Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
13 de marzo de 2013, Francisco pide la oración del pueblo de Dios por su pastor
Este viernes 13 de marzo, el Papa Francisco cumple siete años de haber sido elegido obispo de Roma.
El número siete es muy significativo para un obispo.
La liturgia sugiere que, cuando el obispo celebra la Misa -en una parroquia, por ejemplo- junto al altar haya siete cirios encendidos.
Indican la plenitud del sacerdocio que el obispo ha recibido por la efusión del Espíritu en la ordenación episcopal.
Es una indicación preciosa. La liturgia expresa lo que la Iglesia cree y vive.
El obispo no es un funcionario o un administrativo de una empresa. Menos aún, alguien que, con estrategias mundanas, dirige a otros.
El obispo está llamado a ser un hombre del Espíritu, ejerciendo un ministerio espiritual para bien de todos.
Es lo más valioso que, hoy, puedo decir de nuestro querido Papa Francisco y del modo como está guiando a la Iglesia.
Así lo señala uno de sus biógrafos, el inglés Austen Ivereigh.
Este autor caracteriza el modo como Francisco está gobernando la Iglesia con la figura de un padre, director o acompañante espiritual.
La reforma que está animando en la Iglesia tiene que ver con ayudarnos a ser dóciles a lo que el mismo Espíritu está haciendo en la Iglesia, a los caminos que está abriendo para la Iglesia de Jesús en este tiempo, tan tormentoso y desafiante como fascinante y sediento del Evangelio.
De ahí que, en el centro de su modo de gobernar la Iglesia esté el “discernimiento del Espíritu” que nos ayuda a sentir y obedecer la voluntad de Dios.
Tenemos que dar gracias por su persona y ministerio, rezando para que siga guiando así a la Iglesia.
Pero, para ser consecuentes, más que repetir como autómatas sus dichos, consignas y frases, tenemos que dejarnos guiar nosotros también por el Espíritu para cumplir nuestra misión con plena conciencia y libertad.
Un buen padre espiritual no ocupa nuestro lugar en la respuesta que Dios espera de nosotros. Nos da pistas -como está haciendo Francisco- para que cada uno encuentre esas respuestas, y con el corazón encendido por el amor de Dios, se entregue totalmente y sin reservas a vivir el Evangelio.
Rezo por Francisco, encomendándoselo a la protección de la Virgen María, nuestra Madre.
Mientras se difunde el coronavirus, algunos católicos discuten si es un sacrilegio o no comulgar en la mano.
Es estremecedor ver cómo nos dejamos llevar por estas polémicas estériles. También nosotros colamos el mosquito y nos tragamos el camello.
Es un grave defecto espiritual perder de vista lo que es esencial en nuestra fe. Porque la forma de comulgar es secundaria respecto a la consideración del don divino que supone la santa Eucaristía.
Acudamos a las normas de la Iglesia, no solo para clarificar las cosas sino para tener también paz y no pelearnos como mundanos: “lex orandi lex credendi lex intelligendi” (la ley de la oración es la ley de la fe y de la inteligencia de la fe).
La Iglesia es la que regula la forma de celebrar los sacramentos. Es el derecho litúrgico que está contenido en las normas llamadas “Praenotanda” que preceden a los respectivos ritos litúrgicos.
Las normas que regulan la recepción de la sagrada Comunión están contenidas en el nº 161 de la Ordenación General del Misal Romano, con una nota de las decisiones de la Conferencia Episcopal Argentina al respecto.
Lo más importante: la Iglesia reconoce que la forma de comulgar la elige el fiel, “según su deseo” (sic). Es un derecho del fiel cristiano.
Básicamente son dos: en la boca o en la mano. También se ha reconocido -a modo de dispensa- la comunión de rodillas.
¿Es mejor en la boca o en la mano?
La forma típica es en la boca. Si un Episcopado lo pide, también se autoriza en la mano (como ha hecho el Episcopado Argentino y tantos otros).
En todo caso, lo fundamental es la actitud de fe, de devoción y de amor por la Eucaristía.
Es Cristo que se ofrece y el fiel lo recibe como Señor y Salvador, Viático para el camino y anticipo del Cielo. Aquí hay que poner el acento. Y, desde aquí, indicar la importancia de hacer bien gesto externo de reverencia y adoración al comulgar.
Si bien se puede decir que la norma litúrgica prefiere la comunión en la boca, de ahí concluir que es un sacrilegio comulgar en la mano, es una evidente exageración.
Dígase lo mismo de quienes argumentan que solo la comunión en la mano es lo más conveniente para una fe adulta.
Suele ocurrir que, unos y otros, imponen a los demás, con más fuerza de Ley que el Decreto de Graciano, la propia interpretación personal. Los clérigos solemos llevar la delantera en esto, pero no estamos solos…
Más grotesco aún si, a quien no piensa como yo, le digo con arrogancia: “Lo que pasa es que vos no tenés fe”.
Una expresión que, desde hace un tiempo, observo que se vuelve más común en algunos ambientes.
¿Qué ciencia poseo para concluir que alguien no tiene fe? ¿Alguna revelación particular? Solo Dios juzga ese nivel de la conciencia humana.
¡En nombre de Dios no nos dejemos ganar por semejante soberbia!
Repito, porque es fundamental: es un derecho del fiel cristiano elegir el modo de comulgar.
No cerremos, donde la Iglesia deja abierto un espacio legítimo para la libertad de cada uno.
¿Puede la Iglesia, el obispo o un sacerdote prohibir una forma determinada de comunión?
Tres casos posibles para atender en una respuesta a esta pregunta:
1. Un obispo no permite en su diócesis que se comulgue en la mano, aunque la Conferencia Episcopal del país lo permita. Es posible. De hecho, ocurre. Es potestad del obispo hacerlo.
2. El sacerdote -obispo o presbítero- en una celebración particular, y por riesgo de profanación, puede prohibir la comunión en la mano. Lo establece la Iglesia en sus normas.
3. En un caso como la actual emergencia sanitaria, el obispo puede restringir este derecho por el tiempo que dure la emergencia, por ejemplo, estableciendo que solo se comulgue en la mano o en la boca.
La oración de súplica también tiene su lugar en una situación de crisis sanitaria.
Dios es creador y redentor. Es Padre, como nos reveló Jesús. No se desentiende de sus hijos y su creación.
Actúa siempre, como también nos enseñó Jesús. Y lo hace para salvar: eso significa, para hacernos crecer en humanidad, vivir como sus hijos en toda circunstancia de la vida (salud o enfermedad) y, de esa forma, llevarnos al cielo, a la bienaventuranza eterna.
Dios respeta su creación. No la violenta ni, de ordinario, pasa por encima las sabias leyes que Él mismo le ha dado.
Al hombre le ha dado inteligencia para comprender las leyes de su creación y ponerlas al servicio de todos. Le ha dado también una voluntad libre para que la acción transformadora del hombre lo perfeccione, haciéndolo más bueno y virtuoso.
Por eso, oramos por quienes tienen responsabilidades de gobierno y de conocimiento para prevenir, curar y aliviar el dolor.
Ese es el modo ordinario de obrar de nuestro Dios: actúa por medio de las “causas segundas”, respetando y sosteniendo su accionar.
Pero también actúa de forma extraordinaria. También sin violentar su creación, pero de un modo que, normalmente se escapa a nuestra comprensión, interviene en el mundo.
A esos signos poderosos de su amor los llamamos milagros, porque, al experimentarlos y contemplarlos no podemos dejar de maravillarnos de su poder, su sabiduría y su misericordia.
Por eso, sus hijos nos volvemos a Él, orando con confianza, para que disponga nuestro corazón para colaborar con su obra y para que Él intervenga en nuestra vida.
Oremos, por tanto, con insistencia y la confianza de Jesús, que es la de los niños: “Pidan y se les dará…”
Es la oración confiada de los hijos que saben que Dios no dejará de estar a su lado con la gracia del Espíritu Santo.
«La Voz de San Justo», domingo 8 de marzo de 2020, Día internacional de la Mujer.
Dejemos, por un momento, a Abrahám peregrinando su fe por los polvorientos caminos de Oriente. Hoy, vamos al Santuario de Luján, a la Eucaristía en el Día internacional de la Mujer. Allí, con María, la Iglesia argentina dice: “Sí a las Mujeres. Sí a la Vida».
Es Cuaresma: caminamos hacia la Pascua. Cuando volvamos a cantar el Aleluya, ratificaremos de esa forma el “sí” de Dios a la vida que es la resurrección de Cristo. Un “sí” rotundo y definitivo.
En medio de la noche, cuando la oscuridad de la muerte parecía ser la palabra definitiva, el Padre sopló su Aliento sobre la fría piedra del sepulcro, y pronunció la palabra más bella del idioma divino: “¡Resucita!”. Y el Crucificado se puso de pie, transfigurado para siempre: el Viviente que da vida.
Los dos “síes” que lleva el lema (a las mujeres y a la vida) son un eco de ese “sí” fundamental de Dios al mundo, a la humanidad, a la esperanza.
Los discípulos de Jesús nos sentimos responsables de ese “sí”, de cuidarlo y hacerlo visible en cada circunstancia de la historia. Es para todos, especialmente para los pobres (que somos todos).
“Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, el que nosotros hemos anunciado entre ustedes… no fue «sí» y «no», sino solamente «sí»” (2 Co 1, 19), enseñaba San Pablo.
Jesús es solamente “sí”. Nosotros, en cambio, cargamos demasiados “noes”. Entre ellos, los que, con actitudes, gestos y palabras, han golpeado y siguen golpeando a las mujeres.
Mientras dice “sí a las mujeres”, la Iglesia reconoce que, en su esencia más honda, ella misma es mujer. La mujer-Iglesia se reconoce en la mujer-María, como en cada una de las mujeres de las Escrituras y de las santas que reflejan lo mejor de sí misma.
Al contemplarse así, la misma Iglesia reconoce que queda todavía mucho por caminar en el reconocimiento del genio femenino. Se lo grita el Evangelio de Jesús.
Nadie como él supo tratar a las mujeres que se le acercaron con sus pesares e ilusiones. Las miró a los ojos y las reconoció como sujetos. Ni las usó ni las victimizó. Tampoco las redujo a un colectivo uniforme y monolítico, sino que supo captar la originalidad de cada una… como hizo con cada persona. Las hizo sus amigas, compañeras y discípulas, en igualdad con los discípulos varones. En la mañana de su resurrección, les confió la Buena Noticia de la ternura de Dios que vence la muerte.
Este domingo nos reunimos para cantar el “sí” de Dios a la vida, a cada hombre y mujer de este mundo. Será un gozo. Tiene que ser un fuerte compromiso. No puede quedar solo en palabras.
«La Voz de San Justo», domingo 1º de marzo de 2020
“Entonces hubo hambre en aquella región, y Abram bajó a Egipto para establecerse allí por un tiempo, porque el hambre acosaba al país.” (Gn 12, 10).
Bella metáfora la del camino. Camino es la vida. Como la fe. Peregrinamos sostenidos por una promesa. Si ella se desvanece, nuestras fuerzas, siempre al límite, menguan hasta dejarnos inermes.
Abrahám es un peregrino, con una meta precisa: tierra y descendencia, prometidas por Dios. Su vida se confunde con su fe. Porque, en la experiencia del Dios de la Biblia, creer, vivir y caminar son intercambiables.
Una palabra irrumpe, inesperada, en la sedentaria vida de Abrahám. Lo vuelve caminante. Es una orden perentoria. La pronuncia el Dios amigo que se hace también compañero de camino. De paso, añadamos: como la fe y la vida, la amistad es también una peregrinación…
La cita con que abrimos esta columna nos habla de otro viaje de Abrahám. No el de la fe, sino el de la desconfianza. Apenas diez versículos. Contienen una bella enseñanza sobre la fe como camino.
El punto de partida es una aguda experiencia humana: hambre y lo que desata en el corazón. La promesa comienza a estar en crisis. En el horizonte aparece la riqueza opulenta de Egipto. Allí sí que hay posibilidad de ser colmados. Abrahám entonces se desvía del camino trazado por Dios.
Comienzan entonces los problemas. Abrahám está casado con una hermosa mujer. ¿Y si los egipcios posan sus ojos en ella? Seguramente matarán a Abrahám para quedarse con la bella. Y, en medio del camino desviado, un ingenioso artilugio: “Por favor, di que eres mi hermana. Así yo seré bien tratado en atención a ti, y gracias a ti, salvaré mi vida” (Gn 12, 13).
Por supuesto, al principio, todo parece ir sobre rieles: los egipcios toman a la “hermana” de Abrahám y, en recompensa, lo colman de bienes. Pero, como decían nuestras abuelas: la mentira tiene patas cortas. “Pero el Señor infligió grandes males al Faraón y su gente, por causa de Sarai, la esposa de Abrahám” (Gn 12, 17). Al enojo del faraón sigue la expulsión de Abrahám. Un modo poco elegante, pero efectivo de retornar al sendero.
Una vez más, Dios interviene y es el que realmente salva a su amigo, más allá de todo cálculo.
Este primer domingo de Cuaresma, nuevamente el hambre protagoniza una historia bíblica. Jesús, en el desierto, comienza a sentir los efectos de sus cuarenta días de ayuno. El tentador aprovecha la debilidad. Pero Jesús hará lo que Abrahám tuvo que aprender a vivir. Al tentador que lo invita a convertir piedras en panes, Jesús responde, citando la misma Escritura: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4 y Dt 8, 3).
La fe siempre crece en la prueba. Es un camino siempre bajo acecho. ¿Debilidad o fortaleza? La Biblia nos enseña a ir hasta el fondo de la prueba, porque precisamente allí, Dios nos espera.
Tenemos que seguir rumiando esta desconcertante (y fascinante) experiencia espiritual.
«La Voz de San Justo», domingo 23 de febrero de 2020
El relato de Babel nos ha dejado un sabor amargo: los hombres ¿estamos condenados a no entendernos? ¿Es nuestro destino la dispersión, amargados y solitarios? Al parecer, la única forma de encuentro es el conflicto, y este hasta la muerte. O unos u otros.
Pero, ya lo dijimos: la puerta a la esperanza está abierta. Y será el mismo Dios el que trasponga su umbral y dé inicio a una historia nueva. Y lo hace con Abram, a quién llamará: Abrahám. Ese cambio de nombre (como tantos otros en la Biblia) es una buena señal de hacia dónde va la historia.
Con la de Abram/Abrahám comienza la historia de eso que llamamos fe. ¿Cómo describirla? Si en esta semana tenemos tiempo y ganas (sobre todo, ganas), busquemos en el libro del Génesis el ciclo de Abrahám: Gn 12-25, 18.
Gn 12, 1-4: «La vocación de Abram»
“Abram partió, como el Señor se lo había ordenado…” (Gn 12, 4).
La fe nace de una palabra que llega, de repente, trastoca todo lo que hasta ese momento da certeza y seguridad. En este caso, a un hombre anciano, sin descendencia.
Es además una orden perentoria con una promesa incierta: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición.” (Gn 12, 1-2).
Lo decisivo no es la promesa -inmensa, por cierto- sino quien la realiza: el Dios vivo que, a partir de ahora, será el Dios de las promesas. Entregarse a Él, confiándole todo y dejándolo todo, es el núcleo ardiente de esa actitud que ha de confundirse con la misma vida.
La fe es una vida que se asume como riesgo en el mismo instante en que se renuncia a ser dueño de ella, pues se le confían las riendas de la propia existencia a Aquel al que se lo reconoce como Señor.
La fe, a la medida de Abram, es dejar a Dios ser Dios en la propia vida. De ahí que, cuando una persona comienza a comprender lo que realmente significa “creer”, un vértigo cercano al pavor es una experiencia irrefrenable.
Pero, precisamente, si en estas circunstancias, el aprendiz de creyente se confía a la palabra que recibe y, como Abram, se pone a caminar, comienza a comprobar que esa promesa es lo más valioso de su vida. Y que posee una fuerza inaudita para vencer todos los miedos que abruman al corazón humano. El que cree, como Abram, resucita a la vida.
Los creyentes de todos los tiempos -judíos, cristianos y hasta musulmanes- nos reconocemos deudores de Abrahám, el padre de todos los creyentes. Su fe sigue moldeando la nuestra e inspirando su camino.
Si queremos comprender nuestra fe tendremos que seguir hablando de Abram.
«La Voz de San Justo», domingo 16 de febrero de 2020
“Después dijeron: «Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra».” (Gn 11, 4).
Vayamos despacio. No condenemos apresuradamente la ambición del proyecto. Lo que tiene de desmesura se apoya en un impulso que Dios mismo ha puesto en el corazón de la humanidad. Somos imagen y semejanza de Dios. Llevamos la chispa de su vida, de su misma pasión, en nosotros. Somos pulsión hacia delante. Somos esperanza. Nuestros ojos están hechos para mirar lejos. Y también más allá nos llevan nuestros pasos.
La chispa, sin embargo, se transforma en fuego devastador cuando la soberbia se vuelve el impulso dominante. La criatura se contrapone al Creador y pretende erigirse en dios para sí y para los demás. Los lectores del relato piensan tal vez en la gran Babilonia (¿por eso Babel?) que, con soberbia y orgullo, somete y humilla a los pueblos y ciudades, entre ellas: Jerusalén. Hoy podríamos pensar, quizás, en lo que acaba de señalar el Papa Francisco sobre la depredación de la Amazonia que afecta, a la vez, al ecosistema, a los seres humanos y a los pueblos.
¿Y Dios? ¿Qué hace? “Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y dijo: «Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua. Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros».” (Gn 11, 5-7).
La narración no se priva de un poco de humor: en definitiva, por más empuje de la soberbia, la torre no llegó al cielo. Dios tiene que bajar para poner las cosas en orden… o en desorden. El relato termina con la confusión de los ambiciosos constructores.
¿Eso es todo? ¿Todo es confusión y división? No perdamos el horizonte. Los primeros once capítulos del Génesis (que lo son también de toda la Biblia) preparan el escenario. Dios no abandona su creación, como decíamos el domingo pasado. Es cierto que, de Adán a Babel, pasando por las manos asesinas de Caín, el mal parece crecer en toda la tierra.
La gran historia está a punto de comenzar. Es la historia de cómo Dios realmente baja y se hace compañero de camino del hombre. Y es la historia de la fe como el espacio que Dios mismo se abre en el corazón del hombre para transformar, desde dentro, toda su creación.
El escenario está preparado y la aventura de la fe está a punto de comenzar. Ya llega el amigo de Dios: Abrahám. Será una bendición para todos: de sus entrañas, al cabo de una paciente espera, nacerá Jesús, el Cristo.
La mayoría de los católicos argentinos -laicos, pastores y consagrados- nos sentimos cómodos con el núcleo ético de la cultura democrática: la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes.
De este ethos se desprenden en un desarrollo armónico otros principios fundamentales: el estado de derecho con el imperio de la ley, especialmente de la constitución, y no la arbitrariedad de quien detenta ocasionalmente el poder; las elecciones periódicas libres que expresan la soberanía del pueblo, la división de poderes, especialmente el respeto por la justicia y su independencia.
En el corazón de la cultura democrática está el diálogo ciudadano que se asienta en el respeto de la subjetividad de cada uno reconocido como un semejante (en cristiano: un hermano o hermana), y hace culto del debate de ideas, especialmente vigoroso cuando hay disenso y divergencias. El diálogo busca los consensos posibles basados en la búsqueda de la verdad y del bien, aquí y ahora. Es una pretensión fuerte, pero es la única que llega a hacer realmente justicia del significado profundo de la convivencia ciudadana en el seno de un pueblo y de una nación. De ahí el lugar irreemplazable del Parlamento, tanto a nivel nacional como provincial y municipal. Pocas cosas como el desarrollo de leyes justas supone el arte de dialogar, acordar y preparar el futuro.
“Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana”, escribía San Juan Pablo II en el nº 46b de su gran encíclica de 1991: Centessimus annus. Esta afirmación expresa apretadamente el punto de vista católico sobre la democracia y es el punto de partida de la aportación específica que los católicos damos a la vida y cultura democrática de nuestro país.
Por eso, en cada debate público, no solo vamos a participar haciendo uso de todos los medios legítimos que la ley pone a disposición de los ciudadanos, sino que vamos a hacerlo a conciencia, aportando a la discusión nuestros específicos puntos de vista: no hay justicia ni libertad sin verdad y no se puede edificar la justicia sin respetar la libertad y la conciencia de las personas.
El humanismo cristiano de la tradición católica, como también otras grandes tradiciones culturales y espirituales presentes en Argentina, es una de las fuerzas que, desde dentro, viene fecundando la vida de nuestra Nación. Nos sentimos responsables de hacer que siga dando frutos de humanización para nuestra sociedad, ante los desafíos nuevos que hoy vive nuestra Argentina.
En el corazón de la propuesta de vida del humanismo cristiano está Cristo, el Verbo encarnado, y su Evangelio iluminando la verdad de la persona humana en todas sus dimensiones, en su camino terrenal y en su destino eterno.
Estamos convencidos que es una propuesta de vida buena, noble y bella que no solo ilumina la vida de las personas y las familias, sino que proyecta su luz sobre todo el entramado de relaciones que constituyen la vida social de nuestro pueblo.
Esa luz es también una poderosa fuerza para contener las amenazas que siempre penden sobre la vida humana: el egoísmo y la injusticia, la mentira y la corrupción, la desesperanza y el miedo, el resentimiento y toda forma de violencia. Por eso, toda causa justa nos encontrará dispuestos a sumarnos a la lucha nunca acabada por la justicia, especialmente del lado de los más vulnerables.
Nos sentimos responsables de que esa luz siga brillando e iluminando nuestra vida como pueblo. El Evangelio, vivido y predicado, es un bálsamo, un remedio y una fuerza poderosísima para curar toda enfermedad, superar toda grieta y perseverar en la edificación del bien común.
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Hoy por hoy -lo vemos en otras partes, pero también entre nosotros- la democracia vive una profunda crisis. Es lógico que así ocurra: supone una sociedad compuesta de ciudadanos libres que, cada día, estamos desafiados a optar por el bien, la justicia y la verdad. Y lo hacemos en medio de circunstancias concretas, las más de las veces oscuras e inciertas. No hay sociedades perfectas. Tampoco programas y dirigentes perfectos. Cada uno de nosotros aprende a partir de sus propios errores. Mucho más en una sociedad que se hace cada día más compleja y plural.
Una de las razones de esta crisis, como muchos señalan, es el divorcio entre las élites y la vida cotidiana de los ciudadanos, especialmente cuando no termina de concretarse una real mejora de las condiciones de vida y crece exponencialmente la desigualdad. Como acaba de señalar el Papa Francisco: «El mundo es rico y, sin embargo, los pobres aumentan a nuestro alrededor».
La tentación de tomar atajos, de confiar en propuestas simples y en líderes iluminados es demasiado fuerte. La incertidumbre instala el miedo en el corazón y este puede llegar a desatar los mecanismos de la violencia y la exclusión. Conocemos bien las sugestiones del autoritarismo que promete lo que en definitiva termina quitando: vida, libertad y dignidad.
Aunque minoritarios, algunos sectores cristianos hoy parecen fuertemente tentados de esta fuga hacia el fundamentalismo y el integrismo. La tentación de líderes providenciales que prometen instaurar el “orden cristiano” forma parte de esta tentación. Ocurrió en el pasado, parece estar pasando también hoy, al menos en otras latitudes, algunas no tan alejadas de nosotros. Estemos atentos.
* * *
Necesitamos darle nuevo vigor a nuestra pasión por el bien común, a las instituciones y organizaciones que dan cauce a nuestra vida social y, también, a la política como servicio eximio al bien integral de todos los ciudadanos. Tenemos el desafío de vencer, en cada uno, el temor que nos lleva al encierro egoísta del “sálvese quien pueda” y reavivar el fuego del amor de Cristo en nuestros corazones. Si no lo hacemos, los pobres y vulnerables van a seguir perdiendo y, llegará un momento, en que todos habremos perdido humanidad. La historia trágica del mundo y nuestra propia experiencia argentina nos advierte de ello.
Ojalá todos tomemos nota. Es, sin embargo, una responsabilidad particularmente exigente de los que tenemos algún rol dirigente en la sociedad, de manera particular quienes conforman las élites políticas. Tengo la fuerte impresión de que la mecha es cada vez más corta.
¿No es hora de sentarnos a la mesa con amplitud de miras, grandeza de alma y disposición real para escucharnos todos y madurar consensos de fondo para mirar el futuro? ¿No están resultando demasiado pequeñas nuestras metas? ¿Qué Argentina pretendemos dejar a las nuevas generaciones que están creciendo y que vendrán detrás de nosotros?
* * *
Vuelvo al principio: muchos católicos (tal vez, la mayoría), no solo nos sentimos cómodos con este ethos de la cultura democrática, sino que consideramos que una sociedad abierta, libre y plural es el ambiente propicio para que una propuesta de vida como la del Evangelio lleve luz y felicidad a los corazones de las personas. Nos sentimos en nuestra propia casa, como peces en el agua.
Sentirnos cómodos con el núcleo ético de la democracia no quiere decir que estemos conformes con sus concreciones históricas. Al contrario, como muchos otros conciudadanos argentinos, somos conscientes no solo de sus límites, sino que la causa de ellos está en la corrupción que anida en el corazón y en las estructuras de pecado de nuestra vida social y política. Este inconformismo, iluminado por la enseñanza social de la Iglesia y alimentado por la pasión por el bien de todos, especialmente de los más pobres, es capaz de generar un compromiso más fuerte con la lucha por la justicia.
Hemos aprendido dolorosamente que el Evangelio, especialmente la enseñanza social que se desprende de él, no se puede imponer coactivamente por medios políticos, pero tampoco puede dar lugar a la indiferencia y a otras formas de quitarle el hombro al desafío del bien común.
La semilla del Evangelio tiene fuerza propia, crece en la tierra siempre buena de la libertad.
Y, si de muestra bien vale un botón, aquí propongo uno de los más bellos ejemplos: José Gabriel del Rosario Brochero, argentino cordobés, cristiano cabal, sacerdote hasta los huesos y ciudadano motor de otros en la construcción de proyectos de futuro, pensados y llevados a cabo con grandeza de alma y amplitud de miras. Es un ejemplo salido de la Argentina profunda. Es uno, pero no el único. Gracias a Dios.
«La Voz de San Justo», domingo 9 de febrero de 2020
De los relatos que componen los primeros once capítulos del Génesis, el del diluvio universal es uno de los más fascinantes. Vale aclarar que, antes que una crónica histórica o una página de ciencias naturales, se trata de una narración profética que busca echar luz sobre el presente. Solo cuando nos acercamos a esta página bíblica con esa avidez de luz, esta libera toda su potencia reveladora.
Estos capítulos del Génesis están tejidos con los hilos de distintas tradiciones. Una de ellas acentúa la corrupción del mundo. Es portadora de un hondo pesimismo. Llega incluso a decir que, al ver el abismo de mal en que el hombre ha caído, Dios ha llegado a arrepentirse, desilusionado de su propia creación (Gen 6, 5-6). Una afirmación terrible.
Pero, de repente, otra mano invisible hace aparecer al bueno de Noé. Y, a partir de esa aparición que parece contradecir la anterior, el narrador bíblico saca adelante una historia de esperanza que nos entregará la imagen de la paloma de la paz, inmortalizada, entre otros, por el gran Picasso.
La inclinación del corazón humano al mal es demasiado real como para que no le prestemos atención. Es verdad, pero no toda la verdad. Noé, su familia y su arca vienen a nuestro encuentro, navegando por encima de las aguas torrenciales e intimidantes de nuestros desaguisados.
El arca que Dios le mandó construir navega las aguas impiadosas del diluvio. Es un poderoso símbolo que nos habla, a la vez, de la fragilidad de la vida humana, pero también de la potencia oculta que, una y otra vez, la hace resurgir del abismo de la muerte. Es, por lo mismo, figura de la fe.
Un detalle simpático y tierno a la vez: cuando Noé, los suyos y todos los animales han entrado en el arca, escribe el narrador: “Y el Señor cerró el arca detrás de Noé” (Gen 7, 16). Añade más adelante: “Entonces Dios se acordó de Noé y de todos los animales salvajes y domésticos que estaban con él en el arca. Hizo soplar un viento sobre la tierra, y las aguas empezaron a bajar…” (Gen 8, 1).
Es decir: la última palabra nunca la tiene la maldad o la corrupción que anida dentro de nuestro corazón. Dios ama su creación y no la abandona jamás. Por eso, conduciendo los hilos misteriosos de la historia sabe abrir nuevas posibilidades y, cuando todo parecía sumergido por la devastación de las aguas, es capaz de crear la belleza del arco iris como símbolo de su amor fiel por su creación.
Cuando el que aparezca sea Jesús (del que Noé es profecía), este mensaje tomará su cuerpo y su sangre, se lo llamará Evangelio y tendrá la figura de la Pascua.
«La Voz de San Justo», domingo 2 de febrero de 2020
Vuelvo sobre el relato bíblico de Caín y Abel. Después del fratricidio, Caín comienza a caer en la cuenta de su crimen. “Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo…” (Gn 4, 13), confiesa con realismo a Dios que lo ha interpelado, preguntándole por su hermano.
Podríamos decir: esa fue la gran equivocación de Caín. Como lo será después la de Judas, el traidor.
¿Fuerza Bernardo el texto bíblico? No lo creo. Caín es una figura representativa de la humanidad. Como Adán, Eva y Abel. Caín soy yo, sos vos, somos cada uno.
En la medida en que no conocemos a Cristo, somos Caín abrumados por el peso de nuestros yerros y pecados. A eso apunta Bernardo: quien no sabe de Cristo está al borde del peor abismo, el de la desesperación de no saberse redimido.
Eso es precisamente la fe: encuentro con la persona de Jesús. Un Cristo que no es un mero personaje del pasado, sino una persona viva. En el encuentro con Él experimentamos el amor primero de Dios que, desde toda la eternidad, nos espera, nos busca y nos salva.
Por eso, para conocer lo que significa la fe tenemos que bucear en las experiencias de aquellos hombres y mujeres que no han podido separar sus vidas de la de Cristo. Porque Cristo vive en sus discípulos. Su Persona es inseparable de las personas de quienes lo reconocemos como Señor, sintiéndonos salvados por Él.
Dios no tira de la cuerda hasta ahogar a Caín. En definitiva, Dios no odia, ni busca venganza. Quiere justicia, la que solo se consigue cuando el pecador se arrepiente, hace penitencia y se redime.
Comienza a hacer despuntar sobre la vida del fratricida la luz mansa del Salvador. Tardará, pero esa luz tiene la suficiente potencia para ganar el corazón de todos los Caínes.
La trama de la Biblia está tejida con historias de muchos hombres y mujeres que, como Caín, han conocido el abismo de mal que son capaces de cavar con sus propias manos, precipitándose ellos con sus víctimas. Siempre (y “siempre” quiere decir: “siempre”), la misericordia de Dios se las ha arreglado para abrirles una puerta.
Y Dios -como enseña la vieja filosofía- es inmutable: no cambia en su modo de ser ni de obrar.
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