Este domingo voy a ir a votar

Hace unos días compartí un viaje con un matrimonio un poco mayor que yo. La conversación abordó varios temas y recayó inevitablemente en el proceso electoral que vivimos. Intercambiamos dudas, fastidios, interrogantes y el dolor de esta Argentina que amamos y nos hace sufrir.

En un momento, uno de ellos manifestó que había decidido inicialmente no acudir a votar como demostración de rabia y frustración. Sin embargo, había finalmente desistido. Recordando sus años de secundaria durante la dictadura, le habían venido a la memoria los sentimientos y emociones de aquellos años, la violencia política y la sensación de peligro latente, las advertencias de sus familiares y docentes ante la represión que se ensañaba también con los estudiantes. Pero, sobre todo, lo que había significado aquel domingo 30 de octubre de 1983 cuando, por primera vez en su vida, pudo ejercer el derecho ciudadano del voto.

¿Cómo dejarse vencer por la decepción olvidando el alto precio que se había pagado por aquel paso enorme que dimos al recuperar la democracia?

Coincidimos los tres, tanto en el recuerdo, en los sentimientos y en la decisión de no faltar a la cita con el cuarto oscuro. Los tres tenemos decidido ir a votar este domingo de las PASO y en las fechas que restan del calendario electoral.

***

La Iglesia alienta la participación activa de los cristianos en la vida ciudadana. El bien común es responsabilidad de todos e interpela la conciencia de cada uno.

La doctrina social señala que el primer y fundamental cauce de participación pasa por la vida cotidiana y las responsabilidades de cada bautizado en la familia, el trabajo y la vida social. De una manera los clérigos y de otra, los laicos. Destaca también que, en la medida que sea posible, los cristianos han de participar en la vida ciudadana de la sociedad a la pertenecen; mucho más si, por vocación y misión, los laicos se sienten llamados a la política.

Por otra parte, la Iglesia reconoce claramente el derecho al voto y condena explícitamente a aquellos regímenes que impiden, condicionan o alteran de alguna manera la participación de los ciudadanos en la vida pública a través del voto o que no respetan el estado de derecho. Señala además como un valor del sistema político que, a través de las elecciones, el pueblo elija sus gobernantes, los confirme o los sustituya pacíficamente a través de elecciones libres y períodicas.

Subraya que toda forma de participación ha de ser siempre voluntaria, es decir: apela a la conciencia y a la libertad de cada uno para ejercer ese derecho. Por eso, no intima a los cristianos a acudir a votar. Tengamos presente que, en muchos países, el voto no es obligatorio como entre nosotros.

El gran principio que sustenta la vida social y la participación en la cosa pública es la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes.  

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Como obispo, por tanto, solo puedo recordar a los fieles católicos que la vida ciudadana de nuestro país reclama la participación libre, voluntaria y a conciencia de cada uno de nosotros.

Si bien no puedo urgir el voto de nadie, si puedo -y es lo que hago- los invito a participar en el acto eleccionario, acudiendo a las urnas, haciendo una elección del bien posible, de los programas y las personas que consideremos que, aún en la imperfección de la política, expresan suficientemente los valores, verdades y principios que brotan de nuestra fe y de nuestra comprensión del bien común.

Es una opción delante de la propia conciencia por el bien posible, aquí y ahora, sujeta también a errores y riesgos. Es inevitable.

San Juan Pablo II recordaba atinadamente que la democracia, sobre todo cuando no respeta el estado de derecho y la dignidad humana, y se desvía por la corrupción, genera frustración y apatía. La falta de participación ciudadana tiene aquí una de sus causas: es la desilusión del pueblo que se siente traicionado en su deseo de justicia y prosperidad.

No ir a votar, votar en blanco o buscar deliberadamente la impugnación del propio voto forman parte de las posibilidades del sistema electoral de la democracia. Eso sí: son posibilidades extremas que, junto con algunos valores, abren la puerta a muchos peligros.

Así como ir a votar enojados, descreídos y desilusionados suele acarrear que terminamos eligiendo las peores opciones, no votar, hacerlo en blanco o buscar la anulación del propio voto también conlleva peligros que se vuelven sobre nosotros mismos. Vale la pena considerarlo.

Hoy -gracias a Dios- se nos ha hecho costumbre ir a votar cada tanto. Las nuevas generaciones lo han incorporado a su ritmo normal de vida. No siempre fue así.

Este domingo voy a ir a votar.

Definir candidaturas y mirar al futuro

Al parecer, comienzan a tomar perfil definido las candidaturas que disputarán el voto popular en las próximas elecciones. En las PASO de agosto, este proceso terminará de definirse: sabremos entonces qué candidatos se someterán al escrutinio popular.

El proceso ha sido bastante entretenido, por no decir: tormentoso. Pero, estamos en Argentina y, en buena medida, de eso se trata la política: de la puja por el poder.

En la medida que vayan quedando atrás las lógicas y comprensibles disputas internas, los partidos y sus coaliciones, pero especialmente, los hombres y las mujeres de la política tendrán que ir concentrando sus mejores energías en ocuparse de los problemas reales y concretos que aquejan a los ciudadanos. Obviamente, acuciantes y angustiantes en buena medida.

Un pequeño aporte, surgido de mi experiencia pastoral, sobre todo en lo que he vivido estas últimas dos semanas.

Visitando dos comunidades muy distintas de la diócesis de San Francisco, el hilo conductor de estas visitas ha pasado por los niños, niñas y adolescentes en formación. He visitado varias escuelas, teniendo además encuentros y diálogos muy buenos con alumnos de todas las edades.

Como suele ocurrir en estos casos, les pido a los docentes y directivos que preparen el encuentro con el obispo, animando a los chicos a presentar diversas preguntas que, según su parecer, yo puedo responder.

Siempre me sorprendo. En general, las preguntas son similares. Una vez vencida la timidez inicial, de una forma los más chicos, y de otra los adolescentes, van surgiendo interrogantes más hondos: los que tienen que ver con la vida; con el modo cómo encarar el sufrimiento, la muerte, el dolor; cómo lidiar con el miedo, la frustración, la incertidumbre; también, el acoso de la droga y otras formas de violencias; la inquietud por Dios, su presencia y sus silencios, etc.

Ensayo qué decir, tratando de no ofrecer “respuestas enlatadas”. Lo cierto es que siempre me quedo rumiando, más que lo que yo he podido decir, lo que he escuchado.

Pienso que, mirando al futuro de nuestro país, nuestros dirigentes, tanto los que sean elegidos para gobernar, como los que sean oposición, tienen que concentrarse, y emplear sus energías más valiosas, en responder a la pregunta: ¿Qué tipo de sociedad, de país, de convivencia, de futuro estamos preparando para las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo?

Ocuparse de eso. Esa es mi humilde propuesta.

¿Cómo vivir tiempos difíciles y conflictos?

A raíz de una entrevista que me hiceron días pasado en Radio María Argentina les comparto estas reflexiones personales. Vivimos tiempos complicados y sobrecargados de tensiones. ¿Cómo los encaramos los discípulos de Jesús?

Abajo les dejo un texto inspirador: la «Meditación para tiempos difíciles» del siervo de Dios cardenal Eduardo Pironio. Se puede descargar.

Educar para la democracia

La revista de CONSUDEC publicó este artículo mío en su edición de abril pasado.

Voté por primera vez aquel 30 de octubre de 1983. Tenía diecinueve años y cursaba segundo de filosofía en el Seminario. Tiempo después, en mi parroquia de origen, leí el “Nunca Más” de la CONADEP. El recuerdo de estos hechos y, de manera especial, el ambiente efervescente que los rodeaba sigue vivo en mi memoria, ahora que estoy arañando los sesenta años.

Evoco estos recuerdos porque -a mi criterio- muestran un consenso de fondo al que arribamos buena parte de los ciudadanos argentinos saliendo de la noche oscura de la dictadura. Ante todo, la elección de la democracia y del orden constitucional para la construcción del futuro compartido. El consenso en torno al “Nunca Más” supone también el rechazo de la violencia política como forma de dirimir los conflictos que atraviesan la vida ciudadana. En positivo: apostar por una cultura democrática asentada en el reconocimiento de la dignidad de la persona y los derechos humanos.

A cuarenta años de distancia, y con la responsabilidad episcopal a cuestas, no puedo dejar de preguntarme por el estado de salud de este consenso, sobre todo, mirando a las nuevas generaciones.

La buena salud de una sociedad supone que, de tanto en tanto, los pueblos tengan que volver a elegir los grandes valores éticos de la justicia, del bien y de la convivencia. Cada generación está siempre ante la decisión, nunca realizada del todo, de elegir el mejor orden justo posible para la edificación de la convivencia ciudadana y la consecución del bien común.

Estos grandes valores están siempre delante de la conciencia, reclamando ser reconocidos como verdaderos. Reclaman también la elección de la libertad de personas y grupos concretos, frágiles y situados en contextos también concretos y limitados. Reclaman el trabajo virtuoso de la paciencia y la perseverancia. El bien y la verdad solo se poseen cuando se los elige y, sobre todo, cuando se busca realizarlos en la propia vida.

Los consensos en torno a los grandes valores son tan importantes como frágiles, sobre todo, cuando, como ocurre hoy (y no solo en Argentina), la crisis de la representación política y del mismo sistema democrático, hace que vuelvan a ofrecerse los atajos de solucione simples a problemas complejos. Me refiero a los populismos, tanto de izquierda como de derecha. El papa Francisco ha hecho un lúcido examen de este preocupante fenómeno en Fratelli tutti. La decepción y el escepticismo que ya gravitan en algunos ambientes abren la puerta a la tentación de nuevas formas de autoritarismos. ¿Cómo impacta todo esto en los jóvenes?

La complejidad y pluralidad de la sociedad argentina es, hoy por hoy, mucho mayor que aquella de hace cuarenta años. El desafío de reavivar nuestros grandes consensos, como a los que aludí, se vuelve más acuciante. En aquel 1983, el consenso en torno a la democracia y el imperio de la ley, los derechos humanos y el rechazo de la violencia política aunaron razones y motivaciones, emociones y pasiones. Lograron convocar a buena parte del pueblo argentino. Y, por eso, pusieron en marcha un proceso virtuoso que se ha mantenido en el tiempo. Que, con sus más y sus menos, nuestra institucionalidad haya sorteado pruebas muy duras (la gran crisis de 2001, por ejemplo), son aspectos que no podemos dejar de reconocer. Es un gran logro del pueblo argentino.

En el núcleo ético de la democracia está el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes. De aquí se deriva también el reconocimiento de la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas. Esto supone, para la escuela católica, el desafío de preparar a niños y adolescentes para una cultura democrática asentada sobre el respeto por el otro. Toda forma de divergencia o disenso tiene su lugar en ese espacio generoso que supone respetar al otro como un semejante, aunque no se compartan con él ideas o valores. 

La escuela católica tiene que mirar de frente este desafío. Y encararlo desde la riqueza del humanismo cristiano que es la enseñanza social de la Iglesia. En el Evangelio encontramos ese conjunto de razones y motivaciones que pueden conquistar el corazón de las personas, especialmente de los niños y jóvenes que pasan por nuestros espacios educativos. La persona de Jesús, su verdad y belleza, está ahí, intacta, viva y presente, cautivando corazones, convenciendo con su luz propia y encendiendo corazones con el fuego del Espíritu. Es el activo pedagógico más grande de la escuela católica que educa evangelizando y evangeliza educando.

En la Oración por la Patria le hemos pedido al Señor la “pasión por el bien común”. Seamos pues apasionados, con la pasión del Evangelio: pasión por Dios, por la verdad integral del ser humano, por los pobres, que son sacramento de Cristo, y por el bien común. 

¡Ánimo! El Espíritu sabe vencer todo rigorismo espiritual y moral

La «conversión» de san Pablo…

El rigorismo moral es una verdadera patología del espíritu. Una dureza de corazón y ceguera espiritual que, normalmente, hace sufrir mucho. En primer lugar, a la propia persona que lo padece… y también a quienes lo tratan.

Cuando se apodera de un grupo de personas genera un clima irrespirable, lleno de tensiones, agresiones y altanería. Puede tener la apariencia de fina religiosidad; es, sin embargo, mundano hasta la raíz. Ahí no está Dios.

Y puede ser -si hablamos en esos términos- tanto de fisonomía conservadora como progresista, cada uno con sus matices y peculiaridades, pero moralistas al fin.

Para algunos autores, esta ceguera espiritual es más grave que muchos pecados que, precisamente, tienen su matriz en ella. Difícil de reconocer y, por eso, de vencer, sobre todo por las propias fuerzas.

Suele ir de la mano de un fuerte perfeccionismo narcisista, de la enfermedad dolorosa de los escrúpulos, del juicio implacable hacia los demás que expresa la falta de misericordia consigo mismo.

Nunca ve matices. Todo se ve y se juzga en blanco y negro.

Es una cárcel triste de la que es difícil salir. Un verdadero infierno. Asomarse al alma de quien lo padece, superado el rechazo inicial, despierta una inmensa compasión. Y la súplica a Dios para que libre a esas almas atormentadas.

Lo que es imposible para el hombre, no lo es para Dios, sobre todo, para ese exquisito orfebre de manos diestras, el artesano de la vida espiritual: el Espíritu Santo.

Su campo de acción es precisamente nuestro corazón humano, duro, ciego, empedernido, desconfiado. A Él le suplicamos en la Secuencia de Pentecostés: “Suaviza nuestra dureza,
elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos.”

¿Cómo nos trabaja el Espíritu para liberarnos de esa prisión?

Sus caminos son variados, creativos y muy concretos. Siempre actúa respetando delicadamente la propia biografía humana y espiritual, la propia libertad y conciencia personales. Sabe esperar. Camina la paciencia, como enseña san Pablo.

Y, como Persona divina, tiene la capacidad de entrar en el corazón humano, sin violentarlo ni apresurarlo, para conducirlo a la Verdad, al Bien y a la Belleza que es el Rostro de Cristo. En su acción, la gracia divina y la libertad humana convergen de manera admirable, sin confusión ni división, sin separación ni yuxtaposición. Como en la encarnación…

Sin embargo, la experiencia nos enseña dos cosas que, a mi criterio, son fundamentales.

En primer lugar, en algún punto del propio camino, el que sufre de este rigorismo moral, toca fondo: su empeño por ser perfecto choca invariablemente con su propia finitud y fragilidad. Es una experiencia dura, pero también de gracia. Allí, en el momento duro del descenso a los propios infiernos del alma, el Espíritu actúa de manera extraordinaria.

Es un punto de quiebre. Todo se puede ganar o desmoronar. Pero, si la humillación de verse pobre, pecador y miserable abre paso a la humildad, el Espíritu Santo obre el milagro: el hombre o mujer aquejados de esta enfermedad del espíritu se ve liberado, consolado por dentro, pacificado y, bajando por el camino de la humildad, es llevado hasta el encuentro salvador con Cristo.

Comprende, como el personaje de Bernanos, que “todo es gracia” y que hay que serenar el corazón y dejarse llevar.

Aquí se abre el segundo aspecto, complementario al anterior: el Espíritu Santo vence nuestra dureza interior mostrándonos el Rostro del Crucificado, su deslumbrante y desconcertante belleza, su mansedumbre, su paciencia, su omnipotencia divina perfectamente manifestada en su fragilidad de Cordero inmolado.

Es una verdadera revolución espiritual: el Espíritu Santo nos lleva ante el Crucificado -como ocurre en la liturgia del Viernes Santo- para que besemos su Rostro y sus llagas; nos convence de su Belleza salvadora; nos desarma ante el Amor más grande.

Es la experiencia de tantos hermanos y hermanas que, desde la dureza del rigorismo, se han convertido en testigos de la Mansedumbre de Cristo: de san Pablo a san Ignacio, pasando por Teresita del Niño Jesús y san Francisco de Sales.

Así que: ¡ánimo, el Señor te llama, como a aquel ciego del camino que, en un momento brillante de docilidad a la gracia se puso a gritar, suplicando la misericordia del Señor que pasa!

Amén: Francisco responde

Vuelvo a publicar mi primera reacción al documental «Amén: Francisco responde».

Se puede analizar (y criticar) el documental desde muchos puntos de vista, examinando sus diversos aspectos: el hecho en sí mismo, el grupo de jóvenes convocados, los sesgos de las intervenciones, el intercambio que se genera, las respuestas del Papa y el acierto de lo que dice…

Aquí, yo solo pregunto en voz alta: salvadas todas las distancias («mutatis mutandis», decían los latinos), ¿este encuentro no se parece a los que curas, catequistas y obispos tenemos normalmente?

En las visitas pastorales y encuentros, por ejemplo, con chicos de secundaria, afloran cuestiones similares. Uno va desarmado, con un poco de ansiedad por lo que esos chicos y chicas quieran decir.

Al menos, en mis respuestas trato de ser honesto y claro, aunque muchas veces me vuelva reprochándome algo (o mucho) de lo que dije. En ocasiones, dándome cuenta de que mis respuestas pueden haber sonado a «producto enlatado».

Los jóvenes, sean creyentes o no, merecen que nos expongamos así. Para mí, es una forma de amor hacia ellos… de «caridad pastoral».

Es lo que ví en Francisco y apruebo, más allá de algunas respuestas que yo no hubiera dado como él (aborto y «sicarios», por ejemplo).

Estoy con Francisco.

“Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.

Lo escribió Francisco en su documento programático “La alegría del Evangelio”. Lo ha repetido muchísimas veces. Y lo ha puesto en práctica, una y otra vez.

Una de estas ocasiones está, por estas horas, dando su vuelta al mundo. Es el documental: “Amén: Francisco responde”, realizado por Disney y que, aquí en Argentina, se puede ver en la plataforma de streaming Star Plus.

¿Qué decir al respecto?

Ante todo, que hay que tomarse el tiempo (unos 82 minutos) para ver, escuchar y rumiar ese encuentro. Vale la pena. Ojalá que, en un tiempo, podamos tener un mejor acceso (es decir, gratis), porque el documental puede resultar un magnífico material evangelizador.

Verlo, hacerlo ver, reflexionar sobre él y los múltiples aspectos que tiene: el Papa, su actitud e intervenciones; los jóvenes, sus rostros y vivencias, sus cuestionamientos y lo que dejan dando vueltas en el corazón de quienes los escuchan; el modo de entrecruzarse la fe, la vida, las esperanzas y las inconsistencias que habitan el corazón humano.

El equipo que lo preparó reunión a un grupo de jóvenes que representan distintos mundos juveniles. No son todos e incluso se puede criticar una prevalencia de temas y preocupaciones (aborto, lgtb+, increencia, etc.) que dejan en sombra -o, a la espera- otras realidad juveniles.

Vuelvo sobre la frase que abre este artículo. En esa hora y media que dura el documental ha pasado precisamente eso que el papa Francisco propone a la Iglesia.

El hecho es evangelizador. Es más: es Evangelio, buena y alegre noticia. Francisco, anciano y rengueando, se expuso a la mirada, a las preguntas y a los corazones de esos diez chicos llegados a Roma desde distintos rincones del mundo, pero, sobre todo, desde vivencias muy duras de la vida y de la fe.

Y Francisco fue desarmado. En algunos tramos del diálogo, incluso se notó que esa exposición no estaba guionada. Se dejó interrogar y, como nos pasa a todos, se lo vio buscando palabras para decir; pero, sobre todo, tantear gestos de genuina cercanía… y también de exquisita ternura.

Imposible no pensar en lo que los evangelios nos cuentan de los encuentros de Jesús con -aquí hay que usar la palabra- los “pecadores”: Jesús toma la iniciativa y, con su sola presencia de amigo, pone en marcha el reencuentro. El gesto es lo que cuenta como hecho de salvación. Los evangelios no nos dicen nada acerca de qué hablan en torno a la mesa. Siempre destacan la iniciativa de Jesús, la alegría de sus eventuales comensales y lo que desata en sus corazones: ver, si no, lo que pasa en Jericó y, sobre todo, en el corazón de Zaqueo.

El diálogo, en sí mismo, es también destacable. Se dio entre los jóvenes y el papa, pero también, en torno a Francisco, los mismos jóvenes dialogaron entre sí, intercambiaron miradas, experiencias y silencios. Al finalizar, Francisco le puso nombre a ese estilo de encuentro: la fraternidad que nace de ese Dios Padre que nos ha mostrado Jesús. Potente mensaje.

El encuentro tuvo sus momentos álgidos. El intercambio con el joven español que saca a la luz el drama de los abusos. La joven argentina (de Santiago del Estero) que se declara católica y feminista, y que le acercó al papa el pañuelo verde. En ese punto, Francisco tuvo la claridad del amor y la misericordia. Tuvo el equilibrio que supone decir la Verdad del Amor y en el Amor (el Logos cristiano -al decir de Benedicto XVI- es también Agape).

Lo más fuerte -para mí- es el diálogo que se dio en torno a la experiencia de la joven que trabaja en el mundo de la pornografía. Ahí, Francisco recibió la inestimable ayuda de una veinteañera española, Neocatecumenal, que entró en diálogo con exquisito tacto. Francisco se sumó a ese difícil intercambio de miradas.

A esta joven, el papa le reservó lo que a mis oídos sonó como una evangélica bienaventuranza: le agradeció y felicitó por el testimonio de su fe en medio de un contexto difícil y, como buen padre en la fe, le señaló con claridad que ese viaje que es la fe cristiana siempre estará marcado por la prueba.

La fe -le dijo- solo crece como fe probada, e impugnada, añado yo.

Aquí me detengo. Espero verlo de nuevo con mayor detenimiento. Hay mucha tela para cortar de este intenso encuentro del papa con el mundo de los jóvenes… o, al menos, con algunas situaciones juveniles.

¡Qué bueno es vivir la fe en una Iglesia que muestra lo mejor de sí misma (el Evangelio animado por el Espíritu) cuando se ve obligada a salir de sí misma, a dejarse herir y hasta “ensuciar” por el barro de la historia!

Sí, yo también “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.

¡Gracias Francisco y gracias chicos y chicas que nos regalaron este momento de Pascua en medio de esta Pascua 2023!

Democracia y partidos políticos desde la enseñanza social de la Iglesia

Los partidos políticos tienen la tarea de favorecer una amplia participación y el acceso de todos a las responsabilidades públicas. Los partidos están llamados a interpretar las aspiraciones de la sociedad civil orientándolas al bien común, ofreciendo a los ciudadanos la posibilidad efectiva de concurrir a la formación de las opciones políticas. Los partidos deben ser democráticos en su estructura interna, capaces de síntesis política y con visión de futuro.” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, 213).

Un pendiente de nuestra joven democracia (¡solo cuarenta años!) es la democratización interna de los partidos y las coaliciones políticas. Supone reglas claras, conocidas y aprobadas por todos. También procesos previsibles de tiempo para conocer candidatos y propuestas.

Hasta ahora, salvo alguna excepción, ha regido el “dedazo”, por usar una imagen que todos entendemos.

Que un dirigente tenga como meta ser candidato y alcanzar un puesto de poder es normal y necesario. El altruismo no está en esto, sino en el virtuoso (y no negociable) respeto por la ley pero, sobre todo, en la exigente laboriosidad de empeñarse por el bien común, superando los intereses de parte (también los de su parte).

Es parte del juego democrático entonces que, dentro de cada espacio político, haya una lucha legítima por hacerse de las candidaturas y alcanzar el poder. Incluso que los debates de ideas y propuestas sean fuertes, duros y de alto voltaje.

Los ciudadanos necesitamos conocer qué piensan, como sienten y, sobre todo, cómo se mueven en la gestión concreta de los conflictos los que después nos pedirán el voto.

Pero tiene que ser en el marco de un proceso electoral -como dije arriba- previsible y medianamente ordenado.

Si el legítimo interés en dirimir candidaturas absorbe todas las energías puede que ocurra como está pasando ahora: la discusión sobre candidaturas, salvo excepciones, deja peligrosamente de lado -o, al menos, en suspenso- los problemas reales que aquejan a la sociedad y a los ciudadanos: de la inflación a la inseguridad, la incertidumbre de futuro de los jóvenes o la previsión de la vejez de los que ven cercana la jubilación, más un largo etcétera. Aparece así el canto de sirena de la “antipolítica”…

Como hemos señalado tantas veces: la actual crisis de la democracia se alimenta del descrédito de una política que parece enamorada de sí misma, más que del interés general, de la pasión por el bien común, o cómo queramos llamar al bien que ha de perseguir esa noble vocación.

Pienso que, a cuarenta años de haber “recuperado” la democracia, tenemos que recrear los consensos que nos permitieron salir de la noche oscura de la violencia política y el terrorismo de estado, a saber: la dignidad de la persona humana y sus derechos, pero también la opción que hicimos por el camino de la democracia para construir nuestro futuro.

Amén: Francisco responde

“Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.

Lo escribió Francisco en su documento programático “La alegría del Evangelio”. Lo ha repetido muchísimas veces. Y lo ha puesto en práctica, una y otra vez.

Una de estas ocasiones está, por estas horas, dando su vuelta al mundo. Es el documental: “Amén: Francisco responde”, realizado por Disney y que, aquí en Argentina, se puede ver en la plataforma de streaming Star Plus.

¿Qué decir al respecto?

Ante todo, que hay que tomarse el tiempo (unos 82 minutos) para ver, escuchar y rumiar ese encuentro. Vale la pena. Ojalá que, en un tiempo, podamos tener un mejor acceso (es decir, gratis), porque el documental puede resultar un magnífico material evangelizador.

Verlo, hacerlo ver, reflexionar sobre él y los múltiples aspectos que tiene: el Papa, su actitud e intervenciones; los jóvenes, sus rostros y vivencias, sus cuestionamientos y lo que dejan dando vueltas en el corazón de quienes los escuchan; el modo de entrecruzarse la fe, la vida, las esperanzas y las inconsistencias que habitan el corazón humano.

El equipo que lo preparó reunión a un grupo de jóvenes que representan distintos mundos juveniles. No son todos e incluso se puede criticar una prevalencia de temas y preocupaciones (aborto, lgtb+, increencia, etc.) que dejan en sombra -o, a la espera- otras realidad juveniles.

Vuelvo sobre la frase que abre este artículo. En esa hora y media que dura el documental ha pasado precisamente eso que el papa Francisco propone a la Iglesia.

El hecho es evangelizador. Es más: es Evangelio, buena y alegre noticia. Francisco, anciano y rengueando, se expuso a la mirada, a las preguntas y a los corazones de esos diez chicos llegados a Roma desde distintos rincones del mundo, pero, sobre todo, desde vivencias muy duras de la vida y de la fe.

Y Francisco fue desarmado. En algunos tramos del diálogo, incluso se notó que esa exposición no estaba guionada. Se dejó interrogar y, como nos pasa a todos, se lo vio buscando palabras para decir; pero, sobre todo, tantear gestos de genuina cercanía… y también de exquisita ternura.

Imposible no pensar en lo que los evangelios nos cuentan de los encuentros de Jesús con -aquí hay que usar la palabra- los “pecadores”: Jesús toma la iniciativa y, con su sola presencia de amigo, pone en marcha el reencuentro. El gesto es lo que cuenta como hecho de salvación. Los evangelios no nos dicen nada acerca de qué hablan en torno a la mesa. Siempre destacan la iniciativa de Jesús, la alegría de sus eventuales comensales y lo que desata en sus corazones: ver, si no, lo que pasa en Jericó y, sobre todo, en el corazón de Zaqueo.

El diálogo, en sí mismo, es también destacable. Se dio entre los jóvenes y el papa, pero también, en torno a Francisco, los mismos jóvenes dialogaron entre sí, intercambiaron miradas, experiencias y silencios. Al finalizar, Francisco le puso nombre a ese estilo de encuentro: la fraternidad que nace de ese Dios Padre que nos ha mostrado Jesús. Potente mensaje.

El encuentro tuvo sus momentos álgidos. El intercambio con el joven español que saca a la luz el drama de los abusos. La joven argentina (de Santiago del Estero) que se declara católica y feminista, y que le acercó al papa el pañuelo verde. En ese punto, Francisco tuvo la claridad del amor y la misericordia. Tuvo el equilibrio que supone decir la Verdad del Amor y en el Amor (el Logos cristiano -al decir de Benedicto XVI- es también Agape).

Lo más fuerte -para mí- es el diálogo que se dio en torno a la experiencia de la joven que trabaja en el mundo de la pornografía. Ahí, Francisco recibió la inestimable ayuda de una veinteañera española, Neocatecumenal, que entró en diálogo con exquisito tacto. Francisco se sumó a ese difícil intercambio de miradas.

A esta joven, el papa le reservó lo que a mis oídos sonó como una evangélica bienaventuranza: le agradeció y felicitó por el testimonio de su fe en medio de un contexto difícil y, como buen padre en la fe, le señaló con claridad que ese viaje que es la fe cristiana siempre estará marcado por la prueba.

La fe -le dijo- solo crece como fe probada, e impugnada, añado yo.

Aquí me detengo. Espero verlo de nuevo con mayor detenimiento. Hay mucha tela para cortar de este intenso encuentro del papa con el mundo de los jóvenes… o, al menos, con algunas situaciones juveniles.

¡Qué bueno es vivir la fe en una Iglesia que muestra lo mejor de sí misma (el Evangelio animado por el Espíritu) cuando se ve obligada a salir de sí misma, a dejarse herir y hasta “ensuciar” por el barro de la historia!

Sí, yo también “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.

¡Gracias Francisco y gracias chicos y chicas que nos regalaron este momento de Pascua en medio de esta Pascua 2023!

Diez años en una imagen

Intervención en el acto «Una Iglesia que celebra es una Iglesia viva y abierta a la gracia». 16 de marzo de 2023. Cancillería.

Si tuviera que elegir una imagen para resumir estos diez años del papa Francisco, sin pensarlo demasiado, elegiría aquella que pudimos ver el 27 de marzo de 2020: el mundo en pandemia, la Plaza de San Pedro desierta, bajo el cielo encapotado de Roma y la blanca figura del papa presidiendo aquel momento extraordinario de oración. 

¿Qué nos dice esa foto? ¿Qué mensaje desde el corazón del Evangelio nos sigue transmitiendo?

En su historia bimilenaria, el papado romano ha vivido muchas transformaciones. No siempre han sido según el Evangelio. Somos, en definitiva, discípulos del Verbo encarnado, que ha entrado realmente en toda la oscuridad de la historia humana para transfigurarla desde dentro. La fe no anula el espesor humano de los creyentes ni de la historia.

Sin ceder un ápice a un indebido culto a la persona, podemos repasar los nombres de los últimos papas. Desde mediados del siglo XIX, acelerándose en los años del Concilio Vaticano II, el oficio petrino del obispo de Roma viene adquiriendo un rostro más pastoral que jurídico, más espiritual que mundano.

Aquella tarde, siguiendo la oración del papa por un mundo en pandemia, pudimos ver, al menos por unos instantes, la verdadera naturaleza del poder que detenta el sucesor de Pedro: el que hace las veces, en los tiempos que corren, del humilde pescador que, con una mezcla de obstinación y desarmante humildad, confiesa a Jesucristo ante sus hermanos y ante el mundo. 

Es el poder inerme de Jesús crucificado del que brota la resurrección. Es la fuerza de la pobreza, aquella de la que san Pablo les decía a los corintios: “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, la debilidad de Dios más fuerte que la fortaleza de los hombres” (1 Co 1, 26).

Aquella tarde vimos a un obispo de Roma entrado en años, frágil en su andar, desarmado de poder mundano con sus estrategias y picardías, pero testigo del Crucificado, la verdadera esperanza del mundo. Parecía solo, como perdido en la inmensidad de San Pedro, pero la columnata del Bernini simbolizaba más que nunca el abrazo de millones que estaban ahí con él. 

Lo vimos escuchar con nosotros el Evangelio de la tempestad calmada, y comentarlo con sabrosa sabiduría. Lo vimos así adorar al verdadero Señor de la Iglesia en la humildad del Pan eucarístico. Lo vimos orar ante la imagen del Crucificado. 

Austen Iverigh señala con acierto que el de Francisco es un papado de reforma, según la tradición espiritual del cristianismo que vemos tanto en Francisco de Asís, Teresa de Ávila e Ignacio de Loyola, por poner algunos nombres insignes. Podríamos incluir aquí, con toda propiedad, a nuestra beata Mamá Antula y el espíritu de reforma de vida, retomado después por san José Gabriel. 

Y de una reforma que, antes que de estructuras (que también lo es), pasa por el corazón que se vuelve pobre ante Dios y ante el mundo. Y se anima a caminar como Abrahám, como el pueblo en el desierto, como María y la Iglesia en Pentecostés.

La imagen de una Iglesia en camino sinodal es herencia del Concilio Vaticano II que, pasando por la experiencia eclesial de nuestra América latina y la pastoral popular argentina, hoy Francisco actualiza y potencia.  En el centro de ese caminar está Cristo, anunciado a todos. Francisco ha dado nuevo impulso al kerigma como dimensión permanente de la misión de la Iglesia: anuncio primero, no en la prioridad del tiempo, sino en la prioridad de lo esencial e imprescindible, lo que jamás debe faltar porque es el fundamento de todo. 

En su magisterio, este “anuncio primero”, cristológico y trinitario, posee algunos acentos destacados: es anuncio del amor que se vuelve misericordia y compasión, que busca a los descartados y se aventura en las periferias. 

Para un obispo como el que les habla, que vive su fe y su misión en el “interior del interior”, estos aspectos son fundamentales. Benedicto XVI hablaba de un “eclipse de Dios” en la sociedad contemporánea. No es solo una imagen negativa. Se esconde allí una preciosa indicación que, a mi criterio, Francisco ha recogido, desarrollado y propuesto como horizonte: en una sociedad en la que se multiplican los heridos, la misión de la Iglesia es tan urgente y necesaria como siempre. Es, como ha explicado en Fratelli tutti, tras las huellas del buen Samaritano: detenerse, dejarse conmover, hacerse cargo y curar las heridas. No es la “Iglesia de Francisco”, es sencillamente la “Iglesia de la Trinidad”, la de “Jesús”, siempre en salida misionera, en reforma de sí misma, en diálogo con todos.

Así, Evangelii gaudium sigue siendo el texto programático de referencia. 

Comencé evocando una imagen, termino citando al Señor en la última cena. Sus palabras a Simón Pedro valen para quien es hoy vicarius Petri, es decir, el que hace las veces de Pedro en este 2023: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».” (Lc 22, 31-32).

Desde hace diez años, nuestro Francisco viene haciendo esto: confirmando en la fe a quienes somos sus hermanos. Damos gracias a Dios por ello y oramos por él. Francisco es una señal de lo que tenemos por delante. Nos indica el futuro hacia el que marcha el pueblo peregrino de Dios. 

Gracias. 

Diez años de Francisco: reforma, continuidad y apertura

Este lunes 13 de marzo se cumplen diez años de la elección del papa Francisco. Una cifra redonda que está mereciendo la atención de muchos. Se hacen balances, proyecciones e interpretaciones. Él mismo ha concedido varias entrevistas. Sin embargo, pienso que no es suficiente espacio de tiempo para captar el real impacto de esta opción del cónclave de 2013. Para la organización global que es la Iglesia católica, esta opción representa, a la vez, una reforma y una apertura de enormes (e incalculables) consecuencias.

Como muchos han señalado, el Concilio Vaticano II fue todavía un acontecimiento eclesial determinado por la experiencia teológica y pastoral de las grandes Iglesias católicas europeas, sobre todo de Alemania y Francia. Un concilio eurocéntrico. De todos modos, en el diseño teológico de este evento que marca el camino de la Iglesia, la apertura a la inmensa amplitud católica de la Iglesia ha sido un paso adelante que es ya irreversible. Solo un dato: en el Concilio participaron poco más de dos mil obispos. Sesenta años después, esa cifra supera los cinco mil. La Iglesia católica está realmente adquiriendo un rostro mucho más diverso, global y multicultural que nunca en su bimilenaria historia, al ritmo que el intercambio, la comunicación y, sobre todo, la autoconciencia de las Iglesias en los diversos continentes se vuelve cada día más clara y firme.

Es lo que le ha ocurrido a la Iglesia en América latina. De Iglesia receptora de misioneros, teologías, praxis pastorales, litúrgicas y catequísticas, la de nuestro inmenso continente se ha convertido -como muchos señalan- en una “Iglesia fuente” que ha sido capaz de empezar a ofrecer al mundo católico los frutos de su experiencia original de fe y de misión. El fruto maduro de este proceso ha sido que uno de sus pastores se sienta hoy en la sede de Pedro, en la ciudad de Roma.

Precisemos la mirada: Bergoglio no llegó solo ni por casualidad a ser papa. Con él llegó al centro de la catolicidad la experiencia de las Iglesias de América latina y el Caribe, sobre todo, madurada en la Asamblea de Aparecida, de cuyo documento final, el cardenal de Buenos Aires fue redactor (en realidad, coordinó con maestría la redacción final). Aparecida es culminación de un proceso teológico pastoral que recoge la vida y, sobre todo, el fuerte impulso misionero que hoy representa la vitalidad de la Iglesia en este continente.

Y, dando una vuelta de tuerca más, la experiencia de fe y misión que los cardenales latinoamericanos llevaron consigo a al cónclave de 2013 se concentra en estas palabras del documento de Aparecida que expresan muy bien el núcleo del pastoreo de Francisco: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29). La misión de la Iglesia en este mundo que se ha abierto con el siglo XXI, más que en la determinación de normas, dogmas o leyes, pasa por la transmisión de esa experiencia viva de fe. En términos técnicos, es el “kerigma”, el anuncio fundamental que da origen a la experiencia cristiana. Todo en el papa Francisco gira en torno a este núcleo unificante e inspirador.

Aquí se da, a mi juicio, tanto la reforma como la continuidad y la apertura de la que antes hablaba. Reforma, porque, sin lugar a duda, un obispo venido del profundo sur, que ha pastoreado una megalópolis del Tercer mundo, y que ha madurado su fe y su misión episcopal en semejante contexto cultural no tiene la misma visión que un obispo europeo puesto en la misma situación, como lo fueron Karol Wojtyla o Joseph Ratzinger. La discontinuidad de personalidades, estilos, acentos y criterios pastorales es demasiado evidente como para negarlo en aras de una etérea unidad eclesial. Basta examinar cualquiera de los temas, tanto los más ordinarios y anodinos (los zapatos del papa, por ejemplo) como los más urgentes y decisivos, que hoy están presentes en la agenda eclesial: el cuidado del ambiente, la crisis antropológica (teorías del gender y transhumanismo, por ejemplo) y, sobre todo, el rol de la fe en la cultura y la sociedad.

Pero se trata de una apertura estimulante hacia el futuro también global de la Iglesia. Y esta apertura es posible porque, no obstante toda la disrupción que significa el papado de Bergoglio respecto de los pontífices anteriores, la continuidad sigue siendo el sustento de fondo de todo esto. Es la misma Iglesia católica, su misma e idéntica fe, su mismo modo típico y genuinamente católico de asimilar la propuesta de vida que nace del Evangelio, de enfrentar los desafíos del tiempo y de buscar soluciones reales a los problemas que la afligen.

Pienso que, desde esta perspectiva, hay que enfocar el duro enfrentamiento que hoy se da dentro de la Iglesia entre las corrientes más conservadoras o tradicionalistas y las liberales y progresistas. Es una tensión que nunca ha dejado realmente de atravesar el cuerpo eclesial, pero que, en tiempos especialmente difíciles como el nuestro, emergen nuevamente, como expresión de los dos pulmones con que respira la Iglesia: la fidelidad a la fe recibida (la Tradición viva del Evangelio) y la apertura creativa al futuro (la Profecía como acción del Espíritu).

La tensión es real y, por momentos, parece acercarnos al abismo. Es cierto que Francisco, a diferencia de Juan Pablo II y, sobre todo, Benedicto XVI, muestra hoy una mayor inclinación a favorecer la apertura profética que a concesiones al mundo tradicional. Hay algo de “ley del péndulo” que también atraviesa toda la historia eclesial. Pero no hay que perder la paz. La vitalidad de la Iglesia católica, su capacidad de apertura y adaptación, su habilidad para insertarse en los grandes movimientos de la historia sigue ahí, intacta y estimulante. Solo necesita la paciencia del que sabe respirar con el ritmo de los tiempos del Espíritu.

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De todas las palabras e imágenes que pueden ayudarnos a entrever el significado de estos diez años de vértigo que significan el pontificado de Francisco, elijo una imagen y una palabra.

La imagen es aquella que pudimos ver por nuestras pantallas el pasado 27 de marzo de 2020: el mundo en pandemia, la plaza de San Pedro vacía bajo el cielo encapotado de Roma y un anciano papa que, con dificultad para caminar, se dirigía solitario y pensativo hacia el sitio desde donde iba a dirigir aquel encuentro extraordinario de oración que entonces tuvo lugar. Escuchó con nosotros el evangelio de la tempestad calmada y lo comentó con sabrosa sabiduría espiritual. 

Dicen que, en la cumbre de su poder, Stalin preguntó cuántas divisiones armadas tenía el papa. Tanto como para indicar que el poder, según su mente, se mide por la fuerza militar. En la imagen que comento, aparece con clara nitidez el verdadero poder que detenta el obispo de Roma, su misión para la Iglesia y el mundo. Es el poder desnudo de Cristo crucificado que se expresa en la oración, la humilde proclamación del Evangelio y la invitación a sumar fuerzas para navegar juntos en medio de la tempestad. Al menos por un instante, esa revelación iluminó nuestras pantallas.

La palabra que elijo para intentar un resumen del pontificado de Francisco, de entre todas las que en abundancia podrían cumplir ese cometido, es la palabra compuesta: “misericordia-compasión”. Sea por su experiencia personal como hombre y creyente, sea por lo que ha vivido y aprendido como sacerdote y obispo, Jorge Bergoglio ha vuelto a poner en el centro de la vida y misión de la Iglesia la parábola del buen Samaritano. De hecho, es el texto evangélico que sirve de eje para su última encíclica, Fratelli tutti. En un mundo en guerra, en el que se multiplican los heridos, cuando la política parece privilegiar el conflicto, la aceleración de las polarizaciones y la renuncia al diálogo, la Iglesia -al decir del papa- ha de rehacer su figura histórica como la Iglesia samaritana de la compasión, de la misericordia y del servicio, atenta a levantar del camino a todos los heridos por la vida.

Una Iglesia de la compasión es inevitablemente una Iglesia misionera, que sale por los caminos (a “callejear”, según el particular idioma porteño del papa) a buscar, a escuchar y a tender la mano.

En la preparación del próximo Sínodo sobre la sinodalidad, hoy se está dando en la Iglesia una viva discusión sobre lo que algunos llaman: el paradigma de la “inclusión radical”. Francisco insiste: la Iglesia de Jesús está abierta a todos, ha de buscar, acompañar e integrar a todos, especialmente a los más alejados y a los descartados. El mandato evangélico en este sentido es incontrovertible: el Evangelio es palabra de salvación para todos. Sin embargo, el real alcance de esta apertura es una búsqueda que hoy nos está haciendo fatigar, también a quienes queremos ser sujetos activos de la misión de la Iglesia en el mundo que nos toca sin renunciar ni a una “i” ni a una “coma” de la rica tradición del humanismo cristiano.

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Una palabra sobre el modo como los argentinos vemos y valoramos que uno de nosotros esté hoy sentado en la cátedra de Pedro como obispo de Roma y papa.

Si, como señalé al empezar, es difícil dimensionar el alcance de su elección, esta dificultad tiene contornos especiales entre nosotros. Como acaba de decirle Francisco a Elisabetta Piqué en la entrevista para La Nación: “Los argentinos no somos el premio Nobel de la simplicidad”. Y él mismo se incluye en esa caracterización. 

Personalmente pienso que, a pesar de las esperanzas que el mismo papa alienta, es muy difícil que se dé un viaje suyo a su país natal, a la Iglesia madre de su fe y de su ministerio pastoral. El clima entorno a su figura está tan enrarecido que no veo en el horizonte inmediato esa posibilidad. Espero sinceramente equivocarme. Porque ese reencuentro sería muy fecundo para todos, tanto para los católicos como para nuestra sociedad tan vapuleada.

Es una lástima. Verdaderamente. No sé si esa pasión autodestructiva que tenemos los argentinos que nos hace ser tan suspicaces con nosotros mismos también ahora nos está jugando una mala pasada. Solo resta esperar que, al paso del tiempo, las pasiones se atemperen, la mirada se vuelva más clara y la percepción de los hechos más serena. Tal vez entonces podremos comprender mejor lo que dice de nosotros mismos que un argentino haya sido llamado a cumplir la misión de obispo de Roma, con la proyección global que eso le da, tanto hacia el interior de la Iglesia católica como hacia el mundo y sus desafíos.

Porque Francisco es, a pesar de muchas miradas interesadamente negativas que surgen de estas latitudes, un inmenso líder religioso y espiritual. Así es visto y reconocido. Ahí están sus gestos, sus palabras y sus grandes documentos. A ellos nos remitimos los que, como él y con él, formamos parte del “santo pueblo fiel de Dios” que es la Iglesia católica. En ellos encontramos inspiración para vivir nuestra fe y el servicio al bien común que brota del Evangelio. Y a los creyentes se unen tantas personas que, sin compartir nuestra misma fe, saben ver en profundidad lo que este “hombre de blanco” realmente significa para la humanidad.

Volviendo a aquel 13 de marzo de 2013, repasando en el corazón estos diez años de servicio como papa, solo me queda dar gracias a Dios y preguntarme en conciencia, como hombre, creyente y obispo, y sin ceder un ápice a un indebido culto a la persona, qué desafíos supone para mí el magisterio viviente del papa Francisco.