Carta pastoral sobre algunos aspectos del compromiso con el bien común que brotan de la fe cristiana y católica, en esta hora de nuestra patria Argentina

Al final, después de las notas, está el enlace para descargar el texto de la Carta pastoral en PDF

San Francisco, 13 de abril de 2024

Fiesta de Nuestra Señora del Valle de Catamarca

A los fieles y comunidades de la Iglesia diocesana de San Francisco.

Queridos hermanos y hermanas:

1. Estamos caminando el tiempo pascual. En la liturgia semanal escuchamos casi completo los Hechos de los Apóstoles. La comunidad eclesial es fruto maduro de la Pascua. Reunida por el Evangelio, ella es “criatura del Espíritu”. Esta lectura de los Hechos nos permite ver reflejado como en un icono nuestra vocación y misión como Iglesia del Señor; por eso, ilumina poderosamente nuestro presente.

2, En esta carta pastoral, les propongo volver sobre algunos aspectos que brotan de nuestra experiencia pascual, como la reflejan los Hechos: nuestro aporte como cristianos a la tarea nunca acabada de procurar el bien común y edificar el mejor orden justo posible de la sociedad. Quisiera iluminar así esta hora que vivimos como argentinos, después de cuarenta años de democracia y transitando una nueva crisis económica y social, habida cuenta del fuerte deseo de cambio que expresó la ciudadanía argentina en las pasadas elecciones, tanto a nivel nacional como también provincial y local.

Una comunidad inquieta, el Evangelio y los pobres

3, Que la Palabra nos ilumine. Abramos pues el libro de los Hechos de los Apóstoles:

En aquellos días, como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendían a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos. 2Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: «No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas. 3Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea. 4De esa manera, podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra». 5La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. 6Los presentaron a los Apóstoles, y estos, después de orar, les impusieron las manos. 7Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe. (Hch 6, 1-7)

4, Al comenzar a caminar la historia, la joven comunidad cristiana se ve enfrentada a un importante discernimiento pastoral: qué es esencial y no puede faltar en la vida y misión de la Iglesia; y de qué manera se coordinan los distintos aspectos de dicha misión. Así, el Espíritu ayuda a la Iglesia a distinguir los servicios a la fe (oración y anuncio) de los servicios desde la fe (atención de las mesas). Ambos son fundamentales, inseparables y siempre desafían a la creatividad pastoral de las comunidades cristianas, en todo tiempo y lugar. También a nosotros, en el aquí y ahora de la realidad de nuestra región, de Córdoba y de nuestra querida patria Argentina.

5. Algunos bautizados estamos llamados a servir a la fe de nuestros hermanos, sea como ministros ordenados (el obispo y los presbíteros, junto con los diáconos), sea a través de otros servicios, carismas e iniciativas apostólicas (catequistas y otros agentes de pastoral). Todos, sin embargo, estamos llamados a dar nuestro aporte en la construcción del bien común y de la justicia, aunque esta misión es, de manera muy particular, cometido de los laicos: hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo; hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia, parafraseando a san Pablo VI.[1]

 6. La fe en el Señor Jesús nos abre los ojos del corazón -que son los “ojos del buen samaritano”- para que reconozcamos la presencia de Cristo en los rostros de los pobres: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.” (Mt 25, 35-36). La opción por los pobres es expresión genuina de nuestra fe cristiana. No es ideología, sociología, ni pobrismo. Desde la perspectiva de los más pobres -como el Padre de Jesús, su maestro-, la comunidad de los discípulos mira la realidad y busca la justicia. Necesitamos, por eso, una profunda conversión para vivir a fondo esta opción de nuestro Dios, mucho más en nuestra cultura regional: ¿No nos hemos dejado ganar por la indiferencia o incluso por el rechazo del pobre al que deshumanizamos con epítetos muy despectivos? El Evangelio nos urge a repensar a fondo algunas de nuestras actitudes, pues pueden tener una fuerte carga antievangélica. Mucho más en este tiempo de crisis que ha visto dispararse el número de familias, de niños y jóvenes en situación de pobreza.

El Evangelio, la realidad y la justicia social[2]

7. El concepto de justicia social nació en el ámbito del pensamiento social católico para revitalizar la idea del bien común y para mitigar el sesgo individualista del capitalismo. El papa Pío XI lo incorporó a la doctrina social de la Iglesia, poniendo el acento en la justa distribución, sobre todo a través del salario: una obligación de todos los involucrados en los procesos económicos, no solo del estado[3]. Hoy posee una connotación más amplia, como participación de todos en el logro del bien común. Que cada ciudadano pueda y deba contribuir al bien de todos supone el derecho a las condiciones básicas de una vida digna que hagan posible esa contribución. La justicia social es siempre una virtud propia de todos los ciudadanos, no solo responsabilidad del estado. Por tanto, supone personas libres que se deciden a obrar lo justo como expresión de su adhesión al bien. El acento en la distribución equitativa supone la participación libre y consciente de las personas en la edificación del bien común.

8, En la compleja historia de nuestro pueblo argentino y en la evolución de nuestra democracia, el concepto de justicia social ha jugado un rol positivo fundamental. Ha ayudado a incorporar activamente a la vida laboral, económica y política de nuestro país a los más pobres y ha sido decisivo para el crecimiento de las clases medias. Es cierto también que, con el paso del tiempo, el abuso en la intervención del estado ha distorsionado torpemente el dinamismo de la vida ciudadana, especialmente de la economía. Unido a la corrupción de una burocracia desmesurada y arbitraria ha generado hartazgo y un legítimo deseo de cambio. Sin embargo, “el abuso no quita el uso”, como decían los antiguos. Ni el estado es un mal en sí mismo, ni la justicia social es una tontería de la que hay que librarse. En estas cosas, la falta de moderación y la ley del péndulo a las que somos tan afectos los argentinos nos pueden jugar una mala pasada. Despojados de toda forma de simplificación empobrecedora al comprender la realidad, tenemos que mirar la verdad en toda la rica complejidad que la caracteriza. La doctrina social de la Iglesia, en este punto, expresa con belleza la sabiduría del pensamiento que sabe mirar mejor, más lejos y más en profundidad y, por eso, sabe orientar más eficazmente la acción concreta. No nos podemos dar el lujo, como católicos, de desconocerla. En este punto, los aliento a echar mano, por ejemplo, del “Compendio de la doctrina social de la Iglesia”, pues nos ofrece una síntesis amplia del pensamiento social católico.

Los desafíos de caminar la democracia

9. No siempre resulta sencillo interpretar el voto mayoritario de los ciudadanos. En las pasadas elecciones nacionales (en las generales de octubre y en el ballotage de noviembre), una mayoría consistente hizo una clara opción de cambio político y también de política económica. Se eligió así una opción liberal-libertaria representada por el presidente Milei y las ideas que con franqueza fue pregonando en la campaña electoral. Es posible pensar que sus votantes no estén de acuerdo con todo lo que se postuló, sin embargo, es innegable que ese mandato de cambio apuesta por una mayor cuota de libertad en la vida económica y social de nuestro pueblo. No es extraño: las corrientes liberales han jugado un rol fundamental en el desarrollo de nuestra patria a nivel de su organización política, en materia educativa y desarrollo económico.

10. El humanismo cristiano que inspira la enseñanza de la Iglesia, sin desconocer sus logros, ha tenido una mirada crítica a diversas corrientes del liberalismo, sobre todo, señalando la concepción antropológica sobre las que algunas de ellas se asientan: reducción de la persona al individuo, de la libertad desgajada de la verdad, confianza desmedida (incluso ingenua) en la bondad del mercado, etc. En nuestro país, además, no siempre la opción por la libertad económica ha sido coherente con igual opción por las ideas de la libertad en política. No se puede pregonar la libertad económica, sin aceptar la arquitectura de la libertad política que diseña nuestra Constitución y su opción por un sistema democrático republicano, representativo y federal. El imperio de la ley y la sujeción a ella, la división de poderes con el rol imprescindible del Parlamento, la independencia de la Justicia, la rendición de cuentas y, en definitiva, el estado de derecho son la mejor garantía para un desarrollo integral que mejore la vida de las personas. En la raíz de tantas distorsiones de la economía y de una pobreza creciente que no logramos desarticular está, en buena medida, una débil cultura democrática. Todo proceso de cambio que quiera poner sólidas bases para el futuro pasa por un afianzamiento del sistema democrático y republicano de nuestro país, tanto a nivel nacional como en las provincias. El populismo es una ilusión: su cortoplacismo va minando las bases de nuestra convivencia ciudadana y de todo posible desarrollo. No haría falta explicarlo, porque es una experiencia muy fuerte de nuestro pueblo.[4]

11. Tenemos que decirlo de nuevo: la democracia es un sistema mejor, no porque sea más eficiente que algunas formas de autocracia, sino porque se asienta en el fundamento más noble: la dignidad de la persona humana, la cultura de la vida, los derechos y deberes del hombre. Porque apela a la conciencia de cada persona y a la capacidad de bien que habita el corazón de los ciudadanos y que es la riqueza espiritual más grande de un pueblo. Y el pueblo argentino, tan rico y variado como la geografía de nuestro inmenso país, posee de sobra esa riqueza humana, espiritual y moral. Ahí está, por ejemplo, la fe católica tan arraigada en el pueblo argentino, aun habida cuenta de los actuales procesos de secularización, con su típica forma de abrir el corazón a Dios, a los hermanos, a la belleza de la cultura popular y al futuro. En las fiestas patronales de nuestros pueblos y ciudades -hablo desde el interior del interior- en las peregrinaciones y manifestaciones de fe popular, no menos que el compromiso solidario del que es testigo, entre otras instituciones, nuestra Caritas con sus acciones de asistencia y de promoción humana, nos hablan de esa riqueza espiritual a la que hemos de apelar para sostener el compromiso con el bien común en esta hora de nuestra historia. Al aporte del catolicismo se suma hoy la presencia de diversas confesiones religiosas, la mayoría de ellas cristianas, que dinamizan la vida social con diversas iniciativas religiosas, culturales y sociales.

La hora de la mejor política[5]

12. Los ajustes que se están llevando adelante a fin de terminar con el flagelo de la inflación y lograr una economía más sana pueden ser en buena medida legítimos. No podemos negar que están generando mucho sufrimiento en vastos sectores de nuestro pueblo, los jubilados, por ejemplo. Se aprecia en muchos la voluntad de acompañar este proceso con fortaleza ante las dificultades. Tampoco podemos dejar de recordar que, políticas similares en otros tiempos, al no mirar con suficiente atención las nuevas distorsiones que producen, pueden ser fuente de nuevas y más hondas frustraciones. La enseñanza social católica promueve los principios de solidaridad y de subsidiariedad que destacan cómo circulan en el cuerpo de la sociedad las ayudas recíprocas entre los ciudadanos y el rol de estado que sale al paso de las necesidades concretas. También aquí, los abusos no deslegitiman la asistencia prudencial del estado, especialmente a los más vulnerables y en situaciones de crisis agudas.

13. La economía, por sí sola, no arregla los problemas de fondo. Al contrario, dejada a su libre impulso puede agravar el agobio de las familias y de la sociedad. En la raíz de esta postura hay una comprensión inadecuada, incluso ingenua, de la condición humana, sus límites y fragilidades. Como en todos los momentos críticos y de cambio, esta es hora de la mejor política, como enseña el papa Francisco: la que busca generar consensos amplios, la que genera fraternidad y no polarización; la que camina la paciencia porque busca conquistar voluntad, convencer más que vencer; la que no se deja tentar por la lógica amigo-enemigo, en cualquiera de sus versiones. La mejor política es sólida en los principios, pero huye del dogmatismo; es realista, porque busca edificar a partir de las condiciones dadas, con las personas concretas, tanto los ciudadanos de a pie como con los hombres y mujeres de la política reales, los mejores y más virtuosos (que los hay y en todos los espacios), pero también con cualquiera que, siempre perfectible, muestre genuino interés por la cosa pública. La mejor política genera las condiciones para que las personas mejoren, en la medida en que la corrupción y las conductas poco éticas encuentran menos espacio para manifestarse. Pero incluso teniendo en cuenta la fragilidad de la condición humana, no se deja paralizar por ella, sino que sabe poner en marcha los procesos virtuosos que, a la larga, son los que mejoran realmente la vida de todos.[6]

Vivir la fe en nuestra región con sus luces y sombras

14. La región de Córdoba en la que vivimos nuestra fe posee una idiosincrasia cultural, social y económica muy particular en la que se entrecruzan rasgos criollos con los de la fuerte inmigración, sobre todo italiana y piamontesa. Desde un punto de vista económico convergen la tecnología de punta aplicada a la producción agrícola y ganadera, con la presencia de pequeñas, medianas y grandes empresas que tienen incluso una proyección internacional. Es una zona próspera, con índices y bolsones de pobreza, pero no en el grado extremo de otras regiones del país. Por lo general, nuestros hombres y mujeres de empresa y de trabajo se reconocen cristianos o están abiertos a las propuestas que les puede hacer llegar la Iglesia. Se trata de una sociedad civil dinámica, con conciencia de su autonomía, con espíritu emprendedor y creativo que, por herencia de los mayores, ha sabido conjugar la cultura del trabajo, el cuidado del ambiente y la responsabilidad social. No deja tampoco de tener algunas fuertes fragilidades, al menos desde la mirada crítica de la fe: es fuerte el materialismo que rebaja el horizonte de vida, el individualismo no siempre se abre a las necesidades de la sociedad; el trabajo y el legítimo lucro que de él se siguen tienden, en ocasiones, a absolutizarse. En estos últimos tiempos se percibe que, a estos factores, se une también un fuerte proceso de secularización que pone entre paréntesis la referencia a Dios y los valores trascendentes, abriendo la puerta a un peligroso vacío existencial. Las nuevas generaciones, por ejemplo, no siempre manifiestan el mismo compromiso de sus mayores que fundaron en nuestros pueblos instituciones con hondo sentido social sin esperar el aporte del estado o incluso de la iglesia: clubes, cooperativas, colegios, etc. Sin ánimo de ser exhaustivo, este panorama, rico y complejo, nos desafía a vivir nuestra fe, haciéndonos cargo de las virtudes que poseemos y buscando purificar con la misma fe la raíz del egoísmo, siempre presente en el corazón humano.

15. La importancia de la propiedad privada es un valor arraigado en la cultura de nuestra zona y compartido por una inmensa mayoría en la sociedad argentina. La enseñanza social de la Iglesia lo postula con claridad, señalando su función social y su vínculo interior con el principio del destino universal de los bienes.[7] La propiedad privada es el modo como las personas participan de los bienes que el Creador a dispuesto para toda la humanidad. En este último tiempo, gracias al magisterio del papa Francisco, se viene diseñando un marco más amplio para comprender su alcance. Por un lado, las llamadas “tres T”: techo, tierra y trabajo para todos, pueden ser vistas como otra forma de insistir en la importancia de ese espacio vital para un desarrollo integral de las personas, las familias y las sociedades. Por otra parte, en su gran encíclica Laudato Si’, Francisco ha ampliado el concepto de bien común al incluir en él el cuidado de la “casa común” y, sobre todo, la mirada puesta en el bien de las generaciones por venir. Son puntos que necesitamos seguir reflexionando, pues ayudan a calibrar mejor el sentido de la propiedad privada, sustrayéndola de una visión estrechamente individualista.

16. Por eso, si volvemos al texto de los Hechos que les he propuesto al inicio, podemos preguntarnos, como hizo la comunidad apostólica: cómo vivir nuestra fe en este tiempo, cómo encarnar, en la dinámica de la sociedad moderna, nuestro compromiso con los demás, especialmente con los más pobres y vulnerables; cómo dar nuestra contribución como discípulos de Cristo en la edificación del bien común de una sociedad que, en medio de sus recurrentes crisis políticas y económicas, crece en complejidad, en desarrollo tecnológico y que, por todo esto, se encuentra desafiada a recrear los vínculos, desde la base de la familia, pasando por el mundo de la amistad o de las organizaciones de la sociedad civil -tan vivas, por cierto, entre nosotros- hasta los vínculos que supone la vida ciudadana, laboral y empresarial. Se trata de un discernimiento que nos involucra a todos: a cada comunidad cristiana, a quienes somos sus pastores y, de manera especialmente comprometida, a los laicos y laicas que viven su fe en el mundo de la sociedad civil, incluso con responsabilidades políticas en nuestros pueblos y ciudades.

Miramos con esperanza el futuro

17. He querido compartir estas reflexiones personales y pastorales, inspiradas en la rica enseñanza de la Iglesia, pero también en la experiencia que vamos acumulando como pueblo, esperando que nos ayuden a renovar nuestro compromiso con el bien común de nuestra patria Argentina, de Córdoba y de los pueblos donde vivimos y celebramos nuestra fe católica. Nada en nuestra historia tenemos que desdeñar: los pueblos y las sociedades crecen orgánicamente, también por medio de crisis y momentos dolorosos de replanteos profundos. La sabiduría del que gobierna busca integrar lo mejor de la historia y de hacer converger las voluntades detrás de un proyecto común. En nuestras casas, en nuestros barrios, pueblos y ciudades, en cada puesto de trabajo, en la gran empresa o en el emprendimiento familiar, en el campo o en la ciudad, en cada uno de esos lugares donde transcurre nuestra vida están los que amamos: las personas, las instituciones, la historia compartida, el fruto del trabajo duro de nuestros mayores y las ilusiones de edificar un país generoso para todos. Por ellos y su futuro luchamos, nos imponemos límites y privaciones.

18. Animados por nuestra fe pascual en Cristo muerto y resucitado, y sostenidos por la promesa de la bienaventuranza nos atrevemos a mirar con esperanza el futuro de nuestra Patria. No nos faltará la fuerza del Espíritu Santo para ser fieles al Evangelio en esta horay así trabajar por las nuevas generaciones de argentinos con grandeza de alma, paciencia y perseverancia. Y, si de esperanza se trata, no podemos dejar de invocar a la mujer que supo caminar la espera como nadie: María, la “Virgen de la Esperanza” como hemos aprendido a cantarle. Al Santo Cura Brochero, cordobés, creyente cabal y sacerdote ejemplar, le pedimos que nos enseñe a invocarla como madre, guía y protectora, también para sacrificarnos por el bien común de nuestro pueblo, como él supo hacerlo hasta el don total de su vida.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

[1] Me inspiro para esta interpretación de los Hechos en las indicaciones del cardenal Carlos María Martini SJ, en una publicación que recoge una de sus numerosas tandas de Ejercicios Espirituales: Esteban, servidor y testigo, Ediciones Paulinas (Bogotá 1991).

[2] Para una visión completa y actualizada del concepto de “justicia social” cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia Católica 201-203

[3] Cf. Quadragesimo Anno 58, 71, 74, 89,101, 110

[4] El magisterio social de la Iglesia nos ofrece muchos elementos para un discernimiento crítico de las corrientes liberales. En estos últimos tiempos podemos señalar la encíclica Centessiumus annus de san Juan Pablo II, varias intervenciones de Benedicto XVI (en Westminster Hall de Londres o en el Bundestag de Berlín, por ejemplo) y, en tiempos más recientes, la encíclica Fratelli tutti del papa Francisco. Aunque no es magisterio ordinario, destaco la carta de Benedicto XVI al senador liberal Marcello Pera mostrando algunas convergencias entre el pensamiento católico y algunas corrientes del liberalismo que no necesariamente son relativistas (4 de septiembre de 2008).

[6] Teniendo en cuenta el comprensible acento en lo económico, el llamado del gobierno nacional a los gobernadores a firmar un “Pacto de Mayo” en Córdoba puede valorarse como un paso en una dirección correcta. Siempre es posible ampliar estos espacios de consenso a otros temas vacilares para la vida nacional. En sociedades como la argentina, complejas, plurales y muy polarizadas, es de auspiciar la búsqueda de un terreno común para sembrar procesos superadores.

[7] Cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia Católica 176-181

[5] Cf. Fratelli tutti, capítulo V

La Eucaristía, autopista al cielo

Carta pastoral sobre algunos aspectos del don precioso de la Eucaristía

La tumba del beato Carlos Acutis en la Basílica del Despojo en Asís representa la autopista al cielo: la piedra del sepulcro aparece desprendida de la tierra y en camino hacia el cielo.

San Francisco, 9 de octubre de 2023

A los fieles y comunidades de la Iglesia diocesana de San Francisco.

Queridos hermanos:

Dios mediante, el próximo 1º de noviembre reabriremos la Capilla de Adoración de la catedral de San Francisco cerrada en la pandemia. Gracias a todos los que trabajaron para concretar este paso tan deseado.

Se podría pensar que este hecho solo atañe a la ciudad de San Francisco. No es así. Los ojos de la fe ven mejor y más lejos: cada Misa, cada exposición del Santísimo y cada oración personal ante el Sagrario jamás son hechos aislados. En la comunión de los santos, esta gracia se irradia a toda la familia diocesana. Expresa con fuerza la naturaleza espiritual del “camino sinodal” que estamos transitando.

Repasemos entonces algunas verdades de nuestra fe sobre la Eucaristía. Siguiendo al beato Carlos Acutis, les propongo que tomemos esa “autopista al cielo”. Y, como música para nuestro viaje, la bella antífona de santo Tomás de Aquino: “Oh, sagrado banquete, en que se recibe a Cristo, renovamos el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura.”

***

La Eucaristía que celebramos, que contemplamos y que adoramos es un prodigio de amor y sabiduría.

Ella nos da “la prenda de la gloria futura”. Hace presente lo definitivo: la nueva creación que ha comenzado en el cuerpo resucitado del Señor (y en María asunta al cielo). Es de verdad sacramento de esperanza.

Es “banquete sagrado” en torno a la mesa del altar y nos ofrece el alimento más santo: Cristo, Verbo encarnado. Es el sacramento en el que el Señor está presente de forma inigualable. En todos los sacramentos experimentamos su fuerza salvadora; pero, en la Eucaristía, su Presencia adquiere una intensidad única.

Ante todo, en la Misa se hace presente su Sacrificio pascual. Es el Señor en su mejor momento: el memorial de su pasión, muerte y resurrección. Pero, esa intensidad de presencia desborda todo lo imaginable cuando contemplamos cómo el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Lo cantamos con realismo y sencillez: “Ni el pan es pan, ni el vino es vino. Tu Cuerpo y Sangre hoy compartimos…”

Así lo cantamos en una versión libre de uno de los himnos eucarísticos más conocidos de santo Tomás: “Te adoro con fervor, Deidad oculta, que estás bajo estas formas escondidas; a ti mi corazón se rinde entero, y desfallece todo si te mira./Se engaña en ti la vista, el tacto, el gusto. Mas tu palabra engendra fe rendida; cuanto el Hijo de Dios ha dicho, creo; pues no hay verdad cual verdad divina. Amén”

Te animo a recogerte en oración silenciosa ante el Sagrario. Y que te ayude a rezar esta oración de santo Tomás. Que el Espíritu te ilumine y te encienda el corazón, como le pasó al beato Carlos Acutis.

***

En este viaje al cielo, me animo a hacer algunas preguntas. Revisemos nuestra experiencia eucarística: ¿Cómo vivimos esta verdad de nuestra fe? ¿Cómo la transmitimos en la catequesis? ¿Cómo marca el estilo de nuestras celebraciones? Nunca nos cansaremos de admirarnos: ¡Es el Señor en nuestras manos, en nuestra boca y en nuestro corazón!

En la Eucaristía, Cristo es el Amigo que prepara la mesa y sirve la comida que es Él mismo. Es banquete de bodas: todos estamos invitados y tenemos que acudir con el “traje de fiesta” de los amigos de Jesús (cf. Mt 22, 13). Pero, somos pecadores y solemos olvidar esa amistad. Por eso, acudimos al sacramento de la Reconciliación. Y, con la humildad de los pecadores perdonados nos acercamos al Pan de Vida: los fuertes para no debilitarse, y los débiles para fortalecerse (san Francisco de Sales). Incluso si, por alguna circunstancia no podemos comulgar, Jesús Eucaristía nos mueve a la penitencia interior y a la conversión.

***

Una vez en la sala del banquete, la amistad con Jesús nos dice cómo prepararnos, cómo celebrar y, sobre todo, cómo recibirlo con fruto.

¿Cómo nos preparamos para la Misa, tanto en casa como ya en nuestro templo? ¿Cómo oramos durante la celebración litúrgica? ¿Cómo es nuestro silencio y nuestra participación en los gestos, cantos y oraciones? ¿Con qué disposición interior nos acercamos a comulgar?

Al ir a comulgar, el deseo ferviente del sacramento es esencial. El canto compartido nos ayuda en ese camino hacia Jesús. Puedo recibirlo en la boca o en la mano. Antes de hacerlo, con una sencilla reverencia de cabeza expreso mi amor y mi adoración. Si lo recibo en la mano, comulgo delante del ministro. Y, cuando éste me muestra la santa Hostia y me dice: “Cuerpo de Cristo”, respondo con un gozoso “Amén”.

“Oh, sagrado banquete… el alma se llena de gracia”. El fruto de la Eucaristía es la comunión con el Señor que nos santifica y nos une en comunión: “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único Pan” (1 Co 10, 17).

La vida joven del beato Carlos Acutis fue hermosamente eucarística: amaba a Jesús y participaba cada día de la Misa, amaba a María y rezaba el Rosario; y, como desborde de ese amor, era amigo entrañable de los pobres. Con ellos compartía sus bienes; pero, sobre todo, su persona y su alegría.

Carlos vivió con “coherencia eucarística” cada día, hasta el final. Fue, como Jesús y en Él, cuerpo entregado por amor. Vivió de verdad lo que rezamos en la liturgia: “Te rogamos, Dios nuestro, que el don celestial que hemos recibido impregne nuestra alma y nuestro cuerpo, para que nuestras obras no respondan a impulsos puramente humanos sino a la acción de este sacramento.” (Oración después de la comunión, domingo XXIV del TO). ¿No es lo que deseamos para nosotros, para nuestros niños y jóvenes?

Aquí me detengo. Prosigamos nuestro viaje por la “autopista al cielo” como Iglesia diocesana “en camino sinodal”. ¡Bendito y alabado sea Jesús en el Santísimo Sacramento del altar! ¡Sea por siempre bendito y alabado, Jesús sacramentado!

Nos encontramos en cada Eucaristía.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Carta pastoral

San Francisco, 12 de septiembre de 2023

Memoria del Dulce Nombre de María

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

Hoy quiero hablarles de nuestra querida y sufrida Argentina. Ante todo, busco en la Palabra de Dios las palabras que decirles. Repasando el Evangelio, vuelvo a las bienaventuranzas. Los invito a escucharlas con la apertura interior de la fe. Que María nos preste su alma de discípula.

  • Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
  • Felices los afligidos, porque serán consolados.
  • Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
  • Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
  • Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
  • Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
  • Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
  • Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
  • Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. (Mt 5, 3-12)

Les propongo pensar juntos cómo vivir las bienaventuranzas del Evangelio en el contexto de los actuales procesos sociales y políticos que vive nuestro país. También hasta allí ha de llegar la luz del Evangelio. Yo les ofrezco solo algunos apuntes, nacidos del corazón y puestos por escrito.

Como dice el Catecismo de la Iglesia, las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesús. Me animo a añadir: y también de todos aquellos hombres y mujeres que han encontrado en el Señor la luz de la vida. Pienso en Brochero, en Ceferino, en Mamá Antula, en las beatas cordobesas Tránsito y Catalina, en el obispo Esquiú, en Angelelli, en Wenceslao Pedernera, en Enrique Shaw, en Pironio… y en tantos otros, santos de la puerta de al lado, que han sembrado las bienaventuranzas en la tierra generosa de nuestro hermoso país.

Evocarlos nos da esperanza y renueva el compromiso de seguir adelante con la misión que el Señor nos ha confiado. Es una corriente de vida que nos lleva a la bienaventuranza del cielo, pero que, ya desde ahora, fecunda la tierra y el tiempo que el Señor nos ha regalado. 

Hoy vivimos un tiempo complejo. Hace cuarenta años recuperábamos nuestra democracia. No puedo dejar de hacer memoria de la jornada electoral del 30 de octubre de 1983. Voté entonces por primera vez. Ese recuerdo está asociado a intensas emociones y decisiones. Quisiera que los más jóvenes se asomaran un poco a aquel tiempo fuerte de nuestra patria. Estoy convencido de que fue un momento en el que pudimos dar un salto de calidad en nuestra vida ciudadana.

De todas formas, es lógico que, al mirar el rostro de nuestros hijos y nietos, sintamos un poco de vergüenza. Rompiendo un ciclo fatal de golpes y dictaduras, hemos podido sostener la institucionalidad de la república consagrada por nuestra Constitución Nacional. No es un logro menor. Sin embargo, en todos estos años, y por diversos factores y responsabilidades, no hemos logrado poner en marcha un proceso virtuoso de crecimiento que mejore la vida de las personas, sobre todo, de las clases medias y de los más pobres.

El deterioro social avanza como también una dolorosa (y peligrosa) frustración. Sabemos que las cosas tienen que cambiar, pero nos pesa saber que hay demasiados intereses para que todo siga igual en una democracia más corporativa que participativa, proclive a la corrupción. En buena medida, luchamos con nosotros mismos, con los vicios y picardías de nuestra cultura política.

Como discípulos no tenemos alternativa al Evangelio: somos hombres y mujeres de fe y, por tanto, nos interpelan Jesús, sus bienaventuranzas y el rostro de los pobres, de los niños e incluso -como enseña el papa Francisco- el grito de nuestra casa común.

Argentina necesita un cambio profundo en el alma de todos nosotros: necesitamos paz y perdonarnos, reconciliarnos y apostar por la amistad social. No tenemos por qué pensar lo mismo, ni tener la misma interpretación de nuestra historia, ni compartir idénticas soluciones a los problemas comunes. Basta con que nos reconozcamos semejantes, hermanos e iguales. Y que ese reconocimiento modere de verdad nuestros debates. No podemos darnos el lujo de seguir apostando a la polarización, pasando de la legítima crítica de las ideas al agravio de las personas.

Estamos viviendo un arduo año electoral, una vez más, subordinado a los intereses de la política más que a las necesidades de los ciudadanos. No nos dejemos vencer por el enojo. Los ciudadanos tenemos que pensar con lucidez qué decisiones tomar a la hora de elegir a quienes encomendaremos la gestión de gobierno.  

La Iglesia y sus pastores no debemos decir a quien votar o a quien no. Si lo hiciéramos, aún de manera velada, estaríamos cediendo a una forma de clericalismo que suscita fastidio y un legítimo rechazo porque invasivo de la conciencia. Lo que sí debemos hacer es ofrecer a todos la rica enseñanza de la doctrina social para orientar nuestra conducta ciudadana. El voto es un acto eminentemente personal, fruto de un discernimiento cuidadoso a conciencia. En este sentido, los aliento a pensar bien nuestra opción y a acudir a votar.

En ocasiones nos cuesta aceptar las opciones de los demás. En vez de enojarnos y lanzar condenas, tenemos que tratar de comprender qué está pasando en los sentimientos, esperanzas y decepciones de nuestros semejantes. ¿No necesitamos dar un salto de calidad en este aspecto de nuestra cultura política? La construcción del bien común es una tarea ardua. Lo será mucho más si no mejoramos en este sentido nuestra convivencia. Requiere liderazgos inspiradores, trabajo colectivo, paciencia y perseverancia. Para este esfuerzo común hemos de apelar a los más hondos valores religiosos, espirituales y éticos de nuestro pueblo.

Hace poco, volví a publicar unas orientaciones que preparé para las elecciones de 2019. Puede resultar útil repasarlas. Aquí solo recuerdo lo que afirmé sobre el valor de la democracia. Y con ello concluyo esta carta: “La Iglesia aprecia la democracia, pero no la idealiza. No deja de señalar que una «auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.» (CA 46). Alienta, por eso, a los fieles a cuidar la cultura democrática del país, sobre todo, aportando los valores espirituales que la sustentan. También es un aporte cuando ejerce una oposición crítica a leyes que considera injustas. En este sentido, no puede faltar -y no va a faltar- el punto de vista católico en los grandes debates de la sociedad argentina. Sumará su voz, con respeto de las reglas democráticas, a las voces presentes en nuestra sociedad.” (nº 13).

Volvamos al Evangelio, releamos las bienaventuranzas, recemos por nuestra patria Argentina y dispongámonos a cuidar entre todos el clima de convivencia ciudadana. La semilla ha sido sembrada, nos toca cuidar su crecimiento.

Que la Virgencita nos cuide a todos. Con mi aprecio y bendición.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

La oración del corazón o del Nombre de Jesús

En esta fiesta del Sagrado Corazón, y como complemento de las «Cartas Pascuales 2022» comparto esta nueva Carta sobre la «Oración del corazón» o «del Nombre de Jesús».

San Francisco, viernes 24 de junio de 2022

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

“Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1). 

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. En mi tercera Carta Pascual les propuse algunos senderos para nuestra experiencia orante. Les prometí hablarles de la Oración del Nombre de Jesús. La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús me brinda la ocasión propicia y sugestiva para cumplir lo prometido. 

2. “Esta plegaria se llama ‘de Jesús’ o ‘a Jesús’, según se entienda la invocación del nombre de Jesús o la invocación dirigida a Jesús. Se llama también ‘plegaria del corazón’ porque nace del corazón y al mismo tiene que volver, unida con el latido cardíaco. Se identifica con aquel ideal de la oración continua que se remonta a la expresión del Señor: «Hay que orar siempre sin desanimarse» (Lc 18, 1), y de Pablo: «Sean constantes en la oración» (1 Tes 5, 17).” (Jesús Castellano, Pedagogía de la oración cristiana, 158).

3. Es una forma de oración muy querida por el Oriente cristiano. La ha popularizado el famoso Relato de un peregrino ruso (s. XIX): un laico que descubre esta forma de orar, inquieto por cumplir el mandato apostólico de orar siempre.

4. Las fuentes evangélicas de esta plegaria son: la oración del ciego de Jericó (“Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” en Lc 18, 38), la oración del publicano en el templo (“Oh Dios, ten piedad de mí” en Lc 18, 13), y la del buen ladrón (“Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” en Lc 23, 42). Es como una prolongación de la invocación litúrgica: “Señor ten piedad”.

5. En la oración personal, cada uno usa la fórmula que más se acomoda a la propia experiencia. La forma más sencilla es la sola repetición del Nombre de Jesús, acompañando el ritmo de la respiración. Es como “respirar” su santo Nombre. Así confesamos nuestra fe en Él como Cristo, Hijo de Dios, Mediador y Salvador. Es la oración del hombre pecador que, vivificado por el Espíritu, ejerce su sacerdocio bautismal. La oración cotidiana se vuelve así una liturgia personal: intensa, rica, integradora de la vida. Y, el orante, se convierte en “liturgo”.

6. La fórmula tradicional reza así: Señor Jesús, Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que soy un pecador. Sus elementos son de una gran densidad cristiana y espiritual:

a. Señor: Como enseña san Pablo: Nadie puede decir “Señor Jesús” si no está inspirado por el Espíritu Santo. Él nos hace reconocer a Jesús como Dios y Señor de nuestra vida.

b. Jesús Cristo (Jesucristo): Jesús es el Ungido (eso significa: Cristo), lleno del Espíritu. El que cumple las promesas de Dios. Jesús significa: Dios salva. El Santo Nombre de Dios es el Nombre de Jesús, su Hijo. A María le decimos: “bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.

c. Hijo de Dios: este es el misterio más hondo del Señor. Él es el Hijo único que, dándonos su Espíritu, nos hace hijos e hijas del Padre. La oración es tomar parte en su oración, en sus sentimientos, en su condición de Hijo amado del Padre.

d. Ten piedad (o misericordia, o compasión) de mí: Reconocemos nuestra fragilidad inclinada al pecado. No la escondemos a Dios, ni a éste lo escandaliza. Suplicamos su misericordia. El Padre se estremece ante el pecador, como una madre ante su hijo que sufre; como un médico que se inclina sobre el enfermo para curarlo.  

e. Pecador o pobre pecador: Expresa la conciencia de nuestra condición delante de Dios. Es un reconocimiento de profunda humildad. Sin ella no se puede orar ni crecer en la oración. El pecado nos aleja de Dios, pero se vuelve mucho más grave si nos dejamos ganar por la soberbia o desconfiamos de la misericordia de Dios.

7. ¿Cómo hacer la oración del Nombre de Jesús? Existen muchas formas, adaptadas a cada uno. Tenemos que encontrar la nuestra. Lo fundamental es elegir un lugar solitario, recogerse en silencio, con el cuerpo en una postura apta para orar. Se puede usar el Rosario como ayuda: ir repitiendo lentamente la plegaria o sencillamente el nombre de Jesús a medida que se pasan los dedos por las cuentas del Rosario. Acompasando la oración con el ritmo de la respiración. Se puede empezar haciéndolo a media voz para pasar lentamente a repetir en silencio el santo Nombre del Señor. No hay que ser rígidos. Se puede hacer variando las posturas, la oración misma, prestando atención a unas palabras hoy, mañana a otras.

8. Por último, una observación importante: con el bautismo y la confirmación se nos ha dado la gracia de la oración. El Espíritu nos ha sido dado para impulsar nuestra oración. Él ora en nosotros. La vida de la Iglesia y de la fe comienza siempre en el corazón de los fieles. El corazón del bautizado es el hogar de la Iglesia. Es el altar desde el que se eleva el incienso de nuestra plegaria.

Tengo la intención de seguir conversando con ustedes sobre la oración. Si Dios quiere, el próximo 6 de agosto, Fiesta de la Transfiguración del Señor, quisiera dedicar una Carta a la experiencia orante de la Liturgia. Es decir, a la Iglesia en oración. Con la ayuda del Espíritu, espero poder hacerlo. Y, más adelante, otra carta sobre el Rosario de la María.

Jesús, manso y humilde de corazón: danos un corazón orante como el tuyo. Amén. Siempre en mi oración.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

«Jesús subió a la montaña para orar»

1ª Carta pascual 2022

San Francisco, 2 de marzo de 2022

Miércoles de ceniza

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. (Lc 9, 28-29).

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

  1. Nuestra Iglesia diocesana retoma la pastoral ordinaria. Seguimos caminando juntos con espíritu mariano, franciscano y brocheriano. Y lo hacemos con toda la Iglesia: camino sinodal en comunión, participación y misión. El Espíritu nos irá mostrando qué pasos dar y nos dará su gracia para hacerlo.
  2. Las tres Cartas Pascuales 2022 tienen como finalidad acompañar este camino diocesano, a la vez personal y comunitario, abordando un tema de fondo: la oración cristiana. Los invito, por tanto, a redescubrir la aventura de la oración, en toda su belleza. La oración es un abismo: atrae y da vértigo. Nos asoma al misterio de Dios que nos trasciende, nos habita y vivifica.
  3. Todo ser humano, por serlo, lleva en su corazón la llamada al absoluto, la sed y el aguijón del infinito. Los orantes de todos los tiempos -no sólo los cristianos- experimentan esa atracción, pero también el temor que significa entrar en el territorio sagrado del Silencio de Dios, de la rumia de su Palabra y de la contemplación de su Rostro.
  4. Es la experiencia del salmista: “Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.” (Salmo 26, 8-9). Es una magnífica definición de la oración: búsqueda del Rostro de Dios, con el corazón inquieto y sediento, siempre a la espera de que ese Rostro se nos descubra e ilumine.
  5. La oración no es lo más importante de la vida cristiana. Ese lugar lo ocupa la caridad. Pero, no hay amor sin oración. O, como dijera San Juan Pablo II: “se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino «cristianos con riesgo». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición.” (Novo millenio ineunte 34)
  6. Al iniciar la Cuaresma, tiempo fuerte de oración, los invito a redescubrir su misterio, y los animo entrar en él. Para muchos será la apelación a una experiencia que nutre el día a día de la vida. Para otros, una vivencia nueva y fascinante. Para otros, tal vez, suponga una dolorosa conversión, pues la oración se ha convertido en algo rutinario o sencillamente ha languidecido hasta desaparecer de la propia vida.
  7. No nos desanimemos. Por el contrario, reavivemos esta convicción: si sentimos -como el salmista- el deseo de buscar el Rostro de Dios, es porque ya, ese Rostro nos ha encontrado a nosotros, y ha puesto en nuestro interior el impulso del Espíritu para buscarlo y encontrarlo. Desear orar es ya orar,aunque ese deseo sea tímido, necesitado de aliento y de cuidado. En otras palabras, si sentimos ya la llamada de la oración estamos bajo el influjo del Espíritu Santo. Él es el orfebre que, con mano diestra y paciente, nos va trabajando para que nos convirtamos en orantes y, de esa manera, en hombres y mujeres del Espíritu, verdaderos discípulos del Señor.
  8. Nuestra sociedad vive fuertes procesos de secularización. Dios ha muerto en demasiados corazones. Y esto también golpea el corazón del creyente en una suerte de “secularización interna” de la vida cristiana. En este contexto, el llamado a la oración es una gracia del Espíritu para pasar de una fe convencional a una fe convencida, de un cristianismo aburguesado y cómodo a un discipulado valiente, misionero y contagioso.
  9. El orante es aquel hombre o mujer de fe que puede dar este testimonio: he sido visitado por el Señor, he recibido como regalo su Palabra, Él me ha mostrado su Rostro y, de esa manera, me ha revelado quién soy, cuál es mi misión y qué sentido tiene todo lo que vivo, sufro y anhelo. El orante es un creyente marcado para siempre por ese encuentro que lo ha herido haciéndolo testigo del Invisible.
  10. Este año, en el segundo domingo de Cuaresma, contemplamos al Señor que se transfigura en el monte, delante de Pedro, Santiago y Juan (cf. Lc 9, 28b-36). San Lucas nos ofrece este detalle precioso: Jesús sube con ellos a la montaña “para orar” y se transfigura “mientras oraba”. Contemplemos al Señor en oración. ¿Qué ocurre entonces? “Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo».” (Lc 9, 35). Emerge a la luz el misterio más hondo y bello de Jesús: Él es el Hijo que vive en comunión inmediata con el Padre, en la alegría del Espíritu Santo. La luz que ilumina su rostro y su persona brota desde ese manantial de su vida trinitaria.
  11. ¡Subamos también nosotros con Jesús a la montaña! ¡Dejémonos transfigurar por el encuentro con el Padre que quiere mostrarnos a su Hijo, hacernos escuchar su Palabra y vivificarnos con su Espíritu! ¡No tengamos miedo! O, mejor: venzamos el vértigo de la oración con la fortaleza del Espíritu. En la oración, Dios no sólo quiere regalarnos sus dones, quiere entregarse a Sí mismo a cada uno de nosotros. Es Amigo que nos tiende la mano. Un Dios enamorado que nos busca intensamente. En la fe, la oración nos lleva a ese abismo de amor, de alegría y de paz que es la comunión trinitaria.
  12. Vivamos entonces esta Cuaresma como tiempo para una oración más honda, perseverante y ferviente. Supliquémoselo a María, a José, a Francisco de Asís, a Brochero. Todos ellos grandes orantes. Subieron a la montaña y, de la mano de Jesús, fueron transfigurados.
  13. Esa gracia sigue siendo joven y la santa Trinidad la dispone para nosotros. Viene con el bautismo, se robustece en la confirmación y se alimenta en la Eucaristía. A nosotros, solamente nos toca responder, como María, con confianza y disponibilidad interior. Al entrar en la oración, a ella le decimos: “Madre de todos los hombres: ¡enséñanos a decir: Amén!”

Sepan que están en mi oración de cada día. Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Una carta desde el corazón de la fe

Cómo preparar la entrega confiada a María

San Francisco, 13 de septiembre de 2021

A mis hermanos y hermanas de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

En dos cartas anteriores te he acercado la propuesta de renovar tu relación personal con María, tal como Jesús nos la ha confiado. Intenté también explicarte en qué consiste esta entrega confiada a la Madre, según la tradición de la Iglesia. Te acerco ahora algunas sugerencias sencillas para que podás preparar este momento.

Comienzo con algo obvio, pero que no siempre está claro. Lo decía en mi primera carta: María es una persona viva con la que se puede tener una relación personal. Con ella podemos tener un trato de persona a persona. Nos habla y podemos hablarle. Es decir: podemos entablar con ella una relación de amistad madre-hija/o. Pensalo bien, es muy importante.

La preparación que te propongo tiene tres tiempos, que podríamos llamar con Bernardo Olivera: reconocimiento, entrega y vivencia.

1. Reconocimiento. Desde el Bautismo, los cristianos estamos vinculados a María. Hay que caer en la cuenta de que este don ya enriquece nuestra vida de fe. ¿Cómo hacerlo? Esta preparación es doble: doctrinal, pues tengo que conocer lo que nos enseña la Iglesia sobre el puesto de María en la vida del bautizado; y espiritual: preparar mi corazón para este acto de alianza y entrega mutua.

Te sugiero la meditación de cuatro misterios marianos, con sus respectivos textos evangélicos: a) La Anunciación: Lc 1,26-38; b) Las bodas de Caná: Jn 2,1-11; c) María al pie de la cruz confiada como madre: Jn 19,25-27; y c) María en oración con los apóstoles: Hch 1,12-14. Te recomiendo también los números 266-272 del Documento de Aparecida.

Puede ayudar estas sugerencias más concretas:

  1. Un día de retiro para escuchar la Palabra de Dios y dejarnos guiar por el Espíritu. Un momento de oración con María.
  2. Si conocés a otras personas que estén también preparando su consagración a María, pueden hacer el retiro juntos.
  3. En el retiro podrías renovar las promesas bautismales. Para decir a Dios: “Amén, creo”, es necesario antes renunciar al pecado, purificando el corazón y la mente.
  4. Tratar de hacer una confesión general para recibir la gracia del perdón; el rechazo del pecado y el deseo ferviente de vivir la amistad con Dios nos asemejan a María.
  5. En lo posible, preparate para la celebración diocesana del 13 de octubre participando de la Santa Misa los días previos, rezando el Rosario, también Laudes o Vísperas.

2. Entrega. La entrega confiada a María suele expresarse en una oración escrita. Así lo haré el 13 de octubre. De hecho, existen muchas oraciones muy hermosas que expresan esta alianza con María. Ya te hablé de la que uso yo: “Bendita sea tu pureza…”. Te ofrezco otra, muy hermosa: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén”.

Si ya estás consagrado a María, te impusieron el escapulario, la Medalla milagrosa, u otros signos marianos, podés retomarlos con naturalidad. Si no, con el modelo de estas oraciones y dejándote llevar por el Espíritu, podés escribir tu propia fórmula de entrega.

Otro consejo: también sería oportuno que pensaras en algún signo visible que te ayudara a expresar tu alianza con María. Puede ser: una medalla, una estampa, un cuadro, una imagen (María auxiliadora, la Virgencita u otra advocación) colocados en algún lugar de la casa (el altarcito doméstico, por ejemplo).

3. Vivencia. Si la finalidad de la entrega confiada a María es la renovación de la gracia del Bautismo y la Confirmación, la entrega a María tiene lugar en nuestra vida de cada día. Se trata, por tanto, de encarar la vida “como lo hizo María”, viviendo, en obediencia a la Palabra de Dios, las virtudes cristianas que ella vivió de modo perfecto: la fe, el servicio, el espíritu misionero, la oración, la humildad, la solidaridad, etc.

¿Te das cuenta de que la entrega confiada a María es algo muy serio, mucho más que un acto aislado de devoción o un momento puramente emotivo? Se trata de una alianza que se vive como una opción de vida: vivir como María. Esto hay que meditarlo mucho y muy bien.

Aquí te hago dos sugerencias:

1) Una Regla de vida, es decir: poné por escrito lo que has ido descubriendo como llamado de Dios a vivir en alianza con María. ¿Qué compromisos concretos supone mi alianza con María? Por favor, en esto sé breve: una cita bíblica, algún propósito de vida, algún compromiso de oración o servicio. Nada más. Se trata de ir a lo esencial.

2) Pensá en renovar, cada año y para una fecha precisa, esta entrega confiada. Podés elegir alguna fiesta de la Virgen más importante o significativa para vos.

Una última cosa. Tal vez, al ir meditando lo que significa la entrega confiada a María, cómo se prepara y los compromisos que supone, sintás que no ha llegado el tiempo de hacerla. ¡No te desanimés! Dios va trabajando el corazón. Él te hará ver el momento justo. Si, al leer esta propuesta, experimentaste consuelo, paz y alegría, no dejés caer en el olvido esta gracia. Ya llegará el momento. ¡Todo a su tiempo, cuando la gracia y tu libertad lleguen a su punto justo!

Bueno, por mi parte, estoy llegando al final de esta carta que se ha hecho muy larga. Me he sentido consolado al escribirte. Pienso que te he comunicado cosas importantes para mi vida de fe, con la convicción de que pueden serlo también para vos. Solo me queda asegurarte que, si has podido sentir algún impulso del Espíritu en lo que he escrito, vos y yo -y tal vez, muchos más- estamos en una profunda comunión de vida, de fe y de amor. Nos une la Virgen.

Gracias por escuchar mis palabras.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Una carta desde el corazón de la fe

Una propuesta

San Francisco, 13 de julio de 2021

A mis hermanos de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

Te escribo desde la fe cristiana. Por eso, desde el corazón. Deseo hacerte llegar una propuesta. Le pido al Espíritu Santo que guíe mis pensamientos y me ayude con las palabras justas para llegar también a tu corazón de discípulo de Jesús.

Se cumplen cuarenta años de la entronización de la imagen de la Virgen del Rosario de Fátima, patrona de la diócesis, en la Catedral. Fue el 13 de octubre de 1981. Esta bella imagen fue traída desde el santuario de Fátima en Portugal por el obispo de entonces, monseñor Agustín Adolfo Herrera. Ese día, el obispo consagró la Iglesia diocesana de San Francisco a María. Años después, fue coronada por monseñor Carlos Tissera.

El próximo miércoles 13 de octubre celebraremos, Dios mediante, la santa Eucaristía en la catedral para conmemorar este hecho. Será en el marco de estos sesenta años de vida diocesana, caminados, como dice nuestro lema, “con espíritu mariano”.

En esta oportunidad, como obispo diocesano, voy a renovar la consagración de la diócesis de San Francisco a la Virgen del Rosario de Fátima.

***

Esto es lo que deseo proponerte: ¿Te animás a acompañar la oración del Obispo con tu propia entrega personal a María?

Muchos de nosotros, desde muy chicos, hemos aprendido a confiarnos a María. Algunos, seguramente, hemos hecho alguna forma solemne de consagración mariana. Yo, por ejemplo, rezo cada día la oración “Bendita sea tu pureza […]” que me enseñara mi madre.

Para mí -no tengo miedo de decirlo- fue una gracia muy grande descubrir que María es una persona viva, con quien se puede hablar, confiarse, a quien se puede escuchar, de quien se puede aprender. Parece algo demasiado obvio, sin embargo, para mi vida personal de fe, este descubrimiento fue una iluminación que me llenó el corazón de alegría y de entusiasmo.

Es que, según el plan de Dios, María tiene una misión: Madre del Hijo de Dios hecho hombre, ha sido confiada como Madre a la Iglesia y, en ella, a cada bautizado, discípulo misionero de su Hijo.

En la historia espiritual del cristianismo, sobre todo por los santos, los cristianos hemos aprendido a reconocer ese lugar de María en nuestra vida a través de múltiples formas de devoción mariana. Entre ellas se destaca la “consagración a María”. En estos últimos tiempos fue san Juan Pablo II el que difundió esta “entrega confiada” a la Madre de Dios.

María, por obra del Espíritu Santo, dio a luz a Jesús. Ella nos ayuda a vivir según el Espíritu de Cristo. Entregarse confiadamente a ella no es otra cosa que reavivar la vida del Espíritu que recibimos en el Bautismo, se fortalece en la Confirmación y se alimenta en la Eucaristía. Así progresa nuestra configuración con Cristo. Eso sí: “como María”, es decir: tratando de vivir cada momento con ella, como ella y con su ayuda.

Estas no son simples ideas en el aire: es experiencia viva, es vivencia cotidiana de los discípulos de Jesús. La devoción a María está en el alma de nuestro pueblo. El Año Mariano Diocesano que celebramos en 2018 nos permitió vivirlo con alegría y gratitud.

Por ahora, hasta aquí llego. En otras cartas intentaré explicar qué es la entrega confiada a María, cómo prepararnos a ella, cómo hacerla en concreto.

Te pido solo dos cosas: primero, que te pongás a pensar en serio en esta propuesta que te hago. Más que pensar, yo diría a rezar. Podés meditar el texto de San Juan que abre esta carta. Te ofrezco algunos puntos de meditación: ¿Qué significa, para mí, este testamento del Señor: “aquí tienes a tu madre”? ¿Cómo recibir a María en mi propia casa, es decir, en mi propia vida?

Lo segundo que te pido es que difundás esta carta y el video que la acompaña: fotocopiala, mandala por email, usá las redes. Creo que si te interesa te podés ingeniar. A ver cómo nos va.

Hasta la próxima.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio Buenanueva,
obispo de San Francisco

El camino de un pueblo: del miedo a la confianza, de los gritos al canto compartido

2ª Carta pascual 2021

San Francisco, 24 de marzo de 2021

A los fieles de la diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. En esta 2ª Carta pascual les propongo la lectura orante de Ex 14, 15-15, 21: el paso del Mar Rojo y el canto que entona el pueblo a continuación. Ambos textos están en el centro de la liturgia de la Palabra en la Vigilia Pascual. No pueden faltar. La salvación que Dios regala está en ese “paso” en medio de la noche. El cruce del Mar Rojo es profecía de la Pascua de Cristo y de todas las pascuas eclesiales y personales. Los invito pues a rumiar esta preciosa narración. Que el Espíritu guíe nuestra lectura orante.

I. El cruce del Mar Rojo (Ex 14, 15-31)

2. El relato tiene tres partes. La primera, frente al mar, con los gritos del pueblo que ve llegar al ejército egipcio (vv 1-14). La segunda con las aguas que se abren para dar paso al pueblo (vv 15-25). La tercera con la derrota de los egipcios y la salvación de Israel (vv 26-31). Esta narración -dicen los estudiosos- es fruto de varias tradiciones cuyos hilos entretejen un atrapante relato.

1. Ante el mar (Ex 14, 1-14)

3. Dios habla a Moisés y le revela su plan de salvación. Se acerca una crisis de proporciones (y no será la última), pero Yahvé tiene todos los hilos en sus manos. Es el Señor y el Juez de la historia. Es, sobre todo, el Dios que ama y salva a su pueblo. El Faraón, por su parte, tiene una reacción brutal: acaba de morir su primogénito, pero él piensa en la pérdida de la mano de obra esclava. El corazón está endurecido por la ambición de poder. Sin embargo, no es menor la ceguera del pueblo israelita, a pesar de haber sido testigo de las proezas de Dios a través de Moisés. A la vista del ejército exterminador que se acerca y ante la barrera insalvable del Mar vuelve a la queja amarga, la murmuración y la rebeldía.

4. Es una gran crisis de fe y de confianza en Moisés y, en última instancia en Dios. Grita de miedo y de desesperación. Es todavía un pueblo de esclavos. Sigue interiormente sometido. Pero ha resonado la Palabra divina que salva. Hay que escuchar y obedecer: solo entonces comienza a ser vencido el miedo y a desarmarse los lazos de la esclavitud. Comienza realmente la aventura de la vida y la libertad.

2. El viento sopla y las aguas se abren (Ex 14, 15-25)

5. “Después el Señor dijo a Moisés: «¿Por qué me invocas con esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha.” (Ex 14, 15). ¿Por qué Dios interpela así a Moisés? Nada dice el relato de un grito del pobre Moisés. Dios lee el corazón. Comprende que su amigo ha comenzado a sentir el peso de la situación y de su misión. Moisés está en medio de una dramática encrucijada: ve también el ejército que se acerca, escucha el clamor del pueblo y ve su desasosiego. Pero, sobre todo, ha escuchado la voz de Dios que le asegura que, por ese amenazante Mar, pasa la salvación. Podemos vernos reflejados en Moisés y en su corazón vacilante. ¿Cuántas encrucijadas de la vida nos encuentran en la misma situación? No sabemos qué hacer, cómo reaccionar, con una guerra interior de sentimientos.

6. Contemplemos también de qué manera Moisés, creyente y amigo de Dios, sale adelante: la voz de Dios ha resonado… y él obedece: “Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la noche y transformó el mar en tierra seca. Las aguas se abrieron, y los israelitas entraron a pie en el cauce del mar, mientras las aguas formaban una muralla a derecha e izquierda.” (Ex 14, 21-22). Esta escena es un eco del Génesis. También aquí, las aguas, que representan el poder abrumador del mal, son separadas por el viento (el “aliento-espíritu”) que Dios sopla. Así comienza a experimentarse la salvación: una nueva creación, surgida como la primera, del amor sabio de Dios. El amor vence el temor. Y el pueblo se pone en camino…

7. Al amanecer, cuando la luz comienza a vencer las tinieblas de la noche, el Señor, por medio de su servidor Moisés, hace que las aguas vuelvan a su cauce normal. Y, así, los egipcios son sepultados. Antes, sin embargo, los que se habían opuesto al plan de Dios realizan una dramática y certera confesión de fe en el señorío de Dios: “Los egipcios exclamaron: «Huyamos de Israel, porque el Señor combate en favor de ellos contra Egipto».” (Ex 14, 25).

3. El triunfo de la Vida (Ex 14, 26-31)

8. Las aguas del Mar Rojo son “imagen de la fuente bautismal”. Y los que atraviesan las aguas prefiguran “al pueblo cristiano”. Así rezamos en la Vigilia Pascual. Con los ojos iluminados por la fe, contemplemos ahora esta escena: “Aquel día, el Señor salvó a Israel de las manos de los egipcios. Israel vio los cadáveres de los egipcios que yacían a la orilla del mar, y fue testigo de la hazaña que el Señor realizó contra Egipto. El pueblo temió al Señor, y creyó en él y en Moisés, su servidor.” (Ex 14, 30-31).

9. La noche ha pasado, comienza a brillar la luz del día. Dios ha intervenido, salvando a su pueblo. Los esclavos son ahora libres. Han sido liberados por la poderosa mano del Señor. El texto acentúa la dimensión contemplativa de la fe: el pueblo ha visto la salvación y, así, se convierte en testigo de todo lo que ha hecho el Señor. Esta profecía encontrará su realización más perfecta en María, figura de la Iglesia orante, que “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.” (Lc 2, 19). Y, también como en María, la fe contemplativa se vuelve ahora canto de alabanza, acción de gracias y adoración. ¿Estás viendo la obra de Dios en los fragmentos de tu vida, en tu camino personal y comunitario? Se trata de abrir los ojos para contemplar la vida…

II. Cantar la libertad que Dios regala (Ex 15, 1-21)

10. La respuesta a la acción de Dios es un canto nuevo que brota jubiloso del corazón del pueblo. El miedo deja su paso a la alegría. Así reza el pueblo de Israel. Así aprendieron a rezar María, José y el mismo Jesús. Así oramos también sus discípulos. Estamos en la escuela de oración del pueblo de Dios. Miriam, profetisa y hermana de Aarón, con las mujeres del pueblo repiten la antífona: “Canten al Señor, que se ha cubierto de gloria: él hundió en el mar los caballos y los carros” (Ex 15, 22). Las mujeres, una vez más, aciertan con la fe.

11. En la Vigilia pascual entonamos los versículos principales (vv 1-18). Les sugiero leer el cántico completo: Ex 15, 1-21. Podemos dividirlo en dos partes: los vv 1-12, centrados en lo que Dios realiza en el cruce del Mar Rojo: salvación del pueblo y destrucción de sus enemigos; los vv 13-22, nos llevan más allá: describen la entrada en la tierra prometida, la morada santa del Señor en medio de su pueblo. Este canto nos permite así contemplar toda la historia de la salvación: no solo el éxodo sino también el don de la tierra.

12. En el centro del cántico, y como protagonista excluyente está el Dios fuerte que salva a Israel. Es guerrero poderoso, pastor y guía. Es también, como en la mañana de la creación, artesano y agricultor. Todo lo que hace tiene un beneficiario: el pueblo que ama, cuyo clamor ha escuchado conmovido y al que conduce ahora hacia la libertad. Notemos que ni siquiera Moisés aparece en el canto. Solo Dios. La libertad despunta allí donde el corazón se libera del narcisismo y se abre al éxtasis del amor, la alabanza y la adoración.

13. No solo las aguas son dominadas por el poder del “aliento-espíritu” del Señor (cf. Ex 15, 10), sino que el resto de los pueblos queda presa del temor ante el poder salvador de Dios. El Creador es el Señor de la historia que salva a su pueblo. Y, como una profecía del mensaje de Jesús, el cántico culmina cantando el reinado de Dios: “¡El Señor reina eternamente!” (Ex 15, 18). Es canto compartido por todo el pueblo. La fe no puede quedar en una experiencia solitaria e intimista. Se vuelve canto, se comparte. No podemos callar lo que Dios obra en nosotros y para nuestra salvación. Evangelizar es cantar en coro.

III. También nosotros crucemos el Mar Rojo y cantemos en coro

15. ¿Qué palabra nos ha tocado el corazón? ¿Qué luz nos ofrece la rumia de esta página de la Escritura? Comparto con ustedes algunas resonancias que esta poderosa Palabra del Señor deja en mí.

  • La Palabra sigue resonando fuerte, hoy como entonces. Especialmente en tiempos inciertos y desafiantes. Precisamente en esos momentos la voz del Señor se hace oír. Nos invita a la obediencia y, sobre todo, a ponernos en camino.
  • El corazón se arruga. El miedo se vuelve grito desesperado. También el hombre de Dios vacila. Las Escrituras no ocultan la fragilidad: ni la del pueblo, ni la de Moisés. Nos invitan a ir hasta el fondo de ella. Allí nos espera el Dios que nos salva. Es el realismo de la fe que nos vuelve audaces y humildes.
  • Solo entonces emerge la posibilidad real de caminar la confianza, fruto maduro de la fe y que se nutre de la esperanza. Dios salva. Toda la historia de la salvación nos lo dice, de una u otra forma, hasta llegar a su cumbre: Jesús es el Salvador que ya ha cruzado el Mar Rojo. A nosotros nos toca dejarnos llevar por el Soplo de su Espíritu.
  • Hoy tenemos una amenaza muy fuerte: la soledad y el individualismo que nos encierran, volviéndonos tristes y desesperanzados. ¡Abramos los ojos y miremos a Cristo que nos da otra perspectiva! Dios nos lleva de la mano a través de las aguas impetuosas. Y nos lleva como pueblo. De las aguas bautismales nace la comunidad cristiana. Somos familia. Somos hermanos. ¡Tenemos esperanza!
  • También nosotros somos invitados a cantar las maravillas del Señor. Lo hacemos, por cierto, en la liturgia que compartimos, sobre todo, el domingo. Lo hacemos cada día, viviendo la libertad que Dios nos regala como compromiso de amor con nuestros hermanos, especialmente en el servicio a los más pobres, a los que se sienten solos, a los que lloran sus heridas, agudizadas en este tiempo de pandemia.
  • El relato del paso del Mar Rojo ilumina nuestra vida como Iglesia diocesana. Al evocar estos sesenta años de camino compartido, no puedo dejar de preguntarme -y de preguntarles- qué “Mar Rojo” tenemos que cruzar, dejando nuestros miedos, solo obedientes a la Palabra del Señor.

María, Francisco de Asís y Brochero siguen inspirando nuestro peregrinar. Nos confiamos también a san José. En esta Pascua 2021 que estamos a punto de celebrar, crucemos juntos el Mar Rojo. Bendiciones.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Dios escuchó a su pueblo y envió a Moisés

1ª Carta pascual 2021

San Francisco, 17 de febrero de 2021

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Comenzamos la Cuaresma. Nuevamente estamos en camino hacia la Pascua. Será el próximo domingo 4 de abril. Me ha parecido oportuno volver a proponerles tres “Cartas pascuales” para vivir el gran sacramento de la Cuaresma-Pascua, tiempo de conversión, vida nueva y misión. Este año, me inspiro en tres escenas del Éxodo. La imagen del pueblo que sale de Egipto y camina por el desierto es propia de la espiritualidad cuaresmal. Ilumina además estos sesenta años de “caminar juntos” como Iglesia diocesana. El relato que les propongo en esta primera “Carta pascual” es Ex 2, 23-3, 22. A continuación, algunas pistas para una lectio divina.

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2. Dios sabe escuchar el sufrimiento del pueblo. Se trata de una situación de deshumanización: el pueblo es esclavo en Egipto, sometido a duros trabajos y, sobre todo, a humillación y desprecio. Se ha extendido el desasosiego y el desaliento. El futuro aparece oscuro. Surge un clamor que llega al cielo. El relato destaca tres acciones divinas: “Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta”, leemos en Ex 2, 24-25. El pueblo se ha olvidado de Dios; también de sus promesas. Sin embargo, Dios no olvida: escucha, recuerda y mira el sufrimiento. Y obra. “Amó primero”, dirá san Juan (cf. 1 Jn 4, 19).

3. La reacción de Dios es llamar a Moisés. A través de su dura historia, primero en Egipto y después en el exilio, la providencia lo ha preparado para una misión: llevar esperanza y libertad al pueblo. Pero, para que esa misión sea fecunda, algo fundamental tiene que pasar en la vida de Moisés: el encuentro con Dios. Es la escena de la zarza ardiente de Ex 3, 1-12: “Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió el.” (Ex 3, 4). ¿Podría haber llevado adelante Moisés su misión sin este encuentro con el Dios vivo? ¿Podría haber comunicado esperanza si él no la hubiera recibido primero?

4. Dios revela su Nombre a Moisés, porque quiere ser invocado. Quiere entablar un vínculo personal, gratuito y libre con su pueblo. Quiere alianza, comunión y reciprocidad. Contemplemos la grandiosa escena de la revelación del Nombre: Ex 3, 13-22. El Dios de los padres revela su Nombre. Sigue siendo misterio: a Dios no lo podemos manipular a voluntad. Es libre y nos quiere libres. Pone en marcha una historia de libertad y, por eso, una historia de riesgo. Nos invita a la fidelidad, a sabiendas que siempre nuestras opciones están amenazadas por el egoísmo. Él se compromete a caminar con nosotros. Su santo Nombre significa: “El que es”, pero también: “El que se mostrará en el camino”. Estar siempre con nosotros: esa es su promesa que, en Jesucristo, se ha hecho realmente irrevocable. En ella se funda la esperanza que nos sostiene y que comunicamos al mundo.

5. El del pueblo de Israel es, en realidad, profecía del verdadero éxodo: el que se cumplió en la persona de Jesús, en la pascua de su pasión, muerte y glorificación. Y se está cumpliendo en la Iglesia y en la biografía espiritual de cada bautizado: en vos, en mí, en cada uno; en nuestras comunidades; en la creación. Lo expresamos en la noche de Pascua con las renuncias y la triple profesión de fe. Sí: siempre estamos en Éxodo. Es la fe que camina la esperanza. La meta es la bienaventuranza, el cielo.

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6. Les propongo ahora unas breves meditaciones. Empiezo citando a Benedicto XVI: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. […] En este sentido, es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento» (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida».” (Spe salvi 3 y 27).

7. Y, de esperanza, nos habla también el Papa Francisco en su Mensaje para esta Cuaresma 2021: “Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, «dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza» (cf. 1 P 3,15).”

8. En este tiempo de pandemia que vivimos, extraño y difícil, la providencia de Dios nos llama -como a Moisés- a comunicar esperanza a nuestros hermanos. A ser discípulos fogueados por el encuentro con el Dios vivo que nos da esperanza para encarar la vida. No solo en el círculo de nuestra familia y amigos, sino para todos. Pensemos en las generaciones que vendrán: ¿podremos dejarles como herencia la sabiduría de esperanza que brota del Evangelio? ¿Qué mundo les vamos a dejar? ¿Qué grado espiritual de civilización? ¿Qué experiencia de Dios?

9. La pandemia es una prueba muy fuerte. Ha sacado a la luz injusticias y miserias, signos de deshumanización. Pero también ha puesto en evidencia las fuerzas espirituales más preciosas que Dios ha depositado en el corazón humano. Dios sigue escuchando, recordando y mirando a la humanidad que camina y sufre. Cada fragmento de bien, de verdad y de justicia que protagonizamos los seres humanos viene de Dios, se completa y perfecciona en Cristo; es gracia del Espíritu Santo.

10. Como diócesis, como discípulos, como agentes de pastoral: ¿en qué medida el encuentro con Dios nos ha transfigurado realmente? Veámonos reflejados en Moisés. ¿Sentimos nostalgia, deseo o sed de ese encuentro con la zarza que arde sin consumirse? A veces pienso que, los largos meses sin culto público nos han precipitado en una peligrosa frialdad espiritual. No puedo dejar de reflexionar sobre ello. Sé que muchos han redescubierto esa sed que nos habita. Preguntémonos, al menos, por la repercusión espiritual de esta crisis; también en los creyentes. Pensemos, por ejemplo, en la crisis de la oración personal y litúrgica: rezamos poco, o mal o, sencillamente, ya no oramos.

11. La ciencia ayuda, pero no redime, enseña Benedicto XVI e insiste Francisco. Nos preocupa que la economía no repunte, pero más grave aún, el vacío de esperanza en los corazones. Solo el encuentro con el amor absoluto de Dios nos da fuerza espiritual en las pruebas de la vida. Como a Moisés, Dios te está buscando porque quiere llevar esperanza a su pueblo. Te invito a escuchar su voz.

12. El Dios que pone en marcha el camino de esperanza del pueblo es el Padre de Jesús, el Dios compasivo que ama a los pobres, sufrientes y vulnerables. Nos espera siempre junto a todo hermano o hermana que sufre. Vayamos a buscarlo y, llegados a esa tierra sagrada, descalcémonos para escuchar su Voz y dejarnos quemar por su mismo fuego de Amor. El aislamiento social tiene una frontera: la fraternidad con todos, especialmente con los más vulnerables. “Todos hermanos”, nos dice el papa Francisco, indicándonos una orientación preciosa para transitar este tiempo de “éxodo” que vive la humanidad. Lo hacemos con la mirada fija en Jesucristo. Primogénito de muchos hermanos, Él es nuestra Esperanza.

María, contemplativa y fuerte en la esperanza, nos enseña a rumiar la Palabra. A ella invocamos para transitar juntos el camino pascual. Unidos a José, varón justo, custodio de Jesús y patriarca de la Iglesia.

Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco