Dios escuchó a su pueblo y envió a Moisés

1ª Carta pascual 2021

San Francisco, 17 de febrero de 2021

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Comenzamos la Cuaresma. Nuevamente estamos en camino hacia la Pascua. Será el próximo domingo 4 de abril. Me ha parecido oportuno volver a proponerles tres “Cartas pascuales” para vivir el gran sacramento de la Cuaresma-Pascua, tiempo de conversión, vida nueva y misión. Este año, me inspiro en tres escenas del Éxodo. La imagen del pueblo que sale de Egipto y camina por el desierto es propia de la espiritualidad cuaresmal. Ilumina además estos sesenta años de “caminar juntos” como Iglesia diocesana. El relato que les propongo en esta primera “Carta pascual” es Ex 2, 23-3, 22. A continuación, algunas pistas para una lectio divina.

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2. Dios sabe escuchar el sufrimiento del pueblo. Se trata de una situación de deshumanización: el pueblo es esclavo en Egipto, sometido a duros trabajos y, sobre todo, a humillación y desprecio. Se ha extendido el desasosiego y el desaliento. El futuro aparece oscuro. Surge un clamor que llega al cielo. El relato destaca tres acciones divinas: “Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta”, leemos en Ex 2, 24-25. El pueblo se ha olvidado de Dios; también de sus promesas. Sin embargo, Dios no olvida: escucha, recuerda y mira el sufrimiento. Y obra. “Amó primero”, dirá san Juan (cf. 1 Jn 4, 19).

3. La reacción de Dios es llamar a Moisés. A través de su dura historia, primero en Egipto y después en el exilio, la providencia lo ha preparado para una misión: llevar esperanza y libertad al pueblo. Pero, para que esa misión sea fecunda, algo fundamental tiene que pasar en la vida de Moisés: el encuentro con Dios. Es la escena de la zarza ardiente de Ex 3, 1-12: “Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió el.” (Ex 3, 4). ¿Podría haber llevado adelante Moisés su misión sin este encuentro con el Dios vivo? ¿Podría haber comunicado esperanza si él no la hubiera recibido primero?

4. Dios revela su Nombre a Moisés, porque quiere ser invocado. Quiere entablar un vínculo personal, gratuito y libre con su pueblo. Quiere alianza, comunión y reciprocidad. Contemplemos la grandiosa escena de la revelación del Nombre: Ex 3, 13-22. El Dios de los padres revela su Nombre. Sigue siendo misterio: a Dios no lo podemos manipular a voluntad. Es libre y nos quiere libres. Pone en marcha una historia de libertad y, por eso, una historia de riesgo. Nos invita a la fidelidad, a sabiendas que siempre nuestras opciones están amenazadas por el egoísmo. Él se compromete a caminar con nosotros. Su santo Nombre significa: “El que es”, pero también: “El que se mostrará en el camino”. Estar siempre con nosotros: esa es su promesa que, en Jesucristo, se ha hecho realmente irrevocable. En ella se funda la esperanza que nos sostiene y que comunicamos al mundo.

5. El del pueblo de Israel es, en realidad, profecía del verdadero éxodo: el que se cumplió en la persona de Jesús, en la pascua de su pasión, muerte y glorificación. Y se está cumpliendo en la Iglesia y en la biografía espiritual de cada bautizado: en vos, en mí, en cada uno; en nuestras comunidades; en la creación. Lo expresamos en la noche de Pascua con las renuncias y la triple profesión de fe. Sí: siempre estamos en Éxodo. Es la fe que camina la esperanza. La meta es la bienaventuranza, el cielo.

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6. Les propongo ahora unas breves meditaciones. Empiezo citando a Benedicto XVI: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. […] En este sentido, es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento» (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida».” (Spe salvi 3 y 27).

7. Y, de esperanza, nos habla también el Papa Francisco en su Mensaje para esta Cuaresma 2021: “Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, «dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza» (cf. 1 P 3,15).”

8. En este tiempo de pandemia que vivimos, extraño y difícil, la providencia de Dios nos llama -como a Moisés- a comunicar esperanza a nuestros hermanos. A ser discípulos fogueados por el encuentro con el Dios vivo que nos da esperanza para encarar la vida. No solo en el círculo de nuestra familia y amigos, sino para todos. Pensemos en las generaciones que vendrán: ¿podremos dejarles como herencia la sabiduría de esperanza que brota del Evangelio? ¿Qué mundo les vamos a dejar? ¿Qué grado espiritual de civilización? ¿Qué experiencia de Dios?

9. La pandemia es una prueba muy fuerte. Ha sacado a la luz injusticias y miserias, signos de deshumanización. Pero también ha puesto en evidencia las fuerzas espirituales más preciosas que Dios ha depositado en el corazón humano. Dios sigue escuchando, recordando y mirando a la humanidad que camina y sufre. Cada fragmento de bien, de verdad y de justicia que protagonizamos los seres humanos viene de Dios, se completa y perfecciona en Cristo; es gracia del Espíritu Santo.

10. Como diócesis, como discípulos, como agentes de pastoral: ¿en qué medida el encuentro con Dios nos ha transfigurado realmente? Veámonos reflejados en Moisés. ¿Sentimos nostalgia, deseo o sed de ese encuentro con la zarza que arde sin consumirse? A veces pienso que, los largos meses sin culto público nos han precipitado en una peligrosa frialdad espiritual. No puedo dejar de reflexionar sobre ello. Sé que muchos han redescubierto esa sed que nos habita. Preguntémonos, al menos, por la repercusión espiritual de esta crisis; también en los creyentes. Pensemos, por ejemplo, en la crisis de la oración personal y litúrgica: rezamos poco, o mal o, sencillamente, ya no oramos.

11. La ciencia ayuda, pero no redime, enseña Benedicto XVI e insiste Francisco. Nos preocupa que la economía no repunte, pero más grave aún, el vacío de esperanza en los corazones. Solo el encuentro con el amor absoluto de Dios nos da fuerza espiritual en las pruebas de la vida. Como a Moisés, Dios te está buscando porque quiere llevar esperanza a su pueblo. Te invito a escuchar su voz.

12. El Dios que pone en marcha el camino de esperanza del pueblo es el Padre de Jesús, el Dios compasivo que ama a los pobres, sufrientes y vulnerables. Nos espera siempre junto a todo hermano o hermana que sufre. Vayamos a buscarlo y, llegados a esa tierra sagrada, descalcémonos para escuchar su Voz y dejarnos quemar por su mismo fuego de Amor. El aislamiento social tiene una frontera: la fraternidad con todos, especialmente con los más vulnerables. “Todos hermanos”, nos dice el papa Francisco, indicándonos una orientación preciosa para transitar este tiempo de “éxodo” que vive la humanidad. Lo hacemos con la mirada fija en Jesucristo. Primogénito de muchos hermanos, Él es nuestra Esperanza.

María, contemplativa y fuerte en la esperanza, nos enseña a rumiar la Palabra. A ella invocamos para transitar juntos el camino pascual. Unidos a José, varón justo, custodio de Jesús y patriarca de la Iglesia.

Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Médico, orante y misionero

«La Voz de San Justo», domingo 7 de febrero de 2021

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios […] Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. […] Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.” (Mc 1, 32-34a. 35.39)

Con el evangelio de este domingo podríamos pintar un cuadro con tres paneles que, a su vez, refleje tres imágenes del Señor: primero, Jesús en la casa de Simón y Andrés, rodeado de una multitud de enfermos y sufrientes. Es el Jesús médico, que cura con sus manos; pero, ante todo, con su Persona.

En segundo lugar, Jesús levantándose antes del alba, recogido en oración solitaria y silenciosa: el Hijo que ora al Padre. La oración, en la experiencia vital de Jesús, no es algo que Él hace, sino lo que Él es en su misterio más profundo: Hijo que siempre está en comunión con el Padre. Si no llegamos hasta aquí, nunca terminamos siquiera de barruntar su misterio.

Y, en tercer lugar, Jesús que sigue su camino, no se queda quieto ni instalado en un sitio: lo urge hacer llegar a todos el anuncio gozoso del amor del Padre. Es el Jesús misionero, evangelizador. Vive su condición de Hijo como misión. Tampoco aquí, la misión es algo que hace sino transparencia de su Persona: Hijo enviado al mundo con una buena noticia para todos.

Tres imágenes del único y mismo Jesús: es el Enviado del Padre para sanar y salvar, es el Hijo que vive en comunión inmediata con el Padre, es el Evangelio de Dios para el mundo. A Jesús solo lo podemos entender desde todos esos vínculos: con el Padre, con los pobres y para todos los pueblos.

Señor Jesús: Tú eres el Hijo amado del Padre, el Evangelio que Dios ha hecho resonar en el mundo. También hoy, una multitud inmensa de hombres y mujeres heridos, pobres y vulnerables te buscan con ansias. Quieren escucharte, por eso, buscan la casa en la cual tú enseñas como Maestro y Buen Pastor. Es la Iglesia. Te pedimos por nuestras comunidades cristianas: que sean de verdad hogar, casa y escuela de misericordia, para que todos puedan hacer en ellas la experiencia de encontrarte y ser salvados por Ti.

Amén.

Este es el Cordero de Dios

«La Voz de San Justo», domingo 17 de enero de 2021

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.” (Jn 1, 35-37). 

Así comienza el evangelio de este domingo. Así también comenzamos a caminar este nuevo año: con la Iiturgia de la Iglesia que, como Juan Bautista, nos señala a Cristo para que lo sigamos. 

Él es, al decir del Precursor, el “Cordero de Dios”. Así lo invocamos en cada Eucaristía, cuando el sacerdote, repitiendo un gesto del mismo Señor en la última cena, parte el pan para repartirlo en la comunión. Es la letanía: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo: ¡ten piedad de nosotros!… ¡Danos paz!”. 

En el Apocalipsis se retomará esta imagen, contemplando a los primeros mártires de la Iglesia: “Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva” (Ap 7, 17). 

Nos conduce un Pastor que es, a la vez, el Cordero manso e inocente, el que ha dado la vida por nosotros, el único que vence el pecado y nos da la paz. Nosotros somos sus discípulos, siguiendo sus huellas y caminando como Él lo ha hecho. 

Miremos el año 2021 que se abre a nosotros delante de nuestros pasos. No sabemos bien qué nos espera en el camino. Tenemos una sola seguridad: Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero, nos va abriendo el camino. Es más, Él camina con nosotros y en nosotros, por su Espíritu. No hay lugar para el desaliento. Menos aún para la desesperanza. “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo” (Salmo 23, 4). 

Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero: somos tus discípulos, vamos tras tus huellas. Sabemos que Tú vienes con nosotros, por eso, no tememos. Y, aunque el miedo nos aceche, volvemos la mirada a tu rostro, escuchamos la voz de tus testigos que, como Juan, nos invitan a seguirte, y nuestro corazón inquieto encuentra la paz. Escucha, Señor, nuestra súplica. No te importune nuestra insistencia: ¡Ven a caminar con nosotros! Amén. 

El tiempo es de Cristo

«La Voz de San Justo», domingo 3 de enero de 2021.

El Cristo Pantocrátor («todopoderoso») de la catedral de Monreale

“Cristo, ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. A Él pertenecen el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”

Con estas palabras, inspiradas en el Apocalipsis, el sacerdote bendice el cirio al inicio de la Vigilia pascual. Parte del sugestivo rito es escribir la cifra del año en curso, mientras dice: “A Él (a Cristo) pertenecen el tiempo y la eternidad”.

Este 2021 que recién comienza es de Cristo, luz que vence toda oscuridad; el Viviente, que viene de vencer la muerte; el Señor de la historia, como lo invocamos una y otra vez.

Y no solo el 2021. También el 2020 que pasó, con todo lo que realmente pasó… y pasamos. Y no solo del 2020, sea como fuere que lo juzguemos.

No hay fragmento del tiempo que escape de su presencia e influjo redentor. Cristo es precisamente el que redime el tiempo. Él ha estado, está y estará siempre en cada una de nuestras horas. Si oscuras y pesadas, su Presencia se vuelve más incisiva y salvadora.

Por eso, sea lo que sea lo que haya vivido, un cristiano, al concluir un año y empezar otro da gracias por lo vivido y se adentra, con confiada esperanza en el tiempo que, como un camino por desandar, se abre ante sus pasos.

“Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley […].” (Gal 4, 4), escribe san Pablo.

¿Qué nos depara este 2021? No lo sabemos a ciencia cierta. Nadie lo sabe. Cualquier predicción es conjetura o «verso».

En medio de tanta incertidumbre que puede descolocar al mejor plantado, el cristiano tiene una certeza: en cada una de sus horas por venir, Cristo, el Señor del tiempo, lo está esperando.

Es lo que anunciamos. Lo que compartimos.

¡Bienaventurado 2021 para todos!

Navidad y la ventanita de Tabaré Vázquez

«La Voz de San Justo», domingo 20 de diciembre de 2020

“María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. […] María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.” (Lc 1, 34-38).

“A veces creo que hay Dios, a veces creo que no hay Dios. Que somos una ventanita que se abre a la vida y salimos al escenario. Pero muchas veces quiero, desearía, que hubiera un Dios. Pero hasta ahí puedo llegar”.

Son palabras del expresidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, poco antes de morir. Como hombre de fe, se las agradezco sinceramente. Me ha hecho mucho bien leerlas y rumiarlas. He vuelto a pensar en ellas leyendo el evangelio de este último domingo de Adviento: la anunciación a María (cf. Lc 1, 26-38).

Entre creyentes y no creyentes hay, no obstante todo, puntos de contacto. Al menos, uno. En palabras del joven Ratzinger: aquel “quizás sea cierto” que, para unos, es nostalgia de una presencia (como para Tabaré); y, para otros (como para quien esto escribe), sospecha de un abismo que atrae y da vértigo.

La Navidad que tenemos por delante nos ofrece, una vez más, la experiencia cristiana en su más pura expresión: la nostalgia no queda defraudada y el deseo, sin extinguirse, siente que la plenitud es don gratuito y salvador.

Pero también, la experiencia del abismo se hace más intensa. El Niño que, según el relato evangélico, María concibe cuando la alcanza la sombra protectora del Espíritu, es precisamente el que ha dado el paso más atrevido: Dios se ha abajado, se ha hecho hombre, asumiendo la figura de un servidor.

Dios: uno de nosotros, tan débil, frágil y vulnerable. Como cada uno de nosotros.

El Dios amor es -como siempre lo es el amor verdadero- el Dios humilde que se ofrece, sin imponerse ni abrumar. Todo lo contrario: su fragilidad lo expone a la libertad que puede arrodillarse (como los pastores y los magos) o intentar imponerse con furia.

La Navidad está a las puertas. Es la Navidad bajo “distanciamiento social obligatorio”. Pero es Navidad: Dios colma cualquier distancia, se dispone a nacer allí donde le dan albergue. También en el alma de cada uno de nosotros.

Usando la imagen de Tabaré: Él ha abierto una ventanita y ha entrado en escena… pero para no dejarla nunca más.

Juan, el precursor

«La Voz de San Justo», domingo 6 de diciembre de 2020

“Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).

La gente acude en masa al desierto para hacerse bautizar por Juan en el Jordán. Busca algo que Juan no les puede dar. Y él es consciente de ello. Más que nadie.

Solo puede ofrecerles un gesto. Fuerte, decidor, hasta impactante. Pero solo un gesto. Claro, con la potencia que tienen los gestos simbólicos, cuando son realizados con intensidad, poniendo en ellos alma, corazón y vida: bajar a las aguas del Jordán, dejarse sumergir en ellas y emerger con el deseo de ser nuevas personas. No de cualquier manera, sino según el Dios vivo de Israel y su justicia.

En medio del desierto, el curso del Jordán parece un espejo de lo que es la historia de ese pueblo que acude al severo profeta: aridez de tierra que se da la mano con la vitalidad que palpita en las aguas que corren.

Juan es consciente de que no puede dar lo que la gente busca en él. Y no lo oculta. Lo dice sin tapujos, casi con desarmante franqueza. Como todo lo que hay en él.

Extraña criatura Juan. Los líderes suelen ocultar sus intenciones, pero, mucho más, sus limitaciones. Tarde o temprano salen a la luz, pero, entre tanto, se busca -en ocasiones, de modo patético- cómo salir del paso.

Juan no es así. Y en esa desarmante franqueza deja espacio a la verdad. No se agranda. Es grande, reconociendo su límite. Lo dirá el mismo Jesús: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11, 11).

Adviento es una invitación a ponerse en camino: ir al desierto, allí donde Juan aprendió cuán desnudo, frágil e impotente es realmente el ser humano. Pero es también el lugar donde, como tantos, a lo largo de la historia, han podido comprender mejor que hay un Dios que hace lo imposible: bautiza con Espíritu, es decir, transforma realmente al hombre, regalándole gratuitamente lo que busca con pasión.

Así quiere ser buscado. Así se da a conocer. Por eso huye de los pagados de sí. Por eso, se da a conocer a los humildes… como a Juan, como a María… como a tantos que van por ese mismo camino.

Bienaventurados

«La Voz de San Justo», domingo 1º de noviembre de 2020

“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 1-3).

Como cada año, el inicio de noviembre está marcado por dos fiestas del calendario cristiano: “Todos los santos” (1º de noviembre) y los “Fieles difuntos” (2 de noviembre). Me gusta verlas como una sola fiesta en dos jornadas de fe, oración y esperanza.

Las palabras de Jesús que abren esta columna pueden ayudarnos a contemplar esta unidad. Dichas durante la última cena, son palabras de despedida, a la vez que testamento espiritual. Son, sobre todo, su más grande y bella promesa que contiene el evangelio: estar con él, allí donde él esté.

La liturgia de este domingo 1º de noviembre lo indica con otra preciosa palabra bíblica: “bienaventurados”. La promesa de Dios es darnos su propia alegría y felicidad. Ser benditos con la bienaventuranza que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Esa es la meta de nuestra vida y de la entera historia humana. Una bienaventuranza que comienza ya ahora, aunque de forma paradójica. Jesús llama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a lo que son perseguidos, a los que anhelan la justicia y la paz, etc.

No es un consuelo superficial. Es la experiencia más intensa que podamos tener: en medio de la fragilidad de la vida, con todas sus contradicciones y frustraciones, ser alcanzados por la fuerza del mismo Dios. Y, con esa fuerza en el corazón pelear la vida, tender puentes, jugarse por la justicia, el bien y la belleza en todas sus formas.

Jesús está llevándonos hacia la casa del Padre. Ese es el misterio más hondo de nuestra vida. La verdad más real de nuestra existencia, por encima de todas las apariencias. Ese es el misterio que envuelve la muerte de nuestros seres queridos: han partido, porque han sido tomados de la mano de Jesús y llevados por esas “oscuras quebradas” de las que habla el salmo, pero sostenidos y guiados por el Dios que siempre está del lado del que vacila, teme y sufre.

Su presencia anima, da confianza y, en definitiva, la alegría más duradera. La que llamamos bienaventuranza. Es bueno tenerlo presente en este tiempo de pandemia, de restricciones, de incertidumbres y de partidas.

El jornal de Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 20 de setiembre de 2020.

Una nueva parábola de Jesús (cf. Mt 19, 30-20, 16). Como en otras ocasiones, la historia que cuenta ha surgido de su perspicaz observación de la vida cotidiana; más precisamente, del mundo del trabajo. Lo conoce bien, pues, antes de convertirse en predicador itinerante, ha sido trabajador. Ha visto cómo interactúan patrones y jornaleros, sus tratos y regateos. 

Esa experiencia le sirve ahora para narrarnos cómo trabaja Dios. Ya los profetas y los salmos nos hablan de Dios como un labrador que planta una viña, la cuida con dedicación y cariño, aunque, casi siempre, el fruto que obtiene son uvas amargas. Pero, esa frustración no lo desalienta: vuelve a empezar con la misma pasión y una infinita paciencia…

En la parábola de este domingo, sin embargo, Jesús incorpora un elemento de ruptura: el dueño de la viña quiere a todos trabajando en su viña, solo que, para todos tiene la misma paga: un denario que vale como jornal. El que trabajó más tiempo recibe un denario. Lo mismo, el que solo estuvo un rato. 

Esta real “injusticia”, deliberadamente destacada, le sirve a Jesús para acentuar una realidad que desborda el marco de las relaciones laborales. Le es útil para contarnos cómo trabaja Dios, cómo nos mira a cada uno y, en definitiva, qué quiere darnos. 

“Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?” (Mt 19, 27). Es la inquietud que se había despertado en el corazón de los discípulos y que Pedro, una vez más, expresa en voz alta. Lo que no se había animado a hacer el joven rico, lo han hecho ellos: dejarlo todo y seguirlo. ¿Qué les dará Jesús a cambio? ¿Vale la pena semejante decisión de vida?

Jesús comprende lo que pasa en el corazón de sus discípulos. Por eso cuenta la parábola. Quiere compartir así su propia experiencia. Para ellos, Jesús no tiene otra paga que la que él mismo recibe cada día del Padre. Ese «jornal» que se hace oración filial: «Padre, danos hoy nuestro pan de cada día». El jornal de Jesús es su Padre, el Dios amigo de la vida, que es bueno por encima de todo. Ese es su «pan cotidiano». De él vive.

Claro, hay que seguir caminando con él hacia Jerusalén, hacia la pascua. Allí, al caer la tarde, tendrá lugar la paga: Jesús no dará algo, se dará a sí mismo. Dios se hará don gratuito para todos. Entonces, los últimos serán como los primeros. 

El fuego de Jeremías

«La Voz de San Justo», domingo 30 de agosto de 2020

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 24-26).

Ya no habla en parábolas. Ahora Jesús es directo, preciso y concreto. Tanto en lo que a él se refiere –“ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21)- como lo que supone para los que quieran seguirlo. Todo ello simbolizado en la cruz. Intimidante. Y, sin embargo…

Jeremías según Miguel Ángel

A lo largo de la historia, incluido el presente y el futuro, hombres y mujeres de distinta condición se han sentido irresistiblemente atraídos por esa propuesta de vida. Han sentido dentro de sí, aquel “fuego abrasador” del que nos habla este domingo Jeremías: “me esforzaba por contenerlo, pero no podía” (Jer 20, 9).

Eso es lo que da el encuentro con Cristo: pide todo y da todo. Hay que animarse a perderlo todo, para ganarlo todo. Ese fuego, esa decisión y esa intensidad de amor es lo que vemos en la mujer santa que hoy recordamos: Rosa de Lima. Una mirada frívola y superficial solo ve en ella negación. Quien se anima a ir un poco más adentro, ve en esa joven un corazón sensible, enamorado y compasivo. Es verdad, nos grita la vida de Rosa (y la de tantos otros): el que pierde su vida a causa de Jesús, la gana, la multiplica, le da una belleza inigualable. De ahí ese nombre -Rosa- que, en realidad, es un apodo que acierta más que su nombre de pila: Isabel Flores de Oliva.

PS: ¿Y Simón Pedro? El pasado domingo lo escuchamos decir una verdad enorme. Hoy, dice tonterías. Pero Jesús ya ha comenzado a avivar el fuego de Jeremías en su vida. Solo necesita tiempo: seguir caminando y dejarse quemar por ese fuego que es Jesús. Mientras tanto, no le viene mal ese “Pedro, ubicate”. A él, y también a nosotros.

Las palabras de Simón, el pescador, llamado «Pedro»

«La Voz de San Justo», domingo 23 de agosto de 2020

“Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo»” (Mt 16, 16-17).

Las palabras más importantes de la vida se suelen hacer esperar. Tienen que echar raíces, crecer y, finalmente, darnos su fruto maduro. Así llegamos a decir: “te amo”, “lo siento”, “creo en Dios”, “aquí estoy, contá conmigo”.

Cuando están a punto, fluyen solitas de nuestros labios, pero con el aliento que viene de lo profundo de nuestro cuerpo. Son palabras que dicen y “nos” dicen.

Las fuentes del Jordán

Eso es lo que ocurre con Simón Pedro en la escena del evangelio de este domingo. El lugar donde son pronunciadas, tal vez, ha sido de ayuda. Hay lugares que invitan a contemplar, a cantar o a rezar. Jesús ha llevado a los suyos lejos de Jerusalén. Están en las cascadas que dan origen al Jordán. El lugar es aún hoy muy bello.

Allí, precisamente, Simón Pedro logró encontrar las palabras que desde hacía tiempo andaba buscando. Desde aquella tarde, junto al lago donde transcurría su vida de pescador, cuando Jesús pasó, lo miró y lo llamó. Simón, y Andrés, su hermano, pero también Santiago y Juan, dejándolo todo lo siguieron. Desde entonces, en todos ellos venían creciendo sentimientos, intuiciones y decisiones que necesitaban encontrar las palabras justas para echar raíces y lanzar la vida hacia delante. Porque eso hacen las grandes palabras de la vida.

Solo necesitaron que Jesús hiciera la pregunta precisa: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”. Entonces, Simón sintió que, del inmenso mar interior de su corazón, subían, a borbotones las palabras de la respuesta: “¿Quién sos vos? El Mesías, el que está lleno del Espíritu, el que abre el futuro, el que nos da esperanza. Vos sos el Hijo del Padre”. Aquel día, Simón tomó la palabra y dijo las palabras que todos andaban buscando. Y fue declarado bienaventurado por el mismo Jesús.

Pero, ni la vida, ni la fe, ni las palabras que navegan en el corazón se detienen. El domingo próximo escucharemos a Simón Pedro decir un par de tonterías. Necesita tiempo para que esas palabras certeras dichas en las fuentes del Jordán lleguen a transformar realmente su vida. Así es la fe: un camino que nunca se detiene. Tendrá que experimentar que aún puede fallar -negará a Jesús tres veces-, pero que, por encima de todo, el amor de Jesús es siempre más fuerte.

Y, nuevamente, tendrá palabras certeras: “Jesús, Señor, vos lo sabés todo. Vos sabés que yo te amo”.