Sí. Podemos entendernos

Los cristianos acabamos de celebrar Pentecostés: el don del Espíritu Santo.

El relato de los Hechos de los Apóstoles sigue siendo fascinante: de repente, hombres y mujeres que hablan diferentes lenguas comprenden el anuncio cristiano y comienzan a hablar y a entenderse entre ellos. Y una comprensión para nada superficial sino desde dentro y, por eso, eficaz.

Así nace la Iglesia: católica desde su origen, con capacidad para hacerse entender y de favorecer la comprensión entre personas, pueblos y culturas.

Esa capacidad viene de lo «alto»: del costado abierto del Crucificado y del soplo de su Espíritu que derrama continuamente sobre el mundo. Viene de la Trinidad.

Un bautizado, marcado con la unción del Espíritu de Cristo, será siempre un hombre y una mujer obstinadamente buscador de los corazones, las mentes y la mirada de los otros para reconocer el terreno común donde sembrar la semilla del diálogo y la comunión.

La concupiscencia nos empuja en sentido contrario: a la división, a sembrar cizaña, a echar sal en las heridas; a engañar con falsedad o a vociferar para intimidar.

Pero, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad y nos fortalece para sembrar concordia. Y, sobre todo, para no dejarnos ganar por el desaliento. Nos abre los ojos para percibir las manos de Dios que, desde lo pequeño y frágil, hace crecer su Reino en los corazones.

***

Argentina, como las otras naciones hermanas de Iberoamérica, tiene una historia de dolorosos desencuentros y luchas fratricidas. Pero también, en momentos concretos, han sabido asomar pactos y acuerdos fundamentales.

Han sido momentos tan providenciales como superadores, llevados adelante por hombres y mujeres también concretos que han sabido optar por el bien posible, incluso en medio de muchos límites y condicionamientos. Han comprendido que, en una guerra, se puede “vencer, pero no convencer”, como dijera sabiamente don Miguel de Unamuno. Por eso, han sabido ceder y apostar por el bien entonces posible. Pienso en el beato obispo Fray Mamerto Esquiú y su apuesta por la aceptación de la Constitución.

La semilla del Evangelio sigue dando frutos en nuestra Patria. Que el Espíritu Santo nos de valentía, paciencia y, sobre todo, un amor grande para trabajar por el bien común de las generaciones por venir.

Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
20 de mayo de 2024
María, madre de la Iglesia

El Espíritu de la Verdad

«La Voz de San Justo», domingo 19 de mayo de 2024 – Solemnidad de Pentecostés

“Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: «Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes».” (Jn 16, 13-16).

En el cuarto evangelio, la palabra “verdad” indica una Persona, más que una idea o un sistema de pensamiento. Jesús es la Verdad, porque solo Él ha traído a Dios al mundo, mostrando su verdadero rostro.

No se trata de un hecho del pasado que traer a la memoria o el fruto de una investigación arqueológica. Es una Persona real que habla, se muestra e interpela, aquí y ahora. La misión del Espíritu “de la Verdad”, como lo llama Jesús, es precisamente hacerlo presente en la vida de las personas para que se conviertan en sus discípulos.

Por eso, un aspecto fundamental de esa misión es hacer que la comunidad de discípulos -la Iglesia- vaya entrando más y más en esta Verdad.

Pero ¿cómo se entra en relación con esa Verdad? El camino es una fe exquisitamente libre, a la vez personal y comunitaria. No se trata de un logro de nuestro ingenio, sino de una Verdad que nos conquista con su propia fuerza de atracción.  La verdad en la que nos introduce el Espíritu es la que ha resplandecido, luminosa y humilde, en Pascua: el amor hasta el extremo.  

“Ven a nosotros, Espíritu Santo. Que nuestra Iglesia sea espacio de libertad para que podamos dar una gozosa respuesta personal al Dios amor que Jesús ha traído al mundo. Amén”

Dos bienaventuranzas para nosotros

Fiesta patronal diocesana en honor a la Virgen de Fátima – 13 de mayo de 2024

“Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican».” (Lc 11, 27-28).

Dos bienaventuranzas, un poco contrapuestas; las dos se refieren a María, la madre de Jesús; pero, las dos nos atañen a nosotros.

***

¿Qué, de lo que ha oído y visto, ha movido a aquella mujer del pueblo a “piropear” de esa manera a Jesús y a su madre? Tal vez, ella misma es mamá y presiente el orgullo de aquella otra madre de este hijo tan singular.

Claro, ha visto a Jesús expulsar un demonio mudo. Habrá escuchado cómo algunos le bajan el precio a este hecho (“Este expulsa a los demonios con el poder de Belzebul…”); pero, también, cómo Jesús ha respondido: “Pero, si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.” (Lc 11, 20).

Habrá escuchado con atención las palabras misteriosas con las que Jesús cierra la discusión con sus críticos, intuyendo la honda experiencia que Jesús tiene del corazón humano, sus fragilidades y su vulnerabilidad al poder del mal: “Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: «Volveré a mi casa, de donde salí». Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio” (Lc 11, 24-26).

Sí, eso es lo que nos pasa a menudo, habrá pensado para sí esta mujer, sintiendo el deseo de gritarle aquella bienaventuranza que comentamos como una “saeta” directa a su corazón.

Contemplando con esta mujer del pueblo las acciones y palabras de Jesús, también nosotros sentimos que el Señor sabe qué abrumador es el peso del mal en la vida de las personas, de los pobres, en la historia del mundo.

¿No es nuestra experiencia cotidiana? ¿No somos “expertos”, con la experiencia que da la vida, en la fuerza abrumadora del mal que escapa a nuestro control y nos vuelve impotentes? Y el mal en todas sus formas…

Pero, por encima de todo, Jesús sabe expulsarlo haciendo presente el poder de Dios en el mundo, jugando a nuestro favor y devolviendo humanidad (“la fuerza del dedo de Dios”, ha dicho, devolviendo vida, libertad y humanidad a un pobre hombre en poder del mal).

Sí, el mal existe, es oscuro y pesado; y el mal moral en su máxima expresión: el pecado. Es más: puede con nosotros; por eso, Jesús nos ha enseñado a orar: “Padre…no nos dejes caer en la tentación.” (Lc 11, 2.4). El Padre no nos abandona. Su poder bueno sabe abrirse camino, entrar por los entresijos enmarañados de nuestra vida y liberarnos del mal.

Su palabra, sus gestos de cercanía y, sobre todo, su persona “pueden” con el mal que deshumaniza.

Nosotros también contemplamos a Jesús con aquella mujer -decíamos- y no podemos dejar de “piropear” a la mujer madre que lo aceptó libremente en su vientre y lo alimentó con la leche de su humanidad.

Hoy, nosotros como Iglesia diocesana, saludamos así también a María.

***

Jesús retruca a la mujer que lo ha piropeado: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11, 27). Y esa bienaventuranza que le sale de adentro es para nosotros, pero también alcanza a la mujer que, antes que nadie, la ha vivido a puro Evangelio.

Y Jesús no se enojará si, tomando de sus labios y de su corazón esa preciosa bienaventuranza, nosotros la hacemos nuestra, agregando lo que tenemos esta tarde en el corazón y refiriéndola explícitamente a María.

Es casi como una oración. Es, realmente, una plegaria a María

Sos bienaventurada, Madre, porque has dejado crecer en vos -en tu vientre y en tu corazón- la Esperanza de Dios.

Y la has has alimentado, escuchando cada día la Palabra de Dios, en el silencio de tu oración, en la contemplación amorosa de Jesús, el hijo que crecía en tu vientre purísimo y que aprendió a decir Abba, tomando esa ternura de tus labios y de tu corazón.

Esa Esperanza ha crecido también en tu vida, cuando, movida por el Espíritu, sin demora, has acudido a servir a Isabel como humilde servidora. Has comprendido así que el Padre de Jesús, el Hijo bendito de tu vientre, es Padre de los pobres, el Dios que siempre está del lado de los humildes, de los oprimidos, de los hambrientos y descartados. Él es su mayor riqueza y esperanza.

Por eso, no podemos dejar de suplicarte: enseñanos a nosotros, torpes y mundanos, a alimentar esa misma esperanza en nuestros corazones.

Por eso, educanos en la escucha cotidiana de la Palabra que nos ilumina, nos hiere moviéndonos a la conversión y nos salva.

Pero, sobre todo, enseñanos a llevarla a la vida, a vivir el Evangelio, porque solo en ese terreno concreto, por momentos árido, pero también ávido de fecundidad, puede crecer la semilla del Evangelio.

Solo cuando, con vos y como vos, vivimos el Evangelio terminamos de comprenderlo, de apreciarlo en toda su verdad y nos dejamos llevar por el Espíritu que la Palabra trae a nuestra vida.

Porque la escucha de la Palabra solo culmina cuando se hace gesto, actitud, sentimiento y vida. Pero, sobre todo, cuando la comunicamos a otros para que compartan nuestra esperanza y la alegría que trae consigo.

Así alimentados por la Esperanza que es tu Hijo Jesús, nosotros alimentemos la esperanza en el corazón de nuestros hermanos.

Que nuestra Iglesia diocesana, peregrina de la Esperanza, sea también misionera de la Esperanza que es Cristo y su Evangelio.

Que alimentemos la esperanza en el corazón de los pobres, de los que se sienten solos y desanimados, de los más alejados y pequeños. Si lo hacemos, como vos, vamos a experimentar que, en ese intercambio de esperanzas compartidas, el Dios de los pobres alimenta y robustece nuestra esperanza.

Amén.

La ascensión de nuestra Esperanza

«La Voz de San Justo», domingo 12 de mayo de 2024

“Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.” (Mc 16, 19-20).

“Llevado al cielo” y “sentado a la derecha de Dios”. Con estas imágenes vivas, el evangelio de este domingo nos dice que Jesús, superada la muerte, ahora goza de la vida divina.

Para eso vino a nosotros desde el Padre e hizo suya nuestra frágil condición humana: para transformarla desde dentro y llevarla a su plenitud. Y, de esa manera, darle un fundamento sólido a la esperanza que anida en el corazón humano: no, nuestra humanidad no está destinada a la perdición o a la nada; ella tiene futuro y, lo que no puede por su fragilidad, Dios se lo da por su amor creador y redentor.

Nada de lo genuinamente humano se va a perder si es asumido por Cristo, si entra en comunión con Él, que resucitó y comparte con el Padre la vida plena.

El evangelio además subraya que esa esperanza no se puede enmudecer: Jesús es el Señor, está con nosotros, acompaña y sostiene el peregrinar de su Iglesia por los caminos de la historia. Para quienes somos sus discípulos, esa esperanza viva toma la forma del anuncio gozoso del amor de Dios manifestado en Jesucristo. Un anuncio para todos y a toda la creación.

“Señor Jesús: Vos sos nuestra esperanza. Una esperanza que no defrauda, porque ha triunfado por encima de todo condicionamiento, fragilidad y muerte. Vos inspirás y sostenés con tu presencia viva toda obra buena, toda palabra amable y todo gesto generoso. Con Vos también nosotros ascendemos al cielo. No podemos callarlo. Amén.”

Pongamos a dieta los guiones de Misa

Cuando los padres de Trento tomaron la difícil decisión de que el culto católico siguiera siendo en latín, previeron que, atendiendo a las necesidades del pueblo, los sacerdotes introdujeran oportunos comentarios que explicaran los ritos.

Al parecer, nunca se concretó esta decisión.

Hemos tenido que esperar al Concilio Vaticano II y su gran reforma litúrgica para que, además de la progresiva introducción de las lenguas vernáculas en el culto, se concretara esta disposición.

Recordemos la meta final: aquella actuosa participatio (participación activa) que es mucho más que “intervenir” en la liturgia haciendo cosas, sino un encuentro vivo con el Misterio de Cristo. Los signos visibles (palabras, gestos, cantos, etc.) nos deben llevar al misterio invisible de la Gracia divina.

De ahí la importancia del ars celebrandi: el arte de celebrar bien el culto divino, dejando espacio real al verdadero protagonista de la liturgia: Cristo que, en el Espíritu, glorifica al Padre y nos santifica, configurándonos con Él.

El sujeto “Iglesia” celebra “por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo”.

Es bueno recordar aquí aquel gran criterio patrístico que nos ayuda a encontrar la medida justa del arte de celebrar: aquella “sobria embriaguez del Espíritu”, que convoca los sentidos para que abran nuestro espíritu a la alabanza trinitaria. Y eso es un arte, más que una fría técnica: ni reprimir los sentidos, haciendo de la liturgia un acontecimiento fríamente racional; ni exaltar de tal manera las emociones primarias que todo quede en una vivencia puramente sentimental que nos cierra a la voz suave del Espíritu.

Lo repito: arte, no técnica. Pero ¡ánimo! Tenemos de nuestra parte al gran artista de la Trinidad: el Espíritu Santo. Él sí que sabe trabajar estas cosas. Además, están las sabias orientaciones de la Iglesia, recientemente renovadas por el magisterio conciliar. Hay que dejarse llevar, con humildad y perseverancia.

Y, si de magisterio hablamos, escuchemos una página que se refiere al tema que tratamos.

La Ordenación General del Misal romano, por ejemplo, al describir algunas funciones litúrgicas, señala en el nº 105 b:

«El guía que, según las circunstancias, propone a los fieles breves explicaciones y admoniciones para introducirlos en la celebración y disponerlos a entenderla mejor. Es necesario que las admoniciones del guía estén preparadas mesuradamente y sean claras en su sobriedad. Al cumplir su función, el guía permanece de pie en un lugar adecuado frente a los fieles, pero no en el ambón.«

Lo que vale para la liturgia de la Misa vale para toda celebración. Pienso que tenemos que revisar cómo estamos viviendo estas cosas. Creo sinceramente que se nos han salido de madre, tomando una dirección que no nos está ayudando.

Una anécdota entre muchas. Hace algunos años, presidía la Vigilia Pascual en la catedral de San Francisco. Llegado el momento de la liturgia de la Palabra (tan especial en esa noche), hubo tres introducciones: la que el Misal prevé para ser dicha por el que preside, la monición del guía a ese momento de la Vigilia y -también del guía- la que introducía la primera lectura.

¡Tres moniciones con parecida finalidad!

Suelo decir -con un poco de ironía y humor- que nuestros guiones se han transformado en “una Misa dentro de la Misa”. Por eso, me parece que tenemos que poner nuestros guiones a dieta y adelgazarlos un poco (o bastante, según los casos).

Hay que volver a la indicación que nos da la Ordenación General del Misal romano que hemos citado arriba, atendiendo a cómo adjetiva las moniciones: breves, mesuradas, sobrias, y -esto es clave- dirigidas a disponer a los fieles a vivir la celebración.

El dinamismo interior de las celebraciones litúrgicas, con su riqueza de momentos, símbolos y acciones rituales, es suficientemente elocuente por sí mismo para hablar al corazón, despertar la fe y favorecer la comunión con el misterio que celebramos. Las intervenciones deben integrarse en esa dinámica, no sustituirlas o -peor aún- anularlas.

He notado que, para algunos agentes de pastoral -sacerdotes incluidos-, bien intencionados, pero poco formados, de lo que se trata es de despojar de elementos simbólicos a la liturgia para hacerla más sencilla o incluso popular. Lo que suele ocurrir es que, mientras se despoja a la celebración de su riqueza simbólica, se incrementan las intervenciones habladas. La noble sencillez que el Concilio Vaticano II auguró para las celebraciones no implica despojar de símbolos a los ritos litúrgicos con que celebramos nuestra liturgia.

Los argentinos tenemos una expresión que aquí cabría utilizar: nos volvemos “lateros”, alargando los discursos, saturando de palabras la celebración y volviéndola insoportable.

***

 Bueno, después de toda esta “lata”, paso a dar algunos tips para esa dieta que adelgace nuestros guiones.

  1. Regla de oro: moniciones breves, claras y sobrias, dirigidas, sobre todo, a generar la disposición de la asamblea litúrgica para vivir el misterio. No buscamos aclarar ideas, sino favorecer actitudes.
  2. Eso significa que no tenemos que pedirles a nuestras moniciones que hagan lo que tiene que hacer, por ejemplo, el que tiene a su cargo la homilía: volver sobre el mensaje de las lecturas escuchadas y, con ese mensaje, llevarnos al encuentro con el Señor presente en la celebración.
  3. Al inicio de la Misa, y para disponer a la asamblea, el guía introduce con una monición breve para genera el clima de fe que necesita la liturgia: hace patente el valor de reunirnos para celebrar, invita a disponer el corazón y, en todo caso, señala el canto que abrirá la celebración litúrgica. Nada más. No resume el mensaje de las lecturas, como en un adelanto de la homilía.
  4. Si hubiera una ocasión especial, por ejemplo, una Jornada mundial, la fiesta patronal o una intención o circunstancia particular, recomiendo hacerla en la monición que puede seguir al saludo inicial. O lo hace el sacerdote que preside o el guía, pero siempre breve, clara y austera, sin extenderse en explicaciones y comentarios que, en todo caso, van en la homilía.
  5. Es recomendable que la monición que introduce a las lecturas sea una para todas. No tenemos que adelantar lo que las lecturas nos dirán, pues ellas -san Pablo, por ejemplo- suelen hacerlo mejor que nosotros. La monición comienza invitando a las personas a tomar asiento, espera que todos estén sentados y sencillamente invita a escuchar con fe la Palabra de Dios. En ocasiones basta que solo invite a tomar asiento (es lo que yo prefiero).
  6. Una indicación para el salmista: diga en voz alta, clara y firme la antífona y responda con el pueblo, también después de cada estrofa. En ocasiones, la antífona es un poco complicada para recordarla. El salmista debe ayudar al pueblo a responder.
  7. La oración universal o de los fieles merece alguna clarificación particular. Al redactarlas, téngase en cuenta este criterio: se debe enunciar cada petición en tercera persona; es el pueblo el que ora a Dios directamente. No se deben redactar, por ejemplo, así. “Padre, te pedimos tal o cual cosa”. El guía formula la petición, pero es la asamblea la que dialoga con Dios. Ejemplo: “Pidamos al Padre por nuestro papa Francisco y nuestro obispo para que sean fieles a la misión recibida. OREMOS”. Y toda la asamblea responde (mejor, cantando): “Padre, escucha nuestra oración”.
  8. No formular demasiadas peticiones. No más de cinco o seis, como dice Jesús: el Padre, que ve en lo secreto, sabe lo que necesitamos. Pocas palabras, pocas palabras.
  9. Para el resto de las moniciones (presentación de ofrendas, comunión y despedida) vale lo que hemos dicho antes: brevedad y dirigidas a las actitudes más que a desarrollar ideas. En la presentación de ofrendas, se puede destacar el sentido de nuestro aporte material. Y no olvidar la invitación a los cantos procesionales, indicando, allí donde sea oportuno, qué canto hacemos y dónde encontrarlo.

Aquí me detengo, espero que estas reflexiones sean útiles. Las subo a mi blog y mis redes, esperando los aportes, resonancias y comentarios que quieran hacer.

Chau,

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco domingo 5 de mayo de 2024

El amor más grande

«La Voz de San Justo», domingo 5 de mayo de 2024

“Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn 15, 12-13).

«La sociedad de la nieve»

La palabra “amor” está desgastada. Tanto como la palabra “Dios”. Sin embargo, no podemos eludirlas de nuestro lenguaje. Si lo hiciéramos, correríamos el riesgo de diluir nuestra propia condición humana.

Los primeros cristianos echaron mano del término “ágape” para expresar la novedad de Jesús. No usaron “eros” (atracción sexual), ni “filía” (amistad). No porque indicaran cosas pecaminosas, sino porque la experiencia de Jesús colmaba por desborde el amor erótico o de amistad. Es lo que expresan las palabras evangélicas arriba citadas.

Nadie puede eludir la llamada del amor. Todos estamos invitados a madurar precisamente centrando nuestra persona, con todas sus capacidades, fuera de nosotros mismos: en los otros. La fuerza y belleza de la atracción, del placer y de la amistad alcanzan su cumbre cuando me trasciendo en los que amo: Dios y los demás.

Ese es el camino de la libertad más auténtica. Ese es el amor más grande, según Jesús. El amor que él encarnó, el que nos invita a vivir y el que anima la vida de tantos hombres y mujeres en este mundo nuestro, en ocasiones oscuro y violento.

Termino citando al gran Benedicto XVI que inspiró mis reflexiones de este domingo: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Dios es amor 1).

“Señor Jesús: enseñanos a amar como Vos nos amaste. Amén.”

Uno que sabe podar

«La Voz de San Justo», domingo 28 de abril de 2024

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía […]” (Jn 15, 1-2).

Puedo ver todavía a mi padre con la tijera de podar haciendo el trabajo del que habla Jesús: podando el parralito de nuestra casa en Mendoza. Y otras plantas también. Cortar y dejar casi peladas las ramas. Y, de esa manera, la poda logra que la vitalidad que lleva dentro la vid se concentre, preparándose para estallar en sarmientos y racimos cuando llegue el momento oportuno.

Otro recuerdo: el horno de barro en el fondo de casa caldeado por los sarmientos secos, arrancados del parral. Y las fuentes con las empanadas.

En ocasiones, meditando este Evangelio, me pregunto: ¿Dios me estará podando o cortando para el horno? Me consuelan estas palabras de Jesús: “La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.” (Jn 15, 8).

El que está empeñado en que demos fruto es Dios Padre. El que nos envió a su Hijo y a su Espíritu para compartirnos su alegría. Esa es su “gloria”, es decir: la manifestación luminosa de su ser divino que es amor, misericordia, vida y resurrección.

Vuelvo a mi pregunta: ¿poda u horno? No digo que no valga, solo que, para Jesús, lo más importante es confiar y entregarnos. Dios es Dios, y es Padre, el que siempre espera. Y, por eso, nos poda. Nos toca dejarnos podar.

“Padre bueno: espero ansioso que, con tus manos bondadosas, podés mi vida: que cortés lo que no sirve y que, con esa poda, triunfe en mí la vitalidad que me has regalado en el bautismo. Sabés que lo necesito. Amén.”

Una monja benedictina y unos curas diocesanos de retiro

A propósito de los Ejercicios Espirituales del Presbiterio de San Francisco 2024 predicados por la Hna. María Luz osb

“Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.” (DV 8).

Con la asistencia del Espíritu Santo, la Iglesia “va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.” (ídem).

****

Estas palabras de la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II me han venido al corazón, una y otra vez, a medida que transitábamos los Ejercicios Espirituales del Presbiterio de este año 2024, dirigidos por una monja benedictina de la Abadía «Gozo de María», la hna. María Luz osb. 

Tuvieron lugar en la Casa de Retiros “Betania” del lunes 8 al viernes 12 de abril de este año.

Siempre me ha gustado imaginar la Tradición viva de la Iglesia como un caudaloso río que nace en las alturas de la montaña, pero que, cuando llega a la llanura, el ímpetu inicial toma la forma de un caudal sereno pero fuerte y profundo, paciente y constante y que, de esa forma va irrigando y fecundando las tierras por las que dibuja su curso. 

Su caudal lo forman la tradición apostólica a la que se van sumando las innumerables tradiciones espirituales, apostólicas, teológicas, místicas, sociales y culturales que muestran el rostro luminoso del humanismo cristiano que prolonga en la historia la Encarnación y la Pascua.

De ese caudal forma parte la tradición benedictina con su modo tan propio y sabroso de leer a Dios en la lectio divina de las santas Escrituras, su teología mística y afectiva, su vivencia profunda del servicio divino en la liturgia uniendo mente, labios y corazón, su hospitalidad generosa y católica, pero que, cuando se expresa a través del genio femenino adquiere una elocuencia particularmente bella e incisiva.

¿Puede una mujer, monja contemplativa, benedictina en este caso, guiar una tanda de Ejercicios a un Presbiterio (obispo y presbíteros), varones todos ellos empeñados en la labor apostólica?

Sí, puede. Claro que puede. De hecho, es lo que hemos experimentado en estos días. Los testimonios que abajo transcribo dan cuenta de ello. Con la elocuencia de la realidad esa pregunta se responde cabalmente.

Y, si no bastara o no convenciera la experiencia vivida, vale también argumentar un poco, sin perder de vista la fuerte vivencia que hemos tenido en estos Ejercicios.

Los sacerdotes somos, ante todo, hombres y discípulos. O intentamos serlo. Buscamos a Dios, tenemos sed de Él, anhelamos ser iluminados por su Rostro… y esto, como le ocurre a todo ser humano que camina la historia. 

Y somos hombres y discípulos en un tiempo como el nuestro en el que muchos de nuestros hermanos y hermanas, tal vez en el seno de nuestras propias familias y red de amigos, saben de sobra lo que es vivir sin Dios, sin un Dios vivo ante el que llorar, gritar, orar o bailar. 

Somos pastores en un tiempo y en una región fuertemente galvanizados por un secularismo penetrante, frío e inhumano. 

Por eso, sentimos el deseo del infinito. Sentimos la necesidad del cielo. Y esa fibra íntima de nuestro ser ha tocado la monja con sus meditaciones, pero, sobre todo, con la propia experiencia espiritual que transmitían sus palabras, tanto como su presencia.

Personalmente fui tocado de manera muy intensa por la meditación sobre el Cantar de los Cantares, cuya lectio hizo vibrar el deseo de Dios. Tuvo como título: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”

Una monja o un monje, aun considerando todo lo que los distingue de un laico, de un obispo o un cura, tienen, sin embargo, muchos más puntos en común. Es mucho más lo que los une que aquello que los separa. 

Una monja o un monje viven radicalmente algo que no puede faltar en el corazón de la experiencia espiritual de todo bautizado, también de aquellos que tenemos una vocación apostólica: somos del Señor y para el Señor, y nuestra misión es abrir el mundo a la acción del Espíritu. 

Aquí me detengo, aunque podría continuar desgranando tantas cosas vividas. Dejo paso al testimonio de mis hermanos curas, porque hablan con más elocuencia que la mía.

Solo añado esto: nos ha hecho mucho bien, según el Evangelio, vivir este tiempo intenso de oración. Por eso, gracias sean dadas a Dios por nuestro Señor Jesucristo en el Espíritu Santo. Amén.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

23 de abril de 2024

***

Testimonios de algunos de los presbíteros que participaron de los Ejercicios Espirituales 2024

“La experiencia personal en el retiro del Presbiterio 2024 ha sido, para mí, de consuelo y aprendizaje para abrazar la contemplación en mi vida ministerial. El acompañamiento de la hna. María Luz como madre espiritual, mujer de fe y monja ha tenido la pedagogía de una maestra espiritual que nos ayudó a vivir, desde la Palabra, la belleza del Resucitado”

***

“En este retiro estoy viviendo la experiencia de recibir, por desborde, la sabiduría que es fruto de la contemplación del misterio de Dios, de la lectio divina, de la meditación, de la enseñanza de los santos. Creo que a través del servicio de la hna. María Luz, de su presencia, uno puede palpar y redescubrir la belleza y la importancia del carisma de la vida contemplativa en la Iglesia. 

Es una gracia muy grande que me da claridad del discernimiento, confirmación y una invitación clara a la conversión en algunos aspectos de mi relación con Jesús. Y también la riqueza de las meditaciones que me siguen dando pasto para seguir rumiando durante todo el año”.

***

“Mi experiencia de esta semana del retiro es volver a la parroquia con más gusto y deseo de hacer la actividad desde la oración personal diaria, haciéndolo en el silencio y llevando lo que vive la gente, lo que uno escucha en la atención a las personas, llevarlo a la oración y en el silencio sentir ese gusto del abrazo de Cristo por cada uno. Silencio, oración y la realidad de lo que vive la gente”. 

***

“En estos días de especial intensidad espiritual he encontrado cómo en la Iglesia siempre hay quienes, con su modo de buscar a Dios, nos estimulan, nos empujan, nos alientan. Son días para ver con más claridad algo de lo cual estamos convencidos, pero que a veces se nos desdibuja: solo Dios basta. Con la ayuda de las meditaciones de la hna. María Luz, con todo lo que externamente se ofrece, con el silencio necesario, con actitud de acogida y apertura de mi parte, el buen Dios ha echado más leña al fuego en el deseo de seguir buscando su Rostro. 

Las meditaciones sugeridas me llevaron a seguir encontrando a Dios en el Rostro de Jesús, a confirmar lo que muchas veces he pensado: no creo en Dios, creo en el Dios de Jesús. En la meditación sobre la misericordia he pensado en la belleza de esta convicción: curar heridas está en el centro de nuestro ministerio como lo hizo Jesús; pero esa es también la fuente de nuestra curación. Aliviando nos aliviamos. Una vez más puedo confirmar que el ejercicio del ministerio es fuente de santificación”. 

***

“En esta semana que nos ha precedido el domingo de la misericordia, en el retiro la hna. María Luz nos ha manifestado la presencia de un Dios misericordioso, cercano, que acompaña. Presencia que muchas veces, en lo personal, necesitamos acrecentar para poder ser reflejo de esa misericordia del Padre. 

Gracias hna. María Luz por tu hondura espiritual que nos ha manifestado el Rostro de este Dios amoroso y misericordioso”.

***

“- La reflexiones que nos propuso la Hna Maria Luz, han sido para mí un baño sereno de luz pascual durante esta semana. 

– Me hizo muy pero muy bien escuchar el misterio de Dios narrado por una mujer consagrada. Develó con más profundidad y hondura aspectos del Misterio, a los que sólo ellas, en compañía de la gracia, pueden llegar.

– Sentí que sus reflexiones son totalmente creíbles, primero porque brotan de un corazón que es y se manifiestan en todas sus acciones, palabras y miradas, CREYENTE (CREE)

– Creo que fue la primera “predicadora” a la que no se la presentó con títulos académicos, “carrera eclesial”, o logros meramente humanos. Monja, benedictina, mujer buscadora de Dios; eso basta. Me hizo mucho bien que “eso basta”.

– Sus reflexiones más que de elucubraciones teológicas,  las viví como una “lectio divina intergratur in vita tua”.

– Mes asombró libertad de moverse dentro la “nube” del Espíritu, fue una revelación e invitación de un corazón creyente que bebe, como Elías, frecuente el agua fresca del arroyo.  1 Reyes 17, 4-6

– Exprimenté la sorpresa de su trato tan familiar con el Señor, “como quien habla cara a cara con un amigo” Ex 33, 11

– Vivencié el estupor, en cada una sus palabras, de toda la Sagrada Escritura atravesada por el misterio de Cristo, que da cumplimiento a las promesas del Padre.

– Deja en mí una renovada invitación a volver a creer, con más frescura y libertad.

– Confirmó intuiciones y mociones del Espíritu en este último tiempo en mi vida y despertó, porque a veces como los discípulos nos dormimos, la búsqueda y la sed de Dios que me invita a estar siempre en vela y vigilante para no caer en el sueño adormecedor de la mundanidad”.

***

“Muchas gracias, hna. María Luz. Bendigo a Dios, porque todos estos días de oración. En verdad que fuiste fiel a lo que dijiste el primer día de los Ejercicios Espirituales. Recuerdo que dijiste: «vengo a compartirles mi experiencia de oración». Y creo que ahí estuvo la riqueza de la gracia de estos días: que una monja de clausura abra su corazón para compartir, de una manera simple, pero a la vez honda, profunda, su experiencia, su vivencia de oración, su lectio, con todo lo que encierra la riqueza de ser mujer y consagrada a Dios. Me han hecho mucho bien todas tus meditaciones, pero debo confesar que la del Cantar de los Cantares me ha dejado trastornado. Esa propuesta de buscar, encontrar, perder y volver a encontrar a Dios, llenó de entusiasmo y me movilizó el corazón, mi corazón de cura. 

Me quedo con una imagen de las tantas que presentantes en estos días que, al decir del papa Benedicto, era un hombre tironeado por dos amores: el amor a Dios y el amor al pueblo. Creo que no hay nada más hermoso que se pueda decir de la vida y del corazón de un sacerdote: que este tironeado y movido por esos dos amores: Dios y el pueblo. Es por eso que me uno al salmo 115, y a vos, hermana, para decir a Dios: «¡Cómo te pagaremos todo el bien que nos hiciste!»”

***

“Doy gracias realmente a Dios porque estos días fueron, para mí, maravillosos. Uno de los retiros más lindos de mi vida, sobre todo, para esta etapa que me toca vivir. Doy profundamente gracias a Dios, y pido al Espíritu Santo de poder aprovecharlos todos estos mensajes, todas estas experiencias, todas estas gracias para esta etapa de mi vida. Doy gracias a esta querida diócesis, a este Presbiterio, y a esta hermosa hermana que nos ha ayudado a meternos allí, donde nació todo, en la historia de la humanidad, y nuestra propia historia. Estoy profundamente agradecido. Dios es amor.”

***

“Creo que el retiro ha sido la respuesta de Dios a lo que compartíamos en la conversación espiritual en la jornada de la Misa crismal, donde iniciamos este diálogo en torno a la oración y, en aquel momento, entorno a dificultades y desafíos que se planteaban. Creo que María Luz ha sido el instrumento de Dios para responder, y responder con creces, al planteo que nos hacíamos. Su sabiduría, su santidad, su familiaridad con la Palabra de Dios, el toque de lo femenino, que considero que ha sido muy importante, ha ayudado a vivir profundamente estos días de retiro. 

Cuando digo ‘profundamente’, creo que tanto en lo personal, en la oración, en la reflexión, en el clima interior con el que lo pude vivir, y también en el clima fraterno que hemos vivido en cada uno de los momentos, aun en aquellos momentos en que nos cuesta más el silencio, creo que hemos podido vivir intensamente. Doy gracias a Dios.”.

***

“Fue un retiro muy suave, ‘suave’ en el sentido de que la Palabra fue cayendo como esa llovizna de estos días, suavecito en nuestro corazón, a través de la suavidad y la ternura de esta mujer, tremendamente enamorada de Jesús y de su vocación. Y así, con la suavidad y la ternura propia de una mujer, me fue llevando hacia el encuentro con Jesús, me puso frente a Jesús, y a esa realidad tremenda de decirle sí constantemente, de optar cada día por él y su Evangelio. Fue ayudándome a entrar, suavemente, despacito, en esta oración para que Jesús entre en mi corazón, suavemente, y pueda hacer su obra. Muchas gracias por eso”. 

***

“El retiro me dejó a las puertas del misterio que, sin dejar de ser misterio, es, sobre todo, cercanía. Ahora me toca entrar diariamente en él de la mano de María y de José.”

Buena salud de nuestra democracia

Esta mañana he posteado en las redes estas breves reflexiones sobre la Marcha Federal Univesitaria que se está desarrollando por estas horas en nuestro país.

Nuestra democracia tiene normas escritas que regulan su vida. Es la delicada arquitectura que diseña nuestra Constitución.

Pero también tiene un conjunto de valores no escritos que son tan o más importantes que las normas escritas: el respeto del otro, la reciprocidad, la amistad social, la benevolencia, la voluntad de no agredir, el intercambio en el espacio público, los valores espirituales y religiosos que animan la vida de nuestro pueblo, etc.

Unas y otros ponen límites al poder, lo controlan, lo obligan a escuchar y a rectificar, a negociar, a buscar consensos, a mirar siempre más allá y más hondamente de las propias ideas y proyectos.

En la confluencia de normas escritas y valores éticos está uno de los principios fundamentales de toda cultura democrática: la libertad de expresión.

En los tiempos que corren -lo observamos en otros países- los límites que separan al poder ejercido de forma democrática y la autocracia se vienen corriendo peligrosamente, motivados por un comprensible hartazgo con la política, su desconexión con la realidad concreta y sus magros resultados para mejorar realmente la vida de las personas.

Entre las causas del hartazgo con la política no hay que excluir lo que el papa Francisco denomina “la colonización ideológica” que, a través del estado, se impone a la vida de los ciudadanos con un autoritarismo exasperante.

Una democracia sólida requiere ciudadanos conscientes, convencidos y con un sentido ético muy desarrollado del compromiso de todos con el bien común. Y de la moderación que esta tarea nunca acabada requiere para fundar sólidamente el futuro de todos.

En la Marcha Federal Universitaria seguramente se entremezclan intereses particulares, algunos legítimos, otros, no tanto. A ninguno se nos escapa, tanto como que las universidades argentinas, tanto las nacionales como la de gestión privada, son un gran valor de nuestra cultura argentina, que merece la atención y preocupación de todos.

Así es la realidad, y así es la política. Con esa mezcla de intereses y voluntades contamos para caminar como sociedad. Desde allí partimos para edificar el bien común, cuyos sujetos somos todos y cada uno de los ciudadanos argentinos.

La buena salud de la universidad argentina es una cuestión que nos atañe a todos: su excelencia académica inseparable de la circulación libre de ideas, su accesibilidad como motor del desarrollo y del progreso integral, su sostenimiento económico, etc.

Es valioso que la expresión de hoy se haga y que transcurra pacíficamente, tanto para quienes adhieren convencidos a su convocatoria, como para quienes lo hacen solo en parte o, incluso, para los que no adhieren a ella.

Contemplando al buen Pastor

«La Voz de San Justo», domingo 21 de abril de 2024

“Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye. y el lobo las arrebata y la dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.” (Jn 10, 11-13).

En la Biblia, “pastor” es el que ejerce autoridad. Las historias bíblicas nos hablan de pastores buenos y malos. En realidad, Dios es el verdadero pastor del pueblo. 

Este cuarto domingo de Pascua, los católicos reflexionamos sobre las vocaciones. No solo sobre la vocación del sacerdote, sino la de todos los bautizados. Contemplamos a Jesús, nuestro buen Pastor. Él es el modelo y la medida de toda vocación.

Para la fe cristiana, “vocación” es una palabra fuerte. Es mucho más que el despliegue de las propias aptitudes y de los propios deseos. Lo decisivo de la vocación viene de fuera: de Dios que nos llama y de aquellos a los que nos envía. Indica que el centro de la propia vida está fuera de nosotros: está en Dios que nos espera en aquellos que nos pone en el camino.

Esto vale para la vocación sacerdotal, no menos que para el matrimonio o cualquier profesión. Hoy no faltan vocaciones, porque Dios sigue llamando. Siempre hay quien espera que salgamos de nuestro encierro, lo miremos a la cara y nos hagamos cargo. Lo que tal vez nos falta es saber escuchar esa voz. O que alguien nos enseñe a escucharla.

“Jesús, buen Pastor. Tus ovejas escuchan tu voz y te siguen. No permitás que nos dejemos aturdir por las voces engañosas que nos cierran a tu voz que nos llama en los rostros de nuestros hermanos. Amén”.