Partiendo para Tucumán…

San Francisco, 15 de Junio de 2016

 

A todos los fieles católicos de la

Diócesis de San Francisco

 

Queridos hermanos en el Señor:

 

¡La paz de Cristo esté con todos ustedes!

 

Estamos partiendo hacia Tucumán para la celebración del XI Congreso Eucarístico Nacional.

 

La delegación de San Francisco está compuesta de unas 50 personas de varias comunidades de la diócesis.

 

Como les decía en Corpus, nos ponemos en camino «para celebrar el don de la Eucaristía y renovar nuestro compromiso ciudadano con la libertad y el progreso de nuestra Nación…Vamos a Tucumán, no con ánimo triunfalista, sino como peregrinos que quieren adorar, servir y purificarse en la Sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

 

Los tendremos presentes en cada momento, especialmente en la celebración eucarística y en los demás momentos de oración en torno al sacramento de la unidad y de la caridad.

 

Será, seguramente, un encuentro eclesial. Las redes sociales están transmitiendo en tiempo real cómo, desde cada rincón de nuestro país, los peregrinos, ya desde ayer, se han puesto en camino hacia el Jardín de la República.

 

Escribo esto y pienso en el difícil camino que, hace doscientos años, hicieron los padres de la Patria que, precisamente allí, se animaron a declarar la independencia nacional. Pusieron en marcha una historia de libertad, de la que somos continuadores.

 

Como ellos, también nosotros tenemos que animarnos a los más grandes sacrificios pensando en el futuro: ¿qué Argentina queremos para las nuevas generaciones que están creciendo y las que vendrán?

 

Sabemos que Cristo es el Señor de la historia. A Él acudimos para que su Espíritu haga de nosotros discípulos misioneros de su Evangelio de vida, especialmente cercanos a los más pobres y vulnerables.

 

Nos encontramos en cada Eucaristía.

 

¡Estamos en las manos de Dios! ¡Qué la sonrisa de María sea nuestra alegría!

 

 

 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

El sostenimiento económico de la Iglesia

Transcribo, a continuación, el borrador con los textos de los tweets que escribí esta mañana.

El texto no coincide del todo con lo publicado en Twitter, pues  a la hora de tener que escribir los 140 caracteres hice algunas modificaciones.

PD. Espero que Twitter no aumente los 140 caracteres. Es un buen ejercicio aprender a decir cosas significativas con pocas palabras.

Bueno, es solo una opinión.

EL SOSTENIMIENTO DE LA IGLESIA EN 15 TWEETS

  1. Ha vuelto a ser tema de discusión el sostenimiento económico de la Iglesia. Se dice: que el estado no sostenga más a los curas. Aclaremos.

  2. Aclaración 1: Argentina no es un estado confesional. Hay libertad religiosa. No hay unión Iglesia-Estado, sino autonomía y cooperación.

  3. El 92 o 93 % de los ingresos que tiene la Iglesia proviene del bolsillo de los católicos. Como debe ser. El estado no sostiene a la Iglesia.

  4. Estamos trabajando mucho para profundizar la conciencia de cada católico: somos nosotros los que sostenemos la obra evangelizadora de la Iglesia.

  5. El estado hace un aporte por el artículo 2 de la Constitución. En tres rubros: 1) asignación a los obispos; 2) seminarios; 3) parroquias de frontera.

  6. La dictadura militar es la que le dio esta forma. Antes, el estado pagaba tres sueldos: al obispo, al vicario general y al canciller.

  7. Los distintos gobiernos democráticos, desde 1983, han confirmado este aporte. No es ni inmoral ni ilegal.

  8. Aclaración 2: el aporte a los obispos no es un sueldo, sino una asignación para el sostenimiento de los obispados.

  9. Además del aporte mensual, la nación, las provincias y los municipios suelen ayudar a obras puntuales, tanto católicas como otros cultos.

  10. Este aporte no es un privilegio, sino un derecho de los ciudadanos que profesan alguna religión y pagan impuestos.

  11. Para eso tb los ciudadanos nos damos el estado: para ayudar de forma racional y equitativa a las organizaciones de la sociedad civil.

  12. Salvo países con regímenes totalitarios, la mayoría de los países modernos tienen sistemas de aporte estatal a las iglesias.

  13. ¿El sistema argentino tiene que ser reformado? Sí. Y a fondo. Hay que modernizarlo; más equitativo y abierto a las otras religiones.

  14. El principio debería ser como el de otros países: los ciudadanos, a través de nuestras DDJJ e impuestos, indicamos a qué culto queremos aportar.

  15. Aclaración 3: no cuentan aquí los aportes a los colegios, que se hacen no por ser católicos sino por la libertad de educación.

Bicentenario, fe y futuro

El espacio público de las sociedades plurales, abiertas y democráticas, por su propia dinámica interna, suele ser ámbito de ásperas discusiones. En él convergen diferentes voces, puntos de vista y opiniones. Es, por eso, territorio de conflictos, intensos debates y entrecruces no siempre amables. El caos y la confusión suelen ser también su sello distintivo.

Es cierto que, de tanto en tanto, los sonidos disonantes se resuelven en fugaz armonía, rápidamente sobrepasada por la dinámica de la realidad. Queda un poco de nostalgia, pero también una peligrosa ansiedad: querer resolver tantas tensiones, mortificándolas con el voluntarismo de la uniformidad.

Es comprensible que muchos individuos y grupos se sientan incómodos de vivir en semejante situación. Nadie sobrevive a permanentes tensiones extremas. Sin embargo, y como cristiano, pienso también que este dinamismo de pluralidad es una enorme oportunidad. Donde no hay tensión tampoco hay vida. La oportunidad consiste en lograr que las tensiones liberen su energía para la construcción de la convivencia, no para su destrucción.

El punto, a mi criterio es éste: aprender a convivir personas y grupos que «realmente» tenemos ideas y formas muy diversas de ver la vida. Subrayo el adverbio: personas que son «realmente» diversas a mí, no mi calco o mi clon.

¿Se puede encontrar un punto común, hacia el que converjan las miradas diferentes? Sí. Para algunos será la ley, especialmente la Ley suprema de una nación: su Constitución. Es un sólido punto de referencia.

Creo, sin embargo, que se necesita algo más: la convicción de que el otro, especialmente si distinto de mí, es también un semejante. Otro yo. Y también como yo, tiene dignidad, derechos y deberes y, por lo mismo, merece el respeto de todos. Los cristianos tenemos aquí mucho para decir y, sobre todo, vivir y testimoniar: en cada ser humano, Dios mismo se manifiesta.

Estamos en el territorio, no de las meras ideas, sino del sentido de la vida, del que surgen las invalorables energías espirituales y éticas de las que vive una comunidad humana, y que le dan suelo firme a la ley. La mayoría de las personas, demos o no una orientación religiosa a nuestra vida, transitamos este territorio común. De la buena y saludable combinación de ambos (ley y respeto por la alteridad) surge una sana convivencia, aunque no se solucionen muchos problemas ni disminuyan todas las tensiones.

Todo un aprendizaje para una sociedad como la argentina, dinámica y bastante caótica, abierta y plural; y que, salvo algún cataclismo cultural, lo será cada vez más. Una sociedad que duramente ha tenido que hacer el aprendizaje de la convivencia, habiendo pagado muy caro el precio de la libertad. Y seguimos caminando ese aprendizaje, no obstante, tantas recaídas.

Es bueno reflexionar sobre esto, a poco de celebrar el bicentenario de nuestra independencia, porque a ese lugar de pluralidad nos ha llevado precisamente la libertad que supimos conseguir. En los debates de 1816 en Tucumán, especialmente en los que no lograron cerrarse, comenzaban a dibujarse ya los rasgos que definen la belleza del rostro mestizo de nuestra Argentina.

De esa pluralidad de voces «argentinas» formamos parte los ciudadanos que profesamos la fe católica y nuestra Iglesia, también variopinta, rica de carismas, sensibilidades teológicas, espirituales y pastorales. Una Iglesia viva con múltiples y ricas tensiones internas, no siempre bien resueltas y, por eso mismo, poco domesticable, aunque se multipliquen las etiquetas con que intentamos hacerlo.

Una Iglesia que también tiene que ser comprendida, pensada y escuchada en toda su argentina catolicidad en la saludable tensión de formas de vivir, celebrar y expresar la fe, tan variadas como su propia geografía, sobre todo humana y cultural. Cada domingo, el «Credo» suena uno y diverso, reflejando tonos y cadencias del particular modo como cada región habla el castellano argentino. No es un dato menor.

Resulta así que la de la Iglesia católica es una voz junto a muchas voces en el concierto de la vida ciudadana argentina; un importante actor social junto a otros que conforman la vitalidad de la sociedad civil; un sujeto colectivo en medio de ese otro sujeto que es el pueblo argentino. Y, desde hace ya un tiempo, un sujeto que comparte con otros una creciente pluralidad también religiosa.

Creo que el bicentenario de la independencia es una magnífica ocasión de pensar a fondo cómo, de qué manera y con qué acentos el punto de vista católico, con todos sus rostros y matices, ha de estar presente en el espacio público argentino.

El punto decisivo -al menos para mí, como ciudadano, católico y obispo- es este: cómo seguir haciendo visiblemente presente la fe cristiana y el humanismo de la tradición católica con su enorme potencial de humanización, en el entramado de la vida argentina. Y hacerlo hoy de manera diverso a como fue ayer, asumiendo con convicción las reglas de juego de la libertad y de la conciencia que son también las del evangelio de Cristo, cuya Persona posee luz propia para atraer y convencer. Él -no nosotros, ni el más santo de nosotros- es la luz que ilumina al mundo.

A mi entender, en este planteo, el foco de atención se desplaza -sin negarla o menospreciarla- de la relación Iglesia-Estado a la relación de los ciudadanos concretos y la sociedad con sus múltiples rostros y realizaciones con los valores espirituales, religiosos y evangélicos.

Ambas relaciones son complejas, pero la segunda (ciudadanos-sociedad-valores) supone una complejidad mucho más fecunda que incluso le da sentido a la primera, que siempre corre el riesgo de presentar a la Iglesia como un poder junto a otro u otros poderes. Sobre ambas hemos de trabajar con paciencia, discernimiento, valentía y libertad evangélica.

Respecto a la primera, es justo reconocer que, después de las convulsiones que siguieron al Concilio Vaticano II, la presencia pública de la Iglesia y sus pastores se ha ido redefiniendo mucho y, no sin demoras e incoherencias, en el sentido trazado por el Concilio. Queda, sin embargo, mucho por caminar. En este sentido, los pastores tenemos la grave responsabilidad de cuidar la calidad de nuestras palabras y gestos a la hora de intervenir en la vida pública argentina.

Mucho más que antes, hemos de ser escrupulosamente respetuosos de la alteridad (autonomía, libertad y conciencia) de la sociedad y sus diversos sujetos. Máxime, en una sociedad como la argentina a la que tanto le está costando afianzar la institucionalidad de su democracia republicana, por la tendencia a la hegemonía y el autoritarismo de dirigentes y ciudadanos. Deberíamos, por ello, seguir desarrollando una exquisita sensibilidad espiritual hacia la diversidad de voces que componen la vida ciudadana argentina. No por estrategia sino con genuina convicción evangélica.

Pienso que, en esta línea de acción, nos viene bien un acento que el fallecido cardenal Carlo M. Martini postulaba para la Iglesia en general: el gran desafío de la Iglesia en las actuales circunstancias pasa por una mayor capacidad de escucha de los otros actores con los que comparte el camino, especialmente si tienen miradas diferentes a la nuestra. Pacientes para escuchar, remisos para hablar o ensayar propuestas.

El tema de la misericordia que el Papa Francisco ha puesto en el centro de su ministerio pastoral va en la misma dirección. Constituye todo un paradigma eclesiológico: contiene una orientación muy luminosa de la forma histórica, visible y concretamente que el Espíritu Santo está imprimiendo a la Iglesia como sacramento de salvación. Este paradigma (Iglesia «en salida», «hospital de campaña», «herida mejor que enferma», etc.), ha calado hondo en el alma de muchos, pastores, laicos y consagrados. Me cuento entre ellos. Espera todavía un mejor desarrollo orgánico y su encarnación en estilos eclesiales que conjuguen la identidad católica que hace lugar a la diversidad cultural de nuestra Iglesia.

Al menos para mí, este planteo despierta muchas preguntas de no sencilla ni rápida respuesta: ¿qué significa ser obispo hoy, en una sociedad plural, con fuertes y legítimos espacios de secularización? ¿Cómo ha de ser mi palabra, mi presencia y mis gestos? ¿Cómo interactuar con los otros actores de la vida ciudadana, sean los poderes públicos como las demás organizaciones de la sociedad civil? ¿Cuándo y cómo intervenir en los debates públicos? ¿En qué dirección alentar la presencia de los fieles católicos laicos? ¿Cómo alentar la vida y misión de las comunidades cristianas en los diversos medios y situaciones en las que viven y profesan la fe?

Lo repito nuevamente: queda todavía mucho camino por transitar. Muchos temas aguardan nuestra atención renovada. Por ejemplo: el presupuesto de culto del Estado nacional. Su forma actual, cuestionada legítimamente por muchos, merece una profunda revisión y modernización.

Otro tema: nuestra intervención en los debates ciudadanos y parlamentarios sobre leyes que no expresan una concepción de la persona humana y del bien común que consideramos verdadera y buena para todos. ¿Cómo vivir el testimonio evangélico cuando tenemos que expresar verdades incómodas y vivir una oposición crítica pero constructiva a la sociedad a la que pertenecemos, a la que amamos y queremos ser fieles?

Estos y otros temas concretos seguramente han de ocupar nuestras agendas en los próximos años. Sin embargo, e independientemente de la solución que se les dé, lo realmente desafiante para un discípulo de Jesús es la visibilidad de un testimonio evangélico que, sobre todo hoy, ha de tener algunas expresiones más significativas por urgentes y desafiantes: ofrecer esperanza y sentido a las nuevas generaciones; cercanía a las zonas cada vez más amplias de vulnerabilidad y fragilidad humanas; atender con creatividad a la sed de Dios, de sentido y de esperanza que sigue viva en cada ser humano no obstante todos los procesos de secularización.

Dios sigue viviendo y obrando en la ciudad moderna, por momentos más parecida a Babel que a la anhelada Jerusalén del cielo. Pero, como le gustaba decir a Brochero: la culpa es de Aquel que se animó a no guardar para sí su condición divina, se vació a sí mismo y tomó la forma de siervo para levantar con él a toda la humanidad. El mismo que, en la casa del publicano Zaqueo, sentenció: he venido a buscar y a sanar lo débil, lo frágil, lo perdido.

Es alentador pensarlo.

Día del Periodista

papa franciscoSan Francisco, 7 de junio de 2016

 

A los periodistas de la diócesis de San Francisco

Queridos amigos:

La palabra es importante. Lo sigue siendo, incluso en esta cultura de la imagen, de lo efímero y de la realidad virtual.

El pasado domingo, los cristianos escuchamos un pasaje del evangelio de San Lucas, en el que Jesús devuelve la vida al hijo único de una madre viuda. Lo primero que el joven logra hacer, una vez que ha recuperado la vida, es precisamente comunicarse. Después, Jesús lo entrega a su madre. La vida recuperada busca hacerse palabra y se prolonga en los vínculos humanos también recuperados.

La palabra es importante, porque significa la posibilidad específicamente humana de generar vínculos y espacios de encuentro.

Es cierto, conocemos también la palabra falaz, el engaño y la burla grotesca, el insulto y la mentira deliberadamente urdida y difundida. Son verdaderamente experiencias de muerte para quienes las sufren pero también para quienes las emiten.

Como decían los antiguos: “el abuso no quita el uso”. Por grande que sea la mentira, jamás podrá ahogar la belleza de las verdades más humildes y sencillas. Necesitamos de las palabras de verdad tanto como el cuerpo necesita el alimento. Jesús nos enseñó a los cristianos a vivir de las palabras que salen de la boca de Dios.

Ustedes, como hombres y mujeres que consagran sus horas a ser cultores de palabras que llegan a muchos tienen el desafío enorme de pronunciar o escribir palabras que lleven luz, incluso si tienen que desnudar mentiras, corrupciones o hipocresías. Cumplen así un servicio invalorable a quienes intentamos vivir en una sociedad abierta, plural y respetuosa de cada ser humano.

Les hago llegar una palabra de reconocimiento, de gratitud y también de estímulo para el servicio que cumplen en los diversos medios de comunicación en el espacio que abarca la diócesis de San Francisco.

Les agradezco, de manera, especial la apertura que la mayoría de ustedes ha mostrado siempre a la Iglesia diocesana de San Francisco, cada vez que hemos tenido que transmitir alguna noticia eclesial, aclarar alguna situación o hacer llegar la palabra de la Iglesia católica a los temas que se instalan en el debate público.

Sepan que, al menos de mi parte, nunca va a faltar el esfuerzo de hacer presente el punto de vista católico a los grandes temas que hacen a nuestra vida ciudadana y social.

Les deseo a todos un feliz Día del Periodista. Cuentan con mi oración. De manera especial, este día ofreceré la Eucaristía por ustedes, los medios de los que forman parte, sus familias e intenciones.

A quienes de ustedes comparten nuestra fe en Jesucristo y, especialmente a los comunicadores católicos, les deseo de corazón que sea Él quien ilumine sus mentes y fortalezca sus corazones. A quienes profesan otros cultos o sencillamente son buscadores de la verdad, les auguro que, ustedes como yo, podamos ser fieles a nuestra conciencia, en la que se transparenta la verdad y es la genuina medida de nuestra dignidad como seres humanos.

Con mi afecto y bendición.

+Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

 

 

¿Qué es la corrupción?

Intentaré una respuesta ética (no jurídica) a la cuestión. Con alguna referencia, por supuesto, a la perspectiva cristiana.

Tratemos de responder a la pregunta formulada. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de “corrupción”?

No se trata de cualquier inconducta de índole social. Por ejemplo, no pagar un salario justo, el trabajo esclavo, el lavado de dinero o evadir impuestos no son necesariamente actos de corrupción. Son pecados sociales gravísimos, pero, para que entren bajo la denominación específica de «corrupción», su malicia objetiva requiere otro rasgo.

La corrupción se da cuando convergen en el acto inmoral dos actores: el funcionario público y un privado.

El funcionario debería velar por el interés común, sin embargo, usa su posición privilegiada de poder recibida de la ciudadanía para “atender” a sus intereses particulares (individuales o de grupo) y, de esa manera, lograr alguna forma de beneficio material o, sencillamente, tener más plata para tener más poder. Por su parte, el privado busca o acepta el acto deshonesto porque ve la oportunidad para lograr también un beneficio, normalmente pecuniario, para sí.

Claro, “corrupción” es una metáfora: indica la descomposición de un organismo vivo en el que ha empezado a obrar la muerte.

Pasemos de la metáfora a la realidad: en el acto deshonesto de corrupción, el servicio al orden público que el funcionario asume como responsabilidad propia, y la legítima búsqueda de ganancia por parte del privado se desvían de sus finalidades específicas.

El resultado es que una profunda y muy concreta lesión al bien común de la sociedad, especialmente en los sectores más vulnerables: salud, educación, bienestar social, trabajo, rutas, etc.

De ahí su malicia: descompone desde dentro los delicados mecanismos institucionales del Estado al que los ciudadanos confiamos la gestión del interés general y el bien común.

Al Estado, le damos la plata de nuestros impuestos y le delegamos el poder coercitivo para hacer cumplir las leyes y castigar los delitos. Cuando la corrupción se expande, los canales del bien común se desvirtúan para llenar las arcas de unos pocos. El funcionario que debería desvelarse para servir al bien común, especialmente de los sectores más vulnerables, en realidad se concentra en lo que más le interesa: su propia conveniencia. Tampoco resulta extraño que se termine invocando alguna extravagante razón superior para ello: el pueblo, la causa, la revolución, la política necesita plata y un largo etcétera.

De ahí también que sus consecuencias son tan nocivas. Como hemos aprendido dolorosamente  a decirlo en Argentina: «la corrupción mata».

Algunos, por ejemplo, calculan que, por año, una familia argentina tipo ha de destinar $ 4.000 de sus ingresos para alimentar la maquinaria corrompida del Estado en todos sus niveles en sus vínculos deshonestos con los privados. La suma final es una friolera.

Aquí conviene detenerse un poco. Dos puntos para reflexionar: en primer lugar, un sano realismo nos hace reconocer que la tendencia a estas formas de desórdenes éticos forma parte de las fuerzas oscuras que habitan en todos los seres humanos.

En lenguaje cristiano: el peso del egoísmo enturbia y contamina toda realización humana, también las más nobles y justas. Es lo que la tradición cristiana, inspirándose en la Biblia, llama “concupiscencia”.

Por eso, la tarea de edificar el mejor orden justo posible nunca se termina del todo. Nunca tendremos el cielo en la tierra. Siempre estaremos frente al desafío de purificar nuestro corazón de forma de interés egoísta.

Es una tarea que empeña a cada persona en su conciencia y en su libertad. Es el aprendizaje de la virtud que habitúa a la persona a realizar lo que es bueno y justo, sintiendo cada vez más atracción y gusto interior en la obra buena.

De ahí que las sociedades solo alcanzan un buen nivel de madurez cuando la cultura ciudadana da algunos saltos de calidad. Y esto ocurre si los ciudadanos que componen la sociedad se ayudan y estimulan mutuamente a tener comportamientos virtuosos que hacen posible una convivencia en el espacio común que se comparte.

Pero también, si la sociedad civil empuja a la comunidad política a expresar, en ese nivel fundamental para la convivencia social, estos saltos cualitativos que requieren concreciones institucionales. Una de esas concreciones es el accionar de una justicia, ante todo honesta y proba, independiente de toda forma de poder constituido, eficaz para investigar y ágil para sancionar.

Si el empuje de la sociedad civil que exige atacar la corrupción se encuentra con la decisión de los magistrados (jueces y fiscales), incluso en países con altos niveles de corrupción de la propia justicia, el camino comienza a allanarse en la buena dirección.

Volvamos al tema que nos ocupa: la corrupción. Las reflexiones hechas hasta aquí nos permiten sacar algunas conclusiones:

  1. Toda sociedad, incluso las más maduras cívicamente, conviven con formas más o menos intensas de corrupción. Todos lo tienen que tener presente, para vigilar y también para vigilarse.
  2. La corrupción no se puede erradicar del todo, lo que sí las sociedades han de procurar es que los márgenes de la impunidad se reduzcan al mínimo. Eso requiere un buen sistema de leyes, pero también el decidido accionar de la justicia.
  3. La lucha contra la corrupción solo se fortalece si la cultura ciudadana logra regenerarse con una sólida adhesión a valores espirituales, religiosos y éticos fuertes. Mucho más, como lo ha destacado, entre otros, Jürgen Habermas, si el paradigma economicista tiende a reducir todo a intercambio comercial. Al Estado han de interesarle los valores espirituales que animan la vida de los ciudadanos. El Estado no produce ni verdad ni bien moral, vive de ellos, que son pre-políticos y, por eso, constituyen el suelo firme sobre el que se edifica la convivencia ciudadana y la solidez de las instituciones públicas.

A la tradición de la democracia liberal le debemos los principios saludables del estado de derecho con la supremacía de la ley, la igualdad de todos los ciudadanos frente a la ley y la división de poderes con su sistema de controles, pesos y contrapesos.

No es un sistema perfecto, pero donde realmente funciona, atempera fuertemente el impacto de la corrupción.

Una conclusión personal y, por supuesto, abierta a la discusión. Creo que la sociedad argentina está, hoy por hoy, ante una oportunidad única para emprender la lucha contra la impunidad y reducir los márgenes de una corrupción que, como cantábamos en los ochenta, al igual que la guerra es un “monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”.

Esta vez, ¿lo haremos?

Vidas recuperadas – Artículo en «La Voz de San Justo» (17 de abril de 2017)

“La vida no vale nada si escucho un grito mortal y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga” (Pablo Milanés).

Los obispos de Argentina acabamos de concluir el primero de nuestros dos encuentros anuales. Nos reunimos para repasar juntos la vida de las comunidades cristianas que pastoreamos.

Esta vez, y en el marco del Jubileo de la Misericordia, interrumpimos el curso de nuestras deliberaciones para visitar algunos lugares con personas en distinta situación de fragilidad: hogares de ancianos, unidades penitenciales, centros para la recuperación de adictos, hogares para personas con alguna discapacidad.

Los obispos de las seis diócesis de Córdoba visitamos la comunidad de “El Cenáculo”. Una institución fundada por una religiosa italiana que reúne jóvenes de varios países que están en proceso de recuperación de alguna forma de adicción.

Descubro que tengo que contar lo que vi, escuché y sentí. Vi rostros jóvenes. Escuché relatos de vida. No sentí tristeza, sino una honda emoción. Varios de ellos repitieron, seguramente porque se lo han dicho entre sí: sabemos lo que es resurrección. Aquí hemos resucitado.

Vi, por eso, sonrisas que se abrían paso, sobreponiéndose a experiencias humanas muy duras. Esos chicos habían estado en el infierno. Habían mirado de frente la oscuridad del abismo. Sabían lo que era el mal, sufrido y procurado a otros.

Pero, algo había ocurrido en sus vidas para que no terminaran devoradas por la oscuridad. Alguien había escuchado su grito mortal y les había tendido una mano salvadora. Fue suficiente para recuperar dignidad, autoestima y fuerza para vivir y pelear la vida.

¿Estamos escuchando los gritos mortales de los jóvenes de nuestro San Francisco? ¿Les estamos tendiendo una mano? ¿Cuántas muertes más tendremos que llorar?

¿Cómo responder a la violencia en nombre de Dios? Un testimonio

 


TESTAMENTO ESPIRITUAL 
DEL P. CHRISTIAN-MARIE CHERGÉ

Monje trapense del Monasterio de Atlas (Argelia) asesinado junto a seis compañeros el 26 de marzo de 1996

Si un día me aconteciera -y podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que actualmente parece querer alcanzar a todos los extranjeros que viven en Argelia, quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recordaran que mi vida ha sido donada a Dios y a este país.

Que aceptaran que el único Señor de todas las vidas no podría permanecer ajeno a esta muerte brutal. Que rezaran por mí: ¿cómo ser digno de semejante ofrenda?

Que supieran asociar esta monjes trapistas argeliamuerte a muchas otras, igualmente violentas, abandonadas a la indiferencia y el anonimato. Mi vida no vale más que otra. Tampoco vale menos.

De todos modos, no tengo la inocencia de la infancia.

He vivido lo suficiente como para saber que soy cómplice del mal que ¡desgraciadamente! parece prevalecer en el mundo y también del que podría golpearme a ciegas.

Al llegar el momento, querría poder tener ese instante de lucidez que me permita pedir perdón a Dios y a mis hermanos en la humanidad, perdonando al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiere golpeado. No podría desear una muerte semejante.

Me parece importante declararlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme del hecho de que este pueblo que amo fuera acusado indiscriminadamente de mi asesinato. Sería un precio demasiado alto para la que, quizá, sería llamada la gracia del martirio, que se debiera a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si dice que actúa por fidelidad a lo que supone que es el Islam.

Sé de cuánto desprecio han podido ser tachados los argelinos en su conjunto y conozco también qué caricaturas del Islam promueve cierto islamismo. Es demasiado fácil poner en paz la conciencia identificando esta vía religiosa con los integralismos de sus extremismos. Argelia y el Islam, para mí, son otra cosa, son un cuerpo y un alma.

Me parece haberlo proclamado bastante sobre la base de lo que he visto y aprendido por experiencia, volviendo a encontrar tan a menudo ese hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primera Iglesia inicial, justamente en Argelia, y ya entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.

Evidentemente, mi muerte parecerá darles razón a quienes me han tratado sin reflexionar como ingenuo o idealista. Pero estas personas deben saber que, por fin, quedará satisfecha la curiosidad que más me atormenta.

Si Dios quiere podré, pues, sumergir mi mirada en la del Padre para contemplar junto con Él a sus hijos del Islam, así como Él los ve, iluminados todos por la gloria de Cristo, fruto de su Pasión, colmados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

De esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios porque parece haberla querido por entero para esta alegría, por encima de todo y a pesar de todo.

En este “gracias”, en el que ya está dicho todo de mi vida, los incluyo a ustedes, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a ustedes, amigos de aquí, junto con mi madre y mi padre, mis hermanas y mis hermanos y a ellos, ¡céntuplo regalado como había sido prometido!

Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este gracias y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo.

Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Amén. Inchalá.

T

A 40 años del golpe. Declaración de los obispos

th

Una fecha para no olvidar

El próximo 24 de marzo se cumplen cuarenta años de la ruptura del orden constitucional y del estado de derecho. Un hecho que nunca más se debe repetir ni podemos olvidar.

Era un momento complejo y difícil para toda la sociedad. Argentina vivía una escalada de violencia que culminó en el terrorismo de estado, protagonista de crímenes de diversa índole, entre ellos: la tortura, el asesinato, la desaparición de personas y el secuestro de niños.

Los argentinos no podemos dejar de preguntarnos cómo se pudo llegar al período más oscuro de nuestra historia. Sus consecuencias de enfrentamientos, dolor y muerte aún permanecen y se nos presentan como un pasado que tenemos que afrontar y sanar.

La vuelta a la democracia marcó el inicio de un camino de verdad, de justicia y de encuentro entre todos, que urge seguir transitando, para alcanzar la concordia y la amistad social.

El reconocimiento del valor de la vida, de la dignidad y de los derechos inalienables de la persona constituye la base indispensable de toda convivencia humana y del destino feliz de un pueblo.

La memoria del 24 de marzo, este año, coincide con la celebración del Jueves santo, día de dolor y de traición, pero también día en que Jesús manifestó su amor hasta el fin entregando la vida por nosotros. En su Sangre hemos sido reconciliados. “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14) y el fundamento de una esperanza que nos impulsa a construir una sociedad auténticamente humana.

Su ejemplo nos ayuda a cicatrizar nuestras heridas en la verdad, el arrepentimiento, la reparación en justicia y el anhelo de alcanzar misericordia.

173º reunión de la Comisión Permanente

de la Conferencia Episcopal Argentina

Buenos Aires, 14 y 15 de marzo de 2016

Domingo de Ramos 2016

olivosEs una linda costumbre recomendada también por la Iglesia la de colocar un ramo bendecido este día en algún lugar visible de nuestra casa, junto a un crucifijo o alguna otra imagen sagrada.

¿Qué significa? ¿De qué nos habla ese signo visible?

La liturgia del Domingo de Ramos oscila entre dos extremos: por una parte, la alegría de reconocer a Jesús como Mesías y Rey, Dios hecho hombre; pero, por otra, la lectura de la Pasión nos dice que Jesús es Rey en la humillación, el despojo y la entrega de la vida.

Pero, esta tensión entre la alegría y la pasión, nos dice también otra cosa: todavía no es evidente el reinado de Cristo en este mundo nuestro en el que tantas veces reinan más bien el odio que el amor, la injusticia que la dignidad humana, la violencia irracional -física, moral y psicológica- más que la amistad y la convivencia entre hermanos.

Su reinado es real, pero crece en el silencio. Como un poco de levadura en la masa, como una semilla que ha caído en tierra y está germinando.

Comprendemos bien a tantas personas que se dejan vencer por que no ven, en su vida y en la de sus seres queridos, el triunfo de la verdad y del bien. Incluso a aquellos que se dejan llevar por el egoísmo y, paso a paso, se dejan enredar por tantas formas de corrupción.

Tal vez, nosotros mismos, ante tanta mentira y miseria, propia y ajena, nos estemos sintiendo así.

Cuando visitó un barrio de Nápoles muy herido por la mafia, el Papa Francisco tuvo unas palabras fuertes respondiendo a la inquietud de un magistrado italiano. Decía:

El juez dijo una palabra que yo quisiera retomar, una palabra que hoy se usa mucho, el juez dijo «corrupción». Pero, díganme, si cerramos la puerta a los inmigrantes, si quitamos el trabajo y la dignidad a la gente, ¿cómo se llama esto? Se llama corrupción y todos nosotros tenemos la posibilidad de ser corruptos, ninguno de nosotros puede decir: «yo nunca seré corrupto». ¡No! Es una tentación, es un deslizarse hacia los negocios fáciles, hacia la delincuencia, hacia los delitos, hacia la explotación de las personas. ¡Cuánta corrupción hay en el mundo! Es una palabra fea, si pensamos un poco en ello. Porque algo corrupto es algo sucio. Si encontramos un animal muerto que se está echando a perder, que se ve «corrompido», es horrible y apesta. ¡La corrupción apesta! La sociedad corrupta apesta. Un cristiano que deja entrar dentro de sí la corrupción no es cristiano, apesta.

*     *     *

Hermanos y hermanas cristianos:

¡Llevemos la ramita de olivo bendito este día y coloquémosla en un lugar bien visible de nuestra casa!

Cada tanto, mirémosla, para recordar a Cristo rey, humilde y paciente, que entrega la vida, traicionado e injustamente juzgado y condenado.

Ella nos recuerda el amor humilde del Señor que vence toda forma de mal, de odio y de perversidad.

Ella nos aliente a levantarnos, una y otra vez, todas las veces que sea necesario, para retomar el camino de la virtud, de la justicia y del bien.

¡Cristo reina! No como lo hacen los señores de este mundo que acumulan poder juntando plata, prebendas, influencias y armas.

Cristo reina entregando la vida, viviendo pobremente y con alegría, estando del lado de los más pobres; haciéndose uno con los humildes y excluidos, confiado y sereno en la Providencia de su Padre.

Ese es el camino de Jesús que, una vez más, vamos a transitar en la Semana Santa que hoy iniciamos.

Les deseo -y lo pido también para mí- que vivamos una Semana Santa a fondo, de la mano de Jesús, el humilde Cordero que limpia toda corrupción con la fuerza de su amor humilde y paciente, con la fuerza purificadora de su misericordia.

Así sea.

¡Brochero santo!


Carta del Obispo Sergio Buenanueva a la diócesis de San Francisco con motivo del anuncio de la canonización del Beato Cura Brochero

San Francisco, 17 de marzo de 2016

BrocheroA todos los fieles católicos de la Iglesia diocesana de San Francisco.

Queridos hermanos en el Señor:

El Santo Padre Francisco ha dispuesto que la canonización del Beato José Gabriel del Rosario Brochero tenga lugar en Roma, el próximo domingo 16 de octubre del corriente año 2016.

¡Brochero santo! ¡Qué enorme alegría! Un cura de Córdoba, modelo de santidad sacerdotal para los curas de todo el mundo.

Es una gracia que la Providencia tenía preparada para nosotros, en este Jubileo extraordinario de la Misericordia.

Como Iglesia diocesana nos vamos a preparar espiritualmente para vivir con intensidad el don de la canonización del Santo Cura.

Cada comunidad cristiana de la diócesis (parroquia, colegio o asociación) busque la mejor manera de disponerse para vivir este regalo de la Providencia. Como diócesis les haremos llegar oportunamente algunos subsidios para ello.

Como su obispo, y contemplando el corazón de pastor del Cura, quisiera confiarles una intención especial, que es también una preocupación muy honda del corazón: las vocaciones al sacerdocio ministerial.

Este año, lamentablemente, no ha entrado ningún joven al Seminario. Tenemos un seminarista en segundo año (Leonardo Ortiz Romero), y otro haciendo una experiencia pastoral en una parroquia (José Pablo González). Ha egresado, además, un acólito (José Linares) que en los próximos meses recibirá el diaconado y, Dios mediante, el año próximo, el presbiterado.

Por ellos rezamos, para que el Señor les dé el don de la perseverancia y la apertura a su acción educadora.

Este exiguo número de vocaciones, al menos a mí, me estruja el corazón. Sé que muchos comparten este sentimiento.

Veo las comunidades cristianas y el desvelo de sus pastores; conozco tantas energías que bullen en los corazones; sé del entusiasmo misionero de tantos y me pregunto, y le pregunto al Señor: “¿Seguís llamando, como hiciste con los apóstoles y con José Gabriel, para ser compañeros tuyos en la misión de llevar el Evangelio del Reino al corazón de las personas? ¿No oís el clamor de tu Pueblo? ¿No ves el sufrimiento de los pobres y los sin esperanza?”

Claro que Jesús oye, ve y sabe lo que vive su Iglesia y, por eso, sigue llamando obreros para la cosecha. Pero su llamada es discreta y siempre respetuosa de la libertad de cada uno. Es como un mendigo que estira la mano y queda esperando la respuesta. Como experimentó Elías en la montaña, su voz es una brisa suave que requiere un oído atento y entrenado en escuchar la voz del Señor (cf. 1 Re 19,9-18).

A nosotros nos toca crear los ambientes espirituales que hagan posible la respuesta. Y que quienes respondan sean idóneos, libres y generosos para abrazar el sacerdocio ministerial.

Eso significa: testimonios de vida de pastores y laicos enamorados de Jesús; comunidades con espíritu de fe y ardor evangelizador y, sobre todo, comunidades que oren y enseñen a orar a los niños y a los jóvenes. Creo que, en este punto, tenemos mucho por crecer y profundizar.

Pidámosle al Santo Cura que interceda por esta porción del pueblo de Dios. Que su ejemplo toque el corazón de nuestros jóvenes.

En este sentido, he dispuesto que este Viernes Santo se añada a las peticiones de la solemne Oración Universal prescrita, una petición por las vocaciones sacerdotales.

Para dar gracias por la canonización y pedir por las vocaciones, como Iglesia diocesana vamos a reunirnos el viernes 4 de noviembre en el santuario de la Virgencita que Brochero conoció y donde, según varios testimonios, también celebró la Eucaristía.

Allí daremos gracias por la canonización y relanzaremos la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas que, en dicha ocasión, pondremos bajo el patrocinio del nuevo santo. La Delegación diocesana de Vocaciones está trabajando en esta y otras iniciativas, con la Pastoral juvenil y otros espacios para ayudar a los jóvenes a madurar su fe en el seguimiento alegre del Señor.

Que la gracia de la canonización sea para todos nosotros un estímulo a vivir intensamente la vocación y misión que cada uno ha recibido del Señor, como lo propone nuestro Plan de Pastoral.

La Virgen de Fátima, san Francisco y el mismo Beato Brochero saben de nuestras necesidades. Las sienten y las comparten. A ellos, una vez más, nos confiamos y les confiamos la vida de nuestra querida Iglesia diocesana.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco