Juan, el precursor

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de diciembre de 2020

“Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).

La gente acude en masa al desierto para hacerse bautizar por Juan en el Jordán. Busca algo que Juan no les puede dar. Y él es consciente de ello. Más que nadie.

Solo puede ofrecerles un gesto. Fuerte, decidor, hasta impactante. Pero solo un gesto. Claro, con la potencia que tienen los gestos simbólicos, cuando son realizados con intensidad, poniendo en ellos alma, corazón y vida: bajar a las aguas del Jordán, dejarse sumergir en ellas y emerger con el deseo de ser nuevas personas. No de cualquier manera, sino según el Dios vivo de Israel y su justicia.

En medio del desierto, el curso del Jordán parece un espejo de lo que es la historia de ese pueblo que acude al severo profeta: aridez de tierra que se da la mano con la vitalidad que palpita en las aguas que corren.

Juan es consciente de que no puede dar lo que la gente busca en él. Y no lo oculta. Lo dice sin tapujos, casi con desarmante franqueza. Como todo lo que hay en él.

Extraña criatura Juan. Los líderes suelen ocultar sus intenciones, pero, mucho más, sus limitaciones. Tarde o temprano salen a la luz, pero, entre tanto, se busca -en ocasiones, de modo patético- cómo salir del paso.

Juan no es así. Y en esa desarmante franqueza deja espacio a la verdad. No se agranda. Es grande, reconociendo su límite. Lo dirá el mismo Jesús: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11, 11).

Adviento es una invitación a ponerse en camino: ir al desierto, allí donde Juan aprendió cuán desnudo, frágil e impotente es realmente el ser humano. Pero es también el lugar donde, como tantos, a lo largo de la historia, han podido comprender mejor que hay un Dios que hace lo imposible: bautiza con Espíritu, es decir, transforma realmente al hombre, regalándole gratuitamente lo que busca con pasión.

Así quiere ser buscado. Así se da a conocer. Por eso huye de los pagados de sí. Por eso, se da a conocer a los humildes… como a Juan, como a María… como a tantos que van por ese mismo camino.