Pastor en medio del pueblo

Ayer, domingo de Pascua, Francisco recorrió la Plaza de San Pedro saludando a los peregrinos que se habían dado cita para la bendición urbi et orbi. No podíamos saberlo, pero fue la última vez. Pero es una imagen muy expresiva. Eso fue y quiso ser Francisco: un pastor en medio de su pueblo. 

Como nos dijo tantas veces a los curas y obispos: un pastor va delante del pueblo, para conducirlo; va en medio, porque no se puede olvidar que sigue siendo un discípulo; y va detrás, tanto para animar al que se queda rezagado, como para dejarse guiar por el pueblo que es movido por el Espíritu de Cristo. 

Por estas horas, seguramente se dirán muchas cosas de Bergoglio/Francisco. Cada uno recordará algún gesto, alguna palabra, algún hecho. Cristo quiso que guiara a su Iglesia en este tiempo desafiante de cambios vertiginosos. 

De Francisco de Asís, el papa Francisco tomó no solo el nombre, sino también la pobreza y la fraternidad: la pobreza, no como desprecio de las cosas, sino como el necesario despojo del corazón para dar cabida a todos, reconocidos y tratados como hermanos… también a la creación. 

El pasado miércoles 8 de enero pude saludarlo en la Audiencia General en Roma. Le dí los saludos de la diócesis de San Francisco, enclavada en la “pampa gringa” por tantos piamonteses que emigraron allí. Como sus padres. 

Gracias, Francisco, por tu persona y tu ministerio. Encomiendo tu alma a Dios y al cuidado de la “Virgen santa”, como a vos te gustaba llamar a María. 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

21 de abril de 2025

Rezamos por vos, Francisco

Vengo de la Misa en catedral.

El evangelio de este fin de semana es fuerte, difícil, imposible… hasta que Jesús nos lleva al fuego que arde en él y que es la clave de todo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”.

Sean misericordiosos, como ustedes saben, porque lo experimentan cada día, que Dios es misericordia.

El salmo 102 -uno de los más bellos del Salterio- lo dice también: compasivo, misericordioso, no nos trata como merecen nuestros pecados; cuanto dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestros pecados… como un padre es cariñoso…

He pensado mucho en el papa Francisco. Me he conmovido solo en mi casa rezando por él en estas horas…

En la acción de gracias, mientras el Coro cantaba: “Bienvenida tu misericordia, bienvenida tu consolación…”, espontáneamente me han venido al corazón algunas cosas que vengo escuchando por estas horas: personas que, alejados tal vez de la Iglesia, se sienten tocados por Francisco y, a su manera, oran por él.

Pienso en los presos, hombres y mujeres, a los que ha abierto siempre su corazón; pienso en los ancianos y enfermos; también en los pobres que lo sienten suyo de manera especial; pienso en las parejas “así llamadas irregulares”, que han experimentado las caricias de la madre Iglesia; en los jóvenes y no tan jóvenes homosexuales, etc.

Pienso en lo que le dijo a un periodista en 2015, preparando el Jubileo de la misericordia. Cito de memoria: la misión de la Iglesia es mostrar las entrañas de misericordia de nuestro Dios.

En estas horas, otra cuestión me ha impactado y consolado: se ha generado una corriente de cariño, compasión y oración por Francisco en la Iglesia. Incluso personas que no están de acuerdo con él en varias cosas, sin embargo, ahora se sienten -como lo somos todos- parte de esta familia que ora por el “Padre común”.

Es una de las cosas más bonitas de la experiencia de ser católicos. Como decía Don Camillo de sus feligreses: “son un poco rudos, pero con un sentido profundo de la humanidad”.

Es algo que siempre me ha fascinado de ser católico.

En el mundo, y en ese pequeño-gran mundo que es nuestra #Argentina, parecen prevalecer el odio, la palabra deliberadamente ofensiva, la amargura y el juicio condenatorio… todo es un peligroso «acting» de violenta amargura.

Por eso, el evangelio es más urgente que nunca: hacer por los demás lo que queremos que los demás hagan por nosotros; si te hacen mal, te odian o te difaman, hacer el bien…

De eso se trata.

¡Rezamos por vos, querido Francisco!

Rezamos por vos, Francisco

La delicada salud del Papa Francisco internado en el Gemelli de Roma ha suscitado una corriente de afecto, compasión y oración en todas partes.

En Argentina esta «movida» de oración por el Santo Padre ha sido, en buena medida, espontánea, rápida e intensa.

En estas horas estamos unidos en oración como familia que somos: la familia de Jesús unida por los vínculos sobrenaturales de la fe y la caridad.

Incluso personas o sectores que han mostrado desavenencias con Francisco por diversos motivos (políticos, ideológicos o religiosos) ahora rezan por él con sinceridad de corazón.

Es cierto que, sobre todo, en las redes o en los comentarios de  las noticias, aparecen expresiones desagradables, toscas y hasta groseras. Suscitan extrañeza y bronca, pero, en última instancia, despiertan tristeza pues revelan cuanta amargura puede albergar el corazón humano. El mayor daño aquí es autoinflingido: nadie vive bien con semejante resentimiento.

Se puede aplicar aquí lo que el genial personaje de Chespirito afirmaba de la venganza: «Nunca es buena. Mata el alma y la envenena».

Pienso, por el contrario, que este reencontrar unidas rezando por Pedro saca a la luz la belleza de la fe compartida, la nobleza del corazón humano y el Rostro más luminoso del Dios que se complace en «habitar en los corazones rectos y sencillos», como rezábamos el pasado domingo.

¡Rezamos por vos Francisco!

¡Somos familia!

Es bueno y necesario permitirnos debates intensos

Las sociedades necesitan debates intensos.

Para eso está el espacio público que nos pertenece a todos los ciudadanos, tan únicos como distintos en nuestros puntos de vista y pareceres.

Hasta allí llegamos para hacer oír nuestra voz. Es un derecho de cada uno, porque es un deber y una responsabilidad.

Para eso existe también la política y en las democracias, el Parlamento, que es el espacio en el que debería aparecer el alma de toda democracia: la palabra, la idea, la toma de posición, la confrontación entre diversos y hasta opuestos puntos de vista. Y, cuando se den las condiciones, los consensos posibles sobre lo que es bueno, justo y verdadero, aquí y ahora.

La confrontación de ideas no es extraña a la vida pública.

El papa Francisco suele señalar que «la unidad prevalece sobre el conflicto», pero que éste no puede ser desconocido, silenciado o ignorado. Pero tampoco que podemos quedar atrapados en el conflicto.

La confrontación y el conflicto deben ser asumidos. Y eso requiere mucho más que tener buenas cuerdas vocales para gritar. Requiere las virtudes más exigentes que debemos cultivar todos, ciudadanos de a pie y dirigentes: la fortaleza, la paciencia, la magnanimidad, la laboriosidad… y, sobre todo, la caridad que es la búsqueda del bien real del otro y, en el caso de la vida en comunidad, del bien común.

No nos podemos permitir cruzar algunos límites, especialmente, los que ponen en marcha los mecanismos tenebrosos de la violencia política que los argentinos conocemos bien, aunque parece que, en ese punto, rápidamente perdemos la memoria.

Puedo estar en el más franco y duro desacuerdo con otro, no coincidir con sus valores o su interpretación de la historia, o lo que sea… lo que nunca me puedo permitir es cruzar el límite de negarle subjetividad, bajarle el precio a su condición de semejante, de persona, de sujeto de una dignidad que, en última instancia, tiene su fuente en Dios creador.

Esto resulta particularmente exigente cuando alguien cruza el umbral de la muerte. En ese momento se impone un respetuoso silencio, que no lo es de su obrar (ha habido y habrá tiempo para ello), sino respeto por su persona única que ha comparecido ante el único juicio verdaderamente transparente y completo: el del Dios vivo, tan justo como misericordioso.

¡Ojalá que los argentinos podamos conjurar el riesgo de rebajar nuestros debates públicos!

Tenemos que poner sobre la mesa temas de fondo que afectan desde dentro nuestra convivencia y el futuro, especialmente de las nuevas generaciones.

  • Sergio O. Buenanueva
    Obispo de San Francisco
    19 de octubre de 2024

Para salir de la ley del péndulo

Posición ingenua:

Si en los debates públicos (también dentro de la Iglesia), una cierta percepción de la verdad de la condición humana, de alguna manera, no orienta las discusiones y las decisiones, eso termina haciéndolo el poder, también en alguna de sus formas, con sus picardías, estrategias y tácticas de viraje corto: ideologías dominantes, intereses de parte políticos, económicos, liderazgos fuertes (y siempre sesgados), etc.

De ahí que, en temas delicados y controversiales (p. e. las cuestiones de género o la violencia política de décadas pasadas), la ley del péndulo nos lleva de un lado a otro.

Pan para hoy, hambre para mañana… y vuelta a empezar.

Además, con una pizca del apasionamiento y el gusto por el conflicto que los argentinos llevamos en nuestro ADN, las cosas se complican y hacen todo más difícil, sobre todo, edificar hacia delante, pensando en el bien mayor de las nuevas generaciones.

Una posible salida de mayor sensatez y cordura, inspirada en la espiritualidad cristiana la ofrezco a continuación.

Me inspiro en unas palabras del obispo noruego Erik Varden. Escribiendo sobre «la perfecta libertad», Varden señala tres pasos:

1. Elegir y aceptar las cosas como son. Esta «opción por lo real» es clave. Estamos diseñados interiormente para ello en el cuerpo, en el alma y en la conciencia: somos apertura a la realidad que es la que nos muestra la verdad. Eso sí: además de una cierta fortaleza interior para hacernos cargo de los aspectos más arduos de la vida, siempre es útil una buena dosis de buen humor, sobre todo, saber reírnos de nosotros mismos (los argentinos sabemos hacerlo).

2. Confiar en la paciencia activa de Dios que sabe trabajar mejor que nadie el corazón humano. Por eso, el cristianismo, sobre todo su versión católica, es tozudamente optimista. Creemos en Dios y, por eso, confiamos en su más perfecta imagen y semejanza, jamás destruída por el pecado: el ser humano y lo que Dios, por creación y por gracia, ha puesto en él. Y del ser humano concreto, alma y cuerpo, historia y eternidad, carne y sangre. Eso también se llama: encarnación.

3. Y, por eso, saber esperar activamente, es decir, con mirada atenta y disposición para la acción. Los tiempos oportunos llegan y nos ofrecen, tímidamente primero, claramente después, los frutos de la siembra (la de Dios y la nuestra) para que los cosechemos.

Suena ingenuo, ¿no?

Pero podemos darle una oportunidad. Yo lo hago.

28 de agosto de 2024

Memoria de san Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

¿Y si paramos un poco?

La política es lucha… por la justicia (sí, también la justicia social), el bien común, el mejor orden justo posible aquí y ahora.

La política es tarea de todos los ciudadanos, porque crear las condiciones para que cada persona -especialmente los que están creciendo y los más vulnerables- alcance su desarrollo más pleno, en esta vida y como promesa de la eterna, es responsabilidad de todos.

Es una lucha de todos.

La política es también la vocación específica de algunos hombres y mujeres que sienten ese fuego interior a mejorarle la vida a los demás; a trabajar -incluso poniendo entre paréntesis los propios intereses- por el desarrollo integral, el bien común y el bienestar de todos.

Para un bautizado que siente la vocación de la política esta es un genuino llamado a la santidad como unión con Cristo en el servicio a los hermanos.

Sí, la política exige lucha, sacrificio arduo, entrega generosa.

Pero no somos ángeles: tanto los ciudadanos de a pie como los hombres y mujeres de la política somos de carne y hueso, frágiles, débiles y -desde una mirada cristiana- también pecadores. El egoísmo, la mezquindad, la violencia interior y exterior caminan siempre con nosotros -en nosotros- como molestos compañeros de viaje.

Por eso, en algún punto, la estrategia de la polarización, del echar sal en la herida, del “cuanto peor, mejor”, por comprensible que sea en algunas situaciones y nos reporte algún beneficio coyuntural, a la larga, carcome desde dentro el alma de todos. Mucho más, cuando la gente, el pueblo o los ciudadanos -hablemos como queramos en este punto- vive o sobrevive en la incertidumbre del futuro, se arremanga cada día para salir adelante y puja por dejarse vencer por la bronca o, lo que es peor, la desesperación o el miedo.

Aquí, la responsabilidad de los que detentan el poder, en alguna de sus formas, es mayor, más exquisita y delicada.

En algún momento, el gusto por la agresión y el rugido feroz tiene que parar.

Estamos a tiempo.

26 de agosto de 2024

Memoria del beato Ceferino Namuncurá

Enamorados de Jesucristo

DÍA DEL CATEQUISTA 2024 – Mensaje del obispo

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.” (EG 1).

Queridos catequistas:

¡Muy feliz día!

Estas palabras del papa Francisco inspiran la celebración del Día del Catequista de este año 2024.

Si ustedes me preguntan cuál considero que sea el desafío más de fondo de nuestra vida cristiana y eclesial, no lo dudo un instante: el encuentro con Cristo vivo de cada uno de nosotros, para que, de esa fuente, brote el anuncio del Evangelio a todos.

Las palabras del Santo Padre son un eco de aquellas otras del documento de Aparecida: 

“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (DA 29). 

Recorriendo la diócesis, veo con alegría cómo nuestras comunidades, los sacerdotes, catequistas, otros agentes de pastoral o simplemente hombres y mujeres de fe sencilla siguen buscando a Jesús, dejándose atraer por Él y entrando en el misterio fascinante de la oración, de la escucha de su Palabra y del silencio que nos transforma por dentro. 

Es por aquí el camino. 

Es verdad que a Jesús lo encontramos en los pobres, en los que sufren, en los que gritan suplicando una mano amiga que los ayude a caminar. 

Jesús mismo nos lleva a ellos; pero nada ni nadie sustituye el encuentro vivo con Él, la experiencia fundante de experimentar la potencia de su amor y su gracia.

Por eso, catequistas: vayamos juntos al Señor. Él nos espera y nos está continuamente regalando su Espíritu. 

Nos espera en la oración matutina, hecha de escucha, silencio y alabanza… como María. Nos espera en la eucaristía del domingo y en la celebración gozosa del sacramento de la penitencia. Nos espera en cada recodo del camino, incluso y especialmente en los que menos esperamos. 

Los métodos son importantes, pero secundarios. Siempre estaremos aprendiendo y actualizándonos. 

Sin embargo, en la catequesis como en toda forma genuina de transmisión de la fe, nada sustituye al TESTIGO que ha sido alcanzado y transformado por Jesús. 

Eso marca la diferencia, aunque las metodologías no sean tan modernas ni ingeniosas.

No transmitimos solo saberes abstractos, sino un encuentro que nos ha enamorado y ha dado a nuestra vida orientación, libertad y esperanza: el encuentro con la Persona y la pascua del Señor Jesús. 

Vayamos al encuentro del Señor.

Feliz Día del Catequista 2024

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
21 de agosto de 2024
Memoria de san Pío X

Católicos

Jesús agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».” (Mt 13, 52).

La puja entre conservadores y progresistas que hoy tensiona al mundo católico no es algo nuevo.

Es una de las tensiones que reflejan la dimensión histórica de la Iglesia de Cristo, llamada a custodiar la fe recibida, pero también a caminar con ella hacia el futuro.

Del Concilio Vaticano II a nuestros días, y con momentos de fuerte conflictividad, esta tensión atraviesa la vida del catolicismo argentino.

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La decisión del obispo de Zárate Campana de revocar el permiso de residencia al Padre Javier Olivera Ravasi ha suscitado fuertes reacciones.

Conozco a algunos buenos católicos, vinculados a él, que se sienten conmovidos por esta situación.

Lo que para unos es una decisión correcta, para otros es una persecución.

Lo poco que he leído de él no me convence. No porque exprese el punto de vista del pensamiento tradicional, tan legítimo como necesario, sino porque algunos acentos no permiten reconocer la figura completa del pensamiento católico.

No pongo en duda la fe personal. Advierto solo que, cuando se piensa, se escribe y se actúa desde el conflicto, algunos riesgos se agudizan. Se requiere entonces un temple especial. Mucho más si se trata de la fe “que nos gloriamos de profesar”, como decimos en el bautismo.

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En el catolicismo argentino, la puja entre conservadores y progresistas de estas últimas décadas no ha sido sólo sobre ideas teológicas, formas litúrgicas, acciones pastorales o modelos de formación. A todo esto, ya de por sí delicado, complejo y sustancioso, se han sumado las fuertes tensiones ideológicas y políticas que, en tiempos recientes, alcanzaron altos niveles de violencia. Y siguen ahí, determinando nuestra vida y convivencia ciudadanas.

No solo los posicionamientos del padre Ravasi, sino también los de quienes poseen visiones contrapuestas a las suyas, e incluso algunas opciones pastorales de la mayoría de los católicos ajenos a estas polémicas, no terminan de entenderse sino desde las dolorosas heridas, aún abiertas, que dejaron aquellos años de duros enfrentamientos.

Esa es la realidad en la que estamos y a donde nos ha puesto la Providencia para que vivamos y comuniquemos la fe.

A mi criterio, esta es la difícil disyuntiva: ¿Será la fe viva de la Iglesia, centrada en el anuncio del Dios amor revelado en Cristo, el factor fundante y determinante de la misión eclesial en nuestro país, también en su proyección sobre lo socio, político, cultural; o, dándola por supuesta o sabida, la fe terminará diluida, secularizada y subordinada a un proyecto político-ideológico?

Este riesgo puede parecer más visible para el catolicismo de izquierda, como vimos en los vídeos de algunas celebraciones recientes, felizmente extraños para la mayoría de los católicos. Sin embargo, tampoco deja de serlo -a pesar de sus formas externas- para el catolicismo conservador, siempre tentado de volverse integrista.

La preocupación de que lo político prevalezca sobre la fe, reduciéndola a militancia política o a batalla cultural, no es ilusoria ni imaginaria en los tiempos que corren. Nos debería hacer a todos más humildes y atentos con la fe que se nos ha confiado.

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Cuando en 2007, el papa Benedicto XVI liberó el uso de los libros litúrgicos vigentes hasta la reforma del Concilio Vaticano II, propuso un modelo de interacción entre lo que él llamó las dos formas del único rito romano, llamadas no solo a coexistir, sino a ayudarse recíprocamente para expresar toda la riqueza católica de la fe.

La propuesta, por diversos factores, no prosperó. Sin embargo, muchos la consideramos válida, pues posee un enorme potencial para fecundar toda la vida eclesial, porque brota precisamente de ese manantial inagotable que es la Iglesia en oración.

Su valor no estriba en ser una estrategia de ocasión, sino en su genuina consistencia teológica que refleja la naturaleza de la misma comunión eclesial. En definitiva, lex orandi, lex credendi; pero también, lex intelligendi et lex vivendi.

La madre Iglesia es el hogar de todo lo que es verdadero, bello y bueno que hay, tanto en “progresistas” como en “conservadores”.

La lógica política del conflicto y la polarización, la agresión y la arrogancia del que se siente superior no puede tener cabida en la vida del Pueblo de Dios, regida por la ley superior de la pascua.

Que la caridad de Cristo, hecha también de cordial obediencia a la voluntad del Padre, prevalezca sobre nuestras pasiones.

María, signo de esperanza para una nueva humanidad

Reflexión para el Día del Docente Católico 2024

Al final está el archivo en PDF para descargar la reflexión.

Estamos celebrando el Día del docente católico en la provincia de Córdoba. Coincide con la gran fiesta mariana de la Asunción de Nuestra Señora. Es la pascua de María, la madre del Señor.

En la reflexión que les ofrezco, los invito a contemplar a María como signo de la humanidad nueva a la que estamos llamados como creaturas y desde el bautismo, pero también a la que servimos como docentes: la rica humanidad que crece en los niños, adolescentes, jóvenes y adultos a los que acompañamos como educadores.

Y pongo este acento: mirando a María, signo de esperanza para una nueva humanidad, nosotros seamos hombres y mujeres transformados como ella por la Pascua de Jesús, para ser testigos y educadores de la esperanza grande que el Espíritu derrama en los corazones.

En esta perspectiva, nuestras comunidades educativas surgen como hogar y escuelas de la esperanza cristiana.

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Les propongo escuchar los versículos iniciales de la primera lectura de la solemnidad de hoy, tomada del libro del Apocalipsis. Nos servirá de guía para nuestra reflexión.

Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz.

Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera.

La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono, y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio para que allí fuera alimentada durante mil doscientos sesenta días. (Ap 12, 1-6).

El signo de la mujer en trance de parto apunta al otro signo: el hijo varón que da a luz y es elevado al cielo, al trono de Dios. El mensaje es claro: se trata de Jesús y de su resurrección que transforma todo.

La mujer es la comunidad cristiana y, por eso, también María que es como el espejo en el que la Iglesia se mira para comprender su misterio, su vocación y misión.

En el trasfondo: la lucha que aún continúa entre el bien y el mal, pero desde la perspectiva del Resucitado y de la mujer que lo ha dado a luz, es una lucha que ya tiene su final asegurado: la vida triunfará sobre la muerte, la mujer sobre el dragón infernal.

Es el signo de la esperanza que anima el alma y el camino de los cristianos. Esa esperanza está también en el alma y en la mística de la escuela católica y en el modo como ella vive la fe y educa a todos los que integran la comunidad educativa.

La escuela católica es comunidad y hogar de esperanza. Desde esta perspectiva, cada día, ustedes se acercan a esa realidad, en ocasiones dura y desafiante, que son los niños, niñas y adolescentes que las familias les confían para ser educados. Pero no menos que los docentes y demás personal que se mueve en la escuela o, incluso, que traspone ocasionalmente sus puertas.

A la escuela, todos llegamos con nuestra vida a cuestas, nuestras heridas y cicatrices, nuestras expectativas e ilusiones. En la escuela, a todos, nos espera Cristo, nuestra esperanza.

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La asunción en cuerpo y alma al cielo de Nuestra Señora es uno de los dos dogmas modernos definidos por la Iglesia, junto con el de la inmaculada concepción. Este lo fue en 1854, aquel que celebramos hoy en 1950. Sin embargo, son misterios celebrados por la fe de la Iglesia desde el principio.

Tenemos que mirarlos juntos para descubrir su potencial evangelizador y educador. Proyectan una poderosa luz sobre nuestra misión como Iglesia y como educadores en la Iglesia.

No es casualidad que hayan sido definidos cuando comenzaba a abrirse paso y consolidarse la cultura moderna, con su ansia e ímpetu de progreso, pero también con sus contradicciones, caídas y deformaciones.

María, la pura y limpia concepción, obra maestra de la gracia, transfigurada en toda su humanidad (en cuerpo y alma) es signo de la nueva humanidad que solo Dios puede crear y sostener con su acción poderosa.

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La cultura contemporánea oscila entre el optimismo ingenuo y prometeico del hombre que rompe sus vínculos con Dios para ser libre; pero también que, por otros caminos, cae en el pesimismo del nihilismo o del relativismo: nada es permanente, ni seguro, ni cierto, ni sólido.

La educación -ustedes lo saben tanto o mejor que yo- también navega por esas aguas tormentosas.

Al invitarnos a contemplar a María, inmaculada y resucitada, la fe católica nos desafía a mantener unidos, en la pastoral y en la educación, dos aspectos que parecen opuestos, pero que, sin embargo, están llamados a potenciarse recíprocamente.

Por un lado, a reconocer que en la raíz de la condición humana está la acción creadora y salvadora de Dios. En el lenguaje cristiano eso se dice con una de las palabras más hermosas del “diccionario cristiano”: GRACIA.

María es, precisamente, la “llena de gracia”, la completamente transfigurada y transformada por la gracia de Dios. Y esto a tal punto, que “llena de gracia” es casi el segundo nombre de María.

Esa es la primera palabra que tenemos para decir de María, pero también de nosotros mismos. Porque todo lo que Dios ha hecho en María -de modo eminente, original y único- es signo de lo que está haciendo también en nosotros.

Ante cada persona, el discípulo de Jesús ha de pensar así: estoy ante un misterio de amor, ante un regalo, un don y una bendición. El ser humano es “la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo” (GS 24).

Al reflexionar hoy sobre nuestra identidad como educadores católicos quisiera invitarlos a que esta mirada luminosa de fe y esperanza la tenga cada uno de ustedes sobre sí mismo: soy gracia, soy don, soy bendición, Cristo me ha amado a mí por mí mismo.

El encuentro con Jesucristo vivo -eso es la fe- repercute en toda nuestra persona. Y uno de esos efectos tiene que ver con transformar nuestra conciencia personal, haciéndonos muy conscientes del don que somos nosotros mismos. Y el don recibido y acogido con alegría tiende por sí mismo a transformarse en don ofrecido y donado a los demás.

La conciencia del don y la gratuidad que presiden y sostienen nuestras vidas nos abre a Dios y a los demás, conjurando así el peligro fatal de una autonomía que termina ahogándonos en nuestra propia autopercepción: somos mucho más de lo que somos capaces de percibir de nosotros mismos.

No estamos solos en la empresa más importante de nuestra vida: crecer, madurar, desarrollarnos como personas y alcanzar la plena estatura de nuestra condición humana.

Como enseña el profeta: somos arcilla en manos del alfarero que es Dios, un artesano que sabe modelarnos. Nos hacemos a nosotros mismos en la medida en que nos dejamos educar y formar por el Creador… y también por esa mediación tan efectiva que son los demás.

Educar, en este sentido profundo, es “sacar a la luz” la verdad de nosotros mismos, puesta dinámicamente en nosotros por el Creador. Formar es configurarnos con la forma de Cristo, el verdadero hombre. Y, junto a Cristo, está María como signo de humanidad lograda.

***

Al mirar a María asunta al cielo, glorificada en cuerpo y alma, podemos también conjurar la otra gran amenaza que angustia hoy a las personas, especialmente a los jóvenes: el pesimismo que parece dominar la cultura contemporánea y que se manifiesta con rostros, en un primer momento, muy atractivos, pero que prometen lo que no pueden dar, sumergiendo a la persona en la angustia, la tristeza, un tono vital menor y desesperanzado.

María transfigurada por la Pascua de Jesús nos dice que el Padre que, por la fuerza de su Espíritu, resucitó a Jesús rescatándolo de los brazos de la muerte, está obrando en nosotros en la misma dirección.

Si “gracia” es una palabra clave del diccionario cristiano -tan bella como indispensable-, la otra palabra esencial del lenguaje cristiano y católico es un verbo que siempre tiene a Dios como sujeto exclusivo y excluyente: resucitar.

Dios trabaja siempre en nosotros, como lo hizo en la fría tumba en la que depositado Jesús y como hizo en la humanidad femenina de María, para resucitarnos, levantarnos y llevarnos a la plenitud que es la comunión con Él, ya aquí en la tierra, pero cuyo destino último es el cielo.

En este sentido, como docentes católicos les propongo un desafío, que lo es también para la misma Iglesia misionera: tenemos que redescubrir, con ingenio y creatividad, la forma de hablar nuevamente del “cielo” como de la meta y el premio que Dios ha prometido a quienes se animan a hacer suya la propuesta de vida del Evangelio de Jesús.

El cielo, la bienaventuranza eterna, la casa del Padre con sus muchas habitaciones, el banquete de bodas y la fiesta son metáforas bellísimas de la Biblia que necesitamos recrear para entusiasmar a nuestros jóvenes, y a nosotros mismos, para abrazar la aventura de vivir, de asumir con paciencia lo que de arduo siempre tiene la vida, especialmente las pruebas más duras a las que somos sometidos.

El cielo es un regalo de Dios, es una promesa que Él nos ha hecho explícitamente por Jesucristo, pero también es fruto de nuestro empeño humilde, perseverante y decidido.

Nos lo dice claramente el Señor: “Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 24-26).

Solo en esta perspectiva del don y la gracia, que nos preceden, acompañan y esperan, es posible educar en la libertad que se abre paso en la vida para formar en cada uno la imagen de Jesús.

Es la perspectiva de la esperanza cristiana, cuya naturaleza profunda es ser un don de Dios. No se confunde con el optimismo, no nos asegura que todo lo que hagamos nos saldrá bien ni que no tendremos dificultades o frustraciones en el camino de la vida. Lo que sí nos asegura es que no nos faltará la presencia y asistencia, el consuelo y la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado para afrontar todos los desafíos humanos que la vida nos presenta.

La fe en Jesús, tras las huellas de María, siembra esperanza y alegría en nuestros corazones.

Ruego a Dios, para mí y para cada uno de ustedes, crecer en esta experiencia para ofrecerla con simplicidad a todos aquellos que el Señor mismo nos confía en nuestra misión como docentes que se dejan inspirar por el Evangelio.

¡Muy feliz día del docente católico para todos!

¡Qué María los cuide, inspire y acompañe!

Les doy mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
15 de agosto de 2024

El fundamento de todo

La fe en Cristo es inseparable del compromiso social y político.

Cristo nos lleva a los pobres, en ellos nos espera y en ellos se nos revela.

La doctrina social es parte esencial del mensaje del Evangelio que predica la Iglesia. Es un capítulo fundamental de la moral católica.

Pero, algo tiene que quedar muy claro en la mente, en el corazón y en la vida pastoral de cada bautizado y de cada comunidad cristiana:

Cristo es siempre fundamento permanente de todo compromiso moral, el cual es siempre fundado y no fundamento.

Si la misión de la Iglesia se reduce, se disuelve o es sustituida de hecho por el compromiso social o la militancia política, dando por supuesta la fe viva en Cristo («¡de eso ya hemos hablado tanto!»), no solo se traiciona a sí misma, sino que -como ya lo hemos experimentado dolorosamente en América latina- se vuelve estéril, infecunda e intrascendente.

Cristo es fundamento.
Él es fuente, curso y meta de todo.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
12 de agosto de 2024

#Cristo
#Iglesia
#Política