Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
«La Voz de San Justo», domingo 24 de marzo de 2019
«Padre de misericordia y origen de todo bien, que, en el ayuno, la oración y la limosna nos muestras el remedio del pecado, mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez, para que seamos aliviados por tu misericordia quienes nos humillamos interiormente» (Oración de la liturgia del tercer domingo de Cuaresma).
«Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás» (Lc 13,9).
La sabiduría popular puede
ser muy popular pero no siempre es tan sabia. Ejemplo: el dicho, repetido hasta
el cansancio, de que no “no hay que pedirle peras al olmo”.
Nadie va a negar que, para
buena parte de las cosas de la vida, este dicho acierta. Expresa un sano
realismo ante las posibilidades, normalmente limitadas que tenemos los seres
humanos. Hay condicionamientos en buena medida irreversibles que aconsejan que
no pidamos peras al olmo.
La Cuaresma, sin embargo, se rige por una lógica diversa. La del Evangelio. Lo enseña Jesús este domingo. Pone en boca del empleado de una viña, lo que realmente siente Dios cuando mira al mundo y, sobre todo, al ser humano. Y, especialmente, cuando mira la impotencia humana, sus límites y -¿porqué no?- su inveterada estupidez.
Ante una higuera que no ha dado fruto y la sensata decisión del dueño de la viña de arrancarla, este labrador, conocedor de la tierra y de la potencialidad de la savia por momentos dormida, dice: «Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás» (Lc 13,9).
Cuaresma es ese tiempo,
breve pero intenso, para abrir una pequeña puerta para que entre la luz en
nuestra vida. Es lo que pedimos en la oración de este domingo: “el
reconocimiento de nuestra pequeñez”.
¿Es indigno y humillante
reconocer la propia pequeñez? Puede ser. No lo niego. Sobre todo, en algunos
momentos.
Mirémoslo desde este punto
de vista: reconocerse pequeño es aceptar que, junto a mí, hay otros… y hay
Otro. Y que, con esos “otros”, puedo tejer una red de vasos comunicantes, por
la que pasa la savia que nos resucita.
¿Me permiten una confesión de fe cuaresmal? Aquí va: “Creo en un Dios que espera peras del olmo. Amén”. Y, esa espera es potente…
«La Voz de San Justo», domingo 17 de marzo de 2019
Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado, alimenta
nuestro espíritu con tu Palabra, para que, después de haber purificado nuestra
mirada interior, podamos contemplar gozosos la gloria de tu rostro. (Oración de la
liturgia del segundo domingo de Cuaresma).
“Me llamo Kevin, y
soy adicto a mi celular”. Así comenzaba un artículo publicado días pasados en
The New York Times. Otro párrafo: “Mis síntomas eran los típicos: me volví
incapaz de leer libros, ver películas completas o tener conversaciones
ininterrumpidas”.
Tres actividades
muy distintas, pero unidas por algo común: la aventura de escuchar. ¿No es eso
lo que nos pasa cuando nos dejamos llevar por las páginas de un libro que nos
atrapa? Algo similar ocurre cuando una “peli” nos mete dentro de una buena
historia. Sin embargo, nada se compara con el tener la mirada fija en un rostro
y saber que, incluso en el silencio, las almas se encuentran en la escucha.
“Este es mi Hijo,
el Elegido, escúchenlo” (Lc 9,35). En
cierto modo, todo lo que dicen las Escrituras se puede resumir en este mandato.
Para la Biblia, dos
verbos representan la cumbre de toda actividad humana: escuchar y recordar. Por
el contrario, lo peor que le puede suceder a un ser humano es olvidar y tener
los oídos cerrados. Eso es, en definitiva, la esencia de todo pecado: olvidar a
Dios, desoír su voz.
La Cuaresma es una
invitación a disponer cada fibra de nuestra persona para ese viaje que es la
escucha de Dios. Él es, en sí mismo, Palabra audible que busca ser escuchada y
respondida.
La experiencia de
Kevin también es nuestra: de tanto en tanto, el ruido se vuelve caótico y nos
embota la mente y el corazón. Nos hacemos incapaces de escuchar. Perdemos
contacto con la realidad: la de Dios, la de los que nos rodean, la de quienes
nos gritan pidiendo ayuda, la del mundo, la palabra de nuestros amigos.
Dios es Palabra y
cada ser humano, creado a su imagen y semejanza, lo es también. Somos palabra. Jesús
es la Palabra de Dios que se ha hecho audible en medio del ruido del mundo.
Para la experiencia
cristiana, el encuentro con Jesús es -como tantos relatos evangélicos- liberación
de nuestras sorderas. Su voz es capaz de imponerse al caos, nos libera de todas
nuestras sorderas y nos hace capaces de volver a escuchar el canto de la
creación.
¿Cómo reconocer su
voz en medio de tantos gritos? Su Espíritu trabaja en eso. Más y mejor que el
más hábil predicador. A nosotros nos toca una pequeñísima parte: intentar
entrar en el silencio que nos dispone para la escucha. Sea en la oración, sea en
el tender la mano a quien nos pide ayuda.
“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45).
Las palabras importan. Y mucho.
La libertad de expresión es uno de los valores más preciosos
para la vida de una sociedad, de un pueblo. Y la más amplia libertad posible.
Incluso con el riesgo de rozar zonas peligrosas.
Lo vemos, por ejemplo, en las redes. A medida que van
extendiendo su presencia, hasta el punto de hacer que, de manera permanente,
estemos “en red”, van apareciendo también “haters”, “trolls”, “acosadores”.
¿Qué hacer?
Este domingo, el fragmento del evangelio que escuchamos
los cristianos nos da algunas pistas. Podríamos decir que nos confronta con el “método
Jesús”. Es sencillo, directo y, sobre todo, humanísimo.
Para Jesús, no hay otro camino que cuidar el corazón.
Porque es allí donde Dios ha sembrado su bondad, su misma libertad, su
compasión. El corazón es donde el Espíritu muestra toda su maestría y su
calidad de artista. Es su campo de trabajo. El Espíritu de Dios trabaja para
que seamos buenos como Dios es bueno, compasivos y misericordiosos como lo es
el Padre.
La bondad es contagiosa. Estar cerca de un hombre o una
mujer buenos, casi sin darnos cuenta, nos hace también un poquito más buenos a
nosotros. Pensemos, si no, en las personas buenas que hemos conocido y que han
llenado de luz nuestras vidas. Su solo recuerdo es capaz de encendernos e
iluminarnos.
Vale aquí lo que también escuchamos de labios de Jesús
este fin de semana: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que
dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto” (Lc 6, 43-44).
Vuelvo a la pregunta: ¿qué hacer ante tantas sombras de
agresión que oscurecen nuestra vida?
Siguiendo el hilo del mensaje de Jesús me animo a decir cuatro cosas: 1) reconocer que también en el propio corazón anidan fuerzas agresivas; 2) exponer el propio corazón ante la mirada buena de Dios, en la oración, por ejemplo; 3) tener siempre a mano palabras buenas y amables para todos (“perdón, permiso, gracias”, como dice Francisco); y 4) pero, sobre todo, exponer el corazón haciéndonos cargo del dolor, el sufrimiento y la vulnerabilidad de los demás.
“El Señor es
bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata
según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas.”
Esta es una estrofa del Salmo 102 con el que rezamos en
la liturgia de este domingo.
Los salmos están compuestos para ser cantados, pero, en
la oración personal, una forma muy provechosa es rezarlos, rumiando una frase o
una palabra. Es como sacarle el jugo a esa palabra que viene del corazón de
Dios. Un jugo que es, por cierto, inagotable.
Basta elegir la frase o palabra que más nos ha tocado por
dentro, la que ha traído mayor consuelo o fervor a nuestro espíritu.
Este domingo, yo elijo esta frase: “El Señor… no nos
trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.
Días pasados, hice un posteo en Facebook preguntándome
por qué suelen quedar vacíos los primeros bancos de nuestras iglesias durante
la Misa. El intercambio que se dio fue muy bueno.
De todas las razones que se esgrimieron, una me ha
quedado dando vueltas. Un par de personas señalaban que elegían quedarse atrás
porque no se sentían de estar cerca del altar. Sea por la conciencia de la
propia pobreza, sea por la santidad del misterio.
Es como para quedarse pensando y rumiando también estas cosas.
Vale la pena.
Conozco bien ese sentimiento. Lo experimento varias
veces: inadecuación, vergüenza, estupor. El padre Jean Lafrance (conocido autor
espiritual) señalaba que el don de ciencia del Espíritu Santo precisamente nos
hace comprender la infinita distancia que hay entre Dios y la creatura. Pero
también que, a través del don de consejo, el Espíritu nos mueve a entregarnos
sin reservas a ese Dios tres veces santo que es, por encima de todo, compasión
y misericordia.
Vuelvo a rumiar el versículo del salmo: “El Señor es
bondadoso y compasivo… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme
a nuestras culpas”.
Todo lo que Jesús dijo e hizo apunta a meternos dentro
del corazón, grabándolo a fuego, esta verdad genuinamente evangélica, y a vivir
en consecuencia.
Lo escucharemos de sus labios este domingo: “Sean
misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).
¿Podríamos llamar a este domingo: “el domingo de las
bienaventuranzas”?
Creo que sí. La primera lectura de Jeremías y el salmo
responsorial nos acercan algunas de las bienaventuranzas que son como un hilo
rojo en la urdimbre de la historia de la salvación que narran las Escrituras de
Israel.
El salmo que hemos rezado es el primero del Salterio -el
libro de la Biblia que nos enseña a orar- y se abre con una bienaventuranza:
¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los
malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche!
Respondíamos así a Jeremías que exclamaba: “¡Bendito el
hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!” (Jer
17,7).
Las bienaventuranzas que salen de los labios y del corazón
de Jesús abrevan en esta sustanciosa tradición bíblica. Jesús ha crecido
escuchando, leyendo y rezando la Biblia.
Pero, marca una diferencia. Jesús siempre hace la
diferencia.
Sea en la versión más espiritual de Mateo que en esta de
Lucas, más concreta, directa e interpelante, Jesús hace un desplazamiento del
acento: más que caracterizar la actitud de fondo del hombre piadoso, al ir
repasando, una a una, diversas situaciones humanas (pobreza, sufrimiento,
persecución, etc.), Jesús nos ayuda a comprender cómo ve Dios la realidad.
Las bienaventuranzas en labios de Jesús, pasando la mirada
por la vida de los pobres y los que sufren, nos ayudan a comprender el corazón de
Dios, sus sentimientos, de qué lado Él se pone siempre, cómo ve y cómo juzga la
realidad que nos toca vivir.
Dios está siempre del lado más débil de la vida.
Por eso, no está conforme con el mundo que estamos
construyendo los hombres.
El mundo tiene que cambiar. Tenemos que dar pasos para
superar y dejar atrás toda situación de deshumanización, de llanto a causa de
la injusticia o la corrupción.
No nos complacemos en la pobreza ni la romantizamos.
Este mundo tiene todo para que no haya un solo pueblo, una
sola persona o familia indigente y pobre.
Dios quiere que los pobres salgan de la pobreza.
Dios está con el más débil y con todos los que suman sus
fuerzas para luchar para que este mundo, tantas veces injusto y corrupto, sea
casa común, hogar para todos, de manera particular para los más desfavorecidos.
En esa opción de nuestro Dios por la vida más herida,
vulnerable y amenazada, sus hijos encontramos la fuerza que necesitamos para
apostar también nosotros -siempre y especialmente en los momentos más duros-
por la verdad, la belleza, la justicia y el bien.
* * *
Permítanme ahora, con todo respeto,
poder decir:
Querido Emiliano, bienaventurado
por tu vida, por tu recuerdo y por tu ejemplo.
Nos duele tu partida. Nos cuesta
comprender tantos porqués que se multiplican en el corazón.
Nos quedamos en silencio delante de
Dios, a sus manos te confiamos, como también el dolor de tus padres, hermanos,
amigos y conocidos.
Escuchando a quienes te han
conocido, aquí en “Proyecto Crecer”, en la escuela “Jesús de la misericordia”,
antiguos compañeros, maestros y amigos; pero también escuchando el testimonio
de quienes te han seguido en estos últimos años, nos ha sorprendido la unanimidad
de sus miradas: hemos perdido a un tipazo, un chico bueno, respetuoso y que no
se subió al pedestal. “Como lo conocimos acá, así siguió siendo también cuando
lo alcanzó el éxito profesional”, ha comentado alguno de ustedes.
No podemos dejar de agradecer a tu
familia -que hoy te llora- porque esa buena semilla la sembraron ellos.
En estos días, a través de las
redes, he recibido algunos mensajes de personas de Nantes que, enterados de
esta Misa por Emiliano, me han pedido que les transmita que están unidos a
nuestra oración. Uno de ellos decía: “Los bretones tenemos el mismo corazón y
fidelidad a los amigos”.
Personalmente me han conmovido las
lágrimas del director técnico del Nantes: Vahid Halilhodžić.
Según hemos sabido, confió en vos
cuando parecía que las expectativas depositadas sobre tu rendimiento no se iban
a cumplir. Esa confianza de quien seguramente vio en vos lo que realmente eras
y lo que llevabas dentro, seguramente te permitió arrancar y convertirte en
goleador.
* * *
En este punto quisiera iluminar con
el mensaje del Evangelio este momento que estamos viviendo: nos duele la
partida de Emiliano, como nos duelen las muertes de demasiados niños y jóvenes,
especialmente si violentas, absurdas o fruto de la corrupción humana.
Pero, no perdamos la confianza.
No nos dejemos ganar por el
desaliento o la desilusión.
Dios está siempre con los que
pierden.
Dios quiere que nuestro mundo cambie.
Y por eso nos envió a su Hijo, que entregó
la vida.
Por eso, no deja de insuflar su
Espíritu para que confiemos en Él y nos dejemos guiar por Él; para que no
decaigamos en nuestra lucha por la vida, por sacarlos buenos a nuestros chicos,
por apoyar y alentar sus sueños e ilusiones; por estar siempre con sus
familias.
Queridos amigos de Crecer y del
Jesús de la misericordia: estamos orgullosos del camino que transitan en
nuestra comunidad sanfrancisqueña. Compartimos su dolor y queremos alentarlos a
seguir caminando.
¡Bienaventurados ustedes que creen y confían en los jóvenes!
Los que consagran sus mejores energías para ayudarlos a desarrollarse como hombres y mujeres de bien, sea que triunfen como profesionales en el campo que sea, pero que, por encima de todo, lleguen al triunfo que más importa: el de la vida, aquel cuya corona y medallas es la propia humanidad lograda, la que nos permite decir: «Conocimos a un hombre bueno, noble y cabal; su paso por nuestras vidas nos ha ayudado a ser mejores personas».
«La Voz de San Justo», domingo 27 de enero de 2019
Está concluyendo en Panamá la Jornada Mundial de los Jóvenes. Desde hace algunos días, el Papa Francisco se ha sumado a miles de jóvenes de todo el mundo que se han dado cita en país centroamericano.
De todas las imágenes que nos han ido llegado, una foto en blanco y negro se ha destacado por encima de todas. Es aquella en la que unos chicos levantan la silla de ruedas de Lucas Herníquez, privándose ellos de ver al Papa, pero permitiendo que las miradas de Lucas y de Francisco se cruzaran por unos segundos.
Porque la foto capta precisamente ese momento. El fotógrafo Carlos Yap cuenta como llegó a ese momento, casi milagroso, después de que su máquina se trabara dos veces. Logró, finalmente, captar la sonrisa del Papa y su saludo a Lucas.
Este domingo, los cristianos leemos el relato de la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su pueblo (cf. Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Como de costumbre, alguien tiene que hacer la lectura. Esta vez, es el turno del mismo Jesús. El evangelista señala: “Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él” (Lc 4,20).
Tenemos necesidad de mirarnos a los ojos. De fijar la mirada en quien nos habla. Esta necesidad humana, para quienes tenemos fe, abre otra perspectiva: en los ojos de cada ser humano que se cruza por nuestra vida podemos reconocer el brillo de los ojos de Jesús.
Tal vez, algo así pasó entre Lucas y Francisco, allí en las calles de Panamá.
«La Voz de San Justo», domingo 20 de enero de 2019
“Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios”. (Is 62,5).
Este domingo, los cristianos escuchamos el relato de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). Es el primero de los siete signos que encontramos en la primera parte del evangelio de San Juan. Cada uno de ellos nos muestra un aspecto de la persona de Jesús. En esta ocasión, el símbolo de las bodas nos ayuda a comprender quién es realmente Jesús y cuál es el sentido de su misión. Lo podemos resumir en dos palabras: amor y alegría.
Pero ¿podemos seguir hablando hoy de bodas, amor y alegría? ¿No es la relación entre el varón y la mujer, más allá de la poesía romántica, una de las fuentes más arraigadas de opresión? ¿No tendríamos que romper este estereotipo rígido dejando paso a relaciones más fluidas? ¿Puede realmente el ser humano vincularse con otro de esta manera? ¿O, irremediablemente, debemos contentarnos con la soledad, tibiamente aliviada por los consuelos fugaces del “poliamor”?
Se formulan estas u otras preguntas similares. Y se buscan respuestas. Se piensa y se escribe mucho al respecto. Los seres humanos somos así: no podemos dejar de buscar respuestas a nuestros interrogantes.
Junto a las respuestas reflexivas (insustituibles, por cierto), la mayoría de las personas intentamos resolver estas cuestiones en nuestra vida concreta. Allí crecen nuestros vínculos, más allá incluso de nuestras posturas ideológicas. Es la verdad de la vida que asoma su rostro toda vez que el amor comienza a germinar en el corazón.
A esa experiencia apela el mensaje del Evangelio. Dios mismo -que es amor- ha puesto esa pasión en nuestros corazones. Si nos sumergimos en los evangelios y dejamos que la persona misma de Jesús nos hable e interpele, es posible que podamos encontrar respuestas que nos pongan en el camino correcto.
Por ejemplo, la vida y pasión de Jesús nos muestran que solo en la “reciprocidad” el ser humano encuentra mucho de lo que busca. Reciprocidad quiere decir: si busco amor, tengo que estar dispuesto a amar. Si quiero ser tratado con humanidad, ofrezco aquello mismo que pido para mí. En la misma medida y con la misma intensidad. No pretendo ser dominio de nadie, pero también renuncio a poseer a otro como si fuera una cosa que me pertenece y de la que dispongo a voluntad.
Claro, el evangelio añade un plus fundamental: en Jesús, Dios ha sanado y salvado la capacidad de amar de los hombres. El encuentro con ese amor gratuito es la fuente de la alegría más grande.
«La Voz de San Justo», domingo 13 de enero de 2019
“¡Si rasgaras el cielo y descendieras…!” (Is 63,19).
“Y, mientras estaba orando, se abrió el cielo…” (Lc 3,21).
La fe bíblica nació entre nómades, caminantes que pasaban la mayor parte del tiempo deambulando por el desierto. Imaginamos sus noches, con el cielo estrellado por compañía y horizonte. También sus cantos, sus narraciones (algunas han pasado a nuestras Escrituras), sus penares e ilusiones.
Uno de ellos, Abrahám, recibió un día una promesa: si puedes contar las estrellas del cielo, así será tu descendencia. Y eso es la fe: vivir de esa promesa que abre el futuro. Y hace caminar. Y levanta de todas las caídas.
Dios es también un caminante. No está apoltronado en un lugar. El cielo estrellado es una bellísima metáfora para señalar su inmensidad, su misterio y la amplitud de su misericordia. Ese Dios inefable y caminante es amigo del hombre. Amigo que camina al lado. Se lo puede invocar y, sobre todo, contar con Él.
Hay momentos, sin embargo, en que la experiencia de Dios tiene otros tonos. Aparece lejano, ausente o sencillamente inexistente. El cielo, más que cifra de su infinitud, hace palpable la pequeñez sin sentido del ser humano, perdido en esa inmensidad.
De ahí nace la súplica que abre esta columna, y que hemos tomado del profeta Isaías: “¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti, como el fuego enciende un matorral, como el fuego hace hervir el agua!” (Is 63,19-64,1).
Este domingo termina el tiempo de Navidad. El evangelio, como al pasar, evoca la súplica del profeta: el cielo, finalmente, se ha rasgado. De él ha descendido el fuego que quema todo. No destruye. Enciende por dentro los corazones: es el Espíritu de Cristo, su amor apasionado, su misericordia.
Un dato para retener: Jesús ora y el cielo se abre. Hay tela para cortar aquí.
Tal vez sintamos la ausencia de Dios. Miremos el cielo y supliquemos con el profeta. Dios ya nos ha escuchado. Ha enviado a su Hijo. Caminemos con Él.
“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2,2)
¿Qué te trajeron los Reyes? No puedo dejar de evocar la
ansiedad que impedía dormir esa noche de espera. Y la magia de la mañana siguiente
de regalos y sueños cumplidos, también de decepciones y algunas envidias. No sé
por qué, pero, en mis recuerdos de niño, las mañanas de Reyes son siempre
luminosas.
Estoy agradecido por aquellos años y cómo los Reyes
estimularon la capacidad de expectativa que es innata al ser humano, que es
casi la esencia de la niñez y que es la base sobre la que se asienta la
esperanza cristiana.
El relato evangélico no habla de Reyes, sino de sabios de
oriente, guiados por una estrella hasta el encuentro con un recién nacido, el
asombro de sus padres al ver a esos extraños señores depositar regalos ante el
Niño.
Sus regalos son presentes que homenajean al Niño y, en
buena medida, son signo de una profunda gratitud: la estrella fue su guía que
los llevó hacia la Luz que ilumina todo, Jesús, el Verbo de Dios humanizado.
Son sabios en la misma medida en que son buscadores de la luz.
La gratitud comienza a despertar en sus corazones cuando
descubren que la luz los ha encontrado a ello, que ese encuentro no es fruto de
su esfuerzo, sino la gracia que ha puesto en marcha toda búsqueda de sus vidas.
Y, de esa intensa mixtura de sentimientos, emociones y vivencias, nace el humanísimo
gesto de la adoración.
La tradición de regalar a nuestros niños en Reyes evoca
algo de esto. A pesar de todo, siguen viniendo niños al mundo, por eso, sigue
siendo urgente buscar luz para disipar tanta tiniebla. Más por ellos que por
nosotros.
Esa luz, para los cristianos, tiene un Rostro radiante: el
del Resucitado. Y vive en cada chico que viene a este mundo. Y resplandece con
mayor fuerza si mayor es también la fragilidad y vulnerabilidad.
«La Voz de San Justo», domingo 23 de diciembre de 2018
“Escucha, Pastor de Israel, tú que tienes el trono sobre los querubines, resplandece, despierta tu poder y ven a salvarnos” (Salmo 79,3).
En ocasiones, Dios parece dormir. Mientras tanto, sus creaturas viven pesadillas que les impiden conciliar un sueño reparador.
Nace así la plegaria, la súplica, la lamentación: ¿Por qué, Señor? ¿Hasta cuándo la prueba?
Jesús mismo rezó así. Los evangelios nos dicen que fueron sus últimas plegarias dirigidas a su Padre. En la cruz, lo invocará con el inicio del 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso; y, sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel” (Salmo 21,2-4).
La única vez que Jesús llama “Dios” a su Padre. ¿Lo siente lejano? En todo caso, hace suya la experiencia de aquellos que, en medio de su sufrimiento, lo siente dormido o despreocupado de su suerte.
El salmo de este domingo, último de Adviento, tiene algo de esa invocación: plegaria urgente al Dios que parece dormir, al parecer despreocupado de la suerte de los suyos.
En la liturgia solo rezamos tres estrofas. Si lo leemos completo reconoceremos dos imágenes que surcan toda la Biblia: el Dios pastor y el Dios viñador. El orante, en medio del dolor, apela al Dios que nunca se desinteresa de su pueblo, sino que trabaja siempre a su favor, aunque, por momentos, no comprendamos su obrar.
Claro que, tan a las puertas de la Navidad, esta súplica al Dios que parece dormir tiene otra referencia. El evangelio nos invita a contemplar al Emanuel (Dios con nosotros) que duerme el sueño tranquilo de los recién nacidos. Lo acuna su madre. Vela su sueño José, el varón justo.
Ese sueño no intimida, sino que enternece. Dios así entra en nuestra historia: humilde, pobre, sencillo y, sobre todo, manso y tranquilo.
Es el Pastor que, así, vela por su rebaño. Es el Viñador que sabe trabajar con paciencia la viña para obtener el mejor de los vinos.
Ese Dios Niño, Pastor y Viñador nos conquista el corazón. También si duerme y nos da la Paz.
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