Noche de Reyes


“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2,2)

¿Qué te trajeron los Reyes? No puedo dejar de evocar la ansiedad que impedía dormir esa noche de espera. Y la magia de la mañana siguiente de regalos y sueños cumplidos, también de decepciones y algunas envidias. No sé por qué, pero, en mis recuerdos de niño, las mañanas de Reyes son siempre luminosas.

Estoy agradecido por aquellos años y cómo los Reyes estimularon la capacidad de expectativa que es innata al ser humano, que es casi la esencia de la niñez y que es la base sobre la que se asienta la esperanza cristiana.

El relato evangélico no habla de Reyes, sino de sabios de oriente, guiados por una estrella hasta el encuentro con un recién nacido, el asombro de sus padres al ver a esos extraños señores depositar regalos ante el Niño.

Sus regalos son presentes que homenajean al Niño y, en buena medida, son signo de una profunda gratitud: la estrella fue su guía que los llevó hacia la Luz que ilumina todo, Jesús, el Verbo de Dios humanizado. Son sabios en la misma medida en que son buscadores de la luz.

La gratitud comienza a despertar en sus corazones cuando descubren que la luz los ha encontrado a ello, que ese encuentro no es fruto de su esfuerzo, sino la gracia que ha puesto en marcha toda búsqueda de sus vidas. Y, de esa intensa mixtura de sentimientos, emociones y vivencias, nace el humanísimo gesto de la adoración.

La tradición de regalar a nuestros niños en Reyes evoca algo de esto. A pesar de todo, siguen viniendo niños al mundo, por eso, sigue siendo urgente buscar luz para disipar tanta tiniebla. Más por ellos que por nosotros.

Esa luz, para los cristianos, tiene un Rostro radiante: el del Resucitado. Y vive en cada chico que viene a este mundo. Y resplandece con mayor fuerza si mayor es también la fragilidad y vulnerabilidad.

Cada chico es una luz que merece ser agradecida.

Soñando Argentina

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¿Nos atrevemos a soñar la Argentina de este 2019 que estamos a punto de iniciar? ¿Cómo la imagino y sueño yo?

En realidad, no sueño con una Argentina muy distinta de la que hoy tenemos.

Me explico. Claro que hay muchas cosas por superar: el deterioro espiritual y social que no logramos detener, la corrupción estructural que está a la base de la pobreza que golpea a una tercera parte de nuestro pueblo, especialmente a los niños. Nos duelen los rostros de la pobreza, pero no terminamos de decidirnos a enfrentar la enfermedad de la corrupción.

Lo que no puedo imaginarme es una Argentina sin nosotros, los argentinos reales que hoy transitamos sus caminos. Y pienso en todos, no solo en los que ven, sienten y creen como yo. Los de mi palo.

No puedo soñar una Argentina con gente que se quede afuera. Claro que algunas opiniones o puntos de vista me incomodan. Algunas también me enojan. Pero ¿es esto razón suficiente para excluir? Me resisto a pensar así, y si, por alguna razón esos sentimientos me invaden, trato de que no se apoderen de mí. Menos aún de mis decisiones o palabras.

Sueño con una Argentina en la que se discutan a fondo las ideas, los proyectos de país y los valores. Acaloradamente y con pasión. También sacándonos chispas. Pero que esa discusión no cruce la frontera del ataque descalificador del otro, buscando su exclusión o – peor aún – su eliminación.

Si, por un instante, dejáramos de colgarnos las etiquetas infamantes que solemos emplear para negarnos subjetividad: ¡Gorila! ¡Choriplanero! ¡Feminazi! ¡Antiderechos! (Y podría seguir un largo etc). Si dejáramos entrar en nuestro espacio lo que el otro siente y vive, pienso que lograríamos afianzar una de las virtudes fundamentales de la convivencia ciudadana: la reciprocidad.

¿Qué significa? Aquello que, con diversas formulaciones, encontramos en todas las grandes religiones y sistemas morales. Suena así: “Tratá a los demás como querés que los demás te traten a vos”. Eso es reciprocidad: estar dispuesto a dar al otro lo que pido para mí mismo.

Claro, todo esto supone una condición que puede resultar difícil: humildad. Sin embargo, si lográramos aprender de nuestros errores (los pasados y los actuales), tal vez, podríamos reconocer que, hoy por hoy, no hay mesías providenciales que tengan la llave del futuro. Aprenderíamos humildad. Solo una humildad compartida le da la mano a una verdadera reciprocidad.

Este sueño es potente. Al menos, para mí, como ciudadano, cristiano y obispo, me compromete en lo más profundo. A él quiero dedicarle mis energías en este año que estamos a punto de estrenar.

Este es mi sueño. Al compartirlo, deja ya de ser solo mío. Lo he puesto en las manos y el corazón de quien quiera escucharlo y hacerlo suyo.

¡Bendecido año 2019!

¿Navidad es Jesús?

Las expresiones religiosas en los espacios públicos suscitan, cada vez, más reacciones. En nuestro país, por ejemplo, después del reciente debate sobre el aborto, la cuestión de la presencia pública de las religiones ha generado un clima polémico. Campañas como la separación Iglesia-Estado o las así llamadas “apostasías colectivas” son un signo de ello.

Un significativo campo de batalla de esta polémica son las redes sociales. Entrecruzarse de opiniones, diatribas, insultos, argumentaciones “ad hominem”, chicanas, etc. Pero también, aquí y allá, ideas más o menos sensatas.

Una última escaramuza ha tenido lugar en estos días navideños, pues el gobierno de la ciudad de Buenos Aires aceptó una propuesta de ACIERA, entidad que nuclea a varias Iglesias evangélicas, ha difundir por diversos medios públicos la frase: “Navidad es Jesús”.

La frase es bien conocida por los cristianos. Se usa, incluso como hashtag, desde hace varios años y con el objetivo de rescatar el perfil religioso y evangélico de la Navidad. Frente al consumo o lo que muchos juzgan una “paganización” de la fiesta del nacimiento de Cristo, resulta bueno recordar su origen y contenido religioso.

Entre las reacciones de crítica, me llamó la atención un Tuit del 23 de diciembre de la conocida escritora Claudia Piñeiro que es muy elocuente. Dice así:

“¿Hace falta explicar la diferencia entre que alguien diga “feliz navidad” a “navidad es Jesus”? De verdad? Uno es saludo, el otro propaganda religiosa”.

No voy a entrar en el fondo de la cuestión si es legítimo o no que en el espacio público se puedan dar este tipo de “propagandas religiosas”, al decir de Piñeiro. Solo apunto que no hay que confundir lo público con lo estatal; que el espacio público es de todos y todos tenemos derecho a expresarnos en él; y que el estado, en todo caso, debe regular para que nos respetemos y no se haga un uso indebido de lo que es de todos.

Quiero apuntar en otra dirección, que está también en el fondo de la cuestión. Lo formulo así: la sociedad plural configura un espacio público en el que se dan cita múltiples personas, grupos y voces. Esto nos plantea un desafío formidable como sociedad y como ciudadanos: aprender a convivir en la diferencia.

Es decir: la convivencia ciudadana supone un conjunto de virtudes: aceptación y respeto por el otro, alteridad y empatía, reciprocidad, tolerancia y trato justo, paciencia y disposición para salvar siempre la parte del otro, etc. No en última instancia, la convivencia ciudadana supone una cuota bastante alta de buen humor, que se nutre de esa capacidad tan humana de percibir y relativizar solemnes incoherencias, desproporción entre lo que se aspira, dice y obra, etc.

Entre paréntesis: el humor siempre va de la mano de la fina ironía e incluso de algunos márgenes legítimos de sátira y crítica mordaz. Límites siempre imprecisos que, en ocasiones, se precipitan hacia esa frontera del agravio gratuito. De todos modos, que existan estas expresiones agraviantes es el alto precio que tenemos que pagar por ser realmente libres. Cierro el paréntesis.

Creyentes y no creyentes, laicos y religiosos tenemos que crecer en nuestra capacidad de convivir y de aceptar que en el espacio público que compartimos no es justo que tengamos que suprimir nuestra condición de tales, por ejemplo, jugando a que los creyentes, para ser ciudadanos, tenemos que aparecer como ateos (por unos instantes, pero “de mentirita”), o al revés.

Aceptar que el espacio público que construimos cada día, en ocasiones se convierte en una plaza en la que todos hablamos a la vez, sin comprendernos del todo, pero que, también en otros momentos, se puede dar el diálogo sereno y, sobre todo, esa experiencia altamente ciudadana que nos permite, en la diferencia, reconocer que somos sujetos, semejantes y compañeros de camino.   

Plegaria al Dios dormido

«La Voz de San Justo», domingo 23 de diciembre de 2018


“Escucha, Pastor de Israel, tú que tienes el trono sobre los querubines, resplandece, despierta tu poder y ven a salvarnos” (Salmo 79,3).

En ocasiones, Dios parece dormir. Mientras tanto, sus creaturas viven pesadillas que les impiden conciliar un sueño reparador.

Nace así la plegaria, la súplica, la lamentación: ¿Por qué, Señor? ¿Hasta cuándo la prueba?

Jesús mismo rezó así. Los evangelios nos dicen que fueron sus últimas plegarias dirigidas a su Padre. En la cruz, lo invocará con el inicio del 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso; y, sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel” (Salmo 21,2-4).

La única vez que Jesús llama “Dios” a su Padre. ¿Lo siente lejano? En todo caso, hace suya la experiencia de aquellos que, en medio de su sufrimiento, lo siente dormido o despreocupado de su suerte.

El salmo de este domingo, último de Adviento, tiene algo de esa invocación: plegaria urgente al Dios que parece dormir, al parecer despreocupado de la suerte de los suyos.

En la liturgia solo rezamos tres estrofas. Si lo leemos completo reconoceremos dos imágenes que surcan toda la Biblia: el Dios pastor y el Dios viñador. El orante, en medio del dolor, apela al Dios que nunca se desinteresa de su pueblo, sino que trabaja siempre a su favor, aunque, por momentos, no comprendamos su obrar.  

Claro que, tan a las puertas de la Navidad, esta súplica al Dios que parece dormir tiene otra referencia. El evangelio nos invita a contemplar al Emanuel (Dios con nosotros) que duerme el sueño tranquilo de los recién nacidos. Lo acuna su madre. Vela su sueño José, el varón justo.

Ese sueño no intimida, sino que enternece. Dios así entra en nuestra historia: humilde, pobre, sencillo y, sobre todo, manso y tranquilo.

Es el Pastor que, así, vela por su rebaño. Es el Viñador que sabe trabajar con paciencia la viña para obtener el mejor de los vinos.

Ese Dios Niño, Pastor y Viñador nos conquista el corazón. También si duerme y nos da la Paz.

¿Te animás a confiarle tu sueño y tus sueños?

Relaciones humanas en “modo Jesús”

Seguramente, Jesús habrá escuchado varias veces lo que parecía ser lo “normal” en su entorno: “la mujer es inferior al varón en todo”.

Propiedad de su padre primero y de su marido después, la mujer era prácticamente nada fuera de la familia. Cuidar la casa, dar descendencia, ser discretas. Ese es su lugar en el mundo.

No estoy hablando de la Biblia, sino del contexto cultural en el que crece Jesús. Aunque predomina en las Escrituras una visión masculina (hoy dirían algunos: «patriarcal»), varios de sus relatos claves tienen como protagonistas a mujeres por las que pasa el hilo rojo de la historia de la salvación. Con esa tradición entronca Jesús.

Lo primero que nos admira, a leer los relatos evangélicos, es la naturalidad con que Jesús se sale de los estereotipos. Su trato con las mujeres sí que es normal. Las incluye entre sus seguidores. A algunas las ha rescatado incluso de la marginación. “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, les dice sin anestesia a algunas autoridades religiosas que lo interpelan (cf. Mt 21, 31).

Es más. Contra la doble moral que privilegia al varón, señalando hipócritamente que la mujer es peligrosa fuente de tentación, Jesús da vuelta el enfoque machista: “Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

Jesús es un adulto que trata como adultos a todos los que se acercan a él. En una sociedad donde la mujer no tiene subjetividad (como una “cosa” que se posee y usa), Jesús muestra que, para Dios su Padre, la realidad es distinta. Trata a las mujeres como sujetos en pie de igualdad con el varón.

Podríamos releer varios pasajes evangélicos. Solo anoto uno: “Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8, 1-3).

¿Qué significan aquí este poder curativo de Jesús? No pensemos en “El exorcista”, ni en nada raro o paranormal. Jesús ha sido, para esas mujeres, un varón que las ha reconocido en lo que son: sujetos con dignidad humana. No ha generado dependencias tóxicas ni humillantes. Ha hecho lugar a una reciprocidad en la que crecen, por igual, la libertad, la identidad y la colaboración.

Ese es su “poder divino”: humanizar.

*     *     *

La sociedad argentina está impactada. Comienzan a salir a la luz casos de varones que, aprovechando su posición dominante, han sometido a mujeres a diversas y aberrantes formas de abuso. Historias que nos sacuden.

¿Está en marcha un cambio cultural irreversible y superador? Pregunta abierta. La conciencia y libertad de cada uno están convocadas a responder.

Por cierto, el “modo Jesús” de relación nos interpela. Ante todo, a quienes somos sus discípulos e intentamos vivir de acuerdo con su Evangelio en la Iglesia. Pone en crisis nuestra mentalidad y nuestras formas de tratarnos y de vincularnos. Entre otras consecuencias, hacia esos replanteos de fondo nos está llevando la grave crisis de los abusos en la misma Iglesia: abusos de poder, de conciencia y sexuales.

Para Jesús, cualquier forma de autoridad es servicio y se vive en el desapego de sí, la entrega generosa de la propia vida y, sobre todo, desde la perspectiva de los más débiles. Para Jesús, y en el surco del proyecto originario del Creador, los seres humanos estamos llamados a cuidarnos unos a otros. Somos responsables los unos de los otros. Cualquier asimetría que pueda darse entre las personas (de rol, de edad, etc.), debe ser vivida desde ese enfoque fraterno.

Este “modo Jesús” de vivir las relaciones humanas pone el dedo en la llaga. Es una crítica a fondo de la cultura que hace posibles los abusos: el persistente machismo, diversas formas de narcisismo, la deshumanización y banalización de la sexualidad, la erotización precoz de niños y adolescentes, la manipulación de las personas.

Para quienes tenemos fe en Dios, esta capacidad de humanizar de Jesús manifiesta que Él realmente viene de Dios y es Dios. Un Dios que se ha hecho hombre y que nos salva humanizando y sanando nuestros vínculos.

El Espíritu de Jesús nos alienta para recorrer ese camino. ¿No sentimos su fuerza en todo esto?

Alegría con “a” de agua

«La Voz de San Justo», domingo 16 de diciembre de 2018

“Ustedes sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).

Un salmo que no está en el libro de los Salmos de la Biblia. No forma parte de esas ciento cincuenta plegarias que componen el Salterio. Sin embargo, comparte con ellas el estilo, la elevación espiritual y poética. No demos más vueltas: es un salmo.

Tomado del capítulo doce del profeta Isaías (cf. Is 12,2-6), con él rezamos este tercer domingo de Adviento, llamado “del Gozo y la Alegría”. Los textos bíblicos repiten, una y otra vez, la invitación a la alegría que brota de la experiencia de la salvación.

El salmo de Isaías usa la imagen con la que abrimos nuestra columna: la alegría de tener una fuente de agua para calmar la sed. Así se expresa lo que acontece en la vida cuando se hace experiencia de la presencia, la cercanía y la salvación de Dios.

Un cristiano que reza con este salmo de Israel no puede dejar de evocar una escena que leemos en el evangelista San Juan: “El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: ‘De su seno brotarán manantiales de agua viva’. Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).

Cristo es la fuente de agua en la que abrevamos. ¿Lo es realmente? ¿O no acudimos a otros espejos de agua para calmar nuestra sed? ¿Espejos o espejismos?

El Adviento nos invita a redescubrir dónde está abrevando realmente nuestra vida. Y a acudir a la fuente que, como el mismo Jesús declara, no está fuera, sino dentro de nosotros mismos: el Espíritu.

Tal vez nos pueda ayudar el poema de San Juan de la Cruz, cuya memoria hemos celebrado este viernes, que lo expresa de manera insuperable: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche… Aquesta viva fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

Sí. Es de noche, pero la fuente está ahí. Y su agua realmente sacia.

Navidad, dignidad y democracia

Enseguida explico las dos o tres ideas que quiero compartir con ustedes en esta fecha, recordando aquel 10 de diciembre de 1983 que algunos custodiamos en nuestra memoria con una mezcla de respeto y nostalgia ciudadanas.

Ahora quiero ir al hueso de lo que me moviliza. Lo formulo así: A treinta y cinco años de haber “recuperado la democracia”, ¡cómo se extraña un gran acuerdo de fondo entre todos los ciudadanos argentinos! Un acuerdo sobre valores compartidos y unos pocos caminos comunes para concretarlos.

Lo tenía que decir. Es lo que me agita más hondamente. Creo saber cuáles son las críticas a este planteo ¿ingenuo, principista e idealista? Sé también que, en tiempos electorales, cuando los leones se vuelven herbívoros y las encuestas dictan cátedra de corto plazo, este tipo de planteos suenan extraños.

Solo me queda decir: ¡viva la libertad de conciencia y de expresión! Mientras podamos, usemos de ellas… Pero, estemos alerta. Los enemigos de la libertad suelen encontrar razones para ahogarla.

* * *

Ahora a lo que quería compartir con ustedes.

Para esta conmemoración, se me ocurrió hace un tiempo releer el radiomensaje de Pío XII en la Navidad de 1944. Era la sexta y última Navidad de una Europa devastada por la guerra.

En medio de esa destrucción, el Papa Pacelli ve una señal de esperanza. Lo expresa así: “Una idea, una voluntad cada día más clara y firme surge de una falange, cada vez mayor, de nobles espíritus: hacer de esta guerra mundial, de este universal desbarajuste el punto de partida de una era nueva, para la renovación profunda, la reordenación total del mundo”.

El sabio Pontífice observa cómo, mientras los ejércitos siguen contendiendo, “los hombres de gobierno… se reúnen en coloquios y conferencias, para determinar los derechos y los deberes fundamentales sobre los que se debería reedificar una unión de los Estados, para trazar el camino hacia un porvenir mejor, más seguro, más digno de la humanidad”.

¿Solo reconstruir edificios? No, claro. La guerra dejaba heridos los cuerpos y las almas. La reconstrucción se presentaba, ante todo, como una empresa espiritual y ética. El mundo necesitaría movilizar sus energías más preciosas para esta tarea sobrehumana.

Europa, por su parte, tenía a disposición ese patrimonio espiritual inmenso que es el humanismo sobre el que había edificado sus mejores logros. Ahora había que ponerlo en juego nuevamente.

Pío XII ofrece su aportación. Abrevando en las caudalosas fuentes del humanismo cristiano, el Santo Padre reflexiona sobre la democracia. Se enfoca en dos puntos: qué tipo de ciudadanos requiere lo que hoy llamaríamos la “cultura democrática” y, por ende, qué tipo de dirigentes políticos supone la misma.

* * *

Antes de seguir, una aclaración importante: la de Pío XII no será la última palabra de la Iglesia sobre el tema. Apenas caído el Muro de Berlín, San Juan Pablo II ofrecerá, en la gran encíclica Centessimus annus, una actualización de la enseñanza católica, superando algunos límites del discurso de su sabio predecesor. ¿En qué punto? En uno fundamental: mientras que Pío XII parecía condicionar la aceptación de la democracia a que esta asumiera la visión del hombre, la justicia y el bien común del cristianismo, el Papa Wojtyla solo lo indicará como una condición para el funcionamiento correcto del sistema democrático. Este tiene, en sí mismo, su propia legitimidad porque pone en el centro la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, asume el estado de derecho y la división de poderes. No es una diferencia menor.

* * *

El Papa Pacelli comienza tomando nota de un hecho: “los pueblos… se han como despertado de un prolongado letargo. Ante el Estado, ante los gobernantes han adoptado una actitud nueva, interrogativa, crítica, desconfiada”.

La experiencia vivida los ha aleccionado a exigir un sistema de gobierno que respete la dignidad de los ciudadanos. Precisamente, el no haber vigilado mejor a los poderosos y sus desbordes autoritarios es lo que ha precipitado el mundo a la guerra.

Anota entonces: “¿hay acaso que maravillarse de que la tendencia democrática inunde los pueblos y obtenga fácilmente la aprobación y el asenso de los que aspiran a colaborar más eficazmente en los destinos de los individuos y de la sociedad?”.

¿Cuáles son entonces las condiciones que hacen más sana y equilibrada a una verdadera democracia, en todas las posiblesformas en que esta se puede realizar?

Dos derechos son fundamentales, desde la perspectiva del ciudadano: dar la propia opinión y, en consecuencia, no verse obligado a obedecer sin antes haber sido oído. Aquí hay una preciosa indicación, algo así como un presupuesto antropológico ineludible para una democracia con buena salud: que el ciudadano sea sujeto con opinión propia, fundada y formada a conciencia; que la pueda manifestar y, a través de medios justos, hacerla valer para dar su contribución al bien común.

No hay democracia con autómatas sino con ciudadanos libres, activos, responsables y conscientes. Aquí surge inevitable una cuestión: hoy por hoy, ¿qué condiciones hacen posible semejante altura espiritual y ética de los individuos? ¿Cómo ser realmente libres habida cuenta de la presión constante que lo políticamente correcto ejerce desde sus cátedras indiscutibles, en los medios, los centros de poder y de opinión?

A continuación, el Papa Pacelli enhebra un discurso en el que, con precisión de orfebre, caracteriza una condición indispensable para que la vía democrática sea posible y el Estado no degenere en totalitarismo: que el conjunto de los ciudadanos deje de ser una masa amorfa, inerte y dúctil, presa fácil de líderes tóxicos y autoritarios, y sea realmente un pueblo con vida propia.

“El pueblo – señala el Pontífice- vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales – en su propio puesto y a su manera – es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias… En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás”.

Por el contrario, cuando una democracia no cuida la calidad del ciudadano como sujeto personal, libre, activo y responsable, libertad e igualdad se deforman hasta convertirse en un triste remedo.

Pienso que, bien leídas estas reflexiones del Papa Pacelli, pueden ayudarnos a afinar nuestra mirada y, sobre todo, a tener lucidez crítica ante el emerger de formas nuevas de populismo, tanto de izquierdas como de derechas.
De los párrafos que Pío XII dedica a la descripción de las características de los hombres y mujeres que deben ejercer el poder público en las democracias, solo resalto la centralidad que da a los legisladores, miembros de los parlamentos.
La buena salud de una democracia depende, como de una condición indispensable, de la calidad de sus parlamentarios. Y esta condición, a su vez, remite a otra: la buena salud espiritual y ética de los ciudadanos que conforman un pueblo.

* * *

No me extiendo más.

Solo una anotación final.

Releyendo el Mensaje para redondear estas ideas, me percaté de esta frase, escrita al inicio del texto pontificio: “Navidad es la fiesta de la dignidad humana”.
De ahí el título de esta columna: Navidad, dignidad y democracia.

Solo eso.

Los que siembran entre lágrimas…

«La Voz de San Justo», domingo 9 de diciembre de 2018

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones… Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones” (Salmo 125, 1-2.5).

Hace dos mil quinientos años que fueron escritas estas palabras. Reflejan una de las experiencias más traumáticas de los habitantes de Jerusalén: la destrucción de la ciudad, la deportación a Asiria y el regreso a la patria, al cabo de un penoso exilio.

Pienso que esa palabra (“exilio”) no tendría que existir en ningún idioma. Sin embargo, ahí está, para indicar una de las crueldades más grandes los hombres podamos infringirnos: obligar a alguien a dejar su tierra, su querencia, para marcharse lejos, tal vez con la posibilidad de que nunca se dé el retorno.

¿No hemos jugueteado irresponsablemente en Argentina con esa posibilidad? “¿No dijiste que, si ganaba las elecciones tal o cual candidato, te ibas a ir del país? Ganó, ¿por qué no te vas?” Las horas más oscuras de la historia humana – también la nuestra – suelen tener sabor de exilio. La memoria de tantos exiliados ¿no ha logrado romper nuestros odios?

Las estrofas del salmo que comentamos adquirieron una dolorosa actualidad cuando se convirtió en la oración de aquellos judíos que habían podido escapar de los campos, las cámaras y los hornos. Dejaban atrás el dolor, sus muertos y el odio. Tenían por delante la tierra prometida y un futuro que le había sido negado a millones. La alegría de la salvación no podía dejar de abrir paso a la responsabilidad de saberse sobrevivientes de semejante holocausto.

Este domingo, la liturgia de Adviento, al poner en nuestros labios las estrofas del Salmo 125, nos hace rezar todos esos exilios: los nuestros y los de toda la humanidad.

Una de las características más significativas de los salmos es su humano realismo: el orante no se oculta nada de lo que siente, de lo que lo estruja por dentro. Y, sobre todo, no se lo oculta a Dios. Incluso más: es a Él a quien le dirige, una y otra vez, su interpelación airada y al borde de la desesperación. En los salmos no hay nada de afectación, diplomacia o acartonamiento.

Los salmos nos desnudan ante la mirada del Dios de Israel, a quien Jesús invoca como Padre. Nos desnudan delante de su Rostro. También de su Silencio. Nos llevan por eso al límite de nuestra humanidad. En la cruz, experimentando como nadie el abismo de la muerte, Jesús rezará con los salmos 21 y 31.

Cuando un cristiano reza con el Salmo 125, pone delante de la mirada de Dios todos sus exilios, pero con los ojos fijos en Jesús resucitado. Sabe que Dios ha cumplido todas sus promesas precisamente a través de su Hijo, muerto y resucitado.

La súplica: “¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb!”, ha sido escuchada. Todo orante, aún en los momentos más oscuros de su vida y en sus horas más desiertas, va a la oración sabiendo que no será defraudado. Sabe, con la sapiencia que da el corazón tocado por el Espíritu, que Dios está con él, siempre y en todo momento.

El Adviento nos invita a ir a fondo en esta experiencia espiritual.

Esperar, orar, caminar

«La Voz de San Justo», domingo 2 de diciembre de 2018

“Estén prevenidos y oren incesantemente…” (Lc 21, 36). Con esta recomendación de Jesús comenzamos a caminar el Adviento. Por eso, voy a dedicar estas columnas semanales a los salmos de los cuatro domingos de Adviento.

Adviento es, en definitiva, tiempo fuerte de oración. Y los salmos son precisamente eso: oración.  “El Salterio – enseña el Catecismo de la Iglesia – es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte en la oración del hombre” (nº 2587).

Afrontar la vida “en espera” es ya “ponerse en oración”. El que espera, ora o anhela orar.

Los salmos son la escuela de oración del pueblo de Israel. Como todo hebreo piadoso, Jesús ha aprendido a rezar con ellos. Por eso, los salmos están en el corazón de la oración cotidiana de la comunidad de Jesús, la Iglesia. Rezados en el Espíritu de Jesús adquieren un significado y una profundidad inigualables.

Al salmo que sigue a la primera lectura de la Misa lo llamamos “responsorial” pues nos ayuda a responder a la Palabra escuchada. En este primer domingo de Adviento rezamos con algunas estrofas del Salmo 24, intercalando la antífona: “A ti, Señor, elevo mi alma”. A continuación, las estrofas:

Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador.

El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres.

Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,
para los que observan los preceptos de su alianza.
El Señor da su amistad a los que lo temen
y les hace conocer su alianza.

El orante es un creyente (¿un anciano tal vez?) que se encuentra solo y un poco abatido. Sabe, sin embargo, que cuenta con la cercanía del Dios misericordioso. Esta es su experiencia religiosa más honda: el Señor le ha dado su amistad.

Por eso, le pide tres gracias: verse libre de todos sus enemigos, alcanzar el perdón de sus pecados y ser instruido en los caminos del Señor. Esta última petición es la que retoma la liturgia de este domingo. La imagen del camino aparece cinco veces en las tres estrofas que rezamos.

El orante suplica conocer el camino, porque sabe que Dios no juega con él: es justo y recto, muestra siempre el camino a quien está extraviado.

El Adviento nos recuerda que ninguno de nosotros está hecho del todo. Pero también nos recuerda que Dios mismo está viniendo a nosotros. Está “en camino”. No es un Dios quieto, insensible o inalcanzable.

El salmo nos invita a caminar, a esperar y, por eso, a orar.

Cristo Rey

Cristo es rey. Claro que sí.

Y lo es de un modo que no tiene comparación con ningún poder mundano. “Mi realeza no es de este mundo”, le dirá a Pilato.

Y añade: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Pasan los siglos, se multiplican las voces, nos saturamos de información y de ruidos, pero la voz de Cristo – serena, humilde, certera, genuina – sigue encontrando oídos que la reconocen y que se dejan iluminar por ella.

Ese es el verdadero poder de Cristo.

Hasta el escéptico Pilato parece comprenderlo. Se da cuenta rápidamente de que ese hombre vilipendiado al que finalmente condenará era inocente del todo. Limpio, sin fisuras, tan diáfano como la luz del mediodía.

«Ecce Homo», exclama, presentándolo a la multitud desfigurado y, sin embargo, con una Hermosura que sigue subyugando a las almas. «¡He aquí el Hombre!».

No necesita imponerse por la fuerza. No tiene ejércitos que conquisten para él los vastos territorios del mundo. No necesita estrategias ni artimañas oscuras. No sabe de manipulaciones ni maneja con maestría mundana los hilos del poder.

Cristo es rey. Claro que sí.

«Para eso he nacido y venido al mundo…», añade el Condenado. Y precisa: «…para dar testimonio de la verdad».

Hoy te sigue diciendo la verdad.

La que viene de Dios y que es Dios mismo. Te dice también la verdad sobre vos mismo, sobre la vida.

Jesús es todo lo que está bien.