Dios, el César y la amistad social

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Pasaron las elecciones legislativas. Aquí van algunas reflexiones pastorales.

Las elecciones son un hecho político. Y, como toda actividad humana que involucra la libertad, la política tiene una dimensión ética que es a la que apunta el mensaje de la Iglesia. Eso es la doctrina social: teología moral que trata de iluminar con el Evangelio la compleja y cambiante realidad social. Desde esta perspectiva ofrezco estas reflexiones.

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Ayer domingo, al iniciar la Eucaristía en la catedral, invitaba a la asamblea a rezar por nuestro país que se aprestaba a vivir una intensa jornada ciudadana de elecciones. Los invité a pedir para nosotros, la amistad social.

¿Qué es la amistad social?

Comprendo que, para algunos oídos prácticos y realistas, sugerir que sociedades tan complejas, plurales y apasionadas como la argentina cultiven esta forma de amistad, puedan tomar esta apelación, no digo con sorna, pero sí, al menos, con escepticismo.

Tal vez nos ayude precisar: la amistad no es lo mismo que mero compañerismo, mucho menos se identifica con el ser compinches. Es otra cosa.

La enseñanza social de la Iglesia toma este concepto de su tradición teológica que, a su vez, lo hace de la filosofía griega. Aristóteles – cito de memoria – en su Ética a Nicómaco reflexiona sobre ello.

La amistad es una forma de relación humana que tiene tres rasgos distintivos: igualdad, reciprocidad y benevolencia.

Igualdad: los amigos son siempre distintos en muchos aspectos, pero algún terreno común debe permitirles el encuentro que hace posible la amistad. Eso quiere indicar este primer rasgo.

Reciprocidad: los amigos se tienen que reconocer como tales mutuamente. Aquí no vale el “amigo invisible”. Nos tenemos que saber amigos, siendo conscientes de ello, al menos en algún grado.

Benevolencia: este es el rasgo fundamental. Quiere decir literalmente: querer el bien del otro. El bien real, lo que es verdaderamente bueno para el otro. Aquí, la amistas supera otras formas de amor humano, sobre todo, el amor interesado, el amor a sí mismo. En la amistad, el centro de atención es el otro y no el propio yo. Por eso, cuando Santo Tomás de Aquino relee a Aristóteles, encuentra en la benevolencia de la amistad el rasgo que distingue a la virtud de la caridad que Dios infunde en el alma de los bautizados. Es más: Dios nos ama con amor de benevolencia, es decir: quiere nuestro bien porque Él es el Sumo Bien.

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La amistad social, como forma de convivencia entre los ciudadanos de una misma sociedad, supone que, en las relaciones sociales se den estos tres rasgos. Obviamente, con sus acentos particulares. No tienen el mismo grado de intensidad afectiva las amistades que enriquecen nuestra vida personal, que los vínculos sociales. Pero, algo de amistad tiene que haber entre los ciudadanos, a menos que consideremos que la ley fundamental de la vida social es el conflicto, la lucha de “nosotros” contra “ellos”, etc.

En la convivencia ciudadana tiene que darse algún grado de igualdad. Este es un valor hoy muy apreciado. Tan distintos, pero iguales ante la ley y, sobre todo, iguales en la dignidad humana. Pero también significa que, a pesar de todas las diferencias, es posible construir un “nosotros” pues compartimos un terreno común más amplio del que pensamos: desde el territorio, la lengua, la historia hasta valores humanos y ciudadanos profundos. Pensemos, si no, en el gran consenso argentino de 1983 en el “Nunca más” y los derechos humanos.

También, la vida social supone que, reconociendo nuestras diferencias (algunas verdaderamente irreconciliables), también nos reconozcamos como semejantes que caminan juntos, y que no podemos desinteresarnos los unos de los otros. Hay una profunda interdependencia entre las personas que componen una sociedad. La “grieta” es también un agujero negro que nos chupa a todos hacia el abismo. Esta es la versión en negativo de ese otro dato tremendamente positivo: compartimos un camino y es necesario que nos miremos a la cara y, al menos por unos instantes tan fugaces como queramos, nos reconozcamos como tales. Como en aquella Navidad de la Gran Guerra, cuando alemanes y británicos hicieron una pausa en la carnicería, cantaron “Noche de Paz” y jugaron un partido de futbol.

Y, por último, la benevolencia como querer el bien de todos. O, como también lo enseña la doctrina social de la Iglesia, el “bien común” que es la suma de condiciones que hace posible que todos los ciudadanos alcancen su pleno desarrollo humano como persona en familia y en comunión con los demás.

Aquí vale la pena otra reflexión: tanto Aristóteles como Santo Tomás son concordes en afirmar que la amistad supone siempre que los amigos sean virtuosos. ¿Qué quiere decir esto? La virtud es el hábito que se ha arraigado en el alma y la voluntad del hombre que se ha habituado a hacer el bien, en cualquiera de sus formas (justicia, laboriosidad, generosidad, honestidad, etc.). Porque se trata de querer el bien del otro. Eso supone que, en muchas ocasiones, tengamos que superar el peso del egoísmo, del interés individual o grupal y resolvernos, tal vez contra nosotros mismos y nuestra satisfacción inmediata, por el bien de todos. Hacer el bien, especialmente buscar el bien común, supone muchas veces un trabajo arduo, paciente, perseverante y sacrificado.

Aquí releo el evangelio de ayer: ¿qué significa dar a Dios lo que es de Dios? A Dios hay que darle todo: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu espíritu, con todas tus fuerzas. Es el primer mandamiento de la ley. Y, a diferencia de los ídolos (los Césares de diversos pelajes), el Dios verdadero muestra que es tal, dándole libertad a quien le entrega todo. Así se puede reconocer que una experiencia religiosa es genuina, al menos la experiencia cristiana: el encuentro con Dios me humaniza, me hace libre, me libera del egoísmo, de la violencia, de la intolerancia, del prejuicio. Me da libertad para construir el bien en todas sus formas. Ahora sí: para darle al César – a cada César – lo que le corresponde.

La gran pregunta ética que viven las sociedades, sobre todo las que han elegido el camino de la democracia para buscar y edificar el bien común, es con qué fuerza cuentan los ciudadanos para esa tarea ética nunca acabada y que, de alguna manera, cada generación de reemprender con nuevo vigor.

Los cristianos apelamos al Evangelio: siguiendo a Jesús, nos abrimos a la fuerza del Espíritu Santo que infunde en nuestros corazones el mismo amor de benevolencia de nuestro Dios. En el encuentro con Cristo, el discípulo recibe esa fuerza que viene de lo alto para crecer como ciudadano virtuoso e interesado, no solo en sí mismo y en su grupo, sino en el bien de todos, especialmente de los más vulnerables y olvidados.

Pero también, con una exquisita sensibilidad hacia quien no es del propio palo, no piensa como yo, o no mira la vida desde mi misma posición.

Las múltiples grietas que tenemos los argentinos como sociedad – es mi opinión – nos están invitando a cultivar con pasión virtudes preciosas pero arduas. Necesitamos mucha energía espiritual para la edificación del bien común. A sabiendas incluso que de mucho de lo que hagamos no veremos los frutos, sino que los disfrutaran otros, más adelante.

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Anoche, cuando ya sabíamos el resultado de las elecciones y se anunció que iba a hablar el presidente Macri pensé – y así lo tuitié – que me hubiera gustado que, al menos por esta vez, no se pusiera la camiseta de su partido triunfante, sino que dirigiera un mensaje a todos los argentinos, los que votaron su partido y los que no lo hicieron. Es decir: un acto menos partidario y más superador, porque la investidura presidencial tiene eso: pone a quien ha recibido las insignias del poder (la banda y el bastón) “super partes”.

Es solo una opinión. Tampoco critico lo que se hizo como si se tratara de la violación de un dogma o un delito contra no sé qué. Creo que tenemos que acostumbrarnos a hablar con libertad, a sabiendas que la inmensa mayoría de temas sobres los que discutimos es altamente opinable y nadie tiene la verdad absoluta.

Solo pienso que la jornada democrática que hicimos entre todos – ganadores y perdedores, si queremos hablar así – era una buena ocasión para un gesto parecido. Pienso que necesitamos más mensajes de este calibre. A eso apunta la amistad social.

 

¿Qué tipo de cura quiero ser?

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“Estimados, la pregunta que debe urgirnos por dentro… es esta: ¿Qué tipo de cura deseo ser? ¿Un “cura de salón”, uno tranquilo y bien organizado, o más bien un discípulo misionero que tiene el corazón en ascuas por el Maestro y por el Pueblo de Dios? ¿Uno que se instala en el propio bienestar o un discípulo en camino? ¿Un tibio que prefiere vivir tranquilo o un profeta que despierta en el corazón del hombre el deseo de Dios?”.

Más de 250 obispos, sacerdotes, consagrados y laicos escuchamos estas preguntas del Papa Francisco durante la audiencia con la que concluyeron los tres intensos días que duró el Congreso organizado por la Congregación del Clero, dedicado a conocer mejor la nueva Ratio fundamentalis, destinada a reorientar la formación de los futuros pastores de la Iglesia en todo el mundo.

Los tiempos de la Iglesia ponen a prueba nuestra ansiedad. No siempre esto resulta negativo. No lo es en este caso. En esta nueva Ratio maduran las semillas sembradas por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y fecundadas por la carta magna de la formación sacerdotal, la Exhortación Pastores dabo vobis de San Juan Pablo II (1992). El fruto ha sido la vigorosa experiencia de la Iglesia de estos años, por momentos difíciles y traumáticos, que ha estado aprendiendo con pasión lo que significa formar un cura.

El aprendizaje tal vez más significativo de este proceso eclesial es el que refleja la pregunta de fondo que formula el Papa, y que es la que ha dado unidad a todas las intervenciones y diálogos del Congreso: ¿Qué tipo de cura deseo ser?

La formación sacerdotal dura toda la vida. Es más, tal vez, su etapa más decisiva comienza con la ordenación sacerdotal y esa nueva existencia que la efusión del Espíritu pone en marcha en la vida del nuevo cura, con la imposición de las manos.

Es la experiencia que todos, con mayor o menor consciencia, hemos tenido: terminás realmente de saber qué significa ser cura, ser célibe y pastor del pueblo cuando la ordenación te mete en lo vivo del ministerio, bajo la guía del obispo, en comunión con tus hermanos copresbíteros y en la rica interacción con el Pueblo de Dios y con todos los que Dios va poniendo en tu camino. Ahí se aprende a ser existencialmente lo que se ha recibido como don en la ordenación sacerdotal (y episcopal).

El tiempo del Seminario es, en este marco más amplio y completo, la fase inicial de un proceso formativo que se prolonga a lo largo de la vida. El protagonista fundamental es el Espíritu que toca el corazón del hombre sacerdote. De ahí que la pregunta esté formulada en primera persona del singular: ¿Qué tipo de cura quiero ser?

Con otras palabras, era la pregunta que el cardenal Martini hacía a los seminaristas de Milán y que era como el eje del Proyecto Educativo de su seminario: cada día, durante el seminario o la vida ministerial, tengo que preguntarme qué significa para mí llegar a ser presbítero diocesano.

La nueva Ratio plasma el camino formativo del cura católico con una propuesta formativa estimulante y desafiante. No ha sido fruto de un trabajo de escritorio. Ha ido recogiendo, en un proceso de elaboración complejo y a varias manos, la rica experiencia de las iglesias particulares de esa vasta realidad que es la Iglesia católica.

Este es un punto también a destacar: la catolicidad de la Iglesia, experimentada hoy de una manera nueva en la multiplicidad de culturas, lenguas, estilos y acentos que componen el rostro multicolor de la Iglesia católica en el presente. Una Iglesia que se vuelve cada vez más plural, compleja y que hace lugar efectivo a las voces que llegan desde los rincones más variados de su geografía.

De esa experiencia, coordinada por la Santa Sede, ha surgido esta Ratio. Pero, lo más decisivo ahora, es que esta experiencia pone en marcha ahora un proceso eclesial también rico y desafiante: cada conferencia episcopal tendrá que rehacer la propia Ratio nationalis a partir de las orientaciones de este documento común, atenta a la originalidad y a los desafíos de cada región.

Mientras transcurría el Congreso, obviamente no he podido dejar de pensar en nuestra realidad argentina, en el camino sólido que la Organización de Seminarios (OSAR) viene realizando desde hace ya veinticinco años, en los seminarios concretos que conozco, en el interés de los obispos y en los desafíos que tenemos por delante. Entre ellos: cómo ayudar a los seminarios de nuestro país a aprovechar mejor los recursos y energías que tenemos, evitando la dispersión de esfuerzos e iniciativas formativas. En definitiva: que pasos dar en Argentina para ofrecer la mejor calidad formativa para los futuros pastores del Pueblo de Dios en nuestra variada y diversa realidad geográfica, cultural y religiosa.

En este punto, la pregunta ¿qué tipo de cura quiero ser?, en realidad, resulta el eco de la pregunta más de fondo: ¿qué cura quiere Cristo para su Iglesia en este tiempo nuevo que estamos viviendo?

Cumplida esta tarea, necesariamente pausada y sin apuros, cada seminario tendrá que formular su propio proyecto educativo para un aterrizaje más concreto de las orientaciones, fruto de un esmerado discernimiento espiritual.

Todo lo cual significa profundizar los instrumentos propios de un trabajo sinodal que permita que sean escuchadas todas las voces: las de todos los obispos, las de los formadores y comunidades educativas, las de los curas concretos y reales; sin descuidar esa voz clave que es la de todo el Pueblo de Dios que tiene derecho a ser preguntado cómo espera que sean sus pastores.

El Congreso ha sido una primera experiencia fuertemente eclesial y católica de este proceso que recién se está poniendo en marcha.

Y, como señaló el Papa Francisco al inicio de su discurso: “la formación sacerdotal depende, en primer lugar, de la acción de Dios en nuestra vida y no de nuestras actividades. Es una obra que requiere la valentía de dejarse plasmar por el Señor, para que Él transforme nuestro corazón y nuestra vida”.

 

Acerca del integrismo católico

En diversas ocasiones suele calificarse como de “integrista” tal o cual postura de la Iglesia o de algún personaje eclesial. Recientemente, por ejemplo, un artículo de la Civiltà Cattolica ha hablado del extraño ecumenismo entre el fundamentalismo evangélico y el integrismo católico en EEUU, suscitando una discusión tan viva como necesaria en la Iglesia y que no se reduce solamente a los límites del país del norte (aquí el link: La Civiltà Cattolica).

Me ha parecido oportuno decir una palabra sobre lo que he logrado comprender del “integrismo” a partir, sobre todo, de mi experiencia personal .

Con la palabra “integrismo” (o: “integralismo”) suele denominarse un fenómeno típicamente católico que, desde un punto de vista histórico, se dio como reacción al llamado “modernismo” en las primeras décadas del siglo XX.

El nombre “integrismo/integralismo” proviene de la intención de mantener intacta la integridad de la fe frente a interpretaciones reductivas. Una intención legítima, por cierto, desde el punto de vista católico. El adjetivo “católico” quiere decir precisamente: según la totalidad: ningún fragmento de la verdad puede quedar fuera.

Más allá de este movimiento histórico, la expresión ha pasado a designar un modo deformado de interpretar el catolicismo, cuyas características más salientes describo más abajo.

Fundamentalismo e integrismo

Podríamos decir que el integrismo es al catolicismo lo que el fundamentalismo a los grupos evangélicos.

Es bueno tener presente que integrista no es sinónimo de católico, como fundamentalista no lo es de evangélico. Aunque hay algunos católicos integristas y algunos evangélicos fundamentalistas. Se trata de fenómenos minoritarios, aunque, por momentos, muy activos, ruidosos y agresivos.

El fundamentalismo se caracteriza por una lectura literal de los textos bíblicos. Rechaza la mediación de toda forma de interpretación de la Escritura. Un ejemplo: la lectura que los Testigos de Jehová hacen de algunos textos bíblicos que prohíben derramar sangre, porque en ella está la vida. Esta lectura literal los lleva a rechazar las transfusiones de sangre: lo dice la Biblia, por tanto, no hay nada que discutir.

Negar la autonomía de la razón

Algo parecido ocurre con el integrismo católico. También se trata de la negación de una mediación. Retengo por eso que el rasgo distintivo del integrismo sea el rechazo o la minusvaloración de la mediación de la razón, su consistencia y autonomía.

El integrismo tiende a trazar una línea directa entre los principios doctrinales católicos y la realidad política, social y cultural. Así, las normas morales reveladas tienden a ser presentadas, sin mediación de la razón autorresponsable, como ordenadoras del orden social.

A mi modo de ver, el integrismo es un fenómeno fuertemente político. Inseparable de otros factores, tiende a ser una lectura política de los valores teológicos. Termina de hecho en un uso de la religión al servicio de determinados proyectos políticos. Parafraseando a Benedicto XVI, se trataría de una “patología de la religión”.

La buena salud de nuestras sociedades abiertas y plurales requiere tanto este reconocimiento de la autonomía de la razón como también del rol positivo de la religión para la convivencia ciudadana y la construcción política del bien común. Lo primero es una advertencia para las corrientes integristas que habitan el mundo religioso. Lo segundo, para el laicismo que tiene también sus tendencias fundamentalistas. Véanse, si no, algunas posturas en los recientes debates sobre la libertad religiosa o la religión en la escuela.

Rasgos secundarios

En torno a este trazo distintivo se suelen organizar otros rasgos característicos. No es extraño que en el uso vulgar del término “integrismo” se tienda a considerarlo como sinónimo de estos otros rasgos que, sin embargo, derivan del anterior o se apoyan en él.

¿Cuáles son estos rasgos secundarios o derivados? Señalo cuatro.

En primer lugar, el tradicionalismo como postura que tiende a considerar más auténtico e íntegro lo que es más antiguo, confundiendo la Tradición viva de la Iglesia con distintas tradiciones históricas, usos, costumbres. Algunos muy venerables, por cierto. Hay que aclarar también que, no toda forma de tradicionalismo es integrista.

En segundo lugar, un cierto rigorismo moral, al menos en algunos ámbitos de la moral. No es extraño encontrar entre estas personas juicios severísimo en materia de moral sexual, condenando con extremo rigor este tipo de pecados, mientras que otros, los pecados sociales por ejemplo, merecen una tibia atención o incluso ninguna.

En tercer lugar, este rigorismo moral suele expresar una concepción voluntarista de la vida cristiana, centrada en el esfuerzo personal por conseguir las virtudes que nos hacen merecedores del premio divino. Por el contrario, este rasgo lleva también a un acento excesivo en la culpa, sobre todo al comprobar que el voluntarismo choca, una y otra vez, con las dimensiones más pasionales que están presentes en todo ser humano.

Rigorismo moral y voluntarismo terminan siendo un cóctel peligroso. Suelen desembocar en un sentido de culpa más irracional que espiritual. Así, la dimensión de gracia, misericordia y gozo que son tan entrañables a la experiencia cristiana quedan sofocadas de hecho, aunque no se las niegue deliberadamente.

Hay un cuarto rasgo que caracteriza al integrismo católico en algunos países, como Argentina, y es la tendencia nacionalista, es decir a una identificación entre fe católica e identidad nacional que, en sus manifestaciones más extremas, resulta verdaderamente contraria a la fe. Por aquí asoma el peligro de manipulación política de la religión a que he aludido más arriba.

Cristología deficitaria

Desde un punto de vista estrictamente teológico, el integrismo así entendido es deudor de una cristología deficitaria. Consecuentemente, también la concepción de la Iglesia queda marcada por este déficit cristológico. Esto merece una breve explicación.

El dogma central de la fe cristiana afirma que Jesús es el Hijo unigénito de Dios hecho hombre. Una persona divina que ha asumido una naturaleza humana. Una persona en dos naturalezas, divina y humana, sin confusión ni cambio, sin separación ni división.

En otras palabras: en Cristo, lo humano y lo divino se han conjugado armónicamente. La cercanía de Dios no solo no destruye lo humano sino que lo sana, lo potencia y lo sostiene como tal. En Cristo, Dios mismo se convierte en garante de la humanidad del hombre.

Esta concepción tiene enormes consecuencias en todos los campos donde se mueve la fe. También en el campo político o social. Es lo que señalaba, por ejemplo, Benedicto XVI en su discurso al Parlamento alemán, cuando decía que el cristianismo no confunde ley revelada con ley civil, sino que el ordenamiento civil debe ser fruto de una lectura racional de la naturaleza humana. Es decir, reconoce la consistencia real de lo humano, respetándolo en sus leyes fundamentales. Lo contrario es una teologización de la política o una politización de la fe, también en expresiones de Ratzinger.

El integrismo suele apuntar a esta mezcla indebida entre religión y política, iglesia y estado, teología y sociología. No reconoce, más práctica que teóricamente, la real consistencia, espesura y autonomía del orden de la creación. Suele tender a identificar el Reino de Dios con alguna magnitud política concreta, pasada o presente, señalando incluso como providenciales a algunos líderes concretos que encarnarían en sí mismos los ideales del Evangelio. Tiende, por lo mismo, a dejar en sombra la dimensión escatológica del Reino de Dios que relativiza toda realización histórica concreta.

En la recepción al artículo de La Civiltà a que nos referíamos arriba, algunos han hecho notar que sus advertencias sobre una mezcla indebida entre cultura, religión y política no valen solo para el conservadurismo católico sino que también es una advertencia para algunas corrientes progresistas.

En fin, los extremos suelen tocarse.

Un test de verificación: la libertad religiosa

Un punto clave para verificar esta naturaleza política del integrismo es la postura que se adopta frente a de la libertad religiosa y al principio de la laicidad del estado tal como los ha formulado el Concilio Vaticano II y la enseñanza de los papas recientes, especialmente Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

El Concilio Vaticano II ha reconocido la libertad religiosa como un derecho civil cuyo fundamento es la dignidad de la persona humana. Ha señalado también que la relación entre la Iglesia y el Estado se rige por los principios de la autonomía y la cooperación. El principio de laicidad, por su parte, postula la distinción entre la esfera eclesiástica y la política: a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César.

Este replanteo de un aspecto de la enseñanza social de la Iglesia ha llevado a la superación del ideal del estado confesional católico y de la doctrina de la tolerancia de los cultos no católicos por parte de los gobernantes cristianos, que caracterizaba la enseñanza anterior de los papas y de la teología.

El distinto grado de intensidad del integrismo va desde el rechazo frontal de esta legítima evolución de la doctrina católica hasta una cierta incomodidad frente a las consecuencias concretas de asumir estos postulados en los que se reconoce la legítima autonomía de la sociedad civil y del estado secular.

De todos modos: no apresurarse

Hasta aquí mi presentación de lo que yo entiendo por integrismo. Ojalá que sea útil para esclarecer un poco los términos de nuestros debates.

De todos modos, sigue en pie el criterio de que no hay que apresurarse a calificar o descalificar una determinada postura sin analizarla en todos sus matices. Una empresa siempre necesaria y difícil.

La presentación que acabo de hacer es bastante esquemática. La realidad, gracias a Dios, suele ser mucho más compleja y poliédrica. Siempre más rica que nuestras etiquetas.

Siempre habrá que transitar el camino del discernimiento teológico, rescatando los fragmentos de verdad católica de estas posturas.

La operación no es fácil, pues en demasiadas ocasiones, estos reclamos legítimos quedan ensombrecidos por gestos, actitudes y palabras agresivos, en la frontera del evangelio y la buena educación, que Spadaro y Figueroa han tan certeramente señalado al hablar del «ecumenismo del odio».

Todo lo cual hace más necesaria esta empresa de discernimiento.

 

 

Escuela y religión

1944

La Corte Suprema de la Nación está considerando la cuestión de la enseñanza de religión en la provincia de Salta, a raíz de una demanda en contra de la actual práctica de la provincia norteña. Ha habido audiencias públicas, se han expresado diversas posiciones y se ha generado un saludable debate ciudadano al respecto. Se aguarda con lógica expectación el pronunciamiento autorizado de nuestros jueces supremos. Aquí mis consideraciones personales sobre algunos puntos más filosóficos que jurídicos.

¿Es anacrónico el planteo de la religión en la escuela pública de una sociedad secularizada y plural, como algunos han señalados?

Creo que no. No solo no es anacrónico ni está superado, sino que, nos ofrece la oportunidad de hacer foco en algunos desafíos que hoy nos presenta la problemática educativa, abriéndonos posibilidades interesantes de explorar. En tiempos electorales, es bueno darse un espacio para cuestiones de este tipo, más de largo plazo y de fondo.

Los que sí pueden resultar anacrónicos son los términos en que se plantee la cuestión o la respuesta que se ofrezca a la misma.

Comencemos diciendo que la religión entra por la puerta grande de la escuela cada día del año lectivo. Entra con las personas: alumnos, docentes, familias y demás actores del proceso educativo en todas sus formas y niveles. Las religiones son bastante diversas entre sí, pero poseen un denominador común: tienen que ver con la persona y todo un mundo de valores que orientan la vida. Más o menos explícitamente en sus formulaciones doctrinales, también con mayor o menor convicción de sus seguidores, las grandes religiones presentes en nuestro país – cristianismo, judaísmo, islamismo – ofrecen un horizonte de sentido para la vida. ¿El acto educativo puede desentenderse de él? La misma convivencia ciudadana ¿puede darse el lujo de prescindir de estos puntos de referencia de las personas involucradas en la educación?

El laicismo de viejo cuño – lo digo sin ánimo polémico – tiende a minusvalorar este aspecto del hecho religioso. Sobre todo, cuando lo confina a la esfera de lo privado. Las grandes religiones como el cristianismo no se resignan a este confinamiento. Lo cual no significa que, para estar presentes en el espacio público de la sociedad plural, no tengan que cumplir determinados requisitos para que esa presencia sea no solo legítima sino que redunde en beneficio del interés común. El espacio público, en definitiva, es lugar de convergencia de todos los ciudadanos, también en la pluralidad de sus convicciones religiosas. Pertenece a los ciudadanos antes que al estado, aunque este tenga que regularlo para que sea razonablemente posible la convivencia, incluso con las lógicas tensiones entre personas, grupos y visiones de la realidad.

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Aquí asoma otra cuestión: en la discusión suele oponerse la educación pública a la privada. Es un error. Del sistema educativo público argentino forman parte también las instituciones educativas de gestión privada, la mayoría de las cuales son confesionales, prevaleciendo las católicas. De ahí que haya sido un logro el hablar de educación pública de gestión estatal y de gestión privada. En la historia de nuestro joven país, las tensiones entre lo público y lo privado, la neutralidad religiosa del estado y las religiones en la educación han sido planteadas y resueltas, tal vez más en los hechos que en el plano ideológico, con una sabiduría práctica a la que sería bueno atender. Como suele enseñar el Papa Francisco: la realidad es superior a la idea.

Por otra parte, esta discusión sobre el lugar de la religión en la escuela parecería concentrarse en las de gestión estatal. Las instituciones confesionales lo tendrían resuelto y sin mayores interrogantes. No es así. También las escuelas confesionales, que imparten enseñanza religiosa en sus diseños curriculares, tienen enormes y complejos desafíos en esta materia. Las escuelas católicas, por ejemplo, de un tiempo a esta parte vienen recibiendo alumnos de familias de otras confesiones, no creyentes o no practicantes. Incluso se presentan desafíos para los que se confiesan católicos (alumnos, familias y demás integrantes de la comunidad educativa): ¿cómo se los ayuda a crecer en una fe adulta y convencida, no meramente convencional? Las escuelas católicas no pueden dejar de interrogarse a fondo cómo se respetan y promueven los procesos personales de fe, la libertad religiosa y de conciencia en sus propios ámbitos confesionales. Tema para desarrollar, pero que aquí dejo abierto.

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Sea como fuere la resolución que la Corte dé a la demanda en curso, lo cierto es que los interrogantes que plantea la religión a la acción educativa de las nuevas generaciones no se resuelven simplemente con la presencia o no de un espacio curricular en el que se enseñe religión.

De paso, quisiera aclarar que, respecto a este punto, mi postura personal conjuga algunos principios elementales. Ante todo, el respeto por el derecho a la libertad religiosa (inseparable de la libertad de conciencia, de pensamiento y expresión) y el derecho-deber de los padres ha darle a sus hijos la educación religiosa y ética que consideran más pertinente, también en el sistema educativo de gestión estatal. De ahí que no considero ni ilegítimo ni antijurídico que exista educación religiosa en las escuelas del estado, siempre y cuando se salvaguarde eficazmente la libertad de elección de padres y alumnos.

Si ampliamos la mirada, tanto en Argentina como en otros países (incluso más secularizados) esta práctica no solo existe, sino que también tiene desarrollos interesantes de analizar. Todo lo cual nos habla de una cuestión que, de ninguna manera, puede plantearse en términos dogmáticos, con soluciones apodícticas. Dicho de otra forma: se trata de una cuestión contingente, opinable y, por lo mismo, abierta a diversas soluciones concretas.

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Cerrando el paréntesis, retomo mis reflexiones, centrándome ahora en el concepto de “laicidad”, porque creo que allí se encuentra un buen punto de referencia para acercar posiciones. Es cierto: hoy por hoy, el de “laicidad” es un concepto en estado de ebullición. Para nada unívoco o pacífico. De cómo pensemos su contenido depende la respuesta a nuestra pregunta. Hay concepciones más negativas y cerradas a otorgarle algún aspecto significativo al hecho religioso. Si es esta la concepción que prima, la conclusión lógica es que no hay ninguna posibilidad para que la religión tenga visibilidad en la escuela. Pero, si el concepto de laicidad, superando esa visión negativa, se acerca más al principio de la libertad religiosa, puede ser replanteado en términos tales que, sin negar la neutralidad religiosa del estado y de la educación que este ofrece, sin embargo, se abra a la contribución que las religiones ofrecen a la vida ciudadana.

En este sentido amplio, también la escuela confesional tiene que hacer lugar a la laicidad en su propuesta educativa. Ya hicimos referencia al desafío que significa respetar la libertad religiosa y la dimensión personal del proceso de la fe que deben ser cuidadas con exquisita pulcritud por parte de la escuela católica. Pero laicidad quiere decir también decidida aceptación de la autonomía real de la creación en todas sus dimensiones. Un punto que tiene un sólido fundamento teológico muy desarrollado en la actualidad. Y no me refiero solo a la autonomía de las ciencias y saberes que se ofrecen en toda enseñanza pública (también la de gestión privada confesional), sino también a la autonomía más fundamental que reconoce el humanismo cristiano: la del ser humano, su conciencia y libertad delante de Dios. No solo la escuela católica sino la Iglesia misma tiene aquí un conjunto de desafíos que todavía requieren un largo y fatigoso camino de realización.

La laicidad positiva así planteada ofrece también otro aspecto interesante para explorar. San Juan Pablo II ha definido la laicidad como “lugar de encuentro” de las distintas tradiciones y fuerzas espirituales, éticas y culturales que dinamizan la vida de una nación. Ese es el sentido la neutralidad que el estado ha de asumir de cara a las religiones. El estado ha de ser neutral en materia religiosa porque no puede imponer una determinada opción creyente en desmedro de otras y, en razón del mismo fundamento, ha de promover que las diversas opciones religiosas de los ciudadanos converjan en el espacio público para el bien común, cuidando también que no se ponga en riesgo la convivencia ciudadana.

En este sentido, surge la pregunta: la escuela pública de gestión estatal ¿no puede desarrollar más su identidad laica como espacio de encuentro de las distintas opciones religiosas de las personas que forman su comunidad educativa? ¿No puede cumplir un rol proactivo en el favorecer el conocimiento y respeto recíproco entre las diversas confesiones religiosas presentes en la sociedad y, por ende, en su misma vida cotidiana? Habida cuenta de la rica convivencia interreligiosa que distingue a Argentina, la escuela pública argentina ¿no tendría que expresarlo más visiblemente? ¿Cómo debería ser esa visibilidad institucional de la diversidad religiosa que existe en la sociedad argentina y que se prolonga también en la vida escolar? En algunas ocasiones he sugerido la realización anual de una Jornada de la libertad religiosa en las escuelas con esta finalidad.

Como decía más arriba, el planteo de esta cuestión desborda la legitimidad o no de una materia de religión. Toca otros aspectos que nos llevan al corazón de los desafíos que tiene la escuela, porque son los de los ciudadanos y la sociedad: saber convivir en el respeto por la dignidad de persona del otro, especialmente si es distinto de mí. También en un nivel tan hondo como el que toca la opción religiosa. Se puede seguir silenciando este hecho, por prejuicio ideológico, por pudor o por el infundado temor a que la cuestión religiosa “nos divida más”. Sin embargo, el camino a seguir – al menos es mi convicción personal – va en la dirección contraria: conocer las diferencias, perder el miedo irracional al otro, aprender a convivir.

La cuestión interreligiosa está hoy en las agendas de todas las sociedades modernas, con una actualidad y urgencia que no se pueden silenciar. Aquí, el silencio no es salud.

Las PASO. Octubre. Y después ¿qué?

No vuelvo sobre el tópico de lo extravagante de estas PASO. En su momento manifesté mi parecer. En realidad, más que una opinión sesuda, resultó una exteriorización de un incómodo estado de ánimo.

Ahora nos toca participar y aguardar. Pero ¿aguardar qué?

Lógicamente, los resultados en la provincia de Buenos Aires, nos guste o no, se van a llevar toda la atención. Y el impacto que puedan tener en los mercados, en el dólar y en las expectativas. Es así.

Cuando tengamos perspectiva, y podamos mirar la película más completa o, para hablar con lenguaje de Netflix, a que hayan pasado varias temporadas de la serie, tal vez podamos comprender que el actual proceso electoral ha sido un paso más en la buena dirección de consolidar democracia, desarrollo y convivencia ciudadana. Ojalá.

Sigo pensando que los argentinos tenemos a la democracia prendida con alfileres. Pero cada vez son más los alfileres que le dan una relativa firmeza.

Por eso, creo que, pasadas las PASO y las elecciones de octubre (las de verdad), sería bueno sentarse a pensar juntos el camino a seguir. No digo el futuro, porque parece demasiado ambicioso.

Pasada la lid electoral, con sus ganadores y vencedores, también con sus heridos y magullados (ojalá que superando resentimientos), que nuestra dirigencia política, alentada por buena parte de la ciudadanía, se siente a la mesa de los que buscan consensos. O sea, todos.

Como he tuiteado esta mañana, inspirado por la figura de Clara de Asís abrazando la pobreza fraterna de Francisco: en un país donde una tercera parte de los argentinos es pobre, TODOS somos pobres. Esa es la grieta verdadera y más dolorosa.

Desde esta conciencia dolida deberíamos relativizar todas las otras grietas que tenemos como pueblo y que, en buena medida, son parte de nuestra convivencia. Somos distintos y no tenemos por qué pensar todos igual. Esa realidad, bien mirada, más que minar la posibilidad del diálogo, la negociación y el consenso, es la condición de posibilidad y un buen punto de partida para sentarnos a la mesa.

Sí. Creo que, pasadas las elecciones de octubre, deberíamos honrar el diálogo y sentarnos a acordar un camino común.

Ojalá que un día, pasadas las elecciones (las legislativas y las otras), sigamos caminando con normalidad, sin la sensación de haber librado una batalla entre el bien y el mal.

Cuidar la libertad. Cuidar la democracia

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de agosto de 2017

Gracias a las redes, estamos viendo en tiempo real los dramáticos hechos que viven nuestros hermanos de Venezuela. Recuerdo que, cuando fue el golpe de estado del 76 en Argentina, mi padre trataba de sintonizar, durante la noche, radios de países vecinos, para informarse. Hoy todo es más rápido y directo.

El martes después de las elecciones en Venezuela, escribí un Tuit con este texto: “Una oración por #Venezuela. Por sus muertos. Por su pueblo. No nos resignemos a que muera su democracia. AL sabe de dictaduras.” Inmediatamente, y desde varios rincones de Argentina y otros países latinoamericanos -incluida la misma Venezuela- empezaron a aparecer varios “me gusta” y «retuits».

Esto me ha hecho pensar. Me vino a la memoria aquel libro de Erich Fromm, escrito en los años cincuenta, con una Europa todavía sangrante por la guerra. Fromm trataba de entender cómo y porqué algunos pueblos habían sucumbido a las propuestas irracionales del totalitarismo nazi-fascista. La libertad atrae, pero también despierta vértigo. De ahí que, en ocasiones, los individuos prefieran entregarse en manos de líderes clarividentes que, sin atajos, los lleven al paraíso soñado.

Sí. En ocasiones tenemos miedo a ser libres, porque intuimos que su camino es fatigoso; nos somete, una y otra vez, a una insoportable incertidumbre. Ese es el abismo: tener que elegir. De ahí que también atraigan algunos remedos de libertad como son la desinhibición y el capricho de la pulsión, la prepotencia o el deseo de tenerlo todo rápido, aquí y ahora.

Algunas representaciones cristianas del arcángel San Miguel, lo muestran venciendo al demonio, pero éste, lejos de tener un aspecto terrorífico, es representado con un rostro más bello que el del arcángel. Un modo plástico de expresar la seducción engañosa del mal. Trigo y cizaña pueden parecerse, pero no son lo mismo. Es necesario discernir.

Cualquier maestro sabe cuántas fatigas son necesarias para alcanzar los verdaderos frutos de todo aprendizaje. Aprender a posponer gratificaciones inmediatas para alcanzar la gratificación más genuina y duradera. Claro, primero hay que animarse a un camino de búsqueda. Esto vale tanto para las ciencias duras como para la oración.

Teniendo a la vista nuestro calendario electoral argentino, he pensado en la necesidad de cuidar nuestra democracia. Y de cuidarla de nosotros mismos, de nuestros amores y fobias, de nuestras obsesiones y cerrazones. Y nada digamos de las estrecheces ideológicas. La democracia, como la libertad, siempre estará bajo amenaza. Este es el clima natural en el que tiene que sobrevivir la libertad que Dios nos ha dado y que Cristo ha rescatado con su sangre.

También en estos días he vuelto a los resultados que arrojó el Diálogo Argentino. ¿Lo recuerdan? Aquel enorme esfuerzo de escucha, consenso y propuesta que surgió al calor de la crisis de 2001. De ahí surgieron propuestas concretas para una reforma de la política y de la justicia, también acuerdos básicos en políticas sociales y educativas. Quedó prácticamente en nada. Una lástima.

Volví a esos archivos guardados en mi computadora. Los releí con bastante nostalgia. Pero, me hizo bien. En medio de la incertidumbre de las horas oscuras, las personas y los pueblos pueden encontrar el rumbo. Es lo que entreveo en el dolor compartido de nuestros hermanos venezolanos. Ellos, como nosotros un día, invocan a Jesucristo, el Señor de la historia. De Él proviene toda luz que ilumina la noche. Y las redes sociales son un medio por donde circula ya su Evangelio. Entrelazan también a las personas y su irrefrenable deseo de libertad. Por eso, los prepotentes les temen.

De este amasijo de sensaciones y pensamientos salió esta idea que es el título de mi columna: cuidar la libertad para cuidar la democracia.

 

 

 

 

Tuitear sobre el sostenimiento de la Iglesia

A raíz de una propuesta de quitar subsidios a la Iglesia, hecha por una candidata de izquierda de Córdoba, varios medios me han entrevistado requiriendo mi parecer al respecto.

De esas entrevistas surgió la idea de tuitear sobre el tema, no solo con frases breves sino también con algunos videos caseros que, con el límite de un minuto que Twitter pone a estos recursos, tratar de expresar algunas ideas fundamentales.

Mi objetivo era salir al paso de información errónea (en algunos casos, verdaderos mitos) que rodean este tópico. Pero confieso que este deseo de informar surgía de una incomodidad muy grande. Me explico. Como cura antes y obispo ahora soy testigo, casi cotidianamente, de las piruetas que tienen que hacer las comunidades cristianas (desde las curias diocesanas a las parroquias, los seminarios y otros centros educativos) para conseguir fondos o estirar los que se poseen, a fin de atender a las múltiples necesidades que supone sostener la obra evangelizadora de la Iglesia. También soy testigo de la generosidad de tantos católicos que, con un desinterés y una entrega admirables, dan todo y más para llevar adelante la evangelización.

A Javier Cámara de Radio María pude contarle una experiencia concreta: la de la comunidad de Villa del Tránsito que, después que un tornado le llevara el techo de la hermosa iglesia del pueblo, la gente del lugar no se quedó a esperar la ayuda prometida por la provincia. Se puso manos a la obra. Al cabo de un año y medio de trabajo, y después de haber reunido más de un millón de pesos, han podido, no solo poner el techo, sino también encarar otras obras de restauración de este santuario mariano de la diócesis. Mientras esperan la ayuda estatal estos ciudadanos han recurrido a todos los métodos que conocen nuestras parroquias para reunir recursos. Los métodos que solo la creatividad del amor y el ingenio de la devoción multiplican la humidad de cinco panes y dos pescados en un alimento que sacia a la multitud. Eso hacen nuestras comunidades.

Lo veo cada vez más claro: las comunidades católicas concretas – no los estereotipos que dibujan algunos – son un gran voluntariado que vive de la entrega de muchos discípulos de Cristo que, por amor, son como aquella viuda pobre que dio todo lo que tenía para vivir, recibiendo el reconocimiento elogioso del mismo Jesús. Dan tiempo, los talentos y carismas que Dios les dio, y también abundantes bienes materiales.

No. A la Iglesia en Argentina no la mantiene el Estado. La sostenemos los católicos que nos metemos la mano en el bolsillo. ¡Es un verdadero orgullo constatarlo y también decirlo!

Escuchar entonces que algunos, alegremente, echan mano de aquel tópico de que el “estado sostiene a la Iglesia” o que “de una vez por todas hay que separar la Iglesia del estado”, realmente incomoda. Es injusto porque no es verdadero.

De ahí los videítos que he ido subiendo estos días a Instagram, Twitter y Youtube.

No sé a los demás, pero a mí, esta experiencia comunicativa me ha servido mucho. Poniéndome en la tarea de pensar y decir en frases breves y concisas algunas ideas sobre el cómo se sostiene realmente la vida de la Iglesia, de repente, me encontré pensando y hablando sobre la libertad religiosa, el derecho a la educación, la relación iglesia-estado o la más compleja aún vinculación entre ciudadanos-sociedad-religión y estado. Y, de ahí, el modo como hoy el estado argentino, en sus distintos niveles (nación, provincia, municipios) ayuda económicamente a la Iglesia y a los otros cultos.

Pero también me resulta cada vez más claro que el actual sistema debe ser revisado a fondo, modernizado y adaptado a las condiciones de una sociedad más plural y a una vida democrática más transparente y participativa.

En fin. Como suele ocurrir cuando se intenta mirar un problema para resolverlo, a medida que se avanza en el descubrimiento de la respuesta, surgen nuevas preguntas y uno termina con la mente más abierta, pero también más cuestionado e inquieto.

Comparto mi experiencia, por si sirve. Creo que tenemos que seguir conversando sobre esto.

A continuación los videos que subí a Twitter sobre el sostenimiento de la Iglesia católica. Espero que sean útiles.

 

 

 

Carta del Presbiterio a los fieles y comunidades de la Iglesia diocesana de San Francisco sobre el Diaconado Permanente

diaconos-permanentes

Para ser difundida este fin de semana del 8 y 9 de julio

Casa Betania (Quebracho Herrado), 6 de julio de 2017

Queridos hermanos y hermanas:

Del lunes 3 a este jueves 6 de julio, hemos estado reunidos en la Casa de encuentros “Betania”, los que formamos el Presbiterio de la diócesis de San Francisco. El tema que nos ha convocado es el Diaconado Permanente y su incorporación a la vida de nuestra Iglesia diocesana.

Con tal fin, hemos repasado la enseñanza de la Iglesia al respecto: identidad y misión del diácono, su vocación y formación, su ministerio y espiritualidad. Hemos discernido también los desafíos que supone, para nuestra vida de fe y de misión, el diaconado permanente, especialmente la figura del diácono casado. Hemos repasado también iniciativas anteriores en este sentido. Reconocemos con gratitud que retomamos un camino ya iniciado en nuestra diócesis. Los pasos que ahora nos aprestamos a dar retoman esas experiencias y los aprendizajes que hemos hecho.

Tuvimos la alegría de contar con la presencia de dos diáconos con sus esposas: Ángel Lasala y Estela, de la diócesis de Cruz del Eje; Héctor Sosa y Eva, de la diócesis de Rafaela. Compartieron con nosotros su experiencia personal y familiar: cómo sintieron la llamada del Señor, los pasos que fueron dando hasta ser ordenados, cómo su familia se fue involucrando en su camino, los desafíos, gozos y dificultades que experimentan en el ministerio.

El diácono es signo visible de Cristo Servidor en el seno de una Iglesia servidora. El diácono puede realizar muchas tareas dentro de la comunidad, pero lo más importante es que su presencia misma anima a todos – obispo, presbíteros, consagrados y laicos – a vivir a fondo el servicio a los demás, especialmente a los más pobres y vulnerables.

Queremos contarles que, a lo largo de estos días, hemos experimentado el gozo y la paz del paso del Señor por nuestras vidas. Creemos que, como Iglesia diocesana, estamos en condiciones de dar pasos concretos para contar, en un plazo prudencial, con esta figura ministerial en nuestra diócesis. Creemos que el Señor nos está alentando a dar este paso importante en el camino de renovación pastoral que nuestra Iglesia diocesana viene transitando, como lo expresa nuestro Plan Pastoral Diocesano.

Nos damos cuenta también que esto implica una fuerte conversión pastoral para abrirnos a la novedad del Evangelio y seguir creciendo como una Iglesia más misionera y servicial. En primer lugar, a los pastores, que tendremos que aprender a compartir nuestra misión pastoral con nuevos ministros ordenados. Pero también para nuestras comunidades y laicos. Le pedimos al Señor que nos haga dóciles a la acción de su Espíritu que nos está animando a dar este paso de conversión.

En los próximos meses iremos ayudando a las comunidades de nuestra diócesis para que puedan conocer más de cerca la figura del diácono permanente y lo que implica su presencia en nuestra vida pastoral.

Entre tanto, unámonos en la oración eclesial, de la mano de María. Como en el Cenáculo, ella sostiene la oración de la Iglesia a la espera del Espíritu. ¡Sigamos caminando y anunciando el Evangelio de Jesús que es luz de esperanza para el mundo!

Sus hermanos,

el obispo Sergio y los presbíteros de la diócesis de San Francisco

Tenemos que hablar más sobre la libertad religiosa

Este artículo retoma y actualiza algunas reflexiones que hiciera años atrás sobre el tema, a partir del Mensaje de Benedicto XVI en la Jornada Mundial de oración por la Paz del año 2011

Vuelvo sobre el tema de la libertad religiosa. Ya ha entrado en Diputados de la Nación un proyecto de ley al respecto, elaborado por el Ejecutivo Nacional. Han aparecido también las primeras reacciones, centradas, sobre todo, en el complejo, pero ineludible capítulo de la “objeción de conciencia”. Aunque no voy a abordar ahora este último tópico (pienso hacerlo más adelante), quisiera ofrecer reflexiones generales sobre la libertad religiosa, cuyo contenido merece una mejor catequesis entre los católicos. Destaco también algunos interrogantes que el tema nos plantea a los católicos.

Un derecho fundamental, no conquistado del todo

Pasada una década del siglo XXI la violencia por motivos religiosos sigue cobrándose víctimas. Según algunos informes, seis de cada diez personas que sufren violencia u hostilidad por motivos religiosos, son cristianos. Lamentablemente, hemos visto crecer noticias sobre minorías perseguidas hasta la muerte o el exilio u obligadas a condiciones indignas de vida por su religión. La geografía de violencia y muerte para los creyentes, cristianos o no, parece ampliarse.

No resulta sencillo romper el silencio de Occidente sobre esta materia, aunque hay que reconocer que lentamente se va consiguiendo sensibilizar a la opinión pública al respecto. Por eso, tenemos que leer, hablar y debatir a fondo sobre lo que implica el derecho a la libertad religiosa.

El derecho internacional va reconociendo la libertad religiosa como parte del núcleo de los derechos humanos, junto con el derecho a la vida y a la libertad personal. La libertad religiosa es un indicador del perfil específico y la originalidad del ser humano. En su libre adhesión a Dios y a los valores trascendentes, la persona configura la orientación fundamental de su vida.

Se trata, por tanto, de mucho más que ausencia de coacción para profesar la propia fe o la increencia, de libertad de conciencia o mera libertad de culto. Aunque tiene relación con todos estos aspectos. Los derechos humanos no son compartimentos estancos en la vida de las personas y de los pueblos, sino un todo rico, complejo y dinámico que supone que unos derechos necesitan, complementan y enriquecen a los otros. Lesionar uno de ellos es herir al conjunto.

Como toda genuina realización humana es, inseparablemente, un hecho personal y social, privado y público. Toca la conciencia, la libertad y los vínculos. Como todos los derechos y libertades, no es absoluto: guarda estrecha relación con un conjunto de deberes, también específicos del ser humano: buscar la verdad, especialmente religiosa; vivir en coherencia con las propias convicciones espirituales y morales; ofrecer la propia contribución al bien común; respetar a quien define y radica su vida de modo diverso al propio, etc.

El camino hacia el reconocimiento pleno de la libertad religiosa como un derecho humano fundamental ha sido fatigoso, con muchas idas y venidas. Todo indica que aún permanece lejos de estar asegurado para todos. A diferencia de lo que sostienen las utopías que sueñan con traer el cielo a la tierra, las personas y las sociedades nunca poseen del todo y para siempre sus principales valores éticos. Parafraseando a Jesús: el espíritu está dispuesto, pero la condición humana es frágil. Los adultos sabemos que nuestras opciones libres más profundas no son piedras inamovibles, fijas y estáticas. No es extraño que, de tanto en tanto, tengamos que reapropiarnos de nuestros valores, desde una conciencia más lúcida de la realidad. Esto ocurre también con la libertad religiosa como derecho fundamental de la persona humana, anterior a cualquier reconocimiento legal de los estados.

Tres preguntas para los católicos

Para los católicos, todo esto supone responsabilidades concretas. Mucho más para quienes somos sus líderes. Surgen así algunos interrogantes que vale la pena identificar.

Un primer interrogante tiene que ver con el modo de vivir la propia fe en un contexto cultural caracterizado por una pluralidad de valores o de formas de orientar la propia vida. Se multiplican también los puntos de fricción entre la doctrina católica y algunos movimientos culturales. La temperatura de la crítica hacia la religión además parece estar subiendo unos cuantos grados. Son datos de la realidad, previos a cualquier valoración. El mundo católico está viviendo, por lo mismo, un momento bastante complejo de tensiones y replanteos. No existe una sola forma de responder a estos desafíos. A mi criterio, se está dejando sentir la necesidad de volver a lo esencial, reapropiándonos del núcleo de nuestra fe: la experiencia de Dios revelado en Jesucristo.

Lo cierto es que, en algún momento, el creyente debe mirarse al espejo y preguntarse: “Y yo, ¿soy o no discípulo de Cristo? ¿Tomo en serio el Evangelio como forma alternativa de vida en un ambiente muchas veces adverso? ¿Tengo que esperar a que el contexto social sea favorable y me ofrezca suficiente seguridad para vivir mi fe, o algunos de sus valores?” Hechos recientes, como la discusión sobre el matrimonio, han acelerado este debate dentro del mundo católico. De todas formas, no hay que perder la cabeza: en todo tiempo los creyentes hemos tenido que pronunciar el “amén” de nuestra fe de un modo consciente, libre y personal. Sea por factores externos como por otros internos, la fe cristiana siempre ha existido como fe contestada y desafiada. Solo así se la posee de modo genuino. El discípulo no es superior al maestro, al decir de Jesús.

El segundo interrogante tiene que ver con la dimensión pública de la libertad religiosa. Uno de los desafíos más fuertes de nuestra sociedad, incluso a nivel global, es redescubrir un consenso ético sobre los valores fundantes de la convivencia humana. Las grandes religiones tienen mucho que ofrecer al respecto. Es el caso del cristianismo. En su seno, y a lo largo de las generaciones, se ha desarrollado una rica tradición humanista, cuya propuesta de “vida buena” ha sido un poderoso factor de desarrollo humano. Constituye un patrimonio espiritual y cultural de gran vitalidad.

Sin embargo, aquí surge un interrogante de fondo: ¿Hemos desarrollado los católicos un modo adecuado de proponer -no de imponer- este patrimonio en los debates públicos? Se trata, por una parte, de asegurar la presencia de nuestro específico punto de vista frente a los problemas comunes, sin renunciar a nuestra identidad y aquellos valores que consideramos no-negociables. Pero también, de hacerlo con un discurso propositivo, sensato y con sólidas argumentaciones racionales, respetuoso de los demás y capaz de entrar en el juego democrático de las sociedades abiertas.

El tercer interrogante lo formulo así: habida cuenta de la gravitación que los católicos aún tenemos en la vida argentina, ¿qué responsabilidad específica nos cabe para consolidar la libertad religiosa, en el sentido amplio que lo presenta, por ejemplo, la enseñanza social de la Iglesia? Sin excluir nuevas y mejores leyes, pienso aquí en la vida cotidiana de la sociedad civil donde, de hecho, se da una buena convivencia entre personas que profesamos distintas confesiones religiosas.

Creo que tenemos que mejorar la presencia de los católicos en el espacio público. Urge, por tanto, superar un cierto “complejo de culpa” que ha dominado la escena eclesial reciente. Es cierto que tenemos que hacernos cargo de las infidelidades al Evangelio de generaciones anteriores. Sin embargo, no podemos olvidar la contribución positiva de la tradición católica, en sus múltiples realizaciones, a la edificación de la sociedad. Esta memoria completa es ineludible si queremos que el hecho religioso sea respetado como un factor positivo. Una retirada o un ocultamiento de los católicos de la vida pública no benefician a nadie. Solo desde una sana autoestima, con una presencia clara pero no agresiva, podremos contribuir a una renovación de la vida ciudadana.

Urge también una revitalización del diálogo interreligioso. Los católicos no podemos pensar solo en resguardar nuestro espacio. La libertad religiosa es la condición necesaria para que los valores espirituales propios de cada tradición religiosa enriquezcan la convivencia ciudadana. En esa dirección se mueve el Papa Francisco. Es la dirección de la Iglesia, sobre todo, a partir del Concilio Vaticano II, cuya enseñanza tenemos que profundizar y desarrollar aún más.

En definitiva, tenemos que hablar más sobre la libertad religiosa.

 

El Papa no viene (todavía). Se alarga la espera

No voy a entrar en las especulaciones sobre porqué Francisco demora su visita pastoral a Argentina. Las lecturas políticas me resultan reductivas, banales y hasta provincianas.

Él es un hombre muy libre, y está llevando adelante su ministerio universal con gran entrega y valentía apostólicas. Estoy con él. Pido para mí, y para nuestras diócesis, la misma libertad y espíritu evangelizador.

¿Sería buena su presencia en Argentina? Claro. No solo por el “reencuentro” con la Iglesia que le transmitió la fe y a la que sirvió como pastor, sino por lo más valioso que tiene para darnos como Papa: confirmarnos en la fe en Cristo, fortalecernos en la unidad y animar el espíritu misionero, sobre todo, de cercanía a los más pobres y vulnerables.

Comprendo la desazón de muchos católicos de a pie – especialmente los que sostienen la evangelización día a día – que no terminan de entender bien porqué el Papa no viene. Lo dicen con franqueza y sin segundas intenciones. Los comprendo, y también comparto esos sentimientos. Los animo – y me animo – diciendo que, como católicos argentinos, tenemos que sostenerlo con nuestra oración, el aprecio por su persona y el consuelo de ver todo lo que está haciendo en la Iglesia, por el mundo, por los pobres.

Miramos con un poco de “cristiana envidia” a nuestros hermanos latinoamericanos que reciben su visita. Se alarga la espera. El amor le tiene que dar la mano a la paciencia y a la perseverancia. El reencuentro será más fecundo.

Eso sí: mientras esperamos, dediquémonos a lo verdaderamente importante según el Evangelio: caminar, edificar y confesar a Jesucristo. Es lo que el mismo Francisco les dijo a los cardenales, en la primera Misa que celebró, el mismo día en que fue elegido.