Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
En esta Navidad, al recitar el Credo, inclinemos la cabeza ante el gran misterio de la encarnación: «por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».
En medio de las luces y sombras de la vida, contemplemos al Emanuel, el Dios con nosotros: “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”.
Como Santa Mama Antula, que abrazaba a su «Manuelito» dormido sobre la cruz, recordamos que el Niño nace para amarnos hasta el extremo.
Que esta fe, que ha forjado el camino de nuestra Argentina, siga transfigurando corazones para hacernos servidores de nuestros hermanos.
Confesemos con gozo al Dios que se hizo hombre.
Él es nuestro Salvador, la esperanza de la humanidad.
Mensaje en el Día de la Independencia – 9 de julio de 2025
¡Feliz Día de la Independencia Nacional!
Hoy, 9 de julio de 2025, celebramos el 209º aniversario de la independencia. En el Calendario litúrgico es también la fiesta de la Virgen de Itatí. A ella encomendamos la vida y el futuro de nuestra querida Argentina.
En la ciudad de Tucumán, como en tantos otros rincones del país, se celebra el Te Deum, himno de la liturgia, que en su versión castellana inicia así: “Señor, Dios eterno, alegres te cantamos a Ti nuestra alabanza”.
En este día alabamos al Creador por el don de la libertad: una libertad herida por el pecado, pero redimida por Cristo. Ella cuenta con el auxilio del Espíritu Santo, que la sana y eleva hasta convertirla en la “gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). Damos gracias también por nuestra Patria, por su historia de libertad que, aunque tuvo su momento decisivo el 9 de julio de 1816, continúa su andar laborioso, abriéndose paso en el corazón humano y en el entramado de nuestra vida social.
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En este Jubileo de la Esperanza, nos reconocemos también peregrinos de la libertad.
Porque creemos en Dios, en su gracia y en su promesa del cielo, nuestra esperanza es luminosa, cierta y grande. Ella nos hace ver más lejos. Y nos da fuerza para obedecer la verdad en la conciencia, elegir el bien y la justicia, también la justicia social.
“Esta es la libertad que nos ha dado Cristo… Ustedes, hermanos, han sido llamados a vivir en libertad, pero que esta no sea pretexto para satisfacer los deseos carnales. Más bien, háganse servidores los unos de los otros, por medio del amor.” (Gal 5, 1.13). Así define san Pablo las “ideas de la libertad” del humanismo cristiano.
La esperanza siembra libertad. Una y otra crecen en la oración: Te Deum laudamus…
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¿Cuáles son los caminos de la libertad que transita hoy el pueblo argentino? ¿Y cuál es nuestro papel como católicos en esta peregrinación compartida?
Evoco a una experiencia personal. En las visitas pastorales me sorprende ver cómo se sostienen nuestras instituciones, tanto las eclesiales como las civiles. Suelen ser pocas personas en la parroquia, en el club, en los bomberos, en la cooperadora de la escuela, etc. A muchos los inspira el Evangelio; a todos, ese innato impulso al bien del ser humano, imagen de Dios. Son las “fuerzas vivas” de cada pueblo.
Si la medida de la libertad humana es Jesús, en esos hombres y mujeres se refleja también su libertad. No se confunde con capricho, desinhibición o desinterés. Como Jesús, son “servidores los unos de los otros, por medio del amor”, al decir de san Pablo.
No se puede reducir la libertad a la sola carencia de coacción externa o a mera libertad económica. Ser libre es mucho más: es elección del bien que plenifica a la persona. El pecado y la corrupción son esclavitud, deformaciones de la libertad que deshumanizan.
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El camino de la Iglesia -enseñaba san Juan Pablo II- transita siempre por el corazón de cada persona, allí donde se forja la libertad. ¿Y qué propone la Iglesia a la libertad de las personas? ¿Qué aporta a esta Argentina que vive vertiginosos cambios culturales?
No otra cosa que Jesucristo, su Evangelio y la fe en Dios. “La pobreza más grave es no conocer a Dios”, recuerda León XIV. Esta es la experiencia más honda que viven nuestras comunidades cristianas. En tiempos complicados, la Iglesia no conoce otro camino que hacer más intensa su misión: anunciar a Jesucristo, conducir hacia Dios, celebrar dignamente el misterio pascual, desgranar el catecismo en la mente y el corazón, iniciar en la oración e invitar a la conversión y a una vida virtuosa.
Aquí se concentran las energías de nuestras comunidades, de quienes somos sus pastores, de los consagrados y demás evangelizadores.
Si proyecta la luz del Evangelio sobre toda la vida, no reduce su misión a acción social o política. Por eso, insiste en la fraternidad, la amistad social y en la delicada arquitectura social, política y económica que requieren la justicia y el bien común. No hay libertad sin ciudadanos libres ni sin instituciones sólidas. Así como tampoco sin imperio de la ley, estado y límites al ejercicio del poder.
La Iglesia alienta a los laicos a sumergirse en la ciudad secular con el sello interior del Espíritu y con la inspiración de su doctrina social. Consciente de que, a diferencia de los fundamentalismos que hoy proliferan, la fatiga en la construcción política de la sociedad es un desafío urgente, nos invita a buscar la verdad y a realizarla dentro de las condiciones posibles del aquí y ahora.
Eso sí, la Iglesia anuncia, celebra y vive la fe desde ese lugar al que Cristo mismo la lleva: los pobres, los más frágiles y heridos, los que quedan al borde del camino.
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“«Alaben al Señor», dices tú a otro y él te lo dice a ti; y así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente. Pero procuren alabarlo con toda su persona, esto es, no sólo con su lengua y su voz deben alabar a Dios, sino también su interior, su vida, sus acciones” (San Agustín, Comentario al Salmo 148, 2).
Así cantemos el Te Deum este 9 de julio. ¡Feliz Día de la Patria!
«¡Noche verdaderamente feliz! Sólo ella mereció saber el tiempo y la hora en que Cristo resucitó del abismo de la muerte.
Esta es la noche de la que estaba escrito: La noche será clara como el día, la noche ilumina mi alegría.»
Pregón Pascual
La oscuridad nos atemoriza. Sin embargo, nuestro Dios ha hecho brillar su luz en medio de la noche más oscura de la historia: cuando los hombres matamos al Autor de la Vida. Con el soplo de su Espíritu, el Padre ha resucitado a su Hijo y, de esta forma, ha despertado la esperanza que no defrauda.
Como en la Vigilia Pascual, somos invitados a entrar en las noches de la vida iluminados por el fuego nuevo de Jesús resucitado.
No. No estamos solos cuando la oscuridad nos invade. Cristo, el Viviente, viene siempre a nuestro encuentro, nos toma de la mano y nos pone de pie.
Jesús es luz y todo lo que de él procede es también luz de salvación para quien se abre a él por la fe: su Palabra, la Eucaristía y los sacramentos, la comunidad de hermanos que es su Iglesia, la solidaridad y la fraternidad, el perdón, el trato amable y la humildad.
Él viene a nosotros como vencedor de la muerte y del pecado. Le gusta hacerse cercano a través de sus hermanos más pequeños: los pobres, los enfermos, los descartados.
¡Qué su luz de Resucitado purifique nuestra mirada para reconocerlo en medio de nosotros!
De la mano de María, celebremos esta Pascua 2025 como peregrinos de Esperanza. La luz de Cristo brilla en medio de la oscuridad. Él sigue alentando su Espíritu sobre la historia.
“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.” (EG 1).
Queridos catequistas:
¡Muy feliz día!
Estas palabras del papa Francisco inspiran la celebración del Día del Catequista de este año 2024.
Si ustedes me preguntan cuál considero que sea el desafío más de fondo de nuestra vida cristiana y eclesial, no lo dudo un instante: el encuentro con Cristo vivo de cada uno de nosotros, para que, de esa fuente, brote el anuncio del Evangelio a todos.
Las palabras del Santo Padre son un eco de aquellas otras del documento de Aparecida:
“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (DA 29).
Recorriendo la diócesis, veo con alegría cómo nuestras comunidades, los sacerdotes, catequistas, otros agentes de pastoral o simplemente hombres y mujeres de fe sencilla siguen buscando a Jesús, dejándose atraer por Él y entrando en el misterio fascinante de la oración, de la escucha de su Palabra y del silencio que nos transforma por dentro.
Es por aquí el camino.
Es verdad que a Jesús lo encontramos en los pobres, en los que sufren, en los que gritan suplicando una mano amiga que los ayude a caminar.
Jesús mismo nos lleva a ellos; pero nada ni nadie sustituye el encuentro vivo con Él, la experiencia fundante de experimentar la potencia de su amor y su gracia.
Por eso, catequistas: vayamos juntos al Señor. Él nos espera y nos está continuamente regalando su Espíritu.
Nos espera en la oración matutina, hecha de escucha, silencio y alabanza… como María. Nos espera en la eucaristía del domingo y en la celebración gozosa del sacramento de la penitencia. Nos espera en cada recodo del camino, incluso y especialmente en los que menos esperamos.
Los métodos son importantes, pero secundarios. Siempre estaremos aprendiendo y actualizándonos.
Sin embargo, en la catequesis como en toda forma genuina de transmisión de la fe, nada sustituye al TESTIGO que ha sido alcanzado y transformado por Jesús.
Eso marca la diferencia, aunque las metodologías no sean tan modernas ni ingeniosas.
No transmitimos solo saberes abstractos, sino un encuentro que nos ha enamorado y ha dado a nuestra vida orientación, libertad y esperanza: el encuentro con la Persona y la pascua del Señor Jesús.
Vayamos al encuentro del Señor.
Feliz Día del Catequista 2024
+ Sergio O. Buenanueva Obispo de San Francisco 21 de agosto de 2024 Memoria de san Pío X
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Estamos celebrando el Día del docente católico en la provincia de Córdoba. Coincide con la gran fiesta mariana de la Asunción de Nuestra Señora. Es la pascua de María, la madre del Señor.
En la reflexión que les ofrezco, los invito a contemplar a María como signo de la humanidad nueva a la que estamos llamados como creaturas y desde el bautismo, pero también a la que servimos como docentes: la rica humanidad que crece en los niños, adolescentes, jóvenes y adultos a los que acompañamos como educadores.
Y pongo este acento: mirando a María, signo de esperanza para una nueva humanidad, nosotros seamos hombres y mujeres transformados como ella por la Pascua de Jesús, para ser testigos y educadores de la esperanza grande que el Espíritu derrama en los corazones.
En esta perspectiva, nuestras comunidades educativas surgen como hogar y escuelas de la esperanza cristiana.
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Les propongo escuchar los versículos iniciales de la primera lectura de la solemnidad de hoy, tomada del libro del Apocalipsis. Nos servirá de guía para nuestra reflexión.
Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz.
Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera.
La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono, y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio para que allí fuera alimentada durante mil doscientos sesenta días. (Ap 12, 1-6).
El signo de la mujer en trance de parto apunta al otro signo: el hijo varón que da a luz y es elevado al cielo, al trono de Dios. El mensaje es claro: se trata de Jesús y de su resurrección que transforma todo.
La mujer es la comunidad cristiana y, por eso, también María que es como el espejo en el que la Iglesia se mira para comprender su misterio, su vocación y misión.
En el trasfondo: la lucha que aún continúa entre el bien y el mal, pero desde la perspectiva del Resucitado y de la mujer que lo ha dado a luz, es una lucha que ya tiene su final asegurado: la vida triunfará sobre la muerte, la mujer sobre el dragón infernal.
Es el signo de la esperanza que anima el alma y el camino de los cristianos. Esa esperanza está también en el alma y en la mística de la escuela católica y en el modo como ella vive la fe y educa a todos los que integran la comunidad educativa.
La escuela católica es comunidad y hogar de esperanza. Desde esta perspectiva, cada día, ustedes se acercan a esa realidad, en ocasiones dura y desafiante, que son los niños, niñas y adolescentes que las familias les confían para ser educados. Pero no menos que los docentes y demás personal que se mueve en la escuela o, incluso, que traspone ocasionalmente sus puertas.
A la escuela, todos llegamos con nuestra vida a cuestas, nuestras heridas y cicatrices, nuestras expectativas e ilusiones. En la escuela, a todos, nos espera Cristo, nuestra esperanza.
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La asunción en cuerpo y alma al cielo de Nuestra Señora es uno de los dos dogmas modernos definidos por la Iglesia, junto con el de la inmaculada concepción. Este lo fue en 1854, aquel que celebramos hoy en 1950. Sin embargo, son misterios celebrados por la fe de la Iglesia desde el principio.
Tenemos que mirarlos juntos para descubrir su potencial evangelizador y educador. Proyectan una poderosa luz sobre nuestra misión como Iglesia y como educadores en la Iglesia.
No es casualidad que hayan sido definidos cuando comenzaba a abrirse paso y consolidarse la cultura moderna, con su ansia e ímpetu de progreso, pero también con sus contradicciones, caídas y deformaciones.
María, la pura y limpia concepción, obra maestra de la gracia, transfigurada en toda su humanidad (en cuerpo y alma) es signo de la nueva humanidad que solo Dios puede crear y sostener con su acción poderosa.
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La cultura contemporánea oscila entre el optimismo ingenuo y prometeico del hombre que rompe sus vínculos con Dios para ser libre; pero también que, por otros caminos, cae en el pesimismo del nihilismo o del relativismo: nada es permanente, ni seguro, ni cierto, ni sólido.
La educación -ustedes lo saben tanto o mejor que yo- también navega por esas aguas tormentosas.
Al invitarnos a contemplar a María, inmaculada y resucitada, la fe católica nos desafía a mantener unidos, en la pastoral y en la educación, dos aspectos que parecen opuestos, pero que, sin embargo, están llamados a potenciarse recíprocamente.
Por un lado, a reconocer que en la raíz de la condición humana está la acción creadora y salvadora de Dios. En el lenguaje cristiano eso se dice con una de las palabras más hermosas del “diccionario cristiano”: GRACIA.
María es, precisamente, la “llena de gracia”, la completamente transfigurada y transformada por la gracia de Dios. Y esto a tal punto, que “llena de gracia” es casi el segundo nombre de María.
Esa es la primera palabra que tenemos para decir de María, pero también de nosotros mismos. Porque todo lo que Dios ha hecho en María -de modo eminente, original y único- es signo de lo que está haciendo también en nosotros.
Ante cada persona, el discípulo de Jesús ha de pensar así: estoy ante un misterio de amor, ante un regalo, un don y una bendición. El ser humano es “la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo” (GS 24).
Al reflexionar hoy sobre nuestra identidad como educadores católicos quisiera invitarlos a que esta mirada luminosa de fe y esperanza la tenga cada uno de ustedes sobre sí mismo: soy gracia, soy don, soy bendición, Cristo me ha amado a mí por mí mismo.
El encuentro con Jesucristo vivo -eso es la fe- repercute en toda nuestra persona. Y uno de esos efectos tiene que ver con transformar nuestra conciencia personal, haciéndonos muy conscientes del don que somos nosotros mismos. Y el don recibido y acogido con alegría tiende por sí mismo a transformarse en don ofrecido y donado a los demás.
La conciencia del don y la gratuidad que presiden y sostienen nuestras vidas nos abre a Dios y a los demás, conjurando así el peligro fatal de una autonomía que termina ahogándonos en nuestra propia autopercepción: somos mucho más de lo que somos capaces de percibir de nosotros mismos.
No estamos solos en la empresa más importante de nuestra vida: crecer, madurar, desarrollarnos como personas y alcanzar la plena estatura de nuestra condición humana.
Como enseña el profeta: somos arcilla en manos del alfarero que es Dios, un artesano que sabe modelarnos. Nos hacemos a nosotros mismos en la medida en que nos dejamos educar y formar por el Creador… y también por esa mediación tan efectiva que son los demás.
Educar, en este sentido profundo, es “sacar a la luz” la verdad de nosotros mismos, puesta dinámicamente en nosotros por el Creador. Formar es configurarnos con la forma de Cristo, el verdadero hombre. Y, junto a Cristo, está María como signo de humanidad lograda.
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Al mirar a María asunta al cielo, glorificada en cuerpo y alma, podemos también conjurar la otra gran amenaza que angustia hoy a las personas, especialmente a los jóvenes: el pesimismo que parece dominar la cultura contemporánea y que se manifiesta con rostros, en un primer momento, muy atractivos, pero que prometen lo que no pueden dar, sumergiendo a la persona en la angustia, la tristeza, un tono vital menor y desesperanzado.
María transfigurada por la Pascua de Jesús nos dice que el Padre que, por la fuerza de su Espíritu, resucitó a Jesús rescatándolo de los brazos de la muerte, está obrando en nosotros en la misma dirección.
Si “gracia” es una palabra clave del diccionario cristiano -tan bella como indispensable-, la otra palabra esencial del lenguaje cristiano y católico es un verbo que siempre tiene a Dios como sujeto exclusivo y excluyente: resucitar.
Dios trabaja siempre en nosotros, como lo hizo en la fría tumba en la que depositado Jesús y como hizo en la humanidad femenina de María, para resucitarnos, levantarnos y llevarnos a la plenitud que es la comunión con Él, ya aquí en la tierra, pero cuyo destino último es el cielo.
En este sentido, como docentes católicos les propongo un desafío, que lo es también para la misma Iglesia misionera: tenemos que redescubrir, con ingenio y creatividad, la forma de hablar nuevamente del “cielo” como de la meta y el premio que Dios ha prometido a quienes se animan a hacer suya la propuesta de vida del Evangelio de Jesús.
El cielo, la bienaventuranza eterna, la casa del Padre con sus muchas habitaciones, el banquete de bodas y la fiesta son metáforas bellísimas de la Biblia que necesitamos recrear para entusiasmar a nuestros jóvenes, y a nosotros mismos, para abrazar la aventura de vivir, de asumir con paciencia lo que de arduo siempre tiene la vida, especialmente las pruebas más duras a las que somos sometidos.
El cielo es un regalo de Dios, es una promesa que Él nos ha hecho explícitamente por Jesucristo, pero también es fruto de nuestro empeño humilde, perseverante y decidido.
Nos lo dice claramente el Señor: “Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 24-26).
Solo en esta perspectiva del don y la gracia, que nos preceden, acompañan y esperan, es posible educar en la libertad que se abre paso en la vida para formar en cada uno la imagen de Jesús.
Es la perspectiva de la esperanza cristiana, cuya naturaleza profunda es ser un don de Dios. No se confunde con el optimismo, no nos asegura que todo lo que hagamos nos saldrá bien ni que no tendremos dificultades o frustraciones en el camino de la vida. Lo que sí nos asegura es que no nos faltará la presencia y asistencia, el consuelo y la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado para afrontar todos los desafíos humanos que la vida nos presenta.
La fe en Jesús, tras las huellas de María, siembra esperanza y alegría en nuestros corazones.
Ruego a Dios, para mí y para cada uno de ustedes, crecer en esta experiencia para ofrecerla con simplicidad a todos aquellos que el Señor mismo nos confía en nuestra misión como docentes que se dejan inspirar por el Evangelio.
¡Muy feliz día del docente católico para todos!
¡Qué María los cuide, inspire y acompañe!
Les doy mi bendición.
+ Sergio O. Buenanueva Obispo de San Francisco 15 de agosto de 2024
“Noche anunciada, noche de amor, Dios ha nacido, pétalo en flor, todo es silencio y serenidad, paz a los hombres, es Navidad. Ángeles canten sobre el portal, Dios ha nacido, es Navidad.
En el pesebre, mi Redentor es mensajero de paz y amor cuando sonríe se hace la luz y en sus bracitos crece una cruz.
Esta es la noche que prometió, Dios a los hombres y ya llegó. Es Nochebuena, no hay que dormir, Dios ha nacido, Dios está aquí
Queridos hermanos y hermanas:
Buscamos la Belleza de Dios como mendigos pobres y sedientos. Al encontrar alguno de sus destellos caemos en la cuenta de que, más que nosotros, es Ella la que nos busca, la que tiene sed de nuestros ojos, de nuestra alma y de nuestro corazón.
Por eso, querido amigo, te invito a abrir tu corazón al Niño que María y José quieren recostar en el pesebre de tu corazón en esta Noche buena 2023.
Porque hay Belleza divina en el Niño del pesebre y en todo lo que lo rodea: la noche, su madre virginal, su padre adoptivo, el establo y los animales, y hasta en aquel obstáculo de no tener lugar cómodo para dar a luz. Hay belleza en los pastores que, con sus rebaños, se acercan en medio de la noche de Belén para reconocer al Salvador anunciado por los ángeles.
El pesebre es símbolo del corazón humano: las más de las veces pobre y egoísta, pero siempre sediento y anhelante de vida, luz y paz. La Belleza de Dios está tocando a la puerta de tu corazón: “Es Nochebuena, no hay que dormir, Dios ha nacido. Dios está aquí”.
¡Ojalá que todos nosotros, conmovidos por ese Redentor, en cuyos “bracitos crece una cruz”, nos convirtamos también en “mensajeros de paz y amor”!
Nuestro mundo, nuestras familias y nuestra patria lo necesitan.
Permítanme que haga mías las palabras del ángel a los pastores: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». (Lc 2, 10-12).
“El Ángel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán». Esto es lo que tenía que decirles».” (Mt 28, 5-7).
Entre asustadas y contentas, las mujeres que reciben este anuncio se ponen en camino. Es una misión: decir a los discípulos que Jesús resucitado los espera en Galilea. Es entonces -nos cuenta el evangelio- que acontece el encuentro: en el camino de esa misión, Jesús mismo les sale al paso.
Es posible que los que se reúnan para celebrar esta Pascua 2023 sean un pequeño grupo, una minoría perdida en medio del ruido de una sociedad en otra cosa. Sin embargo, es posible también que, si el anuncio encuentra el mismo eco que encontró en el corazón de aquellas mujeres, se produzca el mismo extraordinario acontecimiento.
Cuando, con confianza, se cree en Dios, los ojos se abren y se ve la realidad completa. La verdad nos alcanza en toda su belleza. El Resucitado nos vence y nos convence con su presencia.
Queridos hermanos: es lo que deseo para todos nosotros en esta Pascua 2023. Por eso, abramos los oídos, escuchemos a tantos “ángeles” que nos gritan que el Crucificado que buscamos está vivo … y, como aquellas mujeres, tengamos la santa audacia de volver al Evangelio para escucharlo a Él.
La oración, sobre todo, la que es hecha con la valentía de la humildad, nos expone al influjo del Espíritu que resucitó a Jesús. ¿Te animás a rezar conmigo?
En esta noche de Pascua, el anuncio de tu resurrección, Señor Jesús, vuelve a atravesar el tiempo y a traspasar los corazones.
En ese anuncio vos mismo venís a nosotros, te hacés presente y nos convencés con el fulgor de tu Verdad.
Vos que has resucitado de entre los muertos, que conocés desde dentro todas nuestras muertes y miedos, transfiguranos con tu Pascua.
Tu mirada diáfana de resucitado nos espera en los ojos de los hermanos: los pobres, los tristes, los que luchan cada día, los que se levantan, los que esperan contra toda esperanza.
Nos alcanza en el don precioso de tu Eucaristía y del perdón que nos resucita.
Tu luz pascual se refleja -¡qué bien lo sabemos!- en los ojos de María, que acompaña nuestro caminar.
Con ella te decimos: Amén.
¡Jesús ha resucitado! ¡Muy feliz Pascua para todos!
San Francisco, 9 de abril de 2023, Domingo de Pascua
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