Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
“El Señor es
bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata
según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas.”
Esta es una estrofa del Salmo 102 con el que rezamos en
la liturgia de este domingo.
Los salmos están compuestos para ser cantados, pero, en
la oración personal, una forma muy provechosa es rezarlos, rumiando una frase o
una palabra. Es como sacarle el jugo a esa palabra que viene del corazón de
Dios. Un jugo que es, por cierto, inagotable.
Basta elegir la frase o palabra que más nos ha tocado por
dentro, la que ha traído mayor consuelo o fervor a nuestro espíritu.
Este domingo, yo elijo esta frase: “El Señor… no nos
trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.
Días pasados, hice un posteo en Facebook preguntándome
por qué suelen quedar vacíos los primeros bancos de nuestras iglesias durante
la Misa. El intercambio que se dio fue muy bueno.
De todas las razones que se esgrimieron, una me ha
quedado dando vueltas. Un par de personas señalaban que elegían quedarse atrás
porque no se sentían de estar cerca del altar. Sea por la conciencia de la
propia pobreza, sea por la santidad del misterio.
Es como para quedarse pensando y rumiando también estas cosas.
Vale la pena.
Conozco bien ese sentimiento. Lo experimento varias
veces: inadecuación, vergüenza, estupor. El padre Jean Lafrance (conocido autor
espiritual) señalaba que el don de ciencia del Espíritu Santo precisamente nos
hace comprender la infinita distancia que hay entre Dios y la creatura. Pero
también que, a través del don de consejo, el Espíritu nos mueve a entregarnos
sin reservas a ese Dios tres veces santo que es, por encima de todo, compasión
y misericordia.
Vuelvo a rumiar el versículo del salmo: “El Señor es
bondadoso y compasivo… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme
a nuestras culpas”.
Todo lo que Jesús dijo e hizo apunta a meternos dentro
del corazón, grabándolo a fuego, esta verdad genuinamente evangélica, y a vivir
en consecuencia.
Lo escucharemos de sus labios este domingo: “Sean
misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).
El Papa Francisco, el cardenal Cupich y la Dra. Linda Ghisoti
El abuso sexual es
un crimen. El abusador es un delincuente.
Como tal, el delito
del abuso afecta el orden público de la sociedad. Es una grave injusticia.
Lesiona la dignidad de la persona. De ahí que reclame la intervención de la
justicia, con sus tiempos, procedimientos y sanciones proporcionadas al delito
con sus atenuantes y agravantes.
Reconocer sin ambages
la naturaleza criminal del abuso sexual a personas vulnerables, cometido por
clérigos, ha sido un paso clave para la Iglesia. Un verdadero punto de no
retorno. De aquí se siguen consecuencias precisas; seguramente onerosas, pero
saludables para todos. Entre otras, una que merece ser destacada: el primado de
la justicia secular a la hora de esclarecer este delito atribuido a un clérigo
(diácono, presbítero u obispo).
No que la Iglesia
no pueda intervenir con sus procedimientos, tal como lo prescriben las normas
canónicas. Si el delito ha sido cometido por un ministro sagrado, la Iglesia
tiene el deber y el derecho de establecer las consecuencias de estos actos
criminales para el ejercicio del ministerio. Una institución del significado y
la magnitud de la Iglesia puede y debe controlarse a sí misma en este delicado
punto. Pero no puede sola. Está inserta en la sociedad y forma parte de un
entramado concreto de relaciones.
Aun con expresiones
maximalistas, tienen razón las víctimas que reclaman que los líderes de la
Iglesia no solo colaboremos con la justicia, sino que realmente nos
subordinemos al ordenamiento penal de la sociedad a la que pertenecemos, en la
que ejercemos nuestro ministerio y a la que, en última instancia, servimos
desde el Evangelio.
¿Es esta una
observación fríamente jurídica? ¿No tenemos que propiciar una lectura
propiamente creyente de esta crisis?
Con una mirada
intimista y espiritualista se ha repetido en ocasiones: “menos derecho y más
evangelio”. Ya Benedicto XVI decía que ese desprecio del derecho, especialmente
el penal, era un de las causas por las que la plaga de los abusos se ha
difundido en la Iglesia.
Aquí pretendo dar
una vuelta de tuerca más. No solo los obispos tenemos que aplicar las sabias
normas canónicas de la Iglesia, especialmente las del capítulo penal de nuestro
Código, sino que, atendiendo a este reconocimiento de la naturaleza delictiva
del abuso de las personas, el recurso a la justicia secular es un paso
ineludible. En estos términos se ha expresado, en su intervención de este
viernes 22 de febrero, el cardenal Gracias:
El abuso sexual de menores y otras personas vulnerables no solo viola la ley divina y eclesiástica, sino que también es un comportamiento criminal público. La Iglesia no vive solo en un mundo aislado creado por ella. La Iglesia vive en el mundo y con el mundo. Aquellos que son culpables de un comportamiento criminal, en justicia tienen la obligación de rendir cuentas ante las autoridades civiles por dicho comportamiento. Aunque la Iglesia no es un agente del Estado, reconoce la autoridad legítima de la ley civil y del Estado. Por lo tanto, la Iglesia coopera con las autoridades civiles en estos asuntos para hacer justicia a los sobrevivientes y al orden civil.
Por su parte, el cardenal Cupich ha hecho, entre otras,
esta sugerente propuesta: “La denuncia de un delito no debe verse obstaculizada
por el secreto oficial o por normas de confidencialidad”. La apelación al
“secreto pontificio” no puede interponerse como una barrera para la insoslayable
acción de la justicia secular. Un punto verdaderamente crucial que merece
reformas. Han sido explícitamente sugeridas en el Summit de Roma por la Dra.
Linda Ghisoni, subsecretaria del Dicasterio para la Vida y los Laicos:
Será preciso revisar la normativa actual sobre el secreto pontificio de modo que éste tutele los valores que quiere proteger -la dignidad de las personas implicadas, la buena fama de cada uno, el bien de la Iglesia- y, al mismo tiempo, consienta el desarrollo de un clima de mayor transparencia y confianza, evitando la idea de que el secreto se utiliza para esconder los problemas en vez de para proteger los bienes en juego.
Lo que
quiero hacer notar aquí es que este reconocimiento de la consistencia propia de
la justicia del Estado, la Iglesia lo hace desde el núcleo mismo de su fe en
Dios creador y redentor, pero también desde la conciencia que tiene de su
propia naturaleza sacramental. Es lo que dice el cardenal Gracias: “La Iglesia
no vive solo en un mundo aislado creado por ella. La Iglesia vive en el mundo y
con el mundo”.
La real
consistencia del mundo, su autonomía y la de sus instituciones (entre ellas: el
estado y la justicia) no solo expresan la bondad de la creación, sino también
la conciencia de que este mundo, marcado por la desobediencia del pecado, es
también espacio de acción de la gracia del Espíritu Santo. Estamos escuchando
su voz en la rebeldía de las víctimas, en la acción perseverante de los que
investigan estos abusos; pero también en la reacción de muchos bautizados que,
un poco por todas partes, están diciendo “basta” a los abusos y al manejo
errado de los líderes eclesiales. Los pastores deberíamos ser dóciles a este
llamado. ¿No nos recordó el Concilio que la Iglesia también aprende del mundo?
La Iglesia tiene conciencia de ser la visibilidad social
en el mundo de la gracia invisible. Su modo de estar inserta en la sociedad no
resulta indiferente para su misión salvífica. La Iglesia es canal de la gracia
escuchando la Palabra, celebrando los sacramentos y también a través de la
humillación penitencial que supone entrar en esta purificación y quebranto del
corazón.
Mirémoslo desde
otra perspectiva. Una de las víctimas señalaba en Roma, por estos días, que la
iniciativa de este Encuentro convocado por el Papa no podría haberse realizado
de no haber mediado el empeño perseverante de las víctimas-sobrevivientes para
romper el silencio, hacerse oír e insistir en que se estaba gestionando de
forma inadecuada esta crisis.
Yo añado que, sin
el moderno estado secular, con su autonomía y la independencia de su sistema
judicial respecto del poder eclesiástico; sin la acción investigativa de la
prensa, como bien lo reconoció el Papa Francisco; sin una opinión pública que
no deja pasar estos hechos, aun contando con una mirada sesgada; sin nada de
esto, seguramente, en la Iglesia, no hubiéramos enfrentado esta crisis, y el
sufrimiento seguiría destruyendo vidas.
Llegará la hora en
que se verá más claro que, en todo este doloroso camino de penitencia, es Dios mismo
el que está purificando a la Iglesia de los ídolos de poder y engreimiento que
nos hemos construido. Tal vez esto lo vean con más nitidez generaciones
posteriores. A nosotros, sin embargo, nos toca ser dóciles ahora al Espíritu.
Cada uno de nosotros tiene que preguntarse qué espera Cristo de él, qué lugar irremplazable
lo invita a ocupar en esta misión, qué cuota de penitencia reparadora está
llamado a ofrecer, porque “cuando un miembro sufre, todos los demás sufren con
él” (1 Co 12,26).
«La Voz de San Justo», domingo 17 de febrero de 2019
Lourdes, Fátima, San Nicolás, Luján, etc. Todo muy lindo, pero la Virgen es una sola.
Así solemos razonar los curas. Y está bien. Es una verdad teológica de claridad diamantina.
Pero… Siempre hay un “pero”.
Llega el 11 de febrero, y la devoción a la Virgen de Lourdes se lleva puesto todo. Llueva o truene, haga calor o frío.
Hay algo en Lourdes que atrae, convence y seduce.
Obviamente se pueden dar muchas explicaciones, tanto sociológicas como teológicas. Las hay muy certeras y buenas. También necesarias para comprender nuestra propia humanidad: cómo funcionamos y, sobre todo, cómo somos los seres humanos.
Pero… Siempre un “pero”.
La razón última, me permito decirlo, tiene que ver con eso que llamamos la Providencia de Dios. O, si queremos, con la picardía de Dios, que es más sabia y certera que todas las sabidurías humanas, parafraseando a San Pablo.
En Lourdes, Dios toca los corazones. Y lo hace a través de esa “hermosa señora” como la describió Bernardita antes de saber que era “la Inmaculada Concepción”.
Allí, en Lourdes, junto al río Gave, en un delicioso y humilde pueblo de los Pirineos, Dios se ha mostrado con rostro de Evangelio. Una vez más. Y los pobres, los heridos, los buscadores lo han comprendido. Algunos, de inmediato. Otros, al cabo de un largo y fatigoso camino de búsqueda.
Lourdes es el agua cristalina que, a la vez, nos habla del Bautismo y también de la vida. Es agua que cura. En ocasiones, el cuerpo enfermo. Las más de las veces, la curación más difícil: el corazón herido por el desencanto.
Lourdes es, así, atención amorosa y gratuita al que sufre. Repito: algunos -los menos- reciben la curación física. Los más: aprenden a curar el corazón haciéndose cargo de sus hermanos heridos.
Lourdes es también el Rosario, el Evangelio al alcance de las manos, los labios y los dedos. Bernardita nos cuenta que, la primera vez que ve a la Señora, solo puede rezar el Rosario cuando ésta la acompaña. Mientras la joven reza, la Señora, sin mover los labios, pero con una sonrisa, repasa las cuentas de su propio Rosario. Me gusta pensar que, cuando rezo mi Rosario, vuelve a pasar eso.
Lourdes es también penitencia. Sí, a veces los gestos penitenciales extraordinarios: un ayuno, alguna otra privación. Pero, sobre todo, es aprender a sobrellevar con paciencia las adversidades de la vida, ayudando a cargar la cruz a nuestros hermanos. Es decir: seguir a Cristo por el camino de la humildad que, las más de las veces, aparece como humillación.
¿Por qué Lourdes toca así los corazones? Solo Dios lo sabe. Lo sabe y sonríe, porque así es el amor: sorpresa, gratuidad y, sobre todo, entrega sin reservas y sin pedir nada a cambio.
El lunes, después de la procesión y Misa en la Iglesia de “La Milka”, conversando con algunos vecinos, estos comentaban también divertidos: “el año próximo le vamos a pedir a la Virgen que, por fin,“La Milka” tenga cloacas”.
Del cielo a la tierra (y más abajo también), sin escalas. Eso también es Lourdes.
«La Voz de San Justo», domingo 10 de febrero de 2019
“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos -iguales por su misericordia-, el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.
Así comienza la Declaración “La fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmada días pasado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb.
Al llegar a los Emiratos Árabes Unidos, Francisco se había presentado a sí mismo como un “creyente sediento de paz”. Iba tras las huellas de su homónimo de Asís que, ochocientos años antes, hacía un recorrido parecido para encontrarse con el Sultán Melek-el-Kamel en El Cairo.
No nos perdamos en evocaciones históricas o nombres. Vamos al hueso de la cuestión, porque nos toca a todos. Obviamente, de manera particularmente incisiva a los creyentes.
Un cuestionamiento recurrente a las religiones monoteístas es que, desde el núcleo de su fe, son fuente de violencia, intolerancia y autoritarismo. De ahí la relevancia de que estos dos importantes líderes religiosos señalen con claridad que “las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre”.
Es más, con firmeza han condenado toda forma de violencia por motivos religiosos como blasfemia contra el Nombre de Dios.
Mucho más decisivo es que hayan puesto la misericordia y la compasión en el centro de la comprensión que, tanto el cristianismo como el islam, tienen de Dios.
Una genuina experiencia religiosa tiene aquí su piedra de toque, su criterio último de autenticidad: el encuentro con el Compasivo y Misericordioso solo puede despertar sentimientos similares en los creyentes.
Se puede decir de una sola vez: la fe en un Dios que es Padre de todos solo puede ser vivida como fraternidad. Todo hombre o mujer es mi hermano, pero especialmente el pobre, el vulnerable, el desprotegido y abandonado.
Esta es la verdadera fuerza humanizante de toda genuina religión.
Las primeras noticias las recibí del párroco al que fui asignado, poco después de mi ordenación sacerdotal. Se llamaba José. Rondaba los setenta años. Había nacido en Calabria y, junto a su madre y su hermano, había emigrado a Argentina. Con una mezcla de orgullo y nostalgia, solía contarme que, de niño, había sido interno en un “gran colegio” con una “gran basílica” en medio del campo en la provincia de Córdoba. El nombre: Vignaud, a secas.
Grande fue mi sorpresa cuando, apenas designado obispo de San Francisco, vine a saber que esa gran Iglesia estaba en el territorio que se me confiaba. Que estaba a cargo de los padres salesianos y que el colegio “San José” seguía recibiendo chicos que crecían bajo la guía de Don Bosco y la mirada serena de la Auxiliadora.
Varias veces al año visito la Colonia. No puedo dejar de pensar en aquel pequeño gran cura que me ayudó a iniciarme en el ministerio. Rezo por él bajo las inmensas bóvedas del gran templo de la Pampa gringa.
Y pienso en Juan Bosco, joven sacerdote en la Italia convulsionada de fines del “ottocento”. Turín vive la unificación de Italia y una revolución industrial. Y Don Bosco sale al encuentro de los jóvenes que se pierden en los suburbios turineses. Él sabe qué hacer: cada gesto, palabra o juego surgen de su ingenio desbordante pero, más aún, de la fuente inagotable de su amor.
Ese es su método: amar a los jóvenes, hacerles sentir que son amados para que, cada uno, saque lo mejor de sí.
Creo que, cada año, al llegar la memoria de San Juan Bosco (31 de enero) digo lo mismo: “gracias por el carisma salesiano, presente en nuestra diócesis”. No lo sabría decir de otro modo, porque es lo que siento. En estos tiempos nuestros, tan distintos, pero tan desafiantes como los de Don Bosco, ese carisma sigue siendo la semilla que porta consigo los mejores frutos.
Y ya que estamos deshojando el calendario litúrgico: este 2 de febrero es la Virgen de la luz, la Candelaria. Evoco todas estas cosas y me descubro iluminado. Y le pido a María esa luz que brilló en la vida de Don Bosco: amor que da vida.
Si una niña de doce o menos años resulta embarazada, lo es
por una acción violenta, aunque haya habido alguna forma de consentimiento de
su parte. Esa es ya una situación que atenta profundamente contra la dignidad
de la vida. Es un profundo fracaso de todos. Nunca debería darse una situación
así: la maternidad es mucho más que un hecho biológico.
Que ni siquiera en ese caso sea moralmente lícito recurrir
al aborto en cualquiera de sus formas (también la denominada: “interrupción legal
del embarazo”), no significa que se tenga que exaltar esa forma de maternidad. Salvar
la dignidad del niño por nacer no puede desconocer la situación dramática de
esa niña grávida, de la que también hay que hacerse cargo.
La editorial de ayer del diario La Nación “Niñas madres
con mayúsculas” ha merecido una justa reacción crítica.
Obviamente, unos lo hacen porque ven lícito el aborto, al
que consideran un derecho de la mujer, especialmente de la niña violada.
Otros lo rechazamos por razones que nada tienen que ver
con la aceptación del aborto. No se puede abordar un tema así de delicado en
los términos en que el editorial lo ha hecho. La apuesta por la vida en medio
de semejante situación de colapso humano y ético, reclama también un enfoque distinto,
más integral y humano.
«La Voz de San Justo», domingo 27 de enero de 2019
Está concluyendo en Panamá la Jornada Mundial de los Jóvenes. Desde hace algunos días, el Papa Francisco se ha sumado a miles de jóvenes de todo el mundo que se han dado cita en país centroamericano.
De todas las imágenes que nos han ido llegado, una foto en blanco y negro se ha destacado por encima de todas. Es aquella en la que unos chicos levantan la silla de ruedas de Lucas Herníquez, privándose ellos de ver al Papa, pero permitiendo que las miradas de Lucas y de Francisco se cruzaran por unos segundos.
Porque la foto capta precisamente ese momento. El fotógrafo Carlos Yap cuenta como llegó a ese momento, casi milagroso, después de que su máquina se trabara dos veces. Logró, finalmente, captar la sonrisa del Papa y su saludo a Lucas.
Este domingo, los cristianos leemos el relato de la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su pueblo (cf. Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Como de costumbre, alguien tiene que hacer la lectura. Esta vez, es el turno del mismo Jesús. El evangelista señala: “Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él” (Lc 4,20).
Tenemos necesidad de mirarnos a los ojos. De fijar la mirada en quien nos habla. Esta necesidad humana, para quienes tenemos fe, abre otra perspectiva: en los ojos de cada ser humano que se cruza por nuestra vida podemos reconocer el brillo de los ojos de Jesús.
Tal vez, algo así pasó entre Lucas y Francisco, allí en las calles de Panamá.
Francisco está iniciando su sexto año como obispo de Roma y en el ejercicio del “munus petrinum” como pastor de la Iglesia universal.
Algunas cartas decisivas están ya puestas sobre la mesa. Dos de ellas son clave: por un lado, el proceso de reforma eclesial, con sus líneas directrices y las resistencias que suscita; y, por el otro, la crisis de los abusos, con el nuevo impulso que ha cobrado en estos meses.
Del entrecruzarse de ambos procesos podría terminar de delinearse la figura completa del pontificado de Francisco.
Hacia una Iglesia misionera
“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo…”, decía Francisco en Evangelii gaudium 27. En ese documento y los que han seguido, pero especialmente en sus gestos, hemos ido conociendo el contenido de ese sueño. Una Iglesia “en salida”, sin temor a las heridas de estar “en las periferias”; una Iglesia “pobre para los pobres”, de pastores “con olor a oveja”; una Iglesia que vive y comunica la alegría del Evangelio, compañera de camino de todos los seres humanos, cualquiera sea la situación de vida en que se encuentren; una Iglesia que cultiva el cuidado de la “casa común”…
Es la Iglesia del primer anuncio (kerygma), cuya primacía no es temporal sino teologal: es el amor primero de Dios que precede, acompaña y culmina todo anuncio de la Iglesia. Con un acento especial: la misericordia-compasión-ternura de Dios que se hace figura histórica de la Iglesia, “hospital de campaña”. Sin identificarse del todo con esto, pero formando parte del proceso, está la reforma de la Curia romana.
De un tiempo a esta parte, ha comenzado a crecer, más en las palabras que en gestos y decisiones concretos, una melodía que viene ineludiblemente de la gran profecía conciliar: la apelación a una Iglesia más sinodal. Reflejo de la comunión trinitaria, la Iglesia tiene razones, motivos y fundamento para conjugar mejor las inevitables tensiones entre el centro y las periferias, la diversidad de carismas, vocaciones y ministerios, la unidad con la pluralidad católica. Francisco parece moverse hacia esa dirección.
Este primer aspecto que señalo ha suscitado enorme entusiasmo y adhesión. Es, en definitiva, un proyecto de reforma que abreva en las fuentes del Concilio Vaticano II que contiene la llamada más potente de Dios a su Iglesia en este tiempo. Como era de esperar, algunas de las acentuaciones de Francisco al mandato de reforma del Concilio han ido suscitando también un in crescendo de críticas y resistencias.
Heridas que buscan médico y medicina
El segundo aspecto que he señalado -la crisis de los abusos sexuales- está sacudiendo fuertemente a toda la Iglesia. Tal vez convenga reconocer que, frente al marasmo espiritual y moral que esta crisis representa, se nos han caído todos los libros. Retengo que el único camino posible de resolución pase, indefectiblemente, por un muy concreto acto de humildad que nos lleve a reconocer que no hemos estado preparados para esta crisis y la insuficiencia de nuestras respuestas. El mismo Papa ha entrado por este camino. Es un punto que merece atención.
¿Tenía Bergoglio en su agenda de temas prioritarios los abusos sexuales cuando fue elegido Papa en 2013? Lo cierto es que ha tenido que hacer rápidamente un intenso aprendizaje, no exento de dificultades o errores. Lo reconocía él mismo, hace un año, volviendo de su Visita Pastoral a Chile.
Aun reconociendo lo insuficiente de la respuesta eclesial a los abusos, lo que no se puede aseverar es que exista pasividad, voluntad de ocultar o dejar pasar el tiempo sin resolver este problema.
La Iglesia es un sujeto compuesto de muchos sujetos. Esta pluralidad hace injusto un juicio absoluto. Hoy, muchos en la Iglesia -entre ellos el mismo Francisco- han tomado el toro por las astas y se han aplicado a enfrentar la crisis con decisión, energía y claridad, pero también con la paciencia que supone perseverar en una crisis que no es de solución inmediata y en la que, de seguro, habrá muchos sinsabores.
¿Qué resultado hemos de esperar de este complejo panorama? Ya no hay demasiado margen para el error. Como ha comentado el cardenal Gracias respecto del encuentro de presidentes de conferencias episcopales, previsto para febrero: será o un gran éxito o una gran desilusión, sin vuelta atrás. Me alienta observar el liderazgo del Papa y la convicción que, sobre todo, muchos laicos tienen de que esta crisis urge caminos firmes y exigentes de purificación. Sobre todo, en su capítulo más difícil: el cambio de mentalidad y un trabajo preventivo a conciencia en cada una de las Iglesias particulares.
Batallas de otras guerras
Sin embargo, en este punto, asoma un horizonte oscuro e inquietante. Las críticas al Papa y una reviviscencia de los enfrentamientos eclesiales entre conservadores y progresistas amenazan ponen palos en la rueda de la Iglesia que juega su credibilidad y su futuro en la resolución de este problema.
Unos y otros están usando el drama de los abusos como munición gruesa para arrojarse mutuamente a la cara. Los conservadores denuestan a los progresistas por haber dejado abiertas las puertas de los seminarios a los homosexuales y al relativismo moral que ha llevado a la actual crisis. Además, el tiro por elevación alcanza a “Casa Santa Marta” y a su ilustre inquilino, el Papa. Por otra parte, los progresistas señalan a los “ultras” que su sistema eclesial de rigidez moral, esteticismo litúrgico, sobredimensión del sacerdocio generan, de por sí, una forma de vida clerical que, detrás de una pantalla de ortodoxia y firmeza, deja amplios espacios abiertos para estos derrapes sexuales.
La guerra de la Iglesia contra los abusos conoce de muchas derrotas y algunas victorias. Ahora, otras guerras generan otras batallas. Temas en sí mismos de legítima discusión son llamados en causa, mostrando una preocupante falta de imaginación y de perspectiva para encontrar nuevos y originales puntos de vista que nos lleven a soluciones superadoras. Van y vienen demasiadas recetas de corto alcance.
Como en toda polémica que se quiera enfocar desde la fe y con una correcta visión teológica, se requiera más discernimiento espiritual que ensañamiento discursivo. ¿Hay una hoja de ruta para la Iglesia en esta crisis?
Sí. Esa hoja de ruta existe. Su meta y el trazado de su curso son, hoy por hoy, más que un esbozo.
«La Voz de San Justo», domingo 20 de enero de 2019
“Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios”. (Is 62,5).
Este domingo, los cristianos escuchamos el relato de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). Es el primero de los siete signos que encontramos en la primera parte del evangelio de San Juan. Cada uno de ellos nos muestra un aspecto de la persona de Jesús. En esta ocasión, el símbolo de las bodas nos ayuda a comprender quién es realmente Jesús y cuál es el sentido de su misión. Lo podemos resumir en dos palabras: amor y alegría.
Pero ¿podemos seguir hablando hoy de bodas, amor y alegría? ¿No es la relación entre el varón y la mujer, más allá de la poesía romántica, una de las fuentes más arraigadas de opresión? ¿No tendríamos que romper este estereotipo rígido dejando paso a relaciones más fluidas? ¿Puede realmente el ser humano vincularse con otro de esta manera? ¿O, irremediablemente, debemos contentarnos con la soledad, tibiamente aliviada por los consuelos fugaces del “poliamor”?
Se formulan estas u otras preguntas similares. Y se buscan respuestas. Se piensa y se escribe mucho al respecto. Los seres humanos somos así: no podemos dejar de buscar respuestas a nuestros interrogantes.
Junto a las respuestas reflexivas (insustituibles, por cierto), la mayoría de las personas intentamos resolver estas cuestiones en nuestra vida concreta. Allí crecen nuestros vínculos, más allá incluso de nuestras posturas ideológicas. Es la verdad de la vida que asoma su rostro toda vez que el amor comienza a germinar en el corazón.
A esa experiencia apela el mensaje del Evangelio. Dios mismo -que es amor- ha puesto esa pasión en nuestros corazones. Si nos sumergimos en los evangelios y dejamos que la persona misma de Jesús nos hable e interpele, es posible que podamos encontrar respuestas que nos pongan en el camino correcto.
Por ejemplo, la vida y pasión de Jesús nos muestran que solo en la “reciprocidad” el ser humano encuentra mucho de lo que busca. Reciprocidad quiere decir: si busco amor, tengo que estar dispuesto a amar. Si quiero ser tratado con humanidad, ofrezco aquello mismo que pido para mí. En la misma medida y con la misma intensidad. No pretendo ser dominio de nadie, pero también renuncio a poseer a otro como si fuera una cosa que me pertenece y de la que dispongo a voluntad.
Claro, el evangelio añade un plus fundamental: en Jesús, Dios ha sanado y salvado la capacidad de amar de los hombres. El encuentro con ese amor gratuito es la fuente de la alegría más grande.
«La Voz de San Justo», domingo 13 de enero de 2019
“¡Si rasgaras el cielo y descendieras…!” (Is 63,19).
“Y, mientras estaba orando, se abrió el cielo…” (Lc 3,21).
La fe bíblica nació entre nómades, caminantes que pasaban la mayor parte del tiempo deambulando por el desierto. Imaginamos sus noches, con el cielo estrellado por compañía y horizonte. También sus cantos, sus narraciones (algunas han pasado a nuestras Escrituras), sus penares e ilusiones.
Uno de ellos, Abrahám, recibió un día una promesa: si puedes contar las estrellas del cielo, así será tu descendencia. Y eso es la fe: vivir de esa promesa que abre el futuro. Y hace caminar. Y levanta de todas las caídas.
Dios es también un caminante. No está apoltronado en un lugar. El cielo estrellado es una bellísima metáfora para señalar su inmensidad, su misterio y la amplitud de su misericordia. Ese Dios inefable y caminante es amigo del hombre. Amigo que camina al lado. Se lo puede invocar y, sobre todo, contar con Él.
Hay momentos, sin embargo, en que la experiencia de Dios tiene otros tonos. Aparece lejano, ausente o sencillamente inexistente. El cielo, más que cifra de su infinitud, hace palpable la pequeñez sin sentido del ser humano, perdido en esa inmensidad.
De ahí nace la súplica que abre esta columna, y que hemos tomado del profeta Isaías: “¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti, como el fuego enciende un matorral, como el fuego hace hervir el agua!” (Is 63,19-64,1).
Este domingo termina el tiempo de Navidad. El evangelio, como al pasar, evoca la súplica del profeta: el cielo, finalmente, se ha rasgado. De él ha descendido el fuego que quema todo. No destruye. Enciende por dentro los corazones: es el Espíritu de Cristo, su amor apasionado, su misericordia.
Un dato para retener: Jesús ora y el cielo se abre. Hay tela para cortar aquí.
Tal vez sintamos la ausencia de Dios. Miremos el cielo y supliquemos con el profeta. Dios ya nos ha escuchado. Ha enviado a su Hijo. Caminemos con Él.
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