Sí, resucitó…

«La Voz de San Justo», domingo 14 de abril de 2024

“Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu […] Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?».” (Lc 24, 36-37.41).

Al relatar las apariciones de Jesús resucitado, los evangelios no eluden mostrar las dificultades de los discípulos para abrirse y aceptar la resurrección.

¿Podía ser de otra manera? La resurrección es verdaderamente la novedad más absoluta. Desafía la razón y el sentido común. Pero, precisamente ahí reside su fuerza de atracción: el mensaje pascual atraviesa el tiempo, sigue conquistando corazones y abriéndolos a la fe en el Dios revelado por Jesucristo.

Un tiempo como este, en el que muchos ya experimentan lo que es vivir sin un Dios al que cantar y alabar, se ha vuelto especialmente propicio para recibir con nueva frescura el mensaje pascual que sigue resonando en la Iglesia: Jesús es el Viviente, ha resucitado y nosotros lo hemos visto. Desde la fría oscuridad del ateísmo ambiente, muchos se descubren peregrinos sedientos del Dios vivo que resucitó a Jesús.

La muerte no tuvo la última palabra. Algo pasó, y su origen es Aquel al que Jesús llama “Padre”. Intervino y lo resucitó; y, con esa inaudita intervención que solo se explica por el amor, cambió todo.

Ese mensaje toca una fibra muy íntima del corazón: aquellos que amamos no pueden simplemente morir. Son demasiado significativos como para que se disuelvan en la nada. Si Dios existe -y claro que existe- es Él -y solo Él- el que puede ponerle un límite a la muerte.

“Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Creo, Señor, pero aumenta mi fe. Amén.”

Carta pastoral sobre algunos aspectos del compromiso con el bien común que brotan de la fe cristiana y católica, en esta hora de nuestra patria Argentina

Al final, después de las notas, está el enlace para descargar el texto de la Carta pastoral en PDF

San Francisco, 13 de abril de 2024

Fiesta de Nuestra Señora del Valle de Catamarca

A los fieles y comunidades de la Iglesia diocesana de San Francisco.

Queridos hermanos y hermanas:

1. Estamos caminando el tiempo pascual. En la liturgia semanal escuchamos casi completo los Hechos de los Apóstoles. La comunidad eclesial es fruto maduro de la Pascua. Reunida por el Evangelio, ella es “criatura del Espíritu”. Esta lectura de los Hechos nos permite ver reflejado como en un icono nuestra vocación y misión como Iglesia del Señor; por eso, ilumina poderosamente nuestro presente.

2, En esta carta pastoral, les propongo volver sobre algunos aspectos que brotan de nuestra experiencia pascual, como la reflejan los Hechos: nuestro aporte como cristianos a la tarea nunca acabada de procurar el bien común y edificar el mejor orden justo posible de la sociedad. Quisiera iluminar así esta hora que vivimos como argentinos, después de cuarenta años de democracia y transitando una nueva crisis económica y social, habida cuenta del fuerte deseo de cambio que expresó la ciudadanía argentina en las pasadas elecciones, tanto a nivel nacional como también provincial y local.

Una comunidad inquieta, el Evangelio y los pobres

3, Que la Palabra nos ilumine. Abramos pues el libro de los Hechos de los Apóstoles:

En aquellos días, como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendían a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos. 2Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: «No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas. 3Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea. 4De esa manera, podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra». 5La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. 6Los presentaron a los Apóstoles, y estos, después de orar, les impusieron las manos. 7Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe. (Hch 6, 1-7)

4, Al comenzar a caminar la historia, la joven comunidad cristiana se ve enfrentada a un importante discernimiento pastoral: qué es esencial y no puede faltar en la vida y misión de la Iglesia; y de qué manera se coordinan los distintos aspectos de dicha misión. Así, el Espíritu ayuda a la Iglesia a distinguir los servicios a la fe (oración y anuncio) de los servicios desde la fe (atención de las mesas). Ambos son fundamentales, inseparables y siempre desafían a la creatividad pastoral de las comunidades cristianas, en todo tiempo y lugar. También a nosotros, en el aquí y ahora de la realidad de nuestra región, de Córdoba y de nuestra querida patria Argentina.

5. Algunos bautizados estamos llamados a servir a la fe de nuestros hermanos, sea como ministros ordenados (el obispo y los presbíteros, junto con los diáconos), sea a través de otros servicios, carismas e iniciativas apostólicas (catequistas y otros agentes de pastoral). Todos, sin embargo, estamos llamados a dar nuestro aporte en la construcción del bien común y de la justicia, aunque esta misión es, de manera muy particular, cometido de los laicos: hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo; hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia, parafraseando a san Pablo VI.[1]

 6. La fe en el Señor Jesús nos abre los ojos del corazón -que son los “ojos del buen samaritano”- para que reconozcamos la presencia de Cristo en los rostros de los pobres: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.” (Mt 25, 35-36). La opción por los pobres es expresión genuina de nuestra fe cristiana. No es ideología, sociología, ni pobrismo. Desde la perspectiva de los más pobres -como el Padre de Jesús, su maestro-, la comunidad de los discípulos mira la realidad y busca la justicia. Necesitamos, por eso, una profunda conversión para vivir a fondo esta opción de nuestro Dios, mucho más en nuestra cultura regional: ¿No nos hemos dejado ganar por la indiferencia o incluso por el rechazo del pobre al que deshumanizamos con epítetos muy despectivos? El Evangelio nos urge a repensar a fondo algunas de nuestras actitudes, pues pueden tener una fuerte carga antievangélica. Mucho más en este tiempo de crisis que ha visto dispararse el número de familias, de niños y jóvenes en situación de pobreza.

El Evangelio, la realidad y la justicia social[2]

7. El concepto de justicia social nació en el ámbito del pensamiento social católico para revitalizar la idea del bien común y para mitigar el sesgo individualista del capitalismo. El papa Pío XI lo incorporó a la doctrina social de la Iglesia, poniendo el acento en la justa distribución, sobre todo a través del salario: una obligación de todos los involucrados en los procesos económicos, no solo del estado[3]. Hoy posee una connotación más amplia, como participación de todos en el logro del bien común. Que cada ciudadano pueda y deba contribuir al bien de todos supone el derecho a las condiciones básicas de una vida digna que hagan posible esa contribución. La justicia social es siempre una virtud propia de todos los ciudadanos, no solo responsabilidad del estado. Por tanto, supone personas libres que se deciden a obrar lo justo como expresión de su adhesión al bien. El acento en la distribución equitativa supone la participación libre y consciente de las personas en la edificación del bien común.

8, En la compleja historia de nuestro pueblo argentino y en la evolución de nuestra democracia, el concepto de justicia social ha jugado un rol positivo fundamental. Ha ayudado a incorporar activamente a la vida laboral, económica y política de nuestro país a los más pobres y ha sido decisivo para el crecimiento de las clases medias. Es cierto también que, con el paso del tiempo, el abuso en la intervención del estado ha distorsionado torpemente el dinamismo de la vida ciudadana, especialmente de la economía. Unido a la corrupción de una burocracia desmesurada y arbitraria ha generado hartazgo y un legítimo deseo de cambio. Sin embargo, “el abuso no quita el uso”, como decían los antiguos. Ni el estado es un mal en sí mismo, ni la justicia social es una tontería de la que hay que librarse. En estas cosas, la falta de moderación y la ley del péndulo a las que somos tan afectos los argentinos nos pueden jugar una mala pasada. Despojados de toda forma de simplificación empobrecedora al comprender la realidad, tenemos que mirar la verdad en toda la rica complejidad que la caracteriza. La doctrina social de la Iglesia, en este punto, expresa con belleza la sabiduría del pensamiento que sabe mirar mejor, más lejos y más en profundidad y, por eso, sabe orientar más eficazmente la acción concreta. No nos podemos dar el lujo, como católicos, de desconocerla. En este punto, los aliento a echar mano, por ejemplo, del “Compendio de la doctrina social de la Iglesia”, pues nos ofrece una síntesis amplia del pensamiento social católico.

Los desafíos de caminar la democracia

9. No siempre resulta sencillo interpretar el voto mayoritario de los ciudadanos. En las pasadas elecciones nacionales (en las generales de octubre y en el ballotage de noviembre), una mayoría consistente hizo una clara opción de cambio político y también de política económica. Se eligió así una opción liberal-libertaria representada por el presidente Milei y las ideas que con franqueza fue pregonando en la campaña electoral. Es posible pensar que sus votantes no estén de acuerdo con todo lo que se postuló, sin embargo, es innegable que ese mandato de cambio apuesta por una mayor cuota de libertad en la vida económica y social de nuestro pueblo. No es extraño: las corrientes liberales han jugado un rol fundamental en el desarrollo de nuestra patria a nivel de su organización política, en materia educativa y desarrollo económico.

10. El humanismo cristiano que inspira la enseñanza de la Iglesia, sin desconocer sus logros, ha tenido una mirada crítica a diversas corrientes del liberalismo, sobre todo, señalando la concepción antropológica sobre las que algunas de ellas se asientan: reducción de la persona al individuo, de la libertad desgajada de la verdad, confianza desmedida (incluso ingenua) en la bondad del mercado, etc. En nuestro país, además, no siempre la opción por la libertad económica ha sido coherente con igual opción por las ideas de la libertad en política. No se puede pregonar la libertad económica, sin aceptar la arquitectura de la libertad política que diseña nuestra Constitución y su opción por un sistema democrático republicano, representativo y federal. El imperio de la ley y la sujeción a ella, la división de poderes con el rol imprescindible del Parlamento, la independencia de la Justicia, la rendición de cuentas y, en definitiva, el estado de derecho son la mejor garantía para un desarrollo integral que mejore la vida de las personas. En la raíz de tantas distorsiones de la economía y de una pobreza creciente que no logramos desarticular está, en buena medida, una débil cultura democrática. Todo proceso de cambio que quiera poner sólidas bases para el futuro pasa por un afianzamiento del sistema democrático y republicano de nuestro país, tanto a nivel nacional como en las provincias. El populismo es una ilusión: su cortoplacismo va minando las bases de nuestra convivencia ciudadana y de todo posible desarrollo. No haría falta explicarlo, porque es una experiencia muy fuerte de nuestro pueblo.[4]

11. Tenemos que decirlo de nuevo: la democracia es un sistema mejor, no porque sea más eficiente que algunas formas de autocracia, sino porque se asienta en el fundamento más noble: la dignidad de la persona humana, la cultura de la vida, los derechos y deberes del hombre. Porque apela a la conciencia de cada persona y a la capacidad de bien que habita el corazón de los ciudadanos y que es la riqueza espiritual más grande de un pueblo. Y el pueblo argentino, tan rico y variado como la geografía de nuestro inmenso país, posee de sobra esa riqueza humana, espiritual y moral. Ahí está, por ejemplo, la fe católica tan arraigada en el pueblo argentino, aun habida cuenta de los actuales procesos de secularización, con su típica forma de abrir el corazón a Dios, a los hermanos, a la belleza de la cultura popular y al futuro. En las fiestas patronales de nuestros pueblos y ciudades -hablo desde el interior del interior- en las peregrinaciones y manifestaciones de fe popular, no menos que el compromiso solidario del que es testigo, entre otras instituciones, nuestra Caritas con sus acciones de asistencia y de promoción humana, nos hablan de esa riqueza espiritual a la que hemos de apelar para sostener el compromiso con el bien común en esta hora de nuestra historia. Al aporte del catolicismo se suma hoy la presencia de diversas confesiones religiosas, la mayoría de ellas cristianas, que dinamizan la vida social con diversas iniciativas religiosas, culturales y sociales.

La hora de la mejor política[5]

12. Los ajustes que se están llevando adelante a fin de terminar con el flagelo de la inflación y lograr una economía más sana pueden ser en buena medida legítimos. No podemos negar que están generando mucho sufrimiento en vastos sectores de nuestro pueblo, los jubilados, por ejemplo. Se aprecia en muchos la voluntad de acompañar este proceso con fortaleza ante las dificultades. Tampoco podemos dejar de recordar que, políticas similares en otros tiempos, al no mirar con suficiente atención las nuevas distorsiones que producen, pueden ser fuente de nuevas y más hondas frustraciones. La enseñanza social católica promueve los principios de solidaridad y de subsidiariedad que destacan cómo circulan en el cuerpo de la sociedad las ayudas recíprocas entre los ciudadanos y el rol de estado que sale al paso de las necesidades concretas. También aquí, los abusos no deslegitiman la asistencia prudencial del estado, especialmente a los más vulnerables y en situaciones de crisis agudas.

13. La economía, por sí sola, no arregla los problemas de fondo. Al contrario, dejada a su libre impulso puede agravar el agobio de las familias y de la sociedad. En la raíz de esta postura hay una comprensión inadecuada, incluso ingenua, de la condición humana, sus límites y fragilidades. Como en todos los momentos críticos y de cambio, esta es hora de la mejor política, como enseña el papa Francisco: la que busca generar consensos amplios, la que genera fraternidad y no polarización; la que camina la paciencia porque busca conquistar voluntad, convencer más que vencer; la que no se deja tentar por la lógica amigo-enemigo, en cualquiera de sus versiones. La mejor política es sólida en los principios, pero huye del dogmatismo; es realista, porque busca edificar a partir de las condiciones dadas, con las personas concretas, tanto los ciudadanos de a pie como con los hombres y mujeres de la política reales, los mejores y más virtuosos (que los hay y en todos los espacios), pero también con cualquiera que, siempre perfectible, muestre genuino interés por la cosa pública. La mejor política genera las condiciones para que las personas mejoren, en la medida en que la corrupción y las conductas poco éticas encuentran menos espacio para manifestarse. Pero incluso teniendo en cuenta la fragilidad de la condición humana, no se deja paralizar por ella, sino que sabe poner en marcha los procesos virtuosos que, a la larga, son los que mejoran realmente la vida de todos.[6]

Vivir la fe en nuestra región con sus luces y sombras

14. La región de Córdoba en la que vivimos nuestra fe posee una idiosincrasia cultural, social y económica muy particular en la que se entrecruzan rasgos criollos con los de la fuerte inmigración, sobre todo italiana y piamontesa. Desde un punto de vista económico convergen la tecnología de punta aplicada a la producción agrícola y ganadera, con la presencia de pequeñas, medianas y grandes empresas que tienen incluso una proyección internacional. Es una zona próspera, con índices y bolsones de pobreza, pero no en el grado extremo de otras regiones del país. Por lo general, nuestros hombres y mujeres de empresa y de trabajo se reconocen cristianos o están abiertos a las propuestas que les puede hacer llegar la Iglesia. Se trata de una sociedad civil dinámica, con conciencia de su autonomía, con espíritu emprendedor y creativo que, por herencia de los mayores, ha sabido conjugar la cultura del trabajo, el cuidado del ambiente y la responsabilidad social. No deja tampoco de tener algunas fuertes fragilidades, al menos desde la mirada crítica de la fe: es fuerte el materialismo que rebaja el horizonte de vida, el individualismo no siempre se abre a las necesidades de la sociedad; el trabajo y el legítimo lucro que de él se siguen tienden, en ocasiones, a absolutizarse. En estos últimos tiempos se percibe que, a estos factores, se une también un fuerte proceso de secularización que pone entre paréntesis la referencia a Dios y los valores trascendentes, abriendo la puerta a un peligroso vacío existencial. Las nuevas generaciones, por ejemplo, no siempre manifiestan el mismo compromiso de sus mayores que fundaron en nuestros pueblos instituciones con hondo sentido social sin esperar el aporte del estado o incluso de la iglesia: clubes, cooperativas, colegios, etc. Sin ánimo de ser exhaustivo, este panorama, rico y complejo, nos desafía a vivir nuestra fe, haciéndonos cargo de las virtudes que poseemos y buscando purificar con la misma fe la raíz del egoísmo, siempre presente en el corazón humano.

15. La importancia de la propiedad privada es un valor arraigado en la cultura de nuestra zona y compartido por una inmensa mayoría en la sociedad argentina. La enseñanza social de la Iglesia lo postula con claridad, señalando su función social y su vínculo interior con el principio del destino universal de los bienes.[7] La propiedad privada es el modo como las personas participan de los bienes que el Creador a dispuesto para toda la humanidad. En este último tiempo, gracias al magisterio del papa Francisco, se viene diseñando un marco más amplio para comprender su alcance. Por un lado, las llamadas “tres T”: techo, tierra y trabajo para todos, pueden ser vistas como otra forma de insistir en la importancia de ese espacio vital para un desarrollo integral de las personas, las familias y las sociedades. Por otra parte, en su gran encíclica Laudato Si’, Francisco ha ampliado el concepto de bien común al incluir en él el cuidado de la “casa común” y, sobre todo, la mirada puesta en el bien de las generaciones por venir. Son puntos que necesitamos seguir reflexionando, pues ayudan a calibrar mejor el sentido de la propiedad privada, sustrayéndola de una visión estrechamente individualista.

16. Por eso, si volvemos al texto de los Hechos que les he propuesto al inicio, podemos preguntarnos, como hizo la comunidad apostólica: cómo vivir nuestra fe en este tiempo, cómo encarnar, en la dinámica de la sociedad moderna, nuestro compromiso con los demás, especialmente con los más pobres y vulnerables; cómo dar nuestra contribución como discípulos de Cristo en la edificación del bien común de una sociedad que, en medio de sus recurrentes crisis políticas y económicas, crece en complejidad, en desarrollo tecnológico y que, por todo esto, se encuentra desafiada a recrear los vínculos, desde la base de la familia, pasando por el mundo de la amistad o de las organizaciones de la sociedad civil -tan vivas, por cierto, entre nosotros- hasta los vínculos que supone la vida ciudadana, laboral y empresarial. Se trata de un discernimiento que nos involucra a todos: a cada comunidad cristiana, a quienes somos sus pastores y, de manera especialmente comprometida, a los laicos y laicas que viven su fe en el mundo de la sociedad civil, incluso con responsabilidades políticas en nuestros pueblos y ciudades.

Miramos con esperanza el futuro

17. He querido compartir estas reflexiones personales y pastorales, inspiradas en la rica enseñanza de la Iglesia, pero también en la experiencia que vamos acumulando como pueblo, esperando que nos ayuden a renovar nuestro compromiso con el bien común de nuestra patria Argentina, de Córdoba y de los pueblos donde vivimos y celebramos nuestra fe católica. Nada en nuestra historia tenemos que desdeñar: los pueblos y las sociedades crecen orgánicamente, también por medio de crisis y momentos dolorosos de replanteos profundos. La sabiduría del que gobierna busca integrar lo mejor de la historia y de hacer converger las voluntades detrás de un proyecto común. En nuestras casas, en nuestros barrios, pueblos y ciudades, en cada puesto de trabajo, en la gran empresa o en el emprendimiento familiar, en el campo o en la ciudad, en cada uno de esos lugares donde transcurre nuestra vida están los que amamos: las personas, las instituciones, la historia compartida, el fruto del trabajo duro de nuestros mayores y las ilusiones de edificar un país generoso para todos. Por ellos y su futuro luchamos, nos imponemos límites y privaciones.

18. Animados por nuestra fe pascual en Cristo muerto y resucitado, y sostenidos por la promesa de la bienaventuranza nos atrevemos a mirar con esperanza el futuro de nuestra Patria. No nos faltará la fuerza del Espíritu Santo para ser fieles al Evangelio en esta horay así trabajar por las nuevas generaciones de argentinos con grandeza de alma, paciencia y perseverancia. Y, si de esperanza se trata, no podemos dejar de invocar a la mujer que supo caminar la espera como nadie: María, la “Virgen de la Esperanza” como hemos aprendido a cantarle. Al Santo Cura Brochero, cordobés, creyente cabal y sacerdote ejemplar, le pedimos que nos enseñe a invocarla como madre, guía y protectora, también para sacrificarnos por el bien común de nuestro pueblo, como él supo hacerlo hasta el don total de su vida.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

[1] Me inspiro para esta interpretación de los Hechos en las indicaciones del cardenal Carlos María Martini SJ, en una publicación que recoge una de sus numerosas tandas de Ejercicios Espirituales: Esteban, servidor y testigo, Ediciones Paulinas (Bogotá 1991).

[2] Para una visión completa y actualizada del concepto de “justicia social” cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia Católica 201-203

[3] Cf. Quadragesimo Anno 58, 71, 74, 89,101, 110

[4] El magisterio social de la Iglesia nos ofrece muchos elementos para un discernimiento crítico de las corrientes liberales. En estos últimos tiempos podemos señalar la encíclica Centessiumus annus de san Juan Pablo II, varias intervenciones de Benedicto XVI (en Westminster Hall de Londres o en el Bundestag de Berlín, por ejemplo) y, en tiempos más recientes, la encíclica Fratelli tutti del papa Francisco. Aunque no es magisterio ordinario, destaco la carta de Benedicto XVI al senador liberal Marcello Pera mostrando algunas convergencias entre el pensamiento católico y algunas corrientes del liberalismo que no necesariamente son relativistas (4 de septiembre de 2008).

[6] Teniendo en cuenta el comprensible acento en lo económico, el llamado del gobierno nacional a los gobernadores a firmar un “Pacto de Mayo” en Córdoba puede valorarse como un paso en una dirección correcta. Siempre es posible ampliar estos espacios de consenso a otros temas vacilares para la vida nacional. En sociedades como la argentina, complejas, plurales y muy polarizadas, es de auspiciar la búsqueda de un terreno común para sembrar procesos superadores.

[7] Cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia Católica 176-181

[5] Cf. Fratelli tutti, capítulo V

Ocho días más tarde…

«La Voz de San Justo», domingo 7 de abril de 2024

“Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»” (Jn 20, 26).

Este domingo es el octavo día después de la resurrección. Es algo más que el simple transcurrir del tiempo: toda nuestra historia humana, en cierto modo, está transitando el día grande inaugurado en Pascua. Ya nada es igual. Todo está bajo el influjo del Resucitado.

El evangelio de este domingo nos ofrece algunas claves para comprenderlo. Miremos, por ejemplo, a Tomás y su itinerario de la duda a la confesión de fe. Somos nosotros. Tomás tendrá que salir de sí mismo, reencontrarse con la comunidad de hermanos y, en el día del Señor, dejarse alcanzar por el Resucitado que le mostrará las cicatrices de sus manos y de su costado para que pueda alcanzar la fe.

“Felices los que creen sin ver” es la bienaventuranza de nuestro tiempo. Se lo decía el apóstol Pedro a los primeros cristianos: “ustedes aman a Jesucristo sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación.” (1 Pe 1, 8-9).

Somos creyentes porque hemos escuchado el testimonio de los apóstoles, que sigue vivo en la comunidad cristiana, y tocados por el Espíritu Santo, nuestros ojos han podido alcanzar en la fe al Resucitado: verlo y tocarlo. Tomás y su camino fatigoso hacia la fe expresan con tanta fuerza nuestro propio itinerario espiritual.

“Señor Jesús, mostranos las cicatrices de tu amor. Pemitinos reconocerlas en el rostro de nuestros hermanos heridos. Gracias por la fe. Amén.”

Creo en el Dios crucificado

«La Voz de San Justo», domingo 24 de marzo de 2024

“Muchos extendían sus mantos sobre el camino; otros, lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: «¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!»” (Mc 11, 8-10).

Con el Domingo de Ramos, entramos en la Semana Santa. Su punto culminante será la celebración anual de la Pascua.

Montado en un asno, Jesús entra en Jerusalén, despertando la esperanza en el pueblo que lo aclama como Mesías. Poco después, ese fervor se volverá furia y el Mesías terminará en una cruz. Sin embargo, un soldado pagano, al verlo morir así exclamará: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15, 39).

Al iniciar esta Semana Santa somos invitados a esta misma confesión de fe: reconocer el rostro de Dios en el Crucificado y a decirle “amén” con nuestra plegaria. Comparto la mía:

Guardo en la memoria del corazón, Señor, un hecho de mi niñez. Un viernes santo, alguien me indicó que tenía que sumarme a la fila de los que se acercaban a besar tu cruz. Con la docilidad y simplicidad de un niño lo hice.

Ahora que soy un hombre adulto, empiezo a comprender que, de ese gesto de niño, nacieron muchas cosas decisivas, las que echan raíces en el corazón y dan sustento a mi propia vida.

Señor, no puedo dejar de hacer mi personal confesión de fe, como aquel centurión pagano al pie de la cruz.

Creo en Vos, Dios crucificado, que me has amado hasta entregarte por mí.

Creo en Vos, Dios humilde, que, de esa forma has venido a buscarme y me has redimido.

Creo y espero en Vos.

Amén.

Catequesis en línea: presbítero, diócesis, crisma-crismal, etc.

Debido a que en algún comentario en Facebook a la noticia del nuevo Consejo presbiteral de la diócesis se señaló -con acierto- que palabras como «presbitero-presbiteral», «crisma», «diócesis» y otras similares, ya no son entendidas por buena parte de las personas, se me ocurrió intentar explicarlas, hasta donde me dan mis capacidades.

A continuación, mi explicación, a la que he añadido algunos párrafos que no estaban en la explicación original. Espero que sea útil:

***

El Consejo presbiteral es uno de los cuatro espacios colegiados que ayudan al obispo en el gobierno pastoral de la diócesis, a saber: Consejo presbiteral, Colegio de Consultores, Consejo de asuntos económicos y Consejo de pastoral. Los dos primeros formados solo por presbíteros 😊curas) elegidos por los mismos curas. Los dos últimos integrados principalmente por laicos.

El obispo no está solo en el gobierno pastoral, sino que tiene abiertos estos espacios de comunión y discernimiento. En algunos casos concretos, la Iglesia le ordena al obispo recibir el consejo e incluso la aprobación de alguno de esos consejos para tomar algunas decisiones. El obispo ejerce su autoridad siempre «bajo la norma del derecho», no de la arbitrariedad.

Una diócesis es una porción de la Iglesia, normalmente un territorio (la de San Francisco abarca todo el departamento San Justo y algunas localidades de Río primero y Río segundo), y que es confiada a un obispo para que vele a fin de que se anuncie el Evangelio, se celebren los sacramentos y se acreciente la fe y la vida cristiana.

La palabra obispo viene del griego “episcopos” que significa “el que vela” o también “el que supervisa”. Tiene la misma raíz que “periscopio” jajaja. Una traducción literal, pero incómoda de la palabra episcopos-obispo sería «vigilante», pero no hace justicia a la misión que los obispos estamos llamados a ejercer en nombre de Cristo, el verdadero pastor y obispo de la Iglesia.

Esta definición jurídica de la diócesis depende de una definición más teológica que solo la fe aprecia: una diócesis es una porción del pueblo de Dios, convocada por la Palabra, animada por el Espíritu y reunida por la Eucaristía, y que es confiada al un obispo con el que cooperan los presbíteros y los diáconos. En cada Iglesia diocesana está toda la Iglesia católica. En ella y desde ella se edifica la Iglesia de Cristo en la historia.

Ser obispo es una vocación y una misión recibida del Señor: ser pastores del pueblo que se nos confía, un oficio de amor que supone la entrega de nuestra vida. Por eso, llevamos un anillo en el dedo, como signo de nuestro amor esponsal por la Iglesia, de la que Cristo es el Esposo. Vale la pena recordar que, si bien el papa nombra a los obispos, los obispos no somos delegados suyos (como los párrocos son delegados del obispo), sino auténticos vicarios de Cristo para la diócesis que se nos ha confiado. Con Pedro y bajo Pedro, los obispos tenemos la misión de velar por el anuncio del Evangelio en todo el mundo.

Los decanos son sacerdotes elegidos por los curas que forman un decanato. Aquí en San Francisco hay treinta parroquias y un número más o menos similar de curas distribuidos en cuatro decanatos, según la zona geográfica. Las parroquias que están sobre la RN 158 es el Decanato San José; las que están sobre la RN 19 y algunas de la RN 17, el Decanato Inmaculada (por la Virgencita de la Villa); las que están sobre la RP 1 más Altos de Chipión (RN 17), el Decanato María Auxiliadora (por Colonia Vignaud). El cuarto Decanato es el que agrupa a las siete parroquias de la ciudad de San Francisco, sede del obispo y que le da el nombre a la diócesis.

***

La palabra “crismal” viene del griego “Cristo” que, a su vez, es la traducción del hebreo “Mesías”, que quiere decir: ungido. Hace referencia a que el Mesías -para los cristianos, Jesús de Nazaret, el Cristo- es el Unido por el Espíritu de Dios, el Salvador. Siguiendo los evangelios, los cristianos confesamos que Jesús de Nazaret, no solo es el Mesías y el Salvador, sino que es el Hijo de Dios encarnado, hecho hombre: verdadero Dios y verdadero hombre. Lo adoramos como Dios hecho hombre.

De ahí viene crisma: el aceite perfumado que el obispo consagra en la Misa crismal para ser usado en los principales sacramentos: el bautismo, la confirmación y la ordenación de los sacerdotes.

Es bueno, de tanto en tanto, explicar estas cosas, porque es verdad que, con la crisis de la educación y de la catequesis, la cultura general se ha venido a pique. Además, como tengo alma de docente -profesión que ejercido durante por casi veinte años- me encanta explicar estas cosas.

Por otra parte, el obispo es el primer catequista de la diócesis, así que ilustrar el significado de estas realidades es también mi oficio.

Que Jesús resucitado haga brillar su luz en nuestros corazones, nos renueve en la esperanza y en la alegría de hacer el bien a todos. Fuerte abrazo.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

23 de marzo de 2024

Queremos ver a Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 17 de marzo de 2024

“«Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.” (Jn 12, 31-33).

El evangelio de este domingo se abre con el pedido de unos griegos: “Señor, queremos ver a Jesús”. Responderá el mismo Jesús con las palabras arriba citadas. Te invito a orar:

“También nosotros, Jesús, como aquellos paganos queremos verte. Es más que curiosidad. Es un deseo profundo. Es el anhelo más hondo de nuestro corazón: verte, contemplarte y estar con Vos.

La cuaresma va concluyendo y, lo más seguro, es que el balance que hagamos de nuestro itinerario penitencial aparezca con un rojo muy vergonzoso.

Así llegamos a Vos. Así te seguimos buscando. Tal vez, por esa misma razón: nuestra fragilidad nos acerca a Vos, a tu pasión, a tu pascua desarmados, con el corazón contrito y quebrantado, como hemos suplicado toda esta Cuaresma.

Y Vos venís a nosotros, te plantás en medio de nuestra vida y, sin forzar un ápice nuestra libertad, nos atraés hacia tu Persona: «Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Tu cruz clavada en medio del mundo es una fuerza centrípeta que nos atrae y arrastra hacia su centro. Es una vorágine que no mata ni destruye, sino que nos limpia, nos eleva y nos resucita, nos ilumina y nos libera.

Así se asoma tu pasión en nuestras vidas. Así queremos verte y, por eso te buscamos con la ansiedad de los peregrinos; con el cansancio y la confusión de los que se han sentido perdidos en medio de la noche, pero han reencontrado el sendero.

Sos Vos, Jesús, el que te has adelantado y nos has buscado, el que nos ha encontrado y nos ha atraído.

Amén.”

Cristo: desde mis sombras a la luz de tu Verdad

«La Voz de San Justo», domingo 10 de marzo de 2024

“En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.” (Jn 3, 19-21).

Este domingo escuchamos la conclusión del diálogo de Jesús y Nicodemo (cf. Jn 3, 1-21), aquel fariseo que fue a verlo de noche. También nosotros, como Nicodemo buscamos la luz en medio de las sombras. Su aventura espiritual inspira esta plegaria que comparto:

Como Nicodemo, Señor Jesús, también yo me acerco a Vos en medio de la noche. Esa noche, cuyas sombras envuelven mi vida y mi corazón, mi mente confundida y mi voluntad rebelde.

Como Nicodemo, también yo, Señor, entreveo que, en Vos, Verbo e Hijo amado del Padre, está obrando el poder luminoso de la Verdad que nos rescata de la oscuridad.

Por eso, Señor, me acerco a Vos desarmado de mis mecanismos de defensa, despojado de mis máscaras y estrategias de ocultamiento.

Dame la humilde apertura de Nicodemo; porque yo también necesito escuchar que Dios nos ha amado tanto que te ha entregado a Vos, su Hijo único, para que tengamos vida verdadera.

También yo necesito saber que es posible renacer de lo alto de tu cruz, del agua y del Espíritu, para ser una nueva criatura.

Así me voy acercando, Señor, a tu Pascua ya visible en el horizonte del tiempo. Entonces, en tu cruz y en la tumba vacía, contemplaré la Verdad luminosa que nos hace libres.

Amén.

La mejor política es la política posible

Reflexiones desde la perspectiva del Evangelio y la enseñanza social de la Iglesia

La Politica  tiene una insoslayable dimensión ética, pero no es, de ordinario, una lucha entre el bien y el mal; menos aún, entre los puros y los impuros, los justos y los réprobos.

No busca traer el cielo a la tierra, como pretenden las ideologías. Esa pretensión lo único que suele traer a los pueblos es un anticipo del infierno.

La acción política busca el bien posible, aquí y ahora, con personas -ciudadanos y dirigentes- que no son ni ángeles ni demonios, sino seres humanos imperfectos y perfectibles.

Construye el orden justo posible, sabiendo además, que toda construcción humana, mucho más la política, requiere una enorme fuerza espiritual para sostenerse en el tiempo.

De ordinario, las personas, las sociedades y los pueblos tienen que renovar su compromiso con la verdad, la justicia y el bien, una y otra vez. Nunca están conquistados del todo.

Por eso, los pueblos requieren cuidar las fuentes espirituales que hacen que las personas tengan convicciones, fuerza moral y perseverancia en la búsqueda de bienes que son posibles, pero arduos.

Ahí entran en juego la fe, la relación con Dios y -en una propuesta como la cristiana- la compasión y el amor al prójimo.

En Argentina, esas fuentes están vivas. Son como el pozo de Jacob del evangelio: ahí está Jesús esperando a la samaritana para despertar su sed y ofrecerle el agua viva del Espíritu para vivir y pelear la vida.

Y están en los corazones, en los barrios, en las inteligencias y voluntades que, cada mañana, apuestan por el futuro del país.

Si tenemos que imaginar un consenso posible para nuestro pueblo, pensando en el futuro generoso, no en la coyuntura o en el interés inmediatista, en esas fuentes tenemos que abrevar para encontrar la fuerza espiritual que necesitamos para toda obra buena y grande.

La oración humilde, perseverante y esperanzada es parte de esa dinámica salvadora. Y -no lo dudo- cada mañana, millones de argentinos y argentinas rezan, elevando su corazón a Dios, poniendo en sus manos paternales a sus hijos, nietos y amigos, su trabajo y sus esperanzas, sus tribulaciones y dolores más profundas.

No nos faltan razones para mirar el futuro con esperanza.

+ Sergio O. Buenanueva Obispo de San Francisco 6 de marzo de 2024

Reconstruí, Señor, el templo de tu cuerpo

«La Voz de San Justo», domingo 3 de marzo de 2024

“Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar» … Pero él se refería al templo de su cuerpo.” (Jn 2, 18-19. 21).

La pasión humana por destruir parece ser abrumadora y dominante. Como si creyéramos que, por el solo hecho de echar por tierra con furor lo que otros han construido, las cosas pudieran rehacerse mágicamente.

Vos, Señor, sabés bien hasta dónde puede llegar esa pulsión de muerte y destrucción, pues conocés el corazón humano como nadie; pero porque has sufrido en tu propia persona esa furia destructiva.

Pero en vos, Jesús, habita el aliento de la vida, de la vida verdadera, la que viene del corazón del Padre creador y que es la chispa secreta que anima a toda la creación.

En tu corazón, en tus manos y en tus palabras ese aliento de vida nos alcanza a nosotros.

Levantado en alto y crucificado por nuestros pecados, el Aliento del Padre te ha rescatado del poder de la muerte: el templo santo de tu cuerpo, al tercer día, fue reconstruido más sólido y hermoso, tan amplio y duradero que todos nosotros tenemos un lugar en él. A él accedemos cuando comulgamos en la Eucaristía que nos reúne cada domingo.

Por eso, te suplicamos: en esta Cuaresma, vení una vez más a nosotros y purificá el templo de nuestra vida, de nuestra Iglesia y de nuestro mundo.

Hacé de nuestro corazón un templo santo para la gloria de tu Padre. Que en él habiten tu amabilidad, tu concordia y tu mansedumbre, para que podamos ofrecer a todos, especialmente a los pobres y heridos el consuelo de tu Paz.

Así caminamos hacia la próxima Pascua.

Amén.

Lectio divina de Lucas 10, 17-24

A continuación, la lectio divina que hemos propuesto para esta etapa de escucha en el camino sinodal de la diócesis de San Francisco.