1422-1498). Los pastores podemos volver a estudiar las Prenotada del Ritual del Sacramento de la Penitencia, dedicando para ello alguna reunión del Decanato. Una renovada catequesis sobre las Indulgencias puede ser de gran utilidad como lo ha destacado el Papa Francisco.
  4. El nuevo Servicio diocesano de espiritualidad ha preparado un programa de retiros y otros espacios
    de oración con el tema de fondo de la misericordia. Parroquias, movimientos y asociaciones pueden sumarse y completarlo en sus propios programas anuales.
  5. Siguiendo la oportuna indicación del Santo Padre, recomiendo una catequesis sobre las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Uno de los subsidios del PCNE está dedicado a este rico tema bíblico espiritual.

Celebrar la Misericordia

  1. Todo el año litúrgico centrado en la Pascua es un canto de adoración y alabanza por la entrañable misericordia de nuestro Dios que nos ha visitado enviándonos a Jesucristo, su Hijo y nuestro Salvador. El ciclo Cuaresma-Pascua, las fiestas del Señor (Sagrado Corazón, la Transfiguración y la Exaltación de la Cruz) y las memorias de la Virgen y los santos en las fiestas patronales, son ocasiones preciosas para celebrar el misterio de la misericordia de Dios. Un relieve especial ha de tener la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor en vistas del Congreso Eucarístico Nacional en Tucumán en el Bicentenario de la Independencia.
  2. La celebración del Sacramento de la Reconciliación, especialmente en los tiempos litúrgicos fuertes y con una más rica proclamación de la Palabra de Dios que ilumina la vida.

    Sugiero que se sigan difundiendo las Celebraciones penitenciales que trae el Ritual del Sacramento de la Reconciliación, a fin de ofrecer una catequesis más intensa sobre la misericordia y la dimensión eclesial y social del perdón. Incluso sin la celebración del sacramento, se trata de una buena ocasión para sanar vínculos lastimados tanto a nivel familiar como comunitario.

    Como signo de la importancia de este sacramento, podría destacarse con una ornamentación noble y sencilla el lugar donde se celebra habitualmente el sacramento. Asimismo procuremos ofrecer siempre subsidios para una preparación más integral del sacramento, redescubriendo el sentido profundo del «examen de conciencia» que busca que pongamos toda la vida delante de la mirada misericordiosa de Dios, siendo muy concretos, pero también tratando de identificar las raíces más hondas de nuestros pecados. También debería ser habitual facilitar aquellos salmos de la Escritura que son útiles tanto para la preparación como para la acción de gracias. Buscamos poner delante del Dios compasivo nuestro corazón humilde y quebrantado para que Él lo pueda renovar: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro…».

  3. La peregrinación a un santuario es un signo característico de la celebración jubilar. Por sugerencia del Consejo presbiteral he determinado cuatro templos de nuestra diócesis como lugares significativos de peregrinación, a saber: 1) la Iglesia catedral; 2) el santuario de la «Virgencita» en la Villa Concepción; 3) el templo parroquial de Las Varillas y 4) el santuario de «Colonia Vignaud» bajo la mirada de la Auxiliadora.

    Quisiera mencionar también aquí la hermosa iglesia de la Villa del Tránsito, recientemente afectada por un tornado, en la que se venera la querida imagen de la Virgen del Tránsito. Su fiesta reúne a muchos peregrinos -como Plaza Mercedes o Capilla del Carmen- y ha de ser un momento especial de renovación en este Año Jubilar.

  4. La recepción de las indulgencias es una de las gracias características del Jubileo. Las condiciones para acoger el don de las indulgencias para sí o para los difuntos son: a) la confesión sacramental; b) la participación en la Eucaristía y la comunión; c) la oración por las intenciones del Santo Padre. Establece el Papa Francisco: «Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con una reflexión sobre la misericordia. Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo». De la misma manera, el Papa señala que la práctica de las obras de misericordia es también un espacio privilegiado para recibir el don del perdón y la indulgencia que Dios nos ofrece por medio de la Iglesia.
  5. Recuerdo además que, según el ordenamiento canónico vigente, se puede recibir la indulgencia en varias celebraciones ordinarias, entre otras, las fiestas patronales. Los enfermos, los que están privados de su libertad u otras personas impedidas pueden ganar también la Indulgencia, orando y uniendo sus sufrimientos a los de Cristo, peregrinando espiritualmente a los lugares santos, y, en el caso de los encarcelados, cada vez que cruzan la puerta de la capilla del penal o de su celda.
  6. Propongo que se difunda la Oración del Jubileo y que se la fomente tanto a nivel personal como en los diversos encuentros o reuniones de nuestra pastoral ordinaria. Puede ser rezada en todas las celebraciones eucarísticas del domingo.
  7. El subsidio «Novena patronal diocesana» es una valiosa herramienta pastoral. Este año, tendrá como temática las parábolas y el mensaje bíblico de la misericordia, con especial énfasis en las «obras espirituales y corporales de misericordia». La profundización de las mismas será un apoyo para quienes durante este Jubileo quieran ser testigos, en el silencio de la vida cotidiana, de la misericordia del Padre que abraza toda la vida humana allí donde se manifiesta su fragilidad, debilidad y límite.

Vivir y Servir la Misericordia

  1. La palabra del Papa Francisco nos orienta: «En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea… En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención». Sigue siendo muy fuerte la llamada a ser una Iglesia diocesana cercana a la vida de las personas en la situación concreta en que se encuentran. Por eso, un acento fundamental de todas nuestras acciones pastorales de anuncio, celebración y servicio es favorecer el encuentro personal entre nosotros. Nada puede sustituir el cara a cara: así se vive y transmite la fe que es, por encima de todo, un modo concreto de estar parado en la vida.
  2. Conozco y valoro la generosa tarea que ya realizan las comunidades con sus presbíteros, religiosos, religiosas y agentes laicos de pastoral acompañando a aquellas personas que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad: enfermos, ancianos, presos, discapacitados, niños y jóvenes en situación de riesgo, indigentes, marginados. Sin embargo, los invito a dar una renovación y fortalecimiento de esta tarea.
  3. Sugiero que, al iniciar el año, cada comunidad cristiana (parroquia, colegio, movimiento, grupo) identifique aquellas periferias que son especialmente desafiantes y que requerirían una atención particular. No todas tienen la misma urgencia o gravedad en una determinada comunidad. Tenemos que preguntarnos: ¿desde dónde nos está llamando el Señor que se identifica con los más pobres y vulnerables? El pobre es siempre sacramento de Cristo.
  4. Pienso especialmente en la integración y acogida de las personas con menores recursos que habitualmente son ayudados por nuestra Caritas Parroquial. En Evangelii Gaudium, el Papa Francisco constata que no siempre se ofrece una atención pastoral que acompañe su camino de fe. Incluso no siempre se experimentan parte viva o activa de la comunidad. Invito aquí a mirar la realidad de la propia comunidad y a buscar los caminos adecuados.
  5. Querría compartir también la preocupación por la «periferia» de la adicción que afecta lamentablemente cada vez a más personas de nuestras comunidades, especialmente a niños y jóvenes. Una presencia, una acción y una dedicación de mayor calidad en relación con este flagelo contemporáneo no puede estar ausente de una Iglesia «con los ojos abiertos». Incluso animo a promover un trabajo interinstitucional e interdisciplinar en las comunidades en los cuales esta problemática se haga sentir más.
  6. Pienso también en la posibilidad de fomentar, donde la situación lo requiera y sea factible, los diversos programas de ayuda a la niñez en situación en riesgo que hoy se están desarrollando en la sociedad. Igualmente, los ancianos y enfermos. En algunos casos, un trabajo conjunto entre Caritas, los trabajadores sociales de las localidades y los juzgados de paz locales puede ser de gran importancia.
  7. El reciente Sínodo nos ha llamado a salir al encuentro de todas las familias, pero de manera especial a llevar el consuelo de la misericordia divina a las familias heridas o que atraviesan alguna forma de dificultad. Es una de las opciones más importantes de nuestro Plan de Pastoral. Los invito a dar los pasos necesarios de integración y discernimiento para acompañar a las familias en su camino de encuentro con Cristo y una cada vez más plena participación en la vida de la familia eclesial.
  8. Finalmente dejo planteada la inquietud sobre la problemática de la mujer en situación de riesgo. La sociedad se va haciendo cada vez más consciente de la discriminación e incluso de la violencia de la que es objeto. Quizás sea oportuno pensar en instancias que respondan, desde nuestras posibilidades limitadas, a este signo de los tiempos.

Hasta aquí mis sugerencias. Todo Jubileo es una gracia de Dios para su Iglesia y, a través de ella, para la humanidad. Vivamos esta Año Santo de la Misericordia como un don de Dios que es, por eso, una ocasión preciosa para todos.

María, madre de misericordia, nos enseñe a entrar en el corazón de Jesús como ella mismo lo hizo. San Francisco y el Beato José Gabriel Brochero son también signos luminosos de lo que puede hacer la misericordia de Dios en la vida de una persona que se deja transformar por ella.

Los alcance a todos la misericordia, la ternura y la paz de Cristo.

Su obispo,

+ Sergio O. Buenanueva

EL JUEGO SE ESTÁ TORNANDO PELIGROSO ¡NO A LA APERTURA DEL BINGO DE PUENTE “LA NORIA”! – Comunicado de los obispos de Lomas de Zamora

obispos lomas

 

Ante la posible apertura de un “gran bingo” (ya construido) en la zona de “Puente la Noria” del partido de Lomas de Zamora, habiendo expresado este riesgo a las autoridades en varias ocasiones, los obispos que compartimos el caminar de este pueblo, haciendo nuestras sus esperanzas, sus luchas, sus alegrías, sus dolores… especialmente las de los más pobres, queremos levantar nuestra voz sabiendo que expresamos el sentir de muchos para oponernos enérgicamente al funcionamiento de dicho bingo.

Todos sabemos de las consecuencias terribles que se siguen de una adicción como la del juego. Permitirla y favorecerla es criminal, un crimen contra los más pobres, ya que si hay un lugar donde circulan miles, es en esa zona de nuestra periferia.

No olvidemos que el juego desune y destruye familias, quiebra la autoestima de las personas, enferma y esclaviza.

Las ofertas del juego son: “Un enorme obstáculo social, político, moral y cultural para erradicar la pobreza”[1] (pobreza cero), para promover el desarrollo integral de todos y para la valoración del trabajo como fruto del esfuerzo cotidiano.

Tengamos en cuenta que las personas adictas, en este caso las que padecen el mal de la “ludopatía”, son personas débiles, que terminan siendo despojadas por quienes sin ningún escrúpulo amasan fortunas.-

 

Mons. Jorge Lugones SJ

Obispo titular de la diócesis de Lomas de Zamora

Mons. Jorge Vázquez

Obispo auxiliar de la diócesis

Mons. Jorge Torres Carbonell

Obispo auxiliar de la diócesis

[1] CEA “El juego se torna peligroso” Adviento 2010