13 de marzo de 2013: de cardenal a Papa

El cardenal Jorge Mario Bergoglio tuvo una breve intervención en una de las congregaciones generales de cardenales previas al cónclave de 2013. Fue decisiva para su elección como Papa.


La dio a conocer, en su momento, el extinto cardenal cubano Jaime Ortega.


A ocho años de aquellos acontecimientos, recordemos su contenido. Aquí su transcripción literal.

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La dulce y confortadora alegría de evangelizar

Se hizo referencia a la evangelización. Es la razón de ser de la Iglesia. – “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI). – Es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa.


1.- Evangelizar supone celo apostólico. Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.


2.- Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico. En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.


3.- La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros. Simplificando; hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas.


4.- Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de la evangelizar”.

Desterrar la violencia

Suena a aguafiestas, pero hay que decirlo: nunca vamos a poder erradicar de manera absoluta la violencia de la convivencia humana en esta historia. Quienes han pretendido hacerlo han recaído en formas incluso más inhumanas de violencia. 

¿Qué hacemos? ¿Tenemos que resignarnos? ¿Qué respuesta inspira el Evangelio de Cristo?

Dios no se ha desentendido del sufrimiento a causa de la violencia. Ha tomado parte: se ha puesto del lado de las víctimas y, haciendo así, le ha puesto un límite al mal. Lo ha vencido de raíz. Esa es la Pascua de Cristo que nos aprestamos a celebrar. 

En este punto, el humanismo cristiano es realista, porque cree en Dios y está sostenido de la esperanza más fuerte: la que se funda en Cristo y en la potencia de su redención que está actuando en el mundo. Y, porque tiene esa fe en Dios, se acerca al hombre real, también con confianza y optimismo. Sabe que el Espíritu trabaja en el corazón humano para que la Pascua de Jesús venza en esta historia nuestra, injusta y frágil, toda forma de violencia. 

Por eso, por una parte, desconfía de las soluciones automáticas, meramente políticas o ideológicas, que prescinden de la conciencia y la libertad humanas, refugiándose en el moralismo puritano con sus consignas sesgadas y simplistas.

El humanismo cristiano nos advierte que tenemos que estar siempre atentos a lo que ocurre en el corazón, porque, como enseña Jesús con perspicacia humano-divina: “es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (Mc 7, 21-22).

Solo si nos enfocamos en esa dirección, las necesarias transformaciones culturales, políticas e incluso jurídicas tienen posibilidad real de alcanzar su meta de mejorar la calidad de la civilización que construimos entre todos. De lo contrario, corremos el riesgo de querer edificar una casa empezando por el techo. 

Toda construcción de justicia y de bien jamás es definitiva. Cada generación tiene que volver a hacer, con acentos y urgencias nuevos, su opción por el bien posible, aquí y ahora.

En este sentido, la pedagogía del Evangelio es escuela de paciencia. Tiene como meta ayudar a crecer en las virtudes: en ese trabajo nunca acabado de habituarse a obrar bien y a encontrar gusto en ser buenos y justos. 

Edificar es siempre una tarea ardua que supone sabiduría y magnanimidad, perseverancia y resiliencia. Es tarea de hombres y mujeres sostenidos desde dentro por una gran esperanza. Para los cristianos, esa esperanza tiene nombre y rostro: Jesús, el Señor y la vida trinitaria a la que nos conduce su Espíritu.

Dios escuchó a su pueblo y envió a Moisés

1ª Carta pascual 2021

San Francisco, 17 de febrero de 2021

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Comenzamos la Cuaresma. Nuevamente estamos en camino hacia la Pascua. Será el próximo domingo 4 de abril. Me ha parecido oportuno volver a proponerles tres “Cartas pascuales” para vivir el gran sacramento de la Cuaresma-Pascua, tiempo de conversión, vida nueva y misión. Este año, me inspiro en tres escenas del Éxodo. La imagen del pueblo que sale de Egipto y camina por el desierto es propia de la espiritualidad cuaresmal. Ilumina además estos sesenta años de “caminar juntos” como Iglesia diocesana. El relato que les propongo en esta primera “Carta pascual” es Ex 2, 23-3, 22. A continuación, algunas pistas para una lectio divina.

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2. Dios sabe escuchar el sufrimiento del pueblo. Se trata de una situación de deshumanización: el pueblo es esclavo en Egipto, sometido a duros trabajos y, sobre todo, a humillación y desprecio. Se ha extendido el desasosiego y el desaliento. El futuro aparece oscuro. Surge un clamor que llega al cielo. El relato destaca tres acciones divinas: “Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta”, leemos en Ex 2, 24-25. El pueblo se ha olvidado de Dios; también de sus promesas. Sin embargo, Dios no olvida: escucha, recuerda y mira el sufrimiento. Y obra. “Amó primero”, dirá san Juan (cf. 1 Jn 4, 19).

3. La reacción de Dios es llamar a Moisés. A través de su dura historia, primero en Egipto y después en el exilio, la providencia lo ha preparado para una misión: llevar esperanza y libertad al pueblo. Pero, para que esa misión sea fecunda, algo fundamental tiene que pasar en la vida de Moisés: el encuentro con Dios. Es la escena de la zarza ardiente de Ex 3, 1-12: “Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió el.” (Ex 3, 4). ¿Podría haber llevado adelante Moisés su misión sin este encuentro con el Dios vivo? ¿Podría haber comunicado esperanza si él no la hubiera recibido primero?

4. Dios revela su Nombre a Moisés, porque quiere ser invocado. Quiere entablar un vínculo personal, gratuito y libre con su pueblo. Quiere alianza, comunión y reciprocidad. Contemplemos la grandiosa escena de la revelación del Nombre: Ex 3, 13-22. El Dios de los padres revela su Nombre. Sigue siendo misterio: a Dios no lo podemos manipular a voluntad. Es libre y nos quiere libres. Pone en marcha una historia de libertad y, por eso, una historia de riesgo. Nos invita a la fidelidad, a sabiendas que siempre nuestras opciones están amenazadas por el egoísmo. Él se compromete a caminar con nosotros. Su santo Nombre significa: “El que es”, pero también: “El que se mostrará en el camino”. Estar siempre con nosotros: esa es su promesa que, en Jesucristo, se ha hecho realmente irrevocable. En ella se funda la esperanza que nos sostiene y que comunicamos al mundo.

5. El del pueblo de Israel es, en realidad, profecía del verdadero éxodo: el que se cumplió en la persona de Jesús, en la pascua de su pasión, muerte y glorificación. Y se está cumpliendo en la Iglesia y en la biografía espiritual de cada bautizado: en vos, en mí, en cada uno; en nuestras comunidades; en la creación. Lo expresamos en la noche de Pascua con las renuncias y la triple profesión de fe. Sí: siempre estamos en Éxodo. Es la fe que camina la esperanza. La meta es la bienaventuranza, el cielo.

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6. Les propongo ahora unas breves meditaciones. Empiezo citando a Benedicto XVI: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. […] En este sentido, es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento» (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida».” (Spe salvi 3 y 27).

7. Y, de esperanza, nos habla también el Papa Francisco en su Mensaje para esta Cuaresma 2021: “Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, «dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza» (cf. 1 P 3,15).”

8. En este tiempo de pandemia que vivimos, extraño y difícil, la providencia de Dios nos llama -como a Moisés- a comunicar esperanza a nuestros hermanos. A ser discípulos fogueados por el encuentro con el Dios vivo que nos da esperanza para encarar la vida. No solo en el círculo de nuestra familia y amigos, sino para todos. Pensemos en las generaciones que vendrán: ¿podremos dejarles como herencia la sabiduría de esperanza que brota del Evangelio? ¿Qué mundo les vamos a dejar? ¿Qué grado espiritual de civilización? ¿Qué experiencia de Dios?

9. La pandemia es una prueba muy fuerte. Ha sacado a la luz injusticias y miserias, signos de deshumanización. Pero también ha puesto en evidencia las fuerzas espirituales más preciosas que Dios ha depositado en el corazón humano. Dios sigue escuchando, recordando y mirando a la humanidad que camina y sufre. Cada fragmento de bien, de verdad y de justicia que protagonizamos los seres humanos viene de Dios, se completa y perfecciona en Cristo; es gracia del Espíritu Santo.

10. Como diócesis, como discípulos, como agentes de pastoral: ¿en qué medida el encuentro con Dios nos ha transfigurado realmente? Veámonos reflejados en Moisés. ¿Sentimos nostalgia, deseo o sed de ese encuentro con la zarza que arde sin consumirse? A veces pienso que, los largos meses sin culto público nos han precipitado en una peligrosa frialdad espiritual. No puedo dejar de reflexionar sobre ello. Sé que muchos han redescubierto esa sed que nos habita. Preguntémonos, al menos, por la repercusión espiritual de esta crisis; también en los creyentes. Pensemos, por ejemplo, en la crisis de la oración personal y litúrgica: rezamos poco, o mal o, sencillamente, ya no oramos.

11. La ciencia ayuda, pero no redime, enseña Benedicto XVI e insiste Francisco. Nos preocupa que la economía no repunte, pero más grave aún, el vacío de esperanza en los corazones. Solo el encuentro con el amor absoluto de Dios nos da fuerza espiritual en las pruebas de la vida. Como a Moisés, Dios te está buscando porque quiere llevar esperanza a su pueblo. Te invito a escuchar su voz.

12. El Dios que pone en marcha el camino de esperanza del pueblo es el Padre de Jesús, el Dios compasivo que ama a los pobres, sufrientes y vulnerables. Nos espera siempre junto a todo hermano o hermana que sufre. Vayamos a buscarlo y, llegados a esa tierra sagrada, descalcémonos para escuchar su Voz y dejarnos quemar por su mismo fuego de Amor. El aislamiento social tiene una frontera: la fraternidad con todos, especialmente con los más vulnerables. “Todos hermanos”, nos dice el papa Francisco, indicándonos una orientación preciosa para transitar este tiempo de “éxodo” que vive la humanidad. Lo hacemos con la mirada fija en Jesucristo. Primogénito de muchos hermanos, Él es nuestra Esperanza.

María, contemplativa y fuerte en la esperanza, nos enseña a rumiar la Palabra. A ella invocamos para transitar juntos el camino pascual. Unidos a José, varón justo, custodio de Jesús y patriarca de la Iglesia.

Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

¿Clericalismo?

El clericalismo es, sin dudas, una grave deformación de la vida eclesial. Ha hecho bien, entre otros, el Papa Francisco en destacarlo con fuerza. Una deformación a dos puntas: comodidad para clérigos y laicos. Unos mandan, otros obedecen o, al menos, hacen como que.

Recuperar la dimensión de comunión y sinodalidad de la Iglesia es, también sin dudas, un camino a recorrer. Solo acentúo la importancia y lo insustituible de la dimensión mística: sin genuina experiencia de fe (encuentro con Dios que determina la vida), ninguna reforma externa tendrá real efecto.

Lo que sí me preocupa es que, por combatir el clericalismo, aquí y allá se nota una suerte de eclesiástica “lucha de clases”, con una actitud de arrinconar a los pastores, pues se ve en los clérigos una especie de “chivo expiatorio” para la profunda crisis que vive la Iglesia. No es por ahí, seguramente.

Que la Iglesia católica, sobre todo en Occidente, vive una crisis de proporciones es innegable. Y no es solo una crisis de poder. Es una crisis más honda: de fe, de pertenencia cordial, de experiencia de Dios. Un chivo expiatorio es solo eso: una coartada para evitar ir al hueso de la cuestión.

Lo digo como lo pienso.

Pandemia, fraternidad y democracia

Un formidable desafío para la doctrina y pastoral social de la Iglesia

La pandemia por el coronavirus está cambiando profundamente todo. Es cierto que la lenta difusión de las vacunas arroja un haz de luz sobre nuestras vidas y, sobre todo, sobre el futuro. Pero también es cierto que la bruma sigue siendo espesa. Todo está cambiando, empezando por nosotros mismos. Todos estamos cambiando. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué futuro nos espera?

La pandemia ha golpeado fuertemente la vida de todos, especialmente de los más pobres y frágiles: sean personas, familias o países enteros; niños, niñas y adolescentes, no menos que a ancianos y otras personas vulnerables. Contagiados o no, todos vamos a llevar una huella de este extraño tiempo que estamos viviendo.

El impacto es formidable en la existencia cotidiana, el trabajo, la educación, las condiciones económicas, la convivencia y también la vida política de los pueblos. Y no dejemos de observar lo que pasa en nuestras comunidades cristianas y la huella de la pandemia en la práctica religiosa y, sobre todo, en la propia autopercepción del creyente.

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De las muchas preguntas que se despiertan, elijo esta: ¿cómo está afectando la democracia? ¿Tenemos que pensar en una fase de fortalecimiento o de tal transformación de las diversas democracias que estas asuman otros rostros, características y contornos? ¿Qué pasará con sistemas democráticos tan débiles como el argentino? ¿China y Rusia, con sus vacunas para todos y sus sistemas autocráticos, son el futuro?

En su reciente encíclica Fratelli tutti, el papa Francisco nos ha ofrecido un incipiente discernimiento del fenómeno del populismo. Ha señalado con perspicacia sus límites y peligros, aunque también ha sugerido algunas bondades a tener en cuenta. Menos benigno ha sido su discernimiento de las corrientes liberales.

Pienso, sin embargo, que la Iglesia tendría que retomar la vigorosa reflexión que san Juan Pablo II hizo en  Centessimus annus sobre el sistema democrático. Retomarla, profundizarla y relanzarla. La enseñanza social de la Iglesia, abrevando en las fuentes del humanismo cristiano (el Evangelio y una interpretación racional y realista de la condición humana), tiene mucho para aportar. Es una visión sapiencial que ofrece tanto perspectivas críticas como aportaciones de largo alcance.

Aquí en Argentina, sería bueno que los católicos, especialmente los pastores, hiciéramos lo propio con aquel gran documento -tal vez el más importante de estos últimos cincuenta años- como fue “Iglesia y comunidad nacional” (1981). De entonces a la fecha, con muchas intervenciones valiosas sobre la realidad nacional, sus sucesivas (e interminables) crisis políticas, económicas y éticas, sin embargo, no hemos podido ofrecer un aporte sustancial sobre la democracia, desde la perspectiva de la doctrina social católica. Es, a mi parecer, una verdadera deuda.

Ese aporte no puede ser solo un texto doctrinal. Como ya señalara el documento de Aparecida, retomando palabras de Benedicto XVI, tenemos que activar la presencia en la vida pública de Argentina de personalidades laicales, hombres y mujeres, que puedan ofrecer con convicción personal el “punto de vista católico” de los grandes temas de nuestra vida nacional. Muchas cosas se vienen haciendo en esta línea. Me pregunto cómo potenciar este vector en un país donde el clericalismo (también con modales progresistas) sigue dominando la escena pública del catolicismo.

Los liderazgos carismáticos, a los que solemos ser tan afectos, solo dejan huella positiva en la vida de los pueblos si son acompañados de la consolidación de instituciones sólidas, ante todo, en la vida de la sociedad civil, la economía y, por supuesto, en la afirmación del estado de derecho, la división de poderes y un federalismo más efectivo que declamado.

Un ejemplo que puede servirnos de ayuda, no obstante, todas las disimilitudes evidentes. Acaba de dejar la carga pública Angela Merkel que, por quince años, fue canciller de Alemania. Solo me permito señalar que, semejante liderazgo (de clara inspiración cristiana), además de las diferencias culturales, supone un pueblo y un sistema que tienen tras de sí experiencias tan fuertes como el nazismo, la reconstrucción de la posguerra, un federalismo del todo particular (y fuerte), con unas instituciones sólidas que han hecho posible un liderazgo con tantos aciertos, también cuando han significado límites y contrapesos concretos, propios de una democracia parlamentaria.

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El papa Francisco ha lanzado el desafío más grande a la humanidad al invitarnos a revitalizar la fraternidad entre personas, grupos y pueblos, creyentes y no creyentes, como camino para soñar juntos un futuro humano digno, sobre todo, para las generaciones que vendrán.

Se trata de una fraternidad que brota del corazón de nuestra experiencia de fe: reconocer en el otro a un semejante, creado por Dios a su imagen. Un Dios que es Padre y que, en Jesucristo, el buen samaritano, nos ha mostrado que su actitud más honda hacia nosotros es la compasión. Esa gracia, del modo como solo Dios lo sabe, actúa en cada ser humano que viene a este mundo (cf. GS 22). Por eso, apostar por la fraternidad, como lo hace Francisco, no es un proyecto humanista secularizado, sino una honda mirada desde la fe en el poder del Creador que, además, en Cristo ha mostrado el verdadero alcance de su poder y de su sabiduría.

Una mística de la fraternidad supone, como el mismo Francisco señala, activar la mejor política, la más alta y noble: la que se inspira en la caridad, se vive como paciente construcción del bien común y que sabe, con amabilidad y creatividad, sobrellevar crisis, dificultades y enfrentamientos: la unidad es superior al conflicto.

Yo solo añadiría que una democracia sólida, basada en los valores más trascendentes y perennes, es parte de esa construcción de fraternidad a la que todos, ya desde ahora, tenemos que abocarnos.

Y es una construcción insoslayable.

El tiempo es de Cristo

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de enero de 2021.

El Cristo Pantocrátor (“todopoderoso”) de la catedral de Monreale

“Cristo, ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. A Él pertenecen el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”

Con estas palabras, inspiradas en el Apocalipsis, el sacerdote bendice el cirio al inicio de la Vigilia pascual. Parte del sugestivo rito es escribir la cifra del año en curso, mientras dice: “A Él (a Cristo) pertenecen el tiempo y la eternidad”.

Este 2021 que recién comienza es de Cristo, luz que vence toda oscuridad; el Viviente, que viene de vencer la muerte; el Señor de la historia, como lo invocamos una y otra vez.

Y no solo el 2021. También el 2020 que pasó, con todo lo que realmente pasó… y pasamos. Y no solo del 2020, sea como fuere que lo juzguemos.

No hay fragmento del tiempo que escape de su presencia e influjo redentor. Cristo es precisamente el que redime el tiempo. Él ha estado, está y estará siempre en cada una de nuestras horas. Si oscuras y pesadas, su Presencia se vuelve más incisiva y salvadora.

Por eso, sea lo que sea lo que haya vivido, un cristiano, al concluir un año y empezar otro da gracias por lo vivido y se adentra, con confiada esperanza en el tiempo que, como un camino por desandar, se abre ante sus pasos.

“Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley […].” (Gal 4, 4), escribe san Pablo.

¿Qué nos depara este 2021? No lo sabemos a ciencia cierta. Nadie lo sabe. Cualquier predicción es conjetura o “verso”.

En medio de tanta incertidumbre que puede descolocar al mejor plantado, el cristiano tiene una certeza: en cada una de sus horas por venir, Cristo, el Señor del tiempo, lo está esperando.

Es lo que anunciamos. Lo que compartimos.

¡Bienaventurado 2021 para todos!

Vivir la fe hoy

Al calor de todo lo que estamos viviendo y pensando debido a la legalización del aborto, comparto con ustedes este hilo de Twitter. Tenemos que seguir pensando con seriedad cómo se vive la fe en un mundo secular…

(1/4) El humanismo de la fe cristiana se aleja tanto de la sacralización de la política (como pretende el integrismo) como de su demonización (la postura gnóstica). Por eso, considera como propio el principio de la sana laicidad del estado.

(2/4) Respeta la autonomía relativa del orden secular que debe regirse por la razón autorresponsable. Por eso, no pretende que las leyes de un país se basen en la revelación, sino en una interpretación racional de la condición humana.

(3/4) La Iglesia católica busca animar con el Evangelio toda realidad del mundo, las personas y las instituciones. Solo pide libertad para predicar el amor a Dios y al prójimo; y, con ese mensaje, orientar las personas hacia el cielo. Nada más religioso ni menos político.

(4/4) Y sabe que la plenitud de la historia es don escatológico de Dios. Y si los cristianos lo perdemos de vista -como suele ocurrir- la Providencia se encarga de dejarnos a la intemperie para que aprendamos, una y otra vez, lo que significa la Esperanza que no defrauda.

Un chico está creciendo en Nazaret

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de diciembre de 2020

“Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.” (Lc 2, 39-40).

Ningún cronista serio de la época hubiera prestado atención a lo que pasaba con esta familia atípica de la Palestina del siglo I. De hecho, así ocurrió: nadie, salvo algunos tan insignificantes como ellos. Los ojos del poder estaban posados en otros personajes, realmente más importantes y deslumbrantes. La agenda era otra.

Solo el paso del tiempo ha ayudado a calibrar lo que significa el crecimiento de este chico judío, las dimensiones de esa sabiduría que lo colma y el alcance real de ese favor (“gracia”) de Dios que estaba con él.

Vale para esta ocasión lo que decimos de tanto en tanto: “las apariencias engañan”.

Es bueno tomar nota de ello, porque solemos vivir de apariencias. Corremos el riesgo de fundar sobre ellas nuestras decisiones. Al respecto, este niño dirá más tarde: una casa edificada sobre arena no resiste los embates de la vida, se derrumba y su ruina llega a ser muy grande (cf. Mt 7, 26-27).

Este domingo, con este texto evangélico, la liturgia católica evoca a la sagrada Familia de Jesús, María y José. El clima de Navidad nos lleva derechito a ese hogar de Nazaret.

Uno de los grandes aprendizajes que parece que estamos haciendo en esta pandemia es el valor de esos vínculos que son realmente esenciales. Sin pretensión metafísica, hemos calificado de “esenciales” a aquellas cosas que hacen que la vida se abra paso en medio de límites y restricciones. Y una de ellas -y no entre las últimas- es la familia, el hogar, nuestra casa.

Un niño nace pobre en Belén. Apenas nacido, sus padres tienen que huir con él, pues el poder amenaza su existencia. Pasado el peligro, su familia se instala en Nazaret y, allí, crece como uno más. Al parecer, la insignificante historia de un chico más de todos los que vienen al mundo.

Realmente la apariencia engaña: ese Niño es el Emanuel, el Dios humanizado que rescatará a los hombres de la muerte. Es esperanza, vida y salvación. Es, sin más, lo real.

Este domingo, celebrando a la Sagrada Familia, los católicos argentinos vamos a confiarle a Jesús, María y José la “causa de la vida”. En medio de una pandemia que ha roto tantas cosas, hemos visto avanzar la incomprensible e insensata iniciativa del presidente Fernández de hacer aprobar la legalización del aborto. De su lado, todo el poder de la corrección política.

A propósito, es bueno preguntarse: ¿cuánto de apariencia hay en todo esto? ¿Por dónde camina la Argentina real y por dónde la que se deja seducir por la apariencia? ¿Por dónde crece lo realmente decisivo del futuro de Argentina?

Yo no lo dudo, por eso, digo: “Que no sea ley”.

Navidad y la ventanita de Tabaré Vázquez

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de diciembre de 2020

“María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. […] María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.” (Lc 1, 34-38).

“A veces creo que hay Dios, a veces creo que no hay Dios. Que somos una ventanita que se abre a la vida y salimos al escenario. Pero muchas veces quiero, desearía, que hubiera un Dios. Pero hasta ahí puedo llegar”.

Son palabras del expresidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, poco antes de morir. Como hombre de fe, se las agradezco sinceramente. Me ha hecho mucho bien leerlas y rumiarlas. He vuelto a pensar en ellas leyendo el evangelio de este último domingo de Adviento: la anunciación a María (cf. Lc 1, 26-38).

Entre creyentes y no creyentes hay, no obstante todo, puntos de contacto. Al menos, uno. En palabras del joven Ratzinger: aquel “quizás sea cierto” que, para unos, es nostalgia de una presencia (como para Tabaré); y, para otros (como para quien esto escribe), sospecha de un abismo que atrae y da vértigo.

La Navidad que tenemos por delante nos ofrece, una vez más, la experiencia cristiana en su más pura expresión: la nostalgia no queda defraudada y el deseo, sin extinguirse, siente que la plenitud es don gratuito y salvador.

Pero también, la experiencia del abismo se hace más intensa. El Niño que, según el relato evangélico, María concibe cuando la alcanza la sombra protectora del Espíritu, es precisamente el que ha dado el paso más atrevido: Dios se ha abajado, se ha hecho hombre, asumiendo la figura de un servidor.

Dios: uno de nosotros, tan débil, frágil y vulnerable. Como cada uno de nosotros.

El Dios amor es -como siempre lo es el amor verdadero- el Dios humilde que se ofrece, sin imponerse ni abrumar. Todo lo contrario: su fragilidad lo expone a la libertad que puede arrodillarse (como los pastores y los magos) o intentar imponerse con furia.

La Navidad está a las puertas. Es la Navidad bajo “distanciamiento social obligatorio”. Pero es Navidad: Dios colma cualquier distancia, se dispone a nacer allí donde le dan albergue. También en el alma de cada uno de nosotros.

Usando la imagen de Tabaré: Él ha abierto una ventanita y ha entrado en escena… pero para no dejarla nunca más.

“El más pequeño de mis hermanos”

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de noviembre de 2020 – Solemnidad de Cristo rey

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él.” (Ez 34, 11).

Este domingo, con la solemnidad de Cristo rey, concluye el año litúrgico de la Iglesia católica.  Su centro es la celebración anual de la Pascua, una fiesta con fecha móvil (a diferencia de la Navidad, por ejemplo). Es más: cada domingo, al reunirse para la Eucaristía, la comunidad cristiana se reencuentra a sí misma, sumergiéndose en ese centro vital. Así, el misterio de Cristo va envolviendo y configurando el camino por la historia de la Iglesia, y en ella, el de cada discípulo.

La fiesta de Cristo rey es también un eco de la Pascua: un rey coronado de espinas. Un rey pastor que busca, cuida y se hace cargo del rebaño de su propiedad. Un rey pastor que hay que buscar entre sus ovejas más heridas. No solo se entremezcla con ellas, sino que termina haciéndose una sola cosa con ellas.

“[…] porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver […] Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36. 40).

Un rey pastor que es además juez, porque, al final de nuestros días nos confrontará con la ley suprema que rige en su reino: por encima de todo, la compasión, la misericordia, la prontitud para hacernos cargo de la vida más vulnerable. Y así se decidirá nuestra suerte definitiva.

Cristo es ese rey pastor y juez que toma en serio nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras acciones. Él ya ha ejercido su derecho a decidir: se ha identificado con sus hermanos más pequeños, con la vida más vulnerada.

En esta Argentina diezmada por diversas pandemias, ese hermano más pequeño de Cristo tiene hoy el rostro de niño por nacer, amenazado, una vez más, desde el poder.