Una beatificación que puede sanar las heridas de Argentina

Tengo personas cercanas, incluso amigos, que no terminan de asimilar la beatificación del obispo Angelelli y sus cuatro compañeros.

Escapan al estereotipo del integrista católico que reivindica la dictadura. No se puede decir de ellos que son, al presente, lo que fueron quienes rechazaron y mataron a los mártires.

Por el contrario, son buenos cristianos y convencidos católicos. Aman de corazón a la Iglesia y forman parte de sus comunidades, asociaciones y movimientos. Intentan, como todos, llevar una vida según el Evangelio.

Tal vez tengan, como yo mismo, una sensibilidad -digamos así- más “tradicional” o “conservadora”, al menos en algunos aspectos o dimensiones de la fe. Lo cual, por cierto, no solo no es un crimen, sino que forma parte de la dinámica misma del alma católica de la Iglesia que anima el Espíritu.

A ellos les dirijo estas breves reflexiones, al calor de lo vivido ayer en La Rioja. Y, cuando hablo de calor, no me refiero al sol riojano que, acercándose el mediodía, pegaba fuerte y hacía sentir toda su potencia. Se visibilizaba así el calor interior, hecho de alegría, oración y esperanza, que nos embargaba a todos los que estábamos en esa inmensa liturgia.

Comienzo por aquí: cuando volvíamos en el auto reflexionábamos sobre el sentido de la beatificación. Recordábamos que, tanto la beatificación como la canonización, son actos litúrgicos, pues la Iglesia, a través del acto apostólico del Papa y en comunión, rinde culto a la Trinidad, inscribiendo el nombre de los bautizados en el catálogo de los bienaventurados.

Un acto de culto, de adoración y de alabanza que reconoce lo que el Dios amor ha hecho en la vida y en la historia, a través de la vida y la historia de unos hermanos. En este caso, de Wenceslao (que se llevó los mayores aplausos), Enrique, Carlos y Gabriel.

Dejo de lado la discusión teológica sobre el carácter de infalibilidad de una beatificación. Me parece, en este punto, de poca monta. Vamos: la Carta Apostólica que se proclama en la beatificación es una palabra fuerte de la Iglesia en la voz de su Pastor Universal, no del “Papa Bergoglio” como sujeto privado. Un buen católico sabe que no se puede sencillamente desoír esta palabra, para escuchar otras, tan respetables como subjetivas.

Pero quisiera comentar otra cosa. Ayer he posteado una entrevista que Carina Ternavasio -comunicadora eficaz y brocheriana- le hizo a la esposa de Wenceslao, Martha Ramona Cornejo (“Coca”).

Me impresionaron sus palabras. Fue testigo presencial de la brutalidad del asesinato de su marido, junto con sus por entonces pequeñas hijas. Refiriéndose a los asesinos de Wenceslao, Coca dice de forma sencilla, directa y muy “a lo Angelelli”: “Los he perdonado. Sé quiénes son. Los he perdonado”. Hace referencia también a las últimas palabras de su marido agonizante: “Sepan perdonar… No odien”.

Esta mañana, he leído la homilía del beato Angelelli en la Misa de exequias de los beatos Carlos y Gabriel. Es larga, sustanciosa y muy honda. Evangélica, sin glosa. Termina con palabras de perdón. Apela a la conciencia humana y cristiana de quienes mataron a los dos sacerdotes. No deja de señalar con fuerza la gravedad y malicia de esa muestra inaudita de violencia. Pero tampoco deja de invitar a todos al gesto cristiano fuerte del perdón.

¿Tengo que aclarar que, cuando un cristiano habla de perdón en este contexto, no está diciendo que no haya que esclarecer los hechos, sancionar justamente a los culpables y resarcir, en la medida de lo posible, tanto daño causado?

Si es necesario, lo aclaro una vez más: especialmente cuando se trata de delitos aberrantes de lesa humanidad y de terrorismo de estado (el más objetivamente malo), la acción de la justicia es imprescindible en el sentido expuesto: verdad, memoria y justicia. Nada que objetar.

Pero…

Argentina tiene un cuerpo herido. Por las heridas de entonces, y las de ahora. Esta beatificación es para mí -no puedo dejar de decirlo- un rayo de luz que nos dice por dónde caminar. Y es un mensaje del Evangelio, del mismo Dios que ama la vida y resucita de la muerte.

Argentina, y nuestra misma Iglesia, necesitan gestos evangélicos de perdón, nacidos de corazones pacificados y que hagan circular por el cuerpo entumecido de la Patria el vigor sanante de ese Perdón que viene, no de la decisión heroica o interesada de nadie, sino del mismo corazón de Dios, manifestado en Jesús Crucificado.

Gestos así no se pueden imponer por decreto ni por cartas pastorales. Nacen de corazones humanos que, tal vez al cabo de una larga y dolorosa lucha y por caminos que solo Dios conoce, se abren a la gracia siempre vivificante del Espíritu.

Argentina vive, cada día, de gestos de este calibre espiritual. Si no fuera así, hace rato que hubiéramos estallado en mil pedazos. Solo que, en ocasiones, hay que expresarlo sin timidez y confiar esa palabra también a la potencia del Espíritu que obra en los corazones.

Menos revanchismo, más fraternidad.

Argentina necesita curar sus heridas.

Una de las medicinas que ofrece curación de raíz es precisamente el perdón a imagen de Jesús, de Wenceslao, de Enrique y tantos otros.

¡Gracias a la Trinidad Santísima por el testimonio de estos hijos de la Iglesia!

¡La paz con ustedes!

«La Voz de San Justo», domingo 28 de abril de 2019

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»” (Jn 20, 19).

El lugar es el mismo, pero la actitud ya no es igual. En el cenáculo, Jesús había reunido a los suyos para la cena de despedida, les había lavado los pies, partiendo para ellos el pan y compartiendo la copa. Era muy consciente de lo que se le venía encima. Sus palabras aquella noche eran graves, pero abrían el futuro a la esperanza.

Ahora, en cambio, los discípulos buscan el mismo lugar, pero los puede el miedo, tal vez la vergüenza; en todo caso, la ilusión de que las puertas cerradas los protejan.

Puertas cerradas como autodefensa. No da resultado en la vida de nadie. Mucho menos en la experiencia de fe. Jesús lo sabe, pues conoce el corazón humano. Por eso no necesita romper las puertas. Irrumpe desde dentro, sin forzar ni imponerse. Solo busca hacerse reconocer. Su sola presencia, percibida por la fe, dará la anhelada paz. Su paz y su alegría. Esas son las llaves para salir de cualquier encierro.

Así comienza cada Misa, con el saludo del sacerdote que desea la paz en nombre de Jesús. Y lo que hacemos ritualmente en la Misa es lo que pasa en nuestra vida, cuando aceptamos ser discípulos de Jesús y su Evangelio.

Es lo que Jesús está haciendo ahora mismo con su Iglesia: nosotros buscamos encerrarnos, pero Él nos comunica su Espíritu y, así, nos saca afuera, a la intemperie: “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…».” (Jn 20, 21-22).

Esa es la vida de la Iglesia cristiana. Lo fue al inicio. Lo sigue siendo ahora.

La humildad de Cristo


«¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna.»
Zac 9,9

Dios todopoderoso y eterno, tú mostraste a los hombres el ejemplo de humildad de nuestro Salvador, que se encarnó y murió en la cruz; concédenos recibir las enseñanzas de su Pasión, para poder participar un día de su gloriosa resurrección. (Oración de la liturgia del Domingo de Ramos).

Cristo: ejemplo de humildad.

En el lenguaje cotidiano, la palabra “humildad” parece ser casi sinónimo de pobreza. Un humilde es alguien que carece de bienes.

En la oración que comentamos tiene otro sentido. Abreva en la gran tradición espiritual del cristianismo que se nutre, a su vez, de la experiencia de Dios que narran las Escrituras.

Humilde es el pobre de espíritu, que se sabe en las manos de Dios. Es, por eso, profundamente libre, abierto a esa sorpresa permanente que es la vida, porque «Sorpresa» es casi un nombre de Dios.

Donde crece la humildad florece la libertad y la entrega generosa, no el apocamiento, el temor o el complejo.

Jesús lo afirma de modo explícito: Dios les escapa a los soberbios y pagados de sí. Se da a conocer, en cambio, a los humildes de corazón.

En este sentido fuerte, “el humilde” por antonomasia es Jesús. Así precisamente lo contemplamos en Semana Santa.

Así lo vemos este Domingo de Ramos: aclamado por la multitud y, a poco andar, humillado y escarnecido. Sin embargo, en una y otra situación: majestuosamente libre. En la cruz lo dirá con sus últimas palabras que son también una oración: “En tus manos, Padre, encomiendo mi vida”.

En el humilde despojo de su pasión y cruz, resplandece con más fuerza la luz de Dios de la que es portador Jesús: el amor como el verdadero poder que redime al mundo. El amor humilde que no busca dominar ni imponer, sino hacer crecer la vida.

Las celebraciones pascuales nos introducen en esa escuela de vida.

Les deseo, de corazón, una Semana Santa con Jesús.

Yo tampoco te condeno

“Señor y Dios nuestro, te rogamos que tu gracia nos conceda participar generosamente de aquel amor que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo.” (Oración de la liturgia del quinto domingo de Cuaresma).


“Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.” (Jn 8,11)

A las puertas de la celebración anual de la Pascua, los discípulos de Jesús pedimos compartir su mismo amor que lo llevó “a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.

Amor. ¿Sentimentalismo? ¿Cuestión de piel? ¿Ingenuidad?

Cuando hablamos del “amor de Cristo” nos referimos a un modo de estar parado en la vida. Tiene que ver con los sentimientos, pero también con la conciencia y, sobre todo, con la libertad.

Ese es el gran trabajo del Espíritu Santo en el corazón del hombre: transformarlo para que refleje los sentimientos, las opciones y la mirada misma de Jesús.

El relato evangélico de este domingo -un verdadera pieza maestra- expresa de manera elocuente lo que significa amar según el estilo de Jesús. Se trata del relato de la mujer sorprendida en adulterio y presentada como tal a Jesús (cf. Jn 8,1-11).

Esta mujer es llevada ante Jesús, no porque hubiera preocupación por ella, su vida e integridad, sino que el interés es usarla para otros fines aviesos: ponerle una trampa a Jesús.

En esa mujer podemos reconocer todas las formas de reducir a las personas -varones o mujeres- a objetos que se manipulan, se usan y descartan por motivos e intereses egoístas.

Jesús desarma a todos. A los acusadores con su capacidad de desnudar su hipocresía. A la misma mujer con esa frase que resume todo el Evangelio: “Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor.» «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.» (Jn 8, 9b-11).

Donde unos ven un caso y una oportunidad para hacer valer su posición, Jesús ve a una persona que no puede ser rebajada al nivel de un objeto o un instrumento, sino que debe ser respetada en su dignidad humana. También si es una persona herida por sus propios yerros. Especialmente si se trata de un “pecador”. ¿No es así como Dios, a quien Jesús invoca como Padre, trata a sus hijos más alejados?

Ese es el “estilo Jesús” de acercarse a toda realidad, especialmente a la más herida: la cercanía que da el amor que hace espacio y ofrece aliento, no condena y da nuevas posibilidades.

Reconciliación

«La Voz de San Justo», 31 de marzo de 2019

Dios nuestro, que reconcilias maravillosamente al género humano por tu Palabra hecha carne; te pedimos que el pueblo cristiano se disponga a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y una entrega generosa. (Oración de la liturgia del cuarto domingo de Cuaresma).

Una diferencia del cristianismo respecto a otras religiones, especialmente las más primitivas, es su concepción de “reconciliación”.

Reconciliar quiere decir: volver a reunir lo que se ha separado. Como concepto religioso, evoca una ruptura culpable del hombre con Dios.

De ahí que, para volver a la amistad perdida, el pecador tenga que recorrer un camino penitencial arduo, oneroso y sufrido. A mayor sufrimiento, mejores expectativas de tener de nuevo el favor de la divinidad ofendida. Así, la reconciliación es obra del hombre que se gana, por el sufrimiento autoprovocado, el favor divino.

Nada de esto, sin embargo, encontramos en la Biblia, ya desde las Escrituras de Israel. Es más, su mensaje va en la dirección opuesta.

La imagen de un dios que, para mostrarse favorable, necesita que su criatura retorne a él mediante el dolor es, sin más, la de un ídolo salvaje. Es sadismo, la peor deformación de lo religioso. Más que amor y adoración, esta divinidad suscita indignación, repudio y repulsión.

Si Dios fuera así, gritar su “muerte” sería el más digno acto de culto.

Este domingo, la Iglesia en oración invoca al Padre de Jesucristo que nos ha reconciliado con Él por medio de su Palabra hecha carne. Nos muestra el verdadero rostro de la reconciliación cristiana.

La reconciliación es obra de Dios que, por amor, se hace cargo de restablecer el vínculo roto. Y lo hace abrazando nuestra humanidad herida, identificándose con todo ser humano sufriente o vulnerado en su dignidad.

No nos exige sufrimiento sino que Él hace suyo el ya de por sí inmenso dolor del mundo. Y, desde ese lugar, ofrece su misericordia como medicina que cura todas nuestras heridas.

La gran conversión de la vida es abandonar las imágenes equivocadas de Dios y dejar que nos alcance e ilumine el Rostro del Dios verdadero: el Padre-Madre de Jesús.

Eso es Cuaresma.

Creo en un Dios que espera peras del olmo

«La Voz de San Justo», domingo 24 de marzo de 2019

«Padre de misericordia y origen de todo bien, que, en el ayuno, la oración y la limosna nos muestras el remedio del pecado, mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez, para que seamos aliviados por tu misericordia quienes nos humillamos interiormente» (Oración de la liturgia del tercer domingo de Cuaresma).


«Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás» (Lc 13,9).

La sabiduría popular puede ser muy popular pero no siempre es tan sabia. Ejemplo: el dicho, repetido hasta el cansancio, de que no “no hay que pedirle peras al olmo”.

Nadie va a negar que, para buena parte de las cosas de la vida, este dicho acierta. Expresa un sano realismo ante las posibilidades, normalmente limitadas que tenemos los seres humanos. Hay condicionamientos en buena medida irreversibles que aconsejan que no pidamos peras al olmo.

La Cuaresma, sin embargo, se rige por una lógica diversa. La del Evangelio. Lo enseña Jesús este domingo. Pone en boca del empleado de una viña, lo que realmente siente Dios cuando mira al mundo y, sobre todo, al ser humano. Y, especialmente, cuando mira la impotencia humana, sus límites y -¿porqué no?- su inveterada estupidez.

Ante una higuera que no ha dado fruto y la sensata decisión del dueño de la viña de arrancarla, este labrador, conocedor de la tierra y de la potencialidad de la savia por momentos dormida, dice: «Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás» (Lc 13,9).

Cuaresma es ese tiempo, breve pero intenso, para abrir una pequeña puerta para que entre la luz en nuestra vida. Es lo que pedimos en la oración de este domingo: “el reconocimiento de nuestra pequeñez”.

¿Es indigno y humillante reconocer la propia pequeñez? Puede ser. No lo niego. Sobre todo, en algunos momentos.

Mirémoslo desde este punto de vista: reconocerse pequeño es aceptar que, junto a mí, hay otros… y hay Otro. Y que, con esos “otros”, puedo tejer una red de vasos comunicantes, por la que pasa la savia que nos resucita.

¿Me permiten una confesión de fe cuaresmal? Aquí va: “Creo en un Dios que espera peras del olmo. Amén”. Y, esa espera es potente…

Que Te conozca para que me conozca


«Dios todopoderoso, concédenos que, por la práctica anual de la Cuaresma, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él» (Oración de la liturgia del primer domingo de Cuaresma)

Nadie como Jesús ha sido tan crítico con la religiosidad reducida a práctica externa. La acusación de “hipocresía” en sus labios es un dardo de fuego que siempre da en el blanco. Hiere, inquieta y enoja. Y, por eso, salva…

Por si no lo tenemos fresco: hipocresía significa que las palabras no se ajustan a las actitudes y, sobre todo, a los actos concretos. Por el contrario, los actos contradicen los dichos.

La Cuaresma que acabamos de iniciar nos orienta: los gestos penitenciales externos (oración, ayuno y limosna) deben ser expresión de un cambio interior.

No cualquier cambio entonces, sino el que une al discípulo con Jesús, el Cristo. Y una unión que es también identificación y configuración con Él.

Es la petición que hacemos en este primer domingo de Cuaresma, arriba transcripta: conocer a Cristo y vivir según ese conocimiento de su Persona.

La oración litúrgica usa la palabra “misterio”. ¿Qué indica? Que nunca podremos sentirnos dueños de Cristo. Él siempre será más grande. Ni dueños ni -menos aún- manipuladores de su Persona o de su Evangelio para nuestros fines. Que nunca acabamos de convertirnos a Él.

La hipocresía comienza aquí: cuando alguien se siente ya hecho  y superado. Y, como lógica consecuencia, comienza a dar cabida a un ridículo sentimiento de superioridad sobre los demás. A mirarse a sí mismo con complacencia y, a los demás, con desprecio.

Cuaresma: cuarenta días para que la verdad de lo que somos aparezca más claramente ante nuestros ojos. En realidad, habría que ser más precisos: que la Verdad de Cristo nos alcance, nos posea y, así, desvele nuestra verdad.

Lo expresó con sobria elocuencia el gran San Agustín: «Que Te conozca, para que me conozca».

En el Día de la Mujer, volvamos a Jesús y al Evangelio

“Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8,1-3).

Para María Magdalena, el encuentro con Jesús significó: libertad, vida y dignidad. Lo experimentó también aquella otra mujer enferma y desahuciada que tocó el manto de Jesús. El evangelista nos dice que Jesús “se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él” (Mc 5, 30).

El encuentro con Jesús cambió la vida de esas mujeres, pero también lo afectó a Él. Ellas no resultaron indiferentes para este varón singular por su porte, su mirada y sus sentimientos. Su sensibilidad le hacía comprender a fondo el corazón humano, especialmente si herido u oprimido.

Es bueno recordarlo hoy, uniéndonos a la celebración del Día de la Mujer.

Los discípulos de Jesús, varones y mujeres, volvemos al Evangelio. Allí encontramos plasmado en forma de relato, anuncio y esperanza el sueño de Dios para nuestra humanidad: «Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer» (Gn 1, 27). Iguales en dignidad, su diversidad es una invitación a la reciprocidad.

En los pasos de Jesús, este sueño se abre camino. A varones y mujeres nos invita a seguirlo, nos incorpora a su camino como amigos y compañeros, compartiendo con nosotros su misma misión.

Y lo hace en un mundo lacerado por injusticias, discriminaciones y violencias que hieren, con particular ensañamiento, a las mujeres. Como también a los más vulnerables: los niños, los ancianos, los refugiados, y un largo etcétera.

En la raíz de toda injusticia está la voluntad de poder del que, sintiéndose impune, busca afirmarse a sí mismo reduciendo a los demás.

Jesús condenado, torturado y crucificado, hace suyo el dolor y las heridas de todas las víctimas inocentes de ese poder demoníaco. Resucitado de entre los muertos, las cicatrices de su cuerpo nos dicen que la Vida vence, cura y no deja caer en el olvido ninguna lágrima.

Como Iglesia, en esta Cuaresma y, sobre todo, en Pascua volvemos la mirada hacia Él. Hoy, más que nunca, lo hacemos con profundo dolor, vergüenza y quebranto. También entre nosotros, la mundanidad del poder como dominio ha prevalecido sobre el servicio que cuida la vida.

Acerquémonos desde aquí, con humildad y sin altanería, a las aspiraciones genuinas que animan este verdadero “signo de los tiempos” que es la lucha por la dignidad de la mujer.

Se pueden discutir palabras y conceptos. En una sociedad abierta es necesario dejar espacio para el debate y la más libre circulación de ideas y perspectivas.

Una cosa son los sistemas ideológicos con sus conceptos, símbolos y eslóganes. Ahí podemos disentir. Pero, por encima de todo, tenemos que encontrar un espacio de convergencia: el rostro concreto de las mujeres y de todos los que son víctimas de cualquier forma de injusticia o violencia.

Jesús y su Evangelio nos llevan hasta ese lugar concreto, humano y real. Volvamos pues al Evangelio. En última instancia, estamos en Cuaresma, tiempo de conversión.

Cuidar y exponer el corazón


“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45).

Las palabras importan. Y mucho.

La libertad de expresión es uno de los valores más preciosos para la vida de una sociedad, de un pueblo. Y la más amplia libertad posible. Incluso con el riesgo de rozar zonas peligrosas.

Lo vemos, por ejemplo, en las redes. A medida que van extendiendo su presencia, hasta el punto de hacer que, de manera permanente, estemos “en red”, van apareciendo también “haters”, “trolls”, “acosadores”.

¿Qué hacer?

Este domingo, el fragmento del evangelio que escuchamos los cristianos nos da algunas pistas. Podríamos decir que nos confronta con el “método Jesús”. Es sencillo, directo y, sobre todo, humanísimo.

Para Jesús, no hay otro camino que cuidar el corazón. Porque es allí donde Dios ha sembrado su bondad, su misma libertad, su compasión. El corazón es donde el Espíritu muestra toda su maestría y su calidad de artista. Es su campo de trabajo. El Espíritu de Dios trabaja para que seamos buenos como Dios es bueno, compasivos y misericordiosos como lo es el Padre.  

La bondad es contagiosa. Estar cerca de un hombre o una mujer buenos, casi sin darnos cuenta, nos hace también un poquito más buenos a nosotros. Pensemos, si no, en las personas buenas que hemos conocido y que han llenado de luz nuestras vidas. Su solo recuerdo es capaz de encendernos e iluminarnos.

Vale aquí lo que también escuchamos de labios de Jesús este fin de semana: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto” (Lc 6, 43-44). 

Vuelvo a la pregunta: ¿qué hacer ante tantas sombras de agresión que oscurecen nuestra vida?

Siguiendo el hilo del mensaje de Jesús me animo a decir cuatro cosas: 1) reconocer que también en el propio corazón anidan fuerzas agresivas; 2) exponer el propio corazón ante la mirada buena de Dios, en la oración, por ejemplo; 3) tener siempre a mano palabras buenas y amables para todos (“perdón, permiso, gracias”, como dice Francisco); y 4) pero, sobre todo, exponer el corazón haciéndonos cargo del dolor, el sufrimiento y la vulnerabilidad de los demás.

¡Buen domingo!

Voces que se multiplican en un año electoral

Hemos entrado de lleno en un año electoral. Viendo el calendario de elecciones municipales, provinciales y las nacionales, asoma realmente un fuerte vértigo. Muy argentino, por otra parte.

Seguramente se irán multiplicando las voces, tanto de quienes participan en las lides electorales como de ciudadanos u organizaciones de la sociedad civil.

Es bueno que así ocurra. Vivimos en democracia y, la argentina, es una sociedad que va creciendo en pluralidad. Queremos ser una sociedad abierta y plural, con muchas voces que se den cita en el espacio público.

La libertad de expresión -y la más amplia posible- es uno de los pilares sobre los que se sostiene la vida de un pueblo libre, de una sociedad plural y la misma cultura democrática.

Seguramente también, a ese coro de voces, por momentos un poco desafinado y caótico, se sumarán también las voces de representantes de las religiones. Obviamente, las voces de los obispos católicos, sea individualmente o en grupo (por regiones o la misma Conferencia Episcopal).

Se impone una pregunta: ¿Qué derecho y competencia tenemos los obispos católicos de hacer oír nuestra voz en materia política? Podríamos extender la pregunta a otros campos como la cultura, la economía, lo social, etc.

Intento aquí algunas respuestas breves.

1. Un obispo es, ante todo, un ciudadano. Tiene el derecho de expresarse libremente sobre cualquier tema. Incluso si no es competente para ello. ¿Podemos imaginar una sociedad abierta, libre, plural y viva sin que todos los que la componemos no hagamos sentir nuestra voz?

2. Pero, además, como ciudadano tiene el derecho-deber de inmiscuirse en todo lo que hace al bien común. Es decir, como cada ciudadano argentino, un obispo puede y debe intervenir en lo que también lo afecta a él como habitante del país. Los antiguos dirían: “res nostra agitur”, que podría traducirse: eso también nos involucra a nosotros.

3. Ahora, en cuanto obispo católico, es decir, representante autorizado de una determinada confesión religiosa, ¿puede intervenir en el debate público, sobre todo en materia política? Aquí hay que empezar a matizar.

  • 3.1. La política (como la cultura, la economía, el derecho, etc.) tienen una dimensión técnica en la que los obispos no somos competentes, en cuanto tales. Sin embargo, todas estas actividades y saberes humanos tienen una dimensión ética, pues implican decisiones libres que afectan al bien de todos. Ese es la perspectiva en la que es legítima una palabra que viene desde las religiones: intervenir en esta materia en la medida en que se juegan valores humanos fundamentales. Obviamente, aquí el discurso religioso navega en una cierta generalización. Ese es su posibilidad y también su límite.
  • 3.2. El principio de la laicidad o de la autonomía del estado secular es clave. Significa que el estado es neutral en materia religiosa y que las religiones no intervienen en la gestión política. Hoy se tiende hacia una laicidad positiva, que supere aquella visión que valora a las religiones como nocivas y, por ende, busca recortar su espacio de acción. La laicidad positiva valora el aporte a la convivencia que las religiones realizan y procura que puedan hacerlo.
  • 3.3. Claro, esto impone a las religiones algunos deberes muy importantes. Un obispo católico, por ejemplo, puede intervenir en los debates públicos ofreciendo su palabra como una voz junto a otras, tratando de formular su discurso en términos comprensibles y fundados, incluso si manifiesta el trasfondo religioso de sus afirmaciones.
  • 3.4. Aquí aparece un aspecto que, en mi opinión, todavía es flojo entre nosotros. Lo formulo en positivo: tanto un laico como un pastor católico debería poder expresar que su postura ante un tema de debate tiene, además de un fundamento racional y comprensible por todos, una dimensión religiosa. Debería, por ejemplo, poder señalar, sin temor a ser interrumpido y acallado: Creo en Dios, creo en la dignidad de la vida que, para mí como para tantos otros, viene de las manos del Creador y, por eso, además de todos los argumentos racionales esgrimidos, también estoy en contra del aborto o la pena de muerte. En Argentina, hoy, este modo de intervenir es, en los hechos, impracticable.
  • 3.5. Otra matización importante: los obispos podemos -y debemos intervenir en los debates públicos- porque tenemos una palabra autorizada para decir. Es nuestra misión. En materia social, sobre todo cuando se desciende a cuestiones prácticas y más nos alejamos de los grandes principios éticos en los que reina una gran claridad, somos conscientes de que entramos en un campo altamente contingente, relativo y, por lo mismo, opinable. Es aquí donde aparece con fuerza el perfil específico de los laicos y su amplísima libertad de acción. Para nosotros, los pastores, esto significa que debemos cuidarnos de darle a nuestro discurso un tono de autoridad que no tiene. Sería una forma de clericalismo para nada sutil y siempre invasivo de la libertad y de la conciencia de las personas. Es un valor al que hoy, nuestras sociedades plurales, son justamente más sensibles.

Termino aquí, aunque hay mucho más para decir.

Me doy cuenta de que mi discurso suena principista. Bueno, gracias a la libertad de expresión, hasta un discurso así puede ser oído por quien quiera escucharlo.

Hay que seguir caminando, pensando y hablando.