El Espíritu. Solo eso

«La Voz de San Justo», domingo 28 de julio de 2019

“Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».” (Lc 11, 1).

Jesús en oración. Esa imagen lo encierra todo. Es, en sí misma, Evangelio. Si algo se mantiene en pie en estos tiempos de cambios que todo lo desacomodan, es esa capacidad que Jesús orante tiene de atraer y despertar el deseo de orar en el corazón de las personas, sin importar su condición (mirá, si no, lo que le pasa al “buen ladrón”). De ahí viene que, hoy muchos sigan repitiendo aquella súplica: “Señor, enséñanos a orar…”.

Y Jesús cumple el deseo hecho plegaria. El Orante enseña a sus discípulos a orar. Les enseña el Padre nuestro. Pone las palabras justas en sus labios. Y, en su corazón, no solo no acalla el deseo que habita en cada hombre, sino que lo hace estallar hasta el infinito: “Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino…”

Lo que más sorprende, al menos en esta página que hoy leemos en la liturgia, es la conclusión. Después de enseñarnos a rezar y a no cansarnos de suplicar (“pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá…”), Jesús añade que lo más valioso que el Padre tiene para darnos es el Espíritu Santo. ¿Solo eso? ¿Y qué hacemos con tantas necesidades concretas y reales que tenemos los seres humanos?

Llegados a este punto solo puedo aconsejarte que te quedés en silencio. Lo mejor es hacerle caso a Jesús y ponerte a suplicar. Pedí entender el alcance de su enseñanza.

El Espíritu del que Jesús habla es “su” Espíritu. El Padre está dispuesto a darte el mismo Espíritu que habita, mueve y anima a Jesús, su Hijo. El Espíritu que te abre la puerta a la misma vida trinitaria que habita en Jesús. Solo eso.   

Un peregrino que pasa de huésped a amigo

«La Voz de San Justo», domingo 21 de julio de 2019

“Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.” (Lc 10, 38-39).

Así comienza el evangelio de este domingo. Tal vez sea forzar un poco su mensaje, pero no puedo dejar de hacer este comentario. Ayer hemos celebrado el Día del Amigo. Y, este domingo, lo vemos a Jesús iniciar una de sus amistades más profundas: en Betania, con los hermanos María, Marta y Lázaro.

Todo comienza con una puerta que se abre, haciendo lugar al Peregrino que, de esa manera, se convierte en Huésped. Pero la cosa no termina ahí. Los hermanos de Betania se lo deben a María. Ella, al decir del mismo Jesús, es la que elige la mejor parte: ponerse a escuchar a Aquel que ha comenzado a cautivar su corazón. Así comienza una historia de amistad: el Peregrino pasa de Huésped a Amigo.

Entendemos bien lo que esto significa. Al menos, lo intuimos porque lo sabemos desde nuestra experiencia. De las cosas más lindas de la vida, las historias con nuestros amigos son nuestros tesoros más valiosos. María de Betania elige perder su tiempo escuchando a Jesús. La pérdida se hace ganancia. La más valiosa: la que hace crecer en humanidad. La que alcanza la vida verdadera, la que atraviesa incluso el umbral de la muerte. Un día lo sabrá en carne propia. Será con su hermano Lázaro. Pero esa es otra historia.

PS: ¿Y si en medio de tantas grietas, trolls y otras yerbas, elegimos perder el tiempo buscando la amistad, incluso la reconciliación?

Samaritanos

«La Voz de San Justo», domingo 14 de Julio de 2019

Jesús cuenta la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) porque busca que su oyentes se cuestionen desde dónde miran la vida. No se trata de identificar quién es mi prójimo, sino de convertirme yo mismo en prójimo. Tomar la iniciativa y ponerse manos a la obra. Dejar de mirar desde la vereda de enfrente, esperando que otros se hagan cargo.

Esa es la lógica que anima a Cáritas como a tantas otras organizaciones de la sociedad. Se hacen cargo de lo que pueden, como pueden y hasta donde les da el cuero. Y más también. Esa solidaridad va más allá de los discursos. Genera redes de contención y suscita, con notable imaginación, iniciativas de promoción. Silenciosa pero muy eficazmente, transforma y dignifica vidas.

Hay muchos y muy buenos samaritanos entre nosotros. Ellos son las puertas siempre abiertas de Jesús, el Buen Samaritano. Ojalá que vos también escuchés ese llamado y te sumés a esa red de vida.

Ver a Dios

«La Voz de San Justo», domingo 16 de junio de 2019

«¿Dónde podemos ver a Dios?».

Estaba concluyendo el encuentro con los chicos de la catequesis de Las Varillas, cuando, del fondo de la Iglesia, llegó la pregunta.

Entre paréntesis: las visitas pastorales, incluso las mejor programadas y preparadas, suelen deparar este tipo de sorpresas. Es el sano humor de Dios que sabe descolocar nuestra solemnidad. Cierro paréntesis.

Respondí al instante. Y mi respuesta fue correctisima: en las páginas de las Escrituras, en la santa Eucaristía, en el rostro de los pobres…

Respuesta correcta pero insatisfactoria. Al menos para mí, para mí experiencia, para mí fe. Ya he contado en este espacio que este tipo de preguntas suele necesitar tiempo. Desatan nudos, limpian la mirada y despiertan inquietudes. Hay que quedarse rumiando con paciencia lo que generan en la mente y el corazón.

Yo había visto a Dios. Y lo había visto precisamente en esos días. Su rostro, sus manos, sus arrugas. Incluso sus lágrimas. Lo había visto y me había conmovido profundamente. Y, verlo así, desnudo, humano y majestuoso en su humildad, había despertado en mí, por una parte, admiración y gratitud; pero, por otra, vergüenza y compunción. La oración, la celebración de la Misa y también los diversos encuentros habían quedado marcados por esa experiencia.

Lo había entrevisto en el rostro, las manos, las arrugas y las lágrimas de madres y padres concretos (me reservo los detalles) que, lejos del narcisismo enfermo que nos rodea y deshumaniza, se hacen cargo de la fragilidad de sus hijos. Y, así, salvan el mundo, abriéndole a la compasión que brota del corazón de Dios.

Acabo de recordar la sabia sentencia del gran Agustín en su tratado sobre la Trinidad: «vides trinitatem si caritatem vides» («ves a la Trinidad si contemplas el amor»). Gran verdad.

Muy oportuno para este fin de semana que celebramos el rostro trinitario del Dios Amor y es también el Día del Padre.

Discípulos

«La Voz de San Justo», domingo 5 de mayo de 2019

“El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: 《¡Es el Señor!》” (Jn 21).

Es usual reconocer, en el “discípulo amado”, al apóstol Juan, y en éste al autor del evangelio que lleva su nombre. Lo más plausible es que, bajo esta denominación, el cuarto evangelio nos ofrezca una figura abierta a través de la cual entrever a la comunidad en la que nació este relato.

Si leemos cuidadosamente el relato evangélico de este domingo (cf. Jn 21, 1-19), podremos escuchar la voz de aquellos primeros discípulos que, a nosotros, nos dicen: “¡Es el Señor!”.

Los evangelios no nos hablan de Jesús con aséptica frialdad. Nos cuentan lo que dijo e hizo, pero inseparablemente son un testimonio de la fe de esos hombres y mujeres. Para ellos, Jesús es mucho más que un personaje sobre el cual informar. Es Aquel a quien le han confiado sus vidas. En algunos casos, hasta el derramamiento de la sangre. Por eso, confiesan lo que Jesús significa para ellos, dejándonos abierta la puerta para que su luz ilumine también nuestra vida.

El pasado sábado 27 de abril, fueron beatificados en La Rioja, los primeros mártires argentinos: el obispo Enrique Angelelli, los padre Carlos Murias y Gabriel Longevielle, junto con el laico Wenceslao Pedernera.

Mártir significa precisamente: “testigo”. Contemplamos sus vidas y su martirio y, de esa forma, volvemos a escuchar al discípulo amado decirnos: “¡Es el Señor!”.

Dice el evangelio que, al oír esta confesión de fe, Simón Pedro, sin pensarlo demasiado y sin nada encima, se arrojó al agua. Fue en busca de Jesús resucitado. Magnífica y gráfica descripción de la experiencia cristiana.

El «discípulo amado» sigue señalando a Jesús. Siempre hay quien, como Pedro se arroje desnudo al mar, sin importarle demasiado el qué dirán.

¡La paz con ustedes!

«La Voz de San Justo», domingo 28 de abril de 2019

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»” (Jn 20, 19).

El lugar es el mismo, pero la actitud ya no es igual. En el cenáculo, Jesús había reunido a los suyos para la cena de despedida, les había lavado los pies, partiendo para ellos el pan y compartiendo la copa. Era muy consciente de lo que se le venía encima. Sus palabras aquella noche eran graves, pero abrían el futuro a la esperanza.

Ahora, en cambio, los discípulos buscan el mismo lugar, pero los puede el miedo, tal vez la vergüenza; en todo caso, la ilusión de que las puertas cerradas los protejan.

Puertas cerradas como autodefensa. No da resultado en la vida de nadie. Mucho menos en la experiencia de fe. Jesús lo sabe, pues conoce el corazón humano. Por eso no necesita romper las puertas. Irrumpe desde dentro, sin forzar ni imponerse. Solo busca hacerse reconocer. Su sola presencia, percibida por la fe, dará la anhelada paz. Su paz y su alegría. Esas son las llaves para salir de cualquier encierro.

Así comienza cada Misa, con el saludo del sacerdote que desea la paz en nombre de Jesús. Y lo que hacemos ritualmente en la Misa es lo que pasa en nuestra vida, cuando aceptamos ser discípulos de Jesús y su Evangelio.

Es lo que Jesús está haciendo ahora mismo con su Iglesia: nosotros buscamos encerrarnos, pero Él nos comunica su Espíritu y, así, nos saca afuera, a la intemperie: “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…».” (Jn 20, 21-22).

Esa es la vida de la Iglesia cristiana. Lo fue al inicio. Lo sigue siendo ahora.

Mensaje Pascual 2019

El Mensaje Pascual en audio para descargar

Bastante ensimismados para darse cuenta de Quién los había alcanzado en el camino, los peregrinos de Emaús, sin embargo, sienten crecer un deseo que los sacará del encierro. Y el deseo se hace súplica: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.” (Lc 24, 29).

Queridos hermanos y amigos:

En esta hora de nuestra Iglesia, de nuestra patria y de nuestra vida, también nosotros suplicamos a Jesús que no siga de largo, que entre a nuestro hogar y comparta la mesa…

Siempre que asoma la oscuridad de la noche, los fantasmas de nuestros miedos parecen cobrar vida. Y sabemos que el miedo no es buen consejero. Nos enceguece y paraliza.

Aquel Peregrino había sabido tener palabras certeras, luminosas y, sobre todo, que hacían arder por dentro, como cuando se reaviva un fuego mortecino. El solo hecho de caminar con ellos, incluso de interpelarlos por su torpeza; pero, sobre todo, de hablarles de Dios y sus planes, del Mesías y su Pascua, había hecho desvanecer todo fantasma y toda inquietud.

Un deseo grande había resucitado en sus corazones apesadumbrados. Renacía una esperanza.

¿Cómo no contar con él para la cena? Ese rito cotidiano es mucho más que alimentarse: si hay amistad, aunque sea insipiente, se transforma en encuentro que anima para seguir caminando.

¿Cumplirá el Peregrino el deseo-oración de los dos caminantes?

Sí y no. Entrará con ellos a la posada. Pero, al partir el Pan, desaparecerá ante sus ojos. Su Ausencia, sin embargo, lejos de causar tristeza, los transformará radicalmente y encenderá en ellos otro deseo: contar lo que han vivido por el camino.

¿Realmente ausente o con una Presencia más incisiva y personal?

El relato de Emaús nos hace comprender mejor lo que vivimos como discípulos: leídas con fe, las Escrituras nos hacen escuchar su voz potente y mansa; la Eucaristía compartida, nos alimenta con su amor hasta el extremo; los hermanos, especialmente los pobres, débiles y heridos, acercan a nuestra vida su rostro que vence toda indiferencia.

¡Jesús resucitado está en medio de nosotros! ¡Tenemos que decirlo a todos! ¡No lo podemos callar o esconder! ¡Hay que ponerse en camino! ¡Esta experiencia se tiene que hacer palabra, gesto, testimonio y compromiso de vida!

Jesús se sienta a nuestra mesa para avivar en nosotros el deseo de contar a los demás que Él ha vencido la muerte, está vivo y es la verdadera Esperanza del mundo.

Queridos amigos y hermanos: Les deseo, de corazón, que experimentemos el gozo de la Pascua; pero, sobre todo, que nos dejemos ganar por el impulso de querer contar lo que Dios nos ha hecho vivir: contar a Jesús, su Evangelio, su Esperanza…

La primera que ha cantado el Evangelio es María. Por eso, una vez más decimos: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

21 de abril de 2019. Pascua del Señor

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

La humildad de Cristo


«¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna.»
Zac 9,9

Dios todopoderoso y eterno, tú mostraste a los hombres el ejemplo de humildad de nuestro Salvador, que se encarnó y murió en la cruz; concédenos recibir las enseñanzas de su Pasión, para poder participar un día de su gloriosa resurrección. (Oración de la liturgia del Domingo de Ramos).

Cristo: ejemplo de humildad.

En el lenguaje cotidiano, la palabra “humildad” parece ser casi sinónimo de pobreza. Un humilde es alguien que carece de bienes.

En la oración que comentamos tiene otro sentido. Abreva en la gran tradición espiritual del cristianismo que se nutre, a su vez, de la experiencia de Dios que narran las Escrituras.

Humilde es el pobre de espíritu, que se sabe en las manos de Dios. Es, por eso, profundamente libre, abierto a esa sorpresa permanente que es la vida, porque «Sorpresa» es casi un nombre de Dios.

Donde crece la humildad florece la libertad y la entrega generosa, no el apocamiento, el temor o el complejo.

Jesús lo afirma de modo explícito: Dios les escapa a los soberbios y pagados de sí. Se da a conocer, en cambio, a los humildes de corazón.

En este sentido fuerte, “el humilde” por antonomasia es Jesús. Así precisamente lo contemplamos en Semana Santa.

Así lo vemos este Domingo de Ramos: aclamado por la multitud y, a poco andar, humillado y escarnecido. Sin embargo, en una y otra situación: majestuosamente libre. En la cruz lo dirá con sus últimas palabras que son también una oración: “En tus manos, Padre, encomiendo mi vida”.

En el humilde despojo de su pasión y cruz, resplandece con más fuerza la luz de Dios de la que es portador Jesús: el amor como el verdadero poder que redime al mundo. El amor humilde que no busca dominar ni imponer, sino hacer crecer la vida.

Las celebraciones pascuales nos introducen en esa escuela de vida.

Les deseo, de corazón, una Semana Santa con Jesús.

Yo tampoco te condeno

“Señor y Dios nuestro, te rogamos que tu gracia nos conceda participar generosamente de aquel amor que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo.” (Oración de la liturgia del quinto domingo de Cuaresma).


“Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.” (Jn 8,11)

A las puertas de la celebración anual de la Pascua, los discípulos de Jesús pedimos compartir su mismo amor que lo llevó “a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.

Amor. ¿Sentimentalismo? ¿Cuestión de piel? ¿Ingenuidad?

Cuando hablamos del “amor de Cristo” nos referimos a un modo de estar parado en la vida. Tiene que ver con los sentimientos, pero también con la conciencia y, sobre todo, con la libertad.

Ese es el gran trabajo del Espíritu Santo en el corazón del hombre: transformarlo para que refleje los sentimientos, las opciones y la mirada misma de Jesús.

El relato evangélico de este domingo -un verdadera pieza maestra- expresa de manera elocuente lo que significa amar según el estilo de Jesús. Se trata del relato de la mujer sorprendida en adulterio y presentada como tal a Jesús (cf. Jn 8,1-11).

Esta mujer es llevada ante Jesús, no porque hubiera preocupación por ella, su vida e integridad, sino que el interés es usarla para otros fines aviesos: ponerle una trampa a Jesús.

En esa mujer podemos reconocer todas las formas de reducir a las personas -varones o mujeres- a objetos que se manipulan, se usan y descartan por motivos e intereses egoístas.

Jesús desarma a todos. A los acusadores con su capacidad de desnudar su hipocresía. A la misma mujer con esa frase que resume todo el Evangelio: “Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor.» «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.» (Jn 8, 9b-11).

Donde unos ven un caso y una oportunidad para hacer valer su posición, Jesús ve a una persona que no puede ser rebajada al nivel de un objeto o un instrumento, sino que debe ser respetada en su dignidad humana. También si es una persona herida por sus propios yerros. Especialmente si se trata de un “pecador”. ¿No es así como Dios, a quien Jesús invoca como Padre, trata a sus hijos más alejados?

Ese es el “estilo Jesús” de acercarse a toda realidad, especialmente a la más herida: la cercanía que da el amor que hace espacio y ofrece aliento, no condena y da nuevas posibilidades.

Reconciliación

«La Voz de San Justo», 31 de marzo de 2019

Dios nuestro, que reconcilias maravillosamente al género humano por tu Palabra hecha carne; te pedimos que el pueblo cristiano se disponga a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y una entrega generosa. (Oración de la liturgia del cuarto domingo de Cuaresma).

Una diferencia del cristianismo respecto a otras religiones, especialmente las más primitivas, es su concepción de “reconciliación”.

Reconciliar quiere decir: volver a reunir lo que se ha separado. Como concepto religioso, evoca una ruptura culpable del hombre con Dios.

De ahí que, para volver a la amistad perdida, el pecador tenga que recorrer un camino penitencial arduo, oneroso y sufrido. A mayor sufrimiento, mejores expectativas de tener de nuevo el favor de la divinidad ofendida. Así, la reconciliación es obra del hombre que se gana, por el sufrimiento autoprovocado, el favor divino.

Nada de esto, sin embargo, encontramos en la Biblia, ya desde las Escrituras de Israel. Es más, su mensaje va en la dirección opuesta.

La imagen de un dios que, para mostrarse favorable, necesita que su criatura retorne a él mediante el dolor es, sin más, la de un ídolo salvaje. Es sadismo, la peor deformación de lo religioso. Más que amor y adoración, esta divinidad suscita indignación, repudio y repulsión.

Si Dios fuera así, gritar su “muerte” sería el más digno acto de culto.

Este domingo, la Iglesia en oración invoca al Padre de Jesucristo que nos ha reconciliado con Él por medio de su Palabra hecha carne. Nos muestra el verdadero rostro de la reconciliación cristiana.

La reconciliación es obra de Dios que, por amor, se hace cargo de restablecer el vínculo roto. Y lo hace abrazando nuestra humanidad herida, identificándose con todo ser humano sufriente o vulnerado en su dignidad.

No nos exige sufrimiento sino que Él hace suyo el ya de por sí inmenso dolor del mundo. Y, desde ese lugar, ofrece su misericordia como medicina que cura todas nuestras heridas.

La gran conversión de la vida es abandonar las imágenes equivocadas de Dios y dejar que nos alcance e ilumine el Rostro del Dios verdadero: el Padre-Madre de Jesús.

Eso es Cuaresma.