Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
«La Voz de San Justo», domingo 20 de agosto de 2023
“Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». Y en ese momento su hija quedó curada.” (Mt 15, 28).
Jesús ha cruzado la frontera, internándose en el “país de Tiro y de Sidón”. Allí es abordado por una mujer cananea que le suplica por su hija enferma. Finalmente, vencido por la fe intrépida e insistente de esa mujer, Jesús le concede la gracia.
Al entrar en ese territorio, Jesús ha cruzado mucho más que una frontera geográfica: se ha internado en el mundo de lo considerado impuro y pecaminoso. Se ha dejado incluso alcanzar por la súplica de alguien que, por mujer y por pagana, representaba todo lo que un buen varón judío debía mantener alejado de sí.
La única condición que Jesús pone es una fe viva que es, a la vez, plegaria, confianza y, sobre todo, renuncia a toda autoafirmación. La fe es también cruzar una frontera interior: la que nos saca de nosotros mismos y nos abre a la intemperie donde nos esperan Dios y los hermanos.
Todos los que se descubren en ese viaje tienen cabida en el amplio espacio del reino de Dios que Jesús ha abierto en nuestro mundo. La única forma de estar fuera es la autoexclusión: cerrarse voluntariamente a la mano tendida del Padre.
La comunidad cristiana está llamada a ser el signo visible, en este mundo de exclusiones, de esa gracia de comunión. Así es el Dios en el que creemos: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una familia abierta y acogedora, especialmente de los más pobres y heridos.
“Señor Jesús: Queremos la fe terca de aquella mujer que te arrancó una gracia, no para ella, sino para su hijita enferma. Y ayudanos a cruzar todas las fronteras que nos separan. Amén”.
Reflexiones pastorales del obispo Sergio O. Buenanueva ante las Elecciones 2019
En 2019 publiqué estas reflexiones como una orientación ante las elecciones de aquel año. Vuelvo a publicarlas sin quitar o agregar nada. Pienso que pueden ser útiles para el momento presente, delicado y difícil; pero, por lo mismo, desafiante para cada ciudadano argentino, mucho más si nos reconocemos discípulos de Jesús y su Evangelio. Ojalá sean útiles.
San Francisco, 22 de junio de 2019
Santo Tomás Moro, mártir.
A los fieles católicos de la diócesis de San Francisco.
Estimados hermanos en Cristo:
Los argentinos nos aprestamos a elegir a nuestras principales autoridades nacionales. En algunas provincias y municipios, también a las locales. Las agrupaciones políticas (partidos y coaliciones) han terminado de formular las listas de candidatos. Tenemos por delante las PASO, la elección general y una eventual segunda vuelta.
Este nuevo acto eleccionario tiene lugar en el contexto de un país cuya cultura democrática viene afianzándose desde 1983. Podemos señalar altibajos, errores y carencias, pero también logros. Como sociedad hemos logrado salir de noches muy oscuras de violencia política. En buena medida, hemos aprendido a resolver nuestros conflictos con las reglas de la democracia republicana. Está vigente en Argentina el estado de derecho consagrado por nuestra Constitución. Somos ciudadanos libres en una sociedad plural, con muchas instituciones vigorosas y con capacidad de futuro. Seríamos injustos si no lo reconociéramos o solo enumeráramos fracasos. Sería además peligroso, en un contexto global de crisis de la política.
Tenemos, sí, una deuda social que no nos deja tranquilos: la pobreza estructural que afecta a millones de argentinos, especialmente a las nuevas generaciones. Tiene complejas causas y muchos rostros. Lo cierto es que no hemos logrado revertirla, con eficacia y de forma duradera, como lo vienen haciendo nuestros vecinos. Se extraña la decisión política de lograr consensos básicos en políticas públicas para superar esta situación. Por otro lado, el crimen de la corrupción nos indica que esa deuda hunde sus raíces en un problema humano de naturaleza espiritual y ética, pero también cultural e institucional.
Con estas líneas, quisiera compartir algunas reflexiones sobre nuestra responsabilidad cristiana y ciudadana de votar. Se inspiran en la enseñanza de la Iglesia y se nutren de la experiencia de un ciudadano que intenta vivir como discípulo de Cristo y pastor. Obviamente no voy a decirle a nadie a quién votar. Menos aún, a quien no votar. Comparto algunas ideas que me ayudan a preparar el rito ciudadano de entrar en el cuarto oscuro.
* * *
1. La democracia no se agota el día de las elecciones. Sin embargo, el voto es un momento estelar de la cultura democrática. Es un deber ciudadano y una responsabilidad ante Dios. Nuestro voto tiene consecuencias, también para nuestra salud espiritual. Por eso, lo primero que quisiera decirles es que no podemos desoír el llamado de las urnas. A pesar de tantas y tan fundadas perplejidades, y hasta desilusiones con la política, tenemos que ir a votar.
2. Dos relatos bíblicos me inspiran. Ante todo, la pregunta de Dios a Caín, cuando este ha vertido la sangre de Abel: “¿Dónde está tu hermano?”, con la respuesta del fratricida: “No lo sé» … ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”. (Gn 4, 9). El otro, es la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), vivo retrato del mismo Jesús que se hace prójimo de todos los heridos. Y nos invita a recorrer el mismo camino. La anti política suele ser reacción ante la mala política. Esta no se resuelve con la indiferencia sino con una participación ciudadana más vigorosa, con una fuerte motivación espiritual: somos prójimos y hermanos, responsables unos de otros.
3. La emisión del voto es un acto personal de alto contenido ético. Es una decisión de conciencia, tan responsable como comprometida y realista. El voto tiene que ser cuidadosamente pensado. Reclama la virtud de la prudencia y su modo típico de guiar la toma de decisión: ver, juzgar y obrar. Es cierto que, hoy como en otras ocasiones, puede resultar difícil decidirse. Tenemos, por tanto, que alimentar fuertes convicciones para no dejarnos vencer por el desánimo, el desinterés o la improvisación. Decidir el voto recién en el cuarto oscuro es una grave irresponsabilidad.
4. Nadie puede sustituir la conciencia. Todos tenemos ideas políticas, aunque no todos somos o queremos ser militantes. El voto, sin embargo, debe estar guiado por la autoridad de nuestra conciencia. Ella es el espacio interior en el que resuena la voz de Dios y la verdad se hace transparente a nosotros en toda su majestad. Es ella la que nos dice, contra toda postura interesada o egoísta: haz el bien y evita el mal. La conciencia obliga antes que el estado, el partido o una ideología. Y lo hace con más fuerza.
5. El discernimiento del voto se hace en el contexto concreto en el que vivimos. Parte de esa realidad y busca ser un aporte ciudadano para su transformación. No vivimos situaciones ideales, no tenemos candidatos ni propuestas perfectos, tampoco los votantes lo somos. La decisión por el bien posible, aquí y ahora, tiene la característica de todo acto libre: se abre paso en medio de límites, condicionamientos y dificultades. Por eso, a la virtud de la prudencia hay que añadir la fortaleza, la magnanimidad y un fuerte sentido realista. La consecución del mejor orden justo posible es una tarea ética que nunca termina. Nos reclama cada día, desde nuestro lugar de trabajo, en el espacio que compartimos con vecinos, amigos y conciudadanos.
6. Un voto responsable no puede decidirse por un solo tema. Debe mirar a un conjunto de cuestiones de diversa importancia. Elegimos candidatos para dos de los poderes de la república. Unas cualidades y virtudes han de pesar más en quien tiene la tarea de gestionar la cosa pública desde un cargo ejecutivo. Otras, para quien tiene la delicada misión de elaborar leyes justas para beneficio de la sociedad. En este sentido, el actual sistema electoral argentino necesita avanzar hacia estándares que sean más transparentes y respetuosos de los ciudadanos.
7. Para un católico, la decisión de cómo votar surge de mirar la realidad, en su singularidad y complejidad, a la luz del Evangelio. La enseñanza social de la Iglesia nos ofrece principios, valores y criterios que orientan ese juicio. Vale aquí el dicho: “unidad en lo esencial, libertad en lo opinable, caridad en todo”. Los principios son esenciales. Las políticas concretas para realizarlos son más contingentes y, por lo mismo, abiertas a diversas y legítimas realizaciones. Por eso, de hecho y de derecho, hay católicos en la mayoría de las agrupaciones políticas, sean de centro, de derecha o de izquierda. Así como en una sociedad plural, ninguna agrupación política agota la identidad del pueblo; ningún partido, aunque se inspire en el humanismo cristiano, puede reclamar para sí la representación de los católicos. La Iglesia reconoce, valora y respeta la autonomía del orden secular y la legítima laicidad del estado, como también la pluralidad que supone la democracia y la amplia libertad de los fieles católicos en este ámbito, particularmente de los laicos. No alienta, por tanto, partidos confesionales.
8. Para los católicos, como para otros que comparten nuestros puntos de vista, hay cuestiones éticas fundamentales. Giran en torno a la afirmación de la dignidad de la persona humana, sujeto y fin del orden social. De ella derivan nuestros deberes y derechos: a la vida, de conciencia, de libertad religiosa, de expresión, a una educación integral. Hay lesiones a la dignidad humana (como el aborto o la eutanasia) que son actos intrínsecamente malos. No pueden promoverse deliberadamente. En consecuencia, dar el voto a una propuesta que los favorezca, y hacerlo por esa precisa razón, constituiría una cooperación formal con el mal.
9. No es extraño, sin embargo, que el votante católico se encuentre en un dilema moral más complejo. Lo hemos visto en el reciente debate por la legalización del aborto. Salvo los partidos explícitamente proaborto, las demás agrupaciones, en distinta proporción, tienen idearios, militantes y dirigentes favorables a una u otra postura. Por eso, no resultaría extraño que un católico, que rechaza el aborto por convicción, se resuelva a darles su voto, a pesar de todo. Esto solo es posible por razones graves y proporcionales, discernidas en conciencia, sopesando qué otros bienes fundamentales se procuran promover y que justifican semejante elección. Se los vota no por esa razón, sino a pesar de ella.
10. Un voto responsable, por tanto, ha de surgir de la consideración de un conjunto de principios, temas y situaciones. Enuncio aquí algunos, sin ánimo de ser exhaustivo:
a. La promoción de la dignidad humana no se agota en el rechazo del aborto o la eutanasia. Supone estar atentos a trabajar por la dignidad de las personas, especialmente de quienes están en situación de riesgo. Los rostros argentinos de la pobreza, exclusión y marginación son variados. Y nos reclaman a todos. Son muchas las vidas que hay que salvar.
b. En este sentido, para un católico argentino, la opción preferencial por los pobres no es un tema opcional. Su voto debe tener una sensibilidad especial por esta problemática que afecta la vida de tantos hermanos, aun reconociendo que hay distintas miradas sobre las causas y los medios para superar la pobreza.
c. Lo mismo vale para la atención de la familia como célula básica de la sociedad, anterior al estado y sujeto original de la vida social. Sin desconocer un clima cultural hostil a la familia, manifestado incluso en un sistema legal que no nos conforma, el ciudadano católico debe trabajar por una promoción del bienestar integral de la misma.
d. Otro tanto ocurre con la educación y los grandes desafíos que supone para las familias, la escuela y las políticas educativas nacionales y provinciales. Es cierto que nos preocupa, entre otros, el impacto de las teorías del gender en el mundo educativo. No vamos a dejar de hacer oír nuestros puntos de vista. Sin embargo, la escuela necesita una renovada alianza de todos: sociedad civil, estado y organizaciones, entre las que está la Iglesia. Nuestro país ha logrado articular un sistema educativo que integra, no sin tensiones, la gestión estatal con la privada, asegurando así el derecho y la libertad de educación.
e. Para la enseñanza social de la Iglesia, el rol fundamental del estado en la gestión económica no se opone a la justa libertad de mercado, la libre empresa y la tutela de los derechos de los trabajadores. Es bueno recordar aquí el principio de subsidiariedad, tan importante en el entramado armónico de la propuesta social cristiana. También aquí, los votantes católicos tienen distintas y legítimas miradas.
f. El Papa Francisco viene insistiendo con fuerza en tres temas, íntimamente vinculados: tierra, techo y trabajo. En nuestra Argentina de hoy, estas “tres T” son cuestiones a las que no podemos dejar de atender. Sin descuidar los otros, aquí quisiera destacar la cuestión central del trabajo. En un mundo globalizado, asistimos a una transformación enorme en este campo. También aquí hay distintas y legítimas miradas de cómo implementar políticas públicas que aseguren los derechos de los trabajadores, a la vez que alientan la formación y capacitación que esta transformación requiere.
g. El Papa Francisco, retomando el impulso de papas anteriores, ha puesto el acento en el cuidado de la casa común, promoviendo una conversión ecológica para una ecología integral. Su gran encíclica Laudato Si’, tan bien acogida, contiene indicaciones preciosas. Temas como: el uso del suelo, el agua, la minería, los agroquímicos, merecen, según cada región, una atención especial a la hora de discernir las propuestas a votar.
11. Dos cuestiones importantes más: la amistad social y la democracia. Para la enseñanza social de la Iglesia, la fuerza que mueve y cohesiona a los pueblos no es el conflicto sino la búsqueda perseverante del bien, reconociendo al otro como un semejante; es más, como a un hermano. Toda tensión ha de vivirse como camino hacia una mayor amistad social en la “cultura del encuentro”, al decir del Papa Francisco. No hay sociedades abiertas y libres sin choque de intereses, tensiones y conflictos. Pero, una cosa es ahondar las grietas por una lógica amigo-enemigo; otra, muy distinta, luchar por la justicia y la dignidad de todos. La lógica de la presencia cristiana en la sociedad es la del Buen Samaritano: compasión, perdón y fraternidad.
12. La Iglesia aprecia la democracia porque asegura algunos valores que no deben faltar en ningún sistema político: la participación ciudadana, la posibilidad de elegir, controlar y sustituir pacíficamente a los gobernantes. Hoy, como ya dijimos, la democracia vive una crisis global. A los argentinos, esto supone un desafío particular. No siempre hemos apreciado ni defendido con convicción los valores democráticos. Tampoco los católicos. En este sentido, persisten aún tendencias negativas, por ejemplo, a promover liderazgos mesiánicos y autoritarios, a una democracia corporativa que desprecia las instituciones republicanas. La crisis de la política nos tiene que motivar a perfeccionar nuestra democracia, no a soslayarla, o a cambiar continuamente sus reglas, según la conveniencia. Este afianzamiento de la democracia es una meta que va más allá de la coyuntura. Mira al futuro. El voto lo debe tener en cuenta.
13. La Iglesia aprecia la democracia, pero no la idealiza. No deja de señalar que una “auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.” (CA 46). Alienta, por eso, a los fieles a cuidar la cultura democrática del país, sobre todo, aportando los valores espirituales que la sustentan. También es un aporte cuando ejerce una oposición crítica a leyes que considera injustas. En este sentido, no puede faltar -y no va a faltar- el punto de vista católico en los grandes debates de la sociedad argentina. Sumará su voz, con respeto de las reglas democráticas, a las voces presentes en nuestra sociedad. El diálogo ciudadano se verifica en diversos espacios públicos: desde los medios hasta llegar al Parlamento. El estado moderno, como recordó varias veces Benedicto XVI, vive de valores espirituales que no se puede dar a sí mismo, que están en el alma del pueblo y que merecen ser cuidados y promovidos.
Hasta aquí mis reflexiones. Las comparto tal como las he podido formular y porque amo profundamente a mi país. Me duelen sus heridas, especialmente el hecho de que no encontremos propuestas superadoras de la pobreza y el deterioro de nuestra convivencia. Soy discípulo de Cristo y pastor de la Iglesia. He sentido el impulso y el deber de compartir estas reflexiones con mis hermanos en la fe, pero también con quien quiera escucharlas y ponerse en diálogo, también crítico, con ellas.
Se las encomiendo al Señor, a María su Madre y a los santos y beatos argentinos. Como tantos otros, laicos, pastores o consagrados, han sido fieles al Evangelio y, desde su fe y amor a Cristo, ciudadanos comprometidos con el progreso de Argentina.
También evoco aquí a hombres y mujeres de buena voluntad, de otras confesiones religiosas o no creyentes que han construido con esmero, ejemplaridad y tesón nuestra Patria. Son una gran inspiración para todos.
«La Voz de San Justo», domingo 13 de agosto de 2023
“A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman».” (Mt 14, 25-27).
Siempre en camino. Ese es Jesús: el que viene “a la madrugada”, cuando la luz vence a la oscuridad. Elige venir en medio de las tormentas de la vida. Muestra entonces su rostro más genuino. Como Yahvé en la montaña: “Soy yo, no teman”.
“Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».” (Mt 14, 28-31).
Pedro no teme porque se hunde: se hunde porque lo vence el miedo. En medio de la noche y de un mar embravecido, deja de mirar a Jesús y se pierde. ¿Lo vamos a criticar si, en circunstancias parecidas, somos como él? Desde ese abismo surge la plegaria más genuina: “Señor, sálvame”. Y Jesús le tiende la mano.
Las personas, las familias y los pueblos vivimos, cada tanto, tormentas fuertes y noches oscuras. Y sentimos que nos hundimos. La fe se vuelve plegaria y le abre la puerta a la mano siempre tendida de Dios: Jesús.
“Jesús: en medio de las tormentas de la vida, también, como Pedro, te decimos: «Señor, salvanos, el miedo ha podido con nosotros». Tendenos la mano y sujetanos fuerte para que podamos levantarnos. Amén.”
Hace unos días compartí un viaje con un matrimonio un poco mayor que yo. La conversación abordó varios temas y recayó inevitablemente en el proceso electoral que vivimos. Intercambiamos dudas, fastidios, interrogantes y el dolor de esta Argentina que amamos y nos hace sufrir.
En un momento, uno de ellos manifestó que había decidido inicialmente no acudir a votar como demostración de rabia y frustración. Sin embargo, había finalmente desistido. Recordando sus años de secundaria durante la dictadura, le habían venido a la memoria los sentimientos y emociones de aquellos años, la violencia política y la sensación de peligro latente, las advertencias de sus familiares y docentes ante la represión que se ensañaba también con los estudiantes. Pero, sobre todo, lo que había significado aquel domingo 30 de octubre de 1983 cuando, por primera vez en su vida, pudo ejercer el derecho ciudadano del voto.
¿Cómo dejarse vencer por la decepción olvidando el alto precio que se había pagado por aquel paso enorme que dimos al recuperar la democracia?
Coincidimos los tres, tanto en el recuerdo, en los sentimientos y en la decisión de no faltar a la cita con el cuarto oscuro. Los tres tenemos decidido ir a votar este domingo de las PASO y en las fechas que restan del calendario electoral.
***
La Iglesia alienta la participación activa de los cristianos en la vida ciudadana. El bien común es responsabilidad de todos e interpela la conciencia de cada uno.
La doctrina social señala que el primer y fundamental cauce de participación pasa por la vida cotidiana y las responsabilidades de cada bautizado en la familia, el trabajo y la vida social. De una manera los clérigos y de otra, los laicos. Destaca también que, en la medida que sea posible, los cristianos han de participar en la vida ciudadana de la sociedad a la pertenecen; mucho más si, por vocación y misión, los laicos se sienten llamados a la política.
Por otra parte, la Iglesia reconoce claramente el derecho al voto y condena explícitamente a aquellos regímenes que impiden, condicionan o alteran de alguna manera la participación de los ciudadanos en la vida pública a través del voto o que no respetan el estado de derecho. Señala además como un valor del sistema político que, a través de las elecciones, el pueblo elija sus gobernantes, los confirme o los sustituya pacíficamente a través de elecciones libres y períodicas.
Subraya que toda forma de participación ha de ser siempre voluntaria, es decir: apela a la conciencia y a la libertad de cada uno para ejercer ese derecho. Por eso, no intima a los cristianos a acudir a votar. Tengamos presente que, en muchos países, el voto no es obligatorio como entre nosotros.
El gran principio que sustenta la vida social y la participación en la cosa pública es la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes.
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Como obispo, por tanto, solo puedo recordar a los fieles católicos que la vida ciudadana de nuestro país reclama la participación libre, voluntaria y a conciencia de cada uno de nosotros.
Si bien no puedo urgir el voto de nadie, si puedo -y es lo que hago- los invito a participar en el acto eleccionario, acudiendo a las urnas, haciendo una elección del bien posible, de los programas y las personas que consideremos que, aún en la imperfección de la política, expresan suficientemente los valores, verdades y principios que brotan de nuestra fe y de nuestra comprensión del bien común.
Es una opción delante de la propia conciencia por el bien posible, aquí y ahora, sujeta también a errores y riesgos. Es inevitable.
San Juan Pablo II recordaba atinadamente que la democracia, sobre todo cuando no respeta el estado de derecho y la dignidad humana, y se desvía por la corrupción, genera frustración y apatía. La falta de participación ciudadana tiene aquí una de sus causas: es la desilusión del pueblo que se siente traicionado en su deseo de justicia y prosperidad.
No ir a votar, votar en blanco o buscar deliberadamente la impugnación del propio voto forman parte de las posibilidades del sistema electoral de la democracia. Eso sí: son posibilidades extremas que, junto con algunos valores, abren la puerta a muchos peligros.
Así como ir a votar enojados, descreídos y desilusionados suele acarrear que terminamos eligiendo las peores opciones, no votar, hacerlo en blanco o buscar la anulación del propio voto también conlleva peligros que se vuelven sobre nosotros mismos. Vale la pena considerarlo.
Hoy -gracias a Dios- se nos ha hecho costumbre ir a votar cada tanto. Las nuevas generaciones lo han incorporado a su ritmo normal de vida. No siempre fue así.
«La Voz de San Justo», domingo 6 de agosto de 2023
“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. […] Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».” (Mt 17, 1-2.5).
Está concluyendo en Lisboa la Jornada Mundial de la Juventud. Chicos y chicas de todo el mundo se han dado cita en la bella ciudad lusa, abierta al horizonte infinito del mar, como dijo el papa Francisco.
Leyendo el evangelio de este domingo, me ha venido a la mente una pregunta infaltable en mis encuentros con adolescentes: ¿qué tiene que hacer la Iglesia para atraer a los jóvenes? Siempre me pone nervioso. Ensayo varias respuestas, pero quedo insatisfecho. Más de una vez me he escuchado a mí mismo diciendo: en realidad no sé bien qué tenemos que hacer…
Comprendo la inquietud de los jóvenes. De todos modos, creo que la pregunta merece otro enfoque. En realidad, lo decisivo es dejar que Cristo se manifieste. Él tiene luz propia. Brilla desde dentro de su humanidad transfigurada. Y esa luz, como en el Tabor, sigue cautivando al mundo con el esplendor de su belleza.
Esa luz nos alcanza cuando escuchamos su palabra. Nos toca facilitar ese encuentro, transfigurados nosotros mismos por él. Es lo único y necesario por hacer. “Cristo convence”, como decía sabiamente un teólogo católico.
“Señor Jesús, transfigurate ante nuestros ojos y alcanzanos con tu luz serena. Esa luz divina que surge de tu Persona de Hijo amado del Padre y que nos hace hermanos. Amén”
«La Voz de San Justo», domingo 30 de julio de 2023
«El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.» (Mt 13. 47-50).
Así concluye Jesús su discurso en parábolas. El mensaje es simple, realista y poderoso: Dios actúa en el mundo; está detrás de todo lo bueno que pasa. Eso sí: su obra aparece entremezclada y hasta oscurecida por tanto mal que también existe. Inútil negarlo.
Nada de todo lo bueno que existe se va a perder. Los buenos prevalecerán y, con ellos, todo el bien que pacientemente lleva adelante la historia. Y habrá justicia. Puede que, en este mundo injusto, de momento, el mal prevalezca o parezca imponerse. Pero tampoco cae en saco roto: se acumula como peso en la conciencia y, salvo el arrepentimiento movido por la misericordia divina, decidirá la suerte eterna de quien se dejó cautivar por su engañosa fascinación.
Habrá justicia. Dios sabe distinguir el trigo de la cizaña, pero también -como dice san Agustín- transformar la cizaña en trigo. Por eso, ahora hay esperanza y su poderosa fuerza para edificar la vida sobre el más sólido de los cimientos.
«Jesús: comprendemos que, en este mundo donde crecen trigo y cizaña, donde se recogen peces buenos y malos, nos hablés de la alegría de reconocer que tu Padre actúa. Ese descubrimiento es un tesoro. Es la perla preciosa por la que vale vender todo. Danos tu alegría y tu esperanza. Amén.»
«La Voz de San Justo», domingo 23 de julio de 2023
“Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa».” (Mt 13, 33).
Jesús es un observador perspicaz de la realidad. A sus ojos, lo más simple y cotidiano es capaz de hablar de lo más hondo: de un Dios que es Padre y de cómo obra en el mundo. De eso nos hablan sus parábolas, narradas con sorprendente genialidad.
Desde el domingo pasado y hasta el próximo estamos escuchando el “discurso en parábolas” que nos transmite san Mateo en su evangelio.
Me detengo en esta brevísima de la mujer que pone levadura en la masa. ¿Cuántas veces lo habrá visto Jesús? En su casa, en la de sus vecinos… Las manos diestras de su madre, de su abuela y tantas mujeres de pueblo que amasan el pan de cada día.
Así se prepara el alimento que estará en el centro de su plegaria más hermosa: “Padre nuestro… danos hoy nuestro pan de cada día”. Pero antes del pan, están la masa y el trabajo silencioso de las manos que la preparan. Y la levadura “que fermenta toda la masa”.
Dios obra así: como la mujer que mezcla harina, agua y levadura. Es la silenciosa fermentación que culmina con el pan sobre la mesa. Dios es un Padre con sabiduría y paciencia de madre: sabe amasar el misterio de la vida para que se convierta en algo sabroso. Se toma su tiempo. Sabe esperar.
“Señor Jesús: No dejés de narrarnos tus parábolas; de abrir nuestros ojos para ver la realidad. Ellas nos enseñan a descubrir la presencia y acción de tu Padre amasando nuestra vida, transformándola en algo siempre nuevo. Amén.”
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