Auméntanos la fe

«La Voz de San Justo», domingo 2 de octubre de 2022

“Los Apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Él respondió: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», ella les obedecería.» […]” (Lc 17, 5-6).

Jesús siempre descoloca. Los apóstoles le piden “más” fe, y él, casi que pide tener “menos”. En realidad, a lo que apunta es a la calidad de eso que intentamos decir cuando usamos la brevísima palabra “fe”.

Basta que ella asome en el corazón para que todo cambie. Especialmente, para que se transforme la vida de una persona. Y eso es mucho más potente que trasplantar un lapacho en el mar.

Ese “amén” al Dios vivo que nos habla es dinamita pura. Porque “fe” significa aprender a entregarle la vida a Dios. Mete en el alma la más revolucionaria convicción: “Solo Dios basta”, como dirá santa Teresa en su famosa coplilla.

Del domingo pasado nos quedábamos con la imagen fuerte del abismo que separaba al rico de Lázaro. La perspectiva de una frustración eterna del ser humano es verdaderamente terrible.

Es usual en la Escritura que la perspectiva intimidante de la condena abra lugar al perdón gratuito, sorpresivo e inesperado de Dios. Creemos en un Dios que sabe perdonar. Es el mensaje central de Jesús. La fe abre la puerta a ese Dios.

Lucas lo presentará en la escena culminante de la crucifixión, cuando el perdón alcance al “buen ladrón”. Allí está la fe, pequeña como un “grano de mostaza”, haciendo posible la salvación de un ser humano, en apariencias, irremediablemente perdido.

“Señor, también te decimos: ¡Auméntanos la fe! Que ella despunte en nuestro corazón, simple y sencilla como una luz. Y que nos transforme. Como un «granito de mostaza». Amén.”

La salvación de los ricos

«La Voz de San Justo», domingo 25 de septiembre de 2022

“Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas […]” (Lc 16. 19-21).

Lucas es un narrador extraordinario. Este domingo nos ofrece la parábola del rico y el pobre Lázaro. Aquí solo hemos citado en inicio que nos pinta el cuadro de situación. El abismo entre dos mundos: por una parte, el de quienes poseen abundantes riquezas, hacen ostentación de ellas y se dedican a gozar la vida. Por la otra, los hombres y mujeres que sobreviven en medio de una pobreza inhumana.

“¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!”, habíamos escuchado de labios de Jesús domingos pasados (cf. Lc 6, 25). 

El pecado no está en poseer riquezas, sino una actitud que pueden generar. El domingo pasado era la avaricia. Hoy, es la indiferencia ante las condiciones de vida de los pobres. Las riquezas suelen galvanizar el corazón, cerrándolo en sí mismo, volviéndonos insensibles. Toda gira entorno del propio bienestar. En ocasiones, se añade desprecio o incluso el odio a los pobres. 

Pero hay salida. Es el mensaje de la parábola. Se trata, sin embargo, de una salida costosa: supone una fuerte (y difícil) conversión: abrirse, salir de sí y aprender a escuchar la voz de Dios en las voces de los hermanos.

“Señor Jesús: que no me deje seducir por la ilusión de una vida satisfecha. Seguí llamándome a través de los pobres. Son tu voz más nítida. Amén”.

El dinero de la injusticia

«La Voz de San Justo», domingo 18 de septiembre de 2022

“Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.” (Lc 16, 9).

Si san Lucas escribiera hoy su Evangelio, en Argentina diríamos que es “pobrista”. De los cuatro evangelistas es el que más insiste en la relación entre la riqueza, los pobres y el seguimiento de Cristo.

Vivimos en un mundo injusto y el dinero, poco o mucho, siempre llega a nosotros manchado por demasiado sufrimiento. Jesús es realista. Se aleja de soluciones radicalizadas: o hacer la revolución (“arriba los de abajo”) o identificar la riqueza con la bendición divina (“pare de sufrir”). Tampoco alienta una cómoda resignación.

Con humanísimo sentido común, Jesús apunta al corazón no a las riquezas. De ahí su advertencia: “No se puede servir a Dios y al Dinero (‘Mammón’)”. En realidad, la alternativa es entre su Padre y el dios “Mammón” de la avaricia. La pregunta que deja picando suena así: al final del día, ¿a quién le he entregado mi corazón? ¿A quién he adorado realmente?

El dinero, convertido en dios, desata la tormenta de la avaricia, nos seca por dentro y nos deshumaniza. En cambio, el corazón que se abre a Dios, se libera para la verdadera riqueza: los vínculos que nos hacen mejores personas (Dios y los demás). Y, con esa libertad, usa incluso el “dinero injusto” para hacer el bien, especialmente a los más pobres. Esos son los “amigos” que nos abrirán las puertas del cielo. Cuando esa libertad echa raíces en el corazón, cambia también eficazmente nuestro mundo injusto.

“Señor Jesús: enseñanos a ser hábiles como aquel administrador de tu parábola. Que aprendamos a gestionar nuestra vida, acertando con el Bien que nos hace buenos. Amén.”

Buscar, esperar y sanar

«La Voz de San Justo», domingo 11 de septiembre de 2022

“Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: […]” (Lc 15, 1-3).

Así comienza el evangelio de este domingo. Escucharemos tres parábolas con un mismo mensaje: cuando el amor pierde a quien ama, lo busca y espera siempre. Son los relatos del pastor que busca la oveja perdida, de la viuda pobre que barre la casa hasta encontrar la monedita extraviada; y -el más conocido- el del padre que recupera al hijo pródigo.

Es el centro del mensaje de Jesús que san Lucas destaca con maestría: Dios es un Padre con corazón de Madre que siempre buscará al ser humano, cualquiera sea su condición o situación.

Volvamos al cuadro inicial: dos mundos separados, alejados e incomunicados y, sin embargo, con una misma humanidad herida. Ahí están, por un lado, fariseos y escribas; y, por otro, publicanos y pecadores. A unos y otros, Jesús quiere mostrarles un camino de curación: la compasión y misericordia del Padre. Es posible mirarse con ojos nuevos, recuperarse como hermanos.

Por razones diferentes, unos y otros están sedientos de esa vía de escape de su propio encierro. Fariseos y escribas, para ser curados de su ceguera y soberbia espiritual. Publicanos y pecadores, para salir de su extravío y exclusión.

En esta hora delicada que vivimos como pueblo, ¿no necesitamos encontrar caminos superadores de nuestros encierros, cegueras y exclusiones? La incomunicación distorsiona la imagen del otro. ¿Quién se animará a dar un paso superador? Argentina espera palabras, gestos y actitudes así.

El Evangelio nos inspira: “Señor Jesús, convencenos que la fraternidad supone humildad y compasión. Y animarse a dar pasos. Suplicamos la gracia de tu Espíritu. Amén.”

Un amor grande para el camino

«La Voz de San Justo», domingo 4 de septiembre de 2022 – 33ª Peregrinación al Santuario de la Virgencita (Villa Concepción del Tío).

“Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.»” (Lc 14, 25-27).

Este domingo, Dios mediante, hacemos la 33ª Peregrinación de jóvenes al Santuario de nuestra “Virgencita” en la Villa Concepción del Tío. Es la primera, después de la pandemia. De ahí su lema: “Volver a Vos”.

En ese contexto -de camino compartido y de Iglesia joven- escuchemos el evangelio de este domingo, que se abre con las palabras arriba citadas.

Caminemos con un amor grande en el corazón. Para un discípulo de Jesús, ese amor grande es a Él: a su persona. Sus palabras parecen establecer una alternativa con los otros amores que pueblan nuestra vida. No es así. El suyo es un amor que abre, abraza y, sobre todo, ensancha la ya de por sí inmensa capacidad de amar del corazón humano.

Por eso, no tengamos miedo a dejarnos amar por Jesús y a amarlo como Él lo pide: con todo lo que somos y tenemos. Él nos hará capaces de amar como Él. Ese es el significado de su invitación a abrazar la cruz: estar dispuestos a jugarnos por entero, hasta dar la vida.

“Jesús: Te seguimos por el camino. En esta hora de nuestra Patria, que nos gane tu amor, tu mansedumbre, tu capacidad de ver hermanos y hermanas en vez de enemigos. Que no nos gane el miedo al otro. Que nos venza el amor: tu amor. Amén.”

Casa amplia y puerta estrecha

«La Voz de San Justo», domingo 21 de agosto de 2022

“Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén. Una persona le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?». El respondió: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán […]»” (Lc 13, 22-24).

¿Quiénes se salvarán? ¿Cuántos serán? ¿Pocos o muchos? Ya sabemos que las respuestas de Jesús suelen ser provocativas e incómodas. El domingo pasado lo escuchamos atónitos decirnos que no ha venido a traer paz sino división. Hoy, el mensaje agrega nuevos motivos de inquietud. 

Con una metáfora -una casa amplia con una pequeña puerta de entrada-, Jesús responde que todo depende de las decisiones que se tomen. La puerta estrecha expresa justamente eso: cada uno ha de confrontarse con la decisión por Jesús. Es un esfuerzo, una lucha espiritual y ética. 

Muchos lo rechazarán, como muestra el Evangelio. Otros muchos -más de los que imaginamos- darán el paso y seguirán a Jesús. Jesús concluye con una perspectiva amplia: “Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.” (Lc 13, 29).

No hay automatismos ni derechos adquiridos. Cada uno ha de asumir el riesgo de responder libremente y a conciencia: “Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos.” (Lc 13, 30).

“Jesús: al subir a Jerusalén a entregar la vida nos has precedido en atravesar la puerta estrecha. Danos tu Espíritu para que te sigamos por ese camino. La casa de tu Padre es amplia. Nadie puede quedar excluido del banquete del Reino. Que nuestras comunidades cristianas sean espacios generosos de acogida e integración. Amén.” 

Con Jesús, artesanos de paz

«La Voz de San Justo», domingo 14 de agosto de 2022

“¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división […]” (Lc 12, 51).

Del Mesías se espera la paz para el mundo. Ese es el gran don que trae consigo. Y es la paz de Dios; o, mejor: la Paz que es Dios mismo reinando en el mundo. 

¿Por qué entonces el dicho tan provocador de Jesús? Por la misma razón. La paz que Jesús trae no es un simple equilibrio de fuerzas o la paz de los cementerios.

Es la paz de Dios que transforma los corazones y renueva todos los vínculos. No echa raíces pacíficamente, aunque suene contradictorio. Es la paz que ha de abrirse paso en un mundo injusto. Es una paz resistida, sutilmente o de manera frontal. Por eso, llega dramáticamente al mundo a través del “bautismo” que Jesús desea recibir: el fuego que ha encendido su pasión, como escuchamos este domingo (cf. Lc 12, 49-50).

La paz de Cristo arraiga primero en los corazones de personas concretas, que eligen ser artesanos de la paz en circunstancias también concretas. Incluso a precio de su propia vida.

Esa paz nunca estará plenamente realizada en esta historia. Será frágil porque siempre confiada a mi libertad: ¿estoy dispuesto a elegir la justicia, la solidaridad y la fraternidad, incluso por encima de mi propio interés y a costa de mi propia vida?

Esa Paz solo será plena y definitiva en la bienaventuranza del cielo, cuando el Padre reúna a todos sus hijos e hijas en su casa. En una palabra: una paz que es, a la vez, don y tarea.  

“Señor, danos tu Paz y haznos instrumentos de tu Paz. Amén”.

Cuando oren, digan: «Padre…»

«La Voz de San Justo», domingo 24 de julio de 2022

“Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar […] «Cuando oren, digan: Padre […] Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan».” (Lc 11, 1-2. 13).

Contemplar a Jesús en oración ha sido impactante para sus discípulos. Esa experiencia arranca esta honestísima súplica: “Señor, enséñanos a orar…”. Así nace el Padre nuestro, la oración más evangélica de los cristianos. La más bella y esencial. Rezada a diario por millones de creyentes; musitada en silencio o cantada con entusiasmo, en medio del gozo o de la angustia. Una plegaria incesante.

La versión de Lucas es directa, concreta. Va al hueso. Todo resumido en la petición central: el pan de cada día, la gratuidad como suelo de la vida… y, por eso, el perdón recíproco, tan necesario como el pan.

Se puede decir también así: el don más grande que, según Jesús, el Padre quiere darnos es el Espíritu Santo. Que no nos falte el pan cotidiano ni el Espíritu de Jesús. Uno y otro nutren nuestra vida.

Por supuesto que los cristianos, con escandalosa confianza, acudimos a Dios para pedirle toda clase de cosas buenas. No le ocultamos lo que agita nuestro corazón. Pero, por encima de todo, sabemos que Él quiere darnos lo más valioso: un corazón, unos sentimientos y una mirada como la de Jesús. Es lo que nos da el Espíritu.

«Señor Jesús: enséñanos a orar. Despierta en nosotros el deseo de orar. Padre: danos el pan cotidiano, el Espíritu de tu Hijo. Santo Espíritu: ven a nosotros y ora en nosotros. Que seamos orantes, con Jesús y como Él. Amén.»

La parte mejor

«La Voz de San Justo», domingo 17 de julio de 2022

«Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.» (Lc 10, 39).

“Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada.” (Lc 10, 41-42).

La hospitalidad era muy estimada en las antiguas culturas orientales, como vemos en la Biblia. Mucho más de lo que ahora alcanzamos a percibir. Era, ante todo, un deber sagrado.

Involucraba de manera especial a las mujeres: la señora o la esclava de la casa. Ellas tenías que quitar las sandalias del huésped, lavar sus pies cansados y polvorientos; proveer además un nuevo vestido al caminante; finalmente, sentarlo a la mesa y servirle algo sustancioso para comer. Solo entonces, los varones se entretenían en la conversación.

Es lo que hace Marta: se afana en disponer todo para acoger al ilustre huésped. Su hermana María, en cambio, se sienta a los pies del Maestro para escucharlo. Lo más disruptivo, sin embargo, lo hace Jesús: toma con naturalidad esa actitud y acepta a María como interlocutora.

Son importantes las “cosas” que hace Marta, pero -y a eso apunta el reproche de Jesús- más importante es mirarlo a los ojos, escuchar su mensaje e involucrarse personalmente con él. Esa es la “parte mejor” que María ha elegido. Esa es la hospitalidad que él espera.

Una vez más, una mujer concreta es la imagen más lograda de lo que significa la fe como actitud de vida. En este caso, María de Betania. Modelo para todos: varones y mujeres.

“Señor Jesús: seguís recorriendo nuestros caminos y tocando a nuestras puertas. Como Marta queremos afanarnos por darte hospedaje. Pero queremos ser como María de Betania: acallar nuestras ansiedades, ponernos a tus pies y ser más discípulos que nunca, atentos solo a tu Palabra. Amén.”

Prójimo

«La Voz de San Justo», domingo 10 de julio de 2022

“¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera».” (Lc 10, 36-37).

Así concluye el evangelio la parábola del Buen Samaritano. Su disparador fue la pregunta: ¿Quién es mi prójimo? Jesús, al responder, cambia de perspectiva: la cuestión es de quien yo me hago prójimo.

El papa Francisco hace de esta parábola la clave de su encíclica sobre la fraternidad. ¿Qué significa ser hermano, ser prójimo?

El buen samaritano nos lo muestra de forma concreta. Es un extraño que tendría muchos y buenos motivos para seguir de largo, dejando al herido. Sin embargo, hay algo en él que no puede acallar, una llamada más potente que todos los prejuicios y sentimientos.

La extrañeza comienza a diluirse cuando en las heridas sangrantes, el samaritano reconoce su propia sangre: “Aquí, al borde del camino, yace tendido uno como yo. Podría haber sido incluso yo el asaltado o alguien a quien amo. Su suerte no me es ajena”.

Es esa llamada la que despierta en él su verdad más honda: “soy un ser humano, soy prójimo”. Y esa verdad se hace actitud: compasión. Y la actitud, acción: me hago cargo.

La parábola tiene un dato clave: esta humanísima compasión manifiesta la talla religiosa de este hombre. Este samaritano muestra el rostro verdadero de Dios.

No hay amor y culto a Dios que no pase por el hacerse cargo del hermano herido, vulnerado o débil. Con la sangre de todas las heridas se entremezcla la Sangre de Cristo. Dios es samaritano, es Compasión.

“Señor, que me descubra prójimo. Que viva tu compasión. Nada más. Solo eso. Amén”.