Sobre «El Reino»

Terminé de ver «El Reino». Muy buen thriller: mantiene el suspenso del primero al último capítulo. Y deja con los nervios de punta para la segunda temporada. Repito: muy bueno. Me gustó. Es una ficción, no un documental.

¿Ofrece un estereotipo de las iglesias evangélicas? ¿Una caricatura? En buena medida, sí. Mezcla incluso palabras, símbolos y ritos que usamos los católicos. ¿Hay intencionalidad crítica? También, y, en principio, eso no está mal. Basta señalar que no se puede deslegitimar una causa (la provida, por ejemplo) demonizando a quienes la sostienen.

Como señalaba en un posteo anterior: no hay que salir con los tapones de punta (es mi opinión). Hay que reaccionar críticamente, señalando en qué aspectos esta ficción favorece una caricatura del mundo evangélico (y de la religión en general) que puede deslizarse hacia la estigmatización.

Por ejemplo, la preocupación por una mezcla indebida entre religión y política es legítima. En Argentina no se plantea como lo muestra la serie. Refleja más bien otras realidades (EEUU y Brasil), pero… es bueno que, en este punto, ayude a abrir los ojos, pues es una problemática que también tiene su rostro «argentino». Y una tendencia que vemos en otros lugares que, acelerada por la pandemia, puede llegar a acentuarse aquí. Pienso que hay que estar atentos, especialmente desde las comunidades cristianas (católicas o evangélicas).

Obviamente se trata del acercamiento al hecho religioso desde una mirada -llamémosla así- secular o no creyente. Junto con algunos tópicos comunes (vincular fe con culpa y emotivismo, por ejemplo), no se deja de escudriñar con genuino interés ese mundo al que se percibe como extraño e incluso esotérico. Sin caer en spoilers, hago foco en el personaje interpretado magistralmente por Peter Lanzani, o en algunas frases del personaje del Chino Darín, intentando explicar su experiencia ¿religiosa?

Reflexión final: ¿Cómo se vive la fe cristiana en nuestra Argentina de hoy, tan plural, compleja y polifacética? ¿Cómo vivir la fe y cómo comunicar esa «buena noticia» que nos ha cambiado la vida?

Este domingo, los católicos terminamos de escuchar el capítulo 6 de san Juan.

Durante mucho tiempo, católicos y protestantes hemos discutido a qué se refiere Jesús cuando habla del «Pan de Vida»: ¿a la Eucaristía o a la Palabra? Hoy, más serenos entre nosotros, reconocemos mejor que Jesús habla así de sí mismo y que, tanto la Eucaristía como la Palabra remiten a su Persona.

Y que la fe en Él es un camino del que no hay que excluir nuestras inconsistencias, fragilidades y torpezas. Ahí está Simón Pedro, que este domingo pronuncia una de sus frases más entrañables («Señor, ¿a quién iremos?…»), pero que todavía tiene que seguir caminando dejándose purificar por el Señor…

A propósito de las vacunas

Entre los meses de junio y agosto recibí las dos dosis de la vacuna de Oxford, AstraZeneca. Estoy atento a la posibilidad que se necesite el refuerzo de una tercera dosis.

Cuando comenzó a hablarse de la llegada de las vacunas, consulté con un profesional de la salud que merece toda mi confianza por su ciencia. Cuando me avisaron que iba a recibir la primera dosis de AstraZeneca consulté con mi médico personal. Me hizo algunas recomendaciones y, sobre todo, más alentó a vacunarme tranquilamente.

Me he vacunado porque he sentido el deber de hacerlo. Un deber muy específico delante de Dios y de mi conciencia: cuidar el bien personal de mi salud y, vinculado interiormente a este, contribuir al bien común de la salud de todos. A lo que se suma, y no en último lugar, que soy una persona pública, cuyas decisiones tienen también un impacto que va más allá de mi propia vida privada.

El papa Francisco habla de un acto de amor, también por partida doble: hacia nosotros y hacia los demás, especialmente a los más vulnerables al contagio.

En este sentido, tanto de manera pública como en privado he alentado la vacunación de las personas, respetando siempre algunos criterios fundamentales: como todo acto ético implica una apelación a la conciencia y a la libertad personal; debe, por tanto, ser fruto de un consentimiento informado y, por lo mismo, nunca como coacción de ningún tipo.

La Iglesia ha remarcado claramente que la vacunación contra el coronavirus ha de ser siempre voluntaria.

En resumen: creo que hay que vacunarse, pues es una manera fundamental de enfrentar la pandemia. Junto a las vacunas, las otras medidas sanitarias son importantes. Unas y otras apelan a la responsabilidad personal de cada uno y de toda la sociedad.

Como toda acción sanitaria, también el recurso a las vacunas contra el coronavirus es un acto ético. En este sentido, es oportuno hacer mención a los dos grupos de reparos éticos que suscitan las vacunas contra el covid-19.

Algunas -por ejemplo, la que yo he recibido: AstraZeneca- presentan una dificultad moral por su origen: han sido desarrolladas a partir de material biológico de fetos abortados en los años setenta u ochenta del siglo pasado. Esta problemática no afecta solo a las vacunas contra el coronavirus sino también a otras vacunas contra otras enfermedades.

El otro grupo de interrogantes éticos afectan a todas las vacunas contra el coronavirus y tienen que ver con lo extraordinario de su desarrollo. Por una parte, no deja de ser un valor para destacar que, en poquísimo tiempo, la industria farmacéutica las haya desarrollado tan rápidamente. Como muchos señalan, aquí también radica una debilidad que no se puede desconocer: siendo efectivas, al menos para aminorar los efectos letales de la enfermedad, muchas de sus consecuencias no están suficientemente comprobadas.

La Iglesia ha relevado también otro tipo de dificultades de carácter ético de las vacunas: son las que tienen que ver con su efectiva llegada a los sectores más vulnerables, tanto en cada país como a regiones enteras que, al día de hoy, no tienen a su disposición vacunas para su población. El papa Francisco, por ejemplo, ha señalado en varias oportunidades que las vacunas tienen que ser gratuitas y que sería oportuno, al menos, una liberalización parcial de las patentes.

La Congregación para la Doctrina de la Fe hizo pública una nota señalando que las vacunas que hoy circulan en el mercado son “moralmente aceptables”. Es del 21 de diciembre de 2020[1]. No innova, sino que aplica a esta situación nueva de la pandemia criterios ya señalados con anterioridad, como bien señala esta nota de la CDF.

En una situación ideal (que solo se da en pocos países), una persona debe tener la posibilidad de elegir aquellas vacunas que no presentan reparos éticos. En caso contrario, como ocurre en Argentina, y debido al bien común de la salud afectado por la difusión del virus, una persona no comete un acto inmoral (un pecado) si recibe voluntariamente una vacuna cuyo origen resulta moralmente comprometido. No hay cooperación formal con el pecado, sino solo un vínculo remoto, material y meramente pasivo.

De la misma manera, si, con el debido asesoramiento y consejo de su médico, acepta el riesgo proporcionado de recibir una vacuna aprobada por la autoridad sanitaria competente, pero que también presenta interrogantes sobre algunos de sus efectos.

El católico que, a pesar de estas precisiones de la Iglesia, después de un maduro discernimiento, elige no recibir las vacunas por razones de conciencia debe ser respetado.

Estamos ante una situación compleja y delicada. Se requiere escucha atenta, respeto recíproco y voluntad de discernir la verdad para contribuir al bien común. Por eso, se necesita excluir deliberadamente expresiones agrias y agresivas, juicios sumarios y descalificaciones.

El movimiento antivacunas es anterior al coronavirus, aunque en pandemia ha adquirido nuevo empuje. En ambientes cristianos, católicos y evangélicos, parece ejercer también una cierta influencia porque apela, no siempre con suficiente sensatez, a argumentos de carácter religioso. Se requiere discernimiento para no caer en posturas fundamentalistas.

Desde un punto de vista católico no hay que establecer la falaz oposición entre la fe y la razón, Dios y la ciencia. No se trata, por ejemplo, de confiar más en Dios que en las vacunas. Uno y otras no están en el mismo nivel; menos aún compiten entre sí en paridad de condiciones. Confiamos en Dios, porque es Dios, y recibimos las vacunas porque son fruto de la inteligencia que Dios da a los hombres como signo de su imagen divina en la creatura. Pero Dios, creador y providente, obra en el mundo como Causa primera, trascendente en su ser y obrar. La ciencia y los diversos fármacos en su propio nivel de causas segundas.

La pandemia del coronavirus está golpeando duramente a toda la familia humana. El bien común, como siempre, supone una decisión libre de alta calidad ética. La conciencia del cristiano se descubre especialmente interpelada a abrirse a toda la amplitud de la verdad y a asumir el compromiso de hacer, aquí y ahora, el bien posible para todos.


[1] Aquí el enlace: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/12/21/nota.html

Comer el Pan de Vida

«La Voz de San Justo», domingo 1º de agosto de 2021

“Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 35).

Digámoslo claramente: Jesús, Palabra e Hijo único del Padre, es ese Pan que Dios le ofrece al mundo para saciar su hambre más profunda: hambre de vida plena, de esperanza, de eternidad.

Cada uno de nosotros está habitado por esa hambre. Buscamos ese Pan. Solo que ninguno de nosotros puede conseguirlo. No se puede comprar.

Jesús nos enseñó a suplicarlo (“Padre, danos el pan de cada día”) y, de esa manera, disponernos para el don. Solo podemos esperar recibirlo como don gratuito de Dios.

Y el Padre lo ha dado. Lo ha entregado al mundo sin condiciones.

Con las imágenes del pan y del comer, el evangelio expresa lo que significa Jesús para nosotros y -a eso apunta el verbo “comer”- lo que implica creer en Él: un proceso vital que supone gustar, asimilar y ser transformados.

Creer entonces es recibir a Cristo y reconocerlo como Señor y Salvador. Esta comida dura toda la vida, porque la fe es un camino que dura tanto como dura nuestra vida.

Acompañémonos unos a otros en esta aventura: sentir hambre de Vida, buscar el Pan de Dios que es Cristo y ser dóciles dejándonos llevar hacia Cristo.

En la oración, personal y comunitaria, comenzamos a saborear el Pan de Dios.

Podemos pues rezar así: “Padre bueno: danos el Pan de cada día. Danos a Jesucristo. Tenemos hambre de vida y de felicidad. Tenemos hambre de Ti. Por eso, con todos nuestros hermanos, te suplicamos: Danos siempre el Pan de cada día que es Cristo, tu Hijo y nuestro Salvador. Amén.”

Estado y cuestiones de género

Creo que, en general, estamos de acuerdo en que el Estado vele por los derechos de las minorías. Entre ellas, de aquellas personas que no reconocen su identidad en el sexo biológico. Como todas las personas, merecen respeto y trato justo. Todos tenemos que superar actitudes y gestos injustos y vejatorios.

Lo que suena extraño es que el Estado asuma con un tono épico la difusión de las teorías de género que despiertan tantos interrogantes. Son eso: teorías que buscan comprender la realidad humana, pero que, por muchos motivos, suelen tomar una deriva ideológica que se vuelve absurdamente impositiva e intolerante.

De un tiempo a esta parte, sus conceptos, símbolos y enfoques están presentes en temas tan vacilares como familia, educación y salud. Casi sin dejar tiempo ni espacio para una recepción crítica de los mismos.

Algunos, con perspicacia e ironía, hablan de una nueva «religión de estado».

Y no pasa solo en Argentina…

Lo cierto es que los ciudadanos, cada vez más, reaccionan con firmeza a estas políticas públicas. Mucho más al caer en la cuenta de tantas deudas que un Estado como el argentino tienen con necesidades fundamentales de la sociedad. A lo que habría que añadir -y no como dato menor- el estado de la salud integral de los ciudadanos en esta pandemia.

Tenemos que opinar con claridad y sin falsos pudores en estos temas que nos afectan a todos.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

«La Voz de San Justo», domingo 30 de mayo de 2021

“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.  […]” (Mt 28, 16-20).

Así comienza el evangelio de este domingo que celebra a la Santa Trinidad. También nosotros, como los discípulos, nos postramos para adorar a Jesús, el Señor. Y volvemos a recibir de sus labios la misión: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).

De algún modo, esta fiesta recoge el camino que venimos recorriendo desde el Adviento con la espera de su Venida, pasando por la Navidad y centrado en su Pascua. El plan de salvación de Dios desemboca en la revelación del Rostro trinitario del Dios amor en la pasión, muerte y resurrección de Cristo: el Padre que ha enviado al Hijo; el Hijo que, desde las profundidades de la comunión divina, nos comunica el Espíritu. 

¿Qué significa ser enviados a bautizar en el nombre de la Santa Trinidad? No solo cumplir un rito externo, sino realizarlo como expresión de algo decisivo para la vida: ser sumergidos en la comunión de amor que es Dios, para que seamos testigos del modo como Dios vive y ama. Y, por eso, al mandato de bautizar sigue el de enseñar a vivir según el Evangelio de Jesús. La Iglesia está en el mundo con la misión de abrir el corazón del hombre a la adoración del Dios amor, para que así, el hombre tenga vida, libertad y felicidad. 

Te invito a orar así: “Te alabamos, Padre de bondad, por medio de tu Hijo Jesucristo, en la alegría y consuelo del Espíritu Santo. Te adoramos y glorificamos a Ti, Trinidad santa y bendita, que has creado todo lo que existe. Tú eres la fuente de la que mana la vida. Eres también la Patria hacia la que nos dirigimos, caminando esta historia. Eres también la fuerza secreta que sostiene desde dentro nuestro caminar. Te damos gloria y alabanza, a Ti, Dios vivo y verdadero, que eres nuestra salvación. Amén.”

Misa por la Patria

Homilía en la catedral de San Francisco – 25 de mayo de 2021

“Observar la Ley es como presentar muchas ofrendas y ser fiel a los mandamientos es ofrecer un sacrificio de comunión […]” (Ecco 35, 1). 

Así comenzaba la primera lectura de hoy. Cuando el libro del Eclesiástico habla de “Ley”, por supuesto, se refiere a las “palabras” que Dios regaló a su pueblo en el Sinaí a través de Moisés, sintetizadas en aquellas “Diez palabras” que tan bien conocemos. 

Pero, orando por la Patria Argentina este 25 de mayo, podemos dejarnos iluminar por esta invitación del sabio de Israel. Iluminar nuestra conciencia, nuestra conducta y también nuestra vida ciudadana como pueblo. 

Mucho se ha dicho y escrito sobre el poco apego que los argentinos tenemos a la ley. A este defecto -grave, por cierto- se lo denomina: “anomia”; es decir, negación de la ley. 

Lo ilustra muy bien el dicho popular: “Hecha la ley, hecha la trampa”. Solemos evocarlo para señalar cómo los pícaros saben sortear el límite de la ley, ufanándose de ese logro. Es la famosa “viveza criolla”. 

Este modo de hablar es muy injusto y cargado de prejuicios: en realidad, el desapego a leyes, normas y regulaciones desborda ampliamente cualquier caracterización de raza, condición social o incluso educación superior. Otro dicho popular puede venir en nuestra ayuda: “ladrones de guante blanco”: gente educada, incluso con acceso a muchos bienes, sin embargo, elige la corrupción. 

Por eso, observando el enorme esfuerzo que nuestro pueblo viene haciendo desde que comenzó la pandemia, este juicio negativo, al menos en mi caso, tiene que ser matizado; tal vez, hasta rebatido. 

Permítanme afirmar, con emoción ciudadana, que en la mayoría de los argentinos habita una real pasión por el bien común; es decir, por ese trabajo silencioso, cotidiano y tremendamente paciente de generar las condiciones para que cada persona, cada familia y pueblo alcancen su desarrollo y perfección. 

En su encíclica Laudato Si’, el papa Francisco ha hecho dos aportes fundamentales a la noción de bien común. Este implica, por un lado, el cuidado de la casa común: nuestra tierra, el ambiente, el clima, la ecología humana. Por otro, el trabajo por el bien común incluye a las futuras generaciones: implica soñar el futuro, incluso si eso significa sacrificios en el presente cuyos frutos serán recogidos por quienes vengan detrás.

En este día de la Patria, no nos dejemos ganar por la amargura que nubla la mirada, por la desesperanza o la presunción que hieren desde dentro a la esperanza. 

No es realismo ser pesimista, amargado o confundir espíritu crítico con el conformismo de quien critica todo sin dejar abierta ninguna puerta a la esperanza. 

Volvamos al fragmento del libro del Eclesiástico que acabamos de escuchar. Prestemos atención a este acento, típicamente bíblico y cristiano: escuchar y poner en práctica la Ley que Dios nos ha regalado es, en definitiva, el culto que Él espera de nosotros; el culto de la vida que le da sentido al culto litúrgico que realizamos. 

“La manera de agradar al Señor es apartarse del mal, y apartarse de la injusticia es un sacrificio de expiación. […] Da siempre con el rostro radiante y consagra el diezmo con alegría.” (Ecco 35, 3.8).

Dios quiere nuestro corazón más que nuestras ofrendas externas. Quiere que nuestra vida se transfigure con el fuego de su Espíritu para que podamos experimentar su misma alegría de vivir en la verdad. 

Esa es la belleza de la vida que Jesús nos ha traído y que su Espíritu incesantemente anima, inspira y mueve desde dentro de los corazones. 

Ese “fuego sagrado” esta ardiendo en nuestra Patria Argentina desde que el Evangelio de Cristo resonó en nuestra tierra. Y no deja de dar frutos. 

Miremos, si no, lo que de más hondo está ocurriendo en nuestras comunidades cristianas, especialmente en este tiempo de pandemia, de confinamiento y de restricciones. 

Es cierto que, en tiempos más o menos prolongados, los templos argentinos han estado cerrados. Pero la Iglesia, la verdadera Iglesia del Señor, la que crece en los corazones, la que el Espíritu edifica con las piedras vivas que somos nosotros; esa Iglesia está viva, despierta, activa y, como siempre, es misionera…

¿Cuál es el aporte de los cristianos a la construcción, nunca acabada, por cierto, de una Patria de hermanos?

Ante todo, la radicalidad de nuestra vivencia del Evangelio. No hay mejor servicio a la Patria para un cristiano que vivir su fe con alegría, convicción y coherencia. 

A eso, yo añadiría dos objetivos más: en primer lugar, trabajar más intensamente por la convivencia fraterna entre todos los argentinos. Esa herida abierta que solemos llamar “grieta” también está presente dentro de nuestras comunidades cristianas. Pues bien, el Evangelio tiene todo para que demos testimonio elocuente de que las desavenencias pueden ser vividas de un modo distintos. Se trata de tratarnos como hermanos y hermanas, aunque, lógicamente, no tengamos la misma mirada sobre aspectos que son contingentes y opinables. 

En segundo lugar, los católicos estamos desafiados a profundizar nuestro compromiso con la democracia; o, mejor, con un modelo de democracia que exprese nuestra cultura, nuestra riqueza y pluralidad. Nos orienta el rico magisterio de nuestra Iglesia: desde “Iglesia y comunidad nacional” del Episcopado Argentino, con los dos documentos del bicentenario; hasta los grandes pronunciamientos de los Papas, especialmente la gran encíclica Centessimus annus de san Juan Pablo II y, más recientemente, Laudato Si’ y  Fratelli tutti de nuestro querido Papa Francisco. 

¡Soñemos juntos entonces una Argentina luminosa! ¡Soñemos pensando en las nuevas generaciones que están creciendo o que vendrán! 

Patria es la tierra de los padres, de nuestros hijos y nietos. 

Que la Virgencita de Luján nos siga inspirando y bendiciendo. 

Amén. 

Pentecostés es hoy

«La Voz de San Justo», domingo 23 de mayo de 2021

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…»” (Jn 20, 21-22).

Pentecostés no es un hecho del pasado. Es hoy. Acontece ahora. Es el presente. Y lo es para todo el mundo, para la humanidad y también para la creación.

Pentecostés es hoy, no solo porque es la fiesta litúrgica que cierra el tiempo pascual, sino porque Cristo resucitado sigue comunicando su Aliento (su Espíritu) a sus discípulos, al mundo, a nuestro presente.

Más que nunca hoy, rezamos con las bellas palabras del Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (vv 29-30). Vivimos por el Aliento de Jesús. La creación entera anhela el soplo vivificante del Espíritu.

Y nuestra misión es, así alentados por el Espíritu de Cristo, llevar su alegría y su paz al mundo. Ser artesanos de paz, de reconciliación, del perdón. Junto con el don del Espíritu, Jesús confía a su Iglesia el signo del Perdón de Dios. Esa es la misión de la Iglesia en el mundo.

¿Un signo de esta actualidad de Pentecostés? La vida de este chico santo, cuyas reliquias nos visitan: Carlos Acutis. Una vida transformada, luminosa y, por eso, provocativa.

En este domingo de Pentecostés, te invito a orar: “Ven a nosotros, oh, Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. Ven y cólmanos con tu santa unción. Haz de cada comunidad cristiana, de cada bautizado y confirmado, testigos valientes de tu fuerza y de tu fuego, que es el amor de Cristo que hace nuevas todas las cosas. Conviértenos en artesanos de paz, de amistad y de reconciliación. Amén.”

Heridas y sueños de Argentina

“El sol del veinticinco viene asomando…”

¡25 de mayo, día de la Patria!

No está de más recordar que “Patria”, entre otras cosas, evoca la “tierra de los padres”.

Como un eco del cuarto mandamiento: honrar padre y madre. Así también honramos y amamos la Patria.

Y anhelamos lo mismo: una Patria de hermanos, una casa común, una familia grande.

Dios creador nos ha regalado la tierra, nuestra casa común, y ha puesto la semilla de esa maravillosa diversidad que son los pueblos y naciones de la tierra. Argentina es una de ellas.

Geografía, cultura, historia compartida.

Patria es tu casa, tu familia, tus vecinos, tu pueblo o ciudad. Tu lugar en el mundo y lo que está más allá también. Los que amas y te aman. Los que ya no están y extrañamos. Pero también aquellos con los que tenemos alguna forma de distancia o desavenencia, incluso, al menos en algún punto, insalvable.

Cercanos y lejanos, amigos y extraños; los que piensan como vos y los que no. Aquellos con los que tenés afinidad… y otros con los que parece que nada hay en común.

Pero parece nomás, porque tenemos algo decisivo en común: la común humanidad… somos semejantes… y eso tiene que pesar. Es decisivo reconocerlo.

Cuando hoy pienso en Argentina, a la memoria del corazón me vienen dos imágenes: una Argentina “herida” y una Argentina “soñada”.

Hablar de heridas es evocar sufrimiento, dolor, desencuentros. También muertes, exilio, discordia. Hoy vivimos un tiempo de mucho dolor e incertidumbres. Sí, nos sentimos “heridos y agobiados”.

Mirar nuestras heridas no necesariamente es un acto negativo: como quien se goza en el dolor, para permanecer instalado allí.

Podemos mirar nuestras heridas y encontrar en ese dolor compartido la luz que necesitamos para mirar más hondo en la vida, ver lo que es realmente importante y, de esa manera, encontrar aliento para mirarnos a los ojos, caminar juntos y soñar el futuro.

Cuando salgo de mí mismo y trato de hacer mías, de alguna manera, las heridas y cicatrices de los demás, también de mis adversarios, algo profundo cambia en nuestro modo de percibir la vida. Algo realmente humano y humanizante.

Hay que atreverse a dar ese paso. Tal vez, este tiempo duro de pandemia, de tanto dolor, nos esté dando esa posibilidad.

Por eso, de esas heridas así reconocidas y compartidas puede nacer la Argentina “soñada” de la que hablaba antes. Un sueño nuestro para las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo. Una Argentina más luminosa.

Es un acto de Esperanza. Y escribo esta palabra sagrada y frágil con mayúsculas porque soy cristiano, discípulo de Jesús y su Evangelio. Creo en Dios y trato de servirlo hablando de Él, de su amor y misericordia.

Esperanza es un regalo que el mismo Dios hace surgir en los corazones en los que ha sembrado la semilla de la fe. Y mirar la vida con ese fuego que alumbra es ver el futuro con la mirada transfigurada.

Feliz día de la Patria.

Sí: ¡Viva la Patria!

Libertad de culto «en pandemia»

Católicos franceses reclaman: «Déjennos orar».

Hace más de un año que, en varias diócesis del país, existen restricciones injustificadas, desproporcionadas e injustas a la libertad de culto.

¡Más de un año!

La situación en las seis diócesis de la provincia de Córdoba es, gracias a Dios, distinta. Al menos, desde junio del año pasado, cuando los obispos preparamos el protocolo vigente, nuestras comunidades han retomado las celebraciones comunitarias de la Eucaristía y demás sacramentos.

Dicho protocolo fue revisado y aprobado por la autoridad sanitaria de la provincia. Contiene indicaciones precisas y sensatas para el cuidado de la salud en dichas celebraciones. Como hemos dicho varias veces, está siendo aplicado con seriedad por nuestras comunidades cristianas.

Apoyo con vehemencia las manifestaciones de disconformidad que hermanos obispos de varias diócesis han hecho conocer en estos días, por la injustificada permanencia en el tiempo de esta restricción a la libertad de culto.

¿Se conoce realmente cómo es la dinámica del culto católico? ¿Hay aprecio verdadero por la libertad religiosa, una de cuyas componentes es la libertad de culto? ¿Se percibe que dicha libertad forma parte del núcleo sustantivo de los derechos humanos? ¿Se aprecia su valor ciudadano e incluso su alcance jurídico?

Vivimos “en pandemia” y este estado de situación parece que se prolongará en el tiempo. Es un desafío a la convivencia y a la gestión de nuestros gobernantes.

Para evitar la arbitrariedad que hemos visto en este tiempo en demasiadas ocasiones, es fundamental una intervención más seria y decisiva de los poderes legislativas del estado en todos sus niveles: municipal, provincial y nacional. También potenciar el diálogo con los actores de cada sector, en este caso, con los responsables de la vida religiosa de nuestro pueblo.  

Importa la salud de todos, especialmente de los más vulnerables. Importa que la economía funcione. Importan también otras actividades esenciales que hacen a la salud integral de las personas y de los pueblos, entre ellas, las que sostienen espiritualmente el enorme esfuerzo que significa vivir “en pandemia”.

El buen Pastor y nosotros

«La Voz de San Justo» domingo 25 de abril de 2021

“Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.” (Jn 10, 14-15).

En la montaña santa, Moisés le había pedido a Dios que le revelara su Nombre. Desde la zarza ardiente, Dios le respondió: «Yo soy el que soy» (Jn 3, 14). Ahora es Jesús el que habla así: «Yo soy el Buen Pastor…» (Jn 10,11). 

Jesús nos muestra el significado último del Santo Nombre revelado a Moisés. No es especulación teórica. Es vida y camino. 

En el pastoreo de Jesús hasta dar la vida, comprendemos que Dios es Amor. En su conocer a las ovejas y ser conocido por ellas, sabemos que es amor personal, concreto y comprometido con cada ser humano. En su buscar a las que está lejos para devolverla al redil, que es amor que quiere reunir a todos en una sola familia, especialmente a los alejados y más perdidos. 

Y que ese amor del Dios Pastor se contagia, al punto que se hace vocación y misión que toma toda la vida. Desde el bautismo, esa pasión por la vida habita el alma de cada discípulo. 

Este domingo celebramos la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones. Rezamos para que cada cristiano deje salir y viva intensamente esa fuerza que lo habita. La vida es vocación, llamada de Dios a cada ser humano. Es vocación a la libertad, a una vida plena por el amor que se hace cargo, se apasiona y se entrega. 

En su mensaje para esta Jornada, el papa Francisco destaca la figura evangélica de san José. Entre otras cosas, nos invita a dejarnos llevar por los sueños de Dios, como hizo José. En este tiempo desafiante, especialmente frente a la mezquindad que parece achicar el horizonte, necesitamos escuchar la voz de Dios, soñar con la vida grande que nos propone y, de esa manera, mirar con valentía el futuro que Él nos abre. 

Podemos rezar así: “Jesús Buen Pastor, escucha la voz de la Iglesia, el rebaño que Tú apacientas con la fuerza de tu Espíritu. Te rogamos para que cada bautizado y confirmado escuche tu voz, viva intensamente su vocación y misión al servicio del Reino de Dios. Amén.”