Día del Catequista 2022

Mensaje del obispo Sergio O. Buenanueva

San Francisco, 16 de agosto de 2022

A los catequistas de la Diócesis de San Francisco.

Estamos aprendiendo a ser una Iglesia diocesana en “camino sinodal”. Siempre hemos buscado caminar como familia, en comunión y participación. Y con espíritu misionero. A lo largo de nuestra historia diocesana, el Espíritu Santo siempre ha encontrado catequistas, pastores, agentes de pastoral dóciles a sus inspiraciones. Damos gracias a Dios por ello.

Pero el camino sinodal nos presenta hoy -y, sobre todo, hacia el futuro- un fascinante desafío: aprender a caminar juntos más armónicamente como Pueblo de Dios que nace del Bautismo. Nuestra diócesis es una inmensa red de comunidades, vocaciones, carismas y ministerios. Hemos recibido una sola misión de la que cada uno es sujeto responsable en comunión y participación.

En este camino, los catequistas tienen un rol fundamental. Si la catequesis es un espacio en el que ha de resonar el Evangelio para hacer madurar a los bautizados como discípulos misioneros, ese eco se produce cuando la Palabra resuena en los corazones de catequistas y catecúmenos. Eso significa aprender a escuchar a los niños, adolescentes y adultos por cuyos corazones pasa la Palabra en la catequesis.

El catequista ha de ser un maestro de la escucha. Por eso, al celebrar este Día del Catequista 2022, como su obispo los invito a renovar el deseo ardiente que nos llevó a abrazar esta hermosa vocación: busquemos con pasión ser eco del Evangelio escuchando la voz del Espíritu en las múltiples voces que resuenan en nuestros encuentros de catequesis.

Cada año, en nuestras parroquias, colegios y otros ámbitos, numerosos chicos y adultos, con motivaciones diversas, acuden a nuestros espacios catequísticos. Llevan consigo sus ilusiones y proyectos, sus heridas y fragilidades. Buscan a Jesús, muchas veces a tientas. Tanto como cada uno de nosotros. Creemos firmemente que el Espíritu obra en sus corazones. Al anunciarles el Evangelio y al ayudarles a asimilar mejor la fe de la Iglesia, nosotros colaboramos con esa obra del Espíritu.

La catequesis es así un espacio privilegiado de escucha y discernimiento para que el Evangelio siga colmando de alegría y esperanza a las personas, a las familias y a nuestras comunidades.

Por todo esto, el catequista está llamado a ser un experimentado maestro espiritual, dócil a la acción del Espíritu Santo. Un orante contemplativo que escucha la Palabra, se alimenta de la Eucaristía y sabe del Perdón de Cristo. Un apasionado del Evangelio, un creyente cabal y un testigo coherente de la fe.

Los animo entonces a renovar su vocación catequística como misioneros del Evangelio. Que María, el Santo Cura Brochero y el beato obispo Mamerto Esquiú nos inspiren a todos.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

El Papa Francisco y Cuba

“Quiero mucho al pueblo cubano. Lo quiero mucho. Y… tuve buenas relaciones humanas con gente cubana. Y también lo confieso: con Raúl Castro tengo una relación humana… Cuba es un símbolo. Cuba tiene una historia grande. Yo me siento muy cercano, muy cercano. Incluso a los obispos cubanos”.

Estas palabras del Papa Francisco a unas periodistas mexicanas han vuelto a causar revuelo. Obviamente, la referencia a su vínculo con Raúl Castro ha sido destacado. Un titular soñado.

La diplomacia de la Santa Sede tiene un perfil muy particular, que reflejan bien estas afirmaciones del Papa. Corre por carriles diversos a la diplomacia de los estados. Ni mejores ni peores. Distintos, como suelen ser los acercamientos a las situaciones complejas internacionales. 

Es la diplomacia de la paz, que privilegia los contactos espirituales y humanos, los pequeños pasos y los gestos de cercanía, pensando en el bien posible aquí y ahora, atenta a la situación de las personas, especialmente en crisis humanitarias. Tiene recursos que los estados no tienen, pero también sus límites y sus riesgos. 

Se mueve en un terreno escarpado, con situaciones complejas abiertas a distintas opciones prudenciales. Es, por eso, opinable y discutible. A condición -claro está- de poseer información de calidad y no solo lo que circula por las redes. 

Francisco lo sabe y no le molesta. Uno de los «activos» de este pontificado es precisamente haber dejado un amplio espacio para las discusiones francas. «Escuchemos con humildad y hablemos con valentía», aconsejó a los obispos en el Sínodo sobre la familia. Toda una regla de vida eclesial.

En este sentido, las palabras del Papa Francisco se ponen en línea de continuidad con los pasos que viene dando la Santa Sede desde el comienzo de la revolución cubana. Pero también expresan su aporte original: él es latinoamericano, con una formación teológico pastoral que lo hace cercano a los conflictos y tensiones propios de nuestros pueblos. Seguramente también esto juega un papel a la hora de orientar a la diplomacia de la Santa Sede en su accionar en América latina. 

También recibió severas críticas (por ejemplo, de los cubanos en el exilio) el mismo Juan Pablo II por su acercamiento a Fidel Castro y su viaje a la isla. Algo similar ocurrió con Benedicto XVI que tuvo con Fidel un diálogo personal muy significativo. Se los acusó de no ser suficientemente claros y severos en sus condenas al régimen. Sin embargo, uno tras otro, esos gestos fueron abriendo puertas y aflojando tensiones. 

Es comprensible que, quienes sufren estos regímenes, no comprendan, critiquen, sientan dolor y extrañeza porque sus justos reclamos no son atendidos como quisieran. Y no se pueden minimizar ese dolor y esos reclamos. 

¿Acciones clamorosas o pasos silenciosos? ¿Un aplauso que suele ser efímero o resultados a largo plazo? 

Más que en los titulares de la prensa y en elogios de la opinión pública, el Papa y la Santa Sede tienen que pensar en el bien real que puede conseguirse en situaciones concretas, en ocasiones muy estrechas y con poco margen de acción. Sabiendo incluso que sus decisiones podrán tener efectos no tan fáciles de predecir o controlar. 

Es el peso de su responsabilidad pastoral.  

Bien común, presente y futuro

El bien común consiste en “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (GS 26). Esta descripción del bien común deriva del personalismo que es el nervio de toda la enseñanza social de la Iglesia: “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana.” (GS 25).

En la sociedad, los sujetos responsables del bien común somos todos los ciudadanos. Mientras más inquieta es una sociedad, mientras más dinamismo interior tienen los ciudadanos que la componen, mientras más espíritu de lucha, laboriosidad y tesón manifiestan, más posible se hace generar esas condiciones que son el clima en el que crecemos integralmente las personas. Mucho más en sociedades como la argentina: cada vez más plurales, abiertas y dinámicas… como lo son también sus crisis.

El servicio al bien común es también lo que legitima al estado y a la política. Le compete a quien detenta el poder político velar por el orden público (la paz social, el bienestar económico, las libertades, etc.) para que los ciudadanos podamos ser artífices de nuestro propio proyecto de vida, colaborando unos con otros en el desarrollo de la sociedad de la que somos parte.

Mujeres reconstruyendo una ciudad devasta por las bombas en la II Guerra Mundial

En su encíclica Laudato Si’, el papa Francisco hace un aporte interesante a la noción de bien común: la amplía, incluyendo dentro de las condiciones de la vida social el cuidado de la casa común (la atención al clima, por ejemplo) y la justicia que le debemos a las generaciones por venir.

El futuro, de alguna forma, entra a formar parte del bien común, en cuanto responsabilidad de quienes, aquí y ahora, vivimos y actuamos en sociedad: tanto de los ciudadanos de a pie como de quienes detentan ocasionalmente el gobierno de la cosa pública.

Si miramos la realidad de nuestro país, desde esta consideración del futuro como parte del bien común, tal vez, podamos atisbar una orientación para salir del laberinto por el que deambulamos.

La política fracasa rotundamente cuando se entretiene en una suerte de irresponsables juegos de guerra, pujas internas e insensatas por el poder. Se pierde tiempo y, lo que es más grave, hace que los ciudadanos perdamos nuestro tiempo, un bien más valioso que las reservas en dólares del Banco Central. Sobre todo, cuando el tiempo que se escabulle es el de las nuevas generaciones que dejan de soñar con su futuro. Pero también de los que van llegando al final de la vida.

Este es un costado ético -en realidad, un grave pecado social de difícil redención- que tiene la persistente crisis política de Argentina, al menos de 1983 a la fecha, y que, por estas horas, adquiere contornos dramáticos… una vez más.

Los ciudadanos de a pie tenemos que obligar a nuestros representantes, tanto a los que gobiernan como a los que hacen política desde la oposición, a pensar con mayor seriedad en el futuro. Y tenemos que hacerlo con firmeza y serenidad, sin dejarnos llevar por pasiones irracionales y echando mano de los medios que nuestra democracia nos ofrece: manifestarnos, peticionar, expresarnos…

La mecha está encendida y cada vez es más corta.

La política encuentra legitimidad cuando es ciencia, sabiduría y arte para construir la delicada arquitectura del orden público que requiere el trabajo nunca acabado de edificar el bien común. Y lo digo una vez más: pensando en las generaciones que están creciendo y en las que vendrán. El corto plazo es fatal. Y esta inmensa tarea supone hombres y mujeres virtuosos, con autodominio, racionalidad y magnanimidad. Los líderes mesiánicos -ya lo sabemos por experiencia- no existen y, por eso, no sirven.

Ciudadanos de a pie, dirigentes sociales (también los religiosos), hombres y mujeres de la política (gobierno y oposición), necesitamos abrevar en una fuente común para encontrar la fuerza ética para construir el bien común.

¿Y si pensamos en las nuevas generaciones? ¿Por qué no nos tomamos unos minutos para mirar a los ojos a los niños, a los adolescentes y jóvenes que nos han sido confiados? Tal vez, en ese movimiento simple de miradas encontremos el impulso humano que necesitamos para esa empresa común que hoy nos desafía.

¿No será esa nuestra misión, pero también nuestra mayor recompensa: el bien para ellos que nosotros preparamos y hacemos posible?

Este sábado 9 de julio, Día de la Independencia Nacional, tomémonos un tiempo para ese ejercicio. Pero, conscientes de que el tiempo se acaba.

Boleta Única de Papel

Una opinión. Solo eso: una opinión.

No he seguido el debate sobre la Boleta Única de Papel (BUP). He leído un par de opiniones, a favor y en contra. En general me inclino por dar el paso. Es un modo de votar que se usa en la mayoría de los países. No tengo una opinión formada como me gusta en estos temas.

Huelga decir que la política me interesa mucho. Comparto la opinión de que, desde hace tiempo, Argentina reclama una profunda reforma política, uno de cuyos capítulos es el mejoramiento de su sistema electoral en sus metodologías y en sus tiempos.

Solo que, hoy por hoy, debo confesar un molesto hastío por la política. Pienso a veces que estamos al final de un ciclo, que el zafarrancho de nuestros espacios políticos (mezcla de oportunismo, ineptitud y desconexión con la realidad) es síntoma de lo viejo que no termina de desaparecer… Pero, el hastío está ahí… y molesta.

Días pasados, intercambiando opiniones con unos amigos que compartimos el mismo interés por la política argentina, no pude dejar de manifestar este preocupante y molesto sentimiento, sobre todo, de cara al futuro. Les decía también que, como obispo, me dispongo a alentar en las comunidades y personas, la fortaleza y valentía que nacen de la esperanza evangélica. Los tiempos que se asoman, asoman arduos…

Leyendo en estos días de aislamiento algunos textos de doctrina social de la Iglesia, he vuelto a pensar el concepto de justicia social. Despejando el mal entendido de que esta consiste en el Estado que le saca a los ricos para darle a los pobres (algunos siguen pensando que si hay pobres es porque existen los ricos…), creo que tenemos que recuperar dos cosas: que la justicia social, como toda forma de justicia, es, ante todo, una virtud de las personas, que las dispone a ser justos y, por eso, a obrar justamente; y, por otra parte, y que la justicia social nos tiene a los ciudadanos, a nuestras familias y organizaciones, como sujetos activos en la construcción del orden justo posible y en la creación de las condiciones necesarias para el desarrollo de las personas. Es decir, que la justicia social nos hace sujetos responsables del bien común en la sociedad.

Votar con BUP puede ser mejor que con la lista sábana. Es posible. Incluso, puedo afirmar tímidamente que lo considero así. Lo cierto, sin embargo, es que sin mejorar la calidad del ciudadano que recibe la BUP y, lapicera en mano, va eligiendo sus candidatos, poco significará el paso de incorporarla a nuestro sistema electoral.

De eso se trata: de mejorarnos como ciudadanos que disciernen el voto, que no nos dejamos llevar sencillamente por la bronca de sacar a los que están y apostar (como en el casino) al albur de los que venga, pues tal vez son mejores; o de, como es en parte legítimo, votar en base a fobias o amores.

No digo que leamos las propuestas de los partidos (prácticamente nadie lo hace), sino que nos ocupemos un poco más de quienes pueden ser nuestros representantes, de cuáles son sus ideas reales y, sobre todo, las actitudes con que bajan al ruedo de la política.

Mi opinión personal: ante el panorama que se va dibujando de cara a las elecciones del 2023, pienso que, en las coaliciones que parecen distribuirse el 80% del electorado (pero vale también para los espacios más pequeños), tienen que prevalecer los que buscan con firmeza los consensos posibles.

No me gusta llamarlos “moderados”, porque esa palabra -que, en sí misma, es legítima- nos suena a chirle. El consenso es una opción que supone una fortaleza espiritual, ética y política que -nuevamente- reclama esa actitud que denominamos con una gran tradición filosófica: virtud.

Hombres y mujeres virtuosos. En el pueblo, primero; en la política, como consecuencia. Estas cosas crecen desde abajo.

“EL ESPÍRITU DEL HIJO CLAMA EN NOSOTROS: ¡ABBA! ¡PADRE!”

3ª Carta Pascual 2022

San Francisco, domingo 12 de junio de 2022

Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro». Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.” (Sal 26, 8-9). 

“Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo» ¡Abba!, es decir, ¡Padre!” (Gal 4, 6).

“Igualmente, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero es Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.” (Rom 8, 26).

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Había prometido esta tercera Carta Pascual sobre la oración cristiana para Pentecostés. No ha podido ser. Lo hago ahora, cuando todavía sentimos el impulso del Espíritu en la vida de nuestra Iglesia y en el marco tan sugestivo de la solemnidad de la Santísima Trinidad. 

2. Les propongo algunos senderos de oración para transitar cada día. Se inspiran en la enseñanza sólida de la Iglesia, también en mi experiencia personal. Yo, como ustedes, soy un peregrino de la fe. Busco el Rostro de Dios, iluminada mi noche por la sed de la fe. Y eso es caminar la oración.

I. Silencio y soledad, tiempo y recogimiento

3. Orar es tratar a Dios como Amigo. La oración es amor hecho tiempo, trato frecuente, silencio que ama y se deja amar. Requiere silencio, soledad, tiempo prolongado y recogimiento

4. El silencio exterior es expresión del silencio interior, el más importante y difícil. Y lo es para todos. La soledad no es encierro sobre sí mismo. Expresa que la oración (como la fe) es un encuentro de personas que se buscan, se aman y se comprometen. Orar es tratar de “vos” a Jesús. Y dejarse tratar así por Él. La figura del amigo le da la mano ahora a la del enamorado. 

5. La oración de amistad requiere tiempo. No bastan unos pocos minutos. Este es un desafío que debe asumirse con paz y con decisión: tengo que aprender a incorporar al ritmo cotidiano de mi vida tiempos generosos, determinados y fijos de oración. No ceder a la improvisación, las ganas o a los estados de ánimo. ¿A qué hora puedo rezar mejor? ¿Qué tiempo establezco para ello? 

6. La oración requiere recogimiento. Aquí recurrimos a la gran maestra de la oración cristiana que es Santa Teresa de Jesús (1515-1582). 

a. El recogimiento es centrarnos en la persona del Señor Jesús. La oración tiene a Cristo en el centro. Nos ayudan los evangelios, las imágenes o los íconos. Mirar a Jesús y dejarnos mirar por Él. Volver a Él cuando nos pueden las distracciones, el sueño o las preocupaciones. 

b. El recogimiento requiere que estemos en paz. Si esto no se da (me duele la panza o estoy inquieto), mejor dejar la oración para cuando recuperemos estabilidad. No atormentarse, ni forzar las cosas; orar como se pueda, dedicarse a obras buenas, tener paciencia. 

c. Por eso, es necesario cuidar la posición corporal. Oramos como somos: alma y cuerpo. Las posturas corporales expresan nuestro interior. Se puede orar sentado, de rodillas, postrado, con las palmas de las manos hacia arriba, con las manos juntas (entrelazando los dedos o con los dedos hacia arriba), con los ojos cerrados, en cuclillas, de pie, con las manos en alto. O alternando esos gestos según sea el momento de la oración. Consejo: ser muy naturales; huir de posturas artificiosas.

d. La palabra recogimiento indica que, al entrar en la oración, vamos paulatinamente recogiendo todas nuestras potencias (sentidos, cuerpo, facultades, etc.) centrándolas en Cristo. Por ejemplo, invocamos al Espíritu Santo al ritmo de nuestra respiración, para calmar lentamente el corazón, la mente y nuestra persona. 

e. En ocasiones, nos ayuda la oración vocal, la lectura de un pasaje de la Biblia (un salmo, por ejemplo), la recitación de alguna oración que nos es más querida, la lectura de un libro espiritual, mirar un icono que nos inspira. A muchos nos ayuda el Rosario

f. Es muy importante el ambiente que nos rodea. Se puede orar en cualquier lugar, tanto en casa, en un templo, como al aire libre o yendo en un colectivo. Pero, para la oración cotidiana, es importante el lugar que nos ayuda más. Normalmente, en la propia habitación (como dice Jesús). Es costumbre tener un “altarcito” con la Biblia, una imagen sagrada, un cirio, el Rosario. La belleza y armonía son importantes para el recogimiento. Dios es Belleza. 

g. Un consejo clave: ponerse en la Presencia del Señor y dejarse mirar por Él. A diferencia de los métodos orientales que son impersonales, la experiencia cristiana no consiste en quedarnos vacíos ante la nada. Es serenar el corazón para entrar en comunión con el Señor. Así crecemos en nuestra identidad personal. La oración es encuentro de personas libres.

II. El sendero de la Lectio divina

7. Un sendero precioso e imprescindible de oración es la lectio divina o “lectura orante” de las Escrituras o, la “lectura de Dios”. Es la oración del pueblo de Israel que ha pasado a la tradición cristiana. La oración es nuestra respuesta a Dios que nos habla. Como enseñaba san Agustín: escuchamos a Dios cuando leemos las Escrituras; le respondemos cuando oramos. 

8. Se trata de algo más que leer un texto y entenderlo. La lectura cotidiana de las Escrituras -enseñaba san Gregorio Magno- persigue una finalidad exquisita: aprender a sentir el corazón de Dios en la lectura asidua de su Palabra (Disce cor Dei in verbis Dei). Por eso hablamos de “lectura de Dios”. La lectio nos hace leer el corazón de Dios. Nuestro Maestro es el Espíritu que nos incorpora a la vida trinitaria, a su gozo, consuelo y paz. Cuando nos entregamos a la lectio con sencillez de corazón y perseverancia, las Escrituras exhalan al Espíritu que da vida. 

9. “Busquen en la lectura, encontrarán en la meditación; llamen en la oración, se les abrirá en la contemplación”. Un monje del siglo XII, Guigo el Cartujano, acuñó esta frase que nos indica el camino de la lectio divina. Se inspiró en estas palabras del Señor: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.” (Mt 7, 7). Podemos añadir: al entrar en la lectio pedimos el Don del Espíritu Santo. Solo si estamos llenos del Espíritu -como María- podremos beber de Cristo, como dice San Efrén. 

10. Después de la invocación al Espíritu, la lectio divina tiene estos tres momentos fundamentales: lectio, meditatio y contemplatio (lectura, meditación y contemplación).

Lectio (busco leyendo)

11. Sea que sigamos el Leccionario (ferial o dominical) o un libro completo de la Biblia, tenemos que aplicarnos a esa lectura. La lectio debe tener un tiempo fijo para leer un texto fijo, no al azar, improvisando o por casualidad. También aquí el recogimiento es importante. Orar supone este acto de confianza: “Estoy en tu Presencia, Vos me mirás con amor y me querés dirigir una palabra a mí, aquí y ahora.” 

12. Cuando vamos a la lectio también tenemos que estar dispuestos a leer un texto oscuro, exigente, extraño. Hay que leer el texto tal como está escrito. Puede ser que la respuesta más adecuada sea un silencio aparentemente sin sentido. Nuevamente resuena el consejo más importante a todo aprendiz de orante: perseverar… En la oración, no hay otro secreto.

13. Cuando hago la lectio tengo que llegar al texto, despreocupado de la eficacia espiritual o pastoral de esa lectura: preparar una charla, por ejemplo. La lectio divina es un encuentro gratuito con Dios en su Palabra. Esta “gratuidad” en la lectura es una actitud clave, pero también ardua y difícil.

14. Si la meta es comprender las Escrituras para escuchar la Voz de Dios, no podemos dejar de lado una adecuada formación bíblica. No es que tengamos que llevar a la lectio algún comentario. Eso lo hacemos o antes o después. También es importante la paciencia de ir, poco a poco, haciéndose de una suficiente cultura bíblica: con lecturas, cursos u otros medios adecuados. 

Meditatio (encuentro meditando)

15. Si con este espíritu caminamos la lectio, casi sin darnos cuenta, entraremos en la meditatio. Aquí la imagen es la rumia. Meditar significa “rumiar” una palabra, un versículo, un pasaje de la Escritura. ¿Qué es “rumiar” un texto bíblico? No es hacer reflexiones, hilando ideas, imágenes, pensamientos. Eso se puede hacer en otro momento, como fruto de la lectio divina. Rumiar es detenerse en la palabra o versículo que ha tocado nuestro corazón cuando hemos leído y releído el texto. Quedarnos ahí, repetirlo y memorizarlo. Es como sacarle el jugo a la Palabra de Dios, que es inagotable, siempre sabrosa y sorprendente.

16. A la imagen de la “rumia” ahora añadimos dos verbos: repetir y memorizar. Repetimos para memorizar, memorizamos para asimilar y, de esa manera, hacer pasar por el corazón la Palabra que hemos escuchado. Es el modo mariano de leer las Sagradas Escrituras. 

Contemplatio (llamo orando y contemplando recibo)

17. Si la lectio nos lleva a la meditatio, esta, normalmente desemboca en la contemplatio. Es la etapa más difícil de definir, aunque se puede describir un poco. La contemplación es el fruto maduro de la lectio. Oramos desde que tomamos la Biblia en las manos. En la contemplatio, sin embargo, la oración llega a su momento pleno.

18. La contemplatio es para todos los bautizados, no para algunos elegidos. En el bautismo, el Espíritu nos da a todos la gracia de la oración contemplativa. Algunos alcanzan alturas especialmente extraordinarias. No las han buscado ni es lo más importante en su vida de fe. A la mayoría de nosotros, la contemplación se nos da de forma ordinaria, fatigosa y fugaz. Unos y otros, sin embargo, contemplamos al mismo Dios, en la oscuridad de la fe y no en la plena visión del cielo. Pero esa contemplación bienaventurada comienza ya en la tierra, por la gracia y la fe. 

19. En la lectio recibimos de Dios su Palabra; en la contemplatio, la Palabra nos hace ir hacia Dios. La contemplación es fruto de la lectio. Suscita en nosotros el quedarnos mirando a Dios (a Cristo y sus misterios, a María, a la Trinidad…) con una fe viva y esperanzada, iluminada por el fuego ardiente de la caridad derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo. 

20. La liturgia de la Iglesia es, en este punto, una gran maestra de contemplación. La Misa del domingo, por ejemplo, es el modelo de lo que tenemos que vivir en la oración personal: reunirnos, invocar al Espíritu, elevar el corazón, cantar, dirigir la mirada al Señor, unirnos a Él. Los salmos son escuela de contemplación, porque ponen en nuestros labios y en nuestro corazón, las palabras que Dios mismo ha inspirado para que hablemos con Él. ¿Rezás con los salmos? Jesús, María y José, como todos los grandes orantes, han aprendido a orar con ellos.

21. En realidad, en la contemplación, más que hacer nosotros algo, es la Trinidad la que ilumina su Rostro sobre nosotros. Contemplar es dejarnos mirar por el Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y entrar en su dinamismo de amor. Hacia esa experiencia bienaventurada nos lleva el Espíritu cuando viene en ayuda de nuestra oración pobre, frágil y sedienta.

22. Más adelante les hablaré de otro modo muy evangélico de orar: la oración del Nombre de Jesús u oración del corazón. Ella nos ayuda a cumplir el mandato del Señor: “Hay que orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1). Espero hacerlo pronto.

23. Querido amigo, querida amiga: esta Carta resultó larga. Solo me queda hacerte una invitación: entregate a la aventura de la oración con toda tu alma y corazón, con paciencia y perseverancia. Con mucho amor. Dios te está buscando y te espera en el silencio. Quiere darte todo. Quiere darse a Sí mismo a vos, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el Espíritu el que, en nosotros, ora, suplica y alaba. El Padre escucha el grito del Espíritu de su Hijo en nosotros. Dejate entonces llevar. 

Somos peregrinos de la oración, llenos de santa nostalgia del Divino Rostro. Están siempre en mi plegaria de cada día. Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Miremos juntos la radiografía de la pobreza en Argentina

Los datos están ahí, son duros y tristes. La “radiografía de la pobreza en Argentina” nos es conocida. Se ha vuelto casi una penosa costumbre el observar la figura que nos revela. En poco más de 5600 barrios “populares” se concentra el núcleo duro de la pobreza.

Allí habitan miles de familias argentinas que, día tras día, salen a trabajar, a soñar con un futuro mejor, a “ponerle el hombro” a la vida. Hay trabajo en nuestro país, como enfatizó Agustín Salvia en su presentación: precario y desprotegido, pero lo hay. Y, donde hay trabajo, hay hombres y mujeres concretos que se empeñan en vivirlo con dignidad.

Los datos duros se humanizan cuando los leemos con esa perspectiva.

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA, a las vísperas de la Colecta anual de Caritas 2022, volvió a sacudir nuestra conciencia con este Informe.

¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Por qué no encontramos la vuelta para poner en marcha la rueda virtuosa del desarrollo y el crecimiento?

Los datos duros están ahí. Pienso que, hoy por hoy, nadie los pone en duda. Lo que sí ocurre es que son leídos con ojos y miradas diversos, tanto como las sensibilidades ideológicas, políticas y hasta religiosas que conviven en nuestro polifacético país.

Y no podemos ocultar que, esas diversas miradas, en buena medida, también son contrapuestas, incluso irreconciliables. Pero ¿hasta dónde esto es cierto? ¿O es solamente un obstáculo para encontrar un camino que revierta la decadencia? ¿Solo una visión unánime y sin fisuras nos sacará del pozo?

Mientras más enajenados de la realidad concreta podemos estar muchos dirigentes, con mayor ahínco en la sociedad argentina deben crecer los debates públicos sobre estas cuestiones. En estas cosas, la verdad vuela bajo y puja desde allí hasta abrirse camino.

En definitiva, nunca como en estos últimos cien años, buena parte de la humanidad ha dado en la tecla con factores genuinos de desarrollo, uniendo ciencia, desarrollo tecnológico, libertad de mercado, democratización real de las sociedades, políticas públicas inteligentes, protección y promoción del trabajo, valoración de la propiedad e iniciativas privadas, el estado al servicio de la sociedad, etc.

¿Este proceso es perfecto y carece de límites? ¿Muestra desarrollos preocupantes y peligrosos? Estúpido sería desconocerlo. Ahí está, por solo mencionar un factor, la necesidad de una gobernanza internacional efectiva que pueda poner límite a la especulación financiera a la que países de economías reales medianas o reducidas apenas pueden resistir.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el mundo dio una serie de pasos en la buena dirección que, como suele ocurrir, hoy parecen lejanos a la mayoría de las nuevas generaciones. Sin embargo, su enseñanza está ahí para que podamos aprender.

La enseñanza social de la Iglesia no tiene un programa de desarrollo que proponer. Solo -este es su gran aporte y también su límite- una visión sapiencial del ser humano, imagen de Dios y persona en comunión, de la que se desprende una poderosa luz que puede guiar el discernimiento y la conducta, especialmente de los laicos, en esta materia tan delicada como contingente y abierta a diversas posibilidades de desarrollo.  

Huelga además señalar la amplísima libertad que un laico tiene para pensar creativamente, incluso desde distintas sensibilidades éticas y políticas, propuestas e iniciativas de cambio.

Yo solo apunto aquí a un factor que, a mi juicio, no hemos sabido tener suficientemente en cuenta en el mundo católico argentino, especialmente en la enseñanza magisterial de sus pastores: la necesidad (y hasta urgencia) de apuntar un sólido sistema institucional democrático, basado en la persona humana y la correspondencia entre sus derechos y sus deberes, la primacía de la ley (de la Constitución, en primer lugar), el estado de derecho, la división de poderes, la aceptación de la pluralidad política como parte del núcleo ético de la democracia y una mejor formación ciudadana de nuestro pueblo.

Sin democracia no hay desarrollo ni superación de la pobreza.

La radiografía está. Hay que leerla. Necesitamos muchos ojos para acertar con el diagnóstico y el tratamiento. Tengo mucha ilusión de que las nuevas generaciones sabrán hacerlo con mayor libertad y sabiduría que las anteriores. Tenemos que darnos espacio y tiempo. Necesitamos caminar la paciencia, como dice sabiamente el Papa Francisco.