Elogio a la libertad de un hombre libre

Los tiempos que vivimos desafían nuestra fe.

El tiempo es lugar de encuentro con Dios, mucho más desde que el Verbo tomó carne de María, por obra del Espíritu y, también por el Espíritu, se levantó de la muerte.

El tiempo está colmado de vida divina.

Por eso, el cristiano no le tiene miedo a los tiempos que la Providencia le ha regalado, por duros, complejos o secularizados que se presenten.

Dios ha encontrado la forma de hacerse oír, y nos da su Espíritu para que, también nosotros tengamos palabras verdaderas que, como Jesús en Emaús, hagan arder los corazones.

De manera particular, nuestra fe católica tiene hoy que acreditarse como una verdad luminosa, capaz de llevar libertad interior a la vida real de las personas.

Es un desafío, porque nos invita a una profunda conversión pastoral: decir con palabras nuevas, la Palabra siempre joven y libre del Evangelio.

Lo intentamos, o nuestra fe languidecerá hasta quedar reducida a pieza de museo; venerable, tal vez, pero incapaz de despertar el fuego sagrado que arde en el corazón humano.

Y esto será así, no tanto por la hostilidad del mundo (que la ha habido, la hay y la habrá), sino por una traición a Jesús y a su buena noticia de libertad.

Estamos llamados a la libertad que Cristo nos ha donado, dándonos su Espíritu. Allí donde está el Espíritu de Cristo está también la libertad, al decir contundente y punzante de Pablo. No somos hijos de una esclava -añade con vehemencia el Apóstol- sino de mujer libre. Vivamos, entonces, la libertad cristiana en toda su dimensión.

El futuro del cristianismo está en las manos del Señor. Esa es nuestra confianza y la fuente de una serena certeza, corroborada además por la creatividad del Espíritu que hace florecer la santidad más heroica, especialmente en las horas más oscuras.

Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos por la calidad de nuestra experiencia creyente aquí y ahora, para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con su mentalidad, sus valores, luchas e ilusiones.

No podemos dejar de preguntarnos con ansiedad espiritual: los católicos, ¿vivimos de verdad como hombres y mujeres libres, con la libertad que es signo de una vida transformada por el Espíritu de Cristo? ¿Promovemos la libertad de las personas? ¿Es la Iglesia «testimonio vivo … de libertad» como reza la liturgia?

No podemos dejar de inquietarnos, queridos hermanos y hermanas, por la calidad de nuestra respuesta a la interpelación del Espíritu.

Porque la fe es respuesta a una palabra que nos llega, provocadora e hiriente, desde el corazón mismo del fuego divino. Y, llegándonos desde fuera, activa y sana nuestra herida capacidad de abrirnos a la realidad y escuchar, entre múltiples voces, la Voz misma de Dios.

Y una respuesta que estamos llamados a dar con nuestra propia vida, convertida en «fuego que enciende otros fuegos», al decir de San Alberto Hurtado.

Ese fuego tiene la forma, el color y el calor de la más genuina libertad: la de Jesús el Cordero que quita el pecado del mundo. Una libertad que se vive como amor que busca, llama, se deja herir por el dolor ajeno y se entrega sin reservas, hasta el olvido de sí.

Esa es la libertad de Cristo que conquistó el corazón de Francisco.

Sí, queridos hermanos y hermanas: Francisco de Asís fue un hombre libre, con una libertad que nos entusiasma y nos despierta una sana envidia que, bien mirada, puede llegar a ser deseo de imitación y emulación.

Y no podemos dejar de mencionar aquí a aquella gran mujer que fue Clara, tanto para el camino espiritual de Francisco como para su carisma y la libertad misma de la Iglesia.

Clara: una mujer realmente libre; también con la libertad de Cristo.

Desde el corazón de la Edad Media, insensatamente calificada de oscura, nos llega la luminosa libertad de Francisco y Clara de Asís.

* * *

Francisco y Clara sintieron la llamada del Evangelio a vivir en la «gloriosa libertad de los hijos de Dios». Abrazaron, por eso, «madonna povertà» (la «señora pobreza») como expresión concreta y provocadora, pero también serena y alegre de la libertad de Jesús y de María.

También de Brochero, celebramos su «vida pobre y entregada» al servicio del Evangelio.

La pobreza, en los santos, es la forma visible de la libertad. Pobres para ser libres. Pobres y libres para ser hermanos de todos; para vivir a fondo y con radicalidad la compasión por cada ser humano que sufre, por los que ven lesionada su dignidad, por los que el mundo satisfecho de sí mira con frialdad e indiferencia.

Casi que podríamos afirmar que la compasión es el modo concreto que han encontrado Francisco, Clara, Brochero y tantos otros, de ser genuinamente libres.

El riesgo de que la libertad se deforme en capricho infantil, mera desinhibición o disfraz burgués del egoísmo, estará siempre latente.

Por eso, con Francisco, nosotros no podemos apartar la mirada interior de Jesucristo, pobre y paciente, libre y hermano de todos.

Gloriosamente resucitado de entre los muertos, con una humanidad abierta a todos, el Señor nos atrae constantemente hacia Él, para colmarnos con su Espíritu y hacernos hombres y mujeres verdaderamente libres.

* * *

En el corazón de este Jubileo de la misericordia, la Iglesia ha reconocido también la santidad de Madre Teresa de Calcuta.

Ella sintió la llamada de Jesús que le decía: «Ven, Teresa, sé mi luz». Resuelta como era, no vaciló en entregarse por entero a llevar la luz de Cristo al corazón de sus hermanos más sufridos y abandonados. Porque la luz de Cristo es la misericordia, la ternura y la compasión de Dios por cada ser humano.

Queridos hermanos y hermanas: sintámonos también nosotros llamados por Dios a través de la Iglesia a asumir la compasión como la forma concreta de ser libres.

¿Qué quiere decir compasión?

Ante todo, es la capacidad que tiene nuestro Dios amor de hacer lugar en su propio ser divino al dolor, al sufrimiento y a las lágrimas de cada ser humano, e incluso de la misma creación. Su punto culminante fue la pasión de Cristo.

Dios sufre y llora con cada niño que padece, en su cuerpo y en su alma, la injusticia de los hombres.

Dios también llora y gime, toda vez que sus hijos maltratamos la creación que Él hizo surgir de la nada como casa común para toda la familia humana.

En este Año jubilar, hemos tenido que aprender de nuevo el lenguaje de la compasión de Dios, memorizando y haciendo nuestras las obras corporales y espirituales de misericordia: dar de beber, visitar al enfermo o preso, acompañar, enseñar o corregir, sobrellevar con paciencia las incomodidades de la vida, orar por los vivos y los difuntos, tender la mano, etc.

Celebremos con alegría la libertad de Francisco, de Clara, de Teresa de Calcuta, de Brochero, que ha tomado la forma de una misericordia activa, de una compasión concreta, hecha de silencio, compañía y entrega.

Es la libertad de Cristo, el humilde Cordero y el Siervo sufriente, a la que cada uno de nosotros está llamado.

Es la libertad del Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que ha entrado, silenciosa y humilde, mendigando la respuesta libre del hombre.

Y, que, por eso mismo, ha tomado la única forma que hace realmente justicia a la esencia divina: la misericordia del Buen Samaritano que se compadece del que está caído.

* * *

La realidad nos ha golpeado de nuevo con dureza: uno de cada tres argentinos vive hoy en la pobreza.

Hemos fracasado como sociedad. Ha fracasado la política. Hemos fracasado los ciudadanos. Hemos fracasado, especialmente, los dirigentes, incluidos los pastores, porque no hemos podido liderar procesos duraderos de transformación que lleven dignidad a los más postergados.

A doscientos años de nuestra independencia nacional, y a ciento treinta de la fundación de nuestra ciudad de San Francisco, hagamos un profundo examen de conciencia, dejémonos interpelar por la libertad de Cristo y, calibrando bien nuestros legítimos intereses y puntos de vista, escuchemos juntos las voces apremiantes de los que sufren y esperan.

Seamos humildes, para ser dignos de ser libres.

Así sea.

Las cifras de un fracaso

Los índices de pobreza en Argentinav, hechos públicos ayer por el INDEC, son la muestra de un fracaso colectivo. 

En Argentina, en estas últimas décadas, se han multiplicado los rostros de la pobreza. Hemos fracasado como sociedad en algo fundamental: la construcción del bien común como aquel conjunto de condiciones que hacen posible que cada ciudadano alcance su pleno desarrollo humano. 

Pobreza no quiere decir solamente “nivel de ingresos”. Abarca muchos aspectos, tantos como son las dimensiones que hacen a la persona humana. “Aunque siempre tuvimos dificultades, hoy han surgido formas inéditas de pobreza y exclusión…La nueva cuestión social, abarca tanto las situaciones de exclusión económica como las vidas humanas que no encuentran sentido y ya no pueden reconocer la belleza de la existencia”, señalaban los obispos argentinos en 2008 (Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad 25 y 26). 

Además, estas nuevas formas de pobreza son de carácter dinámico: no es lo mismo ser pobre hoy, en la era digital, que hace cuarenta o cien años. 

A mi difunto padre le alcanzó con llegar a 6° para tener un trabajo aceptable y darnos una vida digna. Hoy, es insuficiente y, para muchos, un condicionamiento muy fuerte, que los marcará el resto de sus días. Mucho más si, profundizando nuestra lectura de los datos, observamos el carácter estructural que tiene la pobreza en Argentina. 

Vuelvo a la afirmación inicial: hemos fracasado todos -como sociedad- en la construcción del bien común, en la lucha por una justicia e igualdad más concretas y reales para todos. 

Es necesario mirar de frente esta realidad: tanto la de la pobreza que marca la vida de demasiados argentinos, como la de los sujetos que no hemos sabido dar con las estrategias eficaces para mejorar la calidad de vida de todos.

Es urgente este baño de realismo, por helado que sea. Muchos más, habida cuenta del carácter fuertemente corporativo y prebendario de la vida social y política argentina. 

“Con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura”, señalaba con punzante verbo Raúl Alfonsín hace más de treinta años. 

Yo sigo firmemente convencido de la profunda verdad que estas palabras contienen. Hasta me animo a decir que los sistemáticos fracasos que supimos conseguir en la construcción de la república son la prueba, por el absurdo, de esta afirmación.

Solo que, por las mismas razones, añado: no con cualquier democracia se come, se educa y se cura. Así como no tenemos que albergar una confianza mágica en el derrame del mercado, las inversiones y el capital; tampoco podemos seguir apostando a un populismo demencial que exprime lo que junta (o, lo que queda después de llenar el bolsillo de los “jefes”), subsidiando una población cautiva para llegar a las próximas elecciones. 

Necesitamos una democracia que funcione, porque tenga como sustento una sociedad de ciudadanos libres, activos y responsables (pasar de habitante a ciudadano…). 

Una democracia en la que sus poderes, instituciones y funcionarios se regulen unos a otros, con transparencia y sobriedad republicanas, evitando la concentración del poder y la discrecionalidad. 

Una democracia que haga de la convivencia entre quienes son distintos, el debate público abierto y plural, el respeto de la ley y la conciencia, sus normas básicas de funcionamiento. 

Podríamos seguir. Solo señalo algo obvio: necesitamos diálogo, consensos y encuentros. Atentos -eso sí- al juego de las corporaciones que, como ya dije, marcan tan profundamente el estilo argentino de hacer las cosas. 

Todos tenemos que aprender a vivir y a funcionar en democracia, ajustándonos a sus reglas, a sus tiempos y procesos. Los argentinos no tenemos un pasado de demasiadas convicciones firmes al respecto. Tampoco los católicos nos salvamos de este aprendizaje.

Un diálogo -aquí me sale el cura- que, tal vez, comience con una saludable autocrítica (examen de conciencia delante de Dios, decimos los católicos), porque tenemos mucho que reconstruir de lo que nosotros mismos hemos destruido. Sería bueno decírnoslo con franqueza y humildad. 

María de la Merced

Nuestra diócesis vive este fin de semana una nueva e intensa jornada mariana: celebramos a la Virgen de la Merced. En tres lugares se la venera con especial cariño: Arroyito, «ciudad de María»; Plaza de Mercedes y La Francia.

Hacia estos tres lugares se encaminan miles de peregrinos, llegados de distintos puntos, no solo de esas localidades de nuestra diócesis. También hacia allí irá el obispo como peregrino y pastor.

¿De dónde viene esta devoción a María que ha calado tan hondamente en el corazón de nuestro pueblo? En Córdoba, como en el resto de Argentina y América, se debe a la acción evangelizadora de la orden mercedaria, tanto de los padres como de los diversos institutos femeninos.

Pero tenemos que ir más allá en el tiempo. Tenemos que viajar a la Edad Media (fines del siglo XII y primera mitad del XIII) y al gran puerto de Barcelona sobre el Mediterráneo. Allí hemos de buscar a un laico santo: Pedro Nolasco. Su experiencia de Dios no solo lo marcará a él, sino que atraerá a muchos otros en una aventura espiritual de la que forma parte María de la Merced.

Nolasco es un hábil comerciante y, por lo mismo, un viajero incansable, arriesgado y algo aventurero. Está ávido de ganancias materiales. De hecho, ha logrado acumular una buena cantidad de riquezas.

Sin embargo, como a Pablo y a tantos otros, el encuentro con Cristo le da una nueva orientación a su vida. Cristo, el buen Samaritano, despierta en Nolasco una compasión intensa por los cristianos cautivos de los musulmanes, especialmente las mujeres y los niños. Y hace algo increíble: comienza a utilizar sus riquezas para pagar el rescate de aquellos pobres esclavos. Pronto se le unirán otros laicos a esa empresa. Surgirá así la «Orden de la Virgen María de la Merced».

¿Qué le ha pasado a Pedro Nolasco para dejar de buscar acumular riquezas para sí y gastar sus posesiones materiales para socorrer a otros? Ya lo dijimos: es el encuentro con Cristo el que abre su corazón a la compasión por el que sufre.

Pero, en esta experiencia espiritual, María tiene un rol particularísimo. Ella interviene personalmente para que este cambio del corazón acontezca en la vida de Nolasco. Ella le ha hecho esta «merced». María ha realizado con Pedro Nolasco una obra de misericordia, liberando su corazón del egoísmo y abriéndolo a una caridad heroica, que pondrá las bases al carisma mercedario de la redención de los cautivos.

La experiencia de Dios misericordioso, la compasión con los cautivos y la presencia materna de María son aspectos inseparables del carisma que el Espíritu le ha regalado a la Iglesia a través de San Pedro Nolasco y la familia mercedaria.

Casi que podemos traducir «merced» por «misericordia». María es la Virgen de la Merced porque ella procura la gran misericordia del Padre a través de Cristo redentor y del Espíritu: llevar libertad a quienes ven lesionada su dignidad humana, en cualquiera de las esclavitudes, pasadas o modernas, que la injusticia humana es capaz de generar.

Desde el corazón de la Edad Media viene a nosotros esta potente luz evangélica y humana. Nos interpela tanto como nos ilumina.

Nuestra diócesis está marcada por la presencia de María de la Merced. Ha de ser mucho más que una devoción que congrega a multitudes. Es una llamada del Dios de la compasión a cada uno de nosotros a hacernos cargo de las esclavitudes de nuestros hermanos.

¿No nos estará pidiendo María que, como Nolasco y sus compañeros, también nosotros dejemos de pensar tanto en nosotros, en nuestro bienestar y en nuestros pequeños mundos, y nos abramos con amplitud a todo el dolor y sufrimiento que nos rodean, a sus esclavitudes espirituales, morales y también físicas? ¿No te estará llamando el Señor con nombre y apellido para esta obra de redención y libertad?

Quiénes somos y qué hacemos las carmelitas descalzas

carmelavilaCarta de las monjas carmelitas de La Pampa

Quiénes somos y qué hacemos las carmelitas descalzas

Queridos hermanos, con ocasión de las noticias de nuestras hermanas de Nogoyá, me pidieron que comparta algo sobre quiénes somos y cómo vivimos las carmelitas descalzas.

Desde la promulgación de la “Constitución apostólica sobre la vida contemplativa femenina” del Papa Francisco, la Iglesia no nos llama ya “monjas de clausura” sino “monjas contemplativas”. Este cambio de lenguaje es algo muy lindo, porque el Papa no nos identifica con los muros del edificio sino con las hermanas que allí vivimos y la misión que se nos confía.

Somos comunidades contemplativas:

– Vivimos del encuentro con Jesús. Por eso dedicamos mucho tiempo a la oración, al trabajo silencioso y al servicio fraterno dentro del monasterio.

– En comunidad con las hermanas, con quienes nos apoyamos, nos alentamos, buscamos juntas lo que Dios quiere de nosotras.

– Con una misión peculiar: estar profundamente unidas a todos ustedes, no sólo rezando por todos, sino viviendo en nuestra carne los gozos y esperanzas, las fatigas y fracasos del mundo de hoy. Somos testigos de que somos amados incondicionalmente por Dios y de que esto nos compromete.

“Sólo el amor es el que da valor a todas las cosas” (Santa Teresa)

“Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección.”

Como saben los que aman de veras, no hay amor que no conlleve renuncia, salida de sí, don de sí mismo. Jesús, el «Capitán del amor» como lo llamaba Teresa, es la referencia por excelencia de la primacía del amor y sus consecuencias.

Para Teresa la vida de las hermanas se construye desde estos tres ejes fundamentales:

– el amor, como ley primera de toda la vida y opciones;

– la verdad como camino;

– la libertad como dignidad de hijos.

La verdad las hará libres para amar. Aquí concentra su propuesta a las monjas que pretendemos vivir para Dios y para los hermanos, “dándonos del todo al Todo”. Lo propone sin rigorismos, pero con radicalidad y atendiendo a los procesos de cada una. Desde estos cauces nos parece que hay que discernir la ascética teresiana.

El Evangelio nos pone frente a opciones que no se improvisan. Buscar la paz y la justicia no se improvisa. Llegar a ser misericordiosos no se improvisa. Sabemos por experiencia cuánto nos cuesta. Y la ascesis es eso: entrenar el corazón para que pueda responder amando. Por eso es imprescindible.

Sin duda los aspectos prácticos fueron también tratados por Teresa con sus hermanas. Son “aterrizajes” en su tiempo y su lugar que nos invitan a “aterrizar” en nuestros respectivos tiempos y lugares. Es lo que nos ayudó a hacer el Concilio Vaticano II. Formas y costumbres que respondían a la sensibilidad del siglo XVI, no dicen nada o son incomprensibles a la sensibilidad del tiempo en que vivimos. Algunas prácticas penitenciales hoy nos resultan chocantes. Pero nunca fueron instrumentos de tortura, ni fueron vividas así por quienes las usaron. Las más sabias tradiciones espirituales las consideraron con recelo por el peligro de soberbia que entrañaban y por ello estuvieron siempre sujetas al discernimiento de la obediencia. Hace años que fueron cayendo en desuso en la mayoría de las formas de vida consagrada. En el “aterrizaje” de hoy, el Papa nos pide que busquemos los medios que nos ayuden a una vida más profética y creíble.

Las carmelitas descalzas, como hijas de Teresa, sabemos que “la verdad padece mas no perece”. Acompañamos a nuestras hermanas y estamos ciertas de que pondrán a disposición de los referentes judiciales los elementos necesarios para la investigación que se ha emprendido a raíz de las denuncias presentadas.

Nos unimos a la oración y la preocupación manifestada por el Obispo, y a toda la Iglesia para que salga a la luz la Verdad que nos hace libres para amar.

En el amor del que nos amó primero, Hna. María Mónica de Jesús OCD, Asociación Carmelitas Descalzas Nuestra Señora de Luján.+

Argentina, tierra de santos

Y se vinieron santos2. Y fue de repente.

Así son las cosas del Espíritu: a veces, suave brisa; en otras, huracán.

Y no hablemos del fuego, del terremoto, de la paloma sobre el mar.

Parecía que no, pero resultó ser que Argentina es también tierra de santos: Ceferino, Laurita, Artémides, Tránsito, Héctor, José Gabriel.

Y estamos ahora en la cuenta regresiva para la gran «Mama Antula».

Y ya asoman: Cristina, Camila, el cardenal Eduardo y muchos más.

El que parece que les ganó a todos fue el Cura de Traslasierra.

Claro, él tiene la mula, que se va solita por los caminos de Dios.

Si parece que va a entrar en la basílica de San Pedro arriba de Malacara, con poncho y cara de pícaro.

¡Qué abra el camino nomás, porque detrás llegan los otros!

En realidad, ellos ya llegaron.

Ya se cumplió para ellos la promesa que los tuvo de pie, o que los levantó todas las veces que rodaron por tierra: «Donde Yo esté, ahí también estará mi servidor». La promesa de las promesas.

Solo esperan -y con inmensa alegría, esa que nadie les puede quitar- que nosotros nos despabilemos, nos demos cuenta y nos dejemos también llevar.

Porque entre esos «otros» que están en camino de Evangelio estamos nosotros. Todos nosotros.

¿O qué creemos que está haciendo el Espíritu Santo en nuestros corazones? ¿Para qué y para quién creemos que trabaja?

¡Qué alegría da todo esto! ¡Es la alegría del Evangelio, de la que no se cansa de hablar Francisco!

De todo lo que hablamos en la reciente reunión de la Comisión Permanente de la CEA -y hablamos de muchas y muy serias cuestiones- esto es lo que me quedó dando vueltas por el corazón.

Y lo comparto…

Pastoral sacerdotal en Argentina

Del 11 al 14 de julio tuvo lugar, en la Casa de Ejercicios «El Cenáculo» (Pilar), el Encuentro Nacional de Responsables del Clero de Argentina. Participaron 78 pastores, entre obispos y presbíteros de todas las regiones pastorales de nuestro país.

Estuvo organizado por el Secretariado para la Formación Permanente de los Presbíteros, que depende de la Comisión Episcopal de Ministerios.

El tema elegido fue: «Como en la vida del Cura Brochero, el ministerio te santifica. Elementos indispensables de la espiritualidad sacerdotal diocesana».

Se contó con la valiosa presencia de Juan María Uriarte, obispo emérito de San Sebastián (España). Con sus jóvenes 83 años, el obispo Uriarte es la octava vez que viene a Argentina para acompañar, con su experiencia, formación y sabiduría, el camino de la pastoral sacerdotal de nuestras diócesis.

Pero, ¿qué es la pastoral sacerdotal?

Se trata de un concepto nuevo que, felizmente, se ha venido incorporando al lenguaje y, sobre todo, a la mentalidad y praxis eclesiales en estos últimos años.

La pastoral es la acción de la Iglesia que, a través del anuncio, la celebración y el testimonio, prosigue la misión salvífica de Jesús, el Buen Pastor.

Un aspecto fundamental de la acción pastoral de la Iglesia es ayudar a cada bautizado a convertirse en verdadero discípulo de Cristo. La meta es ambiciosa. En palabras de San Pablo: como buena madre, la Iglesia sufre dolores del parto, hasta ver a Cristo formado en cada cristiano (cf. Gal 4,19).

La pastoral «sacerdotal» es la acción de la Iglesia que, como madre y maestra, acompaña a sus pastores a configurarse con Cristo Sacerdote y Pastor.

Decía que es un concepto nuevo. Lo es la terminología, no la realidad, pues la Iglesia siempre, de una forma u otra, se ha sentido responsable de ayudar a los sacerdotes a vivir su vocación y misión con la plenitud de la santidad. A «santificarse en el ejercicio del ministerio», como felizmente lo formuló el Concilio Vaticano II.

Diversas circunstancias han llevado a la teología y pedagogía eclesiales a formular de manera articulada y sistemática estos conceptos, entre los que se destacan dos: formación permanente y pastoral sacerdotal.

Hace 25 años, San Juan Pablo II publicaba la carta magna de la formación sacerdotal: la Exhortación Pastores dabo vobis. Trazaba en ella los lineamientos fundamentales que habían de orientar la formación de los pastores de la Iglesia, superadas las incertidumbres que siguieron al Concilio. Los seminarios recibían un impulso decisivo para consolidar su misión en los tiempos nuevos que vive la Iglesia.

Sin embargo, el replanteo de la formación que ofrecía Juan Pablo II era más hondo de lo que se percibió entonces. El Papa invitaba a ver la formación del Seminario como el inicio de un proceso que ha de durar toda la vida, tomando impulso de la ordenación como acontecimiento del Espíritu.

Se llama formación permanente precisamente a ese proceso vital por el que un sacerdote hace suyo el don del Espíritu recibido en la ordenación, configurando dinámicamente su vida con los sentimientos del Buen Pastor, cuyo centro vital y unificante es la caridad pastoral. Es la exhortación de Pablo a Timoteo a reavivar el carisma recibido por la imposición de las manos (cf. 2 Tim 1,6).

La formación inicial tiene como meta disponer activamente al futuro pastor a recibir la gracia de la ordenación y a vivir en permanente apertura a la acción del Espíritu que trabaja en él para que se convierta realmente en un pastor a semejanza de Cristo. Lo repito: un proceso que nunca se termina. Juan Pablo II hablaba de la vocación «al sacerdocio» y de vocación «en el sacerdocio», para indicar cómo Cristo llama a un joven y lo invita a ser pastor de su pueblo, pero a esa llamada inicial le siguen otras que, a lo largo de su vida y en cada circunstancia nueva, actualizan y despliegan la llamada inicial.

Es aquí donde comienza a hablarse de «pastoral sacerdotal». La Iglesia que urge a sus curas a vivir con esa disponibilidad y apertura permanente a la acción del Espíritu, se siente desafiada a acompañar activamente ese camino que, hoy por hoy, presenta nuevos desafíos y dificultades.

El cardenal Martini solía decir que, desde los primeros pasos del discernimiento vocacional, los años en el seminario y hasta el final de su vida, el cura diocesano tendrá que preguntarse: «¿Qué significa para mí, aquí y ahora, llegar a ser presbítero diocesano?».

Uno de los catalizadores que han precipitado la urgencia de esta acción pastoral han sido los dolorosos procesos de secularización que han vivido tantos hermanos sacerdotes. Procesos siempre regados con abundantes lágrimas: del obispo, de los presbíteros, de las comunidades cristianas y del mismo sacerdote que resuelve no seguir adelante con su ministerio.

Hemos ido comprendiendo así, por ejemplo, que cada etapa de la vida supone nuevos desafíos y tareas para el presbítero. Baste enumerar algunas: dejar el seminario e incorporarse a la vida ministerial, normalmente cuando se acercan los 30 años de edad. Las crisis de realismo de la mitad de la vida (40 a 50 años), con su replanteo a fondo de las expectativas y, en su nivel más, hondo de la real entrega del sacerdote a Dios. La prolongación de la vida, la disminución de las fuerzas y la jubilación, como también la perspectiva del final de la propia vida.

Entre otras muchas, estas son realidades humanas significativas que un sacerdote ha de vivir desde una honda experiencia teologal de Dios, pero que desafían profundamente su ser, su alma y su corazón.

Precisamente, Pastores dabo vobis, plantea el ideal de una formación integral hacia la madurez del pastor que involucra cuatro grandes dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Un todo complejo, orgánico y dinámico, nunca logrado del todo. Uriarte puso aquí un acento muy importante: más que de madurez hablamos de maduración progresiva y constante; más que de una integridad dada, hablamos de un proceso de integración que dura toda la vida.

Un capítulo aparte supone el camino del celibato, hoy sometido a grandes cuestionamiento y también condicionado por la cultura ambiente fuertemente erotizada, que exalta tanto como banaliza la sexualidad. ¿Cómo vive y asume su consagración a Dios un célibe llamado al ministerio? Inestimable ha sido también en este punto la luz que San Juan Pablo II ha aportado al clarificar que el celibato es también una llamada que el futuro sacerdote tiene que discernir para vivirla en profundidad, no simplemente como una condición para hacerse cura. El sacerdocio célibe tiene una verdad, bondad y belleza propias, al decir de Amedeo Cencini, capaz de despertar las mejores energías del que se descubre llamado a él, potenciando su respuesta libre a la llamada de Cristo, que debe renovarse cada día.

En fin, el camino de ser y hacerse cura en un contexto geográfico, cultural y epocal determinado, es un gran desafío que tenemos los pastores y la Iglesia toda.

¿Quién es el sujeto de la pastoral sacerdotal? Ante todo, el Espíritu Santo que, recibido en el bautismo, la confirmación y la ordenación, anima desde dentro todo proceso de configuración con Cristo. En segundo lugar, del propio sacerdote, llamado a vivir con libertad y consciencia su respuesta a la acción del Espíritu. Pero toda la Iglesia se siente involucrada en este acompañamiento de sus curas para vivan plenamente su vocación: el obispo, el presbiterio diocesano, las comunidades eclesiales, la propia familia del presbítero.

La pastoral sacerdotal es uno de los desafíos grandes que hoy tiene la evangelización y la conversión pastoral a que está llamada la Iglesia.

Lo hemos reflexionado a fondo en este Encuentro de Responsables de Pastoral Sacerdotal de Argentina. Le damos gracias a Dios.

La corrupción en 10 Tuits

Transcribo el texto de los Tuits que acabo de tuitear. Ahora la RAE ha castellanizado el uso de las expresiones inglesas. ¡Viva la dulce lengua del Cervantes y de Borges!

El Tuit inicial: En breve, 10 Tuits sobre corrupción. Solo ideas para pensar y discutir. Gracias a Dios, la mayoría de lo que discutimos es materia OPINABLE.

  1. Hoy, todos hablamos de corrupción. Está bueno. ¡Ojo! Que no sea solo una reacción visceral hasta el próximo tema de moda.

  2. La corrupción se da cuando el funcionario público y el privado acuerdan dejar de lado el bien común y buscar el provecho propio.

  3. La corrupción tiene raíces profundas en el corazón humano, en la historia y cultura de nuestro país. Es pecado y debilidad moral.

  4. La lucha contra la corrupción nunca se acaba del todo. El bien debe ser elegido cada día con convicción y decisión.

  5. La lucha contra la corrupción tiene tres dimensiones: ética, legal y política.

  6. La dimensión ética pasa por la conciencia y la libertad de c/u. Formar gente virtuosa: noble, justa y desinteresada. Es bueno hacer el bien.

  7. La dimensión legal: una justicia independiente, ágil, con recursos humanos y materiales suficientes reduce los márgenes de impunidad.

  8. La dimensión política: urge un consenso de los dirigentes políticos para que la lucha contra la corrupción sea política de estado.

  9. Ojo con los jacobinos: trigo y cizaña crecen juntos. Hay que saber cómo, cuándo y dónde intervenir. Se requiere paciencia y perseverancia.

  10. Una sociedad civil con ciudadanos atentos, activos y organizados es condición indispensable en esta lucha espiritual y ética.

 

Iglesia y corrupción

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Comunicado de la Comisión Ejecutiva

En el último tiempo se han conocido hechos que vinculan a personas de la Iglesia
en la Argentina con posibles casos de corrupción.

Los seguidores de Jesucristo debemos ser honestos y respetuosos de las leyes y
como todo ciudadano debemos colaborar con la justicia en su tarea de esclarecer la
verdad de los hechos y someternos a sus dictámenes.

Lo que ha tomado estado público nos lleva a hacer un sincero examen de
conciencia a la luz del Año de la Misericordia que estamos celebrando en la Iglesia
católica. A nosotros nos interpela de una manera directa y también lo deseamos, para
bien del pueblo de la Nación, que este mensaje llegue a todas las personas promotoras o
cómplices de los delitos de corrupción.

Con ocasión del Bicentenario de la Independencia los obispos expresamos que la
corrupción “…desgasta en el pueblo la confianza en las instituciones de la democracia”
(cfr. El Bicentenario 48). Asimismo, citando las palabras del Papa Francisco hemos
calificado a la corrupción como una “llaga putrefacta de la sociedad, un grave pecado
que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La
corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez
destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida
en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos” (cfr. El Bicentenario
49).

Los miembros que tenemos responsabilidades en la Iglesia no podemos dejar de
aplicarnos a nosotros en primer lugar, estas palabras del Papa Francisco.
Ésta debe ser la luz que nos guíe con valentía por un camino de purificación y
conversión profunda del corazón, para renovar a la Iglesia en la caridad pastoral. Al
mismo tiempo, manifestamos nuestro rechazo ante cualquier acto de corrupción,
público o privado, pero de manera particular a los que involucren a miembros de la
Iglesia, que por su misión y servicio, debieran ser testigos íntegros del Evangelio que
predicamos.

Alentamos a la colaboración sincera para el esclarecimiento de las denuncias y
reiteramos que “en este campo es fundamental que el Poder Judicial se mantenga
independiente de las presiones de cualquier poder y se sujete sólo al imperio de la verdad
y la justicia”. (cfr. El Bicentenario 48).

Comisión Ejecutiva
Conferencia Episcopal Argentina
2 de julio de 2016

Pasó el Congreso Eucarístico

 

El verbo pasar del título tiene dos sentidos: uno, meramente temporal y cerrado. Lo podría resumir así: «Fue. El Congreso fue. A otra cosa. Volvamos a la rutina».

El otro, sin embargo, deja puntos suspensivos, pues queda abierto a buscar las huellas de un paso. No solo pasó por el Calendario y quedó atrás. Pasó, de alguna manera, por los que lo vivimos, marcándonos de manera más o menos honda. Nos tocó y nos marcó.

De ahí la pregunta: ¿Qué huella dejó en nosotros? Me animo a responder por mí. Lo que he podido descubrir estos días, habiéndose acallado el impacto inicial.

Tres respuestas que son también tres pasos de un caminar.

En primer lugar, la Iglesia en oración. Un Congreso eucarístico es, ante todo, un encuentro eclesial centrado en la Eucaristía que es, por encima de todo, oración: adoración, alabanza, bendición, epíclesis, memorial, súplica e intercesión.

Podemos intentar hacer de la Misa un gran encuentro de catequesis, pero siempre e invariablemente, por algún lado va a aflorar el misterio tremendo: la Eucaristía nos lleva al abismo del amor absoluto de Dios manifestado en la Pascua del Cordero. Y esa experiencia arrebata y nos deja en ascuas, con una tremenda necesidad de rumiar en silencio ese paso de Dios como en la noche del éxodo: a sangre y fuego.

Como enseña el Concilio, la Iglesia no solo promueve la oración como algo valioso y útil. Ella misma, en su misterio más hondo, es Iglesia en oración: vive de Dios y se refiere a Él. Y esto acontece, de manera especialmente fuerte, en torno al altar.

La actual crisis de fe es también una crisis de oración. Por eso, cuando la Iglesia se siente como atrapada por el misterio fascinante de la oración -como Moisés ante la zarza ardiente- allí acontece algo fundamental. Allí «pasa» algo de largo alcance para todos. Porque la oración es el lugar donde Dios más intensamente obra en los suyos. Y eso pasó en Tucumán: en las grandes celebraciones, en los momentos más festivos y juveniles, o en el silencio de las iglesias que abrieron sus puertas para la adoración eucarística. Y no hablemos de esos encuentros de gracia que han sido las confesiones de los fieles. La gracia del Jubileo de la misericordia ha podido palparse con las manos.

Es bueno que esto pase en nuestra Iglesia que peregrina en Argentina y que, con todos sus límites, anhela ser escuela de grandes orantes.

En segundo lugar, lo que fue, para mí, más fuerte: un pueblo que realmente cree en Dios. He visto y he escuchado a hombres y mujeres que creen que Dios, su Cristo, María y la gracia no solo son realidades, sino que son la realidad en su más alta expresión. Un Dios real al que se le entrega la vida.

Si algo caracteriza a las comunidades cristianas del NOA es la frescura de una fe que ha calado hondo y que no necesita demasiado para manifestarse en palabras, gestos, miradas y una multitud de símbolos que expresan lo que de más hondo pasa en los corazones.

Los que provenimos de regiones más secularizadas no hemos podido dejar de asombrarnos y hasta de sentir una poco de santa envidia por todo ello.

Aquí también ha pasado algo de fondo. Como una preciosa indicación de en qué dirección correcta debe ir la evangelización que, si no procura el encuentro con el Rostro viviente de Cristo se queda a menos de la mitad de su camino.

Por último, los jóvenes. O la Iglesia joven, tanto en los chicos y chicas del espacio joven con sus encuentros, deliberaciones y expresiones de alegre esperanza. Pero también en los seminaristas, curas y consagrados jóvenes, varones y mujeres, que, por ejemplo, llenaron en la mañana del sábado la casa histórica para el homenaje a los que participaron en la Independencia.

Diría así: de la Iglesia orante a la Iglesia joven. En Tucumán, la Iglesia joven se hizo sentir y nos hizo sentir una Iglesia más viva y desafiada a ser más libre. Pero también, nos volvió a poner delante de las promesas de Cristo que sostienen nuestra esperanza y todas nuestras luchas, que nos levantan de nuestras caídas y fracasos.

Los que ya no somos tan jóvenes, pero tenemos la responsabilidad propia de los adultos, tenemos un desafío delante del Señor de la historia. Al menos así lo siento yo como adulto, creyente y pastor.

¿Cómo formularlo? Lo hago en estos términos: Tucumán es sinónimo de libertad. Y libertad quiere decir animarse a caminar sin temor a los aprendizajes que supone estar en camino. Plasmar una Iglesia más libre, más peregrina, menos mundana y más gozosa de la Esperanza que la sostiene. Una Iglesia que ve reflejada su vida en la fe probada, desnuda y oscura de María que pronuncia su Amén al pie de la cruz. ¡María! Otra gran presencia en el Congreso.

Como cristianos tenemos una indicación preciosa. La Eucaristía nos lo recuerda, una y otra vez: es el amor de Cristo que derramó su vida hasta el extremo, identificándose con los más heridos y pequeños.

En Tucumán sentí, con tantos otros hermanos y hermanas con los que he podido compartirlo, el aguijón de esa entrega hasta el final que solo Cristo es capaz de suscitar en los corazones.

Es algo de lo que dejó el paso del Congreso Eucarístico.

Dios nos conceda custodiar y alimentar ese fuego.

Caminando por la cornisa

Pienso que el tiempo es hoy. La hora es ahora. Más tarde, será demasiado tarde.

Los argentinos tenemos que pronunciar un nuevo «nunca más», esta vez contra otro gran mal de nuestro cuerpo social: la impunidad.

En torno a este «nunca más» debería ser posible un amplio consenso ciudadano que, en otros aspectos también sustanciales, sigue durmiendo el sueño de los justos.

Si no lo hacemos, corremos el riesgo que el desencanto se transforme en caldo de cultivo para peligrosas irracionalidades que -lo sabemos por triste experiencia- son capaces de fascinar, deslumbrar y enceguecer hasta llegar a las locuras más violentas. Lo comenzamos a ver, por ejemplo, en la vieja y cansada Europa, con el agitarse de los fantasmas de la xenofobia, el populismo y los nacionalismos. También en la gran democracia del norte.

En todo esto, el rol de la política es fundamental. ¿Para qué sirve si no? ¿En qué degenera si no logra convocar a los mejores, a los más nobles, a los más desinteresados? ¿En qué se convierte si no se vive como servicio al interés común, especialmente de los más vulnerables? ¿En qué engendro se convierte si solo deja lugar a los oportunistas, a los avivados, a los burócratas o, peor aún, a los perversos que se empoderan de la función pública para alimentar la insaciable avidez de sus ambiciones?

Pero no solo la política. Ahí nomás estamos todos los demás responsables o dirigentes: los sindicalistas, los empresarios, los intelectuales y los artistas, los activistas de distintas organizaciones de la sociedad civil, por mencionar solo algunos. ¿Hubiera sido posible estar como anestesiados frente a una corrupción que, llegado cierto punto, ya casi no disimulaba su ostentación, sin la connivencia de muchos de los que deberían haber marcado un límite y no lo hicieron por temor, conveniencia o indiferencia?

Y estamos también los religiosos, especialmente los católicos. La Argentina ha conocido un estilo de relación entre el poder político y el poder eclesiástico que, tal vez con buenas intenciones o justificable en otros contextos, sin embargo, ya no resulta adecuado para una sociedad plural, abierta y democrática como la que hemos elegido la mayoría de los ciudadanos argentinos.

Ya lo he dicho en otras oportunidades: claro que hemos dado pasos de cambio en la dirección trazada por el Concilio. Sin embargo, estamos obligados a calibrar, cada vez y con mayor responsabilidad, nuestras palabras, gestos y decisiones. Sin miedo a la libertad y al despojo de formas mundanas de presencia pública, a fin de que la claridad del Evangelio encuentre la mayor transparencia posible en nosotros.

Obviamente, este proceso contra la corrupción y la impunidad supone también una muy profunda reforma de la justicia. Y no hablo solo de la reformulación de los Códigos vigentes. Ética y derecho se dan la mano. No se los puede confundir, pero tampoco separar. Sin su sinergia, sencillamente, no hay orden justo para la convivencia ciudadana.

Una justicia realmente independiente necesita, ante todo, de hombres y mujeres libres y probos. Este es, hoy por hoy, su mayor y mejor capital. Los necesita, tanto como contar con suficientes recursos para cumplir su insoslayable misión y con una cada vez más imperiosa celeridad en sus procesos es, seguramente, el resorte fundamental para que nuestra sociedad dé un paso delante de calidad en la lucha contra la impunidad de la corrupción.

Estamos caminando por la cornisa. De un lado, el futuro. Del otro, el abismo.

Dios, fuente de toda razón y justicia, ilumina el camino a seguir.

Él es apoyo, defensa y garante de la libertad del hombre cuando se compromete con el bien, aún a costa de los más grandes sacrificios.